cubano-soviética» durante los años 1960-1961, después de la crisis de los misiles en 1962 se perfiló una fase de tensión ideológica, que se extendió hasta 1968. Muchos artistas mantuvieron en ese lapso una cierta distancia (o incluso una actitud hostil) respecto al modelo de Moscú. Sin embargo, a fines de 1968, las autoridades castristas estimularon un proceso de «normalización» de los lazos con el mundo socialista, poniendo fin a la abierta exteriorización de las reticencias hacia la «referencia soviética». En efecto, con la consolidación de la alianza política con el Kremlin, el discurso crítico hacia el «hermano mayor» se debilitó, siendo abiertamente frenado por los poderes públicos.3 Como veremos, este proceso tiene una notoria repercusión sobre el perfil de los artistas que dominan la escena intelectual de la Isla: la diversidad de los primeros años dio paso a una selección cada vez más rigurosa de los artistas representativos de la Revolución; una selección que a esa altura permanecía indisociable del nivel de proximidad con la esfera soviética. 1. «Adentrarse en el mundo por todos sus resquicios»:4 el eclecticismo de los primeros años y la referencia soviética No cabe duda de que Juan Marinello, histórico miembro del PSP que llegó incluso a ser ministro de Fulgencio Batista en 1942, figura como uno de los intelectuales más prestigiosos de la Isla. Contrariamente a la mayoría de los nuevos escritores de la era castrista, para el viejo militante la URSS no representaba una órbita desconocida. Ya en 1956, cuando estalla la dramática «crisis húngara», Marinello no tardó en defender la intervención de las tropas del Ejército Rojo, acusando a los «elementos provocadores» de Budapest de actuar bajo el amparo de «conciliábulos clericales, nazistas y agentes yanquis». Para sustentar su opinión, el poeta elogia ciegamente el sistema electoral de la URSS y se lanza en una tenaz defensa de «la democracia más avanzada que existe».5 No es de extrañar, por ende, que sea justamente el exmiembro del PSP quien respalde con mayor ahínco el «purismo revolucionario» que desea implantar el Estado soviético. Cuando en 1960 Marinello reeditó su controvertida obra Conversación con nuestros pintores abstractos (aunque algunos se quejaban de nunca haber intercambiado palabra con el autor), lo hizo para denunciar la «cárcel» en la que ciertos creadores plásticos se hallaban entrampados. En su opinión, era necesario desengañar a aquellos que «se engrieron 3
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Sobre las vicisitudes de las relaciones políticas e ideológicas entre Cuba y la URSS, particularmente delicadas entre 1962 y 1968, recomendamos la lectura de los siguientes análisis: Aleksandr Fursenko y Timothy Naftali, “One Hell of Gamble”: Khrushchev, Castro, and Kennedy, 1958-1964, New York, London, Norton & Company, 1997; Jacques Lévesque, L’URSS et la révolution cubaine, Montréal, Presse de l’Université de Montréal, 1976, y James Blight y Philip Brenner, Sad and Luminous Days: Cuba’s Struggle with the Superpowers after the Missile Crisis, Lanham, Rowman & Littlefield, 2002. Argumento presentado por Alfredo Guevara en una polémica con Blas Roca sobre la pertinencia o no de proyectar algunas obras cinematográficas occidentales (La Dolce Vita, Accattone, El ángel exterminador). “Alfredo Guevara responde a las Aclaraciones, HOY-La Habana, miércoles 18 de diciembre de 1963”, en: Alfredo Guevara, Revolución es lucidez, La Habana, ICAIC, 1998, p. 204. Archivo Nacional de Cuba, Fondo Especial, legajo 5, no de orden 88, “Carta mimeografiada, firmada por Juan Marinello, dirigida a Sergio Carbó, relativa a los juicios emitidos por este último en su periódico sobre la Unión Soviética y el levantamiento de Hungría”, La Habana, 12 de febrero 1958.
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