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Puntos de apoyo

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Puntos de apoyo

Svend Brinkmann

Puntos de apoyo

Diez ideas atemporales para sostener una vida con sentido

Título original: Standpoints

© 2022 Svend Brinkmann & Gyldendal, Copenhagen

Publicado por acuerdo con Gyldendal Group Agency y Casanovas & Lynch Literary Agency

© Ediciones Kōan, s.l., 2023

c/ Mar Tirrena, 5, 08912 Badalona www.koanlibros.com • info@koanlibros.com

ISBN: 978-84-10358-46-1 • Depósito legal: B-9240-2026 © de la traducción del inglés, Jacinto Pariente, 2025

Diseño de cubiertas de colección: Claudia Burbano de Lara Maquetación: Cuqui Puig

Impresión y encuadernación: Romanyà Valls

Impreso en España / Printed in Spain

Todos los derechos reservados.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

En Ediciones Kōan estamos comprometidas con una edición responsable. Este libro se ha impreso en papel procedente de bosques gestionados de manera sostenible.

1ª edición, mayo de 2026

A mis padres

5.

6.

índice

P refacio

Dejo en manos del lector la tarea de decidir si Puntos de apoyo es una obra independiente, si es una continuación de Stand Firm (2017), o si es ambas cosas. Sea como sea, empecé a darle forma mientras trabajaba en un programa de radio en Dinamarca. Stand Firm es un libro de tono humorístico que mira con escepticismo ciertas tendencias sociales contemporáneas, en concreto la perenne imposición del desarrollo personal y la flexibilidad. Sin embargo, lo cierto es que deja ciertas cuestiones en el aire. Si lo que hemos de hacer es mantenernos firmes y no doblegarnos, ¿en qué situaciones merece la pena hacerlo? Si cumplir con nuestra obligación (en lugar de elegir siempre solo lo que nos beneficia y nos conduce al desarrollo personal) tiene algún valor intrínseco, ¿en qué consiste una obligación? Puntos de apoyo es el intento de dar respuesta a esas preguntas de forma más provechosa y estimulante de lo que me fue posible en Stand Firm, sin abandonar mi habitual crítica de la cultura contemporánea.

Mis agradecimientos a mi editora, Anne Weinkouff, cuya ayuda ha sido inestimable a lo largo del proceso de escritura. Aunque mantenerme a la altura del sorprendente éxito de Stand Firm, tanto en Dinamarca como en el extranjero, no era tarea fácil, en todo momento he contado con su apoyo incondicional. También quisiera dar las gracias a Radio Dinamarca y al Comité Rosenkjær, en particular a su presidente, Anders Kinch­Jensen, por concederme su prestigioso premio de divulgación científica en 2015. Trabajar con numerosas personas de la empresa ha sido un verdadero placer. Mi más sincero agradecimiento también para Ester Holte Kofod, Mikka Nielsen, Rasmus Birk, Anders Petersen y Thomas Aastrup Rømer por su lectura del manuscrito y sus útiles comentarios. Asimismo, deseo dar las gracias a Louise Knight, de Polity Press, y a Tam McTurk, el traductor al inglés, por su minucioso y excelente trabajo. Mi agradecimiento más profundo es, como siempre, para mi esposa, Signe Winther Brinkmann, sine qua non. La obra está dedicada a mis padres, de quienes aprendí la mayoría de los puntos de apoyo en los que he decidido mantenerme firme.

Randers, Dinamarca

Prólogo

U na vida con sentido

En una rueda de prensa celebrada en 2014 con motivo del estreno de su última película, Magia a la luz de la luna, Woody Allen hablaba con su habitual estilo lacónico sobre el sentido de la vida:

Estoy convencido, y no lo digo en tono crítico, de que la vida no tiene sentido. Aunque con eso no quiero decir que el suicidio sea la única salida, lo cierto es que si se paran a pensarlo, cada cien años alguien tira de la cadena y no queda nadie en el mundo. Entonces aparece un nuevo grupo de personas que, a su debido tiempo, también desaparece, y otro grupo ocupa su lugar. Esto se repite una y otra vez sin parar —y no quiero alarmar a nadie—, sin propósito, lógica ni razón. Como sabemos gracias a los físicos más reputados, el universo se halla en proceso de desintegración y cuando este concluya no quedará nada, nada en absoluto. Shakespeare, Beethoven, Leonardo... Todo desaparecerá. No

digo que vaya a suceder mañana, pero sí antes de lo que creen, pues el Sol se extinguirá mucho antes de que el universo desaparezca.1

En consecuencia, continuaba Allen, no le interesaba el cine político porque «aunque ese tipo de películas son muy importantes en el presente, en última instancia lo único que importa son las grandes preguntas, cuyas respuestas son muy, muy deprimentes. Lo que yo recomiendo, la solución que yo mismo he descubierto, es evadirse».

La entrevista rebosa de esa combinación de seriedad e ironía tan característica de Allen, pero no cabe duda de que hablaba en serio. Por supuesto, cuando el renombrado cineasta nos aconseja evadirnos —yendo al cine, por ejemplo— como solución a la deprimente falta de sentido de la vida, lo hace con un guiño. A pesar de todo, queda en el aire el interrogante de si tiene razón. ¿De verdad la vida carece de sentido? Para justificar su convicción de que así es, Allen recurre a la física, quizá la más objetiva de las ciencias y una de las más alejadas de las preocupaciones cotidianas del ser humano. Menciona al Sol como una estrella que acabará por extinguirse y habla de la creación y de la destrucción del universo. Si nos abstraemos del ajetreo de la vida cotidiana y adoptamos una actitud cosmológica, no nos sorprenderá que no haya forma de encontrarle el sentido a la vida. Todo nos parecerá pura materia física en movimiento, lo cual, la verdad, resulta algo desolador. William James (1842­1910), conocido,

entre otras cosas, por ser hermano del escritor Henry James y por introducir la psicología científica en Estados Unidos, estaba convencido de que la depresión que sufrió de joven era consecuencia del estudio de la ciencia, que le había enseñado que el universo carece de sentido y el ser humano, de libre albedrío. Solucionó el problema de manera práctica decidiendo creer en el libre albedrío y, por lo tanto, en que los individuos poseen la capacidad de dotar de sentido su propia vida. «Mi primer acto de libre albedrío será creer en el libre albedrío», escribió en su diario el 30 de abril de 1870. James pensaba que eso era lo que lo había sacado de la depresión. No todo el mundo está dotado de esa fortaleza mental. A la mayoría de nosotros, las palabras de Allen nos provocan un leve escalofrío. Lo más seguro es que seamos incapaces de darnos sentido y libertad a nosotros mismos y a nuestra vida por pura fuerza de voluntad. En cambio, quizá nos preguntemos si es razonable buscar el sentido en un ámbito tan ajeno a la vida cotidiana, como parece hacer Allen. ¿No sería mejor sumergirse en la vida y explorarla desde dentro, en lugar de evadirse de ella y contemplarla desde distancias astronómicas? Lo que sucede es que, en el fondo, la cuestión del sentido no es tan complicada como Allen cree. Por ejemplo, estemos o no de acuerdo con ellas, sus palabras están llenas de sentido y, con un poco de suerte, el lector descubrirá que este libro que tiene entre manos también lo está. Tal vez nos hallemos ante un fenómeno que solo se comprende desde dentro, no desde fuera, como pretenden, por ejemplo,

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los físicos. Después de todo, el sentido de un poema no se capta pesando el libro en el que figura ni analizando la composición química de la tinta de sus páginas.

Así, para encontrar el sentido hay que sumergirse en la vida en lugar de observarla desde fuera. ¿Qué podemos esperar encontrarnos? Por desgracia, a mucha gente que no sabe definir la naturaleza del sentido. Hoy en día, este problema es cada vez más habitual. Sin embargo, lo más seguro es que nunca haya sido tan difícil darle solución.

Estamos mejor que nunca desde el punto de vista de lo material: vivimos más tiempo y las curas de las enfermedades son más eficaces. A pesar de eso, hay mucha gente que no le encuentra el sentido a la vida. La creciente frecuencia con la que aparece la pregunta del sentido, así como la constante publicación de libros sobre el tema no son necesariamente una buena señal. La propia pregunta denota una carencia, un anhelo. Por lo general, nos la planteamos cuando tomamos conciencia de la falta de sentido de nuestra propia vida. Cuando nuestra vida está llena —de familia, amigos, compañeros de trabajo y de todo tipo de actividades laborales y de ocio—, el mundo nos parece cargado de sentido y de valor. En esos casos, rara vez nos detenemos a preguntarnos qué sentido tiene prepararles la comida a los niños porque damos por sentado que cocinar es una parte integral de la vida. En cambio, cuando el patrón de la normalidad se rompe, cuando los seres queridos enferman o mueren, cuando la vida laboral se complica debido a una reestructuración o un despido, es muy probable que acabemos preguntándonos

por el sentido de todo. ¿Por qué ocurre lo que ocurre? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Tiene algún valor real lo que hacemos con nuestra vida?

Sentido e instrumentalización

A diferencia de lo que ocurre con los fundamentalistas, a las personas normales nos parece imposible dar una respuesta concluyente a la pregunta del sentido de la vida. Este libro no pretende hacerlo. Su intención es, en cambio, proponer una manera provechosa de abordar la cuestión. Su tesis central es, en pocas palabras, que el sentido de la vida se origina en fenómenos que son un fin en sí mismos y en actos que llevamos a cabo por sí mismos, no con el propósito de obtener algo a cambio. Dichos fenómenos se descubren tan solo en el interior de la vida, no desde esa distancia deshumanizante y astronómica que sugiere Woody Allen.

Siguiendo la línea de mi libro anterior, llamo puntos de apoyo a esos fenómenos que son un fin en sí mismos. Nos permiten mantenernos firmes en un mundo en constante cambio. Al mismo tiempo, conviene tener en cuenta que existe un proceso social que yo denomino instrumentalización, que ejerce una considerable presión sobre la idea de que el sentido está vinculado a fenómenos que son un fin en sí mismos. Este proceso es en buena medida responsable de las dificultades que nos salen al paso a la hora de abordar la cuestión del sentido.

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Debido a la instrumentalización, las cosas dejan de ser fines en sí mismas y pasan a ser instrumentos (medios o herramientas) para obtener otra cosa. Cada vez más parece que buena parte de lo que hacemos ha perdido su valor intrínseco y se ha convertido en un medio para lograr un fin. El dinero es quizá el fenómeno instrumental más evidente. Sirve para comprar la comida, la vivienda, para pagar el transporte, la ropa, las vacaciones, etcétera. Aunque carece de valor en sí mismo, permea todos los aspectos de la vida actual. De por sí, no es más que papel, metal o información almacenada en el ordenador de un banco. Sin embargo, desde el punto de vista instrumental, es una herramienta de intercambio universal que nos permite asignarle un valor a un objeto en comparación con cualquier otro. El advenimiento de la economía basada en el dinero fue un suceso casi mágico. De buenas a primeras era posible pesarlo todo en la misma balanza. Por ejemplo, hoy podemos «traducir» una hora de conversación (con un psicólogo, un coach o un contable) a una ración de carne picada o a la discografía completa de Cliff Richard. El dinero también sirve para nivelar y hacer cuantitativas las diferencias cualitativas entre los objetos y los servicios.

Por supuesto, la instrumentalización no es algo perverso de por sí. Todos estamos de acuerdo en que el dinero es mejor que el trueque para organizar la economía, pues nos evita pasarnos la vida calculando el precio de un par de zapatos en manzanas. Lo cierto es que casi todos mantenemos relaciones legítimas y hasta cierto punto

instrumentales con toda clase de objetos y actividades, como la crema solar o limpiar la nieve de la calle. No nos embadurnamos de crema solar porque tenga algún valor en sí misma, sino para proteger la piel de los rayos del sol. Tampoco quitamos la nieve de la calle por gusto, sino para caminar por la acera sin resbalarnos y conducir con seguridad durante el invierno. Las actividades y las relaciones instrumentales son normales, por no decir inevitables. Sin embargo, la línea divisoria entre una visión instrumental de la vida y otra basada en valores no siempre es del todo clara. Este libro no es el utópico intento de erradicar el instrumentalismo, pero sí pretende identificar los problemas que surgen cuando hacemos del pensamiento instrumental el primer (o el principal) modo de relacionarnos con el mundo, con los demás y con nosotros mismos. En mi opinión, eso es lo que ocurre hoy en día. Como he dicho, el dinero es el ejemplo más claro: es un fenómeno tan omnipresente en la actualidad y regula tantos de sus aspectos que olvidamos que es solo un medio, no un fin en sí mismo. Ver a personas que gozan de un cierto desahogo económico —y a las que no les falta de nada—, dispuestas a dejarse la piel trabajando (o cosas peores) para acumular más riqueza es un claro indicio de que han convertido un medio en un fin. Se comportan como si el dinero tuviera valor intrínseco, cuando no es así. Por eso es lícito preguntarse qué tiene valor intrínseco y qué es un fin en sí mismo. La premisa de este libro es que, al responder a esa pregunta (no de manera concluyente, pero al menos como parte de una

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conversación existencial continua), estaremos más cerca de comprender qué es lo que le da sentido a la vida. He olvidado dónde escuché la siguiente definición de arte (fenómeno que, por supuesto, es casi tan difícil de definir como el sentido de la vida): el arte existe para recordarnos que ciertas cosas son un fin en sí mismas. No es posible atribuirles un propósito sin eliminar lo que las convierte en arte. Afirmar, por ejemplo, que el arte existe para proporcionarnos experiencias positivas y bellas lo convierte en un simple mecanismo generador de bienestar y, por supuesto, no todo el arte es bello o agradable. Atribuirle un propósito político implica reducirlo a mera propaganda; además, no todo el arte es político. Sin duda, hay arte bello y hay arte político, pero ninguna de esas características es su propósito. En mi opinión, son, a lo sumo, efectos secundarios, ya que el único propósito del arte es ser arte.

El arte está lejos de ser la única forma de expresión personal que es un fin en sí mismo. La ética, lo lúdico y el amor, por poner tres ejemplos, también lo son. Como veremos, todo (incluido el arte, la ética, lo lúdico y el amor) es susceptible de transformarse en un instrumento para algo distinto de sí mismo. Eso es, en cierto modo, lo contrario de convertir un medio en un fin (como en el ejemplo del dinero), aunque el origen de ambos fenómenos es la confusión sobre qué cosas poseen valor intrínseco. Por ejemplo, las empresas de hoy a menudo instrumentalizan lo lúdico, utilizándolo como medio para generar ideas innovadoras y ejercer su poder blando.2 Lo

que antes pertenecía en exclusiva al ámbito del ocio pasa a ser una estrategia empresarial cuyo objetivo es aumentar los beneficios. Como es lógico, la cuestión de si algo así pertenece aún al ámbito de lo lúdico está por dilucidar, ya que jugar es por definición una actividad libre que no persigue otro propósito. ¿Es posible instrumentalizar un juego y seguir considerándolo lúdico? Por lo general, no jugamos para ganar dinero ni para que una empresa sea más competitiva; jugamos por jugar. De lo contrario, el juego se transforma en trabajo o en un recurso para aumentar los beneficios de una empresa. Aumentar los beneficios es un objetivo legítimo, pero es difícil considerarlo un fin en sí mismo. Con todo esto no quiero dar a entender que toda instrumentalización sea mezquina o reprobable. Lo que sí me atrevería a afirmar es que hoy es tan ubicua que ha acabado siendo una amenaza para otras formas de pensamiento necesarias para vivir bien y con sentido. Demasiado a menudo, la instrumentalización enturbia la percepción de lo que de verdad tiene sentido.

Lo útil

La instrumentalización es hija del utilitarismo. La sociedad actual prefiere utilizar los medios o instrumentos que producen más ganancias, es decir, los más útiles. La práctica está tan arraigada en nuestra cultura que a menudo no vemos los peligros que conlleva. Los políticos de la mayoría de los países llevan tiempo tratando de sacar

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el máximo rendimiento al dinero, ya sea en materia de sanidad, de medioambiente o de educación. Tomemos la educación como ejemplo. Por lo general, la idea de obtener el máximo nivel educativo posible por el dinero invertido suele tener como resultado que las guarderías y las escuelas optan por las metodologías que, según indican los estudios previos, ofrecen el mejor resultado cuantificable. Los responsables de tomar las decisiones no tienen en cuenta décadas (e incluso siglos) de tradición educativa y de enseñanza. Los profesores de enseñanza primaria dejan de ser profesionales que aplican su propio criterio educativo, para acabar siendo el medio de transmisión de los objetivos de los investigadores y los funcionarios. Los dirigentes olvidan el entorno (el país, la región, la ciudad, el distrito, el curso escolar) en favor de una visión generalizada de «lo que funciona». En realidad, la estrategia no «funciona» porque la tradición, lo personal y el entorno son elementos fundamentales en cualquier forma de educación. El auténtico problema es que nos autoconvencemos de que funciona. La consecuencia es que intentamos reducir un conjunto de fenómenos con valor en sí mismos (es decir, el contenido y el contexto histórico y cultural en el que se enmarca la educación) a una serie de recursos diseñados para obtener determinadas calificaciones en los exámenes nacionales y en los informes PISA. Sacar buenas notas en exámenes con fines meramente comparativos se ha convertido hoy en un objetivo en sí mismo para el alumnado, aunque, en el mejor de los casos, esas notas solo sirvan como medio

para evaluar objetivos políticos y nunca constituyan un fin en sí mismas. ¿De qué sirven unas calificaciones excelentes en el informe PISA (cuyo valor estadístico es, por cierto, muy discutible)3 si a los alumnos que las obtienen se los prepara específicamente para el examen, en lugar de hacerles estudiar la materia en toda su complejidad?

Como decíamos, el medio (exámenes e informes) pasa a ser un fin en sí mismo, mientras que el verdadero objetivo (la educación académica y la actitud democrática) queda relegado a segundo plano. La transformación de los medios en fines es una de las tendencias más perjudiciales de la sociedad actual. Para el sistema, el valor de la infancia se reduce a formar alumnos capaces de obtener las calificaciones correctas y a prepararlos para ser «soldados del Estado competitivo», en palabras de cierto politólogo.4

Dicho de otra forma, en la era actual, incluso la infancia está sometida a la instrumentalización, pues se la considera un simple medio para obtener una fuerza laboral eficaz e innovadora con el fin de que la nación sea capaz de sobrevivir en la competitiva economía global. Psicología instrumental y filosofía inútil

Hoy en día, el debate sobre la utilidad de las humanidades está muy en boga. En un contexto cada vez más instrumental y utilitarista, las asignaturas de humanidades corren grave peligro. ¿Qué aportan al PIB y a la competitividad de un país la historia, el teatro o el francés? ¿De

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qué sirven? Una de las principales premisas de este libro es una paradoja: la utilidad de muchas disciplinas —entre ellas, las humanidades— radica en su inutilidad. Demostrar que la vida trasciende lo meramente útil es hoy más importante que nunca, pues solo así puede comprenderse la utilidad en un sentido más profundo y existencial. El arte, lo lúdico, el amor y la ética son tanto más valiosos cuanto menos persiguen un propósito externo y más se constituyen como fines en sí mismos. Desde esta perspectiva, son los fenómenos en teoría inútiles los que otorgan contenido y sentido a la vida. Las humanidades son importantes porque están relacionadas con fenómenos como el arte, la ética y muchos más.

Yo me dedico a la psicología, una disciplina con un pie en las humanidades y otro en las ciencias experimentales. Ciertas ramas de la psicología estudian al ser humano como un ser que actúa y padece, un habitante del mundo histórico de signos y símbolos de la cultura; otras lo estudian como una entidad fisiológica compuesta por el sistema nervioso central, los genes y las hormonas, que se rige por el principio de causa y efecto. Ambos enfoques me parecen fascinantes y legítimos. Sin embargo, en un libro que, como este, trata del sentido, es más relevante el primero.

El hecho de que aquí se ponga el acento en la filosofía más que en la psicología tiene que ver con que, por desgracia, la psicología ha desempeñado un papel activo en el proceso de instrumentalización social desde su constitución como ciencia, a finales del siglo xix . Jugando

con las palabras, yo diría que ha sido el instrumento de la instrumentalización. Ha sido una de las herramientas más importantes para su consolidación. ¿Qué significa esto? Significa, por ejemplo, que la psicología, en virtud de su estatus cultural de una suerte de «religión de sustitución» moderna, ha ofrecido a los individuos un conjunto de herramientas que, supuestamente, les permiten «trabajarse a sí mismos».5 La psicología ha transformado el objetivo religioso de la salvación en autorrealización; la confesión y la guía espiritual se han convertido en terapia y coaching; los sacerdotes seculares de hoy son los psicólogos y los gurús de la autoayuda, y el yo ha desplazado a Dios de su lugar en el centro del cosmos. Todo eso ha sucedido tan solo en los dos últimos siglos. Sin embargo, a diferencia de la visión religiosa de lo divino y lo absoluto como un fin en sí mismos, la psicología, dicho de forma sencilla, ofrece medios sin fines o, al menos, sin más fines que los del yo subjetivo del individuo (o de los objetivos de «mejora de competencias» que se marque cada país). Sus recursos van desde la psicoterapia, el coaching, la indagación apreciativa, el pensamiento positivo, el mindfulness y la comunicación no violenta, en la rama más humanística, hasta los test de inteligencia y de personalidad, en la más cercana a las ciencias experimentales. Muchos de esos recursos han pasado a formar parte de la manera en la que nos entendemos a nosotros mismos, así como de nuestras instituciones, donde hemos intentado transformarlos en un fin en sí mismos. Por ejemplo, hoy creemos que la autenticidad («sé tú mismo»), las corazonadas o los

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resultados de un test psicológico tienen valor intrínseco, cuando es fácil demostrar lo contrario. Imagina que «te encuentras a ti mismo» y resulta que eres un monstruo cruel y desalmado. ¿No preferirías ser de otra forma, por mucho que fuera una versión menos auténtica de ti? Como decía en Stand Firm, es mejor ser una buena persona (en sentido moral) que ser uno mismo. Esto se debe a que, considerada como valor ético, la bondad es un fin en sí mismo, mientras que ser tu yo auténtico es, en el mejor de los casos, un medio para llegar a ser una buena persona y, en el peor, un obstáculo para ello. Por supuesto, sería estupendo ser ambas cosas a la vez, pero, si hay que elegir, lo moralmente correcto es optar por la bondad, pues es la única de las dos con valor intrínseco. En pocas palabras, mi crítica a la psicología es que, aunque ha contribuido en gran medida al desarrollo de muchas personas que han conseguido «ser ellas mismas» por medio de diversos recursos (los medios),6 no ha hecho gran cosa por fomentar una educación ética y social (los fines). Como decía el título de un libro de finales del siglo xx , We’ve Had a Hundred Years of Psychotherapy - and the World’s Getting Worse. 7 La psicología ha tenido un protagonismo excesivo en relación con la instrumentalización del desarrollo personal, el aprendizaje y la autorrealización, mientras descuidaba por completo lo «inútil», es decir, lo que carece de función práctica, pero es un fin en sí mismo. En ese sentido, la psicología —o al menos algunas de sus ramas— ha contribuido no solo a la instrumentalización de la sociedad, sino también

a fomentar una cultura obsesionada con el yo y, en algunos casos, el narcisismo más flagrante. Por lo tanto, en el resto del libro manejaré sobre todo conceptos filosóficos con los que formular un pensamiento no instrumental cuya utilidad radica en su inutilidad. Tengo la esperanza de que la psicología vaya incorporando cada vez más planteamientos filosóficos, aunque para ello es necesario que se permita a sí misma recurrir a la filosofía como fuente de inspiración, como hizo en el pasado, cuando era una ciencia joven. Si en el mundo actual todo ha de ser útil, solo lo inútil tendrá auténtica utilidad a la hora de (re)descubrir el sentido. En mi opinión, ninguna disciplina, ningún método de razonamiento, es más inútil, y por eso, más necesario que la filosofía... Quizá el arte, pero resulta que sé más de filosofía que de arte.

Ahora bien, ¿qué quiero decir cuando digo filosofía? Definir dónde termina la filosofía y dónde comienza la psicología (y viceversa) no es tarea fácil. Por un lado, todas las ciencias (también la psicología) proceden de ella y, por otro, definirla es de por sí un tremendo enigma filosófico. Este libro utiliza conceptos filosóficos para formular una filosofía de la vida capaz de resistir a la instrumentalización y al pensamiento utilitarista. Parte de mi proyecto es reflexionar sobre la naturaleza de la filosofía. Comienzo con la sencilla definición propuesta por el célebre filósofo estadounidense Stanley Cavell: la filosofía —dice— es una «educación para adultos».8 En otras palabras, una manera de concebir la filosofía

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es considerarla parte del proceso de crianza, educación y formación ética del ser humano. Cuando crecemos y empezamos a reflexionar sobre la vida, la muerte, el amor y los demás grandes temas existenciales, la filosofía nos sirve para enmarcar el pensamiento en un proyecto práctico de autoeducación. Ese proceso de contextualización del pensamiento es necesario para evitar la instrumentalización y abordar la cuestión del sentido de la vida desde la perspectiva correcta. Gracias a la filosofía, profundizamos en las verdades establecidas y las ponemos en tela de juicio planteando preguntas incómodas allí donde otras ciencias, la psicología, por ejemplo, se quedan cortas. «La felicidad se mide mediante un cuestionario cuyos resultados nos permiten optimizar el bienestar y conseguir que las personas sean más productivas», afirma el psicólogo. «¿Qué sentido tiene eso? ¿Acaso consiste en eso la auténtica felicidad?», pregunta el filósofo. El filósofo nunca deja de profundizar, de formular preguntas siempre pertinentes y críticas.

La filosofía nos ofrece recursos para contextualizar el pensamiento; sin embargo, en mi opinión, debería hacerlo con la mira puesta en un objetivo práctico. Para el historiador Pierre Hadot, el propósito de la reflexión filosófica es vivir «la vida filosófica».9 En el ámbito universitario actual, la filosofía es una disciplina analítica; en la Grecia antigua, en cambio, era una forma de vida, sobre todo en sus vertientes ética —que enseñaba a los individuos a vivir bien— y política —orientada a la construcción de una buena sociedad—, aunque la lógica también

se consideraba una herramienta práctica para desarrollar un pensamiento coherente. La física, que entonces se consideraba una rama de la filosofía, se concebía como una disciplina contemplativa orientada a comprender el lugar del ser humano en el cosmos. Este libro es un intento de rehabilitar la filosofía como un modo de vida que nos enseña a reflexionar acerca del sentido de la vida. El objetivo de las escuelas filosóficas clásicas (el platonismo, el epicureísmo, el estoicismo, el cinismo, etcétera) era la paideia (la crianza, educación y formación ética del ciudadano ideal), es decir, enseñar a las personas a vivir conforme a su naturaleza. Se trataba de una empresa con valor intrínseco, pues no era un medio para alcanzar otro fin. La educación (paideia) era un fin en sí misma.

Para Platón y para muchos filósofos posteriores, la filosofía (que etimológicamente significa «amor a la sabiduría») nace del asombro. Empezamos a filosofar cuando nos preguntamos por qué hay algo en lugar de nada; por qué existe el mal si Dios es bueno y omnisciente; qué hace que lo bueno sea bueno... Los niños también formulan esa clase de preguntas, lo que contradice en parte la definición de Cavell de la filosofía como educación para adultos. Por otro lado, es probable que para filosofar haga falta disponer de un intelecto adulto que nos permita examinar los conceptos, formular las preguntas con claridad y expresar las respuestas con precisión. La premisa de Platón de que la filosofía nace del asombro no es errónea, pero a mí me parece igual de válida la idea del filósofo contemporáneo Simon Critchley, para quien

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la filosofía nace de la decepción.10 Por un lado, de la decepción ante la falta de justicia. Vivimos en un «mundo violento e injusto» en el que rara vez triunfan los buenos y a menudo los tiranos viven felices. La decepción que produce una injusticia tan evidente conduce a la filosofía política y despierta el deseo de luchar por una sociedad mejor. Por otro lado, según Critchley, la filosofía nace de la decepción de la no existencia de Dios. Aquí recordamos a Woody Allen: un universo sin un ente que le dé sentido, un universo que bien puede ser una simple casualidad cósmica o una manifestación de las fuerzas ciegas de la naturaleza.

A finales del siglo xix , Nietzsche se hizo famoso por anunciar la muerte de Dios y la pérdida de sentido que de ella se derivaba. Admitió que la pérdida de Dios podía desembocar en el nihilismo, entendido no solo como una pregunta insistente por el sentido de la vida, sino como la afirmación explícita —y quizá exaltada— de su ausencia. Pero esa no era su postura. Al contrario, pretendía dar respuesta a la amenaza del nihilismo y sus implicaciones culturales. Los nihilistas sostienen que los valores carecen de fundamento y, por lo tanto, están vacíos. Nietzsche, en cambio, creía necesario redefinir la naturaleza de los valores —en particular los cristianos— para proteger a la humanidad de una debacle nihilista.

Los peligros del nihilismo

Sin ser nietzscheano, este libro comparte la preocupación del pensador alemán por el nihilismo y la cultura. La instrumentalización contemporánea de la sociedad es, por definición, un acto nihilista, ya que no admite que existan cosas que sean fines en sí mismas. Algunos ejemplos: con independencia de nuestra opinión sobre la función de una institución como la familia real en una monarquía constitucional moderna, a mí me resulta muy revelador que con tanta frecuencia se la defienda argumentando que genera beneficios para el país. ¿Por qué cobra tanto peso el argumento económico en este contexto? ¿Acaso hay que juzgar a las instituciones tan solo por su valor monetario? Todo pensamiento utilitarista es, en última instancia, nihilista, porque no admite que las cosas posean valor intrínseco. No es difícil dar con ejemplos casi grotescos: hace poco, uno de los periódicos dominicales daneses publicó un artículo que afirmaba que separar los residuos domésticos nos hace felices. Pero cabe preguntarse por qué eso sería siquiera pertinente. ¿No se trata de una tarea que debemos realizar tanto si nos hace felices como si no? Y algo parecido ocurre con el dinero: aunque tenerlo produce placer, en sentido estricto es nihilista, porque reduce las diferencias cualitativas a diferencias cuantitativas. En un sistema monetario, todo se mide con la misma escala. Ahora bien, ¿cómo superar el nihilismo si ya no contamos con Dios como garante del sentido?11 Aunque

todavía hay quien cree en Dios, para muchas personas (para mí, sin ir más lejos) el concepto de deidad no es una respuesta satisfactoria a la pregunta del sentido de la vida. Quien afirma que el sentido existe porque existe un dios no hace más que esquivar la cuestión de la naturaleza del sentido.12 Esto no es para nada un argumento en contra de la fe religiosa. Solo pretendo subrayar que el recurso a la deidad no es la respuesta automática a la pregunta sobre el sentido. La cuestión sobre la existencia de Dios y la cuestión del sentido son, en principio, distintas. Por ejemplo, ciertos teólogos existencialistas sostienen que Dios podría haber creado un universo carente de sentido. El sentido sin Dios es tan concebible como Dios sin el sentido.

Para Critchley, existen dos formas de nihilismo, ambas originadas en la pérdida del sentido cultural. La primera es el nihilismo activo, que propone destruir el mundo tal como lo conocemos para fundar uno nuevo.

Esta variante política del nihilismo es típica de bandas terroristas como la Baader­Meinhof, las Brigadas Rojas y otros grupos más recientes como Al Qaeda y el Estado Islámico. Según la lógica violenta de este tipo de organizaciones, es necesario destruir el mundo capitalista contemporáneo carente de sentido para reemplazarlo por una utopía (comunista o religiosa). El otro tipo de nihilismo es el pasivo, mucho más extendido entre la población general. Para hacer frente al vacío y a la falta de sentido, la persona, en palabras de Critchley, «se retira a una isla». Según el filósofo, el budismo europeo es buen

ejemplo de nihilismo pasivo, pues esa tradición oriental suele degenerar en Occidente en una forma de desarrollo personal egoísta. Dado que nada externo a su propio yo tiene sentido, el nihilista pasivo opta por retirarse a su mundo interior y concentrarse en su propia psicología y en su propio desarrollo personal, tomando como guía todo aquello que lo haga sentirse bien por dentro: lo que lo haga sentirse bien es bueno y lo que lo haga sentirse mal es malo. Es una variante del subjetivismo puro que reduce los procesos y características del mundo a los efectos psicológicos que provocan en el individuo. Al mismo tiempo, se espera que dicho individuo los controle por completo, lo que hace de él una especie de dios. Así es como, según decíamos más arriba, el yo ha usurpado el lugar de Dios como centro del universo. Vivimos aferrados a la creencia errónea de que el sentido equivale a la experiencia individual de la felicidad. Quizá muchas personas conscientes de lo vacío de semejante forma de pensar se sientan como el personaje de Estragón de Esperando a Godot, de Samuel Beckett, cuando dice: «Somos felices. (Silencio) ¿Qué hacemos ahora, ahora que somos felices?», a lo que Vladimir responde: «Esperar a Godot».13 Quizá eso que hoy llamamos felicidad no sea lo mismo que el sentido, ya que a menudo la identificamos con un subjetivismo basado en categorías psicológicas como «bienestar subjetivo» o «autorrealización». Una de las tesis fundamentales de este libro es que el sentido no es ni subjetivo ni interno, sino que se origina en fenómenos, es decir, en puntos de apoyo, de nuestra vida como miembros de la sociedad.

Una vida con sentido

interesan por la cuestión del sentido de la vida. Mientras que Stand Firm formulaba una crítica social explícita acompañada de una indagación implícita sobre el sentido y el valor de la vida, en Puntos de apoyo ocurre lo contrario: el sentido ocupa el primer plano, y la crítica social queda en un segundo plano, generalmente en forma de comentarios sobre la instrumentalización contemporánea. En general, el concepto de «puntos de apoyo» remite a lugares e ideas concretos con los que estamos vinculados y de los que obtenemos estímulo. Me habría gustado escribir de forma más directa sobre lugares físicos reales, pero mi concepción de los «puntos de apoyo» es más bien metafórica y alude, por así decirlo, a «oasis»: lugares donde puede surgir el sentido porque un fenómeno puede manifestarse en todo su valor intrínseco. En nuestra meritocracia moderna e instrumentalizada, algunos considerarán estos diez puntos de apoyo como algo utópico, pero yo los entiendo como todo lo contrario. «Utopía» procede del griego y significa «no lugar»; los puntos de apoyo, en cambio, sí existen en nuestra vida. Solo necesitamos que se nos recuerde su existencia y aprender a relacionarnos con ellos sin recurrir al pensamiento instrumentalista.

La función de los diez conceptos del libro es recordarnos qué elementos de la vida son importantes y tienen sentido. Confío en que te ayuden a darte cuenta de que hay cosas que poseen valor en sí mismas y que son inherentes a una existencia humana plena de sentido. En otras palabras, este libro presenta diez principios acerca

Una vida con sentido

de otros tantos temas o fenómenos existenciales para una filosofía de la vida. Su objetivo es hacer reflexionar a la persona de hoy que desee superar el nihilismo y la instrumentalización. Habrá quien me acuse, no sin razón, de eclecticismo, de combinar en una especie de mosaico filosófico unos cuantos conceptos muy distintos tomados de pensadores que nada tienen que ver entre sí. ¿Pongo con ello en peligro la singularidad de cada pensador? Sin duda. Lo que sucede es que este libro no está dirigido a quienes buscan un análisis profundo y exhaustivo del pensamiento de cada filósofo. Los diez puntos de apoyo tampoco son una síntesis profunda de las escuelas de pensamiento de las que proceden. Estos diez capítulos pretenden ser una fuente de inspiración existencial para reflexionar sobre el sentido de la vida en la actualidad. Aunque a menudo pensamos en los filósofos como miembros de escuelas diferenciadas y compartimentadas, lo cierto es que suelen dialogar intensamente entre sí. Generalmente tratan los mismos temas y fenómenos, algo que en mi opinión refuerza el objetivo subyacente de este libro: identificar diez temas filosóficos fundamentales con los que formular los principios de un pensamiento antiinstrumentalista. Estoy convencido de que estos diez conceptos nos permitirán esbozar los principios generales de una antropología filosófica que concibe a los seres humanos como seres interconectados y con obligaciones, formados y educados en el encuentro con algo distinto del yo. Así, el ser humano no llega a ser quien es solo como resultado de la introspección, sino también, y en igual medida, a través de lo que

yo llamaría extrospección, que es una forma de reflexión que se proyecta, sobre todo, hacia los valores fundamentales representados en los diez capítulos de este libro.

Estructura de la obra

En cada capítulo trato con brevedad un tema existencial e intento explicar su lógica interna, así como su relación con las tendencias actuales. Con un poco de suerte, los diez resultarán útiles por su inutilidad, es decir, que transmitirán la idea de que el sentido rara vez coincide con lo útil. Los diez expresan realidades existenciales básicas sobre las cuales podemos mantenernos firmes porque poseen valor intrínseco. Son las siguientes:

1. El bien: si hay una sola cosa que hagamos por sí misma, ha de ser el bien (Aristóteles).

2. La dignidad: todo tiene o bien un precio o bien dignidad (Kant).

3. La promesa: el hombre es un animal con derecho a hacer promesas (Nietzsche).

4. El yo: el yo es una relación que se relaciona consigo misma (Kierkegaard).

5. La verdad: la verdad no existe, pero el ser humano puede ser veraz (Arendt).

6. La responsabilidad: un individuo no se relaciona con otra persona sin tener en las manos parte de la vida de esa persona (Løgstrup).

7. El amor: el amor es la ardua toma de conciencia de que algo distinto de uno mismo es real (Murdoch).

8. El perdón: el perdón solo perdona lo imperdonable (Derrida).

9. La libertad: la libertad no está hecha en primer lugar de privilegios, está hecha sobre todo de responsabilidades (Camus).

10. La muerte: quien ha aprendido a morir ha desaprendido la esclavitud (Montaigne).

Tras presentar cada concepto, esbozo una visión general de lo que nos enseña acerca de la manera de vivir una vida con sentido. Que nadie espere una única respuesta a la pregunta de en qué consiste una vida con sentido. Lo que haré, en cambio, será profundizar en las distintas maneras de abordar la cuestión y señalar los temas existenciales que actúan como fundamentos de una vida plena de sentido en una época por completo instrumentalizada. Estos diez conceptos, que he tomado prestados de diez filósofos, aparecen formulados como máximas, es decir, oraciones breves y fáciles de memorizar y tener presentes durante toda la vida. Las considero de absoluta relevancia para la época en la que vivimos. Las ideas antiguas no son malas porque sean antiguas. Haber condensado esas diez en máximas breves está en consonancia con la filosofía clásica entendida como forma de vida. Las ideas se transmiten a través de lo que Hadot denomina sistemática especial, que «proporciona a la mente un

pequeño número de principios muy relacionados entre sí, que, merced a dicha sistematización, adquieren mayor fuerza persuasiva y eficacia mnemónica» (es decir, que son fáciles de recordar).15 En su famoso libro La filosofía como forma de vida, en el que desentierra el concepto de educación de la filosofía clásica, Hadot insiste una y otra vez en que el ser humano necesita aforismos, máximas y resúmenes de todos los conocimientos relevantes desde el punto de vista existencial.

Las diez ideas que recoge este libro forman una colección de máximas concebidas para ayudarte a poner en relación el pensamiento que las sustenta con tu propia vida y comprender qué cosas tienen sentido y son existencialmente importantes. La mente humana suele estar repleta de jingles, canciones pop y fragmentos de anuncios, pero si te interesa el sentido de la vida y la filosofía como forma de vida, quizá te parezca importante incorporar alguna de esas diez ideas (o cualquier otra que te atraiga) a un proceso continuo de reflexión. Este libro, por supuesto, puede leerse de principio a fin, pero quizá prefieras saltar de un capítulo a otro y concentrarte en lo que más te interese. Los capítulos son breves; no tardarás mucho en leerlos. Ojalá dediques más tiempo a pensar las ideas que contienen que a leerlas.

Con un poco de suerte, al terminar el libro podrás responder a la pregunta de en qué puntos de apoyo vale la pena mantenerse firme en la vida. Espero que puedas refutar la desalentadora afirmación de Woody Allen de que, en el fondo, nada tiene sentido. Sus películas nos

Una vida con sentido

ofrecen una forma maravillosa de evasión, pero hay más formas de enfrentarse a la falta de sentido. Quizá incluso llegues a darte cuenta de que el deseo de evasión es parte del problema, no de la solución. Ojalá, además, este libro te proporcione argumentos para participar en discusiones políticas sobre la dirección que, desde tu punto de vista, ha de tomar la sociedad. Aunque diseñar una vida con sentido para los ciudadanos está fuera del alcance de los políticos de cualquier país, sí convendría abrir un debate sobre cómo la actual ola de instrumentalización amenaza el sentido y el valor de la vida. Por encima de todo, las ideas que se presentan aquí están pensadas como formas de poner en práctica lo que denomino extrospección, no porque la introspección carezca de importancia, sino porque la extrospección es la capacidad de sacar la mirada del yo y ponerla en los puntos de apoyo humanos.

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