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Cicerón

El arte de cultivar la verdadera amistad

En su vehemente ensayo Sobre la ira, Séneca, célebre pensador romano del siglo i de nuestra era y una de las figuras más destacadas del estoicismo, argumenta que la ira es la pasión más destructiva para la raza huma­ na. Su propia vida es una prueba de ello: apenas pudo conservarla bajo el reinado del colérico emperador Calígula y la perdió bajo el gobierno de Nerón. Esta nueva traducción es una certera selección de la sabiduría esencial de Sobre la ira. Presentada con una introducción esclarecedora, ofrece a los lectores una guía atemporal para evitar y controlar la ira. Ilustra ví­ vidamente por qué esta emoción es tan peligrosa y por qué saber gestionarla tiene grandes beneficios para las personas y para la sociedad.

www.koanlibros.com | @koanlibros

BIC: HPX

Sabiduría para una buena vida

ISBN 978-84-120537-9-1

9 788412 053791

Séneca

El arte de mantener la calma

James Romm es el editor y traductor al inglés de How to Die: An Ancient Guide to the End of Life (Princeton) y el autor de Dying Every Day: Seneca at the Court of Nero (Knopf). Ha escri­to para el New York Review of Books y el Wall Street Journal, entre otras pu­ blicaciones. Es profesor universita­ rio en Bard College y vive en Barry­ town, Nueva York.

Séneca

Las reflexiones de Séneca sobre la ira nunca han sido más relevantes que hoy, cuando el discurso incivil contamina cada vez más el debate público. Ya sea que los lectores estén interesados en su propio desarrollo personal o anhelen una renovación de la esfera política, encontrarán en la sabiduría de Séneca un antídoto valioso para los males de una época iracunda.

El arte de mantener la calma

Otros títulos de Sabiduría clásica

Un manual de sabiduría clásica sobre la gestión de la ira Introducción de James S. Romm y traducción de Jacinto Pariente

Sabiduría clásica para lectores mo­ dernos presenta las ideas atempora­ les y más oportunas de los pensado­ res clásicos en nuevas traducciones, adaptadas a nuestro tiempo. Esclare­ cedores y entretenidos, estos libros hacen que la sabiduría práctica del mundo antiguo sea accesible para la vida moderna.


Séneca

El arte de mantener la calma Un manual de sabiduría clásica sobre la gestión de la ira


Título original: How to keep your cool © Princeton University Press, 2019 © de la traducción del inglés y del latín, Jacinto Pariente, 2019 © Ediciones Koan, s.l., 2020 c/ Mar Tirrena, 5, 08912 Badalona www.koanlibros.com • info@koanlibros.com ISBN: 978-84-120537-9-1 • Depósito legal: B-2899-2020 Diseño de cubiertas de colección: Claudia Burbano de Lara Maquetación: Cuqui Puig Impresión y encuadernación: Liberdúplex Impreso en España / Printed in Spain Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. 1ª edición, febrero de 2020


Ă­ndice

IntroducciĂłn vii El arte de mantener la calma 1 Notas 83


introducción

«La ira es una especie de locura, porque nos hace darle máxima importancia a lo que no la tiene en absoluto.» Lucio Anneo Séneca escribe estas pa­ labras a mediados del siglo i d. C., a principios del reinado de Claudio, cuarto emperador de Roma a partir de Augusto. Aunque aparentemente su interlocutor es Novato, su hermano mayor, en realidad los destinatarios del texto son sus lectores romanos, y el mensaje de la obra no ha perdido un ápice de vigencia en esta época en que el género humano sigue sufriendo, y quizá más que nunca, las terribles consecuencias que la ira acarrea. Para comprender a fondo la cita senequiana, llevemos a cabo el siguiente experimento. Recor­ vii


demos el último suceso trivial que nos haya hecho hervir la sangre. Un conductor que nos ha obliga­ do a dar un frenazo nos ha quitado el aparcamien­ to, alguien que se ha saltado una cola o quizá aque­ lla persona que nos ha robado el taxi en nuestras propias narices. Indignante, ¿verdad? Pero, ¿en serio? ¿Cómo estábamos un par de días después del incidente? ¿Ha tenido aquella ofensa una importancia comparable a la del cambio climático, la guerra nuclear o el hecho de que los agujeros ne­ gros estén devorando la galaxia? La comparación de lo mínimo con lo incon­ mensurable es una de las estrategias favoritas de Séneca, especialmente en Sobre la ira, obra de la que el presente volumen es un extracto. Al obli­ garnos a cambiar de perspectiva o ampliar nuestra escala de valores, Séneca pone en tela de juicio la utilidad, si es que la tiene, de la cólera. El orgullo, la dignidad, el falso sentido de la propia importan­ cia, fuentes del sentimiento de agravio, terminan perdiendo todo sentido cuando nos distanciamos de ellas: «Distánciate un poco y ríe» (3.37). En el viii


presente tratado, Séneca nos relata cómo incluso sus más venerados modelos de sabiduría, Sócrates, el inmortal filósofo griego, y Catón el Joven, el célebre senador romano del siglo anterior, reci­ bieron escupitajos y golpes y protagonizaron en­ contronazos y altercados sin enfadarse y mucho menos encolerizarse. Para Séneca, que alguien no respete un «ceda el paso» no es el problema. El verdadero problema es nuestra reacción ante ello. La furia momentá­ nea, el deseo de dar un bocinazo, golpear o incluso matar al otro conductor amenazan gravemente la soberanía de la Razón y, por lo tanto, la capacidad de elegir con justicia y actuar con virtud. La ira pone en peligro nuestra condición moral más que cualquier otra emoción, pues es la más intensa, destructiva e irresistible de las pasiones. Se pare­ ce a saltar desde un precipicio. Cuando la ira se adueña de nosotros, ya no hay forma de detener la caída. La salud espiritual exige que nos deshaga­ mos de ella, pues de lo contrario nos aprisionará para siempre. Cuando Séneca escribió Sobre la ix


ira, o al menos su mayor parte, ya había sido tes­ tigo directo, y además desde el palco preferente del Senado de Roma, del sangriento espectáculo de los cuatro años del reinado de Calígula. Hoy en día daríamos otros nombres a la dolencia de Calígula, paranoia, por ejemplo, o simplemente sadismo, pero Séneca, para ilustrar su punto de vista, achaca a la ira el conjunto de las cruelda­ des del emperador. La sombra del cruel Calígula planea amenazadora por las páginas del tratado. El autor a menudo se refiere a él por su nombre, pero también por alusiones cuando, por ejemplo, asocia la ira con instrumentos de tortura, espadas, antorchas o disturbios callejeros. No cabe duda de que la pesadilla de los años del reinado de Calígula enseñó a Séneca el alto precio de la ira desbocada, no ya para el espíritu del individuo, sino para la totalidad del Estado. No era lo normal en Roma que un filósofo moral y dramaturgo ocupara un escaño de sena­ dor, pero Séneca no era una persona corriente. De joven estudió con los filósofos estoicos, se­ x


guidores de un código ético importado de Grecia que predicaba el autocontrol y la obediencia a los dictados de la divina Razón. Séneca, sin embargo, nunca fue un estoico ortodoxo. Al madurar, bebió de muchas otras tradiciones filosóficas, y además dejó de lado las disquisiciones teóricas en favor de una ética práctica embellecida por el virtuosismo retórico. Sobre la ira es buen ejemplo de ello. Solo parte de la primera mitad de la obra puede encla­ varse en los cánones del estoicismo clásico. La segunda mitad, de la cual procede la mayor parte del presente volumen, trata el tema de la ira de manera práctica, y en sus fragmentos más banales nos recomienda no sobrecargarnos de obligacio­ nes y no emprender tareas abocadas al fracaso. Séneca, si hemos de creer sus propias pala­ bras, era una persona introspectiva e introvertida. En esta obra nos describe sus exámenes de con­ ciencia nocturnos, plácidas sesiones de meditación que tienen lugar en el silencio de su dormitorio y exhalan un notable perfume a budismo zen, en las que repasa las elecciones éticas del día que xi


termina. Sin embargo, también sabemos por otras fuentes que el autor disfrutaba de la cercanía del poder y que fue un activo participante en el gran juego de la política romana, a veces con desastro­ sos resultados. Entre los treinta y los cuarenta años obtuvo un escaño en el Senado, donde se labró una reputación de orador original y convincente, pero por desgracia su elocuencia no le trajo más que problemas, pues despertó la envidia de Calígula que, según se dice, ordenó su muerte. Si salvó la vida fue porque el propio Calígula fue asesinado antes de que se cumpliera la orden. Con Claudio, el nuevo emperador, Séneca se convirtió de nuevo en sospechoso, esta vez de adul­ terio con una de las hermanas de Calígula, cargo posiblemente falso, y fue condenado al exilio en Córcega, donde se dice que comenzó la redacción de Sobre la ira. Volvió a Roma ocho años después, en el 49 d. C., cuando su carrera política estaba ya prácticamente acabada, para convertirse nada menos que en el preceptor y guía del joven Nerón, hijo adoptivo y heredero de Claudio, que conta­ xii


ba por entonces trece años. Gracias al apoyo de Agripina, otra de las hermanas de Calígula, y a la sazón esposa de Claudio, Séneca se convirtió en un influente personaje en Roma y además se hizo enormemente rico. Lo más seguro es que conclu­ yera la redacción de Sobre la ira por esa época. La única prueba más o menos fiable en la que pode­ mos apoyarnos es que Novato, destinatario ficticio de la obra, se cambió el nombre por el de Galión a finales del 52 o principios del 53 d. C., por lo que la publicación del tratado debe de ser anterior. Es posible que la obra circulara por Roma antes del regreso de su autor a la ciudad para dar a conocer la elevada dignidad ética de quien retornaba al núcleo del poder imperial, un poco a la manera de los políticos actuales que publican un libro de me­ morias para darse a conocer al gran público antes de presentarse a las elecciones. El tema clave de Sobre la ira es la humanidad. Para contrarrestar los impulsos de la ira, definida como deseo de castigar una ofensa real o percibida, Séneca nos recuerda que si hay un rasgo común al xiii


género humano es la falibilidad, de la cual se dedu­ ce la necesidad de perdonar. Entre los monstruos como Calígula y los santos como Sócrates pulula el 99,9 % de la raza humana, compuesta por comple­ to de pecadores, que sin embargo merecen ser perdonados sin excepción. «Dado que en el fondo no somos más que seres malvados viviendo entre seres malvados, practiquemos la amabilidad los unos con los otros. Lo único que puede devolver­ nos la serenidad es un pacto de indulgencia mu­ tua», nos exhorta en las emotivas últimas páginas de la obra. El tema de la falibilidad esencial del ser humano que subyace al contrato social es recu­ rrente en la obra del autor, pero quizá sea aquí donde lo expresa con mayor elegancia y claridad. En Sobre la ira, Séneca echa mano de su me­ jores recursos retóricos, unas veces espantando al lector con relatos de terribles crueldades, esti­ mulándolo otras con exhortaciones a la empatía y a la compasión, para en las páginas finales terminar invocando al aterrador y siempre cercano espectro de la muerte, otro de los temas centrales del pensa­ xiv


miento senequiano. Estamos ante una muestra de la mejor prosa del autor, que esta edición reprodu­ ce de forma muy libre con el objetivo de atrapar al lector y tenerlo pendiente de cada palabra. No se reproduce aquí cada palabra de la obra original, sino solo alrededor de la tercera parte. Para leer la obra completa se recomienda cualquiera de las muchas ediciones clásicas en español. Irónicamente, Séneca acabó siendo víctima de una ira que, a pesar de quince años de enseñan­ zas, no fue capaz de aplacar. En algún momento de la década de los 60 del siglo i d. C., Nerón se fue volviendo cada vez más trastornado y paranoico y la ira imperial comenzó de nuevo a enseñar los colmillos, como lo hiciera en los peores días de la época de Calígula. Al final, nuestro autor fue acusado falsamente de complicidad en una cons­ piración para asesinar al emperador y condenado al suicidio en 65 d. C. Los avatares de la vida de Séneca y la magni­ tud de su obra lo hacen más difícil de abarcar que a Epicteto y a Marco Aurelio (ver El arte de ser libre, xv


volumen tercero de la presente colección), los dos autores estoicos posteriores más importantes. No obstante, su pensamiento sigue vigente y es una importante fuente de inspiración y guía moral. A mediados del siglo xx , el psicólogo Albert Ellis se inspiró en Séneca para desarrollar su terapia racional emotiva conductual y, más tarde, Michel Foucault recurriría a la costumbre del autoexamen diario como modelo de lo que denominó «cuida­ dos del yo». Para el francés, la práctica estoica de buscar soluciones para las muchas dolencias del espíritu del hombre y la mujer modernos en el si­ lencio de nuestro dormitorio es muy recomendable hoy en día. La presente edición se basa en el principio de que Séneca no escribía para la élite romana del reinado de Nerón, sino para el género humano de cualquier época. En estos tiempos en que la ira germina, florece y se extiende con la mayor facili­ dad, es mucho lo que podemos aprender de la obra de Lucio Anneo Séneca.

xvi


el arte de mantener la calma


Lucio Anneo Séneca presenta al lector un ensayo sobre la ira disfrazado de diálogo ficticio. El interlocutor es Novato, su hermano mayor, que además ocupaba un escaño en el Senado. Más adelante, un prominente patricio llamado Galión adoptaría a Novato, que tomó su nombre. Novato es ese Galión que el libro de los Hechos de Apóstoles menciona como gobernador romano de Corinto y juez del caso de san Pablo. Aunque aparentemente el destinatario del tratado sea Novato, el autor se dirige en realidad a los miembros de la élite romana a la que él mismo pertenecía. Hoy en día los destinatarios somos muchos más.

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Novato, me has pedido muchas veces que escriba sobre las formas de gestionar la ira. Es normal que te preocupe el tema, pues hablamos de la más terri­ ble e ingobernable de las emociones. En las demás es posible hallar cierta mesura, la ira en cambio es pura agitación, violencia, deseo de agredir, de he­ rir, de atormentar, de dañar al prójimo, incluso a expensas del bien propio. El que la padece busca una venganza que irremediablemente acarreará su propia destrucción. Los sabios de antaño la defi­ nen como una locura breve, pues como el demen­ te, el iracundo es incapaz de controlarse, olvida lo que le conviene, ignora los afectos, se obstina en alcanzar sus fines, no escucha consejos ni atiende 5


a razones, se ofende por nimiedades y no distingue lo justo de lo injusto ni lo verdadero de lo falso. Se parece a un edificio que, al derrumbarse, se hace pedazos sobre aquello mismo que sepulta. El aspecto de una persona que sufre una cri­ sis de ira te convencerá más allá de toda duda de que ha perdido la razón, pues observarás en ella los mismos síntomas que en el demente: ojos in­ flamados, rostro enrojecido, labios temblorosos, mandíbula encajada, cabello erizado, respiración forzada y jadeante, espasmos violentos y gestos vehementes. Además las articulaciones le crujen, su discurso es torpe y entrecortado de rugidos y quejas, choca las manos con frecuencia, golpea el suelo con los pies y, presa de la turbación, «blande las desmedidas amenazas de la ira».1 No sé si cali­ ficarla de horrible o de vergonzosa. Hay emociones que se pueden ocultar y ali­ mentar en secreto, pero la ira se revela en el rostro y se hace más patente a medida que aumenta en intensidad. ¿Has visto cómo a los animales los abandona su natural placidez cuando se enfure­ 6


cen y dan señales de que están a punto de atacar? A los jabalíes les sale espuma por la boca y se afilan los colmillos, los toros cornean al aire y escarban el suelo con las pezuñas, los leones rugen, las ser­ pientes hinchan el cuello y los perros adquieren un aspecto amenazante. El animal más feroz y peligroso se vuelve aún más aterrador cuando lo posee la ira. El deseo, el miedo o la arrogancia son también difíciles de ocultar y presentan síntomas inequívo­ cos. En realidad, todas las emociones nos alteran el semblante de una forma u otra. La diferencia estriba en que, mientras las otras simplemente llaman la atención, la ira salta a la vista. (1.2) Si examinas detenidamente los estragos que produce, verás que es la plaga más perjudicial que ha azotado al género humano. Por su causa ha habido asesinatos, envenenamientos, calumnias, razas exterminadas, príncipes vendidos como es­ clavos,2 ciudades rodeadas por las hogueras de un ejército enemigo,3 edificios incendiados. A causa 7


de la ira, famosas ciudades son hoy montañas de escombros. A causa de la ira, antiguos países son hoy eriales desiertos. A causa de la ira, hombres ilustres que la historia nos presenta como ejemplos de un destino aciago fueron apuñalados en su pro­ pio lecho, derribados en plena celebración de los ritos sagrados de un banquete, asesinados en el foro ante los ojos de las leyes y del pueblo, obliga­ dos a entregar su sangre a un hijo parricida, a ofre­ cer el real cuello al puñal de un esclavo o a extender los miembros en una cruz.4 Y que conste que solo he mencionado desgracias individuales, no te olvi­ des del sufrimiento colectivo: las asambleas masa­ cradas a espadazos, las multitudes pasadas a cuchi­ llo o los pueblos enteros condenados al exterminio.

Aquí falta un fragmento de texto en el que sabemos por ciertas fuentes que Séneca define la ira como el deseo de castigar una ofensa real o percibida. Esta definición cobrará importancia más adelante, cuando el autor se ocupe de la manera de prevenir o moderar la ira. 8

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El arte de mantener la calma  

En su vehemente ensayo Sobre la ira, Séneca, célebre pensador romano del siglo i de nuestra era y una de las figuras más destacadas del esto...

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En su vehemente ensayo Sobre la ira, Séneca, célebre pensador romano del siglo i de nuestra era y una de las figuras más destacadas del esto...