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Eliseo Vite Franco

La corbata y otros signos de infamia Kimura Gaman ediciones


Colecciรณn Ansiedades tumefactas nยบ 1 Serie para la ficciรณn breve


«A los que nunca parten»


©Eliseo Vite Franco ©de las ilustraciones Aldo Franz Constantin ©Kimura Gaman ediciones, 2018 PRIMERA EDICIÓN octubre, 2018

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La corbata y otros signos de infamia


Eliseo Vite Franco

La corbata y otros signos de infamia

Con ilustraciones de Aldo Franz Constantin


Índice Determinación.11 Azul.19 Guacamaya.29 La corbata y otros signos de infamia.45 Lugar oscuro.51 Paseos.61 Playa R.79 Invitados.87 Salón.103 Ver en sueños.119 Regalo pequeño.125


Determinación

No sé si voy a hacerlo. Sé que puedo, pero no sé si lo logre. Una cosa es tener el método y otra pelearse con lo que es posible. La traigo lista. Estoy frente al cuadro azul con nubes verdes. El traje me aprieta un poco. Nada más pensarlo se me llena la boca con un regusto amargo y siento los labios tensos y secos. Está guardada. Una muchacha pasa, no creo reconocerla a pesar de que el pasillo está anegado de luz solemne, una luz profesional y hostil. Ella cree que me sonríe, se detiene y abre los labios en abanico, pero lo hace al cuadro. Me mareo y me confundo con el color de las paredes. No debo mostrarla. Otra mujer, algo más joven, pasa de largo y se resigna a no prestarme atención; continúa caminando mientras se arregla un pelo largo y hermoso que centellea, igual que en un anuncio de shampoo. Me sudan las manos, tengo las palmas cubiertas con agua fría. Me pregunto si alguien más me ha visto, a esta hora todos están dentro, esperando que termine el día. Si juntas todo el nerviosismo que te escurre como hilachos y lo ovillas en el centro de una idea, obtienes valor. O eso me han dicho. Oigo el aporreo lejano de una máquina de escribir y un cuchicheo agudo que viene de las puertas y me sabe a sangre. 11


Lo veo salir. Doy un paso y me encuentro detrás. No me nota y sigue su camino con un paso torpe y desacompasado. Se quita el polvo de la solapas. Así no se hacen las cosas. Los merodeos son vulgares, o eso dicen. Huelo una loción seria, un aroma refinado que de tan fuerte me hace estornudar. Los pantalones se me pegan cuando hay mucha gente. Tengo que apurarme. Me limpio con la nariz con la manga, creo que está mal pues todavía estoy aquí, aunque escurre sola. Quiero correr, pero sé que debo seguir. Me da la espalda, siempre da la espalda. Meto la mano en el bolsillo del traje, la toco con los dedos, unos dedos nerviosos que la recorren por los bordes como lenguas ávidas; así sé que todo está bien. Veo borroso, si bien desmayarse sería demasiado. Él ha entrado a una oficina custodiada por vidrios opacos, o eso oí. Todos son iguales, mis compañeros de oficina y yo. Me disgusta ver sufrir a la gente, a los demás empleados, por ejemplo, que su corbata se manche con perlitas de kétchup. Lo haré rápido y apenas podrá darse cuenta. Será algo clínico, como aventar un guante sobre un lavabo. Saco la mano de la bolsa, porque tampoco quiero verme raro. No sé si primero tendré que verlo a los ojos. La discreción es lo primero. No sé por qué hace más calor si la luz se está retirando. A veces piensa uno tanto las cosas que salen mal. Una vez me tiré el café encima y tuve que ir a cambiarme, correr hasta mi casa y soportar las piernas escaldadas durante las cinco cuadras del recorrido. Y no es que lo haya pensado demasiado, hice otras cosas vergonzosas, no malas que no vienen a cuento. Mi familia se quejaría. Entonces me dio miedo, ahora no. No se va a dar cuenta. La traigo bien segura, no quiero que la vean pues empiezan las pregun12


tas; tan pocas novedades en la vida que todo lo notan por fuerza. No tendría por qué salir nada mal, por lo menos al principio, aunque es cuestión de tener opiniones. Todo debe hacerse sin emoción, no es necesario el odio porque hace ruiditos indiscretos; eso es lo último que me falta. Ha salido, tampoco me ha notado. Camino, siempre detrás y con sigilo. A cada paso me topo con la hilera de puertas, todas de vidrio ahumado que guardan más escritorios y gente encorvada sobre computadoras. No hay nadie más que él, el pasillo está quieto con su alfombra café, de un tono esponjoso que me deprime y que parece alargarse hasta tocar el inicio de la escalera. El aire es espeso y no se mueve, lo ha detenido el aliento en que estamos hundidos quince horas diarias, sin parar. Contengo la respiración. Una mota de polvo se revuelca bajo la luz que ha vuelto, me recuerda la inquietud que me produjo la idea, con todos sus perfiles afilados cuando empezó como una sensación pequeña, sin patas. Aunque yo no podría retorcerme tan cínico si alguien me apuntara con un dedo lumínico. No somos polvo, por más que lo repitan. Me intriga por qué no hay más ventanas que esta, si las rentas son tan elevadas. Si alguien me pregunta creo que empezaré a tartamudear. Me pica la oreja. Ha desaparecido de nuevo. Oigo una sirena a lo lejos, siento el metal blanco de la ambulancia rozarme las muñecas. O quizá sea una patrulla. Espero no sea una patrulla. Me pregunto si me felicitarán con un esbozo satisfecho o hipócrita que apenas podré vislumbrar cuando me vaya, como en los intercambios de navidad. Si es que puedo irme. Ya tengo todo listo. Las exclamaciones no se harán esperar, hasta los más 13


cuerdos las buscan cuando algo se les atraganta. Alguno quizá se atreva a abrirme la puerta y darme una palmada de apoyo. Los gritos no se usan en la rapidez, eso está descartado. No gritará. Creo que está en su propia oficina. Tuve que pensarlo para prepararla. Supongo que no debo pensar eso y callarme. El silencio es más elocuente, si no, hay que ver el horizonte lejano de estos pasillos de aire apelmazado y luz de lujo para constatarlo. Mis manos siguen mojadas, la opresión en el pecho se ha sedimentado en una imagen siniestra. Es una imagen y no tiene palabras. Si la digo entonces ya no sería imagen y se desangraría en una plegaria, una interjección, un saco de arena o un chiste incompleto… otro más. Las imágenes son sólidas, son piedras del tamaño de la palma que las coge, en cambio, las palabras fluyen como gorgojos gordos por los pliegues rosados del cerebro, sin molestarse jamás en hablar. Me dan asco, pero uno tiene que pensar de alguna forma. Él no usa palabras, sólo tiene deseos. Por eso es el jefe. Cuando la vea no podré detenerme. No me acuerdo cuál era la oficina pero sabré reconocerla, para todo hay signos. Todo siempre es al principio difícil con él, incluso esto. Espero que esté solo. Esta es la puerta, lo sé por el olor a puro, un aroma fuerte, de tabaco prieto debatiéndose por los resquicios y cuyas volutas adivino forman aritos pausados sobre los muebles. De seguro tiene cuadros muy raros. Él está del otro lado, una voz muy grave que se arrastra raspándose con el humo me indica que estoy en lo cierto. Abro la puerta con cuidado. Mi corbata tiene una mancha que parece de agua. El pestillo se corre gentilmente, con un chirrido leve. Su cabeza es blanda y con el pelo a rape. 14


Tiene un cuello gordo que parece derretirse por la camisa, como un cirio solemne y obsceno. Me acerco. La traigo presta. Por fin puedo verla. La extiendo a la altura de su nuca, necesito ver sus ojos, aunque sé que aún puedo despeñarme. Quizá deba hablar para que voltee. El terror se desenreda, poco a poco, dentro del pecho en coletadas duras, como un trapo húmedo que al destrenzarse me salpicara el esternón con agua helada. Voltea, no había notado que tiene los ojos hundidos. Este hombre está derritiéndose por dentro, no es por culpa de algún fuego interior; algo oscuro, gigantesco, una especie de gravedad adiposa se lo está tragando. Me doblega sin remedio. Me mira sin sorpresa. Tengo que hablar. No parece desconcertado. Estará pensando si me atrevo. Ahora está a la altura de sus ojos: “Jefefe… ¿Me fifirma esta solilicitud de vacaciciones? ¿Pppor fafavor?”

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Azul

Tardó quince minutos en llegar. Dos timbrazos. En cuanto me aproximé a la entrada noté que el aroma de un perfume barato llenaba la estancia. Se trataba de un olor san-judas-consígueme-novio proveniente de un menjurje adquirido en el mercado, de seguro en el de Sonora. Cuando abrí, sus pestañas apuntaban al suelo. Alrededor de sus párpados brotaban halos de pintura verde que la hacían lucir algo mayor. Estaba como para un baile, traía un vestido color turquesa hasta la rodilla que se plegaba mucho en su entrepierna. Su arreglo era el mismo que la emperifollaba cuando la conocí, sólo que ahora no estaba para danzas ni manoseos de borrachos. No dijo nada, se contentó con estarse quieta, muda, manteniendo sus manitas en reposo junto a los costados. Alzó los ojos. Puedo pasar, musitó haciendo la boca chiquita, como si le estuviera dando un beso a la erre. Pasarrr. Pásale mi reina, pásale. Antes de entrar dobló las rodillas en un gesto que me recordó a una película de Michelle Pfeiffer, una en la que algunas mujeres usaban cinco kilos de ropa de encaje y rizos caprichosos para dar la impresión de no ser desecha19


bles. Me hice a un lado; siguió de largo, como si yo fuera el portero sin lengua de su casa. Su andar era todo lo contrario a su carita compungida, sus tacones afilados emitían ecos rápidos, breves, casi imperceptibles al chocar contra la gastada duela de roble falso que jamás ha conocido un trapeador. Era obvio que tenía que ir derecho al cuarto, no podía esconderse en la cocina: en la estufa sólo cabe una persona, siempre que ésta consienta en quitarse primero una pierna o ambos brazos para estar cómoda. Me senté sobre un banquito de paja trenzada que estaba junto al comedor. Saqué un Malboro rojo que de casualidad traía en el bolsillo de la camisa. Como no tenía encendedor, le di unas caladas falsas y llenas de baba con la esperanza de tranquilizarme. Ahora qué voy a hacer con esta vieja aquí metida. En lugar de evocar golpes, cárceles y jueces, sin querer comencé a imaginarme su cuerpo suave y torneado restregándose furioso contra mis sábanas; incluso visualicé sus tetas sudorosas rasándome la cara. Se me paró sin querer; intenté sofocar la erección dándole chupadas sin lumbre al cigarro, que se ablandaba sin remedio. Supongo que también pensé en escupitajos y en pelos. Cuando uno está en problemas es más fácil pensar en sexo que en la muerte. La conocí por mis andanzas por la Colonia Doctores. Un día, cuando salía de trabajar vi en la calle de Doctor Lucio, sobre una cortina negra a medio cerrar, un cartel que decía “El Jardín de las Esférides”. Así, sin adorno, con letras pintadas a mano que me recodaron los anuncios de contadores del Centro. Hice cuentas de lo que había sacado ese día: podía darme un gustito. Putear cabrones cansa. Un poco de entretenimiento. Me recibió una mujer 20


flaca, de pelo güero y cara huesuda, que me ofreció cigarros y unos boletitos arrugados. Le dije que primero tenía que ver el lugar. Hizo una mueca de impaciencia, agitó un largo brazo salpicado de venas saltonas para llamar a un mesero; al momento vino un tipo bajo y de pelos morados que me llevó a través de unas escaleras en penumbra hasta a una mesa chueca con el logo de Corona en el centro. Apagaron las luces. Olía a rancio y a perfume de baño de abuelita. La voz de Witney Houston, la canción del guardaespaldas se empezó a regar por todo el lugar, como agua caliente hecha de hilitos. Yo un guarro y ella de espaldas. La melodía, poco a poco, se descompuso en notas arrugadas y estruendosas gracias a unos altavoces baratos. Ella salió a toda velocidad, se lanzó sobre tubo, precisa, como una gimnasta lujuriosa y experimentada. La ruca de la entrada se apareció junto a mi lugar, me puso enfrente una cerveza que no pedí, agitó con animosidad la celulitis de sus brazos y dijo con voz rasposa: “Es la muñequita azul, pero cuidado, eh, que le gusta mucho desaparecer, es de las que te cogen y luego se va”. Una espalda larga, morena, no demasiado delicada, pero sí bastante firme. Nalgas redonditas y pendulares. Le compre todos los privados. “No me va a dejar ni uno para vender luego”, dijo con una sonrisita satisfecha. “Dígale la muñequita azul, así le gusta que la llamen“, agregó la vieja. “Aquí tiene mil pesos para que no venda más los boletos seño”, dije y le di un sorbo prolongado a la chela que ya estaba algo caliente. Las luces emitían parpadeos morados y azules; me sentí dentro de una pecera agitada, con reflejos trémulos y llena de peces tornasoles. Así me la pasé esa noche y todas las noches siguientes. 21


Tiré el cigarrillo al suelo. Le di un pisotón con desgana, por puro instinto. Me dirigí hacia el cuarto. Ella estaba sentada a la orilla de la cama asiendo mi colcha con ambas manos; sus puños no tenían la misma crispación gozosa con que cada noche agarraba el tubo del téibol; al contrario, en sus dedos había una desesperación frágil, como si aguardara, sin pedirlo, un favor muy grande. Se había quitado los tacones y de nuevo persistía en señalar el piso con los ojos. La luz de la calle, apenas amortiguada por unas cortinas pardas, entraba con vehemencia anaranjada en la recamara. El broche en forma de mariposa que ella, Rita, traía prendido al pelo emitía diminutos reflejos azules. Sus pies descalzos rozaban con suavidad la alfombra deslucida y cubierta de polvo. Me senté a su lado cogiéndole la mano con delicadeza. Estaba helada. No había marcha atrás. Y pensar que había bastado una llamada para que volviera a mí. Se oyó el timbre. Rita dio un respingo y apartó la mano. Métete aquí, le dije con calma y señalé el ropero. Movió los hombros y me miró angustiada, esperando una explicación. Yo seguí apuntando hacia el hueco astilloso que formaba el interior del clóset y que dos horas antes todavía estaba lleno de sábanas y camisetas. Asintió resignada. Una semana antes no se hacía a la idea de vivir conmigo, y ahora tenía que meterse en el mismo lugar donde yo guardaba mis calzones. En la puerta estaba un tipo con el cráneo cubierto por un tupé que me pareció haber visto en algún escaparate. No aparentaba ser un tecolote normal. Su cuerpo larguirucho estaba cubierto por una gabardina amarilla con faldones afilados al estilo Dick Tracy; sus botas negras 22


rematadas en una puntera metálica me inspiraron respeto. Una corbata gruesa, tejida, parecida a la que tenía mi abuelo cuando lo enterramos, colgaba desde un cuello delgaducho, de pollo. No tenía cejas o si las tenía no pude distinguirlas. Movía los ojos de arriba hacia abajo en un tic apremiante. Dio unos pasos indicándome que deseaba entrar. No dijo nada. Su vista ya hurgaba el interior del departamento. Le enseñé con un gesto la estancia, que no es otra cosa que un pasillito desnudo con paredes color crema cuya uniformidad sólo interrumpen una mesa vieja, un banco y dos sillas. Se colocó frente a mí, muy cerca; pude haber tocado sus no-cejas con la lengua, pero no creo que hubiera aceptado esa clase de soborno. Lo dejé pasar. Se sentó en la única silla libre de cenizas. Con un guiño oscilante me invitó a hacer lo mismo. A qué debo el honor. No se haga pendejo. Me senté para tener lo que sería una charla poco amistosa y en la que haría falta nicotina. Le ofrecí un cigarro. Nomás que no tengo encendedor. Ni yo, me contestó. Me gusta fingir que fumo. A mí también, dijo. Tomó un cigarro y se lo puso con lentitud en la boca. Guardé la cajetilla dentro de mi saco. Con la mano que tenía libre escarbó su gabardina: sacó una fotografía. ¿Qué es? pregunté. Usted ha visto a esta mujer. Se trataba de ella: seguramente la foto había sido tomada en sus horas de trabajo. A través de una densa capa de humo sulfuroso se veía a Rita agarrando un tubo mientras fingía deshacerse de un traje de mucama. Antes de que el hombre guardara el fotograma vislumbré una mueca festiva en la cara de Rita; también distinguí las cabezas borrosas de 24


varios hombres. Rita era una mujer entregada a su trabajo. Mmm, musité con un interés que hoy considero genuino. Se parece a una amiga, respondí. Los vecinos dicen que la vieron entrar, contestó. Tiró su cigarrillo. Pues aquí no está. Me hice hacia atrás, con la impaciencia del que sabe que no irá a ninguna parte. Voy a pasar a su baño si no le molesta. Es por allá, por la cocina. Le indiqué una puertita metálica junto a la entrada. No, creo que es por acá, y como quien explora un condominio que está a punto de alquilar, el policía de la greña rara se metió a mi recamara. La cama estaba levemente desordenada: el borde de la colcha tenía ondulaciones grumosas que habían levantado las nalgas de Rita. Le ofrezco otro cigarro, hubiera querido decir, pero la pregunta se me atoró en el gaznate. El hombre se sentó sobre la cama, encima del arrugado cobertor. Buscó algo en su gabardina. Parpadeaba cada vez con mayor insistencia, como si la nariz le picara gracias a una nube de un polvo ardiente e invisible. Sacó un revólver, creo que era un K38, un arma que jamás usaría un judicial. El cañón se dirigió, poco a poco, hacia el techo. La luz se hizo insoportable, el brillo que se filtraba por el ventanal encortinado comenzó a escocerme. Apretó el gatillo. Cerré los ojos, pero me obligué a abrirlos de inmediato. Llovieron pedazos de yeso amarillo. La alfombra se tragó el eco del disparo. Por un instante, pensé que me había dado en la cabeza y que mis sesos ya eran un decorado informe y esponjoso arrastrándose por la pared. El presunto poli sonreía. Se levantó dando un saltito. Conque no me va a decir nada, eh… 25


Le pegó tres tiros al armario. El hombre comenzó a carcajearse, sus ojos aletearon. Corrió hacia el clóset y lo abrió. Estaba vacío, salvo por el broche de mariposa que se encontraba en el piso y que tenía dos agujeros, como si un par de ojos ciegos hubieran crecido entre las alas.

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Guacamaya

Había ido a dar gracias a la Virgen por haber acabado —¡al fin!— la carrera de ingeniería. O eso me dije a mí mismo. Era casi de noche. Caminaba por la nave central de la iglesia cuando cambié de idea y me dirigí a la salida. Al llegar al atrio, desde las jacarandas del parque de enfrente, me llegó el canto de un pájaro. Me detuve, agucé el oído. Era un sonido agradable y apreté el paso para acercarme. La puerta principal que rodea al templo estaba cerrada, así que me encaminé hacia un portón lateral, herrumbroso y de barrotes oxidados que llevaría siglos en su sitio. Al salir del atrio, jadeando, me di cuenta de que oscurecía. No lo pude evitar: grité a todo pulmón y corrí hacia el parque. Esparcidas en las copas de los árboles, como frutos desmesurados, había varias guacamayas azules, rojas, verdes, moradas. Todas luciendo colores brillantes que extraían de la luz de unas farolas rotas y desvencijadas. Al pie de las jacarandas, unos niños con resorteras hechas de palos de plástico y ligas gruesas, trataban de darle a una guacamaya azul marino con el lomo salpicado de plumas amarillas. La guacamaya no graznaba como las otras, can29


taba igual que un pájaro más pequeño, un canario o un jilguero. Los niños se azuzaban unos a otros para darle al ave, que se movía indiferente de un lado a otro de la rama, sin cesar su tarareo armonioso. Los otros pájaros sacaban, amenazadores, sus lenguas rosadas; algunos emitían silbidos estridentes, arqueando el cuello y erizando las plumas. No podían atinarle. “Qué están haciendo, dejen al pájaro en paz”, voceé al llegar junto a los niños, que repartían golpecitos en la cabeza de uno que acababa de fallar el tiro. Bajaron las resorteras, me clavaron los ojos con el mismo desagrado con que se mira a alguien que no tiene más de un ojo en la cara. Sentí una mano agarrarme por el hombro. Caí de espaldas. Mis manos amortiguaron el golpe. Detrás de mí estaba un sujeto muy alto, cejijunto y con un alzacuello: era un sacerdote. Los niños se rieron de mí con todas sus fuerzas y se olvidaron un momento de su frustrada cacería. Tenía la cara encendida. El sacerdote me tendió la mano para ponerme de pie. La rehusé, me levanté sacudiendo mis pantalones llenos de mierda de pájaro. Las guacamayas nos ojeaban, curiosas. La azul marino había dejado de cantar y aleteaba sin alzar el vuelo. “Usted tendrá que disculparme, pero me pareció que estaba molestando a los niños“, sus cejas formaron una línea severa en su frente. En mi aturdimiento, creí que la guacamaya azul me daba las gracias con una voz femenina que me sonó familiar. “Padre, le querían dar a las guacamayas”, dije mirando los rasguños que me había hecho en las manos. Los niños se fueron corriendo hacia el centro del parque, don30


de estaban el quiosco y un humeante puesto de buñuelos. Sus risotadas se desperdigaron en la noche como canicas arrojadas sobre un montón de tierra. Se disculpó conmigo y luego me ofreció un café en la sacristía. Dudé en aceptar, pero prometió explicarme lo de las guacamayas. Me contó que una noche, hacía casi dos meses, una señora había ido a la iglesia buscando un milagro. “Una de esas locas que sobran en el pueblo”, dijo haciendo un gesto de desdén con sus manazas. “Vino a ver a la Virgen de los Remedios para pedirle que reviviera a su guacamayo. No era joven, de aire distinguido, excesivamente alta, pálida, recordaba a un cirio de primera comunión como los que tengo aquí en la estantería. Tenía la compostura recia de la gente que no envejece después de la cincuentena. Había sido sirvienta en una casona en Cuernavaca donde se criaban estas pestes. Resulta que cuando murieron los dueños, el caserón estuvo en litigio muchos años y ella se quedó a vivir ahí, creo que le pagaban algo los herederos, a lo mejor tenían miedo de que los invadieran los paracaidistas. Casi nunca salía, procuraba vestirse con ropa blanca o negra, colocándose un velo amarillento sobre la cara si tenía que andar en la calle. Pero los verdaderos ingresos de esa mujer provenían de tratos, o mejor dicho, supuestos tratos, con el más allá; ofrecía comunicarse, por módicos trescientos pesos, con los muertos. La tarifa variaba, dependiendo en qué sección del orbe transhumano se encontraran las ánimas. Las funciones, porque eran eso, una farsa, ocurrían en la noche; ponía unas veladoras rojas sobre una mesa tachonada de signos raros y ahí sentaba a los pobres ingenuos, y al ladito colocaba 31


una percha con un guacamayo que, sí, ríase, era el enlace con el más allá”, dijo el padre sacudiendo la cabeza con desesperación. “No entiendo”, le dije. “Sí, la señora, en la penumbra, se sacudía como loca, se convulsionaba y luego pedía al muerto que se manifestase; la gente, sepa Dios si sugestionados por la oscuridad imponente de la casa, o nada más por el puro anhelo de hablar con sus difuntos, jura que de la guacamaya brotaban las palabras del invocado”, “O sea que la médium era la guacamaya”, dije con una media sonrisa llevándome la tacita de café amargo a los labios. “Eso decía la pecadora aquella”, continuó el cura haciéndose un poco hacia atrás en su sillita de madera, que crujió bajo su peso. “La gente del fraccionamiento en donde está la casa se molestó, cada vez había más incautos con cara de loco buscando los servicios de la mujer; aquello parecía un lugar de peregrinaje. Total, que un día unos tipos con el pretexto de contactar a una tía recién fallecida y preguntarle dónde había dejado sus joyas, la atacaron. Los vecinos se dieron cuenta de que esa noche, contra la costumbre, todas las luces de la casa estaban prendidas. Se hicieron tontos. Desvalijaron todas las habitaciones y a ella la dejaron atada a su silla espiritista, con el ojo morado y un calcetín en la boca: así la encontró uno de sus clientes la noche siguiente. La peor parte se la llevó la guacamaya que usaba para el show: terminó en el fondo de la alberca del jardín, bajo una mortaja de plumas que flotaba sobre el agua, muy cerca de la jaula donde nació”. El cura estaba molesto, combó las cejas y endureció el tono de su voz. “La mujer era de aquí, de Cochotlán, y se vino acá después de ese incidente. Una mañana la encontré de rodillas en la puerta de la iglesia, 32


llorando y con una bolsita de hule llena de plumas de color azul intenso. Cuando me acerqué a preguntarle qué le pasaba, me miró contristada, dijo que venía a pedirle a la Virgen que reviviera a su guacamaya. Yo…” hizo una pausa, cerrando el puño sobre la mesa“.…le dije que eso era pecado, que la Virgen no concedía esas pendejadas.” Me quedé mirando al sacerdote, buscando una señal de indulgencia en su rostro anguloso, pero sólo me tope con sus cejas ásperas enarcadas. Me platicó cómo echó a la mujer de la iglesia. “Como Cristo a los mercaderes del templo”, agregó. “No paraba de repartir tarjetitas de presentación entre los devotos y de orar en voz alta por el regreso de la guacamaya”. Mientras se la llevaba un policía, dijo el sacerdote, la mujer alcanzó a gritar algo así como que la Virgen la escucharía. “Toda la historia me la pasó Remigio, el agente que se la llevó. La tuvieron bajo arresto unas horas y luego se fue, a lo mejor se regresó a Cuernavaca pues aquí no tiene parientes, o no que yo sepa. Pensé que ahí terminaría todo. El problema fue que el domingo siguiente, justo cuando yo estaba guardando la custodia y la estola, una mancha de colores se derramó en el cielo, por así decirlo. Era una parvada de guacamayas. Se pararon en los postes, en los árboles, en las azoteas, tranquilas, señoriales. La gente estaba fascinada con esa nube de pájaros suntuosos cruzando nuestro cielo. Los que sabían lo que la mujer había pedido a la Virgen afirmaron que se había cumplido su deseo”, el sacerdote suspiró con cansancio. “Yo les dije que eso era cosa de los demonios, que abatieran a esas plagas que despedazaban las plantas, ensuciaban las calles y atacaban a los niños. Por eso les hemos dado caza, hasta los 34


de salubridad pusieron trampas, ahora sólo quedan las del parque, pero nadie se atreve a matarlas porque hay una que dicen que habla como una mujer. Bueno, sólo los niños se atreven, así que yo mismo les presté las resorteras”. El cura parecía frustrado. Se hacía tarde. Yo me sentía incómodo. Me despedí con una inclinación, dándole un beso en la mano. No me bendijo. Llegué muy noche al hotel. Ahí estaba Mirna. No pensé que iría. No se dio cuenta cuando entré, miraba su celular con impaciencia. Hizo una mueca alegre al verme, pero enseguida se puso seria. Le invité un trago en el bar del hotel. Ella llevaba un suéter café muy ceñido, parecido al que usan las niñas del colegio de monjas y una falda a cuadros muy larga y entallada. Pidió agua mineral. La tomé por la cintura. Le pregunté cómo estaba y me acerqué para darle un beso. Ella negó con la cabeza. “Sigues con ella, con la hija de Doroteo”, dijo con seguridad mientras jugaba con los hielos de su vaso. “No tonta no”, dije sin mucha convicción. Me tomé un whisky en las rocas de un jalón. “¿Y también sigues teniendo diecisiete años?” pregunté con burla desganada. Apartó la cara, sin contestar. No se quitó el suéter. Le quise comentar lo de las guacamayas para que se riera, o mejor, para que me contara otra versión, pero no me animé. Ella me clavó los ojos sin parpadear, apretándose los dedos, y viendo con cara de tristeza su vaso a medias. Dijo que se le hacía tarde y se marchó. Me terminé otro whisky y telefoneé a Marta. Le conté la historia del cura, medio en broma, medio en serio. Ella se rio con ganas postizas. “Ya regrésate a México Lauro”, dijo con una vocecita impertinente. “Vine a dar gracias”, 35


respondí por costumbre. De pronto el cansancio del día se me echó encima, como si un albatros se me hubiera encaramado al pecho. “Un ingeniero mocho, mi ingenierito mocho, bueno, pues ya que estás allá pídele la Virgen que te regrese con bien, de paso rézale para que se te haga lo de Pemex, aunque si no, ya lo sabes, puedes trabajar con mi papá, no tiene nada de malo”, su voz era confiada, benevolente. Marta se había quedado a arreglar lo de nuestra boda: escoger el grupo de música, hacer reservaciones para un viajecito a Acapulco, buscar un banquete barato. Cuando le dije que regresaba a Cochotlán a dar gracias, me miró incrédula, hostil. “Está bien, tienes que hacer tus propios preparativos, yo puedo sola con los de la boda, cuídate”, me había dicho volviéndome la espalda. Me dormí casi de inmediato. Me imaginé a Mirna, su cuerpecito moreno y de olor suave. Quería seguir pensando en ella, pero las cinco horas de carretera me vencieron. Tuve un sueño profundo y vacío, pero a mitad de la noche me desperté. Prendí la luz, me fumé un cigarro y me acosté de nuevo. Comencé a soñar. Las guacamayas eran las mismas, sólo que habían mudado su plumaje por llamas y los árboles estaban pelones. Los niños, desnudos, lloraban junto a los troncos. La guacamaya azul de la mañana parecía haberse vuelto de zafiro y sus manchas parecían estrellas. Abrió el pico y brotaron siete lenguas. Los dientes me castañeaban. La guacamaya me clavó sus ojos sin pupilas y dijo: “Hijo, hijito, no tengas, miedo,” su voz era dulce y me recordaba la de mi abuela Carelia, sólo que más enérgica, si cabe. “Qué quieres”, dije titubeando. “Soy tu abuelita 36


hijo, me manda nuestra señora la Virgen, dice que debes rescatar a la guacamaya azul, que si lo haces se cumplirá tu deseo”. Las otras guacamayas comenzaron a batir las alas y llenaron todo de un fuerte ventarrón cargado de cenizas. “Pero abuelita, ¿Qué deseo?”. Me desperté casi a las dos de la tarde aún somnoliento y con algo de cruda. Bajé a comer al restaurantito que estaba frente al hotel. El camarero, rechoncho y de pelo muy chino, me atendió con mucha lentitud. Encendieron la televisión que estaba empotrada en un nicho de alambres sobre la barra. Me quedé de piedra. En el noticiario del Canal 66 de Morelos aparecía una mujer baja, de rasgos indistintos, llorando sin freno. Mencionó algo sobre la muerte de su hijo. Luego apareció un hombre gordo, de camisa roja a cuadros y con un saco raído, diciendo que la zoonosis ya estaba siendo controlada. “Zoonosis”, repetí y mastiqué la palabra como si fuera un bocado de huevo con chile. “Es por esas guacamayas”, dijo de pasada el mesero mientras me servía una Corona fría. “Dicen que la mierda de las guacamayas salen volando unas bacterias que atacan a los niños”. Dejando la cerveza sin terminar salí del restaurante para llamar a Marta desde la recepción. Le conté el sueño y lo del niño muerto. “Ay Lauro”, dijo ella con impaciencia resignada, “Ya no cenes tanto, deben ser tus nervios, ha de ser que te acuerdas mucho de tu abuelita”. Le prometí que ya no pensaría tonterías y que mañana en la mañana estaría en Cuernavaca. Iba al paradero de autobuses, acordándome en mi abuela Carelia. Una mujer muy baja, enjuta, morena y de palabras escasas y cortantes; más que caricias siempre 37


tenía preguntas para mí“¿Y cómo vas en la escuela? ¿Por qué te fuiste a estudiar a México?” Tuvo veinticinco nietos a los que sólo vio muy de vez en cuando. No éramos cercanos. La mató un microbús jamás identificado. Ahora se aparecía en sueños vestida de guacamaya. No solté una risotada por puro respeto. Quise pasar frente a casa de Mirna, para verla de lejitos, a lo mejor parar esperar a que saliera, pero sin darme cuenta me desvié y fui a parar a la iglesia. El trabajo que había buscado en Pemex no me atraía mucho. Era pasar quince días en una plataforma y quince días en tierra. Mucha responsabilidad, supervisión de la productividad del pozo veinticuatro por veinticuatro horas durante las dos semanas, sin apenas pegar el ojo. Además Campeche estaba muy lejos, tendría que volar hasta México continuamente. Marta dijo que entonces para qué me había metido de ingeniero petrolero, que mejor trabajara en la constructora de su padre, Doroteo. Le pedí que viviéramos allá, en el Golfo y se rehusó. Dijo que en mis ausencias ella estaría esperándome en el DF, en casa de sus padres. El parque era un hervidero de gente. Había tipos con trajes de plástico y redes de nylon verde hurgando las copas de las jacarandas deshojadas. A pocos pasos del quiosco, en una montaña de bultos deslumbrantes, estaban los cuerpos sin vida de decenas de guacamayas. Varios señores con sombreros de paja y pinta de hambre miraban todo desde el atrio, detrás de la verja de la iglesia. Una mujer vendía empanadas justo al lado del camión que tenía el logotipo de la secretaría de salud. Los hombres de traje plastificado no se daban abasto para atrapar 39


a las guacamayas que no hacían esfuerzos por resistir a la masacre. Estuve de pie, con las manos sudorosas, tratando de acercarme para ver si estaba la guacamaya azul, pero habían acordonado el parque con cinta amarilla. Caminé hacia el atrio, donde me topé con el sacerdote, que vestía de civil; se había arremangado una camisa blanca y atestiguaba satisfecho la ejecución de las guacamayas. Al parecer, luego de ponerlas en las redes les inyectaban alguna sustancia letal. “Ya vio, al fin se acaba la peste”, dijo muy serio, pero sin ocultar su satisfacción. “Ya no volverán a hacerle daño a los niños”. Me asaltó una ansiedad culpable, quizás había tardado mucho en despertar, en correr a auxiliar a la guacamaya azul y ahora ella ya estaría hecha un guiñapo entre la montaña de colores que no cesaba de crecer. “Oiga padre, aquí entre nos”, dije con mucho tiento. “Usted sí cree que ellas podían hablar con los muertos”. Me miró de reojo, con lástima. “Claro que no, y si así fuera mal nos iría, nunca hay que retar a los muertos”, “Y si a uno le pide algo un ánima, usted cree que haya que cumplir su deseo”. Su semblante se suavizó. “Las ánimas de bien ya no piden nada, sólo los demonios o los condenados se acercan a cuchichear con los vivos”. Un terror de manos frías me asió por la cabeza. “¿Pueden vengarse de los vivos?” “En lo que más nos duele, sin duda, por ejemplo, vea a los niños muertos”, y se alejó mientras lo abordaban, tirándole de las manos, varias mujeres de reboso que pedían un santo gesto. Regresé corriendo al hotel. Marqué el número de Marta. No contestó. Llamé a casa de sus padres y la recitación artificial de la grabadora fue la única respuesta. Maldije la necedad, mía y de Marta, de no contar con ce41


lulares. Localicé a Magda, su mejor amiga. “Magda, habla Lauro ¿Está contigo Marta?” Magda no contestó. “¿Magda?” “No, Lauro, se acaba de ir a su casa, por cierto, en la mañana que íbamos por su vestido al centro se nos ocurrió pasar por el Mercado de Sonora. Me contó lo de tus guacamayas”. Noté la burla en su voz. “Guacamayas”. “Eso, me dijo que se parecían a tu abuelita, esta Marta se pasa, se compró unas, dice que para que le cuentes cuentos a tu abuela, que ya sabe por qué te fuiste de Cuernavaca”.

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La corbata y otros signos de infamia

Era la primera vez que usaba una corbata más de quince días. Su padre le prometió ponerle un negocio si duraba por lo menos cuatro años en el mismo empleo. Cuando llegó al Club Dandelion llevaba en la mano un portafolio de cuero marrón. Unas putas estaban acostadas en poltronas frágiles junto a la alberca. Sin ropa, no dormían, tenían los ojos vueltos al cielo, pero no parecían notar su presencia. Se acercó por el sendero de piedra. Les dio las buenas tardes. Continuó rumbo a la casa del fondo del jardín, donde unos rosales espesaban los bordes camino y unas mariposas blancas aleaban entre la hierba. La puerta era de madera. Dentro de la casa, en medio de la habitación de azulejos de talavera, estaba una niña desnuda dentro de un jacuzzi en forma de hexágono. La niña tendría unos doce años, rechoncha, con pechos abundantes, colgados, sin frontera con su vientre. Un collar de piedritas azules, translúcidas, pendía de su cuello. Él se quitó el traje con cuidado, doblando la camisa sobre una silla transparente. Puso la corbata roja, algo arrugada, encima de los pantalones. Dejó el portafolio debajo del asiento. Comenzó a salir vapor de las tuberías. Se 45


miró de cuerpo entero en uno de los seis espejos adosados a la pared. Sonrió satisfecho. Se hundió en el agua, que aún no estaba muy caliente. La besó en los labios. Ella no dijo nada, ladeó un poco la cabeza, pero no evitó su cuerpo. Él se sentó en el borde y la atrajo. Ella tenía la misma mirada que una de las putas del jardín. Al pegar su nariz a la oreja de la niña notó un olor tenue, dulce, parecido a la jamaica. Sus ojos eran vivaces y algo rasgados. Él suspiró y le lamió el cuello. De pronto él se sobresaltó y salió del agua. –“Pero qué pendejo, cómo se me ocurre meterme con esto”, dijo y se quitó el reloj Cartier. Lo colocó encima de la corbata. Cuando volteó ella había desaparecido. Una capa espesa de vapor cubría el ambiente. Se sintió molesto. Regresó al jacuzzi. El collar estaba en el fondo, reluciente entre los azulejos tatuados con la forma de un abanico. Lo alzó, examinándolo por un buen rato. Luego, mientras esperaba a que ella volviera, comenzó a jugar con él, columpiándolo con una mano mientras que con la otra lo acercaba a sus ojos. Entretenido, parecía un felino largo y vigoroso. Se lo puso, esperando que al regresar ella se divirtiera al quitárselo. En ese momento abrieron la puerta. El cuidador, de ojeras profundas y vestido con un traje esport mal planchado, lo saludó con una inclinación. Él no hizo caso, siguió jugueteando con las cuentas del collar que le caían por el pecho. El cuidador tomó el portafolio, lo abrió y examinó el contenido. –“Faltan diez mil pesos”, le dijo con tranquilidad. –“No falta nada, busca bien. Por cierto, ¿adónde se fue?” –“Sí, faltan”, le respondió, impasible. “Bueno, con el 46


reloj un poco menos”, dijo y se retiró haciendo rechinar la puerta, sin llevarse el reloj y dejando el portafolio en su lugar. Volvió algo más tarde. Haciendo gesto de impaciencia con las manos, reiteró: “Aquí faltan diez mil pesos”. Él no dijo nada. “Bueno, con el reloj a lo mejor es menos, te dejo tu cuba”, dijo, colocando un vaso de cristal ambarino en el borde de la pileta. Él no dio las gracias y empezó a beber, con tragos espaciados, sedientos. El cuidador sonrió y se alejó con un paso disparejo y lento. Pasó casi una hora; hacía mucho calor, la atmósfera se espesaba adormilándolo. El cuidador regresó. Venía acompañado de un tipo delgado, de parpadeo nervioso y rasgos ahusados que traía un portafolio azul, de piel brillante, más nuevo que el suyo. Parecía una garza café disfrazada de oficinista. El cuidador señaló al jacuzzi. El hombre delgaducho entregó el portafolio y se quitó la ropa, dejándola en otra silla desocupada. Dobló su corbata y la colocó encima de sus pantalones. Cuando él abrió los ojos, la habitación no tenía agua y ya no tenía el collar en el pecho.

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Lugar oscuro

Yo acababa de cumplir treinta años cuando Ignacio entró a trabajar a la oficina. Lo presentó Katy. Un galancito, un junior. Fue el inicio del odio. Ignacio estiró la mano, con seguridad, ajustándose la corbata. Al verlo me dije: no está nervioso, pero ya aprenderá. Yo era su jefe. Su apretón era fuerte, eso me molestó mucho, creo que hasta Katy se dio cuenta. —Todavía me acuerdo la mirada de hijo de la chingada que me echaste. —Ah sí, supongo que tienes muy buena memoria. —Tenías la misma cara de pendejo, pinche gordo. —Nunca se sabe lo que hay detrás de un pendejo con traje y corbata, bueno, ahora sí lo sabes Ignacio. Él sonaba envalentonado, sus palabras frías. Aún no estaba quebrado. Me sentí incómodo. Luego dejó caer la cabeza sobre la plancha, exhausto. En su cara, desencajada, sobresalían sus pómulos; por los aros rojos de sus muñecas noté que había tratado de zafarse. Demasiados hematomas. Y lo que falta Ignacio, dije entre dientes. Aflojé un poco las cuerdas. Preferí voltear hacia la ventanita, fijar la vista en el único punto luminoso del cuarto. 51


Luego de pasar tantas horas dentro de una oficina, he adquirido la costumbre de poner los ojos sobre cualquier punto de luz natural, por pequeño que sea, una manía que a mucha gente le desagrada; si estamos platicando creen que no les hago caso, que no me interesa lo que dicen, lo que a veces, hay que admitirlo, es cierto. Por más que intento no volverme hacia una ventana o un agujero por el que se atraviesa el sol, no consigo dominarme, tengo que mirar. Así sea un escuálido rayo de luz grisácea, siempre recaigo. Por eso prefiero los lugares oscuros, ahí tengo pocas distracciones. La noche es la hora de las grandes obras, supongo que eso ya lo habrá dicho alguien. Ahora lo hacía de nuevo, pero esa ventana no podía apartarme de mis ocupaciones, debía poner toda mi atención en Ignacio: no se me fuera a morir antes de tiempo. Hay que enfocarse mucho en los asuntos, de lo contrario se cometen muchos errores, sobre todo en la revisión de las notas a un estado financiero. Mis balances siempre han sido impecables porque los hago bajo el resplandor escueto de una lámpara enclenque que mandé poner tras mi escritorio. El amor por el detalle, es lo que me ha consagrado como auditor. También mis contactos con la gente que me trajo a Ignacio me han consagrado como cabrón, pero eso es otra cosa. Nunca supe si me pusieron en una oficina oscura porque sabían que me era muy fácil perder el hilo de las cifras con la luz natural, por insuficiente que fuese. Cuando tienes que revisar los números de una multinacional no se puede caer en el error. Tú caíste en el error Ignacio. No hay como la negrura para darse cuenta de las cosas, para iluminarse. Cuando dejaron a mis papás tirados en el 52


suelo de la cocina, muertos, a mitad de la noche, habían cortado la electricidad. Me tropecé en la oscuridad con el brazo de mi padre. No sé, a lo mejor de ahí vienen mis hábitos lumínicos. Cuando volteé hacia la ventanita me acordé de la abuela. Ignacio seguía mudo, sobre la plancha, creo que se había cagado. Ese rectángulo que hería la pupila, lleno de aristas amarillas, me hacía divagar. Luego de que enterraran a mis papás me fui a vivir con mi abuela. Viví con ella hasta los trece o catorce años. Para ir al mercado se ponía un saco muy largo y raído y olía a aceite de bebé. Decía que nunca había que aguantarse, que si a uno, por ejemplo, le hacían lo que nos hicieron, no había por qué dejarse. Así, no más se llevaron a mi hijita, a tu mamá, qué suerte de mierda, decía. Una suerte como la tuya Ignacio. La abuela se acostaba temprano, en su recámara, a ver sus novelas en la única televisión que había en toda la casa. A las siete apagaba todas las luces de la casa para ahorrar algo de luz cada semana. Me acercaba a su cuarto con sigilo, a través de la puerta entrecerrada veía su cara barrida por las intermitencias de la tele, los ojos inmóviles por la tensión. No me veía. Durante su novela yo jugaba bajo el comedor de madera de roble (uno que olía a rancio), a oscuras, con los cuchillos inoxidables de la cocina. Tenía que estar pendiente, porque cuando ella cerraba los ojos yo tenía que ir a apagarle la tele. Daba coraje tener que esperarse a que se durmiera. A veces, me entraba miedo cuando abría los ojos de repente, los globos pelones y ansiosos, clavados en mí como los cuchillos en la madera vieja de las patas mesa. No te dejes de nadie, me decía en las mañanas, seria, antes de 54


mandarme a la escuela. Ve lo que le hicieron a mi hija. A lo mejor en las novelas, encontraba su desquite. Yo lo encontré en la gente. Ahora, mirando la ventana, me acordaba de mi abuela, de los niños cabrones de la escuela, de toda esa época. Ella me preguntaba por los moretones. Me caí, decía. Eres un mentiroso, un dejado. En las noches, cuando me sentía solo, trataba de llamar su atención, de arrancarla de las telenovelas, por eso un día agarré el cuchillo y maté a la gallina del patio de atrás. Pero ella se encogió de hombros y la hizo caldo; yo creo que por eso empecé a joder a la gente. Al que me hizo los moretones lo tiré en una zanja que abrieron los albañiles que remodelaban la escuela; un empellón y se abrió la cabeza. Comparado contigo le fue muy bien Ignacio, creo que ya hasta tiene dos hijos, mientras que tú no tendrás ninguno. La cara de la abuela era dura, se reía al escuchar un grito o al ver una mueca de dolor en alguna de sus telenovelas. Una vez me llamó dando alaridos, dijo que no podía moverse, que le dolía el pecho. Me quedé pasmado. Pásame las pastillitas, agregó con palabras que se desmadejaron en un susurro ahogado. La tele estaba prendida. La abuela brillaba. No le pasé nada: desde ahí comencé a no dejarme. Salí corriendo de su cuarto para seguir jugando con los cuchillos debajo de la mesa. Creo que canté una canción de los Pitufos. Ella ya no pudo estar orgullosa, se la llevaron sin vida al día siguiente. No voy a decepcionar a la abuela, no voy a dejarme de nadie. Son hábitos, son ganas de gustar a los mayores, así me educaron, yo qué sé. O es nada más es el gusto por desquitarse. Y de ti me he desquitado Ignacio. 56


Ignacio habló otra vez: —Sí, me burlaba de que parecías un puerco espín, un naco, un indio, me cagaba de risa, te botaneaba frente a esa gata de la Katy, la que me cogí con todo y la minifalda puesta. Aparté los ojos de la ventana. En la penumbra volví a concentrarme. Ese juego de cuchillos no había sido en vano. Soy un contable con alma de doctor, o de carnicero. Pensó que no me atrevería. Abrió la boca y gritó. Nadie podía oírte Ignacio. Hizo un último esfuerzo por soltarse pero estaba bien atado. —No tienes huevos para matarme— dijo. Su voz estaba apagada, pero llena de odio. Solté una risotada. Pobre Ignacio, después de todo sí era medio pendejo, medio simplón, como todos los de su especie. —Qué poco sabes de las venganzas manito ¿Me crees tan burdo? Poca imaginación. Ahora Ignacio vería lo que era no tener huevos, que te falten los huevos de a de veras. Tomé un cuchillo; en las sombras, mi concentración volvía. Me gustó cómo se reflejaba el resplandor de la ventana en la hoja alargada y bien pulida. La abuela estaría exultante, viéndonos como si fuéramos una telenovela, a lo mejor se acordaría de su gallina y me lanzaría una risita a medias. En un lugar oscuro es muy fácil prestar atención a los detalles. El diablo está en el detalle, Ignacio, a poco no te lo había dicho nadie.

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Paseos

Hace mucho que no tengo hambre. Mi cuarto está en el primer piso, al fondo del pasillo. Todo parece estar menos concurrido. Sé que todavía hay más personas en toda la instalación, estoy seguro porque oigo a veces el tintineo infantil de una llave contra una cerradura, el carraspeo de una garganta y la respiración cansada de alguna obesa asistente; eso y las vibraciones de sus pasos que interrumpen mis sueños, me dicen que no estoy solo. El anterior barullo que hacían los otros se ha esfumado con lentitud, sus conversaciones animadas, el deambular perdido de algunos, las frases estentóreas o los bisbiseos insidiosos parecen inexistentes durante el día. Pero han pasado otras cosas, me he dado cuenta de que la altura del artesonado y la longitud de los pasillos han cambiado: ayer noté que ahora es una cúpula gigantesca que se cierne sobre las mesas de plástico que, por su parte, todavía conservan sus modestas proporciones. Es como si en algunos tramos el edificio se adhiriese a otra construcción etérea más grande, invisible, que lo circunscribiera: la estructura de este 61


lugar trata de tocar una cáscara fantasmal de dimensiones inimaginables. Mi camiseta azul y mi pantalón blanco están percudidos y tienen lamparones amarillos; incluso el logo de la institución, bordado en hilo verde en el costado de mi playera, ya está deslavado. Sé que como y bebo, pues percibo una bolsa de arena mojada dentro mi estomago, una carga que se mece con el ruido de mis intestinos. Esto es en las tardes. Nunca sé quién pudo haberme dado ese alimento, jamás recuerdo haber comido nada, pero estoy seguro de que hubo un momento donde alguna ayudante temblorosa se encargó de mí, una mano me acercó con angustia la comida que me mantiene en pie. O está la posibilidad de que alguien, de manera continua, coloque el servicio en la misma mesa en donde escribo y que yo, sin darme cuenta, me lleve a la boca, por mí mismo, toda esa plasta indiferenciada. Cuando está a punto de oscurecer y el ambiente se llena de luz plomiza, me gusta pasearme por las galerías alargadas, vacías, mirar sin prisas el piso de duela opaca (donde un reflejo vago aún se proyecta cuando camino) y aspirar el aroma a limpio de las paredes que tanto aborrecí al principio. Entonces me hormiguean las piernas, alzo las dos manos y me pongo a correr, tratando de verme reflejado en alguna superficie. No siempre es necesario un espejo, un charco o una puerta con vidrios me sirven, aunque la comida o lo que sea comience a burbujearme en el estómago si me agito. Me deleita oír que mi corazón late con fuerza y me pregunto cómo se verá por dentro. Un conejo con alfileres en la espalda, el corazón. Todo aquí está aseado, salvo por el jardín donde la hierba es muy alta, sin 62


cortar. El único faltante en este edificio son los cuerpos, que antes llenaban con sus carcajadas las estancias y se movían rápidos entre las puertas. Pero me temo que también sus voces se estén hundiendo en un abismo en el que quizá algún día yo también me precipite. Qu ya no está, no he sabido nada de él. No quisiera verlo a pesar de esta atmósfera de desolación. Se volvió obsesivo, se volvió igual que yo, casi se volvió yo. Lo que me recuerda que hace dos días encontré en el jardín tres latas de atún, estaban escondidas en medio del pasto, cerca de un racimo de rosales que colinda con el pabellón oeste, comprimidas, parecían machacadas por una grúa. Las alcé del piso para ver si había algo en ellas. Sólo restos ocres de pescado todavía fresco. Estuve a punto de probar un trocito, hasta metí el dedo en la lata, pero lo dejé, de seguro son de alguien, me dije, de alguien que ya no está contento. He pensado en dirigirme a la entrada, a los edificios administrativos y preguntar por qué sigo aquí cuando es evidente que todos han dejado, o piensan dejar, muy pronto el edificio. Pero es sólo una intención que nunca llega a madurar y que me deja cansado de sólo formularla. Desisto también por la lógica: si el edificio se ha agrandado persiguiendo alguna realidad que nos abraza sutilmente, quizá los campos también han perdido su geometría primitiva, a lo mejor el calor de la tierra también se ha alongado, abrasando la vegetación y los caminos. Huir es un despropósito, me conduciría a una muerte en un campo de hectáreas ilimitadas y asfixiantes. También pienso en las palmeras dobladas como espantapájaros y me invade el miedo. No estoy seguro, pero debe haber 64


algún peligro que ignoro. Uno debe ser muy cuidadoso estos días. Cuando llegó, Qu siempre estaba distraído antes de la hora de la comida, enseñando su ventruda humanidad a través de su camiseta. Comía mucho. Blandía sobre las mesas sus manos lampiñas sin prestar atención a los demás. Luego, saludándonos en un inglés afeminado salía al jardín para reposar y se sentaba en una de las bancas del jardín, de espaldas a unas buganvilias que parecía iban a incendiarse por la resolana. Las buganvilias se pudrieron y Qu ya no se sienta frente a ellas. Qu quizá haya decidido irse por su propio pie. No le gustaba hablar de las razones por las que permanecía aquí, si bien en un comienzo no paraba de parlotear sobre su vida anterior. Cuando no estaba obsesionado con el espejo, se la pasaba balbuceando cosas sobre sí y rara vez me dejaba ir sin contarme de su casa grande, del viaje que hizo antes de ingresar y de cosas asó. Siempre usaba gestos que hubieran resultado gráciles en una persona menos gorda. Una vez intenté hablar de mí, sobre lo difícil de los entrenamientos; me miró por un segundo con desconcierto, con la boca abierta y luego continuó su perorata sobre lo alucinante que era su trabajo anterior. Nunca supe qué hacía entre nosotros. Toda nuestra relación (me niego a llamarla amistad) comenzó en un único enunciado que Qu combinaba de mil maneras posibles: Yo, yo soy lo único que existe. Sus pensamientos estaban formateados en esa única estructura. Qu tenía la apariencia de un pez globo reseco. De algún modo me consideraba digno de su plática, aunque en alguna ocasión, cuando él estaba distraído, tiré algo de tierra en su comida para ver cómo 65


la devoraba con naturalidad. No puedo presumir de haber sido muy buen oyente de Qu, no hasta que él se decidió a cambiar. La soledad no es tan silenciosa como uno quisiera, los pensamientos avanzan sin cesar. Antes, cuando había luz, apagaba las lámparas de mi cuarto y abría la ventana que está sobre el escritorio, la pequeña, para que me pegase la oscuridad húmeda del patio. Miraba las estrellas que se esforzaban por vencer unas nubes estacionarias y lanudas. Mi cabeza se volcaba en divagaciones, como una calabaza en una pendiente. Cuando me aburría me iba al baño y ponía el papel en el escusado, le jalaba y luego me sentaba a ver la ráfaga de espíritus filamentosos moviéndose en espiral hacia una salvación dudosa. En ese entonces, estaba en un ánimo filosófico. En una ocasión olvidé voluntariamente la solución al teorema de Pitágoras y encontré de nuevo la respuesta sin ayuda. Me pregunto si seré un genio, más por olvidar que por resolver acertijos. En general todo lo que maquinaba eran ideas que no podían aparecer en una carta, se trataba de una sucesión de eventos que se desprendía de cada vuelta que le daba con la mente a alguna parte de mi cuerpo, el que, por otra parte, todas las noches se sumergía con languidez en la oscuridad oceánica del edificio. Si pensaba en mis piernas las sentía responder con su volumen reposado, con la certeza del toque de la sábana fresca, o si me concentraba en los pies de inmediato percibía un escozor extraño parecido a la estática fantasmal que se escucha en los atardeceres. En esos trances era consciente de mi cuerpo por partes y me costaba imaginarme más que como una pierna, un brazo o un cuello a la vez. En alguna ocasión 67


platiqué de ello con Qu y él comenzó a pensar en eso. Mis inquietudes le llevaron a afirmar que para ser alguien más, sólo habría que imaginarse cómo era ser ese alguien, como cuando piensas en lo que siente una palomilla que agita sus alas polvorientas frente a un foco y de inmediato te cansas porque te duelen los brazos. Qu, luego de revelarme su descubrimiento me dijo “Puedo jugar a ser como tú”. Me le quedé viendo, incrédulo, su boca anfibia parecía animada al hablar. “Sí, me quedo un rato pensando en todo lo que haces, junto a las buganvilias, y luego hago lo que tú haces y por último pienso como tú piensas”. “Si no sabes lo que pienso y ni quién soy ni qué hago aquí cómo vas a hacer eso. Es una relajación bastante tonta”. Sus ojillos ofidios parpadearon y luego me dejó para ir a descansar. Qu empezó a seguirme a todos lados, sin pena y sin explicaciones. Los otros murmuraban y se reían a nuestras espaldas. A uno tuve que romperle la boca. El colmo fue cuando vi a Qu revisando mis cuadernos. Nunca supe quién le dio la llave. Lo descubrí a la hora de la comida cuando regresé a lavarme los dientes. Me vio y continuó empinado en mis libretas como si nada. Yo me senté en la cama para ver qué pretendía. Luego se marchó. El problema fue cuando comenzó a hacer las mismas rutinas que yo, las mismas cosas en los pasillos y a peinarse y a hablar diferente a sus modos acostumbrados, todo en un notable esfuerzo por parecérseme. Comenzó a bajar de peso y a escuchar en silencio lo que yo decía. Su vocecita aguda se espesó, sus modales se hicieron un tanto más varoniles. Hasta que un día, como si nada, entró en mi cuarto al anochecer. Quizá olvidé poner la llave. Se 68


acostó junto a mí en la cama. Dijo que teníamos sueño. Luego empezó a imitar mis movimientos. Yo estaba listo para golpearlo si trataba de tocarme y me quedé a la expectativa de sus intenciones. Pero no hizo nada. Se acostó en la misma posición que yo y nos quedamos dormidos. Yo estaba muy cansado para decir algo. Esto siguió por varios meses. Poco a poco sus rasgos se fueron acomodando a los huesos de su cara, su semblante adquirió una expresión tranquilizadora. Luego, en un paseo por el jardín, sin decirnos nada, Qu comenzó a mover el brazo de arriba a abajo y noté que yo hacía lo mismo. No dijimos palabra y seguimos caminando. Nos desplazábamos al mismo paso, firme y pausado. Me detuve. Se detuvo. Quisimos decir algo pero solo atinamos a mover los labios. Se tocó la mejilla. Me toqué la mejilla. Ambos estallamos en una carcajada, nos dirigimos hasta el refectorio donde tomamos la sopa con la misma mano, hasta sorbimos al mismo tiempo los vasos de té. Me sentí extraño, incluso avergonzado, pero la pena se desvaneció cuando nos vimos reflejados en una de las puertas y notamos que las diferencias entre ambos parecían haber disminuido mucho. Gradualmente, todos nuestros movimientos se hicieron simultáneos e idénticos. Nunca llegué a preguntarle nada y no hizo falta. En las noches, con un Qu acostado a mi lado y cada vez más mimetizado, comencé a pensar que tenía cuatro piernas y cuatro brazos y sentía a mis cuatro pares de miembros descansar sobre la sábana delgada y sentir el aire tibio de la ventana. Experimentaba un vértigo extraño, el de estar presente en dos cuerpos que eran míos, los sentía como si la punta de mis nervios se 70


comenzara a anudarse a la piel de Qu, reproduciendo sus sensaciones. Al inicio, Qu sólo hacia lo mismo que yo. Todo era una asimilación absurda que provocaba comentarios insultantes de los otros internos. Pero hubo una ocasión, en la que sólo había una manzana en la mesa. La tomé y Qu asió con sus manos un fruto invisible que luego simulaba llevar a su boca mientras que el auténtico se desgajaba en la mía. Lo más incómodo era que yo sentía como mía esa lengua que lamía el aire y esos dientes que entrechocaban sin sentido. Yo era el que comía y el que fingía comer. Y ni qué decir de las complicaciones para ir al baño o hacerse una puñeta. Meditando sobre el asunto, quise llevar todo a su última expresión. Ninguno de los demás se dio cuenta. Acudí a la enfermería una vez que la encargada se tomó su descanso para irse a coger con uno de los internos. Tomé lo que en mi imaginación pensé que sería necesario. Un par de tijeras, hilo, gasas, mucho alcohol, varios calmantes por si había dolor. Lo necesario para anudar pieles y nervios. Qu agarró, en su eterna imitación, uno de los pares de tijeras y fingió que también tomaba en sus manos lo demás, mientras que yo era el que cargaba todo. Sentí sus movimientos al realizar los míos. Todo por duplicado. Incluso observé desde dos puntos de vista el foco amarillo de la enfermería: percibí dos ángulos distintos de la gaveta de donde sacábamos las cosas. Era algo muy molesto, agotador, igual que tener que seguir gritando para que el eco no se desvanezca o mirar siempre al espejo para evitar que la imagen no se pierda. Luego nos fuimos al cuarto. Pronto Qu dejaría de ser Qu y ambos seríamos yo. Y vice72


versa. Comencé por analizar, con ayuda de mis rudimentos de anatomía, qué sería preciso hacer para unir a dos personas en un solo cuerpo. Primero, cada uno tomó una tijera con la mano derecha y la blandió para proceder al primer corte. El problema es que no recordaba que, como estábamos de frente, su derecha era mi izquierda; así lo único que conseguimos fue golpear las hojas de las tijeras. Una danza de cangrejos. Fue algo bastante estúpido; al poco rato la situación se volvió insoluble y comencé a perder la paciencia: para arrancarnos los dedos y luego intercambiarlos debía haber otro modo (ya ni hablar de las complicaciones que sería intercambiar una pierna o la cabeza). Un espejo con un idiota en cada lado. Luego de pensarlo y abortar el primer plan, decidí que Qu debía dejar de moverse. Lo llevé a dar un paseo la siguiente tarde. La entrada del edificio es angosta, sólo cabe una persona, y está flanqueada por paredes calizas con bastantes protuberancias. Estuvimos caminando una media hora, observando en gestos gemelos las buganvilias y atiborrándonos de aire cálido y sol quemante. Luego eché, echamos, a correr a través del patio, saltando sobre los charcos y tratando de no mover las manos. Yo viré hacia la puerta de entrada. Qu hizo lo mismo. Llevábamos el mismo paso. Tosimos en el mismo instante. Pero yo entré por la puerta estrecha tan rápido como pude. Qu iba a mi lado. No logró atravesar. Debió estrellarse contra la pared. Se oyó un ruido sordo y acuoso. Listo, pensé. Luego me desvanecí. Desperté mientras era llevado por un tipo forzudo. Grité. Tenía un dolor punzante en la cabeza que se prolongaba desde la frente hasta la nuca; me toqué la 74


nariz, estaba rota y noté un desgarrón en mi pecho desde el que colgaba un pedazo de piel que ardía en sangre. Qu tenía que haberse llevado la peor parte. Luego no recuerdo nada. En la próxima estación el ambiente se hará más nuboso y frío. Si hubiera un radio podría prenderlo y conocer lo que pasa en el exterior; sé que hay un exterior pues todavía distingo entre lo que pasa en mi cabeza y lo que le pasa a mi cuerpo. Me daría mucha risa saber que todo esto se ha clausurado, que se han olvidado de mí; incluso me provocaría una risotada escuchar en un programa al aire a alguien quejándose c de que su gente fue impunemente abandonada en este edificio, todo a causa de empleados infames que huyeron dejándome atrás. Nunca me he metido en las otras habitaciones, me da miedo obtener un puntapié o una palabra obscena por mis intromisiones. Si bien, ayer me aburrí tanto que casi cambié de opinión. Subí las escaleras que conducen al segundo piso y vislumbré lo que parece ser una réplica exacta de este primer nivel: un callejón estrecho, bordeado de puertas cerradas que desprendía un aroma aséptico muy penetrante, como de alcohol concentrado y jabón de cianuro. Pero descendí de inmediato y no me aventuro a conocer lo que guarda ese nivel paralelo. Hay otra posibilidad, más terrible: que Qu esté allá arriba y que nuestros pensamientos se anuden de manera que yo también me convierta en Qu. Debí haber previsto el resultado. Si subo a ese piso, sé que al final encontraré a Qu charlando animadamente. Creo haber oído su voz. Irá vestido como yo, un hombre joven y con aire marcial, estará intercambiando palabras encarnizadas, me saludará 75


y lo saludaré de manera cordial, dirá mi nombre. Buenos días Qu. Y dirá su nombre luego del buenos días. Porque al fin y al cabo yo seré Qu. Cómo estás. Lo miraré de hito a hito. Se escuchará un solo eco para dos saludos. Qu se acercará cautelosamente y yo avanzaré despacio. Pensaré en tenderle la mano y a la vez él extenderá la suya hacia mí. Yo le daré la mano simultáneamente y Qu pensará que debe tenderme la suya. Al acercarse al unísono las manos los dos pensaremos en hacer lo que ya está haciendo el otro. Su gesto ocasionado por mi voluntad y mi voluntad ocasionada por su gesto. Así es como funcionará con Qu, conmigo. Los dos al fin siendo el otro y el mismo. Si coincidimos, estaremos perdidos. Un solo movimiento de Qu me tendrá atrapado por siempre, su pensamiento generará mi saludo y su saludo mi pensamiento. Nuestras almas y nuestros cuerpos quedarán estáticos en un solo deseo. Las causas de sus movimientos se volverán efectos de los míos y viceversa. Un espejo perfecto. Al ser uno mismo en el lugar de otro, las cosas se complican eternamente. Mejor permanecer en este primer piso y esperar que los otros vuelvan. Además, ya está por caer la noche.

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Playa R

No supe cómo llegué hasta ahí, pero estaba en Acapulco. Me encontraba en la orilla de la playa y a lo lejos se veía la isla de La Roqueta, en la que habían instalado un anuncio rodeado focos que tenía un mensaje que no se distinguía bien. El sol estaba en lo más alto y la brisa soplaba muy fuerte. El mar, verdoso, estaba veteado de bolsas de plástico y las hojas secas de una palmera se mecían como manos muertas muy cerca de la orilla. Me llevaron en una lancha hacia al isla. Debajo del anuncio, rodeado de palapas y de piedras enarenadas, estaba un hombre muy rubio sentado frente a un bote que se parecía al que ponían las tamaleras en sus puestos. Le di los buenos días y él me contestó en inglés. Me hice el que no entendía nada. Asintió por algo que sólo él comprendía, abrió su bote y sacó un paquete bien envuelto en papel de estraza amarillo. Estaba caliente. Las olas hacían mucho ruido, me bajaban gotas de sudor rápido por las sienes. No había bañistas. Con la mano izquierda sostuve el bulto y con la derecha comencé a abrirlo. El gringo, porque de seguro era gringo, sonrío. Le faltaba un diente. Adentro había un bebé muerto, la cara gris, arrugada, con el cordón umbilical atado al cuello. 79


–¡Qué chingados es esto! Le dije. Luego me encontré en Toluca, donde nací. Era la casa de mis padres. Habían puesto un manteado en el patio de enfrente, como para una fiesta, pero no había mesas ni sillas. Estaba reunida toda la familia, incluyendo a mis abuelos, que murieron hace diez años. Sin embargo, entre ellos había una mujer extraña, muy baja y con el pelo negro muy corto. Ella tenía una cuchara sopera en la mano, algo gruesa, de madera. Me dijo con una voz dulce algo que me ofendió, pero que no puedo recordar. Quise pegarle. Cuando avanzaba hacia ella con los puños alzados, me entraron ganas de cagar. Por un momento pensé que no aguantaría, así que me hinqué; todos se rieron. Me puse de pie con trabajos, confuso, haciendo esfuerzos para no enmierdar mis pantalones y entré en la casa. La mujer estaba en la puerta del baño, blandiendo su cuchara, amenazadora. No podía aguantar, tenía que pasar al retrete. Me olvidé de mi coraje. Me cagué sin remedio. De la habitación de mis padres, que estaba al fondo del pasillo, salió un compañero de la facultad. Era Igor Zikovsky, un judío muy moreno y ojos torvos, el mismo que lanzamos a la alberca en el viaje de fin de curso. Iba en silla de ruedas. Me olvidé de mis calzones manchados. Él también tenía una cuchara sopera en la mano, pero esta era de metal. Igor y la mujer empezaron a luchar, percutiendo las cucharas. El ruido de los utensilios me llegaba muy amortiguado. Igor me dijo: –“Así es como se hace una sopa, es el único modo de hacer una sopa”. Me creí lo de la sopa, aunque me pregunté a qué 80


hora sacarían una cazuela, el agua, las verduras y la carne. Ambos arremetían con saña; Igor maniobraba con mucha más destreza que ella, a pesar de que tenía que usar uno de sus brazos para mover su silla. Me senté en el piso helado, sentí la mierda formar una capa blanda entre mis calzones y mis nalgas. Era como ver una película rara. La mujer hizo un movimiento en falso e Igor le dio un golpe muy fuerte en la cabeza. Ella soltó su cuchara. Yo me puse de pie y aproveche para coger el cubierto-arma. Ella empezó a llorar muy fuerte, llevándose las manos a la nuca. –“Ahora puedes hacer sopa”, dijo Igor. –“No puedo hacer sopa, me falta un ingrediente”, dijo ella gimoteando. –“Él ha traído el ingrediente”, dijo Igor resollando y poniendo la cuchara en su regazo. –Me sorprendí mucho. “Yo no traigo ningún ingrediente”, contesté. –“Claro que lo traes”, respondió Igor con aire cansado, agitando su melena oscura. –“Sí, tú lo traes”, intervino la mujer, alzándose la blusa. “Yo lo traía aquí y tú te lo llevaste”, dijo señalando su vientre lleno de estrías y con una cicatriz de tres puntadas. Me quedé mirando su ombligo hinchado. Un viento salado me dio de nuevo en la cara. Estábamos en La Roqueta. Igor había desaparecido. El hombre rubio continuaba debajo del anuncio que seguía con los focos apagados. Me saludó con la cabeza. Ella corrió hacia él. –“¿Le has entregado el paquete?” preguntó con impaciencia, sobándose la cabeza, aún le dolería el golpe que le había dado Igor. 82


–“Yes m’am, a timely delivery from Playa R”. –“Esto es la Roqueta”, dije acercándome, inseguro, sentía la mierda bajando por mis piernas. –“It’s the same” dijo el gringo que se abanicaba con una hoja de palmera. No había rastros de su bote metálico. La mujer abrió la boca, su rostro se iluminó. –“Bien, ahora verá si quedar embarazada es igual a hacer una sopa”. El gringo se acercó a ella y la abrazó por la espalda. –“Bueno, que pruebe, para que vea que no es nada, que es como hacer una sopa”. Ahora ambos tenían un solo cuerpo con dos cabezas. Se rieron al mismo tiempo. Me tenté las nalgas y sentí que tenía un bulto espeso y gordo en los calzones. Les di la espalda y me metí en una ola muy alta. Desperté. A ella no la había visto desde que terminamos la universidad. Creo que ya no tenía ni su teléfono. Sentí un deseo irresistible de entrar a Facebook a buscarla, pero desistí, estaba agotado. Boca arriba, sobre el colchón, traté de recordar quién sería el gringo, pero no hice demasiados esfuerzos. Lo de Igor había dejado de importarme, él debió decirnos que la piscina ya no tenía agua. No me había cagado encima. Quizás algún día les llamaría para pedirles perdón, a ella y a Igor, pero quién sabe, uno hace tantos planes entre sueño y sueño que siempre acaban en nada.

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Invitados

Su madre no lo deja jugar con los invitados. Llegan en la noche, de la mano de Hilda, con los ojos adormilados y casi nunca dicen palabra, a veces, sólo a veces murmuran algo en un tono quejumbroso que le recuerda al quedo ladrido de Caio cuando tiene hambre. Algunos alzan y bajan los hombros con rapidez: tienen hipo, le explicó una vez su madre de pasada, sin mirarlo, mientras entraba de nuevo a la cocina o se dirigía limpiar las habitaciones del segundo piso, ya no se acuerda. Su madre los ignora, incluso parece que los evita si se topa con ellos; jamás los nombra, ni siquiera cuando él pregunta dónde están. A él no lo dejan acercarse demasiado; si está en la sala cuando llegan, Hilda le pide que continúe sentado, comiéndose el cereal o haciendo la tarea o haciendo lo que sea, mientras ella y el invitado pasan de largo y salen por la puerta de atrás. Le gustaría preguntarles su nombre, invitarlos a jugar, a que lancen pelotas a Caio, a que lo acompañen al lago. Podría prestarles los esquíes, además tiene dos pantalones de doble fondo y unos lentes que ya no usa. Quisiera hablarles, sobre todo porque ahora que ha dejado de ir a la escuela y ya no ve a sus amigos. Seguro el Mirindo 87


ya se junta con Roberto, piensa con coraje. Se aburre mucho. A los invitados les prestaría el coche de control remoto que le compró Hilda en su cumpleaños o les enseñaría El Gran Libro de los Mapas que le trajo el Felino. Ellos podrían dormir en la última planta de la casa, aunque no tenga alfombra, le dijo una vez a su mamá mientras ella trataba de encender la chimenea. Cállate, le contestó ella, sin mirarlo, con un tono molesto. Podría ir a verlos a la caseta de atrás cuando su madre no puede llevarlo a correr con Caio, pero han puesto una verja muy alta. Le gusta mucho ir al lago, donde a veces se ven unas aves enormes bajar desde la montaña: parecen venir desde la cumbre blanca como diminutos puntos oscuros que poco a poco se hacen más grandes; tienen plumas negras y el pico torcido, y graznan con desesperación cuando planean sobre el lago que parece un escudo de plata transparente. Caio las persigue sin descanso, agitando con alegría su pelo largo y rubio que nunca tarda en ensuciarse. El primer invitado era un niño de cachetes gordos y pelo brilloso. Cuando vio a Hilda conduciéndolo por la sala, pensó que se trataba de una fiesta sorpresa. Con terror pensó que ese año no le habían hecho caso, que le habían organizado una fiesta en contra de su voluntad, que las bolsas con los gorritos, las serpentinas y un pastel con doble piel de chocolate estarían esperándolo en el coche. Se imaginó al Felino, usando su corbata negra y sus lentes oscuros cargando con una mueca irónica una gelatina verde y espesa. Estaba a punto de gritar, cuando Hilda le lanzó una mirada ceñuda. David, hijo, no te levantes que ya llevo al invitado a la casa de atrás, le dijo. Él miró 88


con cautela al otro niño y se dio cuenta de no conocía esa cara llorosa. No era un compañero de la escuela. Quién es, preguntó. Es un invitado, dijo Hilda, sonriendo, mientras ponía ambas manos sobre la espalda del niño, que no decía nada. Hoy es mi cumpleaños, dijo titubeante. Sí hoy es tu cumpleaños, pero este no es invitado tuyo, él viene a quedarse en la caseta de atrás, es, es, es en mi invitado, dijo Hilda muy despacio, a punto de tropezarse con las últimas palabras. También es invitado de mi mamá, preguntó haciendo a un lado su libro de ciencias naturales. En ese momento su mamá salió de la cocina; al principio pareció desconcertada, luego se llevó la mano a la boca y se dio media vuelta. Dile adiós al invitado, dijo Hilda, muy tranquila mientras susurraba algo al oído del niño. Él le tendió la mano y sintió su palma fría. Hilda, tu invitado es medio lelo, dijo a la hora de la cena. La madre bajó la cabeza. No hables así, le recriminó. Estaba nervioso, como cuando fue tu primer día de clases, así que es normal, dijo Hilda. Qué no va a cenar con nosotros. No seas tontito, respondió Hilda, mientras se servía despacio algo de té en una tasa sin oreja. Ya se fue, seguro no lo viste salir porque estabas con Caio. Podemos hablar de otra cosa, dijo la madre sin voltear hacia ellos; parecía que iba a agregar algo más pero guardó silencio, quedándose con las manos quietas sobre el delantal y haciéndose el fleco para adelante. Desde entonces su madre acostumbra esconderse detrás del su pelo si no quiere que él insista con algún tema. Y para qué los invitas. Sus papás los mandan para que hagan la tarea, no te acuerdas que somos maestras, o no, Silvia, o no somos maestras, dijo Hilda y dio el último sorbo a su té. Sí, Hilda 90


somos maestras, respondió su mamá mientras recogía los platos con prisa y sin darles la cara. Ahora hay uno en la caseta, preguntó. Para qué quieres saber. Pues porque quiero jugar, quiero ir a la escuela. Hilda le acarició el pelo. Extraño a mis amigos. Al pelirrojo. El Mirindo, sí. Sólo si te portas bien, le dijo. Estaban en la biblioteca del último piso. Hilda y él estaban echados en un sillón muy largo de forro afelpado. La mamá sacudía un librero repleto de volúmenes forrados con cuero rojo. Pero no son niños como tú mi amor, dijo Hilda. Su mamá se detuvo en seco como si le hubieran arrojado una piedrita fría en medio de la espalda, separó los labios e hizo un gesto raro, como si trazara en el aire y con ayuda del trapo una letra desconocida, pero se guardó sus palabras y siguió quitando el polvo. Jugarás con ellos si te portas bien, dijo Hilda saliendo de la habitación y dándole un beso en la mejilla a su madre. El Felino no los visitaba tanto, pero de un tiempo acá se aparece los días menos pensados. Un lunes a la hora de la comida, un viernes antes de que todos se levanten. Siempre de traje, con su corbata oscura, llevando un coche distinto cada vez. Nunca deja de traerle un regalo: un cubo de rubik, un libro de cuentos (La Isla del Tesoro fue el último), un helicóptero a control remoto de aspas delicadas, como las de una libélula, que destrozó Caio. Me aburro mucho Felino, le dijo mientras chutaba la pelota en el patio de enfrente, el que colinda con la carretera. Pronto nos vamos a ir, Cuándo, Pronto, A dónde, Pronto, le dijo muy irritado y le dio un balonazo muy fuerte en el estómago. Se quedó tirado, fingiendo que le dolía mucho. El Felino se le quedó mirando, con la mandíbula apretada, 91


y luego se fue, pasando de largo. Entonces él empezó a llorar de rabia y a arrancar el pasto a puños, imaginándose que era el pelo erizo del Felino lo que asían sus dedos, hasta que su mamá fue muy asustada a levantarlo. Él rehusó su ayuda. Eres una pendeja, le dijo y se fue corriendo hacia la casa. En la noche, cuando su sueño era más profundo, el Felino lo despertó a cinturonazos. En medio de un sueño tibio sintió que una hebilla le abría la piel de la espalda. El Felino estaba de pie junto a su cama, en la oscuridad, amenazándolo con la mano que no sostenía el cinturón. La luz de luna que entraba por la ventana hacía que sus ojos parecieran piedras vivas, piedras enterradas en un lago de agua negra. En tu vida se te ocurra volver a decirle una grosería a tu madre. Él no lloró, vio los ojos del Felino, llenos de furia helada y comenzó a temblar. Cerró los ojos, pero los ojos del Felino seguían ahí acechándolo, estáticos y rutilantes. Hilda nunca lo ha hecho llorar, jamás sube la voz; no tiene que pegarle para que entienda. De chiquito le decía de broma que parecía un poni, porque es chaparra y tiene las espaldas algo cargadas. Ella sonreía, pero no le seguía el chiste. Su madre también era así, alegre, pero ahora es distinta, a veces le da manotazos fuertes, inesperados. Todos los días está nerviosa, su pelo está más largo y desarreglado. Mamá, la casa de atrás debe estar llena de invitados, le dijo un día que estaba más aburrido: había terminado la tarea que le había puesto Hilda y Caio estaba echado, dormitando, debajo de la mesa de la cocina. La mamá tenía la vista fija en el cuchillo sin filo con el que pelaba unas papas y no hizo caso de su pregunta. Él se tre92


pó a una silla que estaba al lado del fregadero y con todas sus fuerzas gritó: La casa está llena de invitados, alargando con la última sílaba con todo el aire de sus pulmones. Su madre dio un respingo, dejó el cuchillo sobre la tabla y con la mano húmeda le dio una bofetada. Estuvo a punto de caerse. Cerró los ojos, el olor de las papas se mezcló con el ardor que se le derramaba por los cachetes como agua hirviendo. Recuperó el equilibrio, cerró los ojos y sintió una lágrima bajando en surcos sobre la piel enrojecida. Cuando abrió los ojos la mamá ya no estaba, sólo un montón de papas sin piel aventadas sobre unas tablas de plástico, recibiendo el agua del fregadero. El Mirindo preparó unas espadas con tasas viejas, palitos y cinta adhesiva brillante. Él le prestó su libro de Los Tres Mosqueteros y el Mirindo, a cambio, lo invitó a ver la película a su casa, una versión francesa; los dos se pusieron a gritar cuando D’Artagñan se peleó con los otros mosqueteros. Hilda lo llevó la casa de su amigo, en la camioneta que le había prestado el Felino, pero no quiso saludar a la mamá del Mirindo, con todo y que ella insistió en que pasara a tomar una tasa de café. Ande señora, tiene mucho que no nos vemos, sirve que me platica cómo está Silvia. Hilda, sin bajarse de la camioneta, negó con una sonrisa amable y prometió volver en cinco horas por él. La mamá del Mirindo tiene el pelo cenizo, la voz ronca y se la pasa fumando en el porche de la casa, aunque siempre está pendiente de una olla azul humeante que descansa sobre unas hornillas relucientes. Toda la casa huele a perfume viejo y él sospecha que es la mamá del Mirindo quien lo echa para disimular el olor a tabaco. La casa de su amigo, ubicada a tres kilómetros de la suya, 94


está igual de aislada, no tienen vecinos cerca y hay que desviarse por un camino mal pavimentado que se atasca con la nieve. Lo que a él le sorprendió es que tuviera un cuarto con tres baúles atestados de juguetes. Su papá no vivía con ellos, pero el Mirindo, muy serio, le dijo, como un secreto, que era dueño de muchas tiendas, las Ocean Plus, que salpicaban todas las carreteras. Él quería hablarle del Felino, que aunque no era su papá era lo que más se le parecía; estuvo a punto de presumir la camioneta Hummer, los cinco ayudantes con chalecos grises que parecían enfundados en caparazones de tortuga y que siempre lo acompañaban a todos lados, que obedecían sin rechistar y siempre vigilaban que nadie se acercara por la carretera, como halcones entrenados; pero el Felino le había prohibido hablar de él y no se atreve a desobedecerlo. Mientras sacaban unos escudos de hule de los baúles, le asaltó un vago malestar por estar siempre guardando secretos, adivinando cosas de su propia casa; a veces se pregunta qué es lo que pasa cuando Hilda y su mamá gritan por las noches y discuten por cosas que no quieren revelarle en la mañana. El Mirindo siempre lo protegió de los otros niños. Cuando Roberto, otro compañero su salón, le pidió que se quedara todo el recreo cuidando un balón, él lo obedeció sin rechistar, pasándose una hora sentado, empollando una pelota desinflada mientras los otros niños jugaban y lanzaban risotadas en su cara. Él tenía ganas de correr, pero tenía miedo de Roberto, que aunque era más bajo que él, tenía la mano dura, y le pegaba siempre en las clases con una cerbatana. Qué pendejo estás compadre, le dijo el Mirindo y alcanzó a Roberto, pateándolo en el 95


culo, varias veces, hasta que llegó la maestra. Por qué le pegas, Porque tuvo a David todo el recreo como tarado, cuidando de un balón medio desinflado, dijo el Mirindo, alzando la cara, y llevándose una mano a su cabeza roja. No tenía miedo a la maestra, que lo escuchó con atención y no lo castigó por la patada. La maestra hizo una reunión con los otros diez niños de la clase, los colocó en semicírculo alrededor suyo. Por qué no quieren juntarse con David, dijo con voz áspera, arrugando la frente, examinando sus reacciones. Porque él no es como nosotros, mi mamá me dijo que él no es como nosotros, dijo Roberto. Nadie se rió. Él quería que se lo tragara la tierra. Pero vio que junto a la maestra estaba el Mirindo de pie, orgulloso, con el pelo rojo desgreñado. Como un león, pensó él. El Mirindo es valiente. Comenzaron a llegar más invitados. Ninguna niña, sólo niños de su edad que ya no lloraban, sólo se ponían una mano a la cara para tallarse unos los ojos aletargados, vacíos. Uno de ellos era muy flaco, incluso más que él. Traía una playera idéntica a la suya, gris, algo raída, con el logo de los Acereros de Pittsburg y una gorra café de beisbol. Tenía una nariz ganchuda y la piel muy pálida. Cómo se llama, dijo involuntariamente. Era tarde, empezaba a hacer algo de frío así que Caio estaba adentro. Por qué quieres saber. Hilda no sonreía, por primera vez la vio con el pelo algo revuelto y el suéter algo ladeado en el hombro, como si alguien la hubiera jaloneado. A ver, para qué quieres saber. Estaban en la sala; el invitado permanecía de pie, con la cabeza baja. Caio comenzó a olerlo, luego ladró como siempre hacía cuando algo le interesaba, sea 96


un ave o un gato, pero el invitado no se movió, indiferente a la alegría del perro. Llévate a tu perro, le dijo ella con brusquedad, poniéndose de pie y llevándose al invitado de la mano. Ya me está cansando tu perro, a lo mejor tenemos que regalarlo, dijo de pasada antes de desparecer por la puerta. Al pasar junto a él, echó una ojeada al invitado, que alzó la cabeza. Sus miradas se cruzaron y vio unos ojos ligeramente más abiertos de lo normalo. Sin saber por qué, justo cuando el invitado traspasaba el umbral de la puerta comenzaron a castañearle los dientes, con todo y que en la chimenea había comenzado a prender el fuego. Quizás no se ha portado bien, quizá por eso tampoco su madre le dirige la palabra. Antes, todas las tardes, cuando llegaba de la escuela, preparaba la cena, la veía atareada haciendo una ensalada de atún o cociendo un arroz congelado comprado en la tienda que está a dos kilómetros. Ella lo recibía sin decir nada, pero se apresuraba a poner la mesa y le daba un beso sonoro en el cachete. Luego llegaba Hilda, besaba a su mamá y se sentaba junto a él mientras les servían la comida. Hilda, cuando tenía más tiempo, se sentaba con él en el comedor, sacaba los libros de la mochila, revisaba su cuaderno de tareas. Tienes mucho que hacer. Su madre, sin decir nada, se recargaba en el marco de la puerta de la cocina y los miraba, silenciosa y con los brazos cruzados, murmurando algo que la hacía sonreír. Su madre siempre encontraba algo que hacer en esa casa tan grande. Si veía una playera abandonada sobre la repisa de la chimenea, no lo regañaba, pero de inmediato la iba a dejar a la ropa sucia y aprovechaba para revisar que estuviera apagado el gas y lleno el cuenco de agua de Caio. Hilda movía 98


la cabeza con reprobación alegre y veía a su madre con adoración. Por eso está tan flaca tu mamá, decía mientras veían los Supercampeones o los Caballeros del Zodiaco. No estoy flaca, decía la mamá de vuelta, animada, con un cesto atestado de ropa sucia. Ahora su madre hace pocas cosas. Cocina con rapidez, como si se tratara de algo vergonzoso. Sale mucho, dice que está trabajando con el Felino. Ya casi no usa su delantal sino una chamarra masculina de piel que la hace ver más alta y desgarbada. Se sienta en el porche a fumar muy rápido y hace llamadas por el celular que le toman toda la tarde. Un día le soltó un golpe a Caio y el perro chilló muy bajo. Hilda sólo le pregunta si ya fue a la tienda, si trajo lo que le pidió. Y, sobre todo, si las cosas con el Felino van bien. Desde que se hizo amigo del Mirindo le gustó ir a la escuela, aunque tenía que levantarse temprano y soportar el frío. Así que le dijo a la maestra, Quiero invitar a los de la escuela a mi casa, para que jueguen con los invitados. Es obvio que si haces una fiesta tus compañeros serán tus invitados, dijo ella. Él la miró, abriendo los ojos, estaba emocionado porque si la maestra sabía de los invitados eso significaba que ya no era un secreto. Bueno, pero no creo que Hilda o mi mamá los dejen salir de la casa de atrás. La maestra lo miró extrañada. Él tenía ganas de avisarle a todos los del salón, se los imaginó en la cabaña de atrás jugando futbol, con los invitados, que al fin podrían estar con otros niños de su edad. Van a venir los niños de la clase, dijo él, tratando de parecer serio, poniendo las dos manos sobre la mesa y mirando triunfante a Hilda que hojeaba con atención 99


su libro de historia. Ya sabes que no podemos traer gente a la casa mi amor. Su madre salió a prisa de la cocina, sus manos húmedas buscaban un encendedor en su suéter negro. Le dije a la maestra que podían venir a jugar con los invitados. Su madre miró a Hilda, quien le dijo con tranquilidad, A ver, explícame eso. Él le contó lo que le había dicho a la maestra. Su mamá empezó a parpadear con fuerza. Hilda lo tomó de las dos manos y se lo llevó al sillón. Notó que los dedos de Hilda estaban muy calientes y que su cara estaba encendida. David, hijo, no te lo quería decir, pero hoy nos habló la maestra, dijo que lo mejor era que no regresaras a la escuela. Se zafó de las manos de Hilda, se puso de pie con un brinco, No es cierto, eres una mentirosa, gritó y salió corriendo, pero en ese momento el coche del Felino se estaba estacionando en la entrada. Entonces se paró en seco y supo que era verdad, que jamás volvería a ir a la escuela. Hay una habitación de la casa que da a la caseta de los invitados. Está llena de cajas de cartón, una máquina de coser Singer, muy vieja, y montañas de álbumes de fotos que jamás se usaron y que guardan páginas en blanco hambrientas por una imagen. Está todo muy limpio, porque su mamá no deja que ningún rincón de la casa guarde polvo. Ha insistido en que le pongan ahí su cama, pero Hilda y su mamá no le hacen caso. Es de noche, la luna derrama una luz que permite ver las montañas y la parte más cercana del río y de la carretera. De puntillas, con unos calcetines rojos con motivos navideños, sube hasta la habitación. Empuja la puerta con suavidad para que no haga ruido. Arrima una silla hasta la ventana que da a la caseta, sin querer las patas golpean 100


con la máquina Singer, que se balancea peligrosamente, rechinando contra la duela; él la detiene y se queda quieto, esperando algún ruido de su madre o de Hilda. Nada. Se sube a la silla y mira la caseta, achaparrada, con techo de lámina y rodeada por una verja puntiaguda. Se pregunta si el invitado estará ahí, dormido, solo, aterido porque ya es la estación donde se empieza a helar la montaña. Mira fijamente el ventanuco oscuro de la caseta. Lleva un rato ahí, divagando, cuando de pronto tiene la impresión de que la puerta de la caseta se mueve, dando pequeños golpeteos, como si alguien tratara de abrirla por dentro. Se talla los ojos, se tambalea un poco. Luego, se oye un ruido sordo y la puerta se abre. La luna, arriba, plena, parece una máscara fulgurante que lo mira impaciente. Una figura diminuta, vestida con una especie de pijama holgada, sale corriendo de la caseta; da vueltas en círculos, se lleva las manos a la cabeza. Los movimientos de un loco, o de alguien que está desesperado, piensa. No está seguro, pero parece que la figura está abriendo la boca y por la luz de la luna alcanza a ver una cara que le parece familiar. Está hipnotizado. Una mancha rojiza se pega a la puerta de la verja y la mueve con fuerza. Fija la vista y alcanza a distinguir de quien se trata. Está mareado. Es el Mirindo, que está aporreando con furia el portón. Se encienden las luces de la casa. Oye que Hilda está gritando algo. Su madre vocifera algo, con una voz ronca. Escucha el ruido de un coche derrapando. Se baja de la silla, le tiemblan las manos, tiene la boca seca. Quisiera salir corriendo pero está paralizado: la mueca de desesperación de su amigo, real o imaginaria, lo ha dejado sin poder moverse. Trata de dirigirse a la puerta, pero las piernas le fallan. Escucha 102


la voz de Hilda, discutiendo con rapidez, muy molesta. Un grito penetrante, agudo, como si la voz del Mirindo estuviera siendo aplastada por un martillo atraviesa el aire. Su amigo, si es que se trata de él, está en problemas, justo detrás de su casa. Si son como los mosqueteros, él tendría que ir a ayudarlo. Es la hora de demostrar quien es amigo de quien, es momento de que se ponga de pie y vea si puede él también ser un héroe. Piensa en todos los invitados y ve sus caras desfilando, tristes, frente a él y lo entiende. Ahora sabe con horror qué son los invitados y por qué fue una estupidez platicar con Hilda que el papá del Mirindo es dueño de tiendas Ocean Plus. No son invitados, son prisioneros. Su madre e Hilda son unas carceleras, son las malas de la historia. Quisiera saber de qué lado está él, pero no tiene tiempo. Abre la boca, jadeante. No sabe si podrá reunir el suficiente valor en tan poco tiempo; incluso es posible que tenga que pasar sobre el Felino, que tenga que probarse contra esos ojos duros y esa mano que no conoce el descanso cuando hay que castigarlo. Sabe que tiene poco tiempo, que tiene unos pocos minutos para ser valiente y que esta vez es su turno de ayudar a su amigo.

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Salón

Angélica se vio al espejo dejando la aspiradora a un lado, decidió que quería arreglarse el pelo para la fiesta de quince años, decidió tener el mismo peinado que la señora, ya no quería parecer la chacha, la de la limpieza, la que hacía el sándwich a las ocho para el señor antes de acostarse, la que se acostaba con el señor un día sí y otro no si el niño tenía clases de karate o salía tarde de la escuela, sería ella por una noche, o sea la otra, la señora, aunque fuera sólo para estar en la fiesta, aunque el Chuy no pudiera verla. Ella creyó que con el pelo más güero y esponjado sería más importante, que si le decían a Chuy cómo lucía con el pelo nuevo, entonces mandaría por ella y así las vecinas serían más respetuosas, se morderían los labios, la envidiarían sus primas las pelonas, las arpías de Cuernavaca, las solteras. Pero la verdad es que El Chuy hacía mucho que había cruzado del otro lado y no se acordaba de Angélica, incluso creyó que yéndose a San Diego se libraba de una mujer con cara de rata y aspiraciones de princesa, así era el Chuy, mucha lengua, a cada rato le soltaba frases hirientes, tú crees que porque te robas las alhajas de esa casa, dejas de ser mi vieja, que eres muy fina, no es eso Chuy, había respondido sonriente porque él se daba cuenta de 105


que ya no era una mujer cualquiera, de que seguía siendo su vieja, pero usaba una pulsera llena de piedras que nadie extrañó en una casa grande, una casa con muchas rejas y donde había más sirvientas, y así, para calmarlo, se estuvo pasándole los relojes, mancuernas, uno que otro billete, no de su sueldo de sirvienta, ningún celular porque entonces sí se hubieran dado cuenta, hasta que un día él le dijo que tenía que irse, que ya no había trabajo, me voy al otro lado, no hay de otra, me quedo y me jodo, y se fue de mosca en un tren del que se cayó antes de Tijuana, se lo tragaron las vías, las barras de acero, los durmientes y la máquina le molieron las piernas, no se levantó ni nada, lo recogieron porque pensaron que estaba muerto, por eso es que ya no tiene piernas, una buena prótesis de palo, con anillos y tuercas, pero cobraba buen dinero, o eso le dijo a Angélica, muy seguro andaba el Chuy, allá te dan dinero por todo Angélica, mandó a decirle en un correo, electrónico porque el ya no gastaba un peso y menos en ella. Le gustaba mucho la casa de la señora, porque ella le regalaba ropa buena, un poco grande, nada de seda, blusas de escote ancho, pantalones que aprietan la entrepierna y una falda de encaje, de abuela, nada que pudiera lucir en el parque, hasta las pláticas de cosas importantes le parecían inmensas, es que la señora hablaba y hablaba, pero no esperaba su respuesta, le decía tesoro, mi tesoro, la alegría del hogar, cuando llegaban otras señoras a verla, qué haría sin ti, decía cuando estaban todas en la sala grande, la del sillón que parecía una cama mientas Angélica servía el café, cara de alegría y alma de tristeza por no estar sentada, con el pelo bien güero y esponjado, 106


bien puesta entre ellas, y era desgraciada porque no tenía un jardín grande y de flores gordas y espesas, un jardín guardado por una barda alta y una casita con techo de tejas al fondo, rodeada de una verja por las que no cabía ni una mano completa. Pidió la mañana del sábado para cambiar su cabello, puedo irme temprano, preguntó a la señora, con algo de miedo, haciendo la voz como le habían enseñado, la voz que usaba para decir no está la señora, quien frunció el ceño, dijo que sí con la cabeza, puedes ir, aunque no le preguntó adónde y Angélica titubeó, se le trabó la lengua, quería contarle lo de la fiesta, pero mejor cerró la boca con mucha fuerza, agarrándose a los faldones de su suéter, muy inquieta, luego tomó un camión que salía de Reforma a los alrededores de Neza. Al llegar a la estética vio a las vecinas, bocarriba, en los asientos negros, enjuagándose el cabello, largo, algo pringoso y burbujeando con olores de menta y Angélica pensó dos veces lo del pelo, pero si el Chuy se había ido para el gabacho, ella tampoco podía arrepentirse, no era sólo una pinche sirvienta, tenía que tomar las decisiones como de señora con aretes de perlas, esa era ella, Angélica era su vieja, quería ver al Chuy aunque el Chuy no fuera tener hijos, a menos que fueran de plástico, como los muñecos que llevaba el hijo de la señora a la escuela, todo se lo machacaron junto con las piernas, además Angélica estaba segura de que se vería mejor que las otras, pobres pendejas, así que estuvo una hora sobre una silla llena de caspa viendo sus cutis de cera, no parecían mejorar con todo y que les bailaban por la nuca tijeras y geles y jabones de almendra, hojeó una revista y se estremeció, 108


jamás luciría como aquellas, las de la revista, las güeras de tvguía, pero tenía las pulseras que le había sacado a la señora y un cofre muy bonito de plata, con cerrojos y llaves, de caoba de Turquía, que databa de los cuarentas, pensó en el cofre y así se miró ella, así esperaba verse, reluciente y pequeña, en medio de tanta mujer fea. Si trabajas en una casa llena de adornos, estancias grandes y señoras que firman papeles por las tardes, algo se te pega, el problema es que si te corren no te queda nada, sólo te resta estar a la espera, aguantar como pendeja a que otra vez a que te llamen de otra casa, tocar de puerta en puerta, porque si no entras a otra casa, acabas de puta en la Merced o de empleada en una tienda como Superama, o en una boutique de ropa chafa, de trajes verdes y de botones con forma de rombo, envueltos en papel de estraza, de terciopelo barato, donde no hay alhajas, ni uniformes, y no te dejan depilarte las cejas ni comer media hora antes que los señores, ni que el chofer que se relame cuando te ve en pantalones que ya no te quedan. Quiero el pelo güero, con churros, esponjado, así, es para el fiestón, dijo, las otras se mearon de risa, quitadas de la pena. La fiesta era en lo profundo de Neza, donde no llegaban ni los taxis ni los servicios de emergencia, ahí, junto a un edificio con antenas, habían acondicionado una bodega, servía para guardar los coches que llegaban en pedazos, muchos sin defensa, para su desguace, o su venta, da igual, ese día la habían vaciado, en la noche, en la calle, había muchos hombres de cara quemada con camionetas nuevas, con tumbaburros y faros que parecían calaveras, todos venían llegando del gabacho, el tipo de 109


hombre que interesaba a Angélica, los que podían cruzar, con todo y sus dos piernas, pensó, pero luego lo pensó otra vez y se acordó con un puchero del Chuy, mientras unos hombres, otros, gordos y con trajes lilas y galones de soldado saludaban a la quinceañera, mientras alguien encendía los altavoces que había prestado Juancho el de la llantera. Las vecinas, esas pendejas, ahí están muy creídas, dijo posando con la espalda recta mientras se tomaba una foto con la quinceañera, pero ellas ya estaban bailando cumbia, ritmos de caderas, quebraditas, pura vieja cualquiera, retumbaba todo el techo con la banda norteña, todas creyéndose la pinche cenicienta, pensó, las otras, las vecinas, las primas, se movían bajo la luz difuminada como esquirlas de balacera, luz que se fijaba en ellas, en su pelo lacio, muy negro, colgando hasta la cintura, imitando el estilo de Selena, aunque sólo Angélica tenía el pelo esponjado, rígido, inmune a los ventiladores y al chiflón del aire, ricitos de oro, mi reina, ahí va una teibolera de los sesenta, dijo alguna vieja culera. Todos los dueños de las camioneta invitaron a bailar a una de esas viejas, parecían un coro, las chachas de una gran estrella, tocaron charangas, tomaron cervezas, mira, ojo con quien te besas, le había dicho su madre, antes de que se la llevaran al seguro, muerta, pero no importaban los consejos porque ella tenía un trabajo, aunque fuera de sirvienta, hay que agradecer a la vida, como agradeció el padre de la quinceañera, piel manchada, frac con pinzas, maneras de borracho manoseando a la quinceañera, gracias, muchas gracias, como presentador de tele vieja, gracias de nuevo a todos, agradezco a cada uno su pre110


sencia, gracias a los hombres, pensó Angélica, gracias a los hombres que la tienen entera, pero ninguno la invitó a bailar una sola pieza. Todas agarraron pareja, los llevaron a un hotel, lejos, casi en el entronque de la carretera, malditas perras, pensó Angélica, y se acordó del Chuy estando sola, viéndose muy güera, mirándose en un trozo de espejo en la orilla de la cama, en la madrugada, mientras ellas, las otras, sus primas, las vecinas, gritaban, de seguro en alguna cama, raspándose los senos contra vientres peludos llenos de cena. Y ahora se acuerda del señor, del dueño de las mancuernas, de los relojes, de los billetes de cincuenta, de cómo la agarró con la mano sobre la cartera, qué haces Angélica, le había dicho con una mueca, sin aliento, llevándose las manos al cinturón, arreglando todo señor, no se da cuenta, que no ve que esto ya está hecho una puerquera, había respondido, con los ojos hundidos, la garganta ya seca, pues toma lo que gustes, el señor se trepó en cama, antes había cerrado bien la puerta, sabes que te puedes ir a la cárcel pendeja, dijo en tono agrio, Angélica gimió, pero siguió muy quieta, quítate la ropa, no sea que te lleves algo, dijo el señor, gata mugrienta, rica, yo te voy a hacer rica, dijo y ya se había tumbado en la colcha llevándose una mano a la bragueta, ella hizo como si no lo viera, se quitó el delantal, el uniforme de tela negra, la cinta rosa que se anudaba con un moño en la cintura, los pantis y las bragas, y así se quedó con el pecho dando brincos como el agua hirviendo en la tetera, ahora haz el aseo sin ropa para que veas lo que es ser honesta, cómo que el aseo, así, limpia la cama, haz como que haces, dijo 112


y se menaba la verga, y Angélica se paseó desnuda, hizo como que barría, hizo como que pasaba un trapo, hizo como lo que siempre hacía, y sólo con los pies cubiertos por la alfombra sentía la piel chinita, despierta, hasta que él se ahogó en un gritó, largándose sin decirle adiós siquiera. El lunes siguiente a la fiesta, mientras tallaba la tasa, a media jornada, dejó la fibra en el recipiente de plástico, se sirvió un Decaf frío, el que el señor había dejado en la cafetera, descuidado, como su pelo que ya no era rubio ni platinado, sólo un poco ensortijado, sin elevaciones drásticas, mejor hágase una cirugía plástica, había dicho el chofer cuando la vio mientras lavaba los trastos, pero ella no dijo nada, ser una señora, aunque sea la del Chuy, allá todas son señoras, del otro lado todos tienen estas casas, habló con la señora, le dijo que ya se iba, le deba las gracias, antes rompió todas las corbatas con unas tijeras, pero de eso la señora nunca supo nada, quería a ir a ver a su prima Juana, bueno, pero el otro lunes sin falta, te quiero aquí, pero es que la señora no escucha nada, pensó Angélica, que me voy, que renunció y tomó un autobús para Ciudad Juárez en Chihuahua. Allá tenía una prima, Juana, allá lejos, el Chuy le había dicho que a Tijuana no, que sería más fácil alcanzarla en otra parte de la frontera, además tienes familia en Chihuahua y ella buscó a la prima Juana que la recibió en un departamento de paredes descascaradas, que colindaba un patio con muchas pijamas sostenidos por lazos transparentes, como de magia, Angélica, qué gusto, tengo para ti un buen trabajo, le ofreció enjundiosa Juana, sí, sí quiero trabajar y al otro día la llevó a la fábrica, donde había 114


un lote de coches enfrente, delante una parada, ahí la vio un hombre bajo, cómo estás Juana, cómo está Dionisio, no está como el señor, pensó Angélica, el señor tenía las manos más delgadas, se parecía, con corbata y chaqueta de tela al Chuy en versión menos macuarra, toma este overol, guantes de látex, tapabocas y tarjeta de entrada, le dijo, lamiéndose un diente, viéndola de un lado, del otro, una nalga, luego la otra, luego la volvió la mirar cuando le dio la espalda, al otro día empezaba a trabajar ocho horas diarias, sin comer, agotada, en la noche, se acostaba junto a Juana en un colchón, no alcanzaba para una cama, se le encajaban los resortes como agujas en la vértebras, sintió los dedos, ardiendo, por pegar cables, lloró, y se pegó mucho a Juana, la señora, qué estará haciendo, quién le haría ahora las camas, pensó, aunque ya no la contrataría de vuelta, nunca recontratan a la que se larga. Las otras obreras, eran más jóvenes y no le hablaban, murmuraban, ahí va la que tiene aires de señora, Angélica se hacía la sorda, pero se dio cuenta de que todas se peinaban como Selena, y así se rió de pura rabia, apretó los cables, presionó un botón erróneo en la máquina de soldar chatarra, notó que siempre entraban nuevas, no podía enfocar el odio en una sola, no podía diferenciar a las novatas de las veteranas, ay Angélica, le dijo Juana, por la noche, inquieta, en mi trabajo dicen que hay unas que se salen tarde y no regresan, dicen que las matan los narcos, o una mafia, que los gringos se las llevan, que hay un asesino en serie, como en viernes trece, que las destroza y las entierra, que las venden, que las madrean, Angélica, en la tele ya no sale nada, pero así se llevaron a Antonia, a Enriqueta, a Matilde a Dulce, y a Esperanza, sobre todo 115


a Esperanza, cuándo seremos nosotras Angélica, cuándo, dijo y Angélica la odió por exagerada, Juana siempre había sido una llorona indiscreta y con algo de mala fama. El supervisor, el que se relamía los dientes, la encontró cerca de la parada de autobuses, la saludó con una sonrisa que le pareció agresiva, ávida, de ave de presa, y se dio la vuelta, ya se alejaba, pero detuvo el coche frente a ella, no se haga Angélica, que la estoy viendo, dijo, su carro era un mercedes, compacto, suba que la llevo, el cielo ya era rojo, una canción pendeja, pensó Angélica, ya no hay camiones, me tardé mucho en arreglar los cables esos, se dijo y decidió que era hora de juntar más lana, se metió al mercedes con las manos pegadas a la bolsa, donde guardaba el tapabocas, unos clínex y la tarjeta de entrada, pero antes vamos a una fiesta, oiga pero mañana es jueves, no puedo andar de pachanguera, dijo dizque tímida y haciendo una mueca coqueta, pronto arrancó el coche, iban a más de sesenta, el hombre traía una camisa amarilla con rayas azules, abierta, las manos peludas y una argolla de matrimonio, este quiere algo, pues si me ayuda a pasar al otro lado, pues que agarre los que quiera, dijo tocándose las tetas para que él la viera, qué hace Angélica espérese a la fiesta, qué clase de fiesta, de esas bien chidas Angélica, de esas de las que unas ya ni regresan.

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Ver en sueños

La fuente lanzaba largos hilos plateados que bailaban con la brisa. En medio, rodeada por un espejo de agua, la estatua de una mujer sin brazos y con los ojos vendados inclinaba la cabeza para beber. La fuente debía emitir algún sonido, pero no podía estar seguro, los pájaros cubrían todo el espacio con sus trinos. El pasto se fue cubriendo poco a poco de naranja. Olor a chamuscado, humo negro; las aves callaron de pronto. Un calor insoportable me inundó de súbito. El sol, al resbalar por el cielo, parecía un gong al rojo vivo. No había nadie, no había ningún enfermero. El aire, oscuro, comenzó a girar a mi alrededor como aros de noche desgajándose del cielo. Abrí la boca: sabía a agua podrida. Los pabellones ardían, lamidos por ávidas ondas de fuego. La enfermera salió de uno de los edificios, sola. Su traje era negro, con un corbatín color carne. Las flamas no hacían ruido. El aire soplaba sin agitar las hojas de los árboles. El incendio, como un gusano inmenso recubierto con plumas incandescentes, era el único ser en movimiento. Ella no venía hacía mí. No notó cuando alcé las manos. Se dirigió hacia la fuente, que estaba rodeada de unos árboles convertidos en pavesas de muchos metros. 119


Quise preguntarle algo, pero sentí la boca llena de una masa carnosa, vieja, supongo era mi lengua. ¿Por qué no me mira? ¿Qué pretende? me dije. Pronto vendrán sus hijos, gritó sin voltear. Su voz era nítida a pesar de que se iba alejando cada vez más. Cuando llegó junto a la fuente su silueta oscura desapareció. Detrás de ella, del mismo edificio, emergieron dos personas, un muchacho y una muchacha de semblante triste. Evitaban mirarme. Siguieron a la enfermera con paso rápido, hacia la muerte, debía ser la muerte. No me vieron. Sentí que yo mismo me quemaba. Luego desperté. Me temblaban las manos. Oscuridad. El ruido lejano de unos grillos. Yo estaba a ciegas, como siempre. Mis hijos, eran mis hijos, los que ella afirmaba me venían a ver diario. Debían ser ellos. Nunca recordaba sus visitas. Me remordía la conciencia. Todo se me olvidaba, decía a menudo la enfermera. Pero no estoy seguro de haber tenido hijos, le espetaba; ella suplía mi desmemoria. Diario me describía cómo era el jardín, la fuente, los árboles y los colores de los pájaros. Es un asilo hermoso, decía y pasaba mi mano sobre la balaustrada húmeda y yo aspiraba, ansioso, el olor a pino. Los jóvenes eran mis hijos, que lloraban porque no podía recordarlos. Si se precipitaban hacia el fuego era porque yo debí haberles hecho algo. Usted ha hecho cosas de las que más valdría no acordarse, dijo la enfermera cuando terminó de explicarme el sueño. Oí abrirse la puerta del patio. El chirrido grave de un candado al retumbar contra la verja. Buenos días, me susurró ella al oído. Palabras cantarinas, dulces. Le he traído visitas. Detrás de su voz venían unas risas bajas acompa120


ñadas de murmullos alegres. Me imaginé unas máscaras alegres, con boca en forma de media luna, flotando hacia mi cama. Eran mis hijos, pensé de inmediato y recordé a los jóvenes del sueño. Tranquilo, dijo ella. Tomó mi mano, mis dedos se cerraron sobre un tubito frío rematado en una punta afilada. Es una pluma, ponga su nombre, dijo la enfermera con dulzura. Tomó mi mano, sentí su piel suave. Las risitas y los murmullos cesaron. Hoy no habrá gelatinas verdes, dijo de pasada. Firmé, ella guío mis dedos. Papel suave, nuevo, olor a oficina elegante. Gracias, dijo ella. De ella emanaba un olor a jabón de rosas. Iba a decir algo cuando un dolor menudo, agudo, como el de un alacrán blanco se me trepó en el hombro. Me quedé dormido. No soñé nada. Quizás ya no puedo ver ni en los sueños, o quizás el olvido también corroe las imágenes de las que están hechas los sueños. Me despertó un graznido. Me imaginé a un cotorro inmenso, de alas carnosas, posándose sobre un árbol cercano. Me palpé el cuerpo: no tenía ropa. Oí unas carcajadas detrás de mis ojos. Bajo la espalda unos barrotes me helaban las vértebras. Una voz infantil pedía un helado entre gimoteos. Llamé a la enfermera. Quizás estaba en un sueño, pero yo nunca estoy ciego cuando duermo. Abandonado en un parque, dijo una voz grave que me elevó tomándome de los brazos. A lo mejor mis hijos iban a volver, o a lo mejor sólo es que he dejado de ver en los sueños.

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Regalo pequeño

Amalia: Primero lee la carta, luego abre el paquete. No me importa que ya no me tomes las llamadas, que ahora hasta te hayas cambiado de casa. Pero necesitaba hablarte. Los chihuahuas que me regalaste hace un año, el blanco y el café, que tanto me gustaron, ya no podía tenerlos. Mordieron a mi mamá, con todo y que era ella quien los alimentaba, los bañaba y lloraba con ellos cuando se enfermaban. Yo, cuando volvía de trabajar, sólo jugaba un ratito con los perros, cansándolos de tanto lanzarles la pelota por todo el departamento, pensando en ti cuando me tarascaban la mano por juego. Yo me volvía un niño con ellos. Tú me dijiste, la última vez, cuando estábamos en el Starbucks, “Tienes que cuidar a tu mamá y ganas bien poquito, yo tengo gustos caros y alguien que ya me los paga. Mejor aquí la dejamos. Si tu mamá ya se hubiera muerto pues podrías hacer un esfuerzo para darme lo que necesito, bueno aun así habría que ver, pero con tanto gasto de hospital, no hay modo, y no me hagas esa cara. Pero mira, en esta cajita te traigo dos cachorritos de chihuahua, macho y hembra, son de una amiga que los cría. A lo mejor con eso se distrae tu mamá y de paso me perdonas. 125


Son juguetones, bonitos y caros, como yo, creo, no te rías, menso. Mira, este tiene mis ojos, ves, castaños, expresivos, como burbujas calientes, el otro tiene una dignidad rara en un perro, son como mis hijitos, como los hijitos que debimos tener, pues llévaselos a tu madre, al fin que ella me decía que ya le urgían unos nietos”. La chihuahua blanca estuvo mucho tiempo en el veterinario, se le complicó el parto. Mi mamá se murió hace dos meses. La verdad es que con mi salario en la aseguradora no puedo pagar para que los cuiden. Encargárselos a la vecina es mucho encaje, con todo y que Zenobia me saluda con mucha amabilidad y les hacía cosquillas en el pecho a los perritos. No podía dejarlos encerrados todo el día, solos en el departamento, comiéndose los sillones e inquietándose porque nadie los observaba. Mi mamá tuvo una falla renal, la diálisis al fin dejó de funcionar, la interné una noche y en una semana estaba muerta. Cuando ella se me fue, me dio miedo que también se murieran los perros. Incluso los llevé a que les hicieran un chequeo. Resultó que la blanca estaba preñada. Aunque quizá la que me recordaba a ti Amalia, era mi mamá, cuando me preguntaba dónde estabas, qué había sido de la muchacha tan simpática que le traía sus chocolates y sus galletas, la que la llevaba al hospital en el coche tan bonito que olía a cuero nuevo. Pensé en regalárselos a Zenobia; seguro te acuerdas de ella, la que tiene cara de distraída, y siempre andaba con un chándal de rayas azules y una camiseta color huevo; pensé en ella porque creo que no trabaja y casi puedo asegurar que vive sola. Pero desde la muerte de mi madre los chihuahuas empezaron a quedarse medio pelones, les 126


salieron unas ronchas en el lomo y me daba pena con Zenobia, qué tal si le pegaban la sarna o me veía con cara de asco. Además, qué iban a hacer sin mi mamá, en otra casa, donde los muebles son tan distintos, donde no hubieran tenido una terraza. Se la hubieran pasado aullando, gimiendo, buscando en la noche la mano arrugada que los consolaba. Y si sólo regalaba a uno, entonces hubieran muerto lentamente de tristeza, pues no podían estar separados, no como tú y yo Amalia. Tú dijiste que eran hermanos, pero a mí me parecen que eran viejos amantes, pues los perritos de la blanca estaban deformes, con las patas muy largas y se murieron antes de que nadie los viera. ¿Por qué no me regalaste mejor una chamarra o un llavero? No te estoy echando la culpa de nada, pues ya eran de mi madre, son la herencia de mi madre, son el problema que me legó mi madre. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar Amalia? No te veo cuidando perros, levantándote temprano para pasear con ellos, comprándoles Purina y limpiando sus gracias en el parque. No eres así Amalia. Mi madre se quejaba mucho de ellos, pero los quería. Y no estoy seguro de quererlos. Creo que tampoco estoy seguro de querer a mi madre. Es demasiado Amalia, estos pobres perros llevaban demasiado peso en unas patas tan pequeñas. Así era mi mamá, con muchos reclamos para tan poquito cuerpo. Me preguntó por qué habías querido regalarle esos perros tan bonitos, tan chiquitos. Sí, porque le dije que eran para ella. Cuando le insinuaba que íbamos a casarnos ella se ponía triste, se llevaba con dolor las manos a la cintura, decía que eras muy guapa, pero que si me había olvidado que ella me había criado, que ella era mi madre y que lo de sus riñones era por haber tenido 128


que cargar con tantas penas. Los perros pronto fueron una de sus quejas, con todo y que se acostaba en la cama con ambos para acariciarles las orejas. Así que los llevé a dormir. Matarlos no es lo peor que podría pasarles. Ni a ellos ni a nadie Amalia, hay cosas peores que morirse. Podrían haberlos atropellado o haber terminado como mascota de un chamaquito idiota. Los disecó un conocido mío que trabaja en el zoológico. Si no tienes inconveniente Amalia, te mando de vuelta a los dos perros, que ya no pueden causarte molestas. Ahora sí, abre la caja con tu recuerdo, Amalia.

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Sobre el escritor

Eliseo tiene miedo al tiempo y por eso se hizo escritor. Aunque le teme también lo pierde en demasía. Para tener tiempo para escribir se emplea como abogado. Hace tiempo que no publicaba nada. Pasa horas leyendo novelas y de tiempo en tiempo escribe algunas. Es mexicano de tiempo completo y nació en el lejano 1981. Dice que un día vivirá en París por siempre.

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«La abuela estaría exultante, viéndonos como si fuéramos una telenovela, a lo mejor se acordaría de su gallina y me lanzaría una risita a medias. En un lugar oscuro es muy fácil prestar atención a los detalles. El diablo está en el detalle, Ignacio, a poco no te lo había dicho nadie».

Colección Ansiedades tumefactas

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