Nijinsky o miradas alrededor del dios de la danza

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Nijinsky o miradas alrededor del dios de la danza

Noemí Escribano

Eliseo Vite Franco

Javier Dale

Carla Pravisani

J. Martin

Julio Cabrales

Alberto Jiménez Ure

José Antonio Trujillo

A. Ruiz-Tagle

Kimura Gaman ediciones




Colecciรณn El paisaje de la Virgen del canciller Rolin nยบ 1 Serie alrededor de una figura extraordinaria e inspiradora de la historia

Kimura Gaman ediciones



©de los autores ©de las ilustraciones Alejandro Torres ©Kimura Gaman ediciones, 2018

PRIMERA EDICIÓN Septiembre, 2018

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Nijinsky o miradas alrededor del dios de la danza


A Bronislava Nijinska, la diosa de la danza: Pionera en el ámbito de la coreografía, cuyo aporte a la historia y desarrollo del arte de la danza fue tan o incluso más determinante que el de su hermano Vaslav.

Al lector y al poder de la determinación.


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A modo de prólogo impropio

La colección El paisaje de la Virgen del canciller Rolin tiene como objetivo reunir en cada uno de sus libros, textos de diversos géneros literarios alrededor de una figura sobresaliente e inspiradora de la historia. Personajes que debido a sus hechos creativos y determinación lograron establecer una fuente de inspiración y un modelo a seguir, y cuyo resplandor se mantiene vigente y es el origen o la base de muchas estructuras que sostienen el pensamiento o la creación del hombre contemporáneo. Nijinsky, como impulsor del acto creador o como el resplandor inextinguible de su paso por el mundo, es fuente inagotable de pequeños y grandes mundos de creación; y eso es la base de este libro, donde se reúnen textos de diversos géneros y autores alrededor de la figura de Vaszla Nijinsky, el mejor bailarín de la historia, el mito del salto elevado a tres metros del suelo, bailarín, coreógrafo, actor, escritor y hermano de Bronislava Nijinska, bailarina espléndida y pionera insustituible en la historia y desarrollo del arte de la coreografía y la danza. A este primer título sobre el bailarín le seguirán títulos que tendrán como eje central a Madame de Pompadour y Alexander von Humboldt.


«Pero bueno, ¿cómo era Nijinsky?: “No sé describirlo, me siento como el viejo marino que trata de explicar a un niño ciego cómo es el mar”». Antonio Vallejo-Nágera



El índice de las miradas Julio Cabrales El espectro de la rosa.15 Javier Dale Cambó, el salvador de Nijinsky.25 J. Martin Nijinsky.31 Carla Pravisani Carta tejida en el aire.65 José Antonio Trujillo Diario en el manicomio.69 Noemí Escribano Ficciones.83 Alberto Jiménez Ure Los saltos de Nijinsky.89 Eliseo Vite Franco Añoche soñé que era un fauno.91 Alberto Ruiz-Tagle El diario de Nijinsky o dentro de mí no se apaga el fuego.101


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El espectro de la rosa Julio Cabrales (1944-2017) Fue en Madrid, en la Calle Altamirano donde compré por una peseta un sucio librito de bolsillo que trataba sobre la vida de Nijinsky. Vatzlav Nijinsky no tuvo estrella pero nuestra imaginación hace sonar las campanas del Kremlin y cabecear las palomas de la plaza de San Marcos en Venecia y hacerlas espantar en desordenado vuelo. Es decir, todo hombre tiene su estrella tal vez la de David o la de Cristo o la del Horóscopo. Vatzlav desde pequeño bailó –el retrato vivo de la época azul y rosa de Picasso– bailaba junto con su madre por dinero ya Quevedo lo dijo, ya nuestros indios lo sabían, Pound en el canto XLV cristianamente dijo “Bienaventurados los pobres de espíritu”, y así Vatzlav bailaba junto a su madre por dinero. A los 16 años entró a la Escuela Imperial de Danza en San Petersburgo. era un potrillo alado, sus muslos se curvaban sobre sus rodillas como el cuello de los potros en el abrevadero. EL CHINO le decían por sus ojos rasgados. Rodeado de espejos que son los que nos descubren

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nuestras virtudes y vicios del rostro y del cuerpo y del ALMA!, frente ellos bailaba poniendo el pie de plano y como catapulta suspendiendo la frágil cintura de una mujer, el pie inclinado y frenado el impulso por los dedos o como un gimnasta y de salto en salto como un cervatillo de la sala de estudio al escenario, bajo los focos, sobre la música, por las ovaciones, en el circo. los prismáticos como cangrejos de señoras gordas olorosas ataviadas de collares y señoritas pálidas y doncellas bellísimas se preguntaban “¿quién es, quién es?” frunciendo la nariz o con los ojos luminosos. Vatzlav hacía palidecer a las primas bailarinas, es decir, bailaba muy bien, era el sol. En el entrechat royal a dix entrecruzaba diez veces los pies antes de tocar el suelo. En las tertulias oía hablar por primera vez de Monet Renoir Rodin Debussy Mallarmé y allí estaba Diaghilev que era una fiera, elegante el hijueputa haciéndole dar importancia a sus palabras disimuladamente y formaba ruedas y a saber que cosas decía, total que hizo amistad con Nijinsky y fue su maestro, protector y apoderado; le fue moldeando el gusto a su gusto:

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(No sé hasta donde el hombre por su temperamento escoge) el olvido de las mujeres, el olvido de los tragos, el olvido de la sangre. Nijinsky era una mina. Y Vatzlav hacía y ejecutaba con la fidelidad de un perro. Iba y venía con él, después de cada ensayo, de cada viaje. La monstruosa influencia del maestro. El pobre no sabía: esto es bueno, esto es malo, estaba aún en el paraíso de la idiotez! por eso vino Cristo Maestro de Maestros, (no sé hasta donde lo fue Sócrates) Vatzlav era en una palabra: ¡PENDEJO! Y cuando en París se presentó el 1 de Mayo de 1909: había llovido esa noche y las luces del teatro Chatelet rielaban en las calles nocturnas y en las vitrinas se miraban los programas y dibujos de Cocteau. En París se decía que Serguei tenía secuestrado a Vatzlav –el pueblo y el chisme son una misma cosa– Serguei, es cierto, lo amaba por ambición. Esa noche se interpretaba El Espectro de la Rosa, la mejor composición de Fodín inspirada en un poema de Gautier (inspiración de inspiraciones etc.). Je suis le spectre de la rose que tu portais hier au bal

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Soy el espectro de la rosa que ayer llevaste al baile. Y no había entonces más amor que para su danza y de un salto cruzaba el escenario desapareciendo como un fantasma. Y Cocteau hurgaba el camerino de Vatzlav y éste le decía: Je ne suis pas un sauter Je suis un artiste Yo no soy un acróbata Soy un artista. Pero era un esclavo, es un oficio duro, ya Cardenal lo decía en su poema a Marilyn Monroe: tras el telón hay más tragedia que la que se representa. Mientras unos van al bar, mientras otros fuman y se cuentan chistes, mientras aquellos van a la mar un fin de semana y esos a cazar y otros a pescar al cine al lupanar al NIGHT CLUB o de mañanita un domingo a misa, mientras unos están enamorados y otros enamorados de sí mismos, mientras el río, mientras el mar, mientras los astros, mientras los automóviles!, mientras la vida, Vatzlav estaba allí, esclavo, ¡coño! Diaghilev allí sin hacer nada por el pobre muchacho. Las aves construyen sus nidos.

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Los castores su presas. Las hormigas sus hoyos. Maeterlinck! Thoreau! Walt Disney! Más tarde Nijinsky fue a Suramérica y esto le dolió a Diaghilev y más le dolió cuando se casó con Rómola (una compañera del ballet) entonces intervino la economía, la economía es un mago saca conejos de los sombreros pero a la mejor mona se le cae el zapote y Nijinsky no tenía escenario pero tenía una mujer, es decir, para mí una mujer lo es todo si no pregúntenselo a Coronel. Y cuando volvió Nijinsky la argolla de Diaghilev le echó en cara: “Por ahora vuestra creación será un hijo El Espectro de la Rosa ha optado por ser padre. Qué cosa más antipática es un alumbramiento.” Y Nijinsky: “Vosotros habíais admirado siempre la hermosa entrada del Espectro de la Rosa.” no sabían lo que decían, no sabían que “el hijo es muerte, ¡Ay! Es muerte, digo –pasión de la esperanza–”. Serguei Diaghilev hizo como si lo ignorase pero por dentro un fuego le consumía. A Nijinsky la guerra europea lo sorprendió en Hungría como siempre la guerra nos sorprende aunque la esperemos siempre nos sorprenden los dientes de la rata peluda de la guerra,

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es decir, de la muerte. Allí permaneció un tiempo inventando, imaginando como hacen los artistas, una y otra forma: la naturaleza, el viento, pájaros! Un sistema de notación de la danza como el de las partituras. Y amando a Rómola como el primer hombre y como el último, compartiendo todo como su fruto: KYRA, una niña. Y cuando la suerte cambió porque a veces los golpes de la suerte son tan fuertes. Qué se yo! Y fue a Nueva York. Y cuando volvió a Madrid en el vestíbulo del hotel Ritz Diaghilev lo abrazó apasionadamente: Vatzlav, draga moi kak tui pajivayeski le dijo. Más tarde en Saint Moritz se le acercaron círculos, colores redondos, cada vez más intensos: el negro con el amarillo, el rojo con el blanco. Palomas blancas cruzaban la noche. Vientos extraños encendían fuegos en el bosque. Lo negro danzaba en la sombra. Lo rojo en la sangre. Se le acercaron cuadros, colores cuadrados. Escenas, chispazos, aletargamientos. El alejamiento de una estrella en la noche.

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Decía: Como cuando se apaga el televisor. Quiero mostrar a la vez la belleza y el poder destructor del amor. Y componía figuras: Mariposas fantásticas con cabeza de él dignas de Rorschach y los psicoanalistas, extrañas arañas que evocaban a Diaghilev ESE ES SERGUEI señalaba con el dedo y bajaba al pequeño pueblo con una gran cruz dorada en el pecho y detenía Y preguntaba al que encontraba si había celebrado el Santo Sacrificio de la Misa. Lo mismo que Federico Nietzsche estaba celoso de Cristo. Nijinsky estaba enfermo y bailaba, seguía bailando sobre dos pedazos de terciopelo que formaban una cruz y extendía los brazos diciendo: ahora os bailaré la guerra; sus sufrimientos, sus distracciones, sus muertes. La guerra que no habéis impedido y de la cual habréis de responder. Y bailó como nunca, como un trompo trasladándose, como una garza en un pie girando, como un torbellino, como un remolino, como las hélices de un avión que hace suspender la gravitación de la masa,

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como las aspas de un molino que hace triturar la harina del hambre o los sueños de Cervantes. Girando como gira la esfera de la Tierra, con su corazón, con su sangre recordando la escena de Petruschka –la marioneta tratando de escapar a su destino–. Un día Sergue Diaghilev fue a verle e impresionado y como en broma le dijo: pero hombre, Vatzlav, eres un holgazán! Te necesito, es necesario que bailes para el ballet ruso, para mí. No puedo, le dijo, porque estoy LOCO. Diaghilev le dio la espalda y se echó a llorar: qué debo hacer. Es culpa mía. Rómola recordaba sus palabras al ser internado: Valor femka! No pierdas la esperanza. Dios existe. No es el primero ni el último que lo afirma o lo niega sin haber visto su Rostro. Mientras el fantasma de Nijinsky Ladies & gentleman Y el fantasma que va a ser de ti está entre nosotros. Buenas noches!

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Cambó, el salvador de Nijinsky Javier Dale

Vaslav Nijinsky se pasó la vida huyendo. Primero, como el polaco que siempre quiso ser en el exilio interior de la Ucrania rusificada. Después, de sí mismo y del acoso, vestido de manto protector, que le proporcionaba Sergei Diaghilev, fundador del ballet ruso y también amante, mentor y Pigmalión –no siempre a partes iguales– del bailarín. Pero también de la cárcel. Y quien le salvó de ella fue el abogado y político catalán Francesc Cambó. En el verano de 1917, Sergei Pávlovitch Diaghilev quiso aprovechar una particularidad de la ley española para llevar a prisión a Nijinsky. La relación entre el promotor del ballet ruso y el genio de la danza se había deteriorado. Aprovechando una gira por Sudamérica, el bailarín se había casado con la condesa húngara Rómola Pulszky y era padre de una niña, Kyra. No obstante, Sergei Pávlovitch siguió haciendo uso de su derecho de pernada, profesional y personal, sobre el artista. El empresario ruso, entre cruel y desesperado, quiso atar a Nijinsky definitivamente con la amenaza de ir a prisión en un entorno tan inhóspito como la España de 1917, con Europa en guerra, el Imperio Ruso en las horas previas a la revolución y con el temor mutuo a perderlo todo. Si no fue así fue por la intervención decisiva del abogado Cambó. El fundador de la Lliga Regionalista no sólo evitó el ingreso en la cárcel del genio, sino que encontró el modo de romper su vínculo con el ballet ruso. En junio de 1917 la compañía se trasladó a España, donde arrancaría la temporada en el Teatro Real de Madrid antes de desplazarse a Barcelona, paso previo a una gira por América del Sur con la que Nijinsky no estaba de acuerdo. “Ese viaje no tiene el menor interés artístico”, sostuvo ante Diaghi-

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lev, que se remitió al contrato que les unía para obligar a Vaslav a seguir en el ballet. Según explica Rómola, la esposa del bailarín, en Vida de Nikisnky, su marido se sorprendió: no había firmado contrato alguno. Diaghilev le advirtió de que un telegrama que le había enviado meses atrás desde Estados Unidos le forzaba a seguir en el ballet ruso. “Te obligaré a venir conmigo quieras o no”, añadió. “Y diciendo eso, se reía a carcajadas”, escribió Rómola. Nijinsky no creyó, o no quiso creer, que Diaghilev hablara con conocimiento de causa. El bailarín actuó en el Liceu barcelonés en siete de las ocho fechas marcadas por el calendario: del 23 al 29 de junio de 1917. Pero el día 30, última actuación prevista en Barcelona, se dispuso a tomar un tren a Madrid buscando dejar atrás a su mentor, al ballet ruso y a todo lo que se le quisiera poner por delante. Excepto la Policía. Poco antes de subir al tren, dos hombres retuvieron al matrimonio Nijinsky. “Ha sido dictada una orden de detención contra usted”, advirtieron. “¿En virtud de qué autoridad y por qué?”, replicó el bailarín. “La del gobernador civil de Barcelona, en nombre del Rey”, contestaron los agentes, que les escoltaron a comisaría. Diaghilev había jugado fuerte, pero con la espalda cubierta. Sabía lo que Vaslav Nijisnky ignoraba: que según la ley española, un telegrama constituía un contrato legal. Había, sin saberlo, firmado un compromiso que le ataba al ballet ruso. Diaghilev sólo tuvo que decidir dónde empezar la gira de temporada para que un vínculo tan débil como un telegrama tuviese el valor de la ley. Y se decidió por España. En comisaría, los agentes fueron explícitos. Conforme a la legalidad vigente, si Nijinsky se negaba a bailar esa misma noche sería encarcelado. “Llevadme al calabozo”, replicó el artista. El comisario, ante una situación embarazosa y confusa, optó por poner en libertad a Rómola, la esposa del arrestado. Con ayuda de un agente, la mujer de Nijinsky se puso en contacto con el que había sido anfitrión de la pareja en su reciente estancia en Madrid, Fernando Sebastián de Borbón, duque de Dúrcal –pariente del rey Alfonso XIII–, casado con la catalana María Leticia Bosch-Labrús, hermana del vizconde de Bosch-Labrús. El duque puso en contacto a Rómola con el prestigioso abogado catalán y líder de la Lliga Regionalista Francesc Cambó. En menos de una hora llegó la orden de libertad para Nijisnky, que finalmente actuó en el Liceu el 30 de junio de 1917. Como en las siete noches anterio-

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res, el aplauso de las mujeres fue tímido: el vigor de los bailarines rusos y el escaso vestuario que llevaban hizo que el pudor venciera a la emoción. Al día siguiente, Cambó siguió con el caso Nijisnky. Según el testimonio de Rómola, fue él quien encontró la forma de devolverle el golpe a Diaghilev. Si bien era cierto que el telegrama obligaba al bailarín a seguir con el ballet ruso, expuso Cambó, el documento no decía nada de las condiciones de ese contrato. Mano a mano con la pareja, Cambó redactó un contrato severo, casi imposible de cumplir para el empresario, pero al que la ley obligaba del mismo modo que obligaba al bailarín. El abogado forzó a Diaghilev a pagar una exagerada cantidad de dinero en cada actuación, siempre en dólares-oro, y a realizar el pago una hora antes de que se levantara el telón, con la condición de que el no cumplimiento de esa cláusula rompía el vínculo. Los Nijinsky siempre agradecieron la inteligencia de Cambó. “El contrato estaba redactado con tanta habilidad –escribiría Rómola– que no le brindaba ninguna oportunidad de burlarse de Nijisnky”. Días después, la compañía de ballet ruso partía rumbo a Buenos Aires, donde tendrían lugar las últimas actuaciones de Nijinsky bajo las órdenes de su amo y, aun casado, amante Diaghilev. En una gira caótica repleta de accidentes, escenas de pánico y desplantes del bailarín, Vaslav Nijinsky danzó por última vez con el ballet ruso en Montevideo, en una gala a beneficio de la Cruz Roja en la que Arthur Rubinstein tocó el piano. Cumplido el contrato redactado por Cambó, y ante la imposibilidad de renovarlo en términos semejantes, Sergei Pavlovitch dijo adiós para siempre a Vaslav y a sus años dorados como empresario artístico. Moriría en Venecia en 1929. Nijinsky no corrió mejor suerte. De vuelta a Europa, apenas un año después de haber abandonado el ballet ruso fue diagnosticado de esquizofrenia. Sus desplantes y miedos en Sudamérica, referidos por Rubinstein en sus Memorias, podrían haber sido el primer síntoma de la enfermedad. Tras tres décadas de miedo y penuria, Nijinsky, que se pasó la vida huyendo, no logró zafarse de la muerte, que le atrapó en Londres el 8 de abril de 1950. ¿Y cómo asumió Cambó su encuentro con el genio? Nunca quiso comentar demasiado su encuentro con los Nijinsky ni sus desencuentros con el ballet. La conversación que cita Juan Antonio Vallejo-Nágera en Locos Egregios explica por qué. El día que Cambó se reunió con Diaghilev en Barcelona

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tras el arresto de Nijinsky, el fundador del ballet ruso habría aprovechado un aparte para hacer una confesión al letrado: “Es un hombre imposible. Fíjese usted que se empeña en levantarse a medianoche, paseando descalzo por el suelo de mármol, y luego se mete en mi cama con los pies helados”. Demasiado para un conservador de la Lliga Regionalista que –guiños del destino–murió en Buenos Aires en 1947, en la otra orilla del Mar de la Plata que vio actuar por última vez a Vaslav Nijinsky, el genio al que Cambó salvó dos veces. Aunque prefiriera no comentarlo.

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Nijinsky J. Martin

«No es realmente fácil ser algo, excepto ser vulgar». Bernard Shaw

Capítulo I Una noticia que leí en la prensa me sobrecogió: «Nijinsky ha muerto». Hacía poco tiempo que habían sido publicadas varias fotografías suyas y de Rómola, con ocasión de haber salido de la clínica mental de Kreuzlingen. «Nijinsky ha muerto» la noticia de la muerte del mejor bailarín del mundo me dejó la impresión de que yo mismo había envejecido súbitamente muchos años. Lo recordé. Era una noche hermosa. Había llovido en París, y las calles estaban mojadas. Pero la lluvia había sido beneficiosa, pues el aire había resfrescado. Era la noche del 1 de mayo de 1909. La sala del Châtelet había sido restaurada, y las luces del teatro se reflejaban en la calle, brillando sobre el asfaltado humedecido. El «ballet» ruso se presentaba en París. Figuraban en el programa en el programa: «El Pabellón de Armida», «El Festín» y «El Príncipe Igor». Entre los nombres que integraban la compañía, se hallaban los de Thamara Karsavina, Matilda Kschessinskaya, Michael Fokín, Ana Pavlova, León Bakst y Vatzlav Nijinsky.

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Había una gran expectación por contemplar la actuación de aquellos artistas. El vestíbulo del Châtelet y las calles próximas al teatro estaban muy concurridas. Los que habían podido asistir a los ensayos de la compañía, se entusiasmaban, «Un nuevo arte», había dicho Augusto Rodin, el escultor. Marcel Proust, Reynaldo Hahn, José María Sert, todos habían hablado del «ballet» ruso. Jean Cocteau había confeccionado los programas, y sus dibujos lucían en la fachada del Châelet. Se alzó el telón. Recuerdo que me quedé perplejo al contemplar las complicadas y rigurosas evoluciones de los bailarines durante la representación de «El Pabellón de Armida». Aquello no se parecía en nada a lo que yo había visto hasta entonces, tenía la impresión de estar ante un mundo fantástico, sujeto únicamente a las arbitrarias y sugestivas leyes del arte. Salió Nijinsky. Su figura destacaba poderosamente. Estaba admirablemente proporcionado, y sus movimientos hacían de él la viva representación de una bella estatua animada. Ocurría a menudo que Nijinsky hacía palidecer la belleza de las primas ballerinas. Una vez, en San Petersburgo, Ana Pavlova se había sentido celosa de Nijinsky, porque el genial bailarín había salido a saludar al público rodeado de un mayor número de ramos de flores que ella. Nijinsky bailó «El Pabellón de Armida» Sus primeras evoluciones fueron acogidas con un continuado murmullo. Cuando ejecutó su primer «tour en l’air» estalló una tempestad de aplausos. Al terminar su actuación, la sala, puesta en pie, pidió el «bis». Nijinsky no salió a saludar al público, porque las reglas de la compañía prohibían a las artistas volver aparecer en el escenario si su papel no lo prescribía. Pero el «ballet» había triunfado para siempre en el corazón de la capital de Europa. Volví todos los días al «Châtelet» Los rostros de los artistas me iban siendo conocidos, y muchos de ellos me fueron presentados. Conocí a Fokin, a Benois, a la Karsavina. Los ensayos de la compañía empezaban todos los días a las ocho de la mañana. Los artistas trabajaban con tenacidad. El Maestro Cechetti empezaba sus lecciones con los aprendices. Después acudían al «Châtelet» las prin-

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cipales figuras de la compañía. Todos ellos se habían hecho muy populares en París, y el público los admiraba grandemente. «Cleopatra», «Las Sílfides» y «Las Oriéntales» habían constituido otros tantos éxitos de la Karsavina y Ana Pavlova. Nijinsky llegaba a eso del mediodía. No hablaba con nadie, y comenzaba a danzar. El Maestro Cechetti le dirigía en medio de un silencio sepulcral. Vatzlav danzaba y no parecía darse cuenta de nuestra presencia. En las mañanas de ensayo en el «Châtelet», Vatzlav bailaba únicamente para sí mismo. Después me di cuenta de que aquello ocurría siempre que bailaba. Él decía que sentía físicamente los deseos de los personajes que interpretaba. Nijinsky había sorprendido a París con sus prodigiosos saltos: el «entrechet royal a dix» hazaña inverosímil que nadie había logrado realizar antes que él. Nijinsky entrecruzaba diez veces los pies antes de tocar el suelo. Los más grandes bailarines sólo lo habían hecho seis o siete veces. Pero a su técnica maravillosa, unta Nijinsky unía Nijinsky una gran espiritualidad. Fue el primer bailarín que humanizó con sentimientos los tríos y estudiados pases del «ballet». Acabado el ensayo, Nijinsky estiraba a su camerino. Se tendía y dejaba que le cuidaran. Mientras se estaba vistiendo, aparecía un hombre maduro, de impresionante aspecto; todos le saludábamos. Era Serguei de Diághilev, Director del «Ballet» Conversaba con Fokin, daba órdenes a los decoradores, firmaba cheques y acogía con un gesto de suprema distinción a todos los que se dirigían a él. Habían terminado los ensayos, y aguardábamos en el vestíbulo Nijinsky acababa de vestirse, y Diághilev se dirigía a su camerino, poco después salían juntos y desaparecían. A nosotros nos parecía que, sin su presencia el teatro había quedado vacío. Pronto empezaron a circular noticias extrañas por París. Diághilev tenía secuestrado a Nijinsky, se decía. No había modo de conservar con Nijinsky.

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Los artistas de la compañía, y el mismo Diághilev aparecían a menudo en los «cabarets», en los centros mundanos y artísticos de París. Pero Nijinsky nunca les acompañaba. De esta manera, desde el escenario su personalidad se hacía más intensa. El misterioso Nijinsky, con sus arrebatadoras y excitantes danzas, cautivaba al público. Empezaron a divulgarse extraños rumores acerca de su personalidad. Su vida se contaba de muy diversas maneras. De Diághilev se decía que era bastardo de un príncipe Romanov. El no lo desmentía. Por fortuna, en mis frecuentes contactos con los artistas de «ballet», pude esclarecer bastantes cosas acerca de Nijinsky. Su vida me era conocida, yo no daba crédito a las absurdas murmuraciones que sobre Nijinsky circulaban por París. Capítulo II Nijinsky había nacido en Kiev el día 28 de febrero de 1890. El día de su presentación en París contaba, pues, diecinueve años. Su infancia fue dura. Hijo de una familia de bailarines, sus padres debían ganarse el sustento complaciendo al público. Tomás, su padre, era un hombre extraño: en su familia se habían dado casos de locura. El único hermano de Vatzlav, Estanislao, había tenido que ser internado en un sanatorio. Tomás Nijinsky, a acusa de un amor equivocado, abandonó a su familia. Su esposa Eleonora Nijinsky, conoció años de mi seria y estrechez. Vatzlav era un niño todavía, y su hermana Bronislava acababa de nacer. En estas circunstancias, Eleonora Nijinsky tuvo que ganarse el sustento por medio de la danza. Vatzlav aprendió a bailar junto a ella. -Mi madre podrá acordarse del día que me salió el primer diente –diría después-, pero difícilmente de mis primeros pasos de baile.

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La situación de Eleonora Nijinsky se alivió el día que Vatzlav pudo ingresar en la Escuela Imperial de Danza de San Petersburgo. La escuela era un centro de gran tradición. Había sido fundada en tiempo de Pedro el Grande, y alcanzó mucho renombre durante el reinado de Catalina I. El cuerpo de baile del Teatro Imperial se nutría exclusivamente de sus alumnos. El ingreso de Vatzlav Nijinsky fue obtenido en condiciones extraordinarias. Se exigía de los alumnos unas perfectas condiciones físicas, y no eran admitidos aquellos cuyo desarrollo demostraba el más leve defectos. Vatzlav, dos años más joven que los demás, fue admitidocon el número uno, entre ciento cincuenta aspirantes. Sus extraordinarias facultades eran debidas al cuidado que había tenido su madre en su esmerada educación. Desde pequeño se había acostumbrado a realizar los más difíciles ejercicios y variados pasos de danza. El día de su ingreso en la escuela, ya los viejos maestros del «ballet» auguraron en él al futuro artista de excepción. Vatzlav Nijinsky se había entregado de lleno a su arte. Desde su nacimiento había vivido en el mundo de la danza. Había visto bailar a su madre desde los bastidores, y para él fue siempre su madre la mejor bailarina del mundo. De ella aprendió Nijinsky aquella sensibilidad casi femenina que ponía en sus primeras actuaciones. Comprendió que la danza no era un ejercicio vacío, sino que intentaba siempre expresar algo. Este algo es lo que Nijinsky procuró siempre expresar en sus actuaciones. Durante sus años en la Escuela Imperial, no vivió Nijinsky más que para la danza. En la Escuela convivían jóvenes de ambos sexos y era frecuente que se iniciase algún idilio entre ellos. Sin embargo, Nijinsky se mantuvo apartado de todos, dedicado de lleno a sus ejercicios. Sus compañeros se burlaban de él y le llamaban «chino» a causa de la expresión levemente mongólica de sus rasgos. Pero él no hacía caso de sus burlas y procuraba alejarse de ellos. El joven Nijinsky hablaba poco. Su única ilusión era la danza. Llegó a ser para él el único motivo de su existencia. Vatzlav Nijinsky no había amado nunca: únicamente danzaba. Fueron largos años de esfuerzos y de trabajos lentos.

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Pronto obtuvo el premio: dos años antes de acabar sus estudios, a los dieciséis, le fue ofrecida una plaza de primer bailarín en el Teatro Imperial. El nombre de Nijinsky había sonado ya con anterioridad en el mundo del «ballet». —El futuro actor máximo de Rusia —había dicho Marius Petipa de él— es un alumno de la escuela de danza: el pequeño Nijinsky. Ningún alumno había admitido nunca en el «ballet» Imperial antes de terminar sus estudios. La musculatura de Nijinsky era perfecta. Su dominio magistral de la técnica lo había conseguido a costa de un trabajo asombroso. Con un solo ademán de su antebrazo podía levantar suavemente a Ana Pavlova. La agilidad propia de los diecisiete años se unía en él a una dureza sin par, conseguida a base de pacientes estudios. Sus muslos se curvaban sobre sus rodillas como los de un caballo. En un bailarín, los muslos son lo más importante. El público le esperaba con interés. Su primera actuación había sido anunciada en el «ballet» «Don Juan», de Mozart. Nijinsky triunfó plenamente. Lo presentaron en seguida en los papeles más importantes. Bailó con Ana Pavlova, con Thamara Karsavina y con Matilda Kschessinskaya, las tres primeras ballerina del Teatro Imperial. Aquellas grandes artistas consagradas por la crítica estaban contentas de tener por compañero al atlético muchacho, que podía salvar cualquier momento comprometido con su fuerza extraordinaria. Nijinsky empezó pronto a ser la admiración del público de San Petersburgo. Después de cada una de sus actuaciones, ramos de flores inundaban su camerino. Él saludaba desde el e escenario con timidez, y había en su expresión una gran dulzura. Su triunfo lo rubricó el Zar en persona. Después de una representación regaló a Nijinsky un magnífico reloj, en prueba de su admiración. La crítica hablaba constantemente de él. El público se agolpaba por verle. Las primas ballerinas del Teatro de la Ópera de San Petersburgo empezaban a sentirse celosas de su éxito. Las damas de la nobleza preguntaban por Nijinsky.

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—¿Quién es Nijinsky? En San Petersburgo sus admiradores se hacían la misma pregunta, que más tarde habían de hacerse los públicos del mundo entero. —¿Quién es Nijinsky? Preguntaban por sus gustos, por sus aficiones, por sus amistades, por sus amores; querían saber qué clase de vida llevaba. Pero Nijinsky se contentaba con el mundo del «ballet». Permanecía ajeno a los demás. Todos se interesaban por él, pero nadie se daba cuenta de que Nijinsky, el gran Nijinsky, era simplemente una adolescente. Había trabajado para el baile, gozaba con el baile cómo un niño que se divierte con un juego. Capítulo III Por esta época, Nijinsky empezó a leer. Leyó las obras de Shakespeare, Ibsen y de Tolstoy. Las obras de este último (el autor nacional) le causaron profunda impresión. Nijinsky descubrió en la literatura un mundo nuevo de ideas que le ayudaba a desenvolverse en su propio arte. En el Teatro Imperial conoció a diversos músicos y pintores. Anteriormente había hecho profundos estudios de música, que consideraba de gran trascendencia para el «ballet». Estaba familiarizado con los clásicos; pero el descubrimiento de los modernos músicos franceses lo consideró un gran hallazgo. Fue conociendo a los principales músicos de Rusia, los cuales prestaban cada día una mayor atención al «ballet»: Rimsky, Borodin, Mussorgsky... Sentía una profunda atracción hacia la pintura. En el teatro conoció a los principales decoradores, de los cuales aprendió mucho. El joven Nijinsky hubiera deseado conocer muchas más cosas de las que sabía. Pero su carácter retraído le privaba de trabar amistades que le hubieran servido de ayuda. Era demasiado joven para ser amigo de aquellos hombres que le llevaban más de treinta años, y que, por otra parte, eran los únicos que le interesaban.

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Un día, uno de los pintores del teatro, León Bakst, le invitó a una reunión de artistas que se celebraba en el domicilio de un amigo suyo. Vatzlav dudó, pero, finalmente, accedió a ir. Pensaba que en una reunión semejante podría aprender algo nuevo de labios de hombres que le superaban en experiencia y edad. Bakst presentó a Vatzlav a sus amigos; y el gran bailarín, cuyo arte era admirado por todos ellos con respeto, fue acogido con curiosidad. Le hicieron preguntas, y Vatzlav procuró responder como mejor supo. Una extraña timidez le invadía cuando había de enfrentarse con personas de más edad. Pronto se dieron cuenta los reunidos de que Vatzlav no era más que un muchacho sin experiencia, y su interés hacía él decayó. Vatzlav, apartado del centro de la reunión, escuchaba la conversación de aquellos hombres: por vez primera oyó hablar de Monet, de Renoir, de Rodin, de Debussy, de Mallarmé... Vatzlav se diferenciaba esencialmente de todos ellos: no era más que un muchacho de cuerpo prodigioso que se esforzaba en aprender. Uno de aquellos artistas se le acercó. Vatzlav había admirado su porte distinguido, la exactitud de sus gestos, la pausada elegancia de sus palabras. Cuando él hablaba, parecía que mágicamente atrajera sobre él la atención de todos los reunidos. Todos parecían respetarle. Hablaba como si sus palabras no tuvieran importancia, pero Nijinsky pensaba que aquel modo de expresarse no podía llegar a adquirirse de un modo artificial. Todo revelaba en aquel hombre el temperamento de un gran aristócrata. Serguei de Diághilev se acercó a Nijinsky y demostró un gran interés por él. Diághilev tenía entonces treinta y cinco años. Era un hombre afortunado, y su posición en los medios intelectuales de San Petersburgo, indiscutible. El año anterior había organizado la «tournée» de la Compañía de Ópera de San Petersburgo, con Chaliapín al frente, en París, y había presentado la primera exposición de pintores impresionistas franceses en la corte del Zar de Rusia.

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Diághilev supo descubrir el gran artista que Vatzlav Nijinsky llevaba dentro. En las respuestas del muchacho supo ver el valor de sus intuiciones, no desarrolladas todavía; y se sintió atraído por su cuerpo robusto y acrobático, por su aspecto infantil y de dulzura casi femenina. Pero le seducía aún más la sólida y brillante fuerza de carácter, el más esencial rasgo de Vatzlav Nijinsky. A Nijinsky, Diághilev le causó una profunda impresión. En cierto modo, Diághilev era el compañero que necesitaba. Diághilev fue para Nijinsky amigo y maestro. Nijinsky había de decir más tarde de Diághilev: —Entre cuantas personas he conocido en mi vida, Diághilev era el que tenía más valor a mis ojos. Era un genio, el mejor organizador que ha existido jamás, el mayor descubridor y desarrollador de talentos. Tenía un alma de artista y unos modales de gran señor; era el único hombre dotado de un talento universal que yo pueda comparar a Leonardo de Vinci. Una profunda y apasionada amistad nació entre Diághilev y Nijinsky. Diághilev fue moldeando a su gusto el espíritu de su amigo. Más tarde diría que Vatzlav era obra suya, y sus concepciones las suyas. Nijinsky se dejó guiar por Diághilev y le correspondió con una fidelidad inconcebible. Diághilev le hizo olvidarse de las mujeres y retrasó la madurez de Nijinsky, cuya vida se hizo aun más reatraída. Así, el genial bailarín pudo seguir dedicándose de lleno al desarrollo de su arte. Gracias a Nijinsky, Diághilev se interesó por el «ballet». Entrevió las infinitas posibilidades de la danza. Su grupo de amigos acogían con entusiasmo el nuevo arte: Fokín, Bakst, Benois, Bolm...El ídolo de todos ellos era Vatzlav Nijinsky. Vatzlav, con sus danzas, supo interpretar los gustos nuevos de aquel grupo de artistas de San Petersburgo. París era la meta soñada de todos ellos. Allí vivían los maestros tan admirados, y el movimiento intelectual de la joven Europa se centraba en la capital de Francia. Diághilev había estado en París hacía un año y había hecho profundas amistades. Un día, Nijinsky le dijo:

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—Serguei, ¿por qué no formamos una compañía en el «Ballet» del Teatro Imperial y la llevamos a París? ¿No quieres mostrar a los franceses lo que somos capaces de hacer los artistas de San Petersburgo? Diághilev reflexionó. Vatzlav había acertado; el «Ballet» ruso triunfaría en París. Durante largos meses, Diághilev organizó la gira. Obtuvo una subvención del Gobierno para los artistas. Se puso al habla con los principales centros de París. Por fin, la expedición salió de San Petersburgo. Los artistas se despidieron en la estación dejando tras sí una inmensa muchedumbre que les despedía con pañuelos blancos. El «ballet» ruso hacía su primera salida a Europa. Capítulo IV Por eso, porque yo sabía que en su vida no había ningún episodio bochornoso, yo defendía a Vatzlav Nijinsky cuando se hablaba de él en París. ¡El misterioso Nijinsky¡ ¿Qué podía haber de malo en que un muchacho en plena formación deseara la compañía de un hombre brillante, inteligente como pocos, que reunía en su persona todas las cualidades que a sus ojos aparecían como deseables? Por desgracia no conocía yo los desvíos instintos de Serguei de Diághilev. Vatzlav Nijinsky seguía sin interrupción sus contantes ensayos. Por las noches, sus éxitos se contaban por actuaciones, y todo París le aplaudía. Vatzlav Nijinsky seguía sin interrupciones sus constantes ensayos. Por las noches, sus éxitos se contaban por actuaciones, y todo París le aplaudía. Vatzlav Nijinsky saludaba siempre desde el escenario, situado en la idéntica postura a la que debía adoptar al final de cada «ballet». Después se retiraba, y el público de París nada volvía a saber de él hasta su próxima actuación. La misteriosa cadencia de sus movimientos tenía sugestionado a todo París. Nijinsky no interrumpía nunca un salto para iniciar uno nuevo, sino que encadenaba sus gestos uno tras otro, produciendo una extraordina-

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ria impresión de naturalidad. Vatzlav no se detenía nunca, por difíciles que fueran sus movimientos; al contrario de los demás danzarines, que tenían que prepararse. —Hay que bailar como se respira— decía. Fuera del Châtelet, Nijinsky se entrevistaba con Diághilev, y los pocos más. Chaliapín le recibía en su camerino siempre que Vatzlav lo deseaba. Vatzlav gozaba sobremanera oyéndole cantar, y era fácil encontrarse sentado sin compañía en la platea de la Ópera, cuando Chaliapín representaba «Boris Godunov» o «El príncipe Igor». Además de Chaliapín, Vatzlav alternaba a menudo con Fokín, Bakst o algún otro de sus compañeros de baile. Diághilev le leía todas las mañanas las críticas de sus actuaciones. Acudía a su habitación y le daba los buenos días. Después, Serguei de Diághilev marchaba a sus ocupaciones, y Nijinsky iba al Châtelet. Allí volvían a encontrarse de nuevo. Terminada la temporada, Nijinsky y Diághilev marchaban a descansar al Lido. Venecia era una de las ciudades que más admiraba Diághilev. Allí les presentaron un día a Gabriel d’Annunzio. El gran poeta era un hombre vanidoso, y , como hubiera oído hablar de Nijinsky, le pidió: —Báileme algo, por favor. Nijinsky comprendió el sentido condescendiente de aquella demanda, y replicó: Acabada su estancia en Venecia, Vatzlav y Diághilev regresaron a San Petersburgo. Al año siguiente volvió la compañía rusa a París. Traía consigo tres nuevos «ballets», «El Carnaval» y «Sheherezade». Con el «Carnaval» triunfó la coreografía de Fokín; con «Sheherezade», los decorados de Bakst. Nijinsky triunfó en los tres «ballets». Pero el triunfo de apoteosis fue para el joven compositor del «Pájaro de fuego», Igor Stravinsky. Igor Stravinsky fue un descubrimiento personal de Serguei de Diághilev. Más tarde, el mismo Diághilev había de ser quien revelara al mundo el arte de Pablo Picasso.

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Los artistas rusos fueron recibidos en París de una manera entusiástica. Diághilev dijo en la estación: —¡Dejadnos, por favor! Hemos venido para trabajar y no para divertirnos. El mismo Diághilev demostró que era verdad. Los artistas se encerraron en el teatro, y comenzaron sus rigurosos ensayos. El éxito volvió a sonreírles. Acabada la temporada, después de una corta estancia en Bruselas, Nijinsky y Diághilev volvieron a tomarse un descanso en Venecia. Para el «todo París», Nijinsky seguía siendo el artista misterioso. Los rumores le perjudicaban cada vez más. Diághilev era muy conocido en París: Nijinsky parecía secuestrado por él. Sin embargo, sus facultades mejoraban de día en día y público le reconocía como el artista más genial de su época Resultaba difícil explicar las reacciones psicológicas de Vatzlav Nijinsky durante esta época. Sin embargo, Vatzlav las explicó danzando el «ballet» que debía de constituir el mayor éxito de su vida: «El espectro de la rosa». Durante el invierno, Nijinsky había roto con el Teatro Imperial de San Petersburgo a causa de un lamentable incidente. Sucedió que, a causa da haberse acostumbrado Nijinsky a actuar al modo de París, salió a escena en el Teatro Imperial sin llevar un pequeño calzón obligatoriamente prescrito a todos los artistas de la compañía. Nijinsky debía representar «Gisela», y el traje que llevaba se pegaba ajustadamente a sus muslos. La princesa Galitzin, al ver a Nijinsky, se escandalizó. El director del teatro, Teliakovsky, saltó de su asiento y se precipitó entre bastidores. Ordenó a Nijinsky que se cambiara de traje, pero Nijinsky se negó a hacerlo, alegando que aquel traje había sido aprobado por el público de París. La disputa provocó un gran escándalo y Nijinsky presentó su dimisión. A causa de ello, Diághilev se presentó en París con una compañía propia. Los artistas del Teatro Imperial obtuvieron permiso para actuar en la nueva formación, y, de esta manera, Nijinsky pudo trabajar de nuevo con

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sus compañeros. La formación del «ballet» ruso continuaba inalterable; pero desde entonces, la compañía se tituló «Los ballets rusos de Serguei de Diághilev». «El espectro de la rosa», pequeño poema coreográfico inspirado en una poesía de Teófilo Gautier, llegó a ser la mejor de las composiciones de Fokin. Sin saberlo, el gran coreógrafo había acertado el drama íntimo de Nijinsky. Los versos decían: Je suis le spectre de la rose que tu portais hier au bal... Soy el espectro de aquella rosa que ayer llevaste al baile... El argumento del «ballet» era el siguiente: Una muchacha, al volver de su primer baile, se apoya en la baranda de su balcón, recordando las nostálgicas impresiones de la noche que acaba de vivir. Lleva una rosa en la mano y la besa, fijándose después en su talle. Se duerme embriagada por el aroma De la Rosa, echada en una silla cercana. El alma de la rosa, «el espectro», hace su aparición en la habitación. De un salto se sitúa junto a la maravillosa muchacha. Danza a su alrededor. Puede tocarla, puede besarla, puede aspirar su perfume, pero se contenta con danzar. Su baile adquiere caracteres de desesperación y de sueño. Una infinita ternura se desprende de la muchacha. Pero el «espectro» no puede besarla: dando un fantástico salto, desaparece por la ventana y se hunde en el vacío. Nijinsky bailaba alrededor de la muchacha. El hubiera deseado besarla, él sentía la infinita ternura que se desprendía de la muchacha. Pero le estaba vedado besarla. Una infranqueable y enigmática barrera se interponía entre él y la muchacha. No podía llegar hasta ella. Se veía obligado a saltar por la ventana... y caía en el vacío. La sombra de Diághilev había impedido a Nijinsky conocer el amor de alguna muchacha. Un tupido y artificial velo le había mantenido en la adolescencia. Nijinsky obtuvo con «El espectro de la Rosa» un éxito definitivo. Noche tras noche, él sentía a lo vivo en su carne el simbólico papel que representaba. Sin embargo, la huída ante la muchacha le parecía justificada.

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Diághilev le aconsejaba. En «El espectro de la Rosa», Nijinsky realizaba una hazaña que había de hacerse famosa: cruzaba de un solo salto el escenario. El público quedaba admirado de aquel prodigioso salto. Se cuenta que Jean Cocteau entraba cada día en el camerino de Nijinsky para tratar de descubrir los muelles que, según él, debía de llevar Vatzlav escondidos en alguna parte. Pero Nijinsky protestaba: —Je ne suis pas un sauteur— decía;— Je suis un artiste. (Yo no soy un saltarín; soy un artista.) Aquella misma temporada, Nijinsky estrenó «Petruchka», con coreografía de Fokín y música del triunfador: Igor Stravinsky. Saray Bernhardt, que asistió a una de las representaciones, dijo de Nijinsky: —¡Tengo miedo, porque veo trabajar al mejor actor del mundo! Nijinsky daba una interpretación prodigiosa del muñeco de «Petruchka». Ya no era únicamente un danzarín: era un actor. Con «Petruchka», «El espectro de la rosa» y el resto de su repertorio, Diághilev organizó una «tournée» por Europa. Berlín, Roma, Londres Viena, todo el continente admiró al «ballet» ruso que había triunfado en París. La estrella: Vatzlav Nijinsky. El poderoso talento organizador: Serguei de Diághilev. Capítulo V Al término de cada temporada, los artistas se dispersaban por toda Europa. La mayor parte de ellos volvían a San Petersburgo, a fin de cumplir sus compromisos con el Teatro Imperial. Pero Nijinsky y Diághilev nada tenían que hacer en la corte y preferían tomarse un descanso en cualquier capital de Europa.

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Descanso muy relativo: había que preparar los nuevos «ballets»; estudiar con Fokín la coreografía de cada uno de ellos; encargar las partituras a los músicos más apropiados; buscar decoradores que idearan innovaciones. Había con las empresas de los teatros del continente para combinar fechas y condiciones. Diághilev demostraba en su trabajo el profundo dominio que tenía de su oficio. Su nombre era conocido por todos, y, gracias a él, el «ballet» actuaba siempre en condiciones excepcionales. Lo cual contribuyó grandemente a que el público le guardara una especial consideración. Nijinsky le ayudaba. El bailarín se interesaba también por todo lo que podía catalogarse como circunstancias artísticas complementarías al baile: la música, los decorados, la coreografía... Las ideas de Nijinsky sobre el baile iban adquiriendo firmeza. Comprendía perfectamente que la base del «ballet» la constituía la expresión de una idea. Las coreografías de Fokín y de los principales maestros rusos se componían de muchos pasos inútiles, graciosos y bellos, pero inexpresivos. Nijinsky se daba cuenta de ello, y por algún tiempo estuvo obsesionado por la idea de encontrar un nuevo «ballet» a tono con sus ideas. Por último, decidió componer él mismo la coreografía de su «ballet». Diághilev se mostró entusiasmado con su idea. Supo entrever la curiosidad que despertaría un nuevo «ballet» con coreografía del propio Nijinsky. Le animó a emprender su trabajo, y ,posiblemente, fue aquella época la de su más estrecha colaboración. Eligió la música del «Preludio a la si está de un fauno», de Claude Debussy. Durante varios meses permanecieron juntos todas las mañanas, Nijinsky y Diághilev, en los altillos del Teatro «Châtelet», haciéndose interpretar por un pianista la música de Debussy, que debía acompañar los movimientos que ellos creaban y que Nijinsky ejecutaba. La composición de «La siesta de un fauno» les ocupó más de un año. Durante la temporada, Nijinsky volvió a bailar. Visitaron de nuevo París, Montecarlo, Berlín, Viena y Budapest.

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En Montecarlo, el Aga Khan se aficionó a frecuentar la compañía de los artistas. Se cuenta que, una vez, al término de una representación, regaló a Thamar Karsavina un collar de brillantes que valía una verdadera fortuna. La Karsavina, ofendida por lo que creía una insinuación, acudió a Diághilev, pero éste solucionó el asunto con su característica discreción. —Acéptelo usted —le dijo— como si se tratara de las endurecidas flores de un millonario. Este collar constituye un homenaje a su arte. En Budapest se unió a la compañía una joven que quería estudiar danza. Fue admitida por Diághilev. Se trataba de Rómola Márkus, hija de Emilia Márkus, la primera actriz trágica de Hungría. La joven se había enamorado de Vatzlav Nijinsky desde la platea del teatro en que actuaba. El estreno de «La siesta de un fauno», la noche del 29 de mayo de 1912, constituyó un éxito inenarrable. El público consagró definitivamente a Nijinsky. Augusto Rodin se precipitó en el camerino de Vatzlav y le abrazó con lágrimas en los ojos. —¡Esto es la realización de mis sueños! —dijo—. Les ha infundido usted vida. ¡Gracias! El día del estreno de «La siesta de fauno», Nijinsky contaba veintidós años. Él propio «ballet» de su creación contribuyó a su definitivo despertar. Los versos de Stéphane Mallarmé decían: Un fauno dormita, Unas ninfas le engañan, Un velo olvidado satisface su ensueño, El telón cae para que el poema comience en todas las memorias. Un joven fauno, mitad hombre, mitad animal (un adolescente) despierta de su profundo sueño. Ante él se halla un grupo de muchachas que excitan sus sentidos. Nijinsky bailaba alrededor de las muchachas. Por fin, el joven fauno queda solo, pero en su poder tiene un velo olvidado que las muchachas han dejado . Ante él, el adolescente recuerda todo lo que ha visto. Se satisface en la imaginación de sus sueños, y, apasionadamente, besa el velo que la ninfa ha olvidado.

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Nijinsky despertaba en «La siesta de un fauno» de un profundo sueño de adolescencia. La belleza femenina era expresada por él de una forma fácil y armoniosa. Rómola Márkus, la que luego había de ser su esposa, dice que Nijinsky pasaba a menudo junto a ella y nunca la miraba. Rómola le fue presentada varias veces, pero Vatzlav nunca la reconocía. A la siguiente temporada, los estrenos de la compañía fueron: «Juegos», de Debussy, y «La consagración de la primavera», de Igor Stravinsky. Nijinsky no sabía hablar inglés. En Londres, trabajosamente, le dijo a una señora: —Lady Morrell es tan alta y tan hermosa como una jirafa. Diághilev, avergonzado, quiso dar explicaciones; pero Nijinsky insistió: —No, no; una jirafa es bella, alta y graciosa; se le parece mucho. Diághilev saludó a Lady Morrey y se retiró. Nijinsky quería aprender idiomas, pero Diághilev le contestaba: —¿Para qué vas a perder tu tiempo de esta manera? Tienes cosas muchísimo más importantes que hacer. Cuanto más completo resultaba el aislamiento de Nijinsky, tanto más feliz era Diághilev. Sólo en Vatzlav había encontrado Serguei de Diághilev la personificación de sus ideales artísticos y humanos. Aquella amistad, se decía Diághilev, debía durar tanto como la vida, y nada podría sobrevivir para romperla. Sus amigos solían hablar a Diághilev de un proyecto de viaje a Sudamérica. —No —decía Diághilev—. Esos países están demasiados lejos. Tenemos mucho que hacer en la vieja Europa. Sin embargo, los asuntos económicos de la compañía no andaban muy bien. El mismo Diághilev había sol de Nijinsky que invirtiera sus sueldos en la caja de la compañía. Nijinsky gastaba poco: para nada necesitaba el dinero. Sus ganancias íntegramente en manos de Diághilev.

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A causa de ello, la gira por Sudamérica fue un hecho. A Diághilev le dolía en el alma aquel viaje, pues no podía acompañar a los artistas: sus múltiples quehaceres le retenían en Europa. Vatzlav Nijinsky y el resto del «ballet» ruso embarcaron hacía Río de Janeiro. Por vez primera en muchos años, Vatzlav se veía libre de Diághilev. Durante la travesía le fueron presentadas a Nijinsky diversas personas. De una de ellas, Rómola Márkus, se enamoró. Por mediación de Gunsburg, subdirector de la compañía, le preguntó si quería ser su esposa. No podían entenderse directamente, pues Vatzlav no hablaba más que ruso, y Rómola era húngara. Rómola Márkus aceptó. Contrajeron matrimonio en Buenos Aires el día de 10 de septiembre de 1913. Los dos esposos no se conocían. «Vatzlav subió conmigo a la habitación del hotel —cuenta Rómola de su noche de bodas—. Cenamos en silencio. Me inquietaba cada vez más encontrarme a solas con Nijinsky. Sin embargo, él se contentaba con sonreír y servirme con suma atención. Ambos estábamos tan turbados que nos fue imposible intentar comunicarlos ni siquiera mediante gestos. Y cuando, después de la cena, Nijinsky me besó la mano y me dejó, me quedé tan aliviada y agradecida, que estuve a punto de echarme a llorar». De días más tarde cuenta Rómola: «Al volver de las funciones, Nijinsky escribía a su madre; nunca se olvidó de cumplir con este deber filial. Parecía feliz, contento y muy satisfecho cuando en sus cartas hablaba de mí y escribía: «Maia Iena...» («mi mujer»). Yo misma me daba importancia por ello, y mis temores ante mi marido fueron desvaneciéndose poco a poco. El encanto de su personalidad, la suave dulzura que despedía todo su ser, estaban mezclados con tanta bondad y tanta belleza, que la noche en que decidí quedarme con él, tuve la sensación de ir a ofrendarme en el altar de la felicidad». Pocos días después de la boda, Nijinsky entregó a Rómola un billete traducido. —«Tengo un hermano —decía—: Stanislas. Está loco. Debes saberlo».

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Unos días más tarde, Vatzlav recibió un telegrama. Decía: El ballet ruso no necesita más de vuestros servicios. Innecesario volver.—Serguei de Diághilev. Capítulo VI Me fue dado asistir a una impresionante escena en el vestíbulo del hotel «Savoy» de Londres. Serguei de Diághilev se albergaba en el hotel. La compañía de «ballet» ruso se hallaba en gira por Sudamérica. Diághilev atravesaba el «hall» del hotel. Me saludó amablemente y siguió su camino. Se detuvo un instante para conversar con un anciano caballero que se levantó para estrecharle la mano con efusión. Varias personas le aguardaban en la puerta del hotel. Diághilev tenía prisa, pero el conserje se le acercó y le dió un telegrama. Era un día de septiembre, y Diághilev llevaba un precioso abrigo de astrakán. Sin interrumpir su conversación con el anciano caballero, abrió el telegrama. Maquinalmente, se apartó de él. Palideció. Elevó los brazos y cayó desmayado en el suelo. Acabada de recibir la noticia de la boda de Nijinsky. Rápidamente se esparció por los dos continentes la noticia de que Nijinsky había sido expulsado del «ballet». Una gran conspiración se urdió contra él. Diághilev había dicho: —Tan alta como resulte hoy la posición de Nijinsky, en la misma profundidad he de hundirlo. Los primeros tiempos fueron duros para Nijinsky. No tenía dinero y Rómola esperaba un hijo. Intentó montar un «ballet» por su cuenta, pero todos sus amigos, dominados por Diághilev, le volvieron la espalda. Se vio obligado a actuar en un teatro de variedades de Londres, entre dos números cómicos.

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Esta situación la alivió el rey de España, Don Alfonso XIII de Borbón. Nijinsky fue invitado a la corte de Madrid a dar unas representaciones, y el rey Alfonso le gratificó espléndidamente. Se dice que, en agradecimiento, Vatzlav Nijinsky ofreció en Madrid la mejor noche de su vida. De Madrid se trasladó a París. Diághilev y la compañía se presentaban con «José y Putifar» y un nuevo sensacional bailarín: Leonide Massín. Vatzlav acudió al teatro para demostrar que no guardaba ningún rencor a sus antiguos compañeros. El público se dio cuenta de su presencia. En un entreacto Nijinsky se presentó en el palco de Mr.Edwards. Unos cuantos mozalbetes, amigos de Diághilev, hicieron un gran silencio alrededor de Nijinsky. Por fin, uno de ellos le dio: —Por ahora, vuestra creación será un hijo. «El espectro de la rosa» ha optado por ser padre... ¡ Que cosa más antipática es un alumbramiento! Vatzlav, ofendido, estuvo a punto de llorar, dijo: —Vosotros habíais admirado siempre la hermosa entrada del «espectro de la rosa»... Saludó y se fue. Diághilev hizo como si ignorase su presencia. Su separación del «ballet» parecía definitiva. Poco después nació en París su hija Kyra. El matrimonio Nijinsky, con la pequeña Kyra, viajó por Europa, intentando rehacer su vida. Por fin, llegaron a Hungría, patria de Rómola. En Hungría les sorprendió la guerra Europea. Cómo súbditos de un país enemigo, fueron detenidos. Sin embargo, se les permitió seguir viviendo en su domicilio. Aquellos años de guerra fueron quizás los más felices de Vatzlav Nijinsky. En una modesta casita de los alrededores de Budapest vivió con sencillez junto a su mujer y a su hija. Vivieron de unas monedas de francos franceses en oro, que casualmente encontró Rómola en los bolsillos de unos de los trajes de Vatzlav. El oro había aumentado mucho de valor durante la guerra.

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Nijinsky adoraba a su hijita. Era capaz de pasarse horas enteras jugando con ella. Seguía profundamente enamorado de su mujer: no estaba arrepentido de su conducta y no hubiera cambiado su difícil situación por la de los años del «ballet» ruso. Era joven y podía confiar en su porvenir. Su arte seguía obsesionándole como siempre. Pretendió inventar un sistema de notación de la danza, parecido al que sirve para escribir las partituras de música. Cada signo equivaldría a un movimiento. Fueron dos años de trabajo y encierro, hasta que, habiendo mediado el Rey de España y S.S el Papa, Vatzlav Nijinsky pudo salir de Hungría. El país de destino era Norteamérica. Diághilev había influído también en esta decisión. Los artistas del «ballet» se hallaban desperdigados por toda Europa, pues París y las otras capitales europeas no se hallaban en situación de admirar su arte. Diághilev recibió proposiciones del Metropolitan de Nueva York. Le ofrecieron un contrato fabuloso, pero a condición de que reuniese la totalidad de su antigua compañía. Leonide Massín, un gran bailarín, no había calado tan hondo como Nijinsky en el ánimo del público. La dramática situación en que la guerra había colocado a todos aquellos artistas obligó a Diághilev a olvidar antiguos rencores. Nijinsky, con Rómola y la pequeña Kyra, abandonaron Hungría camino de Nueva York. El «ballet» de Diághilev se hallaba ya reunido en la gran metrópoli del Atlántico. Aún obra en mi poder una fotografía que apareció en la prensa de todo el mundo, relativa a la llegada de Nijinsky a Nueva York. En ella se ve Serguei de Diághilev, con un colosal ramo de flor en sus brazos, al frente de toda su compañía, Massín incluido. Las flores era para Rómola Nijinsky. Diághilev abrazó a Vatzlav y le besó en ambas mejillas a la manera rusa. Vatzlav tu un gesto que resultó cruel para su antiguo amigo: depositó a la pequeña Kyra, el producto de aquel matrimonio que tanto había irritado a Diághilev, en brazos de éste. Diághilev no supo qué hacer con Kyra y procuró delvolvérsela a Rómola.

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Anteriormente, los reporteros de Nueva York habían subido al barco en que viajaba Nijinsky. Vatzlav comenzó a dar grandes saltos en su presencia para demostrar su alegría. Los periodistas le pidieron: —¡Oh, Mr. Nijinsky, quédese aquí! No se vaya volando, por favor... Nueva York tributó una cordial acogida a Nijinsky. El día de su presentación con el «Espectro de la Rosa», todo el escenario quedó inundado de pétalos de rosa que el público había volcado sobre Nijinsky. Acabada la corta temporada del Metropolitan, Diághilev embarcó hacia Europa. Se llevó consigo a los mejores artistas de la compañía. Dejó en América a Nijinsky con intérpretes de segunda fila de que cumplieran los compromisos que el «ballet» había contraído en el país. Vatzlav organizó la excursión lo mejor que pudo. En Nueva York, Vatzlav conoció a Erico Caruso. Se encontró de nuevo con Ana Pavlova, que había logrado éxitos sensacionales actuando por su cuenta. Conoció a Fritz Kreiler. En Washington, el presidente Wilson asistió a una de las representaciones. Vatzlav le expresó su agradecimiento por la hospitalidad que Norteamérica le brindaba. En New Orleans, Nijinsky pudo familiarizarse con la nueva música de Jazz. Vatzlav quedó entusiasmado, y envió partituras a Igor Stravinsky. En Hollywood conoció a Charlot. Vatzlav admiraba mucho sus películas y decía de él que era un gran mímico. Charles Chaplin asistió a las representaciones del «ballet» ruso, y Vatzlav, al enterarse de su presencia, bailó para él. Durante el entreacto, Charlot fue invitado a subir al escenario, y allí obsequió a la compañía con una de sus inimitables pantomimas. En realidad, los dos más grandes mímicos de la historia acababan de encontrarse frente a frente. Charlot expresó su deseo a Nijinsky de rodar una película con él, pero aquello no fue posible. Acabada la gira. Diághilev le escribió desde Madrid proponiéndole volver a actuar en París. Aquello lo deseaba Nijinsky con toda su alma y abandonó Norteamérica camino de Europa.

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Diághilev le abrazó apasionadamente en el vestíbulo del Ritz de Madrid. —¡Vatzlav, draga mío, Kafka tui pajivayesk!—le dijo. Saludándose con tanto afecto como si se hubieran separado tan sólo pocas horas antes y como si nunca hubiera habido entre ellos ninguna diferencia. Diághilev parecía el de antaño. Acogió a Rómola amablemente. La pequeña Kyra había crecido y necesitaba muchos cuidados. Diághilev propuso a Nijinsky un nuevo viaje a Sudamérica pero ello significaba que tenía que abandonar unos meses a su mujer y a su hija. Rómola se negaba a dejarle partir en compañía de Diághilev. Las discusiones entre ellos volvieron a agriarse en Madrid. Mientras preparaban la gira. Ensayaban en el Teatro Real. El rey Alfonso XIII acudía muchos días a ver bailar a Nijinsky. A menudo trataba de imitar sus piruetas. Un día, como hubiera llegado tarde a uno de los ensayos, se excusó diciendo: —Haced el favor de rogar a Nijinsky que perdone mi retraso. Decidle que acabo de dar a luz un nuevo Gobierno. Nijinsky no olvidó nunca las muchas atenciones que había recibido del rey de España. Por último, Nijinsky se vio obligado a acompañar a Diághilev hacia América del Sur. Su sueño de volver a París se esfumaba. En realidad, Diághilev sólo le utilizaba, sirviéndose de él para sus intereses. Y Nijinsky se creyó obligado a seguirle, porque, sin ningún género de dudas, el verdadero y único artífice del «ballet» ruso se llamaba Serguei de Diághilev. Pero Diághilev se vio burlado en una de sus empresas. Nijinsky no partió en su compañía: hizo el viaje a Sudamérica acompañado de su esposa y de su hija. Actuaron en São Paulo, en Río de Janeiro. Para Nijinsky, aquella excursión se convirtió en un obsesionante martirio.

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Sus compañeros, los artistas del «ballet», procuraron hacerle fracasar. Nijinsky sabía que actuaban bajo órdenes de Diághilev, y no comprendía la actitud del que creía su amigo. Muchos fueron los detalles que convirtieron la vida de Vatzlav Nijinsky en una cruel tortura. Un día, mientras bailaba, se desprendió uno de los decorados y estuvo a punto de matarlo. La policía demostró que el hecho había sido intencionado. En otra ocasión, Nijinsky ensayaba en el teatro. Los cuidadores de la escena sabían que un objeto cualquiera puede dañar los pies de un bailarín. Por fortuna, Vatzlav se dio cuenta: había varios pedazos de vidrio diseminados por el suelo. La prensa publicó unos extraños reportajes atribuidos a Vatzlav y a Rómola. En ellos declaraba Vatzlav contra su propia patria y Rómola decía cosas despectivas acerca del público norteamericano. Ambos reportajes eran falsos. La mano de Diághilev andaba en ellos. Tal situación se le hacía insoportable a Nijinsky. No podía concebir la actitud de todos aquellos hombres que habían sido sus amigos. No encontraba a su problema. La vida se le hacía cada vez más difícil y menos atractiva. Se despertaba por las noches y hablaba con Rómola sobré temas de «ballet». Rómola le escuchaba pacientemente. Algunas veces deliraba. Deseaba bailar mejor que nunca y se esforzaba ante el público pero no obtenía los mismos resultados que años atrás. La frialdad de los críticos, dominados por Diághilev, hacían que el público no reaccionara en la forma debida. Por último, Nijinsky decidió regresar a Europa y abandonar a Diághilev. Esta situación le obligaba a apartarse de nuevo del baile. El «ballet» ruso seguía llamándose únicamente «Serguei de Diághilev». Rómola le aconsejaba que se tomase una temporada de descanso en Suiza, y Vatzlav acogió la idea con gusto. Acudieron al puerto de Buenos Aires a despedir a la compañía, que embarcaba para Nueva York. Rómola no quería que Vatzlav lo hiciera, pero Nijinsky respondió: —Ellos no tienen responsabilidad alguna de los actos de Diághilev.

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El barco se alejó. A Vatzlav Nijinsky le constaba que decía adiós para siempre al «ballet»ruso. Pero no sabía que su actuación en «Las Sílfides», pocos días antes de la partida del «ballet», había sido la última de su vida. Regresaron a Europa. La salud de Nijinsky se hallaba muy quebrantada. Llegó a Suiza completamente agotado. En diciembre de 1917 se instalaron en Saint Moritz. La pequeña Kyra había crecido, y durante los primeros meses gozaron de una vida muy agradable. Vatzlav se aficionó a esquiar. Un profesional del esquí no quiso creer que Vatzlav no hubiera practicado aquel deporte hasta entonces. Su perfecta musculatura podía ser envidiada por cualquier hábil deportista. Pronto volvió a su obsesión: el «ballet». Quería componer una nueva coreografía para un argumento fantástico basado únicamente en movimientos circulares. El nuevo «ballet» representaba escenas de una crudeza intolerable. Rómola le preguntó: —Pero, Vatzlav, ¿cómo podrías dar una idea cabal de tales escenas? Nijinsky empezó a danzar y consiguió hacer patente toda la escala de la vida erótica. —Quiero mostrar a la vez la belleza y el poder destructor del amor. Pasaron la Nochebuena del año 1917 felizmente. Pero los actos de Vatzlav eran cada vez más extraños. Compró cajas de colores y de pinturas en cantidades exageradas. Como Rómola le preguntaba el motivo de sus compras, le contestó: —La guerra puede ocasionar escasez... A Rómola le pareció la respuesta muy sensata. Vatzlav empezó a leer a Tolstoy influenciado por su ideas, habló de abandonar la profesión y de trasladarse a Rusia para cultivar la tierra con el espíritu de un Mujik. Rómola intentó disuadirle, pero Vatzlav siguió pensado en ello.

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Vatzlav se dedicada a componer extrañas figuras: fantásticas mariposas cuyas cabezas semejaban a las de Vatzlav y extrañas arañas que evocaban a Diághilev. —Ese es Serguei —decía—, y estas mariposas somos nosotros, la juventud de Rusia, aprisionada para siempre en sus redes. Un día, un hombre detuvo a Rómola en su camino. —Dispénseme, señora, —le dijo—, pues quizás esté equivocado. Yo hacía los recados del señor Federico Nietzsche; llevaba su mochila cuando iba a trabajar a los Alpes, pues bien, señora, antes de que se lo llevaran, hacía exactamente los mismos gestos y tenía el mismo que tiene ahora el señor Nijinsky. Perdóneme, señora, se lo ruego. —¿Qué quiere decir? —preguntó Rómola, asustada. —El señor Nijinsky se pasea por el pueblo con una gran cruz de oro prendida en la cobardía y detiene a la gente por la calle y les pregunta si han ido a Misa, y los manda a la iglesia. A mí también me lo ha dicho. Rómola creyó que deliraba. Bajó corriendo la escalera que conducía a la villa, y allí, en efecto, pudo ver a Vatzlav que detenía a los transeúntes. Regresaron a casa. —No es nada —dijo Vatzlav—, déjame dormir: tengo un dolor de cabeza terrible. Pero Rómola llamó al médico. Al día siguiente del reconocimiento, el médico telefoneó a Rómola. —El señor Nijinsky necesita descanso —le dijo—. Presenta síntomas de histerismo, causado probablemente por el exceso de trabajo. Yo le aconsejaría que fuese usted con él a un sanatorio; mientras tanto, le mandaré a un enfermero con el fin de tenerlo en observación. Rómola se negó a todo aquello. No creía que su marido pudiese estar enfermo. Hasta que un día, Nijinsky reunió a un grupo de amigos en su dormitorio. Cogió unos pedazos de terciopelo blanco y negro y los extendió por la habitación, formando una cruz enorme. En la cúspide de la cruz se colocó con los brazos abiertos.

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—Ahora os bailaré la guerra —dijo—; sus sufrimientos, sus distracciones, sus muertes. La guerra que no habéis impedido, y de la cual habréis también de responder. El espectáculo era aterrador. Vatzlav bailó brillantemente, más brillantemente que nunca, pero de un modo distinto. Su danza, a ratos —cuenta Rómola—, recordaba vagamente aquella escena de «Petruchka» en que aparece la marioneta tratando de escapar a su destino. Parecía anegar la sala con todo el horror de la humanidad doliente. Era trágico; todos sus gestos tenían una grandiosidad épica. Nos subyugaba hasta tal punto que le veíamos por decirlo así, flotar por encima de los cadáveres. Notábamos que Vatzlav semejaba uno de aquellos seres todopoderosos, dotados de fuerza dominadora, un tigre escapado de la selva virgen que puede destruirnos en cualquier momento. Y bailaba, bailaba sin cesar, girando vertiginosamente en el espacio, arrastrando a su público con él a la guerra, a la destrucción, mirando de frente el sufrimiento y el horror, luchando con toda la fuerza de sus acerados miembros, apoyándose en su agilidad, en su rapidez fulminante, en su naturaleza etérea, para eludir el fin inevitable. Era la danza por la vida, por la muerte. Una salva de aplausos acogió a Vatzlav cuando se detuvo... Nijinsky se había vuelto loco. Capítulo VII El resto es sobradamente conocido de todos, largos años de cautiverio en el sanatorio de Kreuzlinger. Se hallaba sumido en un delirio continuado aunque no había perdido la memoria. Se daba perfectamente cuenta de lo que le rodeaba. Una atención, una palabra afectuosa, un elogio le hacían sonreír. La música de «Petruchka» iluminaba su rostro de júbilo. Había abandonado por completo su arte; pero, a veces iniciaba un salto o una voltereta, como si quisiera iniciar «El espectro de la rosa ».

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Los rumores extravagantes que se divulgaron son falsos, Nijinsky no se portó nunca cómo un animal. En su locura, como cuando estaba cuerdo, seguía siendo el mismo ser bondadoso y humano. Estaba atacado de esquizofrenia, probablemente debido a un defectuoso funcionamiento de las glándulas, dolencia cuyo origen es poco conocido y su tratamiento ignorado en absoluto. Reconocía a su familia; pero no hablaba. Únicamente cuando vio a la pequeña Kyra sonrió con dulzura y dijo: —¡Cuidado con la niña! Un día, Diághilev fue a verle. Parecía impresionado, y, bromeando, le dijo: —¡Pero hombre, Vatzlav, eres un holgazán! Te necesito: es necesario que bailes para el «ballet» ruso, para mí. Nijinsky le miró fijamente. —No puede —dijo sordamente—, porque estoy loco. Diághilev le volvió la espalda y se echó a llorar. —¿Qué debo hacer? —dijo— . Es culpa mía. Rómola se mantuvo constantemente a su lado. Fueron largas años de paciencia y de sufrimiento infinitos. Rómola, sin embargo, recordaba una frase que Vatzlav le había dicho el día que fue internado. —¡Valor, femmka. —le dijo, mirándola turbiamente—. No pierdas la esperanza. Dios existe. En 1948 Nijinsky predecía curado. Salió de Kreuzlingen en dirección a Londres. Su mente actuaba con lentitud, pero sus ideas eran claras. El periódico me ha traído la noticia de su muerte.

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Carta tejida en el viento Carla Pravisani

Atardece en el mar de esto que mal llamas locura. Arriba el sol desmenuza sus infiernos y se achica hasta desaparecer en la noche con sus agujeros y sus puertas, este es mi tiempo encantado, el tiempo para huir de mí. La libertad tiene esta forma incondicional: la del abrazo sin rostro; por eso esto que mal llamas locura es la cordura de los que vivimos suspendidos de cabeza observando, de las hojas que quieren caer y desafiar la permanencia, porque caer está bien, amigo que todo lo mal juzgas, es el mejor salto de todos, el salto vacío de intención, el movimiento hacia el presente, la confianza absoluta; soy eso, un salto hacia adentro, un pájaro que dibuja el insomnio, le da forma a lo que no tiene sentido, porque nada queda más que el movimiento, la energía de lo que se transforma, ¿alguna vez has volado hasta perder el cielo? ¿Alguna vez te has visto desde la desintegración? No pretendo que me miren, no quiero ni la mirada ni su aplauso, la mirada duele, es el otro clavando agujas, subiendo sobre el cuerpo y sembrando huellas de dolor o necesidad, robándome de mí, aspirándome la sangre. La pobreza que más me duele no es la falta de techo o de calzado, es pertenecerte, esa es la pobreza que desabriga, que desampara, por eso me gusta cuando la música me eleva y me despeja y me convierte en mi propio asombro porque esa es la luz. Los locos y los ciegos vemos la luz del tacto, la superficie interna de la piel, somos dioses dormidos.

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A veces me extraño, extraño el cuerpo que tanto odio engendra, pero luego olvido para escapar del dolor que fuimos, y vuelvo a esto, este arropamiento que surge del desamparo y las palabras, y las preguntas vuelcan su misterio al aire. Cuánta libertad en la entrega, cuanta ambición que se desgrana; quise escapar de vos y de mí; y ahora quiero escapar de escapar, por eso la mente me libera; primero fue mi cuerpo y ahora es la mente la que disfruta del viento. Eso que mal llamas esquizofrenia es mi libertad; cada paso en el aire es un paso hacia la luz; por eso no quiero tu comprensión ni la de nadie. La comprensión es un oficio rastrero de los que no bailan con los símbolos, por eso ahora es cuando mejor bailo, cuando ya no necesito la precisión del cuerpo ni su explicación teórica ni su disciplina. Mientras todos duermen yo abro la ventana de esta habitación de sombras y las estrellas ríen y me invitan a reír a mí también. ¿Has escuchado alguna vez la risa de las estrellas? Al inicio es suave, un coro infinito de alegría cósmica y me gusta oírla durante un rato; pero cuando se vuelve estridente te puede taladrar los tímpanos y es mejor cerrar la ventana y el alma para que no te destruya, es mejor volver a la noche oscura y cobijarse en la negrura de su tristeza, eso es lo óptimo, te lo digo en serio, eso es lo óptimo. Nadie nos prepara para la muerte y nadie para la vida, por eso yo quisiera bailar mi última improvisación en ambos escenarios, unirlos para siempre, entregarme al aire y su ondular perfecto. ¡Es tan bello el aire! ¡Tan armonioso y delicado! Míralo, cierra los ojos y míralo.

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Diario en el manicomio José Antonio Trujillo

«Soy dios y mi dirección está en dios. No vivo en la Moika nº…, vivo en la gente.» «Quiero amar a todos y por eso quiero hablar todas las lenguas.» Vaslav Nijinsky. Diario.

Lunes, 10 de marzo Tengo miedo al olvido, a que no quede en mí más que vacío. Dice el galeno que no me preocupe, que ha funcionado en más pacientes. Tengo miedo al dolor, a romperme en uno de los latigazos. Me gusta escribir para mí, como si me conectara no solo conmigo mismo sino con el mundo, o con Dios. Estoy harto de estar aquí, frustrado al ver que algunos marchan y yo sigo. No quiero ser como esas gargantas que no dejan de gritar un dolor que a nadie importa. Aquí nadie importa. Mis dedos están amarillos de tanto fumar. Antes no fumaba, o fumaba poco. Hay un silencio lleno de pequeños ruidos, el paso invencible de los zuecos blancos llega hasta mí, hasta mis dedos amarillos y temblorosos. Estoy cansado. Soy siempre el último loco en irse a la cama. Martes, 11 de marzo Kristel nos ha hablado de él con entusiasmo antes de que lo viéramos llegar. Es el mejor bailarín de ballet que se haya visto nunca, ha dicho. Lo llaman el Dios de la danza. He sentido emoción, como quien espera la llegada de un tren mágico y ya siente su avance palpitante desde la oscuridad del túnel, notando el vibrar del suelo y un ruido enfurecido que se va acrecen-

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tando. Kristel dice que fue capaz de hacer saltos de tres metros; nadie la ha cuestionado. Yo he mirado el techo alto de la sala, de unos cuatro metros, y he imaginado al bailarín dando brincos por todas las alturas. Nunca he conocido a un gran hombre, y si lo he conocido no he sabido ver su genio. Mi hermano me dijo un día que yo llegaría lejos, lo dijo convencido; creo que no se puede caer en peor precipicio que en este, no se puede estar más apartado de las aspiraciones de un hombre sino aquí. He visto al genio, daba pasos cortos acompañado de quien parece ser su esposa, una mujer bien vestida, elegante, y muy solícita. Le ha rodeado una comitiva de enfermeras y personal del sanatorio, como si fuera inevitable, pero enseguida se han dispersado, supongo que para no agobiarle. Se llama Vaslav Nijinsky, es ruso. Luce poco pelo, se le ve gastado. Tiene la mirada tensa, torpemente fija en la nada, como si sus ojos hubiesen perdido parte del fluido que les permite ser gráciles y vivos. Me ha mirado, pero no sé si me ha visto. No quiero que me mire. Quiero que vuele más allá de las nubes. Jueves, 13 de marzo He estado atado. Kristel me vio concentrado en algo y se acercó sonriente a ver qué era lo que hacía. Estaba confeccionando una soga para mi cuello con el cinturón de mi bata. Llamó a Hans, también vino Verena. No me opuse a que me ataran. Estaba muy nervioso, desesperado. Todos saben que llevo mucho tiempo aquí, que se fue Ruth, y con ella mi ilusión, que se fue Walter, que se fueron todos. No ofrecí resistencia. Me ataron a la cama. Por mucho que digan que se busca la humillación, yo no lo veo así: te atan para que no te hagas daño a ti mismo, te atan para salvarte de tu propia ira. O al menos yo lo he vivido así. Estoy cansado. He gritado mucho. A la chica rubia le pareció gracioso lo que decía, he vomitado una y otra vez sobre la calva del doctor Murey. He sido un alarido más en el manicomio de Saint Moritz. Viernes, 14 de marzo Hablé con Dios. Me acerqué a él en la sala, estaba sentado en una silla, con la mirada fija y los hombros derrotados. No me da miedo. No me

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da miedo nadie. Las enfermeras parecen ofrecerle un trato deferente; se le acercan con una sonrisa abierta, se agachan para preguntarle si desea alguna cosa, o si se encuentra bien. Dice Kristel que desde que le sometieron a coma insulínico ha vuelto a conectar con el mundo. Le veo compartir algunas palabras y una grata sonrisa con el personal del sanatorio, conversa apaciblemente con su mujer en sus visitas. Me pregunto qué hablarán. Me pregunto qué habrá ahora en su cabeza, si pensará en la danza, en coreografías imposibles que volverán a poner en pie a todo un teatro. Dice Kristel que simuló una masturbación en una de sus representaciones, que todo el mundo se escandalizó pero agradeciendo en el fondo aquella osadía. Me gusta Nijinsky, pero no sé si ahora es Nijinsky. No quiero verme en un futuro desquiciado, como él. Me he acercado a hablarle, a presentarme: Hola, soy Franz, y le he tendido la mano. Me ha mirado extrañamente, como si mi gesto hubiese despertado en él todo ese pasado, sin saber si lo inaudito era aquella gloria lejana o esta desolación incuestionable. ¡Soy Dios!, ha dicho. Se ha levantado, ajeno a mí y a mi estúpida presentación, y ha vuelto a clamar, cada vez más convencido: ¡¡Soy Dios!! Al momento han venido las enfermeras, Kristel me ha dicho que no pasa nada, que poco a poco. Mañana sabré si empiezo o no con la terapia electroconvulsiva. Sábado, 15 de marzo No hacíamos nada, somos expertos en no hacer nada. Él miraba con expresión melancólica a través de la ventana, miraba el cielo del atardecer, miraba tal vez las rejas que nos separan del mundo. ¿Es cierto que te masturbaste delante de toda la Ópera de París? He notado cómo mi pregunta era escuchada indisimuladamente por los demás, al menos por quienes estaban a mi vera. Me ha observado un instante, suficiente para hacerme sentir incómodo, y mi sonrisa ya no sabía si permanecer o escapar para siempre. Y entonces se ha reído, silenciosamente pero con toda su cara, con todo el cuerpo, en intermitentes sacudidas, como si mi pregunta hubiese actuado de resorte para hacerle revivir ese recuerdo ya lejano, tal vez perdido; me ha mostrado los dientes achinando unos ojos que no se apartaban de mí, desplegando mil

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arrugas escondidas, y he comenzado a reír junto a su risa, sacudiendo ambos los hombros a un mismo ritmo, he escuchado otras risas, incluso he visto al cojo agitando su mano onanista, y hemos reído al fin sin escondernos en esta planta reservada a los hombres, separados por largas escaleras de los dormitorios femeninos. Y Nijinsky era entonces un hombre, no un dios sino un pícaro que se burla de las gentes sofisticadas. He podido al fin hablar con él. Quiero que sea mi amigo, pero no sé si confía en mí, ni en la humanidad. Me ha parecido bueno, creo que su pensamiento transita por un laberinto del que no puede o no quiere salir, ¿qué habrá allí, tras su mirada? Parecía contemplar el hundimiento del sol en las montañas cuando lo ha dicho, con una voz seria que yo sabía destinada a mí: El cielo se teñirá de sangre, de mi sangre, y entonces os abrazaré con mi fuego. Han sonado las doce campanadas. Se acerca la enfermera gorda e insolente. Tengo miedo. Domingo, 16 de marzo Puedo cuestionar la permanencia de la oscuridad, puedo dudar infinitas veces del estado de una cerradura, puedo abrir y cerrar hasta la exasperación un grifo sin estar seguro realmente de si goteará, puedo ir y volver de una página a otra en un libro pese a la evidencia de que los números son consecutivos. Puedo dudar de todo, pero no puedo dudar del amor de mi hermano. Hoy ha venido a verme. Me ha dicho que estuviera tranquilo, que si me hacían los electroshocks sería porque han visto que es eficiente. Qué pena que no sea tu cabeza, le he dicho. Estaba muy nervioso, he sentido odio, y mi lengua se ha enardecido sin que pudiera remediarlo. Y cuando se iba, ofendido, le he escupido a su espalda aquello que de niño le amargaba la vida: orejón, siempre serás un orejón. No supe qué hacer de mí entonces. Miraba otras visitas que departían con aparente afabilidad en esos raros jardines, nadie reparaba en mi alarido mudo, ni en cómo deseaba dejar mi cuerpo rodar por la ladera, chocando con cada roca, con cada zarzal, con mi vida desgajándose hasta quedar

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en nada. Me he visto desde el cielo, solo, vacío, hundido. He querido tragar mis palabras, pero todo estaba dicho. ¿Qué hubiese hecho Nijinsky con su hermana Bronia, a la que tanto amaba? Dice Kristel que la ayudó a prosperar en el difícil mundo de la danza, enfrentándose incluso al despotismo de ese Diaghilev que movía los hilos. Le daba clases particulares, le aconsejaba; después ella triunfó, puede que incluso más que el hermano. ¿Por qué es tan raro hablar de genias? No me amo, pero creo que sí puedo amar. No hay luz, me quedo con la muerte. Lunes, 17 de marzo Entré en la habitación del genio como quien va de visita a casa de un amigo. ¿Vamos a ver a Nijinsky?, me sugirió Gustave; supongo que a los demás les pasa como a mí, no han conocido a una celebridad y desean saber qué hay en él. Nijinsky no habla mucho, pero es amable con todos, como si su sonrisa le blindara contra una posible agresión. Estaba en la cama, recostado, fumaba en pipa, pausadamente, como saboreando cada aspiración. ¿No quieres uno de estos?, le dijo Gustave ofreciéndole un cigarrillo de los suyos. No, ahora prefiero en pipa, es un buen invento la pipa, respondió. Entonces hemos mirado la pipa como si fuera la primera vez que veíamos una, su madera bruñida, la elegancia de su arco, ese pausado mecanismo que enlentece la vida y la llena de un aroma adormecedor. Yo inventé una, hace tiempo, pero todavía no la he podido vender, dijo Nijinsky. ¿También eres inventor?, le dijo Gustave. He inventado muchas cosas, para mi mujer, Rómola, para mis hijas, necesitamos dinero, no somos ricos, como mucha gente cree. ¿Y qué más has inventado?, dije yo. He inventado una estilográfica que supera en todo a cualquiera de las que hay, es ligera, fácil de usar, no necesita que fuerces la mano, en eso es como un lápiz, contestó Nijinsky. Entonces Gustave observó la cantidad de humo que se acumulaba en el dormitorio; las enfermeras no quieren que fumemos en las habitaciones, no sería la primera vez que se prende fuego a las sábanas, intencionadamente o no. Con pipa es algo distinto, pero con cigarrillos… Gustave se dirigió a la puerta y se asomó al pa-

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sillo. Yo le seguí, por curiosidad. Con Gustave siempre tengo la sensación de estar en una aventura, aunque sea a costa de exagerarlo todo, de engañarnos como niños que no saben. ¡Ya tenéis lo que buscabais, no!, gritó un Nijinsky hasta entonces desconocido para mí, el Nijinsky suspicaz, paranoico. ¿Ya vais corriendo a plagiarme?, ¡es eso! Su mirada era pétrea, de una fijeza incómoda. Perdona pero yo… nosotros no buscábamos… dijo Gustave, rebuscando en su interior palabras adecuadas para aplacar esa desconfianza inusitada. No me gustó esa mirada dirigida a Gustave y a mí, no me gustó que nuestro vivo interés hacia la figura de esta celebridad fuese interpretado de esa manera. Mire, dijo Gustave tratándole de usted por primera vez, aquí hay una equivocación, y no es nuestra, ¡así que adiós!, y la luz del pasillo inundó su ropa, su cabello, su nuca, hasta fundirse con la blancura que se extendía por el pasillo; quedé a solas con el genio en esa habitación que sentí siniestra y penumbrosa. Me he acercado a ti, sí, por tu nombre, porque no he conocido nunca a un hombre cuyo nombre pueda pasar a la historia, porque Kristel no ha parado de hablar de ti, porque veo cómo te tratan con deferencia las enfermeras, los médicos, los celadores, todo el mundo, pero ¿sabes qué?, ¡yo no veo más que un desgraciado igual que cada loco de este maldito manicomio! ¡Si no quieres mi amistad, puedo vivir igualmente! Entonces, comencé a hiperventilar, a sentirme superado por una rabia que se había tornado en angustia, agolpé mi espalda contra la pared desnuda y me dejé caer lentamente, con el corazón desbocado y la mirada asustada, sintiendo una lejanía invencible hacia cada objeto, hacia la misma luz. Te quiero, hermano, escuché de repente. Nijinsky se había sentado a mi vera, en la silla que quedaba junto a su cama. Me miraba. Te quiero, hermano, volvió a decir, esta vez con mi mirada también como testigo de esa confesión. Y esas palabras lo han cambiado todo, la amargura pareció trocarse en una sensación dulce, una brisa alentadora parecía provenir de esas sencillas palabras, tan cálidas. Y con esas palabras me fui levantando y le abracé, no mucho rato, apenas un instante, pero suficiente para apaciguar mi corazón. Y ha pasado el día así, iluminado hasta llegar aquí. Porque esas palabras lo han cambiado todo.

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Martes, 18 de marzo No tenía más de ocho años cuando escapé de casa. No fue premeditado, fue un ataque de rabia, pero mentiría si dijera que a veces no soñaba con fugarme, incluso pensaba en lo que me llevaría en mi mochila bandolera, aquellos potes que llenaría de víveres, mi navaja de soldado otorgándome categoría de adulto, no podría faltar un libro de Julio Verne y me bastaría con una muda y mis botas para adentrarme en ese horizonte que me aclamaba, pensaba en las caras de circunstancias de mis padres, mi hermano llorando y yo erigido por la vida como un héroe. No recuerdo bien la discusión, qué originó aquellas palabras agrias, la histeria de mi hermano, pero sí recuerdo el frío que sentí cuando di el portazo y quedé al otro lado del mundo. Conmocionado por mi propia ira, fruto seguramente de mi hartazgo por ser siempre el culpable de todo, sentí un impulso irrefrenable de avanzar hacia la oscuridad. Los faroles guiaban el eco de mis pasos tercos, avanzaba con furia, sintiendo que cada paso que me alejaba de mis padres hacía más intensa mi venganza. No había apenas gente por la calle, yo tampoco me atrevía a fijarme en los transeúntes con los que me cruzaba, pero no por miedo, sino por rabia. Sin embargo, no tardé en comprender que aquella calle oscura ya no era la calle que me correspondía, aún menos yendo solo, y aun así, avanzaba con mi furia por ese barrio tan nuevo como mi propia existencia, hasta que llegué a los setos. Por el día solo se veía tras ellos una explanada que llevaba hasta el monte; con mi padre y mi hermano iba a pasear por allí algunos fines de semana, solía haber más niños, aunque lo cierto es que no nos acercábamos demasiado a ellos. Recuerdo el accidente de un muchacho que cayó por un barranco y se partió el brazo y cómo mi padre lo auxilió mientras mi hermano y yo no perdíamos detalle, aún puedo ver aquel brazo increíblemente torcido y el escándalo de quien supuse que era su madre. Pero ahora era de noche y estaba solo, mi orgullo estaba lacerado como si hubiera caído también en un atolladero de vergüenza, y no podía volver. Estuve allí, sentado sobre un pedrusco, durante el tiempo suficiente como para desconfiar de cada ruido, más allá del incansable canto de los grillos. Sentía miedo y rabia a un mismo tiempo, era evidente que mi huida no había hecho alertar a nadie; en mi interior

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podía sentir voces reclamándome, ofreciéndome dádivas para que regresara, pero no era más que el viento. No sé cuánto tiempo estuve así, una hora tal vez, pero llegó un momento en que el frío me invadió, y caminé derrotado rumbo a casa. Antes de llamar a la puerta, pude escuchar unos gritos sordos que se lanzaban entre sí mis padres, pero mi repiqueteo en la puerta silenció todo y, al abrirse, mi hermano vino hasta mí llorando y me abrazó, suplicándome perdón. Mi madre me abrazó también, faltaba el abrazo de mi padre, pero me contenté con esa sonrisa que intentaba ser cómplice desde la lejanía y que me llenó de tristeza. Antes de que se despueble mi pasado, debo rescatar aquello que me hizo así. Tengo que poner a salvo lo único que tengo: la memoria. Miércoles, 19 de marzo Me duele horrores la cabeza, como si alguien se dedicara a martillear mi cráneo sin descanso. Mi cuerpo duele. Dicen que todo esto es normal. No estoy mejor. Ojalá el mundo reviente de una vez. Sábado, 22 de marzo Nada. Tengo que escribir. Miércoles, 26 de marzo Ese celador es un idiota, nunca dice nada pero siempre está hurgando con la mirada. Ha acariciado mis costillas como si fuesen un arpa, y le he lanzado una mirada de fuego. Pero no me avergüenzo de mi delgadez, aunque todos, médicos, enfermeras y celadores, me miren desde arriba como quien asiste a un espectáculo. Soy el Boris Karloff de Saint Moritz, quizá más flaco, menos imponente, soy un monstruo que poco a poco recupera las manos y los ojos de un hombre. Viernes, 28 de marzo No puedo saber qué no recuerdo, pero sí recuerdo a aquel niño enfurecido que avanzaba hacia el abismo.

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Sábado, 29 de marzo Han venido los fotógrafos a retratar a Nijiinsky. Como aquella vez que estuvo en el escenario mirando al público durante media hora, en silencio, sin bailar, solo mirando, y ellos creyendo que asistían a la mayor de las genialidades, del mismo modo hoy el bailarín les miraba y se dejaba mirar, sonreía, y contestaba con frases muy cortas a preguntas sencillas, aferrándose a esa sonrisa. Lo contemplábamos todos desde la distancia, con la emoción de quien vuelve a sentir el pulso del mundo tras tanto tiempo entregado a la nada. Su mujer, ataviada esta vez con un lindo sombrero ladeado a la derecha, más elegante que nunca, actuaba como mediadora entre la celebridad y la prensa, ofreciendo respuestas extendidas que contrastaban con el laconismo de Nijinsky. Parecía su producto ofrecido a distinguidas hienas. ¿Hablarán de nosotros después en los periódicos? ¿Podrá la sonrisa triste de Nijinsky mostrar al mundo este otro mundo de angustia y desolación? Y ha dado un salto, lo ha dado varias veces para que al fin pudieran captarlo bien las cámaras, no me atrevo a decir cuánto ha saltado, medio metro, tal vez un metro, pero sin necesidad de carrerilla, y ha desatado aplausos entre el personal del sanatorio, los enfermos y la misma prensa. ¿Después de cuántos años de cruel silencio? Yo también te he aplaudido, hermano. Jueves, 3 de abril Me dan el alta. Ya han hablado con mi madre. Estoy contento pero tengo miedo, y se lo he dicho al doctor y a mi madre. ¿No es posible irme poco a poco? Les ha hecho gracia que me sienta más seguro aquí, entre psicópatas y desquiciados, entre gente triste y silenciosa. No es que no quiera irme, lo estaba deseando, pero después de tanto tiempo es esta realidad del sanatorio la que mejor conozco, ya me he acostumbrado a estas sombras amigas, a los horarios inquebrantables, al cariño de Kristel y del resto de enfermeras, incluso a los jardines raros. Nunca había conocido a un genio, al menos a un genio reconocido por todos, ni siquiera entiendo de danza, no he asistido nunca a un

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ballet, a partir de ahora procuraré ir alguna vez, y al bailarín le pondré su cara, su sonrisa taciturna, le veré saltar con su silencio de mariposa, de un lado a otro, rompiendo así con su angustiante quietud. Me he acercado a su fuego y he notado el calor ya desde lejos. Sábado, 5 de abril Estuve en el manicomio. La brisa se enrosca a mi cuello y se cuela por toda la habitación. Cae el sol. Debo afrontar como un hombre más la vida y la muerte, volver a ser mundo, disfrazarme de mundo. Puedo escuchar filtrándose por el resquicio de la puerta las voces de mi madre y de mi hermano departiendo amistosamente. Creo que están contentos, que les reconforta tenerme aquí en casa, volviendo a dar vida a esta habitación, uniendo mi voz a las suyas. Siempre he sido un alma callada. No hablo mucho pero mi alma está siempre y puede transportarse con la inquietud del aire, saltar cualquier barrera, eludir las miradas acechantes, bajar escaleras hasta lograr filtrarse en una habitación que es distinta pero idéntica a la mía allí, cuatro camas, cuatro silencios, pero solo una de ellas quiero, no duerme, o su sueño es tan frágil que basta el roce de mi fría mano para que abra los ojos, busco su calor y la masturbo, su mano aprieta mi mano, el mundo no duerme, yo sé que el mundo mira cuando alguien se atreve a vivir, el mundo tose, yo podría ser ese bailarín que se solaza ante el público, o que calla e interroga al teatro durante interminables minutos, yo solo quiero hacerla sentir, ¡oh Ruth!, quiero verla volar bien alto, saltando hasta los cielos como el bailarín loco. Entonces alguien vuelve a toser y me entra miedo. Huyo. Ahora sé que en el mundo hay espíritus como el mío, que se camuflan para sobrevivir. Las nubes están empapadas de sangre, dispuestas a sangrar sobre la tierra. El fuego de dios nos abrazará. Estuve en el manicomio.

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Ficciones Noemí Escribano Empiezo esto con un hurto, robándole a Borges un punto de partida. Me ha parecido el inicio más idóneo, vadear entre ficciones, tras ser incapaz de extraer algo de verdad entre tantos saltos estáticos y miradas en blanco y negro. Me sitúo, pues, al margen de lo existente, a tono con la atmósfera ensimismada en la que nos desplazamos cada día. Digo –no, escribo– que la vida es la suma de todas nuestras ficciones, y lo debato airadamente con el folio, como si éste fuera a darme réplica. Suena a perogrullada, pero hace tiempo decidí que la obviedad también merece su lugar en el mundo, como sostener que, en cuestión de ficciones, nada supera al amor romántico. Vapuleado por estereotipos y ambigüedades, el concepto ya no se reconoce a sí mismo. Fascina pensar en todas esas fábulas sobre el romanticismo y en los giros narrativos a los que nos amoldamos sumisamente. Y mientras, nuestras mentes siguen imaginando, deseando, soñando. Lo irreal ocupa tanto espacio que me siento casi etérea. Parte del tiempo que nos es dado lo invertimos escogiendo qué dependencias aceptamos, porque estar ligados a algo nos permite esclarecer dentro de qué márgenes somos libres. Elegimos representar ciertas ficciones –volvemos al amor– aunque la mayoría anden escasas de finales felices. Y sin embargo, existe el goce en el cautiverio de lo ilusorio, como el tipo de canción que te deshace y, simplemente, ya no estás. Quiero imaginar, porque no puedo afirmar, que ése era el tipo de éxtasis que la danza provocaba en Nijinsky. Vuelvo a su rostro; no es suficiente pero adueñarme de la ficción jamás ha sido un impedimento. Entre sus pedazos descifro danza, escándalo, virtuosismo, esquizofrenia; de sus diarios extraigo realidades de tinta que tratan

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sobre delirios de escena. Si somos afortunados, podremos elegir la biografía que anclar en el tiempo, una última criba de ficciones heredada para los que nos suceden. En el caso de Nijinsky, puedo sopesar y descartar a capricho: no ir más allá en sus romances –un breve atisbo es suficiente– pero sí coger impulso y alzarme al son de sus saltos y vaivenes. Ansío saber qué movía su cuerpo pero tropiezo con un misterio paralizado en el tiempo. Bailarín, ruso y Dios de la Danza; todos deberíamos escoger nuestras ficciones, no caer presos de ellas, pero Nijinsky siguió bailando incluso cuando las luces de candilejas le abandonaron. Que él fuera el único presente en su espectáculo es algo indiferente, como lo sería tratar de averiguar a quién escandalizó y a quién fascinó con su arte sobre el escenario. Ficción o no, su mito aún resuena en nuestro tiempo. Se me ocurre, y quizás sea un pensamiento pueril, que algo tiene que ir terriblemente mal para lograr algo tremendamente bueno. Como si aquellos que se alzan sobre dolores crónicos y mentes agónicas obtuviera un don, la clarividencia fruto de pagar un precio. Las ficciones se hacen corpóreas cuando el sufrimiento lacera las entrañas y castiga los recuerdos. La obra de Frida Kahlo me era inconclusa hasta que supe del dolor que fue su compañero durante toda la vida. Fue entonces cuando sus pinturas se desplegaron ante mí adquiriendo una nueva dimensión, repleta de esa empatía tan dolorosa capaz de hacernos mella hasta la mismísima tumba. Nijinsky elevó su leyenda quebrando la fluidez de la danza, siendo ligero e ingrávido, pero también súbito y carnal. La enfermedad lo dejó postrado entre delirios y suspicacias; fue ahí y no antes cuando emergió el Dios de la Danza y, a diferencia de mis propios miedos en los que las palabras quedan por encima de mis posibilidades, él creó una voz para su Yo danzante, otra capa más de ficción aunque esta vez sujeta a la quietud sumisa del lenguaje escrito. Antes de perderse a sí mismo y deconstruirse, Nijinsky escandalizó a más de uno por sexualizar el bello ejercicio de la danza, como si ésta no vibrara en cada una de sus pulsiones repletas de erotismo. Bailar con ganas es puro onanismo; oscilas sobre tus pies para darte placer y el sentimiento surgido

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del movimiento en sintonía con la música es, sin duda alguna, de las ficciones más satisfactorias que he escogido, de la que me hice dependiente sin emitir queja alguna. En el tan a menudo severo dictamen sobre qué es ilusorio y qué no, la danza supone un alto en el camino. De un lado tenemos carne en plena efervescencia dinámica, música brotando al tacto, ojos en las cuencas observando el espectáculo. De otro, la frecuencia invisible: la chispa que rige la armonía del cuerpo, la consonancia que viaja mucho más lejos de lo requerido a la mecánica de moverse en el momento justo. Esa simbiosis compone el arte capaz de erizar vellos y movilizar espíritus, cuando lo tangible entra en conjunción con el universo ficticio de emociones. Antes de Vaslav Nijinsky hubo ficciones –en este caso cinematográficas– que me sirvieron en bandeja otros nombres célebres del ámbito de la danza, seres de los que, como buena soñadora, quedé prendada, aunque el enamoramiento durara el lapso en que tanto ellos como las agujas del reloj coincidieron en movimiento. De Lois Fuller quedé absorta por sus formas ondulantes y su arte ciego al dolor; de Sergei Polunin me conquistó la métrica exaltada de cada salto. Ambos dejan una estela a su paso, similar a la que imagino que Nijinsky esbozaba, tan visible como partes de un ser desprendiéndose para dibujar la trayectoria de sus balanceos. Hay algo indómito, salvaje y sexual en su arte, porque lo que vuelcan sobre el escenario es tan sumamente visceral que debe estar –tiene que estarlo– impregnado de algo que, sin un concepto mejor a mano, podríamos denominar “alma”. Real o no, la danza es más que sexo, porque el sexo es una inercia pactada que puede ir ligada a una frustración insensibilizada. La danza es un clímax en movimiento; dejas de estar pero sientes cómo te recorre el cuerpo. Y puede que no seamos dioses en la tierra como Nijinsky pero, sea una ficción o no, lo cierto es que una sola melodía puede hacerte sentir inmortal.

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Los saltos de Nijinsky (Poema a su memoria)

Alberto Jiménez Ure Cuando la «danza» Es un arte fantástico Y saltas como Nijinsky [Desafiante e inimitable] La Fuerza Gravitacional No impide a ningún corajudo Despegar hacia el Firmamento. No lo imagino soñador, Sino determinado demostrar [se] Que llegará el día cuando todos volemos Sin prisa para mirar pequeño al planeta. Cuando la «danza» Es un arte fantástico Nijinsky reencarna Proyectil no letal.

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Anoche soñé que era un fauno Eliseo Vite Franco Anoche soné que era un fauno. Ojos de árbol y piel de tierra. El aire tocaba mis manos, peinaba el vello de mis brazos. Mis cuernos eran frutas agudas. Cornucopias. El viento me decía lo que yo era. De pronto broté de una flor que dormía en un claro. Pétalos circulares, entrelazados. Mis dedos tocaban un color azul que era del agua o del cielo. Horizontes paralelos a mi cuerpo. Pestañeo. Una silueta, sin forma, como un hilo transparente, recorría mi cabeza, haciéndose visible ante mis ojos cerrados. Otro parpadeo. La silueta era mi brazo. Una forma sin volumen girando en sí misma. Cuernos, ojos. Mi garganta era una fuente. Cada músculo se replegaba, se extendía y volvía a hundirse. Como letras delgadas a punto de desaparecer en su trazo. En lugar de palabras, de mí brotaban manos y mariposas. La forma es mi pensamiento; luego es un cuerpo. Cada flexión deletreaba algo. Cada espacio entre el aire y mi cuerpo eran palabras. Era más aire que fauno. Yo era un dios. La vela arde aunque sea mediodía. La cortina entreabierta cae pesada, como una cascada negra herida por la luz. Me levanto. Mis pies no disfrutan la alfombra. Encallecidos y deformes. En pointe, en pointe, gritaban antes. El público. Ahora no hay audiencias. Romola no debe estar en casa. Árboles entristecidos por la escarcha. Odio Rusia, es como estar en una casa sin puertas, una casa muy fría, me dijo Romola por la mañana con voz lenta, mientras sostenía entre los hombros un abrigo de marta. Tomaba un té y sus anillos oxidados resonaban contra la porcelana. Geishas con abanicos en fondo blanco que no significan nada. Le pedí unas papeletas y un pincel. Abrió los ojos y fingió dar un sorbo. Piensa que esos son modales aristocráticos. Pero todos se ríen de ella. Cómo va el matrimonio feliz, Deben estar agradecidos de que

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no haya mucho que hacer al aire libre, Qué mejor para una pareja joven. Codazos y guiños. Un guiño es malicioso cuando se dobla un poco por el peso de una carcajada. Soy el hijo que nunca tuvimos, me dije, divertido. Hice un gesto delicado, como si hubiera querido tocar el techo, como al comenzar una presentación. Tiene que ser un pincel de pelo de camello, le dije a mi esposa, juguetón, mientras me acercaba por detrás. Hombros magros, huesudos. Los de un efebo desnutrido, pensé, los que Diáguilev desdeñaba. Un pincel alto, que pueda viajar rápido por el papel, le dije, Seguramente M. Tcharov debe tener algunos. Sentí vértigo. Pensé que yo mismo podría ser un pincel. O un insecto acuático o un arácnido trazando arabescos en el agua. Hilachos. Me duelen los pies a menudo. Romola me miró con cara larga, cansada, dejando la taza a un lado. Me enerva el entrechocar de los trastos. Labial en el borde. Era muy temprano para estar tan arreglada. Adónde vas querida esposa, dije mientras arrimaba un taburete. Me senté. La mesa me llegaba a los ojos. Soy su hijo verdaderamente. Ella es la Virgen María. Un icono, como los de casa, la misma santidad tétrica que adora la iglesia ortodoxa. Tengo asuntos que atender desde que sale el sol, dijo como dice siempre, como jamás dejará de decir, Pero puedo traer los pinceles, también pintura supongo, siempre pienso en todo hijo mío. Quizás tenga un amante. Quizás tenga un placer culpable, quizás le gusta comer un chocolate envinado mientras recuerda que no puede dejarme libre. Se levantó en silencio. Se chupó un labio. La puerta chirrió. He pintado a un fauno. Nariz ancha, expresión seria. Pezuñas herrumbrosas. Pelambrera oscura que comienza en el pecho y se hunde en el vientre. Porque el misterio está ahí, en ese pedazo de carne y sangre que arde debajo del ombligo, de ahí nace toda la danza. Pregúntenle a cualquier ave. La vida sólo se mueve para verse a sí misma. Narciso era un tipo de fauno. El de mi dibujo tiene los ojos muy juntos. No se mueve. Sólo me mira. Una mirada es un inicio, pero no es suficiente. Tengo que dibujar otro. Cada pata y cada mano cambiando dirección. Uno tras otro. Sin genitales. Fauno angélico. La última de las danzas, de aquellas que no se vuelven deseo. O Romola podría gritar, De nuevo has estado haciendo dibujos obscenos, mejor sé otra vez el cisne moribundo. Ese paso es sublime y poco común. A veces dice cosas que

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me hacen querer arrancarle la cabeza. Coloco las papeletas en el piso de la habitación. Una serie después de otra. La linterna mágica en mi propio cuarto. Tiro de las cortinas para ennegrecer el ambiente. El fauno no está aquí. De algún modo fue herido en el bosque. Abro la ventana. Frío indistinto. Se me eriza la piel. Un fauno debe oler a estiércol y hojas húmedas. El movimiento es su esencia. Este me ha engañado. Qué haces ahora, escucho la voz de Romola por el pasillo. Voz lenta, como una oruga perezosa arrastrándose por cada habitación hasta encontrarme. Se ha hecho tarde y ha vuelto. Olerá a cigarro y a frío metálico. Olerá a otro hombre. Quisiera ver mi mueca. Sólo hay muecas sarcásticas cuando hay verdades que no pesan tanto. Cuando hay una ofensa que no acaba de oprimir los dientes, entonces tenemos una ironía. Y aquí no hay verdades, sólo entendidos. Ella jamás se ha vestido con mi olor. Me muevo querida, me muevo, respondo con la quijada tensa. Si puedo hacer que el fauno se ponga de pie habré triunfado. Romola entra en mi cuarto. Papeles regados. Ojos, pezuñas y pelo de tinta. Un ejército estático. Sabes que te puedes romper una pierna, me mira azorada. Nadie se ha roto nada por dibujar. Entonces hago un paso, demi-plié, para molestarla. Me he puesto un turbante con un medallón. El medallón dice algo sobre Dafne y Apolo. Ella no ha huido de mí. Yo soy Dafne. Pero prefiero que sea un cervatillo, una de las criaturas silvestres que acompañan al fauno. O mejor: ella podría ser Ariadna y yo Dionisio. No lo merece, pero por otra parte es mi esposa. Aunque aquí los elefantes se morirían de frío. Necesitaríamos un elefante lanudo, estepario, de esos que cuentan las leyendas laponas. Te he rescatado de tu dolor, ahora acompaña al dios a la India, o a Siberia, ahí, con el calor monzónico o el frío sin fin, bajo palmeras o con árboles muertos, empapados, danzaremos hasta que seamos uno con todo, oh mortal. Crees que podremos empezar la compañía pronto, le pregunto, dando un plumazo a la imagen del dios. Todo se desvanece. Sólo estamos una mujer ojerosa, arreglada con exageración, frente a un tipo pequeño y de aspecto ridículo que se preocupa por el alquiler. Ella jala un diván rosa. Tramas doradas. Se sienta con las piernas muy juntas. El espejo, enorme, una luna bostezante que no absorbe la luz gracias

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a la cortina, está a punto de devorarla. Faldas largas, holgadas. Le gusta parecer un fantasma. No es tan sencillo, tenemos que visitar contactos. Tono neutro, aunque en su ceño hay algo que está a punto de romperse. Quieres que me vista siempre así, con ropa de bailarín, porque pronto será lo único que podré ponerme. Quiero llorar, pero me contengo. Supongo que el día ha terminado. Hay mañanas que transcurren solas, sin que yo me levante o les preste una mirada. Por la noche ella no está. Sólo una anciana, de cara redonda y cubierta de un chal fino me sirve unas papas y un té. Tres papas. Desabridas. No son redondas, las habrá pisado un caballo. Dónde está Romola, le pregunto. He olvidado su nombre. Sus codos son cortezas de árbol. Si me tuviera que esconder ella sería uno de esos árboles secos, añosos y que se revuelcan con la bruma. Voltea, se ha ofendido. Mi mirada la ha ofendido. Crees que Romola vuelva pronto a casa, le pregunto. Ella niega con la cabeza. No sabe, no le importa. Su pelo es muy negro. Cómo lo teñirá. Los trenes están llegando y dicen que él viene ahí. Me dice tren y me imagino un cuerpo pesado. Un gusano desmesurado atravesando Rusia como si ésta fuera una hoja helada. He bailado como un ser imaginario. Cada recuerdo no es más que un ensueño disfrazándose de tiempo. Si siento mis pies duros, la espalda envarada y el vientre lleno puedo ser una locomotora. Me pregunto si se podrá representar un baile de máquinas. Me da escalofrío. Toco mis piernas. Robles. Yo soy la naturaleza. Tal vez yo sea un árbol que nunca se quiebra. Será por eso que esta anciana está aquí. La reina de los árboles. Así es, se trata de un antiguo amigo que viene de visita, digo, Pondrá a temblar a Rusia, a todos los zares, me responde. Pero sólo se trata de mi amigo Diáguilev, él no nos hacía temblar, murmuro, No me refiere a su amigo, no, es el otro, el hermano de aquel que colgó el Cesar. Ella crispa el puño. Ya lo verá, ese pasajero traerá la revolución. Su cuello se hincha. La revolución. Cada uno de mis movimientos ha muerto ante la luz, viven un momento y luego se sumergen en la noche. De mí no han brotado revoluciones, sólo corazones agitados que al salir del teatro vuelven a lo suyo. Una vez acabada la función la realidad retoma su asiento. El arte es una magulladura que sana cuando volvemos a nuestros trabajos.

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Algunas excepciones, por supuesto, como los agitadores, como el hombre del que habla esta mujer, no mi Diáguilev, que ahora estará cubriéndose la boca con un pañuelo y esperando la próxima estación. Hablo de esos bailes que conducen a la muerte, danzas del caos, donde los miembros se dispersan, todo se desmorona y no es posible leer nada. Marañas de signos para llevar corderos al matadero. Ese es el arte que traen sus revolucionarios, digo. Remueve unas cucharas y me ignora. Me preocupa sonar inteligente, así sea frente a una criada. No seguiré siendo siempre la criada, responde airada, tarde, como si la última palabra fuera la más importante, porque uno nunca sabe, la luna podría caerse y las estrellas quedarse ciegas en cualquier momento. No sé si eso es una obra que habré interpretado. Rapsodia del fin del mundo. Ningún zar es para siempre señora, ni los suyos, digo para alejarme, Ni usted será siempre un bailarín. Acaso esta mujer sea una condesa de verdad, pienso, no como Romola. Diáguilev. Leo los mensajes en mi cabeza. Las notas que dejaba en mi zapatilla no existen más. Las quemé. La memoria no arde, no es papel, es tierra, se deslava, se hace blanda y tiende a confundirse con la nada. Un día en Moscú, decía uno. Forman toda una serie. Espero sean las frases correctas. Un día cuando haya una tormenta, decía otro. No recuerdo muchas tormentas. Lloviznas tristes de aguanieve y congestión en el pecho. Levantarme en las madrugadas. A entrenar mis palomas, que el Imperio les espera. Samovares humeantes y té donde morían algunas moscas. Hay que incendiar cada rincón del cuerpo, decía a los alumnos, a nosotros, sus queridos alumnos. Los cisnes bajo el hechizo del mago. Un día en Moscú me recordarás. Demasiado grave para un tipo como él, de mirada franca y papada débil, abultada. Había varazos. Aunque sus ojos inspiraban compasión, algún tipo de amor, un amor sin aguijones, eran ese tipo ojos que por más que se fijen en un cuerpo no dejan de mirar dentro a su propia tristeza. Aún así: el toque furtivo, que pretende ser inocente. Espalda, muslo, pecho. Sentí mucho miedo al principio. Manitas sudorosas, trémulas. Luego la insolencia. Maestro, eso no es el lago de los cisnes, es mi trasero, Ah querido, es mejor que eso, Eso no nos ayuda a seguir, Sí los ayuda, el contacto con lo real es la mejor medicina, es mi don,

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si no los ayudo yo quién va a ayudarlos, mis avecillas, No necesitamos ayuda, sólo algo de práctica, una y otra vez, Crees que bailas solo, sin ayuda, Si hay una ayuda, no es de este mundo, le respondí, Ah claro, mi pequeño arcángel, tú recibes ayuda sólo del cielo, El cielo, dice usted, yo soy el cielo. Luego una demostración. Giros. Puntas sobre duela. Arcos. Mi pierna doblándose sobre el pecho. Bravo, bravo, mi pequeño arcángel, si tú eres el cielo entonces yo debo ser dios, ese señor bonachón que ahí vive y nunca da la cara, Mi querido señor, hay algo que me hace dudar su divinidad, los dioses no dejan notas en los zapatos, ni huelen a cebolla, dije con valor, con la conciencia de que a esas alturas no podría prescindir de mí. Soy uno de los dioses también, no de los griegos que viven sujetos en la eternidad a la carne, sino de esos que escriben, como Jehová que redactaba mandamientos, respondió, Soy yo quien escribe, pero nadie puede leerme señor mío, Déjame ver lo que escribes, me intriga cómo pueden escribir los cisnes, En cada función escribo, pero usted se rehúsa a tomar nota. Ramas de glicinas en la fuente de arcilla, decía el último mensaje, lo encontré envuelto en un pañuelo en el fondo de mi guardarropa. Odio las flores azules, huelen a hielo. Viejo loco. Reí. Luego supe que recitaba los poemas de una poeta que murió en la guerra. Ganar amor con las palabras. Eso sí es ingenuo. El amor es la moneda del cuerpo. Su cambio y su cumbre. Recubrimos cada paso de la vida con balbuceos. Si deseamos algo tejeremos una tela sobre ella, como las arañas que tejen sedas sobre presas repugnantes. Si hay que matar al zar entonces usaremos la palabra nobleza. Si hay que forzar a una mujer, podremos ser caballeros y defensores. Hasta la vieja más horrible puede hallar un rosario de elogios en barrer la nieve. Matrona de la nieve, abnegada. Así con todo. Nada es más falso que nombrar al mundo y sin embargo aquí estoy. El patio es extenso, de un verde vivo que la nieve no logra cubrir. Romola se baja del cabriolé. Lleva un abrigo lustroso, como si las martas o las chinchillas aún tuvieran dentro un corazón. Ahí estás, Aquí estoy, No debes salir sólo en camisa, esto es Rusia, Madre Rusia, reina dadora de la tuberculosis, No bromees con eso, dice y aparta la mirada. Un abedul. Mira hacia el abedul. El abedul está en cuarta posición. No puede usar zapatillas porque se

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apoya en el mundo entero. La primavera llegará pronto, eso me emociona, aunque sé que jamás podremos plantar naranjos, dice. La tomo del brazo. La tarde la hace ver sonrosada, como si las aristas angulosas de su cara se llenaran un poco. Me gusta cuando todo baila, no crees, todo tiene que ir hacia algún sitio, nos guste o no, ya sé que dirás que estoy loca, pero no eres el único que puede bailar. Sonríe. Aunque nunca sepamos su destino final, eso morirá con el árbol. Rebusca en su bolsillo y saca unas nueces cubiertas de azúcar. Cáscaras secas aún pegadas. Me gustan, es como probar madera, dice y me ofrece una. Dionisio vendrá pronto de la India, le digo, sin mucho convencimiento. Asiente. El cielo es enorme, no me atrevo a decir nada más, todas las nubes han huido. Ariadna no comería nueces, podría atragantarse y luego quedar varada, dice y se lleva la mano al cuello, imitando a un ahogado, Ah, y los dioses también descansan, eso lo sabes, me dice con mucha calma, Creo que hay que plantar más abedules, recuerdas un día que bailaste para mí bajo un árbol, qué sería, acaso otro abedul, no sé, y luego te tropezaste con una piedra. Sonrío. No recuerdo qué nos dijimos, continúa, Qué hiciste por la mañana, pregunto, Lo de siempre, ya sabes, hasta las condesas tenemos rutinas. Seguimos tomados del brazo. La princesa Markov no puede esperar a verte de nuevo en acción, toda la mañana tuve que comer nueces y tomar un té espantoso tratando de convéncela del proyecto, le prometí giras a París, América, aunque ella estaba más preocupada con el progreso de algún sobrino en Petersburgo, Supongo que hay que seguir intentándolo, Cuando bailaste para mí no hacía tanto frío, te carcajeaste, te limpié la tierra de las calzas, Era parte del acto querida, Bueno yo no soy una diosa y estoy cansada, aunque me encanta este aire puro, supongo que es así lo que se siente al danzar, no lo crees Vaslav, simplemente estar ahí y nada más, no sé qué tienen los críticos que tanto se esfuerzan, sólo quieren escribir y escribir sobre algo cuando lo único que hay que hacer, casi siempre, es observar, guardar silencio.

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El diario de Nijinsky o dentro de mí no se apaga el fuego Alberto Ruiz-Tagle «Soy Nijinsky. Quiero deciros a vosotros, los humanos, que soy Dios. Soy el Dios que muere cuando no es amado».

Se dice, se afirma, se cree que una de las actuaciones más portentosas de Vaslav Nijinsky(1889-1950) –bailarín ruso de origen polaco– fue la interpretación de una marioneta manipulada por un hechicero. Quizás la escritura resulte limitada, en ocasiones muy parca para describir la puesta en escena de dicha obra. Nada parece superar la sensaciones que concede la retina. Tal vez por eso, las imágenes sin retorno del pasado son cómo la reminiscencia de un ente invisible, un anhelo incesante. Y aunque la magia del cine nos otorga, casi sin reservas, la representación de los ambientes y de los tiempos precientíficos del pasado remoto, o del reciente –joven en cuanto desarrollo tecnológico– esto no disipa del todo la ansiedad y la curiosidad por las imágenes reales de esas eras lejanas o cercanas, extintas para toda la eternidad. Así que no sé que daría yo, y quizás el resto del mundo por ver una grabación en video del mito del vuelo elevado a tres metros del suelo, del «dios de la danza». Uno de los bailarines de ballet más notable de la historia; coreógrafo transcendental y un actor espléndido, al que nadie hasta el momento le ha arrebatado su trono en la historia de la danza, por lo tanto, sería inigualable tener la posibilidad de mirar –una y otra vez– alguna de sus actuaciones, pero dicha posibilidad no existe ni existirá, porque no existen imágenes en movimiento de Nijinsky.

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Sin embargo, existen fotografías de su figura irreprochable que, sin embargo, privan de la sublime dinámica de lo que fue su baile, de sus vuelos legendarios, del arte perfecto de sus movimientos, pero algo de más que imágenes estáticas del bailarín han llegado hasta nuestros días: su expresión escrita; ya que el 19 enero de 1919, el mismo día que baila por última vez en público y a la edad de veintinueve años comienza a escribir con ardor unos cuadernos, a la vez que su salud mental empieza a desmoronarse, no obstante, su escritura está colmada por la lucidez concisa de una mente cultivada que fue licuada por la esquizofrenia, pero no por el desconcierto. En ellos se percibe el caos magistral con el cual describe su concepción del mundo, donde el flujo de sus ideas o reflexiones se desplazan de un lado a otro pero sin dejar de ser en –ningún momento– algo concatenado, por lo tanto, no hay desconcierto, no hay confusión para el lector a pesar de todas sus contradicciones, y de las obsesiones que no abandona en ningún momento. Pero, sin embargo, y curiosamente, a pesar de tratarse del diario de un bailarín tan notable para la historia del género, las referencias a la danza pueden resultar escasas, o abordadas como un elemento secundario, casi simples anécdotas. Aunque los cuadernos manuscritos de Nijinsky han sido publicados bajo el nombre de Diario, hay en ellos una fisonomía dual evidente, una de ensayo literario y otra de memorias, con el tono de una confesión sencilla pero a la vez compleja, excepcional, cruda, inteligente, que se desliza por una vía principal, pero que también se desvía hábilmente por carreteras secundarias para volver al hilo principal del discurso con una precisión y unas sentencias que están fuera de toda duda. Así mismo, el texto parece, por momentos, el diario o el ensayo de un escritor más que el de un genio de la danza, porque reflexiona y analiza en varias ocasiones, el hecho de la escritura en sí y también sobre como deberían ser la pautas para la publicación del texto «Quiero que impriman mis errores. Preferiría una fotografía de mi manuscrito en lugar de su impresión, pues la impresión acaba con la letra escrita. La letra escrita es una cosa hermosa y por eso hay que reproducirla. Quiero que fotografíen mi manuscrito para explicar mi mano, pues mi mano es divina. Quiero escribir al modo de Dios y por eso no voy a corregir mi letra. No corrijo mi letra.

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Escribo mal a propósito. Puedo escribir muy bien, conozco la escritura, pues la siento. No escribo bien, pues no quiero ser perfecto... y por eso no puedo decir las cosas con más ingenio. Escribo como me sale. No finjo. Escribo la verdad, pues quiero que todos la sepan. Sé que todos dirán que Nijinsky se ha vuelto loco, pues escribe cosas sin verlas. Yo lo veo todo». También en un momento del texto deja claro que él no merece, ni quiere, el calificativo de escritor porque «Llamaré al primer libro Vida y a éste Muerte. Daré mi noción sobre la vida y la muerte. Confío en tener éxito. Sé que si publico estos libros todos dirán que soy un mal escritor. No quiero ser un escritor. Quiero ser un pensador. Pienso y escribo. No soy un escritorzuelo, sino un pensador». Por otro lado, también es preciso resaltar que, si hay que apoyarse en sus percepciones, convertidas en palabras se puede sentir que Nijinsky estaba colmado por esa magia que hace que al concluir la actuación, el público se eleve de sus asientos al unísono, para aplaudir por un periodo muy prolongado de tiempo. En el diario del bailarín se contempla en primera fila, el esquema perturbador de una mente que empieza a fragmentar la esquizofrenia, ya que gracias a ella, Dios le habla, y a su vez, tiene la certeza absoluta de sus intenciones y maquinaciones, como si existiera entre ambos un entendimiento y una comunicación tácita. A lo largo largo y ancho del diario, Dios aparece reiteradamente como la causa principal que mueve sus acciones, su vida y su talento, hasta el punto de afirmar que «Yo soy Dios. Dios está dentro de mí». No es únicamente Dios la obsesión a la que Nijinsky vuelve una y otra vez, también lo es la riqueza, la pobreza, el amor y sobre todo el sentimiento. Para él, más que comprender o analizar está el «sentir» todo en la vida, la única señal de que se está vivo «siento mucho y por eso vivo. Dentro de mí no se apaga el fuego». También, su visión del amor se asoma constantemente entre sus palabras, afirmando una y otra vez, con algún que otro matiz: «Yo amo a todos, pero a mí no me aman». La lucidez que le otorga su enfermedad mental es, por momentos apabullante; un ego único que es miles de cosas a la vez, que en otras palabras

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lo es todo, desde Dios hasta la muerte: «Lo soy todo. Soy la vida. Soy la eternidad. Seré siempre y en todas partes. Pueden matarme, pero viviré, pues lo soy todo». También Nijinsky hace gala de su inclinación por describir, con insistencia, sus paseos por las calles, caminatas atrapados en una atmósfera inquietante, en la cual parece sonar constantemente, como una banda sonora, los silbidos de los abismos. Así también, deja claro su paranoia hacia madre de su mujer y también en lo nefasto que, a su parecer, le ocasionó ser el amante de Serguéi Petróvich Diághilev; figura relevante en ámbito cultura del San Petersburgo de la época y hombre clave en la carrera artística del bailarín. Así como la fijación a exponer su sexualidad con la frialdad y el distanciamiento de un informe médico y, en ocasiones, cómo algo bajo y sucio, un asunto sólo necesario para la procreación. También hay referencias y observaciones muy personales, pero inusuales y brillantes a los colosos de la literatura rusa –Gógol, Dostoievski y Tolstói– incluso llegó a practicar las posturas religiosas y filosóficas de éste último. También es posible deducir, con gran claridad, los síntomas propios de su enfermedad mental cuando acusa a su pequeña hija Kira de tener una conducta lasciva o cuando escribe sobre su esposa Rómola, a quién dice amar, pero a la que considera «una estrella que no titila». El flujo de su pensamiento va de un lugar a otro, sin extraviarse, sin desconcertar, guiado por un hilo conductor de matices espléndidos y de dinámica audaz, pero con una estructura armoniosa y compacta, saltando con gracia de lo más elemental y cotidiano a lo más transcendental, girando constantemente alrededor de sus obsesiones inamovibles, incluso hay momentos en los que Nijinsky parece dirigirse al lector o, a sí mismo o deja claro que es dios el que está hablando a través de su escritura. Aunque se llega a sentir un agobio leve ante las expresiones de una mente que empieza a ser licuada por la locura; su demencia es –valga la contradicción– lúcida y capaz de reseñar una perspectiva extraordinaria de sus alrededores, de la historia del mundo y de su tiempo, ya que para él «la gente ha perdido el norte y no pueden entenderse unos a otros, y por eso se han di-

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vidido en partidos». Sin embargo, a medida que avanza la lectura, se percibe que algo se va tensando, como una especie de torbellino que se acerca con lentitud, con objetivo evidente de arrasar todo en la vida del genio. Se comenta, se afirma, se sabe que una de las actuaciones más perfectas e intensas del bailarín, fue la interpretación de una marioneta manipulada por un mago. Al terminar de leer su diario se puede cerrar los ojos e imaginar los movimientos sublimes de una marioneta humana que respondía al nombre de Vaslav, y quizás “ver” también –sublimemente suspendido– su salto elevado a tres metros del suelo o sentir su fuego interno. Un fuego inextinguible.

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Los textos de J. Martin y Julio Cabrales son divulgados sin el permiso de los autores. Hicimos todo lo posible para contactar con sus herederos pero no fue posible a pesar de todos nuestros esfuerzos. Dichos textos son magníficos y merecen ser divulgados para ser leídos, por lo tanto, hemos decido publicarlos. Si alguien nos puede aportar algún dato o vía para contactar con los herederos, nuestro sincero agradecimiento.

Gracias infinitas al poeta y escritor Rodrigo Flores Sánchez por hacernos descubrir al poeta Julio Cabrales.

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Este libro es una recopilación de textos de diversos autores y géneros literarios sobre la figura de uno de los bailarines más extraordinarios de la historia de la danza: Vaslav Nijinsky 1889-1950.

Colección El paisaje de la Virgen del canciller Rolin