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la tarta de chocolate Zackarina vivía en una casa junto al mar con su madre y su padre. Delante de la casa crecían dos abedules y, entre los dos árboles, colgaba una hamaca. Y, justo hoy, la hamaca se había convertido en un barco pirata, y la capitana de ese barco era Zackarina. Pero, cuando ya había pirateado por los siete mares luchando una y otra vez contra huracanes y tempestades, empezó a apetecerle comer alguna cosa: un bollito o algo así. Abandonó el barco, entró corriendo en casa y se fue directa a la cocina. Allí, en medio de la habitación, se detuvo en seco e inspiró hondo. Ah, ¡cómo olía de bien! –¿Tarta de chocolate? –le preguntó a su padre–. ¿Has hecho una tarta de chocolate? Aunque, en realidad, no hacía falta preguntar nada. Allí estaba la tarta, en el centro de la mesa, redonda y rica y brillante del glaseado que llevaba.

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–¿Quieres un trozo? –preguntó su padre. –Sí, claro que sí –dijo Zackarina. Su padre cortó un buen trozo y se lo sirvió en un platito. Antes de sentarse a la mesa, Zackarina fue a por una cuchara. –Quítate la gorra también –le dijo su padre. –Pero si soy una capitana pirata…, ¿no lo ves? –explicó Zackarina. –Sí, sí –dijo él–. Pero ya sabes lo que hemos dicho. Zackarina dejó la cuchara y se quitó la gorra. Era negra y llevaba unas rayas blancas en un lateral. Nadie más que el capitán podía llevar una gorra así, con rayas blancas. Era para poder diferenciarlo de los demás, para que todos supieran quién mandaba en el barco. Zackarina se quedó mirando la gorra que sostenía en las manos. Luego, levantó la vista hacia su padre, contempló el trozo de tarta y volvió a ponerse la gorra. –¡¿Qué haces?! –exclamó su padre–. Si ya hemos decidido que no se puede llevar la gorra puesta en la mesa. Zackarina se levantó antes de apartar a un lado el plato con la tarta. –Ya no me apetece –dijo. Y salió y se dirigió a la playa. En el sendero, había un montón de hormigas corriendo de un lado a otro. Zackarina les dijo que se quitaran de en medio, pero no le hicieron

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caso. Entonces pegó unos buenos zapatazos en el suelo: todo lo fuerte que pudo y directamente sobre las hormigas. –¡Ja! ¡Toma ya! –soltó. Pero las hormigas no fueron las únicas que advirtieron los golpes. Abajo, en la playa, en lo más profundo de la arena, se despertó un animal extraordinariamente raro. Tenía orejas que se meneaban y un hocico curioso, y su piel arenosa brillaba como el oro. Había estado durmiendo profunda y estupendamente, soñando sus sueños más azules. Pero, ahora, al advertir que el mundo temblaba, salió de la arena, abriéndose camino hacia el sol y el día. De modo que, cuando Zackarina llegó a la playa, ya estaba allí tumbado y sonriendo, tan largo como un día y con chiribitas en los ojos. –Hola –dijo Zackarina y en su voz se notaba que no estaba muy contenta. –Buenas –respondió el Lobo de Arena. Zackarina cogió un palito y dibujó en la arena un círculo grande y redondo. Luego se colocó en medio del círculo con los brazos cruzados. –Este es mi país –declaró–. Y aquí la que manda soy yo. El Lobo de Arena se levantó de un salto y dio una vuelta alrededor del círculo. Dijo que parecía un país encantador, tan redondo y arenoso…

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Acto seguido, dio una buena zancada y entró en el círculo. –¿Y ahora qué? –preguntó. –Ahora mandamos juntos –dijo Zackarina–, porque así es como se hacen las cosas aquí en Rackarinalandia. –¿Rackarinalandia? –repitió el Lobo de Arena arrugando el hocico–. No, yo creo que debería llamarse Reino del Lobo. –Pero yo lo he dicho primero –dijo Zackarina. –Pero yo lo he pensado primero –protestó el Lobo de Arena–. Y yo voto definitivamente a favor de Reino del Lobo. Levantó una pata en el aire. Pero Zackarina, claro, votó a favor de Rackarinalandia y alzó ambas manos. –He ganado yo –anunció. Pero el Lobo de Arena se limitó a sonreír, antes de tumbarse boca arriba y levantar sus cuatro patas en el aire. Zackarina hizo lo mismo y votó con los brazos y las piernas. Pero, entonces, el Lobo de Arena alzó la cola también. –Cinco a cuatro –declaró–. ¡Que viva el Reino del Lobo! Pero Zackarina no estaba de acuerdo en absoluto. Pensó que eso de levantar la cola era trampa. El Lobo de Arena se rascó detrás de la oreja y dijo que, quizá, el país

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podía llamarse las dos cosas: Rackarinalandia un día y Reino del Lobo el siguiente. –Eso será genial, ¿a que sí? –dijo. –Pues no, no me parece más que regular, la verdad –replicó Zackarina. El Lobo de Arena ladeó la cabeza y dijo que también podían pelear sobre el tema, claro, si era eso lo que quería. Pero Zackarina pensó que no era justo, porque no cabía duda de que el Lobo de Arena era el más fuerte, seguramente tan fuerte como un volcán, o más. –¿No hay ninguna otra manera de decidir el nombre? –preguntó. –Siempre existe otra manera de decidir –dijo él–. Por ejemplo, podemos hacer el pino. E hicieron el pino. Enseguida advirtieron que ese país redondo y arenoso era un lugar buenísimo para hacer el pino; especialmente siendo dos para, de vez en cuando, apoyarse el uno en el otro. Y fue, justo entonces, mientras se tambaleaban patas arriba, entre el cielo y el mar, cuando se les ocurrió. –¡Ya está! ¡Ya lo tengo! –dijo Zackarina–. Pinolandia. –Pero, bueno, hay que ver: eso mismo estaba yo pensando –dijo el Lobo de Arena–. ¡Pinolandia! Bautizaron su redondo país con agua del mar y, después, Zackarina volvió a casa, sin pisar el sendero de las hormigas.

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Cuando entró en la cocina, encontró a su padre leyendo, y el trozo de tarta seguía todavía sobre la mesa. Zackarina se sentó y empezó a comer. –¿Dónde está tu gorra? –quiso saber su padre. –Se me ha olvidado en la playa –contestó Zackarina. Quitó un trocito del glaseado y se lo metió en la boca. –Y, por cierto –continuó–, no hemos decidido nada sobre las gorras en la mesa. –Ah, ¿no? –dijo su padre. –No, lo decidisteis solo mamá y tú –siguió Zackarina–. Yo no. El padre de Zackarina reflexionó. ¿Realmente había sido así? –Bueno, quizá podemos hablarlo esta noche –dijo–, cuando mamá vuelva del trabajo. Zackarina asintió con la cabeza. –Vale, pero mejor lo hacemos en Pinolandia –dijo. A continuación, se puso a lamer el platito. La tarta de chocolate de su padre estaba riquísima. Piratamente rica.

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Las historias del lobo de arena C - Åsa Lind / María Elina  

Kalandraka. Siete Leguas. Castellano

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