Kashtanka C - Antón Chéjov

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MAL COMPORTAMIENTO

Una perra joven de color cobrizo, cruce de chucho con perro salchicha, que en el morro se parecía mucho a un zorro, corría para allá y para acá por la acera y miraba a su alrededor con desasosiego. De vez en cuando paraba y, llorando, levantando un poco una u otra pata helada, trataba de darse cuenta de cómo podía ser que se hubiera perdido. Recordaba perfectamente cómo había pasado el día y cómo había acabado en aquella acera desconocida. El día empezó así: su dueño, el ebanista Luká Alexándrych, se puso la gorra, se metió bajo el brazo un objeto de madera envuelto en un pañuelo rojo y gritó:

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–¡Vamos, Kashtanka! Al oír su nombre, el cruce de chucho con perro salchicha salió de debajo del banco de trabajo, donde dormía sobre virutas de madera, se estiró plácidamente y se puso a trotar detrás de su dueño. Los clientes de Luká Alexándrych vivían lejísimos; así que, antes de llegar a casa de cada uno de ellos, el ebanista tuvo que parar varias veces en alguna taberna para reponer fuerzas. Kashtanka se acordaba de haberse portado por el camino de una manera extremadamente indecorosa. Contenta con que la hubieran sacado a pasear, saltaba, atacaba ladrando vagones de tranvía tirados por caballos, se metía corriendo en los patios de las casas y perseguía a otros perros. El ebanista la perdía todo el rato de vista, se paraba y le gritaba enfadado. Incluso una vez, con expresión feroz, la agarró por la oreja de zorro, tironeó y dijo marcando pausas: –¡Maldita… sea… tu sangre…, mala peste! Después de haber visitado a los clientes, Luká Alexándrych entró un momento a ver a su hermana, bebió y comió en su casa, de ahí fue a ver al encuadernador, del encuadernador a la taberna, de la taberna a un compadre, etc. Resumiendo, cuando Kashtanka había llegado a aquella acera desconocida, ya estaba anocheciendo, y el

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ebanista estaba borracho como una cuba. Agitaba los brazos y murmuraba, suspirando profundamente: –¡En pecado concebido, fruto de mi vientre! ¡Oh, pecados, pecados! Ahora andamos por la calle mirando los farolillos, pero vendrá la muerte y arderemos en el fuego eterno… O bien le daba por adoptar un tono simpático; entonces llamaba a Kashtanka y le decía: –Kashtanka, eres una lombriz de criatura y nada más. Al lado de una persona, eres lo mismo que un carpintero del montón frente a un ebanista… Mientras le hablaba de esta manera, sonó de repente una música atronadora. Kashtanka miró hacia atrás y vio a un regimiento de soldados que venía directamente hacia ella. Incapaz de aguantar la música, que le alteraba los nervios, Kashtanka se puso a correr de un lado para otro y a aullar. Para su gran sorpresa, el ebanista, en vez de asustarse, empezar a chillar y a ladrar, sonrió de oreja a oreja, se puso firme y se llevó la manaza a la visera. Al ver que el dueño no protestaba, Kashtanka aulló aún más alto y, totalmente fuera de sí, echó a correr cruzando la calle hacia la otra acera. Cuando volvió en sí, la música había dejado de sonar y el regimiento ya no estaba. Cruzó la calle

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para volver al sitio donde había dejado a su dueño, pero, ¡vaya!, el ebanista ya no estaba. Corrió hacia delante, hacia atrás; volvió a cruzar la calle, pero parecía que al ebanista se lo había tragado la tierra… Kashtanka se puso a olisquear la acera, esperando encontrar al dueño por el rastro que hubiera dejado, pero por allí había pasado un tipo malvado con galochas de goma nuevas, y ahora todos los olores finos se mezclaban con el hedor agudo a caucho, así que resultaba imposible enterarse de nada. Kashtanka corría hacia delante y hacia atrás sin encontrar a su dueño y, mientras tanto, iba cayendo la noche. A ambos lados de la calle se encendieron las farolas, y en las ventanas de las casas se empezaron a ver luces. Caían copos de nieve grandes y esponjosos que teñían de blanco la calzada, los lomos de los caballos, los gorros de los cocheros y, cuanto más se oscurecía el aire, más blancos se volvían los objetos. Al lado de Kashtanka pasaban sin cesar clientes desconocidos que le tapaban el campo de visión, y sus pies se chocaban con ella. (Para Kashtanka, la humanidad entera se dividía en dos partes muy desiguales –dueños y clientes–, entre los cuales había una diferencia muy importante: los primeros tenían derecho a pegarla, mientras que a los últimos era ella la que tenía derecho a agarrarles de las pantorrillas.) Los clientes tenían prisa y no le hacían caso.

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Cuando se hizo totalmente de noche, la desesperación y el pánico se apoderaron de Kashtanka. Se apretó contra la puerta de un portal y empezó a llorar amargamente. El viaje con Luká Alexándrych, que había durado un día entero, la había dejado exhausta; tenía las orejas y las patas heladas y, además, estaba tremendamente hambrienta. En todo el día solo había tenido dos ocasiones de masticar algo: probó un poco de pegamento en casa del encuadernador y encontró un trocito de peladura de mortadela al lado del mostrador en una de las tabernas, y ya está. Si fuera un ser humano, probablemente habría pensado: –¡No, no se puede vivir así! ¡Tengo que pegarme un tiro!

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