Issuu on Google+


Edición: Genoveva Mora Toral Textos: Matilde Ampuero, Genoveva Mora Fotografía: Jorge Velarde da Silva, Bethania Velarde, Christoph Hirtz Diseño: Azuca, JLB Este libro es un regalo exclusivo de Banco Promerica Fundación El Apuntador Genoveva Mora Toral Directora Av. Amazonas N25-23 y Colón, Ed. España, Of. 54 5to piso. Telf. 5932 2550443 info@elapuntador.net www.elapuntador.net


Estimados Clientes y Amigos:

C

on mucha alegría retomamos nuestra tradición de apoyo al Arte, les invitamos a compartir este libro dedicado al maestro Jorge Velarde, pintor guayaquileño de larga trayectoria. En sus páginas recoge un resumen de su obra y visión artística, esperamos que este sea un motivo más para que todos apoyemos a los artistas ecuatorianos. Aprovecho esta ocasión para compartir hitos que han marcado nuestra trayectoria empresarial. Este año 2010, nuestra Institución cumplió cien años desde la apertura de la Oficina Comercial M.M. Jaramillo Arteaga, y a su vez, celebramos diez años de la participación de Grupo Promerica como accionista principal de Banco Promerica en Ecuador. Referirse a Banco Promerica es nombrar a una de las instituciones financieras más importantes del país, nuestra entidad ha logrado llegar al consumidor potenciando valores de solidez e integridad; atributos esenciales para consolidarse como un Banco de calidad. El servicio al cliente es nuestro activo más importante, peculiaridad que nos ha permitido afianzarnos de manera fuerte y transparente. Un verdadero modelo de buen manejo financiero. La historia de Banco Promerica Ecuador empezó en 1910 cuando Don Manuel María Jaramillo Arteaga fundó en Quito la Oficina Comercial que llevó su nombre, pionera en muchas actividades financieras y no financieras: papeles fiduciarios; divisas extranjeras, captación y colocación de capitales; compra y venta de oro y bienes raíces; entre otras. MM Jaramillo Arteaga aportó significativamente al desarrollo de la Bolsa de Valores de Quito, sus cotizaciones eran datos oficiales de la Superintendencia de Bancos. Por más de 60 años fue la principal Institución comprometida con el crecimiento integral de Quito. En 1967 dejó de ser una Oficina Comercial y se transformó en Sociedad Anónima. En 1970, a la muerte de su fundador, MM Jaramillo Arteaga había ganado la total confianza de sus clientes y gozaba de un intachable prestigio nacional e internacional. En 1991 se convierte en Intermediaria Financiera y tres años después con la reforma a la Ley de Instituciones Financieras, se transforma en Sociedad Financiera, llegando a ser la tercera financiera más

grande e importante de Ecuador. Resultados claves para que en 1997 se realice un importante incremento de su capital social, se conforme un directorio experimentado y se elija una nueva administración dispuesta a asumir los exigentes retos de ese momento. Decisión que consolidó a MM Jaramillo Arteaga como una institución solvente, capaz de alcanzar sus objetivos de crecimiento a nivel nacional. Durante la crisis financiera de 1999, muchos depositantes sufrieron la pérdida de una gran parte de sus ahorros e inversiones. Sin embargo, MM Jaramillo Arteaga fue una de las instituciones financieras que pudo responder a la confianza de sus clientes y de muchos otros que la prefirieron. Durante este período la Financiera creció significativamente y fue una de las primeras instituciones que puso a disposición de sus clientes el 100% de los depósitos congelados. Después de los eventos políticos y económicos del año 2000 y la implementación de un nuevo sistema monetario, la administración de la Sociedad Financiera consigue la primera inversión de capital extranjero, gracias a la confianza de Grupo Promerica, eleva su patrimonio a USD 5 millones. Con la anuencia de la Superintendencia de Bancos y Seguros, en Agosto de 2001, MM Jaramillo Arteaga comienza a operar como Banco. En el año 2009 Grupo Promerica decide unificar su imagen corporativa en todos los países en donde tiene presencia, de manera que Banco MM Jaramillo Arteaga actualiza su razón social e imagen corporativa a Banco Promerica, manteniendo la misma administración, accionistas, colaboradores, red de oficinas, productos y servicios. Actualmente, el Grupo Financiero Promerica Ecuador está conformado por Banco Promerica, Accival Casa de Valores y ProTramites, esta última enfocada en la prestación de servicios profesionales auxiliares al sistema financiero. En el futuro cercano, buscamos formar parte de los diez más importantes Grupos Financieros de Ecuador. Estos hitos nos comprometen con ustedes y a mantenernos fieles a nuestra promesa comercial, lo hacemos fácil, lo hacemos bien. Atentamente, Ricardo Cuesta Delgado, Presidente


Velarde, un vĂŠrtigo lento y minucioso


Diosas, mujeres y musas

J

orge Velarde es un artista que se ha nutrido de la historia de la pintura figurativa y académica del siglo XX, la misma que se reconoce en su manera de aplicar y resolver el color, en la gestualidad de su pincelada y en la forma en que ilumina volúmenes y atmósferas. La obra de Velarde posee la capacidad de generar en el espectador una actitud contemplativa, dada muchas veces por la admiración que nos causa su oficio y por las asociaciones sensibles y los personajes protagónicos de sus composiciones. Si buscamos en su trabajo pictórico y objetual referentes de otros artistas, podemos remitirnos a la pintura expresionista alemana y a pintores contemporáneos que han seguido su misma línea, como Od Nedrum o Lucien Freud. Sin embargo, existe una lógica que lo distingue: si bien es cierto su trabajo se desenvuelve a través de esta conexión con la pintura, con el gesto y con el acto de pintar, la forma como construye sus imágenes nos remite a una acción que se detiene en el tiempo, que tiene que ver con su historia y su cultura. Este lenguaje, que subyace en la totalidad de su obra, se arraiga tal vez en el hecho de haber estudiado cine en los tempranos ochenta: pintar momentos congelados, fragmentos de historia, describir, querer anunciar algo que va a suceder, trasmitir esa sensación de tiempo detenido en la cámara y los rasgos de imagen paralizada. Viéndolo así, es verdad que el tiempo es un factor importante en mi pintura, Jorge Velarde.


Lo femenino en el arte, un tema universal

P

areciera que el cuadro pintado por Velarde en 1983, Dentre nomás, fuera literalmente la puerta por donde el artista ingresa, y con él nosotros, a un tema que ha sido recurrente en su obra: la figura femenina, depositaria en parte de una narrativa visual que muchos hemos seguido durante sus casi treinta años de carrera artística. En esta obra donde utiliza la técnica pictórica del trompe l’oeil (engañar al ojo) es un ensamblaje que colocado en la pared creaba la ilusión de profundidad. Velarde, que obtuvo con este trabajo Mención de Honor en el “Salón para Jóvenes Creadores de las Artes Visuales Vicente Rocafuerte” de 1983, pintó en tamaño real una puerta que, entornada, dejaba ver un brassier colgado de un clavo en una habitación pobre y medio derruida, constituyéndose esta imagen en el preámbulo de los ambientes teatrales o cinematográficos que utilizaría el artista en posteriores obras. Pero, más allá de las especulaciones que podamos hacer sobre esta imagen primera, donde es evidente la invitación a la mirada voyerista, el tema ponía en escena aquello que Goethe llamó “el eterno femenino” o lo que la psicología arquetípica designa con el término de “ánima”, que no es otra cosa que la búsqueda que emprende el masculino creador del mundo siempre conflictivo (animado) de las emociones. Velarde, al igual que muchos artistas, resuelve esta búsqueda en la proyección

de su ánima/alma en su obra, y es su esposa, la figura más próxima a su historia, una de las mujeres que funge como contenedor y depósito personal de las cuatro principales figuras o etapas de lo femenino. Estas imágenes, que la psicología ha calificado como eternas, forman parte del inconciente colectivo y se han reflejado durante milenios en el arte de todas las culturas; ellas juegan en nuestra psiquis y aparecen, vestidas de santas, madres, hermanas o femme fatales, en nuestros sueños y fantasías, pero también en la vida diaria, en el cotidiano de nuestros dramas, en la literatura, en el arte y en los grandes relatos universales. Todo lo que me recuerda a Ella me atraviesa como una lanza. John Keats Aunque gran parte del trabajo de Jorge Velarde atrapa las imágenes del ambiente donde se desenvuelve, el hecho de convertirse él mismo en el protagonista de esta historia nos da cuenta de una inmediatez que no pocas veces nos resulta obsesiva y neurótica, tan propia del mundo contemporáneo hoy saturado de eso que llamamos estímulos visuales (cine,TV, Internet). Pero también es allí, en su pintura, donde el artista narra desde una supuesta autobiografía circunstancias arquetípicas y los síntomas de una sociedad que se descompone.


Los cuatro estados de la diosa

EVA/TIERRA El primer estado, Hawwá, Eva, Tierra, remite a lo biológico y meramente impulsivo, representa «lo que hay que fecundar».

E

n 1987 Velarde, tal vez todavía en España, pinta Nocturno, posible antecedente de su conocida serie de autorretratos. La obra muestra a un hombre, al parecer un intelectual, que con el rostro y el torso bañados por la tenue luz nocturna parece pensativo y desconfiado, la dramática iluminación nos recuerda el antiguo cine detectivesco. Una mujer lo espera en la penumbra. Su sensual cuerpo se encuentra iluminado por la luz de la calle que entra por las persianas de la habitación. La imagen trasmite una clara separación entre los dos personajes: la desafiante actitud de la mujer, que exhibe su desnudez como un arma para el dominio; el recelo del hombre, determinado

por la manta que lo protege; la luz que los ilumina también es un elemento que los separa. Nocturno tal vez sea el inicio de lo que podríamos calificar como una inclusión del cine y de la literatura en la obra pictórica de Velarde. En esta etapa el artista utiliza una especie de narrativa visual, muy parecida a las imágenes que describe la novela negra o policíaca que en las primeras décadas del siglo XX se hizo famosa por relatar el mundo del crimen profesional. Sus protagonistas eran individuos derrotados o en decadencia que buscaban encontrar la verdad, aunque al final esta resultara ser portadora de crueldad y cinismo. Más adelante, la pintura de Jorge Velarde retrataría mujeres de sórdida vida que el artista colocaba en medio de la ciudad, siendo ambas, ciudad y mujer, protagonistas de un mundo femenino que se proyectaba misterioso y cargado de un fuerte erotismo en su obra.


L

a figura femenina, cuya desnudez el artista casi siempre ocultaba en la sombra, vuelve a escenificar situaciones recreadas en ambientes cinematográficos: cuerpos iluminados por luz cenital y elementos u objetos que resaltan en una habitación que pareciera lista para convertirse en la escena del crimen. En muchas de las pinturas de aquella época, años 90, se encuentra presente el “vértigo velardiano” o la distorsión extrema de la perspectiva en su composición. Velarde lo utiliza en una serie de imágenes

que de alguna manera son pintadas en paralelo a la transformación que se había producido en la ciudad, su entorno y su medio, sentimiento que había sido percibido y plasmado en su obra a su regreso de España; más adelante veremos cómo este extrañamiento se transformaría con el tiempo en nostalgia. La desproporción de las figuras, que nos recuerda lo que hace una lente gran angular, también era parte de la anatomía de sus personajes, siendo más notoria en sus manos y pies que pintados muy pequeños toman la apariencia de un cómic.


En esta serie el artista se pinta como un hombre que recorre anónimo la ciudad y que, ajeno a la mujer que lo observa o ensimismado en sus pensamientos, ignora los peligros de la calle y la ignora a Ella; también lo veremos cargando a su musa: la pintura, resuelta en la figura de una mujer desnuda y provocativa. Podría sugerir que es entonces cuando la ciudad adquiere un género, el femenino, siendo su condición la de una prostituta que compite por el papel protagónico, pues es en ella donde se proyecta el drama, la oscuridad, la sombra, lo prohibido. El tema de la ciudad se repite en otras obras donde ahora son los edificios los que ocupan todos los espacios, aunque a veces podíamos encontrar en ellos rastros humanos, como la pequeña mano del artista. Gracias a la distorsión extrema de la perspectiva, la ciudad aparece como poseída de un dinamismo y una turbulencia que logra conectarnos emocionalmente con ella, la nueva ánima o musa del artista, que también es bruja y sexual. que nos recuerda lo que hace una lente gran angular, es parte de la anatomía de

los personajes, siendo más notoria en sus manos y pies que pintados muy pequeños toman la apariencia de un cómic. En esta serie podría sugerir que la ciudad se convierte en el personaje principal de su obra. Ella ahora tiene un género, el femenino, y su condición de prostituta la vuelve depositaria de un drama: solo vive durante la noche. Velarde alguna vez se autorretrató en medio de esta ciudad cargando a su musa: la pintura, resuelta en la figura de una mujer desnuda y provocativa, en la imagen el artista también retrataba a una ciudad que, distorsionada y nocturna, competía por el papel protagónico. El tema se repetía en otros cuadros donde eran los edificios los que ocupaban todos los espacios, aunque a veces podíamos encontrar rastros humanos, tal vez la pequeña mano del artista. Gracias a la distorsión extrema de la perspectiva, la ciudad aparecía como poseída de un dinamismo y una turbulencia que lograba conectarnos emocionalmente con ella: la nueva ánima o musa del artista que también era bruja y sexual.


P

osteriormente y en obras como La Cantante, Velarde trabajaría la figura femenina de una manera diferente, tanto en el tema como en la pintura, siendo ésta mucho más cuidada y diluida, si bien menos espontánea. El artista, ahora con mayor énfasis, deja que el color se vuelva casi monocromo, como prestándose al carácter que necesitaba atribuirle a sus personajes. Las nuevas mujeres de Velarde tienen un rostro y este se encuentra poseso del personaje: divas maduras que llevan una vida bohemia y son dueñas de su cuerpo. De esta serie parte un número indeterminado de obras que retratan escenas propias del mencionado cine negro tan presente en la obra del artista, que para ese entonces había concluido sus estudios

de técnicas de filmación en Europa. Así Velarde, a través de su pintura, narra lo que puede acontecer dentro de la habitación de un edificio, de una ciudad cualquiera: crímenes pasionales, fisgones que miran por la ventana de edificios oscuros y desolados, siendo la ciudad el soporte del drama nocturno vivido por los amantes. Pero la mujer, ese ser hasta cierto punto extraño e indiferente, sigue siendo el centro focal de la atención del artista y el tratamiento pictórico le sigue el dúo a las historias en su dramatismo: la distorsión de la perspectiva es un elemento que tiene ahora más presencia en la composición de los ambientes que rodean a los protagonistas. Finalmente algunos de los roles masculinos, sin duda, los interpreta el artista que deja pistas inequívocas de su presencia en la escena.


En el segundo estado, Helena (de Troya) se alcanza un nivel estético y romántico que permite disponer de algunos valores individuales.

L

a búsqueda del ánimacompañera en la pintura de Jorge Velarde culmina con el encuentro del pintor con su modelo, ambos sellan su unión . Y del proceso descrito en la obra de Carl G. Jung, quedan las imágenes que relatan este encuentro. Es una historia de amor, pero también es el espléndido relato de un viaje que termina en una coniunctio (matrimonio) de los principios masculinos y femeninos. Los antecedentes los podemos encontrar en varias acuarelas realizadas a su esposa en su época de noviazgo, ellas nos remiten a un ánima imbuida de esa reposada actitud con la que el femenino espera la llegada del amor. Antes, como en una premonición, el joven Velarde se había retratado junto una muchacha que parecía flotar, mientras él sostenía un vidrio que lo separaba de su amada: el mundo invisible del amor. Posteriormente la modelo es retratada en la plenitud de su madurez. Velarde pinta a su esposa sentada de espaldas y envuelta en lo que parece ser la caída de la tarde o, más bien, envuelta en la pintura. La obra, realizada cuando el artista tenía 44 años, es un trabajo que guardaba ya la tónica de su obra más resiente: la pintura utilizada como un medio para expresar no solo su interés por lograr una caligrafía propia, sino como el único medio capaz de conectarlo con

sus sentimientos y con la atmósfera que el artista percibe del entorno: su propio espacio geográfico y su cultura. Hay que resaltar la habilidad y preocupación que muestra Velarde al pintar los tonos de piel de la modelo, en una especie de exaltación del oficio, pero también en analogía con el paisaje. En esta etapa la ciudad está ausente sí, pero en su pintura la calidez del color y la particularidad de los temas que toca (retrata los oficios tradicionales de los habitantes de un Guayaquil que se olvida), la vuelve omnipresente. En la actualidad Jorge Velarde se interesa en hallazgos realizados en torno a archivos fotográficos familiares que actúan como referentes personales, pero que también nos descubren una época. Imágenes con las que el artista logra sumergirnos en la nostalgia que produce un pasado que no estará más. Es así como algunas de sus obras buscan atrapar el color del papel fotográfico que con los años adquiere una tonalidad distinta, tal vez con la intención de citar a los recuerdos. Las imágenes, tomadas del cotidiano, son instantáneas personales donde las “nuevas” Anabelas son “fijadas” por la mirada cálida del artista. También en su actual obra, existe la promesa de una nueva historia de amor. Una fotografía de su madre adolescente resume el ambiente de nostalgia y romanticismo con que Velarde pinta para la posteridad los retratos de sus hijas y los rostros de las jóvenes adolescentes que se asoman expectantes en las ventanas de las casas del campo costeño.


En el tercer estado, María, el Eros se espiritualiza, en ella hallamos la maternidad espiritual que la diferencia de Eva.

D

urante los últimos años, Velarde ha sostenido que su búsqueda pictórica lo distancia de los criterios dominantes en el escenario artístico local y ha descrito su trabajo como artesanal, enfatizando el oficio y la preocupación por los componentes formales de su pintura. Esta indagación es su camino a pesar de los embates recibidos de un circuito que desde el discurso argumentativo y las estrategias de legitimación, arremete contra supuestos “formalismos y clisés”. En respuesta Velarde pinta a María, la Madre, que es también la madre pintura (gestualidad, empaste,

color, composición, tema, etc.), reflejada también en el gesto amoroso de retratar a su esposa y en la misteriosa atmósfera de aire teñido que posee el escenario de su hogar de oficio. Su propia experiencia es llevada a la pintura para narrar la religiosidad de este hogar, a través de los íconos de la historia sagrada incorporados a su temática, que son parte del retrato de un Guayaquil mayoritariamente católico y religioso, realidad incuestionable en su obra. Es innegable que las vertientes que nutren a Velarde van desde la pintura renacentista, hasta el arte que incorpora el espíritu de los movimientos europeos de la primera mitad del s. XX, ambos se pueden identificar en la actitud irónica con que el artista aborda la iconografía del sufrimiento y la entrega mística que retratan algunas de sus imágenes religiosas.


En el cuarto estado, Sofía, el ánima, se halla en la cima del viaje espiritual hacia el conocimiento. El espíritu de la anciana sabia es intuido y representado.

M

uchas veces la madurez llega acompañada de soledad. El espíritu que “conoce” es humilde porque es sabio. Sofía representa la pintura realizada en solitario, aquella que se vuelve una intermediaria o el camino para el autoconocimiento, que debe llevarse a cabo con paciencia y dedicación, en la intimidad. Pienso en la actitud de Velarde de insistir en la pintura, en el oficio del pintor, en la representación del entorno y de la vida propia, haciéndolo sin pretensiones. ¿Es posible afirmar con ello que estamos ante la resistencia de la pintura frente a los agresivos usos que se le da al arte en los nuevos coloniajes de la contemporaneidad?

Si la respuesta es afirmativa, la mujer (la pintura) entonces volverá a sentarse frente a la ciudad, sabiendo que entre ella (la intuición, los sentimientos) y la ciudad ( la construcción, la razón) seguirán los enfrentamientos, no la sosegada intelectualidad que podemos ver en los últimos retratos que el pintor hiciera de su esposa. Pictóricamente la obra de Jorge Velarde sigue siendo un vértigo, lento y minucioso, imposible de divorciar de su génesis: la pintura moderna y, por tanto, de la razón crítica. Por ello, a él no le bastará con ensamblar a la joven doncella del maestro Ingres con la fuente del Gran Padre Duchamp, sino que necesitará crear una suerte de reddy- made pictórico, hecho en Guayaquil. Matilde Ampuero, octubre de 2010.


Un bosquejo de Jorge Velarde La pintura, un puente para volverse visible

A

rtista guayaquileño nacido en 1960, pertenece al grupo de aquellos que desde la niñez descubrieron en el acto de pintar un puente para conectarse con el mundo, nexo que se ha mantenido a lo largo de su vida. La “mala educación” del colegio le dio la oportunidad de relacionarse, o más bien de reconfirmar su conexión con la pintura, porque fue su madre el primer referente de ese mundo que pronto sería el suyo, “la impresión que tuve cuando entré al taller de mi madre, un cuarto entre cachivaches y otras cosas; ese paso por la cocina, del olor del aceite de los guisos al del aceite de linaza fue una emoción muy fuerte; y el cuadro que supongo que no era una gran obra (a ella le gustaban los impresionistas) era la imagen de una bailarina como las de Degas… yo era entonces un niño” De su época de adolescencia en el Colegio de Bellas Artes retiene la figura una maestra hippie vestida de colores y pelo largo, Elena Cevallos, de quien más que la anécdota puntual le queda la sensación de un persona especial. Perdura la amistad de Pedro Dávila, Marcos Restrepo, Xavier Patiño y Flavio Álava, con ellos había iniciado una exploración artística

que ocupaba intensamente sus vidas, actividad que confluirá en lo que más adelante bautizarán como Artefactoría. Sin embargo, sus referentes en ese entonces, tenía nombre y apellido y sentía por ellos mucho respeto y admiración: Cesar Andrade, Juan Zúñiga, Enrique Tábara, Juan Villafuerte y Luis Miranda; y del arte universal a Goya, Velásquez y El Bosco, y en general la pintura de los pintores flamencos. En los ochenta llega a Artefactoría Juan Castro, quien regresaba de Alemania cargado de una visión distinta y mucha obra gráfica de artistas contemporáneos de la Europa de esos años, grabados, serigrafías y libros, en un momento en que el mundo no gozaba de la comunicación de hoy. Este suceso es decisivo para el grupo cuyo espacio y tendencia se identificará como la imagen del arte contemporáneo. No obstante, Jorge Velarde cree que esa etiqueta y la adhesión de sus amigos echó a perder un proceso importantísimo que se estaba gestando en territorio propio. “Obtener ese pergamino se pago con un precio muy alto, el único que se mantuvo en la pintura y que se opuso a esa visión contemporánea fui yo ”. Como toda construcción artística la obra de este pintor ha evolucionado. De


sus primeras épocas teñidas de un tono surrealista, del que aún quedan destellos, su pintura ha ido adquiriendo el carácter e identidad de un artista que responde a su tiempo y a su espacio; su técnica también se ha perfeccionado, asimismo ha ocurrido en su discurso visual, atravesado por la fotografía y el cine, pero siempre adscrito a la paleta, pues toda tentación o descubrimiento, indefectiblemente, se ha convertido en óleo. Velarde es un pintor primordialmente figurativo, a pesar de su gusto por lo abstracto y lo geométrico, ha sido la figura humana la que más significación y potencia ha conferido a su creación. Velarde es un convencido de que el arte y los artistas son creación del hombre y necesitan de la aceptación, del consenso, del aval de la comunidad. Su posición de resistencia frente al arte contemporáneo no es un secreto “La obra contemporánea está vaciada de esa calidez de lo humano, te la tienen que explicar y luego de eso, el observador puede decir que es interesante. El intelecto y la ambición han echado a perder el mundo”. Por eso se ha declarado un artesano, un pintor que decidió bajarse del podio del arte contemporáneo. Para Jorge Velarde su pintura es el resultado de una amalgama de sabores, sensaciones, colores y mucha pasión. Sus

cuadros son tiempo-espacio donde la luz juega un papel primordial y consigue la construcción de la atmósfera necesaria para colocar a su protagonista: la figura humana. “La atmósfera para mí es el objetivo recurrente, es una de las cosas que más busco cuando trabajo un cuadro, es como la sensación que se percibe al entrar a un lugar”. El pintor ha consolidado su obra, lo cual no implica para nada encasillamiento, al contrario, Velarde es un eterno insatisfecho, un convencido de que el arte no es fórmula, ni repetición, ni negocio, sino una forma de ver y vivir la vida. Sus palabras sirven puntualizar quizá, el rasgo más importante de este bosquejo “ Prefiero lo humano a lo inteligente, a todas esas obras que sentencian sobre el bien y el mal. Yo no soy solo intelecto, soy pasión, sexo; soy político y humano. Soy un ser espiritual y eso pretendo exteriorizar en mi obra. No tengo pudor de poner cualquier puerilidad, intento ser honesto con lo que hago. Siempre he creído que la verdadera inteligencia está en saber reconocer los límites. Mirarte sin engaño y aprovechar de las debilidades y carencias es entender desde donde crear”. Genoveva Mora Toral, octubre de 2010


Noche de invierno1993 óleo lienzo 150 x 200

Reposo óleo/tela 200x140 cm

Anabela leyendo 1986

La modelo 1977

Día de la playa 2010, 70 x 100

Dentre no más

Nocturno 1991

Paseantes 1991

Bebedora de cerveza 1991 óleo cartón 73 x 55

Historia de amor 1992 óleo lienzo 115 x 115

Llamada nocturna 1993 óleo lienzo 146 x 121

Sin título óleo sobre lienzo

Nocturno 1993

Anabela de amarillo 1992 Oleo 52x54

Maternidad 1994 óleo sobre cerámica 25,4 diámetro


Boceto 1993 lápiz papel

Sin título 1993

Sillón negro 1992 óleo lienzo

Baño nocturno 1994 óleo lienzo 145 x 100

Anabela leyendo 1994 óleo lienzo 142 x 213

El pintor y su modelo 1995 óleo lienzo 80 x 100

La carta 1994 óleo lienzo

Ritual 1995 óleo lienzo

Retrato de María Bethania 1996

Anabela de espaldas 2007 óleo lienzo 63 x 160

Secretos perdidos 1999 óleo lienzo 50 x 125

Anabela durmiendo 2007 óleo lienzo 56,6 x 160

Retrato de Isabela 2005 óleo sobre tela 30 x 40

Esteban durmiendo 2004 óleo sobre tela 81 x 121

Mujer


El mundo de Daniel 1996

Niña costeña 2007

Anciana costeña 2006 óleo sobre tela 120 x 80

Fuente al cuadrado 2010 188x 80 óleo lienzo

Dibujo lápiz papel 1991

Boceto lápiz papel

Noche de invierno1993 óleo lienzo 150 x 200

La costura 1993 lápiz papel

Anabela silla giratoria 1994 lápiz papel

Boceto de ritual 1995 lápiz papel

Boceto 1993 lápiz papel

Apunte 1993 lápiz papel

Boceto de Anabela 1993 lápiz papel

Boceto 1993 lápiz papel

Boceto 1994 lápiz y tinta


Boceto de Cotidiano 1994 lápiz papel

Boceto sillón rojo 1995 lápiz papel

Boceto para Taga-espada 1998 lápiz papel

Boceto lápiz papel

Dibujo 1996 tinta papel

Al final de la tarde 1996 lápiz papel

Anabela embarazada 1996 lápiz papel

Sin titulo

Flora después de Freud 1996 tinta papel

Nocturno

Fotografía de Jorge Velarde por Jorge Massucco 2000

Autorretrato con interruptor 1984 óleo sobre masonite 79 x 89

Soy 1999 óleo tabla

Palimpsesto 2004 óleo sobre tela 190 x 155

El vidente


© Obra, Jorge Velarde © Catálogo, El Apuntador Ediciones, 2010 Derechos de la obra concedidos por el autor para la presente edición. Todos los derechos reservados: El Apuntador Ediciones. Av. Amazonas N25-23 y Av. Colón, Edificio España, 5to piso Of. 54. Teléfono: (02) 255 0443. Edición: Genoveva Mora Toral Textos: Matilde Ampuero, Genoveva Mora Fotografía: Jorge Velarde da Silva, Bethania Velarde, Jorge Massucco y Christoph Hirtz. Diseño: Azuca, JLB. Este libro es un regalo exclusivo de Banco y Grupo Promerica: un reconocimiento al arte y sus protagonistas. Se terminó de imprimir en diciembre de 2010 en la Imprenta Ediecuatorial. Quito, Ecuador.



Jorge Velarde Catálogo 2010