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Un Reflejo Sin Ojos


Theogurade Ludvesky

1 Ahora Me Sonó La Chapa, Resbaladizo Cada tarde al volver del almacén de chatarra pasaba frente del Bar de Carminho y saludaba a Don Herminio que estaba echando su partida de dominó de última hora, “por la fresquita”. En la mesa que Carminho un día puso sobre la acera, las fichas se iban sucediendo una tras otra con suficiente estabilidad, y la mesa exterior que usaban para la partida se quedó allí afuera de la forma más natural, porque cuando a algo importante se le encuentra su sitio y una razón de ser, todos están de acuerdo en mantenerlo. Don Herminio me hacía un gesto de camaradería con una sonrisa, y a veces me invitaba para que me acercara y me quedara un rato con él y los otros jubilados, pero yo respondía a mi vez con otro gesto que rehusaba aceptar. Mi respuesta estaba llena de resignación y Herminio así lo entendía, era una abrir de manos y de ojos que decía, “¡ah si yo pudiera! Y seguía adelante sin perder un segundo. Al caer la noche nos volvíamos a encontrar para la cena en la pensión, y entonces yo le preguntaba cómo había ido la partida, y él me respondía invariablemente que “bien”, pero yo sabía por Rudy, su hermano, las ocasiones en las que no había ido tan bien y es posible que eso le amargara la cena, aunque no lo exteriorizaba. Rudy solía andar alrededor en silencio, y hablaba mucho con gestos, apenas abría la boca y emitía algún sonido sólo si era estrictamente necesario. Cuando Herminio respondía que la partida había ido “bien”, y no era cierto porque algunas tardes, como es natural y alguna vez nos pasa a todos, no había hecho otra cosa más que perder, entonces Rudy me miraba, fruncía el cejo, apretaba los labios y negaba con la cabeza. Era otro día sin haber tenido tiempo para pasar por casa de Tanioska, otro día de ampliar la jornada porque se acumulaba el trabajo, así que cuando llegué a la pensión saqué un caldero de agua del pozo, y allí mismo, frente al viejo edificio de habitaciones me dispuse a lavarme. -¿Sabes qué, Antonia? Me han enseñado a cumplir con mi deber, a no golpear


nunca el primero y a ser gentil con las mujeres, los animales, los curas y los niños. Creo que soy un buen hombre, no busco problemas y todo va todo lo bien que puede ir, pero hay una sensación que no me abandona y no me gusta -Antonia era la mujer de Herminio, tenía más o menos su edad y no me costaba sincerarme con ella, era como una madre para mi-. Es como si algo malo me estuviera siguiendo los pasos, algo que no sé lo que es me estuviera siguiendo y no vaya a poder evitar que suceda. -Todo tiene un límite. Vivimos inconscientes de lo que nos espera, y todo va bien, ¿eso te da miedo? Lo bueno tiene un límite. Hay que ser fuertes, o no crecer, no madurar, no hacerte un hombre. -¿No madurar es una opción? -Antonia no respondió, se encogió de hombros y se dirigió a la casa. Posiblemente tenía cosas que hacer, siempre estaba muy atareada, pero encontraba un momento para acercarse a saludarme cuando volvía del trabajo. Dondequiera que mirara aparecía Radú y no me resultaba agradable. Alguna vez lo había descubierto mirándome con insistencia escondido detrás de una de las vigas del porche; se trataba de una mirada torva y en aquel momento sólo había podido interpretarla como una maldición, como si me estuviera deseando alguna calamidad que no terminaba de producirse. En otra ocasión había discutido con él porque se quejaba de la orientación de su habitación, al parecer quería una con la ventana que se abriera al sur, y me percaté que yo tenía una de esas habitaciones. La señora Antonia no le hizo mucho caso, pero a mi no me gustaron sus modales y me enfrenté a él, todo terminó con unos cuantos improperios. Si al menos esa tarde no estuviera para cenar..., pero no, allí estaba dispuesto y hambriento. Lo extraño de su caso era que tenía una lesión en una pierna y eso le impedía trabajar y le hacía deambular todo el día sin oficio ni beneficio, esperando la hora de la comida, o de la cena, o alimentado su cabeza con las ideas más extravagantes de sus compañeros en la pensión. Había otras dos mesas con huéspedes que cenaban a la misma hora, pero él había preferido sentarse en la que yo estaba, y de eso habían pasado unos meses y ya era un poco tarde para un cambio. Buscar excusas nunca ha sido mi fuerte, pero si llego a saber que cada noche me iba a incomodar la cena sin duda hubiese buscado alguna. Lo extraño de Radú era su felicidad inconstante, podía dedicarse a ser feliz todo el tiempo, su pensión era suficiente para llevar una vida desahogada, pero no, siempre sacaba algún tema con el que no estaba de acuerdo: si buscar discusiones para lucirse con su mediocre oratoria, y sus inconexos argumentos, era lo que pretendía, desde luego el efecto conseguido era muy diferente, porque todos demostraban estar un poco cansados de esos juegos sin sentido. Por lo demás, la cena discurrió sin sorpresas, y nos acostamos pronto. La pensión quedó en silencio en una noche de temperatura agradable y dormí como un tronco cansado por el trabajo de día. Al volver a la chatarrería al día siguiente, me dijeron que no me iban a necesitar en una temporada, Me percaté de que el dueño no estaba, y fue el encargado el que me dio la noticia estrechándome la mano. Sin más salí al mundo en una mañana resplandeciente. Recordé que llevaba unos días sin visitar a Tanioska y a su madre, y


me dirigí a su casa con la última paga en el bolsillo. Debía tener el aspecto de un colegial al que le acababan de dar las notas y las vacaciones de verano. Por el tiempo que llevaba sin darme una vuelta por aquellos barrios algunas cosas parecían haber cambiado, o tal vez se trataba de una impresión mía, me refiero a que todo parecía más limpio y ordenado y eso incidía en mi aspecto. Ya que todos me miraban con cierta curiosidad despectiva, terminé por convencerme de que no se trataba tanto de imaginaciones como de una real incomodidad con origen también real. Tuve la impresión por un momento que alguno de aquellos seres que se detenían, o volvían sus cabezas para observarme, podían llegar a ser violentos si alguien se hubiese atrevido a llevarles la contraria por muy insignificante que fuera el tema a tratar en aquel momento de tensión. La madre de Tanioska, por el contrario, me recibió complacida, en un minuto hizo planes para la tarde, prometió llevarme la nevera y lo dispuso todo para que yo me pusiera cómodo, acercó un sillón a la cama de su hija, y nos trajo una radio que dejó sobre una mesita, y aclaró que podíamos poner música si no la poníamos a mucho volumen. Por un momento creí que si pudiera me hubiese calvado contra una de las paredes y nunca más hubiese pisado la calle. Ella tomó mi mano y me acerqué. A través de sus ojos me miraba con afecto, sin exigencia, sin súplica; respiraba débilmente y dejaba caer la cabeza con desgana. Le pregunté cómo se encontraba y me respondió que bien, pero que estaba cansada y que quería cerrar los ojos. Hice como que no me importaba, me senté a su lado en silencio y saqué una revista que llevaba en el pantalón para leer un rato. Apenas se movía, no la notaba mover los pulmones y me alarmé, arrimé mi cara a la suya y sentí su respiración. Me volví al sillón e intenté abstraerme de su enfermedad, por fin conseguí concentrarme en la lectura.

2 Un Reflejo Sin Ojos El autobús se detuvo en la parada que está justo delante de la puerta del colegio, a las afueras, y al menos a un par de kilómetros de la siguiente parada. Esta distancia entre las paradas era grande, y no muy habitual a medida que el trayecto iba entrando en la gran ciudad, pero en aquel lugar no había más que algunas casas absurdamente alejadas unas de otras, y no parecía muy práctico hacer paradas en las que casi nunca recogerían a nadie.


No guardaba ninguna esperanza acerca de cambiar de colegio, era la tercera vez que le daban unas calificaciones deficientes y por mucho que mirara el papel que llevaba entre las manos nada iba a cambiar. Si hubiera dejado lo del fútbol tal vez habría tenido una oportunidad, su vida se habría vuelto más seria, más encerrada, pero al menos ahora no estaría pensando en que iba a perder un año más en aquel lugar sombrío. La habían examinado en cada parte de su vida, se sentía cuestionada en el todo, desde cada movimiento, hasta cada íntimo pensamiento, degradada y cuestionada. No la habían examinado de aquello que se reflejaba con una nota decepcionante resaltada con bolígrafo rojo, la habían puesto en la situación más difícil que había conocido en su vida. Subió al autobús de un salto ágil, muy propio de una chica que juega a fútbol. Se sintió observada mientras pagaba, una señora mayor no le quitaba ojo, y unos jóvenes se daban con el codo señalando con la barbilla en su dirección, así que decidió no moverse tanto y adoptar una postura más comedida. Mary Porlas también la miraba, sin exponer demasiado la mirada enseguida la localizaba y se sentaba a su lado, pero si el asiento a su lado iba ocupado se levantaba y hacían el trayecto de pie, las dos juntas. El examen al que las sometían aquellos ojos distraídos por el paisaje, continuaba. Pero ellas se contaban sus cosas, del colegio, de las notas, de los chicos y del fútbol -porque Mary Porlas era lateral derecha y sabía los resultados de los últimos partidos de la liga profesional, los últimos fichajes y la clasificación y puntuación de todos los equipos-. Siempre la había visto con admiración, y es posible que se le notara, porque la simpatía era recíproca. Eso representaba Mary dentro del equipo, una sensación de seguridad que ninguna otra de las chicas podía igualar. Habría que aprender a manejarse con ella, o cerca de ella, y si alguien tenía que meter la pierna sin miedo, ella podía enseñarles como hacerlo aún con riesgo de que se la rompieran. Se les hacía de noche en su vuelta a casa, a la altura del puente sobre el río que se enroscaba en el límite de la ciudad, invariablemente el conductor encendía las luces, y el efecto de la noche detrás de los cristales los convertía en un juego de espejos cirquense, o laberinto de parque de atracciones. Si se hubiesen movido a través de ellos, hubiesen comprobado que ni su conversación podría resultar tan intrincada ni laberíntica. Antes de bajar en su parada Mary miró a una señora que no nos había quitado ojo en todo el viaje, “la conozco” me dijo, y a continuación dirigiéndose a ella, “¡viejo cuervo!” Tanioska aunque también estaba incómoda por la mirada inquisitorial de la señora, no terminaba de comprender la reacción de su amiga. Imaginó después de que Mary abandonó el autobús, que tenía que tratarse algo que no sabía, sin duda Llamarle “viejo cuervo” a una anciana no podía tratarse de un hecho casual, la vieja tenía que conocer a Mary, quizás se trataba de una vecina, o de la madre de algún antiguo novio, o de una limpiadora o profesora del colegio de su amiga. Algo tenía que haber que ella desconocía. Era ya muy tarde, iba a llegar a casa de noche y su madre le haría todo tipo de preguntas, desde luego que no iba a ser el mejor momento para enseñarle las notas, sería mucho mejor esperar a la mañana. Su madre solía levantarse de buen humor, y además sería sábado y todos estarían un poco más relajados. Se imaginó que el domingo iba a tener un día duro, no sólo por lo del partido, sino por aquel chico que


trabajaba en la chatarrería al que había conocido no hacía mucho, porque era tan rudo y porque en realidad no le apetecía mucho acudir a esa cita. No sabía por qué había aceptado, y ahora le entraba una pereza que apenas podía dominar. Se imaginaba a sí misma ovacionada por haber sido la mejor jugadora del torneo, manteada por sus compañeras y recibiendo el aplauso y las felicitaciones de los aficionados -que en un equipo femenino de juveniles eran los padres y madres de las otras chicas y algún distraído al que nadie conocía y que se había levantado temprano un domingo sin saber por qué-. Mirar el campo de fútbol a uno de los lados del rio la hizo moverse inquieta, recoger su mochila del suelo y prepararse para el momento en que se detuvieran. A lo mejor, esta vez el conductor no se comportaba con menos desinterés que de costumbre, y hacía una reducción sin sobresaltos: Eso le facilitaría acercarse a la puerta sin tener que precipitarse por miedo a que se cerrara antes de que pudiera efectuar toda la maniobra. Fue moviéndose antes de que se viera la parada en la carretera, y cuando llegaron a ella, salió de un salto. “Tierra firme”, se dijo y miró antes de intentar cruzar. No esperó a que el autobús arrancara y como no oyó ningún coche aproximándose, se deslizó por detrás para echar un vistazo al lado opuesto. Era ella la que tenía que haber previsto cualquier inesperado movimiento, pero el autobús, por algún motivo que nadie comprendería, hizo un movimiento poco habitual, y en lugar de salir hacia adelante, el conductor dejó caer ligeramente el gran monstruo mecánico hacia atrás. No fue un movimiento rápido ni violento, pero suficiente para tumbar a Tanioska de un golpe y dejarla inconsciente. El conductor ni se enteró, salió finalmente disparado sin percatarse de la muchacha accidentada que dejaba detrás del vehículo. Si hubiese muerto en aquel momento jamás habría conocido las mieles de la vida, el deseo sin control que a veces nos entra por poseer cosas y personas y, sobre todo, jamás habría conocido el amor pasional que alguna vez nos aguarda a todos. Era ella aquel bulto amargo que entró en el hospital con la cara ensangrentada y algunos huesos rotos, y fue ella la primera vez que aquel muchacho de rostro amable y cansado llegó a su casa alarmado por lo que le habían contado y porque no había acudido a su cita el domingo. Debieron ser sus ropas sencillas y gastadas, o la constancia de su voz al leerle las noticias locales lo que terminó por tranquilizarla y aceptar sus visitas de forma regular. Mary Porlas la visitó unos días después. Cuando quiso comprobar en su colegio que no había plantado sus estudios, o que se había ido a vivir a otra ciudad sin previo aviso -aunque la causa más probable era una de aquellas gripes que ya la habían retirado en otras ocasiones del equipo por unas semanas-, ninguna de sus compañeras supo decirle nada y no supo del accidente hasta que le preguntó directamente a una de sus profesoras. Apearse en aquella parada le iba a suponer tener que dar algunas excusas por llegar tarde a casa, y ya se iba directa a esperar el próximo autobús cuando comprobó que las piernas le temblaban y que se había dado la vuelta dejando a la profesora con la palabra en la boca. Sólo fue unos metros más adelante cuando se dio cuenta de que le preguntaba si quería dejarle algún recado porque la profesora iba a hablar con la madre de Tanioska, pero ni se dio la vuelta, siguió caminando encogida como si se hubiera quedado completamente sorda en aquel preciso instante. Al día siguiente pidió permiso en casa para visitar a su amiga al salir de clase, y


cuando por fin entró en su habitación y pudo verla se le quitó un gran peso de encima -te han dejado echa un cromo-, le dijo. Tanioska sonrió y respondió – se acabó el fútbol por esta temporada. A veces, en las largas horas que estaba en soledad, creía que podía pasar desde la mañana hasta la noche sin distraerse un momento de su dolor, y en cierta forma era así, se miraba las vendas, los aparatos que la inmovilizaban, las escayolas, los medicamentos sobre la mesilla, pero algunas preguntas llegaban finalmente misteriosas. Estas preguntas que se hacía solían ser acerca de como se veía a sí misma en unos años, y cuando pensaba que aquel accidente la podía dejar con alguna tara que la marcara sin remedio, se angustiaba y lloraba. Desde su ventana se veía la parada del autobús, y como tenía la cama arrimada, se distraía viendo a la gente subir y bajar del autobús. A través de los visillos podía ver con toda claridad a la gran máquina de color rojo aparcando al lado de la acera, y le daba un seco escalofrío al intentar recordar como había sucedido el accidente, porque apenas se acordaba de algo posterior al momento en el que descendió y tocó con los dos pies en tierra. Después de eso, todo era una nebulosa que la incitaba a entrar en el recuerdo sin conseguirlo.

3 Extraños Rodeados Por Costumbres El invitado de la Señora Andreas además era su tío. Por haber sido un profesor reconocido en el colegio privado de Santo Antonio, había sido investido de un halo de aparatosa dignidad que favorecía su falta de ritmo. Pagaba su habitación con religiosidad, y ayudaba en lo que podía porque al fin era parte de la familia En la mitad del pasillo de la planta superior tenía su habitación,las otras dos habitaciones estaban a continuación de la suya, separadas las puertas por una par de metros que en el interior resultaba un añadido necesario para darles la comodidad y la amplitud de la que disfrutaban. El tirador de la puerta de su habitación estaba muy forzado, la puerta se resistía a cerrar, así que al apretar y encajar, el pestillo hacía un ruido resistente que parecía indicar, “la tengo pillada pero como la suelte va a salir disparada”. De entre otros ruidos de la casa aquel era la señal de que Ovidio había vuelto de su paseo, iba al retrete o bajaba a desayunar a la cocina. Tal vez Ovidio era un poco fisgón, pero Andreas y Tanioska se ponían en guardia cada vez que oían el pomo de su puerta -aquella puerta parecía cerrar sobre un muelle, tenía una inclinación natural a permanecer a una cuarta de su marco y en cuanto que alguien se


despistaba esa era su posición-. El eco de sus pasos en las noches que salía dela habitación eran reconocibles, hasta el ruido de sus ropas y el carraspeo de invierno lo eran. Sus frías excursiones de próstata apurada, le daba alguna que otra sorpresa a través del pasillo hasta la cuarta puerta, la del servicio, a la que llegaba exhausto. Allí se deshacía del pijama lo más rápido que sus torpes manos se lo permitían, levantaba la tapa e intentaba miccionar sin hacer demasiado ruido, aunque eso en mitad de la noche cuando se puede escuchar hasta el ruido de una cucaracha deslizándose, le resultaba imposible. En ocasiones aguardaba largo rato, y se sentaba pacientemente sobre la taza, dejaba que el tiempo pasara como si dispusiera de él en exclusiva. Había pequeñas quejas en sus suspiros, y se quedaba escuchando si alguien más entraba o salía por el corredor, pero la respuesta siempre era la misma: silencio. Todas esas noches de apuro no terminaban igual, miraba el reloj y si no estaba muy avanzado volvía sobre sus pasos para dormir un poco más, pero si faltaba menos de una hora para el amanecer, volver a la cama se le hacía muy pesado. Entonces, bajaba a la cocina y encendía bajito un transistor que su sobrina, Andreas, tenía sobre la repisa de las especias. Al moverse en aquel lugar con la libertad y el amparo que la noche le concedía, rebuscaba entre todas las cosas, abría todas las alacenas, olía todos los tarros, metía el dedo en todas las harinas y finalmente encontraba el azúcar y se preparaba una tostada dulce. Si algo no le gustaba a Andreas era un fisgón, la gente que miraba con curiosidad o los que se asomaban para ver dentro de las ventanas, de las vitrinas o de las puertas de las casas ajenas, le resultaban de lo peor. Era gente que intentaba censurarlo todo y desde luego, una actitud así parecía buscar faltas que pudieran competir con las suyas. Pero a Ovidio no lo tenía en ese grupo, y aunque no le gustaba que le desordenara la cocina, no se lo tenía en cuenta. Era como un juego, él rebuscaba en todos los cajones hasta encontrar lo que quería y la dejaba dormir y ya ella llegaría más tarde para poner un poco de orden. Para Tanioska, los ruidos en mitad de la noche siempre eran alarmantes, no podría acostumbrarse a ellos por mucho tiempo que pasara. Caminaba en mitad de sueños de autobuses con dientes de tiburón y ella corría con sus prótesis, sus escayolas y sus muletas, pedía ayuda empapada en sudor mientras las ruedas demoledoras la hostigaban y no le permitían tomar aliento. Por un momento lo creía desaparecido detrás de una curva arbolada, se acabó se decía dejándose caer al suelo y de nuevo la máquina demoledora volvía a amenazarla, intentaba levantarse y las muletas no obedecían. Se despertaba con los ruidos del tío Ovidio en la cocina, a veces se le caía una cacerola y parecía el fin del mundo, pero si eso no sucedía era roer de ratones, un deslizar y rascar de frascos imposibles de definir. Tales ruidos pasaban del momento del sueño a la alarma confluyendo en el significado lentamente dentro de su cabeza. Hasta ese momento, el lento despertar de sus pesadillas, tomar consciencia del lugar donde se encontraba y terminar de interpretar su inquietud, la llevaba desde el sudor frío hasta la acelerada sensación de que el corazón terminaría por salirse del pecho. Le habría gustado pensar en él con más afecto, tenerlo en cuenta con más frecuencia, aceptarlo como un pariente menos desconocido, pero eso no iba a suceder. Apenas había conseguido acercarse a él con un poco de confianza y era debido a que no lo había visto en muchos años y, a su edad, eso había sido casi toda la vida. Muchas de las chicas del equipo de fútbol contaban cosas de sus familias que les


molestaban, de pequeñas incomodidades que constaban la solidez de sus relaciones familiares. Ella se veía como una extraterrestre en temas parecidos, una familia de dos y un acoplado es casi menos que una entrevista cada semana. Las familias numerosas nunca dejan de crecer, se juntan para todo tipo de celebraciones a las que se sigue acoplando gente, que a su vez procrea como animales encerrados por una alambrada -tal vez esto suena un poco despectivo y se deba a imposibilidad de contener tanto cuerpo y tanta respiración-. Tal vez Tanioska evitaba a sus amigas que la invitaban a sus casas porque se sentía intimidada cuando entraba en aquellas casas en las que había tanta gente. Sus ritmos, más concisos y definidos que los de ella, le hacían cuestionar sus comentarios, no podía saber si estaban de broma, si le faltaban al respeto, o si sus ironía constaban de una parte de desprecio. La miraban como a una extraña, algunas miraban para otra parte como si su mera presencia llegase para enrarecerlo todo aún más, pero siempre aparecía alguna mano amiga para posarse en su hombro decirle que se tranquilizara e invitarla a sentarse. Una familia tan exigua sólo podía tratarse de una familia con pocos secretos, pero eso jugaba en favor de la expresión más libre y descomprometida. Sonreía con diez máscaras, en cada una mostraba su agonía porque las sonrisas de agradar se le iban terminando. Eran tiempos de dejar que el dolor fuera remitiendo, por eso intentaba no moverse mucho de la cama ni cuando tenía visitas. El momento de alguna visita despistada era muy grato pero debía intentar no distraerse hasta mover involuntariamente alguno de sus miembros rotos y hacer aflorar el dolor de nuevo. ¿Cuántas visitas realmente la conocían? ¿De cuantas amigas, amigos o familiares podía decir que realmente la conocían? Era una respuesta difícil de asumir, nadie la conocía mejor que Ovidio, y Ovidio, pasó a verla una sola vez y por compromiso. Lo miró con desconfianza cuando lo vio entrar en compañía de su madre, ella estuvo todo el rato mientras él se acercó, le preguntó cómo se encontraba y le besaba las manos. Él noto aquella mirada severa de la adolescente, y se la devolvió, posiblemente porque estaba preguntándose, “¿qué estoy haciendo aquí?”. Su propósito no había sido otro que saludar, y la madre de la nena había insistido tanto que no le había quedado otro remedio que entrar en la habitación -hasta ese momento había sido un lugar prohibido para él, y le habría gustado mirar en los cajones, mover las figuritas de los aparadores, mirar con detenimiento los cuadros de inocentes parejas mirando al mar en aburridos ocasos -posiblemente a los enamorados no se lo parecían pero a Ovidio sí-, hubiese leído hasta las cartas más íntimas que la muchacha guardaba en un cajón de la cómoda, pero nunca lo haría porque sabía que su deseo de curiosear en las cosas personales de la gente se acababa en la puerta de aquella habitación-. Llega un momento en la vida que debemos dejar atrás toda condescendencia infantil, en cada frase debemos añadir al menos un gesto severo, asentir si no queda más remedio pero sin dejar de emplear un tono severo. Esa debe ser la señal más importante de madurez, y todos debían reconocerlo en Tanioska porque su desgracia la había hecho abandonar algunos sueños inocentes. Nada era indestructible, lo iba aprendiendo mientras se iba quitando los últimos cristales de los ojos, que al fin le dolían como si realmente estuvieran clavados. Esos eran los cristales que no le permitían llorar más, se había agotado y había sustituido las lágrimas por miradas como las que le dedicaba a Ovidio, interrogándole por su


presencia. Entre alegrías y tristezas iban reposando las lesiones, las visitas se echaban de menos, y no se trataba unicamente de Ovidio, y del fascinante acercamiento de su mano. Le pareció viscoso, aborrecible, hubiese preferido que se ahorrara sus buenos deseos pero estaba obligada a mostrarse amable, forzada a actuar con naturalidad. Y mientras eso sucedía en su interior el inofensivo anciano seguía llenando el dorso de su mano de babas agradecidas y sinceras. Su madre la reprendía si no era amable con el tío, pero no sólo con él, con cualquier otro anciano o con los ancianos de la calle, los que sobrevivían por la botella de vino que siempre les acompañaba. Era por esa presión materna que necesitaba centrarse en su comportamiento, superar su nausea, su escrupulosa juventud y su desagradecida desconfianza al olor de orín viejo. El espíritu no se doblegaba a pesar de sus lesiones y del sufrimiento físico, Mary la había animado diciéndole que una lesión de fútbol podría ser igual de dura, y que se lo tomara como una lesión deportiva. “La mayoría de los deportistas pasan por lesiones parecidas, así que no te quejes como una niña mimada”, le dijo sonriendo. Nadie termina de derrumbarse cuando no tiene motivos en el horizonte dispuestos a caer como una guadaña hostil sobre todos sus planes. Aquello no había llegado en el mejor momento, pero avanzaba en sus sueños. Tampoco habían sido truncadas sus expectativas en lo referente a Roko, empezaba a conocerlo pero no la defraudaba, la visitaba, y, en ocasiones, pasaba la tarde allí sentado sin más, sin forzar las conversaciones, pero su presencia era agradable compañía. La madre de Tanioska debió entenderlo porque se mostraba amable con el muchacho y facilitaba sus movimientos dentro de la casa.

4 El Recogimiento Y El Polvo Si por mi fuera dejaría pasar unos días antes de volver a visitar a Tanioska pero el pesado de Radú me dijo que quiere verla -un capricho incomprensible, porque la conoce de antes, pero nunca le importó ni se interesó por ella, y ahora sale con esta idea-. A los que nos hemos estado interesando por su estado y sus progresos en los últimos tiempos nos apetece verla ya saliendo a la calle por si misma, porque es cierto que ya se levanta y anda por la casa con cierta independencia. Lo he mirado a los ojos y le he preguntado ¿qué tenía en la cabeza, qué clase de extraña idea se le había metido en ella? No se atreve a ir solo, por eso me ha pedido acompañarme en una de mis salidas. Me lo debe notar, cada vez que voy a ver a Tanioska, se queda mirándome pensativo, sin duda porque intento parecer más presentable de lo normal


y procuro ir limpio y arreglado. Doña Antonia que se encontraba por allí cerca, trajinando en el patio y nos escuchó, me animó como si nada malo pudiera pasar, “llévalo hombre, para una vez que tiene una buena idea”, él la miró y sonrió por el apoyo inesperado. Nadie hace nada por nada, y los motivos de Radú siempre me parecían llenos de egoísmo, a lo que sin embargo esta vez no supe contestar con una negativa, y le dije que se diera prisa para a continuación, verlo salir en dirección a la casa raudo y veloz acentuando una cojera más que ostensible. El pasado siempre vuelve dicen los más pesimistas, los agoreros de la vergüenza y del arrepentimiento y yo no podía permitirme demasiados errores con la chica. Sólo una vez le había pedido que pasara la tarde conmigo, y justo cuando lo había conseguido pasó todo aquello del autobús y se pararon todos los sueños. Podría pasar la tarde con Radú aburriéndome sin remedio, estaría dispuesto a hacerlo, acompañarlo a los lugares más sórdidos e intentar parecer divertido, pero lo de acompañarlo en su visita a Tanioska..., ¿lo ven? A eso me refiero, ni se había acordado de ella en un año, y ahora que y estaba mejor se sumaba a la diversión .él se sumaba-, y me hacía sentir como un invitado. Escabullirme hubiese sido una opción, pero Antonia no me había dado ni una oportunidad, y no quería contrariarla ni que se llevara una mala impresión de mi. Seguramente ustedes que leen lo que escribo estarán pensando que competía, que necesitaba demostrarme que podía con él y demostrarle que me sentía mejor. Me habría gustado vivir intensamente, haber sido el tipo que nunca fui, pero en aquel momento intuía que algo no iba a ir bien y en lugar de poner mi genio en juego empecé a sentirme inseguro. Intenté liberarme de mis dudas y pasamos por el bar de Carminho y pedimos unas cervezas, eso debió de animarme. En otro momento hubiese tenido prisa por acudir a la visita, pero la presencia del compañero de pensión me desanimaba. No había ninguna urgencia en tales circunstancias, y tal vez él recordara que tenía algo que hacer y se marcharía, así estaba yo, albergando posibilidades tan remotas como la vida en las estrellas. Me senté al lado de una ventana, él prefirió quedar cerca de la barra, no hablábamos. Estábamos siendo invadidos por la amargura, todos nosotros, los que perdíamos la alegría por la falta de trabajo, por los accidentes, por las enfermedades, por la costumbre. Acostumbrarse a la mala vida es lo peor, pero siempre hay pequeños placeres que lo hacen llevadero. La cerveza estaba fría hasta gotear a través del cristal, me pareció placentero mojar los dedos cuando la levantaba de la mesa, Miraba a través de su color amarillo y la bebía cerrando los labios para que pasara lenta y gradualmente. Después del trago corto la dejé de nuevo en la mesa. Entonces vi a Rudy y a Herminio que se acercaban para la partida de dominó, parecían desanimados -algo debía tener el día en sus átomos que nos traía a todos sin gana de mucha fiesta- la tarde apuntaba nubes negras, quizás cayera un chaparrón pero hacía calor. Escuché a Carminho moviendo la loza, restregándola con el estropajo y haciéndola repiquetear al dejarla sobre una bandeja metálica que no asentaba bien sobre el mostrador. -¿Están aquí los chicos? Ponles una cervezas Carminho -Herminio había conocido al padre de Tanioska. Sabía toda la historia de la familia y me había contado algunas de aquellas cosas antiguas de las que todos hacían como que no recordaban nada. En


otro tiempo los miembros de su familia habían sido muy conocidos y apreciados por todos los que habían tendido algún tipo de relación con ellos. Después el padre murió y la familia fue cayendo en el olvido, tal vez era por eso, en parte, por lo que la madre de Tanioska era tan agradecida con las visitas. Herminio me dio un consejo que se refería a los años que me quedaban por vivir y mi urgencia por construir una vida, se trataba de detener mis compromisos, de hacerme sentir que la libertad también tenía un valor y que siempre habría tiempo para “tirarse cuesta abajo”. En aquel rato que pasamos en el bar casi nos sentimos hombres, creo que admirábamos la edad y el saber de aquellos hombres maduros y el desprendimiento que se producía entre ellos y el resto del mundo, cuando empezaban sus partidas de dominó. Nos superaban en todo porque convertían la juventud en una tara. Y, por eso, en un momento se me acercó Rudy y dándome una palmada en la espalda me instó a seguir los consejos de su hermano, como si fueran también suyos. Aún peor que dar consejos es seguirlos, aunque supongo que muchos pensarán que se trata de lo contrario, si tenemos en cuenta que un buen consejo no lo da cualquiera ni se lo da a cualquiera, ni lo suelta a la ligera. Dar buenos consejos debe ser un arte muy medido, y mucho más allá de las habituales condiciones que todo el mundo se anima a ponerle a tu vida, porque también es una forma que les sale muy gratis de tocar problemas ajenos sin hacerse responsables de las consecuencias. Pero nos estamos yendo de la historia, y debo decir que me resultaba fácil entender lo que Herminio me quería decir, pero me costaba creer que pudiera aceptar su buen juicio sin sentir que algo se rebelaba en mi interior al intentar reprimir todos mis planes. En aquel rato que pasamos en el bar, comprendí que Radú no se iba a rebelar contra mi lentitud, él conocía a Tanioska de antes pero no se angustiaba por haber estado un año sin hacerle esa vista que no era tan esperada. Cuando los domingos no había nada mejor que hacer parece que muchos de nosotros, los más jóvenes, íbamos al campo municipal a ver el partido de chicas, y después intentábamos conocerlas. Nos acercábamos distraídamente, buscábamos a algún amigo que nos pudiera presentar a una u otra chica -aunque nuestros intermediaria fuera alguien tan repelente como Radú-, nos expresábamos torpemente, y en mi caso, cuando al fin había conseguido una cita va la chica y se accidenta. No puedo decir en en aquellos tiempos fuera una persona con suerte. -¿Ya están aquí los locos? -preguntó Herminio cuando nos acercamos a la mesa del dominó. Querían respeto por la partida; la gente siempre exige respeto por alguien. Comprendimos que si queríamos ver, debíamos guardar silencio. No era la primera vez que sentía un incontenible amor temprano por alguna chica, y del mismo modo que me obsesionaba era capaz de dejarlo pasar, así que me encontraba un poco a la expectativa. El amor adolescente termina por hacer daño, y si nos lo tomamos muy en serio acabaos resentidos con el mundo. Como si no pudiera esperar nada bueno del cojo que me acompañaba intenté aceptar que aquella tarde debía considerarme un accidente, una contingencia en la visita que él le hacía,ceder el protagonismo sin impacientarme. Si algo bueno habría de surgir entre Tanioska y yo sólo el tiempo lo diría. -Venga, pesado, vamos -eché a andar esperando de vez en cuando, para darle tiempo a alcanzarme. Radú apenas protestaba, realmente ya era todo un logro que


pudiéramos hablar sin discutir. La aversión que sentía por él no tenía un origen que pudiera identificar claramente, íbamos y veníamos en nuestro desagrado, y digo esto porque sólo que él sintiera esa misma aversión podría traer un poco de lógica a mis reacciones. Nos mirábamos con desconfianza, y lo que era peor, con censura. Ocasionalmente llegábamos a la conclusión que cualquier reto que el otro se propusiera, uno mismo podría alcanzarlo mejor. Además, nuestro desagrado ya iba durando demasiado, y en todo aquel tiempo aguardábamos el error final, que tendría que ser algo así como el golpe definitivo que lleva al boxeador a dar con su mandíbula en la lona.

5 La Redención Del Saber Todos los hombres deberían estar prevenidos contra el desengaño amoroso, otros desengaños son más asumibles, pero el amor duele como el diablo. No son mayores los dolores de la traición de un hermano, de un soldado en mitad de la batalla o de un socio en una empresa a punto de quebrar; el amor es una batalla perdida de antemano en la que los compromisos deben establecerse con especial cuidado. Pero a Roko no le había tocado del todo el amor, después de un año de visitar a Tanioska le alegró que los recibiera sentada en una silla, vestida de domingo, y con una muletas apoyadas en la mesa, lo suficientemente cerca para poder acceder a ella sin ayuda. Pero la alegría que le produjo era comedida, se resistía a saber si podía sentir algo más por ella, y eso se acentuó al ver como recibió a Radú. En cada recibimiento hay un tono interior y ella ya conocía a Radú de antes, de mucho antes que a Roko y había un afecto sincero en el abrazo que le dio: casi se cayó por intentar levantarse. Sólo debía saludarlo, pero aquel abrazo parecía que no iba a acabare nunca, y al punto de soltarlo aún le dio un cariñoso beso en la mejilla. Radú parecía ajeno a todo, como si no le diera importancia a aquella muestra de aprecio tan grande de la que acababa de ser objeto. Por su parte el saludo a Roko fue el habitual, le estrechó la mano y le pidió que acerca unas sillas. Los detalles son importantes, pero en momentos especiales, en esos momentos en los que nos sentimos retados, o especialmente sensibles, se sobredimensionan. Nos preparamos durante mucho tiempo para que no se nos note la sorpresa, queremos controlar nuestras emociones para que nadie pueda quitar partido de ellas, y aprendemos a poner cara de poker ante cualquier inesperada sensación, eso hacía Roko, y cada vez fracasaba. Durante un segundo se puso rojo de indignación, pero se repuso antes de que sus amigos pudieran notarlo. Cuán sorprendente resultó para él, el chico de la chatarrería, sentirse tan débil, tan vulnerable, y eso creyó que le llegaba por plantearse que podría haber algo entre él y una señorita tan refinada. Pero nadie podría haber predicho una tarde


menos agradable, la madre de Tanioska lo había preparado todo para que fuera perfecto. Se preocupaba por la felicidad de su hija, y cuando llegó Mary Porlas y se produjeron las presentaciones, les puso de merendar. Tomaron té, café y pastas, sacó una vajilla adornada con un reborde dorado en pocillos y platos, y las servilletas tenían un ridículo bordado, Roko se miró las manos y descubrió que volver a trabajar en la chatarrería quizá no había sido tan buena idea. Aquella mañana se la había pasado rascándose los dedos y las uñas con el cepillo, pero había estado cortando chapa oxidada y no fue capaz de sacar de los dedos la grasa que también acompañaba a las piezas metálicas de un trozo de barco viejo. La vergüenza del trabajo manual sólo llega si uno se siente menospreciado por otros, por los que viven en un mundo que nunca exigirá de ellos ese sacrificio, y es posible, en tales términos, que el joven trabajador no se encontrara correctamente ubicado, o donde podría ser más apreciado. Entonces comprendió el consejo de Herminio cuando le había dicho, “esa chica no es para ti, su carne es blanda como la mantequilla y maquillada, pero su corazón duro como una roca. Nunca sabrás si puedes fiarte de ella”. La chica que tenía delante era más bella que todas aquellas muñecas de la feria de ganado que posaban al lado de los terneros para las fotos de la convención anual, aparte de eso, cuando intentaba andar exhibía una clara cojera que movía su flequillo de forma graciosa. Todo empezaba a parecer negativo en ella, cuantas más atenciones tenía con su amigo y cuanto más lo ignoraba a él, peor era el concepto que se creaba de ella. Esta ausencia de fiabilidad que mostraba en sus convicciones acerca de sus amigos le empezaba a pesar, y se reprochaba a sí mismo ser tan débil. Se esforzó toda la tarde por parecer agradable,o al menos, si no lo conseguía mantenerse en un estado neutro de ánimo y de reacciones. Intentaba reír con los otros, seguir sus bromas, entender sus puntos de vista, se alegraba por ellos. Luego volvía a caer en un silencio ausente, como si nada fuera con él, y volvía una vez más a intentar estar a la altura. Tanto se tensaba, tanto su yo más artificial estaba en juego, y tanto se ruborizaba sin motivo, que estaba a punto de caer agotado, cuando Ovidio hizo su aparición llevado del brazo por Andreas. Los mejores deseos debieron llevar a la madre de Tanioska a pedir a Ovidio que pasara a la habitación a saludar a los chicos, no se trataba unicamente de la necesaria cortesía en estos casos, sino de sacar un poco de misterio a la figura del huésped. Más tarde se sentiría rara si no lo hacía, porque pareciera que la única que lo miraba como familia era ella. Cuanto más pensaba en Ovidio como un mero huésped más normal le parecía todo y cuanto más intentaba pensar en el como su tío más extraña se sentía, y fue por eso que decidió presentarlo como un invitado, sin más. Ovidio les dio la mano sin ningún recelo, todo resultaba de lo más amable, menos el gesto de Tanioska. Todo fue muy rápido, y el anciano parecía muy contento de haber dado aquellos cuatro pasos desde la puerta hasta donde se encontraban. Entonces Tanioska fue muy desagradable, nadie podía esperar una reacción así, miró a a su madre fijamente y dijo, “vale mamá ya hiciste el numerito. ¿Por qué no te lo llevas ahora?” A Ovidio se le ensombrecieron los ojos, todos debimos comprender que las palabras, al fin y al cabo, de un familiar que vivía bajo su mismo techo, le habían entristecido. Cuando Andreas se lo llevó, la muchacha aún añadió, “es un viejo viscoso, lleno de flemas. Un fisgón”.


En lugar de compadecerse por la marcha de las lesiones de su amiga, todos quedaron sumidos en un silencio solidario con Ovidio, un silencio distantes, que sin embargo había que interpretar. Tanioska no se dio ni cuenta, tampoco se sintió incómoda, se tomó su té y se puso a leer una revista sin moverse de su silla. Después de aquello se conformaron con terminar la tarde sin hacer demasiados planes y cuando decidieron irse, Mary Porlas declinó la invitación de quedarse un rato más y se dejó acompañar por Roko hasta la puerta de su casa, porque según le dijo, le pillaba de camino. Radú empezaba a no parecer peligroso, yo ya no albergaba en su contra ningún resentimiento, ni siquiera me importaba si ellos se iban a volver a ver, si iban a ser una pareja de cojitos, los dos perfectamente conjuntados, al paso, partiendo unidos en la misma coreografía, calculando al unísono un bache equilibrado. De cualquier reserva ya nada queda, al contrario, albergo el alivio del soldado repatriado después de portar en sus brazos a su mejor amigo muerto, destripado por una granada anónima. Las guerras tienen mucho de eso, de tirar la piedra y esconder la mano. A veces la pureza quema, tanto da que sea de una raza determinada, o de una jovencita cursi y malcriada que cree que el mundo le debe ser feliz y nunca sufrir. Por fortuna eso nunca va a suceder todos estamos destinados a sufrir, forma parte del contrato de la vida, eso es lo que nos debería hacer iguales y solidarios en la desgracia. Esperar de Tanioska unos sentimientos superiores, pensamientos de calidad y buena voluntad hacia sus semejantes, después de la rabiosa personalidad que se había derivado de su accidente empezaba a ser una atarea imposible. Esa noche regresaron algunos de sus peores sueños, la pesadilla repetida de un monstruoso autobús rojo golpeándola y dejándola ensangrentada sobre el asfalto. Apenas podía reconocerse en aquel baño de vísceras y huesos rotos. Cuando estos alarmantes recuerdos se sucedían con cierta frecuencia empezaba una nueva fase de miedos en los que se veía a sí misma inválida para siempre, y a todas sus amigas compadeciéndose y sintiendo lástima de su mala suerte. No se trataba de unos sueños peligrosos si por la mañana se despertaba con el ánimo de empezar de nuevo, pero esa noche iba a durar más de lo que esperaba. Después de pasar por las dos primeras fases de sus miedos, el tercer sueño prometía ser apacible, había conseguido volver a dormir y nada la perturbaba, en lugar de sangre, o amigas que se reían de su forma de andar, había empezado a verse jugando al fútbol de nuevo -lo que en la realidad iba a resultar muy dudoso-; y marcaba goles en medio de sonoras ovaciones. Ese tipo de sueños hubiesen sido suficientes para llenar una noche de emociones, pero en aquel preciso instante un ruido como de un bombardeo llenó la casa, una escandalera que el silencio de la noche multiplicó hasta extremos que nadie imaginaría, y la hizo incorporarse en la cama de un salto, respirando angustiosamente y sin poder contener un grito. Una nueva sensación de impotencia la inundó, pero ya no había nada que ella pudiera hacer. Ovidio estaba rebuscando entre las cacerolas, los vasos, los platos, las bandejas de plata y las teteras esmaltadas, cuando le falló el corazón y al caer hacia atrás se agarró al armario y se lo llevó todo consigo hasta el suelo. Murió allí mismo.


6 ¡Cuidado Con La Sacudida! Mary Porlas fue una hermosa redención durante un tiempo, podía hablar con ella con cierta confianza, como si la conociera de toda la vida, Sin embargo, en los grados de afecto que reservo para la gente, a Tanioska nunca le había otorgado una proximidad que me saliera con tanta naturalidad como ahora, ni siquiera en aquel año en que estuve visitándola con disciplinada frecuencia. Eso era porque con Mary Porlas podía hablar de cualquier cosa sin sentirme intimidado, los temas más tabús y delicados eran de nuestra preferencia y ella me respondía como si nada tuviera la más mínima importancia. Nada de ella me era ajeno o de poco interés, la acompañaba a los partidos de fútbol y de vuelta hasta su casa le llevaba la bolsa con la ropa sucia, era como un rito que consagraba nuestra amistad, y a mi me parecía un privilegio que yo fuera el único chico al que se lo permitiera. En la chatarrería me iban llamando para trabajar cuando les hacía falta, y algo había cambiado, porque en esos tiempos me sentía más a gusto en compañía de Rudy y de su hermano Herminio. Ya no pasaba de largo al volver del trabajo y al pasar a la altura del bar entraba. Ya no era como antes que me conformaba con saludar en la distancia, me había vuelto más sociable con la gente que en verdad me importaba, y paraba con cierta frecuencia a tomar unas cervezas en su compañía. Debería encontrar una mejor forma de aprovechar el tiempo, ¿no creen? Sólo hay una forma de vencer a la muerte, y esa es superarla emocionalmente. He ido a parar al lugar donde se crecen los jubilados, al salón de juegos donde los “cowboys”, los hombres verdaderamente duros gastan pacientemente los últimos años de sus vidas. No soy tan feliz como pudiera, es una cuestión de asumir riesgos, pero sólo los tontos corren riesgos innecesarios. No, no puedo exponerme por mucho miedo que le tenga a no sobresalir, a conformarme con lo poco, al resto mediocre del fondo de todas las botellas. Estas ideas extrañas no me ayudarán a salir de la compañía de los jubilados, de los hombres retirados no sólo de sus trabajos sino también de la vida, de las guerras, de la pasión y de la risa floja. Si Mary Porlas no me saca de ésta, terminaré por hacer costumbre en el licor y la lentitud de la tarde, después a cenar a la pensión y un pitillo a oscuras con la ventana abierta en la habitación, ¿qué más se puede pedir? Se enfadó conmigo por una tontería, porque dije que le había dejado camino libre a Radú con Tanioska, y que de no haber sido por eso él jamás habría conseguido sus favores. Mary me llamó fanfarrón y no he vuelto a saber nada de ella desde entonces, y de eso hace más de quince días. Pero sea cual sea la verdadera razón de su enfado, sabe que me encontrará por aquí cuando se le pase, porque no puedo creer que sienta tanto desprecio por mí por algo tan insignificante.


La vida no me lleva a ninguna parte, nunca me llevó a ninguna parte. No tengo objetivos, finalidades, planes, sueños, aspiraciones ni ganas de salir adelante y al menos, dejar algún día la chatarrería. Ni siquiera culparme, lamentarme o amenazarme a mi mismo del fracaso que vendrá puede evitarlo. El absurdo de todas nuestras relaciones termina por deteriorar la poca confianza que tenía en la gente, todos van a algún sitio menos yo. Quizás no del todo, los jubilados parecen estar apeados de intereses que nadie calcula, quizá por eso estoy a gusto en el bar, compartiendo chistes soeces. Hasta planear una venganza contra el mundo sería más útil y motivador que seguir así, con esta sangre fría de viejo prematuro. Cuanto más monstruosa considero mi falta de interés por las conversaciones ajenas y por las cosas que en esas conversaciones dicen que les interesan, menos estimulado me siento a salir algún día del no mundo que me he creado. Herminio, además de ser un tipo de mérito, es el patrón en la pensión en la que vivo, y también en eso es buena gente, no me apremia en los pagos y siempre me ha dado buenos consejos. Es sorprendente que se preocupe tanto por mi, por ser él quien es, quiero decir. Tiene bastante con su vida eso está claro, pero estoy esperando el día que me cuente de sus amores de juventud, de sus primeros fracasos y desengaños, porque cuando me mira con alguna chica su respuesta siempre es la misma, “no te des mucha prisa, cuanto más tarde te comprometas mejor”, me dice lleno de razón. Escucharlo y tratar de entender sus consejos me frena, me retiene y me mantiene lejos de la idea de tener mi propia familia. Formula la arquitectura de sus discursos con sencillez pero con efectividad, y yo he llegado a estimar cuando se acerca distraídamente en el bar y me suelta alguna de sus parábolas. La mujer de Herminio, Antonia, por su parte, me miraba llegar a la pensión lamentándose de mi juvenil arrogancia. Yo me lavaba en el pozo y ella daba vueltas alrededor inquieta porque se preocupaba por mí; yo no era ajeno a eso tampoco. En esos momentos tengo la sensación de estar de vuelta en casa, en la casa que nunca existió. El mundo fuera de la pensión, de la gente que me aprecia y me trata a diario, tiene mucho de farsa. -Ha estado aquí esa chica, Mary. Deberías prestarle más atención, parece buena chica -Antonia me veía con extrañeza, como se mira a alguien que ha cambiado mucho en poco tiempo e intentara calcular el alcance de ese cambio. -¿Ha estado aquí? -repetí con simpleza- Eso si que no lo esperaba. Tal vez tengas razón, mañana iré a verla al campo, tiene partido y es muy buena jugadora -la tortura que me suponía no saber a que atenerme a tantas situaciones cambiantes, a las reacciones inesperadas de gente a la que apreciaba, la olvidaba con soberbia con independencia y libertad. -De hecho, he estado hablando con ella acerca de ti, Te tiene mucho aprecio. A mi me parece que le tiras del genio. -¿Cuándo ha vuelto Radú?


-Esta mañana. Me idió que no te dijera nada. -He visto su ropa. No me gusta ser pretencioso, pero no podía durar. Al menos, su habitación seguía vacía; eso ha sido una suerte para él. Ese discurso de brazos caídos ya no hacía el mismo efecto que un año antes, pero Antonia seguía siendo un referente necesario en el orden de mis pensamientos. Esa fatiga sin esperanza que se empeñaba en hacerme ver lo que nunca me había importado, era como una rebelión. Ya fuera que no necesitaba tantas palabras, tanta atención que saliera a mi encuentro insaciable. Al fin y al cabo yo no era tan diferente de Radú, al que volví a descubrir espiándonos detrás de las cortinas de su cuarto. No sé que fue de Tanioska, prefiero no saber, porque ella y Mary siguen siendo amigas, se hablan y están en contacto, pero prefiero mantener la distancia. Lo que me conmueve de la densidad de las viejas ilusiones perdidas que tarden en enterrarse definitivamente, así que a Mary no le debió resultar extraña mi reacción, y sobre todo, que le pidiera que no me hablara de ella. Por supuesto que no volvió a jugar al fútbol en el equipo de chicas, su lesión era más importante de lo que creía, pero temí cada domingo en el campo verla aparecer, con algún galán bien parecido y de buena familia, para presentárselo a las chicas y presumir de la suerte que al final siempre llega si insistes. La vida sonríe con boca torcida a veces.

Un reflejo sin ojos  
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