Txano y Óscar 10 - La jaula de cristal

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Copyright © 2022 Julio Santos García & Patricia Pérez Redondo © Texto: Julio Santos García, 2022 © Ilustraciones: Patricia Pérez Redondo, 2022 Corrección de textos: Correcciones Ramos, Uxue Montero Maquetación y diseño: Julio Santos & Patricia Pérez Obra registrada en SafeCreative. Reservados todos los derechos. Queda prohibida cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual. Colección: Las aventuras de Txano y Óscar Título: La jaula de cristal Número: 10 Primera edición: mayo, 2022 Xarpa Books ISBN: 978-84-123829-7-6 Depósito legal: LG D 00434-2022 julioypatri@txanoyoscar.com www.txanoyoscar.com


La jaula de cristal Ilustraciones Texto Patricia Pérez Julio Santos


Óscar Txano ¡Hola! Mi nombre es Txano y el de aquí al lado es mi hermano Óscar. Somos mellizos y en nuestra primera aventura un extraño meteorito verde nos convirtió en telépatas.

Raúl

Sonia

Esmeralda

Ellos son Raúl, Sonia y Esmeralda, nuestros superamigos. A los cinco nos encanta cualquier cosa que suene a misterio y tenemos un cuartel general en la casa del árbol de nuestro jardín.


La más pequeña de la familia es nuestra hermana Sara-Li. Ella encontró a Maxi en una caja de cartón en la calle y convenció a mamá para traerla a casa. Nuestra pequeña amiga se llama Flash y es una ardilla muy especial.

Sara-Li

Flash

Maxi El del pelo rojo y la barbita rara es nuestro padre. Se llama Alejandro, pero todos le llaman Álex. Tiene una tienda de antigüedades en la ciudad.

Bárbara

Álex

Nuestra madre se llama Bárbara y es traductora. Cuando está enfadada, su nombre se queda corto.


Apenas había amanecido, pero un grupo de hombres ya llevaba un rato en el puerto preparando su barco para salir a navegar. El día era magnífico y en la mar solo se levantaban las pequeñas crestas provocadas por la brisa que soplaba desde tierra. El sol se elevaba tranquilo sobre el horizonte y sus reflejos en el agua marcaban el rumbo que esos hombres iban a seguir. Mientras tanto, a muchas millas de allí, un grupo de delfines nadaban tranquilos y jugaban entre ellos sin imaginar que los humanos iban en su busca.


Pronto, humanos y delfines se encontrarían y uno de los animales iba a ser capturado y separado de su familia. ¿Quiénes crees que le ayudarán a liberarse?



Óscar alucina

Era un sábado de primavera. El combate había sido encarnizado y llegar hasta allí nos había costado demasiadas bajas. Óscar y yo habíamos tenido que ver cómo Sonia, Raúl, Esmeralda y Sara-Li caían ante nuestros ojos sin poder hacer nada por ayudarles. Estábamos rodeados y en terreno hostil. Nuestras posibilidades de alcanzar el objetivo eran mínimas, pero ni por un momento se nos pasó por la cabeza rendirnos. Teníamos una misión y lo íbamos a dar todo hasta el final. Pero ¿cómo habíamos acabado así? A ver si adivinas… Óscar. Bueno. En este caso, tengo que reconocer que no fue solo culpa suya. Todos ayudamos un poco. Sobre todo, Frankie.

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Pero mejor retrocedamos unos días y empecemos la historia por el principio. El curso avanzaba. Sara-Li había empezado a estudiar con los magos de la orden de Ávalon y, aunque la veíamos en casa, no compartíamos tanto tiempo con ella como antes. De vez en cuando, se unía a nosotros en el recreo, pero la mayor parte del tiempo estaba con sus amigas de clase. Esmeralda se había adaptado perfectamente al colegio y ya formaba parte de la pandilla como si llevara toda la vida con nosotros. Me había acostumbrado a verla todos los días y cuando alguna vez no podía venir porque estaba enferma o por cualquier cosa, notaba que me faltaba algo. Ya sabes que ella es… especial para mí. Todo esto no tiene mucho que ver con nuestra situación, rodeados de enemigos, pero así te haces una idea de cómo transcurría nuestra vida. El día que arranca esta historia, estábamos todos juntos hablando en el patio, incluida Sara-Li, y Óscar comenzó a contar un capítulo de una serie que estuvimos viendo la noche anterior. —¡Wow! ¡Era una pasada! Como si toda la universidad se hubiera vuelto loca. Los estudiantes se

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dividieron en equipos y se escondieron por todo el campus. Cada equipo controlaba una zona y atacaba a cualquiera que se acercase a su territorio. —Las armas sí que eran flipantes —añadí—. Fusiles de repetición, pistolones, ametralladoras… Todo, como en una batalla de verdad pero con bolas de pintura.

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—Y cada uno se preparaba sus protecciones y escudos en plan apocalipsis zombi —aclaró Óscar. —Pues me imagino que después de un rato de batalla, el campus no tendría muy buen aspecto —dijo Sonia—. ¿Os imagináis que montáramos algo así en el colegio? A Loli le da un infarto. —Aparte de que nos haría limpiarlo todo después —apuntó Sara-Li. Loli era la directora del Megalodón y tenía una manía persecutoria con la limpieza. Te recuerdo que nuestro colegio se llama Mercedes Garrido Lodones, pero lo llamamos «Megalodón» para abreviar. —Si nos dejaran montar una batalla de paintball en el cole, a mí no me importaría limpiar después —aseguró Óscar convencido—. ¡Sería una pasada! ¿Os imagináis? —Sí, eso dices ahora, pero ya me gustaría verte con la fregona en la mano y 20 clases por delante para limpiar. Entonces igual ya no te hacía tanta gracia —dijo Sara-Li señalando todo el colegio. —Pero no creáis que todo es de juguete —advirtió Raúl—. Mi hermano Javi estuvo en un paintball el verano pasado y me dijo que las bolitas duelen de verdad si te dan en una zona sin protección. —¡Venga! ¡No seáis aguafiestas! ¡Si te dan un balonazo también duele! —dijo mi hermano

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convencido—. Seríamos el comando Fantasma. Montaríamos un fuerte con las colchonetas en el gimnasio y defenderíamos nuestra posición hasta el final. ¡Wow! ¡Es que ya me lo estoy imaginando! —Me parece que tú alucinas mucho, ¿no? —dijo Esmeralda, que no le conocía tan bien como el resto. —Mucho no, lo siguiente —añadió Sara-Li—. Si crees que Loli te va a dejar montar algo así en el cole, es que acabas de llegar de otra galaxia. —Vale, igual en el cole no —reconoció mi hermano—, pero podríamos ir a un paintball a probar. Seguro que nos lo pasamos increíble. Por una vez, estaba de acuerdo con Óscar. Aunque no pienses mal, yo creo que la guerra es algo terrible y que no debería existir, pero esto era solo un juego. Podíamos probar. Pero entonces una voz sonó fuera de nuestro corro y se metió en la conversación. —¿Estáis hablando de paintball? —preguntó la voz. Era Anselmo. Bueno, en realidad, Frankie, que era como le llamaba todo el mundo. A mí me parecía un poco fuerte el nombrecito, pero él mismo se enfadaba si le llamabas Anselmo. Nadie sabe de dónde salió el nombre, pero yo creo que viene de Frankenstein, porque tiene una cicatriz enorme en

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un lado de la frente de algún golpe que se dio de pequeño. Frankie Iba a clase con nosotros, pero no creáis que era una víctima de bullying o algo así. Era casi al revés. De normal, no se metía con nadie, pero era de los más altos y fuertes de la clase. Casi como Raúl. Y bastante bruto también. Si te cruzabas en su camino, te podía caer una colleja sin comerlo ni beberlo. —Os he escuchado hablando de montar un paintball —repitió Frankie—. ¿Lo habéis probado alguna vez? Abrimos el corro y nos volvimos hacia él negando con la cabeza. —Ya me lo imaginaba. En una batalla contra mi equipo no duraríais ni dos minutos —aseguró muy sobrado. Ya conoces a mi hermano. Tiene alguna especie de incapacidad de nacimiento para pasar de este tipo de chulerías y entra al trapo siempre. —Nuestro comando puede acabar con tu equipo sin problemas —dijo mi hermano sin pensar sus palabras ni siquiera por un segundo. Ahí comenzó el desastre. —¿Vuestro comando? ¿Qué comando?, ¿vosotros? —preguntó burlón señalándonos.

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—Sí, nosotros, ¿qué pasa? —respondió Óscar—. ¡Somos el comando Fantasma y podemos derrotaros cuando queráis! El desastre avanzaba imparable. —¡Hombre! Un poco fantasmas sí que sois. ¿Cómo vais a ganarnos si nunca habéis estado en un paintball? ¡Acabaríais más pintados que un folio en una clase de infantil!

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—Pues si estás tan seguro de ganar, pon día y hora, y allí estaremos —dijo mi hermano dando por sentado que todos le apoyábamos. Frankie se lo pensó por un momento, y lanzó su propuesta. Entonces, el desastre se consumó. —Pues este sábado a las 12:00 en el Mountain Paintball. Allí nos veremos —dijo mientras se daba la vuelta y el timbre del final del recreo sonaba junto a una sirena de alarma en nuestras cabezas. Óscar se acababa de meter en otra de sus locuras y nos había arrastrado con él.

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Todos unidos

Vale. Lo confieso. A mí también me había picado Frankie un poco con ese aire de sobrado. Pero una cosa es que me molesten los chulos y otra es dejarme llevar a su terreno. Y Óscar se había metido en la boca del lobo. Bueno. Nos había metido a todos. La vuelta a clase fue un recorrido silencioso en el que ninguno dijimos nada. Óscar me miró por un instante y pude vislumbrar un atisbo de arrepentimiento en sus ojos, pero ya era tarde. Durante las clases siguientes, el desconcierto inicial se fue convirtiendo en enfado. Y a la salida del colegio, el objetivo de todo este enfado fue mi hermano.

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—¿Pero a ti se te va la cabeza o qué? —arrancó Sonia en cuanto estuvimos en la calle—. ¿Es que no sabes decir simplemente «no»? —Además, ¿por qué nos tienes que meter a los demás en tus historias? —añadió Sara-Li visiblemente irritada. —¡Pero si se ha metido con todos! Se ha reído de nosotros y nos ha tratado como a niños pequeños —protestó Óscar como extrañado de que estuviésemos mosqueados. —Chicos, lo siento, pero yo me tengo que ir —dijo Esmeralda mientras nos señalaba el coche de su madre, que la esperaba a la salida. Este era el momento más triste del día para mí. Esmeralda no vivía en nuestro barrio y su madre la traía y llevaba todos los días al colegio. Por eso no podía compartir con ella el camino de vuelta a casa. Nos despedimos de Esmeralda hasta el día siguiente, pero eso no aplacó la discusión. —A mí también me ha molestado la forma en que lo ha dicho —aseguré—, pero no puedes entrar al trapo a cualquiera que te venga provocando —añadí intentando sonar conciliador. —Mira, si quieres tirarte por un puente, tírate tu solo, pero no nos metas a nosotros —volvió a

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protestar Sara-Li—. Estoy muy harta de tus tonterías infantiles. ¡Que a veces pareces un niño pequeño! Óscar miró a Raúl, quien todavía no había dicho nada, buscando algo de apoyo. —Tienen razón —dijo encogiéndose de hombros y casi pidiendo disculpas—. Te has pasado. Seguro que Frankie y sus colegas son unos pros del paintball y nos van a poner a caldo de colores. —¿Nos van a poner? —preguntó Sara-Li, y siguió sin esperar respuesta—. De «nos van a poner» nada. Conmigo no contéis. Tú te has metido en esto

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y tú verás cómo lo arreglas. No pienso acompañarte en tus tonterías —dijo encarándose con nuestro hermano. —Tampoco dijiste que no cuando Frankie lo propuso —dijo Óscar intentando justificar la situación—. En parte, tú también eres un poco culpable. —¿Cóóómo? No te atrevas a decir eso ni en broma. Aquí el único descerebrado eres tú —gritó nuestra hermana, furiosa. Pero nadie la acompañó en su arrebato. Creo que los demás estábamos dándole vueltas a las palabras de Óscar y nuestro enfado se había mezclado con una pizca de culpa. Mi hermano tenía razón en eso. No habíamos iniciado el problema, pero tampoco habíamos hecho nada por evitarlo. Óscar se adelantó unos pasos y se volvió hacia nosotros para que le prestáramos atención. —Vale. Ya sé que ha sido una estupidez y que a veces se me va la olla con estas cosas —reconoció juntando sus manos frente a él como si estuviera rezando—. Pero vosotros sois mis amigos y tendríais que pararme en ese momento. Y me habéis dejado seguir sin decir nada. Yo he sido un flipado, pero vosotros habéis sido unos cobardes… Y es solo

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una partida de paintball. No podéis abandonarme ahora. Un silencio espeso siguió a su intento de disculpa. Yo no podía dejarle solo con este marrón. Tenía algo de razón en lo que decía y, en el fondo, sabía desde el principio que iba a estar con él, pero no estaba muy seguro de lo que iban a hacer los demás. Al menos, di el primer paso. —Tienes razón en casi todo —comencé—. Es verdad que eres un flipado y que cuando alguien te pica desconectas el cerebro, pero nosotros no nos hemos plantado cuando tocaba y ahora lo que toca es apoyarte. Yo estoy contigo —dije poniéndome a su lado. Sara-Li me miró como si me hubiera vuelto verde fosforito. —Creo que Txano tiene razón —me respaldó Raúl—. Teníamos que haber cortado esto cuando podíamos. Ahora solo queda estar juntos —dijo acercándose a Óscar y a mí. —¿Pero es que el cerebro masculino tiene algún problema de fabricación o qué? —preguntó Sara-Li desconcertada—. ¿No os dais cuenta de que si le apoyamos en sus tonterías va a seguir haciéndolas? La expresión de Sonia era todo un poema: por un lado, estaba el incontestable razonamiento de

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Sara-Li, y por otro, la evidencia de que no habíamos puesto de nuestra parte para evitar el desastre. —Tienes razón en lo que dices —reconoció mirando a nuestra hermana—, pero no podemos dejarle solo. Todos la fastidiamos de vez en cuando y siempre necesitamos a alguien que nos ayude en ese momento. Sara-Li abrió los ojos y la boca como si no pudiera creerse lo que estaba oyendo. —¿De verdad vas a defenderle? —preguntó sorprendida. —Ya sé que él la fastidia más que los demás —reconoció Sonia—, pero cuando hay que dar la cara siempre está el primero. Y tienes que reconocer que cuando tú te pones cabezona, tampoco razonas mucho —se atrevió a decir mientras se ponía junto a nosotros. La expresión de Sara-Li se suavizó un poco y, por unos segundos, su mirada se perdió lejos mientras pensaba en las palabras de Sonia. —No me puedo creer lo que voy a decir…, pero vale —musitó finalmente dejando escapar un suspiro y una ligera sonrisa—. Vamos a hacerlo. Solo espero que sirva para que aprendas la lección. Pero no podemos ir así como así. ¡Tenemos que prepararnos!

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Le hicimos un gesto para que se acercara y nos abrazamos todos juntos. Nos faltaba Esmeralda, pero sabíamos que también se apuntaría. Teníamos cuatro días por delante para planear la batalla.

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