Txano y Óscar 7 - La tumba del emperador tigre (Cap.1-3)

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Copyright © 2020 Julio Santos García & Patricia Pérez Redondo © Texto: Julio Santos García, 2020 © Ilustraciones: Patricia Pérez Redondo, 2020 Corrección de textos: Correcciones Ramos, Uxue Montero Maquetación y diseño: Julio Santos & Patricia Pérez Obra registrada en SafeCreative. Reservados todos los derechos. Queda prohibida cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual. Colección: Las aventuras de Txano y Óscar Título: La tumba del emperador tigre Número: 7 Primera edición: Octubre, 2020 Xarpa Books ISBN: 978-84-121093-8-2 Depósito legal: SS-00951-2020 julioypatri@txanoyoscar.com www.txanoyoscar.com


La tumba del emperador tigre Ilustraciones Texto Patricia PĂŠrez Julio Santos


Óscar Txano ¡Hola! Mi nombre es Txano y el de aquí al lado es mi hermano Óscar. Somos mellizos y en nuestra primera aventura un extraño meteorito verde nos convirtió en telépatas.

Sonia Raúl Ellos son Raúl y Sonia, nuestros superamigos. A los cuatro nos encanta cualquier cosa que suene a misterio y tenemos un cuartel general en la casa del árbol de nuestro jardín.


La más pequeña de la familia es nuestra hermana Sara-Li. Ella encontró a Maxi en una caja de cartón en la calle y convenció a mamá para traerla a casa. Nuestra pequeña amiga se llama Flash y es una ardilla muy especial.

Sara-Li

Flash

Maxi El del pelo rojo y la barbita rara es nuestro padre. Se llama Alejandro, pero todos le llaman Álex. Tiene una tienda de antigüedades en la ciudad.

Bárbara

Álex

Nuestra madre se llama Bárbara y es traductora. Cuando está enfadada, su nombre se queda corto.


Hacía ya muchos años que el primer emperador, Qin Shi Huan, había muerto. Ese mismo día, la gigantesca compuerta que selló su mausoleo quedó sepultada bajo toneladas de tierra y roca. El tiempo pasó y la mayoría de los que quedaron encerrados con él perdió la razón. Solo un milagro permitió que su hechicera personal sobreviviera a toda aquella locura y encontrara la forma de salir.


Con ese pensamiento en la cabeza, Nüwa echó un último vistazo a la que había sido su prisión durante muchos años y abandonó aquel lugar sin volver la vista atrás. Allí dejaba un objeto muy especial para ella. Iba a tener que pasar mucho tiempo hasta que otros ojos volvieran a verlo. Serían los ojos de unos niños de Twin City, aunque todavía quedaban miles de años para eso.



Sorpresas en la oscuridad

Esta vez, la historia no comenzaba en el Área 51 como otras veces. En esta ocasión, Óscar y yo estábamos en nuestra habitación, con la luz apagada y la persiana bajada. La oscuridad nos rodeaba mientras intentábamos concentrarnos. Al cabo de unos segundos, cuatro luces verdes aparecieron en el aire frente a nosotros y se fueron acercando a nuestras caras iluminándolas con un brillo espectral. En cualquier otro momento, ante una aparición como esta hubiéramos echado a correr despavoridos, pero aquel día sabíamos que no era necesario. Y es que, las luces que flotaban en el aire no eran otra cosa que nuestras propias manos. Y por si no has leído nuestra anterior aventura con los cromatitas, solo te contaré que, aparte de la telepatía, el

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meteorito también nos había dado la capacidad de iluminar nuestras manos a voluntad. Y no solo eso. Con la práctica habíamos conseguido emitir luz de cualquier color y estábamos ensayando un pequeño espectáculo para sorprender a Raúl y a Sonia.

Habíamos quedado esa tarde en el Área 51 con la excusa de que teníamos que contarles algo muy importante y estábamos ansiosos por que llegara el momento.

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Pero no éramos los únicos. Al parecer, Sonia había estado trabajando en algo que no nos había querido revelar por teléfono y que también nos iba a mostrar hoy. La tarde prometía. Después de comer, tuvimos que llevar algunas toallas y trapos al Área 51 para tapar las rendijas entre las tablas y asegurarnos de que cuando llegara el momento, la oscuridad fuera total. En esas estábamos cuando llegaron nuestros amigos. Después de los saludos de rigor, empezaron las pullitas entre Óscar y Sonia, como era habitual cada vez que trabajaban en sus proyectos frikis por separado. Si has leído nuestras historias anteriores, ya sabes que cuando trabajan juntos en algo, son unas máquinas, pero cuando hacen cosas por separado, se pasan el día chinchándose; bueno, sobre todo mi hermano, que siempre quiere ser el rey de los inventos. —¡Espero que lo que nos vayas a enseñar sea realmente bueno, porque te aseguro que nosotros os vamos a dejar fli-pa-dos! —comenzó Óscar, que ya sabes que no se caracteriza por su modestia. —¡Venga, no seas fantasmilla, que luego nunca es para tanto! —le respondió Sonia sin dejarse

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intimidar—. El problema es que para enseñaros mi idea necesito que la habitación esté totalmente a oscuras y no sé si aquí vamos a poder —añadió mirando alrededor. Óscar y yo nos miramos sorprendidos. ¿Ella también necesitaba la habitación a oscuras? ¿Qué se le habría ocurrido? —¡Pues vaya casualidad! —dije yo—. Nosotros también necesitamos oscuridad y hemos traído un montón de toallas y trapos para cerrar bien todas las rendijas. En pocos minutos habíamos dejado todas las rendijas bien selladas, y la única luz disponible era la de un farol a pilas que usábamos cuando veníamos al Área 51 de noche. —¡Tu problema de oscuridad ya está solucionado! ¿Alguna otra excusa que retrase tu inevitable fracaso? —volvió Óscar al ataque. Sonia le ignoraba olímpicamente mientras iba sacando cosas de su mochila y las colocaba sobre la mesa. —Pero no te preocupes, que te entiendo —continuó el pesado de mi hermano—. Enfrentarte a mis superpoderes tiene que intimidar bastante. Si crees que no estas a la altura, puedes retirarte ahora mismo, ¿eh?

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—¿Superpoderes? ¿Qué superpoderes? —preguntó Sonia fingiendo sorpresa—. ¡Ah, sí! Igual te refieres a eso de decir cositas con la mente. Bueno, para ser lo único que sabes hacer con ella, tampoco hay que tirar cohetes, ¿no? ¡Anda! —añadió volviéndose un momento hacia mí—. A ver si consigues que el sujeto ese que tienes por hermano se calle un poco y me deje trabajar tranquila. Creo que a estas alturas Óscar ya vio que Sonia no iba a ser una víctima fácil y decidió que era mejor esperar a ver lo que traía. Sonia, por su parte, terminó de montar su invento y nos lo mostró orgullosa.

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—¿Unas gafas de realidad virtual otra vez? —preguntó Óscar un poco decepcionado. —No son gafas de realidad virtual —explicó Sonia mientras nos las mostraba más cerca—. Vale, he usado la misma carcasa y el móvil, pero he creado unas gafas de visión nocturna —dijo satisfecha. —¿Unas gafas de visión nocturna? ¿O sea, que se puede ver con ellas, aunque no haya luz? —pregunté descolocado. —¡Exactamente! Si me pongo estas gafas, puedo ver en completa oscuridad —confirmó Sonia. —¡Guau! No se me hubiera ocurrido nunca que se pudiera hacer eso con un móvil —dije. —Eso mismo le he dicho yo cuando me lo ha explicado viniendo hacia aquí —añadió Raúl—. Me ha parecido una idea superoriginal. —¡Gracias, chicos! Encontré algo de información en internet y me pareció un proyecto muy chulo. Resulta que las cámaras de muchos móviles captan también parte de la luz infrarroja y, si sabes aprovecharlo, eso te permite ver en la oscuridad. —¡Vale! Has descubierto un móvil que puede ver luz infrarroja. ¿Y qué? Pues tampoco es para tanto —empezó a decir Óscar—. Además, se te ha olvidado un pequeño detalle: las cosas no emiten luz infrarroja ellas solitas. Si te pones esas gafas en un

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sitio oscuro, no vas a ver nada y te estamparás la nariz contra la primera pared que se te ponga delante —añadió convencido. —¡Bueno! —dijo Sonia muy segura de sí misma—. Si crees que no van a funcionar, no te importará hacer una guerra de cojines con la luz apagada, ¿verdad?

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Cojines y luces

Sonia cogió dos cojines de los que, a veces, usábamos para sentarnos en el suelo y los puso sobre la mesa. Cualquier persona sensata habría reculado y habría admitido su error, pero claro, definir a mi hermano como «persona sensata» no sería muy exacto. La cara de Óscar era todo un poema. Conocía a Sonia igual que nosotros y, en el fondo, era consciente de que había perdido la partida porque todos sabíamos que las gafas iban a funcionar. Mi hermano nos miró a Raúl y a mí buscando algo de solidaridad masculina, pero le devolvimos una mirada que decía claramente: «Chaval, tú solito te has metido en este embolado y tú verás cómo sales».

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Después miró a Sonia esperando un resquicio de compasión que le permitiera salir del lance con un poco de dignidad, pero nuestra amiga no pensaba soltar a su presa tan fácilmente y, para rematar la faena, añadió la puntilla, imitando a Óscar con retintín: —Aunque… si crees que no estás a la altura, puedes retirarte ahora mismo, ¿eh? —¡Eso jamás! —respondió mi hermano entrando al trapo—. ¡Donde quieras y cuando quieras! —añadió muy gallito a pesar de saber que le iban a caer cojinazos hasta en las plantas de los pies. Sonia acabó de preparar sus gafas y cada uno se retiró a una esquina en espera de que yo diera el comienzo.

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—¡Preparados, listos, en guardia! —anuncié justo antes de apagar el farol y dejar el Área 51 en total oscuridad. Bueno… oscuridad para nosotros, porque Sonia estaría viendo perfectamente. —¡Pafff! ¡Ayyy!

El primer cojinazo y el consiguiente grito de mi hermano rompieron el silencio, seguidos por un montón más en los que los quejidos siempre eran de Óscar. Le estaba poniendo a caldo. Estaba claro que Sonia nos veía a todos perfectamente, porque no se tropezó ni una sola vez y Óscar se chocaba con nosotros continuamente. Al cabo de unos largos minutos y de un montón de «ayyys», oímos la voz de Óscar diciendo por fin algo con sentido:

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—¡Vale, me rindo! Tú ganas. Las gafas funcionan. —Si hubieras dicho eso antes de empezar, te habrías ahorrado un montón de cojinazos. Te veía perfectamente. Bueno, en realidad os veía perfectamente a los tres. Han funcionado mejor de lo que esperaba. Pero Sonia no era Óscar y, después de haberle dado la lección que se merecía, trató de suavizar la situación. —Aunque tenías razón en una cosa —admitió—. La mayoría de los objetos no emiten luz infrarroja, solo la reflejan igual que la luz normal. Así que he tenido que añadirles a las gafas unos leds infrarrojos potentes para que iluminen bien lo que tengo delante —dijo enseñándonos una especie de bombillitas en la parte superior de la carcasa de cartón de las gafas, conectadas a una bateria—. Lo que pasa es que esa luz es invisible para los humanos. Era como si os estuviera iluminando con una linterna que solo podía ver yo —explicó satisfecha—. ¿Alguien quiere probarlas? Los tres nos abalanzamos sobre las gafas, pero Sonia las apartó un momento. —¡Vale, vale, esperad! Yo creo que a cambio de todos los cojinazos que se ha llevado, le podemos dejar a Óscar la primera prueba, ¿no?

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Y así enterraron el hacha de guerra y todos fuimos probando las gafas. Estábamos tan alucinados que casi se nos olvida nuestra sorpresa. —Bueno, y ¿vosotros qué? —preguntó Sonia—. Se supone que nos ibais a dejar fli-pa-dos, ¿no? Óscar y yo nos miramos y sonreímos. Había llegado nuestro momento. —¡Vale! ¡Allá vamos! Apagad el farol y preparaos, porque os aseguro que vais a ver algo alucinástico —anunció Óscar. Yo activé la música en un reproductor que habíamos dejado sobre la mesa y el gran espectáculo comenzó. Pasaron unos segundos en los que solo se oyó la música, pero entonces iluminamos los puños cerrados y cuatro bolas de luz verdes aparecieron flotando en el aire. Las bolas de luz comenzaron a moverse lentamente, acercándose entre ellas, y cuando estuvieron casi juntas, se separaron como si explotaran sincronizadas con la melodía. Para alguien que estuviera enfrente, el efecto tenía que ser espectacular. Entonces, nuestros puños empezaron a saltar y a cambiar de color al ritmo de la música, como si fueran luces de discoteca.

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Tal como habíamos ensayado, en el momento exacto en que la canción hizo un silencio, nosotros apagamos las manos y las volvimos a encender justo cuando se reanudaba. ¡Guau! Lo estábamos clavando. Realizamos unos cuantos efectos más y, en total oscuridad, nos acercamos a nuestros amigos preparando la traca final. De repente, coincidiendo con el último bum de la música, nuestras caras aparecieron a dos palmos de las suyas iluminadas desde abajo por la luz verdosa de las manos. Nuestros amigos pegaron un grito y cayeron hacia atrás del susto. ¡Habíamos triunfado! Dejando unos segundos para que se recuperaran, encendimos el farol. Después, tranquilamente, nos sentamos frente a ellos con las manos iluminadas para que las pudieran ver bien. Solo por ver sus caras de alucinados el esfuerzo había merecido la pena.

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Una invitación olvidada

—Pero ¿cómo es posible? ¿Son guantes de leds o algo así? —empezó a preguntar Sonia. —¡Os habéis pintado las manos con algo que reluce! —exclamó Raúl. —¡Ni leds ni pintura! ¡No hay truco! Solo son nuestras manos. ¡Podemos iluminarlas! —afirmó Óscar satisfecho mostrándolas frente a ellos. —Pero ¿cómo vais a iluminar las manos? ¿Se te va la olla o qué? —protestó Sonia—. ¿No será otra de tus bromitas? —Esta vez no —respondí yo tranquilo—. La reina cromatita nos lo dio a entender cuando nos habló en la cueva, pero no comprendimos a qué se refería hasta que lo descubrimos en casa hace unos días. No queríamos enseñároslo hasta no tenerlo controlado.

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—Ahora somos luciernépatas —dijo Óscar encendiendo las dos manos otra vez. —¿Luciernépatas? ¿Ya estás flipando? —preguntó Sonia. —Creo que quiere decir luciérnagas telépatas —expliqué yo. —¡Hombre! Luciérnagas no, porque a ellas se les ilumina el culo —apuntó Raúl— y a vosotros… ¡Espera! ¿Podéis iluminar cualquier parte del cuerpo?

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—¡Nooo! Solo las manos —respondió Óscar—. Si fuéramos capaces de encender el culo, sí que podríamos montar un buen espectáculo —añadió poniéndose las dos manos sobre el trasero y moviéndolo en círculos. —Bueno, si algún día nos quedamos atrapados en la pirámide de Keops y se nos apagan las linternas, podemos hacer de antorchas humanas. —Sí, las momias se iban a quedar flipadas al vernos pasar hacia la tumba del faraón —añadió Óscar haciendo de momia a nuestro alrededor. —Ahora que hablas de tumbas —apuntó Sonia—, el otro día leí en una revista de mi madre que en China hay una tumba de un emperador con más de dos mil años y que no se abre porque el Gobierno chino dice que todavía no cuenta con la tecnología necesaria para conservar los grandes tesoros que esperan encontrar dentro. Mientras Sonia hablaba, Flash saltó desde donde estaba y se quedó esperando frente a la entrada. ¿Habría oído que alguien venía? En ese momento, la puerta se abrió y una enorme sonrisa que siempre me dejaba tonto apareció por ella. Era Esmeralda Golden. Aunque no pertenecía a nuestra pandilla, habíamos compartido un par de aventuras con ella y nos llevábamos muy bien.

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—¡Hola, chicos! Ya sé que hay que llamar antes de subir, pero os estaba oyendo hablar desde abajo y no he podido resistirme. Creo que llego justo a tiempo —dijo sonriendo misteriosa—. Oye, ¿y por qué tenéis esto tan oscuro? —Estábamos probando un invento de Sonia —mentí. Aunque Esmeralda era nuestra amiga, no conocía nuestros poderes. —¿Por qué dices que llegas a tiempo? —le preguntó Óscar mientras la invitaba a entrar. —Me ha parecido que Sonia estaba hablando de la tumba del primer emperador de China, ¿verdad? ¿Vosotros os acordáis de que, cuando resolvisteis el misterio del dragón de jade, mi padre os invitó a un viaje para ver los guerreros de Xian? La verdad es que no nos habíamos tomado muy en serio aquella invitación y, como habían pasado muchas cosas desde entonces, se nos había olvidado. —¡Pues resulta que la tumba y los guerreros forman parte del mismo conjunto arqueológico! —explicó Esmeralda satisfecha—. Los famosos guerreros de terracota eran parte del ejército que guardaba el mausoleo del primer emperador. Excepto Sonia, que parecía que iba encajando las piezas, los demás pusimos cara de no enterarnos de nada.

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—Veréis —explicó Esmeralda con tono paciente—. Unos doscientos años antes de Cristo, un emperador chino conquistó todos los reinos del país y los unificó bajo su mandato. Este emperador se llamaba Qin Shi Huang y es al que los chinos conocen como primer emperador. En cuanto llegó al poder, Qin Shi Huang comenzó a construir un gigantesco mausoleo donde sería enterrado a su muerte. Este mausoleo nunca se ha excavado porque las autoridades chinas no han dado el permiso para hacerlo. —Vale, pero ¿qué tiene que ver eso con los guerreros? —preguntó Óscar. —Pues resulta que, en 1974, unos campesinos descubrieron unas esculturas de terracota que parecían soldados, en una zona que queda a un kilómetro y medio del mausoleo —continuó Esmeralda—. Cuando llegaron los arqueólogos para excavar, descubrieron que había todo un ejército de estos soldados. He leído que ya han desenterrado más de ocho mil. —¡Vamos, que la tumba de la que hablaba yo es el mausoleo del primer emperador de China! Y, además, está al ladito de los famosos guerreros, ¿no? —añadió Sonia buscando la confirmación de Esmeralda con la mirada.

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—¡Exactamente! —asintió Esmeralda—, y ahora viene lo mejor. Pero antes de que pudiera decir nada más, la voz de nuestra hermana pequeña se oyó desde el jardín. Al pie del árbol, Sara-Li daba saltos de alegría hablando atropelladamente, mientras mamá sonreía mirando la escena desde la puerta de casa.

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—¡Nos vamos a China! —La entendimos por fin—. ¡Nos vamos a ver los guerreros de Xian! Los cuatro nos volvimos hacia Esmeralda, que sonrió confirmando los gritos de nuestra hermana. —Eso es lo que venía a contaros —añadió—, pero veo que mi padre se ha adelantado. Entonces, comprendimos que la invitación de Ramiro Golden no había sido ninguna broma. ¡Nos íbamos a China!

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