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DiconĂ­a: Irme para ver.

Jordi GĂźell


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Cuanto más nos acercamos a la verdad, más retrocede ésta hacia el punto omega, y más se refuerza la obsesión por alcanzarla. Pero esta obsesión no hace más que hablar en favor de la eternidad de la seducción (...). L’autre par lui-même. Jean Baudrillard.

(...) la visión intelectual de Plotino admite una absorción del que contempla en la visión y en el todo o, más exactamente, una curiosa alternancia, en breves intervalos, de separaciones y uniones del espectador y de la visión (...). Les origines de l’esthétique médiévale. André Grabar.

(...) pero solamente con la autoridad propia de la evidencia de lo visible o, mejor aún, de lo invisto que se ha hecho visible. La croisée du visible. Jean-Luc Marion.

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A mi madre.

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El estado natural de la realidad es la invisibilidad. Después, a medida que la palabra acontece, elaboramos un contexto para una existencia nuestra. Y entonces podremos reconocernos, concedernos una narración, lo que se ha llamado un segundo nacimiento. Una alocución en primera persona, de un sujeto yo visualizado por nosotros mismos, visualizando lo externo, todo aquello que nuestra comprensión alcanza a dar visibilidad. A partir de ese alumbramiento, con la compresión podremos decirnos existir, visibles, emplazados afuera. Partimos de descomposiciones, que vamos acomodando en el recuerdo y que podríamos identificar como páginas de existencia, que van sucediéndose, que van emergiendo para consumar ese paisaje de emociones tangibles, de sucesos irresueltos. Pues hilvanar ese largo epitafio requiere resolver fragmentos, porciones que llamaremos realidades, pero que apenas son tan sólo presunciones de hechos quizá ocurridos, quizá históricos. Quizá tan sólo aparecidos en una memoria dispuesta a concertarlo todo convenientemente, para sí misma, lo más convenientemente. Pero concretemos que difícilmente podremos evaluar finalmente realidades. Sí podremos dar a ese mundo de apariencias texturas, olores, formas, credibilidad suficiente para otorgar estabilidad a todo lo aparecido. Visualizar apariencias será creíble, sí. Pero la realidad persistirá oculta, como un gérmen sumergido bajo esa membrana que vamos laminando con cada presunción, con cada verdad, con cada limitación. Como un gérmen capaz de estallar y barrerlo todo, engullirlo, vaciando esa llanura donde conversamos, retornándolo todo de nuevo a esa invisibilidad. Debemos advertirlo. Óleo sobre tela. 1990. Sanguina sobre papel. 1991.

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No tenemos ningún dominio sobre nuestra memoria. De todas las porciones de vida ocurrida destaquemos que hay gran número de acontecimientos, hechos, torneados por una incomprensibilidad envolvente que a pesar de todo existen, pero sólo una vez han fallecido sus límites, ya disueltos en la neblina del recuerdo. Como sujetos por la voluntad nuestra, descritos y detallados por la necesidad de su existencia, son creíbles, son reales, justo ya una vez forman parte del pasado. Estructurados por presunciones difusas. ¿Cuantos recuerdos hemos creado, y cuantos ocurrieron? ¿Cuándo un hecho, una persona, llega a poder ser nombrado, valorado, aprovado? Y a pesar de tanta improvabilidad persistimos, tozudamente apuntalamos resortes de palabras y más palabras que den confirmación a los recuerdos.

Sanguina sobre papel. 1993.

¿Qué hay de cierto, de inmutable, de imperecedero? Aunque la ciencia ha recorrido un largo trayecto, acotando de modo detallado la incertidumbre, la realidad puede aparecer hoy, como de costumbre irresoluble, irreconciliada con nosotros, tercamente incierta y misteriosa. Como si el tiempo y el espacio mostrara un aspecto evanescente. Senderos, trayectos que se diluyen, de inmediato. Que son reales mientras no toman cuerpo, pero sólo apariencias difusas cuando creemos hayar en ellos algo determinado. Finalmente ocurren sólo cuando ya son un recuerdo. ¿Cómo pudimos crearlos? Evasivos de lado a lado, surgidos de esa naturaleza transgresora, ocurren desde el interior de la marisma, lo incomprensible, jamás estables ni resueltos, hirviendo bajo esa amalgama insistente de palabras nuestras. Insistimos en nombrarlos, detallarlos. Se resisten en la zona oculta. Y después existen, sí, inevitablemente. El recuerdo los acoge con esmero, cuidadosamente. Adquieren una apariencia ordenada y aceptable. Existen a pesar de fecundarse en la absoluta enajenación, en una libertad impúdica. La vida es inocencia. Todo ocurre mediante una portentosa gratuidad. El juicio es un descaro inaceptable, de un pequeño individuo sobre un florecimiento. Y cuando ya es demasiado tarde para olvi9


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darlo, justo en el recuerdo existe, y ya tan sólo es mentira. Es difícil advertir la calidad de los recuerdos. Pero es preciosa esa pequeña porción embriagadora, ese destello de vida fácil y lúcida, ese descreimiento simple y desnudo de inocencia antes del recuerdo. También están ahí esas sendas de niebla que aparecen posibles. Con ese aspecto troceado nacidas del balbuceo, ese origen maquillado, ese destino finalmente, donde la Historia acaba por lanzar los hechos frágiles, desechables, los acontecimientos innecesarios que no deben recordarse ni debieron ocurrir fuera de su horror natural. Son desechos de la Historia. Pero la Historia, la biografía, hoy ya no existe. En algún instante la apariencia logró cubrir la realidad. Y un maquillaje espectral sustenta hoy una mascarada con veracidad, con intensidad. Y ya en el mundo de la apariencia y el carnaval todo puede ser real. Y se presenta complejo un modo para dar cobijo a lo invisible. ¿Cómo mirarle sin verle? ¿Cómo darle existencia sin tomarlo, sin maquillarlo? El alma astuta y prevenida, sutilmente dispuesta en el despertar, con su vagar natural sabe finalmente dejarse aconsejar por la experiencia, más precavida y paciente, y que reconoce en pensamientos y sentimientos sólo parajes transitorios, recaídas y naufragios en corrientes nerviosas de valor sólo inmediato. Y por lo tanto sabrá no dejarse convencer por el recuerdo. Y administrar con equilibrio y armonía su libertad en ese mundo de apariencias. Una armonía necesaria, sí, suficiente para convivir en la zona de las apariencias, del mundo visible. De la falsedad del mundo visible. Aceptar al mundo visible es imprescindible. Pero persistir zambullido en la invisibilidad, en ese despertar, esa maravilla, es un acontecimiento asombroso. Forzar siempre su armonía con las formas ya estables, y Sanguinas sobre papel. 1993.

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engendrar ese mestizaje entre las apariencias y la realidad, es una trasgresión llena de armonía y valor. Mezclando la ruta conocida y esa zona sangrante, oculta, el alma astuta logra adquirir una existencia intensa, amplia, más o menos plausible y por encima de todo predispuesta a la armonía y al amor. La irreverente zona oculta, ese mestizaje, esa penumbra. Pudiera simplemente parecerme a menudo un hogar mientras canturreo pensamientos, mientras despejo nieblas del alba con minúsculos zurcidos a lo invisible. De nada serviría creer que permanecerán hábiles por mucho tiempo. Las apariencias sólo son apariencias. Esa máscara se diluirá. Esa máscara no existe. Y mi inconformidad es irreverente, enérgica. Estoy advertido, sí. La madurez se aposentará quizá en mí cuando acceda a la prudencia y al decoro. Hoy mi juventud se expresa en esa incansable derrota, en esa imprudente ofensa. Pero es sólo el cantar, cantar la vida, un precioso tributo a la maravilla que advierto ante mi, que logro reconocer ante mi. La vida es a veces visible, otras retoma su apariencia horrorosa y deforme. Pero cantarle es el precioso sortilegio que hace del ser humano un bardo de penumbras, un poeta de atardeceres y naufragios, un revelador de las ciencias ocultas. Pensar como un jilguero. Un árbol, una nube, una casa. Una sombra, un espectro. Un jinete pasando. Advertir el paraje es un acontecimiento casi imposible, pero asombrosamente acontecido. Puesto que apenas están ahí y son dudosamente reconocibles. Pero logramos darles existencia. A criaturas y apariencias. Que finalmente creemos posibles. Aunque lo irreconocible, el informe, el regreso al infortunio de todos modos ocurrirá, en algún instante de mi vida. Sepia sobre papel. 1993.

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Sí, es cierto. Hay algo trágico en las memorias que no aceptan sus borrones, sus naufragios. Ese vagabundeo en las nieblas de la razón. Volver después, a lo visible, es inevitable, imprescindible. A mi pudiera parecerme simplemente un hogar aquella penumbra irresuelta. La inquietud, la búsqueda, la duda. ¡Qué placer ese nombre dado a cada espejismo! Esas palabras que nunca quedan terminadas. Ese instinto por responder es inevitable. Preciada inquietud. Y esa necesidad después de explicarme, de compartir. Con ella creamos el hechizo de la existencia. Y si no logramos compartir la existencia se diluye y enferma. Creemos existir pero no es verdad, es una certidumbre indemostrable. La verdad queda al margen de ese proceso, de los hechos. Sólo es un precioso mundo de palabras tejiendo humanamente. El bardo se manifiesta en el recuerdo, mientras creemos el recuerdo. Alcancé esa tierra de nadie, ese regreso al infierno, al invisible. Y quizá mejor haya sido pronto, pienso, aún en mis años de juventud y ternura, ese primer descenso a la forma horrible, al absoluto vaciado. Sí. Afortunado naufragio.

Carbón sobre papel. 100cmx65cm. 1994.

La marisma, la deformidad, es un vientre cómodo para aquellos que aceptan su presencia en la zona oculta e incomprensible. Allí náufragos pisan sendas irreconciliables. En el recuerdo ocurrirán después, cuando amaina la tormenta, sí. Y tomarán existencia una vez desvanecidas las sombras. Pero antes pueden ser cantadas, recitadas. El amor es imprescindible para regresar, para evitar la locura. Náufragos. Sus almas disueltas, turbias, trasgreden y eligen cantar las sombras. Despedazadas como están, reventadas sus barrigas, que otros respetan y adoran, bardotrasgresor es nombrado, odiado, temido. Bardo-trasgresor. Nadie será indultado por esa delincuencia. La condena es ejemplar, larga. Sólo quizá una vez muerto dejará de 12


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ser un peligro y será redimido. Hasta llegado ese instante es necesario esconderse. Las iras, ante la deformidad reaparecida, levantada por su voz hiriente, son inevitables y crudamente expuestas. Ese es el acontecimiento trágico del bardo-trasgresor. Ante la posibilidad de ver cuestionado el hechizo cotidiano, la reacción es airada, beligerante. La poesía puede sembrar pequeñas guerras cotidianas. La sociedad exhibe su poderío, su autoridad. Y surge evidente, incuestionable, la grave ofensa que puede suponer el despertar, ese vaciado impúdico. Esa pornografía de la ausencia. Pero esa carnicería es todo, es absoluta, y es eterna. Nada escapa a esa batalla sangrienta del vaciado. La vida no está dispuesta a mostrarnos nada más, nunca, nada con más detalle que esa mortandad de los pensamientos y de las verdades. La invisibilidad es cruda. Y esos fragmentos recordados, esa vida casi aparecida, casi vivida, es todo lo posible. La verdad, las certezas, son un tejido profiláctico, una envoltura que puede romperse, que inevitablemente se rompe. Y entonces la realidad fluye y embaraza con esa sustancia siempre trágica, dubitativa e imperfecta. El recuerdo construye existencias. Pero es sólo una apariencia todo. Hay quienes afortunados jamás consiguen distinguir ese desorden, ese fracaso, narrando sin dudar un continuo histórico sin mácula. Las apariencias pueden ocuparlo todo, y son creíbles. Preciosa inocencia, maravilloso perfume. Afortunados. La marisma será grave y ruda en su momento, pronto. Pero mientras no llegue ese instante el espejismo lo ocupa todo. El bardo-trasgresor empuja, despiadado, irreverente, hacia la mortandad de esas verdades artificiosas. Y a todo a quién alcance embaraza con el germen de la invisibilidad. ¿Por que? Él quiere existir, también desea existir. Y mientras se ofrece a la marisma existe. Es un vidente, atenazado por el horror que tiene frente de sí.

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Y el amor es inmenso, y el placer inexplicable. Amor a esa naturaleza breve, de ese tipo de sendas, ingrávidas, que pueden labrarse, semejantes a espíritus convalecientes y difusos. Y con esos vapores breves logramos tornear una explicación, quizá un pensamiento, un valiente intento nuestro de orquestar un pensamiento, de conjugar los recuerdos. La decisión última, de discriminar algunas de esas advertencias, algunas de esas presunciones de existencia sobre otras, depende únicamente, de modo frágil, delicado, de una ingenua emotividad, de una leve y precaria objetividad. La objetividad es improbable. Y reconocer esa incapacidad, la inoperancia nuestra de alcanzar la objetividad, provoca una dulce caída, una preciada venida de esa mística que tantas otras veces ha regresado, tercamente, a embarazar el espíritu de los tiempos, de nuestras vidas pequeñas e intermitentes. Nuestra opinión, esa visión, esas visiones nuestras de lo real, siempre estarán sujetas a las circunstancias, presas del regreso a la invisibilidad. El embarazo, quedar embarazados de ese trágico conocimiento, de la marisma, cuando la verdad ha fallecido, ocurre. Después la realidad filtra su perfumada crudeza entre ranuras nerviosas. Y la mística en ese instante es preciada, valiosa. El amor. Mediante la aceptación de ese venir a la realidad, siempre inacabado venir, de esa permanente recreación de la existencia nuestra con el lenguaje. Y de esa lucidez y armonía ante el inevitable fallecimiento del pensamiento. Todos podremos advertir ya ese tipo de palpitaciones de la conciencia, esos desvanecimientos de la objetividad sin el menor temor. Tras la muerte de algún ser querido, o quizá después de un cambio repentino, súbito, Óleo sobre tela. 116cmx81cm. 1994.

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debido previsiblemente a los divertimentos de la realidad. ¿Quién no ha podido sentir esa marisma, ese engendro inacabado, allí desconvocando todos los pensamientos? En ese instante la lucidez es extrema, desbordarte. Las apariencias se desvanecen y sólo queda, apenas, una llanura hirviendo, un magma crepuscular. Y regresados, a ese vientre tumultuoso, en algún instante advertimos que es una suerte, que ha sido una suerte lo ocurrido. Pues todo persiste inacabado aún, dispuesto para ser revisado. El segundo nacimiento. No fuimos capaces de advertirlo antes. Y esos senderos despedazados lo asfixian ya todo. Hay vidas enteras dedicadas a concluir un argumento, uno sólo, una respuesta, un pensamiento resolutivo. Finalmente, quienes viven entre senderos difusos, ilusorios, pueden contemplar una tierra insinuada, una loma difusa, una turbia laguna. Apenas un reflejo de aquello imposible de concluir. Entonces el vagar será suficiente, precioso, sí. Y un coqueteo con lo indefinido algo cariñoso, enamoradizo. Ya habrá tiempo para el regreso a lo visible. El amor se muestra. La mística. Una alquimia de la alteridad, de interrelación con todo. Una explosión que reacciones químicas, de neuroconexiones quizá. El lenguaje que usemos no tiene importancia. En ese justo instante, como único medio inevitablemente posible, como única determinación satisfactoria ante lo inexplicable, amar esa realidad, ese infortunio, esa imprecisión, es un hundimiento alegre, una corriente ágil. Tras esa devolución ocurre la reaparición del invisible. Precisamente esa porción era la sustancia sobrante, el desecho que nuestra alma desprecia, desdeña con naturalidad, puesto que ya no pertenece a nadie. Sanguina sobre papel. 100cmx65cm. 1994.

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Alma. No es sólo una palabra. En ella queda encerrado, como en toda otra palabra, un contenido que repele sus límites, que lucha por ensanchar ese espacio hasta zonas confusas, extrañas, lo que quizá pretendimos nombrar. Ese comportamiento en las palabras es, obviamente, más evidente aún cuando nos referimos al alma. Jamás la palabra alma se ha consumado. Jamás ha tenido término, ni forma. Hay una intuición, una premonición. Todos parece que sabemos de qué hablamos, para qué hablamos usando esa palabra. Pero con ella queda aún más evidente ese fracaso, ese naufragio nuestro intentando domesticar, subyugar, esa masa irreverente, tozudamente libre. La libertad pues, quizá se deba finalmente a ese enamoramiento, a esa disposición por tomar, sin más, el confuso y arbitrario devenir de lo acaecido, de los hechos, del afuera. Aceptando su aspecto horroroso sin complejos ni juicios. Desde el afuera viene la existencia. Reconocemos lo venido, de ese modo existimos. Creamos argumentos, ensueños elaborados para la consecución de la imposible verdad. Jamás será posible una existencia sin la participación del afuera, sin la venida de la deformidad, sin el tozudo y persistente fallecimiento de la objetividad. El nihilismo se disuelve.

Mayo de 2007.

Gran guerra. Óleo sobre tela. 146X114cm. 1994.

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Carb贸n, ceras y collage sobre papel. 65X50cm. 1996.

Carb贸n, ceras, collage y 贸leo sobre papel. 65X50cm. 1996.

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Ceras y 贸leo sobre tela. 41X33cm. 1998.

Ceras y 贸leo sobre tela. 41X27cm. 1998.

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Carb贸n y 贸leo sobre tela. 50X61cm. 2000.

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Carb贸n y 贸leo sobre tela. 54X65cm. 2000.

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Carb贸n y 贸leo sobre tela. 61X50cm. 2000.

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Ceras, grattage y óleo sobre tela. 55X46cm. 2000.

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Ceras y 贸leo sobre tela. 92X73cm. 2000.

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Ceras, esmalte, collage infográfico y óleo sobre tela. 92X73cm. 2000.

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Ceras, esmalte, collage infográfico y óleo sobre tela. 81X64cm. 2000.

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Ceras, esmalte, collage infográfico y óleo sobre tela. 130X100cm. 2000.

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Ceras, esmalte, grattage y óleo sobre papel. 350X250mm. 2000.

Ceras, esmalte, collage infográfico, grattage y óleo sobre tela. 300X250mm. 2000.

Ceras, esmalte, collage infográfico, grattage y óleo sobre tela. 180X180mm. 2000.

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Tierra, ceras, esmalte y óleo sobre tela. 81X65cm. 2000.

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Ante todo, creo que mi trabajo hasta ahora relata un camino hacia la pérdida de fe. Un nihilismo emprendido no a partir del sentido religioso, sino a partir de la comprensión de una realidad intercultural, que el panorama mundial ofrece, y que sin duda es del todo decepcionante. En mi trabajo del ’98-‘99 me despego poco a poco de la voluntad de contar nada en mis cuadros. La gestualidad toma especial relevancia. Llega a ser el único protagonista de la escena del lienzo. El expresionismo abstracto americano, Miró y la cultura zen, son referencias para mí en ese momento. De Kooning y su prespectiva vital me es propicio para comprenderme a mí mismo. “La pintura es una manera de vivir”, decía, para explicar de alguna manera esa sumisión al gesto, a la vida instantánea capaz de ocultarle del pesimismo. Esa misma gestualidad será para mi una liberación, un modo de abandono de cualquier pretensión, de hacerme entender o de entenderme. Principalmente no deseo entenderme. Busco lo casual hasta llegar a dejar que a menudo el cuadro se pinte por los accidentes del taller. El zen me permite vivir el sentido vital del gesto. El lienzo es en ese momento una consecuencia de la vida en el taller. Pelos, manchas, y superposición de capas al azar acaban pintando el cuadro. Miró por otro lado me acerca a lo onírico, a la infancia. Lleno mi estudio de dibujos de niños. Más tarde esos gestos absorben toda la tensión del lienzo. Se individualizan, se convierten en objetos, seres de un espacio onírico que muestran necesidades, voluntades, relaciones en29


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tre ellos. Siguen siendo ininteligibles para mi pero parecen tomar vida propia, hambre de conciencia propia. No les nombro, ni para mí sugieren un mensaje. No hay nada que decir. Están ahí y de alguna manera interactúan entre ellos, sin mi voluntad. Pinto con la mano izquierda, para no controlar el resultado. Todo debe pasar fuera de mi control. La primera mitad del 2000 sirve para concretar ese mundo. En la segunda mitad del año 2000, un día, mientras pretendía dar una pátina de envejecimiento al papel, de forma casual reconozco la forma central de un mundo concreto en el cual esos gestos se mueven, viven, interactúan. Hasta ahora todo el papel era el marco donde se desarroyaba la acción. Pero esa nueva forma le da un aspecto finito a ese universo. Limitar sus márgenes, y de alguna manera quitarle autoría, me permite creer aún más en la autonomía de esos gestos. Convertirlo en algo concreto, finito, y por lo tanto temporal, hace que todo parezca cierto. Ese paso es semejante a un zoom con la cámara. La escena se aleja y permite ver sus límites. Sus aspectos son varios. A veces simula la huella humana sobre una superficie real. Otras un fluido suspendido en una nada. Otras un objeto sin nombre, pero con necesidad de conciencia. No sabría interpretar con precisión qué motivación emocional me lleva a esa forma. Por un lado parecería la consecuencia de mi progresiva lejanía de mi propia cultura. 30


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Que a medida que sigo penetrando en su actualidad me parece más decepcionante. Pero hay también rebeldía contra el positivismo. Hay elementos que pretenden delatar un aabuso de la comprensión científica de la realidad. Y hay referencias al pensamiento único occidental que se apodera de toda manifestación cultural. Otras veces esa forma toma el aspecto de algo innombrable, indescifrable, semejante a la descripción bíblica de Dios. Paralelamente continúo profundizando en el taoísmo. Mi auto-conciencia se desvanece mientras más se aleja ese universo. Parece que en su forma se pudieran representar los abusos de la conciencia. Desde la idea de Dios hasta la secularización de toda expresión humana. Finalmente creo verme a mí mismo reflejado en esa forma. Defendiendo mi espacio interactuando con lo ajeno. La obsesión con esa forma llega a ser extrema. En ella creo verlo todo y nada. Como un Dios concreto pero incomprensible, y suspendido en un infinito. Creo que voy a alejarme de ello. Siento nuevamente necesidad de contar cosas. Febrero de 2001

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Resinas, tierra, acuarela y óleo sobre tela. 265X215mm. 2000.

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Resinas, tierra, collage infográfico, acuarela y óleo sobre tela. 268X210mm. 2000.

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Resinas, tierra, collage infográfico y óleo sobre tela. 81X65cm. 2000.

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Resinas, tierra, collage infográfico, acuarela y óleo sobre tela. 245X155mm. 2000.

Resinas, tierra, collage infográfico, acuarela y óleo sobre tela. 225X165mm. 2000.

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Resinas, tierra y óleo sobre tela. 55X46cm. 2001.

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Resinas, tierra, collage infográfico y óleo sobre tela. 162X130cm. 2001.

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Resinas, tierra, collage infográfico y óleo sobre tela. 24X95cm. 2001.

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Resinas, tierra, collage infográfico y óleo sobre tela. 162X130cm. 2001.

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Resinas, tierra, collage infográfico y óleo sobre tela. 146X97cm. 2001.

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Resinas, tierra y 贸leo sobre tela. 65X54cm. 2001.

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Resinas, tierra, collage infográfico y óleo sobre tela. 130X97cm. 2001.

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Destruir la imagen definitivamente. El valor iconoclasta de esa forma finalmente se devora a sí mismo. Rota esa distancia con la realidad creo que ya nada justifica rehuir el dialogo directo con la materia. ¡He ahí el ultra-realismo! La putrefacción. A la vez desenmascaro con mas precisión y detalle al concepto, a la idea, que tanto, demasiado, justifica. Quizá, sí, pero en la medida suficiente para entablar comunicación entre nosotros. El resto debe permanecer inalterable, fuera de nuestro alcance, real en sí mismo. Justo de ese modo alcanzo aquella ansiada escenificación de los límites, los márgenes donde crecer humanamente.

Ese cristal entre la imagen y yo, entre las ideas y yo, debió romperse en la medida que ya no garantizaba nada, por que finalmente el iconoclasta suprime cualquier ideario. Por lo tanto esas huellas de la concepción toman rostro terrenal.

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Una vez fragmentada y mutilada la figura me aventuro en aquello que hay más allá de la iconoclastia. Ese cuerpo central, anclado en un espacio más allá, y esos signos, plasmación del culto pagano en adoración a la imagen, al símbolo y a la metáfora, llevado al extremo de lo religioso. Pero una religión entorno al lenguaje mismo, y al hombre, que dista de separarse de sí mismo mediante otro ser, y alcanza la enajenación mediante la experiencia humana sublimada. 14 de agosto del 2002

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Resinas, tierra, collage infográfico y óleo sobre tela. 70cm O/ . 2002.

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Resinas, tierra, collage infográfico y óleo sobre tela. 46X38cm. 2002.

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Resinas, tierra y 贸leo sobre tela. 35X24cm. 2002.

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Tierra, cables eléctricos, precinto, alambre y lana. 29X19’5X20cm. 2002.

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Tierra, cables elĂŠctricos, precinto, alambre y lana. 15X15X14cm. 2002.

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Resinas, polvo de mármol, collage infográfico y óleo sobre tela. 81X60cm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol, limaduras de madera, collage infográfico y óleo sobre tela. 65X50cm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol, grattage, collage infográfico y óleo sobre tela. 130X89cm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol, grattage, collage infográfico y óleo sobre tela. 58X48cm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol, collage infográfico y óleo sobre tela. 116X89cm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol, collage infográfico y óleo sobre tela. 58X48cm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol, grattage, collage infográfico y óleo sobre tela. 162X130cm 2003.

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Resinas, polvo de mármol, grattage, collage infográfico y óleo sobre tela. 78X43cm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol, grattage, collage infográfico y óleo sobre tela. 146X114cm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol, collage infográfico y óleo sobre tela. 57X47cm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol, cenizas de volcán, grattage, collage infográfico y óleo sobre tela. 81X65cm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol, grattage, collage infográfico y óleo sobre tela. 81X65cm. 2003.

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Resinas, cenizas de volcán, grattage y collage infográfico sobre tela. 81X65cm. 2003.

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En el Arte, como oráculo, se manifiestan pasiones, motivos, misterios que embriagan y toman a individuo y ambiente, más allá del tiempo psicológico, más allá del sentido cartesiano del lenguaje. En el Arte el hombre ve, sin lugar a dudas, pero no con la mirada del pensamiento, ni con la estructura de la razón, ni con la linealidad de la historia. El hombre ve en el Arte, y aquello que ve es inexplicable. Por el mismo motivo que el lenguaje persiste con cierta constante indescriptible, con cierta constante inaprensible. El Arte se manifiesta, se invoca, y a tenor de ese conjuro se manifiesta en el medio, en el material, en el canal. La predisposición a ver el Arte debe pasar por cierta familiaridad, responsabilidad, con la emoción pura, con la alteridad. Y por lo tanto cualquier lucubración al margen de esa experiencia primera, de ese misticismo, en sí causa la deformidad del lenguaje. El Arte puede definirse, con toda comodidad, entre aquellos espacios que las supersticiones han conocido y utilizado. Otorgar un cierto sentido, una cierta veracidad, a la vida invisible, a las fenomenologías del trance, traspaso, es y ha sido siempre una postura prescindible, innecesaria para el artista. Es por ello que el actor, en esa invocación de la emoción pura, a manera de chamán, vive a caballo entre la individualidad, la colectividad y el espíritu. Una realidad podría llamarse trinitaria, que mediante el ritual permite llenar la memoria 65


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colectiva de sentido ulterior, espiritual. Así me es fácil hoy, tomando ya distancia suficiente, reconocer en esta obra una emoción que al tiempo me sorprende y aterroriza. No debo esconder mis más oscuras premoniciones en cuanto se refiere al presente más inmediato, pero quizá aquello que llena más mi atención es el placer, la tranquilidad, que reconozco en esas obras que representan la destrucción. Quizá el pulso del romanticismo se valúa entorno al patetismo que tan hondamente golpea al hombre en ciertos momentos de la historia. Quisiera situar esta obra entorno a ese impulso desequilibrado, de autores como Rimbaud, Baudelaire, Verlain, Marie Schelley, Lord Biron, entre otros. Que en todo momento he sentido presentes, y que tan bien profesaban el placer por la emoción pura. Así como también aquellos gravados, litografías, dibujos, de finales del S.XVIII inglés, que buscaban en las piedras perdidas, caídas, en las ruinas olvidadas, una emoción que hasta hoy queda irresuelta en el no-tiempo. No resolver la intención de la obra es una inquietud que permanece en mí desde los últimos cuatro años. Quizá esas piedras que a menudo reencontramos cercanas a nuestro camino, olvidadas en un pedazo de sendero a ninguna parte, pero sorpresivamente dispuestas por la intención de alguien, por breve que sea, de alguien que forma parte de otro época, quizá nos invoquen el no-tiempo. Quizá esta obra no sea otra cosa que la representación de cierta voluntad de lejanía con mi presente. Reconocer el mundo como olvidado estremece, y embriaga a la vez. La finitud del tiempo se enfrenta a la persistencia de las piedras, como empujándonos a reconocer cierta trascendencia de la vida. No podemos más que re66


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conocer la levedad de nuestro paso junto a ellas, y despedir nuestro presente con una inmediatez que mata. Finalmente, el reposo de las piedras en no-tiempo, viene dispuesto como otra mitad de un diablo furia, que anda suelto en la oscuridad del hombre. La penumbra se vuelca sobre el lienzo, dispuesta a disolver los límites de la luz. Y ahí está la muerte, la descomposición, la basura. Los restos apartados. Los desechos. Con los que también he necesitado trabajar, y que tan escrupulosamente he provocado almacenarse, en montónes de basura, polvo barrido, y usado para pintar en el estudio. 23 de julio de 2003

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Resinas, polvo de mármol y collage infográfico sobre papel. 380X340mm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol y collage infográfico sobre papel. 350X290mm. 2003.

Resinas, polvo de mármol y collage infográfico sobre papel. 360X340mm. 2003.

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Resinas, polvo de mármol y collage infográfico sobre papel. 410X360mm. 2003.

Resinas, polvo de mármol y collage infográfico sobre papel. 320X295mm. 2003.

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Imagen digital. 168,3MB. TIF. 2003.

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Imagen digital. 168MB. TIF. 2003.

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Imagen digital. 231,7MB. TIF. 2004.

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Imagen digital. 160,9MB. TIF. 2004.

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Imagen digital. 160,9MB. TIF. 2004.

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Imagen digital. 160,9MB. TIF. 2004.

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Imagen digital. 160,9MB. TIF. 2004.

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Óleo sobre tela. 162X130cm. 2005.

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Persisto con mi obsesión por sugerir el misterio. Y hoy, herir al blanco es una actitud, un punto de partida para la transformación, para un delirio poseído de color, de gesto, de expresión, de emociones sin pausa ni nombre. Se amontonan, se suprimen, se repiten. Sustituyo sin control ni intención los instantes, irrepetibles, instantes que van quedando ruinosos debajo, como sedimentos, de mi cuerpo, de mi brazo, capas de pintura, quizá casirecuerdos. No llegaron a ser, no tuvieron tiempo. Después de horas, días, por un instante mi cerebro reconoce un orden, una armonía desconocida, una sustancia que el alma dice suya, que se retuerce, en la superficie como una medusa multicolor, un organismo susurrando, llamando mi atención. Pidiéndome que le conceda esa huella, esa impresión de máquina capaz de arrancar sus colores de la planimetría, de su bidimensión irremediable. La máquina es hoy mi nuevo cielo, mi voz de las cavernas, la pausa de mi razón cuando contempla. Entonces, después de herir al blanco, detallo su otromundo. 8 de noviembre del 2005.

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Óleo sobre tela y collage infográfico. 130’5X97’5cm. 2005.

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Óleo sobre tela y collage infográfico. 146X97cm. 2005.

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Óleo sobre tela y collage infográfico. 81X65cm. 2005.

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Óleo sobre tela y collage infográfico. 162X130cm. 2005.

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Óleo sobre tela y collage infográfico. 162X130cm. 2005.

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Óleo sobre tela y collage infográfico. 61X46cm. 2005.

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Óleo sobre tela y collage infográfico. 130X81cm. 2006.

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Esos signos ya no me inquietan. Advierten la imposibilidad de comprender. Eso es todo. No hay concepto, porque no dejan nada por desnudar. No hay descubrimiento. La visibilidad es absoluta, no hay ocultación. El simulacro es profanado, hasta incluir lo invisible. Todo explícito. Incluída la imposibilidad por verlo todo. Y ese suprarrealismo despoja de autonomia al sujeto. Fuerza un regreso al erotismo, a la casi proximidad con lo real, permanentemente insatisfecha, explícitamente, sólo posible con la participación. No hay experiencia sin el desvanecer del observador. No es cartesiano, no hay distancia. No hay avistación posible sin la inclusión del sujeto. Y es simple, está todo presente, allí. Toda intención por comprender imposibilita el avistamiento. 10 abril de 2007

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Partimos de descomposiciones, que vamos acomodando en el recuerdo y que podríamos identificar como páginas de existencia, que van sucediéndose, que van emergiendo para consumar ese paisaje de emociones tangibles, de sucesos irresueltos. Pero hilvanar ese largo epitafio requiere resolver fragmentos, porciones que llamaremos realidades, pero que apenas son tan sólo presunciones de hechos quizá ocurridos, quizá históricos. Quizá tan sólo aparecidos en una memoria dispuesta a concertarlo todo convenientemente, para sí misma, lo más convenientemente. Concretemos que difícilmente podremos evaluar finalmente realidades. Sí podremos dar a ese mundo de apariencias texturas, olores, credibilidad suficiente para otorgar estabilidad a todo lo aparecido. Visualizar apariencias será creíble, sí. Pero la realidad persistirá oculta, como un gérmen sumergido, bajo esa membrana que vamos laminando con cada presunción, con cada verdad, con cada limitación. Como un gérmen capaz de estallar y barrerlo todo, engullirlo, vaciando esa llanura donde conversamos, retornándolo todo de nuevo a esa invisibilidad. Debemos advertirlo.

Jordi Güell.


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