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RESUMEN DE LA HISTORIA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN LA REAL AUDIENCIA DE QUITO

1. ESTABLECIMIENTO (1568-1604)

Mapa de Quito elaborado por Dionisio de Alcedo y Herrera, Presidente de la Real Audiencia de Quito, en 1734.

La señal más inequívoca de que una cultura ha influido con plenitud en una época histórica es, sin duda, el legado arquitectónico y el acervo literario que ella ha dejado a su paso. En efecto, las oscurecidas piedras labradas de nuestra ciudad pregonan el barroco de la cultura que acunara nuestro amanecer pre-republicano. (…)"Basta observar - escribe en su libro "Cultura de Quito Colonial" el erudito dominico P. José María Vargas -, la Antología de prosistas y poetas ecuatorianos para convencerse de que la Universidad de San Gregorio de los jesuitas fue hasta su clausura, el semillero del saber y la cultura para eclesiásticos, religiosos y civiles, que levantaran a Quito al nivel de Lima y Méjico, a quienes superó aquella en las Bellas Artes".

Atendiendo un requerimiento de Felipe II, el tercer General de la Orden, el valenciano Francisco de Borja, envió ocho jesuitas al Perú. Este contingente se estableció en Lima en la Cuaresma de 1568. Tras el colegio de Lima (1568), se fundaron los del Cuzco (1571) y La Paz (1572). Hacia 1580, la recientemente establecida Provincia del Perú contaba ya con 50 jesuitas que dominaban las lenguas aborígenes y podían irradiar el Evangelio entre ellos. Entre 1582-83 se llevó a cabo el  

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decisivo e influyente Concilio de Lima, convocado por Santo Toribio de Mogrovejo, “espejo de prelados” (Villoslada), y al que asistieron los Obispos del Cuzco, Chile, Tucumán, Paraguay, La Imperial, La Plata y Quito –es decir, buena parte de la América del Sur-. Con estos antecedentes, en julio de 1586 se establecieron los primeros cuatro jesuitas en territorio quiteño. Provenientes de Lima, eran los PP. Baltasar Piñas –quien había llegado a América cinco años atrás, encabezando una expedición de veinte misioneros de la Compañía-, Diego González, Juan de Hinojosa y el H. Juan de Santiago. Este pequeño grupo respondía así a las insistentes peticiones de los españoles y criollos de la Real Audiencia. Su primer hogar fue el Hospital general. Pronto corrió por toda la ciudad la noticia de su llegada y al saberla, la Real Audiencia fue al hospital a darles la bienvenida; lo mismo hicieron los dos Cabildos, la nobleza y otras muchas personas, todos con grandes demostraciones de afecto y cariño. Y este afecto y cariño de la ciudad entera de Quito a los Jesuitas, jamás se desmintió en tiempos posteriores hasta la injusta expulsión por Carlos III (Jouanen, José, Historia de la Compañía de Jesús en la Antigua Provincia de Quito).

A continuación, citamos el documento oficial de la Real Audiencia que dio la bienvenida a la Compañía de Jesús en su territorio: En la ciudad de San Francisco del Quito, veinte y ocho días del mes de julio de mil y quinientos y ochenta y seis años, los señores Presidente e Oidores del Audiencia y Chanchillería Real de Su Majestad dixeron que como es notorio agora de pocos dias a esta parte han venido a esta ciudad de la de los Reyes el Maestro Baltazar de Piñas y otros tres Padres de la Compañía del nombre de Jesús con licencia y orden del Provincial de la dicha orden para residir en esta tierra, y el señor Visorrey destos reinos por cartas escritas a esta Real Audiencia y a los Cabildos eclesiástico y seglar desta ciudad encarga mucho que los dichos Padres sean recibidos, acomodados y regalador por ser personas de muy buena vida y exemplo y que ellos como los demás de su Compañía han hecho mucho fruto y lo hacen en bien espiritual y predicación evangélica así a los naturales como españoles que en estas partes residen, los cuales dichos padres tomaron por posada el Hospital de la Caridad de esta ciudad en tanto que se les procuraba otro cómodo y porque al tiempo que esta Real Audiencia compró del Obispo deste Obispado el sitio y casa de Santa Bárbara de esta ciudad fue con intento de que en él poblasen los dichos Padres de la Compañía…

Habiendo recibido casa e iglesia en Santa Bárbara, los jesuitas inauguraron su Colegio San Luis en 1588; se entregaron con ahínco a los ministerios propios de la Compañía: educación, predicación, confesión, organización de cofradías, etc., tanto entre las élites como entre los pueblos indígenas. Las directrices de los Padres Generales –Aquaviva y Vitelleschi- eran claras: sólo eran idóneos para trabajar en el Nuevo Mundo aquellos que dominaran las lenguas autóctonas; en este caso, la lengua

 

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del Inga, es decir, el quichua. Uno de los primeros jesuitas en destacar por su incesante trabajo pastoral fue el P. Onofre Esteban, operario entre los tsáchilas (“colorados”) de la región occidental hacia 1592. Esteban continuó su actividad en 1600 evangelizando a los aborígenes del noroccidente del Pichincha y fundando las pequeñas poblaciones de Nono, Mindo, Nanegal, Gualea, Bolaniguas y Cicaniguas. En 1594, el Sr. Obispo inauguró un Seminario Conciliar junto al San Luis y confió a la Compañía su dirección. En 1604 se creó la Provincia del Nuevo Reino y Quito, que abarcaba las actuales repúblicas de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador, así como buena parte de la Amazonia y la Orinoquia. Hacia 1608, en esta extensa provincia y en el Perú trabajaban 376 jesuitas. En estas décadas de inicios del s. XVII comenzaron a arribar a los virreinatos españoles en América jesuitas alemanes e italianos, que se destacaron por su celo apostólico y su pericia en las artes y las ciencias. 2. JESUITAS EN LA COLONIA: CONSOLIDACIÓN (1604-1696). En 1620, habiendo establecido ya cátedras de Filosofía y Teología, el Colegio de Quito se amplió y se constituyó en Universidad Real y Pontificia de San Gregorio Magno. Siguieron fundaciones en Cuenca (1638), Popayán (1640) e Ibarra (1685). Dos apostolados serán los prioritarios para los jesuitas quiteños: educación y misiones. 2.1 Ministerio educativo. Ministerio esencial de la Provincia de Quito fue la enseñanza de la juventud. Como vimos, los jesuitas habían fundado centros de enseñanza en la capital (ColegioSeminario San Luis y Colegio Máximo, 1620), Cuenca, Popayán e Ibarra, a los que se añadieron posteriormente los colegios de Riobamba y Pasto (1689), Guayaquil (1705, Colegio de San Francisco Javier), Loja (1737), Buga (1742) y Panamá (1745). En Ambato, la Compañía tenía una residencia y escuela (1750). Jesuitas y dominicos obtuvieron facultad de conferir grados en algunos de sus centros. El 8 de agosto de 1621, el papa Gregorio XV amplió los privilegios otorgados a la Compañía por Pío IV y Gregorio XIII por medio de un breve que dio permiso para expedir “grados de bachiller, licenciado, maestro y doctor a todos los que hubieren estudiado cinco años en los Colegios formados por los presbíteros de la Compañía de Jesús, de las Islas Filipinas, de Chile, Tucumán, Río de la Plata, Nuevo Reino de

 

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Granada y de otras provincias…” Confirmado este privilegio pontificio por Felipe IV, se dieron prisa los jesuitas en aplicarlo en sus colegios del Nuevo Mundo y Filipinas. A mediados del siglo XVII se dieron en Quito –como en otras ciudades como Manila, Santiago y Santafé- lamentables y complejas disputas entre jesuitas y dominicos (Universidad de Santo Tomás de Aquino) en torno la preeminencia de los títulos impartidos. Hay que acotar que estas querellas judiciales fueron cosa corriente en la estratificada y barroca sociedad colonial. Al final, con intervención real, las dos Órdenes hermanas llegaron a un acuerdo y fue fastuosa y edificante para el pueblo quiteño la reconciliación pública. En adelante, Quito se pudo gloriar de tener dos notables establecimientos de educación superior que serían la admiración de los geodésicos franceses en el siglo siguiente. Los establecimientos jesuíticos –en los que regía la Ratio Studiorum o Plan de Estudios de 1599- eran gratuitos; para mantenerlos, la Provincia poseía una vasta red de haciendas. Acerca de la brillantez de los estudios fundamentados en la Ratio, aplicada fielmente por los jesuitas en sus instituciones de la Real Audiencia de Quito, citamos lo que dicen tres conocidos autores españoles: La Ratio Studiorum es considerada hoy como pensamiento universal de la Pedagogía, pues dio cumplidas respuestas a las variables más importantes de todo sistema educativo: principios, métodos, grados y sujeto de la educación. (J. Moreno, A., Poblador y D. Del Río, Historia de la Educación).

2.2 Ministerios espirituales y pastorales. En lo espiritual, los jesuitas de la capital animaban siete congregaciones o agrupaciones piadosas: de indígenas (muy numerosa, pues se estimaba al menos en 60.000 los aborígenes que vivían en los contornos de Quito a inicios del s. XVII), de sacerdotes, de afro-americanos (negros, según los términos de la época), de mestizos, de caballeros, de señoras y de estudiantes.

 

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Los jesuitas, como el pueblo de Quito todo, recibieron un inefable regalo de la Divina Providencia: dos de sus miembros pudieron acompañar el camino a la santidad de una jovencita quiteña nacida en 1618: Mariana de Jesús Paredes y Flores. En efecto, la insigne santa quiteña tuvo

como

directores

espirituales

a

miembros de la Compañía; el último de ellos fue el H. Hernando de la Cruz, panameño, pintor y hombre de consumada bondad y humildad. Por eso, esta virgen seglar

se

consideró

siempre

“hija

espiritual de la Compañía”. Cabe anotar que al pincel del H. de la Cruz se deben los célebres cuadros del Infierno y del Juicio Final que adornan la Iglesia de la Compañía. Marianita de Jesús, es el sentir de fe de los quiteños, ofreció su vida por la salvación de la ciudad -amenazada por desastres naturales- en 1645. Según las crónicas, un padre jesuita que predicaba en la Compañía dijo más o menos la siguiente plegaria: "Dios mío: yo te ofrezco mi vida para salvar a Quito de los terremotos"; al escuchar esto, Mariana se levantó y se dirigió con firmeza a los asistentes exclamando que la vida de aquel buen sacerdote era necesaria para salvar muchas almas, por tanto, ella ofrecía la suya para alejar la amenaza de una erupción del Pichincha. El pueblo quiteño no tardó en conocer la generosidad de la joven; su fama de santidad creció cuando se supo que efectivamente Marianita enfermó poco después, a la par que cesaron los temblores y se calmó el volcán. En la mentalidad religiosa imperante en la franciscana ciudad, la interpretación era obvia: Dios había aceptado el sacrificio de su paisana; por eso y por la flor de azucena que nació donde se había arrojado su sangre, los quiteños la llamaron con devoción la Azucena de Quito. Sus restos reposan bajo el altar principal del fastuoso templo barroco consagrado a san Ignacio de Loyola en el centro de Quito. La construcción de este templo – conocido ya desde entonces simplemente como La Compañía- fue lenta y se hizo con los sobrantes del producto de las haciendas de la Provincia, deducidos los gastos que

 

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implicaba el sostenimiento de los colegios, de la universidad y de las misiones del Marañón.

Copia realizada por Alejandro Salas en 1879 del cuadro del Infierno pintado por el H. Hernando de la Cruz en el 1620. Esta imagen se encuentra en la Iglesia de la Compañía de Jesús.

  2.3 Las “misiones entre infieles” No se podía concebir una Provincia de la Compañía de Jesús en el Nuevo Mundo sin las misiones entre infieles. A la de Quito se le encomendó el extenso territorio surcado por los ríos Pastaza, Napo y Ucayale, y más allá hacia el oriente. La misión comenzó en 1638, con los PP. Gaspar de Cugía y Lucas de la Cueva. Su base de operaciones fue el pueblo de Borja. Entre las naciones que entraron en contacto con los misioneros tenemos a los maynas, jeveros, cofanes, paeses, cocamas, etc. Entre los operarios hubo quiteños, españoles, italianos y alemanes. Algunos nombres ilustres: Rafael Ferrer y Enrique Richter (mártires), Francisco de Figueroa y Cristóbal de Acuña (cronistas), Juan Lorenzo Lucero (superior y gran organizador), Samuel Fritz y Juan Magnin (superiores y cartógrafos). A partir de 1602, el P. Ferrer (español) predicó el Evangelio entre varias naciones amazónicas: huamaguas, ambigaguas, coronados y cofanes. Fundó el poblado de San Pedro de los Cofanes en junio de 1603. Un año después logró reunir 6.500 aborígenes en los pueblos de Santa María y Santa Cruz. Fue el primer jesuita que  

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siguiendo el curso del Aguarico y Napo llegó al Marañón en 1605. Entre los cofanes alcanzó la palma del martirio en 1610, por lo que se le considera el protomártir del Marañón, junto con el P. Francisco de Figueroa. Cuando se fundó el Colegio de Cuenca –después de resistencia inicial del cabildo y un sector de la población, debido a prejuicios levantados en torno a la Compañía-, se constituyó en la puerta de entrada de la gran misión del Marañón, inaugurada en 1638 por los padres Gaspar Cugía y Lucas de la Cueva. Estos intrépidos misioneros cruzaron Loja, Jaén de Baracamoros y Santiago de las Montañas, ya en las riberas del Marañón. En 1642, De la Cueva remontó las aguas del Pastaza, como años antes lo hiciera por el río Santiago y Paute en busca de camino expedito para Cuenca. La nación de los jeveros fue la primera en recibir la buena noticia de boca de este misionero, a quien además le correspondió el honor de haber fundado la primera escuela del Oriente, en Borja. Por otra parte, los mainas fueron los primeros en recibir la predicación del P. Gaspar Cugía, quien fue nombrado Rector del Colegio de Cuenca en 1653. Para aquel entonces, había fundado trece poblaciones a orillas del Marañón y del Huallaga, con un total de 70.000 habitantes. Otro santo varón que destacó en los primeros tiempos fue el P. Raimundo de Santa Cruz. En el Catálogo de 1686 que da la "Razón y noticia de las reducciones y pueblos que ha fundado y tiene la Compañía de Jesús en la misión del Gran río Marañón desde el 30 de mayo de 1638 hasta el presente de 1686", sabemos que después de la muerte del P. Lucas de la Cueva existían todavía en las riberas del Amazonas quince reducciones antiguas y seis que estaban formándose y tenemos noticia que en 1644 el Provincial de Quito envía como Visitador del Marañón al P. Andrés de Artieda, que en compañía del P. Acuña y el Capitán Tejeira surcó el Gran Río hasta llegar al Gran Pará, desde donde la expedición se encaminó a España. Este célebre viaje dejó bien asentado el origen quiteño de las rutas fluviales amazónicas. En suma, esta empresa misionera fue sumamente difícil, pues –a diferencia de los guaraníes- las naciones amazónicas se encontraban en un estadio de su evolución social que les hacía preferir la vida nómada y libre, antes que concentrarse en pueblos y reducciones, método que facilitaba el trabajo de los misioneros. Las misiones del Marañón, “tan gloriosas y fecundas en frutos espirituales” (Jouanen), fueron -como ha

 

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señalado más de un historiador- la única presencia efectiva de la Corona española y de su Audiencia de Quito en buena parte de la vasta cuenca del Marañón-Amazonas.

 

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3. JESUITAS EN LA COLONIA: LA PROVINCIA DE QUITO (1696-1767). 3.1 La Provincia de Quito en contexto.

En 1696, el P. General Tirso González erigió la Provincia Quitense (140 miembros), separándola de la Provincia del Nuevo Reino de Granada. Para esta división fue determinante el informe del Visitador Diego F. Altamirano. La Provincia del Nuevo Reino mantuvo las casas al norte de Popayán, Santafé de Bogotá, los llanos del Orinoco, la costa Caribe –con Cartagena de Indias, donde se santificó el ínclito “esclavo de los esclavos” Pedro Claver-, los territorios de la actual Venezuela y la isla La Española. Por su parte, la provincia erigida por el P. González incluyó no sólo el territorio de la actual República del Ecuador, sino también Panamá, el actual sur de Colombia y buena parte de la Amazonía, con casas y colegios en Panamá, Popayán, Pasto, Ibarra, Quito, Latacunga, Riobamba y Cuenca, así como las misiones de los Mainas y el Chocó. Cabe acotar que las otras provincias hispanoamericanas fueron, de norte a sur: •

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México, que abarcaba también las misiones jesuitas en territorio de los actuales Estados Unidos y las casas de Cuba y Centroamérica; Filipinas se separó a inicios del s. XVIII; Perú, la provincia “madre” de la que surgieron las demás sudamericanas, incluía colegios y residencias en Lima, Cuzco, Huamanga, El Callao, La Paz, Potosí, Oruro, Pisco, Trujillo… Chile, viceprovincia fundada en 1624, subordinada al Perú, cuyo colegio más importante fue el de Santiago; y Paraguay, que tanto dará que hablar, abarcaba mucho más que la actual República del mismo nombre, con territorios que ahora pertenecen a Brasil, Argentina y Uruguay (riberas de los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay).

Para ubicar en contexto el significado de estas provincias hispanoamericanas, debemos decir mostrar algunas cifras, referentes al progreso de la Orden en su conjunto: •  

1679: 17.655 jesuitas, que dirigían 578 colegios y 88 seminarios. 9  


1710: 19.998 jesuitas; 612 colegios y 157 seminarios. Además: 340 residencias, 200 puestos de misión, 59 noviciados y 24 casas profesas en 37 provincias y una viceprovincia.

1749: 22.589 jesuitas, 669 colegios, 176 seminarios, 335 residencias, 273 puestos de misión, 61 noviciados y 24 casas profesas en 39 provincias (fuente: García Villoslada, Manual de Historia de la Compañía de Jesús, p. 397).

La Provincia de Quito pertenecía a la Asistencia de España; ya mencionamos cuáles eran las provincias americanas; las peninsulares eran (1749) Andalucía, Aragón, Castilla y Toledo. Las otras asistencias de la Orden eran Italia, Francia, Portugal, Alemania y, más tarde, Polonia. Las asistencias española y portuguesa estaban, en virtud del patronato regio, bajo el amparo de sus respectivos monarcas. 3.2 Evolución de la Provincia. Ministerio Educativo. Echemos ahora un vistazo a la evolución numérica de la Provincia de Quito: •

1711: 169 miembros.

1752: 239 miembros.

1767: 261, entre españoles, criollos, alemanes e italianos.

El Colegio de Quito era con mucho, desde tiempos de la antigua provincia, la institución más rica en lo que a haciendas se refiere (recordemos que las haciendas sostenían económicamente los colegios jesuíticos, que eran gratuitos). Estas temporalidades, eficientemente administradas por los padres procuradores y los hermanos hacenderos, dieron tales réditos que permitieron financiar -s. XVIII- la continuación de los trabajos de la Iglesia de la Compañía. Un importante sector del complejo hacendatario de la Provincia estaba ubicado en el Valle del Chota (Imbabura), y se dedicaba al cultivo de la caña de azúcar. Para contrarrestar la aridez del terreno, los ingeniosos hermanos jesuitas construyeron un asombroso sistema de riego, que permitió que la productividad fuera altísima. Prácticamente, los jesuitas monopolizaron la producción de caña de azúcar en la Real Audiencia. No ocultamos que el trabajo en las haciendas exigió la compra de esclavos africanos (hecho controversial ante los ojos contemporáneos, pero aceptable según la mentalidad y leyes de la época).

 

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Con aquellas rentas se pudieron financiar las obras para concluir la magnífica fachada de piedra volcánica del templo de la Compañía, obra maestra absoluta del barroco americano, terminada en 1766… ¡un año antes de la expulsión! Aún hoy se lee en la piedra, en la parte superior central, el texto Divo Parenti Ignatio sacrum: “consagrada al querido Padre Ignacio”. Los artífices de esta perla de la ciudad de Quito fueron los hermanos Gandolfi y Vinterer, como también decenas de talladores y obreros indígenas y mestizos. A decir de Juan de Velasco (Historia del Reino de Quito), la iglesia del Colegio de Ibarra también tenía su encanto.

La

Provincia

continuó

su

expansión,

apremiada por solicitudes de las autoridades civiles y religiosas: en Guayaquil se fundó (1705) el Colegio de San Francisco Javier); Loja tuvo su colegio en 1737, Buga en 1742 y Panamá en 1745. En Ambato, la Compañía estableció residencia y escuela en 1750. El Noviciado funcionó en Latacunga desde 1674 hasta el terrible terremoto de 1757 que destruyó la ciudad, por lo que los novicios pasaron a Quito y ocuparon las Casa de Ejercicios Espirituales situada en las faldas del Panecillo.

Acerca de la disciplina religiosa, si bien es verdad que hubo turbaciones en el Colegio de Quito entre 1670 y 1690, recobraría todo su esplendor. Eso le permitió adquirir a la Compañía en la Audiencia un capital más preciado que sus colegios y haciendas: el sincero aprecio del pueblo creyente. Varios autores han señalado que, en medio de ciertos escándalos que sacudieron a las Órdenes coloniales, los jesuitas se habían mantenido incólumes en su disciplina y buen gobierno. Entre los autores que reconocen la impecable vida religiosa y la supremacía de los estudios jesuíticos en la Provincia de Quito mencionamos a John Phelan, El Reino de Quito en el siglo XVII (Quito: Banco Central del Ecuador, 2005), Jorge Villalba en Historia de la Iglesia en

 

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Hispanoamérica y Filipinas, vol. II (Madrid: BAC, 1992), Federico González Suárez en el controversial vol. IV de su Historia General de la República del Ecuador. Desde 1620, la Universidad de San Gregorio –dotada de una vasta y actualizada biblioteca-, había adquirido un merecido prestigio como una de las más solidas universidades americanas. En este notable centro del saber donde enseñaron profesores jesuitas de la talla del español Juan de Hospital, del cuencano Nicolás Crespo, del riobambeño Jacinto Serrano y del dauleño Juan Bautista Aguirre, orador sagrado, profesor de Física y Filosofía y ampliamente reconocido como el más grande poeta de nuestra Colonia. Es célebre y controversial su Breve descripción de las ciudades de Guayaquil y Quito. Todo guayaquileño que se respete debería saber aquellos memorables versos:

Guayaquil, ciudad hermosa, de la América guirnalda, de tierra bella esmeralda y del mar perla preciosa, cuya costa poderosa abriga tesoro tanto, que con suavísimo encanto entre nácares divisa congelado en gracia y risa cuanto el alba vierte en llanto

Otras obras del gran Aguirre fueron una Física para sus clases universitarias, sermones y poesías como la Carta a Lizardo, sonetos, A una dama imaginaria y Canción Heroica, entre otros fragmentos que se han rescatado. Más adelante hablaremos del riobambeño Juan de Velasco; en este apartado destacamos que los estudios alcanzaron alto nivel no sólo en la Universidad San Gregorio, sino en el Colegio San Luis y en el Máximo. El P. Luis Micó Buchón ha demostrado cómo los libros de vanguardia editados en Europa durante la Ilustración tardaron en llegar a los claustros del San Gregorio apenas el tiempo que les tomaba  

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cruzar el Atlántico. Por tanto, parece claro que a más de 150 años de su establecimiento en estas tierras, la Compañía de Jesús había alcanzado un estado de madurez que explica el surgimiento de catedráticos extraordinarios que tomaron la pluma para producir textos espirituales, teológicos, filosóficos, científicos y literarios. Sintetizamos con dos textos el impacto de la pedagogía jesuítica en los siglos XVI – XVIII; el primero hace referencia a la “enorme máquina pedagógica” que significaron los centros jesuíticos, la mayor red de enseñanza que había conocido la Historia: Si la pedagogía de los jesuitas responde a un ideal, ese ideal fue concebido por unas inteligencias extraordinariamente realistas y de acuerdo a las necesidades de una época determinada. Como todo valor positivo supo definir indudablemente un tipo capaz de adaptarse, con los retoques necesarios, fuera del campo de aplicación en que fue erigida su estructura. (…) La perfecta adaptación de los jesuitas a la época que se extiende de 1600 a 1750 ha sido reconocida incluso por unos adversarios que reclaman la aparición de un espíritu nuevo. El gran mérito de Ignacio y de sus compañeros consiste en haber capturado esa fuerza considerable y sin aplicación (la del Humanismo) y en haber sacado de ella, con la ayuda de una enorme máquina pedagógica, dos siglos de educación clásica para el mayor bien de la cultura europea. (P. Mesnard, “La Pedagogía de los Jesuitas” en Los grandes pedagogos, 1956).

El segundo se refiere a la pasión con que miles de jesuitas desempeñaron el apostolado de la enseñanza durante la Edad Moderna, en el espíritu de los Ejercicios Espirituales, de la parte IV de las Constituciones y de la Ratio: Los jesuitas de los siglos XVI y XVII eran educadores apasionados. Se entregaban a su vocación con una fe ardiente. Y creían también en la importancia capital de la misión que la Iglesia les había confiado. Porque al que quiere forjar caracteres cristianos la llama le es necesaria. ¿Son hoy menos urgentes las razones de gastar las fuerzas con entusiasmo en la educación de la juventud como lo fueron ayer? (F. Charmot, S.J., Prefacio a La Pedagogía de los Jesuitas, 1942). 3.3 Las misiones del Marañón.

 

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Mapa “El Gran Rio Marañón o Amazonas con la Misión de la Compañía de Jesús”, elaborado por el P. Samuel Fritz 1707, Quito.

A decir de Jouanen y Villoslada, la obra principal de la Provincia de Quito no fue la educación, sino la “gloriosa misión” del Marañón, también llamada de Maynas. Ya en 1653, Raimundo de Santa Cruz descendió por la corriente del Huallaga hasta penetrar en el Marañón-Amazonas y llegar hasta el Napo. En Quito se le sumaron tres compañeros, con quienes volvió a misionar, recorriendo centenares de leguas y atravesando tierras pobladas por numerosas naciones. En uno de los afluentes del Gran Río sucumbió finalmente el P. Santa Cruz en 1662. Cuatro años después, otros grandes misioneros, Francisco de Figueroa y Pedro Suárez, murieron a manos de los autóctonos. Los misioneros de Maynas, en medio de sus correrías apostólicas, llegaron a conocer profundamente el medio amazónico. Meticulosos y emprendedores como eran, hicieron variados mapas de aquella parte de la viña del Señor entregada a sus desvelos. El cartógrafo más célebre, como veremos, fue Samuel Fritz; hubo otros, como el mismo Velasco y Francisco Javier Veigl. A idéntica tarea cartográfica, descriptiva e histórica se entregaron sus hermanos de las otras provincias americanas. Entre los operarios ilustres mencionamos a Lucas de la Cueva, Superior de la misión, y a su sucesor, Juan Lorenzo Lucero, fundador de Santiago de la Laguna y gran  

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organizador. Más recordado por su habilidad cartográfica fue Samuel Fritz, natural de Bohemia (hoy, República Checa), “infatigable explorador, diestro en las artes mecánicas, buen pintor, buen matemático, arquitecto y escultor” (Villoslada), que delineó el mapa de la Misión, “dedicado a la Católica y Real Magestad de Don Felipe V” y conservado en la Biblioteca Ecuatoriana “Aurelio Espinosa Pólit”. Fritz conocía sobradamente aquellas comarcas, pues fue misionero continuo en ellas por espacio de cuarenta años. Se opuso apasionadamente a las incursiones portuguesas por el territorio de su querida misión. El Memorial que presentó al Virrey del Perú comienza con el siguiente tenor: "Yo, por el derecho que adquirió de tantos años la Compañía de Jesús en la conquista de los gentiles deste rio de Amazonas, fui enviado el año de mil seiscientos ochenta y seis, por orden de mis superiores de Quito, a la provincia de los Omaguas a doctrinar y reducirlos a la fe católica..." Citamos al historiador español Ricardo García Villoslada, S.J.: Con un amor a nuestra patria que en un español hubiera parecido apasionado, defendió con tesón increíble, contra los portugueses del Brasil, los derechos de Castilla a mucha sregiones por él evangelizadas; viajó, discutió, redactó informes… y, de haberse logrado sus razonadas pretensiones, la actual república del Ecuador extendería sus confines mucho más hacia el Oriente. Desde el Napo hasta la desembocadura del río Negro, en una extensión de 2.500 kilómetros, evangelizó a 40.000 omainas el intrépido Padre Fritz, cuyo celo y entusiasmo se redoblaron al ser nombrado en 1704 Superior de la misión.

Como vemos, se hace referencia aquí a un tópico muy repetido por una corriente de la Historia ecuatoriana: los misioneros jesuitas y franciscanos fueron los adalides de la integridad territorial de la Real Audiencia de Quito (desde 1830: República del Ecuador). Otros misioneros abnegados e inagotables fueron Enrique Richter (+1695), Francisco Real (+1745) y José Casado (+1754). La expulsión de los misioneros jesuitas por Carlos III significará el abandono y pérdida definitiva de aquella vasta región.

 

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4.

EXPULSIÓN

Y

SUPRESIÓN:

1767-1773.

DESTRUCCIÓN

DE

LA

PROVINCIA DE QUITO. 4.1 Confrontación con la Era de la Razón. El trabajo de la Compañía en la Real Audiencia de Quito era fructífero; sumamente apreciados eran los padres y hermanos por la católica población. Las misiones del Marañón eran difíciles y motivo de constante preocupación para los Provinciales de turno. No faltaban jóvenes quiteños deseosos de entregarse con ahínco a la extensión de la fe, ni refuerzos desde la lejana Europa, aunque siempre la Provincia tuvo apremios de personal cualificado para desplegar su inmensa actividad: profesores, predicadores, directores espirituales, misioneros que dominasen las lenguas indígenas… Sin embargo, en el mismo Viejo Continente se fraguaban, desde inicios del s. XVIII, fuerzas muy poderosas y hostiles que terminarían destruyendo el esfuerzo de dos siglos. Y es que durante el Siglo de las Luces, la Compañía se encontró bajo el fuego de diversas fuerzas hostiles: los filósofos ilustrados (Voltaire, Montesquieu, Diderot), los jansenistas (partidarios de una herejía nacida en el s. XVI y que se había enfrentado durante más de un siglo a los teólogos morales de la Compañía), la masonería, las Cortes borbónicas... Como bien lo sabía Voltaire, era necesario destruir primero a la Compañía, como paso previo para aniquilar a la “Infame”: la Santa Iglesia Romana. Y no importaba lo prósperas que fueran las provincias americanas: su suerte dependía de los eventos en la metrópoli. Portugal fue el primer país en perseguir a la Orden Ignaciana, pues la burocracia de la monarquía la acusaba de haber creado una República autónoma en el Paraguay. El influyente ministro José de Carvalho deseaba para Portugal y su Iglesia una mayor libertad de acción respecto a Roma y convenció al Rey José I de que los jesuitas eran una amenaza a su poder. En 1759, por disposición real 1900 jesuitas fueron arrancados de los   dominios de Portugal. La tormenta pasó a Francia, donde la Compañía de Jesús -3000 miembros- fue disuelta por el Parlamento de París en noviembre de 1763. Papa Clemente XIV  

 

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En estos conflictos, el Papa Clemente XIV mostró su férrea resolución de defender a la Compañía. Desde 1759 el Prepósito General era el florentino Lorenzo Ricci, quien recibió del Pontífice este sencillo programa: “silencio, paciencia y oración”.

Prepósito General Lorenzo Ricci

4.2 Expulsión de España e Hispanoamérica.

El Rey de España, Carlos III de Borbón, tenía muchos asesores italianos; el monarca creció en un ambiente de pugna con el poder temporal del papado. Con motivo del Tratado de Límites con Portugal (13 de enero de 1750), España entregó siete pueblos guaraníes ubicados en la zona de las reducciones jesuitas. Se produjo una sublevación de los guaraníes; pese a que el Gobernador exoneró de culpa a los jesuitas, en 1757 el terrible Ministro Carvalho publicó una Breve relación sobre la república  

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fundada por los jesuitas en los dominios españoles y portugueses y sobre su guerra contra los ejércitos de las dos coronas, rotunda acusación contra la injerencia de la Compañía en los asuntos políticos. Después de la disolución de la Compañía en Francia, la burocracia absolutista del Reino de España preparó minuciosamente análoga medida. El motín de Esquilache del pueblo madrileño convenció al Rey –manipulado por algunos de sus más cercanosde que los jesuitas estaban en su contra. En efecto, los motines no se circunscribieron a Madrid –también en Zaragoza fueron significativos-; la extensión y simultaneidad de la protesta popular, dirigida contra los asesores extranjeros, hicieron pensar en un plan dirigido por agentes en la sombra. El Conde de Aranda, miembro de la facción anti jesuítica, formó un Consejo extraordinario reservado y secreto que atribuyó el motín a un “un cuerpo religioso”. Pasar de la acusación a un “cuerpo religioso” a acusar directamente a la Compañía de Jesús fue fácil. El 2 de abril de 1767, Carlos III expulsa a más de 5500 jesuitas de sus vastos dominios (la Pragmática Sanción): Estimulado de gravísimas causas, relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi Real ánimo; usando de la suprema autoridad económica que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto de mi Corona: he venido en mandar que se extrañen de todos mis dominios de España e Indias, Islas Filipinas y demás adyacentes, a los Religiosos de la Compañía; y que se ocupen todas las Temporalidades de la Compañía en mis Dominios .

Es el fin de la labor educativa, científica, espiritual y misionera de la Provincia de Quito. El Presidente de la Audiencia, José Diguja, muy a su pesar ordena -noche del 19 al 20 de agosto- la salida de los 269 miembros de la Provincia, vía Guayaquil y Panamá. Grande fue la tristeza del pueblo, que veía partir a sus educadores más sabios, a sus pastores más abnegados, a sus misioneros más heroicos. El P. Villalba anota: “Fue tan grande el aprecio y estima que todos los pueblos de la América española cobraron a la Compañía de Jesús en el siglo XVIII, y podemos añadir en especial en el territorio de la actual República del Ecuador, que… sintieron y lloraron amargamente su extrañamiento.” Los bienes de la Compañía (casas, colegios, bibliotecas, iglesias, haciendas, finanzas) fueron expropiados por la Corona y administrados por una Junta de Temporalidades, que las vendió paulatinamente a particulares. Los miles de volúmenes

 

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de la U. San Gregorio y del Colegio Máximo serán custodiadas por un eficiente bibliotecario: Eugenio Espejo.

JESUITAS EXPULSADOS DE AMÉRICA, 1767 VIRREINATO DE NUEVA ESPAÑA MÉXICO

669 jesuitas

FILIPINAS

148

VIRREINATO DEL PERÚ PERÚ

463

CHILE 332 VIRREINATO DE NUEVA GRANADA SANTA FE

265

QUITO

269

VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA PARAGUAY

457

TOTAL

2.603  padres,  hermanos  y   escolares

Tanto en la península, como en América y Filipinas, los hijos de San Ignacio fueron embarcados, en medio de inauditas penalidades, rumbo a los Estados Pontificios. El P. Provincial murió en Cartagena de Indias, como tantos otros que sucumbirán a tan largo viaje. El Papa protestó ante el Rey y se resistió a acogerlos en sus Estados, pero cedió al fin ante la crisis humanitaria de los expulsos, hacinados en Córcega por millares. Los jesuitas quiteños –entre ellos, Velasco y Aguirre- hallaron refugio en Ravena, Rimini y Faenza, al norte de los Estados Pontificios (Emilia-Romagna). Como el Rey de España proclamó que no toleraría que las Provincias jesuíticas siguieran denominándose según los reinos de los que habían sido desterrados, los religiosos quiteños que se establecieron en las ciudades citadas se rebautizaron como “Provincia de Santa Ana y San Joaquín”.

 

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4.3 Dominus ac Redemptor. Clemente XIII murió en febrero de 1769. En el cónclave de ese mismo año, el tema jesuítico decidió la elección del franciscano Lorenzo Ganganelli, Clemente XIV, quien trató de ganar tiempo, acosado por los embajadores de los Borbones y por sus escrúpulos. El P. General Ricci, instó repetidamente a la Orden a intensa oración, pues se avecinaba el desenlace fatídico. El Papa cede, al fin, y firma el breve supresorio, Dominus ac Redemptor (16 ago. 1773). “Unos doce mil sacerdotes quedaban reducidos a la inacción, el mundo infiel perdía más de tres mil misioneros y la sociedad cristiana más de 800 instituciones de enseñanza” (Villoslada). Ricci y sus Asistentes son apresados, sin juicio alguno. El P. Velasco narra en la Historia Moderna del Reino de Quito y Crónica de la Provincia de la Compañía de Jesús en el mismo Reino la desolación que significó aquel día aciago para los jesuitas americanos que vivían penosamente en Faenza. La mortificación fue mayúscula al escuchar que los franciscanos tocaron a repique las campanas de sus iglesias para celebrar el breve de Clemente XIV, su correligionario. En las regiones donde aún permanecían (Alemania, Inglaterra y sus dominios, Europa Oriental, China) los jesuitas acataron el breve. Pero Federico II de Prusia y Catalina II de Rusia prohibieron su promulgación. En suma, “la supresión no se basó en ningún motivo religioso; fue un acto político, cuya causa principal estaba en el conflicto creciente entre los absolutismos nacionales y el poder papal, del que la Compañía de Jesús aparecía como símbolo e instrumento” (Dicc. Hist. S.J).

 

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4.4 Los jesuitas del extrañamiento. Aunque desterradas, las Provincias jesuíticas se mantuvieron cohesionadas y organizadas durante el largo viaje y el exilio en los Estados Pontificios. Privadas de admitir novicios, era inevitable su agonía. La Supresión rompió los lazos entre aquellos religiosos; pero se produjo un fenómeno: en parte por el ocio forzoso al que se vieron sometidos hombres acostumbrados a la acción intelectual o misionera, bien para justificar la pensión que recibían de la Corona o, simplemente, por añoranza de su tierra, se entregaron a un fecundo trabajo intelectual, De su pluma salieron poemarios (Juan Bautista Aguirre, Ramón Viescas, Ambrosio Larrea), memorias (Manuel Uriarte: Diario de un misionero de Mainas), crónicas (José Chantre y Herrera: Historia de las misiones de la Compañía de Jesús en el Marañón), Geografías (Mario Cicala: Descripción Histórico-Topográfica de la Provincia de Quito), Historias (Juan de Velasco: Historia del Reino de Quito)… “Es imposible recorrer la lista de los expulsos de 1767, y no quedar sobrecogidos por el pensamiento de lo que hubieran podido realizar en pro de la cultura del país hombres de tanta capacidad y de tanta dedicación” (Aurelio Espinosa). El gran crítico literario español Menéndez y Pelayo se refiere a “la honda brecha (que) abrió la expulsión en la cultura literaria del Ecuador, que apenas tenía más profesores de Humanidades que aquellos Padres” y menciona a los poetas Juan B. Aguirre, José Orozco, Ambrosio Larrea, Román Viescas, Mariano Andrade y Joaquín Ayllón. Los jesuitas del extrañamiento constituyen un conmovedor e imprescindible capítulo de la historia de la cultura nacional. Fueron forjadores de nuestra identidad nacional. Centremos nuestra atención ahora en Juan de Velasco. Este talentoso riobambeño había recibido de sus superiores el encargo de escribir la Historia de la Provincia. Por eso había recorrido los colegios de la Provincia: Quito, Ibarra, Cuenca… Enseñaba en el Colegio de Popayán cuando le sorprendió la expulsión. El gobernador de la ciudad fue benigno y permitió a los desterrados llevar consigo ciertos objetos personales. Sus apuntes le serán a Velasco de gran utilidad a la hora de emprender su gigantesca obra; recogió además en Italia la producción literaria de sus hermanos desterrados -Colección de poesías varias hechas por un ocioso en la ciudad de Faenzay escribió su monumental Historia del Reino de Quito, la primera historia de nuestro país.  

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El contexto que permite entender dicha obra es que a finales del s. XVIII, en plena Ilustración, escribían autores –De Paw, Robertson, Buffon- que, sin haber puesto jamás los pies en América, la denigraban e incluso ridiculizaban. Decían que sus especies animales y vegetales eran “degeneradas”, que sus habitantes eran perezosos y faltos de ingenio, etc. Ante esta “calumnia de América” reaccionaron los exjesuitas Juan de Velasco, Francisco Javier Clavijero (México) y Juan Ignacio Molina (Chile), contándole a la ilustrada Europa la belleza de la geografía del Nuevo Mundo y la historia de sus pueblos. Entre todos los jesuitas quiteños de la expulsión, se destaca uno como gigante, hombre invicto en la desgracia, formidable trabajador aun en las circunstancias más adversas, americano irreductible en sus reivindicaciones justicieras y en sus anhelos patrióticos, el P. Juan de Velasco. El Ecuador de nuestros días empieza a comprender la deuda que con él tiene y a hacerle justicia (Aurelio Espinosa Pólit, S.J.).

De este insigne compatriota permanecen inéditas su colección El ocioso de Faenza y su Historia Moderna del Reino de Quito y Crónica de la Provincia de la Compañía de Jesús en el mismo Reino (3 tomos). Hoy, el acuerdo es unánime: los jesuitas expulsos hicieron una contribución señera a la hora de forjar la identidad de sus patrias: los mexicanos Francisco Javier Clavijero (Historia Antigua de México) y Francisco Javier Alegre (Historia de la provincia de la Compañía de Jesús de Nueva España), el guatemalteco Rafael Landívar (Rusticatio Mexicana), el chileno Juan Ignacio Molina (Compendio della storia geografica, naturale e civile del regno del Cile), el peruano Juan Pablo Vizcardo y Guzmán (Carta a los españoles americanos)   y nuestro Juan de Velasco. El P. Jeffrey Klaiber, de la Provincia del Perú (fallecido a inicios de 2014), ha contribuido recientemente a la comprensión del impacto del pensamiento de los jesuitas del extrañamiento. Para terminar este resumen del nacimiento, desarrollo, auge y destrucción de la antigua Provincia de Quito, citamos unos fragmentos de un poema escrito en Italia por el quiteño P. Andrade, que reflejan el sentir de aquellos hombres injustamente expulsados de su suelo patrio.

 

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Mariano Andrade, S.J. (Quito, 1734- Ravena, 1811) "Despedida de Quito, al salir desterrado" viéndose lo natural Ya que la expresión no alcanza, junto con el artificio. delicioso bello Quito, para explicar esta ausencia, Esa ciudad, donde todo supla siquiera el gemido. tiene en sí tales hechizos, que aun las piedras de las calles ¿Es posible, que te dejo? parecen de imán activo. ¿posible es, que no te miro? ¿que no veo tu hermosura? Allí, donde amante el sol, ¿que tu amenidad no piso? con inseparable giro, está siempre vertical En fin, salí ¡ay! de mí, por contemplar aquel sitio. dejándote, Quito mío: ¡oh, cómo no se me arranca Y porque estas quejas tristes, el corazón al decirlo! que incensantemente envío, en tanta distancia, el aire Esa ciudad, donde el cielo no me las pierda maligno, gastó todos sus aliños, como si plantase allí copiado en mi fantasía el terrenal paraíso. siempre estarás, Quito mío, y en la región más remota Esa ciudad, donde el arte viviré siempre contigo. supo excederse a sí mismo,

Trágicamente, ninguno de los jesuitas del extrañamiento pudo jamás retornar a su patria. El último, P. Berroeta, falleció en España en 1821, siete años después de la restauración de la Compañía por el Papa Pío VII.

 

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RESUMEN DE LA HISTORIA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN LA REPÚBLICA DEL ECUADOR 4. LA RESTAURACIÓN. El 7 de agosto de 1814, Octava de la fiesta de san Ignacio de Loyola, fue una jornada memorable para los pocos jesuitas sobrevivientes de la catástrofe de 1773. Su Santidad Pío VII, recién liberado del cautiverio al que le había confinado Napoleón, restauró universalmente la Compañía de Jesús. Celebró misa en el Gesú e hizo leer su bula Sollicitudo omnium Ecclesiarum: El mundo católico pide con voz unánime el restablecimiento de la Compañía de Jesús. Nos creeríamos culpables ante Dios de un grave delito si, en tan grave peligro de la República cristiana, no echásemos mano de todos los recursos que nos concede la Providencia especial de Dios y si, colocado en la barca de Pedro, agitada, combatida por continuas tempestades, rehusásemos valernos de los vigorosos y experimentados remeros que se ofrecen voluntariamente a romper las olas de un mar que amenaza a cada instante con el naufragio y la muerte… Tomamos bajo nuestra tutela, bajo nuestra inmediata obediencia y bajo la de la Sede Apostólica a todos los Colegios, todas las Casas, todas las Provincias, todos los miembros de la Orden. Por último, recomendamos con mucha instancia a los ilustres y nobles príncipes y señores temporales, como también a nuestros venerables hermanos los Arzobispos y Obispos… que no toleren que estos religiosos sean molestados de ninguna manera, sino que vigilen para que sean tratados con bondad y caridad.

Las “continuas tempestades” a las que se refería Pío, no habían pasado: seguían latentes, tenían nombre (Liberalismo, Republicanismo, Anticlericalismo) y sacudirían a la Iglesia a lo largo del siglo. Los jesuitas, “vigorosos y experimentados remeros de la barca de Pedro”, se enfrentarán denodadamente –fieles a su cuarto voto de obediencia especial al Sumo Pontífice- contra esta coalición de “fuerzas de la impiedad”. En opinión de Jonathan Wright, hubo más pompa que substancia en Sollicitudo omnium Ecclesiarum; este autor inglés recuerda que la Orden renacida contaba apenas con 354 miembros –la mayoría en el Imperio Ruso- y que su General, Tadeusz Brzozowski (polaco, electo en 1805 y residente en San Petersburgo), ni siquiera recibió autorización del suspicaz Gobierno zarista para acudir a Roma; cita al exjesuita John Carroll, primer obispo católico de los Estados Unidos, quien escribió: “se necesitarán muchos años para producir hombres como los que adornaron a la Compañía con sus virtudes y talentos”. Su otrora poderoso influjo intelectual y político era mínimo en 1814; según Karl Rahner, la Orden nunca recuperaría su antigua influencia.

 

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41 años habían pasado desde de la Supresión. Si bien la mayoría de aquellos 354 jesuitas trabajaban en el Imperio Ruso, también había algunas comunidades SJ en Italia, Inglaterra (Stonyhurst) y Estados Unidos (Georgetown), adscritas a la Compañía de Rusia. En todo caso, “el nexo tejido desde 1540, roto en 1773, se reanudaba” (Lacouture): la Compañía había renacido y estaba lista de nuevo para prestar servicio. La Compañía de Jesús retornó a España en 1815, por voluntad del rey Fernando VII, nieto de Carlos III. La nueva Provincia Española fue la célula de la que resurgirían las antiguas provincias hispano-americanas. Pero no faltaron las persecuciones y exilios: los jesuitas fueron expulsados de la península en 1821 y 1835. Esa circunstancia propició que padres y hermanos españoles buscaran refugio en las antiguas colonias. La Provincia Mexicana fue restaurada ya por el P. General Brzozowski y en 1836 se estableció una misión de Buenos Aires con exiliados españoles. La Compañía retornó a Nueva Granada, llamada por el Gobierno conservador, en 1844 y se estableció en Bogotá, Medellín, Popayán y Pasto.

 

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5. RETORNOS DE LA COMPAÑÍA AL ECUADOR: 1850 Y 1862. Expulsados de Nueva Granada por el Gobierno liberal del Gral. José Hilario López, poco más de 40 jesuitas ingresaron al Ecuador a mediados de 1850. Los primeros cuatro jesuitas –la comunidad de Pasto, liderada por su Superior, P. Pablo de Blas- entraron a Tulcán y siguieron hasta Ibarra, contrariando los planes del Gobierno de Bogotá, que deseaba que todos se embarcaran rumbo a Europa. El recibimiento del pueblo imbabureño fue muy generoso; y no era para menos: las principales ciudades de la antigua Presidencia de Quito pedían su retorno desde el tiempo de las Cortes de Cádiz. Loja, por ejemplo, había solicitado a la Compañía en agosto de 1816 y católicos piadosos de Quito le habían legado bienes, confiando que algún día los “buenos padres” retornarían a esta tierra. Blas informó al P. Visitador, Manuel Gil, (23 de febrero de 1851) los sucesos de 1850: En el mes de junio o a últimos de julio escribí a V.R. desde la ciudad de Ibarra en esta República del Ecuador una carta anunciándole a V.R. nuestra expulsión de la Nueva Granada… Salimos después de haber tranquilizado nosotros mismos los pueblos, recomendando la subordinación y obediencia a las órdenes de las autoridades constituidas. Entramos en el Ecuador los que estábamos en Pasto; y en Ibarra (…) nos hicieron un magnífico recibimiento; después fueron llegando sucesivamente nuestros hermanos, estudiantes, novicios y varios coadjutores que los padres de Popayán enviaron a reunirse conmigo. Arreglé el noviciado y estudiantado lo mejor que se pudo, para que nuestros jóvenes atendiesen a aprovechar en el espíritu religioso y en los estudios, y Dios bendijo nuestras miras, pues verdaderamente han aprovechado en lo uno y en lo otro. En el mes de agosto recibí la noticia de haber llegado, el 4 del mismo mes, a Guayaquil los PP. San Román, Suárez, García López, Aulet, Buján, Segura, Cenarruza y Hernáez, los cuales conducidos de Popayán a Santa Marta, se embarcaron en esta última ciudad para Chagres, pasaron el Istmo y embarcados nuevamente en Panamá se dirigieron a esta República (carta del P. Blas, cit. por Jouanen).

Blas juzgó oportuno presentarse ante las autoridades civiles y eclesiásticas y se puso en camino; arribó a la Capital el 21 de agosto. Fue recibido con afecto por la élite quiteña; la llegada desde Ibarra del grueso de jesuitas (octubre) se hizo: …con grandes demostraciones de júbilo quiteño… Las calles del tránsito fueron ocupadas por la piadosa muchedumbre del pueblo, el balconaje, que estaba colgado a fiesta, estaba repleto de señores y señoras, las cuales habían preparado tanta multitud de rosas (…) que esparciéndolas incesantemente cuando pasábamos nos hacían transitar como entre una aromática nube (carta del P. Blas).

 

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En Guayaquil se instaló el P. Francisco San Román, inicialmente con otros seis padres y seis hermanos. En Ibarra se estableció una residencia, con tres padres y dos estudiantes de teología. Los demás escolares -ocho de filosofía y humanidades, siete novicios- y cinco novicios coadjutores encontraron casa en Quito. Reconocidos oficialmente por la Convención Nacional –era Presidente Diego Noboa-, los religiosos se dedicaron a sus ministerios y admitieron jóvenes novicios, en medio de la satisfacción del pueblo ecuatoriano. El Superior de la Misión era el P. Blas, secundado por San Román. Ese mismo año de 1850, Pío IX beatificó a Mariana de Jesús; el promotor de la causa fue nada más ni nada menos que el P. General, el holandés Jan Roothaan (1829-1853). Se pensó reabrir el Colegio de Quito, pero el desarrollo de los eventos no lo hizo posible. La presencia de la Compañía en la República se truncó cuando el Gral. José Ma. Urbina Urbina, que depuso a Noboa en 1851, cedió a las presiones de Bogotá y expulsó a los padres y hermanos jesuitas -53 sujetos- en noviembre de 1852. Los miembros de la misión hallaron refugio en Guatemala. Jesuitas   expulsados  por  Urbina1852  

El Gral. Francisco Robles sucedió a Urbina para el periodo 1856-60; pero en 1859 el país experimentó una honda crisis política. La flota peruana bloqueó el puerto principal y se establecieron cuatro gobiernos de facto en Quito, Guayaquil, Cuenca y Loja. En esas circunstancias, el abogado guayaquileño Dr. Gabriel García Moreno, conservador, fue el encargado de pacificar y restablecer el orden en nación. En 1862, dos años después de haber subido al poder, el Presidente cumplió la promesa que hiciera el día de la expulsión: “Padres, dentro de diez años cantaremos el Te Deum en la Catedral”. Solicitó al P. General Pieter Beckx (belga, 1852-1887) la  

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venida de jesuitas para confiarles la educación secundaria y superior de la República. Se funda un Colegio Nacional en Quito: el “San Gabriel”; asimismo, la Compañía dirige los colegios nacionales de Guayaquil y Cuenca y asume el “San Felipe” de Riobamba (fundado en 1837 por el presbítero Veloz).

 

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6. LA COMPAÑÍA DURANTE EL PERIODO GARCIANO, 1862-75. “El Dr. Gabriel García Moreno jamás pudo concebir la posibilidad de establecer la paz, el orden, el progreso moral y aun material, la felicidad y bienestar en un pueblo, de manera eficaz y duradera, sino teniendo por base la Religión Católica” (Jouanen). Dentro del programa garciano –calificado como teocrático por sus detractores-, la Compañía de Jesús ocupaba un papel central. Como prueba, he aquí el comienzo de la carta que García dirigió al P. General Beckx (13 de febrero de 1861): Mi venerado Padre y Señor: Convencido de que el Ecuador recibirá inmensos bienes del restablecimiento de la Compañía de Jesús, contribuí eficazmente como Primer Miembro del Gobierno Provisorio de este país a expedir el decreto en el que se permite el libre establecimiento de todas las órdenes religiosas, Institutos católicos, y con especialidad de la Compañía (diciembre, 1860). Ahora me encuentro de Presidente interino, mientras se discute la nueva Constitución; y quiero hacer lo posible para que los dignos Hijos de S. Ignacio vuelvan a trabajar en un país donde son tan estimados y queridos…

3.1 Primera presidencia (1860-65). En marzo de 1862 desembarcaban en Guayaquil tres sacerdotes jesuitas y un hermano. El 1º de mayo se firmó el decisivo Concordato con la Santa Sede, instrumento crucial para los planes

de

reforma

político-religiosa

del

Gobierno conservador. A finales de julio desembarcó el Superior designado de la nueva Misión Ecuatoriana: Francisco Javier Hernáez. En Quito recibió el templo de la Compañía y el edificio del Colegio Nacional –en la antigua  

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manzana jesuítica colonial-. El primer rector del restablecido Colegio fue el P. Luis Segura (español); las clases iniciaron el 12 de septiembre. Además, el Gobierno encargó a los padres jesuitas el cuidado de la Biblioteca Nacional, que incluía centenares de volúmenes que habían pertenecido a la Universidad San Gregorio. En los meses siguientes se estableció el Noviciado y se aceptó el Seminario Diocesano de manos del Arzobispo. Uno de los primeros novicios en ingresar a la Orden en Ecuador fue Federico González Suárez, de quien hablaremos más adelante. En 1863 el Noviciado pasó a Cuenca, con el P. Eladio Orbegozo (bogotano) como Maestro. Ese mismo año la Misión firmó un convenio con el Ejecutivo, por medio del cual se recibió luz verde para establecer casas y colegios –según el régimen de la Ratioen todo el territorio nacional. El Gobierno convino en cubrir los gastos de los jesuitas extranjeros que llegaran a trabajar en el país; también extendió garantías para impedir una nueva expulsión. García hubiera querido que el P. Beckx mandara al menos un centenar de jesuitas, pero tuvo que conformarse con los operarios que aquel le pudo enviar desde España. Dispuesto como estaba el católico Presidente a poner en las manos de la Compañía la educación secundaria del país, decretó -abril de 1863- que el Colegio Nacional de Guayaquil fuera administrado por esta Orden; al año siguiente, el Colegio de San Felipe Neri pasó también a ser regentado por los jesuitas. En 1863, la provincia de España se dividió en dos: Aragón y Castilla; Ecuador quedó confiado a la segunda. El noviciado regresó a Quito en 1868, pero la Compañía siguió en la ciudad de Cuenca, donde se encargó del Seminario y del Colegio Nacional. Acerca de los ministerios espirituales y pastorales en Quito citamos al P. Jouanen: “Desde su llegada a Quito, los Padres de la Compañía se ocuparon con toda constancia y asiduidad en los ministerios ordinarios de confesar y predicar… En los primeros días hasta que se abrieron las clases el 9 de setiembre (1862), no tuvieron otra ocupación sino las confesiones de sanos en su propia iglesia, y de enfermos en el hospital o en sus casas…” Renacieron las congregaciones piadosas –de la Virgen de Loreto y de la Beata Mariana de Jesús-, así como el ministerio de los Ejercicios Espirituales. El mismo Presidente hacía los Ejercicios ignacianos: contaba para ello con habitación en la residencia adjunta a la iglesia de la Compañía. Además, financió con su peculio las obras de la torre de la iglesia; sin embargo el terremoto de 1868 –que destruyó Ibarra  

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afectó severamente la torre, que tuvo que ser derrocada. Otro aspecto de la actividad de la Compañía fue la devoción a Marianita de Jesús, promovida apasionadamente por sus miembros. El templo de la Compañía –donde reposan los restos de la Azucena de Quito- fue el centro de irradiación de esta tierna devoción. En la fiesta de san Ignacio de 1866, el P. Franco, nombrado Rector del Colegio Nacional, fundó una Casa de Recogidas en Quito. La primera presidencia de García concluyó en septiembre de 1865. En lo internacional, eran tiempos tumultuosos para la Iglesia y la Compañía: donde quiera que tomaba el poder un régimen liberal, sea en Europa o América, una de las primeras medidas ejecutadas era expulsar a los jesuitas; así sucedió en Francia, España, Italia, Colombia –nueva expulsión en 1861- y Guatemala, entre otros países. Por otra parte, los milenarios Estados Pontificios estaban amenazados de muerte: el Risorgimento italiano había unificado casi toda la península bajo la égida de la Casa de Saboya; sólo Roma – protegida por una guarnición francesa- permanecía bajo el poder temporal de Pío IX. 3.2 Segunda presidencia (1869-75). En su segundo periodo, García prosiguió con su política ultramontana y ratificó su interés por la educación. Arribaron los Hermanos de La Salle para atender la educación primaria. La Constitución de 1869 –la Carta Negra- estipuló que ser católico era un requisito para gozar de la ciudadanía ecuatoriana. Cuando cayó Roma y el Papa se declaró “prisionero en el Vaticano”, García Moreno le ofreció todo su apoyo moral y aún económico. En 1871, Otto von Bismarck, el “Canciller de Hierro”, decretó la expulsión de la Compañía del Segundo Reich, algunos jesuitas alemanes, verdaderos eruditos y científicos, arribaron al Ecuador a dirigir la recién fundada (1870) Escuela Politécnica, con cátedras de matemáticas, física, química, botánica, agronomía, mecánica, geodesia e ingeniería. Entre aquellos sabios, muy apreciados por el Presidente conservador, estuvieron Teodoro Wolf, Juan Bautista Menten, Eduardo Faller, Luis Dressel, José Kolberg, Amadeo Wenzel y el italiano Luis Sodiro. Durante seis años (hasta 1876), los jesuitas de la Politécnica enseñaron, escribieron obras, instalaron por primera vez la luz eléctrica en la Capital y asesoraron al gobierno en sus planes de modernización. Además, el Presidente confió a la Compañía el Observatorio Astronómico (ubicado en La Alameda). El P. Wolf, autor de un excelente tratado de geografía y geología del  

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Ecuador (1892), terminó saliendo de la Orden; al parecer sus ideas evolucionistas le llevaron a tener fricciones con las autoridades eclesiásticas. Pero su aporte a la Ciencia ecuatoriana marcó época (una isla de las Galápagos lleva su nombre). Otro

hecho

trascendental

tuvo

como

protagonista al quiteño Manuel José Proaño, S.J. –uno de los expulsos de 1852-: convenció a su amigo el Presidente de la imperiosa necesidad de consagrar la República al Sagrado

Corazón,

como

símbolo

imperecedero del sentir católico del pueblo ecuatoriano. Después de dudas iniciales, García asumió el proyecto como propio. El tercer Concilio Provincial Quitense, presidido por el arzobispo José Ignacio Checa, decretó (agosto de 1873) la consagración de la República, ratificada por el Gobierno. La Capilla Ardiente Velación P. Manuel José Proaño Quito, 1916

 

ceremonia se celebró con fasto en la Catedral Primada el 25 de marzo de 1874.

Continuó la predilección del Gobierno por el Colegio Nacional que, a diez años de su fundación, tomó el nombre del Presidente: San Gabriel, a instancias del Arzobispo Checa. El Colegio recibió fondos suficientes y modernos equipos de Ciencias para sus estudiantes. El Observatorio y la Politécnica también gozaron de la protección oficial. A inicios de 1869, la Compañía aceptó del Sr. Obispo el Colegio-Seminario de Cuenca; en agosto de ese mismo año se aceptó también llevar el Colegio Nacional de la Atenas del Ecuador. Hubo dudas en la Misión acerca de aceptar tantas responsabilidades, pero los refuerzos de personal venidos de Europa y las vocaciones de ecuatorianos y colombianos dieron esperanzas de que se pudiera llevar adelante estos encargos. En Cuenca abandonó la Orden el escolar González Suárez; continuó su carrera eclesiástica y décadas más tarde llegará a ser Arzobispo de Quito y connotado historiador.

 

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3.3 Misiones orientales. Los jesuitas, bajo la protección del Estado, volvieron también al Oriente ecuatoriano en enero de 1870, después de un siglo de haber abandonado aquellos vastos territorios. Los dos primeros Concilios Quitenses en la década de 1860 habían recomendado vivamente el retorno de los misioneros a la Amazonía; así lo solicitaron a Pío IX, quien comunicó la petición al P. Beckx. En 1869, el II Concilio Provincial autorizó un decreto, por el cual los jesuitas recibían el encargo de evangelizar “la banda oriental, desde el Alto hasta el Bajo Marañón”; se prometieron los fondos necesarios. El primer jesuita que aceptó el reto fue el P. Ambrosio Fonseca (bogotano). Fue designado Superior, con autoridad religiosa y civil sobre la zona; sus súbditos fueron cinco sacerdotes y tres hermanos de nacionalidades ecuatoriana, colombiana e italiana. Se repartieron en una primera etapa en el Napo, Gualaquiza y Macas. Como se ve, el contingente era mínimo, considerando la enorme extensión de la zona. En 1870, a petición del episcopado, la Compañía se hizo cargo de las misiones en el río Napo. Los principales puestos de misión fueron Napo, Macas, Gualaquiza, Archidona, Loreto y Tena. Andrés Pérez SJ, nombrado vicario apostólico, estableció su sede en Archidona. Desde el principio los jesuitas defendieron a los aborígenes, luchando contra los abusos de los comerciantes y mineros de la región. En Archidona, Loreto y Tena se abrieron escuelas atendidas por las religiosas del Buen Pastor y las Hermanas Marianitas -congregación de espiritualidad ignaciana fundada por Mercedes Molina-. En otro orden de cosas, José A. Lizarzaburu, S.J. fue designado por el Ejecutivo, en virtud del Concordato, Obispo de Guayaquil (1869), diócesis que abarcaba casi todo el litoral. El P. General trató de evitar, según el Instituto, esta designación, pero poco pudo hacer ante la determinación de García Moreno y los votos de la Convención Nacional, que veían en el jesuita riobambeño al más apto para dirigir una sede tan importante. Mons. Lizarzaburu asistió al Concilio Vaticano I, fue consagrado en Roma y llegó al país para asumir su encargo pastoral. Por doce años funcionó con fruto el Colegio Nacional de San Vicente, dirigido por la Compañía de Jesús.  

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En septiembre de 1874, la Misión Ecuatoriana fue confiada al gobierno del P. San Román, veterano de 1850-52. Pero aquella etapa dorada llegó a su fin con el magnicidio del 6 de agosto de 1875: al volver de su eucaristía diaria en el templo de la Compañía, Gabriel García Moreno fue asesinado por un grupo de jóvenes liberales. Pasado el estupor, los jesuitas albergaron serios temores por el porvenir. En octubre fue designado presidente interino el Dr. Antonio Borrero y en diciembre se entregó el Colegio de Cuenca.

 

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7. DESPLIEGUE APOSTÓLICO Y VICISITUDES, 1875-1906.

4.1 Durante el Gobierno de Vintimilla y el periodo progresista (1875-1895). El P. San Román se adelantó a cualquier iniciativa del Ejecutivo y prefirió entregar por propia voluntad los Colegios Nacionales, que eran una pesada carga para una Misión con tan pocos miembros. Borrero aceptó la decisión del Padre, pero se opuso a la salida de los jesuitas de la Escuela Politécnica, obra de interés nacional. Sin embargo, por orden superior, en marzo de 1876 se retiraron los jesuitas alemanes. Pocos meses después, Borrero fue depuesto por el Gral. Ignacio de Veintimilla, quien instaurará una severa dictadura. Dos días después de la entrada de las tropas de Vintimilla en Quito, se cerró la Politécnica, dirigida hasta entonces por el P. Menten. Fueron notorios los ribetes anticlericales del nuevo gobierno, que en 1877 suspendió el Concordato con la Santa Sede. A decir de Jouanen, Vintimilla “comenzó a gobernar a nombre de un radicalismo sectario; entró en conflictos con el clero y la jerarquía; se suceden prisiones, despojos, destierros de clérigos y obispos”. Entre las víctimas más ilustres de aquel violento régimen se contó el venerable Arzobispo de Quito, Mons. Checa y Barba, asesinado el 30 de marzo de ese año. El P. Superior decidió alejar el Noviciado y el Escolasticado de la Capital; el lugar elegido fue Pasto, donde permaneció entre 1875 y 1877. En 1880 se emprendió la construcción de la célebre Casa de Estudios de Pifo, que albergará por décadas todas las etapas de la formación jesuítica, desde el Noviciado hasta la Tercera Probación. Después de arduas deliberaciones entre el P. San Román y el Presidente, el San Gabriel se volvió a abrir como Colegio Nacional, resolución aprobada por el P. General en carta de diciembre de 1878. A partir de 1880, la Misión de Ecuador, Perú y Bolivia pasó a depender de la recién creada Provincia de Toledo. Al P. San Román –fallecido en la quinta de Cotocollao-, sucedieron en el gobierno de la Misión los Padres Goicoechea y Cáceres. Constante preocupación para los Superiores fue la escasez de personal ante las constantes peticiones de prelados y del pueblo católico. El Visitador, Goicoechea, decidió cerrar hacia 1885- las residencias de Guayaquil y Cuenca para concentrar el personal en Quito, Pifo y las misiones orientales.

 

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En medio de diversos cambios en la precaria educación superior de la República, el P. Sodiro perseveró como catedrático de Botánica, Director de la Escuela de Agricultura de la restablecida Politécnica (1883) e investigador de la riqueza vegetal del país; aún hoy se conserva su herbario en la Biblioteca Ecuatoriana. En Guayaquil, siguiendo el legado de Mons. Lizarzaburu, en 1885 fue nombrado Obispo el ibarreño Roberto Pozo, S.J. Otros dos jesuitas ocuparán también la importante sede guayaquileña hasta 1954: Andrés Machado y José Félix Heredia. En 1896 la Residencia jesuita y Templo de San José se salvaron de ser destruidas en el incendio que asoló la ciudad. Volvamos a referirnos al Oriente. En 1880, Gaspar Tovía SJ fue nombrado vicario apostólico del Napo. En 1886 la prefectura apostólica de Canelos y Macas se separó del vicariato, que continuó a cargo de los jesuitas. En 1895, siendo provicario el P. Maurilio Detroux, estalló una rebelión de los mineros, cuyo objetivo eran los jesuitas. La autoridad liberal, que decretó el 18 septiembre 1896 la expulsión de los jesuitas del Napo. En sus 26 años de duración, trabajaron en esta misión 19 sacerdotes y 13 hermanos jesuitas. La misión atrajo a muchos jóvenes fervorosos de las escuelas apostólicas de la Compañía en Francia y Bélgica a entrar en los noviciados españoles, como paso previo para ser destinados a servir en el Ecuador. En 1892 falleció de repentina enfermedad el P. Cáceres; en su lugar fue nombrado Superior de la Misión el P. Lorenzo Sanvicente. Durante el llamado periodo progresista (1883-96), la Compañía continuó trabajando en la región oriental y otras congregaciones católicas aportaron su contingente en la empresa (dominicos y salesianos). 4.2 Revolución Liberal: zozobra y esperanza (1895-1906). El triunfo de la Revolución Alfarista (junio de 1895) crearía un nuevo escenario. La Iglesia Católica, tradicionalmente alineada con los conservadores, entró en confrontación abierta con el nuevo régimen, que decidió laicizar la educación pública. En 1896, el apostolado de la Compañía en la Amazonía fue segado definitivamente por el Gobierno liberal, a causa de las denuncias de los colonos. Pero los jesuitas encontrarán en Manabí y Esmeraldas una misión digna de sus afanes; allí destacaron a finales del siglo XIX e inicios del XX hombres de la talla de Maurilio Detroux, Alfonso  

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Laenen, Julio Pierregrosse y el administrador apostólico Manuel Reyes. La Diócesis de Manabí fue creada en 1869 por Pío IX y suprimida en 1902 por el Gobierno liberal. Pero los jesuitas y otros sacerdotes seculares continuaron evangelizando con tesón al pueblo manabita. El acoso oficial sobre los dos únicos colegios que mantenía la Compañía en el país -el San Gabriel en Quito y el San Felipe Neri en Riobamba, reabierto en 1887- fue crecientemente opresivo. En 1897, después de una escaramuza entre tropas gobiernistas y opositores conservadores, el San Felipe fue asaltado y asesinado su rector, P. Emilio Moscoso (cuencano; está encauzado su proceso de beatificación). Estamos hablando, por supuesto, del lamentable y vergonzoso sacrilegio del 4 de mayo de 1897. En los años siguientes, el Gobierno liberal quitó a los colegios católicos la licencia de otorgar grados. En esas circunstancias, los sucesos de Abril de 1906 en el San Gabriel marcaron un hito en la historia de la Iglesia y de la educación católica en la República del Ecuador. En efecto, como bien lo sabe el pueblo católico de Quito y del país, el 20 de Abril de 1906 ocurrió el famoso prodigio de la litografía de la Virgen Dolorosa en el en el comedor de los internos del atribulado Colegio. El diario de casa dice textualmente: Por la noche de este día, estando el P. Prefecto (Andrés Roesch) y el H. (Luis) Alberdi con los internos en su refectorio, y habiéndoseles dado “Deo Gratias” (permiso para hablar), sucedió que algunos de los más niños creyeron ver moverse los ojos de un cromo de Ntra. Señora de Dolores, colgado en la pared junto a ellos. Llamaron la atención de los demás, quienes acercándose vieron así mismo, según afirman, el mismo prodigioso fenómeno. Lo mismo aseguran haber visto el P. Prefecto y el H. Alberdi. Duró el prodigio cosa de 20 minutos.

Cuando llegó a la Capital el Arzobispo designado, Mons. González Suárez, recibió los informes de un ejemplar proceso canónico que señalaba la veracidad de lo acontecido en el Colegio San Gabriel ante cuarenta testigos. Se trató de un prodigio permitido misteriosamente por Dios; el mismo Arzobispo tuvo la gracia de presenciar en privado cómo la Virgen Dolorosa abría y cerraba lentamente sus maternales ojos.

 

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8. BAJO LA MIRADA DE LA DOLOROSA, 1906-1952. Rápidamente

se

difundió

la

devoción

a

la

advocación de la Dolorosa del Colegio, que con el tiempo ganó un lugar muy especial en el corazón del pueblo quiteño y ecuatoriano. Cincuenta años más tarde (1956), la imagen será coronada por el Cardenal de la Torre y recibió el título de patrona de la educación católica en el Ecuador. 5.1 Devenir de la Misión Ecuatoriana. Desde el comienzo del siglo hasta 1934 se sucedieron regímenes liberales, que endurecieron las disposiciones de control sobre la Iglesia y la educación católica. Hacemos un recuento de las disposiciones “sectarias” –como las han llamado los autores eclesiásticos-: • En 1908 el Congreso confiscó los bienes raíces de las Comunidades religiosas, que fueron adjudicados a la Beneficencia pública. • En la segunda administración de Leónidas Plaza (1912-16) se dictaron “leyes opresoras y humillantes” contra los profesores y estudiantes del Colegio San Gabriel, el único colegio católico de la Capital. Tales leyes obligaban a los gabrielinos a presentarse cada mes en el Instituto Nacional Mejía a rendir exámenes. En reacción, el CSG conmemoró con siete días de solemnidades los 1600 años de la Paz y Libertad otorgada a la Iglesia por Constantino el año 313. • En 1928 se extremó esta ley; el diputado José Ma. Velasco Ibarra, exalumno del San Gabriel, protestó en las cámaras. Entre los estudiantes que destacaron en lo académico en aquellos difíciles años tenemos a Manuel E. Flor, a Velasco Ibarra y Julio Tobar Donoso, futuro Canciller de la República y primer Decano de la U. Católica. Otros exalumnos ilustres fueron el literato Julio Zaldumbide, el futuro presidente (1956-60) Camilo Ponce Enríquez y el historiador y político conservador Jacinto Jijón y Caamaño. Nombrado (febrero, 1908) Andrés Machado SJ obispo de Riobamba, pasó (1916) a la diócesis de Guayaquil, siendo a la vez administrador apostólico de Manabí  

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Esmeraldas, diócesis confiada a la Compañía de Jesús. Ese mismo año Machado pidió a José Jouanen, Superior de la Misión, el envío de misioneros a Manabí. Destacó como misionero intinerante el P. Detroux, entre 1918 y 1927; Superior a partir de 1927 hasta 1935. Creado el vicariato (1922), Manuel Reyes SJ fue su administrador apostólico (1922-1936). Este vicariato estuvo a cargo de la Compañía hasta 1938. Creada una nueva provincia en España en 1924, Bética o Andalucía, la Misión del Ecuador –alrededor de 70 miembros- pasó a depender de ella. Fueron numerosos los andaluces que, siendo aún novicios o juniores, se ofrecieron generosamente a trabajar en esta tierra; muchos aceptaron el llamado movidos por la mirada especial de la Dolorosa. En los años 20 y 30 se distinguieron como historiadores los jesuitas José Jouanen, José Le Gouhir y José Félix Heredia. En las letras y ascética, los padres Jorge Chacón, Manuel María y Aurelio Espinosa Pólit. 5.2 La Viceprovincia dependiente. El progreso fue favorable, de forma que seis años más tarde, el P. General, el polaco Wlodimir Ledochowski (1915-42) comunicó a los jesuitas ecuatorianos que serían Viceprovincia, dependiente aún de Andalucía; el primer P. Viceprovincial fue el belga Prudencio de Clippeleir. El edificio del San Gabriel iba quedando estrecho para sus 250 alumnos; por esa razón, de Clippeleir resolvió construir nuevas aulas en el segundo piso en 1931. Inesperadamente, se aprobó en 1937 un convenio entre el Gobierno presidido por el Jefe Supremo, Federico Páez, y la Santa Sede, representada por su Nuncio, Mons. Fernando Cento. Este Modus Vivendi garantizó a la Iglesia el derecho de fundar planteles de enseñanza sujetos a las leyes estatales, pero libres para enseñar la religión. Se reabrieron además las misiones amazónicas y las diócesis e institutos recuperaron su personería jurídica. La Santa Sede asumió la elección de obispos, previo aviso al Gobierno y se restablecieron relaciones diplomáticas. Aprovechando esta coyuntura tan favorable, la Compañía pudo abrir por fin colegios en Cuenca –ciudad que lo demandaba por muchos años- y Portoviejo: hablamos de los Colegios “Rafael Borja” y “Cristo Rey” (este último, abierto originalmente como Seminario). En Cotocollao, el P. Aurelio Espinosa Pólit trabajó con tesón para establecer la Biblioteca Ecuatoriana (fundada en 1930), depósito de la memoria de la nación. Su hermano Manuel María fue

 

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Maestro de Novicios y fecundo autor de obras espirituales. En 1938, José Félix Heredia SJ fue ordenado obispo de Guayaquil. En 1944 se dio la primera tanda de Ejercicios en la Casa de San Agustín, propiedad de la Sra. María Augusta Urrutia de Escudero. Al año siguiente, con el apoyo de la misma señora, se abrió en el centro de Quito una Residencia Universitaria. Pero la gran obra de la vida de aquella gran quiteña fue la Fundación Mariana de Jesús, creada (1939) por inspiración de la espiritualidad ignaciana y los sabios consejos de su guía espiritual, el P. Eduardo Vásquez Dodero. También en 1944, un grupo de ex-alumnos gabrielinos se entrevista con el Presidente Velasco (en su segundo gobierno) y consiguen un decreto muy favorable para la educación católica:

"Los

alumnos

de

cada

colegio

particular rendirán las pruebas de promoción de Curso y de Grado en el propio colegio particular bajo el control directo del Ministerio, que nombrará

los

delegados

oficiales

correspondientes". En esa misma reunión se pusieron los cimientos de la primera universidad particular del Ecuador. Así pues, el 4 de noviembre de 1946 se fundó la Universidad Católica del Ecuador, confiada por la Arquidiócesis de Quito a la Compañía de Jesús; su primer rector fue el P. Aurelio Espinosa. En octubre de 1950, el visitador enviado por el P. General, Pablo Muñoz Vega, fundó la Facultad de Filosofía de San Gregorio, que se adhirió a la U. Católica en 1953. Dos años más tarde, el P. Jean-Baptiste Janssens eleva al Ecuador al rango de Viceprovincia Independiente. Numerosa y prometedora era la juventud de la Compañía, formada con altura por Aurelio Espinosa en el Instituto Superior de Humanidades Clásicas de Cotocollao. El Colegio Loyola, semillero vocacional, era una de las prioridades de la Viceprovincia. En el 50º aniversario del prodigio de la Dolorosa, el pueblo católico y sus autoridades civiles y eclesiásticas le rindieron homenajes de agradecimiento. Dos  

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ilustres gabrielinos, el Cardenal Carlos María de la Torre y el Presidente Velasco Ibarra, entregaron una corona de oro labrada para ceñir las sienes de la Reina de la Juventud. En medio de las celebraciones por las Bodas de Oro del prodigio, se construyó, por afanes de su Rector Jorge Chacón el nuevo edificio del CSG, en los predios generosamente legados por la Señora Urrutia.

 

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9. SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX.

Erigida Ecuatoriana

en

1952

la

independiente,

Viceprovincia su

primer

Superior fue el P. Muñoz Vega. En noviembre de 1958, Benigno Chiriboga SJ fue nombrado obispo auxiliar de Quito; más tarde fue el primer obispo de Latacunga (1963-68).

Cardenal Pablo Muñoz Vega  

En el contexto político nacional, hubo inestabilidad política en los años 60; también fue la década de una tardía Reforma Agraria. A mitad de su quinta presidencia -junio de 1970-, Velasco Ibarra se proclamó dictador. La nueva década se inaugura con la confirmación de que el Oriente alberga reservas petrolíferas, lo que abre inéditas posibilidades de desarrollo para el país. El comienzo de la bonanza del crudo se producirá bajo el signo de la dictadura: en 1972, las FF.AA. derrocan al Presidente y toman en sus riendas la conducción del Estado. Se abre así el más largo período dictatorial de nuestra historia. Recién en 1979 se produjo el retorno a una precaria democracia, que perdura hasta nuestros días. 6.1 Apostolado Educativo. En medio de las celebraciones por las Bodas de Oro del prodigio de la Dolorosa, se inauguraron dos nuevos centros secundarios: el Colegio “San Francisco Javier” en Guayaquil (1956) y el Colegio “San Luis Gonzaga” en Quito (1959), en el histórico edificio que había dejado libre el San Gabriel, trasladado a la Avenida América.

 

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En 1963, durante el rectorado del P. Luis E. Orellana, la Universidad Católica recibió el título de Pontificia. Después de ejercer brillantemente el cargo de Rector de la Universidad Gregoriana –el primer latinoamericano en ocupar esa función-, Pablo Muñoz regresó al Ecuador para ser nombrado obispo auxiliar (1964), arzobispo de Quito (1967) y segundo cardenal del Ecuador por Pablo VI (1969). En junio de 1973 el Cardenal estableció la Facultad de Teología, confiada a la Compañía y parte de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. En 1965 terminó el Concilio Vaticano II y fue electo General, en la Congregación General (CG) 31, el P. Pedro Arrupe. Los jesuitas en aquellos años eran más de 250 en Ecuador, que trabajan –como hemos visto- predominantemente en educación (seis Colegios y la PUCE). Arrupe impulsará durante su generalato de 18 años una reorientación en la misión de la Orden, definida a partir de la CG 32 (1974-75) en términos de Fe y Justicia. 6.2 Apostolado Social. Las décadas de 1960 y 1970 asistieron, en Ecuador y América Latina, a la eclosión del apostolado social de la Compañía de Jesús. Los desafíos sociales de la década de los 60 –gran inequidad, respuesta al avance Comunismo y del indiferentismo religiosollevaron a algunos jesuitas, como otros hombres de Iglesia, a ser pioneros de una nueva forma de ministerio: el apostolado social. Ya el P. General Janssens (1946-1965) había escrito a los jesuitas por primera vez sobre esta dimensión del trabajo de los hijos de san Ignacio de Loyola en 1949. Según él, el apostolado social a la luz del carisma ignaciano debía proporcionar a la mayor parte de la Humanidad “cierta abundancia o al menos holgura de bienes temporales y espirituales, aun de orden natural, imprescindible para que el hombre no se sienta oprimido, o postergado”. La VProvincia Ecuatoriana respondió en un primer momento con un activo Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) que realizó una activa labor académica sociológica, incluyendo la ejecución – por orden de Arrupe- de un Survey, o encuesta sociológica al interior de la misma Orden. En América Latina eran tiempos de temor a todo lo que pareciera comunismo – la Revolución Cubana había triunfado en 1959-; este factor externo y fragilidades humanas condujeron a lamentables ideologizaciones que llevaron al cierre del CIAS. El apostolado social tomó entonces otros derroteros: se enfatizó la actividad directo en medio de los sectores desfavorecidos, en áreas –educación, vivienda, salud- que le  

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debían haber competido al Estado. Así surgieron, sin un plan preestablecido, sino según las circunstancias y oportunidades les dictaron a jesuitas carismáticos y trabajadores, nuevas obras de la Compañía, como: a) Fe y Alegría, Movimiento de Educación Popular Integral promovido en Venezuela por el jesuita chileno - español José Ma. Vélaz. Se ha difundido por varias

naciones

de

América

Latina.

Actualmente

es

una

obra

intercongregacional y laical de la Iglesia Católica, cuya dirección está confiada a la Compañía de Jesús. Se estableció en Ecuador en 1964 (el primer país fuera de Venezuela); en los años siguientes proliferaron los centros en Quito, Guayaquil y otras ciudades. b) El Centro del Muchacho Trabajador (CMT), fundado en el sector de La Marín (centro de Quito) por el jesuita norteamericano John Halligan, también en 1964. Posteriormente se abrió un segundo centro en Cotocollao, en terrenos cedidos por la Compañía. c) El trabajo pastoral de dignificación y acompañamiento a los indígenas del cantón Guamote (Acción Pastoral Integral, Chimborazo), iniciado por el P. Julio Gortaire y continuado por otros jesuitas, religiosas y seglares desde noviembre de 1970. d) Viviendas Hogar de Cristo, obra original y aglutinadora de amplios y solidarios esfuerzos en el puerto principal, fundada por el andaluz Francisco García Jiménez, bajo la inspiración del apóstol chileno san Alberto Hurtado. Desde sus comienzos en 1972, esta obra social contó con el respaldo de Mons. Bernardino Echeverría, OFM y de caballeros porteños solidarios y decididos. Otras congregaciones religiosas masculinas y femeninas, así como el clero diocesano y el laicado católico participaron también en esta eclosión social, enmarcada en el contexto de la “opción preferencial por los pobres” anunciada por el Episcopado latinoamericano reunido en Puebla y Medellín. Estas obras han marcado desde entonces el compromiso de los jesuitas con la evangelización, educación y promoción social del pueblo ecuatoriano, a la luz del compromiso contraído por toda la orden en su Congregación General 32. Últimos años, 1975-2000.

 

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Reunión de Provincia de 1998 Quito,

 

Después del Concilio se replantearon muchos aspectos que habían permanecido anquilosados en la vida religiosa y el sacerdocio. La Compañía de Jesús, al igual que las demás órdenes y el clero secular, entró en una crisis, manifestada en disminución de vocaciones, preguntas en torno a la identidad del sacerdote y del religioso, abandonos del ministerio ordenado y de la vida religiosa… En diez años, la Orden perdió más de 6 mil hombres y una de las más afectadas fue precisamente la VProvincia Ecuatoriana, que vio decrecer el número de sus efectivos a aproximadamente 180 miembros. Por falta de vocaciones, en los años 70 se cerró el Noviciado. En lo externo, las relaciones de la Orden con la Santa Sede sufrieron altibajos, sobre todo con Pablo VI y Juan Pablo II. Pese a la disminución de personal, la Viceprovincia pasó (8 dic. 1983) a ser Provincia, por decreto de la CG 33 –que eligió General al P. Peter-Hans Kolvenbach-, con el P. José Araujo como provincial. A mediados de la década de 1980 la Provincia Ecuatoriana contaba, gracias a la solidaridad de provincias hermanas –sobre todo de Aragón- y a al reapertura del Noviciado –como Maestro llegó a Cotocollao el P. Miguel Mendizábal, hombre de confianza de Arrupe- con 187 miembros (127 sacerdotes, 34 escolares y 26 hermanos) repartidos en las siguientes obras: • Quito: Noviciado “San Ignacio”, Casa de Estudiantes “San Gregorio”, Biblioteca Ecuatoriana, Centros del Muchacho Trabajador No 1 y No 2 (La Marín y Cotocollao, fundados por John Halligan), Centro Vocacional “Hogar Xavier”, Colegios San Gabriel y Gonzaga, Instituto Radiofónico de Fe y Alegría (IRFEYAL), parroquias de Cristo Salvador y La Dolorosa, iglesia de la  

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Compañía (con su residencia adjunta, la “Casa Madre” de la Provincia) y Pontificia Universidad Católica del Ecuador). En Machachi funcionaba la Casa de Ejercicios de San Agustín, encargo de la Sra. María Augusta Urrutia. • Chimborazo: Colegio San Felipe (Riobamba) y parroquia rural de Guamote, con la Acción Pastoral Indígena, fundada por Julio Gortaire en los años 70. • Azuay: Colegio y Escuela Borja, parroquia del Santo Cenáculo (Cuenca) y un Centro de Pastoral Rural. • Guayaquil: Colegio Javier, Colegio Nocturno Veinte de Abril, Hogar de Cristo, Dirección Regional de Fe y Alegría y Residencia de San José, con su templo adjunto. • Manabí: parroquia de La Merced (Manta) y Colegio Cristo Rey (Portoviejo, que incluye Primaria, uno de los primeros centros de educación mixta del país). • Ibarra: sede de la PUCE. Era evidente la concentración de obras en Quito y la necesidad de reducirlas, en vista del previsible decrecimiento de personal. Para el provincialato del P. Jorge Carrión se había entregado la Parroquia del Cenáculo al clero secular y la sede de Ibarra a los misioneros identes. El Colegio y la Escuela de Cuenca se integraron en la Unidad Educativa Borja, que funcionaba desde inicios de los años 80 en un magnífico campus en la vía a Baños. Se trata de la institución primaria y secundaria más grande de la Provincia, con 2200 estudiantes. Los demás colegios jesuitas preservaron la tradición de excelencia educativa, en el espíritu del magis ignaciano. En el litoral, dos jesuitas impulsaron una nueva sede de la PUCE, la de Manabí Portoviejo, Bahía y Chone-; en Guayaquil, el sucesor de Tío Paco, el H. Roberto Costa, fue el artífice de un gran crecimiento en la cobertura y organización del Hogar de Cristo, que llegó a producir 50 viviendas de caña guadúa al día. También la obra de Fe y Alegría creció sostenidamente en los años 70 y 80, hasta alcanzar la importante cifra de 75 centros, entre colegios, escuelas e internados. En lo que a la vida interna de la Provincia se refiere, se vio conveniente crear una nueva comunidad –anexa al Noviciado- para atender debidamente a los jesuitas mayores y enfermos. Al P. Mendizábal sucedieron como Maestros de Novicios los PP. José Araujo y Gilberto Freire. Los escolares jesuitas hicieron su juniorado durante los años 80 en el Colegio Máximo de San Miguel (Argentina, que tuvo como Superior al P.  

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Jorge Mario Bergoglio entre 1979-85); posteriormente, cursaron sus estudios humanísticos en la PUCE, mientras vivían en la Casa de Estudiantes ubicada en La Armenia. En los años 90, el destino para la Filosofía fue Bogotá (U. Javeriana). En lo que se refiere a Teología y estudios especiales, los destinos fueron centros superiores jesuíticos en Estados Unidos, América Latina y Europa. Hacia el año 2000, terminando el provincialato del P. Allan Mendoza, la Provincia tenía 160 miembros entre sacerdotes, escolares y hermanos, con tendencia a disminuir numéricamente. Finalmente, entre los jesuitas destacados de las últimas décadas –ya hemos mencionado a los pioneros del apostolado social- citamos a:

• Aurelio Espinosa Pólit, nacido en Quito en 1894 y formado en Europa, retornó a su país en los años 20 para dedicarse a una actividad pastoral e intelectual impresionante. Consumado pedagogo y latinista, experto en Virgilio (traductor de La Eneida en exquisito verso castellano) y Sófocles. Maestro de maestros en el Instituto Superior de Humanidades Clásicas de Cotocollao. Fundador de la Biblioteca Ecuatoriana (1930) y de la Universidad Católica (1946), de la que fue su primer Rector. Falleció en 1961. • Cardenal Pablo Muñoz Vega, natural de Mira (Carchi, 1903), primer viceprovincial (1952) y rector de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1955-64). Consagrado obispo en 1964, fue el líder indiscutido de la Iglesia Ecuatoriana hasta su muerte en junio de 1994. Su influjo positivo se extendió no sólo a la vida eclesial, sino a la política ecuatoriana. Los sectores del país lamentaron unánimemente la partida de este gran pastor del pueblo ecuatoriano. • Jorge Chacón (Pelileo, 1905?-1984), gran pedagogo y literato, carismático formador de la juventud, rector de los Colegios San Gabriel y Veinte de Abril. Constructor de la nueva sede del San Gabriel a finales de los años 50 y Presidente de la Confederación Interamericana de Educación Católica. • Marco Vinicio Rueda, quiteño (1914-2005), después de ser viceprovincial entre 1966 y 1972 estudió un posgrado en Ciencias Sociales en París. De vuelta al Ecuador, destacó en los campos de la Antropología –obras sobre la cultura y cosmovisión shuar- y la Espiritualidad: pionero en el país de los métodos de

 

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interiorización zen. Maestro en el arte de dar los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. • Alfonso Villalba, quiteño (1917-1980), fue viceprovincial entre 1961 y 1966, antes rector de la PUCE, fundador (1956) y primer rector del Colegio Javier. Poseedor de un carisma extraordinario, que le permitió ser consejero de laicos y laicas en Quito y Guayaquil. En el puerto principal aún es recordado como gran sacerdote y amigo. • Hernán Malo González, cuencano, recordado rector de la PUCE y extraordinario filósofo que hizo escuela en su cátedra universitaria. “Figura clave en la construcción de un discurso y una praxis de la filosofía, a tal grado que su obra empieza a ser considerada como un comienzo y recomienzo de la filosofía en el Ecuador, un clásico” (según el website de la Universidad Andina). Falleció prematuramente en 1983. • Luis Casañas, andaluz, Apóstol de Manta, fue párroco de La Merced (19942002), y gran constructor de capillas, consejero y luchador por la justicia social para el pueblo manabita. Creó la Fundación Social “Río Manta”; fue además párroco de La Dolorosa en Quito y formador de generaciones de jesuitas, hermanos y sacerdotes. Manta entera se volcó a las calles para darle su último adiós en agosto de 2005. Han sido, por supuesto, muchos más los hijos de san Ignacio, sacerdotes y hermanos, que, las más de las veces en el silencio, han trabajado por la mies del Señor en este suelo ecuatoriano. Los jesuitas de hoy nos consideramos los herederos de esta tradición que empezó cuando en 1588 llegaron los primeros jesuitas a la ciudad de Quito. AMDG Cuadro: Viceprovinciales y Provinciales desde 1937. • • • • • •  

Benigno Chiriboga Antonio Revuelto Pablo Muñoz Vega Luis E. Orellana Alfonso Villalba Marco V. Rueda

1937-45 1945-49 1949-55 1955-61 1961-66 1966-72 49  


• • • • • • • •

Luis A. Cruz Julio Tobar José Araujo Jorge Carrión Allan Mendoza Fernando Barredo Federico Ma. Sanfelíu Gilberto Freire

1972-77 1977-83 1983-89 1989-95 1995-2001 2001-04 2004-10 2010…

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Historia de los Jesuitas en el Ecuador