




Oaxaca de Juárez amanecía como siempre: llena de sabores, música de calenda, y rumores entre los pasillos del mercado. Pero en los últimos días, un misterio amargo se cocía a fuego lento en las cocinas de los barrios: el pozonque estaba desapareciendo.
En mercados como el 20 de Noviembre, el olor del maíz fermentado se había vuelto ácido, extraño. Las abuelas no encontraban explicación. Las cocineras lloraban frente a ollas vacías. Y los turistas… empezaban a preguntar si el pozonque era solo un mito.
Lo que nadie sabía era que un estudiante de prepa con superpoderes insectiles estaba a punto de salvarlo todo.
Su nombre era Axel Chablé. Pero en los callejones, y ruinas secretas de la ciudad, lo conocían como: “Mosquiman”

Todo comenzó con la llegada de un nuevo funcionario estatal: Víctor Hipólito, un supuesto “gestor gastronómico transdimensional”, que hablaba como político y se vestía como si nunca sudara.
Axel no con aba en él. Su olfato hipersensible detectaba algo antinatural: un olor metálico con trazas de cloro y chile podrido. Cada vez que Hipólito visitaba un mercado, el pozonque fallaba. La gente lo alababa sin saber por qué. Era como si hipnotizara a todos con solo hablar.
Axel lo siguió. Durante una noche de llovizna, lo vio entrar a una bodega tras el exconvento de Cuilápam. Allí lo descubrió: Víctor Hipólito no era humano. Era un Pozonqueñero, un alienígena que se alimentaba de la memoria culinaria de las civilizaciones. Su raza viajaba de planeta en planeta, borrando platillos ancestrales y debilitando la identidad de los pueblos.
—“Este pozonque es un peligro. Cada cucharada conecta generaciones. No puedo permitirlo.”
Axel se transformó en Mosquiman y atacó. Volaba en círculos, esquivaba tentáculos, golpeaba con la velocidad de la luz. Pero entonces… algo cambió.
Justo cuando Víctor Hipólito estaba a punto de liberar una ola de energía para desfermentar todas las cocinas tradicionales, alguien más entró en la escena.
Una gura silenciosa, con ojos rasgados, movimientos sigilosos, y una cola larga y exible que usaba como látigo. Su piel era de un verde terroso con patrones camuados. Se llamaba Gabriela, pero el mundo la conocería como: “Gabiguana.”

Con una sola patada giratoria, Gabiguana le arrancó un tentáculo al alienígena.
—“¿Quién… eres tú?” —preguntó Axel, atónito.
—“La última de los guardianes reptilianos de Mitla.” —respondió sin mirarlo—. “Y no pienso dejar que borren nuestro sabor.”
Axel sintió algo que no era parte de sus poderes de mosca: nervios.
Mosquiman y Gabiguana pelearon juntos. Él desde el aire, ella desde las sombras. Él esquivando con re ejos sobrehumanos, ella resistiendo ataques de ácido con su piel escamosa. Eran opuestos… pero perfectos.
Tras una batalla intensa, Víctor Hipólito intentó escapar, pero fue rodeado. Mosquiman le lanzó una olla con pozonque ancestral preparado por doña Luz María, la última cocinera tradicional de Teotitlán.
El líquido hirviente tocó al alien y reaccionó como fuego sagrado. Víctor gritó y se desintegró, dejando un artefacto alienígena y última advertencia:
“El mole negro será el siguiente.”
Después de la batalla, Axel y Gabiguana se sentaron en el techo del mercado Benito Juárez.
A lo lejos, los sonidos de la ciudad volvían a la normalidad: risas, calendas, marimbas, vapor de ollas felices.
—“No sabía que había más como yo,” dijo Axel.
—“Y yo no sabía que las moscas podían ser tan valientes,” respondió ella con media sonrisa.
Hablaron por horas: sobre el pozonque, las amenazas que venían, la herencia culinaria que protegían. Y también, sin decirlo, sobre lo solos que habían estado hasta ahora.
Mosquiman sintió que su mundo, que siempre había sido vertical y veloz, ahora encontraba equilibrio en la tierra templada donde Gabiguana se movía. Ella no volaba, pero sabía quedarse donde más dolía.


—“¿Peleamos juntos otra vez?”
—“Solo si esta vez tú preparas el pozonque.”
Los días pasaron. La gente olvidó la amenaza.
Pero las cocineras juraban que el sabor había cambiado: ahora el pozonque sabía más profundo, más completo, como si alguien lo estuviera cuidando desde las sombras.
Y en los techos de Oaxaca, dos guras recorrían las noches:
Una con zumbido y vuelo.
Otra con sigilo y fuerza terrestre.
Mosquiman y Gabiguana.
La pareja más improbable…
El dúo más necesario.
Porque cuando la tradición está en peligro, cuando los alienígenas quieren borrar nuestras raíces, y cuando el pozonque hierve menos de lo normal…
Ellos estarán ahí.
Juntos.
Volando y reptando.
Amando.
Y defendiendo el sabor.
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