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RELATOS GANADORES DEL PRIMER CONCURSO DE RELATOS IES LA CORREDORIA MODALIDAD A

LA HISTORIA INTERMINABLE Escuchad, amigos míos, que os voy a contar la primera historia del mundo, la última y todas las del medio. Donde empieza y acaba todo, la alegría y la tristeza, el recuerdo y el olvido, la vida y la muerte. Os voy a contar la historia interminable:

Abrió los ojos y vio que la luz de la luna le iluminaba el rostro, pero, ¿dónde estaba? ¿Cómo había llegado allí? Anduvo por aquel desierto infinito, sin rumbo fijo, durante días y noches, hasta que, para su sorpresa, vio una gran cueva y se adentró en ella. Las paredes se iban ensanchando a medida que avanzaba, hasta que no podía ver los techos. Se detuvo al llegar a una gran cámara, con forma de cúpula, en la que se encontraban las ruinas de una gran metrópolis, olvidada por el tiempo. Allí sentado, había un anciano con mirada perdida, que ante la visita del viajero, se levantó sobresaltado. -

¿Quién eres? –le preguntó el hombre perdido.


-

¿Es que acaso no lo sabes? –respondió el anciano indignado.

-

No, lo siento –se disculpó.

-

La verdad es… -murmuró el anciano con tono avergonzado- que yo tampoco. Solo recuerdo que he vivido muchos años. He visto alzarse civilizaciones y las he visto caer. He visto vida y muerte. Respeto y olvido. Alegría y miedo. Recuerdo que alguien me dijo que un día, un hombre perdido vendría, y yo tendría que concederle tres deseos. Adelante.

-

Quiero que en este desierto aparezca un gran lago, para que llegue la vida –dijo sin pensárselo dos veces-. Quiero ser inmortal, para ver siempre como evoluciona aquel lugar y que la gente que viva allí, me considere su jefe, casi como a un Dios. Y quiero que nadie quiera alejarse de mí ni del paraíso –añadió.

-

Te los concederé, pero debo advertirte de lo que podría pasar: No juegues con la vida del desierto, las cosas son así para que la balanza del Universo se equilibre. Vivirás miles de años, pero no serás inmortal, y recuerda que, aunque seas un jefe, un líder, o incluso un dios, nadie te recordará para siempre. Y el que abandone tu reino, olvidará que éste existe. Además debes conceder tres deseos si una persona, tan necesitada como lo estás tú ahora te lo pide.

-

Lo entiendo, pero acepto las condiciones- respondió testarudo.

-

Está bien. Ya llegará. Yo ahora me voy.

-

¿Pero adónde?


-

A descansar en paz… por fin.

Y vio al anciano desaparecer entre las ruinas. Salió de la cueva y empezó a andar de nuevo, hasta que estuvo tan cansado que se tumbó en la arena y cayó en un profundo sueño. Le despertó el agua en su cara. Estaba empezando a llover con fuerza y en una hondonada entre las dunas, se acumulaba poco a poco un lago. El hombre, dando saltos de alegría, corrió a la orilla y bebió aquella agua limpia, fresca y cristalina. Se quedó allí esperando, ya que como iba a vivir miles de años, no tenía prisa. Y tal como había predicho el anciano, la vida, de todas las clases y especies, apareció de la nada. Primero, llegaron las plantas, algunos juncos, palmeras…, pero luego creció alrededor un frondoso bosque, lleno de flores y frutos. Luego, llegaron los animales. Al principio algunos insectos, peces en el lago, lagartos, ratones. Y más tarde, llegaron los grandes: desde vacas, cebras, llamas…; hasta leones, lobos, osos… Hasta que por fin, después de tanta espera, llegaron los humanos. Una tribu de nómadas se hizo sedentaria, maravillados ante tanta y hermosa vida. El antes hombre perdido, ahora creador de vida, les contó que todo eso estaba allí gracias a él y ellos como agradecimiento por darles cobijo en aquel paraíso, lo hicieron su jefe.


La noticia se propagó y cada vez llegó más gente. Cambiaron una sencilla aldea con casas de adobe, por un poblado hecho de piedra. Pasaron los años y lo que empezó siendo un desierto, se convirtió en una ciudad inmensa, con millones y millones de habitantes, y con edificios tan altos, que más que alzados de la tierra, parecían colgados del cielo. Evidentemente, el creador de vida era su gobernador. Todo lo que se hacía en aquella ciudad se hacía bajo su mando, pero la gente lo quería y respetaba. Tras tanto tiempo de esplendor, lo bueno, llegó a su fin. Acabó habiendo tanta gente que no había ni comida, ni ropa, ni energía ni ningún otro recurso. Hubo muertes, ya sea de hambre o enfermedad. Los habitantes se marchaban dejando atrás todo, y justo en el momento que abandonaban la frontera, olvidaban su vida pasada, sus amigos, sus familias, sus cosas y su ciudad. Pero seguían avanzando, acelerando más la marcha del motor, ya que sí se acordaban de que estaban intentando huir de algo, que si se daban media vuelta, acabarían perjudicados. El creador de vida, no podía hacer nada. Intentaba convencer a alguien para que se quedara, les advertía que afuera no había más que un desierto, pero nadie le escuchaba. Lo siguió intentando hasta que solo quedó otra persona. -

¡No, espera! ¡No te vayas! –gritó casi entre sollozos, agarrándolo desesperadamente del brazo-. ¡No…!


El otro hombre se soltó y salió corriendo para no volver. Así fue como el creador de vida se quedó solo. Solo en aquel otra vez desierto de olvido, que antes había sido vida, que antes había sido olvido. Se sentó, a esperar, olvidando todo aquello, lo bueno y lo malo, solo para aguantar con la conciencia un poco más tranquila, con la mente un poco más cuerda. El lago se secó, las plantas se marchitaron, los animales murieron o huyeron. Las arenas del desierto cubrieron la ciudad, formando una cúpula a su alrededor, dejándolo todo en las sombras. Un día, un hombre, apareció y lo despertó de su trance, preguntando: -

¿Y tú quién eres?

-

¿Cómo puedes no saberlo?

-

No lo sé…

-

Bueno, no importa… yo tampoco lo sé demasiado bien. Recuerdo que cree vida, belleza y esplendor. Pero también muerte, miedo y olvido. Recuerdo ver cómo terminó todo, hace milenios, pero también cómo empezó, hace mucho, muchísimo más tiempo. Y recuerdo que una vez, alguien me dijo que una persona desesperada y necesitada vendría a mí, y que yo le concedería tres deseos.

-

Deseo que salga un manantial en el desierto que hay afuera, para que venga la vida. Deseo vivir millones de años para ver cómo se desarrolla todo aquello. Y quiero tener poderes para ayudar a los que lo necesiten y no quieran marcharse nunca de mi lado.


-

Muy bien. Todo eso tiene sus consecuencias, verás…

-

No me importan, las acepto, sean las que sean.

-

Bien, recuerda que si alguna vez te encuentras a alguien que esté como tú en este momento, deberás concederle tres deseos. Y ahora… me voy a descansar en paz.

El dios olvidado, antes creador de vida, antes hombre perdido, se marchó hacia la oscuridad, dejando al otro hombre perdido, próximo creador de vida, próximo dios olvidado con sus tres deseos y su inevitable perdición.

Y así fue como la ambición de los hombres por crear les destruyó a ellos y a todo su mundo. Como todo volvió a empezar y acabar de nuevo, siempre distinto, pero siempre igual. Y esta historia seguirá siendo la misma, mientras los humanos no cambien, mientras sigan pensando que más es más. Así será por los restos de los siglos de los siglos.

Isabel Vicente Collado 2º A


DESDE LAS NUBES

Era un día normal, cuando me di cuenta de algo muy importante.

Empecé un día normal, como siempre, paseando por las calles, tranquilo. Me acordé de que me faltaba leche y otras cosas, así que fui al supermercado más cercano, a la vuelta de la esquina a dos manzanas. Al llegar, compré leche, huevos y por supuesto, refrescos. Fui a pagar a la caja cuando nos atracaron, al comerciante y a mí. Pero solo a mí, por intentar salvar al pobre comerciante asustado, me disparó. No me dolió, no sangré, la bala pasó por mi cuerpo rápida como el viento en un huracán y salió hasta chocar contra el cristal de una de las puertas de la nevera de refrescos, donde antes cogí yo uno de limón. Los tres (el atracador, el comerciante y yo) nos quedamos asombrados ante tal transparencia en mi cuerpo. ¿Por qué no he muerto?, no es que quiera morir pero…

El atracador salió corriendo. Aún con cara de asombro, el comerciante me dijo el precio: -Son cinco euros con noventa. Yo respondí dándole un billete de 5 euros y una moneda de 1: -Quédate el cambio Se merecía el cambio, después de lo que vio.


Al salir del supermercado, miré hacia atrás y vi al comerciante desmayado. Era de noche, me fui a mi casa.

Al día siguiente, me desperté pensando en el día anterior, y, por primera vez en aquel lugar, a alguien se le ocurrió mirar abajo, a mí (no sé por qué nadie miró abajo nunca). Vi algo que me asustó y que asustaría a todo el que lo viera, vi las nubes, y tras ellas, personas haciendo su vida normal. He muerto, y ni siquiera me di cuenta de ello. Les dije a todos que miraran hacia abajo, y todos acabaron como yo, asustados con lágrimas cayendo sobre sus caras, y sobre la mía, allí abajo llovería sobre sus cabezas, y aquí arriba se llenó el ambiente de tristeza.

Sí, hay vida después de la muerte, pero en esa vida, no hay muerte.

Era un día normal, cuando me di cuenta de algo muy importante: estaba muerto.

Rosa Jiménez Ventas 2º A


EL VIEJO SOLITARIO

Jorge era un chico de unos 15 años que vivía en Barcelona. Su padre era un militar muy importante y acababa de empezar la Guerra Civil española, por tanto le mandaron con su tío Ricardo, a un pueblo de la costa. Cuando Jorge y Lucía, su hermana pequeña, llegaron allí se encontraron una gran mansión y pocas casas pequeñas rodeándola. En medio de la plaza, sentado en el pozo estaba Ricardo. Este les llevó a una casa pequeña y solo les dijo que no le molestaran y que no entraran nunca en su habitación. Ricardo se encerró en su habitación y dejó a los niños frente a unas escaleras. Jorge empezó a investigar aquel lugar, era una casa pequeña, lúgubre y algo tenebrosa, dado que si mirabas por la ventana veías la parte trasera de la mansión. A Lucía le aterrorizaba el mero hecho de tener que vivir al lado de esa mansión hasta que la guerra finalizara, así que cuando vio a su hermano subir las escaleras fue tras él. Llegaron a un pasillo con dos puertas, abrieron la primera, había una habitación perfectamente compuesta, un poco sucia, pero en fin, una habitación. Así que dispuestos a pasar la noche en ella se empezaron a instalar. Jorge se percató de un cuadro muy extraño que colgaba de la pared, en ella aparecían su padre, su tío Ricardo y un tercer hombre, éste era joven como su padre y su tío en aquella época, pero tenía cara de intranquilidad, como si no estuviese seguro de estar posando delante de la mansión. Jorge se había quedado embelesado mirando la fotografía, hasta que su hermana le pegó un tirón de la chaqueta y le dijo: -¿Por qué miras esa fotografía? -No sé-respondió él fingiendo que aquella mirada no le había asustado.-Me hace gracia como sale Padre… -Bueno, vamos a dormir, ¿qué lado de la cama te pides? -Me da igual- Justo cuando terminó de pronunciar esas palabras con un ruido como si de una estampida se tratase, Ricardo apareció en la habitación hecho una furia. -¿¡Cómo os atrevéis a entrar en esta habitación!? Jorge y Lucía recogieron sus cosas muy rápido y salieron de aquella habitación.


Ricardo les guió hasta la otra puerta, en ella había dos colchones y dos mantas tiradas en el suelo. Nada más. -Os arreglaréis con esto por una temporada, si empezáis a trabajar podréis compraros más cosas, pero con vuestro dinero, ya sois mayorcitos…De momento, os mantendré yo, pero tendréis que ayudarme.- dijo Ricardo con tono muy severo. -¿A…Ayudarte? ¿A qué?-Preguntó Lucía, tartamudeando, se ve que el tío Ricardo la asustaba. -Pues…..Tú ,jovencita, harás las tareas del hogar, y tú -Dijo señalando con un dedo largo y fino a Jorge- te encargarás de los animales. -¡Pero eso es muy injusto, yo prefiero cuidar a los animales!-Protestó Lucía Ricardo se dio la vuelta dando a entender que él no aceptaba réplicas. -Yo te ayudaré…..tranquila, pronto se acabará la guerra y volveremos a casa- dijo Jorge a su hermana.

Al día siguiente, cuando Jorge se despertó no había nadie en el otro colchón, así que se vistió rápidamente y bajó a buscar a su hermana. Ella estaba sentada en las escaleras, con la puerta abierta mirando fijamente a la mansión. Jorge sin hacer ruido se sentó a su lado y se quedaron un rato mirándola. Cuando a Jorge le entró hambre dijo: -¿Qué hay para desayunar? -Pues….nada, cuando me levanté no había nada de comer, solo una nota en la cocina. Así que me senté aquí a esperar a que te levantaras, o a que llegara Ricardo. Habrá salido a comprar algo. -¿Sabes a qué hora ha salido? -No, cuando me levanté ya no estaba. -¿Y qué pone en la nota? -Que compremos pan, nada más, y yo no he ido, porque tú me dijiste que me ibas a ayudar.


-Vaaaaaaaale, iré a la plaza, a ver si alguien sabe dónde está la panadería y los dichosos animales de Ricardo. -Yo me quedo aquí, tendré que ser la sirvienta de Ricardo… -Hasta luego- Dijo Jorge agarrando la nota y la peseta que estaban encima de la mesa de la cocina. Salió a la calle y avanzó caminando al lado de la pared lateral de la mansión. Llegó a la plaza y vio que en una de las casas había una que ponía en un letrero rojo: PANADERÍA

Entró en ella y se sorprendió bastante ya que no se imaginaba tanta

gente en ese pueblo, aunque solo eran 10 personas. Cuando le tocó el turno le pidió la hogaza de pan más grande, por si acaso, pensó. Y después preguntó: -¿Sabe usted dónde guarda Ricardo los animales?- Y añadió-Soy Jorge, su sobrino. -Sí-Contestó el hombre con un vozarrón grave- en la parte trasera de la mansión. -Gracias- Contestó el niño. Se dirigió a la parte trasera de la mansión, como el panadero le había indicado. Cuando llegó allí vio una cuadra casi en ruinas, entró en ella y no vio ningún animal, aquello le resultó muy extraño. Volvió a salir, al mirar por una de las ventanas de la mansión vio a Lucía, ella estaba feliz, como si allí dentro sintiera paz. Jorge trepó por una columna del patio hasta llegar a esa ventana. Le pegó una patada y entró. Allí sintió como si el tiempo se detuviese, buscó a su hermana fijándose en la belleza de aquel edificio. Al encontrarla no le dijo nada, solo estuvieron recorriendo la casa de arriba abajo durante al menos dos horas. Allí dentro se sentían bien, despreocupados, libres. Salieron al exterior, ninguno de los dos dijo nada hasta llegar a la casa de Ricardo. Cuando llegaron allí ella dijo: -Me sentí a gusto en cuanto entré allí, ¿te pasó lo mismo? -Sí- Dijo él. Vieron a Ricardo entrar por la puerta y Lucía en un arrebato por saber más sobre aquella casa le preguntó a Ricardo porque sentía tanta paz allí dentro.


Él le contestó muy enfadado que nunca volvieran allí, que aquel hombre de la vieja fotografía era su hermano mellizo, y que de pequeños habían entrado allí. Su hermano jamás pudo volver a salir de aquella extraña mansión, porque se sentía tan bien allí que cada vez que salía enfermaba hasta tal punto que casi moría. Ricardo iba a la mansión todos los días y llevaba comida y bebida a su hermano que vagaba feliz por aquella mansión. También avisó a los niños de que les iba a ser difícil vivir lejos de la mansión, pero que podían ir a visitarle cuando quisieran. Lucía salió corriendo y Jorge y Ricardo salieron tras ella. Entró en la casa y no volvió a salir nunca. Todos los días Ricardo y Jorge a primera hora de la mañana salían de la pequeña casa hacia la mansión para dar comida a sus hermanos. Pasaron los años, los padres de Jorge no volvieron a recogerle, y él se hizo a la idea de que habían muerto. Cuando Ricardo falleció, su espíritu pasó a formar parte de la mansión. Jorge no hablaba con nadie en el pueblo, y se convirtió en el viejo loco que frecuentaba la mansión e iba a alimentar a los “fantasmas”.

Susana Viñayo Zumalacárregui 2ºA


MODALIDAD B

¿AMISTAD TRAICIONADA? Habréis oído hablar alguna vez de la llamada Ley de Murphy, esa famosa frase que denota una actitud pesimista ante el devenir de acontecimientos futuros, esa famosa frase que dice que si algo puede salir mal, saldrá mal; pues bien, esa famosa frase es una auténtica farsa y como prueba de ello se encuentra ante vosotros un servidor. ¿Mi nombre? Lucke Michelson, aunque se me conoce más por el nombre de Guante Blanco y no porqué sea medico ni nada de eso… mi profesión es mucho más emocionante, ¿qué cuál es? Pues bien, podría decirse que tomo prestado lo que está cogiendo polvo en los museos y lo llevo a mi casa para venderlo a quien no deje que esas obras, que valen miles de euros, cojan polvo. Pero no penséis que soy un ladronzuelo cualquiera, el robar es un arte, un arte que últimamente cualquiera piensa que puede realizar, desde niños robando caramelos en tiendas, hasta abuelas estafando a la Seguridad Social y es que en los tiempos que corren el robo se ha extendido mucho, pero solo unos pocos somos auténticos artistas del robo y es que en contra de Murphy, según mi ley, si algo puede salir bien, saldrá bien; pero eso sí, tiene que tener su correcta preparación inicial, y de este modo todo irá sobre ruedas, o al menos eso pensaba yo… y es que miradme, aquí estoy, sentado en un coche patrulla a la espera de ir a prisión, mirando por la ventanilla cómo esos policías se regodean y felicitan por haber atrapado a uno de las mayores ladrones que hay, pero sobre todo fijándome en ella, ella, esa astuta inspectora de policía que ha llegado nueva a la ciudad; ella, que ha sido la causante de mi mal y la culpable de que yo vaya a acabar encerrado entre barrotes y todo parecía tan normal esta mañana, quién me iba a decir al levantarme de la cama que todo iba a acabar así, parecía que iba a ser un día normal, un día normal con su rutina, la única diferencia era que hoy, iba a ser nuestro último golpe y después podríamos retirarnos, pero me temo que las cosas acabaron de forma muy distinta. Me levanté como cualquier día a las siete y media de la mañana y como siempre miré por la ventana de la habitación, me gusta ver los rayos del sol al amanecer intercalándose entre los rascacielos. Desde el golpe de Boston tuvimos que desaparecer durante un tiempo, cada vez que lo recuerdo me invade la risa. La sencillez del plan hizo de ese golpe un gran golpe, con él nos colocamos en el número tres del ranking de mayores robos y en mi opinión, aunque sea el tercero, es el más original, y es que dos hombres disfrazados de policía entrando en el museo y convenciendo a los guardas de que se trataba de una emergencia a mi parecer es una de esas obras maestras del robo que os comenté. Solo tuvimos que llevar a los guardas al sótano donde los esposamos y después estuvimos más de una hora recorriendo a nuestro antojo los pasillos del museo cogiendo lo que se nos apetecía, pura maestría del engaño y es que si os tuviese que dar un consejo este sería que hagáis que parezca que la acción está ocurriendo en un sitio mientras la verdadera acción ocurre en otro lugar. Me dirigí al baño y me mire en el espejo, seguía siendo el


mismo ladrón de 1,80, pelo castaño y de ojos verdes de siempre, me disponía a ducharme cuando Josh entró por la puerta (os habréis dado cuenta de que he estado hablando en plural, pues Josh es esa otra persona con la que di el golpe de esta noche y con el que di el golpe de Boston). Como siempre le pregunté si había algún tipo de novedad, llevábamos semanas observando el nuevo museo de la ciudad, hicimos múltiples visitas para familiarizarnos con él, estudiamos durante semanas los planos de construcción del lugar para ver las posibles rutas de entrada y de salida rápida, siempre hay que tener una ruta de salida rápida, nunca sabes cuándo las cosas se pondrán feas y por eso es por lo que siempre le pregunto a Josh si hay algún tipo de novedad, hay que tener todas las posibles circunstancias bajo control, pero lo raro en esta ocasión fue su respuesta, normalmente siempre decía que todo estaba bajo control y que no había ningún tipo de novedad, pero esta vez esa no fue su respuesta, esta vez lo que me dijo fue otra cosa: - Sí, hay una, no es una novedad muy importante, pero hay que tenerlas todas en cuenta. - ¿Cuál es? –le pregunté. - Una nueva inspectora de policía que ha llegado nueva hace 5 días a la ciudad. - ¿Representa algún tipo de amenaza? - La he estado investigando y… lo raro es que no encontré nada, ni archivos de su infancia, ni sus estudios, ni su procedencia, ni nada. Es como si no existiese y sin embargo… - Y sin embargo está aquí justo cuando nosotros vamos a dar el golpe… ¿Cómo se llama? - Ashley Thorme, la he visto… parece inofensiva pero esas suelen ser las peores; alta, pelo castaño, largo, ojos verdes, no parece la típica policía. – Antes de continuar sacó una foto de su bolsillo y me la mostró- Esta es ella. - Déjame ver, –Le cogí la foto y la observé atentamente, en ella se la veía saliendo de la comisaria con un café en su mano izquierda y el móvil en su mano derecha. - es muy guapa, no parece policía. - Eso mismo pensé yo cuando la vi, una mujer así, con tanta clase, tiene que venir de una familia rica, fíjate en la ropa que lleva, esa ropa no se compra en cualquier sitio; guapa y con dinero, una mujer así tuvo muchas más opciones, mejores opciones que la de acabar como policía. - Algo le tuvo que suceder… - Todo parecía muy extraño pero hacía dos semanas que habían abierto el museo nuevo y en ese momento pensé que con motivo de la nueva exposición habrían pedido más personal para reforzar la seguridad. - ¿Qué hacemos? ¿Continuamos con el plan? –Me preguntó preocupado Josh. - Sí, continuamos, llevamos semanas preparándolo y una nueva inspectora de policía no tiene por qué frenarnos. –no me hagáis caso, una nueva inspectora de policía sí tiene por qué frenaros, sobre todo si es una como esta.- De acuerdo, haré los últimos preparativos. Dicho esto Josh se dio media vuelta y salió del baño, yo seguí duchándome, pero el pensamiento de la nueva inspectora me rondaba la cabeza y no me dejaba relajarme, me parecía demasiada coincidencia, pero no me preocupaba demasiado. Josh y yo ya habíamos dado muchos golpes antes, formábamos la pareja perfecta, nos sincronizábamos perfectamente, es como si uno supiese lo que piensa el otro. Nos conocíamos desde pequeños, nuestras madres nos


solían llevar juntos al parque y según fuimos creciendo nuestra amistad se fue haciendo mayor. Robamos nuestro primer caramelo juntos; yo distraía al dependiente y él cogía los caramelos… nos acabaron pillando, pero 14 años después aquí estamos, a punto de robar un museo, confío plenamente en él, o mejor dicho… confiaba y es que él no está ahora mismo en el coche patrulla conmigo, ha abandonado el equipo… me ha traicionado. Pero no nos adelantemos en la historia, los policías siguen hablando creo que discuten sobre quién me llevará ante la justicia, así que todavía tengo tiempo de sobra para seguir contándoos cómo acabé en esta situación. El resto del día continuó como cualquier otro, se iba acercando la hora, el museo cerraba a las 9 de la noche así que para las 7 nosotros ya estaríamos dentro, entraríamos como unos visitantes normales y nos esconderíamos hasta la hora en la que cerrase el museo y después Josh iría hasta la zona de vigilancia y apagaría las cámaras. De los guardas de seguridad me ocupaba yo, no os confundáis somos ladrones no asesinos, no pretendía matar a nadie, solamente se les neutralizaba o adormecía, como queráis llamarlo, mientras dábamos el golpe y después del sueñecito se despertarían y como nuevos. Eran las seis y media de la tarde y Josh y yo ya nos habíamos separado, no podemos entrar a la vez en el museo, nos podrían asociar; así que Josh entraría a esta hora y quince minutos después entraría yo, siguiendo el plan cogí el walkie-talkie y salí de casa dirección al museo. Llegué pocos minutos antes de menos cuarto, miré el móvil y tenía un mensaje de Josh, ya estaba dentro, así que entré y merodeé unos diez minutos por el museo, haciendo alguna que otra foto para aparentar, dando unas vueltas por los pasillos para despistar a las cámaras y me dirigí hacia el cuarto de limpieza, yo me escondería allí y Josh en el almacén de la sala egipcia. El museo cerraba a las 9 así que saldríamos a las nueve y media, habíamos quedado en la sala de arte greco-romano ahí nos reuniríamos y sincronizaríamos relojes. Estuve esperando 3 horas, podría deciros lo mucho que me aburrí en esos momentos y todo lo que hice, pero os aburriría también a vosotros, solo espero que el limpiador de la mañana cambie el agua del cubo, por desgracia las pausas para el baño no están incluidas en este trabajo. Dieron las nueve y veinticinco, era hora de salir y dirigirme hacia la sala grecoromana, cuando llegue Josh ya estaba allí, sincronizamos los relojes, para las once ya tendríamos que estar fuera pero Josh se fue mucho antes y no se fue sin hacer nada, eso tenerlo por seguro, supo muy bien como jugármela. Me dirigí hacia la sala número 3, ahí es donde se encontraba la nueva exposición y Josh se dirigió hacia la zona de vigilancia, tenía que desactivar las cámaras, pero adivinad qué… no lo hizo. Iba caminando por el pasillo mientras me dirigía hacia la sala, todo era muy extraño ni guardas de seguridad, ni sonidos extraños, ni nada, todo era demasiado fácil, de pronto el silencio fue interrumpido y la tranquilidad que reinaba desapareció, la alarma del museo comenzó a sonar mientras las puertas comenzaban a cerrarse y entonces entendí que estaba en una trampa. Corrí cuanto puede para escapar, me dirigí hacia la ruta de salida rápida pero cuando estaba llegando tres policías estaban en la puerta, comenzaron a perseguirme y decidí subir por las escaleras, pero en el último momento tomé la decisión de quedarme en el primer piso y esconderme detrás de una columna, los policías subieron por las escaleras, pensaba que estaba a salvo. Intentaba comunicarme con Josh para ver que sucedía cuando por la puerta


principal entraron multitud de policías y entre ellos la inspectora, estaba muy nervioso, todo el trabajo que habíamos hecho estaba a punto de culminar en desastre y continuaba sin saber nada de Josh, pero esa incertidumbre solo duró tres segundos más, dos policías traían a Josh, le habían cogido o eso creí yo hasta que le vi hablar con la inspectora y le dejaron marchar. Me había traicionado, había tirado por la borda todos los años de amistad y confianza, le había contado a la policía todo el plan, pero no tenía tiempo para preocuparme de Josh, tenía que salir de allí. - ¡Id por la izquierda! – gritó la inspectora – yo iré por la derecha. Decidí aprovechar el momento de separación y me dirigí corriendo hacia la salida, pero antes de salir por la puerta miré por la ventana, multitud de coches patrulla y policías estaban fuera, imposible salir por ahí, así que me fui corriendo por el pasillo de la derecha pensé que si encontraba a la inspectora podría usarla como rehén y escapar pero allí no había nadie, ¿dónde se había metido? Antes de poder girarme para volver atrás, ya tenía a dos policías encima de mí, entonces decidí salir por la puerta que daba a la salida de emergencia y, para mi sorpresa y desgracia, la inspectora estaba ahí, entonces sacó sus esposas y dijo: - Tú decides, ¿por las buenas o por las malas? Con media docena de policías detrás y con la inspectora por delante no me quedó más remedio que entregarme, y esa es la historia de cómo he acabado aquí, en este coche patrulla, a la espera de ir a prisión. Mientras miro cómo todos se felicitan por el buen trabajo, escucho cómo se preguntan quién me llevará a la cárcel y cómo la inspectora dice que quiere ser ella quien me lleve ante la justicia y acto seguido se sube al coche arranca el motor y comienza el último recorrido con mis últimos momentos de libertad. Para mi pesar he de admitir que Murphy tenía razón, por mucho que prepares las cosas siempre puede haber circunstancias que hagan que las cosas salgan mal, pero aun así sólo hay una pregunta a la que quiero una respuesta: - ¿Por qué? – Pregunté - Simple, has cometido un delito y tienes que pagar por ello. –Me respondió. - No quise decir eso, me refiero a ¿por qué policía? Se te ve que has tenido mejores opciones para escoger, provienes de familia rica y sin embargo eres policía. - Sí, soy rica, pero no vengo de una familia rica. - ¿Entonces? Comenzó a reírse y dijo: - ¿Todavía no lo has entendido verdad? - ¿El qué hay que entender? Ella continuó riendo, cuando me di cuenta de que no nos dirigíamos hacia la comisaría íbamos hacia los muelles, cuando llegamos había un coche negro esperando. - Bájate del coche vamos –Me ordenó. Yo no entendía nada pero obedecí y cuando me bajé del coche ella vino a quitarme las esposas, una vez lo hizo, alguien se bajó del coche negro, tras fijarme bien, pude ver que era Josh. - Maldito –Grité, estaba lleno de irá y me dirigía a golpearle cuando me dijo: - Ten cuidado con lo que haces, primero infórmate bien de lo que está sucediendo. Te presento a Diana Black, alias inspectora Ashley Thorme, número cuatro en robo a bancos.


- ¿Qué? ¿De qué estás hablando? - Cuando vi que tu amigo – comenzó a explicar Ashley o Diana, ya no sé muy bien quién es- me estaba sacando fotos esta mañana me dirigí hacia él para detenerlo pero… - Para su sorpresa la reconocí, teñirse el pelo y ponerse unas lentillas de color no sirvieron para evitar que la identificase. - Yo vine atraída como vosotros por la apertura del nuevo museo, había decidido meterme en el cuerpo de policía para disimular, ¿quién iba a sospechar de una policía? Cuando Josh me contó vuestro, plan vi mi oportunidad de dar el golpe así que le amenacé con que daría el soplo. - Te dije que las mujeres que parecen más inofensivas son las más peligrosas. - Así que montamos un plan; pero, para que funcionase, tú no tenías que saber nada. El plan se basaba en tu consejo de haz que la acción parezca que sucede en un lugar mientras la verdadera acción sucede en otro lugar, de este modo, mientras los policías estaban ocupados persiguiéndote a ti, yo… - Tú pasabas las obras de arte del robo a Josh por la salida de emergencia, por eso estabas ahí cuando yo intentaba escapar. - Y hubiésemos robado más –dijo Josh- si tu no hubieses aparecido tan pronto, hubiésemos robado lo suficiente para retirarnos tal y como habíamos planeado. - ¿Me tomas el pelo? ¡Esto ha sido una de esas obras maestras del robo! ¡Mejor que el golpe de Boston! Hacía tiempo que no sentía tanta emoción mientras cometíamos un delito, la adrenalina se me disparó cuando pensaba que me habían atrapado, ¡pensaba que iba a acabar en la cárcel! Y sin embargo aquí estoy, abrazando la libertad de nuevo; no, amigo, todavía no podemos retirarnos del negocio, nos quedan muchos golpes por dar, esto solo acaba de empezar…

Pelayo Díaz Soto 1º Bachiller


EVAPORARSE

Al final se encontraba junto al charco. Cada vez que me despertaba veía una oveja más flaca que el día anterior, siempre de pie e inmóvil junto a un charco de sucia agua marrón. Sabía que no tendríamos que haber venido, pero mi pobre padre no era más que un ingenuo soñador, así que, como cabía esperar, no supo ver más allá de la esplendorosa fachada de prosperidad y oportunidad que brindaba la ciudad y perdimos la casa, todo el dinero y casi todas las ovejas. Y ahora, junto a la duna bajo la que descansa mi padre desde hace dos días, contemplo impotente cómo la oveja, lentamente, pliega sus patas y baja la cabeza, mientras bajo el abrasador sol de la mañana se evaporan las últimas gotas del charco que impedía que la tierra se agrietase.

Laura Jiménez Ventas 2º A


EL MANUSCRITO

El lobo me miró fijamente, enseñando sus afilados colmillos. De repente vi cómo se abalanzaba sobre mí, sin tener oportunidad alguna de huir o defenderme. Me preparé para un mordisco doloroso y letal. Sin embargo, justo en el momento en el que sus colmillos rozaban mi piel… me desperté. Otra pesadilla, para variar. No había logrado dormir bien desde mi llegada al internado dos meses atrás. Mis padres habían decidido meterme allí tras haber suspendido seis asignaturas pues creían que se debía a mi afición por los videojuegos. Así pues, habían elegido un internado situado a las afueras de Brighton, famoso por su estricto reglamento en contra de las nuevas tecnologías. Obviamente, lo odiaba. El mes de noviembre había comenzado con un tiempo frío y lluvioso, incrementando así mi odio hacia aquel lugar. Pese a llevar allí un par de meses, aún no me había acostumbrado al mal tiempo pues yo estaba habituada a vivir en un clima algo más caluroso. Además, aún no había conseguido hacer ningún amigo pues la gente del lugar no hablaba mucho. Tras ver que no volvería a conciliar el sueño decidí darme una ducha mientras todo el mundo dormía, para así no tener que hacer cola cuando se levantasen para ir a clase.


Mientras bajaba las escaleras hacia el comedor me pregunté cuándo habrían construido el internado. Era de esos edificios grandes que no tienes ni idea de cuántos años tiene, como las iglesias y catedrales. Como ese día tenía pocas clases me prometí pasar por la biblioteca para despejar esa pequeña duda. Estábamos a viernes y los viernes se acortaba el tiempo lectivo pues ciertos alumnos tenían permiso para salir el fin de semana y visitar a su familia. Por suerte, yo no era de esos alumnos. Y digo por suerte porque no había vuelto a hablar con mis padres desde que me habían metido en aquel infierno. Sí, infierno, no tenía ningún amigo con quien pasar el tiempo, ni televisión, ni móvil, ni internet, ni ninguna otra cosa con la que pasar las horas en las que no tenía clase, que eran bastantes. Aunque estaba la biblioteca. Era la biblioteca más grande en la que había estado. Y, a pesar de que hacía tiempo que había perdido mi hábito de leer, durante el tiempo que llevaba ahí lo había retomado. Tras desayunar un par de tostadas y una taza de leche, me dirigí a mi primera clase del día, trigonometría. Nunca me había gustado tener esa clase tan temprano, me adormecía. Aún así, la mañana pasó rápidamente y antes de la hora de comer la mitad del alumnado ya se había ido con sus familias. Después de comer decidí pasar la tarde en la biblioteca. Allí me encontré, obviamente, con la bibliotecaria. Era una mujer mayor, de unos sesenta años. No era de esas señoras que trataban de ocultar las canas con el tinte sino que se enorgullecía de llevar el pelo al natural.

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El primer día que la vi me fijé en sus gafas con cordón y me acordé de que las bibliotecarias de los libros solían llevarlas también así. Me comentó que el internado era, en realidad, un antiguo monasterio del siglo X, el cual había sido reformado y restaurado para crear así la actual institución. Me sorprendí admirando la belleza del lugar durante toda la tarde. Por suerte, ese día no había llovido y pude dar un paseo por el jardín, desde donde veía el internado y, algo más lejos, el mar. La verdad es que el paisaje era hermoso, era de las pocas cosas que me gustaban de aquel lugar. Sin embargo, estar alejada de mis amigos, de mi familia, de todo lo que conocía, hacía que siguiese odiando el hecho de estar allí. Me acosté temprano y disfruté de no tener que madrugar. A la mañana siguiente me di una ducha rápida y me dirigí de nuevo a la biblioteca, esperando encontrar algún libro interesante con el que entretenerme el fin de semana. Sin embargo, con lo que me encontré fue con una sorpresa de la bibliotecaria: al parecer, me iba a prestar una llave. Con esa llave tendría acceso a un ala de la biblioteca a la que no todo el mundo podía acceder, con libros más antiguos y que necesitaban un mayor cuidado. Además, en ese ala había un par de salas de estudio donde poder leer sin que nadie molestara. Parece ser que a la bibliotecaria le caía bien.

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Me pasé toda la tarde investigando el ala que no conocía de la biblioteca. Las estanterías estaban llenas de polvo, se notaba que la mayoría de libros hacía tiempo que no habían sido tocados. Pero de entre todos los libros me fijé en uno. Sólo en uno. Era un libro diferente, concretamente un manuscrito, que parecía más antiguo que los demás . Y lo más importante, no tenía título, ni autor, ni nada que pudiera hacerle destacar. Además, de lo poco que leí no entendí nada. Pregunté a la bibliotecaria por ese extraño libro y me comentó que debía de pertenecer a los libros que pertenecían al monasterio, pues no tenían registro alguno del mismo. Por tanto, tras prometer que cuidaría bien del libro, me lo llevé a mi cuarto con el fin de intentar descifrar algo de lo que decía. Una de las cosas que tenía claras era la fecha, pues los números parecían ser los mismos. El documento pertenecía al siglo XIV. Pese a haber estado horas intentando traducir esos extraños caracteres, no pude. Sin embargo tuve un momento de lucidez y me di cuenta de que había aproximadamente la misma cantidad de caracteres que en nuestro alfabeto. Así pues, tenía que ser un código y no necesariamente un idioma nuevo. Además, había algunos dibujos y poco a poco fui dando forma a lo que podía significar aquel libro. Me llevó semanas, pero lo conseguí. El libro hablaba sobre la caída de los cuerpos, y más concretamente sobre que no importa cuál sea el peso pues llegan al suelo a la vez. Esto me sorprendió bastante, pues tenía entendido que eso no se había

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descubierto hasta cierto tiempo después. Pero como no estaba segura, decidí investigar un poco al día siguiente. En efecto, había sido Galilei en 1604 quien había volcado casi 2000 años de creencia aristotélica demostrando que todos los cuerpos caen a la misma velocidad. Sin embargo, el libro tenía una fecha bastante clara, 1398. Pudo haber sido algún tipo de broma, pudo haber sido escrito el libro tiempo después del descubrimiento de Galilei, pero decidí dejarme llevar y creer que ese documento databa de un par de siglos antes del descubrimiento. Tras mi pequeña investigación me di cuenta de que todo en lo que creía podía haber sido diferente. Todos los siglos de historia, todos los descubrimientos, todos nuestros avances podrían no haber sido así. Quizá si ciertos libros se hubiesen publicado, quizá si a ciertas personas se les hubiese escuchado, quizá si la gente no hubiese sido tan obcecada, la historia habría cambiado. A lo mejor nuestra ciencia sería mucho más avanzada y habríamos encontrado antes la cura del cáncer que la manera de hacer bombas nucleares. Sin embargo, el pasado no se puede cambiar… pero sí el futuro.

Selia Khayat Prada 2º Bachiller

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Relatosganadores  

Relatos ganadores del primer concurso de relatos del IES La Corredoria

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