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Iglesia Alfonso Gil, un seminarista en el Concilio Vaticano II:

«Doy gracias por vivir esta Iglesia tan humana y tan tocada por el Espíritu» Redacción

–¿Qué recuerdo tienes de aquel día? –No cabe duda de que el Concilio ha sido un acontecimiento histórico y el haber estado allí presente en el aula conciliar, la Basílica de San Pedro, en el acto con que se inauguraba es una experiencia que marca. Entonces yo era estudiante de teología en Roma y aquel 11 de octubre acompañé a mi obispo hasta San Pedro; luego entré sin que, sorprendentemente, nadie me lo impidiera. Bien sé que la presencia física en sí misma no es gran cosa. Y que lo importante es conocer, sintonizar, incorporar todo lo que vendría después. Y eso se hace desde cualquier lugar de la Iglesia, si hay inquietud y voluntad. Pero el hecho de «estar», con lo que supone de ver, oír, tocar, respirar una

atmósfera…, genera una vibración especial, inolvidable. –Y cuando se pone en marcha aquella maquinaria… –Ya desde el principio el seguimiento de los debates fue muy interesante. Las primeras semanas se planteó el enfoque general del Concilio. Es sabido que los organizadores, que inicialmente debían presentar un esquema de trabajo, habían elaborado unas propuestas que fueron contestadas y acabaron siendo sustituidas por otras mucho más abiertas y actualizadas. Prevalecieron las propuestas de obispos con trayectoria pastoral significativa y, en general, la teología centroeuropea frente a la escolástica tradicional. En seguida se percibió una actitud de apertura al mundo. En realidad venía ya apuntada desde la convocatoria efectuada por

Juan XXIII, pero entonces se hizo creciente y generalizada. Era vital dar el paso del repliegue a la apertura, del recelo al respeto, a la valoración y al diálogo. Hay que recordar que los movimientos bíblico, ecuménico, litúrgico, el mismo apostolado seglar llevaban años de vida y actividad, principio de una renovación eclesial que había de llegar. –¿Cómo se manifestaba esta renovación? –Fue fundamental la reflexión sobre la Iglesia, dejando atrás el tópico de sociedad perfecta y piramidal y comprendiéndola como pueblo de Dios, sacramento de Cristo, comunidad de hermanos en la que la autoridad de los pastores se caracteriza por el servicio. Nos hacía sentirnos a gus-

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Iglesia «Fue fundamental la reflexión sobre la Iglesia comprendiéndola como pueblo de Dios, sacramento de Cristo, comunidad de hermanos»

to en ella, dispuestos a vivirla acogedora y servicial. Junto a esta intuición, la «recuperación» de un tesoro: la Palabra de Dios. Recuperación entre comillas, porque, en realidad, nunca había estado perdida. Pero estaba tan guardada que en gran parte resultaba desconocida para muchos, tal vez la mayoría de los cristianos católicos. La Palabra vuelve a ser luz en la predicación, en la reflexión teológica, en la revisión de vida. La facilidad con la que muchos hoy la manejan y leen es signo de lo acertado del camino que se emprendió. Y, relacionado con lo que vengo diciendo, la cuestión ecuménica. La afirmación del principio de libertad religiosa implica que «la verdad» no es sujeto de derechos, sino que lo es la persona, incluso si está equivocada. Por tanto su libertad de conciencia, su libertad religiosa ha de ser respetada en todo caso. La verdad no se impone, se propone: ella misma se abre camino. Algo tan sencillo, tan evidente descolocó a quienes muy seguros con la verdad que poseían veían en los protestantes enemigos a combatir o, cuando menos, impedir que se manifestaran. Es de resaltar que representantes de la Iglesia ortodoxa y de las confe-

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siones protestantes habían sido invitados como observadores, con acceso a toda la documentación, discusiones y propuestas que se manejaban, con los que se estableció un clima realmente fraterno. Tuve ocasión de conocer reacciones de algunos de ellos a lo que se venía debatiendo. Citaré dos: una de un obispo ortodoxo manifestando su valoración muy positiva sobre el relieve que se estaba dando a las Iglesias particulares (diócesis) en el conjunto de la Iglesia universal, a la que el Concilio considera no de tipo monolítico sino como realizándose en todas y cada una de ellas; otra, de un afamado teólogo luterano comentando positivamente que en el Concilio se dijera que no todos los dogmas tenían la misma relevancia o cercanía al núcleo de la fe cristiana. –¿Cómo vivíais estos acontecimientos los que entonces estabais estudiando precisamente teología? –En el Colegio Español, donde yo residía, residían también un grupo numeroso de obispos. No se nos ocultaba el temor y desconcierto que la orientación que iban tomando los debates producía en algunos de ellos. Otros reconocían abiertamente que estaban aprendiendo y admiraban el

clima de libertad y las intervenciones de obispos particularmente significativos. Aprovechando la presencia en Roma de teólogos de talla que acompañaban a los obispos como asesores, tuvimos ocasión de asistir a conferencias y encuentros que los distintos colegios organizaban para sus estudiantes residentes (fueron especialmente estimadas las del Colegio Francés y las del Brasileño). En el Español recuerdo la intervención de R. Voillaume, que había puesto en marcha el proyecto de Charles de Foucauld, iniciando la Congregación de los Hermanitos de Jesús. (Muchos años después he sabido que Rovirosa lo trató como amigo y le discutió su idea de organizar esa nueva congregación, diciéndole que no hacía falta, que lo que proponía era justamente lo que Jesús ya propuso en el Evangelio a todos sus discípulos…). –¿Algún recuerdo más de aquel 11 de octubre o, en general, de la vivencia que has podido tener del Concilio? –Inolvidable las «buenas noches» de Juan XXIII al anochecer de aquel día en la plaza de San Pedro, como un padre que habla a sus hijos y a los hijos de estos, y con cariñosa sencillez comenta la jornada vivida y les desea lo mejor. Pienso que la huella de lo vivido entonces ha dejado en mí un sincero amor a la Iglesia. Percibir esa multitud de pastores, con su buena voluntad y sus limitaciones, buscando, dialogando, aportando según el bagaje personal de cada uno, aprendiendo y rectificando. Y con ellos el trabajo de muchos otros, sacerdotes y laicos, aportando su reflexión y su experiencia. Siempre con un sincero deseo de acertar, de ser dóciles al Espíritu que allí se manifestaba. Di entonces y sigo dando hoy gracias al Padre por conocer y vivir esta Iglesia tan humana y tan tocada por el Espíritu que la sostiene. ■


Alfonso Gil sobre Vaticano II