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ORACIÓN

Rovirosa

Causa de canonización de Padre, tú llamaste a Guillermo Rovirosa, le mostraste la grandeza de tu amor, manifestado en Jesucristo, el obrero de Nazaret entregado hasta la muerte y resucitado, y lo enviaste como apóstol al mundo obrero. Concédenos vivir, con su misma coherencia, el bautismo que nos ha hecho hijos tuyos, de modo que en el trabajo de cada día lleguemos a transformar la sociedad según tu voluntad y a transmitir la alegría de la fe a nuestros hermanos. Te pedimos, por su intercesión, ayuda ante la necesidad que te presentamos (...) y el gozo de agradecértela con un mayor compromiso a favor del amor y la justicia. Por Jesucristo, nuestro Señor. (para uso privado) Con licencia eclesiástica, de conformidad con el decreto de Urbano VIII

Para recibir más información, enviar testimonios o comunicar agradecimientos, dirigirse a:

HOAC-Causa de G. Rovirosa C/ Alfonso XI, 4-4º. 28014 MADRID Tfno.: 91 701 40 80. Fax: 91 522 74 03 Correo electrónico: rovirosa@hoac.es www.hoac.es Si usted quiere ayudar a la Causa, puede hacerlo mediante giro postal a la dirección arriba citada o mediante ingreso en la siguiente cuenta: Caja Madrid, c/c 2038-1590-29-6000054839 Promotora de la causa: Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC)

Su proceso de canonización se abrió el 8 de julio de 2003

Guillermo

HOAC

HOJA INFORMATIVA Nº 5

2009

SU VIDA La «vida nueva» es vida de comunión. Guillermo Rovirosa descubrió con gran admiración esta dimensión de la vida cristiana. Hasta tal punto vivió esta experiencia que, con profundo convencimiento, llega a afirmar «Todo es comunión». Guillermo Rovirosa se lamentaba de que en su niñez y juventud solamente le habían mostrado las «añadiduras», los alrededores de la fe. Piensa que muchos dejan la fe porque no la han descubierto verdaderamente; y que muchos cristianos pasamos la vida en las «añadiduras», sin llegar a descubrir el centro de nuestra fe. Una fe así nos permite vivir poniendo nuestro YO en el centro de todo. Nuestro YO viene a ser la referencia y la medida de todas las cosas. La fe vivida de esta manera se convierte de hecho en la tapadera de nuestros egoísmos y en una referencia que no nos transforma. Rovirosa, como expresión de su propia experiencia cristiana, dice: «No, el centro está ya ocupado, el centro es Dios». Cada uno de nosotros no somos el eje de nuestra propia vida, y mucho menos del universo. Es más, cuando pretendemos serlo, todo se desquicia y se altera. Los demás y la misma naturaleza se vuelven hostiles a nuestros planes egoístas. Solamente cuando reconozco que el centro es Dios, el Señor Jesús, las cosas se ponen en su sitio y va volviendo la armonía y la comunión. Entonces es posible, dice Rovirosa, pasar «de la lucha por la existencia a la colaboración por la existencia». En cristiano decir que Dios es el centro, que Jesucristo es el centro se traduce así: el «otro» es el centro, el hermano, la hermana es el centro de mi atención e interés. Y también debe ser el centro de la sociedad y de toda actividad humana. La respuesta de fe a Jesucristo se manifiesta construyendo comunión y fraternidad.


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Guillermo Rovirosa pone de manifiesto esta realidad de forma muy expresiva cuando dice que frente a la ley natural, incluidos los «diez candiles de aceite de la ley judaica, Jesús me dejó, como un sol radiante, un solo Mandamiento, el suyo, el Nuevo». Los diez mandamientos son como diez lucecitas en medio de la noche. El Mandamiento Nuevo es como el sol radiante del mediodía que ilumina toda la vida. La regla de la comunidad cristiana es, por tanto, el Mandamiento Nuevo: «Amaos los unos a los otros como Yo os he amado», que rompe esquemas y supera expectativas. «Como el Padre me amó, así os he amado Yo»: ahí está la clave, un amor que procede de Dios va a construir necesariamente comunión. Esa es la «vida nueva» que se nos da en el Bautismo, insiste Rovirosa. Ese es el reto a cada uno de nosotros y a las comunidades cristianas: expresar con nuestras prácticas que la vocación de la Iglesia es «vivir y ofrecer la comunión», ser signo e instrumento del amor de Dios y de la comunión trinitaria. Más tarde, tratando de resumir la tarea de la Iglesia para el siglo XXI, lo diría el Papa Juan Pablo II con una expresión feliz: «La Iglesia está llamada a ser casa y escuela de comunión». «Vida cristiana, vida obrera: imposible sin comunidad». Así comienza Guillermo Rovirosa el almanaque de 1963 que titula «Año de la comunidad» (Obras Completas, Tomo II, páginas 183-248). Y continúa afirmando que la vida del cristiano siempre ha de ser vida de comunidad, so pena de no ser vida cristiana, actualizando el amor que caracteriza la Comunidad formada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Crear lazos comunitarios es la tarea del cristiano: en la misma comunidad eclesial, en la parroquia, en las relaciones laborales y sociales. El testimonio de los cristianos no puede poner el acento en las palabras, sino en las acciones que crean comunión y fraternidad, también en el mundo obrero y del trabajo. Por eso desea dedicar una atención preferente a este aspecto tan fundamental de la vida cristiana y con tanta trascendencia en la vida social. Terminará diciendo: «Vivir, vivir el amor: todos los obreros son capaces de comprender esta explicación callada» (id., p. 247).

SUS ESCRITOS «Únicamente Cristo puede provocar este cambio radical en la naturaleza humana. No puedo desprenderme del peso de mi YO, ni puedo mirar a los demás como más importantes que yo. Pero Él me injerta su Naturaleza en el Bautismo y además se sitúa en cada ser humano para recibir a través de ellos mi amor y mis servicios. El panorama ya no es lo que era, sino todo lo contrario. Se ha transformado todo. Podemos trasladarnos al mundo esplendoroso de la comunión. El ideal comunitario ya no es un ideal utópico, sino que se nos pone al alcance de la mano. Y va aún más allá de lo que habían podido soñar los hombres: la comunidad se convierte en comunión». (Guillermo Rovirosa: «El Año de la Comunidad», Obras Completas, Tomo II, p. 194).

TESTIMONIO

«Guillermo Rovirosa era catalán, hijo de Vilanova y la Geltrú, villa de la comarca del Penedés. Nací a 50 metros de distancia de donde lo había hecho él en 1897, veintidós años antes que yo. O sea que tuve elementos más que suficientes para calibrar la naturaleza y el alcance, la altura y la densidad de su persona. Eso me representó un buen saludable ingrediente para palparle y, más tarde, para escribir su biografía. Durante doce años le seguí, casi minuto a minuto, por los escritos, por la conversación, por la correspondencia, lo más intensamente que pude, de manera que me parece que puedo decir que hubo entre nosotros un lazo íntimo. Él fue el gran don que me proporcionaba la vida. Nunca me lo habría podido esperar. Al final de su vida, a consecuencia del accidente que sufrió, en 1957, cuando se le tuvo que amputar el pie, esta intimidad se acrecentó, otra vez en Montserrat, donde fue recibido con tanto espíritu de hermandad por la comunidad de monjes benedictinos. Aquello representó para él recuperar, en familia, un sinfín de afectos que había repartido a todo el largo y ancho de las tierras españolas y que había recibido de ellas». (Xavier García, Presentación del «Año de la Comunidad», Guillermo Rovirosa: Obras Completas, T.II, p.177-178)

AGRADECIMIENTO «Quiero enviaros el testimonio de un favor recibido por mediación de Guillermo Rovirosa. Padezco un estrechamiento en las vértebras 13 y 14 con hernia discal. Me produce unos dolores fuertes que me pasaban a las piernas, sobre todo a la izquierda, hasta el punto de impedirme andar. Un día recordando a Rovirosa le dije: «Guillermo, amigo, no te voy a pedir que me quites los dolores, pero sí te pido poder andar». Desde aquel día, hace ya al menos un año, no he vuelta a tener dolores en las piernas y, aunque sigo con los dolores en la espalda, puedo andar. Agradecido, os lo comunico». (F. S. H. Coslada, Madrid)

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