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Conocemos la trayectoria personal de Rovirosa, su actuación como apóstol obrero y sus escritos. Pero es muy bueno conocer también el eco que esa actuación convencida provocaba en los demás. Nos manifiesta la grandeza de su espíritu, capaz de contagiar entusiasmo y animar a la conversión y al compromiso. En definitiva, nos muestra el Espíritu de Dios actuando en él.

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Causa de Guillermo Rovirosa Para recibir más información, enviar testimonios o comunicar agradecimientos, dirigirse a: HOAC-Causa de G. Rovirosa C/ Alfonso XI, 4-4º. 28014 MADRID Tfno.: 91 701 40 80 Correo electrónico: rovirosa@hoac.es www.hoac.es y www.fundacionrovirosaymalagon.es

Si usted quiere ayudar a la Causa, puede hacerlo mediante giro postal a la dirección arriba citada o mediante ingreso en la siguiente cuenta: Bankia ES98 2038-1816-20-6000453679 Promotora de la causa: Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC). Su proceso de canonización se abrió el 8 de julio de 2003

Edita: HOAC. Comisión Permanente. www.hoac.es © Ediciones HOAC. Alfonso XI, 4, 4.º 28014 Madrid Tel.: 91 701 40 80 publicaciones@hoac.es Colabora en este cuaderno Alfonso Gil Acceso a su compra en la tienda online de www.edicioneshoac.es

Depósito legal: M. 5125-2015 ISBN: 978-84-92787-24-1

Preimpresión e impresión: Arias Montano, S. A. 28935 Móstoles (Madrid)


Índice

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Introducción I. II.

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Testimonio de Josep i Gol. Fue obispo de Segorbe-Castellón y arzobispo de Tarragona

......................

Testimonio de algunos participantes en las «Conversaciones de San Sebastián» .................................................................. Carlos Santamaría, impulsor de las llamadas «Conversaciones Católicas Internacionales» (1947) ..................... Philipp Schramm, director del «Seminario Románico» de la Universidad Johannes Gotenberg, de Mainz (Alemania) .............................................................................................................................................................. Jean Delfousse, redactor jefe de la Révue Nouvelle (Bélgica) ..................................................................................................................................................................... Georges Michonneau, cura de parroquia, escritor (París) ............................................................................................................................................................................. Yves Congar, dominico, uno de los más importantes teólogos del siglo XX, de Soisy (Francia) ..........................................................

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III.

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Otros testimonios ................................................................................................................................... Jean François, «Hermanito de Jesús» ................................................................ Gabriel Brasók, Abad-Presidente de la Congregación benedictina de Subiaco .................................................................................................................... Luis Madina, Padre asuncionista. Fundador de la «Ciudad de los muchachos» .............................................. Ramón Masnou, obispo de Vic ......................................................................................

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Introducción

Presentamos en este Cuaderno una serie de testimonios sobre la figura de Guillermo Rovirosa que nos muestran la hondura y riqueza de su personalidad y la profunda impresión que ha dejado en aquellos que le conocieron. La mayoría de ellos están escritos respondiendo a la petición de Xavier García Soler, buen conocedor de Rovirosa, que se dispone a escribir la biografía de éste. Tienen la frescura de estar elaborados poco después de su muerte y la emoción de la amistad y el cariño de momentos importantes compartidos. Transmiten retazos de vida y también admiración y agradecimiento. Conocemos la trayectoria personal de Rovirosa, su actuación como apóstol obrero y sus escritos. Pero es muy bueno conocer también el eco que esa actuación convencida provocaba en los demás. Nos manifiesta la grandeza de su espíritu, capaz de contagiar entusiasmo y animar a la conversión y al compromiso. En definitiva, nos muestra el Espíritu de Dios actuando en él. Esto es, sencillamente, lo que ofrecemos ahora, de la mano de testigos cualificados que nos transmiten, no exentos de pasión, «lo que han visto y oído».

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I Testimonio del obispo Josep Pont i Gol. fue obispo de Segorbe-Castellón y luego arzobispo de Tarragona «HE AQUÍ UN PROFETA» Es decir: un hombre trastornado por la Palabra candente de Dios. Como Jeremías, como Isaías, como Amós, como el Bautista. ¿Cabe la comparación? Yo me atrevo a hacerla. Todos los profetas han sido hombres de la Palabra. La Palabra los ha arrancado de allí donde estuviesen, los ha trasformado sin contemplaciones y los ha convertido en la resonancia vibrante y fiel del Verbo poderoso salvador. Todos ellos, personas incómodas y signos de contradicción en la sociedad de su tiempo, han clamado, en nombre de Dios, contra los desvíos concretos de su momento, de sus hombres, de su pueblo. Han hecho la apreciación justa y, de cara al futuro, han abierto caminos nuevos, reventando los muros asfixiantes de posiciones tomadas y de poder establecido. Todos ellos han terminado rompiéndose gloriosamente el cuello, al lanzar su golpe de fuerza. Ha dado la impresión de que han acabado en fracaso, pero su voz —voz de Dios— continúa resonando como retumba el trueno. Es viva, angustiosa, y distingue a los que tienen oído de los que no lo tienen. «¡Los pobres no son evangelizados!». «Cristo los quiere los primeros en su redil, y… ¡en la Iglesia no tienen lugar!» es el grito revulsivo de Rovirosa ante nuestra situación, la de ahora, en nuestra Iglesia. Es el grito que lanza él desde el fondo más sincero y más profundo de su vivencia personal. Es el clamor de Jesús, hecho vida, voz y fuerza en su profeta… * * * 6


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Rovirosa no fue profeta como Jeremías o como el Bautista, que fueron marcados por la palabra de Dios desde el seno de la madre. Él, como Amós, fue arrancado de allí donde vivía, cuando menos lo pensaba. Más exactamente aún: como san Pablo, fue herido y trastornado de tal modo por la Palabra, en un momento dado, que, de escéptico y enemigo de los seguidores de Jesús, se transformó en apóstol y creador de nuevas comunidades de fe. Con dieciocho años, había perdido la fe, aquella fe tradicional que había visto y vivido en el hogar, en la casa solariega de Rocacrespa, y que había recibido sobre todo de su madre, mujer de virtudes sinceras, sencilla y muy piadosa .  1 

Por temperamento y por la formación viril de su padre, que le había enseñado a andar siempre por el camino de la sinceridad y de la verdad y nunca por el de la simulación y la mentira, no aceptó, ya desde los inicios de su bachillerato en Vilanova, que le regalasen fórmulas y doctrinas prefabricadas. Apasionado por el estudio, quiso saber las razones y ser él quien encontrara la verdad. Eso, que es lo que haría con sus estudios en ciencias naturales y, con el tiempo, le llevaría a alcanzar una categoría profesional muy destacada en la búsqueda y en el hallazgo de múltiples soluciones técnicas, lo hizo también con la religión. Las explicaciones que se le daban en el colegio sobre la fe y sobre la vida cristiana, las encontró, desde el principio, oscuras y pobres, y se le hicieron cada día más difíciles de aceptar. Después, ya convertido, diría: «Nos hacían aprender al detalle todas las cosas de la religión, menos una: Jesús, desnudo y clavado en una cruz» .  2 

Al acabar el Bachillerato, se le hizo ya imposible creer. A continuación, fue a la Escuela de Ingenieros de Madrid y, en Barcelona, a la Universidad Industrial de la Mancomunidad de Cataluña; y, tras un proceso acelerado de incredulidad, fue descubriendo una Iglesia en la cual ya se daba todo por hecho, todo terminado y perfecto. Vio una Iglesia sin futuro, montada, para seguridad de burgueses, sobre la ignorante credulidad de las clases  1 

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Lo que sigue resume la autobiografía de Guillermo Rovirosa incluida en «El primer traidor cristiano: Judas de Keriot, el apóstol», (cfr. G. Rovirosa, Obras Completas, tomo I). Literalmente: «se nos hacía aprender con profusión y detalle todo lo referente a la religión… menos una cosa: la principal. Que era (y que es) Jesús desnudo, clavado en la madera»: ibídem, I, 545.

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populares. Se diría a sí mismo: «Todo aquello no tenía nada que ver con la verdad, y mi deber era no solamente desentenderme de ello, sino combatirlo en nombre de la verdad» .  3 

Así pasó la etapa que él mismo llamó de sus «segundos dieciocho años» y que, después, calificó como los años de error y de traición. Por un lado, llegó a ser una obsesión en él el espíritu sectario y antieclesiástico que manifestó en toda ocasión y con toda clase de medios, también la burla y el sarcasmo. Pero, por otro lado, él, hombre de la verdad, no podía vivir en el vacío y buscaba el camino, estuviera donde estuviese. De la apostasía, pasó al naturismo, al espiritismo, a la Sociedad Teosófica, al psicoanálisis, al sincretismo religioso; estudió todas las religiones; inquieto, leyó todo tipo de libros, y, al final, llegó al escepticismo total. Los tres primeros años de estancia en París marcarían en él el punto más alto y también un hito principal en su camino. Y…, cuando llegó el momento de Dios, cuando menos lo esperaba él mismo, cuando más progresaba en su materialismo y había llegado a la conclusión de que solamente podía creer en las máquinas, «porque las máquinas no traicionan nunca», cayó sobre él la palabra de Yahvé, que lo arrancó, en un momento, de aquella situación, lo trasformó sin contemplaciones y, como a san Pablo, «le reveló a su Hijo para que lo anunciara entre los paganos» (Gal 1, 16), es decir: en el mundo obrero, el de los «paganos» desconocedores de Jesús. La palabra le vino por boca del cardenal Verdier. Un día, a finales de 1932, Guillermo Rovirosa, solamente por la curiosidad de conocer al cardenal, entró en templo de París en el que había mucha gente porque se hallaba aquél de visita pastoral. Entró en el preciso momento en que el cardenal predicaba. «Yo —escribiría Rovirosa— iba solamente para verlo, pero resultó que (sin yo desearlo) también le oí». Lo oyó solamente dos o tres minutos y escuchó esto: «El cristiano es un especialista en Cristo; el mejor cristiano es el que más sabe de teoría y de práctica de Jesús».  3 

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Literalmente: «No, aquello no tenía nada que ver con la verdad, y mi deber era desentenderme completamente de ello. Y sin necesidad de ninguna ‘declaración formal’ decidí, con plena conciencia, no solo desentenderme, sino combatir la religión católica (considerándola como farsa magna) en nombre de la verdad»; ibídem, 547.


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Inmediatamente, sin saber cómo, se sintió impresionado. El evangelio no había contado entre sus libros. Jesús, para él, era un desconocido en la teoría y en la práctica. Lo perseguía sin conocerle. Como san Pablo, debió escuchar entonces: «Si no me conoces, ¿por qué me persigues?». Avergonzado, compungido y vencido, salió del templo y, sin perder tiempo, emprendió la tarea de conocer a Jesús para responder la pregunta que le torturaba desde aquel instante: «Yo, realmente, ¿qué sé de Jesús?». Como san Pablo en Damasco, no consultó a nadie y se retiró a la Arabia de su estudio y de su contemplación. Tenía que saber mucho de Jesús. Lecturas y más lecturas. La Biblia, la Vida de Jesús de Mauriac, san Francisco de Sales, Charles de Foucauld, etcétera. Solamente un año más tarde, de vuelta de París, encontró un maestro. Lo halló en El Escorial. Un fraile agustino, durante tres meses, lo llevó por el camino de Las confesiones, de san Agustín. Rovirosa dice que no pudo pasar del capítulo séptimo. La felicidad reencontrada le había rendido totalmente y se arrodilló a hacer confesión general de toda su vida. El día de Navidad de 1933, al amanecer, acompañado por su mujer, hacía lo que llamó la «segunda primera comunión». Era ya un converso. Se habían terminado los «segundos dieciocho años», los de la traición y el error. Un paso más y el convertido llegaría a ser profeta. Luego pasarán casi unos «terceros dieciocho años» más y será la voz de Dios, evangelizando a los pobres. De momento, ha encontrado en Jesús «al mismo Dios que se avino a hacer de hombre» y que se pone a su lado para quererlo y que, en el espectáculo cruento de la crucifixión, da de ello el más indefinible testimonio. La cruz es «una austera y sangrante exigencia» de los seguidores de Jesús. Es novela rosa creer que los buenos siempre ganan. Eso hace que, muchas veces, cueste ver en la Iglesia la comunidad que recuerda y hace actual el amor del Crucificado. Ahora entendía Rovirosa el capítulo inexistente en las clases de religión del bachillerato de sus primeros años. Lo viviría plenamente en adelante. Para él, la conversión supuso austeridad y exigencia. Es el primer paso. Lo ratificaron su mujer y él con un pacto tripartito con Dios: ellos lo ponían todo en manos de Dios: la profesión, la vida matrimonial, el apostolado, y Dios se comprometía a cubrir sus necesidades y a dejarlos vivir pobres. Rovirosa ya 9


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solamente viviría para la misión apostólica. Ella renunciaría a todo lo que no tuviera esa finalidad y esgrimiría el arma silenciosa de la plegaria. No podían sospechar a qué se habían comprometido. Dios había aceptado el contrato y sería fiel a él. Con voz potente y exigente, les pondría en el corazón y en las manos el mundo de los obreros, huérfanos de evangelio. Habría que dárselo todo. También la vida. Por su parte, se cuidará Dios de su pobreza. Al Rovirosa convertido sucederá el Rovirosa profeta, y las circunstancias —voz de Dios— que lo harían realidad, serían, como siempre, excepcionales: iba a ser la guerra civil, comenzada dos años y medio después de la Navidad de la conversión. En plena revolución, en la capilla clandestina que montó en el subterráneo de su empresa, Rovirosa pensó mucho y rezó mucho, mientras, afuera, la revolución y la guerra ahogaban Madrid en sangre de hermanos. Los obreros, compañeros suyos de trabajo, por unanimidad lo eligieron, a pesar a de ser directivo, presidente del Comité Obrero de Empresa. No pocos de ellos eran socialistas y nunca lo delataron como directivo, ni como hombre de misa y de capilla en casa. Los quería y se querían. Eran buenos compañeros, pero…, fuera, cogían el fusil para matar a los del otro lado, los que iban a misa, los selectos, que por eso decían «de derechas». Eso hacía temblar el ánimo de Rovirosa. Pero ¿no son aquéllos, ellos, sus compañeros, los pobres y los oprimidos? ¿No son para ellos los primeros lugares del Reino? ¿Por qué están fuera de él? ¿Nadie los ha llamado? No con voz de evangelio; y ellos, los pobres, ¡no son evangelizados! El evangelio es traicionado. Jesús le clava este mensaje en las profundidades del alma. Le induce a comprometer la vida para hacerlo realidad y Rovirosa hace oblación de ella. Es el segundo paso. Lo llama la segunda conversión. La primera, comenzada en París y terminada un día de Navidad, lo había inducido a abrazar a Cristo. Había durado un año. Ésta, la segunda, comenzada y terminada con la revolución y la guerra civil, lo llevaría abrazar a Cristo en cada uno de los hombres, principalmente los pobres y los marginados. Rovirosa, trasformado por la Palabra, iba a ser el profeta del evangelio del amor, incomprendido por el mundo del trabajo. Sería fiel a esa misión hasta la muerte. 10


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* * * Inmediatamente después de la guerra, activo en grupos de Acción Católica (AC), fue vocal social del Consejo Diocesano de Hombres de AC, en Madrid, vocalía que enseguida trasformó en Secretariado Social; trabajó en los suburbios, fue buscando y hallando el equipo de hombres adecuado, inició reuniones obreras, maduró sus proyectos y los dio a conocer a la jerarquía eclesiástica. En el mes de mayo del 1946, en la Junta de Metropolitanos , se acordó la fundación de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), como movimiento especializado obrero para adultos. Los objetivos, los había fijado Rovirosa. Era una innovación, que no sería bien vista por todos. La Acción Católica, con esto, empezaba a no estar masivamente unificada. Los obreros, apóstoles de los obreros, tendrían su agrupación, separada de la de los patronos. El contenido de la nueva agrupación sería el amor en las personas y la justicia en las instituciones, como valores máximos, de manera que Cristo volviera a aquéllos como correspondía. Eso se traducía en un doble y alto ideal: conquista espiritual y conquista social. Era necesario abrir los caminos de Dios hacia los obreros y los de los obreros hacia Dios.  4 

Rovirosa dejó el puesto de trabajo y cualquier otra preocupación. Se debía a aquella misión en virtud de aquel contrato tripartito con Dios. Él ya no contaba. La obra, de hecho ya madura y comenzada antes de la declaración oficial, se inició con pie firme y con una dirección concreta. Dios vela por su profeta y lo prepara. Mientras la simiente de la HOAC iba cayendo fecunda en el surco, le hizo conocer casualmente el padre Vallet, simiente de la Iglesia de Cataluña, a la que tanto había renovado con la obra de los ejercicios espirituales. También, y de una forma no casual, sino excepcionalmente providencial, entra en contacto con Montserrat. Con el primero, tuvo ocasión de profundizar espiritualmente, en diferentes tandas de ejercicios, el gran trabajo que se le venía encima. Con Montserrat, ya no perdería nunca el contacto. Allí hallará cobijo, oración y ayuda. Y permanecerá frecuentemente durante verdaderas temporadas. Y la  4 

Es la reunión de los Arzobispos españoles, presididos por el Cardenal Primado de Toledo.

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HOAC y la figura de Rovirosa se verán, desde el principio y para siempre, muy fuerte y saludablemente influidas y ayudadas por ello. Hay que decir, también, que el Monasterio recibiría de ello una saludable influencia. * * * El profeta, impulsado por Dios, tenía prisa. Iba a cumplir los cincuenta años, hacía catorce que la Palabra de Dios le había arrancado y trasformado y había llegado la hora de que tuviera todo eso una resonancia poderosa y salvadora. Y la tuvo. Con la palabra viva, con la pluma y con los hechos. Fueron las doce Semanas generales de la HOAC, auténticas asambleas, repetidas anualmente. Fue el periódico ¡Tú!, eco amplio y vibrante de la voz de Rovirosa. Cuando la censura lo ahogó, en 1951, tiraba 43.000 ejemplares. Fue el Boletín para militantes, donde Rovirosa expresó lo bueno y lo mejor de su mensaje. Fue el Plan Cíclico en tres cursos, verdadera y eficaz escuela humanística y cristocéntrica, que desembocó en la Revisión de vida. Fue sobre todo su palabra viva, regalada hasta el agotamiento, en docenas y docenas de cursillos, por toda la Península. Fue su pedagogía del método de encuesta, del ver, juzgar y actuar, aprendido de la JOC belga, que él reelaboró profundamente de cara a los adultos y que hoy todos conocen, gracias en gran parte a él mismo. Fue el proyecto de Grupos Obreros de Estudios Sociales (GOES) para investigar de cara a la actividad en el campo sindical, cívico y político. Fue el proyecto de los «liberados» o «vinculados», pequeños grupos de militantes obreros que, dejándolo todo, «sin parecer que dejaran nada», se «consagrarían» al apostolado obrero. El proyecto fue vetado. Es su sueño por una Iglesia de «conversos», es decir: de hombres libres y no de hombres infantiles, de hombres capaces de hacer «pactos con Dios» y de realizar el tipo de «hombre nuevo» del evangelio. Es su esfuerzo por que la Iglesia del mundo industrializado presente el rostro que conviene a la comunidad que rememora y reactualiza el amor del Hijo del carpintero, para lo cual tienen que hallar en ella el lugar adecuado y privilegiado los pobres del mundo obrero. Hará falta, por tanto, que los obreros «conversos» conozcan bien la historia y la vida para impregnarla del evangelio, con una proyección normal y con12


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tinua sobre todas las actividades humanas. Su Manifiesto comunitarista iría ya de cara a las realizaciones concretas. Fue un intento de solución, entre otras posibles, impregnada de trascendencia, fundada en el Mandamiento Nuevo y, por tanto, en la antítesis de la escuela burguesa y de la escuela marxista. Fue, al mismo tiempo, una invitación a los cristianos para que buscasen continuamente ese tipo de soluciones sobre principios evangélicos. Toda esa acción apostólica del profeta era avalada por su vida de pobreza, de humildad y de sacrificio. Sin dinero, sin comodidades, viviendo de lo poco que podía trabajar profesionalmente, vistiendo aquella sahariana y aquellos pantalones azules, contento de no tener nada. Es suya esta afirmación: «El hombre que quiere seguir a Cristo es tanto más feliz cuanto más va arrinconando las necesidades». Es fiel al pacto tripartito. El recuerdo y el testimonio de los que lo trataron es el de una persona enviada por Dios y fiel a su palabra hasta la muerte. Me emociona pensar que yo también me puedo contar entre ellos. * * * El profeta ha hablado con valentía y, como todos, ya lo he dicho anteriormente, termina por jugarse el futuro. Como todos, es persona incómoda y signo de contradicción. También para él y para su obra, los muros asfixiantes de posiciones tomadas y de poder establecido son duros y cuesta romperlos para abrirnos caminos. Conocemos bien su camino al Calvario. El Boletín, el ¡Tú!, los «vinculados», el Plan Cíclico, el Manifiesto comunitarista, los GOES, la misma concepción de la HOAC, todo era motivo de recelo en demasiados ambientes. La orientación crudamente obrera y cristiana que daba a la HOAC no convenía en aquellos momentos. Estábamos en los años cincuenta y cada tiempo da de sí lo que tiene. El profeta, sin embargo, ve más allá y, por eso, no hay lugar para él en la sociedad. El día 4 de mayo de 1957, después de unos incidentes ocurridos con ocasión de la conmemoración del primero de mayo, era oficialmente separado de la dirección de la HOAC. «¡Es que… hacía política!». Él, fiel al «contrato con Dios», lo acepta con cordial y sincera sumisión. Dios sabe lo que hace. Es el momento de referirse a sí mismo su propio dicho: «Dios no necesita colaboradores, sino seguidores». 13


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Pero aún habría más. El calvario hay que completarlo. Dios, que quiere a su fiel servidor, permitirá otra prueba. Al cabo de pocas semanas, el 22 de junio, al bajar de un tranvía, resbaló y una de las ruedas le aplastó el pie izquierdo y quedó, durante siete años, hasta la muerte, en situación de minusvalía y de enfermedad progresiva. Más aún. No encontraría calor de familia para su consuelo y remedio: Caterina, su mujer, hacía ya tiempo, desde septiembre de 1947, que había desaparecido inexplicablemente del hogar. Ella, esposa de amor y de plegaria, le había llorado como Mónica en los años de su incredulidad, había hecho jubilosa el contrato tripartito, vivía místicamente ilusionada por la alta misión de su marido, rezaba y velaba, le buscó, en el cobijo de Montserrat, el hogar que creyó apropiado, fue convenciéndose sin embargo del estorbo que suponían ella y el hogar familiar y desapareció, dejando escritas a su Guillem unas palabras de despedida. A pesar de las búsquedas que se hicieron, nunca más se supo de ella. Es que el profeta había empezado ya su última etapa, enmarcada, como sucede a todos, por la incomprensión y por el sufrimiento. Cuando podía, Rovirosa viajaba allí adonde los hoacistas y los obreros en general lo llamaban. El cobijo de Montserrat era, no obstante, su lugar para pensar, rezar y continuar proclamando, en la medida de sus fuerzas, el mensaje que se le había encomendado, ahora empapado con el testimonio de la cruz. Cuando todo era incierto, su frase era: «Ara més que mai!»: «¡Ahora más que nunca!». Y, mientras pudo respirar, lo cumplió. Yahvé le había comprometido y él se había comprometido. Habla. Sobre todo, escribe. No se lo ahorra, ni en las horas fatigosas del lecho. Sin duda, las palabras de esta etapa de sufrimiento son las más maduras de todo su largo magisterio. Fueron siete años en los que Montserrat fue cátedra y fuente de palabra profética. Reconsideró su Manifiesto comunitarista. Como resultado, publicó Cooperación integral. Lo llamaría, abreviadamente, «COPIN», el más teológico de sus libros. Quería hacer entender que la Palabra crea comunidad porque la comunión es la «manera de hacer de Dios» y nosotros tenemos el deber de aproximarnos a ella. La Comunión trinitaria pasa a nosotros por la Comunión del Verbo y se extiende por el Mandamiento Nuevo y por los sacramentos. 14


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Esa cooperación, por lo tanto, es el gran valor cristiano que ha de informar todas las zonas de la relación humana, purificándolas, también las sociales. Se trata, pues, de fomentar grupos y comunidades que vivan totalmente el compromiso de su bautismo. Publica dos libros-sorpresa: Dimas, el primer santo y Judas, el primer traidor, de gran madurez, originalidad y concreción práctica de aspectos fundamentales de su mensaje. Envía periódicamente el folleto Noticias, contesta a todos, prepara estudios sobre la empresa, da aún algunos cursillos, hasta que no puede más y el Señor, que le ha enviado, le llama hacia Él, una tarde de febrero de 1964, desde un Hospital de Madrid. * * * ¡Gracias, Rovirosa! Guardo celosamente el Judas y el Dimas que me enviaste. También algunos números de tus «Noticias». Guardo más celosamente aún el recuerdo de nuestros encuentros personales. ¡Aquel cursillo de todo el mes de agosto de 1951 en el Seminario de Solsona! Dios hizo que fueras casi el primero en enterarte e hicieses mención ante Dios de mi nombramiento episcopal. Tus palabras no se me han borrado de la cabeza, ni del corazón. Un día, tuvimos una larga conversación en tu celda de Montserrat, mientras manejabas las herramientas que habías inventado para encuadernar los envíos de «COPIN» o del Judas. Estuve contigo en una Asamblea de la HOAC en Igualada. El Señor hizo que te pudiese visitar en Madrid, cuando el tranvía te había malherido. Me hablaste del humor de Dios: «Ahora —me dijiste— con una pata de madera, haré de pirata ». ¡Lenguaje de santos!  5 

Sin pensar, he hablado de mí. Pero, no. He hablado de él. Conviene volver a hablar de Rovirosa. Conviene que hablemos de él. Ahora es el momento. A los trece años de su muerte, es decir hoy, es cuando el clamor de su voz, sembrado con dolor en la angustia y en la incomprensión de su tiempo, se hace imperante en nuestras iglesias. Conviene que llegue  5 

Lo explicó en la Noticia 17, fechada en «Semana Grande de Pascua de 1962»: «Hace menos de un mes que renuncié definitivamente a las piernas ortopédicas, que me exacerban la parte débil del muñón, y tomé la resolución de prepararme una pata de palo, estilo pirata» (sic): en Obras completas, II, 457.

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a ellas. Puede ser que esté llegando, impulsado por unas fuerzas nuevas y por unas situaciones diferentes, auguradas por el profeta. La fuerza del Espíritu va convirtiendo en viento de fuerza creciente los aires conciliares del Vaticano II, aires que Rovirosa llegó justo a respirar, y la mano de Dios, que guía la historia, pone el mundo en tensión profunda y a su Iglesia, en situación de convertirse al Evangelio. «¡Los pobres no son evangelizados!», es el clamor, el desafío y la urgencia de nuestro tiempo. Un profeta nos lo ha dicho en la cara».

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II Testimonio de algunos participantes en las «Conversaciones de San Sebastián» Carlos Santamaría fue el iniciador en 1947 de las llamadas «Conversaciones Católicas Internacionales». Se celebraron cada septiembre durante doce años en la ciudad de San Sebastián. En ellas intervinieron escritores, filósofos y teólogos europeos destacados en el campo cristiano. Entre ellos estaba invitado y participó activamente Guillermo Rovirosa. He aquí testimonios sobre él de algunos participantes en las Conversaciones de San Sebastián. Empezamos por el de Carlos Santamaría: «Nuestros amigos conversadores me solían decir muchas veces que no era fácil encontrar en Europa líderes de calidad tan excepcional. Su inteligencia, su claridad de expresión y, sobre todo, su autenticidad cristiana, su profunda espiritualidad, la de un hombre que vivía todo aquello minuto a minuto, con pobreza evangélica y entrega de sí mismo, no abundan, en efecto, en Europa ni en los demás Continentes. Ahora, al cabo de los años, lejano ya el recuerdo de aquellas Conversaciones en las que Rovirosa ponía tanto afecto, puedo decir con completa sinceridad que su figura se agranda para mí. Eran años oscuros. Las ideas de Rovirosa, como las de otros muchos que allí estábamos, se abrían paso difícilmente. Todo eran reservas, limitaciones, temores. No había llegado aún la época conciliar, ni la soñábamos siquiera. Trabajábamos iluminados por una extraña fe en el mañana en medio de una especie de noche oscura. Muchas de las «terribles» afirmaciones que se hicieron en aquellas sesiones —y no fue Rovirosa de los más calla17


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dos— están hoy al orden del día, son aceptados por todos —o, mejor dicho, por casi todos— después que se ha visto por dónde iba la línea conciliar. Todo aquello pasó. Ahora son otros tiempos, otros hombres, otras tareas. Rovirosa dejó abierto un surco. Los que aún seguimos viviendo —cosa extraña este seguir viviendo aún— debemos continuar trabajando en él». * * * Testimonio de Philipp Schramm, director del «Seminario Románico» de la Universidad Johannes Gotenberg, de Mainz (Alemania): «Hay que decir dos cosas que me parecen importantísimas, aunque no sean desconocidas. En la gran Sala de la Diputación Provincial de San Sebastián, Rovirosa nos pareció a nosotros, gente de formación bastante diferente de la suya, como un testigo de ciertas realidades sociales, y también de ciertas actividades sociales, que nosotros, en la mayoría intelectuales, no podíamos representar ni comprender. Pero hay más: Rovirosa fue un testigo inolvidable de N. S. Jesucristo, no solamente un verdadero cristiano. En contacto con él tuve que luchar muchas veces con el sentimiento de mi propia indignidad. Domine, non sum dignus… Con una admirable humildad fue un alter Christus, y, refiriéndose a este su ser más íntimo, se puede decir que tenía algo de un santo… Sería absolutamente falso ver en él un proletario. Fue Rovirosa un hombre culto, estudioso, conocedor perfecto del francés, lengua oficial de las Conversaciones. Tampoco fue un fanático, ni en el sentido religioso, ni en el político ni en el social. Me habló varias veces de las vejaciones que habían sufrido las Hermandades de Obreros Católicos, pero nunca lo hizo con odio contra el Gobierno o contra las autoridades eclesiásticas. Fue un hombre de paz, de esperanza, de una esperanza tenaz fundada en una robusta fe y basada sobre la creencia en la ayuda misteriosa de Dios». * * * Testimonio del belga Jean Delfosse, redactor jefe de la Révue Nouvelle. «Dos cosas me habían llamado la atención y atraído de él. Ante todo, la naturalidad con la que hablaba de Cristo: la boca manifestaba lo que abun18


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daba en el corazón. Después, la tranquila seguridad con la que hablaba ante una asamblea que contaba con bastantes notables, de la situación miserable, injusta, inaceptable de los obreros. (Rovirosa) es una de las personalidades más maravillosas que yo he conocido. Con Mgr. Leclerc, él es uno de aquellos que me han hecho percibir cómo Cristo es una Persona, un ser viviente y no una idea. Rovirosa había descubierto a Cristo a la edad de treinta y seis años. Lo que lo había retenido durante un largo tiempo de dar el paso decisivo, decía, es que Cristo era un hombre y al mismo tiempo Dios. Él no tenía ninguna dificultad en reconocer la divinidad de Cristo, pero me explicaba con un realismo que en otras personas hubiese podido parecer vulgar, “yo no podía hacerme a la idea que había, en las entrañas del crucificado, cuatro kilos de m…”. Los españoles tienen más probabilidades que un lejano observador como yo para medir la acción que la HOAC llevó a cabo, y de la cual Rovirosa ha sido el alma, para despertar una verdadera conciencia social en la Iglesia. Desde 1951 hasta hoy, los contactos que he tenido en España me han dado la impresión de que una nueva generación de apóstoles ha nacido. Para que esta fermentación llegara a producirse, fue necesario que algunas almas sin miedo, como Rovirosa, fuesen por delante y rompiesen los conformismos que dominaban la formación eclesiástica. Era difícil contradecir su testimonio, pues emanaba de toda su persona una impresión de una fuerza moral poco ordinaria, la de un hombre totalmente poseído por el amor de Jesús y de sus hermanos y que ha renunciado por este amor a todo bien material y a toda promoción personal. Estaba completamente volcado en la tarea que se le había confiado, presto a quitarse de en medio —cosa que hizo cuando se dio la ocasión— si los que le habían dado el mandato se lo retiraban. Es un ejemplo excepcional de ese sentido de la pobreza que la Iglesia conciliar está penosamente ocupada en redescubrir. (Rovirosa) era desinteresado en el sentido más pleno del término. Conocemos a todos esos apóstoles ardientes, combativos, generosos a quienes no les importa nada el confort ni los bienes materiales, pero que tienen una conciencia demasiado marcada de su valor personal. En 1956 le propuse 19


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escribir, para una colección consagrada a los “Convertidos del siglo xx”, un relato de su propia conversión. “Su proposición me ha causado inquietud, me escribía, pues, por una parte, soy extremadamente exigente sobre la auto-publicidad, pero, por otra parte, comprendo que las circunstancias que han acompañado mi doble apostasía (religiosa y social) y mi doble conversión no son excepcionales y que el relato de ello podría hacer bien a los que apostatan y a los que hacen apostatar. Al sopesar los pros y los contra, he decidido aceptar”. Entre tanto, habiendo desaparecido la colección, no he sido capaz de publicar el relato cuyos elementos me había comunicado con toda sencillez . En todo caso, en esta ocasión pude constatar su profunda humildad.  6 

Rovirosa jamás se buscó a sí mismo en su apostolado. Las mismas condiciones en las que lo ejerció exigían, por lo demás, una discreción total, una rara abnegación de sí mismo. Las únicas satisfacciones que él obtenía de su acción apostólica eran las fieles amistades que suscitaba. Hay que decir que tenía el don de la amistad. He admirado repetidas veces el arte que tenía para interesarse por aquellos con los que se reencontraba; sabía preguntarles porque él se interesaba por sus personas. En lo que respecta a la HOAC, siempre he tenido la impresión, al oír hablar de ella, que la “fraternidad” no era una palabra vacía. Con ocasión de las pruebas que han marcado el final de su vida, me habló con emoción de las muestras de amistad que le habían prodigado. El Concilio fue para él como para tantos apóstoles de los tiempos modernos, que sin sospecharlo lo han preparado, la realización inesperada de esta toma de conciencia por los católicos de una necesaria puesta al día: “Verdaderamente vivimos tiempos extraordinarios. ¡Cuántas generaciones de fieles que nos han precedido habrían querido ver esto que nosotros vemos y no han podido!”, me escribía en septiembre de 1963. Cierto, el acontecimiento la ha sorprendido, como sorprendió a todo el mundo. Pero desde hacía tiempo tenía el sentimiento de que vivimos en un punto de inflexión de la historia de la humanidad y estaba impaciente por ver a la Iglesia or 6 

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Este relato autobiográfico fue posteriormente publicado en «Imágenes de la fe» (n.º 242), PPC 1990 y en «Noticias Obreras» (n.º 1.354), HOAC 2004.


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ganizarse para estar presente en este mundo en mutación; en diciembre de 1955 me escribía: “Verdaderamente se siente casi físicamente que de un momento a otro va a suceder algo importante y definitivo para un cierto período de la historia y es indispensable ponerse en contacto con amigos de otras latitudes que sienten la misma santa angustia”. “Santa angustia”, la expresión traduce bien lo que sentía en el fondo de sí mismo. Nada en las apariencias inmediatas le producía motivos de esperanza. Al contrario, todo aparecía sediento de justicia y de amor, desafío a la justicia y al amor. Él consideraba el tiempo presente con lucidez, lo que le hacía juzgar con pesimismo, y sin embargo permanecía entusiasta, porque creía también (carta del 24 de diciembre de 1952) que “Dios tiene la última palabra. Es por eso que se continúa creyendo contra toda evidencia y se espera contra toda desesperación. Por eso nosotros, que estamos religados a la causa de Cristo, no podemos perder nunca, pase lo que pase”». * * * Testimonio de l’abbé Georges Michonneau, cura de parroquia, escritor, de París: «Yo conservo de Rovirosa una idea sin paralelo. Él es de aquellos que te “marcan” con una simple conversación. Sus intuiciones, su doctrina segura, su sentido profundamente evangélico, su devoción total a la causa obrera, todo eso no podía dejar de “impactar” desde el primer momento. Siempre me he sentido en comunión de ideas con Rovirosa, porque era una comunión de aspiraciones misioneras, una comunión de amor a los pobres, una comunión en la búsqueda de una verdad no conformista, pero siempre atenta a los problemas nuevos. Esto es lo que me fascinaba de él, así como su lucidez: para mí, él era una luz. Se tenía hasta tal punto la impresión de que su oración y su contemplación lo ponían en sintonía con los deseos de Dios que no se podía dejar de creer que sus puntos de vista eran ya una luz divina. 21


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Además de otras visitas, vi a Rovirosa en Colombes, donde vino a visitarnos. Era una época en la que se le buscaba mucho. Algunos sacerdotesobreros empezaban a estar muy marcados por la doctrina marxista. Discutíamos sobre la posibilidad de una línea de demarcación entre la fe creyente y el marxismo: ¿por dónde pasaba esta “línea de verdad”?, entonces de repente (íbamos en coche conduciendo por París), Rovirosa dijo: —Para mí, no hay otra línea de demarcación que el respeto o no respeto a la persona humana. Otra vez aquello fue para mí dardo de luz: en efecto, es el respeto a la soberanía, a la infinita dignidad de la persona humana, lo que es la marca de diferencia entre la doctrina creyente y todas las otras. He llorado al enterarme de su muerte, llorado su pérdida para la Iglesia, para la clase obrera, sobre todo la clase obrra española, de la que él seguía siendo el defensor, defensor por su oración, pero también por toda esa plegaria de deseo que era su amor, su preocupación por ayudar a todos sus hermanos. Diré que no he llorado por él —no se puede llorar por la muerte de un santo—, sino por mí, que perdía un amigo auténtico, con quien compartía comunidad de pensamiento y de aspiraciones». * * * Testimonio de Yves Congar, dominico, uno de los más importantes teólogos del siglo xx, de Soisy (Francia): «Ciertamente, lo he querido y amado mucho… Al acordarme de él y de su querida memoria, le envío aquí algunas migajas… Rovirosa me dejó el sentimiento de una persona extraordinariamente fuerte y de aquello que llamaría un hombre libre. Entiendo por tal evidentemente no a un hombre que rechazaría las restricciones de la autoridad, del dogma o de la Iglesia. Al contrario, entiendo un hombre que, enteramente poseído por el servicio de la verdad y por una gran idea a la que ha consagrado su vida, saca de esta misma consagración al absoluto un sentido de la relatividad de lo relativo y una gran libertad respecto de lo relativo mismo. Rovirosa era profundamente de Iglesia, pero muy opuesto a todo clericalismo, incluso se 22


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puede decir anticlerical en el buen sentido del término, y guardó su entera libertad de juicio sobre los hombres de Iglesia y sobre la vida histórica de esta iglesia. (Rovirosa) me contó haber dicho a menudo a los obispos: sois vosotros los que empujáis a los obreros al comunismo porque les presentáis el régimen actual como una traducción de la doctrina social de la Iglesia y de las encíclicas. Entonces ellos sacan la conclusión de que la doctrina social de la Iglesia y las encíclicas conducen a la opresión de los obreros y a la mediocridad de su existencia. Me dijo que hacía numerosas conferencias en los seminarios y los conventos en unión con el consiliario general de los trabajadores cristianos. Se habían distribuido el trabajo así: el consiliario hacía la exposición de doctrina social y Rovirosa la exposición de vida espiritual. Era, decía él, mucho más eficaz así… Quede constancia de mi inmenso y afectuoso cariño por Rovirosa y de mi fraternal simpatía por su trabajo».

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III Otros testimonios Testimonio de Jean François, «Hermanito de Jesús»: «Desde el primer contacto en 1952 en que estuve con Rovirosa, fui profundamente impactado por este hombre; era imposible no quedar impresionado por una personalidad tan fuerte. Fue uno de los hombres que marcó mi vida: excepcional, lleno de fe, fuerte como una roca, testigo de Dios, en su constante presencia. El primer contacto había sido fácil, inmediato. Había toda una simpatía natural que nos llevó el uno al otro, pues comprendía perfectamente el rol exacto y la importancia para la Iglesia y el mundo de hoy de la oración silenciosa de adoración gratuita entre los despreciados y los que sufren, todos los “sin importancia” a los ojos de los hombres, tal como lo había vivido Charles de Foucauld, e intentan vivir sus discípulos actuales. No me acuerdo de todos los detalles de nuestra conversación, pero jamás olvidaré cómo desde este primer encuentro me había contado su conversión, en Paris, al escuchar un sermón del cardenal Verdier. Me había abierto así ya toda una parte importante de su vida. Para él esta había sido una conversión en su sentido más absoluto, un retorno total, que había hecho florecer en una medida del todo nueva las cualidades naturales de las que estaba ricamente provisto. Nuestro segundo encuentro fue en Bilbao, en un congreso nacional de la HOAC, de la cual continuaba siendo el alma. Esta vez no tuvimos ocasión de charlar juntos; estaba entonces muy pillado y muy rodeado por los numerosos militantes laicos y los sacerdotes que asistían a esta reunión. Pero tuve la ocasión de escucharlo un tiempo largo, en un momento de descanso entre dos sesiones, cuando interrogado por un grupo de sacerdotes se lanzó a una explicación remarcadamente bella de la paciencia y el trato de Dios con todas nuestras impaciencias, tanto las espirituales como las temporales. Fue entonces cuando me di cuenta que Rovirosa pertenece a la raza de 24


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los profetas, a la raza de los Massignon, Léon Bloy o Bernanos. Todos los sacerdotes escuchaban al laico que les hablaba de Dios dentro de la mejor tradición mística, bíblica y teológica, y alrededor de él el grupo de sus oyentes aumentaba más y más. Recuerdo solamente que lo que decía era bello y era imposible escucharlo con indiferencia. Era, en efecto, un hombre lleno de Dios, alimentado en la oración y la vida sacramental, por Dios mismo. Nadie puede hablar así de Dios si no es el mismo Espíritu el que se lo ha revelado. En cuanto a mí comprendí ese día que era el tipo verdadero y más auténtico de militante. Nada de un demagogo, nada de un manipulador de palabras, nada de un puro intelectual, sino en unidad perfecta un hombre de acción en el sentido más total del término y un hombre de oración; no un hombre de lo fácil o de la adulación, sino un hombre exigente para sí mismo, doble de un asceta. Cuando pienso en él después de ese día, creo que debía ser de la raza de Santa Teresa de Ávila. Todo lo que decía de los problemas de la HOAC, pues siempre partía de la realidad más concreta, y de los problemas del mundo contemporáneo, todo era visto y juzgado con los ojos de la fe, que no es otra cosa que la mirada misma de Dios sobre los acontecimientos. Para él la Justicia social se ubicaba en un plano mucho más elevado que el plano de la simple lucha; era para él una cuestión de amor. (Rovirosa) estaba todavía en la línea de los grandes profetas del Antiguo Testamento, Isaías o Amós. Me parece que era el tipo más acabado de militante obrero, pues mantuvo siempre una visión universal de la lucha por la justicia. El vio claramente el lugar del movimiento obrero y de su lucha, evitando siempre el falso mesianismo que tantos militantes creyentes han querido crear, olvidando que todo hombre es pecador y debe ser salvado por la sangre de Jesús. Hubo un tercer encuentro con Rovirosa que me deja un profundo recuerdo. Y esta vez todavía no nos habíamos hablado. Fue en San Sebastián. Yo pasaba por allí por azar, y era justamente entonces cuando se desarrollaban las “Conversaciones Católicas”. Numerosos teólogos españoles, franceses y belgas de renombre se encontraban allí, reunidos alrededor del obispo de Córdoba de la época. Yo me acerqué para asistir a una sesión y cuál no sería mi asombro al ver en medio de toda esta gente reunida alrededor de la mesa de discusiones, a Guillermo Rovirosa. Él estaba allí con toda sencillez, con su vestido habitual, yo creo que no lo he visto nunca llevar otro vestido; sin corbata, de sahariana, con sencillas sandalias; no se trataba en 25


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él de ni de bravata, ni de excentricidad; este vestido le iba perfectamente bien; en efecto, hay hombres que no son de ninguna clase social, que en todo lugar se encuentran a gusto. Rovirosa era de estos. No intervino en algunos debates, ni hizo ningún comentario de detalle. Escuchaba simplemente. Hubiese sido muy capaz de dar su parecer sobre todos los puntos tratados. Pero probablemente debía estar de acuerdo con lo que se decía, y pensaría que no debía añadir nada. Yo lo observaba sin parar. Este hombre sabía escuchar a los otros. Tuve aún otras ocasiones de volver a verlo y de charlar largamente con él, pero me parece que en esos tres encuentros había aprendido lo esencial de este hombre, que tuvo una gran influencia sobre los militantes obreros católicos de España, y que hizo de la HOAC un movimiento único en su género en Europa, y de su Boletín, una pequeña obra maestra de verdad y formación humana y cristiana». * * * Testimonio del padre Gabriel Brasó, Abad-Presidente de la Congregación benedictina de Subiaco: «Fue un hombre de una absoluta fidelidad a los grandes amores de su vida. Por encima de todo, amó a Cristo. Desde el día que lo descubrió, se enamoró y se entregó a él sin reservas. Desde aquel día, la personalidad de Rovirosa se precisa definitivamente y sin medias tintas. La fe en el Cristo se vuelve inmediatamente adhesión personal, llena de claridades su privilegiada inteligencia y abre las perspectivas de lo que será su vida. El amor apasionado, pero contenido y tranquilo, a Cristo lo hace clarividente, valeroso, generoso, abierto a la comprensión y a la aceptación de todas las debilidades humanas. Todo él vibra profundamente, movido por las luces y las exigencias que descubre en el Mandamiento Nuevo. Es así como los hombres, sobre todo los obreros, se convierten en objeto de su amor. Los ama en Cristo, que es la forma más concreta, más real y más efectiva del amor. Por eso se da a ellos con la misma fidelidad con que se da a Cristo. Sin limitaciones de ningún tipo. Con todas las exigencias y delicadezas que el Mandamiento le impone. Por eso mismo, sin paternalismo. No es desde arriba que les habla y les sirve, sino desde el plano común, 26


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como corresponde a unos hermanos en Cristo. Esta posición ha contribuido máximamente a hacer que Rovirosa fuera tan humano. Comparte con los obreros las necesidades, las aspiraciones, las visiones concretas, el lenguaje; para servirlos mejor, pero también porque espontáneamente se siente como uno de ellos, vive con ellos y como ellos, incluso viste como ellos visten. Es por la misma razón que tiene una visión tan elevada de los hombres: son miembros de Cristo, y como tales los ama y sirve. ¡El cuerpo místico de Cristo! Otro objeto del amor y de la fidelidad de Rovirosa. Tenía una idea integral y justa. Comprendía y amaba a la Iglesia en su doble dimensión, sabiendo bien lo difícil que es mantenerse equilibrado entre las tensiones horizontales y las presiones verticales. Bastante tuvo ocasión de experimentar que, a veces, es necesario vivir muy enraizado en Cristo para servir fielmente a los hermanos sin dejar de prestar igual fidelidad a la jerarquía de la Iglesia. Aquella jerarquía concreta, que él veneraba y amaba, pero que no siempre lo había comprendido y que, por eso mismo, le había ocasionado sus más grandes e íntimos sufrimientos. Sin perder el coraje, sin echarse atrás en el amor concreto y en el servicio, Rovirosa sufre y calla. Siempre obediente y respetuoso, a pesar de la clara percepción de las miserias humanas que han entrado en juego; buscando siempre en la fe la actitud conveniente, la reacción justa, la más adecuada aplicación concreta de la ley del Amor de Jesús. Esto lo va madurando, y su amor a la Iglesia se va haciendo cada vez más puro, más intenso, más unificador, sin dejar de ser igualmente concreto, servicial, humano. Acabó siendo “ermitaño” en una celda de la hospedería de Montserrat, convencido que era lo mejor que podía hacer para servir a la Iglesia, ya que así lo había dispuesto “el humor de Dios”. Los que lo tratamos allá, pudimos comprobar cómo suscitaba en torno suyo paz, luz, bondad, elevación del espíritu, presencia de Dios. Y eso sin envaramiento de ningún tipo; con su presencia sencilla y casi sin relieve, con su conversación natural y alegre, con su bonhomía que se manifestaba cada vez más sensible a las pequeñas muestras de afecto. Para mí, aquel agradecimiento sincero, profundo y conmovido que Rovirosa manifestaba tan espontáneamente y tan sentidamente hacia Dios y hacia los que lo trataban, era la manifestación más evidente de la finura de su espíritu madurado en la práctica fiel del Mandamiento Nuevo». 27


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* * * Testimonio del padre Luis Madina, asuncionista, fundador de la “Ciudad de los muchachos”: «Rovirosa fue un gigante. La Biblia compara al justo a la palmera. Así me represento a Rovirosa, como una palmera: rectilíneo, sin hojarasca, sin engaño, de una pieza, desafiando tempestades, con la cabeza siempre erguida. He tropezado con muy pocos hombres con tan penetrante y original pensamiento, tanto en el análisis como en la síntesis. Conversar con él era descubrir un mundo nuevo de ideas. Sus agudas e inesperadas reflexiones me producían el efecto de un surtidor de cambiantes luces y figuras. Admitía y agradecía la controversia. Cuando una nueva idea penetraba en su mente la aceptaba con emoción. Aunque controlaba sus emociones, recuerdo cómo en una ocasión en que le explicaba cómo la maternidad universal de María comenzó no en el Calvario sino en la Anunciación, sus ojos se humedecieron de lágrimas… Era un enamorado de Cristo. Un embriagado de Cristo. No de un Cristo para uso de gente de digestión fácil y tranquila, sino del Cristo de las Bienaventuranzas. Particularmente la primera Bienaventuranza era objeto de sus reflexiones y comentarios… Sé lo que tuvo que sufrir cuando le impusieron silencio. Con cuánta humildad y espíritu de fe acató la orden. Sin comprender las razones. Me impresionó mucho cuando en una conversación me dijo: —El misterio de Cristo es un misterio de fracaso, y por eso, el Misterio de la Iglesia es también de fracaso. Su vida lo puso bien de manifiesto. Era más bien de carácter reservado, muy sensible. En la intimidad manifestaba la riqueza de su corazón y de su mente. Consiguió controlar las violencias de su carácter. Era un alma totalmente entregada a Dios y a la causa obrera, sin ambiciones personales. No me extiendo más. Docenas de veces he tenido que interrumpir esta carta para atender a los mil problemas de estos inquietos chiquillos. Soy el queso comido por estos ratoncillos…». Carta de Luis Madina a José Ripoll, viejo militante de la HOAC, que le comunicaba la muerte de Rovirosa: 28


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«Querido don José: No puede figurarse la honda impresión que me ha causado su carta. Conforme la leía parecía que algo muy profundo se desprendía de mi alma. Las lágrimas acudían a mis ojos. ¡Qué tremendo calvario fue su vida! El Señor lo marcó con la señal de los escogidos. Contradicción, incomprensión, humillación, impotencia física. ¡Qué hombre gigante fue en todo sentido! Como siempre sucede, ahora harán justicia a sus méritos. Fue un innovador, un precursor. Sus pasos de gigante iban muy por delante de los pasitos de enano de muchos… Verá usted cómo terminarán por incoar su proceso de beatificación. Por mi parte, no rezo tanto por él, sino que le rezo a él y le imploro su protección. Hará milagros. Mucho le agradezco que se haya acordado de comunicarme esa gran noticia. Rovirosa ha triunfado. Que descanse en paz y en los brazos de su Señor, que tanto amó y defendió…». * * * Testimonio de Ramón Masnou, obispo de Vic: «Recuerdo la primera visita que nos hizo a Vic, en nuestra flamante Comisión de la HOAC, en un piso de la calle de la Riera, domicilio de uno de los militantes, ignoro en que año. Era por la noche y, así que hubo llegado, todo el mundo charlaba y decía de las suyas, más bien embarullando el problema social al nivel de tierra y haciéndose todos un poco el inconformista. Rovirosa iba escuchando, con esa su media sonrisa y, en cuanto acabaron y empezó él, nos soltó un juego de consideraciones de orden espiritual, un verdadero sermón, que nos dejó patidifusos. Tratándose de un “líder”, más bien podíamos esperar un ramillete de tópicos fuertes o un discurso objetivo y descarnado sobre los males sociales. Él iba bien pertrechado, había pensado tantas horas el fondo del problema del hombre, en todos sus aspectos, que no quería perder el tiempo e iba al grano. Había que serenar la inteligencia y mirar las cosas con calma bajo una luz segura. En la primera lección nos empezó a enseñar su honda visión, firmemente cristiana, de los problemas del hombre y del mundo del trabajo. Fuerte y enérgica en cuanto al fin al que había que aspirar, fuerte también en cuanto a los medios posibles y lícitos que había que utilizar; pero siempre con una base espiritual y no solamente espiritual, sino auténticamente cristiana. Como un verdadero teólogo de las cuestiones del trabajo, “sacaba agua” siempre de las páginas del Nuevo Testamento. Se le conocía. 29


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Rovirosa era un hombre discutido y poco comprendido fuera del mundo laboral. Hay que decir que no era demasiado fácil conocerlo a fondo. Era demasiado diferente de los demás. Había renacido recientemente a la vida cristiana, de una manera muy laboriosa; había sufrido intensamente para encontrar la verdad. Sabía lo que costaba y por eso la amaba tanto. Por eso la trataba de una manera que no era corriente entre aquellos otros a quienes les había costado menos o que, en el fondo, rozaban muy superficialmente la vida cristiana. Su gran talento, la larga y costosa crisis hasta encontrar a Cristo, su adhesión total, de cabeza y de corazón, al Cristo encontrado, y un ir un buen trecho delante de los demás en la visión de los problemas del hombre en general y del hombre del trabajo en concreto, deben explicar de sobras la dificultad que encontró a menudo en su obra. Era un pionero y un avanzado no solamente en la doctrina —hoy mucho de aquello que parecía duro en él, después del Concilio es de lo más normal—, sino sobre todo en el tiempo. Es cosa, por otra parte, propia de los grandes hombres ir delante de los otros. Una de las cosas que más dejaba ver era su optimismo, hacer relucir más el aspecto agradable del problema y ponerle siempre buena cara. Quiero decir el dominio que mantenía en su interior, ya que no hay duda de que muchas veces la procesión debía ir por dentro, preocupado como debía estar por problemas de todo tipo; citemos especialmente los de familia, apostolado y, cómo no, los de salud. Y, a pesar de todo, se le encontraba siempre ecuánime y halagüeño con la gente. Este optimismo debía ser fruto, además de su dominio propio, de la gracia de Dios. Ya sabemos que todo aquello que tenemos de bueno nos viene por gracia. Pero su caso lo vemos un caso distinguido. Él era un hombre que se había dado a Dios y a los hermanos, era verdaderamente todo un militante y un “místico” de su idea, no regateaba nada, sabía que, fueran como fueran las cosas, siempre ganaría, y tenía toda la confianza en la gracia divina que juega en nuestro interior de una manera maravillosa. De todo esto, él hablaba como si no dijese nada, pero en realidad como un maestro. Por eso inspiraba tanta seguridad a sus seguidores, por eso no se desanimó nunca ni cuando las cosas se presentaban más negras. 30


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Rovirosa ha dejado escuela. Los que lo conocieron de cerca lo siguen como si estuviese vivo aún. Es posible que la muerte haya sido ocasión, y lo sea aún más en adelante, de ser más conocido y estudiado. La línea conciliar, con su empuje renovador, no creo que oscurezca en nada la figura de este hombre moderno, gran hombre, gran cristiano y gran líder social, que podemos decir que pensaba conciliarmente antes del Concilio».

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Títulos publicados

«Cuadernos Rovirosa» n

Cuaderno Rovirosa n.º 1: La vivencia de la triple comunión.

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Cuaderno Rovirosa n.º 2: Dialogando con Rovirosa.

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Cuaderno Rovirosa n.º 3: La vivencia de la mística.

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Cuaderno Rovirosa n.º 4: La cercanía al mundo obrero y del trabajo.

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Cuaderno Rovirosa n.º 5: La vivencia de la Iglesia.

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Cuaderno Rovirosa n.º 6: Derechos y justicia.

n

Cuaderno Rovirosa n.º 7: La virtud de escuchar.

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Cuaderno Rovirosa n.º 8: Testimonios.

En www.edicioneshoac.es puedes acceder a los cuadernos de Guillermo Rovirosa.

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Conocemos la trayectoria personal de Rovirosa, su actuación como apóstol obrero y sus escritos. Pero es muy bueno conocer también el eco que esa actuación convencida provocaba en los demás. Nos manifiesta la grandeza de su espíritu, capaz de contagiar entusiasmo y animar a la conversión y al compromiso. En definitiva, nos muestra el Espíritu de Dios actuando en él.

EDICIONES HOAC

Alfonso XI, 4-4º. 28014 MADRID Teléfono: 91 701 40 80. Fax: 91 522 74 03 e-mail: rovirosa@hoac.es www.edicioneshoac.org

Testimonios

Profile for Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC)

Cuaderno nº 8: Testimonios  

Presentamos en este Cuaderno una serie de testimonios sobre la figura de Guillermo Rovirosa que nos muestran la hondura y riqueza de su pers...

Cuaderno nº 8: Testimonios  

Presentamos en este Cuaderno una serie de testimonios sobre la figura de Guillermo Rovirosa que nos muestran la hondura y riqueza de su pers...

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