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ORAR EN EL MUNDO OBRERO

10º Domingo del Tiempo Ordinario (10 junio 2018) Comisión Permanente HOAC

El demonio ha conseguido la confusión entre humildad y humillación, y todos llaman «clases humildes» a las clases humilladas; con lo cual nadie quiere trato con la humildad. El demonio ha hecho que se confunda la virtud de la pobreza con el estado de miseria, y así todos adoran a Mammon. El demonio ha hecho sinónima la pureza con la falta de hombría, siendo así que para ser puro es para lo que hace falta ser más hombre. Esta confusión diabólica nos ha conducido a un cristianismo absurdo, en el que se dejan a un lado las tres virtudes que más «clientes» arrebatan a satanás (Rovirosa, OC, T.III. 470).

No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, «los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio», y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos (EG 48). Desde la vida

En nuestra vida también habitan demonios, por eso andamos muchas veces confundidos. Confundiendo nuestros proyectos con el de Dios, nuestros caminos con los suyos, porque también nos movemos en un gris pragmatismo que pretende justificarlo todo, que nos desgasta. Es necesario identificar los demonios para poder hacerles frente. Pregúntate: ¿Cuáles son tus demonios? ¿Cuáles los demonios que campan a sus anchas en tu ambiente, entre la gente con la que convives cada día? ¿Qué provocan en ti y en ellos? ¿A qué precio? Y, luego, ora: Demonios

Nos rodean, nos entrampan con fuegos de artificio, nos muerden por dentro. Sus nombres son envidia, soberbia, desprecio, violencia, prepotencia, burla, vacuidad, abuso…

Nos ciegan, aturullan con su discurso incesante, con su lógica aparente. Nos envuelven en razones. Y, sin apenas darnos cuenta, nos asolan y alejan a unos de otros. Camuflan el dolor de indiferencia, y adornan la nostalgia con risas fáciles.

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C.P.

Señor de la verdad desnuda, del amor posible, de la justicia auténtica Dios con rostro humano, hombre que apunta a Dios… Rompe las cadenas y líbranos del mal. Amén. (José María R. Olaizola, sj)

En esa vida nos habla Dios

Marcos 3, 20-35: Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios.

Llega a casa y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: «¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre». Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». Palabra del Señor 2 2


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Para ayudarte a acoger la Palabra

10º Domingo del tiempo ordinario

La actuación libre de Jesús provoca rápidamente el rechazo en su entorno. entorno Sus familiares f miliares lo fa consideran desequilibrado y excéntrico y las autoridades sospechan que está poseído por los malos espíritus. Para ninguno se adapta al papel social que esperan de él. El problema está en saber quién es el que está verdaderamente desequilibrado y poseído por el mal. La primera lectura de hoy (Gn 3, 9-15) denuncia un pecado real que vuelve sobre el ser humano una y otra vez: no necesitamos a Dios, podemos construir un mundo sin Dios, aunque resulte un mundo contra el ser humano. Solo hace falta deshacernos del “peso” fraterno; solo hace falta dejar de considerar al otro como hermano. Adán y Eva dejan de ser una sola carne para culparse mutuamente de su situación y su pecado. Solo hace falta dejarnos embaucar por el demonio. Y para eso es necesario también ceder a otra tentación que nos muestra el evangelio de Marcos hoy: reducir a Jesús a una buena persona, sin más, que conectaba con la gente sencilla, como otros muchos, pero que no viene de Dios. El evangelio nos dirá que oponerse a Jesús y a su misión es oponerse a Dios y al Espíritu. Con otras palabras: no reconocer la encarnación de Dios es negar el proyecto de humanización que nos humaniza y libera, que nos dignifica, que nos devuelve nuestra condición de hijos e hijas de un mismo Dios, y hermanos y hermanas unos de otros. Y eso es tanto como renunciar a nosotros mismos aunque no lo digamos; es “blasfemar contra el Espíritu Santo” del que somos templo. Blasfemar contra el Espíritu Santo es rechazar la propuesta de vida que Jesús ofrece en nombre de Dios; es rechazar la verdad con los ojos abiertos; es llamar luz a las tinieblas, y tinieblas a la luz; es negar la verdad; es no sentirse necesitado de salvación alguna, cerrarse al perdón, manipular interesadamente la llamada de Dios, construir una falsa humanidad que se niega a acoger la presencia de Dios humanizando a las personas. ¿De qué nos sirven los lazos que construimos con las personas cuando estos se sostienen solo sobre nuestros intereses, sobre nuestro proyecto particular, sobre las relaciones no humanizadoras, sobre nuestros personales demonios? Hacer la voluntad de Dios es lo que nos devuelve nuestra identidad original, nuestra más humana condición: hijos y hermanos. Es lo que puede expulsar de nosotros los demonios de la envidia, soberbia, desprecio, violencia, prepotencia, burla, vacuidad, abuso… los demonios de la economía y el individualismo, los del consumismo… Hacer la voluntad de Dios requiere vivir en Jesús, permanecer junto a él, contemplarle, captar sus sentimientos, dejarse impactar por lo que acontece junto a él. Eso exige definirse ante Jesús. Descubrirme. Dejar que su Espíritu nos guíe. Es lo único que nos puede ayudar a impedir que la fe se vaya desgastando y degenerando en mezquindad. Es lo que puede impedir que nos convirtamos los cristianos en momias de museo, que desilusionados con la realidad, con la Iglesia o con nosotros mismos, vivamos la constante tentación de apegarnos a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como «el más preciado de los elixires del demonio». Es lo que puede evitar que se apolille el dinamismo apostólico: que su camino sea nuestro camino; su sueño nuestro sueño; su vida nuestra vida. 3


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¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? ¿Qué he de cambiar en mi proyecto personal para ser cada día más “de la familia de Jesús”, de quienes hacen su voluntad? Lo concreto.

Recoge todo lo reflexionado y orado

Los más nuestros

“Nosotros” somos todos. Nuestros son todos. Míos son todos. Son carne de mi carne y sangre de mi sangre.

Venimos del polvo de las estrellas. Y aunque hayamos alcanzado una gran complejidad, seguimos enlazados con el universo entero, especialmente con los seres humanos. Pero los más nuestros son los pobres, al menos como definición.

Para Ti lo fueron, Señor. Para mí, casi nunca, pocas veces, por más que blasone de compromiso y acción. Siempre pasan por delante mi yo, y “los míos”, mi familia y mis parientes. Ellos son los primeros, aunque estén en la abundancia y no necesiten más que afecto.

¿Cómo haré, Señor, para que los pobres sean los más míos? Es un largo viaje solidario, viaje de vaciamiento, y no de compras, del yo al nosotros, de mi familia al mundo, del mundo a los pobres. Un largo viaje peleón, en el que el yo se agarra con uñas y dientes, mi yo y el de mi familia, para no dejarse separar ni a las buenas, ni a las malas.

Y ofrece tu vida

Señor, Jesús, te ofrecemos todo el día…

Un viaje contigo a tu reino de Luz, desde el reino de las tinieblas, que es el encierro en el yo. Dame tu mano para no caerme entre las piedras del camino.

(P. Loidi)

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10º domingo TO  

Oraciones para la décima semana del tiempo ordinario de liturgia

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