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Nº 70 - Junio 2017

Fotógrafo del mes: Jesús Álvarez Rodríguez Paseando por Roma

Viejas cartas de amor


Año VII.- Núm. 66 - Febrero 2017 PROMOTOR José Luis Cuendia, “Guendy” DIRECTOR Francisco Trinidad COLABORADORES Eugenio R. Meco, Pepe Haro Castaño, Ma Bernarda Ballesteros, Carlos Flaqué Monllonch, Glyn Griffits, Ricardo González “Completu”, Salvatore Grillo, Javier Madroñero, Narciso del Río, Juanjo Gallardo, Monchu Calvo, Antonio Ramón Ferrera, Cristina Capracci, Gustavo Velázquez, Cora Coronel, Justín del Barrio, Arturo de las Liras, Juan José Alonso, Ilona Gogh, Jan Puerta, Albino Suárez, Gloria Soriano, Ildefonso Robledo, José Manuel Gonzalo, José Mª Ruilópez, Juan Depunto, Juan José Pascual, Viviana Genta, Nadima, Antonio Martínez, Ángeles Pereira Perera, Claudio Serrano. DIRECTOR DE FOTOGRAFÍA José Luis Cuendia DIRECTORA DE COMUNICACIÓN Lola González

Viejas cartas de amor.................................................. F.T. La belleza está en el interior.............................. Gloria Soriano Susurrando a los caballos.................................... Monchu Calvo Una flecha parada en el aire................................ Ricardo González “Completu”

Paseando Roma...................................................... Juan Depunto................................................................ La imagen, percepción e interpretación........... Juan José Pascual Del hielo al fuego.................................................. Nadima/Claudio Serrano Los paisajes de Jack Ambridge.......................... En el lienzo............................................................. Andrew Kezzin Los mundos de Ionut Caras................................ Fotografías que despertaron conciencias........

DISEÑO y MAQUETACIÓN Francisco Trinidad www.moldeandolaluz.com Reservados todos los derechos de reproducción total o parcial tanto del texto como de las imágenes. Las imágenes están protegidas por las leyes de copyright internacionales. Para cualquier consulta o sugerencia contacte con nuestro correo electrónico info@moldeandolaluz.com

Nuestra foto de portada:

Moldeando la Luz es miembro de la Royal Photographic Society

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Fotógrafo del mes: Jesús Álvarez Rodríguez........

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Presentación

No cabe duda de que los números redondos tienen su magia particular y quizás por ello se aprovechan para celebrar las efemérides más sonadas: centenarios, cincuentenarios, milenios, siglos… Como si el cero con que se redondean estas cifras les diera un carácter especial, pues, aun careciendo de valor contable, tiene su propia impronta en todas las cifras en que aparece, ya que —y aquí la escuela pitagórica puede echarnos una mano— aunque apunta a lo que no es puede sin embargo evocar lo que ya ha sido. Como es el caso presente. Contabilizamos, con este, setenta números de LUZ Y TINTA, lo que por una parte nos llena de orgullo, pues no resulta fácil mantenerse tanto tiempo en este kiosko virtual, y más cuando el trabajo que ello supone solo genera gastos y obligaciones no contractuales que sin embargo comprometen tanto como si lo fueren; por otra parte, además, nos llena de responsabilidad. Uno vuelve la vista atrás, a aquel número 0 que nacía casi despreocupadamente, y va repasando hitos, momentos de dudas, muchas dudas, algunos disgustos aislados y sobre todo muchas satisfacciones. Han sido casi siete años al lado del cañón, cubriendo etapas, enriqueciéndose con un trabajo que parece tiene su reconocimiento —las visitas que se repiten mes a mes hablan bien a las claras de ello— y acumulando experiencias y anécdotas. Aquel número 0 con que se iniciaba esta iniciativa en septiembre de 2011 reunía un grupo de colaboradores, algunos de los cuales, por razones muy diversas, se han ido quedando por el camino y han sido relevados por otros que mantienen vivo el fuego de la ilusión primera. Estamos en condiciones de adelantar que en los próximos números se incorporarán nuevos colaboradores, con lo cual queda garantizado el compromiso de esta publicación con el futuro, pero especialmente se acrecienta la perspectiva de nuevas miradas a través de las nuevas colaboraciones literarias y fotográficas. Ahora bien, aunque nadie nos puede negar la satisfacción de los logros conseguidos, no podemos regodearnos en la autocomplacencia, entre otras cosas porque sin un mínimo de autocrítica es imposible no solo mejorar sino mantenerse en el nivel conseguido. Y entre las cosas que debemos mejorar está sin duda, como algún lector ha sugerido, la puntualidad mensual en nuestra cita con el kiosko. Sabemos que es difícil —¿quién nos lo va a decir después de siete años?—, pero no imposible. En los últimos meses obligaciones personales y profesionales han desviado nuestra puntualidad, que en algunos momentos de esta andadura ha sido modélica, pero que se ha visto más que deteriorada sin ir más lejos en este número 70 que aún no sabemos en qué fecha podremos colgar. Claro que el que seamos conscientes de esta dificultad nos pone en la senda del arreglo. A partir del próximo número redoblaremos nuestros esfuerzos para recuperar una puntualidad que nos reconcilie con los lectores más críticos, pero especialmente con nosotros mismos que somos los menos satisfechos con los retrasos que hemos ido acumulando y que, por las apuntadas razones, hemos sido incapaces de corregir. Esperemos que el verano, con sus aires de reposición, y nuestra propia voluntad, que no decae, nos devuelvan a un camino y a unos plazos que solo por imponderables hubimos de abandonar.

Francisco Trinidad

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Fotógrafo del mes de Mayo

Jesús Álvarez Rodríguez Hay fotógrafos de muy variados registros, que ponen su cámara al servicio de múltiples aspectos de la realidad, y fotógrafos que se centran en uno o dos temas de los que estudian todas las posibilidades y en los que acaban especializándose. Tal es el caso de Jesús Álvarez Rodríguez, fotógrafo asturiano que no lleva mucho tiempo entre nosotros —la primera foto que subió a Moldeando la luz lleva fecha de 4 de enero de 2016—, pero que ha mantenido una presencia constante. Por lo que sé, aparte de su carrusel fotográfico, Jesús Álvarez forma parte de esa asociación fotográfica asturiana, “Asturias a contraluz”, que tan ligada a Moldeando se encuentra por varias razones. Aunque divide sus fotos en varios álbumes —Retrato, Aves, Nocturnas, Naturaleza, Costa… y lugares como Ponga, Somiedo o Cantabria— en realidad son las suyas fotos de naturaleza y paisaje generalmente, con algunas incursiones en el mundo del retrato. Sus fotos de naturaleza y paisaje, hay que decirlo desde el principio, son realmente llamativas. A pesar de que la mayoría están tomadas en horas de amanecer y atardecer, ha sabido vencer todas las dificultades de este tipo de fotografía y de las horas en que han sido tomadas y nos ofrece un auténtico abanico de tomas en las que priman la delicadeza y la sensibilidad. Contemplando estas fotografías se deja uno envolver por el momento de silencio que recrean. Quizás por ello muchas de ellas han sido tomadas en la Playa del Silencio, en Asturias, y en la Playa de las Catedrales, en Galicia, dos lugares en los que la naturaleza se alía con la belleza. Y nuestro fotógrafo, Jesús Álvarez, ha sabido arrancarle a estos lugares todas las eventualidades y perspectivas cromáticas que acentúan la escala de colores y el permanente contraste luces y sombras que dan a esas fotos ese halo especial, esa niebla azulada, tan propia de la hora en que fueron tomadas. Y ello a pesar de la escasa luz y lo cambiante que resulta y de las dificultades que imponen las largas exposiciones con que han sido tomadas y que propician ese envolvente efecto seda que tan atractivas las hacen. Lógicamente, en sus fotos de naturaleza no falta la nieve ni el ambiente umbroso de los bosques con sus árboles, sus ríos pedregosos y esa niebla absorbente que

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le aportan una especial dimensión, así como las montañas —entre ellas, nuestra mítica Peña Mea— y la costa, toda la costa asturiana, con algunas incursiones en Galicia y Cantabria, con presencias tan significativas como Puerto de Vega o Lastres. Ahora bien, lo que realmente sorprende de estas fotos de naturaleza generalmente marina de Jesús Álvarez, aparte el juego cromático de azules y rojos que dibujan un paisaje muy cálido, es esa suerte de abrazo entre las nubes y el mar o entre las nubes y las montañas que definen una forma de mirar la naturaleza; son nubes irisadas, tan cambiantes como el paisaje que las acoge y tan bellas como la sorpresa que muchas veces producen. Las fotos nocturnas, en las que dice estar iniciándose, carecen todavía de la fuerza del claroscuro que debiera definirlas. Aunque no cabe la menor duda de que se adivina en ellas una progresión y un interés que no tardando mucho habrá de ofrecernos fotos tan interesantes como las que venimos comentando de naturaleza y paisaje en esas horas, atardeceres y amaneceres, por otra parte tan cercanas a las nocturnas. En cuanto a los retratos, y no son muchos los que hasta el momento nos ha mostrado, son casi todos ellos de plano medio corto y primer plano, con un fondo neutro, de estudio, que realza los perfiles del rostro y enmarca la mirada. Se adivina en todos ellos un interés creciente por este tipo de fotografía, y al igual que en las pocas tomas de pájaros que nos ha mostrado hasta el momento —que adivino hechas desde el avistador que recientemente ha montado “Asturias a contraluz”— encuentro el inicio de un nuevo camino fotográfico cuyos frutos, con toda seguridad, no dejaremos de conocer próximamente.

Francisco Trinidad 7


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Viejas cartas de amor F.T. Los domingos por la mañana, si hace buen tiempo, me gusta acercarme al Rastro. Voy caminando por la Avenida de la Costa, lentamente, sin más prisas que las de la propia ciudad aproximándose al murmullo del mediodía, y al llegar a la altura del Molinón, ya sumergido de lleno en el rumor Me pierdo generalmente en los puestos de trastos viejos, las más de las veces colocados en el suelo y a través de los cuales se adivinan vidas lejanas, tantas veces aburridas e inhóspitas, quizás felices, pero ya conclusas. Rebusco luego entre los libros usados. Siempre hay un volumen interesante o ediciones curiosas que me ayudan a pasar la tarde del domingo. Recuerdo especialmente un día que encontré un libro encuadernado primorosamente en piel de becerro: tejuelos dorados, nervios... cabezadas de seda. Era una edición bellamente trabajada y, aunque el libro en sí, una novela gótica de lejano interés, tenía escasa consistencia, recuerdo haber pasado una bonita tarde, ojeando más que leyendo, adivinando el cuidado que el encuadernador había puesto en aquel libro e intentando adivinar las razones que habían llevado a su dueño, si era realmente distinto del encuadernador, a encargar aquel trabajo tan especial. Otras veces he encontrado tomos de revistas de principios del pasado siglo a través de cuyos artículos e ilustraciones se vislumbra sin dificultad el paso del tiempo y su huella sepia sobre la memoria de papel. De vez en cuando, viejos periódicos, con noticias que en su día sirvieron de contrapunto a una realidad ya tan ausente... o viejas escrituras manuscritas sacadas de algún desván quizás desaparecido. O aquellas cartas de amor, viejas cartas de amor que encontré debajo de un montón de papeles revueltos. Era un montoncito de cartas manuscritas, atadas con una cinta roja y protegidas por un sobre manoseado y sucio. Le pregunté al vendedor si podía abrir el atado y se encogió de hombros. Dentro había unas cuantas cartas, manuscritas unas, mecanografiadas otras y todas suscritas por la misma mano, que unas veces firmaba Fernando a secas y otras Fernando Valles. Leí algunas frases sueltas, y me di cuenta de que eran cartas de amor, quizás adolescente. Pagué unos cuantos euros que el vendedor me pidió más para quitárselas de encima que para hacer negocio con algo sin valor y seguí dando una vuelta, aunque ya sin interés: no era capaz de olvidar las cartas que llevaba en el bolsillo. Me fui al poco rato y, como de costumbre, paré en la cafetería del Molino Viejo, me senté en una de las mesas de la terraza con una cerveza delante y me entregué a la lectura de aquellas cartas. Al principio la letra de las autógrafas se me hizo difícil, pero poco a poco fui adaptándome a ella y disfrutando la historia de amor que se adivinaba. Todas las cartas, veintitrés en total, habían sido escritas en el verano de 1954 por aquel Fernando Valles desde un pueblo de Valladolid, Moral de la Reina, a una joven a la que llamaba Amelia y de la que se decía realmente enamorado. Por razones familiares estaba pasando aquel verano en Valladolid mientras Amelia seguía en Asturias, al lado de un mar que su corresponsal añoraba en cada una de las cartas, todas ellas muy breves, de frases cortas, pero de un hondo apasionamiento que, traspasado por la añoranza y la ausencia, le daban un aire que más que realmente triste resultaba gozoso: como si aquel joven que escribía bendijera la oportunidad que le brindaba aquella separación para expresarle a su amada todas las posibilidades de su amor. La última de las cartas, fechada el 10 de agosto, vibraba sin embargo de alegría. Le anunciaba su viaje para dos días después y le proponía una cita al anochecer, poco antes de que comenzase una verbena que se celebraba en un pueblo cercano. Con el

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último párrafo, se me perdió la vista en el horizonte, volví a mi vaso de cerveza y experimenté de nuevo esa amarga sensación de que las huellas de quienes no escriben la Historia han de buscarse siempre en los aledaños de la vida y en la arborescencia de la desesperanza. Mientras regresaba a casa, con el paquete de cartas en el bolsillo, pensaba en aquellos dos jóvenes, Fernando y Amelia, en el verano que habían pasado separados y en aquel reencuentro que se anunciaba en la última de las cartas, y me preguntaba por tantos y tantos pormenores, unos de las propias cartas –detalles que se mencionaban y de los que me faltaba conocimiento para entenderlos– y otros de la propia vida de aquellos dos enamorados. Me preguntaba si realmente se habían encontrado aquel 14 de agosto de 1956, si habían ido a aquella verbena que tanta ilusión le hacía a Fernando y si su historia de amor había proseguido quizás en otras cartas que cualquier domingo podría encontrar yo mismo en otro puesto del Rastro o que acaso ya estaban en poder de otra persona que las hubiera leído con el mismo interés que yo y a la que le hubieran suscitado idénticas o parecidas dudas y evocaciones a las que a mí me absorbían. Durante algunos días más me dejé mecer por el recuerdo de aquellas cartas, que volví a leer y a las que me unía poderosamente el recuerdo del único sobre que se conservaba; un sobre en el que constaban el nombre y los apellidos de ambos protagonistas junto a sus direcciones de entonces, una en Asturias y otra en Valladolid. Coincidió que a los pocos meses la parroquia organizó una excursión a la fiesta del Cristo de los Afligidos en el pueblo vallisoletano de Moral de la Reina. No sé, y ya no me importan, las razones que llevaron a nuestro párroco a organizar aquella excursión. Quizás él o alguna de sus beatas fueran de aquel pueblo perdido en el páramo castellano; pero yo me inscribí en el viaje con el objetivo de indagar sobre Fernando Valles en aquella dirección que figuraba en los sobres que le había mandado a Amelia y poco me importaba otra cosa. Recorrí las pocas calles del pueblo a mi aire, absorbido por mis imaginaciones, hasta que después de un par de vueltas me decidí a preguntar en la calle Real, en el número que figuraba en el remite de las cartas. Como bien había supuesto, nada supieron decirme, pero la señora que me atendió, muy atenta y quizás también interesada en la historia que adivinaba tras mis preguntas, me acompañó un par de casas más allá, en la misma calle, para preguntarle a una mujer de edad indefinible, pero tocada por ese halo evanescente que proporciona un rostro curtido al sol, unos cabellos blancos y ese gesto de resignación tan propio de los campesinos. La buena señora recordaba perfectamente a la familia Valles que según ella se habían ido a Asturias y habían hecho su vida allí, unos en las minas y otros en una fábrica que no supo identificar. A Fernando Valles, por supuesto que lo conocía, porque había seguido viniendo los veranos a pasar unos días en otra de las casas familiares, un par de calles más allá, donde vivía una de sus primas. —Ahora hace años que no viene. No se habrá muerto, ¿verdad? Con este resquemor recorrí los escasos metros que me separaban de aquella otra casa, donde una mujer que rondaba los ochenta años me dijo que su primo Fernando vivía en Gijón, en una residencia —“Porque ya las fuerzas no le acompañan, ¿sabe usted?”— y que, a pesar de los achaques, se encontraba bien. —De vez en cuando me llama y hablamos, ¿quiere usted que le dé el número?

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Nada más llegar a Gijón le llamé por teléfono y al día siguiente, sobre las once de la mañana, me presenté en su residencia. Como no sabía sus gustos ni su estado, le llevé como presente un libro de imágenes, con muy poco texto, del patrimonio artístico de Valladolid. Fernando Valles, que andaba perdido en los vapores del Alzheimer, miró el paquete sin abrirlo y comenzamos una conversación empedrada de silencios. Fernando, de vez en cuando, en lugar de contestar mis preguntas dejaba vagar su mirada por los parterres que teníamos delante y callaba, seguramente perdido en reflexiones y recuerdos que nada tenían que ver conmigo. Le pregunté una y otra vez por Amelia y nunca me contestó nada. A veces me miraba profundamente y repetía el nombre de Amelia y otras me contestaba con su reiterativa cantilena: “¿Sabe usted jugar al ajedrez?”. Cuando ya desesperaba de sacar algo positivo de aquella entrevista, ante una de mis muchas preguntas, Fernando Valles suspiró, levantó la vista del parterre y me miró: —Amelia, la hija del guardia… —y volvió a sumergirse en su particular ensueño, ajeno al mundo. Ajeno de sí mismo. Pero con aquel detalle, sabiendo que el padre de Amelia había sido guardia civil en el pueblo que figuraba en los sobres de aquellas cartas de amor, solamente me hicieron falta tres llamadas de teléfono para localizarla a ella. Creo que ni me sorprendí al saber que estaba en Gijón, y en la misma residencia donde el día antes había visitado a Fernando Valles. A Amelia le llevé unos pastelitos que se empeñó en compartir conmigo en el jardín de la residencia al lado de los parterres que dos días antes me sirvieron de horizonte con Fernando. Amelia era una viejecita simpática y dicharachera, con un punto de alegría que la iluminaba mientras hablaba y con un desparpajo que le hacía perdonable sus muchas reiteraciones y su pesadez para que comiera aquellos pastelitos que nada me apetecían. Me contó detalles de su vida, de la de su marido, un guardia civil que había muerto en acto de servicio; de la de sus hijos y sus nietos. “Tengo dos bisnietos, que vienen a verme los jueves. ¿Qué día es hoy?”, me repitió en varias ocasiones. Por fin, tras dejarla hablar de sus cosas y picotear un par de aquellos pastelitos, le pregunté por Fernando Valles. —Ay, Fernando —suspiró—, aquel verano en Tapia de Casariego. ¿Conoce usted Tapia de Casariego? Yo no he vuelto, pero todavía me acuerdo —agregó, envuelta en la nostalgia—. Luego me habló de Fernando, de aquel verano que pasaron juntos y, tras mis preguntas, de aquella noche de agosto en que, en vez de ir a la verbena, se fueron a un rinconcito de la playa, medio oculto por unos arbustos, y vigilados por una luna cálida. No me dio detalles, pero por su sonrisa, que a veces pretendía ocultar; por el brillo de su mirada y por los suspiros que se le escapaban a cada nueva palabra, unido todo ello a lo que había leído en las cartas, entendí perfectamente lo que habían vivido acompañados del rumor de las olas y de la música lejana de la verbena. —¿Y no volvieron a verse? —Nunca. A los pocos días destinaron a mi padre al País Vasco y nunca más supe de él. Luego la vida me llevó de un sitio a otro y nos olvidamos. Nada le dije de las cartas que había encontrado en el Rastro, ni de Fernando, al que tan cerca tenía sin saberlo, ni de la congoja que me suponía pensar en cómo la rueda de la vida nos hace girar a veces en sentido contrario a nuestros deseos. Cuando nos despedíamos, me hizo prometerle volver a verla, y al enfilar el pasillo, con las primeras lágrimas precipitándose mejilla abajo, levantó su voz de anciana vivaracha: —Venga a verme un jueves y así conoce a mis bisnietos.

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La belleza está en el interior Gloria Soriano Quien con verde se atreve por guapa se tiene. O guapo. ¿Qué de donde viene esto? Yo lo saqué de mi madre, y mi madre, de toda la vida, un tiempo impreciso como todo lo que ella mide. No utiliza números, ni diferencia unidades, así que no sé si toda la vida se refiere a décadas, siglos o milenios. Pero no voy a preguntárselo. Con los colores, sin embargo, suele ser más concreta: verde musgo, verde moho, o verde fieltro, como el tapete de cartas donde hace los solitarios; pero jamás la he oído hablar del verde cotorra. Por eso disparé, ¡suerte que tenía la cámara!. Por eso, y porque el pájaro se puso a tiro, y porque investigo la relación que existe entre el verde, la belleza y el atrevimiento. Espero que, como que no quiere la cosa (esta coletilla también es suya), Google me ayude. La cotorra a la que disparé había bajado desde la copa de un árbol del Parque Tierno Galván seguida por sus vecinas de nido. Se posaron a mis pies, como quien dice (otra vez la voz de mi madre), y picotearon aquí y allá bulliciosas y confiadas. La idea de que ese atrevimiento tuviera alguna relación con el verde que va desde esa cabecita gris inteligente del pájaro, hasta la punta de la cola, me hizo creer que mis investigaciones iban por el camino correcto. Aquella mañana en el parque saqué varias fotos. Algunas son de grupo. Miro muchas veces el retrato de uno de los pájaros, y no me parece nada creído. Ni presumido. Para mi gusto no son hermosos. Gritan mucho. Son gregarios, verdes, descarados. Presiento que estoy aún lejos de entender las expresiones de mi madre. Lo que leo sobre las cotorras tampoco me ayuda. Saber el latinajo que tienen por nombre me aporta menos que a mi progenitora el acusativo viride(m) para referirse a la palabra que ella mejor conoce.

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Susurrando a los caballos Monchu Calvo La Felguerina nos recibe radiante en aquellos montes tan cerca del cielo. Poca gente se ve por el pueblo, aunque hay anunciado un asado para gente de Campo de Caso. Pero en un caserío cercano sí se percibe animación, mientras unos caballos pastan indolentes a pesar de que el sol va dando muestras de su fiereza. Una mujer enjuta, excesivamente delgada, reparte manojos de hierba fresca en un corro de personas, en lo que puede ser un picadero. Dos caballos van perezosos en busca de la comida que les ofrecen aquellas personas, cogiéndola suavemente de la mano. Una jovencita rubia extiende su mano blanca y la yegua mordisquea casi con temor a asustarla. Los ojos de la niña parecen emocionados, y sus brazos estirados tiemblan ligeramente. El hocico del animal restrega con cuidado sus dedos, como queriendo tranquilizarla. Me encanta esa escena, mientras acciono el disparador de mi cámara, que por unos momentos es lo único que se oye. Es un momento especial por su belleza, pero yo acudí a conocer a Lucy, la delgada mujer mencionada antes. Diríamos que lo primero que te sorprende es su descarnada figura, difícil de adivinar la carne en las arrugas de su cara y sus brazos, pero al llegar a sus ojos ves que allí está la fuerza. Azules refulgentes y que trasmiten decisión. El habla es pausada, te relaja, con las inflexiones justas para que esas palabras te regalen su sonido sin perturbarte. Lo hace con las personas, y todavía mas suave con los caballos cuando se dirige a ellos. Lucy Rees, es etóloga. Galesa .Especialista en comportamiento animal. Una autoridad mundial, que vive en su finca de Extremadura rodeada de una manada de caballos pottokas, una subespecie de origen prehistórico. Salvajes, por supuesto. Lo que practica y por lo que es conocida mundialmente es por la doma natural. Es un conocimiento de la naturaleza del caballo que nos permite comunicarnos con él y tratarle sin malentendidos. Desde el principio de nuestra relación buscamos una armonía con el caballo, que coopera con nosotros confiado, con ganas y con movimientos libres de tensión. Animales desconfiados y bruscos atienden nuestras órdenes en una hora que sigamos las indicaciones de Lucy.

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Lucy Rees nació en Gales. Creció entre ponis y caballos en una finca de sus abuelos en el sureste de Inglaterra. Estudio zoología en la universidad de Londres. Tuvo una juventud bastante atípica en las montañas de Snowdonia en Gales donde comenzó a domar los caballos cerriles característicos del lugar. Gano celebridad por su especial trato a los caballos con problemas. Durante varios años edito la revista Mountain dedicada al mundo de la escalada. Viajo por países como Estados Unidos, Irlanda y Portugal donde fue recopilando aprendizajes de las diferentes formas de domar caballos, lo que dio lugar a que escribiera “La mente del caballo”, en el que combina la experiencia con los estudios científicos de la etología equina. Lucy ha estudiado durante décadas el comportamiento de los caballos salvajes. Observo que son muy corporativos, viven en armonía entre ellos y se defienden conjuntamente contra los depredadores como el lobo. Lucy posee una hipersensibilidad hacia los caballos. Los que le han visto actuar dicen que es una chamana, que parece hipnotizarles. Ha montado a pelo a caballos que se les daba por imposibles. Su método de doma natural es revolucionario. Asegura que primero el caballo se debe sentir libre, tratarle de convencer con cariño y en paz. El tacto es fundamental, mucho esta en el uso de las manos. Cada raza necesita una particular forma de caricias. En la actualidad cría una manada de pottokas salvajes. Un pequeño caballo autóctono vasco. Asegura que es el único caballo genéticamente salvaje ya que todas las demás razas derivan de caballos amansados. Lucy me comentaba “Si tratas mal al pottoka se vuelven fieros, en eso son muy vascos. Debes manejarlos con educación y respeto” En La Felguerina vimos como actúa esta mujer, a base de presiones en determinados sitios, de palabras, de caricias, de leves tirones de cuerda, y de comunicar con los ojos del caballo, un animal sumamente inteligente, como los que cría Héctor Calderón, y que resume muy bien el nombre de su empresa de turismo rural “Cabalgando sueños” Fue una experiencia inolvidable, pues combinó el para mi paisaje de mi vida y de mis antepasados, con la ocasión única de asistir de la mano de esta menuda y asombrosa amazona, y no pude mas que recordar a otra mujer maravillosa que practicó la misma terapia, solo cambiando los caballos por gorilas, Dian Fossey. La misma mirada a los ojos. La porción de hierba de las manos a su boca, y la comunicación se produjo. “Bajé lentamente del árbol y simulé masticar vegetación para darle toda la seguridad de que mis intenciones eran de lo más pacíficas. Los brillantes ojos de Peanuts me miraban... Como parecía totalmente tranquilo, me eché de espaldas en la vegetación, extendí poco a poco la mano, la palma hacia arriba, y la dejé sobre las hojas. Después de mirarla con detenimiento, Peanuts se levantó y extendió su mano para rozar mis dedos con los suyos por un instante... Ese contacto figura entre los más memorables de mi vida entre los gorilas”.Dian Fossey

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Una flecha parada en el aire Ricardo González “Completu” Siempre experimentando cosas nuevas, me llevan a un club de amigos del arco. Aprovecho mi amistad con José Manuel Suárez, o como es conocido en todos los ambientes “El Sepu”. Es lo que nos toca cuando nos cuelgan los apodos de los padres. Gran aficionado al tiro con arco y como es de preveer para quien me conoce o es asiduo lector de esta revista, que todo aquello que me provoca retos fotográficos, ahí estaré. Como siempre, el llegar a un sitio y hacer las fotos siempre es muy fácil o al menos lo parece, pero nunca en mi caso, por la cuestión del tiquismiquis( minucioso al límite) que llevo dentro y a que me someto. Si para hacer un reportaje avisamos unos días antes, sin dudas que nos lo pondrán llano y será difícil que las cosas puedan salir mal, ya que portaremos todos los medios necesarios y los modelos y sus atuendos y artes estarán relucientes y además, también saldrían aquellos que solo van cuando se cuece algo relevante. Por mi parte soy más partidario de hacer los momentos naturales, como con la vida cotidiana de quienes fotografío. Un tiempo antes, mi amigo El Sepu, pone alguna foto en una red social mientras se muestra con el arco y con un comentario a pie de foto le comento que lo iré a ver algún día, mientras hace pruebas de tiro en la galería. El me contesta con los días de la semana y el horario a que asisten y que cuando quiera, para tirar y tomarnos unos cafés. ¿Cuando es el peor día para los deportistas?, yo creo que un lunes y así me fui para allá, sin saber si me aceptarían o me mandarían a tomar por saco, por ahí fuera. Y más cuando mi idea es que ni el propio José Manuel sepa de mi llegada.

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Un lunes a las 17, 15 horas, abro la puerta de la nave donde se encuentra la galería de Tiro con Arco y lo primero que me encuentro son a unas personas haciendo responsos a una tarta que se hallaba encima de una mesa y que a la pregunta de ¿Estará por ahí José Manuel?, algunos tragan rápido y otros toman un sorbo de café, para pasar el dulce abizcochado y gritan, cada uno cuando pudo: “Sepuuuuuuuuuuuuu, preguntan por ti”. Inmejorable entrada. No podría ser mejor para mí. Se palpaba en el ambiente camaradería y creo que para el tipo de foto que iba a realizar, me vendría bien. Lo siguiente que se oye en una voz fuerte y quebrada de mi amigo: Coño, Completu, ¿qué tal? Hablamos un poco y enseguida alguien se me acerca para invitarme a un trozo del pastel y a un café. Hago los comentarios previos y todos ellos aceptan de mil amores mostrarse como mis modelos ocasionales. Estamos en una nave del tipo industrial, de unos 60 a 70 metros de largo y en el techo cuatro líneas separadas de fluorescentes en toda su longitud. Para fotografía, el mirar para el techo y ver unas luces dentro de la misma línea en colores amarillos, blancos, azules, anaranjados, etc, de haberse fundido algunas en su momento y cambiarlas por las que me de el de la ferretería, para mi cámara, un puro dolor. Me avisan que hay unas líneas pintadas en el suelo, que nunca debo de sobrepasar. Mi máquina en ISO, velocidad, modo de retrato, y mi gran aliado,… el balance de blancos (¿que haría yo sin esta aplicación?). Probar con balance en tungsteno o fluorescente blanca, es todo un dolor a nada que me separe de una línea de luz a otra. Normalmente, para hacer una foto, es prioritario la velocidad de disparo fotográfico a que queramos según el momento en efecto de sedas o congelados y después la ISO, para dar o quitar sensibilidad. Hoy no, hoy predominan los blancos y después el resto. Con los automáticos me saldrían una vez a una temperatura y en otras a saber, pues accedo por colocarla en 7000 k y remodelar el resto en cada ocasión. Existe camaradería y bromas y por supuesto buena voluntad entre todos. Tenemos entre ellos a dos mujeres, varios hombres y a una pequeña arquera de unos 12 años aproximadamente llamada Lucía y acompañada siempre de su inseparable y monitor padre, Alberto Fernández. Es de admirar la educación, el temple y el bien estar y saber estar de esta jovencísima arquera. Quedé admirado. Empezando por la modelo más pequeña, van pasando todos y accediendo a mis comentarios de poses. ¡Problemas!, Como siempre las ‘curvas de la felicidad’ y en las chicas, peor todavía, ya que nunca están a gusto de ellas lo que sea de fotografía y menos puestas de lado. Los hay que no tienen barriga acentuada y otros como yo que no pasamos hambre por estética y solo bebemos cervezas en las comidas y en las bebidas. Entre bromas, risas y cuestiones de ponerse serios para el disparo de la flecha, pasa el momento de parada y el clic. Llegado este momento tanto el lector como yo, estamos pensando en hacer una foto a toda velocidad de la flecha. Pues lo hemos conseguido y eso que mi máquina solo hace fotos a un máximo de 1/4000 de segundo y necesitando al menos para hacerla bien parada un corte de al menos 1/20.000 de segundo.

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Un coche de rally y una flecha van aproximadamente de 200 a 250 km/hora y el Fórmula 1, a 350 y más. Para los dos tipos de coches, nos situamos a una distancia prudente y en una salida de curva hacia recta y sabemos por el ruido, cuándo tenemos que hacer la foto. Y a pocos conocimientos, sale siempre y si no a la siguiente vuelta. Nos sobraría el 1/4000 ya que hay ventaja de distancia, tamaño y el sonido de aproximación. El arco corto, largo, recurro, compuesto, de poleas o la ballesta lanzan una barra muy delgada de varios colores en madera, metal o fibras y puntiagudas y que una vez lanzada, a poca velocidad que vaya, literalmente desaparece de la vista. Necesitaríamos una cámara de alta velocidad y que los fotogramas fueran en alta resolución, pero mi pobre y humilde cámara no es de esas engreídas y vacilonas, pero siempre con la ayuda de mi amigo El Sepu y de Alberto, lo conseguiremos. Colocarse José Manuel en la línea de tiro con el arco, flecha y la cuerda tensada al tope para que esté predispuesta a soltarse hacia la diana, es todo una suelta de adrenalina, esperando pillar la flecha imposible. La idea ya viene preparada de antes de entrar en los previos de la galería de tiro, con dibujos, ángulos de vista, espacios de luces y sombras, y demás opciones, para que todo salga bien. Todo amarrado y sin fallos o que puedan provocar un accidente, no deseado. Para este experimento necesito un modelo de arco que no sea de poleas, ya que si se suelta la cuerda sin tener la resistencia de la flecha, podría descompensarse y tener que volver a remodelar todo el invento. A 20 centímetros de la madera del arco y arriesgando mi físico y con palabras suaves, acordes, y sin desentono preparo a mi buen amigo a que coja su arco, tense la cuerda a su postura más larga y a mi mando de voz suelte la cuerda. ¡Qué emoción sentí en el momento en que vi que había salido a la primera toma y que la flecha estaba ahí como congelada, mientras la cuerda vibraba y el arco se balanceaba hacia adelante! ¡Qué ilusión me hizo! Pero mi amigo Alberto Fernández se mosqueó un poco, porque él no salía en la foto y era quien estaba delante sujetando por la pica la flecha hacia él y a una distancia fuera de arco de 50 centímetros y que ya estaba parada antes de iniciarse la tensión de cuerda. Desde la Revista Luz y Tinta, doy las gracias a todo el equipo de XITIA ( Xixón Tiro con Arco ) del complejo deportivo de la Galería de Tiro con Arco de la Camocha – Gijón ( Asturias- España).

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Arco de Constantino

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Paseando Roma Juan Depunto “...la tradición del viaje a Italia de Eneas ya estaba muy extendida en el siglo III a.C., cuando Roma empezaba a convertirse en una gran potencia...” Javier Negrete, en “Roma victoriosa” Este artículo, con menos de una docena de páginas, no pretende emular los clásicos libros sobre Roma que escribieron los grandes (Montaigne, Goethe, Stendhal, Chateaubriand, Dickens... y, ya en nuestro tiempo, Reverte), por no hablar de los numerosísimos artículos y poemas escritos sobre la ciudad por autores de talla mundial, como Cervantes, Quevedo, Pérez de Ayala, Shelley, Byron y un largo etc. Escritos muchos de los libros en forma de diario, al viajero le harían falta todos esos meses y años en los que se relata la ciudad (meses en el caso de Reverte, años en los de Stendhal y Goethe), para recorrerla con ese nivel de detalle y deleite. El paseante que suscribe dispuso en esta ocasión solo de una escasa semana y estos días son los que les va a resumir en estas breves páginas, acompañadas de las fotos más emblemáticas de los mismos. Roma, con sus cerca de tres millones de habitantes y tres milenios de historia, tiene mucho que contar.     Paseo 1, viernes: El avión comenzó su descenso sobre el mar a la vez que giraba trazando una larga e inclinada curva en el aire que le permitió ver al paseante, en esa mágica hora azul del anochecer, las lucecitas de la gran ciudad prácticamente unida, en los 30 kilómetros que la separan, por urbanizaciones interminables con el aeropuerto de Fiumicino, a la orilla del mar. Tras tomar un auto con conductor previamente apalabrado1*, el paseante llegó a la ciudad de los césares y los papas acompañado de su pareja y con el ánimo en ambos de disfrutar la ciudad, en la que ya había estado antes en un viaje turístico por libre, de esos en los que se va al trote pretendiendo ver todo y consiguiendo 10* Es fundamental tomarse previamente la molestia de estudiar la abundante oferta de autobuses, metro, ferrocarril, taxis y coches sin conductor que se puede encontrar en Internet, y, caso de decidirse por un taxi o similar pactar previamente el precio con el conductor, para no llevarse sorpresas desagradables, a pesar de los precios que dispone el ayuntamiento. Hay mucha piratería y baste saber que los niveles de corrupción son bastante más elevados a los nuestros, que ya es decir…

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Abajo, Santa MarĂ­a la Mayor. A la derecha, el Coliseo

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solo que ese todo lo viera pasar a uno como una exhalación. En esta ocasión la había estudiado despacio, subrayando cuatro de los libros mencionados (que es para él la forma de estudiarlos mejor), leyendo alguno que otro más por encima y algunas guías y disponiéndose a saborear la ciudad, lentamente, despacio, sin prisas y sin intención de verla toda. El suyo iba a ser un viaje “low” que se dice ahora. Todo esto lo pensaba mientras estaba ya ante la ciudad más emblemática de la Humanidad. Como dice Javier Reverte, “antes del nacimiento de Nueva York, el ser humano no había emprendido una tarea urbana tan colosal y ambiciosa como fue la construcción de Roma. Y ahí quedan sus rastros”. Entrando ya en Roma pasó, poco antes de llegar al centro histórico de la antigua ciudad, por S. Pablo Extramuros, extraordinariamente bella en su decoración exterior. Y una vez intramuros, pasó ante el Teatro Marcello que tiene en su fachada las “fasces” romanas2**. Había elegido su pareja un hotel, el Palatino, que a pesar de su nombre se halla en la parte baja de la colina Esquilina, cercano al Coliseo y a los Foros, ¡qué mejor manera que empezar los paseos que hacerlo por estos monumentos! Lástima que la gran avenida que los surca, la “vía dei Fori Imperiali”, fue mandada construir por Mussolini para lucimiento de sus desfiles, cargándose un barrio entero en el que estaba incluida la casa de Miguel Ángel. Como se sabe, Roma es una ciudad de colinas: Las siete clásicas están al este del Tiber, el “Tevere” de los romanos, y son las que abarcaba la ciudad de la antigüedad: la Palatina, la colina en la que Rómulo y Remo fundaron la ciudad en el 753 antes de Cristo, cuyo punto más alto está a 51 metros sobre el nivel del mar; en ella se encuentran abundantes y antiguos monumentos como el pequeño pero precioso Arco de Tito, aunque la mayoría de los edificios, palacios y templos están semiderruidos; en su parte baja, entre esta colina y la Esquilina, está el gran Arco de Constantino y el Coliseo. Las otras seis colinas clásicas son la Aventino, en cuya parte baja se encuentra Sta. María in Cosmedin, el Circo Máximo y la plaza de los Caballeros de Malta. La Celio, donde está S. Juan de Letrán. La Esquilina, la más alta con sus 64 metros, donde se levanta Sta. María La Mayor y la Estación de ferrocarril central, la “Termini”. La Capitolina, en la que se encuentran los Foros en su parte baja. La Quirinal, que tiene el Palacio de la Presidencia de Italia. Y la Vitaminal, donde se localizan diversos ministerios y en su parte baja la plaza de la República. La Roma actual, más expandida, abarca más colinas, destacando algunas como la del Gianicolo, en honor al dios Jano, al oeste, al “otro lado del Tiber”, el “Tras-tevere”, en cuya parte alta se eleva la iglesia de San Pietro in Montorio construida para conmemorar el lugar exacto en el que fue crucificado S. Pedro 20** Las “fasces” son unos haces de varas de madera atadas con cuerda y envolviendo a su vez a un hacha. Este emblema de los antiguos romanos (así como su saludo) fue adoptado por Mussolini para el escudo de su partido, fundado en 1919, y de ahí le viene el nombre de fascista.

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A lz izquierda, interior del Col A la

en el año 67 d.C., entonces a las afueras de la ciudad. Curiosamente, la iglesia fue costeada por los Reyes Católicos, como promesa por el hijo que tuvieron, aunque muriese precozmente. Esta zona es muy española, pues se encuentra también en ella la Real Academia de España, el Liceo Cervantes y la residencia del embajador de España (la embajada está en la Plaza de España, en el centro). En la parte baja del barrio, cerca del río, está Sta. María in Trastevere. Algo más al noroeste del Gianicolo está la colina Vaticana, con el Estado Vaticano y sus monumentos. Otra colina importante es la situada al norte, la Pincio, hacia arriba de la Plaza de España, en donde se encuentra la Iglesia de la Trinita in Monti, Villa Médici y Villa Borghese. La zona llana entre las colinas clásicas y el Tíber es el Campo de Marte, el centro histórico de la Roma actual, en donde se encuentra el Mausoleo de Augusto, la Fontana de Trevi, la Plaza Navona y el Panteón, entre otros monumentos. Paseo 2, sábado: Los paseantes fueron en metro a la parada “Ottaviano”, la más cercana al Vaticano. El metro en Roma es más bien periférico pero tiene buenas conexiones a pie con zonas monumentales como ésta, la Plaza de España, el Coliseo, S. Juan de Letrán o Pirámide-S. Pablo Extramuros, y en cualquier caso luego puede complementarse con tranvías o autobuses. Llegados a la plaza del Vaticano pudieron apreciar su monumentalidad, reforzada por la enorme y ostentosa columnata de Bernini; y digo ostentosa porque no hay razón estructural alguna que sostener con esas cuatro filas de enormes columnas, de más de un metro de diámetro, cuando lo sostenido es un tejado con estatuas; pero es que en Roma todo es exagerado, aunque de muy refinado buen gusto. Viene a significar la acogida, como en un gigantesco abrazo de S. Pedro, al orbe cristiano. Al fondo de la plaza destaca la gran fachada de la Basílica de S. Pedro, y en sus alrededores, los edificios papales, de la curia y museísticos. Conviene aquí recordar que Garibaldi y los demás principales artífices de la unificación italiana (el rey de Cerdeña, Victor Manuel II, y el conde de Cavour, de ideas liberales), anexionaron los milenarios Estados Pontificios (existentes durante más de un milenio, desde el 751 hasta 1870) al nuevo reino de Italia a finales del siglo XIX, pero Musolini en 1929 le restituyó al Papado el actual Estado Vaticano independiente (con los “Pactos de Letrán”), reducido, eso sí, a unas 40 hectáreas. Con estos antecedentes no se puede esperar que Pio XII condenara el fascismo y a su hermano mayor el nazismo… Aquí llama poderosamente la atención del visitante el tremendo contraste entre la enorme riqueza (artística sobre todo, pero no solo) y la pobreza extrema, encarnada llamativamente en esas viejecitas encorvadas y tapadas con las mil capas de ropa que llevan, desde el pañuelo de la cabeza que les dificulta mostrar el rostro, a las sayas que les llegan a los pies, curiosamente unos pies calzados a la moda con zapatillas deportivas, para poder aguantar de pie mendigando a lo largo de una larga jornada que va de sol a sol.

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liseo. derecha, Castillo de Sant’Angelo.

De la plaza de S. Pedro se pasa a otra plaza más recoleta, la de Pío XII, de la que sale la gran avenida de la Conciliación que da a la plaza de Juan XXIII, en donde aparece el enorme Castillo de Sant’Angelo (también llamado Mausoleo de Adriano, por ser éste quien lo comenzó a construir para sus cenizas) y los puentes cercanos adornados con imponentes estatuas: el del mismo nombre del castillo, enfrente, el de Vittorio Enmanuel lI y el de Umberto I. Este castillo merece la pena verlo en detalle, pues en sí mismo es una joya histórica y además tiene un museo permanente y exposiciones temporales. Destacan los apartamentos papales con sus pinturas. Dispone de cafetería en la zona alta, con imponentes vistas a Roma y al Vaticano. Sus usos han sido múltiples a lo largo de su historia, destacando además del primitivo como mausoleo, el militar, como residencia de papas (en él se refugió el papa, huyendo del saqueo de las tropas de Carlos I de España, pues dispone de un largo túnel que lo conecta al Vaticano), como cárcel de la Inquisición (aquí encerraron a Giordano Bruno y Galileo), etc. Paseo 3, domingo: Nuestro paseante y su compañera, decidieron dar una vuelta completa a la ciudad en uno de los numerosos autobuses turísticos de dos pisos que la recorren continuamente, permitiendo a los pasajeros formarse una idea de la ciudad y sus monumentos y apearse y volverse a subir cuantas veces quieran, para lo que hay que sacar una de las tarjetas disponibles de uno a varios días de duración. Comenzaron su vuelta en la Colina Esquilina, frente a la Estación Termini, para pasar a continuación junto a la basílica de Sta. María la Mayor, y más adelante frente a la basílica de la Santa Croce in Gerusalemme. Luego se llega a la basílica de San Juan de Letrán; esta fue la residencia de los papas durante muchos años, antes de irse al Palacio del Quirinal y luego al Vaticano, estando enterrados en ella algunos pontífices y siendo aún hoy la sede del obispado de Roma que ostenta el Papa, el cual toma posesión de la misma, desplazándose a ella, cuando lo eligen. El viaje continua por el Coliseo, luego el Circo Máximo, la Bocca della veritá, y el Teatro Marcello, tras lo que se llega a pasar frente al excesivo monumento a Victor Manuel II, justificado por haber sido el artífice principal de la actual unidad italiana. El bus sigue por el Largo Argentina, y la Iglesia de los Mártires (Pantheon), para pasar luego muy cerca de Piazza Navona (peatonal). Después de pasar por S. Juan de los Florentinos (cuyos planos son de Miguel Ángel) se llega al Vaticano. En la segunda vuelta los paseantes ya seleccionaron cual sería su primera parada y lo hicieron frente al Coliseo, entre las colinas Esquilina y Palatina. Inmediatamente antes de llegar a él se contempla el magnífico Arco de Constantino, muy bien conservado y junto a él, El Coliseo, quizás el edificio más representativo de Roma. Era un anfiteatro (Amphitheatrum Flavium Romae) para espectáculos diversos, con una capacidad de 50.000 espectadores y entrada gratis aunque jerarquizada según estatus social; los espectáculos eran financiados por ciudadanos o por los emperadores, pero no por el Estado. Se construyó en el solar de lo que fue el lujosísimo palacio de Nerón, la Domus Aurea, derribado tras su muerte. Del

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Plaza de San Ped

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dro, en el Vaticano

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nombre de la dinastía de emperadores que lo construyó (Flavia) pasó a llamarse Coliseo por lo descomunal de una estatua que había cerca y que se ha perdido. Es una de las modernas 7 Maravillas del Mundo (la única de Europa) y es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Si pensamos en Roma es inevitable que nos surja de inmediato su imagen soberbia, sólida. Ese gran edificio redondeado en forma de elipse fue testigo del placer de los romanos y de la amarga tragedia de los que, para que ellos se divirtieran, tuvieron que pagar con sus vidas. Cuanta salvajada en una de las cunas de nuestra ¿civilización? Quizás dentro de unos siglos nuestros descendientes, si Trump no sigue empeñado en evitarlo, reaccionen ante nuestras plazas de toros como nosotros lo hacemos ahora ante este Coliseo en el que aún se imagina uno resonar los lamentos... Del Coliseo queda poco más que su infraestructura, conservándose mejor el anfiteatro de Itálica, algo más pequeño pero al que al menos le quedan bastantes de las gradas. Su arena disponía de 61 jaulas-ascensores, movidas cada una por 8 esclavos, por las que subían a las fieras, gladiadores y demás componentes de los espectáculos. Estaba recubierto de travertino, que es la piedra que hay en Roma y alrededores y que no hay que confundir con el mármol, de superior calidad y con el que adornaban determinadas zonas de especial importancia. A la destrucción de los bárbaros en el s. VI d.C. le siguió la de los Papas y la aristocracia del renacimiento, esquilmándole sus columnas, estatuas y piedras en general, aunque a cambio nos dejaron los bellísimos edificios de Bramante, de su sobrino Rafael, de Bernini, y de Miguel Ángel. Se protegió a partir del s. XVIII, en que el Papa Benedicto XIV consagró el monumento en memoria de los mártires allí ejecutados (origen del actual Vía Crucis presidido por los papas); poco antes, un cardenal lo intentó convertir en plaza de toros, pero se lo impidió el papa Clemente X y después se proyectó en su arena una iglesia que no se llegó a construir. Se comenzó a

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A la izquierda, puente de Sant’Angelo y de Victorio Enmanuel II. A la derecha, Plaza Colonna

restaurar en el S. XIX. Desde el 2000 se ilumina durante 48 horas seguidas cada vez que en el mundo se conoce la conmutación de una sentencia de muerte. Los espectáculos principales eran los de gladiadores, los de fieras y las ejecuciones públicas, aunque bien que se cuidaron de exonerar a los ciudadanos romanos de ser ajusticiados por crucifixión, devorados por fieras o quemados en hoguera. También se daban obras de teatro, batallas náuticas (sólo en los primeros años), recreaciones de paisajes exóticos y otros juegos. El material humano de gladiadores y ajusticiados, incluidos los cristianos, era abundante (aunque los gladiadores precisaban de años de entrenamiento en escuelas al efecto que costaban mucho dinero a sus dueños), pero las fieras resultaban muy costosas y aunque la propaganda de los césares elevara a miles las fieras sacrificadas (entre ellas o con gladiadores) llevadas para celebraciones importantes (llegaron a decir que para su inauguración, que duró 100 días, murieron docenas de gladiadores y entre 5000 y 9000 fieras, según las fuentes), sus cifras fueron seguramente mucho menores, ya que les salía carísimo cazarlas y transportarlas vivas desde sus remotos orígenes africanos… Tras el Coliseo de los horrores, los paseantes de dirigieron a las cercanas ruinas de los distintos Foros y Arcos Triunfales. Viendo tanta ruina, al paseante le vinieron a la cabeza dos pensamientos: la frase, probablemente falsa, atribuida al general americano que acabando la II Guerra Mundial encabezó el desfile de su liberación de los nazis y los fascistas (“que buen trabajo ha hecho nuestra aviación”), y, sobre todo, el larguísimo poema épico sobre la Itálica de su zona de residencia, escrito por el sevillano del Siglo de Oro, Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora campos de soledad, mustio collado, fueron un tiempo Itálica famosa …

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…Este despedazado anfiteatro, Impío honor de los dioses, cuya afrenta publica el amarillo jaramago, ya reducido a trágico teatro, ¡oh fábula del tiempo, representa cuan fue su grandeza y es su estrago!... …más aún el tiempo da en estos despojos espectáculos fieros a los ojos, y miran tan confusos lo presente, que voces de dolor el alma siente…” Y es que Roma empezó con mal pie, pues según la tradición comenzó a destruirla uno de sus fundadores antes de empezar a levantarla en el 735 a.C., Rómulo, que mató a su hermano Remo, mientras trazaba con un arado los límites de la ciudad y éste se burló de él; luego siguieron los propios romanos, vejando y matando de esta forma denigrante a sus esclavos y cristianos en estos Coliseos, hasta que finalmente, en el 476 d.C., los bárbaros del norte terminaron de acabar la labor de devastación y caída de este imperio degradado moralmente... Paseo 4, lunes: Tras bajar del metro en la parada de Plaza España, los paseantes se encontraron enseguida con un ascensor que sube hasta la iglesia de la Trinità dei Monti, con obelisco egipcio en su plaza. Las vistas hacia la plaza de España y su escalinata, y hacia los tejados romanos son espectaculares. Al lado tiene Villa Médicis. Se recomienda bajar por las preciosas escalinatas hacia la plaza de España, en donde se encontrará una grandiosa fuente y el imponente palacio de la Embajada de España. Dirigiéndose por la vía del Babuino, donde vieron su fuente, llegaron a la enorme plaza del Popolo, de nuevo con un monumental obelisco egipcio de granito rojo recubierto de jeroglíficos. Los obeliscos se situaron siglos atrás en los lugares más destacados, a modo de señalización. La plaza la cierra la Puerta del Popolo, restaurada por Miguel Ángel y a su lado la más bella Iglesia de Sta. María del Popolo, con pinturas de Caravaggio. En esta plaza se encontrará, flanqueando la vía del Corso, con otras dos iglesias gemelas, una de ellas con valiosos frescos. Desde la plaza se divisan los jardines elevados de Villa Borguese, en la colina Pincio, poblada de árboles plantados por Napoleón, como ocurre con la mayoría de los vías arboladas de Roma, que las diseñaron franceses. Stendhal opina que los pueblos norteños, sin necesidad de sombras, les tienen gran amor al árbol, por haber nacido en sus bosques, pero que los italianos los aborrecen (y los españoles, según la experiencia del paseante). Saliendo de la plaza del Popolo por la vía del Corso (llamada así porque en la antigüedad se corrían en ella carreras de caballos) enseguida se encontrarán a la izquierda, en el nº 18, con la casa palacio de Goethe en la que se alojó los años que allí estuvo. Si el visitante se asoma a las calles del lado derecho de la vía del Corso, a la altura de la plaza de España pero al lado contrario, podrá ver la mole redonda, algo más pequeña que el Panteón pero de importante porte, que es el Mausoleo de Augusto; está muy estropeado y en restauración. Avanzaron los paseantes por la vía del Corso y poco después de la plaza del Parlamento se encontraron con la plaza Colonna (monumento elevado en honor del emperador Marco Aurelio) y se desviaron a su izquierda para acercarse a la deslumbrante Fontana de Trevi, sobre la que la alcaldesa de Roma tiene en proyecto impedir que se paren los turistas con la subsiguiente aglomeración (que por

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Fontana de Trevi

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Monumento a V

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Victor Manuel II

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cierto, dejan en sus aguas 1,4 millones de euros anuales, en monedas y joyas varias arrojadas a la fuente por la superstición de volver, y que se destinan a Caritas). Los paseantes regresaron al Corso y terminaron llegando a la Plaza Venecia con sus palacios y el grandioso monumento a Vittorio Enmanuel II, primer rey de Italia, el “Altare della Patria”. Allí tomaron el tranvía de la línea 8 que tras pasar el puente Garibaldi, frente a la Isla Tiberina entra en el Trastevere para más adelante volver a cruzar el Tiber y llegar junto a la Puerta de S. Pablo, en las antiguas murallas, con la Pirámide anexa (sepulcro del magistrado Cayo Cestia, año 12 a.C.)3*** y la basílica de S. Pablo Extramuros. Luego volvieron al Trastevere donde pudieron cenar bien y barato al anochecer, en el ristorante de Carlo Menta, cerca de la iglesia de Sta. María in Trastevere. Este barrio tiene un encanto especial. Paseo 5, martes: El día amaneció gris, con nubes amenazantes que terminaron descargando su contenido que purificó y refrescó el ambiente. Los vendedores ambulantes, que están a la última, lo tenían previsto y antes de que cayera la primera gota ya estaban ofreciendo sus paraguas a los transeúntes confiados en los días previos de sol y nubes de adorno. Pero la primavera es así y chubascos inesperados se pueden presentar en cualquier momento. Tras apearse los paseantes en la parada de Ottaviano, se encontraron con esta legión de vendedores gracias a los cuales no se calaron los huesos con su falta de 30*** Esta Pirámide también se conocía como la de Remo. Había otra mayor, la de Rómulo, entre el Vaticano y el Castillo de Sant'Angelo, pero fue desmontada en el siglo XVI para reutilizar en S. Pedro sus mármoles...

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A la izquierda, la Piedad de Miguel Ángel. A la derecha, tumba de San Pedro en la Basílica de su nombre.

previsión, y se dirigieron hacia la suave, casi imperceptible colina Vaticana. En ésta había en la antigüedad un cementerio donde fue enterrado S. Pedro y en el que luego Nerón construyó su circo en el que tantos cristianos perecieron, motivo por el que fue elegido más tarde para la construcción de la Basílica de S. Pedro, tanto la primitiva de Constantino como la actual renacentista, en la que se considera está enterrado bajo el Baldaquino central de la planta de cruz. Esta enorme iglesia, que por sí sola merece la visita, queda engrandecida con la delicada figura de La Piedad de Miguel Ángel, que, a pesar de lo magistral de la obra, fue tallada cuando el artista tenía 18 años. En la gran superficie de la Basílica (la de mayor extensión de templo cristiano en el mundo) la riada permanente de turistas no se nota tanto como en los vecinos museos vaticanos, y sus elevados techos quitan la sensación de agobio que se produce en la masificación, a niveles indescriptibles, de los Museos. Mandada edificar por Julio II a principios del s. XVI, en ella plasmaron sus ideas arquitectónicas y su arte Bramante, Miguel Ángel y Bernini. Esta basílica no es catedral, pues la sede del Obispo de Roma está en S. Juan de Letrán como antes se ha dicho. En ella se pueden observar las sepulturas de la mayoría de los papas, los últimos en lugares destacados, y Juan XXIII de cuerpo presente embalsamado, expuesto como Lenin en urna de cristal; se comprende que ambos fueron especialmente queridos por sus fieles. Los Museos Vaticanos se encuentran anexos a la Basílica, pero su entrada es por una puerta abierta en el lado norte de la elevada y larga muralla vaticana. Tras saltarse la cola kilométrica a la que la tarjeta de visita turística daba esta prioridad (allí, como en otros sitios, todo se compra), se comienzan una serie de controles escalonados tras los que finalmente se accede a las salas. De éstas, las más interesantes son las estancias papales, principalmente las pintadas por Rafael y de éste es de resaltar la “Escuela de Atenas”, en la que destacan Platón y Aristóteles, mientras el viejo Sócrates los observa. Luego de muchas vueltas y revueltas se llega al santa santorum del Estado Vaticano, la Capilla Sixtina. Sin embargo, a pesar de la grandiosidad de las obras que se muestran, la enorme masificación (que por

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lo que le contaron al paseante ha llegado ya a estar así cualquiera que sea la fecha del año) hace la visita enormemente incómoda y mucho más pretender fotografiar medianamente decente alguna obra, por lo que el paseante se atreve formalmente a desaconsejar la visita a estos museos; se disfruta mucho más viendo las obras en libros de arte o internet y emplear ese tiempo en cualquiera de los muchos rincones de Roma en los que merece la pena estar. Tras la agotadora visita y sintiendo que lo lluvioso del día no invitaba a más, los paseantes decidieron tomar un taxi (10 euros) y retirarse a descansar a su hotel, cenando a continuación en recoleta trattoria de los alrededores. Paseo 6, miércoles: El paseante se quedó en el hotel recopilando sus notas mientras su compañera fue a pasar la espléndida mañana de sol por la Plaza Navona y el Panteón. La Navona es la mayor plaza de Roma, alargada, pues se eleva sobre lo que fue el estadio de Diomeciano en el que se celebraban juegos atléticos tipo griegos y otros, en honor a Júpiter; tiene la iglesia de Sta. Inés, el palacio Pamphili (la embajada de Brasil) y tres hermosas fuentes, la central con el obelisco de Diomeciano, representando los cuatro grandes ríos del mundo, obra de Bernini El Panteón de Agripa es según Stendhal “el más bello monumento de la antigüedad de Roma” y según Miguel Ángel “de diseño angelical y no humano”, pudiéndose además verse como lo vieron los antiguos romanos en todo su esplendor, pues gracias a la cesión del emperador bizantino al papa, en el siglo VII, que lo reconvirtió en la Iglesia de Sta. María de los Mártires, se ha conservado extraordinariamente bien. Por último tocaba hacer el paseo al aeropuerto, pasando antes por las Termas de Caracalla y despidiéndose con ellas de la gran ciudad.

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Arco de Constantino

Paseos pendientes para otros viajes: Si el viajero gusta del arte sacro y la arquitectura religiosa, tiene para disfrutar las basílicas de Sta. María la Mayor, S. Juan de Letrán, S. Pablo Extramuros, etc. y multitud de Iglesias de todo tipo. Roma es una ciudad de templos paganos y cristianos, la de mayor número de ellos del mundo. Y no olvide las Catacumbas (a la salida de Roma en dirección sureste), que son también templos pero subterráneos y también con basílica (S. Sebastian). Si al viajero le gustan más la pintura civil y la arquitectura palaciega, tiene a su disposición el visitar Villa Borguese y Villa Medici (por los altos de Trinità dei Monti), así como Villa Doria (algo más allá del Trastevere), con sus respectivas galerías, y muchas más (Mirafiori, Ada, Flaminia, etc.), así como multitud de Palacios (de la Exposición, Margarita, Farnese, Spada, etc.). Si lo que le gusta es el teatro, dispone de una docena de ellos para elegir. Y si lo que le atrae es la moda, debería pasear por vía Condotti (que sale de la plaza de España), vía Venetto (un poco más al este de la Trinità dei Monti) e ir al Ice Club (a 5 grados bajo cero), cerca del principio de Vía Cavour. Recomendaciones generales: Para ir a conocer y disfrutar Roma y no fracasar en el proyecto, el paseante debe tener muy presente que debe preparar concienzudamente su viaje porque la mejor improvisación es la que está cuidadosamente preparada. El paseante, que ya había estado en esta ciudad antes de este viaje, calcula que, a pesar de creerla conocer, debe dedicarle a esta preparación un mínimo de tiempo no inferior al cuádruple de la estancia que va a estar en Roma, de tal forma que si va a estar una semana deberá dedicarle un mes a este estudio. El visitante debe saber que el tiempo que le dedique será directamente proporcional al placer que obtenga en su visita. Roma, además de sus riquezas artísticas actuales, históricas y arqueológicas, es fundamentalmente un gran negocio en el que coexisten desde vendedores religiosos a mendigos, estafadores y ladronzuelos (ahora sin violencia, dada la enorme vigilancia policial y del ejército en las calles por las amenazas islamistas). Abra bien los ojos, pero tampoco se obsesione demasiado: en cualquiera de nuestras ciudades turísticas pasa lo mismo. Se recomienda la adquisición de alguna de las tarjetas turísticas que incluyen desde transporte (en metro, bus y tranvía) a entrada gratis en algunos monumentos sin cola (es importantísimo el tema de las colas) y descuentos en otros. Pero rásquese el bolsillo, por barba más de cien euritos si quiere una buena tarjeta, aunque compensan sin duda alguna respecto a si se adquieren los diversos billetes por separado. Y llévese un cómodo calzado que aquí las distancias se miden en kilómetros y el tiempo de estar de pie sin andar se mide en horas. Respecto a restaurantes y hoteles, más de lo mismo: estudie, estudie, compare y luego decida, porque si no tenga por seguro que le meterán gato por liebre. Y final y principalmente: ¡DISFRUTE ROMA! Referencias documentales: 1. Negrete, J., Roma Victoriosa. Ed. Amazon/La esfera de los libros, Madrid 2013/2011, 5847 pos./424 pp. 2. Goethe, J.W. Viaje a Italia. Ed. Zeta, Barcelona 2009, 589 pp. 3. Stendhal. Paseos por Roma. Alianza 2ª ed., Madrid 2015, 554 pp. 4. Reverte, J. Un otoño romano. Random House ed., Barcelona 2015, 315 pp. 5. https://es.wikipedia.org/wiki 6. Mayoral Muñoz, Paula. Roma, guía en pdf. Ed. Tierra sin límites.com, 2013.

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La imagen, percepción e interpretación Juan José Pascual La imagen es una ilusión percibida por nuestro cerebro, éste procesa la información lumínica captada por el ojo y recrea una realidad externa. Esta realidad, no es interpretada de la misma forma por todas las personas. La percepción visual como acto innato de las personas podríamos decir que es la misma en todas las personas ya que las diferencias fisiológicas de los ojos de cada persona apenas alteran el resultado de esta percepción. Otra cosa muy diferente es como interprete ese estímulo cada persona. Teniendo en cuenta las trece leyes de Gestait las cuales explican el origen de las percepciones a través de los estímulos) utilizaremos de forma creativa esta percepción para componer nuestra imagen. De las trece leyes pondremos especial atención en cinco de ellas para llegar a nuestro fin. Principio de la semejanza: Según el principio de la semejanza, la mente agrupa los elementos similares en una entidad. La semejanza depende de la forma, del tamaño, del color y de otros aspectos visuales de los elementos. Un ejemplo de esto lo podemos ver si tomamos cartas de picas y tréboles de una baraja americana, la similitud entre la pica y el trébol nos haría verlas de la misma forma (ambas son figuras de color negro); sin embargo, si incluimos los rombos (figura roja) ya nos rompería esa similitud. Principio de Proximidad: Los elementos aislados, pero con cierta cercanía tienden a ser considerados como grupos. Ejemplo de esto es un montón de canicas o monedas sobre la mesa, las veremos cómo pequeños grupos, nunca nos fijaremos en cada una individualmente. Principio del Contraste: Una forma es mejor percibida, en la medida en que el contraste entre el fondo y la forma sea más grande. Si hacemos un retrato a una persona, poniendo tras ella un fondo negro e iluminándola generosamente, la percibiremos mucho mejor.

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Principio de la Estructura: Una forma es percibida como un todo, sin depender de las partes que la constituyen. Un ejemplo de esto son los complejos collages que realiza la profesora y fotógrafa Masumi Hayashi; predominado en su trabajo enormes collages panorámicos. Principio de continuidad: Según el principio de la continuidad, los detalles que mantienen un patrón o dirección tienden a agruparse juntos, como parte de un modelo. Si miramos un edifico en construcción que solo tiene el forjado o los pisos con columnas si paredes; observaremos el conjunto como una estructura y no las columnas individualmente. Estos recursos son muy utilizados en publicidad para transmitir sensaciones de acorde al producto que se nos quiere vender. Como en aquel anuncio publicitario de gel de baño en el que el producto tenía olor a limones del caribe y salía una joven, melena al viento: mientras una voz en off narraba las propiedades del producto. La imagen final que cerraba el anuncio estaba formada por el bote de producto, su envase de cartón y unos limones del caribe a su lado. El fondo era una playa caribeña desenfoca con olas en movimiento y a la derecha una rama de palmera también desenfocada meciéndose al viento. Teniendo en cuenta estos cinco principios y este último ejemplo que engloba el uso de todos, podremos componer el encuadre de nuestras fotografías guiando al observador hacia los puntos de interés que queramos remarcar. A parte de estos cinco principios a seguir como recursos, no podemos olvidarnos del punto de fuga, en el cual nos apoyaremos para dar tridimensionalidad y volumen a nuestras fotografías; lo cual hará que el espectador se sienta parte de la misma y por unos instantes le cree la sensación de estar allí. También podemos jugar con la profundidad de campo. Jugando con el punto de fuga podremos cumplir dos objetivos, crear profundidad en la imagen y dirigir la mirada del observador; analizaremos que perspectiva nos viene mejor para enfatizar el punto de fuga. Utilizar líneas de nuestro entorno o elementos que las formen (en este caso entra en acción el principio de continuidad). El uso de un gran angular, cuanto más abierto sea el plano que tomemos más atención captará el punto de fuga. Dependiendo de donde situemos el punto de fuga tendremos diferentes resultados, buscando el más acorde con nuestras intenciones. Si lo situamos en el centro crearemos una simetría muy agradable a la vista. Otra colocación sería siguiendo la regla de los dos tercios lo cual creará una fotografía correcta y atractiva. Colocándolo a un lado, guiaremos la mirada del espectador, pues su vista buscará el punto de fuga. Pero podemos colocarlo fuera del encuadre, dando un efecto diferente respecto a las colocaciones más habituales del mismo. La línea que nos lleva al punto de fuga, no tiene que ser obligatoriamente recta, puede ser una espiral (como en una escalera de caracol), una línea quebrada en zigzag, serpenteante o una línea que pue ser tridimensional (la estela de un avión en una exhibición aérea haciendo loopings y toneles alejándose del público). Ya casi tenemos terminado el encuadre, ahora toca determinar el punto de interés, posición donde ubicarlo y la historia a contar. Si con la fotografía contamos una historia ésta quedará dotada de más realismo y será una fotografía diferente. El posicionamiento del motivo principal de la fotografía (persona, objeto, edifico, grupo de personas) lo haremos combinado los cinco principios, la regla de los dos tercios, jugando con las diagonales imaginarios que unen el marco de encuadre. Para convertir a nuestro motivo en el punto de interés de la fotografía podremos hacerlo de varias maneras, algunas de ellas único recurso cuando no podemos aislar el motivo de su entorno. Haciendo que sea el único en el encuadre (evitando

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objetos de relleno o fondos que nos distraigan), consiguiendo que la iluminación del motivo sea más intensa que la del resto de la composición ( a veces necesitaremos iluminación auxiliar o reflectores para conseguirlo), desenfocando todo lo que no sea el motivo, convirtiéndolo en el más grande si hay otros elementos similares en la fotografía, logrando que sea el más colorido 8en la naturaleza predomina el verde así que si el motivo hacemos que contenga el color rojo resaltará sobre el primero) o haciendo que sea diferente si hay más elementos semejantes a su alrededor. Con esto ya tendremos la imagen preparada para que la interpretación de quien la vea sea más próxima a lo que nosotros queremos transmitir. Esta interpretación va a tener múltiples factores que la moldearan, factores personales (estado anímico de la persona, afinidad o no a la temática tratada), factores culturales (motivos que en nuestra cultura están bien vistos en otras pueden ser un escándalo), sociales, políticos. A fin de cuentas la interpretación de una fotografía el algo muy personal, pueden hablar bien o mal de ella, lo que importa es que hablen; eso indica que no ha pasado desapercibida.

Bibliografia: Wikipedia Páginas de interés: http://www.masumihayashi.com/

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El punto de fuga es aquel en el que las lĂ­neas paralelas de una imagen convergen y se extienden hacia el infinito.

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Del hielo al fuego Claudio Serrano

Cuando no se conoce algo es difícil imaginar lo que podría sentirse en esa situación. Es lo que me pasa hoy, ante estas fotos de Nadima: no he conocido ni vivido experiencia alguna en un escenario similar. Creo que no he tocado más hielo que el de los cubitos con que acompaño mi gin-tonic o el de aquellos carámbanos que, siendo niños, arrancábamos de los aleros de las casas. Por eso se me hace difícil percibir lo que Nadima pretende transmitirnos a través de esa modelo rodeada del hielo y de una luz fotográfica que recrea una escena insólita que, ya que no puedo ponerme en el lugar de la modelo, me retrotrae a aquellos versos de Rosalía de Castro que identifican hielo y fuego, claro que es de suponer que a través del amor que es a la vez hielo y fuego, calor y frío: “Aunque mi cuerpo se hiela,/ me imagino que me quemo;/ y es que el hielo algunas veces/ hace la impresión del fuego.” Pero estas fotos, además, a través de la luz y del gesto de la modelo, transmiten paz, una tranquilidad con un punto de misterio que, de nuevo, nos lleva a otros versos, aquellos de Óscar Hahn que nos dicen que “El dios del hielo/ ha congelado el mundo”; un mundo que luego describe —“Por todas partes cuelgan/ estalactitas transparentes/ espejos como espadas/ gotas de diamante”—, aunque el espectador de estas fotos se figura a la fotógrafa y a su equipo tras de la cámara, quizás resoplando por el frío y envueltos en gruesos plumíferos y otras prendas

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de abrigo, dando y recibiendo instrucciones, alentando a la modelo, mirando con calor la frialdad del hielo que los acoge y soñando en que pronto vendrá el deshielo como un lento apocalipsis. Quizás se oye, superponiéndose al cercano atardecer que se anuncia en la luz reflejada en los cristales del hielo, una melodía que va de la inquietud al ensueño mientras su eco se pierde en los meandros del paisaje; una melodía en la que los violines y las violas, los contrabajos y los violonchelos se abrazan como la realidad propone siempre sueños, aunque sólo uno entre muchos elige la mirada. La mirada fotográfica.

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Los paisajes de Jack Ambridge Los artistas han pasado mucho tiempo intentando convencernos de que su trabajo representa su manera de ver el mundo real, así que encontrar a un fotógrafo que hace que el mundo real parezca algo que él (o nosotros) nos sacamos de la imaginación puede ser una confusión para nuestros sentidos. Jack Ambridge, un fotógrafo con base en el sudeste de Inglaterra, fotografía paisajes urbanos, naturales y marítimos reales, pero mediante una tecnología muy inteligente, los presenta como maquetas irreales a una escala más pequeña. En la serie “Litte Land” (Pequeña tierra), Jack nos enseña unas fotografías de Hastings en las que esta ciudad de la costa sur parece una maqueta. La hierba, la nieve, las casas, los coches y la gente son tan realistas que parecen falsos. Este efecto se consigue utilizando el tilt-shift (inclinar y desplazar), un proceso que implica trabajar con un objetivo especial o un software de postprocesado de imágenes para conseguir esa apariencia de “ciudad de juguete”. El plano de enfoque se manipula para que dé la impresión de que la cámara está a solo unos pocos centímetros de la escena, cuando en realidad la imagen se ha fotografiado a una distancia considerable. Hay que estudiar bien los resultados. De hecho, aun repasando las escenas durante un rato largo, a lo mejor seguimos sin estar convencidos de que estos sitios son lugares reales en vez de ser maquetas Pueden verse más trabajos de este artista en www.jackambridge.com

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En el lienzo Andrew Kezzin En el lienzo. Medio año de trabajo de Bella Grigoryants y Andrey Kezzyn. De pie en el centro de un supermercado. No significa mantenimiento en su piso. Es una preparación para profundizar en el lienzo. Hemos tratado sobre el color, la luz, la perspectiva y la atmósfera de la pintura neoclásica. Hemos construido la imagen en su profundidad. Lo hemos pintado y nos hemos encontrado detrás del lienzo, como detrás de un espejo. Hemos estado adentro. Por un momento. Por una milésima de segundo. Eso es exactamente cuánto tiempo necesita una cámara para tomar la habitación. El obturador se rompió, y aquí estamos, de vuelta afuera. Esperando un nuevo viaje. Gracias a Elena Henneberg.

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Los mundos de Ionut Caras Ionut Caras, que ya ha figurado en la portada de nuestra revista, se incorpora ahora a sus páginas con esta selección fotográfica, y alguna más que vendrá, en la que puede apreciarse toda su creatividad. Sus fotografías combinan la realidad con una fantasía desbordada en fotografías que tienen mucho de fotomontaje y en las que prima sobre todo el tratamiento de la luz, buscando siempre la cara oculta de una realidad que siempre tiene una tercera dimensión.

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FotografĂ­as que desp

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pertaron conciencias

Telégrafo transatlántico sin cables 12 de diciembre de 19001. Terranova, Canadá

Esta historia fotográfica en blanco y negro, que recuerda a un fotograma clásico de las películas antiguas, muestra a dos hombres rodeados de equipamiento. Están examinando detenidamente lo que parece ser una tira de papel. Es diciembre de 1901, y el estilo formal de la fotografía —que aunque ya era un medio consolidado, todavía no se consideraba una forma de expresión artística— no evidencia ningún atisbo de la emoción que sentían los dos protagonistas. Esta imagen documenta oficialmente un experimento que marcó un gran paso hacia adelante en el progreso científico y que abrió camino a los modernos sistemas de comunicación. El hombre joven que aparece de pie, a la izquierda, es el científico e inventor italiano Guglielmo Marconi, que apenas tenía 27 años. El hombre sentado es su ayudante, el británico George Kemp. Los dos estaban posando para la fotografía de la primera transmisión inalámbrica por telégrafo a través del Atlántico, un invento por el que Marconi sería galardonado con el Premio Nobel de Física en 1909. Para llevar a cabo este extraordinario experimento, Marconi había construido un enorme transmisor en Poldhu, en Cornualles, con una antena de 130 metros de altura. Posteriormente, con sus ayudantes George Kemp y Percy Paget, viajó a la isla canadiense de Terranova. Había dado instrucciones a la estación de Poldhu para que transmitieran todos los días a la misma hora los tres puntos del alfabeto Morse que representan la letra S. Esperaba recibir el mensaje en Terranova. El mensaje debía de rebotar dos veces en la ionosfera y propagarse a lo largo de la curvatura de la tierra, algo que la comunidad científica de la época consideraba imposible. Entonces, en contra de todas las predicciones, sucedió: los tres puntos del código Morse viajaron desde un continente a otro. El joven científico Guglielmo Marconi consiguió sorprender al mundo con este descubrimiento.

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Manda tus preguntas a: moldeandolaluz@gmail.com


P: R:

¿Dos objetivos, uno principal y el otro un zoom, permiten el mismo volumen de luz con igual apertura? ¿Un objetivo fijo de 85mm a f/4, dará la misma exposición que un zoom de 24-1005mm a f/4? ¿Cambia la exposición según el objetivo?

Un objetivo de 85 mm, por ejemplo, recoge la misma cantidad de luz que un objetivo de 24-105 mm a f/4. En el mundo real, sin embargo, se puede encontrar que esto no sea real. A menudo, los fabricantes se permiten una variación de más o menos 1/3 de paso de tolerancia en la fabricación. Esto significa que un objetivo de 2.8 podría tener más o menos 1/3 de paso con respecto a otro objetivo de 2.8. Pueden tenerse dos objetivos que posiblemente tengan 2/3 de paso uno del otro. Un día, puede que te encuentres un viejo objetivo donde ha sido inscrita “ +1/2 ó -1” en el barril. En la época de la fotografía de carrete probarías, y probarías, y probarías todo tu equipo y descubrirías dónde los objetivos han caído en comparación con el fotómetro. Entonces conocerías que con un objetivo, necesitarías añadirle un tope de ½ y con los otros objetivos necesitarías disminuir un paso. Mi 24-70mm f/2.8 y mi 70-200mm f/2.8 son al menos ½ paso diferentes uno del otro. En un mundo perfecto, f/2.8 sería f/2.8, sin importar el objetivo. En el mundo real, puede existir una gran brecha entre los ajustes de apertura de diferentes objetivos. Lo mejor es poner a prueba todo tu equipo para averiguarlo

P: R:

Tienes algún consejo sobre cómo presentar un curriculum vitae creativo para un fotógrafo? ¿Qué piensas sobre los currículos?

No me acuerdo cuando he tenido que escribir un CV. El portafolio es el CV. Punto. A menos que se busque un trabajo en plantilla. ¿Aún están esos CV por ahí? Por lo que yo sé, un CV todavía es valioso en la bellas artes, cuando se presenta a galerías. En ese caso, probablemente no soy el más indicado para guiar a nadie en la redacción de un CV. Me imagino que es como escribir un CV para cualquier otra cosa.

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Puedo decir que nunca me han pedido un CV como fotógrafo Freelande. Nunca. Si se me pidiera diría: “Nunca he escrito un CV. ¿Está usted seguro que lo necesita?” En ese caso pensaría que no soy la persona adecuada para ese trabajo o que la persona que lo pide no tiene ni idea sobre como contratar un fotógrafo o que yo necesitaría algún tiempo para instruirlos en el proceso. Lo dicho, el portafolio es el CV de los fotógrafos, ahí está todo.

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86 FOTO: Tатьяна


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FOTO: Susana GudiĂąo


www.moldeandolaluz.com 88

Luzytinta 70  

Lux y Tinta es la revista de la red social de fotografía Moldeando la luz.

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