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Luz y Tinta Nº 137

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Nº 137 - Septiembre de 2023

Favila, pintor y escultor

Inteligencia artificial

Como tantas otras apuestas tecnológicas, a simple vista inexplicables para el común de los mortales, la de la Inteligencia Artificial suena a ciencia ficción en un primer acercamiento y, por lo mismo, produce cierta inquietud. Inteligencia y artificial, ahí es nada. Cuando uno se acerca más y penetra algunos de sus secretos, la inquietud crece. Sobre todo, cuando se leen algunas definiciones, como la siguiente: “La Inteligencia Artificial (IA) es la combinación de algoritmos planteados con el propósito de crear máquinas que presenten las mismas capacidades que el ser humano. Una tecnología que todavía nos resulta lejana y misteriosa, pero que desde hace unos años está presente en nuestro día a día a todas horas.”

Ese es el gran temor: que las máquinas imiten al hombre hasta tal punto de que sean capaces de tomar decisiones inteligentes. Es un tema en el que se ha cebado la ciencia ficción desde siempre y que a los agoreros del mundo virtual les llena de sospechas y zozobras. Como en todas las revoluciones tecnológicas, la de la Inteligencia Artificial también tiene sus mantras. Y este de la sustitución del hombre por máquinas pensantes —oh, casualidad, su pensamiento siempre tiene al hombre como enemigo— es quizás el más recurrente. Recuerdo, como pura anécdota, aquel generalizado temor a todos los males que acontecerían en el principio del año 2000, cuando los ordenadores no supieran interpretar el cambio de fecha y se paralizara el mundo. Y no pasó nada, oiga. Como no pasa nada con internet, que en su día fue otra revolución y que ahora todavía muchos miran con recelo, temiendo quizás una paralización del mundo real ante un plante del mundo virtual.

Temores, recelos, miedos, sospechas y ansiedades varias que produce el desconocimiento de lo desconocido. Desde que se inventara el destornillador, la más popular de nuestras máquinas, cualquier avance en el maquinismo es una renuncia y sobre todo nueva inquietud. Quién les iba a decir a aquellos buenos científicos del siglo XVIII que discutían si el cuerpo humano resistiría los 20 kilómetros por hora que preveían podrían alcanzar el tren que estaban proyectando que el se mueve a 300 por hora y que algunos trenes ya ni precisan ni de maquinista.

Dentro de unos años, cuando la Inteligencia Artificial o lo que surja de ella hayan alcanzado pleno desarrollo, también reiremos estos temores iniciales y recordaremos alguna anécdota, porque tengo claro que la Inteligencia Artificial no es una forma de pensamiento, ni una ideología, ni una religión ni nada parecido, sino un paso más en nuestro desarrollo tecnológico, que va dando sus pasos, que va envolviéndonos a veces de manera irrenunciable —no es difícil olvidar cuando había que madrugar para comprar en el kiosco de la esquina el periódico que hoy leemos en internet— y contribuyendo a un mundo, si no más feliz —quién pudiera— sí organizado de manera distinta. Y algunos creemos que más cómoda.

Francisco Trinidad

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Foto de portada: Mario Eduardo Blanco

Número 137

Septiembre de 2023

PROMOTOR y DIRECTOR DE FOTOGRAFÍA: José Luis Cuendia, «Guendy»

DIRECCIÓN, DISEÑO Y MAQUETACIÓN: Francisco Trinidad DIRECTORA DE COMUNICACIÓN: Lola González

Reservados todos los derechos de reproducción total o parcial tanto del texto como de las imágenes. Las imágenes están protegidas por las leyes de copyright internacionales. Para cualquier consulta o sugerencia contacte con nuestro correo electrónico

info@moldeandolaluz.com

5 Entrevista con Favila 14 “Una aguja en un pajar”, con Colaboraciones de Francisco Trinidad, Laudelino Vázquez, Manuela F. Cacao, Claudio Serrano, Juan Depunto, Gloria Soriano y Eduardo Blanco 40 Monchu Calvo. El último pastor 44 Loco Matara 58 K. Stanislav 76 David du Chemin. Encuentra la luz 82 Arturo Vigil 110 Myke Reyfman 136 Daniel Kordan 156 Christina MacFaul 178 Marie-Laure Vareilles 216 Sudabe Vatanparast 236 Mira Bernabeu 260 Salvatore Valente
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Fotos: Guendy

Favila en su estudio, en un momento de la entrevista, con Paco Trinidad

Entrevista con Favila, pintor y escultor

Amado González Hevia, conocido artísticamente como Favila, es un pintor y escultor asturiano de reconocido prestigio. Nacido en Grado, Asturias, en 1956, fue hijo del también escultor Amado González Fernández, de modo que en el ámbito familiar encontró influencias, estímulos y apoyos para dedicarse al arte de la pintura desde muy niño y, a partir de ahí, crearse una carrera profesional cuyas líneas maestras queremos sustanciar en esta entrevista. Se ha dicho que, a lo largo de su trayectoria, ha pintado más de mil cuadros y ha realizado un número indeterminado de esculturas al aire libre que jalonan diversos escenarios urbanos.

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Favila en su taller

Hombre afable y cercano nos recibe en la Escuela de Artes y Oficios de Avilés, de la que es jefe de Estudios, y donde su hijo Favila Fernández expone estos días una muestra de sus últimos cuadros. Finalmente, mientras charlamos, nos acompaña en un enriquecedor paseo por el Parque Ferrera de Avilés, uno de sus escenarios cotidianos.

—¿Por qué el seudónimo de “Favila”?

—“Favila” en realidad es mi cuarto nombre, herencia de uno de mis abuelos. Fui bautizado, como se estilaba entonces, con los nombres de los padres y abuelos, entre ellos, como cuarta opción, Favila, que además de pegadizo por su buena sonoridad enlaza con la tradición histórica de la monarquía asturiana y la especial del rey Favila, hijo de don Pelayo y muy conocido por haber muerto a manos de un oso durante una cacería. Cuando empecé a pintar, mi padre, que fue siempre un apoyo indispensable en mis inicios, me reveló mi cuarto nombre, Favila, y me animó a usarlo como nombre artístico, más sonoro que Amado. Creo que parte de mi éxito se debe precisamente a mi nombre y a la facilidad con que se recuerda.

—Es usted pintor y escultor. ¿En qué disciplina se encuentras más cómodo, en la pintura o en la escultura?

—Ambas disciplinas se complementan; es más, la escultura, con su juego de volúmenes, favorece la visión de la pintura. Personalmente, comencé pintando en el taller de mi padre, siendo niño. Mi padre nunca me obligó ni me dirigió directamente a la pintura, pero su taller era para mi como un parque infantil. Allí estaba rodeado de todo lo que necesitaba para pintar y los operarios del taller me animaban y festejaban todo lo que yo hacía. Una de las cosas que se hacían en aquel taller eran los cabezudos y las carrozas de las fiestas y allí me estrené pintarrajeando monigotes. Las esculturas vinieron más tarde, cuando ya tenía hecho un nombre como pintor, en una conversación con Gabino de Lorenzo, entonces alcalde de Oviedo, que me instó a que hiciera una escultura para las calles de la ciudad. Lo que me duele es que todas mis esculturas son proyectos que podía haber hecho mi padre, pero en su época la escultura tenía otro sentido y mi padre hubo de ceñirse a realizar bustos de personajes importantes.

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—En 1966 su familia deja Grado y se instala en Avilés, ¿por qué razón?

—Eran los años del boom de Ensidesa y mi padre entendió que en Avilés tenía más opciones su taller. Como así fue. Aparte algunos frescos en distintas iglesias, se le hicieron muchos encargos de rotulación. Por eso yo me encuntro cómodo en ambos sitios. Grado atesora mis recuerdos de la infancia y primera juventud, mientras que Avilés es el escenario de mi madurez. Por eso quizás se me quiere de manera idéntica en ambos sitios. En Avilés me nombraron “Avilesino del Año” el año pasado, 2022, y este año en Grado se me ha nombrado Hijo Predilecto.

—¿Qué es para usted el arte?

—Filosóficamente, y para ser más exactos, tendríamos que hablar de las artes. Para mí el arte es una forma de pensar, una forma de vivir desde que nací. Es posible que al normalizarlo tanto le reste relieve, ese énfasis descriptivo que siempre se utiliza al hablar de arte, pero para mí es así, mi vida diaria. Por eso siempre hablo de oficio en lugar de hacerlo del arte.

—Usted tiene formación académica, estudió la carrera de Bellas Artes en la Escuela de San Carlos de Valencia, y desde hace tiempo imparte clases de pintura en la Escuela de Artes y Oficios de Avilés. ¿Hasta qué punto considera importante la formación?

—Donde más aprendí fue en el taller de mi padre, en aquel ambiente de libertad creativa. En la Universidad, conseguí seguridad intelectual, una especie de certeza de que lo que estás haciendo tiene sentido. Y el dar clases es una especie de reto a la vez que un complemento: cuando tienes que explicarles a otro te exige un nivel de comprensión y de autoexigencia que te lleva también a entender y aprender. Pero antes de ir a Valencia, que fue lógicamente una especie de puesta de largo de mis aspiraciones artísticas, ya había Pasa a la pág.

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de sus esculturas
Dos
urbanas
11 urbanas en la
ciudad de Oviedo

asistido en la Escuela de Artes y Oficios de Avilés, a clases de modelado, bodegón y pintura de estatuas con Vicente Menéndez-Santarúa.

—Sus hijos también pintan…

—Sí, ambos siguen la tradición, cada uno en su estilo. Ahora bien, como hizo mi padre conmigo, jamás les he impuesto nada ni les he forzado a seguir una disciplina. Eso sí, he procurado siempre, como también hizo mi padre conmigo, poner a su alcance todo lo que fueran necesitando.

—¿Cuáles son sus proyectos inmediatos?

—Lo más inmediato es cruzar el charco, como suele decirse. Iré a la ciudad hermana de Avilés de San Agustín de La Florida con el fotógrafo avilesino Nardo Vilaboy y allí haremos un proyecto conjunto: “retrataremos” los mismos escenarios y los mismos temas en pintura y fotografía. Una experiencia apasionante.

Posando ante uno de los cuadros de su hijo, Favila Fernández, en la exposición “Luces del mar”, en la Escuela de Artes y Oficios de Avilés.

A la derecha, paseando conPaco Trinidad, en plena entrevista en el Parque Ferrera de Avilés

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F.T.
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Una aguja en un pajar

Podía haber propuesto algo tan abstracto como “imaginación al poder” o “dime con quién andas” o cualquier otra posibilidad entre semántica y quimérica que pudiera envolvernos a todos en un halo literario. Pero se me ocurrió decir una aguja en un pajar, quizás porque el dicho apunta a la dificultad del hallazgo. O simplemente porque sonaba bien, a saber. El caso es que hablé uno tras otro con todos los colaboradores ‘literarios’ –espero que se entienda así– de Luz y Tinta y les propuse que escribieran, como haría yo mismo, sobre este tema. una aguja en un pajar, que tiene mucho de imaginativo, mucho de imposible y, sobre todo, mucho de sorprendente. O esa fue la idea que recibí de vuelta en cuanto hice mi propuesta.

Pero a todos les pareció bien y todos se esforzaron en llegar a tiempo con su propuesta y en dar rienda suelta a su imaginación para conseguir el relato que se les proponía, con una especie de trasfondo absurdo que suponía un reto, sí, pero también un límite. No hubo ningún colaborador que declinara la propuesta, al contrario, incluso Claudio Serrano, tan suyo, tan pegado a su vena artística, envió una especie de fábula que delata al filólogo que está detrás; y todos aportaron un plus de imaginación para adaptarse al tema, cada uno desde su ángulo personal, desde el antropológico de Gloria Soriano al delirante de Laudelino Vázquez, que –muy propio de él– se pierde por los cerros de Úbeda y, cuando regresa, nos trae una historia lúbrica con sabor rural. Por su parte, Juan Depunto y Manuela F. Cacao, cada uno en su estilo buscan también su aguja y encuentran atisbos de que la vida gira y gira, como el mundo, y siembra mucho desconcierto. Eduardo Blanco, que sabe mucho de viajes en avión, fue sin embargo incapaz de encontrar su calva –digo, su aguja– en el aeropuerto de Estambul. Y mira que está viajado nuestro amigo. De mi propia colaboración, qué decir, los dedos se me hicieron huéspedes y monté un akelarre de agujas y acericos en pos de una revolución. En cualquier caso, leyendo y disfrutando uno a uno, se aprecia que en todos y cada uno de los relatos –aguja y pajar mediante– e hace alarde de un derroche de imaginación que invita a nuevas experiencias en el mismo sentido. Tiempo al tiempo.

Ahora bien, como estamos en tiempo de vendimia tecnológica y últimamente sólo se habla, y cada vez más, de la inteligencia artificial, he sometido a dos de las plataformas que conforman la moda actual al mismo reto. A Bing y a ChatGPT les pedí que escribieran un relato sobre una aguja en un pajar, como había pedido a los colaboradores de Luz y Tinta. Y lo hicieron esas plataformas. Copio tal cual lo que escribieron sobre la marcha, sin juicios de mi parte, y que cada lector juzgue. Eso sí, rizando el rizo, a ChatGPT le pedí dos veces el mismo relato y, aunque yo esperaba que escribiiera el mismo ambas veces, lo hizo las dos de manera distinta. No les falta imaginación artificial.

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La rebelión de las agujas

Francisco Trinidad

En el costurero de doña Paula hacía tiempo que vivía un acerico con no menos de seis agujas que ya llevaban tiempo y tiempo en sus labores y que la modista apreciaba tras el prolongado uso. A veces entraba en el acerico alguna aguja que iba de paso, quizás porque no cumplía las expectativas que en ella se habían depositado, quizás porque se habían perdido en alguna labor que se hubiera llevado a cabo fuera de aquel taller y no había vuelto olvidándose en cualquier otro costurero o en la simple basura, destino que esperaba a muchas agujas que no se ajustaban a lo que de ellas se esperaba o que simplemente se perdían en el pajar del tránsito de un acerico a otro, de un bordado a un mero pespunte.

Doña Paula era una modista reconocida. Había vivido tiempos mejores, claro que sí, pero a pesar de ello su nombre no dejaba de ser una referencia. Nadie olvidará jamás que fue la modista que cosió el vestido de boda de la infanta Margarita —sí, Margarita,

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Fotos: Juan Depunto

por mucho que las crónicas quieran rebautizarla como Margot— y sobre todo el vestido imperial de Su Majestad doña Eulalia en su coronación escapular. Aunque ninguna crónica ha olvidado ni olvidará la intervención final que tuvo en el vestido de novia de la marquesa del Navaliego, que hubo de arreglar y arreglar para que luciera como los marqueses se merecían tras haber pasado aquel célebre vestido por varias manos de modista que se habían estrellado contra el tercio ulterior de la noble figura de la marquesa.

Muchas de aquellas agujas podían presumir de haber intervenido en vestidos y arreglos como éstos, aunque una de ellas presumía especialmente de haber intervenido en el hilván de los bajos del vestido de noche de doña Ximena, condesa de Cenera, que había salido en la portada de la revista Hola, todo un lujo al alcance de muy pocas agujas.

Así convivían en aquel acerico las tales agujas, cada una orgullosa de su historial, envidiadas cuando salían de él y envidiosas cuando veían que los dedos de doña Paula elegían a otra para una puntada o una costura que muy bien podría haber realizado ella misma. Inevitables los celos, no había sin embargo la menor de las trifulcas entre ellas. El acomodo común del acerico era suficiente para limar asperezas y sobre todo para trabar un destino común, cosiendo y descosiendo, cada una desde sus posibilidades y de las necesidades de doña Paula, cuando una tarde los dedos de su dueña, en lugar de una aguja cogió el acerico y lo metió en una faltriquera que casi todas conocían porque era la que la modista utilizaba para realizar labores fuera del taller. Nada que objetar, aunque todas en su fuero interno esperaban la sorpresa que las llevaba a todas fuera del costurero en el que felizmente convivían, realizando su tarea con eficacia, siempre acompasada de hilos nobles y aquellos zurcidos que eran el orgullo y la referencia inexcusable del taller de su dueña.

Las agujas de doña Paula se sintieron orgullosas de la labor que las llevaba fuera del taller, pues se encontraron en un desfile de modas con modelos internacionales y diseños, nada más y nada menos, que de Ágata Ruiz de la Vaina, todo un referente en el mundo de la moda. Arreglaron bajos y escotes, caderas y senos, hombros y axilas, durante todo un día de eficaz e ilusionante tarea hasta que al finalizar la jornada doña Paula recogió el acerico, sujetó en él las agujas que tan satisfactoriamente habían llevado a cabo su cometido y, pocos minutos después, cuando estaba a punto de recoger la faltriquera en que habían viajado clavó en el mismo acerico más de media docena de alfileres, altivos y cabezones, con aquel aire de superioridad que caracteriza a los alfileres de toda laya, al fin y al cabo cómplices de un género que se cree superior y que pretende serlo aunque nadie les haya preguntado ni les haya dado vela en ningún entierro, como predicaba la aguja que había participado en el vestido de la marquesa del Navaliego.

Antes de que los alfileres tomaran conciencia de la animadversión que su presencia generaba en el acerico, las agujas, que llevaban años conviviendo en el mismo lugar y solo necesitaban de la mirada para entenderse, ya estaban de acuerdo en que aquella forzada convivencia debía terminar cuanto antes. Con decisión, con la audacia que caracteriza a las buenas agujas y con cierta dosis de habilidad fueron sacando uno a uno a los alfileres. No era difícil: entre dos agujas empujaban fuertemente las cabezas de aquellos alfileres invasores e inoportunos y los echaban fuera del acerico, a sabiendas de que ellos solos no podrían volver a clavarse en la almohadilla.

Una vez que estuvieron todos los alfileres sueltos por la faltriquera y ante la eventualidad de que apareciese doña Paula y decidiese volver a ponerlos en el sitio que antes ocupaban, las agujas deliberaron un momento y decidieron salir de la faltriquera. Algunas se resistían, porque era una aventura que las llevaba fuera de su costurero de costumbre, pero las más jóvenes presionaron hasta convencer a todas. Así que saltaron fuera de la faltriquera, encajando un fuerte golpe, y luego, empujando de aquí y de allá con sus propias cabezas, el acerico comenzó a rodar por el suelo del taller en que estaban y más adelante, botando por unas escaleras casi a oscuras, llegaron a un portal entreabierto y de ahí a la calle, cuya luz les sorprendió. Pero nada ni nadie podría detener a aquellas agujas que habían tomado el acerico como mejor vehículo. A la vuelta de una esquina enfocaron una calle empinada y el acerico comenzó a rodar sin el control de las agujas que sentían cómo a cada bote se clavaban un poco más en la almohadilla. Hasta que, sin darse cuenta, en uno de aquellos botes acabaron en un montón de paja apilada en una esquina de la calle. Mientras pensaban qué hacer y cada una comunicaba al resto su idea, llegó un mozalbete con una horqueta de púas de hierro con la que cargó toda aquella paja en un carro tirado

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por una mula. Las agujas y su acerico quedaron en mitad de la carga, tapadas por la paja y un tanto asfixiadas por el polvo que desprendía, pero sobre todo asustadas por el trote de la mula que tiraba del carro y por el posible destino final de su aventura. En un aparte, la aguja que había hilvanado los bajos del vestido de doña Ximena, dijo echar de menos a doña Paula y sus delicadas manos, pero ninguna de las demás secundó su suspiro, atentas a lo que ocurría a su alrededor.

No pasó ni media hora hasta que el mozalbete de la horqueta detuvo a la mula ante el portón de un pajar y basculó el contenido del carro en medio de un cuartucho maloliente en el que se mezclaban los vapores de la paja con el hedor de las deposiciones de las cuatro vacas que rumiaban al borde de un alargado pesebre de madera. Nada que ver con el refinado perfume del taller de doña Paula, pensaban las agujas mientras el mozalbete distribuía la paja por el cajón. En una de sus paladas voló el acerico con la paja y fue a estrellarse —oh, dolor— en una esquina donde quedó encajado entre dos tablas.

Por más que se movieron, por más que lo intentaron, por más que elevaron sus oraciones al dios de la costura, lo único que consiguieron fue que el acerico se incrustara un poco más entre las dos tablas, hasta que llegó un momento en que no pudo moverse más, anclado definitivamente en aquella esquina del pesebre a la que al menos no llegaba el hocico voraz de ninguna vaca. Las agujas, cuando menos, aunque no pueden salir de su agujero, pueden respirar y observar lo que pasa en aquel pajar donde nunca pasa nada, salvo la entrada y salida atropellada de las vacas cuando las llevan al campo, la visita diaria de un campesino de bruscos modales que las ordeña mientras canturrea sin garbo o la reposición de la paja según se va agotando. Y eso sí, de vez en cuando la llegada de aquel mozalbete de la horca, acompañado de alguna mozuela, y acomodados en un montón de paja bien mullido de cualquier rincón, entre risas y toqueteos, dan rienda suelta a su pasión asilvestrada o, como diría la propia doña Paula, a su desvergüenza más castiza.

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Los refranes de Angelines

(y su aguja en el pajar)

En la aldea no había mucho con lo que divertirse. O al menos, eso decían Pancho, Romo y la Kristin con K de Kas, jefes del ejército de veraneantes de la capital que nos invadían cada verano. En Villa Andino, una aldea a la que le colocaron el nombre de villa para darle una pátina de importancia, quedábamos en aquel entonces veintidós resistentes, casi todos de setenta para arriba, y la mitad más uno, de la familia de los Tagarninos, que por unas o por otras, fueron arreglándose generación tras generación, para encontrar una actividad de la qué vivir, además de seguir trayendo criaturas al mundo.

En los tiempos en que se inventó el Turismo Rural, así en mayúsculas, quedaban en la aldea los dos abuelos con más de ochenta años, los cuatro hijos que entonces tendrían entre los cuarenta de Pipeta a los sesenta del hermano mayor, Fruela (le pusieron el nombre en un ataque de grandeza muy habitual en esa familia), y los seis retoños de última generación, que, en cuanto alcanzaron los quince, dejaron la escuela y se pusieron a trabajar en lo de los padres o en sus propios negocios. El segundo hermano Abderramán (a este le pusieron el nombre pensando que igual se liaba otra como la de Covadonga y por si acaso, mejor estar a bien con los dos bandos) ya había empezado a los dieciséis con los caballos y hasta ahora mismo, más de cuarenta años después, que lo mismo se dedicó a criar percherones y caballos andaluces, que los ponys que colocaba a los veraneantes a los que cobraba el resto de sus vidas (la del pony) por cuidarlos el resto del año. Mucho tiempo después de que el niño al que se lo compraron por capricho, dejara de venir de vacaciones, olvidándose de aldea, caballito y vecindario, excepto de la factura de Abderramán Tagarnino cuya habilidad para seguir cobrando es proverbial entre las gentes de la provincia. Se cuentan historias de alguno que quiso dejar de pagar a cambio de dejarle el pony en propiedad, o simplemente de creer que poniendo kilómetros de por medio, un paleto aldeano no iba a encontrarlo, pero para su desgracia apareció a buscarlo en persona. Y que según cuentan el encontronazo,

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Laudelino Vázquez © Tofros. com

que no encuentro, no fue nada agradable, pero a pesar de lo que dicen de que la violencia no sirve de nada, en este caso, sirvió para restablecer un fluido pago mensual, sin más problemas durante el resto de su vida (la del pony, por supuesto).

Además, el tercer Tagarnino, Rosca, trabajaba la artesanía, y regenta desde su inauguración por el tiempo en que transcurre esta historia, el primer hotel rural de la comarca, y el cuarto, Pipeta, consiguió convertirse en el Guarda Rural de la zona, a pesar de sus dificultades con la escritura: en cambio manejaba la escopeta como John Wayne, y entre eso y el tamaño, no hubo quien le tosiera en la localidad. Y mucho menos los chavales, que aparte de los Tagarninos, éramos Angelines y yo.

Por aquel entonces, tenía yo catorce años y Angelines diecisiete, y éramos muy amigos, pero mucho, más que nada, porque los Tagarninos de nuestra edad (dos, quizás tres), por supuesto, no nos hablaban, y Marcianín que le tenía echado el ojo a Angelines, cada vez que la veía se ponía rojo como un tomate, y salía huyendo. Como el resto de sus hermanos y hermanas, siguiendo la tradición de la familia, un día aparecía una pareja que no se sabía dónde la habían ido a buscar, se casaban y tenían hijos que se quedaban a perpetuar la especie en Villa Andino.

En este idílico lugar, que en verano multiplicaba por cuatro la población, primero con la vuelta de los que se habían ido a trabajar a la ciudad, y después, cuando lo del turismo rural dejó de ser una cosa de locos a los que mirábamos como si fueran extraterrestres, y empezó a convertirse en hábito de buscadores de la pureza perdida, que aparecían fin de semana sí y fin de semana también, obligando a los Tagarninos a abrir nuevas casas y hoteles rurales, hasta la media docena que deben de ser ahora (hace unos años que no vuelvo por allí, por un pequeño encontronazo con Pipeta, que mejor no recordar, pero que me ayudó a entender que yo había nacido para urbanita, y que mi cuerpo estaba diseñado para el calor del sur), Angelines y yo, aprendimos a divertirnos desde niños, haciendo las cosas que se pueden hacer siendo niños de aldea en la España de los ochenta: recorrer rutas y senderos buscando seres mitológicos que los mayores decían que nos inventábamos, pero que veíamos, robar fruta cuando era temporada, jugar con los animalicos (pobres) que caían en nuestras manos, y a medida que crecíamos, y Angelines se enteraba de cosas escuchando a su madre y a las amigas de su madre, o que veíamos hacer a los animales por su cuenta y sin vergüenza alguna, y Angelines me animaba a imitar, siempre fuera del verano. Porque en verano, venían los muchachos de ciudad, y Angelines cambiaba radicalmente. Se ponía vestidos rarísimos, que intentaban imitar a Kristin con K de Kas, se ponía meliflua, repitiendo alguna frase de los libros de amor que leía a todas horas, cada vez que Romo (sobre todo), pero también Pancho y sus chándal de espuma, se acercaban a ella.

Incluso, dejaba de decir refranes, porque le parecía poco elegante, pueblerino. A pesar de que tenía que morderse la lengua, porque cada dos frases una era un refrán. A mi me costaba mucho entender que la muchacha que me había enseñado a besar con toda su voluntad, porque uno además de joven era muy torpe y lo de usar la lengua no se me hacía, la misma que me había puesto en según qué posturas para imitar a su madre mientras ordeñaba las vacas, la misma que algún día me había apretado contra la pared (a pesar de mi susto) diciéndome frases recién leídas de una novela de Carlos de Santander, en cuanto aparecían los niños de ciudad, se deshacía de mí, obligándome a buscar cobijo entre los veraneantes, que por otra parte también huían del aldeano como de la peste. Cada año, en los primeros días de julio, me mandaba educadamente a freír espárragos con frases que siempre incluían el refrán de la aguja en el pajar.

Creo que era como desahogarse por última vez, y desgastar sin límite su refrán preferido con frases del orden de «olvídate de mí, que en estos meses, va a ser más difícil que te hable que encontrar una aguja en un pajar». Entiéndanlo, me sacaba casi cuatro años, que a esas edades es un mundo, así que lo único que se me ocurría era correr tras ella como un perrito faldero, intentando encontrar una explicación.

—Yo nunca encontré una aguja en un pajar –le decía

—Ni tú, ni yo, ni nadie.

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—O sea que eso quiere decir que…

—Que me olvides, Laude, que me olvides…

Y claro, se iba con tanto brío que yo qué otra cosa podía hacer que consolarme buscando renacuajos en la poza, o robando cerezas. Nada. Absolutamente nada.

Además sabía, que cuando llegaba septiembre, todo era maravilloso como en mi canción preferida de la infancia, una que cantaba un acordeonista que venía por las fiestas y a mí me gustaba un montón. Pues eso, que en septiembre, volvía Angelines, con el refrán de vuelta a la normalidad «en septiembre o se llevan los puentes o se secan las fuentes», y yo, pues bueno, Angelines, sí que razón tienes, porque entonces, comenzaba a contarme una retahíla de historias con el grupito de sus «amigos» de la capital, que si Romo, que si Pancho, ay, Romo, con ese hoyuelo que se le hace cuando ríe, y que si la Kristin con K de Kas, le había dicho que tenía estilazo. A veces, cuando se daba cuenta de que yo la escuchaba como el que oye llover, que me bastaba con tenerla al lado para estar feliz porque el mundo volvía a su ser, intentaba provocarme, contándome que se había besado con Romo y lo bien que besaba, no como tú (o sea, yo), torpe. Y más cosas que no me contaba porque yo era un crío y no lo iba a entender. Se enfadaba un poco porque yo sonreía y le decía que sí, que bueno, que seguro que Romo besaba de maravilla, pero que yo iba a intentar aprender para que ella no lo echara de menos, y entonces se enfadaba conmigo porque no tenía una cosa que ella llamaba «sensibilidad».

Pero a finales de los ochenta, cuando yo tenía casi quince (apenas me faltaban diez meses), ocurrió lo absolutamente inesperado: Ya se acababa julio y yo peleaba contra las ramas de la última cerezal en la que sobrevivía algún fruto, cuando vi venir a Angelines, con aire de furia, exigiéndome que me bajara del árbol de inmediato.

Aterrorizado, porque nunca la había visto así, y era verano, salté del árbol y me puse a su disposición para lo que quisiera. Me agarró del brazo y todavía roja de ira, me fue guiando hacía las afueras del pueblo, mientras echaba pestes del imbécil de Romo, y de su falta de tacto, y de los hombres de hoy en día que son todos gilipollas.

—¿A dónde vamos? –le pregunté cuando dejamos atrás las últimas casas de la aldea, y me empujaba por la puerta de la estaquera hacía el prado familiar, dónde tantas veces, habíamos jugado de niños–. Aquí no hay nada.

—¿No ves la cuadra?

Le respondí que sí, pero no entendía muy bien qué pretendía. Hacía mucho que mi familia no tenía ganado, y lo único de interés era el pajar, dónde un amigo que aún conservaba un puñado de vacas, guardaba la hierba recién segada para el invierno. Allí, de niños, en el calor del verano habíamos jugado algunas veces, pero desde que empezó con lo de la aguja en el pajar, nunca habíamos vuelto.

—¿Vamos a jugar al pajar?

No me contestó, pero estaba claro que al pajar íbamos, porque arrimó la escalera para subir al primer piso, dónde se guardaba la hierba y de manera autoritaria, me indicó que subiera.

Yo tenía casi quince años (faltaban apenas diez meses) y era un crío inocente, pero la madre naturaleza tiene cosas difíciles de explicar. Y con mi inocencia y todo, cuando subí por los peldaños, me temblaban las piernas, y una extraña emoción lanzaba mi corazón al galope. Un sexto sentido, me indicó desde algún lugar del universo que mejor guardara silencio y me dejara hacer. Y así lo hice.

Al recuperar el olor de la hierba recién seca, y recordar lo divertido de nuestros juegos de infancia y no tanto, sentí una inmensa alegría y a punto estuve de hablar, pero un empellón salvaje que me lanzó de espaldas contra el colchón de hierba, me recordó de nuevo la conveniencia del silencio.

Tembloroso, apenas sentí como me bajaba el pantalón corto con todo lo que había en su interior, y se colocaba a horcajadas sobre mí.

—Ni se te ocurra hablar –me dijo–. Ni contarlo a nadie porque te estrangulo

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Vi como se subía la falda y se sentaba sobre mí, mejor dicho, lo sentí, porque ella, volteó el vestido sobre su cabeza y comenzó un vaivén delicioso, mientras musitaba un nombre. Juraría que durante el tiempo en que la maniobra se mantuvo a una velocidad normal, el nombre que musitaba era el de Romo, pero yo había cerrado los ojos, porque las sensaciones que sentía no se podían comparar con nada que hubiera ocurrido antes, y tuve la suerte de que ella empezó a gritar como una posesa.

Digo que tuve la suerte de que empezara a gritar, porque en ese momento, una aguja, una verdadera aguja, se había clavado en mi culo, y el grito con el que acompañé el salvaje pinchazo, se mezcló con el de ella y con el golpe de placer más devastador que he sentido nunca. Mientras dejaba deslizarse el líquido caliente dentro de Angelines, me giré sobre ella, que aceptó el gesto venciéndose de lado, y me dio tiempo a sacar la aguja con disimulo, y completar el proceso a pleno placer.

Al acabar, ella no quería hablar, pero le enseñé la aguja, aún manchada de sangre y le dije «¿Ves cómo hay agujas en el pajar?».

—Yo sólo te decía que era más difícil que encontrar una aguja en un pajar –me respondió.

—Pues la encontramos.

Se rió de esa forma que sólo Angelines sabe, y ya cuando bajamos del pajar, un par de horas después, habiéndonos asegurado que para el segundo asalto no había agujas cercanas, supe que aquella niña, casi mujer comparada conmigo, iba a ser la mujer de mi vida.

Y no me equivocaba. Angelines y sus refranes, siguen, treinta y tantos años después, compartiendo una vida tan feliz conmigo, que diría que es tan rara como encontrar una aguja en un pajar.

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Una aguja en un pajar

Manuela Fernández Cacao

Hubo un día en el que mi padre decidió que yo regresara con mi madre.

Mi padre, chamán colombiano, conoció a mi madre cuando esta fue en un viaje de investigación para realizar un estudio sobre la biodiversidad de la Amazonía. El matrimonio duró un año, justo el tiempo de tenerme a mí y poco más. Mi madre y yo volvimos a España, pero cuando cumplí doce años, mi padre insistió en que su hijo debía conocer sus raíces, sus ancestros. Todo se preparó para irme con él a la selva Amazónica. Allí estuve entre alucinógenos, rituales, yucas y caimanes hasta que transcurridos tres meses tocó volver.

Era una noche oscura y tensa con truenos lejanos que presagiaba la llegada de una gran tormenta. Mi padre, siempre seguro de sí mismo, no quiso dejar el viaje para otro día. Sabía pilotar, tenía su propia avioneta, los dos partimos para Bogotá. Al poco de salir, en medio de la nada, nos pilló el temporal. Descendimos en caída libre.

Mi recuerdo ha sido muy borroso durante todos estos años, como si las imágenes se difuminasen al llegar a la superficie de mi conciencia. Mi padre entre los hierros de la avioneta gritando mi nombre… Sangre, mucha sangre, humo... Mi padre pidiéndome perdón… Su mano sobre mi frente…

A partir de ahí fui un niño más con su madre. En mi entorno jamás volvió a hablarse del accidente, el único recuerdo que me quedaba era un número que apareció tatuado en mi muñeca compatible con el contacto entre mi piel y la referencia de alguna maquinaria candente. El 13140. Lo que no sabe nadie es que ese número va cambiando de dígitos.

Por lo demás, hasta ahora, la vida me ha resultado sencilla, muy sencilla, la suerte siempre me ha sonreido.

¿Conocéis la expresión de encontrar una aguja en un pajar? Esta frase me ha acompañado todos estos años. Os pongo un par de ejemplos…

Al poco tiempo del accidente fui con mi madre a la playa, en pleno agosto. Aquello estaba repleto de sombrillas, de gente... En un momento dado observé que había perdido la medalla familiar que llevaba a mi cuello. No me atrevía a decirlo. Busqué dentro del agua, por la arena, entre las rocas, yo había estado de acá para allá… Tenía la misma posibilidad de encontrarla que la de encontrar una aguja en un pajar. Después de horas, a lo lejos, un brillo me llamó la atención, era la medalla medio enterrada en la orilla del inmenso mar. Cuando volví a casa el número de mi muñeca había cambiado de dígitos, se leía: 12775.

Nunca estudié, era rebelde, me gustaba la juerga, pero necesitaba un sueldo para independizarme. Me presenté a unas oposiciones para la administración. No tenía ni idea de la Constitución, ni de leyes... Opositaba entre más de 20.000 personas. Tenía las mismas posibilidades que la de encontrar una aguja en un pajar. Saqué el número uno. Mi tatuaje pasó a ser el 8395.

Así podría contar otras muchas en las que mi suerte parecía cuestión sobrenatural y para más extrañeza, cada vez que algo de esto ocurría, el número cambiaba.

Decidí acudir a un vidente. Lo elegí entre cientos que aparecían publicitados. Nada más llegar me dijo:

—No ha sido casual que me hayas elegido a mí entre tantos, sabía que vendrías. Tengo un mensaje para ti: Te esperan en el lugar del accidente.

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Cuando salí de la consulta el número marcaba 547.

Ir hasta donde se estrelló la avioneta era un problema, desconocía el lugar exacto donde se había producido. Lo pensé durante largo tiempo, incluso llegué a descartar el viaje, pero las coincidencias no cesaban y el número no dejaba de cambiar. Me fui a Bogotá.

Una vez allí, me dirigí a una ventanilla donde se organizaban viajes a la Amazonía:

—Necesito un piloto que me lleve en su avioneta a un lugar de la selva, desconozco las coordenadas, hace años tuve un accidente con mi padre en ese lugar…

—Yo sí las sé —interrumpió un hombre uniformado que estaba en ese preciso momento junto a la señorita que me atendía—, yo le llevo, le dejaré cerca.

De nuevo la aguja en el pajar y el número que descendía, ya marcaba 5.

Hace unos días que he aterrizado en los lindes de la selva Amazónica, me he internado en ella sin brújula, sin nadie que me acompañe, a estas alturas no he dudado, ni por un momento, que llegaría al punto cero de mi pretensión.

Así ha sido, en un momento dado, una neblina ha aparecido ante mí. Me he adentrado en ella. Los restos de la avioneta estaban allí, su estructura retorcida todavía humeante, el olor a quemado… Todo como si el accidente hubiese ocurrido unos minutos antes. Según me iba acercando, los contornos se han ido haciendo más nítidos, hasta observar unas siluetas que se movían. Increíble, era mi padre tirado en el suelo, y lo más irrazonable, a su lado yo con doce años. ¡Los dos vivos!

En un principio me he quedado inmóvil, en silencio, hasta que he oído a mi padre decir: «Ven, no temas».

Por segundos, mi recuerdo de la noche del accidente se ha ido haciendo más preciso: caímos, yo había salido disparado de la avioneta, mi padre no pudo escapar de la estructura del aparato. Había mucha sangre, la sangre era mía mientras que mi padre únicamente estaba preso entre el fuselaje, a mí el golpe me había seccionado parte de mi cuerpo. En un principio mi padre no me veía y gritaba llamándome. Como pude llegué junto a él. Este puso su mano en mi frente y dijo:

—Lo siento, perdóname, mi irresponsabilidad vas a pagarla tú, lo único que puedo hacer por ti es darte los años que yo he vivido, que los vivas aunque sea en tu conciencia antes de morir. Dey dey deg usag me palay, te voy a hacer ir, te voy a hacer volar, vive sin miedo los mismos días que yo viví. La fuerza que me hace ver almas te llevará de la mano, vivirás los mismos días, ni uno más. Dey dey deg usag me palay, te voy a hacer ir, pero tú tendrás que regresar.

Esos años que he vivido en mi conciencia han finalizado, el marcador de mi muñeca está a cero. Mi percepción trascendió más allá de los límites físicos y ahora los recuerdos de ambas existencias chocan en mi mente. Debo regresar a mi verdadera identidad, vuelvo a ser un niño, estoy en el cuerpo de ese niño de doce años recién el accidente. ¿Vuelvo a la realidad? ¿Qué es realidad y qué no? Gracias a mi padre chamán he podido vivir un futuro ya pasado, ha sido un regalo. Vuelvo a estar junto a él, de donde nunca partí, abrazados los dos, esperando a que alguien venga a socorrernos, pero que alguien venga, es tan difícil como encontrar una aguja en un pajar.

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© Salamanca Hoy
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Foto de Andrea Piacquadio

¿Un pajar sin agujas?

Claudio Serrano

Don Ramiro Ramírez de Cuenca era un tipo estirado y majestuoso; pausado en el andar y en el decir y redicho en sus expresiones. A todos nos llamaba la atención que su interjección más aguerrida era “Córcholis” o, cuando las cañas se tornaban lanzas dialécticas, “Recontra”. Eso sí, cuando pronunciaba esta última invectiva en una reunión, todos sabíamos que no debíamos ir un paso más adelante porque don Ramiro había llegado a su límite de aguante.

Y aguante tenía un rato, porque nosotros, jóvenes al cabo, le toreábamos de mala manera, no solo con nuestras propuestas delirantes —reportajes sobre los cuernos de la luna o entrevistas al amanecer a cualquier famosillo, por no ir más allá, como cuando le propusimos una crónica de los cafés y los chupitos que apuraban nuestros diputados durante una sesión de investidura—, sino además con nuestro lenguaje descarnado, a sabiendas de que era provocativo. Y así, mientras don Ramiro se quedaba encastillado tras su “Córcholis” de referencia, nosotros explorábamos todas las posibilidades del taco castizo, de hostia y joder a puta y coño, expresiones que le hacían torcer el gesto mientras en nosotros se agrandaba la sonrisa.

Hubo un día, sin embargo, en que en una de esas tediosas reuniones de redacción le calentamos los cascos en demasía —alguien incluso se atrevió a proponer un artículo de fondo sobre el precio de las putas de la calle Montera y su adecuación al IPC—, se levantó iracundo, y cuando todos esperábamos de él un rotundo y definitivo “Recontra”, nos miró uno a uno y dijo sin levantar la voz:

—Dejadme en paz, cojones. Tal parece que os habéis confabulado para hacerme perder los estribos y lo habéis conseguido, cabrones.

En ese momento, mientras todos nos refugiábamos en un silencio cómplice, entendí que todos los pajares tienen su aguja.

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Una aguja en un pajar

Juan Depunto

Fue difícil encontrarte, 71 años nada más, tanto como a una aguja en un pajar.

Estaba harta de tanta rutina. Todos los días, a primera hora, me sacaba Beatriz de mi mullido lecho y, sin darme de desayunar siquiera, me ponía a trabajar, dale que dale. Y así me tiraba hasta un par de horas, excepto los fines de semana en que Beatriz descansaba y con ella yo, quedándome de cháchara con mis otras compañeras y con ellos, que, porqué no decirlo, eran mas bien insulsos. Porque ya se sabe, ellos no sirven ni para un roto ni para un descosido, porque para eso ya estamos nosotras; solo sirven en todo caso para apuntalar una labor y solo provisionalmente, mientras actuamos definitivamente nosotras. Andaba yo dándole vueltas en mi agujereada cabecita a estas cosas del aburrimiento y recordé la última vez que me perdí: Fue un poco angustioso, entré sin querer en su morada y de pronto me vi arrastrada por una especie de torrente desbocado que me tuvo dando vueltas sin control alguno hasta que por fín cesó esa especie de viaje a ninguna parte para quedarme de golpe parada. No veía absolutamente nada, todo estaba oscuro como boca de lobo, y no me imaginaba dónde podía haber ido a parar.

Cuando llevaba un rato sin desplazarme empecé a notar unos golpecitos rítmicos muy frecuentes. Luego los golpecitos disminuyeron en su frecuencia y me pareció que todo volvía a la calma, hasta que pasado otro rato de nuevo volvió a aparecer la agitación y sentía como si me desplazaran junto al lugar en el que me quedé fija, pero sin moverme yo, como ocurrió al principio con la corriente esa que me desplazó hasta aquel extraño y oscuro lugar, blando y con golpecitos.

Ahora además oía el ulular de una sirena que no iba de paso, con ese característico tono de oirla primero debilmente y luego, conforme se acercaba, cada vez más fuerte hasta alcanzarte y al rebasarte empezar a declinar hasta desaparecer en la lejanía. Esta sirena no era así, sonaba todo el rato como si estuviera cerca, yo sentía que me movía con ella.

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Por fin paró el movimiento y la sirena, pero solo por unos segundos. Al poco me encontré otra vez zarandeada durante un breve tiempo, para volver de nuevo todo a la calma, salvo los golpecitos a modo del tic tac de un reloj que no pararon un instante en toda mi excursión a oscuras.

De pronto, tras un buen zarandeo, me quedé deslumbrada con la luz que de nuevo apareció. No estaba yo preparada para tanto resplandor. Una voz firme dijo en voz alta: ¡No me la vayais a tirar! A la vez que me depositaba en una especie de bacinica metálica. Luego la voz dijo: ¡Cierra tú que yo ya he hecho mi labor! Y me volvió a coger para meterme en esta ocasión en su cartera.

El cirujano me guardó entre sus pertenencias como el que guarda un trofeo valioso y nunca más volví a trabajar. Un día lo invitaron a una montería y, como siempre hacía conmigo, me llevó con él para mostrarme a su mundo, orgulloso. En esta ocasión tuvo una aventura pasional y pensó que podría completarla llevándola a lo más alto del pajar y allí, para impresionarla, me sacó y me mostró como su más preciado trofeo. La chica quiso tomarme en sus manos, pero ¡oh!, me resbalé de ellas y caí entre las pajas.

El cirujano olvidó su intento de seducción y se puso a rebuscar entre la paja, a lo que le ayudaba la descuidada de su acompañante. Pero a pesar de su ayuda yo no aparecía. Yo notaba el remover de la paja y que cuanto más la movían yo más me escurría hacia las profundidades del pajar. Empezó a resultarme divertida esta nueva situación. Tras más de una hora removiendo la paja decidieron volver a retozar y... ¡Ay! En una de sus embestidas cayó la torpe amada sobre mi afilada nariz y entré todo lo larga que soy en su ampulosa grupa...

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En busca de mi propia aguja

Gloria Soriano

Sabía poco de las tribus de África cuando emprendí el viaje. Las fotos de rostros enmascarados, tallas de madera o los símbolos en blanco y rojo de las paredes, hablaban un lenguaje que no entendía. A un amigo fascinado por el pueblo dogón le había oído enfatizar sobre los conocimientos que tenían de las estrellas: sin telescopios, supieron de la existencia de Sirio y de su entorno, algo que los astrónomos no descubrieron hasta el siglo XX. Tuve la sensación de que el entusiasmo le hacía exagerar. Habrá estrellas que son al cielo como una aguja a un pajar, pero ese no era el caso de Sirio, “el que brilla en muchos colores”. Lo escribió Hesiodoro en la Antigüedad. Consciente de mi ignorancia sobre la cultura africana no repliqué. Yo iba a repetir el recorrido que él había hecho el año anterior. Hablaríamos a la vuelta. También desconocía muchas cosas de mi misma. ***

Fue hace veinticinco años, década de los noventa, cuando recorrí Burkina Fasso y Mali. Tuve contacto con los lobis, bwas, kassenas, mandingas… Musulmanes o cristianos, todos tenían en común creencias animistas, el pueblo dogón el que más.

Si mi cuerpo había llegado a África volando, en pocas horas, ajeno a mí, mi yo lo hizo más despacio, encogido. Tenía que desplegarme. Para protegerme de los mosquitos pasé los primeros días enfundada en pantalón largo fruncido en los tobillos y manga larga. Poco a poco me fui adaptando a otro ritmo y otro medio tan diferentes a lo que conocía.

***

Recuerdo que llegamos a un poblado y nos detuvimos a las afueras. Nuestro guía Mamadou se adelantó para advertir al jefe de la tribu de nuestra llegada y negociar la visita. Mientras ellos se estrechaban las manos e intercambiaban el largo saludo que precede a todas las conversaciones, los niños salieron a nuestro encuentro. Se divertían con nosotros entrechocando las palmas. Al rozar mi mano con la de una niña, una corriente me recorrió el cuerpo. Ella también la notó, y se alejó de mí corriendo con los ojos desorbitados, como si yo estuviera poseída por un espíritu maligno. Solo es electricidad estática, pensé con un atisbo de desconcierto. Mamadou regresó a por nosotros y le seguimos. Al llegar a la entrada del poblado dejamos de ver a los niños que nos habían dado la bienvenida. Sentados en un tronco a la sombra de un baobab, sin nadie a nuestro alrededor, reposamos un tiempo indefinido. Las horas del reloj habían dejado de existir desde el día que llegué a África. Aquella pausa era necesaria para relajarnos del camino, dejar fuera las malas vibraciones, recuperar la paz. Un prelavado del espíritu antes de entrar a una de las viviendas. No sé si ese protocolo se aplica a todo el que pasa por allí o solo a extranjeros como nosotros: seres individualistas que no respetan la unión con la naturaleza, ni con la comunidad. Otra vez me sentí indigna.

Desde el baobab nos fuimos directos a la casa para sentarnos en los bancos de madera de un pequeño recibidor. Protegidos del calor, respirábamos el bienestar que exhalan las paredes de barro. Hay que dejar aquí los malos espíritus antes de pasar al interior, explicó Mamadou. Era la segunda purificación. Una rendija de luz se filtraba por la puerta, la penumbra resultaba acogedora y nuestros ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. La casa carecía de ventanas. Había una habitación para cada esposa sin más mobiliario que unas vasijas de cerámica donde guardaban sus pertenencias. La ausencia de adornos y muebles dejaba ver el alma de los objetos.

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La estancia más grande, la de la primera esposa. En la cocina comunitaria, un circulo de piedras para el fuego y algunas ollas. Un tronco con hendiduras era la escalera por donde la mujer elegida subía a la habitación del hombre.

El ritual de la visita y los espacios vacíos y oscuros, me hicieron sentir que estaba en un lugar sagrado.

Al salir de la casa, el jefe nos esperaba a la sombra en una silla de loneta. Nos acomodamos en el suelo a su alrededor. Desde allí se dominaba el poblado, el verde ralo que crece en época de lluvias, el horizonte antes del atardecer. Vestía una túnica de algodón blanco, sencilla, y sostenía un bastón rudimentario de madera que podía ser un símbolo de poder o un apoyo para caminar. Su rostro maduro, afable, barba blanca en el mentón, ojos de saber, reflejaba la autoridad que da el conocimiento. Era el jefe espiritual nombrado por el consejo de ancianos, conocedor de las historias religiosas y quien resolvía las dudas sobre cuál era el mejor momento para iniciar un viaje o sembrar el mijo. Intermediario entre los antepasados y su descendencia, recibía energía del ser supremo a través de los ancestros, y, aunque nunca había salido de aquel entorno, conocía los conflictos internacionales. También estuvimos con el rey de Gan, designado por sucesión y que había estado estudiando fuera hasta la muerte de su padre. Su silla era amplia, como él, un bonete rojo en la cabeza y túnica de algodón tupido con un rico entramado de hilos de colores. El rey de Gan habló de teorías y proyectos económicos. En los dos reinos había niños con camisetas raídas. Dejé de escuchar. Con los brazos descubiertos y apoyada en el tronco de un baobab, sentí correr la savia en el árbol y la sangre en mis venas, una nueva conciencia surgió en m í. Existir era algo distinto a cumplir con una ruidosa agenda de trabajo, identitaria y caníbal.

***

Una noche, después de cenar bajo las estrellas, hablábamos de la hospitalidad, la calidez de sus sonrisas, su amistosa mirada. Recordé a la mujer inclinada, que no humillada, ante el cubo de agua: los pies firmes, las caderas elevadas hacia atrás, la espalda recta apuntando al suelo, los brazos largos, las manos sobre la tabla de lavar. Como una gimnasta, se mantenía sin esfuerzo en una posición elegante; mi madre habr ía lavado de rodillas, encorvada, con cara de sufrimiento.

Otra imagen inolvidable es la de los brazos que suben y bajan el mazo que golpea el mijo en el mortero, el mazo libre en el aire al tiempo que una palmada intercala un nuevo sonido en el rítmico entrechocar de las maderas, el cuerpo de la mujer balanceándose como una nota musical. La

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miraba con admiración. La mujer me ofreció el mazo con una sonrisa y lo acepté. Aquello no era machacar el ajo, tenía la dificultad del peso, elevar los brazos, la coordinación del cuerpo. Por supuesto que lo de la palmada ni lo intenté. Cuando se lo devolví me abrazó entre risas.

El trabajo duro convertido en arte para disfrutar, el lenguaje corporal expresando orgullo. Nada era suficiente para explicarme la felicidad y dignidad con la que vivían en la miseria. Sentía que buscaba una aguja en un pajar.

***

Al día siguiente hicimos un tramo en coche y otro a pie para visitar la casa de un brujo o curandero. Los árboles crecían distantes, unos en la calva de un sembrado de hojas largas y puntiagudas, otros en tierra yerma. A vista de pájaro puedo imaginar un tablero gigante de parcelas marrones y verdes, cada una con su árbol. Cuando salimos de casa del brujo mi amiga dijo: les falta de todo menos espíritus a los que adorar. Dentro habíamos visto estatuillas de mirada más o menos terrorífica, todas inquietantes. Nosotros también tenemos muchas imágenes en las iglesias, le contesté, las imploramos, les encendemos velas, aunque no es mi caso, yo solo veo en ellas una talla. Las estatuas del hechicero, sin embargo, me habían infundido un respeto que iba más allá de lo artístico. La observación de mi amiga, que era evidente, funcionó en la tertulia nocturna como un detonador. Aquella noche, bebiendo cerveza de sorgo en calabaza, nos convertimos en filósofos. Nos habían dicho que esta cerveza ancestral era fabricada por mujeres con poderes extrasensoriales, y usada como canal de comunicación entre este mundo y el más allá. Fuera como fuese, me autonombré secretaria del Consejo y, entre sorbos, garabateaba en mi libreta lo que se decía:

La clave de la felicidad está en los espíritus, en el modo de convivir con ellos.

Los espíritus son el vínculo con los ancestros.

Muertos que viven entre los vivos, árboles que hablan, ríos que deciden, animales donde habita el espíritu de otro, la existencia del otro como razón de ser.

La armonía entre los mundos visibles e invisibles requiere tolerancia, convergencia, seguir la tradición, mantener la unidad.

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Cerró la noche Fidel con un proverbio Bantú: “Todo crece junto en mutua causalidad y todos compartimos la responsabilidad”. Era demasiado tarde para preguntar quiénes eran los bantúes. Me acosté pensando que a los espíritus de los muertos les apaciguan con la sangre de una gallina, y a los espíritus occidentales con la hospitalidad.

***

Estábamos en el sur de Burkina Fasso a más de setecientos kilómetros del País Dogon y a día y medio de viaje. Nos pusimos en marcha al amanecer y paramos lo justo para la comida, el alojamiento previsto para dormir quedaba a unos quinientos kilómetros. Conseguimos llegar al ponerse el sol. Las noches sólo se iluminan con la luz de la luna y las tormentas. Cuando empezaron los rayos nos tranquilizó ver que caían lejos. Había sido una jornada de mucho traqueteo, de dormitar y hablar entre los que compartíamos el vehículo: Fidel, Marga, Julia y yo.

Fidel era antropólogo, aventurero y devorador de libros. Compartía habitación con Marga. A otros viajes le habían acompañado otras amigas. Para él todas eran casualidades sin compromiso, pero Marga lo miraba con ojos enamorados.

—Los bantúes no son una etnia —dijo en respuesta a mi pregunta—. La palabra Bantú agrupa a todas las etnias africanas, en total unos cuatrocientos grupos. Interesadas en el tema, interveníamos aleatoriamente.

— ¿Y todos tienen el mismo proverbio?

—Sí, un proverbio común para etnias con distintas lenguas y distintas identidades.

—Suena vital, con la fuerza de un dogma.

—Es la unidad entre la religión y la vida, e impulsa la convivencia pacífica entre las tribus.

— ¿Pacífica? ¿Y el genocidio de Ruanda?

—Aquello fueron intereses particulares externos con el lema “divide y vencerás”. Las antípodas del “yo soy porque nosotros somos” de su cultura. ***

“Yo soy porque nosotros somos” podría ser una respuesta a mi búsqueda. Frase comprensible pero difícil de interiorizar. ***

En la región de Mopti iniciamos el recorrido por el país Dogon. Después de tantos kilómetros por la planicie árida, el paisaje se tornó más verde y acuoso. Tuvimos que cruzar un arroyo por una plataforma inundada. Frente a nosotros se alzaban los acantilados de Bandiagara, un cordón de unos doscientos kilómetros. Los poblados verticales escarpados junto a la falla eran de difícil acceso. Subimos a unas cuevas donde a los niños de nueve a doce años les practicaban la circuncisión. Abajo, en la llanura, se extendía el pueblo hecho de adobe y leño. Su silueta simbolizaba el óvalo del Universo y del cuerpo humano. En la cabeza la Toguna donde se debatían los problemas, el techo construido con ocho capas de mijo y a baja altura para impedir ponerse de pie y dificultar la confrontación física. En el polo opuesto, donde ese cuerpo imaginario tendría los órganos sexuales, estaban los lugares de culto. La religión vinculada a la creación de la vida. En el interior del óvalo, tejados cónicos sobre las torrecillas donde se almacena el grano; viviendas con azotea; maderas talladas con hombres a caballo, serpientes, tortugas, cocodrilos, pares de gemelos humanizados. Mitos esculpidos como retablos en puertas, ventanas y fachadas. La historia desde los orígenes contada por máscaras y figuras a quien la sepa leer.

Nuestro guía Mamadou sabía algo de español que había aprendido de adolescente en Burkina Fasso, y mucho de los espíritus de los muertos. Delante de la entrada a su casa estaban las tumbas de padres, madres y hermanos, todos los parentescos en la comunidad se simplificaban en esas tres palabras. Las tumbas eran unos montones informes, o antropomorfos (según quien los mire) de barro con trozos de tronco, sangre seca y plumas, que los protegían de los genios de la noche, y donde se sentaban al atardecer. Pero Fidel era quien tenía una biblioteca en Barcelona con libros sobre los dogones, y mientras descansábamos en la falda del acantilado, nos contó el mito de la creación:

“Amma, el dios único, creó los sistemas solares y una criatura viviente que se transformó en cuatro pares de gemelos, cuatro pares de hermafroditas, los ocho Nommo que son los semidioses ancestrales. En el origen todos los seres llegaron a existir de dos en dos. Cuando un gemelo se rebeló, Amma, para restaurar el orden, sacrificó al otro. Los Nommos descendieron del cielo. Fue uno de ellos, transformado en caballo, quien condujo el arca en el que, acompañados de fuego y trueno, llegaron a un depósito de agua donde adoptaron la forma de anfibios hermafroditas”.

Fidel había leído estas historias religiosas en un libro de Griaule. A él, tras años de convivencia, se las había contado un anciano dogón que las conoció a través de su padre y de sus abuelos. Nos hablaba con expresiones retorcidas, a borbotones, acentuando el misterio y la literalidad.

“Hubo un chacal—continuó Fidel— que nació macho, de un solo sexo, y debido a su estado solitario causó mucho mal. El Nommo previó que los nacimientos de gemelos iba a desaparecer. La pérdida del gemelo era inquietante: habían tenido una mala experiencia con el chacal, rompía el equilibrio entre lo humano y lo divino, los seres humanos nacían con ambos sexos. Para devolver la identidad a los humanos, se hizo necesaria la extirpación de las respectivas zonas femeninas y masculinas del hombre y la mujer,”.

Desde la cueva de la pared rocosa, protegida del sol, pensé en los niños desnudos pasando por las manos del herrero. Durante la cicatrización, apartados del pueblo y de sus padres, pintaban tapices con símbolos de la familia

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o restauraban los ideogramas antiguos que estaban contemplando. Para las niñas había casas en el poblado con el mismo fin. No pude ni imaginarlo, como en una película de terror, me tapé los ojos.

Me alegré de haber nacido con el pecado original en vez de cargar con el estigma que supuso la desaparición de los gemelos. Lo mío se arregló con unas gotas de agua en la cabeza. Distintas formas de un mismo fondo.

La ruta hasta el lago sagrado donde cae una cascada la hicimos andando. A base de caminatas también descubrimos una senda que trepa la falla con pendientes de vértigo (los días de mercado hombres, mujeres y niños suben por allí las mercancías); y a los pies de la falla, praderas, mijo y arbustos que un río mantiene verde.

El último día en el país Dogon fuimos a una cueva donde guardaban las máscara s utilizadas para la celebración del Sigui. La ceremonia tiene lugar cada cincuenta años coincidiendo con la aparición de la estrella, y es el tiempo que

tarda la enana Sirio B en completar una órbita alrededor de Sirio A. En la ceremonia bailan, cantan y procesionan de pueblo en pueblo durante meses o años. Sirio. Había olvidado la conversación con mi amigo sobre esta estrella, que dejé pendiente hasta mi regreso. Según Fidel, la teoría de los avanzados conocimientos astronómicos del pueblo Dogon era una sobreinterpretación, no había evidencia de tales conocimientos. Es probable que a finales del siglo XIX, antes de que se registrara su mitología, incorporaran a su cultura el saber y las hipótesis de los expedicionarios con los que se relacionaron. Después de todo, también hubo escritores que popularizaron la idea del contacto de los Dogon con los extraterrestres. ***

El viaje terminaba. Había ido para buscarme. Los misterios de Sirio, una excusa. Yo era la aguja en el pajar. Acabé encontrando a los otros. Ellos fueron agujas, yo hilo, y con ellas cosí esta historia.

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Fue hace veinticinco años, década de los noventa, cuando recorrí Burkina Fasso y Mali. Tuve contacto con los lobis, bwas, kassenas, mandingas… Musulmanes o cristianos, todos tenían en común creencias animistas, el pueblo dogón el que más.
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Una calva en un pajar

Eduardo Blanco

Aunque, sobre todo en estos últimos años, suelo viajar con bastante regularidad tratando, dadas mis aficiones, de acumular tantas fotografías y anécdotas como me resulten sorprendentes, quizás sea ésta que ahora os voy a contar una de las más curiosas e hilarantes.

Tras programar a conciencia el siguiente viaje, como suele ser habitual en mí, dejo bien claro qué ciudades voy a visitar y qué sitios de interés me resultan más atractivos. Me gusta mezclarme con la gente de otras culturas y recorrer callejuelas y lugares alejados de los meramente turísticos aún a riesgo de encontrarme, no pocas veces, con situaciones poco recomendables e incluso, en algún caso, más arriesgadas y conflictivas de lo que un turista común hubiese deseado. Así que en ello me afané tratando de dar por bien cumplida la inversión que iba a realizar y dejando al azar todo lo que luego me podría encontrar en tan esperada nueva aventura.

Lo demás se repitió como siempre; llegar al pequeño aeropuerto de Asturias con tiempo suficiente para tomar un café que me de energía, pasar por el arco de seguridad, cosa que suele incomodarme un poco porque, en más de una ocasión, me han apartado pasándome una especie de tiritas entorno a mi cuerpo para cerciorarse de que no llevo nada prohibido y tras todo ese trámite, ya más tranquilo, aguardar a la hora del embarque.

Llegado el momento y una vez en el avión y buscado el asiento, hube de incordiar ligeramente a quien iba a ser mi compañero de viaje pues al estar mi asiento junto a la ventanilla y aquél en el anterior, no tuvo más remedio que facilitarme, levantándose, el acceso a mi sitio.

Era mi vecino un hombre de mediana edad, impecablemente vestido y de complexión robusta y un poco pasado de peso, de aspecto agradable pero tan común que, difícilmente resultaría identificable salvo por una severa y brillante calvicie exceptuando de una franja intensa de pelo que le bordeaba desde la sien hasta la nuca, semejando una especie de promontorio o isla reluciente que ofrecía todo un espectáculo difícilmente olvidable.

Ya en el aire, el viaje se realizó de la manera más tranquila, sólo interrumpido por escasos y espaciados “baches” que hacían a mi acompañante apretar fuertemente los reposabrazos al tiempo que me enviaba una nerviosa forzada sonrisa tras la que era fácil de adivinar un miedo mal disimulado.

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Una vez aterrizamos y después de haberme enviado una vez más uno de los citados gestos, ya más sosegado, mi compañero se dispuso, cuando nos informaron de que así podíamos hacerlo, a recoger su exiguo trolley y a desembarcar. A partir de ese momento, afanado yo por acceder al pasillo de salida entre el resto de inquietos pasajeros, ya no volví a verle.

Una vez erguido y a punto de acceder al pasillo de la aeronave, me percaté de que en el suelo, justo en frente al asiento que acababa de dejar mi amigo, había un pasaporte. Tras abrirlo y comprobar que efectivamente y, sin lugar a dudas, la foto mostraba a mi calvo acompañante, me dispuse a tratar de encontrarlo entre un intenso maremágnum de viajeros.

El aeropuerto Havlinani de Estambul es uno de los más grandes del mundo y lo corrobora el hecho de que, a lo largo del pasado año 2022, han circulado por él cerca de cincuenta millones de pasajeros procedentes de vuelos internacionales. Encontrar a alguien ahí se hace poco menos que imposible, y he de confesaros que puse todo mi empeño en dar con Juan José Fernández Estrada, así que, tras observar atónito ante mí; todo un océano de brillantes cráneos desnudos, una miríada de relucientes cabezas por las que me guiaba y un auténtico “calvario”, opté finalmente por buscar la oficina de información y, ayudándome con mi pésimo inglés, entregar el pasaporte extraviado al funcionario de turno.

Supongo que el dichoso pasaporte llegó felizmente a su destino y el amigo Juan José y unos cientos de viajeros más pudieron cumplir con el añorado deseo de lo que les llevó hasta allí.

Eso sí, de lo que estoy seguro es de que, tras la ventura, es más que probable que, todos ellos, terminaron necesitando sustituir las fotografías de los respectivos pasaportes por unas nuevas que les hiciesen más reconocibles.

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Una aguja en un pajar, en versión IA

Aquí está un cuento que imaginé sobre una aguja en un pajar:

Érase una vez, una aguja que vivía feliz en una caja de costura. Le gustaba estar rodeada de hilos, botones, tijeras y otros objetos útiles. Un día, la dueña de la caja decidió hacer una limpieza y tiró todo lo que no necesitaba. La aguja se asustó al ver que la lanzaban a un gran montón de paja. Se sintió sola y perdida entre tantas briznas secas y ásperas.

La aguja empezó a buscar una salida, pero no podía ver nada más que paja por todas partes. Intentó clavarse en algunas briznas, pero se resbalaba y caía al suelo. Se preguntó si algún día volvería a ver la luz del sol o a sentir el calor de una mano humana.

Mientras tanto, un niño que vivía cerca del montón de paja estaba buscando algo para jugar. Vio la caja de costura vacía y se le ocurrió una idea. Cogió un trozo de tela y se dirigió al montón de paja. Pensó que podría hacer una cometa con la tela y un palo.

El niño empezó a rebuscar entre la paja, buscando un palo lo suficientemente largo y recto. Sin darse cuenta, tocó la aguja con la mano. La aguja se alegró al sentir el contacto y se aferró a la piel del niño. El niño gritó de dolor y se sacó la aguja de la mano. La miró con curiosidad y se dio cuenta de que era justo lo que necesitaba para coser la tela al palo.

El niño se llevó la aguja a su casa y le hizo un agujero con un alfiler. Luego, cogió un hilo y lo pasó por el ojo de la aguja. Con cuidado, cosió la tela al palo y le ató una cola con un trozo de cuerda. Finalmente, tenía su cometa lista para volar.

El niño salió al campo y lanzó su cometa al aire. La aguja se sintió feliz al ver el cielo azul y al sentir el viento en su punta. Se dio cuenta de que había encontrado un nuevo propósito en su vida. Ya no era una simple aguja en un pajar, sino una aguja que hacía volar una cometa.

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Efectivamente, pedí a dos plataforma de Inteligncia Artificial que escribieran un relato sobre una aguaja en un pajar. Y estos son sus resultados.

Una aguja en un pajar, Uno

Había una vez una pequeña aguja de costura llamada Agustina. Era una aguja muy especial, pues en lugar de vivir en un costurero como las demás agujas, vivía en un hermoso prado al lado de un gran bosque. Este prado estaba lleno de flores de colores y rodeado de altos árboles que protegían a Agustina del viento y la lluvia.

Agustina disfrutaba de su vida en el prado. Pasaba sus días brillando bajo el sol y observando a las mariposas que revoloteaban a su alrededor. Aunque estaba lejos de cualquier costura, nunca se sentía sola ni aburrida. Tenía amigos como el saltamontes Luisito y la mariquita María, quienes le contaban historias sobre el mundo más allá del prado.

Un día, mientras Agustina estaba tomando el sol y charlando con sus amigos insectos, escuchó una voz desesperada. Era la voz de una aguja mayor llamada Alfredo, que vivía en un costurero en una casa cercana. Alfredo estaba angustiado porque su dueña lo había perdido mientras cosía un hermoso vestido para una fiesta importante.

Agustina, con su corazón amable y compasivo, decidió ayudar a su amigo Alfredo. Sabía que encontrar una aguja en un pajar no sería tarea fácil, pero estaba dispuesta a intentarlo. Le dijo a sus amigos insectos sobre su misión y ellos se ofrecieron a ayudarla en su búsqueda.

Así comenzaron la aventura de Agustina y sus amigos insectos. Recorrieron el prado, exploraron el bosque y miraron en cada rincón, buscando la aguja perdida. Pasaron días enteros buscando sin éxito, pero Agustina nunca se rindió. Sabía que su amistad con Alfredo era más importante que cualquier costura.

Finalmente, un día mientras María la mariquita exploraba una hermosa flor, notó un destello en el centro de la misma. Era la aguja perdida de Alfredo, atrapada entre los pétalos de la flor. Agustina y sus amigos corrieron emocionados hacia la flor y liberaron a Alfredo.

El reencuentro entre Agustina y Alfredo fue emocionante. Alfredo estaba lleno de gratitud y prometió que nunca volvería a perderse. Agustina y sus amigos insectos regresaron al prado, donde continuaron viviendo sus vidas felices y compartiendo historias de su emocionante aventura.

Aunque Agustina nunca volvió a ver a Alfredo, sabía que su amistad era especial y que, a pesar de las distancias, siempre estarían unidos por el lazo que habían formado en ese prado mágico. La aguja en el pajar había demostrado que la verdadera amistad podía superar cualquier obstáculo, incluso uno tan desafiante como encontrar una aguja en un prado lleno de flores.

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pajar, en versión IA

...y Dos

En un tranquilo pueblo en medio de un valle rodeado de colinas verdes, vivía una pequeña aguja de coser llamada Amanda. Amanda era una aguja meticulosa y siempre estaba ocupada ayudando a su dueña, una habilidosa costurera llamada Elisa. Juntas, habían creado las prendas más hermosas que el pueblo jamás había visto.

Un día, Elisa decidió llevar a cabo un proyecto especial: confeccionar un vestido de novia para la hija del alcalde. Era un encargo importante, y Elisa trabajó arduamente durante semanas para crear la prenda perfecta. Amanda, por supuesto, la ayudó en cada puntada, asegurándose de que cada detalle fuera impecable.

El día de la boda finalmente llegó, y el vestido de novia era una obra maestra. La hija del alcalde, Clara, lucía radiante y feliz mientras caminaba hacia el altar. Todos los habitantes del pueblo estaban impresionados por la belleza del vestido y los elogios llovían sobre Elisa y Amanda.

Sin embargo, después de la ceremonia, Clara se dio cuenta de que Amanda había quedado olvidada en uno de los pliegues del vestido. No queriendo perder su querida aguja, Clara retiró con cuidado a Amanda y la guardó en su bolso. Pero mientras lo hacía, Amanda cayó al suelo y rodó lejos de la iglesia.

Cuando Clara regresó a su casa, se dio cuenta de que Amanda había desaparecido. La joven novia estaba angustiada y comenzó a buscar por todo el pueblo, pero la aguja parecía haberse esfumado por completo. Amanda, por su parte, había rodado cuesta abajo hasta el campo de las colinas verdes.

Amanda se encontraba en un lugar completamente desconocido. El sol se estaba poniendo y hacía frío. La aguja estaba sola en medio del vasto campo, perdida entre la hierba alta y los arbustos. Sabía que debía encontrar su camino de regreso a su amada Elisa, pero las colinas parecían un laberinto interminable.

Mientras Amanda exploraba su nuevo entorno, conoció a otros habitantes del campo, como un simpático ratón llamado Rodolfo y una mariquita llamada María. Juntos, le dieron consuelo a Amanda y le ofrecieron su ayuda para encontrar su camino de regreso al pueblo.

Días y noches pasaron, y la aguja, el ratón y la mariquita exploraron las colinas en busca de pistas que los llevaran de vuelta al pueblo. Finalmente, un día, encontraron a un pájaro que había visto a Clara llevándose el vestido de novia hacia la iglesia.

Con la información del pájaro, Amanda, Rodolfo y María finalmente regresaron al pueblo. Clara, que todavía estaba preocupada por la pérdida de Amanda, estaba emocionada de verla de nuevo y agradecida por la ayuda de sus nuevos amigos. Juntos, celebraron la feliz reunión y Amanda finalmente volvió a su lugar en el costurero de Elisa.

Amanda había vivido una aventura emocionante y había hecho nuevos amigos en el campo, pero su lugar verdadero estaba al lado de su querida costurera. Desde ese día en adelante, nunca más se perdió, y Amanda y Elisa siguieron creando prendas hermosas juntas, recordando siempre la increíble aventura que vivieron.

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El último pastor Monchu Calvo

Quizás a este título habría que añadir la palabra trashumante, que cambia sustancialmente la definición de pastoreo. Trashumante es el que desplaza sus animales de una zona a otra, generalmente de larga distancia, y de forma estacional. El ganado ovino es el que mas recurre a trashumar, y lo hace con muchos centenares, a veces miles de cabezas, como una gigantesca alfombra de lana, dirigida por los pastores y los perros, buscando los fértiles pastos cantábricos tan distintos a la aridez de sus lugares de origen.

Por la prensa supe que estaba de camino, el que quizás sea el postrer viaje a la antigua usanza de un rebaño de mil setecientas ovejas merinas, y casi seiscientos kilómetros de distancia, desde su lugar de origen, Huertas de Ánimas, en Cáceres, hasta el pueblo de Acebedo, en la montaña leonesa. Y digo postrer, porque dudo que queden muchos pastores como Jose Manuel, que aunque cuenta con la ayuda de su padre y otros familiares, sean capaces de hacer ese recorrido, a pié. Y les advierte “va a ser bonito, pero muy duro”.

Esta ilusionado, aunque en este viaje, se mezclen ilusión y necesidad, y como me dijo en Acebedo “Si nos quedamos seria la ruina”, al precio que tienen los piensos y a la escasez de forraje.

Por delante, mínimo treinta y cinco días, que finalmente se convirtieron en treinta y nueve, por la negativa de un alcalde, Lois, en este caso, que no permitió que el rebaño pasase por su pueblo. Incidentes como este, les suceden cada poco, que tienen que solventar sobre la marcha.

Las cañadas reales en muchos casos han desaparecido, por el asfalto, o por construcciones ilegales, que obligan al pastor a perder mucho tiempo resolviendo disputas con vecinos, o alcaldes, como el que mencionamos antes.

Significativa la foto del rebaño cruzando el viaducto de Riaño, porque el camino por donde debían trascurrir, está sepultado por las aguas del pantano.

No quería perderme ese final del viaje, y la distancia y el tiempo tampoco eran excesivos, así que el dia amaneció

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soleado y sin mas encamine mis pasos hacia el puerto de Tarna. Allí como si un buen pintor dibujara el mejor de sus lienzos, convivían rebaños de vacas, a la sombra de las imponentes montañas del Mampodre. El verde de los pastos, hería la vista, y las cabañas eran como las que nos dibujan en los cuentos, formando una armonía total con el paisaje.

Hice unas cuantas fotos, pues no podía dejar pasar una luz tan especial como la que tenía ante mis ojos, para finalmente llegar al pueblo de Acebedo, precioso por cierto, y con mucha historia de poblamientos castreños y ocupación romana, aparte de lugar que muchos asturianos, de las cuencas sobre todo, escogieron como lugar vacacional, por la calidad de sus aires y la belleza del paisaje.

El rebaño ya había llegado, y estaba descansando en un redil portátil que desplegaron de manera que no pudieran escaparse. El rio marcaba un cierre natural y permitía beber sin problema. Allí delante de mis ojos mil setecientas ovejas, once perros y un burro descansaban, adivinando quizás por el olor, que la frescura de los pastos estaba muy cerca. Los “mansos” machos castrados, son los encargados de dirigir el rebaño, van siempre en la parte delantera. Se distinguen por un gran cencerro, y un pompón de colorines sujeto a su cabeza. Mientras en el bar del pueblo departían amigablemente pastores y vecinos, mientras cervezas y vino compensaban tantas calamidades pasadas en el viaje.

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Después de recibir unos recuerdos por parte de la corporación municipal de Acebedo, así se ve la sensibilidad hacia los rebaños trashumantes de unos pueblos y otros, con un pasado común ganadero, pero a veces la memoria que marco siglos de pastoreo, de rabadanes y motriles se diluye como si nunca hubiera existido.

La tarde avanza y enseguida habrá que prepararse para realizar los últimos seis kilómetros. Una vez en el monte leonés, le espera el terreno alquilado a la junta vecinal, con un refugio sin luz, pero acondicionado recientemente, y donde pasarán las noches. Mientras, «estaremos todo el rato con las ovejas». En este lugar, recibirá la visita de sus familiares y cualquiera que quiera ver en directo la vida pastoril, que la relata de manera magistral Julio Llamazares.

Yo vengo de una raza de pastores, que perdió su libertad cuando perdió sus ganados y sus pastos durante muchos años, mis antepasados cuidaron sus rebaños en la región donde se espesa el silencio y la retama

Y no tuvieron otros Dios que su existencia, ni otra memoria que el olvido caliente esta aun la piedra donde bebían la sangre de sus vides al caer la tarde. Pero que lejos todo si recuerdo.

Que lejos de mí la región de las fuentes del tiempo, el lugar donde el hombre nace y se acaba en si mismo, como la flor del agua Ellos no conocían la intensidad del fuego, ni el desamor de los árboles sin savia

Los graneros de su pobreza eran inmensos. La lentitud estaba en la raíz del corazón.

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Y en su sosiego acumularon monedas verdes de esperanza para nosotros Pero el momento llegó de volver a la nada, cuando los bueyes mas mansos emprendieron la huida y una cosecha de soledad y hierba, reventó sus redes.

Ahora apacientan ganados de viento en la región del olvido, y algo muy hondo nos separa de ellos.

algo tan hondo y desolado como una zanja en la mitad del corazón

Mientras, el cielo va tomando aspecto amenazador de tormenta, y aunque no les asusta pues ya han sufrido unas cuantas, en los páramos de la meseta, sin tener mas que los capotes y paraguas para protegerse, echan a andar mientras las primeras gotas pegan en nuestra cara. Aguantaran hasta que los precursores fríos los hagan retornar a Extremadura, de la misma manera que vinieron, con seguridad, las ovejas mas gordas.

Yo retorno satisfecho de haber visto una actividad que dudo vuelva a repetirse. La guardaré para siempre en mi memoria, en ese rincón donde guardamos las cosas valiosas.

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Loco Matara

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Encuentra la luz, encuentra el estado de ánimo

¿Cómo se fotografía esa gran luz? Es una de las tres preguntas principales que me hacen sobre cómo hago mis fotografías. Es una buena pregunta porque la cámara ve la luz de manera diferente a nosotros y, a menos que sepa lo que es posible, tendrá dificultades para conservar el estado de ánimo de la luz hermosa. Esa lucha es más difícil para los fotógrafos que todavía están encadenados a sus histogramas y usan algún tipo de modo automático sin compensación EV.

A pesar de lo buenas que son las cámaras de hoy en día, todavía tienes que pensar un poco, porque la cámara tiende a promediar las cosas.

El promedio es el enemigo del estado de ánimo.

No hago artículos de "consejos y trucos", pero aquí hay tres formas en que puede pensar de manera diferente sobre la luz para crear imágenes con el tipo de atmósfera o estado de ánimo que espera.

Ya no uso la medición en el sentido tradicional. Miro mi histograma para ver lo que estoy capturando y lo que estoy perdiendo, y luego comparo eso con lo que es importante para mí. ¿Rinoceronte al atardecer? Quiero esas sombras bonitas y oscuras, y no quiero perder los reflejos. Quiero que la imagen sea oscura y los colores saturados, por lo que suelo subexponer al menos tres pasos. Si está exponiendo manualmente, ya sabe cómo hacerlo. Si usa el modo de prioridad de obturador o de apertura o incluso la exposición manual con ISO automático (como hago la mayor parte del tiempo), querrá usar su compensación EV

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Dejada puesto al completo

sola, mi cámara habría sobreexal menos tres paradas, matando por completo el estado de ánimo.

para reducir la exposición tres paradas (o lo que sea necesario para la escena que desea). estás fotografiando).

Exponer para el estado de ánimo; no dejes que la cámara te empuje.

Dos: conoce tu luz

Una cosa es poder decir: "¡Guau, esa luz es agradable!" y otro para entender qué te gusta de él, qué hacer con él y cómo cambiarlo. Mientras escribo esto, estoy en mi porche trasero, mirando la luz que se filtra entre los helechos. Debido a que la luz viene desde atrás, los helechos tienen una hermosa luz en el borde. Sé que si saco mi cámara y las subexpongo (o las expongo para obtener los reflejos más brillantes), obtendría una hermosa toma con verdes oscuros y solo una pizca de luz que revela el contorno de las hojas y su distintiva forma de helecho. Otros helechos que estoy mirando, no tanto; la luz los está golpeando de frente, y no hay mucha magia allí. Si quisiera fotografiarlos, me movería alrededor de ellos y exploraría las posibilidades. Sidelight amplifica la textura. La luz de fondo permite que

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Dejada

la luz brille a través de los helechos, como si estuvieran iluminados desde adentro, o puede crear una hermosa luz en el borde. Pero en el momento en que el sol esté demasiado alto, la magia desaparecerá y tendría que llevar mis cámaras más adentro del bosque detrás de mi casa si quisiera perseguir el estado de ánimo.

He dicho antes que no hay luz buena ni luz mala, y sigo creyendo que esto es cierto. Pero algunas luces crean una posibilidad más fuerte para el estado de ánimo que otras, y no lo verá si solo fotografía al mediodía con buen tiempo.

El estado de ánimo interesante se encuentra en los bordes: los bordes del día, los bordes del clima, los bordes de la luz y la sombra.

Encontrar el estado de ánimo y la magia a menudo depende tanto (o más) del cuándo como del dónde . En realidad, suele estar en la intersección de cuándo y dónde, y debes estar allí cuando suceda. Si su fotografía es un pasatiempo de conveniencia y solo está afuera en los días de cielo azul, no puede esperar el tipo de estado de ánimo del que estamos hablando. Puedes hacer fotografías que sean fuertes por otras razones, pero no serán especialmente malhumoradas. Tienes que estar allí, y tienes que estar allí entonces. Cuando sucede. En la niebla, al anochecer, en la lluvia y la nieve.

Hay otras formas de hacer fotografías con un sentido del estado de ánimo. La profundidad de campo reducida y las luces desenfocadas (bokeh) pueden hacerlo. Bonito y soñador. Lo mismo ocurre con un obturador lento y un sujeto en movimiento (o una cámara en movimiento). Las exposiciones múltiples pueden hacerlo. Y un momento fantástico, sin importar la luz, cuando un amigo echa la cabeza hacia atrás de la risa, eso también puede estar cargado emocionalmente y lleno de humor.

Cuando hago reseñas de portafolios o de imágenes, mi reacción más común es una (si no todas) de estas: no hay suficiente estado de ánimo, no hay suficiente historia y no hay

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Texto para estas fotos: La temperatura del color y la luminosin oscura o brillante sea) pueden afectar enormemente el estado de ánimo. Compara esta última imagen con la anterior. Ambos tienen humor, pero son muy diferentes. Todo se reduce a cómo quieres que se sienta la imagen.

suficiente usted. Si está buscando un nuevo desafío, considere mirar su trabajo y preguntar cómo podría amplificar alguno o todos esos. Si se trata de un estado de ánimo, espero que algunas de las ideas anteriores lo impulsen a seguir adelante. Para empezar, mire las imágenes de este artículo y pregúntese cómo se siente con respecto a las imágenes, cuál es el estado de ánimo y qué decisiones tuve que tomar para plasmar ese estado de ánimo en la fotografía.

PS:

Por último, una nota a pie de página personal. Han pasado exactamente dos meses desde la cirugía de amputación. Camino mucho, aunque siempre con muletas. Pongo más peso en la pierna y el pie protésicos todos los días, y pronto llegará el momento en que las muletas irán al armario y podré comenzar a esforzarme en recuperar mi músculo perdido y descubrir cómo volver a las actividades y aventuras. por lo que cambié mi pie real por uno protésico en primer lugar. Muchos de ustedes me han estado animando, especialmente desde que regresé de nuevo. No puedo expresar completamente mi gratitud, pero gracias.

6 de agosto de 2023

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Arturo Vigil

Tesoros del Cantábrico

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Myke Reyfman

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Daniel Kordan

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Christina MacFaul

Christina McFaul (Estados Unidos, 1979) se graduó con una licenciatura en el Brooks Institute of Design en 2001 con especialización en diseño de interiores. En 2007, dio la vuelta al mundo en 90 días a bordo del MV Explorer con Semester at Sea. Con la llegada de su primer hijo, se reavivó su interés por la fotografía. En 2012 fundó Christina McFaul Photography, un estudio de retratos en Chicago, Illinois. Fue presidenta del grupo de fotografía “Women in Focus” en Chicago, donde vivió cinco años antes de regresar a California. En 2023 obtuvo la certificación de la Asociación de Terapia de Naturaleza y Bosque. Su trabajo ha sido incluido en exposiciones en Borders Art Fair (Venecia, Italia), Southeast Center for Photography (Greenville, SC), Chicago Botanic Garden, Museum of Art (Arlington, TX), La Jolla Art Association (CA) y The Los. Centro Ángeles de Fotografía, así como otros. Vive con su esposo y sus dos hijos en San Diego, CA.

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Lo que Christina dice de sí misma Crecí en un lago ubicado en las montañas de Santa Mónica, donde no existían vallas y deambulaba libremente. Es donde echó raíces mi vínculo con la naturaleza. Deseo transmitir esta sensación de asombro y descubrimiento en mi fotografía de retratos, naturalezas muertas y paisajes.

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Fotógrafa invitada del mes

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Marie-Laure Vareilles

Después de formarse como diseñadora de interiores, Marie-Laure Vareilles (Francia, 1966) se vio rápidamente conquistada por el deseo de ir más allá, de ampliar su campo de inspiración. Impulsada por el deseo de descubrir, desde los 19 años ha viajado por multitud de países, siempre equipada con una cámara. Constituye así un verdadero diario de viaje, un archivo de sus exploraciones en lugares que a veces visita varias veces y con varios años de diferencia. Posteriormente, cuando descubrió el fotomontaje, esta técnica le pareció una forma obvia de expresar la belleza del mundo, sus evoluciones y dejar que su creatividad se expresara. Desde entonces se define como una fotógrafa creativa, construyendo un enfoque artístico que oscila entre el fotorreportaje y las artes visuales.

De sus viajes regresa con cientos de tomas, estas últimas representan la materia prima esencial en el corazón de su práctica. Manipulando estas imágenes en postproducción,

pone en perspectiva diferentes planos de una misma puesta en escena, ensamblados y complementados entre sí. Todas las imágenes utilizadas están extraídas de escenas reales y vividas, personajes encontrados y lugares atravesados. Desde las favelas hasta el témpano de hielo, el material sobre el que se basa es testigo mismo de la realidad. Marie-Laure Vareilles hace del planeta su patio de recreo. Atendiendo a las evoluciones de nuestras sociedades, a los cambios en el corazón mismo de las civilizaciones, crea obras donde el reflejo de sus preguntas se superpone a los momentos captados en los lugares que ha explorado. Hermosa y tierna a la vez, sus imágenes denotan sin embargo por su estilo, en los límites del surrealismo. Sus montajes fotográficos hacen convivir sutilmente los opuestos, encontrarse con lo improbable, dando origen a historias que cuentan un mundo nuevo que ella imagina desde cero, pero no por ello incongruente. Siempre se compromete a representar lo que ve, de forma creativa, sensible y con un estilo colorido y vivo. Compuesta, rítmica, con una disposición de perspectivas extraídas de su formación como

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arquitecta, construye un universo cuidado y trabajado, centrándose especialmente en la interpretación estética. pero no incongruente. Siempre se compromete a representar lo que ve, de forma creativa, sensible y con un estilo colorido y vivo. Compuesta, rítmica, con una disposición de perspectivas extraídas de su formación como arquitecta, construye un universo cuidado y trabajado, centrándose especialmente en la interpretación estética. pero no incongruente. Siempre se compromete a representar lo que ve, de forma creativa, sensible y con un estilo colorido y vivo. Compuesta, rítmica, con una disposición de perspectivas extraídas de su formación como arquitecta, construye un universo cuidado y trabajado, centrándose especialmente en la interpretación estética.

La presencia de la Naturaleza es fundamental en su obra. Reúne los mundos marinos, las montañas y las llanuras –con todo lo que implican visiones paradisíacas, oníricas pero también realistas y desastrosas– que confronta con la urbanización de los paisajes, las poblaciones que chocan, las vidas que se devoran en pequeños espacios como barrios marginales. Marie-Laure Vareilles trasciende la realidad para resaltar los vínculos entrelazados en el corazón de los vivos. Su trabajo nos hace darnos cuenta de que todos vivimos en el mismo jardín. Utilizando símbolos universales, integrando graffitis, logotipos, imágenes dibujadas, inventadas o reales, reúne a todos los seres en el corazón de un mismo espacio, para que todos puedan apoderarse de sus obras, apropiarse de ellas, conviértalo en una historia íntima. Finalmente, nos lleva sutilmente hacia la comprensión de lo que nos rodea, y con quién o qué vivimos en un mismo espacio.

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Más allá de su aspecto estético, las obras de Marie-Laure Vareilles no son menos mensajeras. Reuniendo todos los continentes, todas las generaciones, convirtiéndose en archivera del paso del tiempo y, a veces, de lugares que ya no existen, revela las realidades de los cuatro rincones del planeta. A partir de las noticias que la agitan, observa el mundo cambiante. Centra sus temas en elementos que observamos, de cerca o de lejos, y de los que ella es testigo: las personas sin hogar, la precariedad, el cambio climático y tantos otros.

Marie-Laure Vareilles comparte con nosotros sus reflexiones sociales, sociológicas, ambientales y personales sobre los cambios que se están produciendo a nuestro alrededor. De un imaginario poblado saca el apoyo que le permitirá hablar de ello a su manera, pero sin violencia, sin imponerse, siempre con sutileza y un toque de poesía. La reflexión subyacente, por tanto, no es militante, sino comprometida con una reflexión global, universal, orientada hacia la necesidad fundamental de vivir juntos.

A través del trabajo que hoy presentamos podemos observar de la variedad de culturas de nuestro planeta a través de los ojos de Marie Laure Varielles.

Formación: Arquitecto de interiores. Viajó por todos los continentes, cámara en mano, para dar testimonio de la diversidad de países de nuestro planeta. A lo largo de los años he experimentado diferentes culturas, paisajes, encuentros… Las culturas del mundo entero están en constante evolución. Mi trabajo es servir a la memoria de los pueblos y sus países en todo el mundo.

Construcciones lógicas... Hoy da nueva vida a los miles de negativos tomados, recreando mundos imaginarios donde se alternan poesía, sueños y surrealismo.

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Creación de fotomontaje: imaginar un universo de posibilidades, elaborar el encuentro de lo improbable. Mezclando elementos, transformando relaciones de escala, rechazando construcciones lógicas... Hoy da nueva vida a los miles de negativos tomados, recreando mundos imaginarios donde se alternan poesía, sueños y surrealismo.

- Exposición permanente: Marsella: galería Massalia; Vaison la Romaine, en el casco antiguo: taller ANSATU & MAILO

Todo sobre Marie Laure Vareilles:

¿Cuándo supiste que querías ser fotógrafa? No era mi sueño.

¿Tienes un mentor?

Recuerdo la primera exposición que visité: era Salgado con hermosas obras en blanco y negro. El tema que había trabajado eran los hombres trabajando a mano, en todo el mundo... Precioso.

¿Cuánto tiempo llevas siendo fotógrafo?

Tomé mi primera foto en 1985, mientras viajaba por Turquía. Era mi primer viaje solo al extranjero y quería compartir mi impresión con mi familia. Tomar fotografías parecía ser el mejor medio para compartir los lugares que había visitado y las personas que había conocido.

¿Qué o quién te inspira?

Desde que viajo y tomo fotografías, me he dado cuenta de lo rápido que está cambiando nuestro mundo. Más y más rápido. Filmar es una forma de conservar el testimonio de una época que ya no existe: cuanto más viajo, más me doy cuenta de que nuestras diferencias son cada vez menos visibles.

¿Cómo describirías tu estilo?

Disparo lo que veo, muy rápido. Pero tan pronto como la luz cambia, ¡disparo de nuevo! Paisaje, arquitectura, cielo, gente... muchos temas pueden resultar interesantes para los montajes que creo cuando vuelvo a mi estudio.

¿Qué tipo de equipo usas? ¿Cámara, lente, digital, película?

Desde el principio trabajo con cámaras Nikon. Durante los últimos años, definitivamente he adoptado la cámara digital. Mi último es el D-850.

¿Pasas mucho tiempo editando tus imágenes?

No es suficiente: después de rodar, dedico mucho tiempo a crear montajes. Por eso guardo cada foto, ¡por si acaso! ¡Pero podría ser un problema en el futuro con el hardware!

¿Fotógrafo(s) favorito(s)?

Son tantos... Editar una lista sería una pesadilla. Especialmente si olvidé mencionar algunos de ellos.

¿Tu mejor recuerdo como fotógrafo?

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...a veces fotógrafo reportero que viaja por el mundo; a veces fotógrafo-creador, que se expresa a través de la imaginación...

Nunca olvidaré mi experiencia en Bangladesh. Nunca había visto tanta gente trabajando a mano, cualquier cosa que hagan, transporten, creen, confeccionen… no utilizan ninguna máquina. ¡Trabajan duro en malas condiciones pero siguen sonriendo!

¿Tu peor recuerdo como fotógrafo?

Lo pasé mal en Guinea. Trabajando para un editor que quería que tomara fotografías del río Níger y de la vida cotidiana. El problema es que tuve que lidiar con el chantaje de las personas que se suponía que debían ayudarme.

Mi hilo conductor es:

– trascender la realidad;

– desarrollar espacios imaginarios;

– hacer convivir lo improbable como si pudiera existir.

Señalo también las contradicciones de nuestro mundo, su evolución y sus paradojas...

Cada creación se convierte en una historia; mirando una foto, alimenta tu sueño, escapa, deja que tu imaginación se apodere de ti para arrastrarte a tu historia...

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Creación de fotomontaje: imaginar un universo de posibilidades, elaborar el encuentro de lo improbable. Mezclando elementos, transformando relaciones de escala, rechazando

Mostrar la diversidad de los pueblos que conviven en esta tierra es algo que me apasiona:

todos diferentes y todos iguales...

Las personas presentes en mis obras son personas anónimas fotografiadas en todo el mundo, se convierten en héroes de las historias que ilustran.

A través de estos montajes, formulo una pregunta:

¿estamos avanzando hacia:

– una uniformidad de la cultura,

– de nuestros pensamientos,

– de la manera de aprehender y comprender nuestro mundo?

– ¿una estandarización de las fuentes de la creatividad?

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creo estos montajes fotográficos a partir de fotos que he tomado desde 1985, habiendo viajado a todos los continentes
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Sudabe Vatanparast

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Sudabe Vatanparast (Irán, 1985) es una fotógrafa iraní que nació en 1983 en Teherán. Sudabe es un graduado en fotografía.

Las preocupaciones sociales centradas en los problemas de las mujeres en la sociedad iraní son evidentes en los proyectos de Sudabe.

Sudabe se considera una fotógrafa independiente cuyas fotografías están inspiradas en las pesadillas, problemas y experiencias de su vida y la de su comunidad.

Su primera exposición individual tuvo lugar en 2015.

Además de realizar exposiciones en prestigiosas galerías de Irán, la Galería Garibaldi en Modica, Italia y la Galería Bioçkecmac en Turquía también han acogido sus obras por separado y en grupo.

Sudabe ha sido elogiado muchas veces en varios festivales bajo los auspicios de la Federación Mundial de Fotografía (FIAP) y ha sido uno de los principales miembros de estos festivales. Su última exposición individual es un reflejo del miedo, la inseguridad y la ansiedad de las mujeres iraníes en el entorno doméstico, que ha sido bien recibida por críticos y activistas en este campo.

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Mira Bernabeu

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Vive y trabaja en Valencia, donde desde 2006 combina su práctica artística con la dirección de Espaivisor-Galería Visor. El desarrollo de ambas facetas hace de él uno de los pocos profesionales en España que conocen bien los entresijos del mundo del arte contemporáneo. Su vocación se encuentra dividida entre la de artista y galerista. los proyectos de mira interesan no solo por su concepción estética sino sobre todo por su faceta social, su interés por analizar psicológica y antropológicamente al ser humano y la forma en la que este se relaciona con los demás; pero siempre desde las posibilidades que le ofrece el arte. Mira pone el acento en un análisis teatralizado del ser humano a través de sus retratos de grupo: puestas en escena en las que confluyen valores morales, religiosos, teorías psicoanalíticas y educacionales; escenarios desnudos y tenebrosos a modo de performances, donde cuestiona los límites de lo público y lo privado. Sus proyectos buscan mostrarse como un fiel reflejo de la situación social, económica, cultural-educativa y política de la época.

Destacan sus exposiciones individuales celebradas en galerías como Fernando Pradilla (Madrid), Trayecto Galería (Vitoria), Valle Ortí (Valencia), T20 (Murcia), Rosa Santos (Valencia), Fúcares (Almagro) o Jibby Beane (Londres), y en espacios artísticos e instituciones como el Centro del Carmen (Valencia), la sala C arte C de la Universidad Complutense, el Centro de Cultura Contemporánea Octubre (Valencia), la Fundació Espais (Gerona) o la sala Parpalló de la Diputación de Valencia, entre otras. Presente igualmente en Fotoencuentros 2008 (Murcia) y en PHotoespaña (1999 y 2008), su trabajo ha participado en exposiciones colectivas en la Galerie Nord Kunstverein Tiergarten (Berlín), la Fundación Marcelino Botín (Santander), el Musac (León), Artium (Vitoria-Gasteiz), La Casa Encendida (Madrid), la Universidad de Southern California, Apex Art (Nueva York), el Australian Center for Photography (Sídney) o el Royal College of Art (Londres), entre otros centros internacionales. Posee obra en las colecciones del Musac (León), Artium (Vitoria-Gasteiz), el Centro Galego de Arte Contemporánea (Santiago de Compostela), la Fundació Vila Casas (Barcelona), la Comunidad de Madrid, el Ayuntamiento de Almagro, la Universidad Politécnica de Valencia y la Universidad de Southern California (Los Á ngeles, EE UU), entre otras.

Publicaciones seleccionadas

Mira Bernabéu, Valencia, Generalitat, 1999; Al raso: textos, Granada, la Holografía aplicada a la comunicación de lo intangible, 2004; Mira Bernabéu: espectáculo de saturación, Burriana, Ayuntamiento de Burriana, 2006; Panorama doméstico, Gerona, Fundació Espais d’Art Contemporani, 2007; La genealogía de la consciència, Valencia, Tres i Quatre, 2010; Panorama (New Economy), Madrid, Universidad Complutense, 2011.

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Salvatore Valente

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Salvatore Valente nació en Ostuni (Italia) el 10 de junio de 1960. Comenzó su carrera en los años ochenta, descubrió la pasión por los grupos étnicos del mundo y sobre todo por todas aquellas comunidades que están desapareciendo organizando viajes en busca de poblaciones en peligro de extinción. Durante su crecimiento profesional como fotoperiodista ha realizado varias exposiciones fotográficas, ricas en luces y colores, paisajes naturales, escisiones de la vida cotidiana y la expresividad de las personas que, con sus miradas, cuentan sus vidas.

Definido por muchos como “un cazador de almas” por sus retratos expresivos y comunicativos, es un experto en iluminación profesional, aunque su especialidad es la fotografía de viajes y calle, y sus trabajos han ganado más de 100 premios internacionales como el Survival World Photography Awards (Estados Unidos). Reino), Premios IPA (EE. UU.), Prix de la Photographie (Francia), International Loupe Awards (Australia), International Color Awards (EE. UU.), Premios internacionales de Tokio, premios internacionales de fotografía de Moscú, Premio Unesco en China 2015 y más. En 2019 fue nombrado Embajador de la fotografía italiana en el mundo. La selección de Italia representa a Italia en el WPC 20192020-2022 (Copa del Mundo). Sus obras se exponen en numerosas galerías nacionales e internacionales, incluida la BergeHouse de Londres. Tokio, Atenas.

Algunos de sus mejores trabajos de Tibet, Kajathan, Yunnan, Bolivia y Namibia, este mes Luz y Tinta

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