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Nº 113 - Junio de 2021

Alfonso Zapico dibujante


Mascarillas fuera La mascarilla es como el símbolo, el referente directo de esta pandemia del coronavirus que nos asedia desde hace más de un año. Cuando todo esto pase, y esperemos que sea pronto, la mascarilla será el molesto recuerdo de una situación sanitaria que con el tiempo iremos conociendo en toda su dimensión; una dimensión que no excluye manipulaciones desafortunadas en algún laboratorio. Aunque las causas, que serán muy útiles para los científicos a fin de prevenir situaciones similares, a la gente de a pie, a los que caminamos en las aceras, nos resultan ajenas: lo importante es saber cómo combatir, cómo protegerse, cómo curar esta invasión que en algún momento parecía incontrolable. La mascarilla es un buen ejemplo del desconcierto general en que nos sumió la Covid-19. En un principio, no se aconsejaba y científicos hubo que predicaron en su contra. Con el tiempo fue afianzándose su necesidad y con ella su uso y, al fin, devino obligatoria. Tanto que hoy parece extraño encontrar a alguien en la calle sin ella, a pesar de merecer todos los denuestos, por su incomodidad y por el calor que provoca, sin ir más lejos; y no digamos la molestia que genera en quienes usamos gafas. Personalmente me las veo y me las deseo para controlar el empañamiento, por lo que en la calle suelo andar sin gafas, para evitar andar a tientas. Todos estos inconvenientes y molestias los damos, sin embargo, por bien empleados a cambio de la tranquilidad de saber que, con esa barrera tapando nariz y boca, el virus maldito tiene más dificultades para atacar nuestro organismo. En estos días, cuando la vacunación comienza a ser masiva y caen las cifras de afectados por el Covid, ya comienzan a sonar tambores y rumores que hablan de que a finales de este mes de junio es posible que las autoridades sanitarias españolas permitan desprenderse de la mascarilla en lugares abiertos. O sea, en la calle. Como ya han hecho en otros lugares. Ello acarreará el problema del control personal de andar quitando o poniendo la defensa según se entre o se salga de lugares abiertos y cerrados, de espacios potencialmente contagiosos y espacios libres de virus. Claro que será menos la molestia psicológica de saber cuándo hay que quitársela o ponérsela que la incomodidad permanente de esa mascarilla que ya creíamos eterna. Ojalá las autoridades sanitarias acierten con la medida y, sobre todo, con el tiempo de su aplicación. Será bienvenida la medida, pero pensando siempre en la falta de empatía de quienes siempre tiran por la calle del medio y, cuando se promulgue el uso de la mascarilla en solo interiores, interpretarán que ya no es necesaria en ningún lugar y expondrán a los demás a riesgos fácilmente evitables. Mascarillas fuera, sí, pero con cuidado, que la salud siempre hemos dicho que es importante cuando no toca la lotería y ahora nos ha tocado a todos esta agobiante pedrea. Por favor.

Francisco Trinidad

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Fotografía de Portada: Alain François

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Entrevista a Alfonso Zapico

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José Luis Cuendia. Laura Vignatti

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Gloria Soriano. El negacionista

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Francisco Trinidad. Ojos cerrados

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James Joyce. Eveline

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Laudelino Vázquez. La Serena

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Monchu Calvo. Les Yanes

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Juan Depunto. El tiempo pasa

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Fotos seleccionadas

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Nadima

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Pepe Latas. Técnica ICM

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Angelika Collin

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David du Chemin. Para hacer mejores fotografías...

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Miles Aldridge

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Robert Adams

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Jerónimo Álvarez

PROMOTOR y DIRECTOR DE FOTOGRAFÍA: José Luis Cuendia, «Guendy» DIRECCIÓN, DISEÑO Y MAQUETACIÓN: Francisco Trinidad DIRECTORA DE COMUNICACIÓN: Lola González

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Número Junio de 2021

Reservados todos los derechos de reproducción total o parcial tanto del texto como de las imágenes. Las imágenes están protegidas por las leyes de copyright internacionales. Para cualquier consulta o sugerencia contacte con nuestro correo electrónico info@moldeandolaluz.com moldeandolaluz.com


Fotos del mes

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Human figures. Figuras humanas, por Semy


The photographer Publicado, por kristof browk

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Se avecina una tormenta (falsa), por Guen

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Dados los comentarios que ha generado en Moldeando la luz la exclusión de esta foto como una de las fotos del mes por decisión personal del propio Guendy, la dirección de Luz y Tinta ha decidido publicarla, eso sí, respetando el deseo de su autor y fuera de las fotos del mes. Guendy alega para no incluirla entre las fotos del mes, a pesar de haber alcanzado los puntos necesarios, que “no la he subido porque desde un punto de vista personal no me encontraba complacido, es una foto con mucha postproducción, las nubes no existían el día de la toma, la luna y el rayo tampoco”. No parece haber convencido esta llamada a la post producción como razón de su exclusión entre las mencionadas. Así, Kezzin alega: “Quien piensa que una foto manipulada en postproducción tiene menos valor que una foto más o menos de las llamadas puristas, creo que está en un gran error, es mucho más laborioso artísticamente lo segundo,” razón suficiente para que la incluyamos en estas páginas, a pesar de las protestas que pueda generar en el siempre generoso Guendy. F.T.

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Foto: A lain François

Alfonso Zapico es un dibujante e ilustrador español nacido en Blimea (Asturias, España) y residente en Angulema (Francia). Estudió Ilustración en la Escuela de Arte de Oviedo e Image imprimée en la École nationale supérieure des Arts Décoratifs (ENSAD de París). Desarrolló sus primeros trabajos en el mundo de la prensa y la publicidad, antes de convertirse en autor de cómic. Su primera obra, La guerre du professeur Bertenev obtuvo el Prix Toutain-Autor revelación del Salò del Cómic de Barcelona. En 2012 ganó el Premio Nacional de cómic del Ministerio de Cultura por “Dublinés”. Fue residente en dos ocasiones de La Maison des Auteurs d’Angoulême para desarrollar su proyecto La Balada del Norte, una serie consagrada a la Revolución de 1934 en Asturias, momento clave en la historia del movimiento obrero español y antesala de la Guerra civil. Es ilustrador independiente desde 2004, trabajando para editoriales generalistas y diferentes instituciones. Sus dibujos aparecen regularmente en la prensa regional (La Nueva España o La Cuenca del Nalón) y el magazine literario Librújula. Sus novelas gráficas, escritas originalmente en español, han sido traducidas a varios idiomas (francés, inglés, alemán, italiano, portugués, polaco, sueco, griego, turco, coreano). Desde 2019 es profesor de español (Academia de Poitiers) y enseña aalumnos y profesores las técnicas para utilizar el lenguaje del cómic en clase. Fuente: http://www.alfonsozapico.eu/about.html 8

*** La siguiente entrevista fue realizada por correo electrónico. Desde Luz y Tinta agradecemos la disposición de Alfonso Zapico para esta colaboración.


Entrevista con Alfonso Zapico, dibujante

—¿Cuándo comenzaste a dibujar? —Yo dibujo desde siempre, casi se puede decir que el dibujo es mi lengua materna. En el colegio dibujaba caricaturas en el autobús, en el instituto era el ilustrador de un periódico de estudiantes que no tenía fotos, sino viñetas. He ido arrastrando esa expresión artística hasta convertirla, de alguna forma, en un modo de vida. —¿Cómo se plantea un “guaje de la cuenca” dedicarse al cómic? —Nunca me lo planteé, surgió de la necesidad de contar historias tras mi etapa de estudiante de ilustración en la Escuela de Arte de Oviedo. Veía mi futuro profesional en la ilustración y la publicidad, pero también tenía historias que contar, y el cómic era la herramienta que tenía más a mano para llegar a los lectores. El primer proyecto encontró editor, se convirtió en libro y desde entonces ya no paré. —Y más, ¿cómo llega un chaval de Blimea a establecerse en Francia y trabajar para el mercado francés? —En realidad yo no soy un autor tan “francés”, aunque haya publicado mi primer libro en Francia y viva en Angulema, la ciudad más historietística de Francia.

Página del laureado álbum “Dublinés”

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Viñeta de “Los puentes de Moscú”: “Madina, político socialista que sobrevivió a un atentado de ETA en 2002, y Muguruza, histórico líder de Kortatu y referente musical de Euskadi, compartieron café y conversación mientras el dibujante Alfonso Zapico retrataba el instante en su cuaderno”

Paradójicamente yo estoy muy centrado en el mercado español, publico siempre con Astiberri obras que luego se traducen al francés y otras lenguas, pero no tengo muchos lectores en Francia. Las historias que dibujo llegan sobre todo al corazón de los lectores que leen en español. A Angulema vine con una beca, para realizar un proyecto de libro, y luego me quedé y eché raíces. Soy un emigrante como los de los 70, pero sin la maleta de cartón; ahora soy funcionario y he solicitado el doble pasaporte, así que de aquí ya no me sacan ni con agua caliente. —¿Llegaste al cómic por necesidad expresiva o por exclusión? —En realidad también me gusta escribir, y no creo que se me dé del todo mal; si sólo escribiera quizá también llegaría a mis lectores, pero el dibujo forma parte del lenguaje en el que me expreso mejor (el cómic). Y es una forma de rebelarme contra este prejuicio tan arraigado que presupone que los escritores tienen cosas más serias o más interesantes que contar que los autores de cómic. En nuestro mercado editorial se tiene en más consideración a un escritor malo que a un buen historietista, simplemente por el lenguaje en el que se expresan. Y contra esto luchamos con cada libro. —¿Qué otros dibujantes tienes como referentes? ¿Alguno de ellos te ha influido especialmente? —Muchos clásicos, españoles o extranjeros: los autores de la Escuela Bruguera, Ibáñez, Jan, los franceses del álbum franco-belga… Por Tintin y Astérix hemos pasado todos. Últimamente, Jacques Tardi. —Empezaste en el cómic con una biografía de Joyce, escritor irlandés, y andas actualmente con la actuación de los mineros asturianos en una revolución. ¿Cómo ha sido ese camino, ese salto temático? ¿Qué ha mediado para pasar de una biografía personal a una colectiva? —Supongo que el detonante ha sido el cambio de país. “Dublinés” era el proyecto con el que llegué a Francia, y que ganó el Premio Nacional en 2012. En ese momento decidí que abandonaba los escenarios exóticos y las historias ajenas para centrarme en lo propio, justo en el momento en el que emigraba y cerraba la última

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Casi se puede decir que el dibujo es mi lengua materna. A lfonso Zapico

mina de carbón. “La balada del norte” ha sido una forma un poco egoísta de no irme del todo, de seguir con un pie en la Cuenca minera, y rescatar una historia olvidada. —Tu “Balada del Norte” es una ambiciosa reconstrucción gráfica de la revolución del 34 en Asturias, con un acusado rigor histórico. ¿De dónde te viene ese interés? —El interés es rescatar la memoria y compartirla con lectores a los que ese escenario (la Cuenca minera) les suena muy lejano en el tiempo y en el espacio. Es verdad que había algo anacrónico en la vida de los valles mineros, que son un territorio muy peculiar. Pero había también muchas historias que merecían la pena contarse aunque sucedieran en mitad de una revolución o una guerra. Lo peor que les puede pasar a los valles mineros de Asturias tras el cierre de los pozos es que los olviden. Así que los que venimos de allí ponemos de nuestra parte para recordar. —Tengo la sensación de que utilizas la historia como espejo de la actualidad. ¿Hasta qué punto es cierto? —Bueno, hay algunos paralelismos que he visto mientras dibujaba algunos capítulos (empecé a dibujar el primer tomo en 2013 y estamos en 2021). El hartazgo de los trabajadores, las desigualdades sociales, la proclamación de la República catalana, la inflamación de un país que lanza a la gente a los extremos y la sombra lejana del Fascismo en Europa son trocitos de historia que he rescatado para incrustarlos en las viñetas del libro. Pero su eco parece sonar en los tiempos que nos toca vivir, con más o menos fuerza. —La minería asturiana ha llegado a su fin y tu generación es la primera que no tiene la minería como principal opción de empleo. ¿Cómo ves esto desde fuera de España y cómo lo sientes cuando vuelves a Asturias? —Casi finiquitada la industria, nos queda la identidad, y todas las herramientas sociales de las que este territorio dispuso durante generaciones (solidaridad, ayuda mutua, empatía, capacidad de integración…) para sobreponerse a todas las dificultades. Si las Cuencas tienen que vivir de la informática, de los servicios o del turismo rural, el tiempo lo dirá. Lo interesante sería renovar el modelo económico manteniendo todos los valores que nos dejó la minería para construir una sociedad modélica en cuanto a no dejar atrás a los más débiles y a la capacidad de actuar colectivamente. El mundo de hoy tiende a lo individual, a un asociacionismo raquítico y residual, justo lo contrario de lo que eran las Cuencas mineras. —¿Crees que el recuerdo de la minería es todavía una de nuestras señas de identidad? —Es lo que nos explica como sociedad, lo que nos permite situarnos en el mundo y entenderlo (y que nos entiendan). Cualquier “guaje” que se haya criado en la Cuenca y luego haya ido a parar, por caprichos del destino, a Valladolid, a Dusseldorf o a Lima, tendrá siempre una referencia inevitable en la sociedad peculiarísima en la que se crio. Las minas de carbón y todo lo que había a su alrededor transformaron a la gente que trabajaba en ellas y a sus familias, y a la gente que allí vivía, y hasta a la que pasaba por allí de casualidad. Hay que decir que no todos nos fuimos, muchos siguen allí. Entre los de fuera y los de dentro velamos por ese recuerdo y esas señas de identidad. Se nos ve lejos. —Por último, ¿qué proyectos tienes en cartera actualmente? ¿Alguno al margen del cómic y de Asturias? —Estoy terminando el cuarto y último libro de “La balada del norte” y la mitad del tiempo soy profesor en un colegio cerca de Angulema, así que de aquí a 2022 ya tengo la agenda resuelta. *** 12

Para una mayor información: alfonsozapico.eu


Página del tercer volumen de “La balada del Norte”

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Laura Vignatti

José Luis Cuendia “Guendy”

Nació un 3 de septiembre en Videla, Santa Fe, hija de Gerardo Vignatti y Analía Derghon, siendo la segunda de cuatro hermanos (Ileana, Laura, Andrés y Bruno).​ Aficionada desde niña a las telenovelas mexicanas. Estudió diseño de moda y tiempo después se inscribió en un seminario de actuación. A las dos semanas se radicó en Madrid y se anotó en otro seminario de actuación.​ Su primera aparición en televisión fue con una participación breve en la telenovela Qué bonito amor del productor Salvador Mejía en 2012. Posteriormente en el unitario Como dice el dicho, y en Lo imperdonable. En 2016 se integra al elenco de Sueño de amor e interpreta a Anastasia, una de las antagonistas de la historia, donde compartió créditos con Renata Notni, Santiago Ramundo, Julián Gil y Osvaldo de León. En 2017 coprotagoniza la telenovela Mi marido tiene familia, junto a José Pablo Minor, Zuria Vega y Daniel Arenas. Un año más tarde vuelve a interpretar el personaje de Daniela Córcega de Mussi en la segunda temporada de la telenovela Mi marido tiene familia esta vez con el título Mi marido tiene más familia. En 2019 se integra a la obra de teatro Aristemo el musical nuevamente interpretando a Daniela Córcega de Mussi. A mediados de ese año tiene una participación especial en la serie de televisión Juntos el corazón no se equivoca, interpretando al mismo personaje. Luego se integra al elenco de la segunda temporada de la serie Sin miedo a la verdad protagonizando tres capítulos con el personaje de Alicia en el episodio «Rehenes». El mismo año confirmó su actuación en la nueva producción de televisa Soltero con hijas, bajo la producción de Juan Osorio con el personaje de Ileana Barros Telenovelas La mexicana y el güero (2020) - Sofía de Nava5​ Soltero con hijas (2019/20) - Ileana Barrios Sánchez6​ Mi marido tiene familia (2017/19) - Daniela Córcega Gómez7​ Sueño de amor (2016) - Anastasia Limantour Las amazonas (2016) Lo imperdonable (2015) - Susana Como dice el dicho (2013/14) - 2 episodios; Explicación no pedida (2014) - Casandra Amor y odio... (2013) Por siempre mi amor (2013) Qué bonito amor (2012) Series Juntos el corazón nunca se equivoca (2019) - Daniela Córcega Gómez​ Sin miedo a la verdad (2019) - Alicia Teatro Aventurera (2017) - Dolores Aristemo el musical (2019) - Daniela Córcega Gómez Programas Noches con Platanito (2015) - Ella misma - Invitada

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Películas Ladies Nice (2013) - Güera


Laura Vignatti Es la segunda vez que tengo la oportunidad de fotografiar a una actriz que triunfa en el cine y la televisión y a la vez como cantante. La primera fue Ana Belén. A mediados de los años 80 dieron un memorable concierto en la plaza de toros de Gijón, ella y su compañero y esposo Víctor Manuel. El pintor asturiano Miguel Ángel Lombardía, con él que en aquella época teníamos una sociedad “TRASLAVIESCA”, con la intención de edificar un hotel a las afueras de El Condado (pero esa es otra historia); Lombardía, digo, me llevó a disfrutar del citado concierto y se las ingenió para introducirme en el camerino de Ana Belén, pues era un gran amigo de la artista madrileña y del cantautor asturiano. De este manera pude hacer unas fotos a Ana, momentos antes de que la plaza se viniera arriba al comenzar el concierto con “La muralla” de Quilapayún. Las fotos duermen junto a otras, en las miles de cajas de diapositivas apiladas en armarios comprados especialmente para guardarlas junto a los álbumes de negativos de blanco y negro y color, esperando esa más que anunciada limpieza del polvo y me temo que hasta moho. Y es que pensaba que con la prejubilación habría tiempo para ello, pero el tiempo va pasando y sigue siendo una asignatura pendiente a la que cada vez recelo más presentarle cara. Quien me iba a decir que a estas altura estaría más escaso de tiempo que cuando dirigía el grupo de empresas de ALCOTAN. La segunda “cantante” y “artista de cine y televisión” que he fotografiado ha sido Laura Vignatti, y tenía ganas de conocerla pues ya la tenía muy estudiada, pues como director de fotografía del corto “Un año después” me encargué también del etalonaje

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de la peli, así que fueron muchas horas viendo su imagen en el DaVinci Resolve, la grabación de sus imágenes corrieron a cargo de Televisa-Mexico, por ello, la conocía bien, pero de forma virtual a través de la película que nos enviaron para el montaje y ensamblaje con lo rodado aquí en Asturias. Con motivo del rodaje de “En busca de la rubia platino” que dirige el actor y director asturiano Eduardo Castejón, Laura Vignatti viajo de México a Oviedo para rodar en escenarios asturianos. Este corto pretende convertirse en largo el próximo año y para ello está interesado el director y guionista americano J. David Shapiro, director de We Married Margo con Kylie Bax, Kevin Bacon, Tom Armold y Cindy Craford entre otros. Guionista de Battlefield Earth, con John Travolta, Barry Pepper y Forest Whitaker entre otros. Las locas aventuras de Robin Hood que dirigió Mel Brooks y cuyo guión es de J.David Shapiro. “En busca de la rubia platino” es mi segundo corto como director de fotografía, se terminó de rodar el pasado mes con los actores, quedan algunas escenas de exteriores, el montaje y etalonaje, se prevé que este terminado para el próximo otoño. Y a principios de julio comienza mi tercera experiencia de rodaje con “El hijo” que también dirigirá Eduardo Castejón siendo compañero de reparto con Pepe Ruiz y Pedro G Marzo. De los seis días que Laura Vignatti estuvo en Asturias con motivo del rodaje “En busca de la rubia platino”, he tenido el placer y la suerte de que me dedicara seis de sus preciadas horas. Llegó a mi estudio a las 12 de la mañana, se trababa de hacer unas fotos que nos sirvieran posteriormente para la elaboración del cartel de la película, y lo que comenzó con esa idea terminó con un “shooting fashion” en toda regla, cuando quisimos darnos cuenta estaban a punto de dar las 18:30 horas. Cuando se trabaja con una profesional como Laura, es como saborear el estado puro de la fotografía del modelaje, consiste en algo más que en una serie de poses, el tiempo se detiene, el cansancio se va atesorando poco a poco, pero tanto modelo como fotógrafo hacen lo que les gusta no nos damos cuenta del agotamiento hasta el día siguiente. Para que las cosas salgan bien, contribuye de forma especial la modelo que sabe mantener una actitud positiva y útil, en el caso de Laura creo que una cualidad innegable, todo fue efectividad, mucha seguridad en si misma y nada de ego. En la medida que nos fuimos compenetrando las fotos y las ideas brotaban solas. Supongo que en la vida de los artistas y cantantes como es el caso de Laura donde se dan las dos circunstancias, no todo debió de ser un camino de rosas; sospecho que habrá tenido que experimentar algún que otro fracaso antes de llegar al lugar que ocupa hoy en la televisión mexicana, pero cuando se tiene muy claro lo que se persigue, cuando se lucha, y se trabaja duro sin perder el norte, comprendo como se puede hacer un nombre propio, como es el caso de Laura Vignatti. Solo fueron 6 horas, pero me queda el recuerdo de haber trabajado con una gran persona y excelente profesional. Es evidente que Laura no necesitaba shooting, tiene excelentes fotos y videos realizados por grandes profesionales, pero en mi modesto estudio se portó como si le fuera la vida en ello, desde el primer momento hizo todo lo que estaba a su alcance para facilitarme el trabajo. Una profesional como ella no necesita muchas instrucciones, por ello, por su flexibilidad y adaptación la sesión se desarrolló sin interrupciones ni retrasos. A penas había tenido tiempo para descansar del viaje de México al Principado de Asturias, pero en ningún momento se le vio ni cansada ni exhausta, como bien se podrá ver reflejado en la expresión y presencia que muestran sus fotos. Sinceramente me quedo gratamente impresionado tanto por su imagen como por su gran profesionalidad. Así da gusto trabajar. Espero que el proyecto de “En busca de la rubia platino” se convierta en un largometraje y podamos volver a trabajar juntos de nuevo. Hasta entonces, le deseo siga cosechando éxitos en México.

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Gloria Soriano

Foto: Isadora del Valle

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El negacionista Le pregunté cómo había llegado a ese conocimiento tan profundo, me dijo que leyendo, y me recordó a Don Quijote en lucha contra gigantes. La tecnología y las mentiras eran los monstruos modernos de los que había que proteger al mundo. A su lado, yo, Sancho Panza. Estaba pasando unos días en su casa cuando sorprendido por un endurecimiento de las medidas de alerta, me quedé allí confinado. Nos turnábamos para sacar a Toby, yo siempre con la mascarilla recomendada por los expertos. A su entender, mi obediente credulidad era señal de ignorancia, y en su mirada notaba conmiseración. Al llegar a casa, tras dar unas vueltas con el perro, mi amigo llenó las tazas de café y nos sentamos a desayunar. —Eso que te tapa la boca embrutece tu pensamiento— me dijo mientras me apuntaba con el dedo. —No, no. Eso mata virus y bacterias. Me miró con los ojos a punto de saltar fuera del trazo maquillado, un tizne que de tanto pintarlo parecía de nacimiento. En cierto modo lo era. Desde que llevaba los párpados de negro (me explicó que le ayudaban a enfocar), se había convertido en otro. Cuando me puse de pie con el pretexto de ventilar la habitación, pude sentir sus ojos enardecidos flotando sobre mis escápulas. Estaba a punto de abrir la ventana y pensé que si en un movimiento rápido me inclinaba hacia adelante, saltarían al vacío. Yo no quería que sucediera algo así. Me demoré un poco en girar la manilla, pretendía dar tiempo para que los ojos regresaran a sus cuencas. Cuando me volví respiré con alivio. Sus pupilas brillaban con la luz de una verdad para él incuestionable. Mirando al techo, abrió los brazos, implorante. Después los bajó hasta cubrirse con ellos la cabeza. Con la espalda recta y las manos sosegadas de nuevo, dijo: —Amigo mío, ese gas que impregna las mascarillas también mata las neuronas, y amansa a los que se han de vacunar. Todo está pensado para poner fin al libre albedrío, para acabar con la raza humana. Continué escuchando sus elucubraciones y me dejé llevar a su mundo apocalíptico que incluía el convencimiento de la implantación de microchips. —Puedo ver en los brazos de los ya vacunados un circuito con transistores. Las señales que emiten los internan en lo oscuro hasta hacerlos caer en el abismo. De allí emerge un hombre sin humanidad. A mí nadie me engaña. Cuando anocheció subimos a la azotea y apagamos las luces para mirar el cielo. La casa estaba lejos de la ciudad y no había luna. Donde yo identificaba constelacio-

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© Pixabay

nes, él percibía una inquietante obra de construcción, un nuevo orden en el universo. Me dolía el cuello y dejé de mirar estrellas para observarle. Con su blusón negro hasta las rodillas, en aquella oscuridad, solo distinguía su cabeza: una tez pálida con dos puntos brillantes que se movía de un lado a otro como si no tuviera asiento.

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Por fín un día pudimos ir a la ciudad, yo con doble mascarilla, él a cara descubierta. Entre la avenida comercial Carrasco y el parque Benengeli había una glorieta con tenderetes de libros, y algún cliente merodeando. En una caseta más concurrida, el vendedor anunciaba mascarillas. El comerciante tenía la vista puesta en nosotros cuando dijo: — ¡Eh, señor!, está de suerte, las tengo en color negro antialérgicas, amorosas, perfumadas. En los ojos de mi amigo volvieron a refulgir chispas. En un par de zancadas se subió al primer banco. Me quedé mirándole como si mirara una estrella. Sus palabras estallaron atronadoras y la gente hizo corro en torno a él. —No os dejéis engañar, la pandemia no existe, es una invención de científicos sin ética al servicio del poder, solo buscan infundir miedo entre la población, que hombres, mujeres y niños, ordenados en mansas filas, se acerquen a recibir la inyección del microchip que llaman vacuna. No os dejéis engañar, si no ponemos remedio, el ser humano será robotizado. El vendedor de mascarillas, que se había quedado sin clientes, gritaba enfurecido: no le escuchéis, es un maldito negacionista. De repente a mi amigo se le quebró la voz. Movía los labios sin emitir sonido alguno y gesticulaba sin parar. El público se fue marchando. Él aún siguió un rato de pie en el banco con la expresión de un perro rabioso, la mirada clavada en la copa de un árbol. Mientras yo buscaba entre las hojas lo que él veía, sonó un golpe, había saltado a tierra. Echó a andar tan deprisa que tuve que pasar un semáforo en rojo para no perderlo. Cuando conseguí ponerme a su lado le escuché salmodiar están por todas partes, están por todas partes. Había recobrado la voz, pero no parecía la suya. Ya mejorará, pensé, él no necesita mascarillas, ni vacunas. Me sorprendí de estos pensamientos, pues yo no creía en teorías conspiratorias. Nos detuvimos al borde de una fuente. Los chorros subían con fuerza y al caer, las gotas rompían contra la piedra y el agua volaba. Respirar aquel aire nos cargó de positividad. El resto del día transcurrió tranquilo, parecía sacado de aquellos años en que después de una intensa ruta en bicicleta, nos sentábamos ensimismados a ver la puesta de sol.

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Al poco de vacunarme me di un golpe en el pie que me tuvo cojo durante algún tiempo. A cada paso él me repetía mírate, convertido en un mecano, no digas que no te avisé. Intenté explicarle la razón de mis andares pero me interrumpió.


—Bobadas, bobadas. Miedo me das. Y pena. Empezó a hacer observaciones sobre mi transformación: que tienes los ojos más vidriosos, que las orejas te han crecido, que el cráneo se te ha estrechado, que ese giro de muñeca te chirría, que tu voz suena a metal. Ante el espejo yo no me notaba ningún cambio, pero de noche soñaba que era la réplica de lo que él describía, y me despertaba el crujido de mis articulaciones al cambiar de postura. Cuando recuperé la movilidad, el siguió mirándome como si cojeara. Continué a su lado. Andábamos sin más compañía que la de Toby. Aislado en sus teorías, persistía en su empeño por salvar al mundo de una amenaza tergiversada que me hacía reflexionar. Una noche oscura, mirando al cielo, entre Andrómeda y Casiopea vi desfilar un hormiguero de luces y tuve que darle la razón: en el Universo había un nuevo orden.

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© imagen Freepik.com

Primero fue un dolor de cabeza. Después la tos, falta de aire y lo demás. Hubo que ingresarlo. Tiene delirios de fiebre, me decían las enfermeras que dentro de aquellos trajes parecían mujeres de otro mundo: la carne y los huesos amorfos; la cabeza sin pelo, sin boca, los ojos plastificados. Yo les entregaba cartas para que se las leyeran, le decía que esa cosa que no existe jamás lo podría vencer. Y me lo creía. Seguí creyéndolo cuando salió del hospital, apagado y sin maquillaje. Protegido con mi vacuna, le pinché con lo que él siempre había dicho, la pandemia no existe, amigo mío. Quería hacerle volver a su realidad, sacarlo de su mutismo. Por fin habló. Me pidió disculpas: —Siento mucho haber sido tan insensato, he puesto tu vida en peligro. —No te vayas a confundir ahora —le contesté— tú no eres el peligro, tú me has abierto los ojos. Tenías razón. En estos días he recordado mucho tus palabras mientras observaba los cambios que se están produciendo. — ¡Yo me equivocaba! Parecía fatigado y nos quedamos en silencio. Pensé en el efecto demoledor de perder las ideas que te construyen. A él se las habían borrado en el hospital. Tenía que ayudarle a recuperarlas.

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Fotos: Guendy

Francisco Trinidad

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Ojos cerrados

Durante quince años regenté una pequeña tienda de fotografía en un barrio olvidado de esta ciudad; pero, a pesar de lo pequeño del local y a pesar de lo alejado del barrio, pude sobrevivir sin mayores agobios y pagar mis facturas sin sobresaltos. A base de fotocopias, revelados y rollos de fotografía se equilibraba el presupuesto mensual y me permitía mantener actualizados mis equipos y hacer de vez en cuando alguna excursión fotográfica para nutrir las quince exposiciones que hasta ahora he realizado y que no han pasado desapercibidas. Claro que una de mis fuentes de ingresos más eficiente fue la de la realización de fotos de carnet, tanto para el de identidad como para el de conducir. Raro era el día que no tenía un par de encargos que no daban excesivo trabajo y que dejaban unas pesetas en la caja. Pero, además, durante los últimos diez años más o menos, todas las fotos de carnet me servían para engrosar un álbum que empecé de casualidad y en los últimos tiempos se convirtió en una obsesión. A todos los que les hacía la foto de carnet les pedía que cerraran los ojos y les hacía un par de fotos. Algunos clientes me preguntaban que para qué tenían que cerrar los ojos y, con una respuesta que tenía muy ensayada, les decía que era para comprobar las luces. Algunos insistían en sus preguntas y entonces cerraba el tema con una salida que les descolocaba finalmente: “Cada uno tiene sus trucos”, les soltaba. Pero lo cierto es que acababa revelando aquellos retratos con los ojos cerrados y sacando unos contactos que en principio fueron a engrosar una carpeta sin destino hasta que hace un par de meses se me ocurrió rescatarla. Como se puede fácilmente adivinar, tenía archivadas miles de fotografías. No las conté, pero seguramente pasarían de las tres mil. Comencé a repasarlas, descartando las que a muy simple vista destacaban fallos de enfoque o de la expresión de los propios retratados. Mientras repasaba foto por foto fui recordando algunos detalles de aquellas que había hecho sin saber para qué y que ahora me servían para pespuntear parte de mi actividad como fotógrafo de barrio.

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Eran cientos y cientos de fotos. Unas no me decían nada: era un simple rostro con los ojos cerrados, como tantos que estaba viendo. Otras en cambio, y a pesar del paso del tiempo, me recordaban el momento en que las hice o alguna anécdota o particularidad: aquel niño que venía acompañado de su abuelo, un viejo quejoso que no paraba de toser; o la embarazada que cerraba los ojos con aburrimiento; o aquella pareja de novios que entraron besándose y se fueron besuqueándose y no pararon de besarse con los ojos mientras yo hacía las fotos, incluso con los ojos cerrados. Fui apartando las fotos que me parecían más expresivas: unas por la expresión del rostro —soñadora, huraña, evocadora, perpleja…—; otras por la propia linealidad del gesto; algunas por el contraste de un bello semblante que ocultaba los ojos y otras porque me parecía que rompían un poco la monotonía general, quizás más acusada por la imagen mil veces repetida de los ojos cerrados. Tras un primer pase me quedé con más de ciento cincuenta contactos, que volví a repasar y dejé en unos ochenta que positivé en blanco y negro y en un tamaño de octavilla y que volví a repasar otras dos o tres veces hasta quedarme con las cuarenta y cinco que acabaron integrando mi más reciente exposición. El primero que vio tal selección de fotos, ya ampliadas y enmarcadas con un sencillo paspartú gris perla y un marco en perfil de aluminio negro, fue el dueño de la galería, Tobías Salcedo, un viejo amigo con el que he colaborado toda la vida y que ha expuesto mis fotografías en más de una ocasión, procurándose —y procurándome, no debo olvidarlo— buenos beneficios, pues mis fotos acababan vendiéndose en su mayoría con destinos diversos, desde bares a centros culturales y desde museos a colecciones particulares. Al principio me miró extrañado, de reojo, mientras pasaba foto por foto, todas iguales, todas tan distintas si se miran una a una y en conjunto; según avanzaba en el repaso, me miraba cada vez más asombrado y con una sonrisilla temblorosa, hasta que finalizó el recorrido por aquella colección de ojos cerrados y, satisfecho, me dijo: “Nunca lo hubiera imaginado, pero esto es un acierto. Creo que no se venderá ni una, pero daremos el campanazo artístico”. Y luego, como era habitual en él, se echó a rodar por el tobogán de una verborrea insaciable: comenzó a hablar de plazos y fechas, del catálogo y su publicidad, de la luz más conveniente

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y del tiempo que debería estar abierta la exposición y convinimos en que, para la inauguración, podríamos invitar a Cecilio Cortina, reputado crítico fotográfico que en más de una ocasión se ha ocupado de mi obra y que seguramente estaría dispuesto a colaborar en el evento. Mes y medio más tarde estábamos inmersos de lleno en el montaje. Estudiamos una a una la ubicación de las fotos, para que no se repitieran los gestos; cambiamos todas las bombillas de la iluminación para darle un tono cálido a la sala y, cuando ya estaban todas las fotografías colgadas, decidimos bajarlas unos 10 centímetros para que las miradas de los espectadores —o al menos la mayoría de ellos— quedaran a la altura de los ojos cerrados. Cuando me disponía a darle el visto bueno, se me ocurrió una última idea que no comuniqué a mi amigo Tobías hasta el día siguiente. En el centro de la sala había una columna totalmente cuadrada, de casi un metro de lado y pintada de blanco crudo, que alguna vez habíamos utilizado para colocar alguna foto o la presentación del catálogo. Se me ocurrió que en cada una de sus caras podía poner una foto, aún no sabía cuál ni porqué, era pura intuición. Así que me metí en mi archivo de contactos y comencé a pasar hoja por hoja, hasta que vi claro que lo que buscaba era una foto de alguien con los ojos abiertos, muy abiertos, como invitando a los rostros de ojos cerrados que tenía enfrente a abrir los suyos y contemplar el mundo. Luego fue fácil. Sabiendo lo que buscaba no me costó encontrar una niña de ojos muy abiertos. Recorté todo hasta dejar solamente los ojos y la nariz, en blanco y negro. Una mirada neutra, pero de niña, acentuando con su belleza el contraste que podía suponer en el centro de la sala aquella mirada cuatro veces repetida. Mi amigo Tobías, a la mañana siguiente, no daba crédito a las cuatro copias que había recogido en el laboratorio. Pasó una por una, mirando alternativamente a las fotos y a la sala y, cuando las tuvimos enmarcadas y colgadas en aquella columna central, comenzó a dar vueltas a la sala, estudiando su efecto desde distintos ángulos hasta que por último se encaró conmigo, me dio un abrazo y comenzó a reír de un modo irracional: “Esto sí que no lo hubiera imaginado jamás. Estás completamente loco”. Y reímos los dos, rodeados de aquellos pares de ojos que nos miraban a ciegas.

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James Joyce

James Joyce Nació el 2 de febrero de 1882 en Dublín. Hijo de un funcionario, cursó estudios con los jesuitas y en la Universidad de Dublin conoce a Nora Barnacle, su futura esposa. Salieron por primera vez juntos el 16 de junio de 1904, la fecha en la que condensa toda la acción de Ulises, su obra maestra, delimitada en las 24 horas de un día. Junto a sus dos hijos vivieron en Trieste, París y Zürich. Se casaron el 4 de julio de 1931, un año antes de que su hijo George les diera un nieto al que llamaron Stephen, y de que su hija Lucía sufriera su primer ataque de esquizofrenia. En 1907 sufrió un ataque de iritis, enfermedad que casi le dejó ciego. Tras veinte años en París, se trasladó a Zürich, donde moriría el 13 de enero de 1941. https://www.casadellibro.com/ libros-ebooks/james-joyce/33

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Eveline

Sentada ante la ventana, miraba cómo la noche invadía la avenida. Su cabeza se apoyaba contra las cortinas de la ventana, y tenía en la nariz el olor de la polvorienta cretona. Estaba cansada. Pasaba poca gente: el hombre de la última casa pasó rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de sus pasos en el pavimento de hormigón y luego los oyó crujir sobre el sendero de grava que se extendía frente a las nuevas casas rojas. Antes había allí un campo, en el que ellos acostumbraban jugar con otros niños. Después, un hombre de Belfast compró el campo y construyó casas en él: casas de ladrillos brillantes y techos relucientes, y no pequeñas y oscuras como las otras. Los niños de la avenida solían jugar juntos en aquel campo; los Devine, los Water, los Dunn, el pequeño lisiado Keogh, ella, sus hermanos y hermanas. Sin embargo, Ernest jamás jugaba: era demasiado grande. Su padre solía echarlos del campo con su bastón de ciruelo silvestre; pero por lo general el pequeño Keogh era quien montaba guardia y avisaba cuando el padre se acercaba. Pese a todo, parecían haber sido bastante felices en aquella época. Su padre no era tan malo entonces, y, además, su madre vivía. Hacía mucho tiempo de aquello. Ella, sus hermanos y hermanas se habían transformado en adultos; la madre había muerto. Tizzie Dunn había muerto también, y los Water regresaron a Inglaterra. Todo cambia. Ahora ella se aprestaba a irse también, a dejar su hogar. ¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los objetos familiares que durante tantos años había limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los cuales jamás hubiera supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared, sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste mostraba la fotografía a su visitante, agregaba de paso: —En la actualidad está en Melbourne. Ella había consentido en partir, en dejar su hogar. ¿Era prudente? Trató de sopesar todas las implicaciones de la pregunta. De una u otra forma, en su hogar tenía techo y comida, y la gente a quien había conocido durante toda su existencia. Por supuesto que tenía que trabajar mucho, tanto en la casa como en su empleo. ¿Qué dirían de ella en la tienda, cuando supieran que se había ido con un hombre? Pensarían tal vez que era una tonta, y su lugar sería cubierto por medio de un anuncio. La señorita Gavan se alegraría. Siempre le había tenido un poco de tirria y lo había demostrado en especial cuando alguien escuchaba. —Señorita Hill, ¿no ve que estas damas están esperando? —Muéstrese despierta, señorita Hill, por favor. No lloraría mucho por tener que dejar la tienda.

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Pero en su nuevo hogar, en un país lejano y desconocido, no sería así. Luego se casaría; ella, Eveline. Entonces la gente la miraría con respeto. No sería tratada como lo había sido su madre. Aún ahora, y aunque ya tenía más de 19 años, a veces se sentía en peligro ante la violencia de su padre. Ella sabía que eso era lo que le había producido palpitaciones. Mientras fueron niños, su padre nunca la maltrató, como acostumbraba a hacerlo con Harry y Ernest, porque era una niña; pero después había comenzado a amenazarla y a decir que se ocupaba de ella sólo por el recuerdo de su madre. Y en el presente ella no tenía quién la protegiera: Ernest había muerto, y Harry, que se dedicaba a decorar iglesias, estaba casi siempre en algún punto distante del país. Además, las invariables disputas por dinero de los sábados por la noche comenzaban a fastidiarla sobre manera. Ella siempre aportaba todas sus entradas —siete chelines— y Harry enviaba sin falta lo que podía; el problema era obtener algo de su padre. Éste la acusaba de malgastar el dinero, decía que no tenía cabeza y que no le daría el dinero que había ganado con dificultad para que ella lo tirara por las calles; y muchas otras cosas, porque generalmente él se portaba muy mal los sábados por la noche. Terminaba por darle el dinero y preguntarle si no pensaba hacer las compras para el almuerzo del domingo. Entonces ella debía salir corriendo para hacer las compras, mientras sujetaba con fuerza su bolso negro abriéndose paso entre la multitud, para luego regresar a casa tarde y agobiada bajo su carga de provisiones. Le había dado mucho trabajo atender la casa y hacer que los dos niños que habían sido dejados a su cuidado fueran a la escuela regularmente y comieran con la misma regularidad. Era un trabajo pesado —una vida dura—, pero ahora que estaba a punto de partir no le parecía ésa una vida del todo indeseable. Iba a ensayar otra vida; Frank era muy bueno; viril y generoso. Ella se iría con él en el barco de la noche, para ser su mujer y para vivir juntos en Buenos Aires, donde él tenía un hogar que aguardaba. Recordaba muy bien la primera vez que lo había visto; había alquilado una habitación en una casa de la calle principal; y ella solía hacer frecuentes visitas a la familia que vivía allí. Parecía que hubieran transcurrido sólo pocas semanas. Él estaba en la puerta de la verja, con su gorra de visera echada sobre la nuca, y el pelo le caía sobre el rostro bronceado. Así se conocieron. Él acostumbraba encontrarla a la salida de la tienda todas las tardes, y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La Niña Bohemia, y ella se sintió endiosada al sentarse junto a él en las butacas más caras del teatro. Él tenía gran afición por la música y cantaba bastante bien. La gente sabía que estaban en relaciones y, cuando él cantaba la canción de la muchacha que ama a un marino, ella se sentía siempre agradablemente confusa. Él, en broma, la llamaba “Poppens” (amapola). Al principio, para ella resultó emocionante tener

un amigo, y luego él comenzó a gustarle. Conocía relatos de países distantes. había comenzado como grumete por una libra mensual en un barco de la Altan Lines que iba al Canadá. Le nombró los barcos en los que había trabajado y enumeró las diversas compañías. Había navegado a través del estrecho de Magallanes, y relató anécdotas de los terribles indios patagones; tuvo suerte en Buenos Aires, dijo, y sólo había vuelto a su patria para pasar las vacaciones. Naturalmente, el padre de ella se enteró, y le prohibió, terminantemente, continuar tales relaciones. —Conozco a esos marineros… —dijo. Un día, su padre discutió con Frank, y después de eso ella tuvo que encontrarse en secreto con su enamorado. La tarde se oscurecía en la avenida. La blancura de las dos cartas que tenía sobre el regazo se iba desvaneciendo. Una de las cartas era para Harry. Su padre había envejecido últimamente, según había notado; la extrañaría. A veces se portaba muy bien. No hacía mucho, una vez que ella debió permanecer en cama durante un día, él le había leído en voz alta una historia de fantasmas y le había preparado tostadas sobre el fuego. Otro día, cuando su madre aún vivía, fueron a merendar a la colina de Howth. Recordaba a su padre poniéndose el sombrero de la madre para hacer reír a los niños. El tiempo transcurría, pero ella continuaba sentada junto a la ventana con la cabeza apoyada en la cortina, aspirando el olor de la polvorienta cretona. Lejos, en la avenida, podía oír un organillo callejero. Conocía la melodía. Era extraño que justo esa noche volviera para recordarle la promesa hecha a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la última noche de enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro cuarto situado del otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una melancólica canción italiana. Dieron al organillo seis peniques para que se alejara. Recordó la exclamación de su padre, cuando volvió al cuarto de la enferma. —¡Malditos italianos! ¡Ni siquiera aquí nos dejan en paz! Mientras meditaba, la lastimosa visión de la vida de su madre trazaba una huella en la esencia misma de su propio ser; aquella vida de sacrificios intrascendentes que desembocó en la locura final. Se estremeció mientras oía otra vez la voz de su madre repitiendo una y otra vez, con estúpida insistencia, las voces irlandesas: —¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun Seraun! Se puso de pie con súbito impulso de terror. ¡Escapar, debía escapar! Frank la salvaría. Él le daría vida, tal vez amor también. Pero deseaba vivir. ¿Por qué había de ser desgraciada? Tenía derecho a ser feliz. Frank la tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. La salvaría. *** Estaba en medio de la movediza multitud, en el muelle del North Wall. Él la tenía de la mano, y ella sabía que él le hablaba, que le decía con


Portada del álbum de Alfonso Zapico que recrea la biografía de Joyce. Premio Nacional de Cómic 2012 insistencia algo acerca del pasaje. El muelle estaba lleno de soldados con mochilas pardas. A través de las abiertas puertas de los galpones, entrevió la masa negra del barco, inmóvil junto al muelle y con los ojos de buey iluminados. No respondió. Sentía sus mejillas pálidas y frías y, desde un abismo de angustia, rogaba a Dios que la guiara, que le señalara su deber. El barco lanzó una larga pitada fúnebre en la niebla. Si se iba, mañana estaría en el mar, con Frank, rumbo a Buenos Aires. Sus pasajes habían sido reservados. ¿Podía volverse atrás, después de todo lo que Frank había hecho por ella? La angustia le produjo náuseas, y siguió moviendo los labios en silenciosa y ferviente plegaria. Sonó una campana, que le estremeció el corazón. Sintió que él la tomaba de la mano. —¡Ven! Todos los mares del mundo se agitaron alrededor de su corazón. Él la conducía hacia ellos, la ahogaría. Se tomó con ambas manos de la verja de hierro. —¡Ven! ¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron al hierro, frenéticamente. Desde el medio de los mares que agitaban su corazón, lanzó un grito de angustia. —¡Eveline! ¡Evy! Él se precipitó detrás de la barrera y le gritó que lo siguiera. La gente le chilló para que él continuara caminando, pero Frank seguía llamándola. Ella volvió su pálida cara hacia él, pasiva, como animal desamparado. Sus ojos no le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de reconocimiento.

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¿Dónde estás, Miguel Miralles?, VI Resumen: Después de viajar a lomos del Cuélebre, Miguel Miralles ha despertado en la cueva de La Serena. Mientras, su mujer y su amigo siguen devanándose los sesos con el móvil aparecido de la nada.

Laudelino Vázquez

Robert Jonhson

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Senderos de montaña Mingo se había quedado medio dormido repasando los últimos movimientos del móvil de Miguel: en la última hora las letras se deslizaban por la pantalla adquiriendo vida propia; saltaban de un lado a otro, se mezclaban como si estuvieran aprendiendo un baile enloquecido, en el que él intentaba aprender los pasos con una E que tropezaba constantemente. —¿Eh, qué? —se sobresaltó cuando la E le agarró por los hombros y empezó a zarandearlo— Déjame, déjame, así no aprenderé a bailar nunca. Y además no quiero bailar contigo, yo… La cara de Natalia se encontraba muy cerca de la de él, cuando finalmente consiguió despertar del todo. —Estás rara —fue lo único que atinó a decir en el lento viaje de vuelta a la normalidad—, nunca te vi esta expresión enloquecida. —¿Has despertado del todo? Porque ¡menuda sesión de danza llevas con el alfabeto! —le respondió Natalia, intentando recomponer su expresión—. Creo que tengo la clave. —Ah, sí. La clave, ¿qué clave? —respondió Mingo volviendo a la realidad. —La del móvil. Lo del senderismo por León… creo que estábamos equivocados siguiendo las rutas: Miguel nunca dio un paseo de más de diez minutos sin sentarse, así que pensé que tenía que ser otra cosa. Mira esto. Giró el teléfono para que pudiera contemplar la pantalla, y le señaló en el medio de una de las rutas. —¿Qué numero ves ahí? —El cuarenta y nueve —respondió Mingo sin aclararse aún del significado de lo que estaba oyendo. —¿Y aquí, en el sendero que cruza desde Busdongo? —El sesenta y uno. —¿El cruce entre el cuarenta y nueve y el sesenta y uno sigue sin decirte nada? —Tendría que tomar un café para despejar y así y todo, dudo que me dijera nada. —¿Cual era la búsqueda que más se repetía en los últimos meses? —La de ese cantante de blues, que no recuerdo el nombre. —Robert Johnson —Sí, ese. Ya sabes que a Miguel cuando le daba, perdón le da —se interrumpió Mingo enrojeciendo ante el error cometido— por un estilo musical es capaz de estar meses y meses agarrado a la guitarra sin soltarla, acuérdate cuando se obsesionó con Eric Clapton la cantidad de veces que tuvimos que oír aquella especie de versión de «I shot to sheriff»… ahora se habrá aficionado al blues. —No buscaba un estilo musical, ni inspiración. Robert Johnson es más famoso por la leyenda de que vendió su alma al diablo. Al parecer era un músico mediocre, desapareció durante tres meses y cuando volvió era el músico maravilloso que revolucionó el blues. Como compuso muy pocas canciones y fue de los primeros del club de los veintisiete…

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“Hay una leyenda sobre el músico de blues Robert Johnson, que vendió su alma al diablo a cambio del regalo de la música. Robert Johnson influenció a todos, desde Muddy Waters a los Rolling Stones y formó el futuro del Rock’n’Roll. Sin embargo, no es seguro que este trato sea cierto. Sin embargo, sabemos que la ciudad de Clarksdale es donde Johnson hizo el trato. El lugar donde convergen las carreteras americanas 61 y 49 se conoce exclusivamente como el Cruce del Diablo. Es un gran lugar para los fanáticos del blues, pero no recomendamos hacer un trato con el diablo.”

Sabrina Miles,

en https://m.sworld.co.uk/02/11228/photoalbum/robert-johnson-y-el-cruce-del-diablo

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—Espera, espera —interrumpe, Mingo—. Vas demasiado deprisa. No sé qué es el club de los veintisiete. —No es demasiado importante para esto, son un montón de cantantes que se suicidaron o murieron a esa edad . —Ah, vale, vale. —Pero lo importante aquí es dónde dice la leyenda que se apareció el diablo a Robert Jhonson. —Algo leí, pero… —En el cruce de la autopista 61 con la 49. O al revés, como prefieras. ¿Entiendes ahora? —Llámame imbécil pero estoy demasiado obtuso… —Mientras creía que iba a ensayar con su guitarra, Miguel se desplazaba todo los días a un lugar por el que pasan un sendero con el número cuarenta y nueve, y otro con el sesenta y uno…. La cara de Mingo se ilumina por fin con la comprensión, pero pronto vuelve a su expresión sombría y agotada. —Pero eso no quiere decir nada, Natalia. Sabemos que Miguel aporrea la guitarra durante horas, sabemos que sueña con tener su banda, ser el cantante y tocar la guitarra, pero también sabemos que todos le animamos, le repetimos aquello de «persigue tus sueños. Si quieres, puedes…» y toda esa propaganda que nos tragamos todos hoy en día, pero también sabemos que lo hacemos porque lo queremos y nos jode decepcionarle. Ya hubo que convencerle de que no cantara porque un gato atropellado suena armonioso a su lado, aunque a él hubo que decirle que se centre en la guitarra que ahí sí que sí, pero la guitarra es el mal menor, no la toca, la destoca, la exprime, la revienta…. —Mira esto y dime qué piensas. Natalia coloca los dedos sobre la pantalla y amplia todo lo que puede el mapa por el que los senderos serpentean y le señala un punto que parecía desierto, pero al ampliar el tamaño muestra un nombre que hubiera pasado desapercibido sin buscarlo. Mingo se acerca una vez, dos , tres y cada una de las veces, clava la mirada desconcertada en Natalia. —Será una casualidad —tartamudea— aunque se llame así, no tendrá nada que ver con esto… —¿Qué decía Sherlock Holmes? ¿No me lo repetiste unas cuantas veces? Cuando revisado todo lo posible, no se encuentra solución ¿dónde hay que buscar? —En lo imposible, pero, pero… es imposible. —Tú lo has dicho: es imposible. Miguel desaparece, no sabemos nada de él, su teléfono no responde, no hay rastro alguno, y de repente, su móvil cae en la habitación a las tres de la mañana cuando no hay nadie en ninguna parte, no ha podido entrar por la ventana cerrada, ni venir de la calle, ni del piso de arriba. El móvil, que unos instantes antes mostraba que estaba sin cobertura o sin batería cuando le enviaba un mensaje, de pronto aparece con un enorme estruendo, cargado por completo y con una llamada perdida de Miguel de un instante antes. —Lo has resumido muy bien, aunque puede que mejor resumen sea el nombre ese del mapa… —¿A ti también te parece raro que todo eso ocurra después de que Miguel, con su guitarra, visitara un montón de veces, un lugar en el que el sendero cuarenta y nueve y el sesenta y uno se juntan? ¿Un lugar que se llama El Cruce del Diablo? Mingo guarda silencio. 57


Monchu Calvo

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Les Yanes, Caso Casa Leandrín

Hay lugares que van indefectiblemente unidos a la persona que los habitó, que por alguna circunstancia no se entenderían uno sin el otro, y en este caso el relato, tiene mucho que ver con Les Yanes, pero por tanto o mas conocido, con Leandrín, y mientras vivió, con su mujer Palmira. Este rincón del concejo casín, está cerca de la capital, El Campo. Cruce de caminos, ejerció de venta para arrieros y caminantes, que allí buscaban descanso para sus cuerpos y sus bestias. Las amplias cuadras con buenos pesebres dan buena fe de ello. Los hombres se alojaban cerca, generalmente en las tenadas o huecos superiores de las cuadras. Con ser esta actividad importante, Les Yanes destacaron por su ambiente festivo y sus lugares, donde hombres y mujeres dejaban pasar el tiempo a la sombra de algún árbol, o echando una disputada partida de bolos. Palmira, delante de los fogones, igual hacia una tortilla, que vigilaba la parrilla, atenta al buen punto de la carne. Las mesas corridas tenían todas comensales, y ya había gente a horas tempranas para coger sitio. Aquellos lugares que llenaron nuestros años mozos de baños, en las frías aguas del Nalón, cerca de la cueva Deboyu. O las truchas, que los que eran mas hábiles desalojaban clandestinamente de debajo de las piedras, y sin hacer mucha ostentación llevaban para que Palmira, en aquella vieja sartén de hierro las friera con unas tiras de tocino entrevenado, y las convirtiera en un manjar insuperable. Hay recuerdos indelebles en la memoria, y los de muchos de nosotros van unidos a la magia de aquel lugar que las peñas parecen querer engullirlo, y que un viejo y olvidado camino serpentea por aquellos despeñaderos, donde todavía se nos muestran las desgastadas piedras pisadas por miles de pies, cuando aquel inverosímil paso salvaba la gran hendidura por donde el Nalón penetraba en la enorme boca de la cueva Deboyu.

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Landrín nos sirvió de guía en nuestro recorrido por Les Yanes


Luego en la carretera estaba el bar propiamente dicho, con aquella repisa redonda en el mas puro díseño art decó. Las mesas donde los jugadores enfrentaban sus barajas en interminables partidas de brisca, mientras las copas de orujo y sol y sombra, temblaban al dar un puñetazo cuando cantaban un triunfo. Marta Sanchez, en sus mejores años era mudo testigo de lo que allí acontecía, mientras la mortecina luz de las bombillas iluminaban a duras penas aquella estancia. Afuera era otro ambiente. Quizás el espectacular paisaje ofrecía otro decorado, como si el de una obra teatral se tratara. La puesta en escena, unas mesas largas, junto a varios toneles de vino, ocupadas por hombres y mujeres en animadas conversaciones. A los niños se nos iban los ojos a unas marcas en los dinteles de las puertas, que nos decían que eran de disparos de cuando la guerra, y bien podía ser cierto, pues allí al ser un paso estratégico se libraron algunos combates. Hoy Les Yanes languidecen en una muerte dulce, apenas habitadas en una de sus casas, y el bar parrilla que atravesó mejores momentos conserva intacta su belleza, pero ya sin merendero ni bolera. Todo lo que allí había fue cambiado por la soledad y el abandono, propiciado por una nueva carretera que profana la sagrada peña con un moderno túnel, y en el que nos comenta Leandro, que en la boca que mira al Campo, bajo el asfalto, todavía deben conservarse los restos del viejo molino de Mangarrota. Como una alegoría de una época donde se valoraba mas la nobleza de una pareja de bueyes, o un buen molino, que la rapidez de un coche o el buen firme de una carretera.

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Juan Depunto

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El tiempo pasa II. Toda una vida* Toda una vida me estaría contigo no me importa en qué forma ni dónde ni cómo pero junto a ti…

El rescate

Los Panchos, 1944-1981

Te pusiste a ojear tu cuaderno de notas de campo buscando una reseña y te encontraste con este relato: Ayer lo dedicasteis al descanso y la reflexión, tras el agotador viaje que os trajo a Picos. Además llovió durante toda la jornada o casi toda. Y en el “casi” se basa el motivo de esta crónica. Por la tarde comenzaron a abrirse algunos claros en el cielo. Las enormes masas de algodón blanco con esas otras grises de lluvia, que ya casi las teníais olvidadas en el sur, se fueron separando y dejando entre sí agujeros por los que se veía el azul que aquí también tiene el cielo. Os animasteis a dar por concluido el descanso y organizar una pequeña salida, para la que buscasteis justificación en enseñarle a vuestra religiosa madre el cercano Monasterio de Santo Toribio. Pero no quiso salir, quedándose en la casita rural que habíais alquilado y entonces continuasteis con vuestros planes, ahora con motivo de enseñárselo a los amigos invitados, menos religiosos pero más curiosos. Al entrar en el monasterio escuchasteis los engolados gorgoritos del Padre Alfonso, al parecer encubridor de algunos de sus paisanos de violentas costumbres, allá por las provincias vascongadas. Tras santificar la tarde leyendo en el claustro algunas de las estrofas del Apocalipsis, transcrita por El Beato, pensasteis en dar un pequeño paseo por los alrededores del monasterio. Se lo comentaste a tu hermana que, en su natural tono dominante y enérgico, vociferó a su prole, a los “añadidos”, y a la tuya, con un algo así como “todos al paseo”, que te recordó a las voces cuarteleras de tu mili cuando te mandaban a formar. Como sonó a orden de brigada que no conviene discutir, todos marcharon ipso facto en fila de a uno, es decir, india, por el arrullador sendero tapizado de álamos negros, nogales y algún que otro roble; también abundaban las encinas por donde el camino empezó a estrecharse. El paseo, algo más largo de lo previsto, se convirtió en travesía, llegando hasta la Ermita de San Miguel, la más alta de las dos que desde Potes se divisan, allá por las estribaciones de la Viorna. En la ermita algunos de los mozalbetes se encaramaron a la espadaña, realmente lo único que queda de la ermita, poniéndoos en apreturas la zona cervical de los mayores. La foto da fe del hecho. Múltiples y recordativas fotos del evento entretuvieron a la comitiva más tiempo del que hubiera sido deseable para volver con buena iluminación al monasterio, además que al relator se le ocurrió, por aquello del “ya que estamos”, aprovechar para acercarse a la cercana ermita de Santa Catalina, la otra que se ve desde Potes. A todos les pareció bien, aunque con algunas voces incrédulas que cuestionaban si el camino era por allá o por acá. Así que tuviste que usar de tu autoridad y señalar tajante un “por ahí”, cual sargento de gastadores, e

* Se puede ver en el n.º 75 de Luz y Tinta, página 46, la nota “Cambio de rumbo” acerca de la estructura general de la obra “El tiempo pasa”, de la que forma parte este capítulo. Ahora seguimos con los capítulos de su segunda parte, “Toda una vida”. Enlace: http:// amantesdelafotografia3.ning.com/ profiles/blogs/luz-y-tinta-no-75

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iniciaste tú mismo el descenso en cabeza de tu pelotón. La inclinación del sendero, ya totalmente cubierto de árboles y por tanto con poca luz, era cada vez mayor, dando la sensación de introducirse en cueva de lobos. Viendo que la cosa se ponía difícil y a algunas almas les empezaba a fallar la fe en su guía, es decir, en ti, enviaste a tu cabo de gastadores, o sea a tu hijo, a realizar una exploración adelantándose al grupo, para confirmar así si aquella ruta os llevaba realmente al objetivo perseguido. Mientras él bajaba veloz acompañado de un amigo, los demás componentes de la expedición continuasteis vuestro lento descenso, no sin algunos grititos de ese pánico que se presagiaba solo como un preludio de lo que estaba por suceder. Te adelantaste al grupo y al poco encontraste parado y con cara de preocupación a tu emisario y su ayudante. Le preguntaste si acaso os habíais equivocado pero te respondió que no, solo que a partir de esa zona la senda se ponía vertical y llena de un resbaladizo barrillo. Cuando dijo vertical, el muchacho fue tan preciso como Newton cuando lo de su manzana. Comprobaste lo que te dijo, que era tal cual lo describió. En ese momento llegó el resto de la expedición; dos mujeres con vértigo, tres chicas más sin problemas dinámicos pero sí estáticos (una de ellas además con pánico a las alturas) y alguna vestida como para ir a misa, con elegantes zapatos de tacón bajo, pero tacón; y cuatro caballeretes, es decir, los gastadores, algo mejor vestidos para el bosque. Hubo que pensar muy bien el descenso de esa zona vertical para evitar accidentes; no serían más de 100 metros, pero parecieron 100 kilómetros de caída libre a los infiernos de barro y pinchos (acebos y encinas jóvenes y pinchudas por doquier). Pero ya abajo se veía en la penumbra del anochecer la espadaña de Santa Catalina y, como si estuvierais en la terraza de el Coloso en llamas, más abajo aún se veían los aparcamientos del monasterio con sus cochecitos como si fueran de bomberos, con sus mangueras rezumantes, y bocanadas de turistas ya de vuelta. Estos turistas se percibieron de los grititos de terror de las asustadas criaturas y comenzaron a señalar

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y hacer corrillos con dudas de si llamar a los bomberos o a la guardia civil (equipo de rescate de alta montaña, por supuesto). De momento se limitaron a fotografiar con sus móviles, aunque a esa distancia es dudoso que sacaran algo que no fuera el paisaje, y decidieron esperar para evitar el interrogatorio típico de la benemérita de si los que hay que rescatar son diez o quince, que si hay niños de pecho en el grupo, etc. Los gastadores, convertidos ahora en rescatadores avezados, fríamente, como si fueran profesionales, actuaban con impasividad a la presión psicológica de las circunstancias. Los turistas os miraban pero no os veían en la espesura del bosque, mientras que vosotros a ellos sí que le veíais con sus vestimentas multicolores y los accesorios propios de su estatus: cámaras de fotos, algunos prismáticos, gorritos ridículos, escasos bastones (menos llevabais vosotros, ninguno), pantaloncitos cortos, etc. Al fondo de valle se visualizaba Potes. El sargento de gastadores-rescatadores, es decir tú, ordenó a su cabo, es decir tu hijo, que se situara al final de una cadena humana que se te ocurrió improvisar entre vosotros y los dos amigos en medio, contigo a la cabeza, es decir abajo. Os colocasteis bien asegurados con una de las manos a un árbol y la otra para dársela a la dama entaconada y a las demás, por el suelo resbaladizo, a fin de ir bajándolas aseguradas de esta manera. Cuando habíais recorrido un buen trecho, os desplazabais al siguiente y así sucesivamente fuisteis descendiendo hasta llegar a zonas donde fue necesario desarrollar sofisticadas técnicas de rappel utilizando las raíces, afortunadamente desnudas de los árboles, por la abundante agua caída que algo bueno tuvo esa lluvia que aunque todo lo embarró dejó al aire esas raíces a donde agarrarse. Y así hasta que finalmente alcanzasteis la explanada en la que esperaban los turistas el desenlace, recibiéndoos con cerrada ovación. De los improperios e imprecaciones a los dioses, blasfemias duras a la divinidad suprema y otras lindezas que las excursionistas propinaron al cielo y a su guía, cual si fuera un emisario del infierno, no tomaste nota ni grabación, cosa que deberías haber hecho, porque ahora, que vas teniendo ya una edad, comienzan los fallos de memoria y solo puedes dar fe de lo que has contado. Laus Deo

JuanDepunto

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P. D.: Mis disculpas por la calidad de las fotos, pero están tomadas a principios del milenio con una de las primeras cámaras digitales que por aquellos años surgieron, una CyberShot de Sony con solo 1,5 Megapíxeles.


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Fotos seleccionadas ж 16 de abril a 15 de Mayo de 2021

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a propósito del día mundial de la danza aquí una bella bailarina en la alameda central de ciudad de méxico, por aarón ramírez

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afternoon photos with friends, por a. zharov


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angelina.black stockings, por leonidas2


angelina.black stockings, por leonidas

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another moment of the catch fishing otro momento de la captura pescando, por aleksey

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as robert capa said- if your photos are not good, you have not gotten close enough, por s.ivanov

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atardecer, por milen

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auray. francia, por grecia blanc

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auray. francia, por grecia blanc

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autorretrato, por catherina


autumn by the river, por johnaavitsland

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baikal, por daniel

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baikal, por daniel

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baikal, por daniel

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baikal, por daniel

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baila sobre el agua dance on the water, por alejandro

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beetel, por saravut whan

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blue, por johna avitsland

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body expressions, por irina

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butcher, por yuri gagari

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casa moomin, por karol poland


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chandeliers, por igor


children, por deven o’toole

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cold mornings, por s.ivanov


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cuernos, por oleg


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dama de rojo, por nick konar


delte de l’ebre ..., por salvador roig i seró

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card game, por pavel

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desprendimientos de hielo en perito moreno. argentina, por evgeny c

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detalles.......en unas encajonadas sardinas., por joan anglas f.

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detalles......cultura musical, por joan anglas f.

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detalles......en blanco y negro, por joan anglas f.


detalles.....observación en picado, por joan anglas f.

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domain place, por garbu iiya

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el sueño de mi alma comenzó a retirarse, y aquí una vez más ..publicado por nick konar

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entre cuernos., por margarita k

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equilibrist, por eldar

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eshtykel, por edwardgordeev

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espejo perfecto, por loco matarov

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excentricidades., por margarita k

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fans, por pavel

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film essays, por nodia

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fisherman, por yuri gagari

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floresflowers, por paulina stpetersburg

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gallery, por pavel

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geometry, por m.dasha


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geometry, por m.dasha


girlfriend, por anna

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home fashion, por nataly

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iglesia de san antonio de los alemanes, por antonio martinez rodriguez


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in other world, por irina


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invernadero propio. somos lo que comemos, por garbu iiya


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invernadero propio. somos lo que comemos, por garbu iiya


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ironing, por garbu iiya


krasnoborsk plotsparcelas de krasnoborsk, por vlad s

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kyoto-japan, por haruki kamura

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kyoto-japan, por haruki kamuri

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la ermita, por marce

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la infiesta.caso de marce

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la joya del monte, por mario gustavo fiorucci


lait et miel, por gen

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larga vida, por saravut whan

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las mil y una noches, por oxana

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lighthouse, por jl.maylin

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like an angel, por vladimir 133


like snakeskin, por kinsuk lin 134


little yellow flowers (3), por mario gustavo fiorucci

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los coloraos, . . i, por josé antonio machado

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los tiempos están cambiandothe times they are a changing, por alejandro

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lucas., por marta.g.s

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marina-al-atardecer, por ingrid sanz

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milenium band in concert, por ionut caras

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mirada, por milen


new york de pelayo

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niño curioso, por rekhov. s

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nude, por andreeva


nude, por ilich bczonk

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nude, por talyuka

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once in kurai .., por vlad s

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orange and blue, por paulina stpetersburg


origin of life in the sea, por lucas

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otoño en bulgaria, por loco matarov

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papilio machaon, por manuel palacio castro (yerbatu)

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para partidos, por a.polyakovvfr

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paulina, por george

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portrait, por s.benz

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portraitretrato, por leonidas


puente sobre el río duje, por manuel antonio centeno lloren

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rooster, por s.ivanov

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se avecina una tormenta (falsa), por Guendy

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solos, por poli artur

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sombra de mujer, por ildefonso robledo

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tatras en la noche, por karol poland


templos del mar (asturias), por jl.maylin

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the bird woman, por vladimir

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the crystal glass, por ruslan

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the one who gets up early does not take people in the photos, por luis miguel aller

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torres del paine. chile, por evgeny c


una buena charla con papá, por oscar rubén suárez

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verdón, por daniel colmeña

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viejas amarras, por oscar rubén suárez

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viejo molino de obaya., por kamarón viesca

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winter cherry, por vlad s

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a look, por svetlava 172


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afternoon photos with friends, por a. zharov


airfield hortensia, por eldar

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angelina.black stockings, por leonidas


babies, por dimitriv 176


chicago, estados unidos, por maikel reyfman

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churches, por garbu iiya

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de paseo, por mario gustavo fiorucci

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detalles.......en una vieja puerta de madera., por joan anglas

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el hombre del acordeón., por guendy (jlcp)

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en primavera., por manuel antonio centeno llorente


enero, por a.polyakovvfr

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fontanka ..., por edward gordeev

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helen, por k i k e

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january hummingbird, por mario gustavo fiorucci

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jilgueru - carduelis carduelis, por manuel palacio castro (yerbatu)

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karl, por kalynsky

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kid, por dimitriv

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kyoto-japan, por haruki kamura

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la dama de los cabellosthe lady with the hair, por alejandro

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lady in red, por rekhov. s

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let it snow .., por vlad s

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levitatinglevitando, por leonidas


los soldados no nacen, por oleg

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losing my mind for love, por mario gustavo fiorucci


mar de niebla, por evgeny c

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mejor sola que mal acompañada, por poli artur

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milenium band in concert, por ionut caras

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motociclista, por andrei romanov

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mountain river, por alex

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moáis, de la isla de pascua. chile, por vaio

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my cat, por svetlava

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nude, por talyuka

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olya, por george

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peneo el óligo. campiecho, por charo santomé diaz

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photo session with ilford hp5 plus 400- 6 photographic film, color black and white, por sasha

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pin-up, por rekhov. s


pinos del nuevo mundo, por nicolás

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planeta tierra., por loco matarov

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planning planeando, por aleksey

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portrait, por catherina


portrait, por svetlava 213


siren, por lucas

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smoke on the water ..., por vlad s

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still life, por michael

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storm at sea., por kinsuk lin

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syrup them, por lucas

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tetras de noche, por karol poland

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the gift of water, por duong dinh

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the man in the hat., por andrew pashis

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vintage girl, por s.benz


¡siéntate!, por gen

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Nadima Shibina Nadegda

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Pepe Latas

Técnica ICM

(Intentional Camera Movement) Aunque se asemeja a trabajos anteriores, la técnica varia sustancialmente, ya que la mayor parte lo realizo en la cámara directamente; este tipo de fotografía consiste en hacer las fotos moviendo intencionalmente la cámara para crear imágenes que trasciendan los hechos y enfocar más las sensaciones y emociones, “pintando” con las luces y colores. Lo interesante de esta técnica es que en cierta manera cada uno imprime su esencia y estilo personal, ya que cada movimiento es único y nunca se consigue el mismo efecto, la verdad es que las posibilidades son casi infinitas y la única limitación es tu imaginación. Otro de los puntos a favor, es que se pueden realizar a cualquier hora del día, aunque como siempre los tonos del atardecer y anochecer dan un juego de luces mucho más interesante y creativo.

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Angelika Kollin

País: Estonia Nacimiento: 1976 Angélika Kollin es una fotógrafa estonia de 44 años que vive actualmente en Tampa, Florida. Es autodidacta y se compromete con su pasión por la fotografía y el arte como una herramienta de exploración de las conexiones interhumanas, la intimidad y / o la ausencia de las mismas. Angelika ha pasado los últimos 8 años viviendo en países africanos (Ghana, Namibia, Sudáfrica), donde exploró el mismo tema en una variedad de culturas y condiciones económicas diferentes. Cada vez más, fortalece su creencia de que a pesar de muchas circunstancias en la vida, lo que más nos moldea es nuestra relación con nuestros padres. A través de una intensa evolución artística ha llegado a su proyecto actual y en curso, Tú eres mi madre / padre. Lo que dice de si misma: Mi proyecto principal para el año 2020 se convirtió en Tú eres mi Madre que posteriormente se expandió a Tú eres mi Padre. A medida que la pandemia de covid se extendía por el mundo, muchos de nosotros volvimos a lo básico y pasamos más tiempo con nuestras familias. Comencé a fotografiar mi proyecto en abril, cuando todavía estábamos completamente cerrados en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Inicialmente solo quería documentar un acto de aceptación y unión que presencié entre una madre y su hija adulta. Luego continué explorando la misma “historia” en otras conexiones madre / hijo, examinando el impacto que tiene en mi propia vida familiar y en mi audiencia. No hay una historia revolucionaria en mi proyecto y, sin embargo, al menos para mí si.

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David du Chemin

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Para hacer mejores fotografías, estudie más fotografía Primera parte. Comencé este oficio de manera bastante inocente, comprando por capricho un telémetro Voigtlander con una lente fija de 35 mm cuando tenía 14 años, pero cuando tenía 16 años estaba enganchado y desesperado por algo con algunas opciones más. Quería “una cámara real”. No tengo idea de dónde pensé que mi madre obtendría el dinero para la nueva SLR que quería y seguí dando pistas para Navidad, pero al final, obtuve algo mejor: una Pentax Spotmatic muy usada que venía sin opciones en todas. No podría matarla si lo intentara; la única vez que logré derribar la persiana de sus rieles, la arreglé con una navaja suiza. La cámara era de un colega de mi madre y había pertenecido a su padre recientemente fallecido. Venía en una vieja bolsa de cuero mohoso que adoraba, un trípode Linhoff que me pellizcaba los dedos cada vez que lo cerraba, y lo mejor de todo: una enorme pila de revistas PhotoLife y Leica que estudié detenidamente durante años. Esas revistas fueron una rica fuente de inspiración. Miraba esas imágenes y pensaba en las posibilidades. “¿Qué se necesitaría para hacer fotografías así?”, Me preguntaba. Esto me recordó recientemente cuando me preguntaron si podía ayudar a un fotógrafo novato a aprender a estudiar fotografías. En respuesta a mi sugerencia de que estudiara los maestros, me preguntó cómo. ¿Cómo estudias las fotografías de otros para aprender de ellos? Miraba los ajustes proporcionados en mis revistas PhotoLife y Leica , pero rápidamente me frustraba con la historia parcial que contaban. Los ajustes le informan sobre ISO, apertura y obturador. Te hablan de la distancia focal. Pero no le dicen por qué se tomaron las decisiones y si esa combinación de ISO / velocidad de obturación / apertura fue la forma en que la cámara midió la escena o si el fotógrafo había subexpuesto intencionalmente en cuatro paradas para marcar los colores y exponer solo para los reflejos. No te dicen nada sobre cualquier otra elección que involucre (entre otras cosas) la composición, la perspectiva o la elección de un momento sobre otro. Cuando miras una fotografía hecha por otra persona, siempre habrá cosas sobre las que solo puedes adivinar. A menudo es un ejercicio de uso de la imaginación, pero eso no lo hace imposible o sin importancia. No necesita estar seguro de sus conjeturas para aprender del ejercicio. No es un rompecabezas que resolver, sino una habilidad que aprender: específicamente, la habilidad de considerar posibilidades. Si puedes hacerlo mientras miras las fotografías de otro fotógrafo, puedes hacerlo con la cámara en el ojo al hacer tus propias fotografías. Entonces, ¿cómo estudias las fotografías de otro para mejorar tu propio oficio y pensamiento creativo? ¿Cómo aprendes a reconocer las posibilidades?

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El primer paso es responder a la propia imagen. Para escucharlo. Sentirlo. Tómalo sin saltar a juzgar. Si fuera un poema lo que estuvieras estudiando (y hay muchas similitudes), probablemente lo volverías a leer un par de veces para que las sutilezas tuvieran la oportunidad de emerger. Esto también parece un buen enfoque con fotografías. Tienes que experimentar la imagen antes de poder evaluarla. Nuestra primera lectura rápida es a menudo demasiado “directa” para confiar. Veo esto en los fotógrafos más jóvenes que a menudo afirman rápidamente el deseo de que se elimine algo porque “distrae” cuando de hecho es precisamente eso lo que hace que la imagen sea tan poderosa (si no también más compleja). No puedes saber que un elemento distrae si no te tomas el tiempo para comprender realmente de qué se trata la fotografía y lo que el fotógrafo podría haber estado tratando de decir. Dedica algo de tiempo a la imagen. Sospeche de sus primeras reacciones. Los fotógrafos novatos (y todos somos más novatos que cualquier otra persona, y nunca más allá del aprendizaje) que reaccionan a una fotografía con “Lo habría hecho de otra manera” pierden la oportunidad de aprender de esta pregunta más útil: “Me pregunto por qué tanto ¿Un fotógrafo más experimentado tomó esa decisión en particular? “ No significa que tengas que hacerlo de esa manera, pero si tu manera ya estuviera funcionando tan bien, no tendrías nada que aprender. Antes de pasar a interactuar con la fotografía en un nivel cerebral de cómo se hizo, creo que es importante comprometerse con ella de manera más personal. Estas son las preguntas que podrían hacer que ese compromiso sea un poco más profundo y más útil cuando llegue a las preguntas más críticas <que se discutirán en el próximo número de The Contact Sheet (Las hojas de contacto )> ¿Qué me hace sentir o pensar esta fotografía? ¿Qué emociones me despierta?

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No tiene que gustarle, pero ¿qué le hace sentir? ¿A dónde va tu ojo? ¿A qué te recuerda? ¿Qué recuerdos evoca? ¿Qué historia cuenta, si es que tiene alguna? Después de mirarlo un rato, ¿a qué crees que estaba tratando de dirigir tu atención el fotógrafo? ¿Es un solo detalle, un juego de luces, un momento, alguna relación entre elementos? Suponga por un momento que el fotógrafo dejó todo en el encuadre por una razón: que nada fue un error. Basado en eso, ¿qué crees que el fotógrafo estaba tratando de lograr? ¿Hace eso por ti? Puede que no sepa las respuestas. Pero puedes especular. Puedes adivinar. Y si la respuesta a la primera pregunta acerca de qué tipo de emociones se agitan por la imagen es “ninguna”, a continuación, antes de pasar demasiado rápido para estudiar una imagen que hace que revolver de alguna manera, tal vez preguntar: “¿Por qué no?” Lo que falta para usted, y lo que podría usted ser falta? “¿Qué me estoy perdiendo?” es el tipo de pregunta que hacen los verdaderamente abiertos de mente. A menudo he visto una imagen célebre que sé que está destinada a ser un trabajo de excelencia y pensé: “Eh. ¿En realidad?” Siento esto sobre Moonrise de Ansel Adams , Hernández, Nuevo México (¡jadeo!). En parte, creo que solo tenemos que reconocer que los maestros del pasado como Adams hicieron cosas importantes con la fotografía durante su día, y la tradición habitada por nuestro oficio ha avanzado desde entonces, construida sobre el trabajo realizado por personas como Adams, pero ahora sobrepasando es, funcionan de muchas formas. El arte avanza; así es como va. Pero es preguntando “¿Qué me estoy perdiendo?” eso me empuja a echar un segundo o tercer vistazo, a ver la luz en las lápidas y pensar: “Oh, ya veo lo que hiciste allí, Ansel”. Puede que no me guste como lo hacen los demás, pero aún puedo escuchar y apreciar. Y en el caso de Moonrise , podría ser que experimentar la imagen de segunda mano (como siempre hacemos cuando no miramos la imagen a escala o en las mejores circunstancias) podría ser el culpable. Quizás solo necesite verse grande.


Probablemente también haya otras razones. Quizás no estoy listo para eso. Tal vez, especialmente como fotógrafo más novato, solo necesito comprender un poco más mi oficio (y la historia de mi oficio). Tal vez haya una oportunidad aquí para refinar mis gustos y expandir mis ideas sobre lo que hace que una fotografía sea “buena” o “convincente” para mí. Antes de pasar a una lectura más crítica de una imagen, dele tiempo para que se adapte a usted. Tienes que preguntar: “¿Qué logró el fotógrafo con esta imagen?” antes de preguntar: “¿Cómo lo hicieron?” Hay mucho que considerar. Tantas cosas que podemos perdernos. Y solo una vez que podamos mirar una fotografía e identificar cómo nos hace sentir o pensar , podemos volver nuestra mente a las cuestiones de técnica, composición u otras opciones creativas que nos hacen pensar o sentir esas cosas. ¿Cómo se hizo la fotografía frente a nosotros para que evoque esas emociones y pensamientos? Esa fue la pregunta (en realidad más como una serie de preguntas) que me propuse discutir en este artículo, pero cuanto más escribía, más lejos se volvían esas preguntas posteriores, desplazadas por la necesidad de escuchar primero, de verdad, con paciencia, y de considere el efecto del todo hermoso antes de prestar atención a sus partes específicas y las decisiones del fotógrafo que las ensambló en la imagen que tiene ante usted. Desacelerar. Escuche atentamente. Adivina tus primeros instintos y juicios. Que la primera lectura de la fotografía sea una experiencia de escuchar y sentir. Muy pronto, harás preguntas a la imagen y, en cierto modo, al fotógrafo. Pero encuentro que es útil hacerme preguntas a mí mismo primero. Por amor a la fotografía,

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Miles Aldridge

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Miles Aldridge País: Reino Unido Nacimiento: 1964 Miles Aldridge saltó a la fama a mediados de los noventa con sus fotografías deslumbrantes y muy estilizadas con referencias al cine negro, la historia del arte y la cultura pop. Un colorista aclamado, presenta elaboradas puestas en escena en una paleta de vibrantes tonos ácidos. Estas imágenes glamorosas, con frecuencia erotizadas, sondean las nociones idealizadas de felicidad doméstica de la sociedad, donde corrientes subterráneas siniestras se arremolinan bajo una superficie impecable. Aldridge ha trabajado prolíficamente durante más de veinticinco años, y hoy en día sigue siendo uno de los pocos fotógrafos que sigue filmando predominantemente en película. Su producción creativa abarca impresiones tipo C a gran escala, Polaroids, serigrafías, fotograbados y dibujos. Nacido en Londres en 1964, hijo del famoso director de arte e ilustrador Alan Aldridge, su interés por la fotografía comenzó a una edad temprana cuando su padre le regaló una cámara Nikon F. Luego pasó a estudiar diseño gráfico en Central Saint Martins, donde se graduó con una licenciatura en 1987. Aldridge trabajó inicialmente como ilustrador y director de videos musicales, antes de dedicarse a la fotografía. En 1996, comenzó a trabajar con Franca Sozzani, la legendaria editora en jefe de Vogue Italia, y su colaboración que traspasó los límites continuaría durante veinte

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años. Además de las numerosas ediciones internacionales de Vogue, las imágenes de Aldridge han aparecido regularmente en títulos prestigiosos como Harper’s Bazaar, Numéro, W, The New York Times Magazine y The New Yorker. Aldridge desarrolla cada nueva narrativa fotográfica al plasmar sus pensamientos iniciales en bocetos a lápiz o tinta con lavados de acuarela y pastel. Estos dibujos y guiones gráficos son una etapa inicial esencial en su proceso creativo. Él cree que “la ficción y la teatralidad pueden ser más veraces que documentar la realidad” y traduce sus bocetos en composiciones meticulosamente ordenadas para crear imágenes que recuerdan a los fotogramas de películas: fotogramas extraídos de una historia más amplia. Aldridge señala que muchos de sus momentos favoritos en el cine son, como él describe, “primeros planos del rostro de una mujer pensando”, y comparte la capacidad de Hitchcock para crear poderosos momentos de suspenso, convirtiendo a los espectadores en mirones. En Chromo Thriller (2012) de Aldridge hay una resonancia palpable con el misterio neo-noir de David Lynch, Blue Velvet, donde fachadas inmaculadas esconden historias oscuras y extrañas. Como ha señalado un autor: “Las protagonistas femeninas de Aldridge recuerdan el glamour y el esplendor del personaje de Isabella Rossellini y, al mismo tiempo, siguen sugiriendo algo más siniestro”. Rara vez permite que el mundo real invada el reino imaginado. A través de su lente, incluso la realidad parece artificial. En las series Capital Gains (2007) y Open Tour (2008), las ciudades de Washington DC y París se ven más limpias y elegantes que nunca. En La última gama de colores (2007), una figura solitaria en un parque infantil evoca tanto el esplendor en tecnicolor de El mago de Oz como el inquietante paisaje onírico de una pintura de Giorgio de Chirico. Un tema recurrente en la obra de Aldridge es la falsa promesa del lujo. Los interiores psicodélicos están decorados con los adornos del confort suburbano de mediados de siglo: relucientes electrodomésticos de cocina, teléfonos de colores dulces y mascotas bien cuidadas denotan el éxito. La obra combina motivos históricos y modernos y hace una sutil referencia al canon histórico del arte. El proyecto Immaculée (2007) apunta a representaciones católicas de santas en éxtasis, mientras que sus retratos de Lily Cole (2005) y Maisie Williams (2017) se inspiran en maestros del Renacimiento del Norte como Alberto Durero y Hans Holbein. Los tropos del arte pop presentan predominantemente: logotipos de Coca-Cola (3D, 2010; A Family Portrait # 14, 2011), latas de sopa y botellas de salsa de tomate (A Drop of Red # 2, 2001; First Impressions, 2006) forman una parte sorprendente de su léxico visual. Su fascinación por la historia del arte llevó a Aldridge a emprender proyectos con varios artistas contemporáneos importantes como Maurizio Cattelan, Gilbert & George y Harland Miller. Para el proyecto (después de Cattelan) (2016), Cattelan lo invitó a responder a la exposición del artista italiano, Not Afraid of Love, en las grandes salas neoclásicas de la Monnaie de Paris. La serie resultante de fotografías tipo C muestra desnudos esculturales que dominan las esculturas hiperrealistas de Cattelan en una serie de cuadros absurdos. Una segunda serie, titulada Love Always y Love All Ways after Gilbert & George (2016), se realizó con el dúo británico en su casa de Londres. Basándose en las convenciones del melodrama victoriano, Aldridge ideó una serie centrada en la historia de un enigmático joven visitante que se queda en la casa durante el fin de semana. En un nuevo guiño a Victoriana, las imágenes se imprimieron utilizando el proceso de huecograbado del siglo XIX, mediante el cual


una placa de cobre grabada produce impresiones en huecograbado muy detalladas. Las impresiones monótonas se aumentaron con bloques de colores llamativos y detalles pintados a mano para crear una estética contemporánea. Su colaboración más reciente fue con Harland Miller, conocido por sus pinturas de portadas de libros imaginarias que se inspiraron en parte en los diseños de Alan Aldridge de 1960 para los libros de bolsillo de Penguin. En una simetría satisfactoria, Aldridge transformó las pinturas de Miller en libros reales, utilizados como accesorios en su sesión de fotos. Las serigrafías resultantes evocan los suplementos de color granulado de la juventud de Aldridge y fueron publicadas por Poligrafa, la reconocida editorial de bellas artes de Barcelona, ​​que las lanzó en la edición 2017 de Art Basel Miami Beach. Poligrafa continuó publicando la serie de serigrafías New Utopias, que exhibieron en la edición 2018 de Art Basel. Más recientemente, Poligrafa presentó Tan Lines, una de las serigrafías más grandes de Aldridge hasta la fecha, en la edición 2019 de The Armory Show, Nueva York. Las principales exposiciones del museo de Aldridge incluyen su próxima retrospectiva Virgen María. Supermercados. Palomitas de maiz. Fotografías 1999 - 2020 en Fotografiska, Nueva York, que se inauguró el 7 de mayo de 2021 después de haber aparecido por primera vez en el Museo Fotografiska, Estocolmo (2020-2021), exposiciones individuales en The Lumiere Brothers Photography Center, Moscú (2019) y OCA, São Paulo (2015) y Solo quiero que me ames en Somerset House, Londres (2013). En 2014, Tate Britain le encargó la creación de una instalación fotográfica en respuesta a la pintura Merry-Go-Round de Mark Gertler de 1916. La National Portrait Gallery de Londres alberga una gran colección de retratos de Aldridge y su trabajo se encuentra en prestigiosos museos e instituciones de todo el mundo, incluidos el Victoria and Albert Museum y el British Museum de Londres. 273


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Galería de exposiciones de los grandes maestros

de la fotografía

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Por nuestra galería de exposiciones pasarán los maestros más famosos de la historia de la fotografía.

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Robert Adams Robert Adams (nacido el 8 de mayo de 1937) es un fotógrafo estadounidense que se ha centrado en el panorama cambiante del oeste estadounidense. Su trabajo saltó a la fama por primera vez a mediados de la década de 1970 a través del libro The New West (1974) y la exposición New Topographics: Photographs of a Man-Altered Landscape (1975). Fue miembro de la Fundación John Simon Guggenheim Memorial en fotografía en 1973 y 1980, y recibió la beca MacArthur de la Fundación MacArthur en 1994. Robert Adams, hijo de Lois Hickman Adams y Ross Adams, nació el 8 de mayo de 1937 en Orange, Nueva Jersey. En 1940 se mudaron a Madison, Nueva Jersey, donde nació su hermana menor Carolyn. Luego, en 1947, se mudó a Madison, Wisconsin durante cinco años, donde contrajo polio a los 12 años en 1949 en la espalda, el brazo izquierdo y la mano, pero pudo recuperarse. Tras mudarse por última vez en 1952, su familia se va a Wheat Ridge, Colorado, un suburbio de Denver, cuando su padre consiguió un trabajo en Denver. Su familia se mudó a Colorado en parte debido a los problemas bronquiales crónicos que sufría en Madison, Nueva Jersey, alrededor de los 5 años, como un intento de ayudar a aliviar esos problemas. Continuó sufriendo de asma y problemas de alergia. Durante su infancia, Adams solía acompañar a su padre en caminatas y caminatas por el bosque los domingos por la tarde. También disfrutaba jugando béisbol en campo abierto y trabajando con su padre en proyectos de carpintería. Fue un Boy Scout activo y también participó activamente en la iglesia metodista a la que asistía su familia. Él y su padre hicieron varios viajes en balsa a través del Monumento Nacional Dinosaurio, y durante su adolescencia trabajó en campamentos para niños en el Parque Nacional Rocky Mountain en Colorado. También hizo viajes en caballos de carga y fue a escalar montañas. Él y su hermana comenzaron a visitar el Museo de Arte de Denver. Adams también aprendió a gustarle la lectura y pronto se convirtió en un placer para él. En 1955, cazó por última vez. Adams se inscribió en la Universidad de Colorado, Boulder en 1955, y asistió a ella durante su primer año, pero decidió transferirse al año siguiente a la Universidad de Redlands en California, donde recibió su licenciatura en inglés de Redlands en 1959. Continuó sus estudios de posgrado en la Universidad del Sur de California y recibió su Ph.D. en inglés en 1965. En 1960, mientras estaba en Redlands, conoció y se casó con Kerstin


Mornestam, nativa sueca, que compartía el mismo interés por las artes y la naturaleza. Robert y Kerstin pasaron sus primeros veranos juntos en Oregon a lo largo de la costa, donde dieron largos paseos por la playa y pasaron las tardes leyendo. En 1962 regresaron a Colorado y Adams comenzó a enseñar inglés en Colorado College en Colorado Springs. En 1963, Adams compró una cámara réflex de 35 mm y comenzó a tomar fotografías principalmente de la naturaleza y la arquitectura. Pronto leyó juegos completos de Camera Work and Aperture en el Colorado Springs Fine Arts Center. Aprendió la técnica fotográfica de Myron Wood, un fotógrafo profesional que vivía en Colorado. Mientras terminaba su disertación, comenzó a fotografiar en 1964. En 1967, comenzó a enseñar solo a tiempo parcial para tener más tiempo para fotografiar. Conoció a John Szarkowski, entonces curador de fotografía en el Museo de Arte Moderno, en un viaje a la ciudad de Nueva York en 1969. Posteriormente, el museo compró cuatro de sus impresiones. En 1970, comenzó a trabajar como fotógrafo a tiempo completo. © por Robert Adams, cortesía de Fraenkel Gallery, San Francisco y Matthew Marks Gallery, Nueva York

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Robert Adams es un fotógrafo estadounidense más conocido por sus imágenes del oeste estadounidense. Ofreciendo solemnes meditaciones sobre los paisajes de California, Colorado y Oregón, las fotografías en blanco y negro de Adams documentan los cambios que los humanos han producido en la naturaleza. “Por la Interestatal 70: un esqueleto de perro, una aspiradora, cenas de televisión, una muñeca, un pastel, rollos de alfombra. Más tarde, junto al río South Platte: algas, concreto roto, estelas de vapor, olor a petróleo crudo ”, escribió. «Lo que espero documentar, aunque no a expensas de los detalles superficiales, es la forma que subyace a este aparente caos». Nacido el 8 de mayo de 1937 en Orange, Nueva Jersey, su familia se mudó por el Medio Oeste durante su infancia y finalmente se estableció en Wheat Ridge, CO en 1952. Adams pasó a estudiar inglés en la Universidad de Redlands y recibió su doctorado en inglés de la Universidad del Sur de California en 1965. No fue hasta casi completar su disertación para la USC que Adams comenzó a tomarse la fotografía en serio, aprendiendo técnicas de el fotógrafo profesional Myron Wood y la lectura de la revista Aperture. En la década de 1970, se publicó el libro The New West (1974), y un año después se incluyó en la exposición seminal «New Topographics: Photographs of a Man-Altered Landscape». Adams ha recibido dos veces la beca Guggenheim y una vez la beca MacArthur. Adams vive y trabaja en Astoria, Oregón. Hoy, sus obras se pueden encontrar en las colecciones del Whitney Museum of American Art en Nueva York, la National Gallery of Art en Washington, DC.

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Repertorio de Fotógrafos Españoles

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Jerónimo Álvarez Madrid, 1973. Desde 1994 viene obteniendo reconocimiento como fotógrafo independiente de moda y celebrities, con una amplia trayectoria en fotografía publicitaria, editorial y personal. aprendió el oficio de manera autodidacta, rechazando la idea de ser asistente de ninguno de sus fotógrafos favoritos por considerarlo una gran responsabilidad. El tiempo que no le ocupan las sesiones de encargo, viaja con su cámara y desarrolla sus proyectos personales. admirador del trabajo de los grandes de la fotografía americana, como Richard Avedon, Diane Arbus o Stephen Shore, le gusta la música, el cine y la carretera. Para él, <<todo aquel que coge una cámara debe mirar por ella como si de un transmisor análogo a sus tripas, corazón y cabeza se tratara>>. su método de trabajo contempla una fase previa de producción en la que se documenta, localiza, diseña la escena o conceptualiza la sesión. Una vez en el set y con la música como aliada, trata de crear un contexto de complicidad con el retratado, buscando imágenes que transmitan belleza mediante sencillas poses. Actores como Isabella Rossellini, Adrian Brody, Leonor Watling, Elijah Wood o Viggo Mortensen han pasado frente a su objetivo. Ha publicado en Rolling Stone, Marie Claire, FHM, Esquire, El País Semanal y Cinemanía. su obra pudo verse en PHotoEspaña 2005, EntreFotos (Madrid, 2003 y 2004), o la colectiva itinerante “El espejo del alma” (Comunidad de Madrid, 2007-08). Ha sido premiado en el certamen de Fotografía INJUVE 2003 y seleccionado en la edición 2008 del Premio Bienal de Fotografía Purificación García.

Publicación seleccionada Pop & Rock: Jerónimo Álvarez, Barcelona, Lunwerg, 2010.

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Profile for Moldeando la luz

Luz y Tinta Nº 113  

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