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Contenido

Año VIII.- Núm. 79 - Mayo 2018 PROMOTOR José Luis Cuendia, “Guendy”

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DIRECTOR Francisco Trinidad

Fotógrafo del mes: José Antonio Machado...................................................................

COLABORADORES Eugenio R. Meco, Pepe Haro Castaño, Ma Bernarda Ballesteros, Carlos Flaqué Monllonch, Glyn Griffits, Ricardo González “Completu”, Salvatore Grillo, Javier Madroñero, Narciso del Río, Juanjo Gallardo, Monchu Calvo, Antonio Ramón Ferrera, Cristina Capracci, Gustavo Velázquez, Cora Coronel, Justín del Barrio, Arturo de las Liras, Juan José Alonso, Ilona Gogh, Jan Puerta, Albino Suárez, Gloria Soriano, Ildefonso Robledo, José Manuel Gonzalo, José Mª Ruilópez, Juan Depunto, Juan José Pascual, Viviana Genta, Nadima, Antonio Martínez, Ángeles Pereira Perera, Claudio Serrano, Mario Eduardo Blanco.

Jonathan Álvarez..................................................................................................................

Francisco Trinidad

Efluvios de una traición............................................................................................. F. T.

Charli............................................................................................................................... Gloria Soriano

El sueño de Sherezade.................................................................................................. Mario Eduardo Blanco

L´argayón de Anzó........................................................................................................ Monchu Calvo III. Cantando bajo la lluvia....................................................................................... Juan Depunto

DIRECTOR DE FOTOGRAFÍA José Luis Cuendia

Vestigios de guerra......................................................................................................

DIRECTORA DE COMUNICACIÓN Lola González

Laurence Demaison.......................................................................................................

DISEÑO y MAQUETACIÓN Francisco Trinidad

Katia................................................................................................................................

www.moldeandolaluz.com Reservados todos los derechos de reproducción total o parcial tanto del texto como de las imágenes. Las imágenes están protegidas por las leyes de copyright internacionales. Para cualquier consulta o sugerencia contacte con nuestro correo electrónico

Ricardo González, “Completu”

Fotos de Kezzin

Felices días de invierno.................................................................................................. Nadima/ Claudio Serrano

Todo lo que querías saber, pero temías preguntar..............................................

Fotografías que despertaron conciencias..............................................................

info@moldeandolaluz.com

Moldeando la Luz es miembro de la Royal Photographic Society

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Nuestra foto de portada:

José Luis Cuendia, “Guendy”


Presentación Con este número que hoy editamos, y en cuya portada figura el número 79, se cumplen sin embargo 80 entregas de Luz y Tinta, puesto que iniciamos el cómputo en el número 0. Habría que añadir algún número más, pues por el camino sacamos a la luz —y a la tinta, por supuesto— algunos especiales temáticos, generalmente provenientes de concursos de Moldeando la luz. Quedémonos no obstante con 80, por aquello de la magia de los números redondos y porque ochenta números nos permite entroncar con aquel título inolvidable de Julio Verne: La vuelta al mundo en 80 días. Nosotros, desde Luz y Tinta, hemos dado nuestra particular 'vuelta al mundo' en estos ochenta ejemplares de una revista que iniciamos como una aventura, que luego nos planteamos como un reto y que en la actualidad se nos presenta con una doble exigencia. Por una parte, de puntualidad; y por otra, de calidad. Lo de la puntualidad a veces resulta difícil, dadas las condiciones personales en que se hace la revista. Ninguno de los que participamos en ella lo hacemos de manera profesional, sino como un hobby, quitándole horas a nuestro tiempo libre y restándole dedicación a nuestras familias. Ello no excluye la profesionalidad con que enfrentamos nuestros respectivos trabajos. No obstante, a veces, por imperativos personales que no vienen a cuento, nos vemos forzados a retrasar la salida y aquí, como último responsable del producto final, debo confesar que a mí me comen los nervios cada vez que surge un imponderable, tal es el grado de compromiso que he adquirido con estas páginas. También es cierto que la fidelidad de los lectores y seguidores de la revista —que muchas veces nos hacen sentir su espera a través del post de la propia publicación en Moldeando o a través de comunicaciones personales— necesita como mínimo esa reciprocidad en los plazos de entrega. A pesar de nuestro amateurismo y a pesar de que, como muchas veces me repite Guendy, iniciamos este proyecto sobre todo para divertirnos, sin más compromisos. La otra exigencia, la de la calidad, es más compleja. Últimamente, a través del post mensual de Luz y Tinta, y a través de comunicaciones personales vía correo electrónico, se nos viene repitiendo que, dado el nivel alcanzado, no merece la pena perderse en connivencias ni concesiones a la amistad que perjudiquen la calidad de la publicación. Es lógico. Bajar el listón a estas alturas puede ser un suicidio que nadie desea; por eso los filtros hasta ahora utilizados se están haciendo más finos en pos de ese sostenimiento de la calidad que todos deseamos.

Francisco Trinidad

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Fotógrafo del mes de Abril

José Antonio Machado En cierta ocasión anterior, escribiendo sobre un fotógrafo de características muy similares a las de José Antonio Machado, denominé sus obras como como “fotos de pie forzado”, incorporando a la fotografía la necesidad de improvisación poética que dimana de las llamadas ‘estrofas de pie forzado’, generalmente décimas o espinelas, en las que al trovero se le da un verso desde el que debe improvisar toda la estrofa. Lo mismo ocurre con estas fotografías de José Antonio Machado, en las que se ve obligado a reflejar el paisaje que le va saliendo al paso. Por eso el mismo Machado las denomina como “fotos al paso”. Exactamente, las fotos que le va imponiendo el recorrido de cada momento en que recorre “el campo en general, la montaña en particular”, según nos dice él mismo, que desde su incorporación a Moldeando la luz, allá por 2010, nos ido dejando testimonio fotográfico por distintos lugares y escenarios, con preferencia por esas montañas que combinan la belleza y el esfuerzo de llevar en la mochila el peso añadido de la cámara para aislar el recuerdo de momentos y detalles que la memoria no quiere perder.. Así, este fotógrafo montañero, o montañero fotógrafo, al paso de sus caminatas por el campo y la montaña, se recrea en escenas de sol y de niebla, de nieve y de cielos despejados, arrancándole todas las posibilidades a la luz del día, especialmente a través de atardeceres que apuran sus contraluces en las cuatro estaciones, recogiendo los ocres y rojizos del otoño, el blanco de las nieves del invierno o el verde tembloroso de la primavera. Normalmente su objetivo se abre para recoger amplios paisajes, en los que la naturaleza se muestra en todo su esplendor, y a veces se detiene en un detalle.

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Aunque no todas sus fotos son de naturaleza y de montaña, sino que como buen viajero recoge otros escenarios urbanos —Segovia, Bilbao, La Mancha…—; y como buen granadino, nos ofrece distintas tomas de Granada, con varias incursiones y acercamientos a la Semana Santa de la que atiende a todo su ritual de velos y mantillas, de pasos procesionales y de recogimiento entre litúrgico y protocolario. Normalmente, para dar mayor dimensión y profundidad expresiva a sus fotografías, suele ponerles un pie, con cierto temblor poético, sin que en la mayoría de los casos identifique a su autor, aunque otras veces, como en el caso de León Felipe, sí que lo nombre, quizás para acentuar su vinculación con el poeta que se definía como romera y aspiraba a “que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo”. Con estos versos a modo de pies de foto consigue que las suyas recreen quizás el momento en que fueron tomadas, muchas de ellas en pleno esfuerzo montañero, como queda dicho, y todas ellas desde la óptica de un aficionado constante y consciente de sus límites. Como tales “fotos al paso”, a la hora de mostrarlas en Moldeando la luz, no recurre a elaborados tratamientos informáticos sino que las muestra casi como salen de la cámara, con los elementales retoques de luz y de contraste, como testimonios que son del paso del montañero por los distintos escenarios de sus salidas habituales a la montaña o del viajero que recorre campos y ciudades atento al detalle, a ese soplo de vida que se encierra en cualquier momento al paso y se traduce en fotografía.

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Este fotógrafo montañero, o montañero fotógrafo, al paso de sus caminatas por el campo y la montaña, se recrea en escenas de sol y de niebla, de nieve y de cielos despejados, arrancándole todas las posibilidades a la luz del día, especialmente a través de atardeceres que apuran sus contraluces en las cuatro estaciones, recogiendo los ocres y rojizos del otoño, el blanco de las nieves del invierno o el verde tembloroso de la primavera.

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Páginas 8 a 18: Fotos Guendy Páginas 20 a 27: Fotos Maylín

Jonathan Álvarez Muchos se preguntarán qué es el culturismo, ¿un deporte, una moda, una afición, un arte? Es una forma de vida de muchos hombres. El culturismo se consigue con ejercicios anaeróbicos, cuyo fin es fortalecer y definir los músculos del cuerpo. También es definido como fisicoculturismo, una actividad basada en ejercicios físicos intensos generalmente anaeróbicos, consistentes, la mayoría de veces, en el entrenamiento de pesas en gimnasios mediante diversos tipos de ejercicios de fuerza/hipertrofia. Es una actividad que se suele realizar en gimnasios y cuyo fin suele ser la obtención de una musculación fuerte y definida. También se suele llamar musculación a la actividad encaminada a hipertrofiar el músculo (su diferencia con el culturismo radica en que la musculación no exige poses como objetivo del trabajo muscular). Según recoge la Wikipedia, el culturismo es una actividad deportiva distinta de la halterofilia, el atletismo o el powerlifting. En algunos países no está reconocido como deporte de competición. El culturismo es un deporte muy exigente, una disciplina que deja al practicante más fuerte y con un buen estado de ánimo todo el tiempo. Para practicar esta disciplina deportiva, no se puede tener una vida muy agitada y con poco tiempo para descansar, pues lo único que se logrará es estar cansado y adolorido. Por ello, la preparación mental debe complementarse con un estilo de vida saludable, manteniendo una reglas básicas que pocas veces se pueden y deben saltar. En fin, que ser culturista no es para todos, se necesita mucho sacrificio, mucho trabajo y mucha autodisciplina, unido a una alimentación muy controlada y equilibrada, rica en proteínas, macronutrientes y multivitamínicos. Puede que el austriaco Arnold Schwarzenegger, nacionalizado en EE.UU, sea el culturista más famoso del mundo. Del culturismo dio el salto al cine y se convertiría en una estrella de Hollywood Después del éxito de sus películas entró en la política llegando a convertirse en Gobernador de California en 2003. En 2012 regresó de nuevo al cine como actor y protagonizó “Los mercenarios” con otros famosos culturistas como Sylvester Satllone y Jean-Claude Van Damme. En esta película también trabajaba el actor y productor estadounidense Bruce Willis, nacido en Alemania, que no viene del culturismo, sino que comenzó como guardia de seguridad y abandonó sus estudios en la Universidad de Montciair para hacer sus primeros pinitos en series de televisión hasta convertirse en un actor y productor de éxito. Y nuestro modelo fotográfico, Jonathan Álvarez, al que hoy os presentamos a través de las fotos realizadas por José Luis Maylin y por José Luis Cuendia “Guendy”, realizadas en los Estudios Guendy, nos indican que el joven deportista sigue los pasos de los culturistas mencionados, pues recientemente también está haciendo sus incursiones en el mundo del cine a través de videos cortos con las pretensiones de hacer algo más largo y serio. Todo es empezar, al igual que hizo con su pasión por el culturismo hasta conseguir el palmarés que actualmente ostenta. Comenzó a competir en Abril de 2015 a nivel regional en el campeonato de Asturias, donde debutó y ganó. Ello fue lo que más le motivo para seguir. Desde entonces para Johnny, que es como le llaman los amigos, todo es como un juego en

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el que quiere ir pasando niveles. Después del campeonato de Asturias el siguiente fue el campeonato interterritorial, resultando campeón del Norte de España. El siguiente sería el Campeonato Nacional, donde queda subcampeón de España, para pasar a formar parte de la selección española y el seleccionador nacional decide llevarle al Campeonato de Europa donde consigue entrar en la final en el 6º puesto. Desde entonces Jonathan no ha parado de trabajar y prepararse siempre pensando en la próxima competición. Ahora ya sus niveles son los campeonatos internacionales, de esta manera participa en Roma y Polonia donde consigue 2 medallas de plata empatado con el primero en ambos casos. Jonathan es un luchador que no se desvanece, siempre se pone la miras más altas, sabedor del sacrificio que ello supone, así se presenta al campeonato del Mundo, consiguiendo llegar a la semifinal. Toda una epopeya la trayectoria de este joven asturiano nacido en Oviedo y que con tan solo 31 años ya cuenta con el siguiente palmarés: » Bicampeón De Asturias » Campeón Norte De España » Campeón Open Nacional Musclepower » Campeón Open Nacional Valladolid » Subcampeón De España » Subcampeón Diamond Cup Roma » Subcampeón Diamond Cup Polonia » Finalista Campeonato Europa » Semifinalista Campeonato Del Mundo

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Esta foto con Arnold Schwarzenegger fue tomada en el Arnold Classic Europe, celebrado en Barcelona, un evento Feria, Expo… la mayor a nivel nacional en España, a donde Jonathan acudió para hacer publicidad de su casa patrocinadora. Pero su estampa y persona no le pasó desapercibido al culturista, político y actor estadounidense que al descubrir a nuestro Johnny dijo mirando al fotógrafo: “Looking good, come here, take a good shot.”

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Efluvios de una traición F. T. Alicia se casaba al día siguiente; o por mejor decir, tenía que casarse al día siguiente con Ernesto Sarabia, no cabía vuelta de hoja. Todo estaba preparado desde hacía tiempo: los anillos, los trajes —el de la novia era un modelo exclusivo de White One, pagado por el padre—, el banquete en el mejor restaurante de la ciudad para casi doscientos invitados y hasta el viaje de novios, contratado semanas antes. Solo faltaban las flores que habían de adornar el presbiterio de la iglesia donde se bendeciría el enlace y que la floristería previamente contratada colocaría al día siguiente, para que todo estuviera en su punto a la hora de la ceremonia. Por eso aquella tarde Alicia estaba radiante. No tenía ninguna obligación ni ninguna tarea pendiente, así que se dedicó a completar la maleta de cara al viaje que emprenderían al día siguiente, una vez terminado el banquete. Rematado el equipaje, y como todavía le quedaban unas cuantas horas por delante, que pasaban con una lentitud exasperante, se acercó al piso que ya tenían perfectamente equipado y desde el día siguiente sería oficialmente su hogar. Llevaba un par de bolsas de libros que, al entrar en la casa —olía a barnices nuevos, seguramente del parqué recién acuchillado—, depositó sobre el taquillón de la entrada en el momento en que oyó unas risas pasillo adelante. No sabía que hubiera nadie; y no tenía por qué haber nadie, se dijo, pues Ernesto le había dicho que había quedado con un par de amigos para tomar la última copa en soltería. Pero allí estaban aquellas risas que, aguzando el oído, notó que venían del dormitorio. Risas de hombre y de mujer. Y de pronto, voces de hombre y de mujer. “Te voy a echar de menos”, le oyó decir a él; “Y yo a ti”, le contestaba ella, “pero siempre habrá ocasión de alguna escapadita”. Y volvieron las risas, nerviosas, juguetonas, …hirientes. Alicia, muda en mitad del pasillo, estuvo a punto de asomarse al dormitorio, pero se tragó una lágrima, volvió sobre sus pasos y salió del piso sin dar el portazo que le apetecía. Había oído suficiente. Su novio, Ernesto Sarabia, estaba en su dormitorio con Clara, su íntima amiga, la que durante mucho tiempo había sido su medio hermana. Y precisamente el día antes de su boda. Bajó las escaleras rumiando su desazón y aguantando aquel viento de fuego que le abrasaba los pulmones y le inundaba el corazón. Clara era su amiga de toda la vida y, antes de que ellos iniciaran su noviazgo, había salido con Ernesto unos meses: “quince días o algo más”, apostillaba él cada vez que se lo recordaba. Y lo cierto era que durante todo su noviazgo se lo había recordado muchas veces, porque Clara estaba siempre presente en sus vidas, como una sombra que les marcara el destino, y en sus conversaciones, como si Ernesto no quisiera olvidarse de ella. Y Alicia acababa de comprobar que ni se había olvidado de ella ni pensaba hacerlo. Parada en mitad de la acera, con el eco de aquellas risas retumbando en sus oídos, no sabía qué hacer. Dudó varias veces si subir y arrojarle el anillo de compromiso al centro de aquella cama que compartía con Clara y tenía previsto compartir con ella en los próximos años. Dudó también si subir y pedirles unirse a su fiesta, en un trío irritante. Y entre las muchas posibilidades que barajaba de afearles su conducta, pensó en pegarle fuego mientras retozaban al que había soñado que sería el lecho de su felicidad conyugal o al menos en hacerles un corte de mangas desde la puerta del dormitorio, mientras ellos cabalgaban una felicidad que no debiera corresponderles.

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Finalmente, asumiendo parte de su derrota, tomó calle abajo, con los ojos arrasados en lágrimas, sin importarle que la vieran quienes con ella se cruzaban en la acera; y sin consciencia ni del tiempo ni del espacio, fue caminando hasta que, sin saber por qué, o tal vez por hacer algo, se metió en un karaoke que a aquellas horas estaba medio vacío. En el altillo destinado a quienes cantaban, una joven rubia, con unos tejanos imposibles, aniquilaba sin complejos una canción de Joaquín Sabina, arrastrando mucho las eses y gimiendo en todos los finales: “…que el escenario me tiña lasss canassss/ que nunca sepassss ni cómo, ni cuándooo/ ni ciento volando, ni ayerrrrr ni mañanaaaaa…” Alicia pidió un gin-tonic y, mientras subían al altillo tres jóvenes descamisados que no disimulaban su borrachera, lo bebió de tres tragos y se quedó escuchando a aquellos tres, que querían entonar una jota navarra mientras guardaban un equilibrio más que difícil en aquel estrecho escenario. Por fin llegaron a la última estrofa y Alicia pidió su segundo gin-tonic que fue tomando poco a poco, notando cómo el hielo tintineaba en los bordes del vaso mientras en su interior la rabia iba diluyéndose en un sordo rencor y la tristeza se acrecentaba con los recuerdos, cada vez más presentes, de aquellas risas que había escuchado apenas una hora antes en su propia casa. ¿O no debiera llamar su propia casa a aquella en que el que habría de ser su marido al día siguiente se la pegaba con su mejor amiga?

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Alicia pidió su segundo gin-tonic que fue tomando poco a poco, notando cómo el hielo tintineaba en los bordes del vaso mientras en su interior la rabia iba diluyéndose en un sordo rencor y la tristeza se acrecentaba con los recuerdos...

Cuando mayor era su confusión personal —a cada minuto que pasaba se arrepentía de no haber entrado en aquel dormitorio para, al mismo tiempo, alegrarse de no haberlo hecho— subió al altillo un chaval muy bien puesto, más o menos de su edad, vestido informalmente pero con gusto, que comenzó a cantar un bolero con buen tono y mejor estilo, insinuante y cálido, aunque para el gusto de Alicia su voz fuera algo pastosa. A mitad de la canción, notó que no separaba sus ojos de ella y hasta sintió que su sonrisa le iba dirigida. Cuando terminó de cantar, se dirigió al encargado de poner la música, le susurró algo y volvió a subirse al altillo para atacar una vieja ranchera que, más que cantar, susurraba, sin quitar sus ojos de Alicia —y te voy a enseñar a querer, como nunca has querido— que no sabía si aquella dedicación le complacía o la disgustaba. Mientras, daba sorbos, cada vez más ansiosos, a su tercer gin-tonic. Cuando el joven dejó de cantar —porque sé que mi amor sin tu amor no vale nada—, bajó del altillo y se acercó a Alicia. “Me llamo Alfonso”, le dijo, y se sumergieron ambos en un vaivén de sonrisas, de palabras atropelladas y de disparates compartidos. La juventud les estallaba poro a poro y la noche cercana les sumergía en un túnel de euforia al que hacía buena compañía el alcohol. —¿Tomas otro? —le preguntó a Alicia, que dijo que sí sin saber lo que decía, quizás porque él en ese momento le había colocado su dedo índice en la nariz y lo fue bajando, por los labios, por el mentón, por el cuello, hasta llegar a un seno donde se detuvo sin que ella saliera de su asombro. Dio un trago largo al nuevo gin-tonic y quiso apartarle la mano, pero entonces él la había metido ya debajo de la sudadera y le recorría la espalda, mientras le susurraba, cada vez más cerca, obscenidades que ella era incapaz de rechazar y, casi sin darse cuenta, como si la hubiera llevado en volandas, se encontró en una esquina de uno de los servicios, mientras él la manoseaba y besuqueaba y ella se dejaba hacer sin voluntad ni participación. Notó que le bajaba la braguita, que la penetraba primero suavemente y luego con fuerza y que eyaculaba con un temblor que la dejaba fría. En ese momento sintió la primera arcada y luego, cuando él se limpiaba con papel higiénico, la segunda y la tercera, hasta que vomitó en el suelo y notó que el olor repugnante de sus vómitos se mezclaba con el repulsivo de los orines de aquel retrete aborrecible. Él intentó decir algo, pero no le salieron palabras ni gestos. Alicia recompuso su ropa como pudo, se limpió con la braguita que luego tiró al inodoro con un gesto de rabia y salió de aquel baño sin mirar atrás. Alfonso la seguía desconcertado. —¿Cómo te llamas? —le preguntó a la puerta del karaoke, quizás por decir algo. Alicia le miró con una sonrisa triste, sabiendo que al día siguiente el destino iba a arrojarla sin alivio a los brazos de Ernesto con quien, quisiera o no, habría de compartir las mieles del matrimonio, si las hubiere, y las hieles del rencor. Dando traspiés se encaminó a su apartamento de soltera y, cuando ya divisaba la esquina de su portal, un nuevo vómito le arruinó la sudadera definitivamente, mientras recordaba que en el taquillón de la entrada de su piso habían quedado las dos bolsas de libros, que quizás le indicaran a Ernesto que ella había estado allí mientras él jugueteaba en su propia cama con su amiga Clara. Una vez en la ducha, incapaz de sacudirse la borrachera y los recuerdos que la acompañaban, recordó aquel proverbio atribuido a Confucio según el cual “si quieres emprender un viaje a la venganza, cava dos tumbas”. Si no hubiera estado tan hastiada, tan dolorida, se hubiera reído de buena gana, consciente de que la suya había comenzado a cavarla en el momento en que Alfonso había comenzado a cantar, empalagosamente intencionado, en aquel karaoke cuyo olvido le iba a resultar tan difícil.

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Gloria Soriano

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Charli En medio del camino una bandada de cuervos merodeaban alrededor de otro que parecía el muerto del funeral. Cuando la granjera se acercó los pájaros no se espantaron. Marta recogió del suelo al cuervo herido y los demás, con un aplauso de alas, empequeñecieron en el cielo. Charli, tranquilo, esto te va a doler, le dijo la granjera. El pájaro hipnotizado por su voz se dejó curar la herida del vientre y entablillar la pata. El nombre de Charli en córvido era una estridencia denterosa de difícil pronunciación. Sin embargo la palabra Marta tenía una traducción sencilla. Los cuervos la llamaban la señora Cra. La convalecencia de Charli fue más larga de lo normal por decisión de la granjera. Antes del alta tuvo que aprender a escribir con la pata no herida y acompañarla en unas vacaciones. Lo de la escritura era un capricho de la señora Cra. Si Charli colaboró fue solo por agradecimiento, ya que él se manejaba de sobra con el pico. Lo del viaje sí le gustó. A la mujer estar acompañada del cuervo le daba dignidad. A él le hacía ilusión descubrir horizontes más allá del páramo y la granja. En esa etapa de su vida también aprendió a comer de un dispensador que la señora Cra compró por internet. Cuando tenía hambre recogía basura, la depositaba en la boca del contenedor y éste le servía la ración correspondiente. Charli volvió con los suyos con una leve cojera, nuevas costumbres e ideas para poner en práctica con sus congéneres. Entre todos acabarían con la basura de los alrededores y la falta de reciclaje. El Antigénesis La señora Cra, apoyada en el antepecho de la ventana de su dormitorio, hizo visera con la mano para mirar a los siete cuervos. Los Hermanos Destructores Creativos Asociados escarbaban en el hormiguero como toxicómanos. No era la primera vez que la granjera observaba el ritual: la maceración de las hormigas con el pico, la dispersión de sus restos por las alas y el graznido alucinado. La risa tonta. A veces les daba por pensar. En una de esas sesiones que estaban de hormigas hasta el obispillo, a los hermanos se les ocurrió la idea del Antigénesis.

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No fue necesario discutir quien escribiría lo que allí se dijera. Sin embargo, po­ nerse de acuerdo en el protocolo para destruir una creación que duró varios días tuvo su enjundia. Acordaron empezar con la destrucción de lo primero que hubiera sido creado. Después lo segundo. Si respetaban el orden, todas las criaturas, cualquiera fuera su reino, tendrían una vida igual de larga. Menos mal que se dieron cuenta a tiempo de lo peligroso que era actuar con justicia. De haber comenzado con un ¨Deshágase la luz”, se habrían cargado de un plumazo toda la creación. Menudo aburrimiento. El cuervo mayor determinó el procedimiento a seguir: Empezaremos atacando el séptimo día. Charli anotó: Dios dejó de descansar. Manejaba la pluma con su pata adiestrada, la misma con la que se sujetaba de

una rama del nogal para balancearse cabeza abajo cuando no hacía de escribiente. Antes de seguir emborronando la hoja de maíz, se detuvieron a repasar los de­ talles de la creación. Leer y comentar en voz alta la Biblia les inspiraría las palabras certeras. << Produzca la tierra hierbas, plantas que den semilla, y árboles frutales que den fruto según su género, conteniendo en ellos la simiente. >> El lector hizo una pausa para recordar a su auditorio que las semillas del trigo que se cultivan no sirven para simiente. <<Después dijo Dios: “Haya luminares en el firmamento que separen el día de la noche; y sirvan de signos para distinguir las estaciones, los días y los años…”>> Aquí todos movieron la cabeza con preocupación. Las estaciones de invierno apenas se distinguían de las de verano, y con los años y los días no se ponían de acuerdo. Que si los años pasaban como días. Que si algunos días parecían años.

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Sin embargo, la lectura del final de cada día de creación,” Hubo de nuevo tarde y mañana”, desencadenaba siempre un aplauso. Eso era así. La tarde y la mañana existían. El creador había puesto en ello mucho empeño. Charli, que de momento no estaba escribiendo nada, tomó la palabra para hablar de las auroras boreales, y de los días sin noche que había conocido en su viaje al extranjero. En su opinión los astros luminares tenían un defecto de fábrica. La idea de una creación imperfecta les hizo enmudecer. La Antigénesis no pretendía enmendar un desaguisado. Un malentendido así dañaría su imagen. Hermanos Destructores Creativos Asociados no era un funcionario cualquiera. Además de los escollos encontrados en las creaciones del tercer y cuarto día, estaba lo de las aves el quinto. Eran aves en general, ellas incluidas. Y lo del hombre el sexto, el hombre sin mujer. No sabían dónde ubicar a la granjera. De nuevo se impuso el cuervo mayor. Tras recordar a todos que en el principio era el Verbo, y que un viento poderoso sopló, dijo: Continuaremos con el día primero. Las vibraciones de su voz agitaron la hoja sobre la que reposaba el lápiz. Éste rodó entre las hierbas y Charli lo recogió con el pico. No había empezado aún a escribir “que se apague la luz”, cuando el cielo se puso negro, la tormenta cubrió el abismo de tinieblas, y todos volaron como pu­ dieron deseosos de llegar al nido cuanto antes.

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Mario Eduardo Blanco

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El sueño de Sherezade A Mario siempre le habían gustado los relojes, le encantaban desde niño, cuando contemplaba fascinado a los vendedores mostrando un sinfín de ellos en el reverso de la americana en las ferias del pueblo. Entre comerciantes, vendedores ambulantes, charlatanes, trileros, e individuos de toda índole que acaparaban su atención solían, aquellos, destacar para sus ojos por el brillo de las esferas, las manecillas incansables y los mil y un diseños de aquellas maquinitas prodigiosas que aunaban la capacidad de mostrar el paso implacable del tiempo con el adorno más o menos atractivo. Ya de mayor, Mario aún conservaba esta antigua atracción infantil de forma que había ido haciéndose con una pequeña colección, no tan grande ni fastuosa como le hubiera gustado, pero sí suficiente como para exhibirla orgulloso entre sus amistades más íntimas. Aquel día, mientras contemplaba, ensimismado, por enésima vez su última adquisición, un pequeño prodigio suizo de diseño vintage que lucía orgulloso sobre su muñeca izquierda, fruto de un regalo de sus hijos lo que incrementaba su valor de forma especial, percibió entonces que marcaba las cinco en punto de la tarde cuando, de repente, creyó ver primero la pequeña manecilla del segundero hacerse más grande y parpadeante, más tarde la vio pararse para luego retroceder, junto a la aguja horaria y el minutero en un movimiento levógiro que fue haciéndose más intenso y veloz, tanto es así que terminó por hacerse invisible debido a la velocidad frenética que había adquirido formando una especie de remolino infernal que amenazaba con absorberlo de igual forma que un potente imán atrae a la aguja. Por un momento, aún sentado como estaba, estuvo a punto de devolver tras sentir como el estómago se comportaba de igual manera que si hubiese subido a la barquilla de una enloquecida montaña rusa; luego notó una pérdida de la conciencia que le situó en una sensación única a caballo entre la vigilia y el sueño, algo que jamás había sentido de forma semejante. Poco a poco, su corazón antes desbocado en un

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galope frenético e irrefrenable, fue volviendo a la calma y una sensación plácida y de sosiego tranquilizador fue sustituyendo a la locura que acababa de sentir. Por fin, tras superar el miedo inicial, abrió tímidamente los ojos y los fijó ante el rostro de una mujer que le observaba sonriente con una mirada entre pícara y curiosa. Sus ojos, de un verde intenso y brillante parecían poseer el don de trasmitir a un tiempo inquietud y sosiego pese a lo antagónico de ambos términos, y en un rostro de líneas hermosamente clásicas, suavemente bronceado, resaltaban de una manera muy especial, enmarcado todo ello en un cuerpo especialmente esbelto, sensual e insinuante alejado no obstante de lascivia alguna. “Acompáñame”, le dijo en un acento extraño y desconocido: “hoy he decidido ofrecerte el regalo de contemplar la maravilla de una danza, el sultán Abdülmecid me ha permitido invitarte”. Y así fue como Mario fue espectador de una de los más bellos y fascinantes espectáculos que había contemplado hasta entonces. Del fondo oscuro de una amplia sala del palacio, surgieron primero las figuras enigmáticas de unas bailarinas semiocultas en sendos chadores que apenas permitían apreciar sus rostros al tiempo que una música envolvente, dirigida por un hábil percusionista, iba ocupando, primero los espacios vacíos de la estancia para ir adueñándose posteriormente y de manera progresiva de los espectadores, haciendo vibrar, al ritmo acompasado de los tambores, sus cuerpos. Desprendidas las danzarinas de las capas que las cubrían, mostraron al fin sus cuerpos adornados ahora de exiguas prendas y velos multicolores que hacían volar describiendo en el aire mil y una formas al tiempo que el ritmo y volumen de la música iba creciendo de igual forma que la fascinación de un público que poseído por la magia del espectáculo terminó acompañando el frenesí con las palmas primero y más tarde con los pies y la cabeza en una especie de catarsis enloquecida y contagiosa. No sabría precisar, Mario, el tiempo que se mantuvo el embrujamiento de la representación ni tampoco qué extraño sortilegio le había llevado a él a vivir semejante aventura, Lo cierto es que cuando volvió a comprobar la dorada esfera de reloj de pulsera, sus manecillas marcaban las cinco en punto de la tarde y el segundero volvía a discurrir pausado y rítmico al igual que su corazón. (Mi agradecimiento al grupo de danzas orientales Amber Hips y al percusionista Samyrelturky)

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Monchu Calvo

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L´argayón de Anzó The collapsed mountain

Se despedían los últimos días de marzo bajo un sol radiante, aunque los días previos abían caído grandes nevadas en los altos montes de Redes. El autocar nos recogió en Rioseco, Sobrescobio, hacia las 8,45, a unos cuantos vecinos, que junto con otros procedentes del vecino concejo de Caso, habíamos atendido la invitación del concejo de Somiedo, para un intercambio de ideas entre los dos parques naturales, para tratar entre otras cosas, la convivencia entre el oso pardo y la población humana y ganadera en aquel territorio. Era un día que prometía feliz. Somiedo es un ejemplo de buena gestión turística, y de indudable belleza paisajística y medioambiental. Durante el viaje sonó el teléfono de los dos alcaldes que nos acompañaban. Por sus expresiones las noticias no eran buenas. Después nos comunicaron que una gran mole caliza, pegada a la carretera y cerca de la presa del pantano, se había venido abajo, arrastrando en su desplome miles de toneladas de roca que sepultaron la carretera y casi el caudal del Nalón. Lo que en Asturias llamamos “argayu”, y que es muy habitual ver en nuestras carreteras sobre todo en épocas de lluvias. Solo que este de proporciones gigantescas. Ni que decir tiene que la visita a Somiedo estuvo marcada por este incidente, y después de varias visitas y de la comida, emprendimos el viaje de vuelta con gran preocupación. Los alcaldes ya nos habían precedido. Al llegar a Rioseco todos los vecinos nos contaban detalles del derrumbe. Los primeros en llegar, guardias civiles, con perros especializados en rescates, descartaron que hubiese coches o personas sepultadas. Minutos después de pasar nuestro autocar, lo hizo el bus escolar que traslada estudiantes a Laviana, al poco la montaña se vino abajo. El médico procedente de Caso, observo las luces de freno del coche delantero, que alarmado por la caída de piedras sueltas tuvo la precaución de detener su marcha. Salvaron por los pelos. Fueron testigos directos de aquel terremoto de tierra y peñas. Como si un hacha gigante separase la montaña a la mitad y una de ellas se desplomara inerte ante nuestros ojos. La imagen era dantesca. A escasos metros unos obreros trabajaban en la reforma de un restaurante. Nos cuentan que sintieron la tierra temblar y un gran estruendo, no podía ser un accidente porque era demasiado potente. La cercanía del muro de la presa pasó por sus cabezas asustadas, pero al salir y ver aquel espectáculo ante sus ojos, no podían dar crédito a lo que veían. No sé si fue Dios, o la providencia, pero solo un milagro propició que no hubiera ninguna víctima en aquella furia desatada de la tierra.

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Al escribir estas líneas llevamos veintidós días aislados del mundo. Las otras carreteras alternativas son largas, y en algún caso imposibles para vehículos dado su mal estado. El ingenio vecinal ha recuperado un antiguo camino, de época romana, al que las hábiles manos de unos obreros le han construido un artesanal puente de madera, que salva el arroyo de Anzó, convertido gracias a las lluvias en un embravecido torrente. La antigua senda está bastante abandonada, y no es fácil de recorrer, sobre todo cuando el suelo está mojado, pero gracias a ella se salva el derrumbe por su parte alta, atravesando un precioso paisaje donde el bosque de castaños nos ofrece unos paisajes preciosos, así como un mirador conocido como el lugar de los Infiernos, que por su nombre ya nos hace referencia al agreste lugar que las legiones romanas y sus esclavos escogieron para salvar aquella hoz pétrea, que en aquellos años sería absolutamente impenetrable. Hoy, cosas del destino, vuelve a ser utilizada por decenas de personas al día. Los que tienen la suerte de disponer de dos coches, dejan uno a cada lado, y hacen el camino de montaña, que en media hora salva los dos extremos de la montaña. Sé que algunos amigos moldeadores han girado visita a este enclave, y seguro que corroboran lo que estoy describiendo. Si tenéis oportunidad y queréis verlo en directo, merece la pena la visita. Allí vemos hombres y mujeres, niños incluidos, en ocasiones, como el panadero cargado con una infinidad de bolsas que hacen diariamente este trayecto para repartir el pan a los vecinos. Es en estos casos cuando te das cuenta que el parque de Redes está dejado de la mano de Dios. Una catástrofe puede pasar en cualquier sitio, aunque el trazado de esta carretera lleva muchas papeletas para que esto ocurra. Está hecha deprisa y mal. Siempre se vio, pero ahora sufrimos su cara real, y luego el resto de las vías de comunicación, más parecen caminos de arrieros que carreteras del siglo XXI. Caso está aislado, y sufriendo graves consecuencias por ello. Ahora lo vemos de forma clara, y lo malo es que mucho nos tememos que se arregle de mala manera, solo para salir del paso, y aunque a veces los milagros ocurren, igual el que los propicia lo cogemos despistado, y lo que hay que lamentar, el próximo argayu, son vidas humanas.

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La antigua senda romana estĂĄ bastante abandonada, y no es fĂĄcil de recorrer, sobre todo cuando el suelo estĂĄ mojado, pero gracias a ella se salva el derrumbe por su parte alta, atravesando un precioso paisaje donde el bosque de castaĂąos nos ofrece unos paisajes preciosos

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Juan Depunto

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III. Cantando bajo la lluvia*

I’m singing in the rain Just singing in the rain What a glorious feelin’ I’m happy again Gene Kelly, 1952

3. Diciembre del seis Los días transcurren con una desesperante calma húmeda, pegajosa. No tienen prisa en irse las nubes y sigue lloviendo. Se te hace interminable esta estancia inesperada en tu vida. No ves avances en tu enfermedad, más bien al revés, te vas deteriorando cada día un poco más. Porque estás cada vez más débil, a pesar de que tu mujer te trae bajo cuerda comida de casa. Un paciente de la planta de arriba, diez años menor que tú, también con neumonía, la ha cascado. Te acojonas, aunque te consuela tener la seguridad de que tú estás más cuidado, por tu mujer que no se separa y por tus amigos. Es la que te ha dado fuerzas para aguantar este encierro en el que te encuentras, tú que tan amante eres de la libertad. Tú, que preferías hacer el doble de guardias de 12 horas a verte encerrado 24 en el hospital. Te visitan amigos y compañeros. Entre los amigos y compañeros tienes tres que lo hacen a diario, Bedo, Paco V. y Eutimio, que suelen hacerlo a distintas horas según se lo permiten sus ocupaciones, aunque a veces coinciden. Bedo te ha llegado a traer productos reconstituyentes de la Liébana, un magnífico queso picón y mermelada de arándanos. Naturalmente bajo cuerda, por lo que, tras asegurarte * Ver en el n.º 75 de Luz Y Tinta, página 46, la nota “Cambio de rumbo” acerca de la estructura general

de la obra “El tiempo pasa”, de la que forma parte este capítulo. Enlace: http://amantesdelafotografia3. ning.com/profiles/blogs/luz-y-tinta-no-75

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que nadie te ve, pruebas un buen trozo y escondes el resto en el armario. Bedo es de poco hablar y mucho escuchar. A Paco, también compañero, lo conoces de tu época de estudiante en Gerunda; además tu mujer y la suya fueron compañeras de colegio y universidad. Hace doce años te salvó con su agudeza diagnóstica de un posible ingreso hospitalario tras un desvanecimiento que al final no tuvo mayor importancia. Eutimio, tu neumólogo de cabecera, te da ánimos con su tesis de que no siendo un cáncer antes o después se curará. Lo de que no sea un cáncer tiene su historia, y de terror. Como no cede la infección, tus médicos piensan en descartar un posible cáncer que esté perpetuando la situación, para lo que te piden una broncoscopia, que consiste en meter un tubo por las vías respiratorias para inspeccionarlas. Claro, el cuerpo no se deja hacer esto sin más, por lo que se necesita anestesia. El problema consiste en esa anestesia. La anestesia general tiene elevados riesgos vitales en tu estado, por lo que se hace con local. Y el problema principal de la local es que es una tortura: te pinchan la laringe-tráquea (la "nuez" para que nos entendamos), lo cual, naturalmente, no sólo es desagradable sino que atenta contra una de tus más sensibles zonas vitales,

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por lo que entras en un stress tremendo que te pone los vellos de punta. Con todo, eso no es lo peor. Lo peor viene cuando te inyectan el líquido con el anestésico directamente en la vía respiratoria principal: la sensación de ahogamiento es la misma de si te metieran la cabeza debajo del agua y esperaran a que respiraras ese agua. Como en las torturas inquisitoriales o policíacas actuales más brutales. Al menos se descartó el cáncer, aunque fuera a ese tremendo precio. La medicina tiene todavía modos y maneras muy medievales, le queda mucho por avanzar hacia algo mucho más humano. Falta mucha empatía para situarse en el sentir del paciente a la hora de diseñar pruebas diagnósticas y terapias. Mientras estás en el potro de tortura tratas de distraerte pensando en tus visitas, esas que por un lado deseas porque te consuelan y entretienen las largas horas de ingreso pero a las que por otro lado le temes porque te agotan. Sobre todo las más colectivas, como las de los compañeros que, como están allí, continuamente entran en tu habitación. Tuviste que llegar a prohibirlas, elaborando de tu puño y letra el cartel de prohibición que se colocó en la puerta. Otra cosa son las visitas de tus amigos, como Constantinopolus el griego asentado en Seviunda hace ya 20 años, o Rufus, ese fuertote y noble ser de origen germánico, o Vikendi, de descendencia vasca. A ellos, por la confianza que tienes, les puedes decir que hoy no estás con cuerpo para atenderlos y lo entienden. Te comunican que tampoco para este puente de la Inmaculada, enlazado con el anterior de la Constitución y su fin de semana previo, te vas. Volvió la fiebre y empiezas a desesperarte. Esperas al menos que para la Navidad estarás en casa. Han venido tus hijos a celebrar de alguna manera con su madre y contigo este día. No les gustan los hospitales, son aprensivos en este sentido, muy sensibles, por eso te visitan poco. Como también te visitan poco tu hermana (también médica) o tus íntimos amigos, porque viven fuera. Vuestra amiga María Carlota te ha hecho vudú (literalmente) y tus múltiples manchitas circulares del pulmón (micro abscesos) han confluido. Por fin te los pueden drenar. Te lo va a hacer Juan S. con anestesia local. De nuevo la dichosa anestesia local, aunque esta vez al ser en una zona menos vital, el tórax, esperas tolerarla mejor. Mientras esperas en la camilla, en quirófano, con la cabeza casi en la puerta, a que empiece a hacer efecto la anestesia local que te ha puesto, ves pasar por el pasillo de circunvalación a Hilario y lo coges de la mano; es un anestesista conocido que

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pasa casualmente o está de guardia y que te inspira confianza. Le pides se quede a tu lado, que te estás mareando y te encuentras fatal. Alguien describió la simple lipotimia como la sensación más parecida a la muerte, aunque de casi todas se recuperen las personas espontáneamente, o tras caer al suelo y reanudarse el riego cerebral por la horizontalidad. Te consuela e intentas distraerte pensando que el canto de los niños de San Ildefonso lo oirás por fin desde casa. Todo es sufrimiento. Vuestra amiga Carlota es un ser especial. Compañera de facultad de tu mujer, vivió en vuestra casa durante tres o cuatro años mientras estudiaban juntas. Y en ellos viste cosas increíbles. Las de menos eran cuando hacía de médium en las guijas que de vez en cuando organizaban varias de las amigas de tu mujer. Esas intervenciones de los espíritus invocados es lo esperado en estas simulaciones espeluznantes. Lo que ya no es tan corriente eran los cortes de luz o las pintadas. La primera vez fue al principio de su estancia en vuestra casa. Una tarde, ya casi noche, os anunció un "no preocuparos, se va a ir la luz". E inmediatamente se fue. Te levantaste a ver los interruptores generales, que bien conocías pues los instalaste tú, aficionado al bricolaje, más por ahorro que por verdadera afición. Estaban conectados tanto los magnetotérmicos de las distintas zonas de la casa, así como el diferencial general. Entonces abriste la cercana puerta de entrada para ver si había luz en la escalera y... ¡la había! Fuiste a continuación a la terraza para ver si había luz en otros pisos y también estaban encendidos. Era solamente el vuestro el que sin ninguna otra razón, salvo el estado de vuestra amiga, el que estaba sin luz. Carlota tenía a veces caídas en su estado de ánimo que resolvía en pocos minutos absorbiendo la energía eléctrica de los alrededores en los que se encontraba y con esta absorción

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se iba la luz. Ella avisaba cuando se encontraba mejor y a continuación se volvían a encender solas las lámparas y aparatos eléctricos. Lo de las pintadas solo ocurrió una vez, tras haberse pintado recientemente su habitación por una avería de la calefacción. Cerca del techo, como si se tratara de una cenefa de adorno, aparecieron unas letras grandes, parecidas a las góticas, de significado incierto. Ella asumió su intervención indirecta en las letras sin que hubiera mediado intervención física alguna y sin encontrarle explicación. Ella además era una excelente echadora de cartas del Tarot, averiguándote tus más íntimos y secretos proyectos, tan íntimos y secretos que ni tú mismo pensabas entonces en ellos, como pronosticarte tu futura separación entre otros, lo que ocurrió seis años más tarde. Te temes que vas a pasar la Navidad aquí. Hace dos días que te pusieron el drenaje torácico pero no ha resuelto el tema… Haces trampa con los análisis. Aprovechándote de que estás en tu planta, donde tú dabas las órdenes a la enfermería, ahora te quieres ahorrar pinchazos, sobre todo en arterias, que duelen más, y les dices a las enfermeras que aireen un poco la sangre venosa que te han sacado, para ahorrarte el pinchazo arterial de la gasometría. Te hacen caso a regañadientes, pero lo hacen, que es lo que a ti te interesa. Para qué demonios necesitan saber tanto de ti tus médicos si pueden hacer tan poco… Te asfixias. Le pides a la enfermera que te suba el flujo de oxígeno que tienes permanentemente enchufado a la nariz mediante ese artilugio de finas gomas que llaman "gafas de oxígeno". Debe ser por los conductillos que a modo de patillas te colocan desde la nariz a las orejas para que el sistema quede anclado a tu cara. Te preguntas si ya siempre dependerás de ese oxígeno que te alivia tu dificultad para respirar. Solo te lo quitas para comer, ni siquiera para ducharte (solo los días que tienes fuerzas para levantarte, que no son todos ni mucho menos). A raíz de que falló la operación del drenaje, uno de tus médicos te hizo un comentario terapéutico que te contrarió profundamente. Tanto que no quisiste hablar más del tema e incluso pediste cambio de médico. No estabas preparado, ni muchísimo menos, para plantearte ese asunto ahora. Porque en el ahora de lo que se trataba era de tu supervivencia vital. Y te seguían dando casi todas las tardes, al atardecer, esos escalofríos de muerte que te anunciaban la próxima subida de la fiebre. Los análisis y radiografías tampoco iban a mejor. Te hacían tantas que los

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compañeros de rayos X comentaban en tono irónico si es que te pretendían curar la infección pulmonar con radioterapia**... En una de esas tardes con fiebre le volviste a ver la cara a la Parca: en medio de una especie de delirio te sentiste elevar al techo de la habitación y desde allí arriba veías la escena que se desarrollaba alrededor de tu cama, tu en medio y alrededor tu mujer y dos de tus amigos mirándote compungidos. Tú en cambio sentías una enorme paz. Cuando se está pasando tan mal en ese cuerpo que no te responde ni para respirar, lo más elemental de la vida, la muerte la contemplas como una liberación y no sientes ningún miedo ante ella, todo lo contrario, te quieres ir con ella. Está descrito en medicina que esa situación se debe, en momentos preagónicos, a una liberación brutal de endorfinas que genera tu propio cuerpo como forma de hacer más llevadero el tránsito. Las endorfinas son sustancias naturales del organismo semejantes en composición y efectos a la morfina y heroína (ésta aún más **La radioterapia consiste en emplear altas dosis de radiaciones para intentar reducir o incluso curar cánceres.

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fuerte), por lo que su liberación por el sistema nervioso es semejante a ponerse un chute de heroína. Hoy, fin de año del seis, has amanecido tomando una determinación: te vas. Con el alta de tus médicos o sin ella. Te vas. Has aprendido en este ingreso algo que en tus muchos años de hospitales no sabías: los enfermos, para curarse, necesitan dos cosas básicas, descansar y comer. Sin ellas no sirve ninguna otra medida, no sirve el mejor antibiótico, la más perfecta operación. Son elementales e imprescindibles. Aquí no haces ni lo uno ni lo otro. Te visitan en exceso, lo que por otro lado sería de agradecer, pero has tenido que colocar ese cartel realizado por ti mismo, en el que te prohíbes las visitas. Te despiertan a las 11 de la noche, cuando acabas de conciliar el sueño, para preguntarte si quieres un zumo o un yogur; jamás se te ha ocurrido tomarte un zumo o un yogur a esa hora y menos durmiendo. Te despiertan a las 6,30 de la madrugada para ver si ha subido la fiebre; nunca lo hizo tan temprano, ni en ti ni en la mayoría de los pacientes, pero es la hora que les interesa hacerlo a los que dentro de poco cambiarán de turno. Te ponen la comida a las 12.30 h, cuando ni en el extranjero se come tan temprano. Pero la razón es la misma de antes, es el mejor horario para el personal, que no para los pacientes. Y no duermes lo suficiente, no descansas, no comes, porque no tienes hambre y porque hace dos horas escasas que te metieron entre pecho y espalda dos medias tostadas con mantequilla (que sí comiste porque desde bastante antes de las 8 de la tarde -hora de la cena que no tomaste- no habías vuelto a probar bocado). Cuando llega la hora de la visita médica le comunicas tu decisión de marcharte a tu médico responsable, que no se lo esperaba. Reflexiona un momento y te responde que lo va a hablar con los compañeros. A las dos horas vuelve aceptando tu decisión. Te ha preparado la asistencia hospitalaria domiciliaria, como si estuvieras en el hospital pero en casa. Irá todos los días un enfermero a supervisar los sueros que te pone tu mujer con los antibióticos y otras medicinas. Y una vez más procuras distraerte viendo proyectadas en tu imaginación las imágenes que debió de ver Doña Ana Ozores en la Vetusta de sus amores.

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Ricardo González, “Completu”

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Vestigios de guerra Año 2018 de nuestro siglo… Así se podría empezar una historia que empezó hace 80 años y en el siglo pasado pero no es así como me gustaría que se conociera lo que detallaré a continuación, si no con la simple mirada de las fotografías y su remisión al paso del tiempo. Debo decir que desconozco los principios y el final porque simplemente no quise preguntar ni tampoco quiero ser el portador de unos datos pasados por un profesor de esta materia. Todos nosotros tenemos amigos y colaboradores que salen para hacer fotografías y nos contamos historias y en este caso fue con nuestro compañero Manuel Centeno, con quien quiero empezar el relato. Me cuenta que por la zona de Lugones (Asturias), se habla de que pudiera haber en fechas próximas una escenificación con mas de 100 figurantes sobre la II Guerra Mundial y que parece ser que hay un museo en Colloto, con armas y detalles de la Guerra Civil Española. Todo lleva mucho tiempo porque nadie sabe nada, más que simples rumores, pero no se sabe de donde vienen. Además incluso Centeno, que es natal de la zona lo desconoce y sus amigos y familiares también. Tenemos la referencia de un nombre y un número de teléfono, que aparece por Internet, pero queremos saber qué opinan los vecinos de estos lugares para no ir con una total ignorancia. Nadie sabe nada. ¡Qué raro que desconozcan algo tan propenso a ser conocido, al menos por los establecimientos de bebidas! Pero así es. Contactamos con el empresario Jorge Sandoval, promotor de este Museo de El Cuetu, y nos dice que en la Plaza de las Fuentes, en Colloto está el museo y que el responsable de historia es el profesor Alfonso Fanjul; que el museo tiene gran cantidad de armas, municiones, motos, bombas e incluso una tanqueta de aquellos años. Vamos a esta localidad y preguntamos a sus vecinos por el museo. Nadie lo sabe, aun viviendo incluso en la citada Plaza. Recuerdo que hablamos con una persona de unos 70 años y vecino de esta plaza y no sabía nada al respecto y nos dice que hay un operario de la fábrica de armas de Trubia y vecino de esta plaza y este si debería de saberlo. Pero tampoco supo decirnos de este hallazgo. Solamente nos queda llamar a Alfonso, porque además alrededor tampoco vemos un local como para que haya lo que nos decía que había y para nuestra sorpresa nos sale a nuestra espalda por una puerta muy estrecha y nos invita a pasar. Ja,ja,ja,…. El vecino que nos acompañaba echó las manos a la cabeza y nos decía, “Es increíble, pero si nosotros vivimos encima y no sabíamos nada de esto”. Pasamos por un pasillo muy largo y estrecho y llegamos a una inmensa galería, con todo lo que nos habían contado que había y aún se quedaron cortos en sus relatos. Alfonso nos dice que son propietarios de una finca con un bunker y sus trincheras y que nuestra guía para visitarlo será Raquel y concertamos una cita, para visita fotográfica. Llegado el tan esperado día, nuestra guía nos lleva por las maltrechas instalaciones, que han sido hace años vandálicamente saqueadas y pintadas con sprays.

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Reconocido en unión de ella el lugar por los exteriores e interiores nos dice que tenemos total libertad, para ir solos y hacer el tan deseado reportaje en el tiempo que necesitemos. Esto está en el “picu” El Cuetu, Lugones. Situado en una altiplanicie y rodeado de extensas tierras llanas y a escasos kilómetros en línea recta con Oviedo, perfectamente visible desde allí. Los exteriores muestran ventanucos y troneras con anchos muros de hormigón e incluso los detalles donde podrían estar enclavados los emplazamientos de artillería. n Lo que mas llama la atención es que al total descubierto hay una gran edificación de tres plantas, con enormes techos de teja árabe roja, grandes galerías balconadas, torre con campanario y plataformas exteriores como para ser usadas como posible solarium. Parece ser más una gran estancia vacacional de alguien muy poderoso que como una simple defensa bélica. Entramos por una de las muchas puertas y la elegida, en concreto, parece más ir a un trastero que a una galería de túneles conectados unos con otros y que parcialmente rodean el emplazamiento. Pasajes muy estrechos y oscuros donde solo podemos caminar portando una linterna de mano y donde nos rozan continuamente nuestros macutos de transporte de las cámaras y restregamos la cabeza a la primera de cambio por los bajos techos abovedados, en los que apenas podemos estirar los trípodes. Sacamos los objetivos por las troneras, hacemos fotos de los largos y oscuros pasillos que tenemos que atravesar con linternas de mano y total silencio igual que los soldados que en su día lo custodiaban. El silencio nos trae un montón de sonidos producidos por el aire que transcurre por los respiraderos del techo o por los orificio de vista y ataque de los laterales.

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Tengo ganas que llegue junio, que es la fecha en la cual se hará la escenificación de la segunda guerra mundial en estas estancias, con figurantes vestidos con todo lujo de detalles de la época, donde unos irán vestidos de soldados, de mandos, generales o como miembros de Tercer Reich alemán; con armas cortas y largas, granadas de mano, máscara antigas…, todo por supuesto manipulado e inutilizado para la guerra. Ya en Colloto, visitamos la gran nave que acoge todas las muestras y vestigios de las grandes hazañas bélicas del momento. Quienes hemos sido militares y en mi caso por partida doble durante muchos años, hemos visto en la realidad las distintas armas y su efectos en las maniobras, en los campo de tiro y en alguna ocasión en las calles de algunas ciudades españolas en tiempos de supuesta paz. El museo que cito es una recopilación de todo en todo y expuesto en largas bandas de estanterías y mostrando como eran aquellas odiadas armas destructoras, pero que no dejan de ser una muestra de lo que nunca se debería de haber visto ni tendría que haber ocurrido pero, por mucho que nos alejemos, es la historia y debemos de saber cuanto más mejor, para estar prevenidos o simplemente ver como era antes en tiempos de guerra. La mayor parte de lo que se ve son originales y entre otras historias puedo comentar la de un casco que está totalmente perforado por metrallas y que en su día pudo estar ocupado en el momento de la desgracia. Una motocicleta BMW, que perteneció a la escolta del dictador Francisco Franco y que fue regalo del mismo hacia uno de los escoltas, que estuvieron muchos años a su servicio y que los familiares de éste lo donaron al museo, teniendo que haberla traído desde el mismo Pazo de Meirás, en Galicia. O la aparición en las excavaciones de trincheras de

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unas botellas con etiquetas de haber contenido ginebra y unos candiles muy rudimentarios para iluminación con velas. Entre las armas ametralladoras, apreciamos aquella innovación de la segunda guerra mundial, con el cambio de cañones con refrigeraron por agua, que daban más vida a las ánimas del tubo, por donde salían las incandescentes balas. Como fotógrafos y como corresponsales de Luz y Tinta, ha sido un placer el descubrir y poner a nuestra disposición tanto el entorno de las defensas en tierra como en el local de depósito de armas y la total colaboración de sus propietarios, para plasmarlos en nuestras páginas. Durante el reportaje, podríamos hablar de sonidos y siluetas fantasmagóricas, pero somos portadores de máquinas digitales, con inmensas maneras de convertir un simple hecho normal en algo muy distinto y no se trataba de eso. Las instalaciones son un mundo que nos sugiere multitud de miles de opciones fotográficas, a cual mejor en cada estancia de interiores o exteriores. Para la construcción del relato, damos las gracias tanto al emprendedor y gerente del museo, Jorge Sandoval, como al historiador Alfonso Fanjul y a nuestra guía personal Raquel. Sabemos que hasta la fecha no tienen ayudas económicas que puedan hacer más rápidas las tareas del seguir desescombrando y rehabilitando el entorno, pero seguro que en breve el concejo municipal tanto como la autonomía tomarán nota de su relevancia, promovida por unos precursores que a costa de sus bolsillos, pone la historia de España a nuestros pies.

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Miedos La fotografía siempre ha tenido la capacidad de conmocionar, de jugar con os miedos del público, tanto si la fuente de ese miedo es real o imaginaria. Hoy en día, en la era e Photoshop, lo que aparece en nuestras pesadillas es mucho más fácil de reproducir e imprimir. La manipulación digital puede conjurar monstruos de las profundidades o arrancar la carne a un cuerpo humano. Mientras algunos artistas emplean la fotografía para sacar a relucir los miedos colectivos acerca de los regímenes represivos o las catástrofes medioambientales, otros están más interesados en la basura, perturbando con el uso del sexo y la violencia.

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Laurence Demaison Las figuras distorsionadas, borrosas y goteando, de las fotografías de Laurence Demaison casi resbalan por el papel. Son autorretratos; representaciones enrevesadas y tortuosas de una artista que se revela a sí misma mediante disfraces. Puede que lo más notable en la obra de Demaison sea la falta de manipulación digital. Todas sus fotografías son impresiones analógicas, desarrolladas y distorsionadas en el estudio y en el laboratorio fotográfico. Esta fotógrafa autodidacta y artista visual francesa se vale de lo que describe como la repulsión que le provoca su propio cuerpo para conducir la creatividad de su trabajo. Estropea sus autorretratos, distorsionando las imágenes en un intento de vencer esta sensación de repugnancia. El proceso utilizado en estas imágenes se conoce como “disimulación”, una técnica en el que el uso del contraluz, los reflejos y los blancos saturados disimulan o disfrazan la forma real del sujeto, creando un mundo fascinante, aunque inquietante. “Me metí en un proceso de camuflaje para crear a alguien distinto que me pareciera más aceptable>”, explica. “La única forma de hacerlo era desaparecer o, al menos, ser otra persona, lo que es casi lo mismo”. A través del disfraz. Demaison se encuentra entre lo puritano y la indecencia o la repulsión y la atracción, llevándonos a un mundo de sombras y movimiento que es a la vez dulce y brutal.

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Katia Fotos de Kezzin

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Felices días de invierno Fotos: Nadima Texto: Claudio Serrano

Siempre me ha sorprendido, en las fotos de Nadima, su capacidad para incorporar niños a sus series fotográficas y no caer en tópicos lánguidos, en esa especie de crema pastelera que desvirtúa la infancia revistiéndola de ternura inexistente. En las fotos de Nadima en que aparecen niños, por el contrario, puede verse un mundo nuevo a través del espejo de sus ojos. Como Alicia, estos niños buscan su país de las maravillas, sonríen, juegan (en casi todas las series hay un juguete), viven y dejan que la vida, con su magia y sus tensiones, aflore en cada escena. En esta serie de hoy volvemos a tener una niña, una bella modelo infantil que juega en la nieve con su abuelo. Eso quiero creer, un abuelo, que siempre tiene un minuto libre para jugar con su nieta, antes que un padre, ocupado en buscar el sustento familiar y zarandeado por esos malditos días que solo tienen veinticuatro horas. Recapitulemos, pues: un abuelo y su nieta jugando en la nieve con un trineo que les despierta el asombro y la sonrisa. La nieve siempre se ha prestado a estos juegos y más en climas propicios como las estepas rusas de donde provienen tanto Nadima como sus modelos. Pero para afrontar los rigores de la nieve (no todo es juego cuando el clima es duro) es necesario vestirse de manera adecuada con esas recias pellizas, esos gorros, guantes y abrigos que solventan las bajas temperaturas... y ya sabemos desde siempre que las fotos de Nadima son un ejemplo de vestuario; pero es necesario también, para que el juego sea realmente compartido, una sonrisa abierta, que no falta en este caso; como no falta tampoco el juguete, un manoseado osito de peluche —testigo de tantas noches compartidas al calor de la lumbre— que aparece en la última de las fotografías como un resumen de la felicidad que supone jugar en la nieve con el abuelo. Sobre todo, cuando primero te hace sonreír y luego te abraza tiernamente, para ayudar a sacurdirse ese frío que se ha colado hasta los huesos en los juegos del trineo.

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Todo lo que querĂ­as saber, pero temĂ­as preguntar...

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P:

Pensé que hacia fotos impresionantes; después descubrí a muchos fotógrafos de Moldeando la luz, ahora estoy deprimido y me siento como un principiante. ¿Es o no correcto compararse uno mismo con otros fotógrafos?

R:

No. No puedes. No puedes hacer eso. Es fácil hacerlo. Es una mala trampa. Es correcto pensar que eres una mierda y hacer que te presiones para ser mejor, pero sólo hay un Kezzin, una Nadima por citar solo a dos de los grandes de la fotografía universal y eso es todo lo que necesitamos. Créeme. Conozco las obras de todos esos fotógrafos que puedes admirar en Moldeando la luz. Mientras que a cada uno de ellos los puedes incluir en una categoría dentro de un género, ellos tienen su propia manera de hacer las cosas. Yo tengo mi manera de hacer las cosas, ellos piensan sus cosas a su manera. Como tú, como deberías. Compararte a ti mismo con otros usuarios te pone en el camino del autofracaso. Permite que otros fotógrafos que admiras te inspiren. Comprende que si ellos han encontrado un camino para su trabajo, entonces hay esperanza de que tú encuentre el tuyo propio. No tengo que mirar las fotos de nadie para pensar que soy un mediocre o deprimirme. Me basta con mirar mis propias fotos y sentirme de esa manera. Crece. Aprende. Paso a paso. Si alguien más encuentra el éxito eso es algo bueno. Significa que es posible. Los grandes fotógrafos que exponen en Moldeando la luz no tienen un ADN especial en su sangre que sea diferente del que tú y yo tenemos. Ellos —es evidente que trabajan muy duro— empezaron como todo el mundo un día y desde cero y ellos serían los primeros en decirte que no están completamente satisfechos con lo que hacen. Constantemente se empujan más y más lejos. Conocer tus fallos en buena cosa. Como conocer dónde están tus debilidades y trabajarlas. Pero sentarse a compararse uno mismo, sus trabajos, sus modelos, sus clientes con los otros, no ayuda nunca. Cambia tu actitud y alégrate cuando veas un gran trabajo y unas grandes modelos o clientes en otros fotógrafos. Porque realmente, te doy esperanzas de que tú también trabajando encontrarás algún éxito. ¿Eres una mierda? ¡bien, por supuesto haces el tonto¡ Tú trabajo no es una mierda. Todavía. ¿Ves lo poderoso que es “todavía”? Todavía es una de las palabras más poderosas del diccionario. Todavía es un objetivo. Todavía es un destino, un punto en el horizonte. Todavía es impresionante. Me encanta todavía. Significa que estás en un camino.

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FotografĂ­as que despertaron conciencias

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Asalto al Palacio de Invierno 24. 25 de Octubre 1917 – Petrogrado, Imperio ruso Las bodegas del buque Aurora resonaban en el aire. Era una señal: una unidad de concienciados y determinados guardias rojos avanzaba hacia el Palacio de Invierno de Petrogrado para cambiar el rostro de Rusia. En el interior del edificio, los ministros de lo que quedaba del gobierno provisional de Kérenski esperaban su destino. Es el grupo de guardias que aparece en esta escena, que no corresponde a una fotografía verídica, sino a un fotograma de la película Octubre (1927), de Sergei Eisenstein (1927) que celebra la revolución de 1917. Es un caso curioso de creación cinematográfica propuesta y percibida como real, como un testimonio auténtico: la película se proyectó por primera vez en Enero de 1928 en la ciudad de Leningrado – anteriormente llamada Petrogrado y hoy conocida como San Petersburgo, y desde entonces esta imagen ha sido el retrato oficial de la toma del Palacio. La escena ha sido aceptada por imaginario colectivo en parte por su efectividad didáctica: la cualidad estática del edificio del fondo contrasta con el dinamismo de la gente en primer plano. Los guardias parecen converger en cierto punto, formando una punta de flecha. Los abrigos y los gorros de piel impiden identificar a los guardias. No son ellos los verdaderos protagonistas de la revolución, sino la ideología que trasmiten y que la escena enfatiza. El proletariado se identifica con la vanguardia que derrocó al “aburguesado” gobierno de Kérenski y tomó posesión de la residencia histórica de los zares, los auténticos responsables de la hambruna sufrida por el pueblo y de haberlo arrastrado hacia la Primera Guerra Mundial. Los bolcheviques prometieron el final de la guerra, la distribución de la tierra entre el pueblo y la igualdad para todos. El futuro, sin embargo no fue tan hermoso. En 1917, la forzada rusificación del país, la represión el gulag todavía quedaban muy lejos en la historia de Rusia. Todo eso tendría lugar en 1928, bajo el poder de Stalin; de hecho, no faltaba tanto tiempo.

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Irina

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Jesús Álvarez Rodríguez

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www.moldeandolaluz.com

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Luz y tinta 79  

La revista de la red social de fotografía Moldeando la luz.

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