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N煤m. 45

Foto: Nadima

Marzo 2015

Fot贸grafa del mes: Viviana Genta

Los rostros de Birmania Las trampas del montaje fotogr谩fico

Henri Cartier-Bressons Sesi贸n de Cosplay en Oviedo


PROMOTOR José Luis Cuendia, “Guendy” DIRECTOR Francisco Trinidad COLABORADORES Eugenio R. Meco, Pepe Haro Castaño, Ma Bernarda Ballesteros, Carlos Flaqué Monllonch, Glyn Griffits, Ricardo González “Completu”, Salvatore Grillo, Javier Madroñero, Narciso del Río, Juanjo Gallardo, Monchu Calvo, Antonio Ramón Ferrera, Cristina Capracci, Gustavo Velázquez, Cora Coronel, Justín del Barrio, Arturo de las Liras, Juan José Alonso, Ilona Gogh, Jan Puerta, Albino Suárez, Gloria Soriano, Ildefonso Robledo, José Manuel Gonzalo, José Mª Ruilópez, Juan Depunto, Juan José Pascual DIRECTOR DE FOTOGRAFÍA José Luis Cuendia DIRECTORA DE COMUNICACIÓN Lola González DISEÑO y MAQUETACIÓN Francisco Trinidad www.moldeandolaluz.com Reservados todos los derechos de reproducción total o parcial tanto del texto como de las imágenes. Las imágenes están protegidas por las leyes de copyright internacionales. Para cualquier consulta o sugerencia contacte con nuestro correo electrónico

Año V.- Núm. 45- Marzo 2015

5 Rostros birmanos........................................................................9 José Luis Cuendia, “Guendy” Ser andaluza, hermosa y llamarse Rocío ............................. 25 Eugenio R. Meco Relato sin (posible) final ........................................................ 35 F. T. La Judria ................................................................................ 41 Gloria Soriano El hilo de plata ......................................................................... 45 José M. Gonzalo Ventana cerrada .................................................................... 47 Justín del Barrio La nevadona ......................................................................... 49 Monchu Calvo Las trampas del montaje fotografico ................................... 51 Ricardo González, “Completu” Por la Lisboa de Pessoa ......................................................... 57 Juan Depunto Sesión de Cosplay en el Ayre Hotel de Oviedo .................... 67 Juan José Pascual Henri Cartier-Bresson .......................................................... 73 Fotógrafa del mes de Febrero: Viviana Genta........................... Francisco Trinidad

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Nuestra foto de portada: Moldeando la Luz es miembro de la Royal Photographic Society

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Nadima


Presentación Vivir y transmitir El fotógrafo Samuel Aranda ha documentado la tragedia del ébola en Guinea Conakry, en Liberia y en Sierra Leona. Como él muy bien escribe “ya estamos a salvo”, la enfermera Teresa Romero se ha curado y las noticias sobre el ébola casi han cesado, como si el terrible virus que se ha cobrado la vida de más de 5000 africanos hubiese desaparecido. Éste es el mundo enfermo en el que vivimos, donde hay infinidad de enfermedades que no existen hasta que no alcanzan al primer mundo. Y que vuelven al olvido en el que éste queda libre del virus. Si se quiere acabar con determinadas pandemias habrá que conseguir que el primer mundo se infecte. Sólo así llegará el dinero y la investigación. Ésta sería la venganza de los perdedores. Aquí el ministro Montoro dice que la crisis económica ha finalizado y que toca empezar a bajar impuestos, mientras la otra fotografía es que los afectados por la hepatitis C no pueden acceder a los medicamentos. Se necesita mucha hipocresía para hablar de bajada de impuestos y tener a determinados ciudadanos sin acceso al medicamento que les puede salvar la vida. Pero en esto llegó el Presidente del plasma y recurre al oportunismo del “yo invito, tú pagas” ante la proximidad de las elecciones. Y se nos promete una arcadia feliz para los próximos cuatro años, con tres millones y medio de nuevos empleos, que si los sumamos a los tres millones de empleos que prometió en las anteriores, pues como que tenemos que pedir mano de obra fuera del país, nos sobran puestos de trabajo, pues no va a haber mano de obra suficiente en España. Eso sí, si no entramos en aventuras de izquierdas o nuevos populismos, ya se sabe, ellos o el caos. Menos mal que el pueblo español se está despertando de la siesta y sabrá qué es lo que más le interesa. Y como no solo de pan vive el hombre, en otro orden de cosas seguimos trabajando en la radio de Moldeando la luz, y agradecemos la colaboración que se nos ha brindado por parte de varios moldeadores, les tomamos la palabra y seguiremos en contacto en la medida que el proyecto vaya hacia delante. Queremos también aprovechar la ocasión para pediros disculpas, si en algún momento se produce algún retraso o notáis alguna deficiencia en el funcionamiento diario, pues nuestra querida compañera Lola por razones personales estará ausente de estas tareas por un tiempo, seguro que nos seguirá de cerca siempre que pueda conectarse, pero evidentemente tiene que descansar de sus responsabilidades para atender otras de carácter personal, los trabajos que ella realizaba serán repartidos entre el resto de administradores, y se incorpora el madrileño Juanjo para echarnos una mano. Para finalizar queremos felicitar a todos los que han participado en la última semana temática sobre el Carnaval. No decimos nada que no se sepa, si recordamos que la participación ha sido muy grande y que la calidad mucho más en términos generales. Felicitar de igual modo a los autores de las fotos más votadas, en esta ocasión no le ha tocado ni la pedrea a nadie, todos los votos se los han llevado las fotos de la comunidad rusa, cada vez más presente en nuestra red social y que estamos seguros de que todos estamos aprendiendo mucho con su arte y buen hacer en el mundo de la fotografía. Os dejamos con las obras de este excelente colectivo de moldeadores capitaneados por Francisco Trinidad, todos sus trabajos se orientan en torno a la recuperación de lo que, desde la sombra, sustenta y alimenta el pensamiento, presencias subterráneas en la que radica la vida del pensar, con el fin de dotarlas, a través de la palabra en tinta, y de la claridad de la luz de las imágenes, y que ambas lo hagan transmisibles, porque “vivir humanamente es transmitir”.

José Luis Cuendia, “Guendy”

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Fot贸grafa del mes de Febrero

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Viviana Genta Cuando uno se adentra por vez primera en el carrusel fotográfico de Viviana Genta en Moldeando la luz acaba sorprendiéndose de la cantidad de registros que nos muestra y que denotan una forma de hacer fotográfica que podríamos calificar de vivencial, en cuanto nos presenta todo aquello —o la mayor parte, cuando menos— que constituye una forma de vivir y de ver el mundo. Son fotografías las suyas que podemos clasificar en tres amplios grupos, como la propia fotógrafa propone en su perfil: arquitectura, paisajes y retratos. Aunque en sus últimas entregas ha aparecido una nueva modalidad fotográfica, muy personal y muy arriesgada: los bodegones, en los que apura la luz, que algunas veces tamiza mediante virados, y a través de los cuales recrea algunos espacios con tendencia surrealista. Estos bodegones, en los que apresa una parte muy pequeña de la realidad, pero con voluntad artística, vienen como a cerrar el mundo abierto de la arquitectura y de los paisajes, incluso de los retratos, muchos de los cuales realiza en plena naturaleza, y tienen su correlato en las muchas fotografías de flores que expone, pues no otra cosa son estos recortes y macros que bodegones en sentido lato, pues el encuadre personal, el acercamiento y la búsqueda de ángulos insólitos con que se acerca a las muchas flores que retrata es una especie de recreación de la realidad como la que se da en los bodegones. Claro que la principal tendencia que se aprecia en las fotografías de Viviana Genta es su acercamiento a la naturaleza por múltiples caminos. Por este señalado de las flores, pero sobre todo por sus paisajes. Paisajes de campo y playa que rescatan espacios abiertos de Argentina, pero también de Chile, de la República Dominicana, de Estados Unidos… Es curioso que en la información que la propia Viviana nos da de sus fotografías en muchas de ellas nos dice que están tomadas “desde el auto”, subrayando la vocación viajera que late en el fondo de estas fotos y en la actitud vital que las acompaña.

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En cuanto a la arquitectura viene a ser la otra cara de la misma moneda, el envés de esos paisajes de campo y playa en los que nos sumerge a través de una indagación fotográfica que busca rincones exuberantes de vegetación y espacios abiertos frente al mar, con el horizonte como límite y seña de identidad. Recoge esas torres grandiosas de las grandes ciudades, rascacielos imposibles, hormigueros humanos revestidos de hormigón en los que se adivina la vida por los coches que circulan por su calles, en contraste con los edificios en ruinas y los galpones que retrata en el campo, abandonados de la mano y de la vida del hombre, sí, pero inmersos en una naturaleza que crece a su alrededor y poco a poco va adueñándose de lo que en otros momentos, antes de la ruina, era imperio humano. Esta exuberancia de la naturaleza tiene en Viviana Genta una presencia absorbente, doblemente significativa, pues no habla a la vez de realidad y de anhelo, de lo que la cámara fotográfica expresa, pero también de lo que se adivina de la intención artística y humana de su autora. Y todo ello, a pecho descubierto, con los mínimos retoques informáticos. A veces se aprecia una levísima edición, siempre muy liviana, y en ocasiones, dejándose mecer por esa sugerencia artística que se indicaba, las fotos aparecen con muy suaves correcciones que pretenden quizás resaltar un efecto pictórico, una veladura, un salto en el vacío a través generalmente de virados y de presentaciones en blanco y negro que nos recuerdan que estamos ante una fotografía con aspiración artística.

Francisco Trinidad

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Rostros birmanos Es la segunda vez que escribo en Luz y Tinta sobre Birmania, un viaje que me dejó gratamente marcado y que fue distinto a todos los realizados anteriormente por el sudeste asiático. Myanmar (o Birmania) es el país menos visitado de todo el Sudeste Asiático según la CEAV (Confederación Española de Agencias de Viajes). Menos de cuatrocientos mil turistas la visitan cada año, nada comparado con los veinte millones que visitan a su vecina Tailandia, o los veinticinco millones que van a México, por poner unos ejemplos. Birmania, al igual que ocurre con muchas partes del Perú, sigue estando llena de autenticidad. No son pocos los que opinan que Birmania parece una mezcla de Sudeste Asiático e India, y no es casualidad que una pequeña parte de los birmanos tengan raíces indias. Hago esta aclaración por que Birmania no está preparada para recibir el turismo, así que es un lugar ideal para los que ya conozcan alguno de los países del Sudeste Asiático y busquen un poco más de aventura. Si verdaderamente se quiere conocer este enigmático país hay que ir dispuesto a viajar como mochilero, con largos recorridos en autobús (no hay otra forma de conocer el país). Sin duda es un lugar como ninguno otro conocido anteriormente, un país donde el tiempo parece haberse detenido, los carteles publicitarios de las grandes ciudades como Yangón, Bagan o Mandalay (antigua capital) desentonan radicalmente con la vida de sus habitantes. En este viaje en el tiempo entre las milenarias culturas asiáticas, había que olvidarse de algunas de las cosas más habituales en nuestra forma de vivir en Occidente, como encontrar un cajero automático, y era muy difícil encontrar una conexión a internet salvo en contados hoteles. Hoy, tras años de estancamiento, parece que renace de sus cenizas, se comienza a ver una frenética actividad comercial y financiera, impulsada por las inversiones extranjeras. Los ciudadanos se siente felices bebiendo “la falsa chispa de la vida” (Coca-Cola), se comienzan a usar los teléfonos móviles, al tiempo que se van multiplicando los nuevos restaurantes y los cajeros automáticos. Esto era impensable el día que nosotros viajamos a la vieja Birmania. Todo ello, después de la disolución de la Junta Militar que gobernó el país con

Niña padaung de cuello jirafa

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mano de hierro durante muchos años. La polémicas elecciones celebradas hace menos de tres años dejaron fuera a la Liga Nacional por la Democracia, que lidera la líder opositora y Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi. Que en 1990 ganó las elecciones por amplia mayoría absoluta derrotando a la Junta militar que se presentaba bajo las siglas SPDC. El gobierno ignoró estos resultados, y como todo régimen totalitario y represivo arrestó a todos los lideres opositores. Aung san Suu Kyi permanecería durante siete años arrestada en su domicilio, su partido fue disuelto por la normativa electoral de estas nuevas elecciones, después de que la Premio Nobel de la Paz y los dirigentes del partido decidieran boicotear los comicios al considerar que éstos eran una estratagema de los generales para seguir perpetuándose en el poder. Y razón llevaban, pues el nuevo Presidente Thein Sein encabezó el grupo de ministros y generales que abandonaron el Ejército para iniciar la carrera política como civiles al frente del Partido del Desarrollo y la Solidaridad de la Unión. Aún así, soplan vientos de progreso para Birmania. El nuevo sistema político birmano abre un cauce al debate parlamentario y el poder del Legislativo estará limitado por normas, como la que establece que toda pregunta o propuesta que se pretenda llevar al hemiciclo deberá ser presentada ante una comisión con diez días de antelación y con autorización previa. Las reformas puestas en marcha son impresionantes y los resultados prometedores, a pesar de esta “democracia orgánica”. Si nos fiamos de los datos ofrecidos por el Banco Asiático de Desarrollo (BAD) en su último informe de diagnostico del país, Myanmar: Liberar el potencial. La economía ha crecido más de un 7% en los últimos dos años y se prevé que siga al mismo ritmo o incluso más si el calendario de reformas se aplica con celeridad y acierto. Los principales hitos conseguidos son la unificación de las tasas de cambio de su moneda, la dotación de una autonomía real al Banco Central y sobre todo la nueva ley de inversión extranjera. Según la Comisión de Inversiones del país, el capital foráneo se ha triplicado en el último año hasta los 4.107 millones de dólares. Los principales inversores proceden de China y Tailandia. “En Myanmar está casi todo por hacer. Los proyectos chinos son de gran envergadura, los llevan a cabo las empresas estatales y se centran en el sector energético o el minero”, asegura Tang Qifang, investigadora del Instituto Chino de Estudios Internacionales. La presencia egoísta e interesada sin escrúpulos de China no es nueva en Myanmar, ya que la mayoría de los acuerdos se firmaron durante la época de la dictadura militar, cuando el régimen estaba bajo las sanciones económicas de Occidente mientras China ganaba protagonismo por su ‘no injerencia’ en los asuntos internos del país. La Corporación Nacional de Petróleo de China (CNPC) participa en 11 proyectos de extracción de petróleo y gas y ha construido un oleoducto y un gasoducto que comunica la costa oeste birmana con la provincia china de Yunnan. El capital chino también está presente en la creación de nueve plantas hidroeléctricas y la explotación de cuatro minas. La construcción de estos proyectos, no obstante, ha traído polémica por las supuestas violaciones de los derechos humanos en el terreno, sea por la degradación del medioambiente, el trabajo forzoso o la apropiación de tierras sin una compensación adecuada a los residentes locales. Antes de realizar este viaje me recomendaron dos libros para familiarizarme con la vida y costumbres del país: El afinador de pianos, de Daniel Mason, y Los días de Birmania, de George Orwell; este último sin duda uno de los mejores escritores del siglo XX, con libros como 1984 o Rebelión en la Granja, libros que figuran por derecho propio y con mayúsculas entre los clásicos del siglo pasado. Gracias a Orwell pudimos entender muchas de las cosas de los totalitarismos Mujer de Hero. En la página siguiente, mujer de Lago Inte y abuela Padaung con cuello jirafa.

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En la página anterior, hombre de Kalaw y mujer fumadora. A la izquierda, hermanos.

en el mundo. Hay quienes mantienen que la novela 1984 fue concebida como fruto de su estancia en este país, si bien la primera fue Los días de Birmania, donde nos muestra a los oficiales y miembros de la colonia británica con comportamientos de brutal desprecio por la población nativa, muchos de ellos hablan de la población local como bestias, animales o seres inferiores. Mostrando a sus compatriotas ingleses como unos racistas extremos que manifiestan un odio por las tradiciones locales, que no es la primera vez que esta es la fotografía del colonialismo. Orwell también nos muestra la figura de los nuevos ricos locales que reclaman su lugar en la historia, aunque sea a consta de explotar a su propio pueblo. Como bien decía anteriormente Birmania vivió una larga noche de más de cinco décadas de dictadura militar, sin duda la más longeva del planeta. Su “democracia” orgánica, actual, se escribe entre comillas. El dictador Francisco Franco, también llamaba a su régimen “democracia orgánica”. Pero es evidente que algo está cambiando en Birmania. El actual presidente de Birmania, que tiene reservado en su parlamento un tercio de los escaños para los militares, ha afirmado recientemente que aceptaría a la Nobel de la Paz y líder de la oposición Aung San Suu Kyi como presidenta del país si es elegida por el pueblo en las próximas elecciones generales que se celebran esta año 2015. “Que se convierta en líder de la nación depende de la voluntad del pueblo. Si el pueblo la acepta, entonces tendré que aceptarla”, ha declarado Thein Sein a la BBC. El presidente de Estados Unidos , Barack Obama, ha recibido en la Casa Blanca a la líder opositora birmana Aung San Suu Kyi, quien ha recogido la medalla de oro en el Congreso estadounidense por su defensa y lucha por la democracia en Birmania. Se trata del primer encuentro entre ambos. El encuentro de Obama con Suu Kyi, comparada con figuras como Nelson Mandela y Mahatma Gandhi, ha sido privado. Se ha celebrado en el Despacho Oval y solo ha estado abierto a los fotógrafos por unos minutos. Y curiosamente ese mismo día Estados Unidos retiraba formalmente de la lista negra de personas sujetas a sanciones al presidente de Birmania, Thein Sein, en la que permanecía por su participación durante la represión política en el país asiático. La Casa Blanca no ha querido dar demasiada publicidad a esta decisión. La primera vez que hablé de Birmania, se lo dediqué de forma especial al trabajo de las mujeres en Birmania, ya que me impactó fuertemente el papel que éstas juegan como fuerza de trabajo ya desde niñas, y haciendo todo tipo de trabajos, como “peones camineros” en la construcción de las nuevas carreteras, casi descalzas y con métodos primitivos, que no se diferenciarían de las calzadas romanas si no fuera porque ahora de forma manual mezclan el grijo con una especie de brea o alquitrán. En esta ocasión, y no será la última, pues fueron más de 17.000 las fotos que disparé durante el mes en que recorrimos Birmania, se lo dedicaré a los rostros de las gentes que he ido descubriendo a través de lo largo y ancho del país; en sus coloridas calles, en sus bulliciosos mercados, en sus templos y pagodas; solo Bagan, cuenta con más de 5000 templos y pagodas, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En Yagon, en Mandalay, en el Lago Inle, en las montañas que limitan con Tailandia; niños, hombres, mujeres, monjes, ancianos, componen la mitad de mis archivos fotográficos sobre este misterioso país del Sudeste Asiático. Y a veces no ha sido tarea fácil, y no porque hubiera rechazo a dejarse fotografiar, todo lo contrario, más bien por el exceso de complicidad que pueden trasmitir las fotos cuando posan, pues este es un pueblo que a pesar de todas sus dificultades, siempre se muestra con la sonrisa en sus labios. Y a la hora de fotografiarles, aunque parezca mentira, había que hacer una pausa antes de apretar el botón del disparo, y siempre a la espera de que fueran apagándose poco a poco sus sonrisas.

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En la página anterior, niños de Bagan. Sobre estas líneas, mujer de Bagan. A la izquierda, mujer de Mandalay aseándose.

Si tuviera que definir el carácter del pueblo birmano, diría que es el país de las sonrisas y la gente amable. Aunque los habitantes de Myanmar, la antigua Birmania, hayan sufrido infinidad de guerras, colonizaciones y actualmente sigan bajo la dictadura de una Junta Militar ahora disfrazada de partido político, sus gentes siguen destilando amabilidad, llevan en sus genes la simpatía y la honradez, que a pesar de todas las dificultades que sufrieron y siguen aguantando siguen intactas.

José Luis Cuendia, “Guendy”

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Ser andaluza, hermosa y llamarse Rocío Ser andaluza, ser una mujer bella y llamarse Rocío, pocas cosas pueden ser tan genuinas. Conocí a Rocío Gallardo a través de Mirian Castilla, le acompañó a la sesión fotográfica que le realicé y que ya fue publicada en Luz y Tinta. Con motivo de aquel encuentro le propuse que también posara para mi, a lo que me respondió que lo haría encantada, así pues, quedamos a la semana siguiente y este es el resultado de algunas de las fotos que aquella cálida tarde tuve el gusto de tomar. No fue tarea difícil, moldear la luz de la belleza de Rocío Gallardo, es una chica que irradia simpatía. Inmediatamente me di cuenta de que estaba acostumbrada a posar y eso facilita mucho las cosas, si a eso se añade que es una persona positiva, su presencia y comportamiento crean una atmósfera agradable, se siente en el ambiente que se crea entre modelo y fotógrafo que ella es la primera en desear que las cosas salgan bien. Si tuviera que describir a Rocío, diría que su virtud es su simpatía, y uno se esfuerza al máximo para que eso se pueda deducir en la escritura de su luz. Durante el desarrollo del proyecto fotográfico de Roció, como el de otras modelos que anteriormente posaron ante mis cámaras, surgen muchas ideas y cómo hacer frente a determinados cambios si fuera necesario. Es evidente que es muy útil adoptar una actitud positiva cuando surge un revés; si el proyecto no goza de cierto grado de flexibilidad, puede resultar muy difícil llevarlo a cabo. En el caso de Rocío, todo fue sobre ruedas, conocía el trabajo realizado a Mirian y prefirió que utilizáramos los mismos escenarios. Soy de los que piensa que los fotógrafos de calle han desempeñado un papel importante en la historia de la fotografía. La calle es un espacio totalmente distinto al del estudio, aquí las composiciones surgen muy a menudo de forma accidental. El fotógrafo tiene que estar preparado para capturar las cosas que cambian muy rápidamente. Por ejemplo, puede aparecer un gato en el encuadre o pasar una moto roja a toda velocidad. Esta nota adicional de acción o color puede suponer la realización de una imagen fantástica. Los fotógrafos de calle tienen que estar preparados para reaccionar y capturar ese instante que puede surgir de la nada. Pero cuando un fotógrafo hecho en la calle como yo, se encuentra en los espacios naturales de mi Cádiz, y una modelo para ti solo, que

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no se va escurrir como la moto semejando a la velocidad hiperlumínica, uno se siente como amo de ese mundo, un mundo lleno de luz y belleza. Así que no es de extrañar que alguna vez en mi interior suene la música “Y…sigo siendo el Rey”. No hay nada más grande en el mundo que hacer lo que a uno le gusta y le enamora, ahora solo hace falta que ayude a vivir, a pagar las letras, los recibos… Y hablando de música y canciones, que es otra de mis pasiones, durante estos próximos días abriré un pequeño paréntesis en mi mundología fotográfica, para dedicar un poco de tiempo a la “Comparsa” de la que formo parte, y cantar nuestras nuevas letras por las calles de Cádiz, y este año también lo haremos en Algeciras. En estos días previos a la Cuaresma, se celebran nuestros carnavales y Cádiz es un escenario de disfraces, baile e ironía. Si un día podéis acercaros a Cádiz en estas fechas, seguro que no os arrepentiréis nunca, pero del mismo modo, ocurre si lo hacéis en cualquier otra época del año. En tanto, os dejo con la belleza andaluza de Rocío Gallardo.

Eugenio R. Meco

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Foto: Marta

Relato sin (posible) final Fue una sensación contradictoria. A los inconvenientes que pudiera suponer el extravío temporal de una de sus maletas —aquélla precisamente en la que viajaban los documentos que justificaban su viaje a Roma— se superponía en su estado de ánimo una ligera excitación, casi una llamarada de euforia. Ante el gesto de extrañeza del funcionario del aeropuerto, repitió que no tenía mayor importancia, escuchó con impaciencia sus últimas disculpas y salió. Luego, sin que más adelante supiera decir en qué momento se dejó envolver por la idea, recordó un lejano proyecto de su juventud que reaparecía de vez en cuando en el surco de sus frustraciones personales. Pudo haber sido a su llegada al hotel, durante el primer paseo, a lo largo de la solitaria comida, en una de las visitas a las librerías que encontraba a su paso sin rumbo por unas calles que recorría por vez primera sin más objetivo que el de pasear y desentrañar el sentido de las bellezas espontáneas. Cuando al final de la tarde, regresó al hotel y se metió bajo la ducha para sacudirse el calor y el cansancio del día, aquel lejano proyecto se había adueñado de él en forma irrenunciable. Había surgido en un hotel de París, hacía más de veinte años, una noche en que, tras haber recorrido por la tarde algunas librerías de viejo a las orillas del Sena, recordó un pasaje de don Miguel de Unamuno en el que éste situaba a su personaje U. Jugo de la Raza, también a la orilla del Sena, tropezándose con una rara novela de imposible lectura. Pensó entonces escribir él mismo una novela o cuento que recreara el tema y llevara las intuiciones unamunianas a la más fascinante de sus consecuencias. Había previsto respetar el paisaje parisino y, aunque no sería el suyo un argumento policíaco, intuía que el ambiente y clima creados por Poe en las narraciones de Auguste Dupin encerraban las suficientes sugerencias como para enmarcar un relato en el que predominarían la precisión matemática de la geografía de los hechos sobre la difusa imprecisión de las reacciones psicológicas. Con un albornoz sobre el cuerpo aún húmedo, se sentó en la pequeña mesa de la habitación y comenzó a garabatear notas rápidas, esquemas apresurados, ideas que iban saltando a borbotones, como si un genio desconocido hubiera saltado de la lámpara maravillosa del subconsciente inundando aquellas cuartillas. Casi a media noche, ordenó sus notas, trazó un esquema detenido y se puso a escribir sistemáticamente, asombrándose de la fluidez con que la letra gruesa y casi ampulosa de su estilográfica iba llenando el papel de frases que no reconocía como suyas de tan alejadas de la prosa sincrética que acostumbraba a utilizar en sus ensayos. Cuando le sorprendió la madrugada, supo que aquellas primeras veinte cuartillas manuscritas pasarían de ser un simple deseo. Nunca pudo imaginar, sin embargo, que serían su destino.

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Foto: Grecia Blanc

Librería callejera de Montmartre

Tenía arrinconadas, desde la adolescencia, algunas ideas y veleidades literarias que tropezaban siempre con la urgencia de los exámenes o con su afición indeclinable a los deportes, tanto de verano como de invierno, que acababan por involucrarlo en viajes interminables. Una vez finaliza su licenciatura en Historia, creyó llegado el momento de dar salida a algunas de sus inquietudes, pero, siguiendo las orientaciones familiares, volvió a dejarse zarandear por la inercia académica: tesis doctoral, oposiciones, becas, las primeras clases, una segunda licenciatura y, por último, su especialización en la literatura espiritual del Siglo de Oro, le habían esquinado hacia obligaciones que no permitían fisuras. Por otra parte, sus muchos compromisos con revistas especializadas le reconciliaban oblicuamente con sus inquietudes juveniles. Sólo en los dos meses de verano en que lograba encerrarse —salvo dos o tres paréntesis para acudir a algún congreso o pronunciar conferencias de estricto compromiso—; sólo en esos dos meses de quietud norteña en la casa que sus familiares le habían dejado como herencia en Fuenterrabía, solía sentir la antigua comezón. Reservaba para aquel período la redacción de alguna colaboración de menor esfuerzo y se entregaba la mayor parte del tiempo a la lectura de novelas y de clásicos. Nunca hasta entonces, aunque la tentación le había acometido repetidas veces, se había aventurado a escribir una sola línea que escapara del esquema de sus exigencias profesionales. Aquella noche en Roma la situación había sido muy diferente. Se hallaba ante un ambiguo requerimiento del azar para romper su rutina, tan tibiamente arraigada, y su necesidad de convertirse por unos días en turista, bien podía justificar el que dedicase parte de su tiempo

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a redactar unas cuartillas de destino incierto; además, el escribir en Roma sobre París —dos de los polos más frecuentes en la intermitencia de sus viajes— le parecía particularmente excitante. La habitación de un hotel, impersonal y huidiza, subrayaba el carácter excepcional de su aventura.

A la mañana siguiente, conservaba aún el vértigo de la noche adueñándose de sus nervios. Cuando salió a la calle, se encaminó, acaso por inercia, a una librería, en cuyos anaqueles halló fácilmente una traducción italiana del Cómo se hace una novela y estuvo tentado de adquirirla: en ella se encontraba la incompleta historia de Jugo de la Raza, cuyo valor, pensaba, radicaba más en la carencia de final que en las reflexiones inmediatas de don Miguel sobre el desarrollo de la novela que va “contando” al lector y más aún —aspecto sobre el que todos los críticos que recordaba habían incidido de forma muy peculiar— que en las posteriores adiciones sobre el exilio y la política. A él le interesaba Jugo de la Raza exclusivamente como lector de una novela con fuerza suficiente para conturbar e incluso producir la muerte de quien fuera capaz de llegar a la última página. Resistió a duras penas y dejó el volumen en la estantería. Del esquema de Unamuno le bastaba con conocer la existencia de ese personaje que se deja prender por una novela que, en una de sus primeras páginas, le advierte, acaso en un desgarro lúdico de la prosa, que “cuando el lector concluya esta dolorosa historia se morirá conmigo” (creía conservar intacto el sentido de la frase). Su intento, lo que justificaba su incursión narrativa, era darle un final


a la historia. Jugo de la Raza debía morir, estaba claro, y su labor era buscarle un final coherente. Para ello, había combinado, durante años, en todos los momentos en que reaparecía la idea, distintas posibilidades y soluciones. Entre sus primeras intuiciones, había descartado la sugerencia unamuniana de dejar inacabada la novela en favor de un lector creativo. Conocía las teorías sobre el lector como autor o cocreador y respetaba, incluso utilizaba en su cátedra, la de la opera aperta; pero pretendía de su relato un todo cerrado en el que la única alternativa permitida al lector fueran las connotaciones de los adjetivos o la imaginación suscitada por la descripción de los paisajes. Recordaba con obsesiva viveza una de las novelas policíacas leída un verano y, aunque no sabía aún cómo quedaría incorporado a sus páginas, intuía que debía ser su principal aportación. En aquella novela, el autor conducía la trama de tal modo que, explotando toda la magia y suspicacias del lenguaje en una red invisible de trampas dialécticas, el lector acababa siendo el asesino. Sin llegar a tal osadía, su novela debería sin embargo implicar y aprisionar al lector hasta hacerle sentirse solidario del protagonista, hasta prostituirse de tal modo que acatara el imperio de aquel libro que condenaba a muerte a quien se atreviera a cruzar el umbral de la última página. Escribió durante toda la tarde y parte de la noche. Consumió varias docenas de cigarrillos, hasta que notó el paladar reseco y un sabor ácido que le subía de fondo del estómago. Fue entonces cuando se levantó y solicitó por teléfono un vaso de leche. Luego durmió profundamente. Por la tarde volvió a escribir. Y también la tarde siguiente. Y la otra. El undécimo día recibió una llamada del aeropuerto comunicándole que ya podía disponer de su maleta. Casi lo había olvidado. De camino al aeropuerto, pensaba en el rimero de cuartillas escritas durante aquel impensado paréntesis; en ellas se encerraba el grueso del relato: acaso en una sesión más estuviera terminada la primera redacción y luego sería cuestión de ir corrigiendo lentamente, a ratos perdidos. Decidió entonces que ocuparía aquella misma tarde y, como mucho, la siguiente; luego habría de entregarse a las obligaciones que le habían reclamado a Roma. Ocupó tres tardes más de las previstas. Las últimas cuartillas las escribió en una especie de posesión: los dedos se le agarrotaban en torno al bolígrafo mientras veía surgir las palabras; su imaginación se perdía en los linderos de la fantasía y regresaba cargada de intuiciones y sugerencias, de adjetivos, de metáforas audaces y, sobre todo, de un fervor extraño que se transmitía a cada una de las ideas que quedaban reflejadas en el papel. La última tarde, hacia las siete, había llegado al final. Le faltaba, como mucho, sólo una página, en la que debería describir —propiciar— la muerte del protagonista. Sabía perfectamente lo que debía escribir, pero una especie de pudor le retraía. Aquel sería su compromiso con el protagonista, el punto en que se daba la compenetración perfecta y se postulaba definitivamente la entrega del lector. Dudó durante varias horas, huyendo de las frases que lo asaltaban cada vez que tomaba el bolígrafo. Por fin, decidió dejar la historia donde estaba. Aquella página final —sentía claudicar en el último momento y acatar la idea de Unamuno— podría escribirla en cualquier momento más adelante, tal vez después de corregirlo todo y mecanografiar lo hasta entonces manuscrito. Como en un homenaje. Al acostarse, tenía fiebre.

De regreso a su casa y a su cátedra, se olvidó parcialmente de la aventura romana. Sólo en algunas ocasiones, mientras caminaba hacia la Facultad o tenía que consumir algunos minutos de espera, se dejaba mecer por el recuerdo, aquella caricia que le traía el fervor de las tardes sobre la mesa del hotel y que acababa indefectiblemente conturbándole al recordar lo poco, aunque definitivo, que le faltaba para terminarlo. Obligaciones más premiosas le impidieron, sin embargo, revisar el manuscrito como hubiera deseado, hasta que, durante el verano, en sus largas tardes de Fuenterrabía, lo recordó de nuevo. En la primera de sus salidas a Salamanca, para asistir a un coloquio de la Universidad de verano, se trajo el manuscrito y un ejemplar de Cómo se hace una novela de Unamuno. Releyó el original: nunca hubiera supuesto que su estilo pudiera adaptarse de tal forma a una idea, pero, pese a todos los temores que le habían asaltado en los meses que siguieron a su redacción, se hallaba ante un texto que, a falta de algunas correcciones, sorprendía por su tersura y pureza. Lo más sobresaliente era el dominio —aunque sólo aparente: nadie como él para saberlo— de la técnica narrativa y el equilibrio de la estructura. Supo entonces que “aquello” era bastante más que un simple desliz aprovechando el incidente de la maleta extraviada. En aquellas páginas se hallaban resumidas muchas de sus obsesiones y casi todas las claudicaciones a que se había visto forzado; pero, sobre todo, entreveía en ellas la clave de toda su insatisfacción íntima. Releyó también las páginas de Unamuno y, sorprendido, comprobó que, salvo algunos detalles sin importancia que debería corregir o matizar, el enfoque central, las líneas de fuga y la composición del conjunto encajaban perfectamente en la sugestión unamuniana. Su diferencia esencial se verificaba en el desarrollo de la historia y la vindicación del final, que las convertía en dos planteamientos esencialmente distintos sobre una misma concepción de la angustia humana. A diferencia de la primera redacción, ocupó las mañanas en la segunda. Solía levantarse temprano y, al calor todavía de la noche, escribía en la propia habitación hasta mediada la mañana: releía cada cuartilla, corregía sobre lo escrito y en los márgenes o insertaba

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nuevas cuartillas con párrafos añadidos en algún pasaje. Luego lo transcribía todo en papel tamaño folio, respetando en exceso los márgenes y cuidando la letra, casi en un ejercicio de caligrafía. Después del desayuno, se sentaba en la terraza y seguía en la misma labor hasta la hora del almuerzo. Después, el día se diluía en la rutina. Terminado el verano, sólo le faltaba redactar el final. Aunque podía haberlo hecho, en los últimos días alargó su tarea correctora, recreándose a veces en los trazos del bolígrafo, para evitar enfrentarlo. Un desasosiego similar al de la última tarde en Roma le invadía cada vez que intentaba escribirlo. Nunca se planteaba rehuir una invitación o sustraerse a compromisos de estricto trámite con tal de no permitir ninguna falla en su agenda, ningún punto débil que le invitara a la redacción. Un fin de semana decidió terminarlo. Su idea seguía viva. Incluso, cuando lo recordaba, encontraba palabras, frases y hasta párrafos completos que anidaban en su memoria como una reminiscencia. Sin embargo, al intentar su redacción, notaba que se le escapaban las palabras, que las frases se hurtaban a la convención sintáctica y que las ideas pretendían huir del molde rígido de los vocablos. No logró en muchas horas construir un solo párrafo. Al final del sábado, dudaba si seguir intentándolo o continuar, como en los meses precedentes, acogido al vaivén del temor. Durante la mañana del domingo, se sentó varias veces en la mesa y se levantó siempre sin haber escrito una palabra. Pero, a medida que avanzaba el tiempo, fue invadiéndole una sensación, distinta, en la que quizás había cierta dosis de resignación: la historia está completa, se decía; sólo falta ese maldito final, esa página quimérica que nadie, salvo yo, echaría nunca en falta si se sustituyese por algo más convencional. Luego fue fácil. Leyó de un tirón el manuscrito y se sentó ante la última página, como en un reto. Tomó el bolígrafo y añadió tres breves frases: cada una de ellas era un dardo envenenado. Cada una de ellas, su renuncia más íntima. Mediante un intencionado paréntesis y una obsesiva adjetivación, se cerraba la historia, pero dejando al lector —reconoció aquí su nueva claudicación— la posibilidad de reconstruirla partiendo de ciertas claves divergentes, con lo que el sentido inicial acusaría más su ambigüedad, o bien de considerarla definitivamente

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clausurada, con lo cual el centro de gravedad narrativo se desplazaría haciendo peligrar el equilibrio de sus suposiciones más firmes. En cualquier caso, la novela terminaba destruyendo cuantas hipótesis pudieran haberse formulado durante el curso de la lectura e invitaba a reconsiderarla desde cualquier otro ángulo de vista. El lector nunca acabaría sabiendo el final de U. Jugo de la Raza ni, por supuesto, el contenido de aquella novela que hubiera comprado a orillas del Sena. Al día siguiente, dio el manuscrito para que se lo mecanografiasen. A los pocos días de tener el ejemplar mecanografiado, concibió la idea y la pasión de editarlo. Pensó repartir diversas copias entre sus amigos, aun corriendo el peligro de las buenas palabras y las verdades a medias. Por último, se le ocurrió reunir a un par de colegas en su casa y leerles él mismo el original: de ese modo, podría comprobar sus reacciones y saber su veredicto por lo que expresaran sus rostros antes que por lo que dijeran sus labios. Fue un sábado. Mediante una sugestiva puesta en escena, que incluía whisky, una lámpara de luz tenue y algunas sinfonías de Sibelius y de Haydn, su voz, que en los primeros folios sonaba en exceso metálica, fue dulcificándose en páginas sucesivas para acabar recitando en un susurro que modulaba las sílabas del narrador y salmodiaba cuando era el pensamiento del protagonista el que transmitía. Entre capítulo y capítulo, cambiaban la música, reponían el nivel de los vasos y se acomodaban en los cojines. El silencio, acorde con la liturgia flaubertiana del momento, era sólo interrumpido por el pasar de los folios según iban siendo leídos. Terminada la lectura, sus dos amigos le felicitaron sin evasivas ni vaguedades. Sin ninguna reserva, sin ninguna reticencia, expresaron su favorable impresión sobre al obra y la opinión de que podía perfectamente ser editada sin demérito alguno. La charla se prolongó luego en favor del whisky. Aquella misma semana envió su original a una prestigiosa editorial argentina, dirigida por un amigo, antiguo compañero en las tareas docentes, con la intención de que el sello ultramarino —y su presumible éxito allá— paliara las suspicacias que la obra pudiera generar en la esfera peninsular. La carta que explicaba tal propósito a su amigo terminaba rogándole que, caso de no considerar oportuna su edición, le devolviese el envío procurando evitar los comentarios. Pocas semanas después, recibía una breve esquela en la que su amigo le comunicaba que, tras una rápida e incompleta lectura, debía felicitarle por el acierto de su novela, que se disponía a leer detenidamente para poder redactar el informe que presentaría al consejo de la editorial y de cuya respuesta le informaría con la mayor rapidez que permitieran los imprescindibles trámites burocráticos. Fueron tres meses, cuatro acaso. La respuesta, escueta e impersonal, le llegó finalmente en una carta del director de originales que incluía un contrato de edición y la promesa de remitirle las primeras galeradas en un plazo relativamente breve. La esperada carta de su amigo llegó días después de las pruebas de imprenta, cuando él ya se había dejado ganar por la corrección minuciosa. Era una carta amable, sensible a los valores de su obra, que ponderaba con generosidad y analizaba en detalles que denotaban una escondida pasión, tal vez fruto exclusivamente


Foto: Luisma

Roma, città aperta de la amistad. Pero el último párrafo, y ello a pesar de su concisión, evidenciaba las reservas que, por su prolongado silencio, había sospechado tiempo antes. “Conozco esos dolores de artistas tratados por artistas: son la sombra del dolor y no su cuerpo”. Aquello le retrotraía a meses anteriores, cuando intentaba sin éxito escribir el final que había previsto para el libro; aquel final que ya no escribiría nunca y cuyo recuerdo —la sombra del dolor— lograba perturbarle con la misma intensidad de sus primeras experiencias romanas. Acabó empero por olvidar el incidente. La frase de su amigo no tenía por qué referirse a algo que no conocía. Ni siquiera su experiencia literaria podía llevarle a suponer que existiera un final encubierto por la delicuescencia de las tres últimas frases. Pero el correo, días después, volvería a remozarle la inquietud. Era un paquete que contenía fotocopia del original mecanografiado de su libro. No traía remite y el matasellos, casualmente borroso, no permitía adivinar su procedencia. Los sellos, en cambio, denunciaban su origen argentino. Comenzó a hojearlo distraídamente, mientras se preguntaba qué significaba aquel envío, cuando se encontró con una palabra tachada y otra sobre ella escrita por una mano distinta a la suya. Siguió hojeándolo, nervioso, y halló más adelante diversas palabras alteradas. Comenzó a repasarlo detenidamente, desde la primera página, y comprobó que el desconocido corrector modificaba sustantivos y adjetivos, nunca otra suerte de palabras, y que aquellas correcciones pudiera haberlas hecho él mismo, ya que en nada variaban el esquema general, aunque en cada caso añadían una intensidad particular a las frases en que habían sido corregidas. Al llegar a la última página, sus ojos se detuvieron angustiados en las tres frases finales, que habían sido tachadas cuidadosamente. A continuación, la misma mano que había efectuado los cambios añadía un extenso párrafo que agotaba el folio y concluía en su reverso. Escrito con una letra menuda y detenida, sin vacilaciones, sin una sola tachadura, contenía el final que había imaginado en Roma y contra el que se había rebelado cada vez que tomaba el bolígrafo para redactarlo. Acabada su lectura, envuelto en una turbia tensión, rompió aquella página lentamente. Era el final deseable, aunque no el que hubiera deseado escribir (como si tras una inverosímil metempsícosis todas las piezas comenzaran a encajar en un absurdo puzzle). Luego, la tarde prosiguió su rutinaria decadencia.

F. T.

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La Judria Entré en la Sinagoga para ver escrito en un libro el nombre del pueblo de mis abuelos, y de todos sus ascendientes. El mismo pueblo donde yo nací, y del que la historia nunca habla. En una vitrina del museo había un listado de juderías con letra cursiva sefardí. Allí encontré la palabra Añanlavi. Desde entonces, muchas cosas insignificantes han adquirido un nuevo sentido. He dejado de andar como si pisara sobre la nada, para sentir bajo mis pies la tierra de las afueras del pueblo, que todos llaman La Judria. Una finca donde crece salvaje la hierba, y a la que de repente le ha brotado una aljama. Nunca se me había ocurrido pensar, que Judria y Judería fueran la misma cosa. Otra revelación que tuve en la Sinagoga fue sobre el nombre de mi abuelo Isaac. Por lo que yo sabía, así se había llamado al varón primogénito durante generaciones. Ahora creía que arrastrábamos esta tradición, por lo menos desde el siglo XIV, cuando los judíos ya estaban asentados en el pueblo. Emocionada con el hallazgo, me dispuse a encontrar otros vínculos de familia. Mi abuelo era pastor de ovejas, delgado y viejo, pero se subía a los perales como si fuera un chaval. Mi madre siempre ha dicho que una mirada suya era una orden inquebrantable, que si él decía hay que hacer esto, todos obedecían sin rechistar. Ella se quejaba, en comparación, de nuestra falta de disciplina. A mí nunca me pareció severo. Era un hombre justo. Cuando comerciaba, cerraba los tratos con un apretón de manos, y siempre cumplía su palabra. Vendía corderos, leche y queso. El año que se casó mi madre, vendió la mitad de un cerdo que pesaba más de doscientos kilos. La otra mitad se lo entregó a mis padres como regalo de bodas. Ya sé que comer cerdo no parece muy judío, pero después de seis siglos, algunas costumbres terminan por perderse. Lo que nunca se perdieron fueron los apellidos. Mi abuelo era García García, como casi todo el pueblo, aunque no fueran parientes. Desde que supe de la existencia de Añanlavi, hoy Villamañán, en la cara de sus habitantes adivino rasgos de los Bonjudà, Baruc, Jucef, y otros muchos, que para no ser expulsados se bautizaron convertidos en Garcías. Yo creo que mi abuelo, en quien pienso como si hubiera vivido seiscientos años, no fue de los marranos que siguieron practicando la religión judaica en secreto. Tampoco llegó a ser nunca un gran apasionado de la nueva religión. Sus prácticas del cristianismo han sido siempre las ineludibles para sobrevivir. Cuando dejó de salir al campo con las ovejas, le veía con frecuencia cerca de la Iglesia, nunca dentro, en el bar donde jugaba al dominó. No era un hombre aventurero. En su vida se arriesgó tan solo lo necesario para proteger a la familia. Que tras la guerra civil intercambiara alimentos de estraperlo, no tenía nada de excepcional. De mi abuela Regina (nombre también judío), dicen que era muy guapa. Nació en 1.900 y era mucho más joven que mi abuelo. Tenía el pelo negro y rizado. Para mí era una mujer vieja y tuerta (le saltó un palo al ojo cuando corría a las gallinas), y de niña me molestaba cuando nos encontraban parecido. En lugar de besos me daba nueces, melón, cosas de comer. Y por Año Nuevo

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una generosa propina. El pelo blanco y largo, lo peinaba en una trenza fina que después recogía en un moño. Llevaba calzones blancos. Lo descubrí una noche que buscaba debajo de la mesa una postal. Se había caído de una caja con lugares del mundo que yo miraba una y otra vez, mientras ella tejía calcetines. Sobre un vestido oscuro con botones, se ataba un delantal gris, y en invierno cubría los hombros con un pico de lana del mismo vellón que los calcetines, pero teñida de negro. Desde que esquilaban las ovejas, hasta que mi abuela empezaba a tejer, había muchas tareas por medio, misiones transmitidas por las mujeres desde los tiempos de Jacob. Primero bajaba con el burro al río a lavar la lana. Después había que escogerla, cardarla, esponjarla, hilar y hacer ovillos. A veces yo también me sentaba en el patio con las mujeres a quitar espigones, mientras el gato dormitaba al sol. En cuanto mi abuela se ponía de pie, el gato corría a enredarse entre sus piernas, y la hacía tropezar. Ella gritaba, chape, y cuando iba a darle una patada, ya se había escapado por la gatera. Mi abuela tenía malas pulgas, era austera y refunfuñaba mucho, pero como manda la Torá, cumplió muy bien su papel de ser sostén de la familia. En casa de mis abuelos siempre era pascua. Los corderos despellejados colgaban en el patio, debajo de la galería, como si fuera un tendal. Era un patio pequeño, con pozo y todo empedrado. Los corderos escurrían hasta la última gota, mientras yo echaba cuenta de sus tabas. Después de las comidas, rescata-

ba aquellos huesos de entre los platos para jugar. Grandes y limpias, eran una bendición. Del sacrificio de los corderos se encargaba tanto mi abuelo como mi abuela. De las gallinas y similares, se encargaba siempre mi abuela. Todos los animales se sacrificaban siguiendo el mismo ritual, incluso el cerdo. Con un cuchillo bien afilado, se le hacía un corte en el cuello para desangrarlo. Una vez muerto se limpiaban las vísceras, y se colgaba la carne al sereno para que secara. Este método lo habían aprendido hacía más de quinientos años, cuando vivían en la Judria. Mi madre, que no sabía que en el pueblo había habido una comunidad judía, decía que siempre había sido así, y no creía que fuera sano hacerlo de otra manera. Lo primero de todo es desangrar al animal, repetía. Y en la mesa hay que acompañarlo con vino. Por eso, a la hora de comer, se llenaban los vasos, se vaciaban las botellas y se respiraba salud. El vino siempre lo tomaban en casa, no en las tabernas, y mientras bebían, nunca les oí decir que estuvieran matando judíos, como vociferaban en casa de Dolores, cada vez que echaban un trago. Matar judíos a lingotazos era una costumbre muy celebrada en otras familias, sobre todo durante la Semana Santa. Las conversaciones en casa de mis abuelos con frecuencia me resultaban confusas. La primera vez que les oí hablar de San Benito, no entendí qué relación podría tener con mi madre, de nombre Benita. Después me quedó claro que ninguna. Se mencionaba al santo con desaprobación. Ya le colgaron el sam-

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benito, decía mi abuela malhumorada, como si aquello fuera para toda la vida. Y no lo era, pues una vez le oí ordenar a la menor de sus hijas, si vas a salir de casa, será mejor que te quites ese sambenito. Y mi tía se cambió de ropa. En otra ocasión a mi tío, que hablaba sobre un negocio que le habían propuesto, le reprochó, pues vaya con la encomienda, hay que ver lo ignorantes que sois. Renegaba por todo, como si mi abuela, Regina García, aún siguiera sufriendo por la exclusión de los conversos y la persecución de la Inquisición. Mi abuelo ni era ignorante, ni malgastaba las palabras con rezongos. A veces sacaba las gafas de una caja de latón que parecía de plata, y leía La Mesta. Otras, giraba el dial de la radio hasta encontrar voz sin ruido, y escuchaba atento las noticias que venían de más allá de los Pirineos. Tenía sentido común y un buen juicio crítico. Con frecuencia acudían a pedirle consejo. Gestionó con austeridad la hacienda, inventarió las tierras adquiridas para la familia, y las repartió en vida, sin conflictos, entre sus doce hijos. Tenía una sabiduría innata, como si acumulara la experiencia de haber sido miembro del Consejo de la aljama, juez del tribunal rabínico, o receptor de cuentas. También sobresalía por ser pelirrojo, como si se tratara de un judío Ashkenazi de Centro Europa. Quién sabe, tal vez había llegado a España expulsado de otros reinos, y se había establecido en Añanlavi, donde tras conocer a mi abuela, judía sefardí, puso fin a su huída. Desde que agarré la hebra del pelo rojo, no he dejado de tirar de ella. A pesar de que se ha hecho un nudo en Añanlavi que me impide avanzar, presiento que la edad de mi abuelo es la de Matusalén, y que vivió en Sajonia, y atravesó Francia. Sigo visitando Sinagogas y consultando bibliotecas. Aún no he encontrado ni una sola palabra sobre la ascendencia Ashkenazi de mi familia.

Gloria Soriano

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El hilo de plata El filo del cuchillo rozó mi garganta. Mi cuerpo experimentó una intensa descarga de adrenalina y todos mis sentidos se cargaron de energía. Un paso más atrás se escuchaba la voz grave del hombre que portaba el arma mortal, responsabilizando al gobierno de mi país de todas las agresiones que estaba sufriendo su pueblo. Mi corazón latía enloquecido. El retumbar de las pulsaciones apenas si me permitía oír el discurso del asesino. Cuando me mostró el papel que tenía que leer, exigiendo a mi presidente que retirara a todas sus tropas y permitiera la liberación de los activistas retenidos por el ejército, mi voz entrecortada casi no podía articular palabra. Nunca había llegado tan lejos. Esta vez, el juego había alcanzado su máximo nivel. El éxtasis era tan grande que mi corazón amenazaba con explotar. Cuando acabé la lectura de las reivindicaciones, el portavoz de los terroristas dio órdenes al cámara para que acercara el objetivo mientras él se disponía a realizar la ejecución. Un segundo más. Solo un segundo más e iniciaría la retirada. En el momento en que el afilado cuchillo comenzó a penetrar en mi piel busqué rápidamente la salida. Un instante más tarde, el juego habría acabado. Pero esta vez, algo estaba fallando. El hilo de plata que me unía al mundo real se había roto. El cuchillo ya había seccionado parte de mi cuello y comenzaba a penetrar en la tráquea mientras comprobaba, con espanto, que el juego estaba llegando a su punto final y que, por primera y última vez, estaba a punto de perder. Había adquirido esta rara y fascinante habilidad tras un tratamiento a base de un combinado de fármacos que tuve que seguir para curar una vieja lesión. La dolencia siguió como estaba, pero noté cómo algo había cambiado en mi interior: era capaz de jugar con los sueños. Al principio era divertido: antes de dormirme, pensaba en alguna situación que me hubiera pasado ese día y la materializaba en un sueño. Como si de un juego se tratase, dejaba que la situación avanzara y cuando consideraba que había llegado a un punto en el que no quería continuar, buscaba el hilo de plata que me conduciría a la salida, dando por concluida la aventura. Poco a poco, el juego fue subiendo de tono. Los retos cada vez eran más excitantes y los sueños, más peligrosos. Buscaba siempre el límite, la situación más comprometida, con la tranquilidad de saber que en el último segundo siempre encontraría el camino de regreso. Pero por primera vez, el hilo no estaba. Solo un milagro lograría salvarme de una muerte segura. Mientras se disponía a calentar el desayuno, Carlos escuchó un ruido en la habitación de Alex. Eran más de las doce de la mañana. Se habían acostado tarde después de una noche bastante movida y la resaca dificultaba sus movimientos. Cuando iba a retirar el café del fuego oyó de nuevo gemidos provenientes de la habitación de su compañero de piso. Apagó el fuego y se acercó. Alex se agitaba, sudando y presa de una gran excitación. Carlos se disponía a despertarle cuando, en ese momento, sonó el teléfono. Cambiando de parecer, se dirigió hacia el aparato mientras pensaba, sonriente: “Pobre Alex. No se le ha dado bien la noche. Menos mal que le queda el recurso de sus sueños. Se lo debe estar pasando en grande. Le dejaré un rato más para que disfrute. Cuando despierte me lo agradecerá”. Carlos cerró la puerta con suavidad mientras el teléfono no cesaba de sonar…

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Foto: Ilona Gogh

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Ventana cerrada Ésa es su ventana. Cerrada a los colores de la calle. Su rostro, tras los visillos echados, está en silencio. Sé que al caer la tarde, como entonces, por una rendija blanca paseará su mirada. Calle arriba, sus ojos bien abiertos, por si viera mi lejanía. Ojos lanzados a la flor del viento. Quién sabe si miran, o recuerdan o si lloran. Dulce es la espera. Lejana y extranjera, áspera. El sol está fuera. Lejos y cerca,  junto al grito de la sombra que la farola vestida de negro proyecta; le grita, quiere entrar. Dentro, unos ojos vacíos,  dulces y soñadores, fríos, la esperan. Y unos labios que rezan y desean,  unas manos que buscan una foto, un poema, o doblan amorosamente  una sábana con la que compartieron el sudor en la noche. Un gato la observa, tranquilo,  ajeno a sus deseos y pensamientos. Ella sueña en unos dedos que desabrochen su blusa, que acaricien su piel, que cubran de agua, tierra y fuego, su vientre. Pero nota sus labios secos; deseosos de cuando abiertos, dejaban un reguero de montaña, sabores a romero, sobre mi boca. Hoy están cerrados, llenos de nostalgia. Sólo un rojo de alegrías en la ventana  los mantiene con vida. Ojos añorados al encuentro de otros ojos mientras aguarda la tarde. El vacío,  siempre es lleno de esperanzas.

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La nevadona La nieve suele traer agradables recuerdos de la infancia. Quizás porque cuando éramos escolares, una buena nevada eran días de ‘huelga’ y de vacaciones obligadas: los maestros no podían acceder al pueblo y los muchachos nos dedicábamos más a los juegos, aun a costa de llegar chorreando a casa. Hoy en día las cosas han cambiado. En muchos pueblos de la provincia apenas quedan escolares y sí muchas personas mayores y unos pocos ganaderos que sobreviven dejando las reses durante gran parte del año en el monte. Y una fuerte nevada, aunque deje alguna foto espectacular o curiosa como éstas que acompañan el texto, ya no es motivo de alegría. En la buena compañía de unos cuantos amigos moldeadores hicimos un recorrido por la provincia leonesa, con la intención de visitar el paraje de Las Médulas, en busca de esa foto que todos añoramos hacer. Aquel paisaje de aspecto lunar, vestigio de una antigua explotación aurífera romana, vestido de blanco, solo mostrando las pirámides de sus picos en el laberinto de sus quebradas, pero hubo que desistir por la mala climatología que nos acompañó durante todo el recorrido, sobre todo mucha lluvia y niebla, el peor tandem para un fotógrafo. Precisamente la ‘nevadona’ de días pasados nos hizo ver la cruda realidad de las comarcas de montaña. Primero nos mostró la dureza de la vida del campo y las dificultades de los vecinos de los pueblos para alimentar los ganados aislados por la nieve.  En segundo lugar, esta nevada evidenció el abandono más absoluto por parte de la Administración Pública, lo cual se viene a sumar a otros problemas como el envejecimiento de la población, o la despoblación rural. Las noticias nos hablaban de muchos pueblos aislados en las zonas altas de la montaña. Las modernas máquinas poco podían hacer ante la ingente cantidad de nieve caída. Dándose algún caso de quedar las quitanieves totalmente sepultadas, y salvándose sus ocupantes al abandonar y regresar con grandes peligros al pueblo más cercano. Lo peor de todo es que quienes han quedado aislados son personas mayores, en ocasiones enfermos crónicos. Imagino que todo esto hará que la gente se lo piense antes de quedarse en el pueblo a pasar el invierno. Es un suma y sigue, y todo invita a dejar los pueblos. En este sentido, la provincia de Astu-

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rias, y especialmente las comarcas de montaña, se mueren. No es la nieve ni la ‘gafura’ del tiempo la que echa a la gente de los pueblos. Siempre nevó. Es el abandono. Es sentir que con las instituciones públicas no puedes contar, y que mejor que no te pase nada.. En nuestro viaje nos acompaño la nieve, especialmente en la zona de Pajares. Pese a que íbamos como “turistas” contemplamos la enorme dificultad de desenvolver una vida más o menos normal en aquellas circunstancias. La foto que acompaña esta crónica resume mejor que todas las palabras la intensidad de la nevada. Vemos la abadía de Arbás, semisepultada por toneladas de nieve, y no es una iglesia especialmente pequeña. También presenciamos escenas que nos sobrecogieron, sobre todo la fauna salvaje imposibilitada de moverse y pereciendo de inanición por ser incapaces de dar un paso en busca de comida para sobrevivir. Los lobos también lo pasaron mal, pero con la ventaja de tener comida abundante en el gran congelador que eran nuestros montes. Las pérdidas tienen que ser cuantiosas y algún caso hubo en un pueblo leonés de encontrarse sus ocupantes con un osezno desorientado y posiblemente perdido de su madre, en la escalera de su casa. Nosotros, pese a lo inclemente del día, disfrutamos haciendo lo que nos gusta, que es hacer fotos. Paisajes increíbles de blanco impoluto, contrastes en parajes singulares, como la estación de Busdongo, hangar improvisado para los trenes allí inmovilizados por la nieve, y un largo recorrido por la zona del Bierzo y Babia, que pese al mal tiempo, pudimos realizar muchas fotos, y seguro que alguna de calidad, y aunque no hubiera sido así, pues lo pasamos bien, que es de lo que se trata.

Monchu Calvo 50 - Luz y Tinta


Las trampas del montaje fotografico A través de los meses y de las entregas de ediciones que llevamos leyendo en nuestra revista Luz y Tinta, vamos explorando entre bromas y forma de comentar las cosas un mundo real o irreal, según formas de vista, pero que sin dudas son, al menos, de interés visual Al principio parecía que éramos unos pocos quienes la leíamos y que no había ningún interés en nadie que no fuéramos nosotros mismos; pero nada de eso era cierto, ya que hay seguidores adictos a la Revista y unos me lo comentaron y en otros se ven las innovaciones que sin dudas son clavadas a los experimentos que aquí se ponen; y de lo cual me encuentro con estas acciones de lo más orgulloso. Quienes hayan visto algunas de mis fotos, habrán comprobado que muchas son del mundo del boxeo, del que tan solo hace tres años sé que existía y que por una coincidencia del destino, un buen amigo (no suelo poner nombres en mis comentarios, pero creo que debo ponerlo) llamado Maylín, me invitó a la enorme experiencia de la velocidad fotográfica en pésimas condiciones de luz sin el uso de flash. La experiencia, como solemos decir en esta parte de España, en Asturias “pa su puta madre, con la tontería”. O lo que es lo mismo, con distintas palabras, “Escuela avanzada para aficionados, a pasos agigantados “, que como no

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se tenga a un maestro de lado, no se conseguirá hacer más que una o dos fotos medio decentes en toda la velada y que después de tres años se consiguen hacer de una sola noche 4.300 fotos, ya de la tarjeta al CD directamente para la venta, sin pasarlas por ningún editor. Quiero comentar con esto que, si no hay malos quereres y envidias de las malas, se puede sacar provecho a esta web y a las grandes personas que lo llenan. Con los nuevos fotógrafos destacados del mes, conocemos personas de to-

dos los tipos, grandes profesionales, medianos, pequeños, aficionados y otros. Algunos, entre lo que me agrupo, nos aprovechamos de todo lo que nos rodea para seguir prosperando en nuestra fotografía y además algunos llegan a profesionales desde aquí dentro, con la propaganda extensiva a nivel mundial. Hace tiempo, trabajando con una empresa de la localidad, salió el comentario de hacerme una tarjeta de Fotógrafo de prensa y ya estábamos trabajando en el diseño cuando, en una reunión con dos de los Camaritos, hicieron el mismo cometario y que ya estaba en marcha y ya breve salió el documento de: CORRESPONSAL DE LUZ Y TINTA con número y firmado por la Dirección. Entiendo que solo unos pocos los tenemos, pero a nivel profesional abre cantidad de puertas y esperanzas que de otra manera no se tendrían. Pero que lo tenemos ahí, y cuando hacemos nuestro trabajo de calle, estamos con el resto de profesionales identificados. El principio de la fotografía, es al fin y al cabo una película parada, que nos cuenta una historia y de ser de movimiento a base de varias tomas en hileras bajo el mismo ojo de luz, se conseguiría el celuloide para un cine. Pensemos las cosas al revés. Si el cine se aprovecha de una tirada seguida de fotografías, nosotros lo vamos a invertir, y de una secuencia de una película, vamos a parar imaginariamente una imagen y hacer nuestra foto, que contaría una historia, pero vista de otra manera. En esta entrega de hoy, vamos a ver lo real de lo irreal y nuestros amigos de plató son la pareja amorosa compuesta por Romina y Adrián y por otra parte a Héctor.

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A primera vista y conociéndome, sé que se diría que los dos son montajes de Ricardo Completu. Bueno, de eso se trata, de confundir la realidad posible con la posible irrealidad, pero como salen también las fotos que acompañan, nos quitaríamos las dudas y veríamos que efectivamente son montajes. Nuestra parejita amorosa son realmente dos púgiles y Adrián ya debutó como amateur, de ahí mi amistad con ellos. Y Héctor, por el contrario, en su vida se puso unos guantes ni por asomo y además es de lo más tranquilo que hay, y claro que por supuesto, esas supuestas lesiones no son de enfrentamiento, si no de una operación de nariz y que por un casual estuvo en una reunión en la que coincidimos y se prestó a mi cámara. La foto de Héctor, no hay nada que tocar, así entró en la tarjeta y así va para la revista. Respecto a la otra, va a ser una transformación con Photoshop. En anteriores revistas, en la 44 comentábamos sobre la Edición/transformar/Escala-Sesgar-Rotar, etc, etc,… En la revista 42, manejábamos los planos de vista y las adaptábamos a nuestro gusto. En la 40, sobre la agresión en los vestuarios, sobre las verdades y las mentiras, ya teníamos una referencia de cómo tener secuencias de sangre y otras. Como se ve la foto está recortada por donde nos interesa que se vea, no hay guantes, ni lesiones ni manos a la cintura. Todo es imaginación preparada para contar una historia. Si se han leído estas otras revistas que comento, la foto tendría que salir, sin más preámbulos.

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Todo se hace de un paso a un paso, guardando el trabajo manteniendo las capas, por si fuera necesario reformarlas después. EL GUANTE, cortamos de otra foto y que sea el puño que corresponda al lado con el cuerpo. Pegamos y ya transformamos con las herramientas de Edición y Transformar, ajustándolo en tamaño y rango apropiados. Con Goma de Borrar, vamos quitando lo que no nos interese (la goma de borrar cuanto más grande, más difuminados nos deja y mejor acople, con el resto de texturas). Para verlo mejor, podemos bajar la opacidad en las capas. Con el resto de lesiones, lo mismo, lo vamos adaptando y si hiciera falta curvaturas de vista, con Edición/…. / Deformar. Una vez lo tengamos todo a nuestro gusto, Acoplamos capas/ Combinar visibles. En la regleta de herramientas laterales tenemos una que parece un puño, es la herramienta de Subexponer. Con distintos selectores de pincel y variando la exposición, vamos tocando las sombras y partes oscuras de caras y ropas, acordes con el momento. Ahora que ya está leído ¿qué opinión cabe de las dos fotos, que las dos son reales, irreales, o que he conseguido engañar a alguien amistosamente ?

Ricardo González, “Completu”

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Por la Lisboa de Pessoa O POETA é um fingidor. Finge tão completamente Que chega a fingir que è dor A dor que deveras sente. F. Pessoa

Rossio

Me llamo Bernardo Soares* y he vuelto a Lisboa por unos días para celebrar el nacimiento de mi creador, hace 127 años, recordando los lugares más frecuentados por él. Hace poco entendí porqué le pusieron a Pessoa el nombre de Fernando Antonio, y es que nació un 13 de junio en la ciudad de San Antonio de Padua, de la que es su Patrono. El santo murió en Padua, pero nació aquí, cerca de la catedral, en el barrio de Alfama, donde tiene su iglesia levantada sobre la que fué su noble casa natal. Antonio fue el nombre que adoptó al entrar en la orden franciscana, siendo su nombre civil Fernando Martim de Bulhões e Taveira Azevedo. Ya que estamos hablando de la iglesia del Patrono, en el barrio de Alfama, el que creció sobre la colina situada al este de la Baixa y que culmina en el castillo de San Jorge, empezaremos nuestro recorrido tomando, frente a la iglesia, el tranvía amarillo de la línea 28 que nos llevará a la Baixa, bajándonos en la esquina de la calle de los Douradores, porque fue en ella donde Pessoa puso mi domicilio y quiero recorrerla para ver en qué estado se encuentra. La calle se conserva igual que la dejé, con ese aspecto un tanto decadente que envuelve a toda la ciudad y que contribuye tanto a la “saudade”. Pero me encuentro con una sorpresa inesperada, como todas ellas porque si no lo fueran dejarían de ser sorpresas: Han colocado unas losas en el suelo, a la altura del “elevador” (éste es un doble ascensor gratuito que salva buena parte del desnivel de Alfama); estas losas llevan grabado mi nombre y el del libro que me atribuyó mi creador, el “Libro del desasosiego”, aunque bien saben ustedes que realmente lo escribió él, pero es tímido y huye de la gloria... Para mí ha su____________________ * Bernardo Soares, como seguramente sabe el lector, es uno de los 132 heterónimos de Pessoa, al que atribuye la autoría de su obra “El libro del desasosiego”. El autor de este reportaje urbano y de sus fotos, JuanDepunto, lo resucita literariamente para que lo acompañe por este seleccionado recorrido lisboeta.

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puesto un gran honor tanto reconocimiento pues aunque sea continuamente pisoteado, soy también gracias a ello recordado. Desde la calle Douradores nos desplazaremos a la alegre plaza, o más bien zona, de Rossio. Si el paseante osa buscar en plano o placa urbana el nombre de esta plaza, debe saber que oficialmente se llama Praça de Pedro IV y en ella se encuentra el Teatro Nacional Dª. María II. El sobrenombre se lo puso el pueblo por la cercana estación de ferrocarril de Rossio y realmente no está del todo claro si también incluye la vecinísima plaza da Figueira, donde se sitúa la más antigua confitería de Lisboa, la centenaria “Confeitaria Nacional” de Balthazar Castanheiro, fundada en 1829. En ella, además de desayunarnos con un café bien hecho (como en general lo hacen en Portugal) y con pastelillos exquisitos, se puede uno llevar, si es la época, un magnífico y consistente Roscón de Reyes, con frutas escarchadas, que se lo guardaran en una gran y redonda caja de lata bellamente decorada, que solo por ella ya merecería adquirirlo. En esta plaza desemboca, bajo una cabalgavía, una de las calles paralelas de la Baixa, la calle de los Sapateiros. Hay en ella abundantes casas de restauración para todos los bolsillos y un curioso local en el que mi creador iba a distraer a la joven Ophélia, oficinista de 19 años con la que tuvo la única relación sentimental de su vida, fracasada a los 10 meses de iniciarla por sus extravagancias literarias: el “Animatógrafo do Rossio”. Fue inaugurado en 1907 por los hermanos Cardoso Correia y es una joya del “arte nova” modernista, además del pionero de la cinematografía de Portugal. Es una pena que algo con tanta historia y arte hoy solo proyecte películas propias del sex shop en el que se ha convertido desde 1994. La Baixa es el barrio diseñado por el ilustrado Pombal tras la destrucción de Lisboa por el terremoto y subsecuente maremoto con incendios de 1755, el primer gran desastre natural europeo; el barrio fue trazado a escuadra y cartabón, en cuadrícula, con edificios de igual altura y medidas antisísmicas (cimientos reforzados y pozo para sofocar incendios), un barrio llano y céntrico de la ciudad que va a terminar en la gran plaza del Comercio junto al Tajo en su lado sur, Alfama al este, Chiado al oeste y Rossio al norte. Creen los lisboetas que estas medidas antisísmicas les protegen de posibles futuras catástrofes porque no saben (quizás algunos sí) que el verdadero amuleto antiterremotos se encuentra en Sevilla, que también sufrió con la misma catástrofe. Los sevillanos, marianos por antonomasia, elevaron tras el Archivo de Indias, junto a la catedral, en la plaza del Triunfo y frente a la Inmaculada, en agradecimiento a que en aquel terremoto la cosa no llegara a mayores, una capillita barroca con la virgen. El truco consiste en que todo el pequeño monumento está solamen-

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A la izquierda, Confeitaria Nacional. Abajo, Animatógrafo do Rossio.

te apoyado por una diminuta columnita central, de modo y manera que si la tierra tiembla con una fuerza de algo más de un grado 3 en la escala de Richter el monumento, con la madre de dios incluida, se da de bruces en el duro suelo adoquinado. Desde entonces ha tenido buen cuidado su hijo en que no le pase nada a su madre. La plaza del Comercio es el resultado de la reconversión, en un estilo plenamente neoclásico, del antiguo Palacio Real de José I que se encontraba situado aquí, junto al Tajo, donde continúan las escalinatas de descenso al río desde palacio, lo único conservado tras el maremoto que hoy llamaríais tsunami. Por eso recibe el nombre de “Terreiro do Paço”, lo que puede despistar al turista poco ilustrado que inútilmente buscará el Palacio. El nuevo Palacio Real, tras la traumática experiencia y huída real a todo galope Lisboa arriba por la hoy llamada avenida da Liberdade (según unos, para otros -seguramente monárquicos- les pilló fuera), fue edificado en Ajuda, a bastante altura de la Torre de Belem. La plaza es de planta cuadrangular abierta al Tajo en su lado Sur y toda ella porticada con galerías de arcadas que comunican con la calle Augusta, eje central de la Baixa, a través de un gran arco del triunfo, emplazando en su parte central la escultura del Rey José I. Esta plaza era la puerta principal de entrada a Lisboa, llegando a ella los barcos tanto de mercancías como de viajeros, incluidos los grandes transatlánticos. Veo que Lisboa sigue manteniendo tal cual los viejos tranvías en los que me desplazaba a Alfama para escuchar esas tristes canciones de amor que llaman fados, o al Chiado, donde Pessoa nació en el largo de S. Carlos, cerca del teatro del mismo nombre y de la cafetería que frecuentaba. Es el café “A Brasileira”, que no solo permanece tal y como la conocí, sino que en su terraza han colocado una estatua de mi creador situándolo exactamente en la misma mesa donde se sentaba. Este lugar se encuentra frente a la boca del metro “Baixa-Chiado”, cerca de los almacenes del Chiado (con su museo del barrio) y más cerca aún de

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la plaza de nuestro insigne literato, gloria nacional, Luis de Camoens, donde desemboca la calle Garrett en la que se ubica A Brasileira. Afortunadamente se salvó del devastador incendio de 1988, que comenzó en el Chiado y fue el mayor desastre de Lisboa desde el terremoto que la destruyó por completo en 1755. Muy cerca del café A Brasileira se encuentra la librería más antigua del mundo. Hay que tener presente que en Portugal lo más antiguo de Lisboa suele interpretarse como lo más antiguo del mundo, aunque esta de Lisboa, de 1732, es muy posible que lo sea (según lo certifica un cartel exhibido en su escaparate, del World Guinness Records). Fue fundada por el francés Pedro Faure, cuyas hijas casaron con los hermanos Bertrand y de ahí le viene el actual nombre; originalmente se encontraba cerca, en la rúa Direita Do Loreto, pero tras ser destruida por el terremoto de 1755 se trasladó a su actual emplazamiento en la calle Garrett, la calle principal del Chiado, cuyo nombre hace alusión al poeta

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A la izquierda, Café A Brasilaira. Abajo, Plaza Luis de Camoens

Almeida Garrett. Hoy pertenece al grupo español Planeta a través de la Casa del Libro, y tienen sucursales por todo el país. La librería Bertrand es inmensa, con seis salas en una sola planta, y en ella tuve la alegría de encontrarme con buena parte de la obra de mi creador, incluido un libro en el que se recogen todos mis primos heterónimos, que son bastantes más de los que hasta hace poco se cría y que no llegaban al centenar*. En la plaza de Camoens desemboca la rúa da Misericordia que nos lleva al Barrio Alto y por la que se dirigieron los tanques en la Revolución de los Claveles que triunfó con solo 4 muertos (por disparos de incontrolados) en 1974. En la plaza hay una foto de un carro de combate M47 de aquellos, que recuerda el hecho. Subiendo por esta calle pasaremos casi sin darnos cuenta al Barrio Alto. En primer lugar nos encontraremos con el Largo do Carmo, donde tiene su puerta principal el Convento-Iglesia del Carmen, gótica, destruida casi totalmente por el terremoto del XVIII y que albergó el cuartel del Carmen, último reducto de las tropas leales al salazarismo, con su Presidente Caetano recluido en el mismo, y que fue conminado a rendirse por un capitán subido al techo de una furgoneta y recordado por oportuna foto de 1974. Es donde triunfó la Revolución de los claveles. Si seguimos subiendo nos encontraremos con el convento Da Trindade, hoy convertido en una gran cervecería-restaurante ubicada en el refectorio, servida por maître y camareros vestidos a la usanza de frailes de la época (el maître estoy casi seguro que es un fraile auténtico, por el nivel de control que ejerce sobre clientes y pupilos, siendo además el más joven del equipo). Podemos comer en ella, la relación calidad precio es buena y recomendable. Luego de otro buen café y situados ya en pleno Barrio Alto, podemos acercarnos a donde vivió mi creador, Pessoa, tras independizarse de la casa familiar del Chiado, y que se encuentra en la rúa da Rocha, cerca de la basílica de la Estrella y del parque del mismo nombre. En este barrio de la ciudad de las siete colinas,

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como en toda ciudad de colinas (Roma, S. Francisco, Granada...), hay múltiples miradores desde los que se ofrecen al viajero, al paseante y a los turistas, unas espléndidas vistas de la ciudad. Desde los de este Barrio Alto, en especial el de S. Pedro de Alcántara, podemos observar el lado este de la ciudad (Alfama y su castillo de S. Jorge, Intendente, el barrio norte financiero, etc.), iluminado espléndidamente al atardecer. Aquí comprende uno por qué le llaman la ciudad de la luz. Para bajar y volver al centro de la ciudad, podemos tomar uno de los tranvías más curiosos, que, emparejados y unidos por un grueso cable en el centro de las vías, uno hace contrapeso de su pareja. No mosquearse si en las narices del paseante el tranviario decide bajar solo, sin viajeros: es que su pareja de abajo no ha tenido público y necesitan ir los dos vacíos o los dos llenos, por la función de contrapeso que acabo de describir. Como el paseante o viajero no es un turista, sabrá esperar al siguiente tranvía sin indisponerse con el funcionario, por otro lado impasible. El billete es de ida y vuelta, pero no necesariamente tiene uno que consumir los dos el mismo día, puede dejarlo para otro momento. Es el “elevador de Gloria” que nos dejará en la Avenida de la Liberdade, la cual conecta el parque de Eduardo VII y la glorieta del Marqués de Pombal con la plaza de los Restauradores, junto a Rossio y la Baixa de nuevo. La avenida da Liberdade le debe su nombre a los liberales, cuando ganaron el poder en el siglo XIX y le abrieron sus verjas, pues en el diseño inicial del marqués de Pombal estaba reservada solo a las clases nobles. La plaza de los Restauradores hace referencia a la independencia de Portugal respecto a España en 1640, conmemorada en su obelisco central. A continuación nos encontraremos con la bellísima estación de ferrocarril de Rossio, de estilo manuelino nuevo, una variedad del modernismo, que conecta con la villa de Sintra a través de un túnel de cerca de 3 kilómetros. En la plaza adjunta de Pedro IV, renombrada popularmente como Rossio, pisaremos su suelo que

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Largo do Carmo

está hecho con un típico adoquinado semejando olas tan bien conseguidas que los aparentes desniveles entre ellas llegan a dar sensación de desestabilización. Esta plaza es especialmente alegre por las mañanas, cuando están abiertos los kioscos de flores y les da el sol. Desde esta plaza nos dirigiremos, por la vía Augusta, peatonal, hacia el Arco del Triunfo por el que entraremos de nuevo en la plaza del Comercio para ver ponerse el sol por la desembocadura del Tajo en el mar, espectáculo que no debe perderse nadie que visite esta ciudad. Se pueden hacer bellas fotografías, con el alto puente colgante del 25 de abril de fondo y más al fondo aún el sol poniéndose. En esta plaza, la de mayor extensión de Europa, se celebra el fin de año viejo y la llegada del nuevo, con un grandioso espectáculo musical que concluye con unos bellísimos fuegos artificiales. Como la afluencia de público es tremenda, es conveniente no dejarse llevar por la marea humana al concluir el espectáculo y, o bien esperar a que se vaya vaciando la plaza si uno se ha colocado en su centro, o bien colocarse en una de las salidas y anticiparse a la marea. Solo en la Semana Santa de Sevilla se puede encontrar el paseante con bulla semejante. Una vez entrada la noche procede encaminarse para cenar al barrio más antiguo de la ciudad, el barrio árabe de Alfama, cuna del fado y su museo (aunque en el Barrio Alto también se pueden encontrar buenos locales). Subiremos por la rúa de S. Antonio da Sé, pasando primero por la iglesia del Patrono, ya comentada al principio, para seguir a continuación hacia la catedral románica da Sé que más parece fortaleza, como tantas de su tiempo. A partir de aquí proliferan los locales, para todo tipo de bolsillos. Yo estuve en el Pateo de Alfama que se encuentra en una casa construida alrededor de una de las primitivas puertas del antiguo recinto amurallado. Es equilibrada la relación de viandas y espectáculo (muy variado, con bailes antiguos incluidos) con el

Tranvía elevador de Gloria

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Estación de Rossio

precio (menos de 100 de los modernos euros por pareja, menos de 25.000 escudos de los de antes). Concluido el espectáculo, podemos seguir hacia el Castillo de S. Jorge en el que hay miradores desde los que contemplar el bellísimo espectáculo de “Lisboa la nuit”. No dejar de verlo también al amanecer, mientras ilumina el sol desde nuestra espalda los barrios de Baixa, Chiado y Alto. Y al bajar tampoco se puede uno perder los miradores que dan hacia el sur, hacia el Tajo: otra maravilla. Y para despedirnos de la ciudad y de mi creador, podemos por último ir a Belem en uno de los tranvías que salen de la plaza del Comercio. Tras ver su Torre defensiva, patrimonio cultural de la Humanidad, iremos al Monasterio de los Jerónimos, maravilla del manuelino, también declarado por la UNESCO patrimonio de la Humanidad, donde le podemos leer uno de sus poemas a Pessoa, pues allí se encuentra enterrado, como Camoens:

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Atardecer en el Tajo QUANTA TRISTEZA e amargura afoga Em confusão a ‘streita vida! Quanto Infortúnio mesquinho Nos oprime supremo! Feliz é o bruto que nos verdes campos Pasce, para si mesmo anónimo, e entra Na morte como em casa; Ou o sábio que, perdid Na ciência, a fútil vida austera eleva Além da nossa, como o fumo que ergue Braços que se desfazem A um céu inexistente.

Juan Depunto Torre de Belem

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Foto: Ricardo “Completu”

Sesión de Cosplay en el Ayre Hotel de Oviedo Después la serie de artículos sobre el Arte del Cosplay, a través de los cuales hice una introducción a ese mundo, voy a contar una experiencia que tuvimos un grupo de moldeadores. Tras empezar a colaborar con la agrupación CometCon el tiempo fue pasando, la relación se fue haciendo más intensa, participando en nuevos proyectos. Ya en CometCon 2014 había coincido con un gran moldeador aunque no sabía que lo era, me llamó la atención el chaleco xerografiado que llevaba. Este fotógrafo se convirtió en un buen amigo en un espacio no muy largo de tiempo, como lo es Maylin, quién me introdujo al grupo y posteriormente Cuendia cuando le conocí en persona. Pero no sería hasta el encuentro de Moldeadores en Asturias de junio de 2014 cuandonos conocimos oficialmente todos, aunque allí se oyó eso de “tu cara me suena” sin que le mencione todavía el seguro sabe quién es; Ricardo “Completu”. Coincidimos en Metropoli –Gijón y ahí fue donde también le empezaron a conocer mis compañeros de CometCon. Se me ocurrió presentar a nuestra red social Moldeando la luz en la próxima edición de Cometcon y, entre varias ideas iniciales que teníamos e íbamos matizando y trabajando sobre ellas, surgió la idea por parte de la agrupación CometCon de organizar esta sesión en el hotel Ayre de Oviedo, dentro del complejo Calatrava. Se escogió este hotel Ayre porque es uno de los colaboradores de CometCon. A los miembros de Cometcon se les ocurrió ese hotel por lo modernas que son sus instalaciones y se lo propusieron, a lo cual la dirección del hotel aceptó, dejándonos usar la prácticamente totalidad de las instalaciones. La sesión sirvió como presentación de nuestro grupo Moldeando la luz. Como también formo parte de Cometcon , en una reunión de la organización se planteó que fuesen fotógrafos con estilos diferentes. Como conozco a los fotógrafos personalmente y conozco sus estilos tan diferentes fue por lo que me decante por esa composición del grupo: Ricardo “Compoletu”, José Luis Maylín y nuestro promotor, José Luis Cuendia, “Guendy”.

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Arriba, foto de José Luis Maylin. Abajo, foto de Juan José Pascual

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Foto: “Guendy” El día previsto para la sesión fue el 29 de octubre de 2014 y fue una buena idea ya que así se realizaba la promoción del evento con algo novedoso y que si no me equivoco, no se había hecho hasta ese momento en ninguna otra edición de eventos similares; se presentaba nuestro grupo con una actividad fotográfica y éste tendría una primera toma de contacto con el mundo del Cosplay. Por otro lado la colaboración del Hotel Ayre facilitándonos el uso de sus instalaciones, creó un escenario muy moderno y único que potenciaría la sesión fotográfica. Para la la elección de las modelos de la sesión se usó la formula promoción-sorteo. Se sortearon cinco plazas para la sesión y tras el final de la promoción se llevó a cabo la sesión. La participación del sorteo se hizo a través del Facebook de Cometcon. Se creó el evento del sorteo. Quien quería participar tenía que dar “me gusta” a la publicación, compartirla en su muro y comentar qué Cosplay iba a llevar a la sesión si fuese agraciado/a en el sorteo. Después el lunes y el viernes de cada semana se contaban los participantes, se les asignaba un número y se usaba una página que genera un numero aleatorio y así salía el participante. Si el número que se generaba correspondía con algún agraciado se volvía a repetir la generación del numero aleatorio. Mediante este sistema fueron elegidas las siete participantes. Tras la sesión entrevisté a Marta Crespo (con el cosplay Anna de Frozen), Alicia Svarti (Darth Talon), Aru Borrego (Kudryavka Noumi de Little Busters Aru), Andrea Driada (una de las caracterizaciones de Ashe del juego League of Legends) y Thelema Therion (Satsuki Kiryuin de Kill la Kill), preguntándoles por la razones por las que eligieron el personaje para la sesión, así como las dificultades para realizar el cosplay. Pregunté también por sus impresiones sobre el escenario elegido, el hotel Ayre, y todas ellas dijeron encontrarse cómodas en ese escenario moderno, diáfano y luminoso. Hablaron de que había sido una sesión muy intensa y de la sensación de estar ante varios fotógrafos —primero sorprendete y después muy positiva— y acabaron señalando la experiencia como muy agradable y enriquecedora. De la misma manera entrevisté a Ricardo “Completu”, Maylín y “Guendy”, que desgranaron algunas anécdotas del reportaje. Razones de espacio impiden dar las entrevistas completas, por lo que solo se publica la de Guendy, a modo de resumen de las otras dos que compendia una sesión enriquecedora y que abre puertas a eventos similares, resaltando la gran coordinación que tuvimos entre todos en una sesión en la que, como puede apreciarse en las fotografías, cada fotógrafo aplicó su particular punto de vista.

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Entrevista a “Guendy” —En cuanto te hablé del Cosplay suscitó tu interés, ¿Cómo fue para ti la experiencia de conocerlo de cerca y conjugarlo con la estética del Hotel Ayre? —Suscitó mi interés porque siempre estoy abierto a todo tipo de retos y experiencias nuevas en el mundo de la fotografía, y para mí el Cosplay desde el punto de vista fotográfico estaba por descubrir. Con referencia al hotel, a pesar de su arquitectura moderna y en cierto modo futurista, al margen de la luz que es muy buena, la decoración en su interior según mi punto de vista no era la más idónea para este tipo de fotos. Pero es una opinión muy personal. —¿Tienes alguna anécdota de la sesión que quieras compartir con nosotros? —No, decir que las cosplayer eran muy majas y se prestaban a la colaboración. Es una cuestión fundamental que cada retrato se pueda hacer en colaboración y, por tanto, que las modelos participen activamente en el proceso y en la toma de decisiones. Dicho esto, al principio, al menos a mí, me resultó un poco difícil, pues se notaba que las cosplayer no estaban muy acostumbradas a este tipo de actos fotográficos, y supongo que verte ante cuatro fotógrafos cargados de todos sus artilugios, pues como que debe de cortar algo, y esa soltura que se espera de las modelos más experimentadas, aquí teníamos que ir un paso más allá los fotógrafos, para imprimir el dinamismo que a mi entender los personajes que representaban las cosplayer requerían. —Tras la sesión llega el trabajo más laborioso, la selección y edición de las fotos. ¿Podrías contarnos algo sobres las ediciones que hiciste de las Cosplayers? —Yo no soy muy dado a grandes manipulaciones en las fotos, cuando el escenario y el hábitat es el adecuado, me gusta retocar lo mínimo, pero experimentar con todo, y sin que ello me impida seguir mi evolución, con ello quiero decir que no me gusta trabarme en un determinado estilo y, por el contrario, me gusta recrearme con todos los medios y técnicas que tenga a mi alcance. En el caso que nos ocupa, me tomé algunas libertades con determinadas fotos, haciendo determinados montajes y manipulando la realidad, pero creo que fue porque como bien dije al principio, quería situar a los personajes en unos escenarios diferentes a los del Hotel. —¿Quieres añadir o contarnos algo más? —No, simplemente decir que no me importaría volver a repetir la experiencia en otros escenarios, y si son naturales, mejor que mejor. Eso sí, felicitarte a ti por toda tu excelente labor y, por acercar el mundo del Cosplay a nuestra red social de fotografía Moldeando la luz, y a su revista Luz y Tinta.

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Dos de las fotos de Guendy en la sesi贸n de Cosplay

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Henri Cartier-Bresson Decía Henri Cartier-Bresson: La cámara fotográfica, para mi, es un cuaderno de croquis, el instrumento de la intuición y de la espontaneidad, el maestro del instante que, en términos visuales, cuestiona y decide al mismo tiempo. Para “dar sentido” al mundo hay que sentirse implicado en lo que se recorta a través del visor. Esta actitud exige concentración, sensibilidad, un sentido de la geometría. A través de la economía de medios y sobre todo olvidándose de uno mismo se llega a la simplicidad de expresión. Fotografiar es retener el aliento cuando todas nuestras facultades convergen para captar la realidad huidiza; entonces es cuando la toma de una imagen se convierte en una gran alegría física e intelectual. Fotografiar es, en un mismo instante y en una fracción de segundo, reconocer un hecho y la organización rigurosa de las formas percibidas visualmente que expresan y dan sentido a este hecho. Es poner en el mismo punto de mira la cabeza, el ojo y el corazón. Es una forma de vivir. Son palabras de uno de los hombres más grande de la FOTOGRAFÍA con mayúsculas. Henri Cartier-Bresson Nacido en Chanteloup (Francia) el año 1908 en una familia de clase media. Se cuenta en todas sus biografías que siendo todavía un niño ya se sentía atraído por la fotografía. Estudia pintura y literatura en Cambridge, pero habría que esperar a 1931 en que comienza como fotógrafo. Sus primeras experiencias con la fotografía empezaron con una cámara Kodak Box Brownie. En 1932 adquiere su “maravillosa” Leica: el formato de 35 mm llega a sorprenderle y fascinarle. Henri llegó a cubrir de negro las partes niqueladas de su cámara para pasar inadvertido. Comienza a publicar en revistas francesas y alemanas, casi siempre con fotos de carácter deportivo. Más tarde se convertiría en uno de los padres del fotoperiodismo o reportaje gráfico y junto a

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otro de los mitos de la fotografía, el húngaro Robert Capa, con el que fundaría la cooperativa agencia Magnum Photos. Años más tarde Cartier-Bresson definiría a la emblemática agencia de la siguiente manera: “Magnum es una comunidad de pensamiento, una cualidad humana compartida, una curiosidad acerca de lo que está pasando en el mundo, un respeto por lo que está pasando y el deseo de transcribir visualmente” (Es nuestra intención en un futuro próximo, dedicar un especial trabajo sobre la Agencia Magnum en Luz y Tinta) Cartier-Bresson poseía una capacidad única para capturar el momento efímero en que la importancia del tema siempre se da a conocer en la forma, el contenido y la expresión, lo que él llamaba el instante decisivo. Siempre es un regalo para nuestros ojos contemplar los trabajos de este gran fotógrafo, en el que un mismo mundo se esboza bajo la diversidad de los temas, y este mundo tiene una misma cualidad, sean cuales sean las circunstancias y el lugar, algo que puede mostrar su debilidad o su ternura: el instante en que su dureza habitual cede bajo el empuje del dedo, el instante en que abandona su mutismo y se deja penetrar por alguna falla secreta y le da sentido. Mirando sus fotografías, que se escalonan a lo largo de más de medio siglo y más de un continente, sorprende constatar hasta qué punto su autor siempre ha hecho la misma toma, como de un gran pintor se dice que siempre ha pintado el mismo cuadro. O, dicho con mayor precisión, hasta qué punto Cartier-Bresson, en todo el planeta, siempre ha perseguido la misma fotografía, como un pintor confinado en su taller persigue la misma obra. Todo estaba allí, en un cierto sentido, desde la primera fotografía hecha en 1932, como puede decirse, por ejemplo, de tal dibujo de cualquier pintor de la época, que contenía ya su obra futura, como si toda la existencia fuera a proseguir intentando reencontrar esta emoción en la que la singularidad de una mirada, repentinamente y como por azar, se hubiera reconocido en la configuración exterior y aleatoria de un determinado aspecto del mundo. “Esta connivencia de una disposición

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inmutable del espíritu y de una disposición transitoria de las cosas no significa tanto la dispersión de un yo en el mundo exterior como la focalización del mundo exterior en el yo”. ¿Un azar objetivo? ¿A qué otra cosa aplicar mejor esta bella palabra de Breton que a la fotografía que, con su objetivo, acosa al bello azar de los días? Sin embargo, no parece que se trate de ello. El fotógrafo no es un médium que busca la cifra de alguna subrealidad en las combinaciones de lo visible. Lo que proporciona a una fotografía su aura y la distingue del simple documento se debe, en primer lugar, a que la intención de su autor nunca es preconcebida. Al igual que en la poesía, es necesario que en ella nada “pese ni pose”, este último término adquiere aquí todo su sentido. Así pues, nada predeterminado, compuesto, y menos aún previsto. Es pues fotógrafo aquel que, a través de los mil temas que incitan su curiosidad, se desliza con un instinto seguro “entre los actos”, tan ligero, tan fino, tan sutil que evite los lugares, los momentos o las circunstancias en que la vida se condensa o se anuda de manera demasiado fuerte o demasiado evidente. De esas tomas, el fotógrafo solo utilizará siempre un fragmento de historia, una pieza de archivo, una muestra formal o un ejemplo anecdótico. Lo que el fotógrafo busca es lo que de común tienen los días, el despliegue de la vida, no lo que se distingue sino lo que se parece. Poeta de lo idéntico, no de lo diferente. Unas parejas bailando, un grupo de seminaristas, un niño que lleva unas

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botellas y sonríe, gente que duerme, que sueña, que reza —sobre todo, que reza— el universo de Cartier-Bresson está lleno de soñadores, captados en ese estado pasajero vacío en el que se sueltan y están como desarmados; maduradas y escogidas en todo el planeta, estas imágenes localizadas y fechadas con precisión por un detalle, un buzón, un cartel, una inscripción, un uniforme, un coche, tienen todas el mismo sabor singular de lo cotidiano. Esto me hace recordar un taller de fotografía en el que uno de los participantes se acercó a mi y me dijo: “no saco esta foto por que está aquel coche y rompe”. A lo que le comenté: “yo la haría, el coche pone fecha al momento que registras”. ¿No nos llaman la atención las viejas fotos donde aparecen los Seat 600 y la forma de vestir de la gente que camina por aquella calle fotografiada? De lo que aparece ante sus ojos, el fotógrafo no debe de priorizar nada de antemano, las causas y los efectos del mundo visible, debe dejar que las cosas se encadenen libremente, poner entre paréntesis su propio gusto, su propio juicio, no “focalizar” nada. Entonces podrá tomar de lo real, sin alterarlo, lo que aparentemente es insignificante y que más tarde manifestará su significado más valioso. Quienes han conocido a Henri Cartier-Bresson dicen que les sorprendía su mirada azul, transparente y vaga, que flota sin peso sobre todo lo que le rodea,

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sin que parezca que diera prioridad a ninguna cosa, aunque se presiente que está perpetuamente alerta. Porque, sin duda, esta continua disponibilidad de la mirada es lo que permite que se establezca una complicidad entre él y el mundo, una conjunción, incluso una conjura cuyo resorte es de orden metafísico. Muchos términos que se utilizan en fotografía, ahora cada vez menos con la llegada de lo digital —como la cámara negra, la placa sensible, el baño revelador—, tienen que ver con el mundo de la magia. Pero también designaban algo más que un mundo tecnológico maravilloso. La película ultrasensible solo era una proeza mientras no se le daba un sentido con una mirada dotada a su

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vez de hipersensibilidad o de lo que el propio Cartier-Bresson le gustaba llamar un carácter “nervioso”, utilizando así, curiosamente, las mismas palabras que se decían cuando se pedían explicaciones a determinados pintores para que explicaran sus pinturas. Y, cuando en el momento de apretar el disparador, el fotógrafo retiene la respiración, el sujeto fotografiado, en cambio, entrega su alma —por lo menos en opinión de los hombres primitivos que se niegan a dejarse “atrapar”—, este mismo fenómeno de aspiración o de captura manifiesta en buena parte de las transferencias de energía que se realizan aquí bajo la aparente banalidad de un mecanismo son tan misteriosos como ver una película al ralentí, la mano del pintor poniendo en la tela, con la punta del pincel, la sustancia de su cuadro. Así se producen múltiples sensaciones asociadas, no solo entre la mirada, el espíritu y la mano, sino entre ellos y los órganos de la cámara fotográfica. Y la propia cámara oscura, al igual que la luz del día, se ilumina con la claridad de esta cámara lúcida que es el ojo. En si misma la fotografía es sólo la captura, mediante unas sales de plata, de granos de luz con los que se ha bombardeado un objeto, la huella del desplazamiento de una materia, infinitamente sutil pero real, una especie de metáfora óptica. Con relación a la fotografía digital el final del camino es el mismo, su nitidez (resolución) se mide por la cantidad de pixeles. La resolución total expresa el número de píxeles que forman una imagen de mapa de bits. La calidad de una imagen también depende de la resolución que tenga el dispositivo que la capta. En el caso que nos ocupa, el de las cámaras, el número de píxeles que contenga una fotografía depende de la configuración y, como máximo, de cuántos píxeles utilice el sensor CCD de la cámara para captar la imagen. Las dos rutas son herramientas para escribir con la luz. ¿Qué relación existe pues entre el fotógrafo y la naturaleza de la luz, que permite anticipar su curso, independientemente del camino elegido? ¿Qué posee aquel cuyo organismo se moviliza en la punta del ojo, cuál es el don, no de premonición sino de vivencia, que los antiguos atribuían a los ciegos? En estas zonas en que los extremos se unen, ¿es donde aflora lo visible del extremo de la mirada, como le ocurre al ciego con lo real con la punta de los dedos para descubrir en ellos esos puntos de mínima resistencia de donde surge su significado? Cuando Cartier-Bresson habla de “olvidarse de uno mismo para

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estar presente” o de “no pensar para que las cosas funcionen”, enuncia, en vocabulario negativo de una mística, los imperativos de un planteamiento a los que, curiosamente, se acerca realizando la conjunción de los contrarios: el estado particular en que la atención vaga se vuelve lucidez aguda, pero también abierta a la tiniebla, y en el roce más ligero, la coincidencia con el corazón de las cosas. Extraña facultad, realmente —que se extiende incluso en estas turbadoras fotografías de Gandhi y de Claudel, en las que se inscribía ya su muerte—, que hace que el fotógrafo en momentos precisos, atraviese el flujo de las apariencias para alcanzar la otra mitad del arte, su núcleo eterno e inmutable. Entonces el telón del objetivo se levanta en unas oscuridades más profundas de lo que podemos imaginar. Con referencia a su técnica jamás recortó los negativos, se positivaban completos, sin encuadrar ni recortar nada. Realizó fotografías en prácticamente todo el mundo y fue el primer fotógrafo en exhibir sus trabajos en el museo del Louvre, en París. Publicó numerosos libros, es de destacar el publicado en los años 50 titulado Images a la sauvette que es todo un legado y compendio del significado, técnica y utilidad fotográfica. En el año 1974 decide dar un cambio a su carrera como fotógrafo para volver a la pintura, su verdadera vocación desde la infancia. En sus últimos años de vid, crea junto a su mujer la Fundación Henri Cartier-Bresson, en la que recopila toda la obra que realizó en vida. Henri Cartier-Bresson fallece el 3 de agosto del 2004 a los 95 años de edad. Hacía más de veinte años que había ido retirándose de la fotografía, pero nos deja una de las colecciones más importantes para la historia de la fotografía, sus trabajos bajo la predilección por el blanco y negro, pues del color de su época opinaba que no tenía la sutileza y profundidad suficiente para representar el mundo, por las limitaciones químicas de las emulsiones. Nos quedamos sin saber lo que hoy podría opinar sobre la fotografía digital, tal como la entendemos en la actualidad. Quedan para la eternidad esos acreditados encuadres a fotograma completo, con su marco negro que nos muestra que el negativo está copiado sin recortes, sería este uno de sus rasgos definitorios, algo que como concepto para él representaba el instante decisivo, y que fue incorporado a su obra cansado de que las revistas gráficas modificaran sus encuadres originales. Los que se paren a ver sus fotos van a poder apreciar éstas y otras muchas características de la obra de uno de los mejores fotógrafos de la historia.

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Foto: Vladimir

TambiĂŠn pudier

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Foto: Nataly Revkina

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Foto: Aleksey Marina


Foto: A. Zharov

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