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Núm. 39 Octubre 2014

Jan Saudek Fotógrafo del mes: Senén López Día de América en Asturias La luz de Beneros Joaquín Sabina


PROMOTOR José Luis Cuendia, “Guendy” DIRECTOR Francisco Trinidad COLABORADORES Eugenio R. Meco, Pepe Haro Castaño, Ma Bernarda Ballesteros, Carlos Flaqué Monllonch, Glyn Griffits, Ricardo González “Completu”, Salvatore Grillo, Javier Madroñero, Narciso del Río, Juanjo Gallardo, Monchu Calvo, Antonio Ramón Ferrera, Cristina Capracci, Gustavo Velázquez, Cora Coronel, Justín del Barrio, Arturo de las Liras, Juan José Alonso, Ilona Gogh, Jan Puerta, Albino Suárez, Gloria Soriano, Ildefonso Robledo, José Manuel Gonzalo, José Mª Ruilópez DIRECTOR DE FOTOGRAFÍA José Luis Cuendia DIRECTORA DE COMUNICACIÓN Lola González DISEÑO y MAQUETACIÓN Francisco Trinidad www.moldeandolaluz.com Reservados todos los derechos de reproducción total o parcial tanto del texto como de las imágenes. Las imágenes están protegidas por las leyes de copyright internacionales. Para cualquier consulta o sugerencia contacte con nuestro correo electrónico info@moldeandolaluz.com

Año IV.- Núm. 39- Octubre 2014

Contenido 4 11 23 31 33 39 43 47 53 61 67 69

Fotógrafo del mes de Septiembre: Senén López.... Francisco Trinidad Día de América en Asturias................................. José Luis Cuendia, “Guendy” Una tarde con Paola Sáinz de la Maza................. Eugenio R. Meco La luz de Beneros.................................................... Monchu Calvo La enfermedad de Jacinta..................................... Gloria Soriano ¿Quién falta en la foto?......................................... Ricardo González “Completu” Joaquín Sabina....................................................... Juanjo Gallardo Ruta de Federico García Lorca............................. Juan Depunto Jan Saudek.............................................................. La niebla del espejo................................................ F. T. Técnica de envejecimiento.................................... Ilona Gogh Mejorar el filtro Paso Alto..................................... Antonio Ramón Ferrera

Nuestra foto de portada:

A. Polyakov

Moldeando la Luz es miembro de la Royal Photographic Society

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Presentación En esta ocasión, alejándonos del espíritu festivo del verano, hemos entrado inaugurando el otoño con nuestro concurso sobre el retrato. Si de lo que se trata es de superarse, creo que lo hemos conseguido: ha sido el certamen con mayor número de participantes . La calidad habla por sí sola, basta con ver las fotos presentadas. Desde LUZ Y TINTA queremos felicitar a los autores de las fotos que han recibido el mayor número de votos, sin olvidarnos para nada del conjunto, el total de la 95 presentadas, y buena prueba de ello y, como lo prometido es deuda, antes de finalizar el año LUZ Y TINTA publicará un especial con todas las fotos presentadas. En el mes de Noviembre se pondrá en marcha el Concurso “La Arquitectura”: cómo ven o han visto nuestros ojos la arquitectura, moderna, modernista, neoclásica, gótica, barroca, renacentista, islámica…, la arquitectura del poder, las nuevas catedrales del siglo XX y XXI, la arquitectura sostenible, la de barrio, la de ciudad, etc. Sin duda será un tema apasionante para todos. En otro orden de cosas, dejando de lado todo tipo de tabues fotográficos y superados conflictos como objetividad versus subjetividad, documentos versus arte, en estos momentos se está opinando en Moldeando la luz sobre la fotografía “purista”. Desde nuestro punto de vista solo podemos animar a que, con el civismo que se viene haciendo hasta ahora, se sigan manifestando los diferentes puntos de vista que cada cual tiene al respecto. Evidentemente el mundo de la fotografía hoy en día es de una inmensidad inabarcable, sobre todo en las dimensiones que ha ido tomando en lo que va de siglo; es un mundo muy amplio sin más fronteras que las que nos pongamos a nosotros mismos, configura una zona geográfica inabarcable para una sola fotografía, metodología, códigos, procesos y técnicas. Todas las metodologías son válidas para la creación fotográfica, diría que la fotografía es en algunos aspectos puro “maquiavelismo” pues en infinidad de ocasiones el fin justifica los medios, no confundir con otras cosas de orden moral, hablamos de fotografía y con esta herramienta que debemos aprender a utilizar para desarrollar la capacidad de análisis y reflexión sobre el entorno en el cual nos desenvolvemos los humanos, ante un gran paisaje o micropaisaje, desde el paisaje exterior al interior. Las diversas metodologías de trabajo son las que nos darán soporte para desarrollar nuestra creatividad en la realización de nuestros proyectos personales. Desde LUZ Y TINTA invitamos a entrar en las entrañas de la fotografía sin ningún tipo de complejo, sin antagonismos, con miradas angulares, buscando el realismo mágico en todo tipo de paisajes, incluidos los abstractos del paisaje construido, en los espacios virtuales o metafóricos. Sin olvidar en ningún momento el lenguaje del color en el bodegón, la naturaleza muerta, el desnudo, la arquitectura, el retrato, autorretrato, etc, etc. No hay que desesperar. Llegará mañana, el mes que viene, pasarán los años y en las nuevas etapas que nos deparará la vida, seguiremos preguntándonos cosas e intentado buscar respuesta a nuestras preguntas, porque durante todo este tiempo pensaremos y actuaremos de diferentes maneras, seguiremos buscando las pautas para mejorar nuestros trabajos, buscando la fotografía que investigamos y que nunca llega, porque en ese aspecto los amantes de la fotografía somos impacientes insatisfechos. Si esto pasa, es que se está en el buen camino. Como dijo el filósofo griego: “Solo sé que no se nada y, al saber que no sé nada, algo sé; porque sé que no sé nada”. Yo me lo pregunto y me lo respondo muchas veces, y vuelvo a empezar de nuevo.

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Fot贸grafo del mes de Septiembre

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Senén López “Oh mar, enorme mar, corazón fiero/ de ritmo desigual…” Estos versos de Alfonsina Storni, no sé por qué, se me han hecho presente en varias ocasiones al repasar las fotos de Senén López. Pero, al contrario que la Storni que acabó su vida adentrándose en el mar, con caminar pausado, pero decidido, las fotos de Senén no nos hablan de suicidio sino acaso de resurrección; la que se opera cada vez que aprieta el disparador de su cámara y rescata un momento de la vida del mar, ese mar Cantábrico al que se asoma con ojos de artista, buscando quizás el “espejo plural” que dijera Octavio Paz, ese espejo en el que se reflejan las aspiraciones más secretas del fotógrafo. Y es que sus fotografías, la de Senén López, se acercan en su mayoría al paisaje marítimo o litoral: “Me fascina —dice en la ‘poética’ que acompaña a esta semblanza— este tipo de fotografía ya que se aprecian escenarios de gran valor paisajístico, lugares de una belleza particular, únicos y al mismo tiempo diferentes todos ellos, dignos de fotografiar en el momento de mejor luz.” El mar constituye, pues, el fundamento o la marca esencial de su fotografía. Un mar visto siempre desde la orilla, con la línea del horizonte marcando el límite y buscando las posibilidades de la luz de cada momento y la inmersión en un mundo de colores vivos y luminosos. El mar, que ha inspirado a tantos artistas de la pintura y de la fotografía, con su mundo de rocas y de olas, de arenas y de espumas, de viento que se cuela como un soplo en el ritmo de las mareas, acaba consiguiendo un ambiente, una suerte de ambición en el que predominan los azules de la bruma marina, de los espejos del mar, del fondo de los cielos a distintas horas del día, buscando muchas veces el azul arrebolado del atardecer, con su magia espectacular. En las fotos de Senén López vive el mar Cantábrico en muchos de sus escenarios; un mar al que se acerca con el uso de tonos profundos y enfoques suaves, buscando una suerte de pinceladas tenues con las que sus fotos se

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desprenden de la agresividad que nace de las rocas para adentrarse en la suavidad de las olas en una fotografía directa, de vocación pictorialista que tanto recuerda al esencialismo paisajístico de Ansel Adams. Senén López busca la foto perfecta conseguida desde la cámara misma, sin el apoyo legítimo del tratamiento informático posterior y sin ningún tipo de distorsión surrealista. Para ello, busca la objetividad de los elementos del paisaje, rastreando la belleza de formas y texturas que rescata con el único auxilio de los elementos de la cámara fotográfica: encuadre, enfoque, diafragma… sin pensar en el ‘laboratorio’ posterior y apurando las posibilidades del momento. Es, pues, la suya una fotografía directa, fiada a la capacidad de detener un momento de luz en el tiempo justo de apretar el disparador. Como la de los pioneros de la fotografía. Pero no se detiene Senén en la fotografía de tema marino, sino que busca además su encuentro con la naturaleza circundante, tan exuberante en Asturias, tan omnipresente: a veces rescata la orilla de un río con su juego de reflejos, otras se adentra en el misterio de los árboles recortados sobre el cielo azul de los montes o busca espacios más conocidos —Cudillero, Gijón, Puente d’Arcu…— o escenas que, en fin, devuelven el contacto con la naturaleza viva: el vuelo de un gaviota o el aleteo de una cigüeña. Al final, siempre se cumple en plenitud su aspiración de la belleza fotográfica: “Por ultimo añadir que, para mi la fotografía es una forma de expresión que refleja la realidad en una imagen, que produce sentimiento, y que refleja personalidad.”

Francisco Trinidad

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Día de América en Asturias El actor y cineasta norteamericano Woody Allen cuenta con una escultura en la ciudad de Oviedo, y al lado de la misma una placa recoge las mismas palabras que el director de cine pronunció en el Teatro Campoamor al recoger el premio Príncipe de Asturias de las artes en el año 2002: “Oviedo es una ciudad deliciosa, exótica, bella, limpia, agradable, tranquila y peatonalizada; es como si no perteneciera a este mundo, como si no existiera… Oviedo es como un cuento de hadas”. Sin embargo a la estatua de Woody Allen no le va también ultimamente, pues se ha creado en la ciudad un grupo denominado ‘Por la retirada de la estatua de Woody Allen en Oviedo’ que le pide al Ayuntamiento de Oviedo que retire de inmediato la estatua erigida en la ciudad. Oviedo es una ciudad donde la cultura está en la calle, infinidad de esculturas adornan sus calles y espacios públicos, y la de Woody Allen es una de las que más atrae a los turistas a la hora de fotografiarse. Pero las iras se han vuelto contra ella con motivo de las críticas de abusos sexuales realizadas por su hija adoptiva, Dylan Farrow. Durante estos días de fiesta en la ciudad, la mañana de San Mateo amaneció tapada con una bolsa de basura con un cartel que decía: : “Fuera Pederastas de nuestra ciudad’. La bolsa fue retirada. Mientras, los partidarios de la retirada de la estatua siguen activos en su grupo de Facebook, acumulando críticas contra Allen. El abogado de Woody Allen ha defendido al director de cine de las acusaciones de abusos sexuales realizadas por su hija adoptiva, Dylan Farrow, y ha responsabilizado a su exmujer, Mia Farrow, de estar detrás de estas declaraciones. No seré yo quien juzgue a Wody Allen por algo de lo que no tengo ni idea, ni las intenciones e intereses que pueden mover estas acciones, que evidentemente pertenecen a un mundo que al menos a mí me resulta muy ajeno, a la espera de que todo se aclare y sea inocente de esas graves acusaciones, así que me quedo con el director que siempre he admirado por sus trabajos y dándole la razón en la visión que tiene de Oviedo, y no es para menos, pues hace unos día Oviedo volvía a encabezar un sorprendente ránking en el que su catedral se encuentra entre las más bellas, pero sobre todo algo que se le viene acreditando desde hace mucho tiempo y es la calificación de“La ciudad más limpia de Europa”, como la describe el “Eurobarómetro”, por ello lleva varios años recibiendo

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la llamada “Escoba de Oro” galardón que se otorga a la ciudad que presenta las calles más limpias. De hecho, ése no es el único aspecto destacado: el 92% también destacó las zonas peatonales  y los  espacios públicos, lo que también la aúpa a un primer puesto con el mismo porcentaje que la holandesa Groningen. Lo mismo ocurre con la valoración de espacios deportivos, instituciones educativas y culturales que tienen el 70% de los votos ovetenses por encima de ciudades importantes europeas. Otro capítulo importante fue el de la  seguridad, tanto en el centro como en la periferia, que obtuvo el visto bueno del 94%. A pesar de tan alta nota, tres rincones europeos quedaron por delante: Munich (Alemania), Aalborg (Dinamarca) y Zurich (Suiza). Lógico si se tienen en

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cuenta otras cuestiones que suponen un problema en el resto de España: el acceso a la vivienda, que el 65% de los ovetenses encuestados considera fácil frente a, por ejemplo, el 28% de los barceloneses o el 32% de los madrileños. Y como no todo iba a ser perfecto, Oviedo sí está en la línea de las demás urbes del país en una cosa tan importante como encontrar trabajo: Atenas, Lisboa, Madrid, Málaga, Barcelona y Oviedo son, por ese orden, los sitios más difíciles para conseguir un empleo. Asturias no es ajena a lo que sucede en el resto del país, y también aquí destacamos. El balance de los últimos años también está marcado por la crisis económica y financiera. Los resultados de las políticas anticrisis adoptadas por los sucesivos


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gobiernos están teniendo un fuerte impacto sobre la actividad productiva y el empleo, provocando un significativo deterioro de las condiciones de vida y trabajo de la mayor parte de la población asturiana. Nuestra región sigue en caída libre se mantiene como la segunda peor del Estado. Nos siguen Ceuta y Canarias. Pero no es de economía de lo que va este trabajo, ni de lo mal que lo hacen los encargados de sacarnos de la crisis, cuyas medidas, lejos de conseguirlo, no meten cada vez más en el pozo. Tiempo habrá para ello y para

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que cada cual lo analice y lo discuta en sus círculos más cercanos y para que con su voto decida en los próximos comicios, locales, regionales y nacionales. Hoy le toca el turno a la fabulosa fiesta que desde 1950 se celebra cada 19 de Septiembre en Asturias, día declarado de Interés Turístico Nacional. Se trata del “Día América en Asturias”; acto que tiene lugar dentro de las Fiestas de San Mateo en Oviedo. Se trata de un espectacular desfile de carrozas y de la actuación de grupos folclóricos nacionales e iberoamerica-

nos. La verdad es que desde que dio comienzos la crisis se nota que la calidad ha bajado; todo lo contrario de la gente que acude cada año a contemplar el desfile, pues a lo largo de toda la calle Uría era imposible encontrar un hueco libre. En tiempos mejores los grupos folclóricos venían de sus países de origen, hoy en su mayoría lo hacen de las comunidades de iberoamericanos que viven desde hace años en el Principado de Asturias, muchos de ellos han ya nacido aquí. Este famoso desfile nació precisamente para rendir homenaje a esos


países hermanos, y a todos los asturianos que emigraron para “hacer las Américas” Este año y por primera vez el Ayuntamiento de Oviedo habilitó un espacio para los Moldeadores de la luz, solicitado por la revista Luz y Tinta. Era un lugar privilegiado, se trataba de una pequeña isla vallada en un lugar emblemático de la principal calle de la capital asturiana, la calle Uría, al lado de la plaza de la Escandalera. Plaza donde celebramos el último encuentro de Moldeadores de la luz, para tomar fotos de la hora

azul en una taller realizado por Carlos Ramírez de Arellano. Allí nos dimos cita varios compañeros de nuestra red social y de la revista, y nos acompañaba un fotógrafo ruso que hizo amistad con José Luis García. Así que delante de nuestros ojos desfilaron cerca de 2.000 personas en el desfile multicolor, bandas de música, bandas de gaiteros, e infinidad de carrozas con diferentes grupos folclóricos. En nuestros megapíxeles quedaron registradas imágenes como la de la espectacular Anabel Santiago rindiendo homenaje a Argentina, los

sones brasileños de Vaudí, o el grupo musical los Petit Pop moviendo con sus canciones a los más pequeños y a los no tan pequeños. Este año Bolivia era el país invitado. Lo hacía por primera vez después de 64 años de la historia del desfile, así que la reina de este desfile de América era una hermosa boliviana, a la que acompañaba la reina de Asturias en una carroza cuajada de carbayones y moscovitas, pasteles tradicionales de Oviedo, de esta manera se rendía también homenaje al gremio de confiteros de la capital. Las dos carrozas hacían

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su entrada tras el tradicional “haiga” con el que muchos indianos volvían a casa. En los primeros años llegaron a desfilar hasta sesenta “haigas” engalanados. “Haiga” se denominaba a los coches americanos más grandes y se tiene la creencia popular de que la palabra “haiga” proviene de que los indianos (típico emigrante asturiano que regresaba a la tierra enriquecido de América) de entonces, cuando iban a comprar un automóvil, pedían “el más grande que haiga” . Este año los desaparecidos “haigas” fueron reemplazados por los moteros norteamericanos, 40 motos Harley Davidson de la Asociación “Asturias Chapter” iniciaron el comienzo del desfile. El creador del día de Ámerica en Asturias fue el pintor y dibujante Alfonso Iglesias, creador de los personajes Telva, Pinón y Pinín. En los primeros años las carrozas eran ideadas y diseñadas por él, y se trataba de 8 carrozas que tenían que representar: Despedida del emigrante, el barco de salida, Cuba, México, Argentina. El regreso del indiano que ya acomodado habiendo hecho fortuna regresa en avión, España y terminaba con una carroza floral. Aquellos fueron sus comienzos hasta lo que hoy conocemos, en que con sus altos y bajos el día de Ámerica en Asturias se sigue celebrando con gran éxito. Para el que no sea de Oviedo, es una buena oportunidad para visitar la Capital del Principado de Asturias. Oviedo no solo es una ciudad “bien novelada”, que es bien cierto, escenario ni más ni menos, de La Regenta de Leopoldo Alas, “Clarín”, de El Maestrante, de Armando Palacio Valdés, y de la mayor parte de la novelas de Ramón Pérez de Ayala, entre otras muchas. Por esa condición literaria recibe diversos nombres: Vetusta en “Clarín”, Lancia en Palacio Valdés, Pilares en Ramón Pérez de Ayala, mientras que en Nosotros los Rivero, de Dolores Medio, se le menciona por su propio nombre: Oviedo. Los habitantes de Oviedo reciben el nombre de “carbayones”, en recuerdo de un gran roble legendario que fue derribado por una corporación municipal progresista, en la segunda mitad del siglo XIX, para hacer el ensanche de la ciudad. Una placa de bronce a la entrada de la Calle Uría, sobre la acera, perpetúa su memoria. También ésta se mantiene gracias a los “carbayones”, deliciosos pasteles de almendra. Como lo es también que Oviedo es una ciudad “bien fotografiada” como todo aquello que muestra grandes cualidades de “fotogénica” y ello en Oviedo abunda.

José Luis Cuendia, “Guendy”

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Una tarde con Paola Sáinz de la Maza Desde que existe la fotografía el género de retratos siempre ha fascinado al ser humano, y de forma especial primero a la clase media y luego a la gente corriente como nosotros, pues los retratos era un arte reservado para la nobleza. Con la llegada de la fotografía y con ella los retratos fotográficos estos llegaron a suplantar a la pintura en este género. Para los primeros exploradores de la fotografía, los retratos eran una tarea muy difícil. Tiempos extremadamente prolongados de exposición necesarios en las primeras épocas que evidentemente requerían de mucha paciencia y disciplina tanto por parte del fotógrafo como de los modelos. El retrato es un tema verdaderamente apasionante, artistas, conocidos pintores y escultores lo llevan haciendo desde hace miles de años. Tras los retratos fotográficos de mediados del siglo XIX, pasaron aproximadamente 25 años hasta que llegó la fotografía de glamour y el desnudo, femenino principalmente, es indiscutible que la fotografía también puso a descubierto este tema, si buscamos entre los mejores de la historia encontraremos que casi todos en algún momento practicaron este tipo de fotografías. Otra evidencia es que este género fotográfico ha cambiado radicalmente, la mayoría de los modelos proceden hoy en día del mundo del aficionado, los modelos o disfrutan mostrando su cuerpo o adquieren un ingreso adicional, pero lo que se esconde detrás verdaderamente es darse a conocer como modelo, con la ilusión de triunfar en el mundo de la moda, el cine o la televisión. Los fotógrafos famosos y de gran éxito juegan con ventaja, pues cada vez mujeres del cine y del mundo del entretenimiento posan antes sus cámaras. Luego estas fotografías podrán admirarse en las revistas de todo el mundo. Cuando termino una sesión de fotos con una auténtica belleza como es Paola, las preguntas que me persiguen en torno a lo injusta que es la vida, ¿por qué unas modelos triunfan y otras no? A modelos como Paola, les tiene que llegar su momento, se lo merecen, es más yo cuando me encuentro con hermosuras así me siento como un descubridor de talentos. Y para hacer una sesión de fotos así, realmente no se necesita ninguna referencia en especial, las fotos vienen solas pues modelo y fotógrafo trabajamos en perfecta armonía. Por ello, crear un ambiente cómodo durante una sesión fotográfica es tan importante como las charlas previas con el modelo sobre el objetivo de dicha sesión. Luego vienen las tomas estéticas, en las que se resalte lo que se quiere mostrar y lo que permanecerá oculto. Todo es concebible, todo es posible y todo se hace para que se pueda recoger bajo la etiqueta de “Arte”. No será porque no se intente, los que vean las fotos deberán juzgar. Una cosa en la que si estaremos todos de acuerdo, es que la belleza de Paola Sáinz de la Maza es indiscutible. Por mi parte intento poner en práctica el buen gusto, imaginación, técnica y sobretodo la valentía de arriesgar, y sobre todo seguir haciendo fotografías que me emocionen, como todo en la vida. Lo bueno siempre queda. Es mi única esperanza.

Eugenio R. Meco

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Intento poner en práctica el buen gusto, imaginación, técnica y sobretodo la valentía de arriesgar, y sobre todo seguir haciendo fotografías que me emocionen, como todo en la vida. Lo bueno siempre queda. Es mi única esperanza.

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La luz de Beneros Beneros es una aldea colgada de la sierra de su mismo nombre. Un balcón soleado a escasos dos kilómetros de la capital casina, El Campo. Los hechos que narra esta leyenda fueron investigados por un periodista gijones, llamado Lauri, que escribía para El Comercio de Gijón, allá por los últimos años del siglo XIX. Lo narrado pretendía captar la atención de los lectores por lo singular del fenómeno paranormal que ocurría en aquellos parajes, y que no era otro que una luz anaranjada que se ponía por las noches encima de lo que fueron las ruinas de un castillo que en tiempos pasados existía en las inmediaciones. Este resplandor duraba algunos segundos, y nadie lo podía explicar si no era sobre la leyenda. Algunos vecinos declaraban que la luz traía desgracia, que estaba relacionada con el diablo. Otros trataban de alcanzar la luz pero cuando se acercaban desaparecía ante sus ojos. Los datos recogidos sobre este tema muestran décadas de apariciones, en cualquier época del año. Nunca se pudo dar una explicación científica al resplandor, achacándolo unos a la posibilidad de enterramientos, y otros a algún mineral o vena que desprendiese luminosidad. Pero esa es la leyenda, que también afecta al propio nombre del pueblo, Veneros. Esta es la que narramos. El propietario del castillo (que no existen datos fiables de su existencia) era el conde Carrizo, casado al parecer con una de las hijas del Cid, y de muy mala reputación. Maltratador de su mujer y tirano con sus vasallos, practicaba también el derecho de pernada con las jóvenes que iban a desposarse, privilegio este que tenían muchos de los señores feudales de entonces. En una de las ocasiones en las que el conde esperaba en los aposentos la visita de una recién casada en contra de los deseos del esposo y los familiares,  la recién casada aún adornaba su frente con flores de azahar que representaba la pureza de la muchacha, y el marido caminaba detrás humillado y furioso por tener que dejar a su mujer cumplir el “derecho de pernada”, cuando se desató un misterioso fuego que rodeó y consumió el castillo por completo, muriendo entre las llamas el conde. Esta es, descrita de forma somera, el relato de la leyenda del resplandor de Beneros. Se supone que es el alma en pena del malévolo conde, que se ve obligado a vagar por las noches oscuras del bello pueblo casín. Sus habitantes la escucharon muchas veces en los filandones y esfoyazas de boca de sus mayores, que a su vez fue trasmitida a sus descendientes. Sabemos de algún investigador y periodistas que se han acercado a presenciar la luz. Yo ciertamente, nunca la he visto, pero en la memoria popular es una creencia muy arraigada. Esto de las luces que aparecen por los pueblos es una tradición muy enraizada en Asturias. Casi todos los achacan a las almas de los muertos que se manifiestan en un resplandor, como la difundida y para muchos real, Güestia, que por las noches deambula entre lamentos y cadenas reclamando el alma de los vivos. Hoy esas creencias ya están en desuso, pero antes las gentes las tenían como ciertas, y precisamente programas de televisión dedicados al estudio de esos fenómenos vuelven a resucitar esas leyendas para deleite y asombro de sus seguidores. Cuando algún lector de este articulo pase de noche por las cercanías del pueblo, no deje de levantar sus ojos y busque el alma viajera del conde Carrizo, en forma de resplandor rojizo. Le agradecerá que lo salude.

Monchu Calvo

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La enfermedad de Jacinta Los recuerdos de Jacinta perfilan huellas imborrables. Marga la escucha. Pasean con los brazos entrelazados. La brisa de la tarde disipa el olor rancio de tanta añoranza. Hace tres semanas que viven juntas, desde que Jacinta empezó a sufrir vértigos y a sentirse sola. Contratar a Marga ha servido para mitigar sus miedos a un vahído que la deje tendida en el suelo, como a un perro abandonado. Sin embargo Jacinta preferiría vivir con sus hijos. Una tarde soleada de abril, como otras muchas tardes, pasean por el camino que circunvala la ciudad del sur al este, a lo largo de dos kilómetros. Después el camino quiebra y se aleja hasta perderse en algún otro lugar, al que nunca han llegado. En ese punto, cuando el camino se sale de la órbita, inician el regreso a través de las calles de una urbanización nueva. Qué mala suerte tengo —se lamentaba Jacinta—. Ahora, estos vértigos. No levanto cabeza. ¿Yo qué he hecho mal en la vida? Es verdad que siempre he tenido un poco de mano dura, porque la buena educación requiere disciplina, pero nunca a mis hijos les ha faltado nada. Les he cuidado cuando eran niños, les he hecho sus ropitas, su comida, sus zumos de fruta sin licuadora, sus purés…Me he desvelado cuando estaban enfermos, les he llevado al hospital, y siempre sola. Su padre nunca estaba en casa. Y ahora dice Pedro que su familia es su mujer y su hija. Como que yo no fuera familia y no tuviera que agradecerme mis desvelos con sus cuidados, como yo cuidé a mi madre, que siempre fue como una mula, y que en sus últimos años me reclamó con enfermedades, y me tuvo ocupada con idas y venidas al hospital. Pero no me arrepiento. Con ella estoy en paz. No te martirices —la consolaba Marga—, puedes estar orgullosa: todo lo has hecho lo mejor que has sabido; y las palabras de Pedro seguro que tienen otra interpretación más amable. Él no niega que seas su madre, y que hayas cumplido como tal. Por lo que Marga sabía, Pedro, a una edad muy temprana huyó del nido y construyó otro con su mujer. Tuvieron una hija lejos de Jacinta, quien, siendo tan joven, prohibió que se la llamara abuela. Pedro se fue de casa, cuenta Jacinta, a pesar de sus advertencias sobre su inmadurez para asumir ciertas responsabilidades. Marga intuía que justo aquellas y otras advertencias precipitaron la huida de su hijo. Además Pedro, precisamente Pedro —añadía Jacinta—, ¿de qué se puede quejar? Él, que tantas veces me quitó el aliento con sus travesuras. Siempre descalabrado. Cuando se

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le salió el brazo del hombro, su padre en casa, el coche aparcado en la puerta, y yo tirando de dos niños en busca de un taxi. Todo lo he tenido que hacer sola. El señor de la casa como que no estaba. Siempre en sus cosas. Y yo en todo. Trabajando desde la infancia. Terminada la guerra, mi padre siguió en la cárcel. Cuando salió, yo apenas tenía ocho años. Le ayudaba a afeitarse, le daba sus medicinas. Era muy cariñoso conmigo. Al morir, mi madre me sacó de la escuela para trabajar en un taller. Iba a cumplir diez años. Tenía que andar ligera para ajustarme al horario del metro con tarifa reducida. Billete de ida y vuelta. Eso, o caminar más de una hora. Por la noche, en casa, me esperaban las sobras de la cena y los cacharros sucios del día. Pero primero, ir a por agua para fregar. Los paseos se repitieron durante semanas. Los vértigos de Jacinta remitían. Marga notaba su recuperación en el buen apetito, en la energía con la que iniciaba las tareas de la casa, en la atención que ponía en las noticias, en sus críticas al gobierno, en lo que decía y en lo que callaba. Pero los fines de semana, con la visita de sus hijos, se volvía lánguida e inerme, y chorreaba otro aluvión de penalidades. Toda la vida trabajando. Nadie me ha regalado nada. Me casé y seguí trabajando. Y si cuando nos separamos me he llevado algo, bien que me lo he ganado. Que el padre de mis hijos, el señor García, me daba el dinero muy justo. Si no llega a ser por mí, ¿cómo habríamos podido comprar la casa de Tetuán, y la parcela en la Sierra? Allí levantamos primero una chabola para los fines de semana. Después se convirtió en una casa de piedra con muchos ventanales y vistas a los picos. Lo que yo trabajé en esa vivienda. ¡Y para qué! Para que se quedara él con ella. El señor García, el santo. Había que vivir con él para saber cómo era. Un animal que metió amiguitas en mi propia casa. Pero eso sí, cuando pedí la separación, todos me señalaron culpable.

Y ahora mis hijos, ya ves, no tienen un sitio para mí. Me siento tan sola. Mi amiga Antonia cuidó a su marido durante días, las veinticuatro horas y, a pesar de estar tan grave se recuperó. Pero yo, esto que tengo, no termina de pasárseme. Este mareo que vuelve, y esta angustia, y estas medicinas que me hacen tanto daño. Si ya de niña estuve muy mala, me dolía el estómago, pero nunca me vio un médico. Este mal lo arrastro desde la infancia. Habían llegado justo al punto donde siempre dejaban el camino para regresar. Esta vez Marga tiró de su brazo para ir más lejos. Quería

descubrir qué había más allá. Jacinta ya era un ruido de fondo. Insistía en la infelicidad de su matrimonio, de la que no había podido desprenderse, a pesar de haberse divorciado hacía treinta años. En sus recuerdos todo quemaba. Aquellas vacaciones recorriendo Castilla con los niños en la galocha de la moto, ¡cuánto se rieron! Pero el señor García, apuntillaba, es un ogro. Toda su realidad estaba trastocada. Los hijos de Jacinta vivían pendientes de su madre. Marga se encariñó con ellos. Juntos escuchaban las repetidas retahílas. A veces ellos tra-

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taban de resituar cronológicamente los hechos, otras veces lo dejaban correr. Así, Marga supo que el señor García después del divorcio, conoció a una mujer más joven, la amiguita con la que vive en el chalet que Jacinta sigue considerando de su propiedad. A Marga le hubiera gustado zarandearla y sacudir toda esa bruma de desdichas que agrandan la noche. Encender una bombilla, iluminar su existencia y transformar su nimiedad en un sentimiento ligado a un todo, donde la soledad no tiene cabida. Esa luz brilla cuando hay un corte umbilical, una toma de conciencia del propio ser. A Jacinta, enredada en hilos de amor que nos dan o nos deben, le faltaba esa conciencia. Por fin se produjo el milagro. Hasta ayer, lo primero que se le pasaba a Jacinta por la cabeza al oír la palabra mañana, eran recuerdos que hundían cada vez más sus pies en la tierra. Hoy su memoria ha sido enterrada.

Gloria Soriano

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Luis Calle

A. Polyakov

Primer clasificado (ex aequo)

Concurso: Retrato

Kezzin Tercer clasificado Talyuka

A. Zharov

Segundo clasificado (ex aequo)

El concurso dedicado al Retrato ha alcanzado cotas de participación y calidad sorprendentes que han propiciado el que desde la dirección de Moldeando la luz y de Luz y Tinta se haya planteado la elaboración de un número extraordinario en el que, con un importante despliegue, se publiquen todas las fotos participantes y se sitúen en su lugar de honor las que han merecido la mayoría de votos de los moldeadores. Las fotos que en esta página publicamos en miniatura, de Luis Calle, A. Poliakov, A. Zharov, Kezzin y Talyuka, tendrán en dicho número extraordinario el espacio y tratamiento que realmente merecen, junto al rexto de participantes. Vaya desde aquí nuestra felicitación y reconocimiento a las fotos destacadas y a todos los participantes, que han hecho posible un encuentro artístico de auténtica altura.

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¿Quién falta en la foto? Todos hemos ido a alguna boda y algunos de nosotros además, hemos sido los anfitriones; unos en una y otros en más, pero aunque sean docenas de ellas, siempre nos pasa lo mismo: me falta la foto de todos juntos. ¿Pero cómo ha podido ocurrir, si estábamos todos en la iglesia y en el juzgado? Pues eso, nos falta la tontería de la foto de todos juntos. Y no hay marcha atrás. Unos días después de la boda nos encontramos con la realidad: la foto con la tía María y el tío Pepe; la foto con la madrina; la foto con mi mejor amigo; la foto de grupo de los 100 invitados, menos la de la abuela que estaba en el WC; la foto de mis amigas de las juergas de soltera, menos la que está tirada en el suelo, que no puede ponerse en pie; la foto de los novios con los padres; la foto de los novios, con los hermanos; la foto de... ¡vaya por Dios, me falta la foto de los novios con los padres y hermanos todos juntos en una sola foto! Luego la novia le dice al novio: “ves, por estar todo la boda con los amigotes, sin atenderme a mi y a mi madre; bebiendo y bailando, sin acordarte de nuestra foto de grupo”. Luego el novio le dice a la novia: “lo tenías todo controlado, todo controlado, empezamos bien sin una foto de mi madre con sus hijos, el marido y con la reciente nuera”. Pero como son pareja de recién casados, ya ven la solución: el fotógrafo. Y ahí estamos los fotógrafos, salvando el matrimonio y las discusiones; salvando la foto, de la que la suegra no se acuerda de haberla hecho. Ja,ja,ja… se habrá tomado dos copitas de más. Manos a la obra y que nadie descubra nuestro montaje fotográfico. Disponemos de tres fotos: FOTO 1 – Los novios con el papá y la mamá del novio.

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FOTO 2 – Los novios con los hermanos del novio. FOTO 3 – “La madre que lo parió, me falta “-La que todavía no existe y hay que hacer la composición. Los novios con los padres y los hermanos de el. ¡Vaya lío¡ Tenemos la foto 1 y 2, así que primero vamos a bajar las reglas del PhotoShop y ver las distintas alturas de las personas de unas con otras. Tengamos muy en cuenta estos valores, para que no salgan desproporcionados al final En este caso que me ocupa, el novio tiene delante el brazo en las dos fotos.., lo que me da una ventaja considerable para el posterior montaje fotográfico. De la foto 2, marco y corto el hermano del novio (traje blanco) y lo pego a la foto 1. Dejo las

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distancias que ya conozco con respecto a la madre (transformación libre) y lo dejo como que está por detrás del brazo de la madre. Lo que sobra lo borro (con goma de borrar). De la foto 2, la hermana (falda rosa) no me vale porque tiene el velo de la novia por delante y lo que quiero es que esté situada al lado del padre (y el padre no lleva ningún velo). Pillo la foto donde se encuentran el novio, la madre y la hermana. Selecciono (con herramienta de corte) a la hermana, copio y pego a la foto 1. Igualo alturas con las mismas reglas y acerco lo más posible la hija

a su padre, para quitar posibles espacios no deseados. Borramos lo que sobre. En la foto terminada en color, yo no encontré ninguna anomalía, pero me gustó mas en un acabado virado a sepia, por si hubiera algún reflejo focal que al buen observador no se le pasara desapercibido. Lo que aquí se expuso, es un hecho real y cuenta con la autorización pertinente. La ampliación del montaje fotográfico en color se encuentra en el salón de la casa de mi amigo Manuel Fernández, en la zona próxima al Cabo de Peñas en Asturias.

El mayor inconveniente que he tenido es que la foto 3 está hecha con una cámara compacta sin mucha resolución, con luz quemada a la espalda y la dirección de enfoque está a distinta altura a la que se agregó en la foto 3, que es el resultado final. Pero hemos salido de ésta.

Ricardo González, “Completu”

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Joaquín Sabina Joaquín Sabina llega a mí y me transforma, cambia para bien mi historia, ya que este poeta parece haber vivido mi vida, la de todos nosotros, que lo amamos. Ahora que los sentidos sienten sin miedo, puedo contar cómo llegó, ahora, que sueño de noche, que duermo de día, les digo que La Bety, hermoso personaje de mi familia que hace unos días se fue a descansar, pero sin prisas, porque ¿a quien puede importarles después de muerto que uno tenga sus vicios? Ella era fan de Joaco, ella era amiga de mi vieja, y esta última compró 19 días y 500 noches, llegué de a visita una tarde, con la pálida dama, andaba más muerto que vivo, y pusimos ese disco, presté atención a sus dos primeras canciones, y eso me dejó como un perro de nadie ladrando a las puertas del cielo, fascinado. A la disquería del Turco me acerqué al otro día, pelé mi flaca billetera y lo adquirí; cuando ese disco entró en mi discman giró y giró, supongo que por más de un mes no salió a ver el sol, rompió mi cabeza. A mi mujer le propuse abortar, abortar nuestra relación, y aunque por esos labios que sabían a puchero de pensiones inmundas habría matado yo, ya caminaba de la mano y de la vida de Joaquinito y eso me había abierto muchísimo los ojos. Porque sus historias son nuestras, son de todos, son desamores, son risas, son excesos, son vida misma. Y así, me acerqué a su puerta y llamé, solo le pedí que me escriba, y fui conociendo todos sus discos, los anteriores, los que vinieron después de este maravilloso 19 días y 500 noches, esas 500 noches que tardé en olvidarla, esa canción me ayudó y mucho a tomarme aquel abandono con una sonrisa, porque el tiempo pone todo en su lugar, y me ayudó a superar a esas mujeres que se marchaban antes de llegar. Y me hice fanático de este hombre, y fui a verlo cuando llegó a Buenos Aires, recuerdo que al primer show fui a verlo con la rubia platino, al año siguiente, me acompañó una princesa, con la boca de fresa… ¡qué lindas eran!

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Y fui muchas veces a disfrutar, a emocionarme con sus recitales, como ahora, que está de vuelta en nuestros pagos, y ahí fuimos, esta vez me acompañó la mujer que muere por mí, la mujer por la que me mataría si se muere, porque amores que matan nunca mueren. Y ahí estuvimos, ella, mi cámara, que es parte de mi cuerpo, y yo. Sabina presentó y representó un disco que tiene 15 años, los mismos años de mi encantamiento por este maravilloso autor e intérprete, y lloré, porque sus canciones emocionan, porque me hacen volver en el tiempo, me hacen recordar situaciones, amores, amigos, porque sus canciones son vida, son nuestra vida, porque Joaquín es uno de los nuestros, por eso llega tanto a nuestros corazones. Y volvimos a casa llenos de emoción, de magia, de canciones, y en el colectivo, la besé otra vez, y cantamos y miramos las fotos y al llegar al portal nos buscamos, como dos estudiantes en celo. No faltó ni el desfile de moda, de ropa interior. Y al otro día, ella se fue, sin decirme, llámame un día, pero no me importó, porque tenemos más de cien pupilas donde vernos vivos, más de cien mentiras que valen la pena. Y tenemos sus canciones, las de Joaquín Sabina, que nos ayudan a vivir esta vida plenamente, y tenemos Luz y Tinta, que nos permite compartir fotos y este sentir, y ahora, que las floristas me saludan, que me doctoro en lencería, me despido, pero me quedo.

Juanjo Gallardo

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Foto 1

Escucha, Federico, que de Hernando vi en campos ardientes, ensoñados, rodeado de monfíes desalmados, su silueta por Valor cabalgando. Hoy tu sombra pasea recordando los dislates que hubo preparados tremendos disparates apañados que a Granada fueron implicando...

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Ruta de Federico García Lorca Viajero caminante: Si pasas por mi Granada natal, no dejes de recorrer la ruta que te propongo. En ella encontrarás esencias de otros tiempos, del principio de tu tiempo, sabores y gustos ya olvidados. Descubrirás el jazmín y los galanes, las huertas y sementeras. Recordarás el olor de la cosecha, apilada, en orden, dispuesta en el granero. Y lo verás a él, entre sus campos, aquellos que recorrió paseando. Sus casas, sus cosas, sus amigos, sus letras, sus gentes. Con suerte podrás hablar con alguien que lo conoció o que conoció a su familia. Pero tendrás que invertir tiempo y confianza, porque sus lugareños no se abren a la primera y menos con su figura. Ha quedado como un maleficio, un sentimiento de culpa, de vergüenza, de complicidad, que hay que superar. Y no sólo eso: cada vez que se reponen las señales indicativas para acercarte a sus casas tantas otras veces son destruidas. Tendrás que averiguar, aunque no todo al que preguntes sepa o quiera responderte. Luego podrás oír relatos no escritos, leyendas tal vez de su memoria. Deberás comenzar la ruta situándote en Fuente Vaqueros, pueblo de la vega granadina que queda al oeste de la capital, cercano a la misma, a los pies de la Sierra de Elvira, la del volcán apagado. Allí, avanzando por su paseo central y principal, llamado Del Prado (Foto 1), en el que han levantado un moderno monumento a su memoria, deberás llegar a su final, casi donde empieza la carretera a Valderrubio. Encontrarás entonces, a la izquierda, las calles Poeta García Lorca y Manuel de Falla; en la primera está la entrada principal a su casa, pero deberás adquirir la entrada por la parte de atrás, que da a la calle del músico amigo. Enseguida verás su casa natal (Foto 2). Esta casa pudo ser fielmente reconstruida siguiendo las indicaciones de su hermana Isabel. En ella se muestra la cama en la que nacieron él y sus hermanos, así como su cuna. Su hermano Francisco fue uno de los 27 diplomáticos de la primera y única promoción que sacó la República, exiliándose tras el golpe… a Nueva York. La casa dispone de un agradable patio interior (foto 3). Hacia él da el edificio del granero, hoy “Sala Granero” de exposiciones sobre el poeta que quería haber sido músico (foto 4). En Fuente Vaqueros vivió poco tiempo, trasladándose pronto la familia García Lorca al cercano Cortijo de Daimuz y al poco, al pueblo próximo de la Asquerosa, donde su padre disponía de casa desde antes de su nacimiento. En

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Foto 2

Foto 3 Foto 4

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este lugar, regado por el río Cubillas, afluente del Genil, y por multitud de acequias, pasó largas temporadas desde 1909 a 1925, es decir hasta los 27 años. Este pueblo de la Vega granadina en 1943 logró cambiar su nombre por el de Valderrubio, por razones obvias. Su casa familiar, en la amplia calle que hay entrando en el pueblo a la izquierda, es un caserón hermoso con la vivienda de los caseros al lado y con amplios corrales detrás (foto 5). Esta casa, las gentes del lugar y los paisajes de la Vega marcaron profundamente la vida del poeta, sobre todo por el largo periodo que vivió entre ellos. El río y las acequias fueron fuente de inspiración importante en sus escritos y así nacen aquí “La zapatera prodigiosa”, “Yerma”, el “Romancero Gitano”, el “Libro de Poemas”, “Doña Rosita la soltera”, “Los títeres de cachiporra”, y sobre todo “La casa de Bernarda Alba”. Esta casa, la de Bernarda, está al principio del pueblo a la izquierda, frente al lateral de la iglesia, sin ninguna señal que la delate para intentar pasar desapercibida por parte de los herederos; hoy tiene la techumbre en mal estado y se encuentra cubierta por una gran lona, te la pueden señalar los vecinos (foto 6). En 1925 la familia se traslada a Granada. Podrás ir hacia la capital para intentar sentir lo que él debió sentir, viendo acercarse sus torres, las de la catedral, las de la Alhambra, la ciudad, y todo ello con Sierra Nevada como telón de fondo (foto 7). En Granada puedes llegar a la Acera del Darro (foto 8), entre SantAna y San Pedro, donde tuvo su primera morada. No busques su casa, la destruyeron. Mira lo que él veía, el entorno, bajo la colina de la Sabica, la que sustenta el castillo rojo, siete veces centenario. Oye, como él oyó, su río de oro, el Dauro de los romanos, Darro de nuestros días. Desde la Acera del Darro bajarás hacia el centro de la ciudad, buscando esa otra acera tan granadina, la del Casino. Casino que ya no conoce nadie. La Ciudad de Granada es lugar de aceras: la del Darro, la del Genil,


la del Casino... en esta última le pasa como a Sevilla y sus puertas, como a su Pasarela: Todo el mundo se refiere a ellas como lugares de cita, pero nadie las ha conocido; la Pasarela desapareció en el 29, con la Exposición Iberoamericana, y las puertas de Sevilla se despidieron en el siglo XIX, con la apertura de las rondas donde estuvieron sus murallas. Aquí, en esta acera del Embovedado (como también se la conoce) Federico tuvo su segunda y definitiva morada en la capital, hoy también destruida. Ese genio cainita de algunos de mis conciudadanos... Podrás ver, sentir y oler (aquí ya mejor) el corazón de la ciudad, divisarás al fondo su Sierra, el pico del Caballo concretamente, uno de los “tres miles”, que se alza sobre Lanjarón, majestuoso, distinguido, como a su talla corresponde. Todo esto también él lo vio y vivió. Frente a la que fue su casa está hoy el Teatro Isabel la Católica, donde despedimos a Cafrune, allá por el 73. Pegado a él tiene su sede el Centro Artístico y Cultural de Granada, ese círculo en el que Federico militó y que incluía la Real Sociedad de Excursiones (foto 9). Estos datos de las casas familiares de los García Lorca en Granada capital me los proporcionó un campesino de Valderrubio, que conoció a la familia. Desde la Acera del Casino seguirás por Recogidas hacia la vega, camino que él recorría para desplazarse a la Huerta de San Vicente, en la que pasó los veranos desde 1925, año en el que la adquirió su padre. Afortunadamente se conserva intacta y tal como él la dejó, junto a ella han construido un parque en su honor y... la autovía Granada-30, que la encorseta y separa de su querida vega a modo de frontera infranqueable. En esta Huerta se refugió en 1936 cuando inocentemente volvió de Madrid y de esta Huerta salió despavorido buscando nuevo refugio en la casa de los Rosales, a no más de un kilómetro de ella, hacia el centro de la ciudad, como ahora veremos. En la

Foto 5 Foto 6

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Foto 8 Huerta de San Vicente, también por él llamada del Tamarit, escribió esto: Por las arboledas del Tamarit han venido los perros de plomo a esperar que se caigan los ramos a esperar que se quiebren ellos solos. Toda una premonición.

Foto 9

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Volviendo de nuevo por Recogidas, al final, frente al Hotel Victoria, torceremos a la izquierda para entrar en la calle Puentezuelas. Al final de la misma, frente a la antigua Facultad de Filosofía, se alza un caserón noble y solariego, hoy pintado en almagre, que hace esquina con la calle de las Tablas. Es la que fue casa de los Rosales, los conocidos falangistas amigos suyos que lo intentaron proteger en vano. Uno de ellos fue Luis, el poeta fallecido hace no muchos años. De aquí se lo llevaron a la sede del Gobierno de la ciudad, instalada provisionalmente en el cercano edificio central de la Universidad cinco veces centenaria, en estos días incendiado mientras se hacía reformas. Y de ella salió para el barranco entre Víznar y Alfacar, donde mataron al ruiseñor... Me contó el cuidador de la casa que sus padres y hermana se exiliaron a Nueva York, a su querido Nueva York, donde murió el padre allá por el 57, dejando bien claro que no quería que le moviesen de esa ciudad, donde siguen sus restos. Su madre volvió con su hermana en el 59 a Madrid, y empezó a permitir que se publicaran sus escritos. Más adelante murió su hermana en accidente de tráfico cuando iba de Valderrubio a Granada. Pero volvamos a sus tardes de otoño. En su casa de la Asquerosa, en su escritorio (foto 10), y perteneciente a su obra “Libro de poemas”, compone esta “Canción otoñal” con la que quiero despedir este relato:


Foto 10 Foto 11 Hoy siento en el corazĂłn un vago temblor de estrellas, pero mi senda se pierde en el alma de la niebla. La luz me troncha las alas y el dolor de mi tristeza va mojando los recuerdos en la fuente de la idea. Todas las rosas son blancas, tan blancas como mi pena, y no son las rosas blancas, que ha nevado sobre ellas. Antes tuvieron el iris. TambiĂŠn sobre el alma nieva. La nieve del alma tiene copos de besos y escenas que se hundieron en la sombra o en la luz del que las piensa. La nieve cae de las rosas, pero la del alma queda, y la garra de los aĂąos hace un sudario con ellas...

Juan Depunto

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Jan Saudek Jan Saudek es sin duda uno de los fotógrafos más impresionantes e influyentes de la historia de la fotografía. Nacido en Praga, la entonces Checoslovaquia, el 13 de mayo de 1935, recibe su primera cámara en 1950, una Kodak Baby Brownie, sobre la que el propio Saudek  dice: “lo único que se puede hacer con esta cámara es cargar la película, apretar el botón y hacer la foto; y eso es exactamente lo que he hecho hasta 1963”. Estudia en la Escuela de Fotografía Industrial de Praga  entre 1950 y 1952 y seguidamente ejercerá numerosos oficios, tanto en el campo como en un gran número de fábricas. Sobreviviendo su poder creativo tanto a décadas de represión comunista y poscomunista, como a continuas negativas de críticos de arte de Europa Occidental y los Estados Unidos, trabajó como fotógrafo durante años en el sótano de su casa, consiguiendo enérgicamente normas morales y sociales para perseguir su pasión. La obra de Saudek está profundamente marcada por dos elementos: por una parte su infancia, cuando, internado con su hermano mellizo en un campo de concentración logró escapar por un golpe de suerte de los experimentos de Josef Mengele, y por otra, cuando cae en sus manos el catálogo de la exposición “The family of man” del fotógrafo americano Edward Steichen, que él valoró como una expresión de una profunda necesidad de armonía familiar, y le abrió la perspectiva de expresarse a través de la fotografía. Es entonces cuando decide dedicarse a ella, afirmando que con su trabajo lo que intenta es “capturar todas las cosas que conozco y amo, pero sobre todo me gustaría dejar una huella del tiempo en que he vivido”. El libro de Steichen le motiva a exponer, por primera vez, en Praga.

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Empezó a hacer fotos en su época de estudiante, y a pesar de la incipiente singularidad de su mirada, se dedicó a un tipo de fotografía que pretendía reflejar la realidad cotidiana. Sus primeros trabajos personales fueron inicialmente fotografías en blanco y negro, donde comenzaba a adivinarse el estilo que lo haría famoso; cuerpos desnudos, un erotismo descarnado y en ocasiones obsceno, y un afán por hacer que sus instantáneas sugirieran historias al observarlas, que evocaran continuidad más allá de lo que reflejaba la imagen estática En 1951 colorea una foto y su madre se la enseña al médico de la familia. Ésta asevera que es absolutamente mala, kitsch,  y que su estilo está pasado de moda, lo que desanima a Saudek a continuar con la fotografía por un tiempo. Paradójicamente, serán estas fotografías en blanco y negro coloreadas manualmente las que caracterizan y hacen, hoy en día, internacionalmente reconocible su trabajo. En 1959 su esposa de entonces,  Marie, le regala una cámara  Flexaret 6 x 6. En 1969 viaja a Estados Unidos, donde Hugh Edwards  le anima a continuar con su labor artística. En la  Universidad Bloomington de Indiana expone por primera vez en solitario. A partir de los años setenta su trabajo empieza a ser conocido, pero hasta 1983 no publica su primer libro de fotografías. En reconocimiento a la trayectoria artística de Saudek, las autoridades comunistas le permiten abandonar en 1984 su trabajo en la fábrica y que se asocie a la Fundación de Artistas visuales Checoslovacos, lo que equivalía a su reconocimiento profesional como artista. En 1990 es nombrado Caballero de la Artes y las Letras por el Ministerio de Cultura de Francia y en 2006 es galardonado en su propio país con el Premio Artis Bohemiae Amicis junto a Milan Kundera y Vladimir Körner por contribuir a la reputación artística de la República Checa. La mirada de Saudek es compleja, oscura, perturbadora en todos sus as-

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pectos. Sexo, deseo, muerte, inocencia, lujuria, ironía, belleza, envejecimiento, se mezclan y compiten en su obsesiva figuración de realidades filtradas de emociones. Introducirse en las imágenes de Saudek resulta una experiencia inquietante, un ir y venir entre la atracción y la repulsión, entre la conciliación y la confrontación. Sus fotografías evocan verdades que se evaden cotidianamente, desde sus más amargas perspectivas, o desde la más intestina nostalgia. La vulnerable sensualidad de sus cuerpos es al mismo tiempo grotesca crueldad y enajenación. Imágenes de la alegría y la esperanza en constante conflicto con las de la tragedia y la desesperación, en ocasiones dentro de una misma obra. La desnudez femenina y su belleza es una de sus principales fuentes de inspiración, aunque en sus desnudos encontramos más de un personaje masculino. La perfección de las formas no importa, de ahí que la mayoría de sus fotografías tengan un aspecto inquietante, sexual hasta llegar a puntos obscenos, y algo grotesco.  Hace hincapié en las texturas y en el ambiente de sus decorados, creando climas cerrados de aspecto ruinoso que envuelven las escenas en un asfixiante clima de violencia y extrema expresividad. Hay muchas lecturas en el trabajo de  Saudek. Sin duda la parte sexual de sus imágenes ocupa un primer plano en la percepción de su obra, pero ésta contiene elementos que nos acercan a enfoques más diversos, como su amor por la familia, las relaciones hombre-mujer, la edad madura y la juventud así como una constante dosis de humor e ironía que se entrecruzan constantemente para crear escenas llenas de simbolismo. De la misma forma, sus fotografías con varios personajes, las posturas imposibles de muchos de ellos o las escenas donde los retrata primero vestidos y luego desnudos, son otra de las características de su obra. Jan Saudek  rompe también con el erotismo y el desnudo clásico de nuestro siglo. Su mujeres presumen

de la abundancia de sus carnes, y Saudek  las convierte en verdadera belleza, a la vez que en su marca de identidad. Coloreadas a mano y escenificadas como tarjetas victorianas, sus voluptuosas fantasías son una oda al físico más habitual en la vida cotidiana y menos representado en el arte contemporáneo: el de la mujer con apetit. Su obra genera un vaivén de emociones: melancolía, alegría, atracción, aversión; voces ocultas y en cierto sentido “enfermas”. Enfermas de deseo y placer que respiran sensualidad. En la belleza femenina encuentra su inspiración que,  lejos de retratar una imagen estética, intenta transmitir el cuerpo humano de una manera sublime, mujeres desnudas de

la vida cotidiana con un estilo de corriente barroco y surrealista. La percepción de algunas de sus obras se desenvuelve en la parte sexual, en el acto íntimo con la pareja, la relación de sentimientos, sensaciones, intercambio de miradas, fluidos, la unión hombre y mujer o entre iguales, prevaleciendo el acto sexual inherente al ser humano. Su combinación es implacable y provocadora. El conflicto y la interna fragmentación que trasmite resultan dolorosas. Reiteradamente permite descubrir los más profundos deseos, la dulzura y el placer, pero sin alejarse del recuerdo, del sufrimiento, de la mezquindad del mundo. Sus imágenes pretenden afirmar que la belleza, el amor y la compasión existen, pero a su vez que acaban siendo ilusorias y transitorias, que nada es suficiente,

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que la soledad, el tiempo, la desesperación o la muerte son inevitables. Recientemente Jan Saudek decía: “Para mi, una buena modelo no es perfecta. Las encuentro en todas partes, pero ahora más que nunca, gracias a Internet, recibo cada día ofertas de muchachas dispuestas a posar. Internet es extraordinario. ha traído más compradores, más modelos, y eso significa más dinero de los primeros para pagar a los segundos.” “No estoy seguro de qué significa erotismo. Si son desnudos, intenté captarlos nada más hacerme fotógrafo. Entonces me inspiraba en Lewis Carroll, en la actualidad en nadie. Estoy chapado a la antigua: trabajo solo con carretes y papel. Con cámaras digitales únicamente he hecho pruebas.”  “No creo que la obra sea diferente del trabajo de otros fotógrafos. Yo lo llamo kitsch, pero hay quien dice que es porno blando. Fotografía erótica, pornografía…. No existe esa distinción. Está en el ojo del espectador. Y si, creo que una fotografía erótica debería despertar la líbido.”  “El cuerpo humano me excita, el femenino sobre todo, pero soy bastante tímido y cobardón, y ese ha sido siempre el principal problema en mi trabajo. Tuve una infancia y una juventud desafortunadas, pero ahora, cumplidos los setenta, soy absolutamente feliz.”  Jan Saudek (Theather des Lebens).

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Ilustración: variaciones informáticas sobre una foto de Eugenio R. Meco

La niebla del espejo Durante más de veinte años he tomado café en este mismo sitio, casi todos los días y más o menos a esta misma hora. Siempre solo y siguiendo invariablemente el ritual de recoger en la barra el café con leche y el vaso de agua para sentarme en esta mesa al lado de la ventana, apurar el café de un par de tragos y sumergirme luego en la lectura del periódico. Es ésta una hora tranquila en la que no suele haber más de tres o cuatro solitarios, casi siempre los mismos, que, como yo, hojean la prensa y toman café. En algún lugar cascabelea la radio. Algunos días ocupa un par de mesas o tres algún grupo de estudiantes de un instituto cercano. Ruidosos e inquietos, llenan el aire con sus risas e invaden todo el bar con sus carpetas y su algarabía despreocupada. Suelo mirarles, desde la trinchera de mi periódico, sin interés, entre noticia y noticia. Veo rostros generalmente sin reparar en sus facciones, cuerpos de los que sólo advierto el movimiento; alguna vez me sorprende un contraste de color o un reflejo de luz en una mirada y muy pocas me dejo arrastrar por el sonido de una voz o el decurso de un diálogo lejano. Nunca he mantenido una conversación ni cruzado una palabra con nadie. Hace tres meses, sin embargo, me sacudió una mañana el juego de luz y de reflejos, como de vidriera, de un rostro que, enfrente de mí, también se mantenía al margen. Era una joven, como de veinte años, cuya entrada me había pasado desapercibida. Estaba sentada en una de las mesas, con una taza delante, y como si estuviera en actitud de espera. Del respaldo de la silla en que se sentaba colgaba un bolso. Al verla, sentí que se estremecía el árbol de mis recuerdos. Durante algunos minutos contemplé aquel rostro, me dejé absorber por sus rasgos y sentí que todos mis nervios se contraían. Ella acabó dándose cuenta de que yo la miraba y clavó sus ojos azules en mí, en una actitud que tenía más de curiosidad que de descaro. No sin esfuerzo me levanté, crucé entre perplejo y azorado los metros que me separaban de su mesa y quise saludarla, decir algo brillante, explicar de alguna manera mi actitud. Pero me fue imposible. De cerca su parecido era tan notable y perfecto que parecía irreal. –Tu madre se llama Elisa, ¿verdad? –fue lo único que pude articular después de un momento de aturdimiento. –Y yo también. Parecía obvio. Ella, evidentemente complacida por mi atrevimiento, me invitó a sentarme. Luego llamamos al camarero, pedimos más café y nos dejamos arrastrar por una conversación fluida y espontánea en la que se alternaban mis recuerdos con sus preguntas. Efectivamente, como supuse en cuanto la vi, era hija de Elisa. Su parecido era innegable; incluso su forma de reír y de moverse la recordaban. Tenía, me dijo, veintidós años y su madre seguía viviendo en Madrid, donde ella había nacido. Me miraba divertida mientras yo le explicaba que compartían el color dorado de los cabellos, la mirada profunda y un tanto enigmática en cuanto desaparecía el rictus de ironía, los labios cuando

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se abrían, incluso la forma de mover aquellas manos de dedos largos tan propios para la caricia. Cuando comencé a explicarle que nos habíamos conocido en la Facultad donde ambos nos aburríamos a la espera de tiempos mejores, entró un joven de su misma edad, se besaron y mientras recogía su bolso, me preguntó mi nombre. Se lo dije y abrió los labios en una sonrisa. –¿El pintor? Asentí mientras ella se dejaba arrastrar como en volandas por aquel joven que le abrazaba la cintura y se la llevaba hasta un coche estacionado encima de la acera con las luces de emergencia encendidas. Lo último que vi fue su mano que me despedía tras los reflejos de la ventanilla. *** Durante un par de semanas estuve más atento a la puerta que a

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las noticias de la mañana y al propio movimiento del bar. Dudé muchas veces de que el encuentro se hubiera producido o al menos de que aquel rostro que yo evocaba en sueños se correspondiera tan exactamente con el que aquella mañana había visto enfrente de mí en este mismo café. Supuse que era otra de mis evocaciones –a veces el pasado me golpea con la fuerza con que el viento escapa a sus insomnios–, uno más de los rasguños del naufragio perenne de los sueños. Por eso aquellos días pinté intensa, febrilmente: con la intensidad que me proporcionaba haber encontrado la forma de hermanar el reflejo de la luz en sus ojos de modo que los colores y el movimiento surgieran a través de la emoción y con la fiebre que me producía ver su rostro repetido una y mil veces. Como en una espiral vertiginosa. Apareció de nuevo una mañana lluviosa, hecha un lío de carpetas, bolso, paraguas; y con la sonrisa abierta de par en par, acentuando el triunfo

de la luz de su mirada. “Mamá te recuerda perfectamente”, me soltó de inmediato. Luego nos perdimos por los meandros de la memoria, aquellos años en que Elisa y yo compartíamos quimeras mientras la vida marcaba un ritmo que unas veces nos envolvía y otras nos desorientaba; aquellos días en que imaginábamos tener al alcance de la mano una cuota de felicidad y de osadía suficiente para dominar al mundo a la vez que todo alrededor jugaba en contra nuestra. –¿Fuisteis novios? –Soñábamos. Siguió viniendo otras mañanas. Me contaba pormenores de su vida de estudiante; de sus amores más o menos atolondrados y placenteros con aquel joven que había venido a buscarla el primer día; de sus sueños; de ilusiones que latían tan profundas en su pecho que llegaban a alterarle el pulso. De sombras y vaivenes. Era una joven, en fin, tan llena de vida y de ambiciones como lo había sido su madre. Como lo había sido yo mismo en circunstancias similares a la suya. Le gustaba hablar de sus cosas, sí, pero disfrutaba sobre todo pregun-


tándome a mí, indagando aquellas relaciones con su madre que yo difuminaba en lo posible, consciente de que el tiempo es algo más que el paso de los días. Hurgaba en las costuras y, cuando veía que yo me aletargaba en los rincones, preguntaba por mi vida, por mis exposiciones, por mis cuadros. Incluso por mis otros amores, de los que yo me había negado a hablar desde el principio. Me confesó que su madre guardaba catálogos de algunas de mis exposiciones, muchas de las cuales había visto. Aquel encuentro me había devuelto la pasión de la pintura. Sentía, casi físicamente, la alegría de pintar,

la urgencia de la pincelada, el placer de poder transmitir el reflejo y esplendor de los colores. Una vez que abandonábamos la cafetería, que la veía doblar la esquina y perderse en el caparazón de la ciudad, subía a mi estudio y me dejaba arrastrar. Una mañana me trajo un par de poemas en los que, como en todos los versos juveniles, se narraba un momento de desamor para luego, al hilo de metáforas forzadas y de palabras arrastradas por la fuerza del ritmo o de la rima, reflexionar sobre experiencias, encuentros y significados. Quise hacer alguna reflexión en voz alta, pero me cortó con una sonrisa:

“Son de mi madre”, dijo, “de sus tiempos de estudiante, cuando te conoció”. Y dejé que el viento entrara en mis pulmones como un huracán, que sacudiera mi risa y le diera a mi respiración ritmo y urgencia. Ella sonreía como si el mundo hubiera comenzado entonces mismo. Otra mañana me trajo un dibujo. Era un retrato al carboncillo sobre papel gris azulado con algunos realces de clarión blanco. Representaba el rostro de su madre, me dijo cuando advirtió que yo dudaba. Pero a pesar de la marcada caracterización y el obsesivo repaso de los perfiles, que le daba al dibujo vivacidad e inmediatez realista, no pude identificar aquellos rasgos. Mis recuerdos eran otros. Quizás las gafas, pensé. Quizás el

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tiempo, me devolvió el eco del recuerdo. Elisa me miraba, como esperando mi reacción. –No sabía que pintaras –le dije. –Más que pintar, dibujo. Todavía no le he cogido el tacto al color. –Ése es el gran secreto. Siguieron sucediéndose los encuentros en que ella me preguntaba como inspeccionando. Supuse alguna vez que sus preguntas eran como un código cifrado y que detrás de sus interrogante s se escondía algún mensaje de su madre, palabras de amor o de odio –quizás tan sólo de sorpresa– que yo era incapaz de interpretar. Respetaba siempre mi horario y nunca opuso resistencia al momento en que yo me levantaba. Algunas veces, muy contadas sin embargo, dejándonos mecer por los vaivenes de la conversación o por mi constante inmersión en el marco, tan rico de emoción y de luz, de sus ojos, se nos fue la hora sin que me importara demasiado. Una mañana me preguntó por mis cuadros, por lo que estaba haciendo, por la próxima exposición. Nunca hasta entonces había rehuido sus preguntas directamente. Me había perdido en matices, había sombreado de escorzos mi discurso o me había escabullido desde el trampolín de una anécdota sin que ella le diera mayor importancia. Pero aquella vez su interés era directo e inmediato. No parecían valerle las generalizaciones –“estoy realizando variaciones sobre un mismo tema, algo sin mucho cuerpo todavía”– ni las evasivas: “no me gusta hablar de lo que pretendo hasta que no lo consigo y ahora estoy en una fase de experimentaciones”. Ella seguía indagando, escarbando, arañando con su sonrisa abierta. Fue un tira y afloja de casi una semana que me quitó el sueño. Pensé incluso en vaciar el estudio e iniciar cualquier lienzo con un par de lugares comunes –un bodegón, un paisaje, algún esquema abstracto... Pero resultaba difícil. Había en el estudio más de setenta cuadros, algunos de un formato considerable, y no conocía ni tenía a mi disposición un lugar que pudiera servirme de almacén provi-

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sional. Sospechaba, además, que antes o después Elisa querría volver al estudio. Hasta que una mañana me levanté sabiendo que Elisa iba a conseguir su propósito, cualquiera que éste fuese, porque yo tenía muy claro que en su interés por conocer mi estudio existía una razón que excedía el hecho simple de ver mis últimos cuadros. Confirmé mis sospechas cuando, al llegar al café, comprobé que ya estaba allí. Era la primera vez en varios meses que llegaba antes. Me esperaba en mi mesa de siempre, espléndida en su belleza, sonriente, consciente de su dominio. *** Consentí, por fin, en llevarla al estudio. Aboné nuestros cafés, salimos sin decirnos nada, subimos en silencio las escaleras, abrí la puerta y le cedí el paso para que se sumergiera de lleno en la sorpresa. Comenzó a mirar los cuadros, saltando de uno a otro, rápidamente, deteniéndose apenas un segundo en uno de ellos para pasar con rapidez al siguiente y al siguiente y al siguiente, todos distintos, todos sin embargo iguales, como en un juego de espejos. Miró los que estaban sobre caballetes, los que se apoyaban en la pared, los que reposaban en un montón al fondo. Con un gesto que de la extrañeza inicial iba pasando a la turbación y el desconcierto. Finalmente se sentó, parecía aturdida, confusa, y me miró profundamente, como si acabara de conocerme. –¿Cuánto tiempo llevas pintándome?

– Más de tres años. Pero no eres tú, sino tu madre, la Elisa que yo conocí, la que recuerdo, la que me evoca tu rostro cada vez que te miro, como la mañana en que apareciste por primera vez en el bar. Efectivamente, todos los lienzos, salvo dos o tres que reposaban en una esquina a medio terminar, devolvían el mismo rostro. Una mujer joven, como de veinte años, que se asomaba, desde todos los cuadros, a la ventana del tiempo, como sumergiéndose en el presente desde la lejanía. Era un rostro que transmitía serenidad a par-


tir de la síntesis y armonía que se obtenían de la sinfonía de los blancos. Lo había pintado desde diversos ángulos, con distintas técnicas, con luces diversas, pero rescatando siempre la mirada, esos ojos azules que centraban siempre el punto de vista. En algunos cuadros aparecía una esquina de un mueble, el rincón de una habitación, la profundidad lejana de una calle en una presencia apenas esbozada que realzaba la plenitud de un rostro que, cada vez que lo miraba, más se parecía a Elisa, la hija.

Ella estaba fascinada. Había superado el deslumbramiento inicial, aquella sensación de vértigo, para entregarse al entusiasmo. Volvió a mirar todos los cuadros, uno por uno, buscando coincidencias, analizando detalles, preguntándome, insistiendo cuando mis preguntas eran ambiguas. Tuve que explicarle un proceso de creación que participaba más de lo onírico que de lo lógico; cómo había empezado partiendo de algunas fotos que conservaba para luego dejarme arrastrar por los recuerdos, como una barca a la deriva, hasta que tuve el primer boceto. Pinté aquel primer rostro utilizando tonalidades claras, pero cálidas (rojo y ocre para la piel, violeta para las zonas de sombra) hasta dar volumen a la figura; y luego, sin saber por qué, fui pintando cuadros y más cuadros teniendo como protagonista la misma figura, a la que, para darle protagonismo, colocaba sobre diferentes fondos, generalmente abstractos, y siempre dominados por grandes pinceladas de tono azul con reflejos dorados. Sobre las pinceladas azules aún frescas superponía y empastaba algunos reflejos amarillos buscando un efecto de transparencia. A partir de aquellos colores iniciales, todavía opacos, aplicaba nuevos toques de color y sobre las capas secas extendía unos velos de ocre diluido, para rebajar el tono de la piel, que adquiría así su verdadero protagonismo. Elisa siguió preguntando, más desde la fascinación que desde la curiosidad, y yo explicándole detalles y carencias, hasta que por fin, rendidos

ambos, nos sentamos en silencio; y en silencio también, poco después, iniciamos el juego del amor sobre el sofá; y en silencio comencé a pintarla cuando estaba a medio vestir, teniéndola a ella como modelo real en contraste con mi mundo de recuerdos. Y así seguimos varios días, quizás meses, subiendo ella al estudio para que yo la pintara como quien pinta un sueño. Surgieron de ese modo tres o cuatro cuadros más, que empezaba con ella en el estudio y terminaba después, de madrugada, a la espera de volver sobre el lienzo días o semanas más tarde para matizar destellos, veladuras, transparencias. Durante aquellos días sobraron las palabras. Elisa preguntaba alguna vez y yo contestaba retirando los pinceles y dejando que el viento se colara entre nosotros, como un extraño, rompiendo el hechizo de la pintura y devolviéndonos al embrujo del momento. Todo se daba por sobreentendido, aunque la verdad es que no importaba demasiado; habíamos elegido el sexo y la pintura como urgencias y nos dejábamos arrastrar. A veces me preguntaba por mis recuerdos de su madre. Otras, era ella la que me contaba alguna anécdota. Una mañana, mientras retocaba detalles de un cuadro para conseguir una variación sepia que la propia Elisa me había pedido, repicó el timbre del estudio. Abrí la puerta y, con media sonrisa, a medias entre la confusión y la sorpresa, entró su madre en el estudio. No dijo nada. Ni cuando vio que su hija se tapaba los pechos con un blusón; ni cuando se dejó arrebatar por la magia de aquellos cuadros que le devolvían su rostro como si cada trazo del pincel hubiera quitado la niebla de un espejo; ni cuando, finalmente, me miró profundamente y supo que también mi rostro, como el suyo, era esclavo del tiempo.

F. T.

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Técnica de en

Toma original

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Tengo una deuda vieja, por varia mis imágenes envejecidas. Llegó la h Yo trabajo en CS6, pero sirve igua do, pero supongo que irá igual. Es necesario tener previamente u echar que echar mano cuando lo nec uno mismo, se puede encontrar toda mo Google. ¡También las hay gratuit derá siempre de la propia imagen y d 1.- Tenemos la imagen original, l esa copia. 2.- Buscamos la máscara idónea. la bajamos a nuestra pantalla y lo ar así una capa nueva. 3.- Dependiendo del tamaño, la a ginal (Ctrl+T) cubriéndola totalment 4.- A la derecha de la pantalla, en verse ahora la imagen original, su cop en la capa de la máscara y comezamo Opacidad, hasta tenerla como nos gu 5.- Buscamos más máscaras que que sea necesaria), y procedemos igu una capa nueva...; luego si alguno no capas. 6.- Siempre podemos volver a cua tes de lo que sea, acomodándola a n de color, opacidad, nitidez, etc... Tam mienta de Máscara de capa (el cuadr encuentra en la barra inferior, entr fusión), seleccionando un pincel sua el fondo negro seleccionado, ir borra cidades bajas) aquellas partes donde tape partes de la imagen. Una vez hayamos creado la image capas y ya está lista.


nvejecimiento

as solicitudes, de explicar cómo hago hora de explicarlas aquí... al en CS5, en los otros no lo he proba-

una colección de máscaras de las que cesitemos... Si no se tienen hechas por a una colección en Adobe, o en el mistas! La elección de cuál utilizar depende lo que se pretenda obtener. la duplicamos e iremos trabajando en

... que se copia y pega en la imagen, o rrastramos sobre la original. Se creerá

ajustamos al tamaño de la imagen orite, por lo que sólo se verá la máscara. n panel en que están las capas, podrá pia y capa de la máscara. Nos situamos os a jugar con las Opciones de fusión y ustaría... e vayan bien (podrá tener la cantidad ual que en punto 2. Siempre se creerá o gusta, sencillamente se borra de las

alquiera de las capas para hacerle ajusnuestras necesidades y gustos: cambio mbién podemos hacer uso de la herrarito con el circulo en el medio, que se re la capa de ajustes y la opciones de ave en la barra de herramientas y con ando o quitando suavamente (con opae no nos conviene que la máscara nos

Resultado

en tal como queríamos, fusionamos las

Ilona Gogh

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Result

al Origin

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ado


Mejorar el filtro Paso Alto Hoy vamos a ver una técnica muy eficaz para mejorar el excelente filtro “Paso Alto” para aplicarlo a nuestras fotografías. La mejora es palpable. 1. CONTROL + O y elegimos la fotografía a usar en esta práctica. 2. CONTROL + J para realizar un duplicado y trabajar sobre este —nunca sobre la fotografía original­—. 3. FILTRO > Otro > Paso Alto: pongan en valor a su gusto —en mi caso de ejemplo he puesto 2,0— y pulsen OK. Nuestra fotografía estará toda ella de color gris. 4. Ahora vamos a desaturarla —eliminar el color— pulsando el combinado de teclas CONTROL + Mayúsculas + U. 5. Seguidamente ajustamos los niveles de manera automática pulsando el combinado de teclas CONTROL + Mayúsculas + L. 6. En este siguiente paso vamos a reducir el ruido de la imagen yendo al menú FILTRO > RUIDO > Reducir Ruido y pongan estos valores —siempre son orientativos—: 10 de Intensidad; 0 en Conservar detalles; Reducir ruido de color pongan 100 y en la opción Enfocar detalles déjenlo en 0. 7. Ahora cambien el Modo de Fusión de esta Capa —la que estamos trabajando sobre ella y se encuentra completamente de gris— de Normal a SUPERPONER. Vean cómo cambia la fotografía. 8. A continuación vamos a eliminar los halos que se ha producido a consecuencia del cambio de contrastes en las líneas (cuanto mayor haya sido el valor de radio aplicado en el Filtro Paso Alto más apreciable serán los Halos). Vayan a la ventana de Capas -Paleta de Capas- y hagan clic en la pestaña de CANALES. Se nos muestran cuatro capas: RGB; Rojo; Verde y Azul. 9. Manteniendo pulsada la tecla CONTROL hagan clic con el puntero del ratón sobre la Capa RGB y con ello realizamos una selección de las luces de nuestra fotografía. 10. Regresamos a la pestaña de Capas, en la ventana de Capas, con el puntero del ratón hacemos clic en el icono “Añadir Máscara de Capa” —icono en forma cuadrada con un círculo de color blanco en su interior situado en la parte inferior de la Paleta de Capas— y con ello creamos una máscara sobre nuestra Capa. 11. Finalmente con el puntero del ratón hacemos clic en el interior de la Máscara, para asegurarnos de que se encuentra seleccionada y pulsamos CONTROL + I para invertir la imagen. …Y esto es todo. Ya hemos mejorado este estupendo Filtro “Paso Alto” y con ello nuestra fotografía.

Antonio Ramón Ferrera

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Foto: Ionut Caras

TambiĂŠn pudier

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Foto: Glyn Griffits

ron ser portada

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www.moldeandolaluz.com

Luz y tinta 39  

La revista de la red social de fotografía Moldeando la luz, una red social y una revista por y para los amantes de la fotografía

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