Page 1

GABRIEL GARCIA MARQUEZ Artículos destacados de GABO


ASÍ ESCRIBÍ 'CIEN AÑOS DE SOLEDAD' Ni en el más delirante de mis sueños en los días en que escribía Cien años de soledad llegue a imaginar en asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares. Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal parecería a todas luces una locura, hoy las academias de la lengua lo hacen con un gesto hacia una novela que ha pasado ante los ojos de cincuenta veces un millón de lectores y ante un artesano insomne como yo, que no sale de la sorpresa por todo lo que le ha sucedido. Pero no se trata de un reconocimiento a un escritor. Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historia en lengua castellana y, por lo tanto, un millón de ejemplares de Cien años de soledad no son un millón de homenajes a un escritor que hoy recibe sonrojado el primer libro de este tiraje descomunal. Es la demostración de que hay lectores en lengua castellana hambrientos de este alimento. No sé a qué horas sucedió todo; sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme todo los días temprano y sentarme ante un teclado para llenar una página en blanco o una pantalla de computador con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie que le haga más feliz la vida a un lector inexistente. En mi rutina de escribir nada ha cambiado desde entonces. Los lectores de Cien años de soledad son hoy una comunidad que si se uniera en una misma tierra sería uno de los 20 países más poblados del mundo. No se trata de una afirmación pretenciosa. Quiero apenas mostrar que hay una gigantesca cantidad de personas que han demostrado con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano. El desafío es para todos los escritores, poetas, narradores para alimentar es a sed y multiplicar esa muchedumbre razón de ser de nosotros mismos. A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me senté en mi máquina de escribir y empecé: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir durante 18 meses hasta que terminé el libro. [...] Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, era una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos [...]. Cuando le propuse que me sacara en limpio la obra, la novela era un borrador acribillado a remiendos [...]. Pocos años después Pera me confesó que, cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle. Las recogió empapadas y casi


ilegibles con la ayuda de otros pasajeros y las secó en su casa hoja por hoja con una plancha de ropa. Y otro libro mejor sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo con nuestros dos hijos durante ese tiempo en que no gané ni un centavo. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa. Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto las examinó con rigor de cirujano, pasó y pasó con sus ojos mágicos las esmeraldas del collar, los rubíes de las sortijas [...]. Y al final volvió con una larga verónica de novillero: "Todo esto es puro vidrio" [...]. Por fin, a principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada de Cien años de soledad, un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina a doble espacio y en papel ordinario dirigidas a Francisco Porrua, director literario de la editorial Suramericana. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: "Son 82 pesos". Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera y se enfrentó a la realidad: "Sólo tenemos 53". Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para enviarla, Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Suramericana, ansioso de leer la primera parte, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarlo. Así es como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy.

LA MISIÓN SECRETA DE GARCÍA MÁRQUEZ El pasado 20 de mayo, Fidel Castro reveló que, siete años antes, Gabriel García Márquez le llevó un mensaje secreto al entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton. Gabo redactó un informe sobre su misión que Fidel calificó de "maravilloso". "Son como las memorias mías, y pienso que las tuyas estarían incompletas si no contienen ese mensaje". Éste es el informe secreto. A finales de marzo [1998], cuando confirmé a la Universidad de Princeton que iría a hacer un taller de literatura desde el 25 de abril, le pedí por teléfono a Bill Richardson que me gestionara una visita privada con el presidente Clinton para hablarle de la situación colombiana. Richardson me pidió que lo llamara una semana antes de mi viaje para darme una respuesta. Días después fui a La Habana en busca de algunos datos que me faltaban para escribir un artículo de prensa sobre la visita del Papa, y en mis conversaciones con Fidel Castro le mencioné la posibilidad de entrevistarme con el presidente Clinton. De allí surgió la idea de que Fidel le mandara un mensaje confidencial sobre un siniestro plan terrorista que Cuba acababa de descubrir, y que podía afectar no sólo a ambos países, sino a muchos otros. Él mismo decidió que no fuera una carta personal suya, para no poner a Clinton en el compromiso de contestarle, y prefirió una síntesis escrita de nuestra conversación sobre el complot y sobre otros temas de interés común. Al margen del texto,


me sugirió dos preguntas no escritas que yo podría plantear a Clinton si las circunstancias fueran propicias. Aquella noche tomé conciencia de que mi viaje a Washington había sufrido un giro imprevisto e importante, y no podía seguir tratándolo como una simple visita personal. Así que no sólo le confirmé a Richardson la fecha de mi llegada, sino que le anuncié por teléfono que llevaba un mensaje urgente para el presidente Clinton. Por respeto al sigilo acordado, no le dije por teléfono de quién era -aunque él debió de suponerlo- ni le dejé sentir que la demora de la entrega podía ser causa de grandes catástrofes y muertes de inocentes. Su respuesta no llegó durante mi semana en Princeton, y esto me hizo pensar que también la Casa Blanca estaba valorando el hecho de que el motivo de mi primera solicitud había cambiado. Llegué inclusive a pensar que la audiencia no sería acordada. Sospecha maligna Tan pronto como llegué a Washington el viernes primero de mayo, un asistente de Richardson me informó por teléfono que el presidente no podía recibirme porque estaría en California hasta el miércoles 6, y yo tenía previsto viajar a México un día antes. Me proponían, en cambio, que me reuniera con el director del Consejo Nacional de Seguridad de la Presidencia, Sam Berger, quien podía recibir el mensaje en nombre del presidente. Mi sospecha maligna fue que se estaban interponiendo condiciones para que el mensaje llegara a los servicios de seguridad, pero no a las manos del presidente. Berger había estado presente en una audiencia que me concedió Clinton en la Despacho Oval de la Casa Blanca, en septiembre de 1997, y sus escasas intervenciones sobre la situac ión de Cuba no fueron contrarias a las del presidente, pero tampoco puedo decir que las compartiera sin reservas. Así que no me sentí autorizado para aceptar por mi cuenta y riesgo la alternativa de que Berger me recibiera en vez del presidente, sobre todo tratándose de un mensaje tan delicado, y que además no era mío. Mi opinión personal era que sólo debía entregarse a Clinton en mano. Lo único que se me ocurrió por lo pronto fue informar a la oficina de Richardson de que si el cambio de interlocutor se debía sólo a la ausencia del presidente, yo podía prolongar mi estancia en Washington hasta que él regresara. Me contestaron que se lo harían saber. Poco después encontré en mi hotel una nota telefónica del embajador James Dobbins, director para Asuntos Interamericanos del Consejo de Seguridad Nacional (NSC), pero me


pareció mejor no darla por recibida mientras se tramitaba mi propuesta de esperar el regreso del presidente. No tenía prisa. Había escrito más de veinte páginas servibles de mis memorias en el campus idílico de Princeton, y el ritmo no había decaído en la alcoba impersonal del hotel de Washington, donde llegué a escribir hasta diez horas diarias. Sin embargo, aunque no me lo confesara, la verdadera razón del encierro era la custodia del mensaje guardado en la caja de seguridad. En el aeropuerto de México había perdido un abrigo por estar pendiente al mismo tiempo de la computadora portátil, el maletín donde llevaba los borradores y los disquetes del libro en curso, y el original sin copia del mensaje. La sola idea de perderlo me causó un escalofrío de pánico, no tanto por la pérdida misma como por lo fácil que habría sido identificar su origen y su destino. De modo que me dediqué a cuidarlo mientras escribía, comía y recibía visitas en el cuarto del hotel, cuya caja de seguridad no me merecía ninguna confianza, porque no se cerraba por combinación, sino con una llave que parecía comprada en la ferretería de la esquina. La llevé siempre en el bolsillo, y después de cada salida inevitable comprobaba que el papel seguía en su lugar y en el sobre sellado. Lo había leído tanto, que casi lo había aprendido de memoria para sentirme más seguro si tuviera que sustentar alguno de los temas en el momento de entregarlo. Siempre di por hecho además que mis conversaciones telefónicas de aquellos días -como las de mis interlocutores- estaban intervenidas. Pero me mantuvo tranquilo la conciencia de estar en una misión irreprochable, que convenía tanto a Cuba como a los Estados Unidos. Mi otro problema serio era que no tenía con quién ventilar mis dudas sin violar la reserva. El representante diplomático de Cuba en Washington, Fernando Remírez, se puso por entero a mi servicio para mantener abiertos los canales con La Habana. Pero las comunicaciones confidenciales son tan lentas y azarosas desde Washington -y en especial para un caso de tanto cuidado-, que las nuestras sólo se resolvieron con un emisario especial. La respuesta fue una amable solicitud de que esperara en Washington cuanto fuera necesario para cumplir la diligencia, tal como yo lo había resuelto, y me encarecieron que fuera muy cuidadoso para que Sam Berger no se sintiera desairado por no aceptarlo como interlocutor. El remate sonriente del mensaje no necesitaba firma para saber de quién era: "Deseamos que escribas mucho". Por una casualidad afortunada, el ex presidente César Gaviria había organizado para la noche del lunes una cena privada con Thomas Mack McLarty, quien acababa de renunciar a su cargo de consejero del presidente Clinton para América Latina, pero continuaba siendo su amigo más antiguo y cercano. Nos habíamos conocido el año anterior, y la familia Gaviria planeó la cena desde entonces con una finalidad doble: conversar con McLarty sobre la indescifrable situación de Colombia y complacer a su esposa en sus deseos de aclarar conmigo algunas inquietudes que tenía sobre mis libros.

EL AÑO DE MIS NOVENTA AÑOS... "El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen. Me acordé de Rosa Cabarcas, la dueña de una casa clandestina que solía avisar a sus buenos clientes cuando tenía una novedad disponible. Nunca sucumbí a ésa ni a ninguna de sus muchas tentaciones obscenas, pero ella no creía en la pureza de mis principios. También la moral es un asunto de tiempo, decía, con una sonrisa maligna, ya lo


verás. Era algo menor que yo y no sabía de ella desde hacía tantos años que bien podía haber muerto. Pero al primer timbrazo reconocí la voz en el teléfono y le disparé sin preámbulos: -Hoy sí. Ella suspiró: Ay, mi sabio triste, te desapareces veinte años y sólo vuelves para pedir imposibles. Recobró enseguida el dominio de su arte y me ofreció una media docena de opciones deleitables, pero eso sí, todas usadas. Le insistí que no, que debía ser doncella y para esa misma noche. Ella preguntó alarmada: ¿Qué es lo que quieres probarte? Nada, le contesté, lastimado donde más me dolía, sé muy bien lo que puedo y lo que no puedo. Ella dijo impasible que los sabios lo saben todo, pero no todo: los únicos Virgos que van quedando en el mundo son ustedes los de agosto. ¿Por qué no me lo encargaste con más tiempo? La inspiración no avisa, le dije. Pero tal vez espera, dijo ella, siempre más resabiada que cualquier hombre, y me pidió aunque fueran dos días para escudriñar a fondo el mercado. Yo le repliqué en serio que en un negocio como aquel, a mi edad, cada hora es un año. Entonces no se puede, dijo ella sin la mínima duda, pero no importa, así es más emocionante, qué carajo, te llamo en una hora".

LA NOCHE DEL ECLIPSE Desde hace varios años, y durante las pausas que ha hecho en la escritura de sus memorias, Gabriel García Márquez ha estado trabajando en una serie de seis cuentos que pueden leerse en cualquier orden y de manera independiente, y que, bajo el título En agosto nos vemos, también podrán leerse en orden, de principio a fin, con la continuidad dramática de una novela. EL PAÍS pública La noche del eclipse, el tercer cuento de la serie Otros misterios de aquel hotel extravagante no fueron tan fáciles para Ana Magdalena Bach. Cuando encendió un cigarrillo se disparó un sistema de timbres y luces, y una voz autoritaria le dijo en tres idiomas que estaba en una habitación para no fumadores, la única que encontró libre una noche de ferias. Tuvo que pedir ayuda para aprender que con la misma tarjeta de abrir la puerta se encendían las luces, la televisión, el aire acondicionado y la música de ambiente. Le enseñaron a digitar en el teclado electrónico de la bañera redonda para regular la erótica y la clínica de jacuzzi. Loca de curiosidad se quitó la ropa ensopada de sudor por el sol del cementerio, se puso el gorro de baño para protegerse el peinado y se entregó al remolino de la espuma. Feliz, marcó a larga distancia el teléfono de su casa, y le gritó al marido la verdad: "No te imaginas la falta que me haces". Fueron tan vívidos los fieros que le hizo, que él sintió en el teléfono la excitación de la bañera. -Carajo -dijo- éste me lo debes.


Ella había pensado pedir al cuarto algo de comer para no tener que vestirse, pero el recargo por el servicio de habitación la decidió a comer como pobre en la cafetería. El vestido de seda negra, tubular y demasiado largo para la moda, le iba bien con el peinado. Se sintió medio desvalida con el escote, pero el collar, los aretes y las sortijas de esmeraldas falsas le subieron la moral y aumentaron el fulgor de sus ojos. Cuando bajó a cenar eran las ocho. Terminó pronto. Agobiada por el llanto de los niños y la música estridente, decidió regresar al cuarto para leer El día de los Trífidos, que tenía en turno desde hacía más de tres meses. El remanso del vestíbulo la reanimó, y al pasar frente al cabaret le llamó la atención una pareja profesional que bailaba el Vals del Emperador con una técnica perfecta. Permaneció absorta en la puerta hasta que terminó el espectáculo y la clientela común ocupó la pista de baile. Una voz dulce y varonil, muy cerca de sus espaldas, la sacó del ensueño: -¿Bailamos? Estaban tan cerca, que ella percibió el tenue olor de su timidez detrás de la loción de afeitar. Entonces lo miró por encima del hombro, y se quedó sin aliento. "Perdone", le dijo aturdida, "pero no estoy vestida para bailar". La réplica de él fue inmediata: -Es usted la que viste el vestido, señora. La frase la impresionó. Con un gesto inconsciente se palpó los pechos intactos, los brazos desnudos, las caderas firmes, hasta comprobar que su cuerpo estaba en realidad donde lo sentía. Entonces miró de nuevo por encima del hombro, ya no para reconocerlo, sino para apropiárselo con los ojos más bellos que él vería jamás. -Es usted muy gentil -le dijo con encanto-. Ya no hay hombres que digan esas cosas. Entonces él se puso a su lado y le reiteró en silencio la invitación a bailar. Ana Magdalena Bach, sola y libre en su isla, se agarró de aquella mano con todas las fuerzas de su alma como al borde de un precipicio. Bailaron tres valses a la manera antigua. Ella supuso desde los primeros pasos, por el cinismo de su maestría, que él era otro profesional alquilado por el hotel para animar las noches, y se dejó llevar en círculos de vuelo, pero lo mantuvo firme a la distancia de su brazo. Él le dijo mirándola a los ojos: "Baila como una artista". Ella sabía que era cierto, pero sabía también que él se lo habría dicho de todos modos a cualquier mujer que quisiera llevarse a la cama. En el segundo valse, él trató de apretarla contra su cuerpo, y ella lo mantuvo en su lugar. Él se esmeró en su arte, llevándola por la cintura con la punta de los dedos, como una flor. A la mitad del tercer valse ella lo conocía como si fuera desde siempre. Nunca había concebido a un hombre tan anticuado en un empaque tan bello. Tenía la piel lívida, los ojos ardientes bajo unas cejas frondosas, el cabello de azabache absoluto aplanchado con gomina y con la línea perfecta en el medio. El esmoquin tropical de seda cruda ceñido a sus caderas estrechas completaba su estampa de lechuguino. Todo en él era tan postizo como sus maneras, pero los ojos de fiebre parecían ávidos de compasión.


Al final de la tanda de valses él la condujo a una mesa apartada sin anuncio ni permiso. No era necesario: ella lo sabía todo de antemano, y se alegró de que él ordenara champaña. El salón en penumbra era bueno para vivir, y cada mesa tenía su propio ámbito de intimidad. Ana Magdalena calculó que su acompañante no pasaba de los treinta años, porque apenas si daba pie con el bolero. Ella lo encaminó con tacto sereno, hasta que él encontró el paso. Lo mantuvo a la distancia, para no darle el gusto de que sintiera en sus venas la sangre enfebrecida por la champaña. Pero él la forzó, primero con suavidad, y después con toda la fuerza de su brazo en la cintura. Ella sintió entonces en su muslo lo que él había querido que sintiera para marcar su territorio, y se maldijo por el batir de su sangre en las venas y el fogaje de su respiración, pero supo oponerse a la segunda botella de champaña. Él debió notarlo, pues la invitó a un paseo por la playa. Ella disimuló su disgusto con una frivolidad compasiva:

-¿Sabe qué edad tengo? -No puedo imaginarme que usted tenga una edad -dijo él. -Sólo la que usted quiera. No había acabado de decirlo cuando ella, hastiada de tanta mentira, le planteó a su cuerpo el dilema terminante: ahora o nunca. "Lo siento", dijo, poniéndose de pie. Él se sobresaltó. -¿Qué ha pasado? -Tengo que irme -dijo ella-. La champaña no es mi fuerte. Él propuso otros programas inocentes, sin saber quizás que cuando una mujer se va no hay poder humano ni divino que la detenga. Por fin se rindió. -¿Me permite acompañarla? -No se moleste -dijo ella-. Y gracias, de veras, fue una noche inolvidable. En el ascensor estaba ya arrepentida. Sentía un rencor feroz contra sí misma, pero la compensaba el placer de haber hecho lo que correspondía. Entró en el cuarto, se quitó los zapatos, se tiró bocarriba en la cama y encendió un cigarrillo. Casi al mismo tiempo llamaron a la puerta, y ella maldijo el hotel donde la ley perseguía a los huéspedes hasta su intimidad sagrada. Pero el que tocó no era la ley, era él. Parecía una figura del museo de cera en la penumbra del corredor. Ella lo comprobó con la mano en el pomo de la puerta, sin una pizca de indulgencia, y al fin le cedió el paso. Él entró como en su casa. -Ofrézcame algo -dijo.


-Sírvase usted mismo -dijo ella-. No tengo la menor idea de cómo funciona esta nave espacial. Él, en cambio, lo sabía todo. Moderó las luces, puso la música de ambiente y sirvió dos copas de champaña del minibar con la maestría de un director de orquesta. Ella se prestó al juego, no como ella misma, sino como protagonista de su propio papel. Estaban en el brindis cuando sonó el teléfono, y ella contestó alarmada. Un oficial de la seguridad del hotel le advirtió muy amable que ningún invitado podía permanecer en una suite después de la medianoche sin registrarse en la recepción. -No necesita explicármelo, por favor -lo interrumpió ella, abochornada-. Perdone usted.

Colgó con la cara congestionada por el rubor. Él, como si hubiera oído la advertencia, la justificó con una razón fácil: "Son mormones". Y sin más vueltas la invitó a contemplar un eclipse total de luna desde la playa. La noticia era nueva para ella. Tenía una pasión infantil por los eclipses, pero toda la noche se había debatido entre el decoro y la tentación, y no encontró un argumento válido para no aceptar. -No tenemos escapatoria -dijo él-. Es nuestro destino. La invocación sobrenatural la dispensó de escrúpulos. Así que se fueron a ver el eclipse en la camioneta de él, a una bahía escondida en un bosque de cocoteros, sin huellas de turistas. En el horizonte se veía el resplandor remoto de la ciudad, y el cielo era diáfano y con una luna solitaria y triste. Él estacionó al abrigo de las palmeras, se quitó los zapatos, se aflojó el cinturón y abatió el asiento para relajarse. Ella descubrió que la camioneta no tenía más que los dos asientos delanteros, que se convertían en camas con sólo apretar un botón. El resto era un bar mínimo, un equipo de música con el saxo de Fausto Papetti, y un baño minúsculo con un bidé portátil detrás de una cortina carmesí. Ella entendió todo. -No habrá eclipse -dijo-. Sólo pueden ser en luna llena, y estamos en cuarto creciente. Él se mantuvo imperturbable. -Entonces será de sol -dijo-. Tenemos tiempo. No hubo más trámites. Ambos sabían ya a lo que iban, y ella sabía además qué era lo único distinto que podía esperar de él desde que bailaron el primer bolero. La asombró la maestría de mago de salón con que la desnudó pieza por pieza, casi hilo por hilo, con la punta de los dedos y sin tocarla apenas, como deshollejando una cebolla. Con la primera embestida del minotauro ella se sintió morir por el dolor con una humillación atroz de gallina descuartizada. Quedó sin aire y empapada en un sudor helado, pero apeló a sus instintos primarios para no sentirse menos ni dejarse sentir menos que él, y se entregaron juntos al placer inconcebible de la fuerza bruta subyugada por la ternura. Ana Magdalena no se preocupó por saber quién era él, ni lo pretendió, hasta unos tres años después de aquella noche inolvidable, cuando reconoció en la televisión su retrato hablado de vampiro triste, solicitado por todas las policías del Caribe como estafador y proxeneta de viudas alegres y solitarias, y probable asesino de dos.


SEÑOR PRESIDENTE: Queremos explicarle, con el mayor respeto, por qué nos parece un despropósito que su Gobierno nos quiera exigir un visado para pisar España, y por qué, en caso de que se tome esta determinación, y mientras esté vigente, no volveremos a visitar la Península ibérica. Un novelista colombiano escribió alguna vez: 'Al entrar a España no tengo la impresión de llegar, sino la de volver.' Quizás a muchos españoles les resulte extraño este sentimiento, pero les aseguramos que esa sensación es la típica del criollo, la del indiano, la del colono o del colonizado nacido en esos territorios de lo que fue el antiguo imperio de España. Si nos atrevemos a hacerle un reclamo a esa gran nación que nos enseñaron a considerar, con razón o sin ella, como nuestra Madre Patria, es por el hondo convencimiento que tenemos de no ser ajenos a España. Aunque las guerras de independencia hayan cortado el cordón umbilical que nos unía políticamente a la Península, los colombianos no hemos dejado de sentir, porque sabemos que es cierto, que nuestra imaginación, nuestra lengua mayoritaria, nuestros referentes culturales más importantes provienen de España. Aquí nos mezclamos con otros riquísimos aportes de la humanidad, en especial con el indígena y el negro, pero nunca hemos renegado, ni podríamos hacerlo, de nuestro pasado español. Nuestros clásicos son los clásicos de España, nuestros nombres y apellidos se originaron allí casi todos, nuestros sueños de justicia, y hasta algunas de nuestras furias de sangre y fanatismo, por no hablar de nuestros anticuados pundonores de hidalgo, son una herencia española. La solidaridad cultural de las naciones hispanas y americanas, no puede ser simplemente un asunto retórico. Nosotros queremos poder entrar a España no digamos como Pedro por su casa, pero sí como los hijos viajeros que de vez en cuando vuelven a deshacer sus pasos por los caminos de unos antepasados reales o inventados. Los hispanoamericanos no podemos ser tratados por España como unos forasteros más. Aquí hay brazos y cerebros que ustedes necesitan. Somos hijos, o si no hijos, al menos nietos o biznietos de España. Y cuando no nos une un nexo de sangre, nos une una deuda de servicio: somos los hijos o los nietos de los esclavos y los siervos injustamente sometidos por España. No se nos puede sumar a la hora de resaltar la importancia de nuestra lengua y de nuestra cultura, para luego restarnos cuando en Europa les conviene. Explíquenles a sus socios europeos que ustedes tienen con nosotros una obligación y un compromiso históricos a los que no pueden dar la espalda. La rueda de la


riqueza de las naciones se parece a la rueda de la fortuna; no es conveniente que en los días de opulencia se les cierre en las narices la puerta a los parientes pobres. Quizá un día nosotros (en ese riquísimo territorio donde ustedes y nosotros hemos trabajado, sufrido y gozado) tengamos también que abrirles a los hijos de España las puertas, como tantas otras veces ha ocurrido en el pasado. Mucho se habla en España y en todo el primer mundo de las bondades de la globalización. Pero si ésta no quiere ser una mera estratagema para ampliar los mercados, la globalización no podrá ser un proceso unidireccional e injusto por el cual los bancos y las grandes compañías tecnológicas o de alimentos atraviesan las fronteras como el viento, mientras a las personas se les ponen más trabas, cuarentenas y cuotas que a los apestados medievales. Señor Presidente: en sus manos está una decisión de unión o desunión con los pueblos hispanoamericanos. La Madre Patria podrá portarse como tal, y no darnos la espalda en uno de los momentos más duros de nuestra historia, o podrá también portarse como una madrastra despiadada. Con la dignidad que aprendimos de España, no volveremos a ella mientras se nos someta a la humillación de presentar un permiso para poder visitar lo que nunca hemos considerado ajeno. Con nuestra consideración y aprecio.

"¿QUÉ HAY DE MALO EN LA MALA PRENSA?" Tal vez ningún país está tan preocupado como Colombia por lo que se piensa de él en el exterior. Ninguno está tan susceptible a las noticias y comentarios de Prensa que puedan afectar su imagen ante el mundo. Y, sin embargo, son muy pocos los que han dado tanto de qué hablar a la Prensa extranjera en los últimos años. Tal parece como si los colombianos tuviéramos que sobrellevar el destino de ser exportadores de noticias raras. Buenas y malas, pero muchas de ellas en páginas primeras y aun con fotografías en colores. Pero la misma inquietud, a veces desproporcionada, que nos causan las noticias perjudiciales para nuestra imagen externa se transforma ante las buenas noticias en un impulso irresistible de magnificarlas hasta el ridículo.En cualquiera de los dos extremos somos víctimas de la exageración, ya sea por la vergüenza o por el regocijo. A este paso, ofuscados por las contradicciones de nuestra propia imagen en el espejo del mundo, corremos el riesgo de terminar por no saber a ciencia cierta cómo somos en la realidad. El balance parece ser desfavorable, sobre todo en el inventario de los últimos meses. Un día cualquiera de esta semana se encontraban en un mismo periódico dos noticias enfrentadas. Una se refería a la actuación de los ciclistas colombianos en la Vuelta a Francia, que, al parecer, era motivo de admiración y entusiasmo para la Prensa frances a; la otra decía que un colombiano es el dueño y señor de una isla del Caribe destinada al tráfico y comercialización de la cocaína. Uno termina por preguntarse con la mano en el corazón con cuál de las dos noticias se queda, y termina tal vez por no quedarse con ninguna, deprimido por la evidencia de que las malas noticias derrotan a las buenas.


Así es. Los colombianos, en el exterior, considerábamos como un acto de justicia poética que nuestra mala fama de traficantes de drogas fuera, en cierto modo, compensada por el renglón de exportación más hermoso del mundo: las flores. En diciembre pasado, la nevada ciudad de Estocolmo parecía un jardín de rosas amarillas. Estaban por todas partes y era imposible entrar en alguna sin que uno fuera recibido por una tormenta de rosas que, en realidad, parecían caídas del cielo con una profusión mayor que la de la nieve. La bella y gentil reina de Suecia le hizo a uno de sus invitados la confidencia de que en Estocolmo era imposible encontrar rosas en invierno, de modo que aquellas turbulencia amarillas habían sido importadas de algún remoto país de calores perpetuos donde las rosas florecían sin reposo durante todo el año. La reina, por supuesto, tuvo la discreción de no decir qué país era ése ni cuánto habían costado tantas toneladas de rosas transportadas por avión a través del océano. Pero los colombianos sabíamos, con un justo orgullo patriótico, que eran rosas colombianas. Por eso no fue posible reprimir un estremecimiento de pudor hace pocas semanas, cuando se publicó en el mundo entero la noticia de que se había descubierto un contrabando de cocaína entre un cargamento de flores colombianas. La mala noticia, una vez más, había derrotado a la buena, y era justo suponer que la reina de Suecia, al leer la Prensa aquella mañana, tal vez se había preguntado si las rosas amarillas de su fiesta no llevaban oculta también entre sus pétalos la ponzoña intempestiva de otra nieve más constante e insidiosa que la de las noche eternas de los inviernos de Suecia. No es fácil contrarrestar los éxitos espectaculares de la delincuencia. Se dice que la mafia colombiana ha terminado por derrotar y suplantar a la mafia irlandesa y siciliana en los muelles de Nueva York. No es una condición reciente. En Gran Bretaña se cuenta que hace muc hos años vinieron a Colombia dos expertos de Scotland Yard contratados para adiestrar a la policía colombiana en la lucha contra los carteristas callejeros. A su llegada al aeropuerto de Bogotá, los dos expertos fueron despojados de todo cuanto llevaban en los bolsillos y obligados de ese modo a regresar a su país de inmediato con el honor hecho trizas. En otro orden de cosas, un oficial del servicio de contrainteligencia de Venezuela contaba hace muchos años en privado, no sin una cierta admiración, que los espías colombianos son los más duros de exprimir, pues no hay martirio psicológico ni físico que los obligue a revelar sus secretos. Igual comportamiento -decía- lo observaban los delincuentes comunes


sometidos a la tortura. La fama del ingenio colombiano para sortear los escollos de la legalidad y burlar los controles policiales se encuentra nmuy bien sustentada por la realidad en el mundo entero, y se funda, por supuesto, en una facultad reprobable. Pero sería injusto no reconocerlo, aunque sea en lo más secreto de nuestro fuero interno, como el fruto de un talento nacional pervertido por la adversidad social. Sin embargo -las abuelas lo dicen muy bien-, el mismo Dios que manda la enfermedad inanda el remedio. Al lado de un funcionario de la cancillería que fue sorprendido en México con un contrabando de cocaína, al lado de un honorable parlamentario que trataba de venderla en Nueva York, al lado de un condenado a la silla eléctrica por el cargo supuesto de asesinato desalmado y de un malabarista de las finanzas que sorprendió a losbancos de Estados Unidos con un préstamo múltiple de unos 200 millones de dólares, al lado de ellos y de tantos otros que sustentan la mala imagen en los periódicos, hay otros millares de colombianos -y de latinoarnericanos de todas partes, por supuesto- que andan por el mundo con la patria a cuestas, sin que nadie se pregunte cómo hacen paravivir sin delinquir. Uno se los encuentra en las buhardillas de Europa o de Estados Unidos, durriliendo a veces debajo de los puentes de medio mundo, trabajando como hormigas arrieras para hacer las buenas noticias de cualquier día sin ayuda de nadie. Son los aprendices. Cinco mil ochenta y cuatro aprendices de escritores que se han apretado el cinturón hasta el último agujero para terminar su libro sin molestar a nadie, los aprendices de músicos que tocan en el tren subterráneo, no tanto para recoger unas monedas como para gozar con la resonancia de sus voces en los socavones, los aprendices de teatro que levantan su carpa en las esquinas, los aprendices de pintores en quienes nadie ha de fijarse mientras no los descubra un traficante de artes que les compre sus cuadros a 10 para revenderlos a 10.000. Son como minas ocultas en un sendero inocente, que irán estallando poco a poco. Por todas partes y donde menos se espera y de cuyos años amargos y azarosos de aprendizaje no volverá a acordarse nadie -y ellos mismos menos que nadie- cuando lleguen por fin las vacas gordas. Sin embargo -mientras llegan-, es a ellos a quienes primero desnudan en los aeropuertos, porque los policías no pueden entender que viajen en avión siendo tan pobres, a menos que lleven un tubo de drogas escondido en el trasero. Es a ellos a quienes primero agarran cuando empiezan las redadas, porque no se puede pensar que no se hayan muerto de hambre sin robar, ni se puede pensar que no sean terroristas estando tan peludos y tan pálidos y tan jodidos. También ellos son fruto del mismo talento nacional que alienta a los protagonistas de nuestra mala imagen en el exterior. Sólo que van en sentido contrario y al ritmo imperceptible de la perseverancia y la paciencia, como la tortuga del cuento.

Gabriel garcia marquez pdf  

Artículos destacados de Gabriel Garcia Marquez

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you