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ANTOLOGÍA DE CUENTOS OCTUBRE DE 2008 TALLER DE ESCRITURA POR GABRIELA BEJERMAN CENTRO CULTURAL RICARDO ROJAS


Autum en Buenos Aires Estefania Areas Ésta es una selección de los textos escritos en el marco del taller de escritura dictado por Gabriela Bejerman en el Centro Cultural Ricardo Rojas durante ocho clases, entre fin de agosto y principios de octubre. Incluye algunos cuentos de algunos de los participantes del taller: Autum en Buenos Aires, Estefania Areas ¡Yo, señorita, yo!, Analía Pelle Incrédulos, Griselda Moral Matar el tiempo, Lidia Blanco Vecinos, Patricia Alburquenque Historia de P., Diana Melamet Para no olvidar, Florencia Capilla ALIEN DUCE, Andrés Boselli Desintegración, Moira Mulvihill Internas del Feng Shui, Moira Mulvihill Ver para querer, Mariana Larocca Roñosas, Dardo Alomo El cursante, Darío Scublin

Cuando lo conocí yo tenía quince años y él treinta y tres. Estábamos en una fiesta, esa noche tocaba su banda y teníamos varios amigos en común. Nos sentamos en la misma mesa, él hablaba despacio y solo de cosas interesantes, sus manos bailaban con cada frase como si tejieran una inmensa bufanda invisible, y su voz era hermosa, tenía música. Yo no tardé ni quince minutos en perderme embobada en la profundidad de sus increíbles ojos negros. Realmente era el chico más lindo que había visto, tenía el pelo oscuro y enrulado, y me sacaba fácil una cabeza de estatura. Se llamaba Gustavo, pero a mí me pareció un nombre muy feo para un ser tan bonito, y lo rebauticé Autumn, por que era frío, soleado y melancólico, y su piel tenía ese color tostado de las hojas de los árboles en otoño. A partir de ese día lo empecé a ver bastante seguido en fiestas, eventos o recitales, ya que yo siempre iba a donde pensaba que podía llegar a encontrarlo. Se podría decir que nos habíamos hecho amigos. A esa altura ya todos sabían que yo estaba loca por él, a pesar de que pensaba que lo disimulaba muy bien y todavía nadie se había dado cuenta. Tenía quince años, y entre otras cosas, era muy ingenua. Como a los tres meses lo encontré en una fiesta en San Telmo, era al aire libre. Ese día él se mostró conmigo más amigable que de costumbre, y como mi nivel de ansiedad ya había alcanzado unos niveles exorbitantes, de forma inocente y atropellada, pero firme, le confesé mi amor. Él me miró con ternura y, con el mismo tono armónico y cadencioso que usaba para todo, me dijo que yo también le gustaba, y mucho, que le parecía bella, fantástica y maravillosa, pero que era demasiado joven y que por más que quisiera o se muriera de ganas no iba a permitir que pasara nada entre los dos. Yo no supe que decir, me sentía hermosa y complacida pero tenía un poco de ganas de llorar. Me siguió explicando y lo que me dijo después lo recordé por muchísimo tiempo, mucho más del que hubiera pensado, y fue motivo de tormento, risas y análisis. “Vos me gustás tanto, tanto, que sé que si estoy con vos ahora, va estar todo súper bien, e indefectiblemente me voy a enamorar perdidamente de vos. Pero también sé perfectamente lo que va pasar. Ahora yo te puedo parecer muy maravilloso, pero lo cierto es que ya estoy bastante grande, y vos sos muy chica, vas a crecer, vas madurar, vas a aprender miles de


cosas y vas a cambiar un montón, y cuando eso pase me vas a mirar y te vas a dar cuenta de que yo sigo siendo el mismo nabo de siempre, me vas a romper el corazón, y yo no quiero sufrir”, me dijo como quien recita el padre nuestro en la misa del domingo. No sé por qué en ese momento encontré su discurso un poco alentador, y de una manera muy patética traté de convencerlo de que me quisiera, aunque sea un ratito. No había entendido nada. El se mostró inflexible y yo me terminé yendo a mi casa con una sensación horrible, como de impotencia y desamparo. No lo volví a ver hasta cinco años después. Durante ese período pensé en él todo el tiempo, en las melodías hermosas que tocaba en el piano, en sus gestos delicados, en su voz armónica y melodiosa, en sus manos suaves, en sus dientes largos y en su hipnótica mirada. Imaginaba la textura y el olor de su piel desnuda y cómo se complementarían nuestros cuerpos como piezas de un rompecabezas. Le dediqué cientos de canciones y poesías y llegué a idealizarlo de una manera casi enferma. No existió en el mundo jamás hombre como él. Mientras, salí con miles de chicos, tuve una amiga muy muy cercana, mucho más de lo que hubieran permitido en mi colegio católico, varios chongos, y hasta un novio bastante pesado, pero nadie le llegaba ni a los talones. Pensé mucho en lo que me había dicho y llegué a muchísimas conclusiones, de lo más variadas, pensaba que en cierta forma tenía lógica, una lógica tan lógica y tan certera que no llegaba a comprenderla del todo. La idea de algún día dejar de quererlo se me hacía no solo insoportable, sino también muy poco probable. Fantaseaba casi todos los días con la idea de llamarlo, preguntarle cómo estaba, pedirle otra oportunidad, invitarlo a salir, decirle que ya había crecido, prometerle que no iba a cambiar. Un día me animé, me sabía su número de memoria, estaba en mi cuarto, agarré el teléfono y marqué su número sin pensar. Sonó dos veces y atendió una chica, dijo hola y yo me quedé helada, el auricular temblaba y se me resbalaba por la mano sudorosa. “Hoooolaaaa”, repitió la chica impaciente, debería tener alrededor de treinta años. -Hola- dije-, ¿está Gustavo? - Sí, está en el patio, ¿de parte de quién? ¿Qué mierda te importa?, pensé, pero en vez de eso respondí: Estefanía

-Bancá, ya te paso – dijo, y grito¡Guuuuuuuuuuuuuustiiiiiiiiiiiiiiiiii, teleeeeeeeeeeeeeeeefonoooooooo, Estefaníaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! Pensé que mi nombre era muy lindo, y sonaba bien hasta pronunciado de una manera tan caníbal, me entretuve pensando en eso hasta que atendió. -Hola Estefi- aaaaaah su voz era tan linda-. ¿Cómo estás tanto tiempo?,- tal cual la recordaba.-la que atendió es mi prima- explicó sin que nadie se lo preguntara. Ja, ¡como si me importara! pensé conteniendo el suspiro de alivio que me inundaba el pecho. Cinco años sin vernos y lo primero que hacía era aclararme que la voz femenina pertenecía a su querida prima, no fuera ser que me hiciera una idea equivocada, ¿no? Me sentía feliz, radiante y poderosa, la situación era alentadora. Durante el tiempo que había pensado en llamarlo había practicado mil veces lo que le diría, tenía pensadas mil formas de invitarlo a salir, de atraparlo, de convencerlo, de no dejarlo escapar esta vez. Y hasta había practicado mi tono más ofendido y altanero por si me rechazaba una vez más. Sin embargo nada de eso fue necesario, le dije de vernos y dijo que sí en seguida, para ser más precisa, sus palabras, que en ese momento me parecieron impropias de él, fueron: “dale,dale, a full”, quedamos en encontrarnos al día siguiente a las 18,30 en un bar en Palermo y nos despedimos como dos extraños. Al otro día me desperté ansiosa, tardé cuarenta minutos en maquillarme de la manera más natural que pude, me puse mi bombacha preferida, un jean apretadísimo, una blusa holgada y colorida y unas botas marrones con un taco altísimo, no quería parecer un gnomo al lado de él. Llegue a la cita a horario y súper ansiosa. Él me estaba esperando en una mesa junto a la ventana. Casi no lo recocí, estaba realmente muy cambiado. Se paró para saludarme y enseguida me arrepentí de haberme puesto los tacos, de no ser por mi mega jopo hubiéramos tenido casi la misma estatura. Nos saludamos con un abrazo corto y algo incómodo. El olía a fernet y cartón mojado. Charlamos un rato y llegó la moza a tomarnos los pedidos. Yo tenía planeado pedirme algún trago glam y sencillo, como Martini o gin tonic, para que viera en la mujer sofisticada que me había convertido, pero como ya nada de eso me importaba me pedí una Fanta, él ordenó un fernet con cola.


La verdad es que no teníamos mucho de qué hablar, su melodiosa voz había adquirido un tono medio ronco, sus temas interesantes y la parsimonía de su conversación me parecieron un poco aburridos. Traté de encontrar la magia de antaño en los ojos negros de mi tormento, pero los encontré vacíos y desteñidos a través de sus ridículos lentes amarillos con un ancho marco de plástico negro tipo Bono. Él seguía siendo viejo y yo seguía siendo joven, la única diferencia era que el señor ahora parecía más que dispuesto a compartir un poco de su cariño retozado y silencioso con una pendeja atrevida como yo. Toda la situación se me hacía incómoda e interminable. El debería tener ahora unos treinta y ocho años, lo miré detenidamente y me di cuenta de que se parecía mucho a Carca, la ocurrencia me dio un poco de gracia, pero también bastante vergüenza. A la hora inventé alguna excusa tonta y me fui, quedamos en hablar por teléfono un día de esos. Al despedirme le di un beso frío, nervioso y atolondrado en la mejilla, me aterraba la idea de que intentara besarme. Compré un cuarto de helado de sambayón y chocolate y me tomé el 60 para volver a mi casa. En el viaje me entretuve pensando en lo mucho que nos podríamos haber divertido en aquella época, si él hubiera dejado a un lado sus predicciones pelotudas, cuando yo, cegada por mi propio idilio, todavía no me había dado cuenta de que él no era tan sensacional y fabuloso como lo veía mi efusiva cabeza adolescente. Aquella noche en San Telmo había tenido razón, y para ser justa, ése era un unto a su favor contra los más o menos cinco que sumaban su panza cervecera, sus dedos amarillos de nicotina, su espíritu ajado y su ineludible parecido con el Dj vaqueta estrella del under. La nena había crecido y ya no encontraba nada de atractivo ni excitante en un señorito maduro y previsor como él. Ya se estaba haciendo de noche, en mi mano el celular sonaba frenéticamente y en la pantallita la inscripción “Outum cel” titilaba sin parar. Me acordé de la imaginación y la inocencia de mis quince abriles, de las canciones desconsoladas, de la imagen de un príncipe azul perfecto, moreno y taciturno, que venía a rescatarme de una existencia mediocre, de la ansiedad, el insomnio y la desilusión del primer amor no correspondido. Me había exorcizado, definitivamente ya no lo necesitaba. Me reí tan fuerte que todos los pasajeros se dieron vuelta para mirarme. No atendí.

¡Yo, señorita, yo! Analía Pelle

-¡Yo, señorita, yo! -gritaba Gastón con todas sus fuerzas, pero la señorita Rosario lo ignoraba por completo. Se acercaba el 17 de agosto y por una vez él quería hacer de San Martín. ¿Por qué siempre lo tenían que elegir a Danilo para todo? -El que va a interpretar a San Martín es Danilo. Él fue el primero que se ofreció y la mamá ya tiene todo el traje terminado. Ahora quiero que se calmen un poco así podemos seguir con la clase. En realidad eran pocos los que protestaban, la mayoría de los alumnos estaban muy tranquilos en sus pupitres listos para empezar con el dictado. La señorita le guiñó el ojo a Danilo con gesto cómplice y él se sonrió muy complacido de sí mismo. -Yo le voy a decir a mi mamá que la señorita lo prefiere a Danilo. Siempre le pone las mejores notas y nunca lo reta por nada. Y el otro día vi el dibujo que había entregado. ¡Era horrible! Mucho mejor estaba el dibujo de Javier o el de la gorda Sabrina. Pero él fue el único que se sacó sobresaliente. Le voy a decir a mi mamá para que venga a hablar- el compañero de banco de Gastón se sintió satisfecho con su resolución y se preparó para empezar el dictado. Gastón no podía creer que se olvidara tan fácilmente de una injusticia semejante. ¿Quién se creía que era el estúpido de Danilo? Encima como era el más alto del aula y tenía el pelo más rubio que los demás todos lo preferían. Un día Gastón había hecho una prueba de Geografía que era re-difícil, pero como había estudiado mucho contestó todas las preguntas y se quedó contento porque sabía que se sacaría un diez. Cuando la clase siguiente vio que la señorita le había puesto un ocho y que Danilo, que no había estudiado nada, era el único que tenía un diez, supo que la señorita lo prefería por ser rubio y de ojos azules. Pero Gastón ya estaba harto de la situación. No dejaría que un presumido como él se saliera siempre con la suya y le fuera bien en todo. Siempre las mejores notas, siempre le tocaba actuar en los actos... no era justo. Cuando salían de la escuela, a Gastón lo embargaba un deseo incontrolable de lastimar a Danilo. Trató de pararse cerca de él en la fila para empujarlo cuando salieran. Quizás si lo empujaba, sin que nadie se diera cuenta, se caería y se


lastimaría la rodilla. Así no iba a poder actuar. Pero se iban a dar cuenta que había sido él el culpable. Tenía que pensar en otra cosa. Algo más efectivo. Quizás con la rodilla lastimada podría actuar igual. Cuando salieron de la escuela y los chicos comenzaron a dispersarse, Gastón se dispuso a seguir a Danilo hasta la casa, que quedaba una cuadra más lejos que la suya. Caminó por la vereda de enfrente para pasar desapercibido, y sin pensarlo levantó del piso una piedrita roja con punta muy filosa. Cruzó corriendo enfrente de Danilo y le arrojó la piedra directamente a la cara. Escuchó un grito desgarrador y salió corriendo hacia su casa, tranquilo pues nadie lo había visto. Ni siquiera el estúpido de Danilo. Al día siguiente la señorita se paró delante de la clase con el rostro compungido y les dijo a sus alumnos: “Antes de empezar quiero contarles que ayer hablé con la mamá de Danilo y me contó que tuvo un accidente. Ayer alguien tiró una piedra y le entró en el ojito. Quizás fue un auto que pasó rápido por la calle de tierra o quizás algún chico jugando con piedras, no saben cómo fue, pero perdió la vista de ese ojito”. La maestra tuvo que hacer una pausa pues le temblaba mucho el mentón y no quería impresionar más a sus alumnos llorando. “Lo único que les pido es que cuando venga mañana sean muy amables con él y no le pregunten por el ojito. Tienen que ayudarlo a Danilo a que se ponga bien y no esté triste, ¿sí?” Gastón se quedó absolutamente petrificado. Después de un rato la señorita se le acercó y le dijo con una sonrisa dulce que si quería él podría hacer de San Martín en el acto. Gastón la miró conteniendo un sollozo y le respondió emocionado, “Gracias, señorita Rosario”.

Incrédulos Griselda Moral Recostada en la cama, con tres almohadas en mi espalda, leo un libro, no me viene el sueño. Me digo que terminando el capítulo me obligaré a cerrarlo para intentar dormir. Y eso hago. Apago la luz y al cabo de unos segundos mis ojos se acostumbran a la oscuridad, distingo en el techo las paletas del ventilador, el cuadro en la pared y la ventana. Al lado izquierdo de mi cama, bordeo la figura de mi marido, no sé si la bordeo con la vista o son los años de conocerlo que mi memoria recorre. Me gustan sus rulos y se los acaricio. Siempre me gustaron sus rulos. Él duerme. Tiene un poder envidiable del que yo carezco. Yo digo que es un poder, no sé… Una vez que llega a la cama, me besa y con simple “hasta mañana” se duerme mientras yo lo miro. Su respiración cambia instantáneamente, por eso yo sé que se duerme. Noto, algo apresurada quizás, que me espera una noche larga. Otra noche más. Siento la pesadez de mis párpados, cierro los ojos, pero no me duermo. Pienso entonces en el trabajo, repaso las tareas que me esperan, armo mi agenda para el día que aún no se asoma. Lenta está la noche. Si tan solo pudiera decir hasta mañana y dormirme… qué suerte tienen algunos. La calle está muda, no corre una gota de ruido, está oscuro todavía, no hay colectivos, no sopla viento, nada se escucha, silencio se oye. De repente se me cruza en la cabeza uno de los personajes de la novela que estaba leyendo, pero me obligo a no encender la luz. Intento relajarme, hago ejercicios de respiración para calmar mis pensamientos que no paran. Quiero dormir. Anhelo calmar mi mente, dormirme. Me pongo de costado y busco la cabeza de mi marido, le toco el pelo, juego con sus rulos, se los estiro, lo despeino. Está de espaldas a mí, él sigue durmiendo profundamente, qué placer. Hago un esfuerzo para escuchar su respiración, es lenta, suave. Entonces, hago lo de todas las noches, me invento sus sueños, hoy por ejemplo esta en un paraíso, navegando en su velero de fantasía. Sí, esta noche estas en aguas abiertas y te hago navegar en un día de sol y de corrientes tranquilas. El velero es blanco con detalles en madera, como esos que aparecen en las películas, llevas puesta ropa suelta y el viento te acaricia suavemente todo el cuerpo. Estas solo en esa inmensidad, en un día libre, sin celular, sin que nadie te moleste,


hasta te olvidas de todas tus obligaciones, casi que no pensás en nada; ¡allá vas mi amor, disfrutalo! Me da ternura, él está convencido de que yo tengo un poder, cree que siempre sueña cosas lindas porque yo de noche lo guío en sus sueños con mis deseos. Él dice que cuando despierta ya liviano, renovado para enfrentar su día, ya dejando de soñar es cuando yo puedo librarme de mi tarea y finalmente dormirme. La realidad es que yo no tengo poderes, más bien sufro de insomnio. Lo miro, me relaja mirarlo. Respiro profundo, copio su ritmo, inhalo, mantengo unos segundos el aire y luego exhalo desinflándome, dejo que mi cuerpo se vaya relajando, repito el ejercicio, intento que sea natural, como le sale a mi marido, respiro al ritmo de su ritmo. Él duerme profundamente, yo en cambio intento dormir. Su trabajo es estresante, comienza desde muy temprano y llega a casa por la noche, agotadísimo, pero nunca se queja, le gusta lo que hace. Yo en cambio trabajo en casa, y respondo a fechas de entregas. Tengo una habitación, un tanto separada al resto de la casa, que es mi estudio por llamarlo de alguna manera. Tiene sus cosas buenas trabajar sin horarios, aún así me exijo intentar dormir de noche, como el normal de la gente, como mi marido. Respiro lento, profundo, como él, pero no me duermo. Advierto algo de claridad en la ventana, odio cuando pasa eso. Parece una mañana primaveral, quizá sea porque escucho el canto de los pajaritos. Mis ojos queman, necesito descansar. Abrazo a mi marido, me pego a él, le rasco delicadamente la cabeza ya sin tantos rulos. Escucho el motor de algún auto. Mi cuerpo lo siento pesado, me duele del cansancio. Amanece nomás, mi marido despierta y algo murmura. Su beso me molesta porque me hace cosquillas, se ve que tiene la barba de unos días, ojala que se afeita, yo, igual, ya no abro los ojos para mirarlo, creo que se va y las voces en mi cabeza comienzan a callar. Allá a lo lejos lo veo, distingo a mi velero.

Matar el tiempo Lidia Blanco

Hoy a la salida del trabajo me espera Pablo para festejar nuestro aniversario. ¡Qué me importa lo que digan, siempre hablarán! Hace dos horas me llamó el médico para darme la noticia. A Pablo se lo comentaré durante la cena a la luz de las velas; con un buen vino tinto de por medio. ¿Qué cara pondrá, qué me dirá? El corazón me va estallar en cualquier momento. ¿Cuarenta y cinco minutos? Pensé que era más tarde. Voy al baño, retoco mi maquillaje y me peino el flequillo. Aflojo los breteles del corpiño que me empieza a apretar un poquito y corro un agujero del cinturón para estar más cómoda, así está mejor, me faltaba el aire. Un último toquecito de perfume para terminar. Me veo linda, ¡me siento linda! Y si cierro todo y me voy, total soy la única en la oficina un día viernes a las seis menos veinticinco de la tarde. ¿Para qué arriesgar? El dueño siempre te llama para pedir algo a último momento. Dentro de unos meses seremos dos. Me voy a mi escritorio. Bebo el resto de agua que me queda en el vaso y después de estar sentada mirando el techo un buen rato, veo unos ojitos azules que me llaman mamá. Suspiro profundamente sacudiendo la cabeza. Los papeles están guardados, el taco calendario en su día, la hoja de actividades preparada, las reuniones confirmadas, el despacho del dueño en regla. Todo en orden. Le echo un vistazo a la revista de la recepcionista, la dejo en su lugar antes de atender el teléfono que está sonando. Cortaron. Lo sabía, son las seis menos diez, siempre lo mismo. Vuelven a llamar, número equivocado. ¡Basta, es demasiado, me voy! Me pongo el saco, no encuentro la cartera, la dejé en el baño, voy, aprovecho para lavarme las manos y me la cuelgo del hombro. Apago las luces y cierro con llave la oficina. Pienso en Oshiro, mi marido, cómo y cuándo se lo digo, en estos días que está por llegar de Londres o después del próximo viaje, son sólo dos semanas más y ahí sí le repito la frase del médico: “el tratamiento de fertilización finalmente dio sus buenos frutos”. La verdad que tengo calor, me asfixio y las piernas me están temblando, seguro que es la presión. Llegamos a planta baja, se abre la puerta del ascensor. ¡Qué suerte!


Seis en punto. Respiro tranquila y me arreglo el flequillo y la ropa. Pareciera que todo el edificio está saliendo de sus oficinas en este preciso instante. “Permiso, permiso. Qué pesados nunca vieron a una mujer joven! Sigo pidiendo permiso una y otra vez para llegar cuanto antes a la puerta de calle. No está. No puede ser. Seis y cinco. ¿Será ese que viene caminando detrás de la chica de rosa? Sí, es Pablo y me hace señas con la mano ¡qué divino! Casi todos los días y desde hace un año viene a buscarme sonriente, afectuoso y con esa mirada azul penetrante y devoradora.

Vecinos Patricia Alburquenque

Siempre lo mismo, sale golpeando la puerta y tiembla todo. Cuando vinimos a ver la casa con intenciones de comprarla, fue lo primero que dije “Las medianeras están pegadas, vamos a escuchar todo el barullo de las casas linderas”. La vendedora, después me enteré, había estafado a cinco de mis vecinos, me dijo “¡Pero no querida! estas paredes tienen aislamiento” ¡Qué boludos que fuimos! le creímos y todo. Y así es como hace un año vengo escuchando los gritos del pibe de al lado y de la madre. ¡Qué familia! Por lo que sé, él juega en la reserva de Atlanta, ni labura, ni estudia. La madre se la pasa en la vereda, hace como que limpia pero vive chusmeando con la del frente. Tiene otra hija, pobre piba, se las da de inteligente pero es bastante tarada. Me di cuenta un día que estaba jugando a la paleta con Fernandito, se nos fue la pelota hacia el patio de ellos. Iba a ir a buscarla por la noche, pero Fernandito empezó a gritar como un animal, yo le decía “si seguís llorando te voy a pegar, así llorás con motivo”. En eso salió Sergio y gruñó “¿¡Qué pasa que hay tanto kilombo!?” así que ahí nomás enfilé para la casa de los vecinos. Me atendió la piba, se demoró un montón en abrir la puerta, le dije “Disculpame, se me cayó una pelotita en tu patio, ¿me dejás entrar a buscarla?” me miró como si le hablara en un idioma inexistente, le tuve que repetir dos veces lo de la pelotita. Cuando finalmente entendió, me cerró la puerta en la cara, al rato vino y dijo “Acá no hay ninguna pelota”. A la semana siguiente me enteré de que casi se le muere el perro, lo tuvieron que llevar de urgencia al veterinario para sacarle del estómago los pedazos de pelota. No es que me meta en la vida de los demás, es que se la pasan gritando y por estas paredes se escucha todo. Por eso cuando nos peleamos con Sergio prefiero irme a discutir al café de la estación de servicio. Una cosa es que te escuchen de las mesas de al lado, después de todo a la gente esa no la volvés a ver, en cambio a los vecinos los veo todos los días. Como decía mi mamá “los trapitos se lavan en casa”, en este caso en el café. Al pibe no lo veo nunca, exceptuando el show gratuito de todas las mañanas. Arranca tipo ocho, la madre le dice a los gritos que se dedique a otra cosa, que va a cambiar de idea, el hijo ni le


contesta, solo se advierte su presencia cuando sale y estrella la puerta. Al principio me limitaba a escuchar el estruendo seguido del tembleque de las paredes. Pero al tiempo me encontré, sin quererlo, preparando el desayuno a la misma hora en que empieza el kilombo, es como una novela que comienza a las ocho y termina cuarenta minutos después. Advertí que a veces me reía sola de las argumentaciones de ella, pero al rato pensaba “Si Fernandito me tratara así le doy vuelta la cara de un cachetazo”. La madre es una histérica, si yo tuviera una vieja así me mato. Eso si, hay que concederle el hecho de que quiere que el pibe estudie, si Fernandito me dijera que no va a estudiar ni laburar, lo echo a patadas de la casa. No me sacrifiqué para que sea un vago, por lo menos que mi esfuerzo sirva de algo. Algunas veces Sergio me habla en pleno desayuno cuando estoy con mi novela, así que opté por utilizar unas contestaciones que tengo a mano para zafar y así seguir con mi entretención diaria, algo como “¿en serio?”, “aja”, “¡no me digas!”, “después me fijo”, “¡qué gente ignorante!” ésa es la que más le gusta, se le nota en la cara. De todo el conjunto de duplex, nosotros somos los únicos como la gente. Entre los de un lado y el otro, no hacemos una familia entera como corresponde. Ahí va de nuevo el griterío, tostada en mano trato de acercarme a la heladera, que es lo que más pegado a la pared tengo. Veo que Sergio mueve los labios, de vez en cuando lanzo mi “¿en serio?”, de repente me parece ver su silueta incorporándose, va al baño a lavarse los dientes. Agarra el portafolio, me da un beso y cruza la puerta. Creo que me dijo que tenga un buen día. La madre del pibe enloqueció como siempre, le grita cada vez más fuerte… y otra vez el portazo. Sigo sentada terminando el desayuno, me acabo de percatar de que estoy sola. Comienza mi rutina, que bañarme, que el súper, que retirar a Fernandito de la escuela, que su clase de fútbol, que la comida, etc., etc., etc. Por suerte tengo una familia como la gente.

Historia de P. Diana Melamet

Cuando nací, hace treinta años, mis padres me pusieron de nombre Paula. En realidad, mi nombre iba a ser Patricia, pero mis tíos se adelantaron y pusieron ese nombre a su hija. Así, mi prima usurpó el que iba a ser mi nombre y nunca llegó a serlo. Los años transcurrieron y aquí estoy, Paula Binder, decoradora de interiores. La decoración es lo mío. “Soy Paula Binder, decoradora, mucho gusto…”. Quisiera ser Patricia, pero soy Paula. Decorar es un trabajo lindo, divertido y sobre todo- económicamente redituable. Lo hago bien. Mis clientes me llaman, me recomiendan. Adoran mi buena predisposición, la forma en que los escucho y les armo hogares cálidos, confortables. Para ellos soy Paula Binder, la decoradora. Hago lindas casas, con muchos almohadones y velas aromáticas, soy buena, soy una fucking decoradora de interiores. Sí, soy Paula, pero a veces soy Patricia. No estaría mal ser otra: tener otro nombre, llevar el pelo bien corto, vestir esa ropa que nunca me animaría a usar, hacer cosas que no me atrevería nunca como Paula. Es simple. Sólo cambio mi nombre y cambio de vida. Fui a ver a un cliente el sábado por la mañana, bien temprano, por Carapachay. Llevaba en el baúl del auto la raqueta para ir luego a jugar al tenis con mi novio y una pareja amiga. El cliente dijo, primero, que le gustaba lo que yo había hecho con su dormitorio. Un momento después prefería que lo pintara de otro color, más llamativo, y que le diera “más luz”. Esto con una pared entera de vidrio que daba al parque. ¡Más luz! Respiré hondo. Sugerí cambiar las cortinas y los acolchados por otros, en la gama del púrpura, ricos, pesados. Mi cliente asintió. Su esposa asomó por la puerta, con gesto avinagrado. Cuando pasamos al comedor, la doña se despachó: que no le gustaba nada el mobiliario elegido, ni las alfombras, ¡ni nada! Le parecía vulgar, mediocre. Me miraba y con los ojos me decía que eso era lo que opinaba de mí. Una decoradora, una Paula Binder entre tantas. Me despachó con un “La llamamos” que claramente decía que no los iba a ver más. Ni al resto de mis honorarios. Salí del barrio aquel, me metí en la autopista. Por el espejo retrovisor vi mis ojos llenos de lágrimas. Encima eso. Rebusqué en mi bolso los pañuelos de papel. No


quería que se me corriera el rimmel y aparecer en el club desarreglada. Putos pañuelos, dónde estaban. La moto se me cruzó y volanteé para no golpearla. El auto de atrás me chocó, y luego uno de lado. Terminé en un revoltijo de fierros y vidrios rotos, en medio de la autopista. Salí del auto. Había sangre, mucha. Bajé a una calle lateral y desde ahí miré hacia arriba. Las ambulancias y la policía llegaron en montón. Yo me sentía feliz, libre, liviana. Había dejado todo en el auto, que ahora ardía fieramente. Los gritos casi no se escuchaban desde donde yo estaba. Bajé un poco más hasta un bar, donde pedí un vaso de agua. El dueño no me prestó atención, miraba la autopista y comentaba con los del lugar la tamaña catástrofe, y esto pasa cada vez más seguido. Salí. No más Paula. No más mediocridad, no más paciencia, ni decoración de interiores. Mi nuevo nombre, Patricia. ¡El que siempre debió ser mío! Quemé todo detrás de mí. Van a pensar que morí y, en cierta forma, será cierto. ....................... Tengo que decirle algo: lo amo. No, así, no. No me va a entender, va a creer que soy una loca, una calentona cualquiera. Todo menos eso. Te estimo mucho. Ah, eso ya va mejor. Adónde, no sé, pero va. Pero no lo puedo tratar de vos, ni de tú. Lo trato de usted, cuestión de mantener la distancia, que no se borroneen nuestros roles de ejecutivos. Lo invité a mi casa para que hablemos tranquilos del proyecto que llevaremos a cabo el año que viene. Casémonos y tengamos tres hijos y un perro en una casa con jardín y pileta olímpica. Ay, qué barbaridad, ya se me coló la Susanita. Si no quiero hijos, no quiero perro ni pileta. Quiero que me mires a los ojos y leas en ellos mi amor. ¿Podrá leerlo? ¿Entenderá? Por favor, no seas como los otros hombres de mi vida. No te vayas, ni aún cuando te hayas ido. Decime que sí, o mirame en silencio, que viene muy bien en momentos de zozobra. Bancate mi histeriqueo imbécil. Mi humor trasnochado. Bancate que compre zapatos a diario. Que no sepa cocinar, excepto por una carne mechada que seguro te voy a hacer día por medio al principio, una vez al mes mediada nuestra relación, y nunca cuando te quieras dar cuenta. Recordá lo mucho que te gustaba la carne mechada como yo sé hacerla, pero no me rompas pidiéndome que te la prepare. Todo esto quiero pedirte y ya sé que es demasiado.

Te vi (uy, no, así empieza una canción de Fito, cuidado con el copyright, aunque no juntabas margaritas del mantel) por primera vez en una reunión cualquiera, y me gustaste. No me acuerdo bien por qué. No tengo buena memoria, no me fijo en esas cosas, no sé, ¿está bien? En el grupo se habló de armar un proyecto y cuando pidieron voluntarios nuestras manos se levantaron al unísono y nos miramos, un poco incómodos. Como los dos somos gente muy ocupada, pospusimos las reuniones mil veces, pero el proyecto fue una buena excusa para llamarte a menudo, en horas de trabajo y fuera de ellas, y así aprender que la voz de mujer que atiende a media tarde es la de la mucama, que se va a dormir temprano. Me pediste que te llamara después de cenar. A esa hora estás cansado, la voz se te pone un poco más ronca, pero nunca te he oído más divertido, más locuaz. El único encuentro que tuvimos fue un anticlímax. Fui al restaurant con un vestido nuevo, sexy y de última moda, vos fuiste con un traje viejón, sin corbata. Pedí ensalada y otro plato que no recuerdo, carísimo, y vos, que no tenías hambre, pediste café. Sacaste muchos papeles del maletín y te metiste de lleno en el tema. Se te notaba apurado. No me mirabas, casi. Yo disfruté de ver tus manos sin anillos, con ese tono tostado que se te está yendo, con las uñas mordidas, de chico ansioso. Terminaste tu carrera de argumentos e ideas, tomaste aire y te quedaste mirándome. Yo no sabía qué decir. Dije que estaba de acuerdo con todo, que me parecía un buen trabajo. Me dejaste la mitad de la montaña de papeles y te fuiste. Tenías que estar, ya, en otra reunión. Me quedé sola delante de la ensalada marchitándose. Esa noche –y otras que vendrían- te hablé clarísimo, delante del espejo del baño. Ensayé cómo te haría saber lo que me pasaba. Quedaba muy conforme con el resultado. A la mañana ya no me parecía tan fácil. Además, tenía tanto para hacer. Respondí con monosílabos, y ni te diste cuenta. Leí varias veces los papeles que me habías dejado. Armé una carpeta para mostrarte que también me estaba ocupando del tema. Y así volvemos a lo que quería decirte. Te sorprendí invitándote a casa a cenar. No mencioné el proyecto. Preparé carne con papitas a la parissienne, me sale bárbaro. Bueno, a la mucama le sale bárbaro. Mantel, velas. No, velas, no. Demasiado obvio. Pero quedan tan bien… Bueno, tal vez las deje, ya que están. Me pinté un


poco. Elegí un compact que no suena como música para mujeres. Ya son casi las diez. ¿Me animo a hablarte francamente? Aquí viene: el proyecto me importa un comino. Como mucho, dos. Quiero seguir viéndote y, como dicen los chicos, “ver qué onda”. ¿Y? ¿Qué decís? ¡Ah! ¡El timbre!

Para no olvidar Florencia Capilla Gracias por llevarme, señor; la verdad es que estoy muy nerviosa, es la primera vez que viajo en avión y tengo miedo de descomponerme, me da un miedo subirme a ese bicho metálico. Una vecina mía me dio una pastilla para no marearme y aparte me contaron que ponen unas bolsitas por si la gente se siente mal… qué asco vomitar ahí, no? ¿quién se lo hubiera imaginado? En realidad no me subiría nunca a esos aparatos a no ser por un muy buen motivo, vio. Ahora me voy porque mi hijo Daniel me paga el pasaje, se casó hace unos meses y va a ser papá, y como su mujer tampoco tiene a nadie allá en Barcelona, me pidió que me quede un par de meses para ayudarlos con mi nieta, que se va a llamar Isabella. Mire, yo creo que me voy para no volver, en realidad no tengo a nadie acá, solo a mi hermana y a mi cuñado en La Plata y Danielito es mi único hijo, somos muy unidos, sabe, yo lo crié sola con mucho esfuerzo, limpié casas y planché toda mi vida, así le pude dar una educación aceptable, vio. Cuando él cumplió dieciocho empezó a trabajar en una fábrica y se pagó la carrera de arquitectura con mucho sacrificio. Por desgracia, o por dicha, la verdad que no lo sé, Danielito es fruto de una relación prohibida, a él le dije que es hijo de un novio mío de la adolescencia que se mató antes de que él naciera. Pero esa no es la verdad. Cuando quedé embarazada de Daniel, estaba viviendo con mi hermana y mi cuñado que tenían una posición económica un poco mejor que la mía, por lo menos me dieron un cuartito en la casita que tenían en aquel entonces en Ensenada. Yo trabajaba en una perfumería como vendedora, me iba muy bien, tenía mis candidatos, sabe, no tenía la cara que tengo ahora, tenía el pelo largo y lacio y pesaba cuarenta y seis kilos, así que imagínese qué churra… pero bueno, me enamoré del hombre equivocado, vio, esas cosas que nos pasan a las mujeres, un hombre casado. La típica, me tenía a mí y no quería dejar a la mujer, así duró unos meses el romance. Cuando nació Danielito decidí mudarme a Capital, en busca de un trabajo mejor, y entré en una academia de peluquería pero no me fue bien y terminé trabajando en casas de familia. La gente para la que trabajé me ayudó mucho con mi hijo, me daban ropa, cuadernos, libros, guardapolvos, de todo, yo tengo que estar más que agradecida con ellos, entiende.


Sabe que cuando Daniel me dijo que se iba a trabajar a Barcelona se me cayó el alma al piso, pensé que era mi fin, pero él siempre tuvo la idea de llevarme para allá, dice que España es muy lindo y que hay unas playas hermosas con unas cosas que se llaman acantilados creo, que se come un jamón riquísimo, que hay unas paellas enormes llenas de bichitos, y sobre todo que la gente vive muy bien. No me da lástima dejar mi país, sabe, acá no tengo nada, ni siquiera un cuartito. Y aunque sé que tengo casi sesenta años, saber que voy a empezar de cero allá con mi hijo y tener la vida que nunca pudimos tener acá me llena de esperanza, vio. Sé que no voy a volver, lo siento en el pecho, siento que dejo atrás una vida muy dura y llena de sacrificios y privaciones y que lo que viene va a ser precioso, más que nada mi nieta. Una última cosa, señor, antes de que lleguemos al aeropuerto. Necesito pedirle un favor porque después con el lío de bajar los bolsos del baúl se puede traspapelar. Acá le dejo unos pesos para que entregue esta carta en esta dirección. Fíjese, es en La Plata, es la casa de mi hermana. Hace muchos años que no la visito sabe, y ni siquiera sabe que me estoy yendo. Es muy importante que se la entregue en mano, esa carta tiene que llegar sí o sí. Ella se tiene que enterar que Danielito es hijo de su marido. Mi cuñado fue mi amor prohibido. Capaz que no la veo nunca más, y me parece que tiene que saber la verdad. Gracias, señor, acá estamos, todavía no sé cómo me voy a subir al avión. Una última cosa: no le diga a mi hermana que me trajo hasta el aeropuerto. Simplemente dígale que a pesar de todo, la quise y la quiero mucho y que nunca la voy a olvidar.

ALIEN DUCE 1 Andrés Boselli

No me acuerdo bien cuándo apareció Alien Duce, pero sí recuerdo el día que oí su nombre por primera vez. El indio nos invitó a una fiesta que brindaba Alien Duce, en el city-hall-fuck. Acudimos porque Tenechxitron había escuchado que participar era una experiencia toxi-excitante. Decía que era una de esas noches del fin del mundo real en las que para estar en Dios hay que bailar de amor. Nos dirigimos al lugar en la vieja cupé fuego de llantas embadurnadas con cobrizo hierro, simulaban un halcón desprendiendo cenizas iridiscentes. En el camino fuimos consumiendo unos energetic eclipse-tonic que liberaron nuestras antenas mentales en busca del estado disco-mente. Una larga fila se formaba en la puerta del lugar. Nos ubicamos detrás de unos vampiros-tecno, que cobijaban sus delgados cuerpos bajo largas capas, adornados de profundas cicatrices, estigmas de tribu. Un abigarrado tejido de signos humanos esperando en el umbral, de lo que parecía ser un rito erecto-místico. Lo que más me impresionó de la fiesta fue ver a los dos súbditos, más leales, de Alien Duce: Porco Rex y Drogocop. Este último estaba magnetizado a la barra de drinks-psicotrópicos mezclando fermentados líquidos en busca de una visión paradiso-tecno. Porcco Rex permanecía sentado, con paciente calma, en un sillón VIP dando entrecortadas pitadas a un habano deluxe. Hasta que en el disco-parlante sonó un éxito de “Los satélites multi-porno stars”: “El pibe fármaco”. Porcco Rex se irguió e inició unos convulsionados movimientos, lo que era conocido como el porno-rock. Tres chicas que vestían traje de silex dorado metálico y conchero de brillantina espacial, se le acercaron para dar inicio al ritual del baile. La primera se sentó a horcajadas sobre la entrepierna de Porcco con voluptuosos movimientos; la segunda sacudía sus caderas sobre el culo de la primera mientras apretaba con sus manos el trasero de porco; la tercera rozaba su sexo, con lentos movimientos, sobre los prominentes labios de Porcco, quien estiraba su larga lengua humedeciendo el traje de silex. El resto de los invitados consumía líquidos de diferentes colores en pequeños tubos de ensayos. 1

(nombre tomado de una canción del Indio Solari, todo lo que parece en itálica fue tomado de sus letras)


Mientras bailaban extasiados, miraban las luces virtuales que se entrecruzaban formando hologramas diversos. Las luces eran el motorpsico del lugar. Pero, ¿quién era Alien Duce? ¿Cómo financiaba estas fiestas? ¿A qué se debía su enorme popularidad? ¿Por qué nunca se presentaba y su forma física permanecía en el misterio? Todas esas preguntas rondaban mi cabeza al volver a mi casa suburbana. Algunas respuestas las hallé al poco tiempo, pero la figura enigmática de Alien Duce permaneció impenetrable. Poseía una fábrica que era el hot-work más deseado. Producía una enorme diversidad de fármacos alucinógenos y sedantes en un oculto laboratorio, al que solo él tenía acceso. Los fastworkers que formaban su grupo de trabajo se encargaban, a través de sus telecomputadores, de ir subiendo a una base de datos los crípticos datos que necesitaba Alien Duce para llevar a cabo sus experimentos. Esto lo supe porque la necesidad de buscarme un trabajo me llevó hasta la empresa. En general, reinaba la disconformidad, los días se repetían a un ritmo de productividad frenética que generaba enorme malestar entre los empleados. Sin embargo, cada día que pasaba, todos nos sentíamos más apegados a la empresa. Esto se debía a que al trabajar ahí gozábamos, como parte de pago, de diversas sustancias y comprimidos que provocaban diversas reacciones: hiper-concentración, delirio esquizo-pop, alucine foto-espacial, etc. Pero más que nada yo me sentía atraído hacia el enigmático personaje que era el dueño del lugar. Raros eventos cortaban el clima de narcótico trabajo en que estábamos sumergidos. Uno de ellos fue la muerte de Luzbelito. Él era uno de los mejores empleados, su cara se paseaba seguido por el virtual-foto que designaba al fast-worker del mes. Su devoción por la empresa era tan grande que llegó a dormir adentro, y no dejaba de probar ninguno de los fármacos que producía Alien Duce. Sin lugar a dudas, su adoración mística por Alien Ducce era de tal dimensión que aseguraba que cada vez que tomaba una ciberdrug, podía ver a Alien Ducce, besaba su pies y lloraba mientras le decía “ mi querido creador…” . Varios de nosotros deseábamos poseer semejante capacidad. Una mañana nos sorprendió no hallar a Luzbelito en su puesto habitual de trabajo. Alguien comentó que lo había visto tomarse el último Bondi a Finesterre. Mencionó que su cara estaba desencajada y denotaba una mezcla de

nerviosismo y terror que desasosegaba de sólo contemplarla. Al día siguiente nos enteramos de que había roto su reloj de arena para convertirse en un nombre más de los que pueblan los obituarios de los periódicos. Aunque este suceso produjo gran conmoción entre todo el personal, no quebró la misteriosa química que nos mantenía dentro de la esfera de nuestro ídolo. Poco a poco me fui aproximando a uno de los más devotos místicos de Alien Duce, Igoriko. El azar quiso que empezáramos a compartir la mesa en el lunch-break y nos volviéramos adictos compañeros. Compartíamos una mutua fascinación por Alien Ducce. Pasábamos las horas de almuerzo debatiendo sobre la posible edad de nuestro héroe, sobre su desconocida fisonomía, y enumerando la lista de sus creaciones, para ver quién era el que más sabía del mítico personaje. Una tarde Igoriko me dijo que necesitaba hablarme de algo pero fuera del horario de trabajo, se trataba de algo confidencial. Nos encontramos por la noche en un virtual-bar. Pasaban rocksicótico a un volumen muy alto por lo que era muy difícil que nos escucharan los ciber-elfos de la mesa de al lado. Debatimos como siempre de Alien Duce pero nada que escapara a nuestras querellas cotidianas, hasta que yo me dirigí directo al punto que nos había reunido, reclamaba que revelara su secreto. La voz de Igoriko se transformó en un delgado susurro que escapaba a duras penas de la grieta de su boca: “Lo sé, yo sé en qué trabaja Alien Duce, cuál es su misión en esta vida…”. Su voz se escondía trémula, tratando de pasar desapercibida ante la música y las tele-pantallas que decoraban el lugar, como si fueran grandes ojos de tejido digital que juzgasen despectivamente la apariencia de Igoriko. –¿ A qué te referís? Sabemos que Alien está trabajando en una enorme diversidad de fármacos- dije. –No, no –me contestó nervioso- los fármacos no son más que medios para llegar a un único fin, al gran ÚLTIMO FARMACO. Mi ansiedad por develar el misterio se agolpó en mi frente. Sujeté a Igoriko por la manga de su camisa de lino. –¿Qué? ¿Qué? Desembuchá… –El ÚLTIMO FARMACO lo va a tomar Alien Ducce en la fiesta DROGOTÍPICA de fin año, donde lo vamos a poder ver por primera vez. Imaginate ese momento… –¿De qué se trata ese último fármaco? –Decímelo, drogopibe- dije con violento tono, que casi despierta la atención de los


endrogados ciber-elfos, para evitar la digresión de Igoriko. –El sueño de toda la vida de Alien Ducce, es un líquido que consigue la vida eterna. ¿Te das cuenta? Ya lo consiguió… Las palabras de Igoriko me dejaron estupefacto. El último sueño de Alien Ducce era el sueño de todos nosotros. Mi cabeza comenzó a girar en torno a este elixir final. Ese pensamiento controlaba por completo mi mente, como si construyera un poderoso muro que evitaba que otras ideas accedieran a mi cabeza. Me concentré para tratar de descifrar algo de los abstrusos datos que subíamos a la base de datos, pero esas palabras y signos nunca los había escuchado en mi vida y constituían un acertijo inexorable para mí. Solo había una persona que podía liberarme de todas mis dudas: el mismo Alien Duce. Mientras operaba mecánicamente mi trabajo, mi mente se ocupaba en descifrar la forma de acceder hasta él. Sabía que las únicas personas que tenían acceso a él eran Porco Rex y Drogocop. Aunque únicamente se comunicaban con él por los rastro-audífonos, sin tener la posibilidad de verlo personalmente. Como un golpe de viento, mi mente se clarificó. La fiesta, la fiesta era la respuesta. Igoriko había dicho que, en la fiesta, Alien Ducce iba a aparecer por primera vez frente a todos para consumir el último fármaco. Ésa era la posibilidad que se me abría para poder finalmente enfrentarme cara a cara con Alien Duce. Por fin mi mente pudo ver con claridad, beber el último fármaco se me tornaba una oportunidad concreta. Por la disposición del espacio en donde era la fiesta, el único lugar donde se podía hallar Alien Ducce era una alta cabina de difícil acceso. Lo único que debía hacer era librarme de la guardia que iban a hacer Porco Rex y Drogocop. Al tener buena relación con el DJ, Dancy-Toxi, le pedí que pusiera el tema “Tanto perro dixit en narcocity”, en el momento que yo le indicara, un trivial pedido. Accedió a mi propuesta, con esto tenía el porno-rock para distraer a Porco. Lo siguiente fue infiltrarme en el depósito donde llegaban las botellas de alcohol-sintético. Introduje una sustancia soporífera dentro de la bebida que se necesitaban para preparar drinks-psicotrópicos, de este modo mantendría adormecido a Drogocop. Con estas soluciones solo quedaba afilar mi cuchillo para hacer frente a Alien Duce. Al llegar a la fiesta ninguno de mis cálculos fallaba, Drogocop permanecía somnoliento junto a la barra. En el momento indicado se escuchó el

porno-rock que distrería a Porco. Solo faltaba lanzarme hacia mi ansiado destino. Cuando recorría la escalera que me llevaba al refugio en el que se parapetaba Alien Ducce, un fuerte tirón en mi remera me detuvo. Era Igoriko. –Yo sabía, por eso estuviste tan flipado todo este tiempo. Me estabas escondiendo este plan. Pero yo seguí tus pasos – su frente rezumaba gotas de sudor y su mirada estaba excitada por el uso de alguna toxi-droga-. Solo tuve que charlar con Dancy-Toxi para descubrir tu plan. Muy inteligente tu forma de distraer a Porco, lo confirmé cuando vi el aspecto aturdido que tiene Drogocop esta noche. Yo te voy a detener…jajaja- escupió unas risa nerviosa. Voy a ser inmortal, voy a ser inmortal… Mientras decía esta última frase se lanzó sobre mí, apretando fuertemente mi cuello. Con un rápido de movimiento pude, con la poca energía de que disponía, extraer de mi bolsillo el cuchillo y horadar el cuerpo de Igoriko con sanguinaria furia. Una escurridiza línea de sangre fluyó de sus labios antes de desmoronarse sobre el suelo. Las dudas y temores que daban vueltas en mi cabeza se disiparon. El cuerpo muerto debajo de mí hizo que fluyera renovada mi sangre en mi interior. Estaba preparado para encargarme de Alien Duce. Con nueva fuerza me deslicé, y con ágil paso, hacia donde se escondía mi víctima. Frente a la puerta, que constituía el umbral de mis deseos, me detuve unos instantes para armarme nuevamente de valor homicida. La abrí con gran violencia haciendo restallar la puerta contra la pared: frente a mi se encontraba Alien Duce. Un momento de paralizante estupor se apoderó de mí al ver su figura. Unos largos tentáculos bailoteaban con movimientos serpenteantes alrededor de su boca, su piel parecía un tejido membranoso similar al de alguna especie de molusco y, lo que más me sorprendió, fueron sus dilatados y oscuros ojos negros que parecían provenir de un abismal mundo. Llevaba protegido entre sus manos, un tubo de ensayo con un purpúreo contenido viscoso. Deduje, por sus dificultades respiratorias y su frágil constitución corporal, que probablemente le resultara dificultosa su supervivencia en nuestro ambiente, y con su enorme inteligencia había creado los antídotos necesarios para sobrevivir. Luego de mi instante de estupefacción al contemplarlo, me abalancé sobre él, clavando profundamente el cuchillo en su corazón. Un pringoso líquido azulado emanó del orificio que había hecho en el tejido de su piel. Antes de que abandonara la vida pude ver que sus


ojos reflejaban cierta paz, la de una persona que se había librado de una enorme tensión. Alien Duce tenía miedo como todos nosotros. Me quedé contemplándolo, mientras escuchaba desde el disco-parlante la voz de Porco, anunciando que por fin iba a dar a conocer a nuestro líder. Todo era difuso para mi, sentía que estaba apunto de perder el conocimiento. Agarré el tubo que contenía la vida eterna, y tambaleándome abandoné la habitación. Todas las miradas azoradas se centraron en mí. Luego de un instante, uno de los invitados se agachó hasta besar el piso con su boca, estirando todo el largo de su brazo en señal de alabanza. Poco a poco, el resto de los concurrentes lo fue imitando . Dirigí mi vista al tubo que sujetaba en mi mano, con un impulso lo estrellé sobre la pared, todo su contenido se esparció sobre su superficie, y me desvanecí.

Desintegración Moira Mulvihill Florencia Festa, mi compañera de banco, era un nena extremadamente tímida; si alguien la miraba, su cara se ponía de un rojo intensísimo. Sus manos transpiraban tanto, que para escribir en su cuaderno de clases, se ponía abajo de la mano una especie de placa de chapa que venía con la revista Billiken, que me acuerdo que tenía el dibujo del interior del cuerpo humano. De esta manera, podía llegar a evitar que la Srta. Ana María le gritara, una vez más, que era una desprolija y una inútil. La Srta. Ana María era una señora básicamente amargada, tenía ojos de lechuza y un lunar con pelo en el medio de la frente. Se peinaba con el pelo semi recogido como una quinceañera entrada en años. Cuando hablaba, paraba cada tanto para reprimir posibles eructos, mientras hacía esta pausa, apoyaba la pera contra su pecho y tiraba la cara para atrás, mientras los ojos se le ponían en blanco durante medio segundo. Todos le teníamos miedo a la Srta. Ana María y hacíamos cualquier cosa para que no se enojara. Una mañana la Srta. Ana María llamó a Florencia Festa al frente para que señalara en un mapa mudo dónde estaba ubicada la provincia de Tucumán. Se hizo un silencio, y todos miramos a Florencia Festa. Su cara estaba totalmente desencajada y de un rojo tan intenso que parecía que se iba a prender fuego. Quedó paralizada, atrapada adentro de su banco de madera. Sus manos cada vez le transpiraban más, hasta que empezaron a chorrearle. Al principio era gotas, luego gotones, que iban cayendo sobre su cuaderno, sus útiles, su escritorio y más tarde el piso. Le corrían gotas por la sien y el cuello, todo su cuerpo estaba empapado. Parecía que recién había salido de una pileta. De repente, la Srta. Ana María la increpó “¿Te sentís bien, querida?”. Cuando Florencia abrió la boca para contestar, sólo le salían chorros de agua, y más agua, como si hubieran dejado una canilla abierta. Para cuando comenzó a salirle agua de las orejas, la Srta. Ana María ya había salido del aula en busca de ayuda. Algunas nenas gritaban y corrían de un lado a otro, buscando baldes o frascos de germinaciones vacíos para tratar de sacar el agua, que ya nos llegaba a todos hasta los tobillos. De repente, el cuerpo entero de Florencia se desplomó en el suelo en forma de agua. Sólo


quedaron su guardapolvo y sus anteojos sobre un enorme charco. Seguí el recorrido del agua y pude ver cómo Florencia Festa había logrado escabullirse por la rejilla que había en el fondo del aula. Nunca más supimos de ella.

Internas del Feng Shui Moira Mulvihill Soy Víctor, soy un gato de la buena fortuna. Sí, los que venden en el barrio chino, los que movemos el brazo izquierdo todo el tiempo, sin parar. Ando medio jodido estos días, me agarró una tendinitis tremenda en el hombro. Es un problema, porque no puedo dejar de mover el brazo nunca. Hice una especie de juramente hipocrático antes de que me metieran en mi caja y me mandaran de China. Juré que nunca iba a dejar de mover mi brazo, no importa que pasara. Mi misión en la vida es mover el brazo, y de esa manera sostengo la buena fortuna en el lugar donde esté. “¿Qué pasaría si dejo de moverlo?”, me pregunto. Estoy medio podrido, me siento muy presionado, no tengo descanso, todo el día tengo que mover el brazo. Es feo sentir dolor y no poder hacer reposo porque algo malo puede pasar si dejo de moverlo. Hablé con mis compañeros de estante y les comenté lo que me andaba pasando. Ellos me dijeron que ni se me ocurra dejar de mover el brazo. Me contaron que Rubén, un gato que ellos conocían, dejó de mover el brazo por unos segundos porque le dio un calambre, y el restaurant donde él vivía se incendió esa misma noche.

No doy más, necesito parar aunque sea un ratito. Esta noche, cuando hayan cerrado…. Uyyy! ahí viene una señora, se detuvo frente a mi estante, Sí, sí, a mi señora, acá por favor agárreme a mi, voy a correrme un poquito para adelante, Bien!!! Me agarró a mí!!! Iupii!!! Es mi oportunidad , cuando me metan en la cajita y me envuelvan, nadie me va a ver y además en el viaje a mi nueva casa, voy a estar en terreno neutro, si paro, no va a pasar nada, eso si , cuando llegue a la casa de la señora, tengo que estar a full. La señora me compró por algo, no puedo fallarle.


Ver para querer Mariana Larocca Esto es sencillo,pensó Germán, sólo tengo que mirarla desde más cerca. Voy a practicar un poco. Germán posó su mirada en el mozo de Café San Juan y reconoció a Julián Cristóbal; supo que era hermano del chef (Leandro) y que le tenía un poco de envidia bien controlada con admiración; supo su nombre y edad y los nombres y edades de sus hijos; aprendió en un solo instante que su color favorito era el verde y que le gustaba mucho Tarantino. ¡Perfecto!, se dijo Germán, uno más y vuelvo a intentarlo con ella. Entonces observó al señor que se parecía a George Lucas; se llamaba Claudio y no estaba despeinado por ninguna razón en particular sino que se lo veía siempre así; descubrió que era divorciado y cuando se encontró con sus ojos se enteró de que tenía dos hijos, ambos adolescentes. (Los estaba esperando justo en ese momento, de hecho.) Ahora sí: estoy listo. Pero no lo estaba. Germán conocía a las personas, a todas las personas. Era suficiente con que las mirara una vez para enterarse de los secretos más íntimos de cada una. Había descubierto este poder a los 18 años. Pensó que era una de esas cosas que venían con la edad... El día de su cumpleaños a las 11:03 (hora a la que había nacido) miró a su hermano menor y se enteró de que estaba enamorado de la vecina y le mandaba cartas anónimas todas las semanas. Así fue como empezó la avalancha de revelaciones. Cuando comenzó a descubrir cosas desagradables o incómodas decidió que tendría que limitarse. Con el tiempo aprendió a controlarse y a hacer voluntaria la aparición en su mente de información sobre gente que, muchas veces, no había visto nunca en su vida. Entendió que cuando miraba de reojo apenas podía enterarse del nombre de la persona que tenía cerca; y que, por el contrario, cuando miraba directo a los ojos a alguien sentía que lo conocía desde tiempos inmemorables. Aprendió también a cerrar su mente a información innecesaria, pero eso fue un poco más tortuoso y complicado.

Germán pasó años conviviendo con su poder; usándolo, ignorándolo, odiándolo. Germán conocía a las personas, a todas las personas. Ahora sí: estoy listo. Pero no lo estaba, porque cuando miró a los ojos a la chica de remera roja... ¡no entendió nada! La miró con firmeza, tratando de hacer cada vez más profunda su mirada; la miró con una intriga que no había sentido nunca en su vida; la miró buscando sus ojos como si pudieran darle sentido al mundo. Y los encontró... La chica de remera roja lo miró, le sonrió y esto fue lo primero que supo Germán: tenía una sonrisa hermosa. Por primera vez desde hacía años tenía frente de sí a una completa desconocida o, lo que es peor, a una completa desconocida con una sonrisa hermosa a la que quería conocer. Sintió unas ganas incontrolables de saber cosas sobre la extraña de la mesa de al lado pero estaba tan desacostumbrado a la ignorancia que había olvidado cómo era preguntar. Intentó pensar en otra cosa durante todo el almuerzo, pero para cuando llegó su tarte tatin a la mesa supo otra cosa: la sonrisa de la desconocida estaba atascada en su mente y tenía que hacer algo para sacarla de ahí. Quizás es tan hueca que no puede transmitirme ni su nombre- se mintió Germán; y sin embargo, se decidió a comprobarlo. Le pidió permiso para sentarse con ella y le dijo que si aceptaba la convidaba con su postre. La chica se rió: –Sentate, entonces... Soy Sofía y, no sé cómo lo adivinaste, pero ¡me encantan los postres belgas! Estuvieron hablando un buen rato y en todo ese tiempo Germán desistió completamente de intentar conocerla con una sola mirada. Se dio cuenta, además, de que estaba muy lejos de ser “tan hueca”: nunca se había sentido tan interesado por la vida de alguien. A pesar de todas las personas que había conocido en los últimos años, porque... Germán conocía a las personas, a casi todas las personas. Y el “casi” dependía ahora de marcar 1568654353 en el teléfono y preguntar por Sofía.


Roñosas Dardo Alomo –Dale, preparate que te llevo a comer afuera. –¡No, Rogelio, por favor, no así! –Pero te das cuenta que sos como todas las mujeres. ¡Si no las sacás a pasear se quejan y si las invitás a salir, no quieren, me cache en dié! –¡No me digás eso, que vos sabés por qué! Esta Gladys, siempre así. A veces me cansa un poco... pero también es cierto que yo no me veo al lado de otra mina, la Gladys es lo más grande que hay para mí... Para mí y para cualquiera porque pesa como más de cien kilos (¡Uy, que no me escuche porque me va a dar de escobazos en el lomo!) Tengo que ser sincero, yo sé por qué ella está así con eso de que no quiere salir conmigo a pasear. Como todas las cosas, esto empezó un día. Resulta que yo trabajaba de repartidor de correspondencia y me tocó la zona de Morón, ya había terminado de entregar las últimas cartas cuando de repente, al lado de un árbol, me encontré con una valija negra, lujosa, como la de los ejecutivos. Me dio como un cosquilleo y lo primero que hice fue agarrarla y, como pude, empezar a correr. Después me paré porque estaba muy fatigado y me dije a ver si piensan que soy un chorro. –¡Y qué otra cosa eras si agarraste algo que no es tuyo! –No, Gladys, pará, que yo no soy como tu primo para que me llamen delincuente, eh. –¿Qué tenés que decir de mi familia, vos, eh? ¡Bastante que te tuvieron que sostener la vela! ¿O ahora ya no te acordás? –¡Pará, Gladys, por favor! Yo encontré la valija, en-con-tré la valija, no fui a robarla. Y con lo de tu familia, después hablamos de eso. Ahora dejame continuar con lo que estaba contando, que si no, se van a perder con la historia. ¡Uf, esta Gladys! ¡Cuando empieza no la termina más! Bueno, metí la valija adentro del bolso de las cartas, como ya estaba vacío y era bastante grande, entró. Con la lengua afuera pude llegar a la parada del 242, y me lo tomé. No voy a mentir, de entrada me empecé a hacer el bocho, pensaba qué tendría adentro. Si tenía papeles y esas cosas: la devolvía o la dejaba donde la encontré. Pero, y si tenía guita, ¿qué iba a hacer? Sobre todo si era mucha. ¿Tenía ganas de aparecer en los noticieros de la mañana, la tarde, la noche y al otro día nadie se iba a acordar de mí?

Con mucha suerte, por ahí aparecía en lo de Susana Giménez o en lo de Chiche Gelbun, Gebrun, no sé cómo se dice, y hasta el dueño de la plata capaz que me tiraba algún mango y me daba las gracias y chau pinela. O me hacía el dolobu y de a poquito, como quien no quiere la cosa, me empezaba a dar los gustos. –Sí, seguro que te ibas con la primer loca que se te cruzaba. –¡Qué decís! Si vos sabés que a la única mujer que quiero es a vos. ¡O no! O no te lo demuestro todos los días, ¿eh? –¡Eso lo decís ahora, porque adentro de la valija no había plata, que si no! –¡Gladys, podés parar un poco! ¡por favor! ¡te lo pido por favor! ¡No ves que ahora dijiste la incógnita! ¡Yo estoy tratando de crear un clima y vos te me adelantás y lo arruinás todo! Un momento, por favor, necesito un momento, hasta que me tranquilice, porque si sigo creo que la mato. Bah, eso digo, pero la verdad es que la Gladys me puede, que sé yo. Aunque a veces me da bronca que sea tan pesada, y no lo digo porque cada vez esté más gorda, que se me entienda. Bueno, ya está, ya se me pasó. Volvamos a ese día. Bueno, resulta que llego agitado, se me salía el corazón por la boca (en esa época no estaba como ahora), no me alcanzaban los dos ojos, si hasta me acuerdo que la Gladys había preparado un guiso de lentejas, que para mí es lo máximo, y yo en vez de ir a mojar el pan en la cacerola, lo único que quería era meterme adentro del dormitorio y saber qué había adentro de la valija. Ni bien entré a la casa, cerré la puerta con doble llave y le dije a la Gorda, digo, a la Gladys, vení vamos a la pieza y ella no sé qué me decía de que parecía un toro semental, no sé qué y yo que le decía que se deje de embromar, que no era joda. Entonces, nos sentamos en la cama, abro el bolso, saco la valija, me persigno y la abro... ahora ya saben que adentro no había plata, pero lo que no saben es qué sorpresa nos iba a develar (ja, los maté con esta palabra, ¿no?). Ni se imaginan lo que había adentro. –¡Sí, un par de zapatillas roñosas! –¡¡Gladys!! ¡¡pero vos me querés matar de un infarto!! ¡¡Vos te das cuenta de lo que me estás haciendo!! ¡¡Un boicot como le dicen!! ¡¡Dale, si vos querés contar la historia, dale!! ¡¡adelante!! ¡¡Contala vos y vas a ver si te gusta que te interrumpan en lo mejor, eh!! –No, está bien... disculpame... pero lo que no me voy a cansar de repetir, es que esas zapatillas de porquería nos van a destruir nuestro matrimonio, si es que ya no lo arruinaron. Yo


estoy esperando a que vos te distraigas un segundo, un segundo nomás, y entonces se las voy a dar a Isabel para que las tire a la calle y se las lleve algún cartonero, y sanseacabó. –¡Sos desagradecida! ¡no sabés lo que decís! Bien que nos salvaron, ¿dónde estaríamos ahora, eh?... Viviendo abajo de un puente, como cirujas. Porque tu familia, no digo que no nos ayudaron, pero te daban uno y te pedían dos... ¡Qué silencio!... Ahora: que casa, que auto, que sirvientas, si quisieras podríamos irnos de vacaciones por todo un año, pero no, que nunca querés, decime, ¡quién se va a fijar!, cuando hay plata todos hacen la vista gorda, y qué. O acaso cuando trabajabas de mucama y la señora te preguntaba cómo le quedaba el vestido, vos ¿qué le decías? ¡parece un elefante vestido de circo! No. Le sonreías como si tuvieras enfrente a Pampita. Es lo que te digo, te falsean, y qué. Lo importante es que entre nosotros no haya mentiras... ¿Más silencio?... No sé porqué no hacés lo que hice yo, porqué sos testaruda. Bien que si me hicieras caso, si las usaras... bah, dejá. –¡Qué! ¡Dale! ¡Decilo! ¡Decí lo que ibas a decir! ¿Que tendría otra forma? ¿Que podría ponerme toda esa ropa que está guardada hace años en el placard? ¿Que no te daría vergüenza tener al lado a una gorda deforme que la tenés que presentar a todo el mundo como tu esposa? ¿y que seguro se preguntarán por qué todavía seguís al lado mío? –¡¡A mí no de da vergüenza vivir con vos!! ¡¡A mí no me da vergüenza salir con vos!! ¡¡Si sintiera vergüenza no te hubiera invitado a comer afuera!!... ¡¡O me hubiese ido con la primer loca, como decís vos!! ¡¡Sabés que ahora podría!! ¡¡Pero no lo voy a hacer!! ¡¡A mí no me das vergüenza!! –Pero te doy lástima... –... –¡Ves, Rogelio, vos también hacés silencio más silencio! ¿Por qué no decís la verdad?, ¿porqué no decís que esas zapatillas fueron tu salvación? y hasta nos fue mejor con la plata, no lo voy a negar, porque ya no trabajás pateando calles para traer un sueldo de porquería, ahora ganás dinero sin esforzarte, que publicidad, fotos, la cadena de gimnasios. Qué va a pensar la gente si te ven con ese físico perfecto, y yo al lado tuyo. Se van a preguntar por qué no me llevás a la Rural a ver si por lo menos ganás un premio. O me internás en alguno de tus gimnasios a ver si da resultado. ¡No te sirvo ni para propaganda! Disculpen si es que me pierdo en la historia que estaba contando, pero es que esto siempre fue

así después de aquel día. No, mejor dicho, cada vez fue peor. Bueno, esperen un poco, por favor. Lo que pasa es que me cuesta arrancar. Cuando me pongo nervioso enseguida me saltan las lágrimas. Un segundo. Bien, ya está. Vamos a remontarla. Resulta que las zapatillas esas eran un poco feas y estaban sucias, roñosas. Se me vino el alma al piso, yo esperaba otra cosa, dólares, joyas, que sé yo. Me acuerdo que la Gladys me decía ¡y por esta porquería tanto lío!, pero yo le decía que algo raro tenía que tener, porque, quién va a poner unas zapatillas hechas mierda adentro de una valija tan buena. Tiene que ser por algo. La Gladys me decía ¡no te pongas eso, que vaya a saber de quiénes fueron, capaz que tenían alguna enfermedad, hongos, sida, o peor, que podían estar engualichadas! Y yo, desde chiquito, me decían eso no se toca, y ahí iba yo. Y sí, el tongo estaba en que había que ponérselas y solitas te llevaban. Yo me las puse y comencé a trotar en el lugar, después saltaba y las piernas me llegaban más alto. La Gladys primero se puso como loca, y después se empezó a reír. Había que verme, ciento diez kilos y abriéndome de piernas como las bailarinas del Colón. Después ya fueron lagartijas, abdominales, dorsales, verticales, y lo mejor es que no me sentía cansado para nada. La Gladys quería llamar a la emergencia y le dije que no, que estaba bárbaro. La primera vez, me las puse un poco más de media hora. Cuando me las saqué estaba como nuevo, y me noté un poquito más delgado. Ella se reía y me decía que me veía más flaco que una ballena franca, yo no la cargaba porque ella en esa época era delgada, sí, es cierto. A veces me pongo a pensar qué raro fue todo, porque yo empecé a adelgazar, a tener más músculos, a sentirme mejor y ella todo al revés. Cada vez fue engordando más y se encerraba, no quería ver a nadie, se angustiaba. Cuando se me empezaron a marcar los abdominales yo la cargaba y le decía a la Gladys querés lavar la ropa en esta tabla, pero ella no se reía como antes. Entonces me presenté en un casting que le dicen, y me contrataron para una publicidad de ropa deportiva, después para una de ropa interior, eso sí, yo siempre les dejé en claro que todo bien, es buena guita, pero yo sólo me acuesto con mi mujer. Lo tenés que aclarar de entrada porque si no, no te dejan en paz, que las viejas, que los putos, bueno, los homosexuales, tengo que decir así por eso de la discrimili, discrimi-ni-zación, bueno, algo así. Igual siempre había que estar con veinte ojos. Para entonces largué el trabajo de cartero. Nos mudamos del barrio a un departamento en Capital. Y así, así, cada vez me


llovían más contratos, hasta que juntamos un buen fangote y me puse un gimnasio, después otro y otro, y actualmente al día de hoy tengo como cuatro en Capital, uno en Olivos, uno en Mar del Plata, uno en Córdoba, otro en Punta del Este y en un futuro próximo será Brasil, vamos a ver, porque seguro voy a tener que aprender algo del idioma brasilero, aunque me dijeron que es parecido al portugués, que sé yo. Igual no me tengo que hacer tanto problema porque yo nada más pongo la imagen y el nombre. Yo quería ponerle mi nombre pero me dijeron que no era, cómo se dice, marquetinero, como que no pega, bah. Así que me hago llamar Axel Fabricio (medio maricón ¿no?). Y me tienen prohibido dar reportajes o notas porque dicen que soy medio bruto, y bueno, qué me importa, yo soy así, bruto y todo pero bien que todos me envidian. Además, tengo que reconocer algo de razón deben de tener ¿no? Lo que sí me tiene preocupado es la Gor, la Gladys, porque yo la quiero, no me puedo imaginar mi vida sin ella. Y no entiendo por qué le tiene tanta bronca a esas zapatillas, las roñosas, como le dice ella. Vamos a decir la verdad, nos salvaron la vida. Creo que fue mejor haber encontrado las zapatillas que un toco de plata. Además, yo digo, si vos ves que a una persona, como yo, que era todo un obeso, que no podía correr ni media cuadra, que ya ni los talles especiales le entraban, si yo pude llegar a lo que soy hoy, ¡por qué ella no hace también lo mismo!, lo digo por el bien de ella, si ése es su problema, ahí tiene la solución. A veces no sé si es el resentimiento, o que sé yo, puede ser que, bueno... que también... que ya no me quiera más. –No, Rogelio. No es ni una cosa ni la otra. –¿Y entonces?... –Hace un rato me decías que no importa lo que dicen los demás, que entre nosotros no podía haber mentiras. Yo no te mentí, pero hice algo que no te dije y quizás te lo tendría que haber dicho antes. Si no lo hice fue porque vos te veías cada vez mejor y las cosas nos empezaron a ir muy bien, y... –Si me vas a decir algo jodido no sé si quiero saberlo. A veces, como decía mi abuela, el que más sabe es el que más sufre y no sé si... –Sí, éste es el momento, porque si no lo digo ahora, me voy a quedar muda para toda la vida. Vos me decís, ¿por qué si estoy cada vez más gorda, si tengo la solución en esa roñosas zapatillas no las uso y se me termina el problema? Pero lo que vos no sabés es que yo sí las usé. Al otro día de haberlas encontrado, cuando te fuiste a trabajar, yo me las puse y a mí no me

pasó lo mismo que a vos. Todo lo contrario, las zapatillas me llevaban a la heladera a buscar comida, a cocinar a la cocina, a comer en el sillón mientras miraba la tele, y después a la cama a seguir comiendo. Yo veía cómo disfrutabas y cuando te ibas a trabajar volvía a intentarlo, y era peor. Entonces nunca más las usé. Pero los demás dias hacía lo mismo, y sin tener puestas las zapatillas. Y a la semana ni siquiera comía, ni miraba tele, ni me acostaba, pero igual seguía engordando, y cada vez más. Te veía cada vez más delgado, más musculoso, más joven, pero todo lo que vos dejabas lo agarraba yo. Y podía haberlas tirado a la mierda, pero, ¿cómo podía haberte hecho eso a vos, a nuestra felicidad? No quise ser egoísta. –¡Por eso, ahora te pido, regalálas, rompélas, tirálas, están malditas, yo alguna vez te lo dije! Algo tienen porque siempre están sucias, ¡sabés las veces que las quise lavar y jamás les pude sacar esa mugre que tienen! ¡¡Esa roña que se nos metió entre nosotros!!... Me perdonan, porque no sé si comprenden que la historia que estaba contando ya no sé si es la historia que quería contar, porque sabía cómo empezaba pero no sé cómo termina y tampoco sé si es mi historia o la nuestra, o si es la de otro que no soy yo. Creía que estaba todo viento en popa y ahora me doy cuenta de que se me hunde el barco. Discúlpenme, necesito estar con la Gladys. Y si saben de alguien que quiera una valija con unas zapatillas sucias avísenme ¿sí?


El cursante Darío Scublin

Soy Walter “Jilguero” Pérez, asesino serial. Vivo en un colegio, el San José y me gustan los cursantes del Rojas; es más, adoro su sangre… con decirles que ya me hice a tres de ellos. Adoro las jaulas… digo: las aulas. Mi técnica no es sofisticada, la aprendí de los políticos. La marco y ya entro en el programa de seducción, para apartarla del grupo y llevar adelante la obra. Hay una chica enfrente de mí, es joven, de unos veinticinco años que, por su mirada, no parece tener mucho interés en seguir viviendo. Parece que esta vez viene de favor. Pero no. Soy un profesional. Mi orgullo no me permite recurrir a presas escuálidas, aunque bien dotadas. También hay cierta ética entre nosotros, sobre todo los del turno noche. El otro día, una colega del turno mañana procedió a seducir a un cursante inexperto que, sin resistencia alguna, sucumbió ante el primer ataque. Mi problema de esta noche es que estoy por romper los códigos. La docente del curso ya ha visto a varios de nosotros, pero nunca vivió lo que va a ocurrir esta noche. La joven alumna voltea su cabeza en el sentido hacia los sonidos impropios de la lectura de un intento de cuento. Su cuello se ofrece con candor y hasta es pornográfica su postura bajo esa camisa de seda blanca. Lamento decir que no soy Drácula, ni mucho menos. La técnica no merece demasiado detalle pero olfateo que el asunto no viene tan fácil como pensaba: la miro a los ojos; no está entregada… tan sólo simula estarlo. Me genera intriga. De pronto la joven rompe en llanto histérico cuando le toca su turno de lectura. La docente trata de calmarla, aunque preferiría enviársela a su suegra por correo. Es una maniobra, es una trampa; la joven sabe quién soy… estoy seguro ¿quién se lo dijo? El llanto se interrumpe al ser asistida por el pañuelo de un gentil compañero de curso. La docente entiende el juego de la joven y la quita rápidamente del centro de la escena. Pero ella vuelve al llanto, ahora con balbuceo. Otros dos compañeros, muy sensibilizados, se conmueven por sus ojos húmedos, su cara pálida, su cuerpo desvalido y sus curvas de otra mujer. Ahora ya son cuatro hombres, a los que se suma

una mujer con instinto maternal a flor de piel que, obnubilada por el recuerdo de su hija-gestora de su nido vacío, se acerca y le acaricia el cabello. Mi repulsión y atracción hacia la joven, aumentan exponencialmente. Estoy desorientado. Ella me mira de reojo. Me mira con esa combinación de desesperación y pedido de auxilio. Me sonrojo por primera vez. No hay peor vergüenza que la del error no cometido aún. Soy Walter “Jilguero” Perez, asesino serial… pero estoy por perder mi sangre fría. Ella deja de llorar y ahora pide el turno para leer su cuento. La docente, inteligentemente, se resiste, pero sabe que no se puede contra ciertas fuerzas. Le concede la palabra. La joven se acomoda. Su voz comienza a emitir un sonido agudo pero sensual. No entiendo sus palabras pero se que esto no me va a ser fácil. Ella detiene su lectura, quizás es un punto y aparte, o terminó un párrafo, o… me mira a mí. Sus ojos siguen brillosos, parece decirme algo. Antes de comenzar su nueva frase, esboza una tenue sonrisa. Es para mí. Su lectura va terminando. Los hombres del curso demuestran fascinación por una lectura que, por la expresión de ellos, podría ser la de un cuento de Bradbury. A las mujeres, no deja de generarles un hastío casi repulsivo. La docente se mantiene neutra pero vislumbra un desenlace de la lectura muy poco digno. La joven culmina su lectura, levanta su vista sin dirigir su mirada a nadie. Suspira y luego dice: “He terminado”. Los hombres la miran complacientemente y están al límite de aplaudirla pero se contienen. Ella toma el cuento, lo extiende y lo rompe en 3 partes. La admiración hace sucumbir a los compañeros. Me resisto pero es muy difícil. La joven extiende sus brazos como si fuera a levantar vuelo. Ahora es como si no hubiera más presentes; es sólo ella. Sé quién soy, debo prepararme, pero primero debo resistir, cosa que a esta altura se torna extremadamente difícil. La joven esboza unas palabras incomprensibles; luego dice “Quizás deba desaparecer aquí mismo”. Me mira, me clava su mirada, sus ojos son ahora agudos, muy agudos; su pequeña nariz se transforma en un pico, sus brazos se baten y levanta vuelo. Llega hasta el techo, me mira y se arroja a gran velocidad sobre mi cabeza. Era Walter “Jilguero” Pérez. Ahora soy tan solo Walter, un cursante del Rojas. Creo que en esta aula hay algunas aves salvajes dando vueltas.

ANTOLOGÍA - TALLER DEL ROJAS  

Antología de cuentos escritos por participantes del taller de escritura que dicté en el Centro Cultural Ricardo Rojas entre agosto y octubre...