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MÄNNER IN BUENOS AIRES

Cuaderno de Retratos Pascal Haas


Haas, Pascal Männer in Buenos Aires : Cuaderno de Retratos / Pascal Haas y Marc Felfe. - 1a ed. Buenos Aires : Flanbé, 2012. 76 p. ; 21 x 14 cm. - (Cuadernos de Artista / Jimena Passadore; 4) ISBN 978-987-27610-2-8 1. Dibujos. I. Felfe, Marc II. Título CDD 741.6

Edita FlanBé Diseño de la colección Jimena Passadore

CONTACTO + Web flanbe.com.ar + E-Mail flanbe.ediciones@gmail.com + Dirección postal Av. de los Incas 3350 3B (1426) CABA, Argentina Impreso en Dot Pre Press Rocamora 4129 Ciudad Autónoma de Buenos Aires

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MÄNNER IN BUENOS AIRES Cuaderno de Retratos

Pascal Haas


A mi ciudad


LUCAS Octubre 2010


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Yo no sé de pájaros, no conozco la historia del fuego. Pero creo que mi soledad debería tener alas. Alejandra Pizarnik


CABELLO NEGRO. OJOS VERDES. por Marc Felfe

La llanura densamente cubierta de piedra y anhelo está limitada por un río. Llamalo mar por los barcos, si querés, por el tango, por los marineros que podrías evocar. Ahora estás parado en la orilla donde el día se sumerge en el agua adormecida delante de los pescadores. La última luz recorta los ornamentos de la balustrada en la Costanera Norte. Inventá las gaviotas como la excusa cuando debió hacerse tarde. La llanura, el mar y la piedra. Caliente y húmedo es el aire, la ciudad, más densa que una ciudad. Vos seguís una vía hundida del tranvía, la música de la radio del Café, la mirada que roza tus ojos, la luz que cae a través de las flores de un árbol, al gatito flaco del Jardín Botánico, el olor dulce y tibio de las facturas que tomás con una pinza de la bandeja en una panadería, los dibujos de las baldosas, distintas en la entrada de cada casa, el ronquido del colectivo azul, rojo y blanco con los espejitos biselados sobre el chofer... hasta que sabés dónde para, las puertas se abren y te subís siguiendo una sonrisa que debería ser tuya. Tenés tiempo para el árbol. Tus dedos recorren dos letras grabadas en la corteza espinosa del Palo Borracho sobre la Nueve de Julio. La calle más ancha del mundo – te dirá en el kiosko el vendedor de cigarrillos con largas pestañas. Autos, personas y colectivos te empujan y te arrastran. A y P permanecen fijos en el corazón. Para siempre. A propósito, Rivadavia – dice él con una sonrisa seria – es la calle más larga del mundo y sus números llegan al doce mil. Por cierto, acá todo podría ser

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magnífico, le oís decir desde el amor propio y lo que sea su contraluz. Memorizás los nombres de las calles para algún momento, para algún lugar. En la esquina de Alsina y Piedras sacan papel y cartón de la basura y los juntan en sus carros de dos ruedas. El joven de la musculosa azul pálido, con la negra cola de caballo no te ayudará a reencontrar el camino. Él sigue tirando en esa calle hacia todas las calles. En el Parque Las Heras el paseador de perros con los ojos verdes te pregunta de dónde sos y qué es lo que la gente de allá piensa sobre él. Y vos aprendés que hay dos lugares de-donde-ser. El lugar de donde sos y el de donde podrías haber sido, de donde vino tu abuela y tu bisabuelo y tu tatarabuela. Él ata el ovillo de correas con los ocho perros a una rama, se recuesta sobre el césped, las manos bajo la cabeza. El sol temprano se refleja azul sobre el cabello negro. Y vos pensás de dónde te habría gustado ser.

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Caminás por los barrios cercanos, los arrabales y mirás por los vidrios ondulados de la ventana donde las calles se cruzan en ochavas, donde el canoso vendedor de café con los termos se apoya sobre el carrito y fuma, donde la pareja se besa en la puerta y la mirada de él te mide sobre el hombro de ella, donde oís desde la ventana abierta con la persiana baja cómo alguien acomoda los platos lavados uno junto al otro para que se sequen, donde brota de la radio baby come dance with me, donde desde el andamio los obreros miran por detrás a la mujer del vestido verde, mastican más rápido el sándwich y le chiflan hermosa y donde... Te hacen dar vueltas y te empujan por la ciudad que da vueltas y empuja, en la que rebotás y donde también reina el discreto, casi tímido silencio, el alma por encima del tiempo, sensual, solitaria. De noche cayó lluvia que las baldosas flojas esconden por debajo y que ahora te moja el zapato. De repente alzás la mirada. Plaza Once y ves la paloma que levanta el conductor alto del taxi negro con el techo amarillo. La paloma aletea desde el hueco de su mano y él no puede seguir manejando. Ves las plumas azules y grises, las manos lisas con la red de venas en relieve. En el Café Las Violetas tus ojos juegan en el pasado de los altos vitrales, trepan las columnas y se enriedan en las discretas maniobras de la nostalgia, en la esquina de Medrano y Rivadavia. Enfrente tuyo el señor de escaso cabello blanco dobla el periódico, se para, se levanta los pantalones de tela clara arriba del vientre y te mira brevemente a los ojos; como el vendedor de cigarrillos en el kiosko que te enseñó la calle más ancha del mundo, como el joven de la musculosa azul pálido que carga su carro hasta que es dos veces más alto que él mismo, como el taxista inclinado que sostiene la paloma, como todos los ojos de la noche en la larga cola junto al cordón de la Avenida Colón donde paran los colectivos y vos juntás las monedas en la mano hasta que se entibian y empujado por los otros te aferrás a


un caño y seguís el brazo a tu lado hacia las líneas tambaleantes de su libro: “y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro”... El camarero de chaqueta blanca pregunta si te gusta y te trae la cuenta bajo una montaña de galletitas. Nada pertenece al pasado en Buenos Aires, todo se empeña en lo bello que nunca ocurrió. El gato de colores ronronea sobre tu rodilla, mientras esperás en la esquina de Santos Dumont y Fraga hasta que las rejas de la casa se abren detrás tuyo y ves cada tallo de hierba en el empedrado y la vida está ocurriendo ahora. Ustedes siguen con la mirada las casas de una de dos de muchas plantas hacia el cielo. Gris alto, azul profundo, rojo denso. Hombres en Buenos Aires. Cabello negro. Ojos verdes. Pero ése es casi el título de un libro. Horacio Oliveira, sí! Él manda a la amante de su amigo Traveler sobre un puente hecho con un ropero, una enciclopedia, una cómoda y tablas de cedro que conectan su ventana con la de ella a través de la calle para que pueda traerle los clavos que se le acabaron, porque él ama a La Maga de París, de Uruguay y porque la novia de Traveler, Talita, se le parece si ella cruzase esta idea de Horacio en Buenos Aires. No pienses en dos escaleras abajo, ocho pasos sobre la calle y otra vez dos escaleras arriba. En Buenos Aires se inventan los clavos, los caminos y el amor. No existen vacaciones de esto. Tampoco para el Cortázar de Bélgica, de Buenos Aires, de París. Mi trompo azul, el Tango. Rinaldi les conduce desde el altoparlante hacia el Café. Están sentados uno frente al otro, en la esquina Brasil y Defensa. Sus codos se rozan más tímidos que sus pies. El que no hace girar el trompo azul, termina en la esquina del jazmín. Se ríen. El amanecer. Imagináte tanto cielo como puedan entre los cables que se extienden cruzados y el olor fresco de la lavandina que sube de la acera lavada. Tus labios arden en la fría luz. El viento pinta de violeta, rosa y azul el parque Lezama y las veredas con las flores del Lapacho. La ciudad de las calles en cuadras y la otra cuyo plano íntimo dibujás por las casualidades, por los encuentros y por el instante y, como Borges, inventás un mapa secreto. Así es Buenos Aires. Y sus hombres.

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Ich weiß nicht von den Vögeln, ich kenne nicht die Geschichte des Feuers. Aber mir ist, als müsste meine Einsamkeit Flügel haben. Alejandra Pizarnik


SCHWARZES HAAR. GRÜNE AUGEN. von Marc Felfe

Die weithin dicht mit Stein und Sehnsucht besetzte Ebene wird von einem Fluss begrenzt. Nenn ihn ruhig Meer wegen der Schiffe, wegen des Tangos, wegen des Matrosen, die dir einfallen mögen. Jetzt stehst du am Ufer, wo der Tag vor den Anglern in das träge Wasser sinkt. Letztes Licht schneidet die Verzierungen der Balustrade an der Costanera Norte aus. Die Möwen erfinde wie die Ausrede, wenn es spät werden muss. Die Ebene, das Meer und die Steine. Heiß und feucht ist die Luft, die Stadt dichter als eine Stadt. Du folgst einer versunkenen Schiene der Straßenbahn, der Radiomusik aus dem Café, dem Blick, der deine Augen streift, dem Licht, das durch die Blüten eines Baumes fällt, der dünnen Katze im Jardín Botánico, dem süßen und warmen Geruch der Teilchen, die du in einer Bäckerei mit der Zange vom Blech nimmst, den Mustern der Gehsteigfliesen, die vor jedem Haus andere sind, dem Dröhnen des blau-rot-weißen Busses mit den geschliffenen Spiegeln über dem Fahrer... bis du weißt, wo er hält, die Türen aufspringen und du dem Lächeln nachsteigst, das dein sei. Du hast Zeit für den Baum, dessen Stamm einer Weingallone gleicht. Deine Hand fährt über zwei in die später stachlige Rinde des Palo borracho geritzte Buchstaben in der Nueve de Julio. Die breiteste Straße der Welt, wird dir der Zigarettenverkäufer im kiosko mit den langen Wimpern sagen. Autos, Menschen und Busse drängen und rauschen dich mit. Fest stehen A und P im Herzen. Für immer. Übrigens,

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Rivadavia, meint er mit ernstem Lächeln, sei die längste Straße der Welt, deren Hausnummern bis Zwölftausend zählen. Freilich, es könnte alles so großartig hier sein, hörst du ihn sagen aus der Selbstliebe und was immer ihr Gegenschein sein mag. Du merkst dir die Straßennamen für irgendwann, irgendwohin. Ecke Alsina und Piedras sammeln sie Papier und Karton aus dem Müll in die zweirädrigen Karren. Der Junge im blassblauen Turnhemd mit dem schwarzen Pferdeschwanz wird dir nicht helfen, den Weg wieder zurückzufinden. Er zieht weiter durch die Straße in allen Straßen. Im Park Las Heras fragt dich der Hunde­ ausführer mit den grünen Augen, woher du kommst und was man dort über ihn denkt. Und du lernst von ihm, dass es zwei Arten des Herkommens gibt. Woher du kommst und woher du gekommen sein könntest, woher deine Großmutter kam und dein Urgroßvater und deine Ururgroßmutter. Das Knäuel aus Leinen mit den acht Hunden schnürt er um einen Ast, legt sich auf den Rasen und die Hände unter den Kopf. Die frühe Sonne scheint blau im schwarzen Haar wider. Und du überlegst, woher du gerne kommen würdest.

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Du läufst in die nahen Viertel, die barrios, arrabales und siehst am welligen Fenster­ glas entlang, wo sich die Straßen im Achteck kreuzen, wo der grauhaarige Kaffeeverkäufer mit den Thermoskannen im Wägelchen lehnt und raucht, wo das Paar sich an der Haustür küsst und sein Auge dich über ihre Schulter misst, wo du aus dem offenen Fenster mit heruntergelassener Jalousie hörst, wie die abgewaschenen Teller zum Trocknen aneinander gestellt werden, wo das Radio singt baby come dance with me, wo die Bauarbeiter aus einem in Holzschalen gegossenen Beton­ gehäuse der Frau im grünen Kleid nachblicken und schneller an ihrem Sandwich kauen und hermosa pfeifen und wo... Es dreht und drängt dich durch die Stadt, die sich drängt und dreht, in der du aufschlägst und wo gleichwohl die verhaltene, fast scheue Stille herrscht, schwerer und hoher Mut, sinnlich, einsam. Nachts fiel Regen, den die losen Gehsteigfliesen unter sich sammeln und dir jetzt in den Schuh schwappen. Du blickst auf. Plaza Once und siehst die Taube, die der lange Fahrer des schwarzen Taxis mit dem gelben Dach aufhebt. Sie schlägt mit dem rechten Flügel aus seiner Handschale, und er kann nicht weiterfahren. Du siehst die graublauen Federn, die glatten Hände mit dem erhabenen Adernetz. Im Café Las Violetas spielen deine Augen im Früher der hohen bemalten Fenster, steigen die Säulen hinauf und verfangen sich in den verhaltenen Handgriffen der Nostalgie, Ecke Medrano und Rivadavia. Der Herr mit dem spärlichen weißen Haar dir gegenüber faltet die Zeitung, steht auf, zieht die helle Stoffhose hoch über den Bauch und sieht kurz in deine Augen; wie der Zigarettenverkäufer am kiosko, der dir die breiteste Straße der Welt beibrachte, wie der Junge im blassblauen Hemd, der seinen Karren belädt, bis er zweimal höher ist als er, wie der gebeugte Taxi­


fahrer, der die Taube hält, wie die einzelnen Abendaugen in der langen Schlange am Bordstein der Avenida Colón, wo die Busse dicht heranrauschen, du die abgezählten Münzen in der Hand sammelst, bis sie warm werden, und wo dicht gedrängt du dich an einer Stange festhältst und dem Arm neben dir in die wackligen Zeilen seines Buches folgst: „und was wir uns lieben nannten war vielleicht, dass ich vor dir stand, mit einer gelben Blume in der Hand, und du hieltest zwei grüne Kerzen, und das Wetter blies uns einen langsamen Regen aus Verzicht und Abschied und Metro-Tickets ins Gesicht“... Der Kellner im weißen Jackett fragt, ob es dir gefalle und serviert die Rechnung unter einem Berg von Gebäck. Nichts ist vergangen in Buenos Aires, alles dem ungeschehen Schönen verfallen. Die bunte Katze schnurrt auf deinem Knie, wenn du Ecke Santos Dumont und Fraga wartest, bis das Gitter vor der Haustür hinter dir aufgeschlossen wird und jeden Grashalm im Straßenpflaster siehst und das Leben jetzt stattfindet. Ihr seht den einstöckigen, zweistöckigen und vielfachen Häusern in den Himmel nach. Hohes Grau, tiefes Blau, schweres Rot. Männer in Buenos Aires. Schwarzes Haar. Grüne Augen. Aber so heißt schon fast ein Buch. Horacio Oliveira, ja! Der schickt die Geliebte seines Freundes Traveler auf eine Brücke aus einem Kleiderschrank, einer Enzyklopädie, einer Kommode und Brettern aus Zedernholz, die sein Fenster mit dem ihren über die Straße verbinden, damit sie die Nägel bringt, die ihm ausgegangen sind, weil er La Maga aus Paris aus Uruguay liebt und Travelers Freundin Talita ihr gleicht, wenn sie über diesen Einfall geht in Buenos Aires. Denk nicht an zwei Treppen hinunter, acht Schritte über die Straße und zwei Treppen wieder hinauf. In Buenos Aires sind erfunden die Nägel, die Wege und die Liebe. Ferien gibt es keine davon. Auch nicht bei Cortázar aus Belgien aus Buenos Aires aus Paris. Mi trompo azul, mein blauer Kreisel, der Tango. Rinaldi singt euch aus dem Lautsprecher ins Café hinein. Ihr sitzt euch gegenüber, Ecke Brasil und Defensa. Eure Ellenbogen berühren sich schüchterner als eure Füße. Wer den blauen Kreisel nicht kreiselt, der hört auf an der Ecke des Jasmins. Ihr müsst lachen. Das Morgen­ grauen. Stell dir so viel Himmel vor, wie ihr könnt, zwischen den quer verspannten Drähten und dem chlorfrischen Geruch nach Lavandina, womit die Gehsteig­ fliesen gewaschen sind. Deine Lippen brennen im kühlen Licht. Ein Wind legt den Park Lezama und alles ringsum violett, rosa und blau aus mit den Blüten des Lapacho-Baums. Die Stadt der quadratisch gezogenen Straßen und die andere, deren innigen Plan aus Zufall, Gelegenheit und Augenblick du ziehst und wie Borges einen mapa secreto erfindest. So ist Buenos Aires. Und seine Männer. Oder ihre.

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FRANCISCO Abril 2010


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ANDI Diciembre 2010


22

JĂ–RG Febrero 2010


23

ANDRIU Marzo 2010


25

EDGARDO Diciembre 2010


26

RÁNDOLVSK Diciembre 2010


29

FABIO Agosto 2010


30

LUCAS Diciembre 2010


Männer in Buenos Aires  
Männer in Buenos Aires  

Cuaderno de Retratos de Pascal Haas

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