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DECÁLOGO

ANTOLOGÍA DE CUENTISTAS 2017

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nombre apellido (País, año) Bio

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FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE GUADALAJARA

©Crédito


Curaduría: Laura Niembro Proyecto editorial: Melina Flores Diseño editorial: Dania Guzmán y Alma Zárate Agradecemos su valioso apoyo a la Dirección de Literatura de la Universidad Nacional Autónoma de México, Fundación Biblioteca Nacional de Brasil, Grupo Editorial Planeta, Ministerio de Cultura de Argentina, Ministerio de Cultura de Perú y PromPerú.

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UNIVERSIDAD DE GUADALAJARA

COMITÉ ORGANIZADOR

Itzcóatl Tonatiuh Bravo Padilla Rector General

Raúl Padilla López Presidente

Miguel Ángel Navarro Navarro Vicerrector ejecutivo

Marisol Schulz Manaut Directora General

José Alfredo Peña Ramos Secretario general

Tania Guerrero Directora de Operaciones

Héctor Raúl Solís Gadea Rector del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades

Laura Niembro Directora de Contenidos

Alberto Castellanos Gutiérrez Rector del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas Ernesto Flores Gallo Rector del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño Ángel Igor Lozada Rivera Melo Secretario de Vinculación y Difusión Cultural del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño

María del Socorro González Administradora general Mariño González Coordinador general de Prensa y Difusión Bertha Mejía Coordinadora general de Patrocinios Armando Montes Coordinador general de Expositores Rubén Padilla Coordinador general de Profesionales Ana Luelmo Coordinadora general de FIL Niños

Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio electrónico o impreso sin previa autorización de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara

Dania Guzmán Coordinadora de Edición y Diseño Ana Teresa Ramírez de Alba Productora Foro FIL

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ÍNDICE

Nota para el lector . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5 Mercedes Cebrián (España) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 6 Cristina Cerrada (España). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 12 Beatriz Espejo (México) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 16 Alejandro Morellón (España) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 24 Verónica Murguía (México) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 30 Antonio Ortuño (México). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 38 Evelio Rosero (Colombia) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 42 Carlos Yushimito (Perú). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 48 Histórico de participantes por orden alfabético . . . . . . . . . . . . . . . 56 Histórico de participantes por país de origen. . . . . . . . . . . . . . . . . . 58

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¡VIVA EL CUENTO! Este año, el Encuentro Internacional de Cuentistas llega a su undécima edición, con muchas razones para celebrar. En primer lugar, damos la bienvenida al escritor mexicano Alberto Chimal, quien, con una amplia trayectoria en el género breve, se suma a nuestro equipo como coordinador del encuentro. Aplaudimos también el reconocimiento al Mérito Editorial que este año otorga la FIL Guadalajara al editor español Juan Casamayor, fundador y director del sello independiente Páginas de Espuma. Juan ha sido uno de los pioneros y principales promotores de este espacio, y celebramos el merecido homenaje que se le hace a su trayectoria. Hace once años ya que la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara apuesta por el género breve y organiza el Encuentro Internacional de Cuentistas, que se ha consolidado como el santuario para los autores y lectores devotos del género. A lo largo de este tiempo han sido testigos de la magia del encuentro 87 cuentistas de primer nivel, y muy diversas geografías. El programa de este año está conformado por ocho escritores que compartirán con el público de la Feria su relación con el género. Por parte de Madrid, Invitada de Honor, nos acompañan las escritoras Mercedes Cebrián y Cristina Cerrada. Evelio Rosero, una de las voces narrativas más destacadas de Colombia será parte también de este encuentro; así como Carlos Yushimito, de Perú, y las escritoras mexicanas Beatriz Espejo y Verónica Murguía. Estrechamos también nuestro lazo de colaboración con los eventos que reconocen la labor cuentística: Antonio Ortuño, ganador del V Premio Ribera del Duero, y Alejandro Morellón, ganador del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2017, se unen a esta celebración. ¡Bienvenidos cuenteros! Laura Niembro Directora de Contenidos

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©Sheila Melhem

(España, 1971) Nací hace más de 40 años en España, concretamente en la ciudad invitada a la FIL este año: Madrid. ¿Fue quizá el taller que tomé con Augusto Monterroso en la Casa de América de mi ciudad el detonante para comenzar a escribir relatos? ¿O, por el contrario, fue mi interés por este género literario lo que me llevó a inscribirme en el inolvidable y masificado curso breve que impartió Tito Monterroso en Madrid, en 1999? No lo sabré nunca, pero ahí estaba yo, escribiendo ya algunos de los relatos que conformarían El malestar al alcance de todos, publicado en 2004 en la editorial Caballo de Troya. El volumen de cuentos incluía algunos poemas intercalados, cosa que a mí no me resultaba tan chocante como a algunos lectores. Después llegaron las dos nouvelles de La nueva taxidermia (Mondadori, 2011) y tres años después la novela El genuino sabor (Literatura Random House, 2014). Hoy, tras compaginarlo con mis tareas como periodista y traductora, sigo “practicando” el relato, pero sin ser fundamentalista del género, pues la novela, la crónica y la poesía ocupan también lugar en los ficheros de mi disco duro, así como los ensayos académicos que escribí diligente para obtener mi maestría en estudios hispánicos de la Universidad de Pennsylvania, en Filadelfia, entre 2013 y 2015.

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EN ESTO CREO Al escribir narrativa breve busco subordinar oraciones, yuxtaponerlas, utilizar adjetivos y sustantivos, como desangelado o equitación, y hacer preguntas o aclarar situaciones incluso relativas al propio lenguaje por medio de este. El cuento es el soporte elegido porque me es más fácil que sea alguien con nombre y apellidos quien se haga cargo de decir desangelado o equitación, y también porque frente al enorme asado que podría encarnar la novela, yo disfruto más de la bandeja de entremeses que representa el libro de relatos. El material que empleo no procede de ideas heredadas de los grandes temas del género redacción escolar (“la familia”, “el cambio climático”), sino más bien de una actitud ante esa convención llamada realidad que, en los buenos momentos, me provoca grandes epifanías de bolsillo. Valoro el don de la obviedad, el brillo fugaz de una aparente menudencia que abre de sopetón unas puertas insospechadas. En cuanto al moldeado del material, es ahí donde surge mi percepción del relato como experiencia de flaneo benjaminiano: soy adicta a las voces que practican un cuestionamiento generalizado ante cualquier tema, cuestionamiento que se traduce en digresiones y que impide a veces el avance de la historia. Sí: curiosamente el tan temido “andarse por las ramas” lo considero un elemento enriquecedor del cuento. Mis narradores son, a menudo, primeras personas tremendamente ocupadas en tomar aire para seguir emitiendo su discurso. Y es que no debería haber frases saltables en un relato, ni espacios desaprovechados: el relato no es un país con grandes extensiones de terreno poco pobladas, es más bien un recinto tokiota donde se hacinan palabras e ideas, pero a la vez hay que permitir al narrador que actúe como el flâneur que es, que recale en lo quizá obvio para muchos, que elija las mil palabras frente a la tan ponderada imagen. Y por supuesto, ningún narrador sin su tono personal e intransferible. La unidad de medida de la potencia del tono se da en caballos de vapor, en la cantidad de fuerza que aquel tiene para tirar del relato y hacer que este salpique, ciegue al lector hasta casi impedirle continuar leyendo rápidamente para ver “en qué acaba esto”. ¿Un relato que dificulte su propia lectura? No parece muy prometedor en términos de marketing, pero para mí el relato exitoso es el que no da crédito ante lo que le ocurre, se sorprende de sí mismo y opta por pararse o quizá por seguir, pero siempre tratando de explicar lo que le acaba de ser revelado. (Extraído de mi texto publicado en El arquero inmóvil: nuevas poéticas sobre el cuento, VV.AA., edición de Eduardo Becerra, Páginas de Espuma, 2006)

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EL INCREÍBLE PODER DE LOS FAQUIRES Apenas reparamos en ello, ya ni nos sorprende que el 90% de los rostros que aparecen en los carteles del metro (“Envíe dinero a casa”, “Vive la moda de otoño”, “Di adiós a las gafas”) lleven bigotes, cuernos o mellas añadidas por el rotulador anónimo del ciudadano. Asumimos con naturalidad su compulsión por cometer actos de vandalismo gráfico que arruinan la tarde de una familia expresamente fotografiada para promocionar el parque de atracciones o el suspense de una película probablemente taquillera añadiéndoles diálogos obscenos mediante la herramienta del globo de tebeo. La pregunta que surge es quién se encarga de pintar todo eso y por qué; a quién pertenece el rotulador, bolígrafo o spray de la burla colectiva, el instrumento que, al pasar tan de mano en mano, nos hace imposible identificar al atacante, con la impotencia que crea el no poder denunciar a un agresor anónimo. Mi caso es bien distinto: me han escrito PUTA bajo la ventana de casa con un spray, pero yo sí que conozco el dedo índice que ha presionado el dosificador de tinta. O al menos sé que pertenece al lote de dedos índices con pantalones tres tallas más y zapatillas de deporte beligerantes que vienen cada tarde desde hace dos semanas a rondarme a la ventana. Lo primero fue el consabido gorda, casi más doloroso que los posteriores zooinsultos foca, zorra, vaca porque me pilló más en frío, bastante más que la pintada aún fresca de ayer por la tarde. Estoy tratando de hacer eso tan difícil que es comprender; yo también llamaba hace dos décadas a los porteros automáticos, preguntaba ¿está Consuelo? y tras el probable “no”, respondía Entonces, ¿dónde pisa? Era mi versión diluida de su PUTA, mi agua con unas gotas de anisete frente a su orujo de alta graduación. No sé por qué me eligieron a mí —los secuestrados, las violadas y yo nos hacemos a menudo esta pregunta. No sé por qué han decidido venir todos los días laborables a eso de las seis a merendar frente a mi ventana, a insultarme y dejarme pegatinas de personajes de dibujos animados agresivos pegadas a los pétalos de los geranios y bolsas vacías de patatas fritas en el alféizar, como si se tratara de algún tipo de lenguaje cifrado que yo debiera decodificar. Alicia, joder, así no puedes seguir, cómo que es un mal menor, esos putos niños ahí dándote por culo todo el día, te dije que no era buena idea comprar un bajo, por barato que fuese. Este es Félix por teléfono. Al oírle siempre acabo por darle al PLAY de la cinta imaginaria de preguntas que ambos nos sabemos de corrido: cuándo vas a acabar ese proyecto en Canarias, cuándo vuelves a Madrid, vendemos mi piso y nos marchamos juntos a otro que compremos entre los dos. —Ahora imposible —dice—, a la vuelta del verano hablamos. Tú ocúpate primero de resolver lo de los niñatos esos, que es lo más importante.

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Oigo su letra pequeña, casi infinitesimal, por teléfono: cuando dice “verano” en ningún caso habla de finales del agosto peninsular, si acaso se refiere a una modalidad de verano austral indefinidamente postergado que sucede en una dimensión distinta, en un sistema métrico que, de nuevo, ambos conocemos al dedillo. Félix es como un padre que siempre está a punto de comprarte ese regalo que tan insistentemente le has pedido (el viaje a Roma en un puente, un fin de semana entero los dos solos); el truco es que para recibirlo tienes que sacar unas notas altísimas en asignaturas que ni siquiera estás cursando. Yo, por si acaso, ya compré hace siglos el cartelito de Se Vende: negro, con las letras color naranja fluorescente. La obtención del cartel y el acto de trazar miles de círculos alrededor de anuncios de pisos son las disciplinas básicas del decathlon de la compra/venta inmobiliaria, y yo estoy entrenadísima en ambas. Entrenadísima y dispuesta a practicar el resto de modalidades, ya se lo he dicho a Félix: espero su pistoletazo de salida para poner el cartel, recibir a los posibles compradores y patearme Madrid buscando piso. Yo me encargo de todo: una vez que elija dos o tres amoldándome a su criterio, él sólo tiene que venirse unos días y dar el visto bueno para rescatarme por fin de este código postal. Que ya veremos, dice, pero primero resuelve lo de los niñatos esos. Lo de los niñatos estos, sí, claro, la sensación constante de arenilla imaginaria en los ojos, de Por favor, que no estén todavía ahí cuando llegue a casa; la necesidad autoimpuesta de cerrar las contraventanas y limitarme a existir con luz eléctrica, los intentos de hacer caso omiso a la sorpresa de la vecina que, una vez dentro del portal, no da crédito, Cómo aguantas esto, mujer, tienes que hacer algo. Yo emitiendo silbiditos disimulados de caco de telecomedia para quitarle peso a la evidencia del sadismo adolescente al que me veo expuesta. Yo timorata ante la figura del dominador en edad escolar, desprovisto de su tradicional estética rojinegra de látex pero dominador al fin y al cabo y agarrándome a la frágil intuición de que hay uno salvable entre todos ellos. Creo que se llama Óscar. A veces les dice a los otros Venga, vale ya, dejadla en paz, joder, cuando los demás se disparan. Yo casi agradecida ante las funciones de Óscar como dispositivo autorregulador del organismo putrefacto que forman en conjunto. Hoy he tenido el dedo en la tecla del teléfono para llamar a los municipales. Lo iba a hacer, pero al final no he consumado la acción que me ayudaría a mejorar mi calidad de vida. Era como llamar a unos desratizadores para que me ayudaran a erradicar a una plaga de animales infecciosos que fuera necesario cazar por medio de cetrería. Así que no he movido mi pieza, he dejado que mi jugada se adapte a la de ellos, a su torre en b8 y peón en h6. Por eso he cambiado un poco mis horarios, los he readaptado a mi nueva situación: procuro hacer compras y merodear por la ciudad hasta que intuyo que se han ido. O voy al cine, ahora voy mucho al cine para llegar a casa más tarde de las diez.

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*** Si a tu ventana llega una paloma/ trátala con cariño que es mi persona. No he podido evitar acordarme de la canción al ver que me habían escenificado una versión gore de la letra: no contentos con la pintada del otro día, esta tarde mis agresores a domicilio me han puesto en el alféizar una paloma muerta, toda molleja, higadillos y pico aplastado. Además, han dispuesto mis geranios como corona en un alarde de creatividad forense. El porqué para mí está muy claro, basta con acudir al tan sobado efecto mariposa: cuando una fotocopiadora bate sus alas en la biblioteca del barrio, colocan una paloma muerta frente a tu ventana. Ayer la fotocopiadora de la biblioteca del barrio funcionaba a su manera. Su manera consistía en tenerme sacando papel atascado por cada dos fotocopias, tenerme repitiendo sin cesar acciones como Abrir puerta central/Retirar papel atascado/Cerrar bandeja alimentación. Me quejé a la bibliotecaria del mostrador. Había luchado por conseguir cambio en bares y tiendas hasta recopilar el tipo de moneda que la máquina, que tiene malas digestiones y sólo come importes— gourmet (monedas de 10 y 20 céntimos), acepta. Pero no podían devolverme el dinero, lo sentían muchísimo pero no iban a mover ni un músculo, ni el músculo de darle un golpecito al cajetín de las monedas donde ellos saben para lograr que yo recuperara mi dinero. Es una nimiedad, lo sé, pero esa no—devolución accionó un resorte invisible que poseo en algún sitio y abrió la veda del malestar. Carambola de alivios: gritos a la bibliotecaria que me identifican oficialmente como la—loca—esta; llegada a casa y, por fin, con el aceite lubricante que proporciona la cólera tras los insultos recién recibidos, las bisagras oxidadas que no me permitían llamar a la policía funcionaron milagrosamente y Hola buenas tardes, llamo de la calle Farmacia, quería quejarme de un grupo de adolescentes que etc. Cuando te decides a mover tu peón modestamente hacia delante, cuando pretendes hacer una pequeña muesca en la dictadura del otro, su Dies irae de pacotilla se pone en marcha y te deja una paloma muerta en el alféizar. No fue para tanto: vi cómo les pedían el DNI y, como no lo tenían, llamaron a sus padres. Resultaron ser hijos de pequeñoburgueses, nada que ver con la fantasía marginal que yo tenía en mi cabeza. Y por qué no denunciarlos de verdad, denunciar a Óscar Hidalgo Villa y a Jorge Soto Fernández. Usted verá pero poco va a lograr con esto, es mejor que no se meta en líos de juicios. Eso me aconsejaron los municipales. Yo les dije que entonces mejor olvidáramos el tema, aunque me quedé con las ganas de preguntarles si era posible denunciar a Félix Barón Ramos por abandono de hogar y si con eso iba a conseguir algo.

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En cualquier caso, testoy más tranquila: se duerme mejor en un lecho de clavos cuando has localizado cuál es, entre todos ellos, el que más daño te hace. *** Una vez comí rana. No lo volveré a hacer. Me pasó de pequeña: pruébala, verás, si parece pollo, decían mis padres. Ante la promesa avícola, superé el reparo y me animé a hacerlo. No debí. Si para las papilas gustativas aquello era pollo, para el espíritu era claramente anfibio. Aún hoy me pesa el recuerdo de haber tenido dentro esa especie no kosher de vida alimentaria, algo me queda todavía del acto innecesario de haber comido batracio de niña, cuando pude elegir lasaña o filete empanado. Con Félix me ha ocurrido algo parecido: yo intuía, por lo escurridizo de sus abrazos, que no debía acercarme demasiado a él, que no era animal de pezuña partida. Pero me empeñé y he pagado las consecuencias. Óscar Hidalgo Villa no sabe nada de esto, de ahí que le haya sorprendido que mi casa esté en venta. Hoy me lo he encontrado en la biblioteca. Que pasó por mi casa y vio el cartelito de Se Vende. No me extraña que hayas pensado venderla, pero de verdad que ya no vamos a volver a molestarte ¿por qué te marchas entonces? No supe qué decir. Para responderle, qué cómodo haber tenido a mano el lenguaje de los sordomudos y gestualizar palabras clave como “cansancio”, “cambio” y “aguantar” — pero este último verbo acompañado de un no con la cabeza—. Como me era imposible, opté por sonreír. Me ha pedido perdón. Que él en realidad ya pasaba de ir con esos pibes, que eran chunguísimos, y que ahora sale con una chica. Ambos hacíamos esfuerzos por comunicarnos: a él le costaba expresarse fuera de la franja 13—18 años y a mí captar su terminología. Dos generaciones con voluntad de entendimiento pero sin palabras comunes, como esos idiomas —el maltés, el griego— que tienen pinta de poder ser comprendidos porque sus ciudadanos son morenos y bajitos como una misma, pero que en realidad son ininteligibles. Por lo menos, si pasas por aquí a llevarte libros nos veremos; yo vengo a estudiar, hay muy buen ambiente, me dijo. No quise confesarle que probablemente no, que iba a devolver unos libros prestados y era fácil que me retiraran el carnet por dañar el material, por convertir a los grandes de la música clásica en fumadores de pipa bigotudos y mellados. Tomado de: Cebrián, Mercedes. El malestar al alcance de todos. España: Caballo de Troya, 2004 y DeBolsillo, 2011

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©Laura Muñoz Hermida

(España, 1970) Soy mujer, así que todo en la vida me costó el doble. Nací en Madrid en el seno de una familia humilde que no pudo costearme los estudios. Trabajé para pagarlos mientras comenzaba a escribir mis primeros relatos, que nadie leyó hasta mucho tiempo después. Estudié sociología en la Universidad Complutense de Madrid, y la terminé mucho más tarde en la UNED, tenía que trabajar. Después, aunque seguía teniendo que trabajar y además ya era madre, estudié teoría literaria y literatura comparada, estudios literarios, y también me doctoré. No sé si me entienden, como el que se droga. Llevo toda la vida trabajando y estudiando y, siendo además mujer, eso me da una doble, perdón, triple perspectiva de las cosas: la vida es difícil, no es igualitaria y, en tercer lugar, y por fortuna no menos cierto, es inagotablemente rica, sorprendente, excitante y nunca deja de brindarnos la oportunidad de aprender. Yo escribo para aprender. Pero no me malinterpreten, no pienso que haya en ello ningún valor instrumental (no estudiaría nunca la ciencia de la administración para “administrar”). Para mí, conocer es el propósito que carece de cualquier otra cotización, un foco de consuelo y de placer en sí mismo. La expresión de estar vivo. Llevo 20 o 30 años escribiendo para entender: a mí, al mundo, y al otro. Lo único (LO ÚNICO) que hasta ahora ello me ha reportado es esa intuición. Algunas de las mejores escritoras y escritores que conozco fueron criaturas desgraciadas como yo. Es cierto, apenas sabemos hacer otra cosa, y lo que hacemos no anduvo nunca muy al alza: un ejemplo es que casi nunca nos pagaron por escribir. El único consuelo que se me ocurre que hallamos en ello es este: andar siempre deshilando lo que hilamos el día anterior en un proceso infinito que sólo puede explicarse por intervención de la ley de la naturaleza, o de Dios.

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EL HUMO DE LOS BARCOS ¿Es posible decir algo acerca del cuento sin que ello mismo sea un cuento? ¿Qué es un cuento y qué lo diferencia de otros géneros narrativos? Y, ¿cómo se escribe un cuento? Estas son algunas de las preguntas más frecuentemente formuladas en torno al concepto de cuento —si es que puede y debe hablarse de algo tan serio. Porque, ciertamente, cada vez que uno se enfrenta a la tarea de tener que definirlo, resulta que el supuesto concepto de cuento cambia. Se transforma; se ensancha, o bien se estrecha, amoldando sus límites a la tonta e inútil lista de ingredientes de lo que parece una receta culinaria. Un cuento es algo muy breve. Un cuento es una transformación. Un cuento es algo muy pequeño que alude a algo muy grande. Un cuento es el rastro de un deseo. De un conflicto. De una identidad... Muchas cosas, ¿no? Y lo cierto es que puede decirse que es todas ellas. A veces, un cuento ya estaba allí cuando uno pasó, y sólo hubo que apropiárselo mediante el derecho de posesión que otorgan las palabras. Un cuento puede rondar por el rabillo del ojo, por los oídos, estar apostado tras una pantalla de cine, una queja, una enemistad, un vecino molesto o un sentimiento de culpa. Así agazapado, coge desprevenido y exalta. ¡Es un triunfo, un Moisés escondido en la piedra! Otras veces, sin embargo, el cuento es apenas ––como aquel dinosaurio que persistía en continuar allí. Cuando queremos darnos cuenta se ha consumido, presa de su incandescencia, como una estrella fugaz. Uno se pregunta entonces si alguien más lo habrá sentido, si acaso lo sentirán al leerlo, si se marcará en ellos con la misma intensidad pregnante con la que prendió en nosotros. Oímos una frase en la casa de al lado. Vemos una mano arrugada junto a la nuestra en la barra del autobús. Leemos algo y nos miente, nos apremia, y corremos a decir la verdad. ¿Quién no ha encontrado el inicio de una historia en el final de otra? ¿En un dibujo? ¿Una música? ¿Un actor? ¿En la última vez que llovió? Pero, ¿dónde están? ¿Existen los cuentos antes de escribirlos? ¿Hay alguna forma de acotarlos? Me temo que no. De dónde surgen los cuentos no es algo que se pueda precisar, y mucho menos enseñar. Surgen. Como el humo de los barcos, adoptan formas caprichosas, huidizas, que nadie puede señalar en el cielo por anticipado. Y se esfuman. Puede que todo esto resulte un poco vago, pero lo cierto es que un cuento no puede definirse sin dificultad si excluimos su increíble particularidad de la generalidad. Puede que lo constitutivo del cuento sea precisamente esa naturaleza volátil, su materia prima impalpable, espiritosa, tan susceptible de esfumarse, expandirse, crecer, cambiar y desaparecer que más que escribirse parece que se conjurase mediante un sortilegio. Tal es, a mi modo de ver, el estado de gracia en el que se gesta el cuento. ANTOLOGÍA DE CUENTISTAS 2017

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CRIADERO DE MARISCOS Como le decía, amigo, tengo este negocio hace tiempo. Me lo dejó mi padre. Él lo montó. Montó este criadero de mariscos, y luego me lo dejó a mí. Pero si quiere que le sea sincero, le diré que yo esperaba otra cosa. Yo esperaba hacer grandes cosas. No sé si me entiende. Otra clase de cosas. Cosas grandes. Cosas de verdad importantes. Yo estaba seguro de que había venido a este mundo para hacer grandes cosas. No las cosas de siempre, sino cosas de verdad. ¿Ve esta protuberancia de aquí? ¿La ve? No. No lo crea. No es un defecto. ¿La ve? Junto al occipital. Pase la mano si quiere. ¿Qué me dice? ¿La ve o no? La heredé de mi padre. Él también la tenía. No. No es un defecto. Ya lo creo que no. Quiero decir que esta protuberancia no está ahí por culpa de un golpe, ni mucho menos. No, no lo crea. Tampoco es una deformidad. ¿Qué es lo que estaba pensando? ¿Que se trataba de alguna clase de antojo? Tampoco, no. Podría haber nacido con un lunar en el cuello, como mi hermano. Podría haber nacido con la tensión alta, como mi madre. Pero. No fue así. Nací con esta protuberancia junto a mi occipital. No con un lunar en el cuello ni con la tensión alta. Y de eso se trata, ¿comprende? De que uno no nace con una protuberancia así, porque sí. De que cuando uno nace con una protuberancia de esta naturaleza en su cráneo, junto a su occipital, inmediatamente imagina que habrá de hacer grandes cosas. Imagina que se comerá el mundo. Imagina que no le faltará de nada. Créame. No puede usted imaginarse lo que uno llega a esperar de una protuberancia así. Imagina que será diferente. Y que todos lo envidiarán. Imagina que hará grandes cosas que todos querrán imitar. Alguien con una protuberancia así no está destinado a sentarse. A esperar. A quedarse de brazos cruzados. No señor, no. No lo crea. Eso es lo que uno imagina. Quiero decir que hay montones de individuos por ahí a quienes les basta con segar su césped. O llamarle a otro tipo hijo de perra si les jugase una mala pasada. Y eso es todo. Créame. Quiero decir que esa gente tiene suficiente con eso. Quiero decir que es bastante. Que para ellos eso está bien. Jamás se preocuparían de más. Nunca se pararían en mitad del césped con la segadora aún en marcha, mientras su mujer les pregunta qué están haciendo ahí parados con la segadora aún en marcha, quemando tontamente el gasoil y arrancando hasta la última brizna de hierba del trozo de césped en donde se han quedado parados. No. Créame. Hay montones de individuos así. Y me parece que está bien. Lo que pasa es que, si quiere que le sea sincero, estoy convencido de que ninguno de ellos nació con una protuberancia en su cráneo. Junto a su occipital. Tal como me sucedió a mí. Y antes que a mí, a mi padre. Esa es la diferencia. Es esa pequeña y sutil diferencia lo que permite a esos hombres seguir segando su césped sin necesidad de pararse con el motor aún en marcha quemando el gasoil, y discutir con sus mujeres por haber dejado una calva en la hierba. Supongo que se trata de eso. Créame. Es como esos huesos de pollo. ¿Sabe a cuáles me refiero? Esos pequeños huesos de la parte del pescuezo del pollo. Que están dispuestos de esa manera especial. Como engarzados. Como eslabones en una cadena. Esos huesos que son tan pequeños. ¿Se ha fijado? Son muy pequeños. Insignificantes. Nadie notaría que esos huesos existen si no se hubiera atragantado alguna vez con ellos.

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Pero. Y pueden ahogarle a uno. No. No lo crea. Le digo la verdad. ¿Usted nunca se ha atragantado con uno? No. Ya veo. Yo recuerdo que mi padre también presumía de no haberse atragantado nunca con uno de esos huesos de pollo. Pero. Mi padre era un caso distinto. Créame. Le digo la verdad. Mi padre era un hombre muy fuerte. Era fuerte de verdad. Tan fuerte o más que un boxeador. Es probable que hasta aplastase esos huesos entre sus mandíbulas. Es probable que lo hiciera sin advertir siquiera que lo estaba haciendo. Mi padre era un hombre de verdad. Menuda protuberancia tenía. Recuerdo que tenía que cubrirse el cráneo con un sombrero por pudor. Créame. Lo hacía por pudor. Y aún así, se le veía. Era un hombre muy grande. Y fuerte. Yo estoy convencido de que masticaba esos huesos. Pero. En cambio siempre olía a humo. No. No lo crea. Era un hombre limpio que se aseaba siempre después de cerrar. Ahí detrás. Lo recuerdo como si estuviese aún aquí. Masticaba esos huesos de pollo como si fueran chicle y en cambio siempre olía a humo. Créame. Le garantizo que es verdad. A humo. A todas horas. Un humo como de hueso quemado. Y es algo que nunca he podido entender. Mi padre fue quien montó el criadero de mariscos, lo llevaba él solo. Igual que yo. Ya lo sé. Sé que se está preguntando qué tiene que ver el marisco con oler a humo. Pero. Cualquiera sabe que si debiera de oler a algo era a marisco. O a salitre. O a mar. No a humo. Los mariscos le rodeaban. Eran su vida. No es que se tratase de la mejor clase de vida que mi padre habría podido llevar. No. No lo crea. ¿Con una protuberancia así? ¿De la magnitud de la suya? Créame. No. Mi padre habría podido hacer grandes cosas. Como yo. Sin embargo. Ahí tiene usted a esos mariscos. ¿Se ha fijado en ellos? Acérquese. ¿Los ve? Son raros, ¿no? A mí me lo parecen también. Me he preguntado mil veces en qué estaría pensando mi padre cuando montó este negocio. No me malinterprete, no le juzgo. A mi padre no. Lo que quiero decir es que son algo curioso. Estos bichos. Los mariscos. Si se repara bien en ellos incluso pueden revolver el estómago. Venga. Acérquese. Mírelos. ¿No son asquerosos? Adelante. Dígalo. Son repugnantes. Si se les observa mucho rato no es difícil que lleguen a parecer monstruosos. Una atrocidad. Sin embargo. La gente paga mucho dinero por ellos. No. No lo crea. Es la verdad. Paga por comérselos. Es paradójico. No me diga que no. Monstruos repugnantes que la gente está dispuesta a comer. Y yo me alegro. No se lo voy a negar. Tengo este criadero desde hace ya muchos años. Me lo dejó mi padre. Nos ha dado con que vivir. Pero. No. No lo crea. Hay cosas paradójicas hasta la condenación. Como esos huesos de pollo. O mi protuberancia. Usted la vio. Aquí, junto al occipital. ¿Verdad que es grande? Cualquiera diría que yo estaba destinado a hacer cosas grandes. Cosas de verdad importantes. Y en cambio. Aquí me tiene. Rodeado de mariscos, lo mismo que mi padre antes que yo. Hay cosas que no tiene explicación. Créame. No intente entenderlas. Sólo con darse cuenta ya es bastante. Por eso hace tiempo que dejé de pensar en ello. En la protuberancia. En mi padre. Hice un par de cosas grandes en mi juventud. No ha sido fácil, créame. Hubo un par de ocasiones en las que estuve a punto de lograrlo. Pero. Son esas cosas que siempre acaban haciéndose humo delante de los ojos. Créame. ¿Alguna vez ha llevado un criadero de mariscos?

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(México, 1939) Fui una lectora voraz. Empecé con narraciones infantiles a las que siguieron novelas importantes seguramente impropias para mi edad; pero en conjunto despertaron mi vocación. Como la mayoría, intenté escribir poemas y tuve la desvergüenza de enseñárselos a maestros consagrados. No me desilusionaron, aunque tampoco fueron capaces de instigarme a continuar ese camino que necesita colaboración de ángeles benévolos. No, no sé cuándo ni cómo, intenté cuentos, el género más exigente después de la poesía. Necesita una técnica esmerada; sin embargo, William Faulkner decía que al escritor interesado en la técnica más le valía dedicarse a cirujano o a colocar ladrillos. En cierto modo tenía razón. No del todo. Ningún manual, ni siquiera un taller literario, indica la forma de hacerlos. Nadie enseña la manera de saber contar. Se requiere un estilo personal ligado a la respiración y a la forma de mirar el mundo. El cuento es una gema preciosa de la que debe desterrarse lo innecesario, un problema individual que va gestándose casi insensiblemente mientras se trabaja impulsado por un anhelo de perfección que jamás se alcanza. Incluso sabiendo esto cada vez pienso que en esa ocasión o en la próxima lograré lo que me propongo. Por ello sigo trabajando y no renuncio al oficio que me ha dado tantas satisfacciones.

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INTENTO DE DECÁLOGO Uno. El cuentista necesita talento, disciplina y sobre todo permanecer alerta para continuar en el ejercicio de su tarea. Dos. No hay que sentirse satisfecho con lo obtenido porque nunca es tan bueno como podría ser. Tres. Hay que soñar y apuntar más alto cada vez sin preocuparse por sus contemporáneos, ni siquiera por los autores de su mayor estima. Simplemente hay que tratar de ser mejor que uno mismo. Cuatro. Antes de empezar un cuento necesita saberse lo que se quiere decir, de ahí que sea tan importante la primera frase. Lleva implícito el tono, el ambiente, incluso los personajes. Porque la forma y el fondo son lo mismo. Cinco. Es indispensable que el final esté sostenido por puntos de apoyo bien escondidos, los cuales se van descubriendo en la medida que se escribe y que quizá sólo los encuentre el lector si lo investiga con el mayor cuidado. Deben quedar ocultos como las vetas de una mina. Seis. Si un cuento no sale de una jornada requiere revisarse cada día para continuar, reescribirse o decididamente olvidarse de él. Siete. Evitar que en el texto existan hoyos negros. Es decir, cosas que no quedaron resueltas y de las cuales se habló sin dar mayores detalles y sin que volvieran a surgir en lo contado. Ocho. Uno puede estar cierto de que en una narración del tipo hay mucho más de lo que se leerá la primera vez; pero al escritor no corresponde descubrirlo. Nueve. El autor de cuentos es un ladrón. Siempre se apropia de cuanto lo rodea. Por eso a veces recibe quejas de amigos y parientes que se sienten retratados y no del todo satisfechos ni contentos. En eso, créanme, tengo varias y dolorosas experiencias. Diez. Según anoté antes, uno conoce la historia pero la modifica a medida que va saliendo. Como la música y la pintura, el cuento tiene movimiento propio. Por lo regular se mueve imperceptiblemente mientras avanza, luego empieza a detenerse hasta quedar quieto. Cuando esto sucede, el escritor se siente impotente para proseguir. Hay cuentos que no están dispuestos a hablarnos y con ello parecen terminados o al menos lejos de nuestro alcance. Numerosos escritores, yo entre ellos, procuran darles un tiempo de espera antes de integrarlos a una nueva colección. Otros conllevan mayor movimiento, siguen en la mente, indican que algunos pasajes requieren modificarse y sólo así, cuando han tenido una revisión definitiva, se consideran terminados. ANTOLOGÍA DE CUENTISTAS 2017

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SAFO Safo nació en una isla lo cual es un principio de soledad, una definición. Parada en lo alto de su terraza, se veía tan pálida como la muerte. Tenía el rostro blanco de las leprosas. Sus bucles en desorden igualaban las hojas del bosque en las tempestades y se le enredaban los cabellos canos que pronto ni con todas las artes de la cosmética dejarían de servirle para tejer con ellos su propia mortaja. Lloraba su juventud perdida igual que si fuera un amor traicionado. Se dolía aún más que cuando la bella Attys abandonó sus amores. Creyó que no podría superarlo nunca; sin embargo, superó el desgarramiento y casi sonrió pensándolo. Su pequeña y delgada figura se recortaba con las primeras luces de la aurora. Veía el panorama dormido a sus pies, sólo las olas del mar se estrellaban contra las rocas, parecían una mano que lanzaba por cada dedo espumas intermitentes. No olvidó que el médico Hipócrates le había dicho que en el agua encontraría su salvación y por eso la observaba con avidez. Creyó —como todos los desdichados— que los demás eran felices y a esa hora los habitantes de Mitilene descansaban y después de acariciarse abrazaban a sus parejas. Se convenció de que únicamente ella había estado desosegada y sin dormir desde hacía semanas. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Reconstruyó la imagen de algunas discípulas. Las había enseñado a bailar entonando cánticos nupciales. La abandonaron siguiendo al hombre con quien debían desposarse; otras las sustituyeron, incluso más graciosas; pero ahora crecieron y se fugaron de esa mirada que exaltaba la agilidad de los movimientos, los pechos erguidos, la carne firme, la sonrisa entusiasta, todo cuanto ella había perdido y añoraba. Además, las nuevas alumnas también se fueron obedeciendo su destino. Estaba amargada por el llanto que valientemente no derramaba. Se daba cuenta de que ofrecía a sus amigas un desamparo acariciador y que Attys al alejarse no hallaría una felicidad tan grande como besándose apasionadas o corretear en la orilla de la playa fingiendo que no se alcanzarían hasta que una de las dos abandonaba la carrera y se desplomaba sobre la arena esperando a la otra; sin embargo algunas muchachas más dotadas la reemplazaron. Ahora también se habían ido. Y ella intentaba descansar sin lograr hacerlo por una tortura inexplicable. Claukis, la esclava que la había ayudado y protegido desde su infancia, la llamaba niña y conocía el dolor que albergaba por los años pasados sin apenas sentirlos, vino al poco rato para masajearla. La tendió en un camastro. Luego tomó un peine artísticamente labrado y con aceite comenzó a trabajarle los rizos. Safo abrió los ojos, cerrados para sentirse mimada, y con una voz mansa conociendo de antemano la respuesta preguntó: — ¿Estás triste por ver cómo se blanquean mis cabellos? ¿O por qué tu arte ya no consigue disimular los pliegues y arrugas de mi cara?

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— No, señora mía, desearía que alguna vez pudiera verte tan radiante como el día que regresaste del exilio siciliano con tu esposo Kerkolas. Entonces mis preocupaciones descansarían. En ese tiempo nació tu hija Kleis y por una época fuiste sencilla y feliz… —repuso la anciana como si no hubiera oído lo que acababan de decirle y como si no hubiera dicho lo mismo con frecuencia. Safo siempre temió que su hija heredara su propio temperamento, su apasionado apego a la libertad y su ardiente comprensión de los sentidos que traía consigo dolores infernales. Ninguno sabía tanto que un segundo de plenitud se paga con lustros de desesperación. Sonrió melancólica, se enderezó para contemplarse en el espejo colocado sobre una mesita entre potes de afeites. No disimulaba las profundas ojeras de la madrugada anterior, la piel morena de matices grises. A pesar de permanecer desvelada, Apolo no la había visitado durante varias semanas y no consiguió ni una línea digna de rescatarse y su pena se recrudecía segura de que su existencia perdía sentido y se le había secado la fuente. Conocía el precio con que se paga el talento. Desdeñaba la cárcel de su cuerpo. Sin embargo a ella, elegida por los hados con el don de la poesía, le quedaba el consuelo de haberse expresado con su arte provocando éxtasis embriagantes. Pero guardó ese pensamiento contradictorio y consolador. Se levantó para que le abrocharan el peplo. La esclava cerró las hebillas de los hombros y el cinturón de metal cincelado que ceñía estrechamente el talle, levantó los amplios pliegues de la túnica encima del cinturón y formó una especie de blusa. Le calzó sandalias de cabritilla y dejó cerca un sombrero de paja que la defendería del calor apenas saliera para visitar sus huertas, jardines y viñedos. A medida que la mañana entraba se distinguían miles de insectos zumbando alrededor de los árboles frutales. Algunos olivos antiquísimos levantaban sus troncos carcomidos por siglos, eran gigantes ancianos que miraban a sus retoños creciendo cerca. Y sin que nadie notara cambios en su conducta, empezaron las peticiones cotidianas que tanto cansaban y aburrían: –Ama, queríamos preguntarte si quieres comprar las semillas que trajeron los mercaderes de Samos, dicen que las ensaladas y calabazas que de ahí salen tienen sabores especiales. –Ama, los canales que riegan el viñedo están muy deteriorados si no se reparan sufrirán mermas las cosechas. –Ama, los almendros deben podarse. –Ama, necesitamos niños que corten aceitunas. Asentía. En realidad apenas oyó las propuestas, dejaron de importarle. Su pensamiento volaba. Con más fuerzas que los días anteriores, la mordía el recuerdo símbolo de lo extraordinario, llegó a Eresos, su ciudad natal en Lesbos, recordó a su intrépido padre que contaba viejas leyendas de los dioses y toda la frescura de la brisa quedaba encerrada en esas horas. Al partir hacia una guerra de la que jamás regresó, ella quiso morir. Cada vez que gozaba momentos tranquilos

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reconstruía la época en que los hombres abandonaron Lesbos y las mujeres tomaron el gobierno. Resolvían problemas de agricultura, familia y derecho. Se convirtieron en amazonas y cobraron una fama expuesta a la maledicencia. Mantuvo en su memoria la cara de su madre que supo guiar con bravura a cuatro hijos y le enseñó orgullosa que debía apoyarse en su propio sexo e independencia. Dibujó en su imaginación al rubio Alceo, el poeta de la guerra y el vino, su primer enamoramiento. Junto con él creció acompañada por mancebos que la deseaban gracias a su volcánico apego por la belleza en cualquier forma que se presentara, en el ritmo que se les daba como cosa natural desde los lejanos tiempos en que estas tierras cobijaron la cabeza de Orfeo. Por eso proliferaban los artistas aunque nadie había alcanzado la fama que ella construyó desde la primera edad. Sus canciones se oían en todas partes. El pueblo se las apropiaba de tanto repetirlas. La rodearon jóvenes que la convirtieron en un atrayente personaje escuchado con atención desde adolescente. Se admiraban sus movimientos al bailar cantando y tañendo su cítara. Después conjuró otra vez a todas sus discípulas, las primeras de su misma edad que se internaban en los bosques de pinos, aspiraban el perfume de las ramas y se preparaban para las danzas en los altares de las diosas. “Eros sacude tanto los sentidos como las tormentas de las montañas a los bosques”, repetían. Recordó cuando, ahora le parecía que había pasado una eternidad, se puso su sombrero y salió rumbo al mercado acompañada de Claukis, quien le señaló con el dedo uno de los veleros debajo del puente. Allí descubrieron al rubio Faón. Parado sobre su nave se reclinaba contra el mástil y tenía junto dos quinceañeras sonriéndole embelesadas. Por el griterío reinante no se podía entender lo que hablaban; sin embargo, él bajó de un salto, abrazó a sus adoradoras inclinándose a cada una; y luego por primera vez vino hacia ella que había advertido la prestancia del pescador, mirando de cerca esos ojos color miel tuvo una extraña premoción, sintió que su corazón latiría de nuevo y se burló de una promesa que hizo sin sospechar el porvenir. “Hacia vosotras, hermosas hermanas mías, está inclinada mi alma y jamás cambiará”. Entonces le preguntó a su esclava lo que sabía de ese hombre tan atractivo. Así se enteró de las historias que corrían de boca en boca. Decía ser hijo de una griega de Esmirna y de un marino y traía consigo muchas experiencias. La tarde empezaba a ocultarse y a la luz de un farol contempló el rostro de aquel que la había notado sin demasiada curiosidad, pero que para ella comenzaba a ser el único sol humano. Luego siguió su camino hacia un templo redondo construido en honor de una deidad, iba repitiendo versos que había compuesto cuando el amor por una doncella la abrumaba. Ahora sin presentir el porvenir pronunciaba las mismas palabras configurando la silueta del barquero. Y estuvo allí embargada por sensaciones sorpresivas hasta que declinó la tarde y apareció lentamente la gloria del ocaso. Ya en su casa la luna iluminaba un ángulo del patio abierto. Bajo esa luz pudo leer una carta, su hermano viendo que la vida por aquellas épocas se le

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complicaba gracias a los acervos comentarios que la pondrían en peligro, le rogaba que contrajera ventajoso matrimonio. El marido propuesto se llamaba Jadmón, era un comerciante rico que deseaba calentar su lecho con la fama de la poetisa y hasta prometía abandonar su propia isla para hospedarse con ella, devolverle un buen nombre y mantenerla hasta el final de su vida. Safo encontró la oferta conveniente y sin embargo ni lo pensó. Su resolución fue tomada antes incluso de analizar sus ventajas. Escribió que aceptaría si aún pudiera concebir; pero esa oportunidad se había ido. “Si mis pechos dieran leche todavía, si mi seno pudiera llevar fruto, iría sin temor hacia el tálamo nupcial; pero ya la vejez ha grabado arrugas en mi piel”, repuso. No. Ya no tendría la ventura de estar embarazada. Ahora era una mujer confusa. La prudencia y la voluntad competían en su interior. Su hacienda mermada le impedía vivir con tanto lujo como siempre. Decidió cortar el hilo de su vida y por ello recordaba. Quizá sólo una ilusión le devolvería el ensueño, pero la fantasía se evaporó como las gotas del mar al chocar contra la costa. Vestida con su precioso peplo blanco de anchos bordados en el extremo y una cinta del mismo color ciñéndole la frente salió otra vez a la terraza iluminada por la luna que pronto aparecería. En torno del monte Olimpo aún los rayos solares se encendían de púrpura y oro. Y siguió recordando, nadie debía notar cambios en su conducta ni impedir su resolución. Así continuó una costumbre, bajó a la viña para examinar las reformas en los acueductos que se empezaron bajo las diligencias del jardinero. Mientras se figuraba que esos rayos celestes envolvían a Faón como si fuera algo divino e inatrapable. Por él había percibido un manantial agotado que volvía con ímpetus a brotar de sí misma. No importó que al conocerlo no supiera leer. Ella le enseñó con tal de verlo con frecuencia y mientras lo hacía y lo observaba descifrando las letras fue mitad madre y mitad doncella y su ser se abría como mariposa saliendo del capullo. Recordó los halagos de Faón en los primeros encuentros, el beso al extremo de su manto, sus continuadas reverencias. Recordó los relatos populares que lo convertían en un mimado de Afrodita porque se decía que la diosa eligió la nave de ese pescador para ir a Hiérapolis, su punto de destino, disfrazada de una anciana andrajosa a la a la que por lástima el marino no le quiso cobrar, la pesca había sido abundante, y como recompensa recibió un bálsamo que hechizaba a las mujeres. A Safo la hechizó. Aquella vez, la vez que cruzaron gestos cordiales, ella que casi no probaba alimentos, comió con fruición los langostinos ofrecidos por el pescador. A la mañana siguiente volvió a mandar que le prepararan la mula para repetir el paseo y colgó la canasta con las provisiones en la perilla del argón. Caminaba sola, por el sendero anterior, sin encontrar a quien tanto anhelaba. Transcurrieron horas hasta que Mitilene inundada por la luz lunar cobró una belleza irreal. A la derecha se veía el golfo de Hiera y muy lejos a la izquierda centellaban puntos luminosos de Methymna. Safo nunca olvidó el fulgurante espectáculo. Ni olvidó tampoco que le hubiera gustado alcanzar el cielo con las manos. Al regresar a su casa lo alcanzó. El joven barquero estuvo allí llevándole más pescado.

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Esos fueron los principios. El recuerdo la llevó hasta la pequeña bahía donde se bañaba en espera de lo esperado. Por eso en una gruta tendió sus mantas. A treinta pasos de la playa se balanceaba un barco al vaivén de las olas. Sintió una sombra sobre su cuerpo, como si alguna nube acabara de ocultar la claridad. Ante ella estaba Faón que cayó de rodillas y escondió la cabeza en su regazo tartamudeando palabras dulces. Ella no se movió, un temblor la recorrió al contacto de aquellos músculos poderosos. Emocionada lo atrajo contra sí. Besó sus mejillas y sus labios, le confesó que lo anhelaba y por la confesión consumaron los deseos. Después en la penumbra él se quedó dormido y ella veló su sueño llena de gratitud. Sí, esos fueron los principios. Recordó nuevamente que los encuentros se dieron todos los días en el agreste nido o en su propia habitación donde, ciñendo contra sí las rodillas, empezó a cantarle sus poemas sin importarle las habladurías de sus servidores. Él se mantuvo reservado hablando de cosas ajenas a cualquier intimidad. Ella, sin querer notarlo en esos momentos, recordó nostálgica que se sentía tan afortunada que carecía de importancia todo lo tenebroso y triste. Tiraba guirnaldas al mar musitando. “Y que el carro del triunfo flotante reciba mis ofrendas”. Pese al tiempo transcurrido Faón seguía sin dar señales de que compartía el enamoramiento salvo al hacerla gozar hasta la enajenación. Ella, tan sabia en caricias, supo sólo que cada encuentro había sido mejor que los demás. Un anochecer, viendo que Faón se disponía a partir con una ira impredecible como si no hubiera terminado de desfogar sus ardores, Safo lo detuvo y escanciándola con vinos le sirvió la comida que Glaukis había preparado. Se sentó a su lado y jaló la mesita y la lámpara de aceite. — Amado, susurró, aproveché tu reposo y escribí para ti unos versos. Desdobló el rollo de papiro y leyó: “Esta noche te aseguro he rezado que no tenga alba…”. Serán una señal de nuestra unión, un secreto no compartido, algo que sólo tú y yo sabremos. Faón los recibió como un tesoro y se puso a deletrearlos. Safo se enterneció al advertir que había aprendido a formar palabras con rapidez y que escondía el pequeño rollo en su chitón arriba de la cintura: — Guárdalos bien, advirtió ella. Que nadie lo lea.— Después Faón apagó la lámpara de un soplo y esa noche no tuvo alba; pero los dioses ciegan a quienes quieren perder, es bien sabido. Una semana después en el mercado, porque la burla asesina el respeto, hasta la más triste verdulera se deleitara haciendo mofa de la vieja poetisa rogando para conquistar al jovenzuelo del bálsamo misterioso, la petición a los inmortales y la noticia de que Faón desapareció apresurado cruzando los

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mares. Afirmaban que no regresaría. Safo en sus inútiles visitas a la gruta, en su paso por el mercado lo había escuchado sin detenerse a indagar. Envuelta en el velo de niebla de sus recuerdos nada compraba. Convencida de que la voluntad había triunfado sobre la prudencia, repetía sus mismos versos, “Eros sacude tanto los sentidos como las tormentas de las montañas a los bosques”. Entre sueños, guiaba su mula hacia un majestuoso acantilado. En el filo, recordó por último a Hipócrates y abriendo los brazos como si quisiera abarcar el universo se lanzó hacia las aguas.

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©César Viteri

(España, 1985) El sitio desde el que empiezo a entender el mundo es una isla, Mallorca, donde aprendo a leer, a caminar, a contar hasta cien. En 2013 se publica el libro de relatos La noche en que caemos (Premio Fundación Monteleón). En 2015 quedo finalista del Premio Nadal con la novela He aquí un caballo blanco. En 2016 se publica El estado natural de las cosas, (Caballo de Troya, 2016), antología de relatos con la que gano el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. Actualmente resido en Madrid. No sé silbar.

CREDO - Nunca enfrentarse a la página en blanco sin una idea ya preconcebida. - Dejar templarse el relato una vez escrito, dejarlo en barbecho, en reposo. - Caminar antes de escribir. - Leer antes de escribir. - Escribir antes de escribir. - Que el final sea inesperado pero inevitable. - Concebir el cuento como un ejercicio especulativo, metafísico, si se quiere. - Concebir el cuento como un hacha, no como una sierra. - No contarlo todo, dejarle márgen al lector para que haga de tu cuento su cuento. - Escribir sin solemnidad, sin impostura.

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CUIDADO CON EL HUEVO Hay un huevo enterrado en el cementerio de La Almudena. No un huevo de ave sino un testículo, el testículo izquierdo, enorme, de alguien que lo dejó escondido allí. Apenas se distingue el lugar entre dos lápidas, un ligero abultamiento, la curvatura del césped, el color de la tierra más oscuro donde se ha excavado recientemente. Pero hay un huevo, hay un testículo humano —del tamaño de una cabeza— enterrado entre dos tumbas, en el cementerio de La Almudena. El día en que Carlos se lo dijo a su mujer estaban discutiendo y él había sacado el tema en medio de la conversación, sin venir a cuento de nada, más por el impulso de ahorrarse una bronca que de querer compartirlo con ella, pero ya estaba dicho. Sofía le había estado rindiendo cuentas por no se sabe qué cosas de un asunto familiar cuando él la interrumpió y ella, al escucharle, se había callado de golpe. Le había dicho, así sin más, que hace unas semanas venía notando algo distinto, que le parecía que le estaba creciendo un testículo, y ella se lo había confirmado después de mirárselos los dos detenidamente; sí, el izquierdo es más grande. Ninguno habló de médicos al principio. Esa misma noche se dedicaron a hablar de otras cosas, de sus próximas vacaciones, del pago de la lavadora, de la fiesta de cumpleaños de ella. Dejaron de discutir y olvidaron el enfado y pronto se durmieron el uno junto al otro, tocándose como solían tocarse, con una caricia leve sobre el pelo, o con la mano sobre la pierna, hasta que se durmieron. Habían crecido en el mismo barrio. Habían sido novios desde el principio, antes incluso de ir a la universidad, solo porque sus padres eran amigos y ellos eran jóvenes y vivían a dos calles el uno del otro y se gustaban un poco. Eso y que todos hablaban. Carlitos en unos años será todo un mozo, Sofía, a sus catorce, ya se peina como las mujeres desposadas, y todo el vecindario había participado de esa comidilla alegre que significaba aventurar un futuro a una pareja de niños. Una casa para los dos, algo de dinero, un coche, unos niños con los ojos claros de él o con el pelo rizado de ella, o las dos cosas. Pero no había llegado lo uno ni lo otro, ni junto ni por separado, sino que ahora lo que le ocurría a Carlos era que le estaba creciendo un testículo, y eso no lo había predicho nadie. El huevo siguió creciendo, lo supo él y se lo callaba, pero Sofía se enteró poco después —solía mirarlo disimuladamente en la ducha o cuando se acostaban. El día de su aniversario se quedaron hasta después de medianoche despiertos y desnudos, y a ella no le pareció bien que siguieran sin hablar habiendo pasado ya siete meses desde aquel primer día, siete meses, veintiocho semanas, desde que él le había dicho a ella que a su huevo le pasaba algo, y para entonces ya era un par de centímetros más grande. Ha crecido, ¿verdad? Sí, un poco más. ¿Te duele? No, a veces molesta. ¿Quieres ir al médico? Más adelante quizá, ahora estoy bien. Pareció

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por un momento que ella iba a reclinarse y hablar de otra cosa, como había pasado la primera vez, pero ella no se movió, acaso solo para acercarse un poco más y tocarlo con ambas manos. A mí me gusta, dijo, y el marido, Carlos, sonrió un poco. Cuidado con el huevo, decía ella siempre que él salía a trabajar. O al principio era solo por las mañanas, cuando iba hacia la oficina en transporte público, pero luego fue siempre que saliera a la calle, a comprar tabaco o a la reunión de vecinos. Había empezado a hacérsele más molesto al caminar. Lo sentía colgando cada vez con más fuerza, balanceándose al ritmo de los pasos y chocándose muchas veces con el otro, el huevo derecho, que mantenía las dimensiones habituales. En el metro solía llevar siempre una mano en el bolsillo para protegérselo, establecía una línea defensiva entre su testículo y los empellones de la gente, los codos y las manos y los paraguas que él percibía como formas hostiles. Ya no podía jugar a fútbol sala con los de la empresa, ni ir a la piscina los sábados (el huevo le abultaba demasiado bajo el bañador). Ya no podía bajar las escaleras corriendo ni tampoco hacer según qué posturas cuando follaba con su mujer. Ella se había acostumbrado a ponerse encima, con cuidado de no aplastárselo, y después de que Carlos se corriera dejaba caer su cuerpo al lado, con la cabeza a la altura de la cadera, para acariciarle el testículo, siempre el izquierdo, a veces incluso lo besaba, aunque no fuera de forma lasciva sino afectuosa. Y eso era lo que más le preocupaba a Carlos, la manera que tenía su mujer de mirarlo —al huevo, no a él— cuando se desnudaba; o la costumbre recién adquirida de ella de tocarle el bulto bajo el pantalón, a todas horas, a veces incluso fuera de casa. Pensaba él que la mirada de ella tenía algo de extraño, de fría ansiedad, y ella empezó a morderse los dientes por la noche, nerviosa, y no hacía más que preguntarle a él si lo notaba crecer o si le dolía. Tampoco volvió a hablarle de ir al médico. Ahora, por lo visto, solo quería conservarlo, o que su marido lo conservara, a la espera de que siguiera creciendo, aunque ninguno de los dos sabía cuánto más. Por las tardes, Carlos llegaba y ella venía a él inquieta, al principio con una impaciencia que se encargaba bien de disimular, por deferencia a su marido, pero luego ya no. —¿Puedo tocarlo? —¿Por qué? —No sé, me sienta bien. Él tuvo un par de situaciones embarazosas a lo largo del año siguiente, una en los baños públicos y otra en el reconocimiento médico de la empresa. Cada vez, a medida que el huevo crecía, se le iba haciendo más difícil ocultarlo al resto. Los compañeros de oficina lo notaron. ¿Tienes problemas con las drogas? ¿Tu mujer

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se acuesta con otros? ¿Tu equipo ha bajado a segunda? Y él comenzó a sospechar de todos y dejó de verles; sentía recelo, estaba aprensivo, o tenía vergüenza, y un día pensó que el huevo se estaba apoderando de él, o estaba cobrando demasiada importancia en su vida como para negarlo. Se lo dijo a Sofía. He oído hablar de un buen especialista que podía mirarme, tal vez sea una solución sencilla. Pero escúchame… ¿Por qué lloras? No, no haré nada hasta que estemos de acuerdo en esto, tranquila. Ya está. Seguro que esto se pasa, algún día dejará de crecer. Pero un día el huevo llegó a ser tan grande que él no podía seguir sosteniéndolo con una sola mano y entre los dos idearon la forma de transportarlo en una bolsa que ella misma se encargó de confeccionar, porque quería que fuese acolchada y que tuviese forro por dentro, es para que se mantenga caliente, ya verás lo cómoda que es. Él tendría que llevar siempre la bolsa junto al pantalón con el testículo dentro, que ya pesaba dos quilos, sacándolo por la bragueta y llevando la camisa por fuera para disimularlo. Era verano y la gente se iba de vacaciones y ellos tuvieron que cancelar su viaje a Cracovia, no podemos viajar así, entiéndelo, podría pasar algo en el avión. ¿Algo como qué? No lo sé, pero será mejor que esperemos. El año que viene, cuando todo acabe, iremos a Cracovia. Era verano y hacía calor y ella ya no se parecía casi nada a aquella otra Sofía con la que iba de la mano al colegio o a la que invitaba a fumar hierba en el parque o de quien había dicho que era la mujer más feliz que había conocido. Una vez, una noche, cuando el huevo era ya considerablemente grande, él se despertó de golpe y descubrió a Sofía abrazada al testículo. No lo agarraba, lo protegía, parecía estar calmándolo, o acaso era ella la que se calmaba por abrazarlo. Nunca, en todo el tiempo en que la había conocido —ya iban por los veintidós años— le había descubierto esa cara, entre apacible y orgullosa, una cara conforme; colmada, ahora lo adivinó él, de amor maternal. Cuidado con el huevo, dijo ella otra vez semanas más tarde, si acaso con la voz más rota, débil, demandante, y él tuvo la certeza de que no podría ser de otra manera: el huevo o él, su testículo izquierdo o su matrimonio, su vida de antes, poder hacer deporte, tener amigos otra vez. No quiso ir a trabajar. Llamaría después para decir que estaba enfermo, diablos, estoy enfermo de verdad, se dijo de golpe, furioso. Hacía calor y sudaba todo el tiempo, el forro de la funda no le permitía transpirar y empezó a coger mal olor y él temía todo el tiempo que cualquiera pudiera identificarlo. Aquel día pensó que las mujeres con las que se cruzaba por la calle le miraban abajo con demasiado descaro, tal vez adivinando lo que había oculto. Se preguntó qué ocurriría si en

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medio de todos él se descubriera y enseñase su huevo al mundo, ¿veis lo que tengo que aguantar?, gritaría y la gente le dedicaría palabras de consuelo, pero en lugar de eso se quedó en el asiento del metro acariciándose, o sea, acariciando la bolsa. Las paradas se sucedían con lentitud y él no se animaba a bajar, todavía no; tampoco sabía dónde. Siguió así, en el continuo avanzar y detenerse del vagón, con todas aquellas personas entrando y saliendo, la voz metálica de aviso de cada estación, preguntándose si ella había cambiado a raíz de lo de el problema o ya antes podía verse, atisbar un algo del momento que estaban pasando. O si aquello era todo, la continuación natural de las cosas, estar no ya como antes, con esa intensidad o ese anhelo conjunto, solo estar, permanecer juntos pese a que ella ya no lo mirara ni quisiera otra cosa de él que se mantuviese a salvo y que durmiera en casa. Hacía semanas que no lo hacían, ahora no, es peligroso, podrías hacerle daño, y había sido entonces cuando él había entendido, podrías hacerle en lugar de podrías hacerte, como si el huevo ya no fuera un apéndice suyo y el que fuera a sufrir no fuera él sino el testículo. Se había sentido —cuántas veces pensó lo mismo en los últimos días —desplazado, sin parte de su autonomía, víctima de una alteración constante y perpetua de lo que venía siendo su vida desde lo del crecimiento. Por otro lado, pensó mientras la gente se agolpaba cada vez más en torno suyo, su mujer, los días más felices, podían volver si él se decidía, eran recuperables. Lo de los últimos meses, el abandono parcial, le habían llevado a un ángulo obsceno, absurdo, pero un ángulo corregible al fin y al cabo, aunque para ello tuviera que hacer una cosa, una sola cosa. Sin prestar atención de la parada en la que estaba se levantó, arrastrando de nuevo la bolsa consigo, y salió del metro. Cuando volvió a casa era tarde. Podía imaginarla, se la imaginó todo el camino de vuelta, echada sobre el sofá en alguna postura incómoda, con unas cuantas colillas mal apagadas en el cenicero y unas cuantas suposiciones de más en la cabeza, tal vez habiendo llorado, o tal vez habiéndole insultado por cada una de las veces que no le había cogido el móvil, trece veces en total. Pensó, antes de cruzar la calle hasta el edificio donde vivían, lo mismo que se le había ocurrido pensar en la sala de espera de la consulta. ¿Ella le había creído capaz de tal cosa? ¿De la traición? ¿O no era traición resolver un problema estrictamente suyo? En el portal, mirando las líneas superpuestas de los escalones, se detuvo y pasó así diez, quince minutos, hasta que una vecina salió del ascensor y recuerda no haberle dicho nada a la vecina, pero no recuerda si la vecina le había saludado siquiera. Se metió en el ascensor y los ruidos de la calle se apagaron al cerrarse la puerta, pero no pulsó el botón, se limitó a quedarse de pie, a la espera de nada en

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realidad, viendo su reflejo abstracto en la plancha metálica de la puerta, porque espejo no había. Le llegó el olor a yodo de su propio cuerpo. Estaba sucio y dolorido y tenía las uñas llenas de tierra. Se oyeron unos pasos en el portal pero luego se perdieron en ecos por la escalera. El doctor Ehio no le había sonreído ni una sola vez, ni antes ni después de la operación, y le había mirado de aquella manera reprobatoria, como si en el fondo estuviera de acuerdo con su mujer en conservar el huevo. Después de que le pusieran los puntos le habían dicho que podía marcharse y se lo entregaron envuelto en una toalla y él lo metió en la bolsa forrada por dentro y estuvo a punto de dejarlo en cualquier parte, en algún contenedor, pero luego pensó que mejor no, que al menos le debía eso a su mujer, aunque no quería llevarlo a casa. Alguien en otro piso había llamado al ascensor y ahora subía y él miraba los números deseando que no se parase en el quinto. El quinto era el de ellos y la otra casa estaba desocupada hace años: si se paraba en el cinco solo podía significar que su mujer estaría al otro lado de la puerta cuando llegase. Y llegó al cinco y se paró. Sofía no se había peinado e iba en zapatillas, casi no tuvo tiempo de mirarla a los ojos porque ella los bajó en seguida en busca de aquello que no iba a encontrar y casi inmediatamente emitió un grito ahogado y se llevó las manos a la boca. —¿Dónde está? ¿Qué has hecho? ¿Dónde? —Tranquila, está bien, está enterrado junto a mis padres. Morellón, Alejandro. El estado natural de las cosas. España: Caballo de Troya, 2016

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©Arturo Orta Universum

(México, 1960) Nací en la Ciudad de México. Desde muy niña me interesé por los libros y la lectura. Sospecho que no me quedó de otra, ya que durante la primaria y la secundaria usé botas ortopédicas y más tarde un corsé. Mis compañeros de clase se dieron cuenta de que mi torpeza e inutilidad físicas eran incomparables. Yo me di cuenta de que la mejor forma de tener amigos era contando las historias que leía. Leo de forma omnívora, constante: libros buenos y malos; de autores clásicos y de escritores más jóvenes que yo; de casi cualquier tema. Pero, distraída que soy, durante muchos años no entendí que ese andar añadiendo invenciones a lo que leía eran ganas de escribir. Fui locutora, vendedora de grabados, maestra de inglés, recepcionista y hasta quise ser jardinera, pero las burlas del señor que se ocupaba de podar los arbustos y la yuca del jardín de mis padres, me disuadieron. Un día ya no me aguanté y escribí una novela de tema árabe que sucede en la Edad Media, una época que, desde siempre, ejerce sobre mí un hechizo poderosísimo. De vez en cuando trato de escapar de esos siglos: pocas veces lo logro. Siempre regreso a hundirme en crónicas, sagas, gestas, sermones y fábulas. Mis personajes históricos más amados son san Francisco de Asís y el príncipe Saladino.

También escribo para niños, ocupación que me alegra muchísimo. Además, traduzco y mantengo una columna en el periódico La Jornada desde 1999.

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CREDO No creo en la inspiración como un acto de magia ejecutado por una mente excepcional. Casi siempre creo en la inspiración como la llegada a la cima de un laborioso cúmulo de ideas. Excepto por los cuentos: estos llegan como relámpagos, como manifestaciones del mundo natural. Son gotas, guijarros, diamantes, trozos de carbón. La novela es una cadena, un racimo, follaje. El cuento, en cambio, es una sola cosa. El cuento indaga y muestra sin explicar. Es afín a las preguntas: más humilde y más astuto que la novela. El cuento puede usar recursos poéticos sin menoscabarlos. Su brevedad lo permite. El cuento obliga al autor a ser modesto, a bajar la voz y darle prioridad a las experiencias de los protagonistas. El cuento es anterior a la novela. Va de la mano con el poema y la parábola de los libros sapienciales. Nació en la oscuridad de la caverna y del templo, entre plegarias y salmodias. Intenta mostrar lo inexplicable. De ahí su misterio. En los mejores cuentos lo que no se muestra es tan elocuente como lo que se describe. El silencio, en el cuento, debe ser tan sonoro como una nota musical. El lector de cuentos es un lector más flexible y ávido que el lector de novelas. Debe ser generoso con su atención y, al mismo tiempo, exigente. La imaginación, en el cuento, debe estar dispuesta a correr una distancia corta con toda el alma. Las editoriales se niegan a publicar cuento por la misma razón por la que escasean las editoriales que publican poesía: son géneros menos susceptibles a ser usados como vehículos para vender, para anunciar, para “mejorar” o proclamar “valores”. No tranquilizan, inquietan. El cuento, cuando está bien escrito, tiene la potencia de lo destilado. Y si el final tiene potencia, la satisfacción que produce la lectura tiene un eco físico. Es como cuando uno entiende, cuando “cae el viente”. Sería bueno leer un cuento diario.

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EL CONVERSO Para Sonia Zenteno Después de ser derrotado por Pipino y de convertirse en su aliado, el duque frisón Radbod fue invitado por el rey franco a visitar la iglesia de Sens. El cristiano Willibrord, vasallo de Pipino, acompañó al duque con un séquito de veinte lanceros montados en caballos negros y cubiertos con capas rojas que siguieron a Radbod como si fueran sus súbditos. Las capas cubrían las redondas grupas, la blancura de la iglesia relucía bajo el sol cándido de primavera y una pared de piedra rodeaba el alto edificio. Deslumbrado por el esplendor de los candelabros y los copones tachonados de esmeraldas y zafiros; exaltado por las voces seráficas y solemnes de los monjes que cantaban salmos y letanías; conmovido por la historia sombría de Cristo, el duque Radbod resolvió convertirse. Educado en el culto antiguo, ignoraba que su conversión repetía la leyenda de Clodoveo, a quien el Dios cristiano había concedido la gloria y la facultad de crear la nación llamada Francia, inmune a la aborrecible herejía arriana. Radbod no conoció nunca la colina en la que Clodoveo mandó construir la iglesia de Sainte Genevieve, después de matar con sus propias manos al rey Alarico en el campo ensangrentado de Vouillé, hazaña cumplida gracias a la Providencia de Cristo. Como Clodoveo, Radbod se dejó seducir por la belleza angélica de los cantos cristianos unidos en la armonía de la misa. A diferencia de Clodoveo, Radbod no pidió a cambio de su alma la victoria sobre sus enemigos. Después de las batallas de Utrecht y Duurstede, su único enemigo era el mismo hombre que lo había invitado a Sens. Arrodillado, miró entre las nubes de incienso el crucifijo de madera que presidía el altar. Willibrord, el inglés a las órdenes de Pipino, escudriñaba atentamente el rostro hermoso y feroz del duque a quien su señor deseaba como aliado: los ojos azules, la nariz larga, las hundidas mejillas cubiertas de barba rubia, la nerviosa nuez de Adán, prominente como la de un muchacho. Satisfecho, se dio cuenta de que el huésped se conmovía: las toscas manos del frisón, cubiertas de cicatrices, temblaban ligeramente. Al observar la cara trágica del Cristo inclinada sobre su pecho herido, Radbod había sentido una piedad tan profunda que las lágrimas mojaron su rostro. Como no era un hombre dado al llanto creyó que el llanto era una señal. Willibrord le apretó la mano y le sonrió. Radbod se cubrió los labios con el dorso de la mano.

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Austero y retraído, siempre se había sentido distante de los estrepitosos rituales de su raza. Había sacrificado caballos sobre las piedras sagradas; hecho arder enormes piras de leña fragante a las que los oficiantes arrojaban los cadáveres de ciervos majestuosos y de algún esclavo estrangulado para agradar a dioses silvánicos cuyas toscas efigies no lo impresionaban. El depender de una comitiva de magas palabreras, armadas con manojos de beleño, estramonio y mandrágora para asegurar las de la alta sede que se alzaba en las marismas de su tierra, pero no más. Era valiente hasta la temeridad, pero nunca había compartido la alegre audacia con la que sus hombres mataban y morían. Para él, la vida y la muerte eran asuntos a los que debía largas reflexiones; por eso le gustó el nuevo dios que había muerto y vencido a la muerte. Lo había hechizado la melancólica historia de bondad, traición, muerte y gloria. La majestad de la iglesia había sido una revelación. Su propio castillo, cuyo techo de vigas lo llenaba de orgullo; la sala ancestral en la que bebía con sus hombres; las bancas que acomodaban cerca del fuego; los lechos cubiertos con la pallia fresonica, le parecieron toscos comparados con la gracia de la iglesia. Su castillo era de adobe, no de piedra; no poseía la serena proporción y la opulencia del edificio que habían levantado los monjes. Wulframio, a quien aun en vida llamaban santo, era el obispo de Sens. Seguía el ejemplo del obispo Bonifacio de Fulda, el más ardiente y perfecto de los misioneros, quien años después habría de morir al norte de las tierras frisonas del duque. En Geismar, indiferente al dolor de los germanos, Bonifacio había derribado el gran olmo de Donar, en cuyo tronco se refugiaban los viejos dioses. Unos cuantos de los presentes se convirtieron, persuadidos de que el nuevo dios era mucho más poderoso que los otros; la mayoría, en cambio, acumuló maldiciones contra el obispo, execraciones que fueron salmodiadas en oscuros rituales que aseguraron su muerte violenta. La venganza había tardado en alcanzarlo, pero cuando lo hizo fue en pagana tierra frisona. Bonifacio trató de defenderse de las espadas idólatras con la Biblia, y los filos habían deshecho la gruesa cubierta del libro. Luego, los paganos lo mataron. Wulframio era un hombre esquelético, de pelo gris, tonsurado como un esclavo, agostado por la oración y el ayuno. Vestía con humildad una cogulla de lana basta y olorosa a oveja. Era infatigable y ocupaba la iglesia con absoluta naturalidad. Semejante a un polluelo ceniciento, recién salido del cascarón, presidía un nido de oro trenzado y coronado con una cruz. Se le atribuían muchos milagros. Gracias a sus rezos había hecho amainar una tempestad de granizo y nieve que cayó sobre las cosechas. De hinojos, azotado por

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la tormenta, había elevado a Dios plegarias tan convincentes que el hielo y la nieve se habían convertido en una leve y tibia llovizna. La buena gente de Sens lo vio, chorreante, hincado en la tierra como si fuera el magro tallo de una espiga, los pies huesudos enterrados a medias en el lodo, las manos en alto. Las picudas aristas de los codos se sacudían en el fervor de la petición, y la voz del santo se perdía en el estruendo. Miraron, incrédulos, cómo el rayo se extinguía y el trueno callaba, mientras el santo elevaba la cara extática al cielo. —Su Dios lo escuchó —susurraron. Muchos, sobre todo aquellos cuyas cosechas se habían salvado gracias a la intercesión de Wulframio, se encaminaron a la iglesia para ser bautizados. El santo también había exorcizado a una niña poseída. Decían que al expulsar al demonio del cuerpo pequeño y exangüe, la voz cascada del anciano se había tornado grave y potente como la de un guerrero. El demonio que salió de la pálida boca de la niña tenía una larga cola, amplia como la de un caballo, y su cuerpo parecía el de un sapo pardo y cubierto de pústulas. Los testigos contaban que la voz de Wulframio se había enronquecido y que sus frágiles manos habían arrojado lejos al demonio, que insultaba y eructaba fuego. El diablo se había evaporado en el aire fresco de la mañana. Desde ese día la gente llevaba a los posesos a ver al santo, quien les devolvía la serenidad con apenas unos gestos. El obispo propagaba incansablemente la nueva fe entre los francos, esa grey rubia y tumultuosa, entregada a la pagana adoración de las encinas y los dioses salvajes. Bajo su dirección los monjes habían embellecido la iglesia que tanto emocionaba al duque. Se alegró cuando Radbod lo hizo llamar y comprobó que el duque era un hombre de buen corazón. Lo instruyó pacientemente; le aseguró que Cristo procuraba la victoria a sus fieles y no los olvidaba cuando estaban ocupados en las labores de la guerra. Que el rey Clodoveo había vencido a los alamanos gracias a su conversión, pues Cristo se había aparecido sobre el campo de batalla, dirigiendo al ejército franco, y sus ángeles habían rodeado y protegido al rey. Esos argumentos dejaban indiferente a Radbod. El duque no temía la derrota; la había sufrido y llorado a sus hombres con la misma taciturna disposición con la que había ganado otras batallas. Para la guerra le bastaban las armas: la scramax, la espada corta de la que jamás se separaba y que usaba en el combate cuerpo a cuerpo; el hacha arrojadiza

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que los francos llamaban francisca; el remolino de los hombres de su clan girando alrededor de su caballo. La razón que lo atraía al seno de la Iglesia era otra: la muerte de sus padres lo había hundido en la impotencia y los ritos para apaciguar a sus espectros lo irritaron en lugar de darle consuelo. Les cubrió los ojos para no mirar esos párpados cerrados y correr el peligro de que se abrieran; fueron cargados en parihuelas casi a ras del suelo para que la Tierra los imantara hacia sí, y fueron llevados lejos, al centro del bosque. Willibrord le había señalado el pequeño cementerio cristiano aledaño a la iglesia. — Los muertos cristianos son arrullados por los cánticos de los monjes que tanto te agradaron, señor —le dijo. ¡Qué diferencia con el estridente ritual en honor a Jul, en el que había tratado de comunicarse con sus padres muertos! En compañía de sus frei, de sus cum panis, con los que había vivido la batalla, el duque trató de beber hasta quedar en trance, en disposición de hablar con los espectros. Sólo recordaba los gritos, el vómito y las lágrimas. Sus padres no acudieron a la cita. Quedó convencido al saber que Cristo había resucitado a la hija de Jairo y a Lázaro. La resurrección de Cristo no lo impresionó tanto: los dioses, se sabe, resucitan. Odín, el dios del norte, permaneció colgado del árbol sagrado nueve días y nueve noches, para volver con sus poderes intactos. Pero Odín no prometía lo mismo a sus adoradores. Saber que él mismo, Radbod el frisón, resucitaría el Día del Juicio lo llenó de alegría. Cuando terminó la memorización del catequismo, el santo decidió fijar una fecha para la ceremonia del bautizo. Convino con el duque en que el ritual se llevaría a cabo puertas adentro en la iglesia, pues Radbod se resistía a desnudarse para que el anciano lo mojara en una ribera, como un porquero que se bañara. La pila bautismal de la iglesia de Sens sería usada por primera vez. Los monjes llenaron la iglesia de flores y el duque pidió a sus vasallos y sus aliados que lo acompañaran. Serían bautizados junto con su señor. Llegó el día; el pueblo acudió con la esperanza de presenciar un milagro. Semejante a un rebaño, ocupó el atrio. Los nobles frisones, cubiertos de pieles, las largas trenzas anudadas a la espalda, entraron a la iglesia y sus espuelas tintinearon sobre el suelo de piedra. Eran atléticos, altivos y ceñudos. Miraron con desconfianza a los monjes que acudieron a recibirlos y alguno escupió. Las mujeres los siguieron, codeándose, riendo y echando las cabezas atrás para ver mejor las bóvedas. Los frisones se

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abrieron paso como lobos, husmeando, mirando de reojo a los campesinos quienes, observándolos con miedo y admiración, se apartaban de ellos. Los nobles frisones no estaban acostumbrados a guardar silencio ni a aparentar mansedumbre. Estudiaron con indiferencia las armoniosas piedras que habían subyugado a Radbod; atados por juramentos de sangre, fueron tras su jefe. Wulframio les pareció ridículo: cubierto de suciedad, trasquilado e inconmensurablemente viejo. Pero su jefe, el duque hermoso y feroz, iba delante de ellos y no había más remedio que ir tras él, como en la guerra. Rodearon al duque. Radbod, más callado que de costumbre, llevaba el aro de hierro alrededor de las sienes. Se había puesto sobre las pieles un manto azul adornado con una flor de oro. Los guerreros se acercaron a la pila bautismal y sus rostros barbados se reflejaron en el líquido espejo. Cuando la misa estaba a punto de comenzar, Radbod tuvo una duda: —Quiero saber, padre, si los reyes y las reinas frisonas, mis antepasados, están en el cielo o en el infierno —preguntó al santo. Wulframio guardó silencio unos momentos, pues nunca había pensado en eso. Reflexionó y contestó serenamente: —Creo, hijo mío, que como no fueron bautizados y la gracia de Dios no los alcanzó, están ahora en el infierno. Radbod palideció. Recordó a su madre y a su padre, a quienes el pueblo había amado por su virtud. Su padre había perdonado a sus enemigos y tratado con clemencia a sus mujeres. Su madre había entregado su vida a sus hijos y a sus siervos. Los dos estaban enterrados, con decenas de sus antepasados, bajo un túmulo en el corazón del bosque. Radbod mismo había colocado sobre el cuerpo de su padre la espada y el escudo que debían acompañarlo para siempre. Se dio cuenta de que el infierno, esa suerte de eterna pira funeraria, no le inspiraba más miedo que la deslealtad. Wulframio, inquieto, esperaba. —Entonces, padre mío, no deseo ser bautizado —afirmó el duque lacónicamente—. Quiero reunirme con mis predecesores en el infierno. Me esperan, soy de su sangre. No puedo abandonarlos toda la eternidad, ni resucitar sin ellos el Día del Juicio. Los nobles frisones asintieron. Un murmullo recorrió las fi­las de vasallos y una voz ronca se alzó en apoyo del duque.

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Radbod tenía razón, por supuesto. ¿Acaso sus antepasados carecían de cualidades? ¿No habían sido valientes en la batalla y leales a sus hombres? ¿No les debían, por lo menos, una alianza después de la muerte? El murmullo se extendió y la muchedumbre de campesinos francos que se apiñaban en la parte posterior de la nave se agitó. Se oyeron otras voces, llenas de simpatía. Los francos secundaban al duque. Enemigos esporádicos y brutales de los frisones, compartían con ellos el código de lealtades de las tribus bárbaras. La delgada pátina de cristianismo con la que el diligente obispo los había cubierto se resquebrajó por un momento. Volvieron a abrir un espacio para que el joven frisón y su comitiva pasaran, pero en lugar de la curiosidad, los francos lo miraron, protectores y cómplices. Lentamente, los guerreros se apartaron de la pila. En la superficie del agua bendita quedó solamente el reflejo de las antorchas. Wulframio tembló. Trató de asir la manga del duque, pero este retrocedió, sacudiendo la cabeza. Por segunda vez en esos meses, Radbod lloraba, y de sus ojos azules caían lágrimas que se deslizaban por la barba. —Piensa en tu alma inmortal, hijo mío —exclamó el santo, asustado por la desolada decisión en la voz de su catequizado, cuya alma peligraba—. ¡Sálvate tú! —le pidió. Pero ya Radbod, contrito, salía de la iglesia, seguido por los hombres de su séquito. —Reza por mí, padre, y por mis antepasados — gritó en la puerta. Su pelo amarillo brilló bajo la luz del sol como si fuera de oro. Cuando se alejó, la capa azul se hinchó con la brisa. Wulframio pensó en la vela de una nave. San Wulframio incluyó al duque y a sus ancestros en cada una de sus innumerables plegarias. Y desde ese día rezó también por las almas de sus propios antepasados, quienes murieron convencidos de que los espíritus del bosque habían creado el mundo.

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(México, 1976) Nací en Zapopan, Jalisco, en 1976, y comencé a escribir cuentos en la infancia. Nunca gané un premio escolar: las profesoras esperaban que uno escribiera sobre la milpa de su abuelo y el mío nunca tuvo milpa. Ya en la juventud dejé de tirar mis manuscritos a la basura. Algunos los reescribí veinte veces. La primera recopilación de mis relatos se tituló El jardín japonés y fue publicada en España en 2008, por culpa del editor Juan Casamayor del sello Páginas de Espuma. Le siguió otro libro en 2011, también publicado en España, llamado La Señora Rojo, atribuible al mismo editor. En 2015, Artur Zeballos, editor peruano, me invitó a recopilar aquellos relatos que no me avergonzaban, entre los míos, en una antología llamada Agua corriente (La Travesía, Lima). Con algunos textos agregados, una edición internacional de Agua corriente fue publicada por Tusquets en 2016. En abril de 2017, mi libro La vaga ambición fue el ganador del V Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. Cuentos míos han sido traducidos al inglés, francés, alemán, holandés, italiano, húngaro y farsi. Esta es la parte pública del asunto. En privado, tengo una relación sensacional con la escritura de cuentos. Los veo como espacios de libertad literaria absoluta, que me permiten desentenderme, además, de la escritura de novelas, que es una de mis ocupaciones principales. Escribo de modo veloz y corrijo obsesivamente. Una novia me terminó en 1999 cuando le mandé un relato pésimo. No pienso volver a pasar por ello.

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CREDO Comencé a escribir relatos porque siempre me los conté en la cabeza. Mis juegos con soldados, en la infancia, seguían la secuencia de una historia. Un día (tendría seis años) organicé algo que llamaremos “encuentro narrativo” entre los muñecos de El planeta de los simios de mi hermano y las Barbies de mi hermana. He olvidado el argumento de la historia pero cuando mi madre me encontró ni simios ni Barbies tenían ropa encima. Siempre ha asociado la escritura con la sensación de ser descubierto en mitad de un empeño escandaloso. Al principio, entendía mis propios cuentos como producto de dos posturas opuestas. Algunos eran fríos y otros violentos. Los fríos también eran violentos. Lo que los distinguía era que los fríos los escribía ahuecando la voz, es decir, mimetizando un tono que me parecía libresco y emulando el fraseo de autores que me resultaban respetables. Los otros eran viscerales y en ellos aterrizaba ideas más o menos funestas, a las que solía darles vuelta antes de dormir. Con el tiempo aprendí a convertir el registro frío en una voz paralela en la cabeza, que me ayuda a repensar y corregir los relatos, pero no a escribirlos. Mi método (podría estarlo inventando al teclear estas líneas), consiste en hacer que la idea de un relato circule por etapas. Primero la idea misma, que puede ser cualquier cosa. Desconfío de las intuiciones geniales, porque nadie tiene cien en la vida y yo quiero escribir cien cuentos y no depender de ellas. Tengo, pues, una idea. Entonces la reduzco a un párrafo. Una línea o dos, por lo general. Luego, cavilo y decido el tono en el que quiero escribir el cuento y el tipo de fraseo. Ensayo líneas, a veces una primera versión completa. Luego, cuando está terminada, la dejo ahí, unos días, unas horas. Regreso a ella. La ataco, la vapuleo, la miro con la desafección con que sé que las personas que me caen mal la mirarán. A veces me doy la razón y corrijo menos. La mayoría de las veces arraso el texto y lo reescribo, a pedazos. Mi trabajo son las ideas, sí, pero sobre todo las palabras, las frases, la construcción de espacios narrativos. Veo el relato como un espacio de libertad pero es una libertad tramposa, aparente. Del caos y el automatismo no salen más que frases hechas e imposturas, en realidad, muy pensadas. Busco que los textos tengan una superficie simple, que el fraseo atrape y cree intimidad con el lector. Y entonces, gracias a esa intimidad, le refiero toda clase de barbaridades que no quería escuchar, las que me rondan la cabeza y valen la pena contarse. Para ser un bárbaro hay que pensar muchísimo.

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LA SEÑORA ROJO En mi jardín hay una tortuga del tamaño de una mesa. Agoniza, hace días, bajo el ventanal. Nunca me han entusiasmado los animales, pero las tortugas tenían ante mí el prestigio de la mudez. Pues no: hacen ruido. Esta, al menos, emite unos gemidos que complican el sueño y arruinan el desayuno. Mi mujer y las niñas la riegan por las noches y le ofrecen comida. La bestia, lánguida, masca la lechuga pero al poco rato la vomita, convertida en una pasta sangrienta que hay que disolver a manguerazos. Las niñas parecen considerar gracioso el proceso y han comenzado a entregarle apios o coles a nuestras espaldas, con el resultado de que su cuerpo está rodeado, ahora, por un círculo de hierba calcinada por las náuseas. Además de afearnos la vista, la alimaña nos destruye el zacate. Amo este clima. Cientos de tortugas llegaron a la ciudad en los meses pasados. Casi todas fueron inmediatamente atropelladas, o lanzadas al vacío desde los puentes peatonales (y, consecuentemente, atropelladas), o utilizadas como tambores por los muchachos del tianguis cultural (decoradas, claro, con telas de colores, como bailarinas de salsa) y después convertidas en sopa en los barrios periféricos y en más de un fraccionamiento amurallado. Comprendo y aplaudo a todo verdugo de tortugas: si no fuera un sujeto esencialmente holgazán, como soy, saldría ahora mismo al jardín y arrastraría al monstruo a la calle para que lo atropellaran. Pero como no tengo la menor intención de llenarme los pantalones de sangre y vómito, me limito a mirar cómo la riegan, aprovechando las dos horas de agua que nos corresponden por las noches. Si viviera, mi padre diría: Trabajas todo el día para que tu agua la aproveche una tortuga desahuciada. Eres un pobre imbécil. Trato de leer el diario, pero estoy harto de las noticias sobre animales que van a morir en sitios en donde ni siquiera se suponía que vivieran. De cualquier modo, la tos de la bestia tampoco permitiría avanzar demasiado en el libro que abandoné desde su llegada. Nadie sabe por qué están en la ciudad. Algunos sospechan del clima. El delirante calor es bueno para las tortugas delirantes. Una mañana, descubro que las niñas hablan con gran familiaridad de una Señora Rojo e intercambian risitas. Alarmada, mi mujer me confiesa que bautizaron así al animal, aunque su sexo sea una conjetura. El Rojo es por la sangre, claro, que ahora sale de su boca a borbotones hasta cuando no se le da lechuga. Eso significará que el fin se acerca, quizá, pero mientras la muerte vacila, mi jardín y la zona de la casa que se asoma al ventanal han comenzado a apestar. Temo que los camiones asignados por el gobierno para recoger los cadáveres me multen por mantener con vida a este filete en putrefacción. Mis miedos se consuman. Una noche, al llegar del trabajo, me encuentro con que un agente ha adherido una multa al caparazón de la Señora Rojo. ¡Setecientos pesos! Por

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ese precio habría podido rentar un carro alegórico que le diera dos vueltas a la ciudad. En venganza, le ofrezco dos lechugas como cena y subo el volumen del televisor cuando le comienzan las arcadas. Ojalá le duelan. —Dele a beber un poco de cloro —me sugiere el vecino, a quien consulto cuando lo veo sacar un cadáver en una gran bolsa negra. —Con un vasito que le haga pasar, se deshace del bicho. Pero la Señora Rojo es tan lista que no bebe el cloro, sino que lo escupe cuidadosamente en mis zapatos. El interés de las niñas decae, lo mismo que la compasión de mi mujer. Ahora, unas y otra se quejan del olor y me hacen responsable del bienestar de la cosa. Me empujan a llamar a un veterinario o, insinuantemente, a lanzarla por encima del muro, hacia el jardín del vecino. La segunda idea no parece mala, pero para levantar semejante montaña de aletas y carey se necesitan unas fuerzas hercúleas que no poseo. Fracaso al cargarla: la bestia vacía su estómago presionado sobre las perneras de mi pantalón. Los días se vuelven oscuros. Pierdo de tal modo el hilo de las noticias —cómo leer diarios, cómo mirar el televisor a unos metros de donde la Señora Rojo tose— que me toma por sorpresa la llegada del grupo de biólogos de la Universidad. —Reportaron una tortuga enferma. Bendigo mentalmente a mi vecino. Las niñas imploran que no la entreguemos, pero yo recompenso a los biólogos con quinientos pesos y un vaso de agua para cada uno. Nuestra primera noche de paz es estupenda. Regamos la zona de hierba quemada y removemos la tierra. Acostamos temprano a las niñas y mi mujer se pone el camisón transparente. Dormimos a la perfección. Me despiertan gritos de alborozo. —¡Papá! ¡La Señora Rojo está en el jardín! Mi mujer cubre su desnudez con una precaria sábana. Yo me envuelvo en otra, como un cónsul romano, y a toda prisa acompaño a las niñas, que me jalan las manos, ávidas de guiarme. No es, desde luego, nuestra vieja Señora Rojo. Es un ejemplar mayor, pesado y enfermo, llegado quién sabe cómo a mi hierba. Huele como un batallón de Señoras Rojo en agonía. ¿Dónde puse la tarjeta de los biólogos? Carajo. Amo este clima. Tomado de: Ortuño, Antonio. La Señora Rojo. España: Páginas de Espuma, 2010 ANTOLOGÍA DE CUENTISTAS 2017

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(Colombia, 1958)

CREDO Y VIDA Yo nací en marzo de 1958, soy piscis, y de los piscis que nadan contra la corriente porque desde temprano me dediqué a escribir. Lo primero que hice fue una especie de Róbinson Crusoe, con la rebelión que concierne a todo escritor y a toda literatura, porque mi Róbinson no arribaba solo a su isla sino muy bien acompañado de su mujer. Hice poemas, y pronto descubrí que para gracia o desgracia no era un poeta a carta cabal sino un narrador sin ninguna cabalidad que no podía meter su cintura en la esencia de la poesía sino en los vestidos más amplios del cuento y la novela. De un día para otro los días de escribir cuentos se convirtieron en todos los días. Viví para el cuento –pero no del cuento. Pensaba la vida en forma de cuentos, todo era motivo de un cuento, desde una conversación oída al azar hasta el pago del arrendamiento, cuentos largos y cortos, con todos sus sustos a cuestas. Aparte de

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los cuentos para niños, que son pura alegría de la pura, he publicado dos libros: los Cuentos para matar un perro, muy breves en su mayoría, y Las esquinas más largas, cuentos de Bogotá. Guardé conmigo una cierta cantidad de inéditos (de los que nunca me pude separar, como nadie puede separarse del recuerdo de la primera novia), cuentos que siempre me acompañaron hasta el día de hoy, al borde de los sesenta años, cuando los editores me proponen publicar mis Cuentos Completos –como si ya me fuera a morir. Ese proyecto me ha hecho volver a los cuentos guardados, para resucitarlos, y en ellos me he reconocido y desconocido, como ante un espejo negro. A pesar que desde hace treinta años no he vuelto a escribir un solo cuento, mis refriegas con el género fueron tan mías que no dudo en afirmar que sigo siendo un cuentista. Gracias a esos cuentos desemboqué en los dominios de la novela. En alguna entrevista Borges afirmaba que la novela es solo una sucesión de cuentos convenientemente hilvanados, y es muy cierto, cuentos hilvanados alrededor de un mismo tema y con los mismos personajes, y ese ahondamiento hace la diferencia. En ocasiones, escribiendo novela, a la altura de una décima o quinceava cuartilla, me he detenido a pensar que podría allí poner punto final y lograr un absoluto y maravilloso cuento (todo cuentista tiene que pensar que cada uno de sus cuentos es absoluto y maravilloso, aunque en su íntimo interior comprenda que es una mentira piadosa). Y siempre, después de esos instantes de indecisión, transitorios pero de profunda controversia, seguí avanzando en la novela, con el riesgo de que la novela que pudo ser un cuento absoluto y maravilloso se convirtiera en un farragoso cuento de 300 páginas. Pero, a fin de cuentas, ¿existen los géneros? Hay uno único, la literatura. En todas y cada una de las novelas que he publicado desde hace treinta años, durante el proceso de creación, he pensado sobre todo, y en las fases más espinosas, que estoy escribiendo cuentos. Incluso cada párrafo lo pienso con las arquitecturas solemnes y certeras del cuento; cada capítulo (sin que por eso pretenda garantizar el resultado de mis obras) tiene que ser un cuento, y así sigo escribiendo cuentos hasta que la novela se ha hecho. Algo de mi credo cuentístico, entonces, tengo que haber elucidado con estas palabras. Al joven cuentista podrán o no servirle. Yo solo le pediría que escriba cada cuento como nunca en la vida, como si se tratara del primero y el último, el absoluto; que encienda en la mesa una llama como una comunión, que corrija y corrija no solo con entereza sino alegría, y que a despecho de quienes banalizan este acto de escribir, que no es nada banal, hay que continuar pretendiéndose otro dios, hay que escribir a veces a mano, con pluma y con pergamino, porque también escribir es como pintar, y por eso es bueno tener los dedos manchados de tinta para recordar que somos tan obreros como el más ínfimo y el más grande tallador de palabras. Y le pediría por último que no piense tanto en los lectores y en la crítica, en la fama y el dinero: que piense solamente en sus abuelos muertos. Evelio Rosero, Bogotá 2017

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FUGA Nos embarcamos un día de junio, cuando aún no amanecía, y de inmediato nos hicieron descender a las entrañas de la nave. En la azulada oscuridad el capitán nos informó cuáles eran nuestros derechos, nuestros deberes: -Nadie hablará con la tripulación. “El horario de comidas será respetado. No se toleran los excesos, se trate de vino, café o cigarrillos. “El tiempo de recreo está restringido. “Mejor dicho –dijo de pronto-, ustedes conmigo están jodidos”. ¿Era cierto lo que oíamos? Y añadió como si se lamentara: -Tengo el deber de respetarlos. Y luego: -Así me lo mandan desde arriba. Entrevimos que su cabeza se doblaba hacia arriba, ¿a quién se refería? -A partir de las nueve de la noche –dijo con un suspiro- deberán encontrarse en sus respectivos camarotes, todos los días. Volverán a hacer lo que quieran – dijo como si bostezara- cuando lleguemos a destino, si las cosas marchan, y si no marchan yo las haré marchar. –Su voz se impregnó de fastidio, ¿desprecio? -Qué fardo tendré que soportar –dijo-. Ustedes… –Era como si buscara las palabras, las encontrara pero se arrepintiera de pronunciarlas-: …llevarlos con bien a su destino. De eso se trata. Para eso me he comprometido. A duras penas distinguimos el rostro del capitán. Lo acompañaba un hombre –una sombra de hombre, baja, gorda, que abrazaba una especie de carpeta. -El señor Yun es nuestro cocinero –lo presentó el capitán-, podrán hacerlo partícipe de cualquier inquietud, ¿quién mejor que un cocinero para escuchar inquietudes?, las inquietudes humanas provienen más del estómago que del corazón, una mala digestión provoca funestas inquietudes. Si se requiere de mi intervención para resolver inquietudes, primero el señor Yun lo decidirá: yo no voy a perder mi tiempo con sus pequeñas indigestiones. De ahora en adelante el señor Yun es su interlocutor, el mediador entre ustedes y yo, el mediador entre ustedes y la tripulación, el mediador entre ustedes y el barco, el mediador entre ustedes y el mar. Él es Dios. El señor Yun inclinó con prontitud la cabeza; logramos oir que sonreía. Abrió su carpeta y se apresuró a repartir hojas -arrugadas hojas de cuaderno para cada pasajero. -Aquí encontrarán importantes indicaciones –dijo. Su acento chino troceó el aire: -Lean con cuidado, cumplan. No permitiré confusiones. Entiendan que yo voy a acompañarlos el resto de su vida en este barco.

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¿El resto de nuestra vida? –fue como si todos lo pensáramos al tiempo y lo gritáramos. El señor Yun no se inmutó. Siguió hablando: -Pero antes del resto de la vida iré con ustedes a sus camarotes, allí los dejaré. Volveremos a reunirnos en el comedor, a las ocho en punto de la mañana. Hay un reloj enfrente de todas las camas: es un reloj que marca la hora de los pasajeros, la misma hora para ustedes pero no para nosotros, que tenemos otro tiempo, otras horas: por eso mismo los vigilaremos con más eficacia. Sigan detrás de mi voz. Iremos primero al camarote número 2, después al 4, y así sucesivamente. El señor Yun encendió una débil linterna –que no bastó para descubrirnos en su fracción de luz: vimos solo rostros sin ningún sexo, atribulados. -En cada hoja se indica el número de su camarote –dijo el señor Yun, la luz todavía alumbrándonos, busquen su número, memorícenlo, ¿quién tiene el camarote 36? -Yo –se oyó una voz de mujer. La luz del señor Yun desapareció y reapareció la oscuridad como un golpe. -El suyo es el último camarote -dijo la voz infinita. Y se apresuró a explicar-: verá que enseguida de su puerta hay unas gradas que suben al puente. No suba por ellas, nunca; son escaleras prohibidas; tiene que devolverse por el pasillo hasta el camarote número 2, de donde parte otro pasillo, el que conduce al comedor. Ya les indicaré. -¿Es que nunca podremos pasear por el puente? –preguntó una voz carrasposa, senil. -Claro que sí –dijo el cocinero-, pero ya indicaré en qué lugar del puente podrán ustedes pasear, mejor dicho en qué único lugar del barco podrán ustedes pasear, o vivir, que es lo mismo, y ya indicaré los sitios vedados, los sitios a los que jamás deberán asomarse. Aquí sonrió el cocinero como impulsado por una sufriente mordacidad: -Este barco es más grande de lo que ustedes imaginan. Es como el mundo, es mucho más. Con la luz del día –decía el señor Yun, mientras nosotros seguíamos el rastro de su voz que avanzaba- podremos mirarnos a los ojos, y solo así podremos acabar de entendernos, solo así nos presentaremos de verdad, pero, ¿de qué sirve decir esto? Voy a encender la luz, el tiempo justo. –Volvió a encender la pálida linterna y la puso frente a su cara: todos, al tiempo, debajo de esa luz como de leche cayendo, descubrimos que el cocinero era ciego. En lugar de ojos tenía dos espantosas cicatrices como huecos donde la carne se sumergía como entre una arruga feroz. -No por ciego soy menos cocinero, señores –dijo-: No por ciego soy menos Dios. Descubrimos que el capitán ya no se hallaba a su lado. El cocinero apagó la luz. Dio una circunferencia alrededor, sin tocarnos. Sentíamos el círculo de su presencia alrededor. -Conozco este barco como conozco mis manos –dijo-, las mismas con las

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que he estrangulado no solo pavos, no solo gansos, no solo gatos. Sin verlos a ustedes soy muy capaz de distinguirlos. No solo me ayudan sus voces, me ayudan sus respiraciones, sus olores, sus diferentes miedos. Y así fue: sentimos miedo por primera vez del cocinero, y más miedo del país que dejábamos: sin hallarnos encima de su tierra, sin que lo pisáramos, el país nos seguía, todavía nos seguía, nos perseguía, nos atrapaba, el barco era igual que un brazo, una garra, una viva extensión del país. La voz del cocinero se impuso al miedo, lo oímos: -Por eso decía que ya tendríamos oportunidad de mirarnos a los ojos, de conocernos. Ya vieron que estoy ciego, ya se hacen cargo de quién es su vigilante, un ciego. Pero qué ciego, señores, qué ciego soy. El cocinero rió, horrible, momentáneo: parecía el roznido de un cerdo, veloz, repetido. Se oyó por un instante que el barco entero temblaba, vibraba, como si todos sus clavos y goznes se sobrecogieran. Pero la sensación de movimiento desapareció. Solo flotábamos a la deriva. Ninguna fuerza impulsaba la nave. Y oímos la voz del cocinero, sin verlo, ¿en qué lugar se encontraba? Oíamos la voz en todas partes, muy cerca, como de cuerpo presente: -Cuando salga el sol –decía- estaremos lejos. Y más lejos cuando el sol se hunda, y ya nunca más nos detendremos. Aquí su carcajada desorbitada nos sobrecogió. -Cuando llegue el momento ustedes podrán subir al puente, como subir al cielo, y asomarse. Verán su cielo: gris, encapotado, y la luz del día herirá sus ojos, sus pobres ojos tanto tiempo en la oscuridad. Respirarán el aire, este aire, más podrido que salado, puro intestino humano. “Ocurrirá en instantes. La edad del hombre es solo instantes, fulgores que no desaparen sino que ya desaparecieron. En un segundo comprenderán quiénes son y quiénes fueron, de dónde vienen, a dónde van. Sus esperanzas se alejarán, serán solo un punto en el horizonte”. Nos sobrecogieron aquellas palabras: había tal fuerza, tal resolución, que pensamos que era cierto lo que decía, que todo ocurriría como él profetizaba. Oímos la escabrosa voz: -Prepárense –dijo-. Aquí empieza. Éramos solo sombras siguiéndolo. Íbamos lento, pero a veces tropezábamos entre nosotros. Debíamos ser entonces unos dieciocho, si nos ateníamos a que nos asignarían los camarotes de número par, del 2 al 36. Pero ¿quiénes habitaban los camarotes impares? Acaso esa pregunta merodeó por la cabeza de todos, que nos desconocíamos entre nosotros y no nos atrevíamos a preguntárselo al cocinero y mucho menos al capitán, que había desaparecido. Entonces, ¿el barco era también otra mazmorra? Y, según eso, ¿nuestro salvador era también un carcelero? Semejante conclusión nos apabulló. El capitán se había ido y nos dejaba en su lugar un cocinero al que nombraba señor Yun, o Dios.

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En la noche cerrada el barco seguramente avanzaba sin que nos percatáramos: así de inmóvil estaba el mar, sus aceitosas aguas; no se percibía el chapoteo de las olas; no había brisa que recorriera las entrañas del barco –ese barco de húmeda y mohosa madera por donde deambulábamos como horda de fantasmas, arrastrando la mirada, arrastrando los zapatos. Detrás de una claraboya las luces del puerto –las seis o nueve luces que lo configuraban- se iban alejando de nosotros, y nosotros de ellas. -Camarote 20 –anunciaba el cocinero, y abría una puerta y una sombra desaparecía y la puerta se cerraba. Ya quedábamos unos pocos detrás del cocinero, la oscuridad seguía total, aún no amanecía. Se oyó que alguien reía, aguda, sutil, brevemente –debía ser una joven mujer, pensamos, pero igual podía ocurrir que llorara, que se tratara de un gemido, un sollozo, un sollozo del que su dueña se arrepentía porque ya no se oyó más.

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©Helen Hesse

(Perú, 1977) Cuando escribo me gusta levantarle la tela a las cosas, como si le abriera un párpado al que duerme. Pero la gente que no me conoce más que por mis libros afirma que soy demasiado viejo o que le cuesta leerme. Hace diez años que aparento 29 y en la vida real las personas pasan por mi izquierda y siempre encuentro formas de arrugarles el malhumor. Una vez metí un libro mío en un sobre y lo mandé por vía postal. Desde entonces hablo demasiado en público. De otro modo yo sería tan sólo el lector de Felisberto, Faulkner y Vallejo, de David Lynch. Escribir me ayudaría a no estar solo, y en esa pequeña manía mía de publicarlos, seguiría endeudando a mis amigos. Ahora tengo algunos libros que siguen creciendo lentos y me da un poco de pena verlos: es como si advirtiera a un grupo de caracoles que se arrastran con optimismo en una autopista.

ARTE POÉTICA “Escribir como quien toca un acordeón. Poder expandir algo y luego contraerlo, de forma que a esa contradicción fueras capaz de robarle un sonido”

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EL MAGO “Todo, además, es la punta de un misterio. Inclusive los hechos. O la ausencia de ellos.  ¿Duda? Cuando nada acontece, hay un milagro que no estamos viendo”. El espejo, Guimarães Rosa En la rúa de Magalhães, trescientos metros de camino directo desde Oliveiro Branco, todo lucía gris a causa del temporal. El coliseo, un caparazón de cemento, se derretía lentamente como un espejismo sucio al pie de su perspectiva. Llovía. Y lo peor de todo –pensó Evangelista– era que llovía. Esa forma curiosa de sentir la lluvia cuando escuchas el rumor que produce su continuidad, y sientes cómo picotea sobre el paraguas, y sientes un sonido botánico que todo lo resbala mientras va formando líneas paralelas en la pista. Pero no es el tacto de su humedad afilada la que, después de todo, te hace reconocer que llueve. Es su sonido. La calle cruzada por sombras que van buscando un refugio; los quietos y redondos fanales como ojos de batracios, apuntándote el camino de luz por el que deambulan puntos de lluvia. Pero, por encima de todas estas percepciones, uno sabe que llueve, mucho antes de ver las ráfagas de agua o de mojarse los cabellos; incluso mucho después, cuando ha escampado ya por completo y el cielo se abre como un par de aletas que respiran, asomándose a través de las nubes. Pero los sonidos se pierden se pierden se confunden. Son como el latido de un corazón o el reloj que descansa en la mesilla de noche. De pronto un día los oyes. Y eso es todo.  Ahora Evangelista, detenido frente al afiche del espectáculo, fingía leer en silencio esas mismas letras irregulares que había encontrado al recoger el volante del suelo. Se protegía bajo el cobertizo del coliseo, y dejaba escurrir su paraguas, formando un pequeño charco de agua gris sobre los adoquines. A su lado, una mujer enjuta y de color cetrino lo miraba con una expectativa vacilante.  –¿Qué quiere? –dijo Evangelista, sin soportarlo más tiempo. –¿Entradas pro espetáculo da noite? Los grandes ojos de la mulata lo traspasaban desde una taquilla inverosímil: un ajado pupitre y una bolsa llena de monedas y billetes doblados sobre sus muslos. –¿Entradas, dice? –espabiló Evangelista–: Con lo que cuesta una hora de función aquí puedo alimentarme una semana entera. –Bueno –dijo la mujer, reacomodándose en su sitio–, nadie lo obliga a entrar si no quiere.

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Era cierto: nada lo obligaba a permanecer ahí. Después de todo era libre de coger su paraguas, salir de aquel cobertizo y desandar el camino hasta la cuesta de São Clemente, desde cuyas obstinadas pendientes no le costaría mucho regresar a casa. Pero no lo hizo esta vez, como tampoco lo había hecho antes. Algo se lo impedía. Algo que lo acechaba desde la tarde previa, cuando levantó el volante por primera vez del suelo y descubrió la semejanza de aquel rostro exacto multiplicado en el papel, ese imposible recuerdo que no lograba descifrar en su memoria. “Xavier Ptolomeo, el ilusionista”, leyó el afiche que tenía delante, letras inclinadas y luminosas como si hubieran sido dibujadas por los aletazos de un ave: “El primer ilusionista de São Paulo... ¡un espectáculo que no puede perderse!”. Y detrás de las letras, la fotografía, deliberadamente azul y blanca blanca blanca, oscilando como un torbellino de miles de plumas. El rostro era confuso, pero algo le resultaba familiar en él. ¿Dónde lo había visto? –¿Lo conoce? –se oyó preguntar Evangelista, saliendo súbitamente de la imagen. La mulata, detrás de él, ensortijaba su pelo con un mismo ritmo dócil y acompasado. –Solo sé que hace magia –replicó, sin mirarlo.  –Seguramente usted se estará preguntando por qué no me marcho a casa –dijo Evangelista–. Y la verdad es que yo tampoco logro comprenderlo bien. ¿Por qué no me voy? Ni siquiera logro saber lo que estoy haciendo en esta calle, en primer lugar, hablando con usted. Palpó sus pantalones, su chaqueta, y echó de menos un cigarrillo.  –Xavier Ptolomeo –se dijo–. Para empezar, ¿qué clase de nombre es ése? ¿No había nada más que pudiera hacer? Nada en absoluto, pensó. Y tampoco esta vez consiguió marcharse.  Evangelista revolvió sus bolsos y sacó dos billetes húmedos y fruncidos, sin duda manipulados una y otra vez, de manera inconsciente, a lo largo de la noche. –Solo espero que valga la pena esto –murmuró.   ***   –El color negro absorbe la luz. Es un pozo profundo donde no existen colores. Los ojos descansan porque no encuentran desafíos; no interpretan y el cerebro se

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suaviza, entra en un vértigo tranquilo semejante al comienzo de todo, que suele ser lánguido como el sueño. Es la negación de la luz. Por eso resulta fácil ocultar las sedas en el sombrero, ¿vio? Por eso los sombreros son negros, y los casilleros donde el mago se oculta para que lo mutilen o desaparezcan; todo negro en suma, negros incluso el universo y la noche, ahí donde se esconden la vida y los hombres. Pero en cambio vea cuán difícil es resistir a la luz cuando nos enfrenta. Vea el color blanco, por ejemplo. Concentra todos los colores que existen, y sin embargo, es un espejo excesivo: los revela todos, la luz entera la devuelve por completo. Véalo cómo destella cuando lo mira de frente. Véalo destellar, vea cómo destella. ¿Ahora me comprende? Sin embargo, uno dice siempre que teme la oscuridad. Y más que a la oscuridad, uno teme a la idea que se ha formado de ella. Por eso –dijo el mago–, permítame ahora que yo le diga a usted algo: no es tanto el color de nuestro hoyo lo que nos intimida, sino la fascinación por quedar atrapados en el predecible, pacífico fraude que con tanta insistencia deseamos ver en él. Este sombrero, después de todo, solo ha sido inventado para protegerlo a usted de la luz. El mago se llevó un vaso de agua a los labios, bebió un sorbo, aligeró su lengua y luego lo devolvió a una muchacha que se escabulló deprisa tras el escenario. –Bueno, no se quede callado... ¿qué me dice? –Que es usted un maldito charlatán –dijo Evangelista. Algunas personas rieron, y él aprovechó la tregua de aquel desconcierto para mirar el fondo del salón. Las cortinas rojas de la entrada oscilaban con ondas ligeras y adormecedoras aunque nadie más las hubiera traspuesto. Sabía, sin necesidad de mirarlos, que el resto del lugar estaría lleno de seres rudimentarios como él: mujeres gordas con vestidos floreados, hombres sin cabellera, rapaces que mirarían por sobre el hombro las entrepiernas de las muchachas. Algunos metros, en la parte posterior, oculto de los reflectores, su paraguas cuidaba el asiento que había dejado libre al ponerse de pie, al caminar hacia el tablado, al encarar al mago cuando éste lo había llamado por su nombre. Ahora estaba ahí, escuchando al hombre, delante de toda esa muchedumbre que observaba oculta tras el resplandor de las luces. –Entonces –arremetió nuevamente el mago– ¿qué cosa nos dice? Pero su respuesta, incluso a él mismo esta vez, le pareció demasiado ridícula. Sintió que la gente reía a sus espaldas, tanto que casi podía escuchar las inflexiones de cada voz. Una voz distinta a la otra: una voz sobre otra, como en un estanque de peces, y cada voz era un pez y la sala era un tumulto que chapoteaba y formaba arcos en su mente, burbujas y ecos de sustancias cada vez más remotas remotas como si fuera a perder el equilibrio.

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Pero no pudo verlos. Estaba rígido y no pudo volver el cuello. –¿Qué me ha hecho? –alcanzó a decir, pues su lengua comenzaba a pesarle, como si la tuviera embadurnada con chocolate. –Es lo que le digo –continuó el mago, en voz alta–. Uno teme a la oscuridad, pero debería temerle al brillo. Evangelista miró sus ojos, por primera vez, y tuvo miedo de reconocerlo. –Quiero irme a casa –se oyó decir. –¿Y qué le hace pensar que usted está aquí... en realidad? La frase se alargó como un espiral, tardó varios minutos en llegar a su mente. Parpadeó con lentitud, y tras el repentino síncope que lo estremecía, solo reconoció la luz. Tal vez habían pasado horas cuando abrió los ojos de nuevo. –¿Los oyes? –susurró el mago en su oído. Era un viento similar al de la cuesta por la que había subido a la rúa de Magalhães. Ahora el mago extendía una mano delante y le señalaba los cientos de rostros atravesados por la luz de los reflectores que le impedía mirarlos. ¿Los oyes?, le dijo. La gente aplaudía y era como una cascada que iba ascendiendo desde los bancos con un sonido regular. Él los podía oír. Eran miles de gotas que golpeaban contra su rostro, un sonido compacto que no tenía principio ni fin. Movió su cabeza apenas y luego desvió sus ojos, cada vez más cansados y torpes, hacia las pupilas directas que lo obligaban a mirarlo. –Está bien, pronto habrá terminado todo –escuchó. ¿Y cuándo había comenzado?, quiso decirle, pero no pudo mover los labios, y comprendió en efecto que pronto ya no podría pensar por sí mismo. El mago palmoteó fuerte un par de veces y contó hasta tres. Al abrir los ojos, llovía. Tomado de: Yushimito, Carlos. Las islas. Lima: SIC, 2006; Lima: Planeta, 2017.

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Histรณrico de autores participantes del Encuentro Internacional de Cuentistas FIL Guadalajara


Histórico de autores participantes del Encuentro Internacional de Cuentistas por orden alfabético y nacionalidad

Marco Tulio Aguilera ~ Argentina Gabriela Alemán ~ Ecuador Fernando Ampuero ~ Perú Alberto Barrera Tyszka ~ Venezuela Bagunyá Borja ~ España Rosa Beltrán ~ México Marcelo Birmajer ~ Argentina Caterina Bonvicini ~ Italia Luis Jorge Boone ~ México Beatriz Bracher ~ Brasil Marcelo Birmajer ~ Argentina Gonzalo Calcedo ~ España Ermanno Cavazzoni ~ Italia Alberto Chimal ~ México Ana Clavel ~ México Alejandra Costamagna ~ Chile Mario Delgado Aparaín ~ Uruguay Pablo Andrés Escapa ~ España Bernardo Esquinca ~ México Patricia Esteban ~ España Rubem Fonseca ~ Brasil Carlos Franz ~ Chile Espido Freire ~ España Ana García Bergua ~ México Javier García-Galiano ~ México Felipe Garrido ~ México Mempo Giardinelli ~ Argentina Marcos Gilart ~ España Tessa Hadley ~ Inglaterra Liliana Hecker ~ Argentina Julián Herbert ~ México Claudia Hernández ~ El Salvador Jorge F. Hernández ~ México Jabbar Yassin Hussin ~ Irak Fernando Iwasaki ~ Perú Karmele Jaio ~ España Andrea Jeftanovic ~ Chile Etgar Keret ~ Israel Mojca Kumerdej ~ Eslovenia Mónica Lavín ~ México Pedro Mairal ~ Argentina

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Berta Marsé ~ España Isabel Mellado ~ Chile Marcelo Mellado ~ Chile José María Merino ~ España Biel Mesquida ~ España Emiliano Monge ~ México Mauricio Montiel ~ México Pablo Montoya ~ Colombia Fabio Morábito ~ México Guadalupe Nettel ~ México Andrés Newman ~ Argentina Eduardo Antonio Parra ~ México Edmundo Paz Soldán ~ Bolivia Marina Perezagua ~ España Goran Petrovic ~ Serbia Ricardo Piglia ~ Argentina Sergio Pitol ~ México Monique Proulx ~ Canadá Jordi Puntí ~ España Ednodio Quintero ~ Venezuela Pablo Raphael ~ México Rodrigo Rey Rosa ~ Guatemala Cristina Rivera Garza ~ México Giovanna Rivero ~ Bolivia Evelio Rosero ~ Colombia Roberto Rubiano ~ Colombia Guillermo Samperio ~ México Annie Saumont ~ Francia Ingo Schulze ~ Alemania Samanta Schweblin ~ Argentina Luis Sepúlveda ~ Chile Ana María Shua ~ Argentina Roman Simic ~ Croacia Peter Stamm ~ Suiza Paola Tinoco ~ México Eloy Tizón ~ España Mariana Torres ~ Brasil Hebe Uhart ~ Argentina Álvaro Uribe ~ México Luisa Valenzuela ~ Argentina Paul Viejo ~ España Juan Villoro ~México Irvine Welsh ~ Reino Unido Kim Young-Ha ~ Corea Eraclio Zepeda ~ México ANTOLOGÍA DE CUENTISTAS 2017

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HISTÓRICO DE CUENTISTAS por país y año de participación

Alemania

Corea

Argentina

Croacia

Schulze, Ingo ~ 2012 Birmajer, Marcelo ~ 2009, 2016 Giardinelli, Mempo ~ 2016 Heker, Liliana ~ 2014 Mairal, Pedro ~ 2008 Newman, Andrés ~ 2007 Piglia, Ricardo ~ 2010 Schweblin, Samanta ~ 2008 Shua, Ana María ~ 2013 Uhart, Hebe ~ 2014 Valenzuela, Luisa ~ 2007

Bolivia

Paz Soldán, Edmundo ~ 2013 Rivero, Giovanna ~ 2011

Brasil

Bracher, Beatriz ~ 2016 Fonseca, Rubem ~ 2007 Torres, Mariana ~ 2015

Canadá

Proulx, Monique ~ 2008

Chile

Costamagna, Alejandra ~ 2013 Franz, Carlos ~ 2009 Jeftanovic, Andrea ~ 2015 Mellado, Isabel ~ 2011 Mellado, Marcelo ~ 2012 Sepúlveda, Luis ~ 2008

Colombia

Aguilera, Marco Tulio ~ 2007 Montoya, Pablo ~ 2016 Rosero, Evelio ~ 2012 Rubiano, Roberto ~ 2007

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Young, Ha Kim ~ 2012 Simic, Roman ~ 2012

Ecuador

Gabriela Alemán ~ 2016

El Salvador

Claudia Hernández ~ 2015

Eslovenia

Kumerdej, Mojca ~ 2012

Guatemala

Rey Rosa, Rodrigo ~ 2016

España

Puntí, Jordi ~ 2012 Bagunyá, Borja ~ 2011 Calcedo, Gonzalo ~ 2010 Escapa, Pablo Andrés ~ 2010 Esteban, Patricia ~ 2010 Freire, Espido ~ 2009 Giralt, Marcos ~ 2011 Karmele, Jaio ~ 2013 Marsé, Berta ~ 2009 Merino, José María ~ 2010 Mesquida, Biel ~ 2011 Perezagua, Marina ~ 2015 Tizón, Eloy ~ 2014 Viejo, Paul ~ 2013

Francia

Saumont, Annie ~ 2007

Inglaterra

Tessa Hadley ~ 2015 Irvine Welsh ~ 2015

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Irak

Serbia

Israel

Suiza

Italia

Uruguay

Hussin, Jabbar Yassin ~ 2007 Keret, Etgar ~ 2012 Bonvicini, Caterina ~ 2008 Cavazzoni, Ermanno ~ 2008

México

Beltrán, Rosa ~ 2007 Boone, Luis Jorge ~ 2014 Chimal, Alberto ~ 2014 Clavel, Ana ~ 2010, 2016 Esquinca, Bernardo ~ 2015 García Bergua, Ana ~ 2010 García-Galiano, Javier ~ 2010 Garrido, Felipe ~ 2014 Herbert, Julián ~ 2013 Hernández, Jorge F. ~ 2008 Lavín, Mónica ~ 2010 Monge, Emiliano ~ 2009 Montiel, Mauricio ~ 2015 Morábito, Fabio ~ 2010 Nettel, Guadalupe ~ 2009, 2013 Parra, Eduardo Antonio ~ 2008 Pitol, Sergio ~ 2007 Rapahel, Pablo ~ 2011 Rivera Garza, Cristina ~ 2009 Samperio, Guillermo ~ 2010 Tinoco, Paola ~ 2010 Uribe, Álvaro ~ 2013 Villoro, Juan ~ 2012 Zepeda, Eraclio ~ 2007

Petrovic, Goran ~ 2008 Stamm, Peter ~ 2011 Delgado Aparaín, Mario ~ 2014

Venezuela

Quintero, Ednodio ~ 2007 Barrera Tyszka, Alberto ~ 2009

Perú

Ampuero, Fernando ~ 2016 Iwasaki, Fernando ~ 2011

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