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the winter camp

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El autobús escolar avanzaba lentamente por la carretera cubierta de nieve. Los faros iluminaban apenas unos metros del camino, tragados por la ventisca que caía sin tregua. Adentro, los estudiantes se arropaban con chamarras gruesas y bufandas, algunos cantaban para distraerse, otros dormían con la frente apoyada en los vidrios helados.

—Ya casi llegamos, ¿verdad, profe? —preguntó Lucía, una chica de cabello oscuro y voz suave, mientras miraba hacia el frente.

El profesor Esteban, de apenas treinta años y demasiado joven para aparentar tanta responsabilidad, sonrió con esfuerzo.

—Unos veinte minutos más, con suerte. El Refugio del Silencio está escondido entre las montañas, pero ya falta poco.

A su lado, Camila, la asistente de campo, revisaba una libreta con la lista de alumnos. Era seria, de carácter firme, y muchos le temían más que respetarla.

—Recuerden —dijo en voz alta—: cuando lleguemos, nadie se separa del grupo. El bosque no es un lugar

para jugar.

Un murmullo de aprobación recorrió el autobús.

Los chicos eran quince en total. Entre ellos estaba Diego, bromista empedernido, quien llevaba rato molestando a su mejor amigo, Julián.

—¿Apostamos a quién se atreve a salir solo al bosque esta noche? —susurró con una sonrisa maliciosa.

—Ni loco —respondió Julián, ajustándose los lentes—. He leído suficientes historias de terror para saber cómo terminan esas apuestas.

Detrás de ellos, Marisol escuchaba con interés. Era reservada, pero sus ojos brillaban con curiosidad.

—Dicen que aquí antes había una comunidad entera de leñadores —intervino ella, casi en un murmullo—. Pero desaparecieron hace años, como si se los hubiera tragado la nieve.

Los demás rieron, aunque a varios se les erizó la piel. Finalmente, el autobús se detuvo frente a una serie de cabañas de madera rodeadas de pinos altísimos. La neblina se colaba entre los árboles, y el aire hela-

do les cortaba la piel apenas bajaron.

—Bienvenidos al Refugio del Silencio — anunció el profesor Esteban, frotándose las manos.

—¿Y por qué se llama así? —preguntó Diego, alzando una ceja.

—Porque aquí… nunca se escucha nada —respondió Camila, clavando sus ojos en él—. Ni pájaros, ni animales, ni viento. Nada.

El grupo entró a la cabaña principal. Dentro había una gran chimenea, varias literas y una mesa larga de madera. Parecía acogedor, pero el ambiente estaba impregnado de un silencio extraño, casi antinatural.

—¡Al fin calor! —dijo Julián, acercándose al fuego.

—Yo lo que quiero es comer —añadió Lucía, riendo.

Entre risas y maletas, todos comenzaron a instalarse. Nadie reparó en las huellas frescas en la nieve, que no pertenecían al autobús ni al grupo.

Después de cenar sopa caliente, algunos comenzaron a contar historias. La luz de la chimenea proyectaba sombras inquietantes en las paredes.

—A ver, a ver —dijo Diego, golpeando la mesa—. Yo me sé una leyenda del lugar. Los demás guardaron silencio.

—Cuentan que hace treinta años, un hombre vivía aquí con su familia. Una tormenta terrible los dejó atrapados sin comida durante semanas. El hombre salió a buscar provisiones y nunca volvió. Cuando la tormenta pasó, encontraron a la familia… pero no había rastro del padre. Desde entonces, dicen que sigue rondando, buscando a quien se atreva a entrar en “su refugio”.

zzv—Mi abuela decía lo mismo, pero con un detalle… que el hombre se había vuelto loco y había matado a su familia antes de desaparecer.

Un murmullo recorrió la mesa. Algunos rieron nerviosos, otros se miraron de reojo.

De repente, un golpe seco retumbó en la pared exterior. Todos se sobresaltaron.

—Debe ser la nieve que cayó del techo —dijo Esteban, aunque su voz no sonaba convencida.

Afuera, la ventisca aullaba. Dentro, el silencio volvió a caer como una losa.

El bosque

La mañana siguiente, Diego convenció a varios para explorar el bosque. Camila les había advertido que no se alejaran, pero las ansias de aventura pudieron más.

—Mira estas huellas —dijo Marisol, agachándose sobre la nieve fresca—. Son demasiado grandes para ser de un animal.

—Bah, seguro son de un alce —contestó Diego, aunque él mismo evitaba mirar demasiado tiempo las marcas.

Julián, más prudente, tomó fotos con su celular.

—Esto no parece de un alce… parecen huellas de botas.

Camila apareció de repente entre los árboles, furiosa.

—¡Les dije que no se alejaran! Regresen ahora mismo.

Los chicos, asustados, obedecieron sin rechistar. Pero mientras se alejaban, Marisol juró haber visto una sombra inmensa moviéndose entre los pinos, siguiéndolos en silencio.

Esa noche, mientras jugaban cartas junto a la chimenea, notaron que faltaba alguien.

—¿Dónde está Ivanna? —preguntó Lucía, mirando alrededor.

La buscaron en todas las habitaciones, incluso en los alrededores de la cabaña. Nada. Lo único que encontraron fue su gorro, empapado en sangre, a unos metros del lago congelado.

El pánico se apoderó del grupo.

—¡Tenemos que llamar a la policía! —exclamó Julián.

—No hay señal —contestó Camila, mostrando su celular apagado—. Aquí no entra nada.

—Entonces tenemos que irnos —dijo Marisol—. No podemos quedarnos aquí.

—De noche no —replicó Esteban con firmeza—. Es demasiado peligroso. Esperaremos al amanecer. Pero el amanecer nunca llegó como lo esperaban.

Un golpe brutal sacudió la puerta de la cabaña a medianoche. Todos se levantaron de un salto. La madera crujía como si algo, o alguien, la empujara con fuerza.

—¡Atrás! —ordenó Esteban, tomando un leño encendido de la chimenea.

La puerta cedió de golpe, y lo que vieron los paralizó: una figura alta, vestida con un abrigo de piel desgarrado, un hacha oxidada en la mano y un rostro cubierto por una máscara de madera tallada.

El hombre entró sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus pasos eran pesados, su respiración ronca y profunda.

—¡Corran! —gritó Camila.

El grupo se dispersó entre gritos. Algunos subieron a las habitaciones, otros intentaron escapar por la ventana. El asesino levantó su hacha y de un solo movimiento partió la mesa en dos.

Diego intentó enfrentarlo con una silla, pero el hombre lo levantó como si fuera un muñeco y lo lanzó contra la pared. El crujido de huesos quebrándose hizo gritar a todos.

Lucía tomó la mano de Marisol y corrieron hacia el bosque, con la ventisca golpeándoles el rostro.

El bosque era un laberinto blanco. Los árboles parecían cerrarse sobre ellas mientras corrían sin rumbo.

La respiración se les congelaba en la garganta, y cada crujido detrás de ellas les recordaba que no estaban solas.

—¡No vamos a escapar! —lloraba Lucía—. ¡Nos va a alcanzar!

—¡Sigue corriendo! —gritó Marisol, tirando de ella.

Un hacha pasó silbando a su lado, incrustándose en el tronco de un pino. La figura avanzaba con calma, como si supiera que tarde o temprano las atraparía.

Marisol y Lucía encontraron una cabaña abandonada en medio del bosque. Entraron de golpe y atrancaron la puerta con un banco. Dentro olía a humedad y madera podrida.

—Aquí… aquí no podrá entrar —jadeó Lucía.

Pero a través de las rendijas de la puerta, vieron una sombra detenerse frente a la cabaña. El hombre no intentó entrar. Simplemente se quedó ahí, inmóvil,

esperando.

El silencio se volvió insoportable.

Mientras tanto, Julián y Esteban habían huido hacia el lago. La superficie helada brillaba bajo la luz de la luna.

—Si cruzamos, tal vez podamos despistarlo —sugirió Julián.

—Es peligroso, el hielo no es firme —respondió Esteban, aunque la desesperación lo empujó a avanzar.

A mitad del lago, Julián notó algo bajo el hielo: figuras humanas, atrapadas, congeladas en expresiones de horror eterno. Eran cuerpos. Decenas de ellos.

—Dios mío… —susurró, retrocediendo—. ¡Son todos los que han venido antes!

El crujido del hielo se mezcló con pasos pesados. La figura apareció al borde del lago, observándolos en silencio.

Las horas siguientes fueron un torbellino de gritos, persecuciones y muertes. Nadie pudo escapar realmente. Uno a uno, los chicos cayeron bajo el hacha, su sangre tiñendo la nieve.

Marisol fue la última en resistir. Logró herir al asesino con un cuchillo de cocina y corrió hasta la carretera, donde creyó ver luces. Pero cuando llegó, no encontró autos ni salvación. Solo más bosque. Solo más silencio.

El hombre apareció detrás de ella, lentamente, como si nunca hubiera estado lejos.

Marisol gritó, pero el viento helado se llevó su voz.

Al amanecer, otro autobús llegó al Refugio del Silencio. Un nuevo grupo de excursionistas bajó emocionado, riendo y tomando fotos.

—¡Qué hermoso lugar! —exclamó uno.

—Sí… parece sacado de un cuento —añadió otro.

Nadie reparó en las manchas oscuras bajo la nieve ni en las figuras borrosas que parecían mirarlos desde el bosque.

Y, desde las sombras, alguien los observaba con paciencia infinita.

El Refugio del Silencio nunca dejaba escapar a nadie.

En las montañas nevadas existe un lugar del que nadie regresa. El Refugio del Silencio ha sido testigo de desapariciones, leyendas y rumores que corren entre los lugareños. Pero para un grupo de estudiantes, todo eso no son más que cuentos… hasta que se encuentran atrapados en medio de la tormenta.

Lo que empezó como una excursión escolar pronto se convierte en una pesadilla. Voces ahogadas, huellas imposibles y un hombre enmascarado que parece surgir de la nieve para cobrar venganza.

Entre la oscuridad y el frío, cada decisión puede significar la vida o la muerte. ¿Quién logrará escapar cuando el bosque mismo parece cerrarse sobre ellos? Prepárate para entrar en un lugar donde el silencio no es paz… sino advertencia

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