Skip to main content

Cuento de navidad

Page 1

46

Cuento de Navidad Cuento de Navidad este ya escaseaba y cada vez tocaba ir hasta más arriba para encontrarlo, las autoridades habían ordenado que no se podía seguir arrancando. Aunque Óscar no estaba conforme, cambió el húmedo y esponjoso musgo por el pasto. La ventaja es que en medio de la hierba verde que se va poniendo amarilla con el paso de los días, se sostienen los renos, a pesar de su cojera. No relacionó esos renos que ubicó con esmero en el pesebre con lo que veía. “Un perro”. Fue en lo primero que pensó Óscar cuando vio al animal de color acaramelado, casi inmóvil, si no fuera por la tembladera poco notoria, pero suficiente para percibir que estaba muerto de miedo. Nunca había visto un perro de patas tan largas y escuálidas. Entonces tuvo algo de susto, pues ya había escuchado las historias de que quienes iban a nadar al charco de San José tenían muchas veces que correr para huir de los pastores alemanes que cuidaban la propiedad y que en ocasiones se soltaban de sus amarras. Eran el antídoto de los agregados de la finca para evitar que la cantidad de bañistas dejaran los palos sin una guayaba. Se tranquilizó rápido. No era un pastor alemán y no ladraba. El animal apenas parpadeaba. Atontado, parecía creerse invisible, confiado en que así, en ese estado de quietud, nadie lo notaría. - “¡Quieto!, no se mueva que son muy ariscos-” imperativo le susurró Óscar, su hermano, que venía detrás. Los demás de la barra que habían planeado la ida a San José desde hacía una semana, obedecie-

Un cuento de Navidad

Zanahorio, historia de un venado Fernando-Alonso Ramírez Lo más parecido a un venado que había visto Óscar en su vida eran los renos de plástico blanco que adornaban el pesebre de su casa. Tenían ya las patas quebradas de sacarlos y guardarlos cada año. Él mismo se había encargado de ponerlos sobre un perfecto cuadrado de pasto, que arrancó de un potrero vecino con el azadón viejo, herencia de su abuelo, que permanecía en la cocina donde estaba el fogón de carbón y se guardaban las herramientas. Todos los años, ya era una tradición familiar, se iban de paseo, días antes de que empezaran las novenas y recogían musgo, pero como


48

Cuento de Navidad Cuento de Navidad

ron a su líder. Ramiro no solo era el mayor del grupo, sino que tenía un don natural para mandar. Él lo sabía, lo aprovechaba y actuaba c o m o el jefe de la manada. HACER PASEOS DE OLLA es una tradición en cualquier pueblo cafetero. Todos en la cuadra ponen algo, un atado de panela, unas yucas, unas papas, unos huevos y a veces resulta carne. Se intenta hacer una sopa que generalmente termina en una especie de crema que todos devoran como un manjar, sin reparar en la falta o exceso de sal o en su mal aspecto. El venado apenas si intentó huir cuando ya Ramiro le había puesto la correa al cuello, a manera de soga. El pequeño animal se dejó caer. Hubo alborozo, todos quisieron tocarlo, lo subieron cargado por la empinada montaña que conduce a la carretera y cuyo recorrido se triplicaba, frente a los siete u ocho minutos que tardaba la bajada. Al llegar al filo, justo antes de hacer las peripecias normales para pasar el alambrado, en donde casi siempre alguno deja un trozo de camisa, nadie se percató de que abajo, en el charco, en donde encontraron el animal, asomó un grupo de cazadores que se detuvo a analizar el rastro.

centenar de niños enloquecidos con la tierna figura del animal, se toparon de frente con una jauría de perros que empezaron a ladrar agresivos y que jalaban a sus amos. El venado se petrificó. Los niños lo rodearon, mientras Ramiro reaccionó rápido, lo cargó y lo puso a salvo. -¿Ese venado de dónde salió?- preguntó Tiberio con cara de pocos amigos. -Lo encontramos en San José-, se apresuró a contestar Óscar. -Es nuestro- gritó un cazador joven. Los niños lo odiaron desde el mismo instante en que vieron que traía a un venado más grande, cargado a su espalda. Podían jurar que una lágrima cayó del ojo de Zanahorio y recorrió su espantado rostro. Óscar le tapó los ojos a su nueva mascota, como una madre protectora hace con su hijo, ante una escena que no está en edad de entender. Ramiro preguntó envalentonado, dejó de tener 15 años, parecía mayor: - ¿Cómo que es de ustedes?, nosotros lo encontramos suelto.

Era habitual que en esta época del año, los cazadores salieran desde temprano en busca de alguna presa. Sus historias, siempre rodeadas de exageraciones, dan cuenta de cómo atraparon una guagua o un armadillo, hasta tigrillos se ufanaban de decir que habían cazado, siempre con la ayuda de sus sabuesos y, claro, con el poder que da el empuñar un arma, así sea una vieja escopeta de perdigones.

- Es que no ven. Le dimos a su mamá y este se nos voló, pero lo seguimos. Necesitamos esa carne para la nochebuena.

Pero esa mañana se toparon con algo mejor, una manada de venados. Como prueba, Tiberio, el más viejo del grupo y quien tenía fama de ser el mejor cazador de ese pueblo enclavado en las montañas de la Cordillera Central, llevaba en sus hombros, como si fuera un poncho, una hembra a la que le había disparado con acierto un par de horas antes. Ahora seguían a su cría, que se les escapó en medio del barullo y sin tiempo de ver caer a su mamá.

- Es nuestro, y si lo quieren tendrán que matarnos a nosotros también-. La serie del Llanero Solitario lo había vuelto un temerario. Él iba a ser el Toro, de su hermano Kimosabi.

EL PASEO RESULTÓ MEJOR de lo que habían planeado. Los muchachos llegaron al pueblo y siguieron de largo, sin detenerse en sus casas, como era costumbre, a ducharse y echar mano de algún bocado que supiera a hogar. No, estaban pletóricos y querían mostrar su nueva mascota al pueblo entero.

-Don Tiberio, mire la hora. Usted no puede hacer justicia por propia mano. Tiene que esperar que abran la Inspección mañana.

Cambiaron la correa por un pedazo de cabuya. El animal, aún desconfiado, dejó de temblar y aunque dudó un poco para posar sus patas en el pavimento. Le gustó la sensación de dureza y en poco tiempo ya se sentía firme. No corría el riesgo de que sus patas se hundieran como le sucedía cada tanto en la hierba fresca.

- Ah, entonces le tocó esperar hasta el lunes y no se le olvide que solo hay atención hasta mediodía, porque es 24.

Óscar, de paso, entró a la tienda de abarrotes de su papá y tomó unas zanahorias que le fue dando en el camino hacia la plaza a su nuevo mejor amigo, quien comía de su mano. - “Zanahorio, ese será su nombre”, exclamó Óscar a toda la gallada, y ninguno le vio problema. A Ramiro le gustó la decisión con que su hermano menor había asumido la paternidad, pero no hizo comentarios. En el parque lo pusieron en los prados en donde caminó sin problema y hasta probó la hierba. Corrillo, tras corrillo, como una potranca en una pista de resonancia, Zanahorio recorrió la calle real. Cada muchacho contaba la historia de cómo lo habían encontrado. La aventura era más exagerada o más cauta, según quien la relatara: “...yo lo vi...”, “...llegó a tomar agua al río...”, “...se le acercó y lo lamió...”, “...no tenían idea de dónde venía...”, “... andaba con una manada, pero decidió quedarse de paseo con nosotros...” ERAN LAS 6:00 DE LA TARDE y el animalito lucía cansado. Decidieron irse a casa. Cuando cruzaban el parque, lo que ya era medio

Unos niños apenas empezaban a entender lo que pasaba. Óscar aprendió ese día lo que significaba la palabra indignación. Se anticipó, y a pesar de que apenas les llegaba al pecho a la mayoría de cazadores, no temió ni a ellos ni a sus escopetas:

Cuando los cazadores fueron a forcejear para intentar quitarles el animal a los niños, ya estaba allí el sargento Gómez, el comandante de la Policía del pueblo:

- Pero si mañana no hay atención, no ve que es domingo- replicó enfurecido el viejo cazador.

A pesar de su notoria molestia y de que Carlos Hugo, el más joven de los cazadores, intentó dar otro zarpazo al pequeño venado para arrancarlo de las manos de Óscar, don Tiberio se interpuso: - No se preocupen, la ley nos da la razón. Los niños no entendieron qué quería decir, pero de algo estaban seguros, no iban a entregar a Zanahorio a los asesinos de su madre. COMO ERA DE ESPERARSE el animal se quedó en la casa de Óscar y Ramiro. Esta tenía un amplio patio interior, con un nacimiento de agua que lo recorría hasta perderse en una rejilla que debieron construir años atrás, pues se socavaba el terreno. Zanahorio se iba a sentir más cómodo en ese espacio, mitad huerta, mitad patio y con agua. La Navidad cambió por completo. En la cuadra de la Plazuela, antes de tomar camino al cementerio, empezó la mejor Navidad de la que se tenga memoria. Zanahorio recorrió casa por casa, como era costumbre, acompañando a las niños a rezar las novenas. Le dieron


Cuento de Navidad Cuento de Navidad buñuelos, comió hasta natilla, aunque no pareció gustarle y al final lo que no se comía, por llenura, se lo empacaban. Óscar, a escondidas de su madre, metió a Zanahorio en su cuarto, le hizo un tendido de periódicos y se acostó a su lado. El cansancio los dominó pronto y durmieron hasta el amanecer. El domingo, Ramiro fue muy temprano en busca del alcalde. Lo había visto varias veces y aunque no lo conocía, sabía que los domingos se la pasaba en el Bar Italia, un café donde en el día la gente tomaba tinto y pintadito, y en las noches se emborrachaba. Se ubicaba en la plaza y era el sitio predilecto para estar enterado de los últimos chismes en el pueblo. Allá lo encontró y aunque colorado, no tuvo problema en arrimarse a la mesa y presentarse: - Don Ricardo, yo soy Ramiro Zuluaga- soy hijo de don Eduardo, el de la tienda de La Plazuela. - ¿Y qué necesita?, muchacho- respondió amable el alcalde. Titubeó un momento, pero no se amedrentó: - Es que ayer encontramos un venado y tenemos miedo de que unos cazadores nos lo quiten o lo maten. - ¡Ah!, ustedes son los del bochinche de ayer. Ya me contaron, ¿y qué necesita, mijo?- preguntó el alcalde. - Es que don Tiberio dijo que la ley le daba la razón, y yo quiero saber si es verdad que usted está de su lado- Ramiro no sabía cómo se había atrevido a preguntar esto, estaba tan colorado como el café maduro. Tenía ya edad suficiente para entender que en estos pueblos, perdidos de Dios, la ley es la que el alcalde y los gamonales digan. - Cómo se le ocurre, muchacho, yo no estoy de ningún lado, yo hago lo que me diga la ley, pero como de esas cosas no sé, mañana le preguntamos a Onelio, el inspector, que él sí sabe. - ¿Pero usted no es el alcalde, pues? –ripostó contrariado Ramiro. - Sí, muchacho, pero yo no puedo hacer lo que me dé la gana. A mí me toca obedecer la ley y por eso es mejor que esperemos hasta mañana. - Hasta mañana, señor alcalde. Qué le vamos a hacerRamiro se fue aburrido. No sabía quién era ese Onelio, y lo que más temía es que la conversación con el alcal-

49


Cuento de Navidad Cuento de Navidad

50 de solo le había dejado un sinsabor. Con esa preocupación llegó a su casa.

- Es mejor que entreguen ese animal a don Tiberio- les dijo la mamá preocupada a Óscar y Ramiro. – Miren que esos cazadores son gente de muy mal carácter y no tienen problema en venir hasta aquí por ese animal y yo no quiero problemas. Los muchachos temieron por primera vez que les pasara algo a ellos o a su mamá. Era un hecho, no iban a sacar a las novenas esa noche a Zanahorio, qué tal que se los quitaran.

de la naturaleza. –Es un jipi- le escucharon decir una vez a su papá cuando le preguntaron por qué ese señor era tan raro. Don Fabio entró y se le notó la alegría. El pequeño animal se veía diminuto al lado de su 1,92 de estatura, pero él quiso cargarlo, lo sobó, guardó silencio mientras lo contemplaba. Al fin se dirigió a los muchachos. Había una decena en el patio: - Es increíble que todavía queden venados en esta región, pero no durarán mucho. A los cazadores les encantan-. Los niños se miraron y uno preguntó: - ¿Pero es verdad que la ley dice que los venados son de ellos?

El venado ya no quería comer nada. Estaba lleno hasta reventar.

- Es posible- respondió don Fabio, como lamentándose.

Llegó a la casa de los Zuluaga, don Fabio, el hombre más alto del pueblo, de barba descuidada y boina a lo Che Guevara. Los muchachos no estaban muy seguros de dejarlo pasar, pero él los convenció. Prometió que no le iba a hacer nada al animalito, porque su trabajo era precisamente cuidar de ellos. Todos lo conocían como el señor del Inderena, la institución que debía velar por la preservación

Ramiro se sintió mal. Recordó cómo cuando estaba más pequeño si don Fabio pasaba cerca, él prefería esconderse. Le temía a su aspecto descuidado. Lo había juzgado mal. No solo sabía mucho de animales, sino que se notaba que los quería, así fuera un jipi. El 24, muy a las 8:00 de la mañana, tocaron en la puerta de la casa de Óscar y Ramiro. Su papá se asomó desde la tienda, que quedaba enseguida, y se dio cuenta de que era el secretario de la Inspección. - Hola, don Eduardo -saludó el emisario– vengo a traerle esta notificación- terminó. - Bien pueda entrégueselas a mis hijos, que nada tengo que ver con ese animal- respondió evasivo. - Ellos son menores y usted, como su papá, debe acudir a la Inspección. - ¿Y eso cuánto va a durar?, preguntó molestó Eduardo. - No creo que sea mucho– dijo el secretario-. - Bueno, dígale a don Onelio que a las 9:00 de la mañana estoy allá. - Así lo haré, don Eduardo, y no olvide que si no asiste, puede ser conducido por la Policía. No se moleste conmigo, pero sabe que lo tengo que decir- se disculpó el secretario. - No, no se preocupe. Allí estaré. Óscar y Ramiro lo habían escuchado todo, desde el zaguán de la casa. Por una ranura del portón vieron cómo se alejaba el funcionario lentamente. Se pusieron de acuerdo. Uno iría a contarle a don Fabio, que vivía por el colegio, y el otro iría de casa en casa en La Plazuela para que todos los niños asistieran y así poder presionar. A las 9:00 de la mañana del 24 de diciembre parecía que el Niño Dios hubiera llegado a la Alcaldía del pueblo. Allí había un centenar gritando: - “No maten a los animales”. - “ya mataron a su mamá, no maten al bebé”. El parque se fue llenando de gente que quería saber el desenlace de la historia. Llegó don Fabio Restrepo, también don Tiberio y el séquito de cazadores, sin escopetas, ni sombreros, bien afeitados y saludando de mano a todo el mundo: El inspector mandó a cerrar la Alcaldía y pidió Policía por si las co-


52

Cuento de Navidad Cuento de Navidad

sas se ponían complicadas. Detrás de los niños llegaron las mamás y las abuelas. El 24 era una feria de preocupaciones.

maba a los niños sin miedo. No sabía que la ley no estaba de su lado.

La angustia era cada vez mayor. Los niños esperaban afuera. De pronto la puerta de la Alcaldía se entreabrió para llamar a declarar a Ramiro. Él se paró lentamente y los niños de nuevo gritaron, pero un policía pidió orden si no querían pasar el 24 en el calabozo.

Fue entonces cuando, Javi, el más pequeño del grupo de amigos de La Plazuela, los sorprendió a todos con su idea. Estaban en esas, cuando tocaron la puerta. Todos callaron.

EL TIEMPO AFUERA se hizo eterno. Cuando salió Ramiro, dijo que solo le preguntaron dónde y cómo habían encontrado al venado y que dijo las cosas como ocurrieron, que ellos no habían visto cazadores por allá y que también relató el incidente de la Plaza que había ocurrido el sábado.

- Buenas...”- gritó alguien afuera. No tuvieron que pensar mucho para saber que se trataba de don Tiberio.

10 minutos después salieron Fabio y Eduardo, y se les vio la cara de aburridos. Los niños los rodearon. - Niños, hay una ley, el Código Civil, que dice que un animal bravío, como lo es Zanahorio, que ya es perseguido por otro cazador podrá este reclamarlo como suyo, así lo ocupe otro cazador. Los niños no entendieron nada. - Cómo va a ser bravo Zanahorio, si se dejó coger tan fácil- dijo uno. -Nosotros acaso lo cazamos, no somos otros cazadores, somo uno niños-, dijo otro. Fabio intentó explicarles que bravío no es que sea bravo, sino que son animales sin dueño y que no son domésticos, y que en este caso, así ellos no se consideraran cazadores, al haber atrapado el animalito, habían actuado como tales, así no tuvieran armas. Hubo un silencio de segundos y luego llantos y gritos. Los niños forcejearon, pero las mamás los contuvieron. La puerta de la Alcaldía permaneció cerrada. Sin que ninguno lo notara, por una puerta del sótano, que daba a la vuelta de la esquina salieron el inspector y los cazadores. -El venado se tiene que entregar mañana, por tarde a mediodía a don Tiberio. Que él pasa a recogerlo- remarcó Eduardo. - ¡Yo no lo entrego!- gritó furioso Óscar, hizo un puchero, antes de que le salieran las lágrimas y corrió rumbo a la casa. Su mamá lo siguió, y todos los niños después. Don Fabio se quedó triste, inmerso en sus pensamientos. Sintió que había defraudado la confianza de los niños. Zanahorio parecía más feliz esa mañana. Daba saltitos y se les arri-

- Don Eduardo, dígales a sus hijos que no vayan a hacer pendejadas, que me lo entreguen de una vez, para completar la cena de esta noche. - Usted escuchó al Inspector que dijo que mañana se vence el plazo. No se preocupe. Deje que los niños se están despidiendo de Zanahorio, perdón del venado- dijo don Eduardo. Por primera vez lo llamó por el nombre que Óscar le había dado. Se encariñó con el animalito. A las 7:00 de la noche los niños salieron con Zanahorio, como lo habían hecho las dos noches anteriores, para rezar las novenas. La primera mamá que sospechó algo fue la de Javi. La noche que más tarde habían ido a su casa había sido a las 8:00 de la noche, pero ya iban a ser casi las 9:00 y no aparecían. Pasó a donde la mamá de Óscar y Ramiro para preguntar por los niños, pero allí tampoco habían llegado a hacer la novena, ni en la casa de enseguida, ni en la de la esquina, la del pesebre más grande. Todas las meriendas se habían quedado hechas. En medio del alboroto, bajaba el médico Jiménez del Hospital y al ser abordado por las mujeres, dijo que temprano vio subir a un grupo de muchachos hacia El Bosque, en donde también se hacían paseos de olla. Aún no se había construido allí el centro vacacional, famoso por su paisaje y arquitectura de tierra fría. - Deben estar despidiéndose del animalito- concluyeron las mamás y se tranquilizaron, pero no del todo. En El Bosque, bien adentro, esa noche se vieron muchas linternas. Luego se escucharon villancicos y canciones. Era nochebuena y el regalo mayor se lo llevó Zanahorio, la libertad. “En el monte lo encontramos, en el monte se quedará, que vengan mañana aquí por él”, sentenció Óscar, en medio del llanto, pero feliz de que el animalito no fuera cena de cazadores. Desde entonces, nadie volvió a saber de Zanahorio que se adentró debajo de las legendarias cataratas del río Pensilvania. Cuenta la historia que solo los niños, cada 24 de diciembre, ven correr por las praderas de El Bosque, una manada de venados que ellos desde entonces, sagradamente, representan en sus pesebres.


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Cuento de navidad by Fernando-Alonso Ramírez - Issuu