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Por Rodolfo J. Walsh, Adolfo Luis PĂŠrez Zelaschi, Jack London, Manuel Peyrou, Guillerme de Apolinaire y Enrique Anderson 1


Prólogo Este es un libro de cuentos policiales de enigma.Los cuentos fueron leídos y seleccionados por nosotros, alumnos de séptimo grado. Además, fueron analizados, para identificar de que género se trata y qué características poseen. Así ,vimos que estos cuentos policiales se originan de la mano de Edgard Allan Poe en 1841 y se basan en un misterio que debe resolver el detective, hasta encontrar, así, al culpable.   Este libro surge de un proyecto distrital ,en el cual se trabajaron con distintos cuentos, de distintos autores. Algunos de ellos son: Adolfo Luis Perez Zelaschi, Rodolfo Walsh, Jack London, Manuel Peyrou, entre otros .Incluye cuentos de autores argentinos e ingleses, esto marca una diferencia en los personajes y en la forma de resolver el caso: en los cuentos ingleses el personaje es un detective, mientras que, en los ‘’argentinos’’, es un comisario. El escritor inglés hace que el detective desarrolle más la investigación, utiliza más el ingenio, en cambio, el argentino pareciera ser más simple, más rápido y con más experiencia. Los sospechosos cambian, siendo mucamas y/o sirvientes en uno, y,en el otro, pueden ser provincianos y/o morochos.   El método de selección de los cuentos que integran este libro fue a través de una votación en la que participó toda la escuela. Allí, se mostraron videos con las mejores partes de los cuentos, con el fin de atraer a los votantes. Además, en la votación, hubo un stand para cada cuento. Al final, contamos los votos para cada libro y quedaron seleccionados seis cuentos de los ocho que había.  

 Esperamos que les guste y que lo disfruten.

  Alumnos de 7º grado “A”, Escuela nº 11, D.E. 12. 2011.

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El marinero de Ámsterdam De Guillaume Apollinaire  

 

Trata de un marinero que llega a Ámsterdam queriendo vender animales exóticos, pero se encuentra con un extraño que le ofrece comprar su loro y lo invita a realizar la compra en su cabaña, alejada de la ciudad. Después de salir de la ciudad al fin llegan a la casa del extraño. Éste cierra la puerta de la cabaña y se encuentra con una mujer atada al la cama. ¿Que ocurrirá? Lean este cuento para saberlo . BIOGRAFÍA

  Guillaume Apollinaire (de nombre real Wilhelm Apollinaris de Kostrowtizky), nació en Roma (Italia), el 26 de agosto de 1880. Creo los siguientes cuentos:     •El bestiario o el cortejo de Orfeo Alcoholes •Caligramas •Vitam independere

Kevin Jairo Terrazas Bautista Ariel Cristian Jaime Ramos

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El Marinero de Ámsterdam Guillaume Apollinaire El bergantín holandés Alkmaar regresaba de Java, cargado de especias y de otras materias preciosas. Hizo escala en Southampton, y a los marineros se les dio permiso para descender a tierra. Uno de ellos, Hendrijk Wersteeg, llevaba un mono sobre el hombro derecho, un loro sobre el izquierdo y cruzado sobre el pecho, un fardo de tejidos de la India que tenía intención de vender en la ciudad, del mismo modo que a los animales. Se estaba en los comienzos de la primavera, y la noche caía todavía a hora temprana. Hendrijk Wersteeg marchaba a buen paso por las calles algo brumosas, apenas aclaradas por la luz de gas. El marinero pensaba en su próximo retorno a Ámsterdam, en su madre a la que no veía desde hacía tres años, en su prometida que lo esperaba en Monikendam. Hacía suposiciones sobre el dinero que obtendría por sus animales y por sus telas, y buscaba el comercio donde podría vender esas exóticas mercancías. En Above bar Street, un señor lo abordó correctamente y le preguntó si buscaba unvendría comprador su loro: -Este pájaro -dijo- me bien.para Tengo necesidad de alguien que me hable sin que yo tenga que responderle, y vivo completamente solo.

Como la mayor parte de los marineros holandeses, Hendrijk Wersteeg hablaba el inglés. Fijó el precio, que le convino al desconocido. -Sígame -dijo este último-. Vivo bastante lejos. Usted mismo introducirá al loro en una jaula que tengo en casa. Usted desplegará sus telas, y tal vez las encontraré de mi gusto. Completamente feliz por su suerte, Hendrijk Wersteeg caminó con el caballero a quien, con la esperanza de vendérselo también, le elogió al mono, que era, decía él, de una raza muy rara, una raza de esas cuyos individuos mejor resisten el clima de Inglaterra y que más se encariñan con su dueño. Pero muy pronto Hendrijk Wersteeg dejó de hablar. Desperdiciaba inútilmente sus palabras, porque el desconocido no le contestaba y ni siquiera parecía escucharlo.

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Continuaron su derrotero en silencio, uno al lado del otro. Solos, añorando sus bosques natales en los trópicos, el mono, aterrorizado por la bruma, lanzaba de vez en cuando un pequeño grito semejante al vagido de un niño recién nacido, y el loro agitaba las alas. Al cabo de una hora de marcha, el desconocido dijo bruscamente: -Nos aproximamos a mi casa. Habían salido de la ciudad. La ruta estaba bordeada por grandes parques, cercados por verjas; de tiempo en tiempo brillaban, a través de los árboles, las ventanas iluminadas de una casa de campo, y se oía a lo lejos, en intervalos, el grito siniestro de una sirena en el mar. El desconocido se detuvo ante una verja, sacó de su bolsillo un llavero, y abrió la puerta, que volvió a cerrar una vez que Hendrijk la hubo franqueado. El marinero estaba impresionado; distinguía apenas, en el fondo de un jardín, una pequeña villa de bastante buena apariencia, pero cuyas persianas cerradas no dejaban pasar luz alguna. El desconocido silencioso, la casa sin vida, todo aquello era bastante lúgubre. Pero Hendrijk recordó que el desconocido vivía solo. "¡Es un excéntrico!", pensó, y como un marinero holandés no es lo bastante rico como para que se lo atraiga con el fin de desvalijarlo, se avergonzó de su momento de ansiedad. hesitar, de lo contrario lo mataré como a un perro. Abra el cajón de la mesa. .. Hay allí un revólver de seis tiros, cargado con cinco balas... Tómelo. El marinero holandés obedeció casi inconscientemente. El mono, sobre su espalda, lanzaba gritos de terror y temblaba. El desconocido continuó: -Hay una cortina en el fondo de la habitación. Córrala. Corrida la cortina, Hendrijk vio una alcoba en la cual, sobre un lecho, con los pies y manos atados, amordazada, una mujer lo miraba con los ojos colmados de desesperación. -Desate las ataduras de esta mujer -dijo el desconocido- y quítele su mordaza. Ejecutada la orden, la mujer, muy joven y de una belleza admirable, se arrojó de rodillas a un lado del tragaluz, exclamando:

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-¡Harry, es una estratagema infame! Me has atraído a esta villa para asesinarme. Pretendiste haberla alquilado con el fin de que pasemos en ella los primeros tiempos de nuestra reconciliación. Creía haberte convencido. ¡Pensaba que finalmente estabas seguro de que jamás fui culpable!... ¡Harry! ¡Harry! ¡Soy inocente! -No te creo -dijo secamente el desconocido. -¡Harry, soy inocente! -repitió la joven señora con voz estrangulada. -Estas son tus últimas palabras, las registraré escrupulosamente. Me serán repetidas durante toda mi vida. Y la voz del desconocido tembló un poco, pero bien pronto volvió a ser firme. -Porque todavía te amo -agregó-. Si te amara menos te mataría yo mismo. Pero esto me resultaría imposible, porque te amo. . . -Ahora, marinero, si antes de que yo haya contado hasta diez usted no ha alojado una bala en la cabeza de esta mujer, caerá muerto a sus pies. Uno, dos, tres. . . Y antes que el desconocido tuviera tiempo de contar hasta cuatro, Hendrijk, enloquecido, disparó sobre la mujer, que, siempre de rodillas, lo miraba fijamente. Ella cayó de cara contra el piso. La bala le había entrado por la frente. De inmediato, un golpe de fuego surgido del tragaluz vino a golpearle al marinero la sien derecha. Este se desplomó sobre la mesa, mientras que el mono, lanzando agudos gritos de horror, se escondía en su blusa. El día siguiente, algunos transeúntes que escucharon gritos extraños provenientes de una casa de campo de las afueras de Southampton, advirtieron a la policía, que llegó pronto para forzar las puertas. El mono, saliendo bruscamente de la blusa de su dueño, saltó sobre la cabeza de uno de los policías. Aterrorizó a todos hasta tal punto, que dando unos pasos atrás lo abatieron a tiros de revólver antes de osar acercarse de nuevo. La justicia informó. Parecía claro que el marinero había matado a la señora y se había suicidado a continuación. Sin embargo, las circunstancias del drama resultaban misteriosas. Los dos cadáveres fueron identificados con facilidad, y todos se preguntaban como lady Finngal, mujer de un par de Inglaterra, se había encontrado sola, en una aislada casa de campaña, con un marinero arribado Southampton el día anterior.

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El propietario de la villa no pudo dar información alguna que sirviera para esclarecer el caso. La casa de campo había sido alquilada, ocho días antes del drama, a un llamado Collins, de Manchester, quien, por otra parte, permaneció indescubrible. Ese Collins usaba anteojos y tenía una larga barba roja que bien podía ser falsa. Ellord llegó de Londres a toda velocidad. Adoraba a su mujer y daba pena contemplar su dolor. Como todo el mundo, no comprendía nada de este asunto. Después de estos sucesos, se retiró del mundo. Vive en su mansión de Kensington, sin otra compañía que un doméstico mudo y un loro que repite sin cesar: ¡Harry, soy inocente!

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Reseña de “LAS SEÑALES” Para empezar el autor es Adolfo Luis Pérez Zelaschi, nació en San Carlos de Bolívar el 15 de febrero de 1920 y murió en Bs.As .el 6 marzo 2005. Fue miembro de la Academia Argentina de Letras. Este cuento se trata de un hombre asaltado por un ladrón. Manolo, el hombre, se abalanzó sobre el asaltante matándolo. Los hermanos del ladrón juraron vengar la muerte de su hermano. La policía no quería brindarle seguridad porque, ellos pensaban, que era una perdida de tiempo. Para nosotras el cuento fue muy interesante y misterioso. Es de acción y misterio. Es recomendable para leer. Realizada por: Nicole Ayelén Iraola y Micaela Valeria Parraga

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“Las señales.”

 

Estaba por fin ahí, como el rostro de un destino antes descifrable y ahora revelado: un hombre de piedra (el sombrero sobre los ojos, casi palpable la pesada pistola), pero atentísimo a las próximas señales del estrago. Ese hombre ahí significaba que todos los plazos se habían cumplido; que él, Manolo, pronto sería el cadáver de Manuel Cerdeiro, llorado por su mujer, recordado durante un tiempo por alguno de sus paisanos y por sus parroquianos sólo hasta que otro (desde luego gallego, recio, petiso, velloso y cejudo) lo sustituyera en el mostrador del bar. La Nueva Armonía. Ahora, frente a esta muerte enchambergada, comprendía con claridad por qué los vecinos lo miraban con piedad y por qué sus palabras tenían dejos de lástima constante: — ¿Qué tal, Manolo? —la conversación solía comenzar así. —Trabajando, ya lo ve. —Es la vida del pobre. Y… ¿más sereno ya? — Sí… pero hablemos de otra cosa. Pero ellos nunca querían hablar de otra cosa, sino de aquella por la cual el barrio —la pequeña esquina desteñida de Floresta al sur, calle Mariano Acosta al mil y tantos fue transportada súbitamente tres meses atrás a los titulares de los periódicos amarillos. Primero eran los consejos: —Le convendría cambiar de barrio… —Es difícil vender el bar. Y luego volvían al tema obsesionante: —Nunca se sabe… Con esa gente no se puede jugar. ¡Y la policía que no lo protege aúno! El agente ya no está más, ¿verdad? —Ve usted que no. Hasta luego… Lo pasado pisado. Se iba, huía, pero aun así sabía que lo miraban alejarse como al portador de una segura enfermedad mortal. Había otros diálogos, sin embargo, aunque en el fondo eran lo mismo. —¡Lo felicito, hombre! ¡Qué coraje tuvo! —Me defendí, nada más. Pero no quiero hablar. Lo pasado pisado. —Para usted, sí. Pero ellos eran tres. Cayó uno y quedaron dos. —No quise matarlo; me defendí nada más. —Para un valiente como usted, lo mismo es uno que diez. Que vayan saliendo, no más,¿eh? ¡Qué hígados: enfrentar a Lungo Riquelme! —Usted perdonará, pero debo atender a los clientes. No me gusta recordar. Era, sin embargo, un recuerdo para llenar una vida y, sobre todo, la del oscuro Manolo Cerdeiro, atado día a día y durante años a una noria de jornadas iguales detrás del mostrador de La Nueva Armonía. Abrir el bar, atender a los corredores, a los parroquianos, desde la mañana hasta la madrugada; turnándose con la patrona, salvo los lunes día en que comenzaban las seis de la tarde. Estos lunes preparaban con nabizas, pingüe unto sin sal, papas y porotos, un caldo gallego blanquecino, generoso y tan espeso que las cucharas quedaban clavadas de punta en su masa, y del cual bebían (o comían) dos soperas, empanadas de pescado fuerte o callos, regado todo con vino tinto áspero y común. Era una fiesta, su única pausa en el trabajo, su escape hacia el mundo, ahíto, satisfecho, sin necesidad ni temor que le aguardaba cuando pudiera redondear una fortuna. Luego, después de una siesta bovina y profunda, reabría el bar, y mientras llegaban los clientes hacía las cuentas y preparaba el dinero para depositar en el Banco. Aquel día, concluidas las sumas y las restas, liado y encerrado el dinero bajo llave en un cajón del mostrador, estaba limpiando unos vasos cuando, a un ruido de pasos, levantó la cabeza y se encontró frente a aquellos dos hombres parecidos a cuchillos. —¿Desean los señores? —Pasa el fajo y no grites, gallego .Y ya no vio sino la boca de la pistola con que el más bajo lo encañonaba. Manuel Cerdeiro no era, tal vez, un cobarde. Por eso demoró un par de segundos mientras sentía que un sudor rápido le pegaba la ropa a la piel. —Apúrate, gallego, o te liquido —dijo el de la pistola, y el más alto, sin mover el cuerpo, le cruzó la cara con el canto de la mano en un golpe cruel, duro e injusto. Llorando —recordaba que lloró, pero no si fue de rabia o de miedo, o las dos cosas juntas— abrió Manolo Cerdeiro el cajón. Allí estaba el dinero, un fajo de sólo veintitrés mil pesos y también saltándole a los ojos como la cabeza de una víbora, como la punta de un látigo, como una fría lengua de acero, aquel Colt .38, caño corto, que le vendieron junto con el bar, diez años atrás, y que jamás había usado.

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Hasta allí, los hechos memorables. Luego todo se confundía turbulentamente, se superponía en un lapso que debió de ser de segundos, y en el cual, llevado por el dolor de aquel golpe injusto, por un rencor instantáneo y feroz, por el pánico, por todo eso, se halló de pronto disparando su revólver sobre los dos hombres, dos veces, tres, cuatro, vaciando el tambor del arma sobre ellos, encogiéndose tras el mostrador porque también le tiraban mientras se retiraban lentos y precisos hacia la puerta con las cuarenta y cinco de inacabables recámaras, viendo sin ver, ciego, en tanto algunas botellas caían deshechas, regándolo deanes, cegándolo de coñac. Hubo un confuso ruido de mesas derribadas, patadas en el suelo, mientras él, enajenado por aquel rapto de matar y morir que le quemaba el alma, gatillaba inútilmente contra cualquier cosa su revólver ya sin proyectiles. El mostrador subió como un telón invertido, de abajo hacia arriba, borrándole todo mientras él caía derribado por una bala, sin tomar conciencia de que caía, ni por qué. Por tanto, advirtió de pronto que su boca daba contra el suelo, que olía olfateándolo, el seco olor del polvo acumulado en las tablas no barridas, que no podía levantarse. Vio que la sangre le corría por la camisa, no sabía desde dónde, un dolor agudo le barreno el hombro y volvió a caer, entonces sí, sin sentido. Ese mismo dolor lo volvió en sí. El bar estaba lleno de voces, de sombras, de agitación de ruidos. Un hombre recio y colorado se inclinaba sobre él. Luego se irguió: —La bala le lastimó el hombro. No es grave, pero tengan cuidado. Dos camilleros lo levantaron en vilo y lo sacaron acostado, semidesnudo, desvalido e infantil. Sintió una súbita vergüenza al pasar casi en cueros entre la apretada hilera de los curiosos, de los vecinos, de todo el barrio aborregado ante la puerta de La Nueva Armonía al concierto de los tiros, y volvió a desmayarse cuando lo metieron en la ambulancia. Sólo después, y lentamente, mientras salía del asombro como de una red de hilos infinitos que sólo se iban soltando de a uno y despacito, reconstruyó el episodio, a la vez trivial y trágico, oscuro y heroico. Ese día, aprovechando una hora vacía, dos asaltantes intentaron robarle. Un modesto golpe de mano, en un bar huero y a un hombre solo, desprevenido, desarmado y presumiblemente cobarde. Poco dinero, es cierto, aunque proporcional al escaso riesgo. Pero, imprevisiblemente, la víctima resistió (por avaricia, por aturdimiento, por estupidez, dijeron todos, nadie por cívico heroísmo) y mató a uno de los atracadores, mientras el otro huía. Nada, como se ve, más allá de un episodio cualquiera de la crónica policial. Nada más… si el muerto no hubiera sido el Lungo Riquelme. Pero lo era, y por eso la gente empezó a mirar a Manuel Cerdeiro como a un cadáver, con lastimosa piedad, tanto que a veces él mismo se olisqueaba para ver si ya hedía a la muerte que le asignaban. —Lástima que era Riquelme —decían. Él sonreía, crispado: Sí…, sí. Fatalidad. Pero no quiero hablar de ello. Así, y todavía exánime en el hospital, lo había repetido a los reporteros entre relúmbrese flash. — ¿Sabía usted que era el Lungo Riquelme? —De saberlo, ¿hubiera resistido lo mismo? —No sé. Todavía no sé bien quién es ese señor Riquelme. No lo sabía pero lo aprendió: el Lungo Riquelme era el mayor y el jefe de tres hermanos, duros profesionales del delito, asesinos todos, que desde hacía dos años se tiroteaban con increíble buena fortuna con la policía de cuatro provincias y la uruguaya. Asaltar era su oficio; matar, un azar aceptable para ellos; morir, un riesgo conexo. Bancos, pagadores, joyeros, casas de cambio habían sido saqueados uno tras otro, bajo sus pistolas sin ley. Porque los Riquelme disparaban enseguida, sin más, alevosamente, cuando alguien resistía o parecía dispuesto a hacerlo. Así mataron a un oficial de policía llamado Bazán, y entonces se trabó uno de esos duelos cerrados, porfiados, sin piedad, incluso con víctimas por lujo, que se dan entre uno o más delincuentes y la policía cuando a ésta le matan uno de sus hombres. En tal duelo se tira de cualquier manera, en cualquier lado, sin aviso, sobre el culpable, el acompañante, el encubridor, el sospechoso, que son todos uno y lo mismo para los perseguidores, como éstos lo son para los otros. Y del otro lado se mata por seguridad, como quien da vuelta una llave, o como un pagaré contra la propia muerte, que el delincuente sabe inevitable a menos que huya del país. Así, a las órdenes 10del comisario Gregorio Bazán, hermano del oficial muerto, se peleaba contra los hermanos Riquelme, que no se entregarían jamás.  


Hechos a esta fatalidad, los Riquelme eran para el gallego Cerdeiro otra fatalidad sin escape. Los cronistas y reporteros hablaron de esto: “Conociéndose la solidaridad que se practica en el hampa, y más en el caso de los hermanos Riquelme, corre grave peligro la vida del señor Cerdeiro…”; o “Es indudable que los dos hermanos Riquelme tratarán de vengar a Juan, alias El Lungo, que era el mayor de los tres”. Incluso la revista publicó una serie de notas que tituló: “El juramento de los Riquelme”, según la cual los dos sobrevivientes, Ernesto y Pedro, habían jurado en rueda de taitas y sobre el filo de un cuchillo que perteneció Di Giovanni dar muerte al pobre gallego después de un largo paseo de agonía, de esos que se ven en televisión. Lo asesinarían desde un automóvil en marcha, lo balearían de atrás, lo apuñalarían dormido, al abrir una puerta volarían él y la puerta al soplo de la gelignita; cualquier cosa podía suceder en cualquier momento. Sería un concluir sin horror, seguro, rápido y técnico, aceptado de antemano por todos. Por eso, cuando Manuel Cerdeiro volvió del hospital, hubo noche y día y durante dos meses, un agente uniformado en la esquina de La Nueva Armonía. Desde su lugar, detrás de la caja, el gallego llegó a mirarlo como si fuera un elemento definitivo del paisaje urbano que cabía entre la puerta y la vidriera del bar; permanente como la casa de enfrente y sus balcones, como la mercería del armenio Bakirgian, en la esquina opuesta y transversal, el foco suspendido sobre los adoquines color plomo o la vereda de piedras desniveladas. Un día el agente desapareció. No hubo nadie en la esquina. Increíblemente, Cerdeiro adivinó que tampoco lo habría ya, y todas las cosas parecieron dar una voltereta, balancearse, ceder, mientras violines y campanitas vibraban en sus oídos. El armenio Bakirgian estaba en la puerta de su tienda y cruzó rápidamente la calle. Ni siquiera saludó. — ¡Le sacaron el agente! —No sé… tal vez volverá luego. Ardían de furia los ojos del armenio. —No; lo averigüé yo mismo en la comisaría. Han levantado la consigna. ¡Para eso uno paga los impuestos! ¡Para que cualquiera lo robe y lo asesine! Cerdeiro fue a la seccional. — ¿Qué desea, señor? —El comisario, por favor. El cabo de guardia lo miró severamente: —Está ocupado. No puede atenderlo. —Soy… Cerdeiro… Manuel Cerdeiro, del bar La Nueva Armonía, aquí en Mariano Acosta al mil y tantos. — ¡Ah! ¿Es por la vigilancia? Ya vino antes un turco entrometido… Bueno. Se levantó. —Pero… —No hay nada que hacer. Tenemos mucho trabajo y no podemos distraer tres turnos para cuidarlo a usted. Arréglese solo. Buena suerte. Manuel Cerdeiro volvió como en sueños a su bar. (Ahora me van a matar.) tuvo que mirar sus botellas, las meses percudidas, pasar los dedos por el mostrador de cinc(“ahora me van a matar”), abrir y cerrar los cajones para recordar el lugar de cada cosa(“ahora me van a matar”) y aun así, no pudo concentrarse en su trabajo (lavar los vasos, apilar las cajas vacías, barrer y regar el piso antes que vinieran los clientes —con esa furia gallega obstinada de siempre que le había permitido durante años ahorrar el sueldo de un peón y de un mozo), porque en realidad estaba viviendo ya para la muerte. Y así, como en sueño, vivió hasta que los días le desarrollaron un curioso doble juego de sentidos: uno, el de los ojos, oídos, tacto, atado a la rutina diaria; el otro, también ojos, oídos, tacto, atento a las señales de la calle, el barrio, la ciudad entera, en uno de cuyos cubículos estaban los Riquelme vengadores y juramentados. Este segundo sistema le anunció la conclusión del plazo. Eran las once de una noche de lunes, dura, helada y lluviosa. Los últimos parroquianos —tres invariables billaristas— se habían marchado y él pensaba cerrar enseguida porque nadie vendría ya e irse a su casa, a unas cuadras de allí, tránsito de Calvario(“ahora me van a matar”) que hacía dos veces al día con todo su ser puesto en cualquier señal que pudiera darse. Entró en la trastienda, que era un platinillo entoldado, tapiado por cajones vacíos de Coca-Cola y de cerveza, y comenzó a apartar los de marca “Tres Cometas”, cuyo camión vendría mañana a retirarlos, cuando la señal vibró. Sí: no fue el abrirse de la puerta, ni los pocos pasos que siguieron los que le hicieron estremecer, sino la alarma que resonó en el segundo juego de sentidos que le había crecido durante la espera: “Ahora me van a matar”. Allí estaban. Midió agónicamente sus posibilidades de escape: ninguna.

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Tres altísimas paredes verticales y ciegas cerraban el patiecito. Nadie oiría un grito mientras el viento zumbel ara allá arriba, tan perdido Manuel Cerdeiro en la ciudad como en un abismo entre montañas desnudas. Sólo cabía regresar al bar (“ahora me van a matar”) y eso hizo. De no estar tan aferrado por la circunstancia, por los ineludibles aquí y ahora, hubiese comprobado que su espanto había. Sólo cabía regresar al bar (“ahora me van a matar”) y eso hizo. desaparecido y que podía realizar un balance, incluso desapasionado, de los hechos o, por lo menos, de los hechos que le concernían. Vio, en efecto, que el recién llegado —era un solo— estaba ya sentado a una mesita; que no podría intentar un desesperado y tal vez mortal salto a través de la vidriera, porque él mismo había cerrado, encerrándose, la cortina metálica; que el desconocido no tenía apuro, que estaba sentado de tal manera —el antebrazo derecho apoyado sobre la mesa y paralelo al pecho— que su mano empuñaría en un décimo de segundo la pistola; que ésta le abultaba bajo el brazo izquierdo y que otra tiraba pesadamente hacia abajo el bolsillo derecho de sudamericana; que estaba atento a los signos que debían venir de la noche, donde dormían los inocentes y velaban los asesinos. Manuel Cerdeiro no sabía si pensaba en algo cuando se acercó al tipo para preguntarle qué quería tomar, si lo hizo por rutina, por servil ansia de ganar un minuto, un minuto más debida, por aturdimiento o por cualquier otra razón. La mano del hombre se hundió bajo el saco y quedó allí, sin duda enroscados los dedos amarillos en el gatillo y la culata: —Algo livianito, maestro —le dijo mirándolo, y Manuel Cerdeiro volvió a sentirse ya muerto porque aquellos ojos fijos de víbora brillaban con inequívoca burla. — ¿Guindado? —Eso: guindado. Mientras vertía el licor –sus manos temblaban y lo derramaron un poco—, pensó en los paseos de la muerte que decía la revista; en los lentos suplicios con que el hampa suele, según las historietas, cobrar la traición o el crimen y así, de nuevo como en sueños, volvió con el guindado hasta la mesita (la mano del hombre, que había salido, tornó a su nido terrible) y regresó tambaleándose al mostrador. Allí se quedó, sentado en la silla alta que usaba para recontar el dinero, con la caja como pobrísimo parapeto, mirando a aquel hombre, que, a su vez, no lo miraba, pero lo escuchaba, el oído tendido simultáneamente hacia las señales de la noche. Todo había pasado en cuatro minutos. Luego el tiempo —inmóviles los dos, él y otro, él y él, él y la muerte—, sólo fue perceptible en su más claro símbolo: en aquella aguja del reloj eléctrico que remontaba silenciosa su rueda inmutable. Sus ojos asustados giraron hacia atrás, sin mover la cabeza señalaron Allí…Riquelme? —preguntó Adelquí con un siseo inaudible, y Cerdeiro volvió a del síncopa. Indicios de la noche, porque ninguno le importaba ahora salvo el último matar… ahora me van a matar…”). Conocido últimamente llegado, que el hombre del tango, estaba muerto y que vendrían esta noche.    

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Al Rompecabezas le falta una pieza. Empezamos por decir que Enrique Anderson Imbert fue autor de cuentos del género policial. El cuento “Al Rompecabezas le falta una pieza” se trata de un investigador y un periodista, que intentan resolver un caso del pasado. Había un hombre llamado Sánchez Carrión el cual no se sabía si se había suicidado o lo habían matado.Supuestamente, había comido algo que le había caído mal. Como Sánchez había sido apuñalado, el hombre que lo apuñaló es un posible sospechoso. Sánchez era amigo de Simón Bolívar.Mercedes la esposa de Bolívar, odiaba a Sánchez,ella queda como sospechosa. ¿Quién será el asesino? Por un lado nos gustó porque había un misterio, y por otro lado, no nos gustó tanto porque estaba Simón Bolívar, y eso no le dio tanta emoción al cuento. Para finalizar les recomendaremos este cuento porque el final es interesante.

LAURA BAUDUCCO, JENNIFER MAMANI .

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Al rompecabezas le falta una pieza Harold Yates, profesor de historia del arte en una universidad norteamericana, llegó a Buenos Aires con tan mala pata que se la rompió en un bache justamente cuando iba a entrar en la Facultad de Filosofía y Letras para iniciar su curso. ¿Qué hacer, de espaldas sobre la cama del sanatorio, como no sea contemplarse la pierna, enyesada y erigida en el aire por cables y poleas? ¡Bonita estatua! ¿Leer? Libros, no. En esa posición los dedos se cansaban de sostener el peso del libro, los ojos al entrecerrarse se le amodorraban… Pidió a la enfermera un semanario ilustrado. ¡Bah! Lo nuevo –una nota gráfica sobre el campeonato local de polo, fotografías de una rumbosa boda en la aristocracia porteña- no le interesaba. Y lo viejo –la reproducción de Las Meninas de Velázquez, por ejemplo- lo aburría. El aburrimiento le estiraba las horas, pero por suerte ese día una visita se las acortó: la de Cirilo Garay, profesor de historia política en una universidad argentina. Se habían conocido un par de años atrás, en Lima, cuando fueron a estudiar, Yates, unos cuadros de José Gil de Castro el primer retratista del Perú independiente, y Garay, la gestión de Monteagudo durante el Protectorado de San Martín. Los dos historiadores tenían muy poco en común. Ni siquiera compartían la misma teoría de la historia. Para el norteamericano la historia era un arte. Para el argentino, una ciencia. Sin embargo simpatizaron y la amistad siguió alimentándose con cartas que iban y venían entre la Argentina y los Estados Unidos. Ahora volvían a encontrarse en las condiciones más favorables para el diálogo: una cama y una silla en una habitación aislada del mundo. Toda la acción que el lector puede esperar de este relato se reduce a las palabras cruzadas entre un joven acostado en la cama y un joven sentado en una silla. El gatillo que disparó el diálogo fue una frase casual de Yates sobre los métodos de la investigación histórica. -Mi gran maestro -dijo- no ha sido ningún historiador, sino un personaje de cuento. Con la intuición de un poeta y el rigor analítico de un matemático mi maestro era capaz de reconstruir los hechos de un pasado misterioso y aun el secreto mental de un proceso mental de un prójimo. Gran maestro de heurística, ese personaje ficticio. Descubría metódicamente y por medios racionales las exactas circunstancias de una serie de acontecimientos. Su especialidad era descubrir crímenes. Me refiero a Auguste Dupin. ¿Lo recuerda, en The Murders in the Rue Morgue? Gracias a Edgar Allan Poe los Estados Unidos han contribuido a la historia de los géneros literarios con el primer detective. Garay percibió en las palabras de su amigo cierto retintín de jactancia patriótica. No es que Yates se jactara a propósito, pero el haberse criado en el rico y fanfarrón estado de Texas cargaba de énfasis todas sus opiniones. No era más culpable de ellas que de su talla de gigante, su pelo rubio, sus ojos azules y su risa ostentosa. Garay, pequeñito y oscuro, con socarrona voz de provinciano le replicó: -El primer detective, en la literatura, será el inventado por Poe pero el primer detective real, en América, fue Simón Bolívar. Yates bajó la vista del techo y la posó en Garay invitándolo a que se explicara. -Usted recordará –prosiguió Garay- que Bernardo Monteagudo había servido como primer ministro al Libertador San Martín. Cuando San Martín se retiró de la lucha, Monteagudo pasó a servir al otro Libertador: a Bolívar. La noche del 28 de enero de 1825 Monteagudo caminaba solo por las oscuras calles de Lima cuando alguien le clavó un puñal. 14


Bolívar en persona se hizo cargo de la investigación. Observó que el puñal estaba recién afilado y llamó a los barberos de la ciudad, que en esa época reencargaban de afilar cuchillos. Un barbero declara que, en efecto, le ha afilado ese cuchillo a un negro. Bolívar convoca a los negros: el afilador señala al dueño del puñal. El negro confiesa que ha asesinado a Monteagudo por instigación de un ministro de Bolívar… Yates levantó las cejas, silbó para adentro y después preguntó: -¿Y qué le pasó a ese ministro? -¿A Sánchez Carrión? Por el momento, nada. -¿Nada? -No me mire así. Yo no tengo la culpa. ¡Qué quiere! Era un crimen político. Bol��var no era sonso… No le convenía someter a su ministro a un juicio ante los tribunales. El crimen quedó como secreto de Estado. Pocos días después Bolívar llamó a Sánchez Carrión a su residencia veraniega en La Magdalena. Comieron juntos. Dicen que después de la comida Sánchez Carrión se retiró descompuesto y alegando que estaba enfermo renunció al Ministerio, en febrero, y se fue a vivir a su quinta, en Turín. Bolívar estaba en una de sus campañas, en el Alto Perú, cuando recibió una carta con la noticia de que el 2 de junio Sánchez Carrión había muerto. Volvió a Lima y una señora, dice Mosquera en su Memorias, le reveló que a Sánchez Carrión lo habían envenenado. -¿Quién lo envenenó? -No se sabe aunque según parece la señora denunció a un coronel. -¿Y Bolívar no lo averiguó? -No. Era otro crimen político… Yates soltó una carcajada y después, sin dejar de reír, comentó: -Bueno, bueno. Su Bolívar, el primer detective americano según usted, no aparece haberse cansado mucho en sus pesquisas, ¿no es cierto? Descubrió un asesinato pero encubrió otro. ¡Por favor, no me lo compare con el detective de Poe! Auguste Dupin, nada más que con el que le hubieran dado unas pocas pistas, habría deducido quién fue el envenenador de Sánchez Carrión… A ver. Cuénteme todos los detalles que sepa… -¡Qué! –exclamó Garay sonriéndose-. ¿Hoy se siente detective? -¿Por qué no? Total, no tenemos otra cosa que hacer. Si ha habido detectives que resolvían misterios desde una celda, ¿qué tiene de raro que yo intente hacer lo mismo desde una sala de hospital? A ver. Cuénteme. Garay resumió los hechos tal como están documentados en los estudios sobre esa terrible época de la Independencia: el general Jerónimo Espejo había testimoniado que Sánchez Carrión, cuando dejó a Bolívar, llevaba un “veneno graduado en el cuerpo”; el gobierno del Perú había ordenado una autopsia y el cirujano certificó que el cadáver de Sánchez Carrión “tenía en el hígado una aneurisma reventada”; mientras tanto, Bolívar se pasaba la buena vida en La Magdalena…

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De vez en cuando Yates interrumpía para pedir que le aclarasen un punto. Garay resuministraba datos como el aprendiz alcanza piedras al maestro para que las coloque en un mosaico. Hubo un silencio. Histriónicamente, con un dedo en la frente, Yates meditaba. -¿Quiere que le traiga una pipa o un violín? –le zampó Garay después de observarlo por un rato. -No soy Sherlock Holmes –contestó Yates-. Ya le dije que mi maestro de análisis y deducción fue el caballero Auguste Dupin. En su segundo relato detectivesco, The Mystery of Marie Roget, Poe trasladó a París la exacta serie de incidentes de un crimen cometido en Nueva Cork: en la ficción, pues, Dupin viene a resolver desde lejos un crimen real. Pero yo no soy Auguste Dupin. Soy un historiador del arte. Usted me ha dejado en la cabeza un cuadro histórico. Analizo sus detalles como en un museo podría analizar los detalles de un cuadro cualquiera. De repente se acordó de la revista que estaba tendida a su lado, sobre la cama, la hojeó rápidamente y la abrió en la página que buscaba. -Por ejemplo -continuó, ahora mostrándole a Garay la reproducción de Las Meninas-, el cuadro histórico de Velásquez pintado a los Reyes y a la princesa Margarita. Mientras Garay contemplaba Las Meninas Yates miraba el techo como si fuera una pantalla de cine, hasta que exclamó: -¿Quiere que le diga una cosa? Creo que puedo imaginarme quién envenenó a Sánchez Carrión. -¿Después de tantos años? ¿Y desde la cama? ¿Sin libros?... -Usted es una biblioteca ambulante, mi querido amigo; y me ha dicho todo lo que se necesita saber. -Bueno. Desenmarañe la madeja, no más. La Historia le quedará muy agradecida. -No le he dicho que descubriré la verdad; he dicho que me la voy a imaginar. -¡Dale que le das!: la Historia como arte, no como ciencia, ¿eh? -Olvídese de la Historia. Piense más bien en una novela policial. -Bah –objetó Garay-, la literatura es siempre ficción. En la literatura policial la investigación nunca falla: al final, el detective triunfa. ¡Cómo no va a triunfar si el novelista entrega al detective el secreto que le esconde al lector! El detective desenreda un enredo que a propósito se lo habían enredado para que él lo desenredara. Por eso las novelas detectivescas no pueden contar crímenes perfectos: ya el describirlos es descubrirlos. En la vida, en cambio, la investigación policial suele fracasar. Hay millones y millones de homicidios que han quedado en la oscuridad. El de Sánchez Carrión, por ejemplo. Los historiadores tienen que renunciar a la esperanza de despejarlos.

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-Ya le dije que se olvidara de la Historia- insistió Yates-. Todo lo que le pido es que me deje imaginar la figura del asesino. Concédame por lo menos esto: que en la vida hay cosas tan extravagantes como en la ficción. ¿No? Los problemas de la vida real, aun los que no se resuelven, son iguales a los que la literatura sí resuelve. Los hombres nos repetimos desde Caín y Abel. Todas las situaciones ya se han dado, en la vida y en la literatura. Son canjeables. La misma forma de un crimen que en la realidad no conocemos completamente tiene que estar completa en una novela. O sea, que siempre podrá encontrarse una novela que sirva como hipótesis para explicar un misterio real. Los sucesos de un crimen que alguien cometió de veras pero nadie ha podido averiguar se parecen a los de una novela de detectives a la que hayan arrancado las últimas páginas, ésas, precisamente, donde estaba el descubrimiento. El detective, real o novedoso, se rompe la cabeza tratando de solucionar un homicidio. El homicidio es, pues, un rompecabezas. ¿Qué es un rompecabezas? Los hay muy complicados pero imagínese un ejemplo muy sencillo. Todo lo que se necesita es una lámina que reproduzca un cuadro y una tijera para cortarla a pedacitos siguiendo líneas muy irregulares. Yates fue a arrancar de la revista la reproducción de Las Meninas pero Garay lo detuvo: -¿Qué va a hacer? -Un rompecabezas. A falta de tijera voy a destrozar esta lámina para mostrarle cómo… -No se moleste. Sé lo que es un rompecabezas. -¿Ah, sí? Lo felicito. Supongamos, pues, que tenemos esta lámina cortadita a pedazos y que ya hemos mezclado los pedacitos y pedimos a alguien que recomponga el cuadro. Juegos de niños, ¿no? -Sí. -Pero supongamos que al rompecabezas se le haya perdido una pieza. Una pieza que sea la clave para comprender la significación de la figura total… ¿De qué sirve lo que queda si falta la pieza clave? Después de hacer dar vueltas al dedo por el aire, Yates lo dejó caer sobre Las Meninas, exactamente donde figuraba el marco del espejo colgado en la pared del fondo. -Supóngase –continuó- que la persona que va a jugar nunca ha visto Las Meninas y al rompecabezas le falta justamente esta pieza que corresponde al espejo. ¿Qué pasaría? Esa persona, aunque arme el rompecabezas con todas las piezas que tiene, nunca podría explicarnos la escena del cuadro. Verá a un pintor, pincel y paleta en mano, que por un instante deja de pintar una enorme tela para mirar hacia donde estamos nosotros, los espectadores. Verá cortesanos, niñas, una enana, un perro… Pero como no ve el espejo, no podrá saber que el Rey y la Reina, aunque más acá del cuadro, están presentes en el taller del pintor, mirando como nosotros, desde nuestro punto de vista. Porque las cabezas del Rey y la Reina se reflejan en el espejo, ¿ve?, y el espejo estaba precisamente en la pieza perdida. ¿Do you understand?

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-No es difícil entenderlo, amigo –contestó Garay-. Lo que usted me quiere decir es que si los historiadores no han podido resolver el misterioso caso del envenenamiento de Sánchez Carrión, es porque al rompecabezas le falta una pieza… No se gaste. ¿No se lo dije desde el principio? ¡Claro que le falta una pieza! De eso se trata. Carecemos de documentos… Yates levantó la cabeza de la almohada con aire de triunfo y propuso: -Pero podemos rellenar el hueco del rompecabezas, ¿no? –y de reojo miró la lámina de Las Meninas. -Poco científico. No hay pruebas… -¡Justamente! Que no hay pruebas es la prueba. Quienes rodeaban a Bolívar, por lealtad o por miedo, ocultaron los hechos, acallaron los rumores… Sí. Que no haya pruebas es la prueba… -Una linda frase, pero ¿qué significa? -Significa que ya que nos han hecho trampas en el juego suprimiéndonos los documentos tenemos derecho a dedicarnos a los ilícitos goces de la ficción… ¿Por qué no divertirnos rellenando el hueco del rompecabezas? ¿Le parece bonito dejar un cuadro mutilado? Se me ha ocurrido, pues, que la pieza que falta en el cuadro histórico del asesinato de Sánchez Carrión es, como en el rompecabezas de Las Meninas, un espejo donde se refleja la cara de una persona real que estaba allí. Nadie ha sospechado de ella precisamente porque estaba fuera del cuadro, aunque presente en la acción; y se me ha ocurrido también que la forma en que esa persona perpetró su homicidio tiene que figurar en cualquier antología de narraciones con envenenamientos. Recuerdo una que podría explicar las circunstancias y métodos del envenenamiento: Rex v. Burnaby, de Austin Freeman. Y la persona de la que nadie ha sospechado podría ser… Manuelita… Garay dio un respingo. -¿Manuelita Sáenz? Pero… -Sí. La más famosa de las muchas queridas de Bolívar. ¿Puede ser? -Bueno. Todo puede ser, pero… -Algo sé de Manuelita. Cuando estudié en Lima los retratos de Gil de Castro (uno de ellos, el de Bolívar, con tremendos bigotazos) leí algo sobre sus relaciones con Manuelita. ¡Espléndida mujer! -No le digo que no, pero… ¿Manuelita asesina? ¿La Libertadora, como la llaman lo de la Gran Colombia? Tenga cuidado. Si la llega a calumniar no lo dejarán entrar más en esos países… Y ahora que usted lo dice, en efecto, era una mujer de armas tomar… El patriotismo y la retórica han desdibujado la semblanza de Manuelita que trazó Jean Baptiste Boussingault en sus Mémoires …

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Por la ventana se veía venir la noche. El cambio de luz era como un cambio en el tiempo. El año 1825 estaba más presente esa tarde, en esa sala de un sanatorio, que el año 1975. El año 1975 se había desvanecido como se desvanecieron los olores a desinfectantes, alcoholes y medicinas del sanatorio. Garay se rascó la cabeza y como si hablara solo murmuró: -Una mujer deslumbrante, imaginativa, vital, impetuosa. Abandona a su marido Thorne, un médico inglés, y se entrega a Bolívar. Bebe, baila, fuma, fornica. Tiene veleidades de lesbiana y de mesalina. Escribe versos académicos y también rompe el aire con soeces palabrotas. Es capaz de vestir con la elegancia de una dama y con los trapos de una chola de mercado. Es atea: para burlarse de la religión crucifica a un mono. Es truculenta: un día la ven acostada con un oso amansado. Se pone uniforme de soldado, empuña la lanza, monta a caballo, interviene en la guerra, pelea y mata… Ésta es la hembra que Monteagudo le llevó a Bolívar, de Ecuador a Perú, en abril de 1824… Hubo un largo silencio hasta que, saliendo del silencia, Yates dijo con energía: -Sí. -¿”Sí” a qué? -A lo que usted está pensando. -Ah, también me adivina el pensamiento… Bueno. No me dirá que lo que pienso no es lógico. Lógico es, ¿no? Manuelita debió enterarse de labios de Bolívar que el instigador del asesinato de su amigo Monteagudo había sido el antipático Sánchez Carrión. -¿Ha visto? –exclamó Yates muy contento-. Entonces Manuelita juró vengarse. Garay movió la cabeza con gesto de duda. -¿Y si yo le dijera –cargó Yates- que Manuelita envenenó a Sánchez Carrión? -Usted tiene derecho a decírmelo. Todo el mundo tiene derecho a decir lo que quiera. Hay quienes dicen que el mundo se va a acabar en el año 2000, hay quienes dicen que el mono descendió de Adán; hay quienes dicen… -Pero dígame –lo interrumpe Yates-, ¿no le divierte la idea de una Manuelita envenenadora, de un Lucrecia Borgia sudamericana? -Me divierte, sí, pero no me distrae de mis deberes como intelectual. ¿No habíamos quedado en que hay que ser lógicos? Piense en su maestro Auguste Dupin. Que Manuelita envenenó a Carrión… epro ¿cómo? ¿Cómo lo iba a envenenar si vivían a leguas de distancia? La enfermedad de Sánchez Carrión duró más tiempo que la producida por un veneno… ¡No! ¡Imposible!... Aunque… déjeme ver. Según Ricardo Palma, pocos días después que el asesino denunció como instigador a Sánchez Carrión, éste compareció ante Bolívar en el palacio La Magdalena. Allí vivían Bolívar y Manuelita. Sánchez Carrión habría salido enfermo. “Con un veneno graduado en el cuerpo”, dijo Jerónimo Espejo… pero no murió entonces, sino meses después. Y los venenos, amigo, no se gradúan a distancia… ¡No, imposible!

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-Permítame –lo interrumpió Yates- que le dibuje la pieza que falta al rompecabezas. Un dibujo imaginario pero que encaja. Bolívar, Sánchez Carrión y Manuelita comieron ese día juntos. Manuelita había hecho preparar un fricasé de conejo. Sánchez Carrión le hizo los honores. Declaró que era su plato favorito; tanto que tenía en su quinta de Turín un conejar. ¿Le cuesta imaginarse, querido Garay, un discurso muy dentro del espíritu de la Ilustración en el que Sánchez Carrión dijera algo así? Y engolando la voz, como si así personificara mejor a un racionalista nacido en el Siglos de las Luces, Yates continuó: “Cuando me retire de la política me dedicaré a la cunicultura. Nuestros países necesitan nuevas industrias. La cría de conejos domésticos puede ser muy lucrativa, no sólo por su apetitosa carne, sino también porque se puede beneficiar su piel para la fabricación de fieltros y objetos de peletería. Entre tanto, el vivar que tengo me da el gran gusto de comer la sabrosísima carne del conejo, para mí la más apetitosa del mundo.” Yates se rió del engolamiento de su propia voz y con eso recobró su personalidad y mejoró su español, pues mientras había tratado de imitar al otro se le deslizaron sonidos ingleses como si el año 1825 fuera un salón de la historia mundial donde todos los coetáneos se influyeran unos en otros y así un Sánchez Carrión saliera hablando con el acento de un Dniel Webster. Se rió, pues, de su impostura y dijo: -¿Eh Garay?, ¿le cuesta imaginar un discurso sobre las virtudes conejiles? Yo me imagino aun la sonrisa con que Manuelita oía el elogio del conejo en boca de un hombre tan parecido a un conejo. Pero vuelvo al cuento. Sánchez Carrión se sirvió otra porción de fricasé. Después de la comida salieron al campo. Sánchez Carrión sacó una cajita de rapé. ¡Mala suerte!: el viento se la sopló y sus polvos se le metieron en los ojos. Al restregarlos agravó la irritación. Manuelita entró en la casa y trajo una botellita con solución de belladona. Instiló unas gotas en los ojos de Sánchez Carrión. El efecto fue inesperado. Su rostro se puso rojo. Mientras el pulso se aceleraba, la respiración disminuía. La garganta le quedó tan seca que primero habló con voz ronca y después ya ni la lengua consiguió mover. Cuando le dieron un vaso de agua no pudo tragar ni un sorbo. Las pupilas se le dilataron. Le vinieron jaqueca, vértigos, vómitos. El ataque duró una hora. Ya repuesto, Sánchez Carrión se despidió y se fue, dejando alarmado a Bolívar e intrigada a Manuelita. Probablemente un testigo de esta escena, una criada, digamos, la contó y así surgió la leyenda que Palma recoge. De que Sánchez Carrión se había retirado de La Magdalena con un “veneno graduado” en el cuerpo, cosa que no era verdad. Poco después Sánchez Carrión hizo pública su renuncia al Ministerio y se retiró a su quinta de Turín. Bolívar salió al Alto Perú, en su campaña militar, y Manuelita volvió a casa de su condescendiente marido, el doctor Thorne. Las relaciones entre Bolívar y Manuelita no se interrumpieron (estarían juntos hasta que la muerte los separe), pero en esos meses fueron sólo relaciones epistolares. Manuelita seguía con los amigos de Bolívar: Freyre, Heres… y Sánchez Carrión, a quien había jurado matar. Sánchez Carrión, instalado en Turín, vivía con sus hijos, su mujer y su cuñada. Su salud estaba muy delicada. Solía sufrir unos ataques inexplicables. Su comida favorita era el conejo a la cacerola. Sacaba del conejar un gazapo jovencito, vivo y sano: una criada india lo mataba; su propia mujer lo cocinaba… Poco después de comerlo, Sánchez Carrión sufría un ataque. La cara, roja; la vista, ansiosa y perdidaen el aire, sin poderla acomodar a ningún objeto; las pupilas, dos veces tamaño normal; la boca, seca, fiebre, dolores de cabeza, alucinaciones, delirios… ¿La comida? ¡No podía ser! No sólo era un conejito (vivo y sano hasta el momento del cuchillo) sino que todos lo habían comido sin sentir el menor malestar. La comida, pues, no podía ser, se decía Sánchez Carrión.

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Por eso, apenas se recobraba de un ataque, volvía a comer conejo. Nuevo ataqeu, cada vez más severo. Al cuarto perdió la sensibilidad, cayó en coma y murió. Así se vengó Manuelita Sáenz de quien había instigado el asesinato de Monteagudo. Porque Manuelita fue quien lo envenenó… a distancia. Al ver los efectos de las gotas sobre los ojos de Sánchez Carrión, comprendió que era un caso de anormal susceptibilidad a la belladona. La gente varía enormemente en el modo de reaccionar a las drogas. Algunos las toleran, otros se intoxican y mueren. Manuelita usaba la belladona como cosmético para abrillantar sus bellos ojos. Su marido, el médico Thorne, le había enseñado a prepararla y a administrársela. Sabía que el principio activo de la belladona era la atropina, pero ahora, en los libros de Thorne, se entera, no sólo de que hay hombres más sensibles que otros a la atropina, sino de que hay animales totalmente inmunes a ella. Sobre todo los animales herbívoros. El caso más extremo es el de los conejos. Un conejo puede ingerir, sin el menor daño, cien veces más de la cantidad de atropina que mataría a un hombre. Se alimenta de las hojas y bayas de la planta de la familia de las solanáceas, tribu atropeas: la atropa belladona. Al conejo no le hace nada. Pero su carne queda convertida en veneno para el hombre, especialmente para un hombre de anormal susceptibilidad. Entonces Manuelita monta a caballo, se va hasta Turín, trasplanta las atropeas en el conejar de Sánchez Carrión y espera que la naturaleza haga lo suyo.

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El agua del infierno. De Manuel Peyrou Manuel Peyrou nació en San Nicolás de los Arroyos, el 23 de mayo de 1902 murió en Buenos Aires el 1 de enero de 1974 fue un escritor argentino. Algunas de sus obras son: “La noche incompleta”, “La espada dormida”, “El estruendo de las rosas”, “La muerte repetida”, “Las leyes del juego” y otros más. Este cuento comienza con un gran avión gris, en el que viaja un importante detective, que tuvo que aterrizar por una emergencia cerca de las Cataratas de Iguazú. Allí había ocurrido un doble asesinato. La única pista con la que este gran detective cuenta es la inicial del nombre del supuesto asesino, que aparece en el arma. Pero, ¿qué sucede cuando el único sospechoso también aparece muerto? ¿Quién será el verdadero culpable? . Nuestra opinión es que el cuento es interesante y bastante misterioso. La forma en la que el autor narra la historia, hace que sea aun más atrápate para sus lectores. También el ambiente de las cataratas, da un clima más enigmático a la situación. En general es un cuento bastante bueno, con una historia intrigante que deja que te pierdas en la historia, dejes volar tu imaginación y resuelvas el crimen como si tu fueras el detective. Si te gusta el género policial, este cuento va a atraparte con su gran historia y su misterioso Final...

Cisneros y Maia Pak

Micaela Pistocchi, Araceli

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El agua del infierno Sobre el rumor interminable de las cataratas se escuchó un rumor que terminaba. Un gran avión gris, que a la luz de la luna era plateado, bajaba con sus hélices detenidas en busca de la pista de aterrizaje. El pueblo estaba a mil metros de las cascadas; más adentro, cruzando la frontera, estaba el aeródromo. Cuando el avión se detuvo en el fondo de la pista, un hombre salió gritando en portugués algo así como que hicieran marchar de nuevo los motores, quizá no había elementos para remolcarlo. Cerca de diez minutos después aparecieron, en marcha hacia los hangares, los tripulantes y un hombre de impermeable claro. Éste expresó, en castellano, que era Jorge Vane, del Ministerio Británico de Informaciones, y que la tormenta los había alejado de su ruta. -Eso no es nada –corrigió el piloto, que era casi un niño, con el pelo color del trigo y nariz roma-; hay una avería y necesito veinticuatro horas para estar listo. El hombre que hablaba en portugués indicó el camino. Cuando llegaron al bar del aeródromo, Vane pidió un whisky y los tripulantes lo imitaron. -¿Dónde pasaremos la noche? –preguntó Vane. -A diez minutos de marcha está el hotel de Magalhaes –le contestaron. -¿No hay ninguna casa de ingleses? –continuó Vane. -Sí, hay –dijo el hombre que hablaba en portugués-; pero… -¿Pero qué? -Es el caso… este… que es un poco molesto, porque allí se ha cometido un… un crimen; es decir, más que un crimen, como que se trata de un doble asesinato. -¿Lo han aclarado? -Todavía no, pero hay un sospechoso que anda prófugo. -Dormiremos en el hotel y mañana iremos a la casa de ese inglés –terminó Vane, con los ojos que le brillaban, no se sabe si por el whisky o por el escalofrío de aventura que siempre le producían los crímenes.

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Desde el alto dique natural que formaban las rocas el agua se precipitaba con fragor, rompiéndose en infinitas partículas brillantes; abajo, sobre el fondo confuso de ese caos de espuma, flotaba una líquida niebla, llena de reflejos iridiscentes. Era como si en las rocas grises y verdes que cortaban el torrente y en las pocas zarzas de la orilla, se enredaran los fragmentos luminosos de un arco desprendido del cielo. Jorge Vane se quedó largo rato inmóvil, ensordecido por el isócrono rumor del agua. Era un espíritu propenso a las divagaciones, pero éstas rondaban siempre las cosas más próximas, fueran del alma o del mundo. Pensaba raramente en la eternidad –verbigracia- y declinaba con modestia toda esperanza de favorecerse con ella después de muerto; en ese instante, sin embargo, se le ocurrió que un reflejo de la eternidad hablaba con la voz interminable de las cataratas. Después comprendió –sin ningún prurito de humorismo ni simetría verbal- que pensar en la eternidad era perder el tiempo, el único tiempo deque disponemos los hombres y que en ese momento necesitaba para indagar un doble asesinato. Alejó de su cabeza todo pensamiento inútil y marchó hacia el automóvil. Diez minutos después, llegaba a la casa de Cristóbal Hume y era recibido por el comisario Teixeira. La casa estaba en el margen de un camino en pendiente, frente a un estrecho sendero que llevaba al río; por la parte de atrás el terreno era abrupto y la selva se espesaba hacia el Norte y el Este. El comisario Teixeira era un hombre moreno, adiposo, de gestos. pausados, vestido de blanco y calzado con fuertes botas negras. Recibió a Vane con afabilidad. -Me dijeron en el hotel que usted quería visitar el lugar del hecho y me adelanté –dijo-; lamento no poder ofrecerle honores oficiales. Nuestros dos países… -Sí; nuestros dos países todavía no son aliados pero nosotros podemos colaborar. -¿Colaborar? -Sí; me han hablado de este doble crimen y me parece muy extraño; si usted no tiene aún la solución podemos conversar. Reláteme los hechos. En ese momento se abrió con estrépito una ventana de la casa y apareció el rostro de un hombre sonrosado, casi clavo, con un bigote rubio caído. -Es Cristóbal Hume –dijo Teixeire-: el dueño del obraje; ya tendremos tiempo de hablar con él, una vez que yo le haya relatado los hechos. El caso es que en la noche del sábado, los inspectores de la policía federal Bruno Sampaio y Silvestre Pinheiro fueron muertos a balazos frente a esta casa. -Ya pensaba yo que no iba a llegar a tiempo… -¿Qué dice usted? -Nada importante; continúe… -Nunca se sabrá el objeto de su visita, pues fueron muy discretos. Yo supongo que andaban en una investigación sobre contrabando. En el lugar del hecho se encontró una pistola del ejército inglés, con las iniciales B. H. Corresponden a Basilio Hume, hermano gemelo de Cristóbal, que había llegado aquí el mes pasado. -¿Conocían ustedes la existencia de ese hermano? -No; recién nos enteramos cuando Cristóbal la anunció en el hotel, tres días antes de qie su hermano llegara. Después, el quince de febrero, llegó Basilio Hume por el río. Creo que no se llevaban bien porque Cristóbal no lo fue a esperar. Tampoco se los vio nunca juntos.

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-¿Cristóbal acusa a su hermano? –insistió Vane. -Ni lo acusa ni lo defiende –repuso el comisario. Vane y Teixeira caminaron hasta el río. Éste se habría paso en un cauce estrecho, oprimido por una vegetación enmarañada y pujante; luego, a unos cien pasos de Vane y Teixeira; el cauce se ensanchaba y el agua se detenía en un remanso; más adelante, ya casi fuera de la vista de los dos hombres, entraba en un remolino de bordes estáticos y centro dinámico, vertiginoso. -En estos remansos grandes se puede pescar –dijo Teixeira-: hay nueve remansos de aquí a las cataratas. -¿Está cerca de aquí la frontera? -A un quilómetro más o menos. -¿Cómo se descubrió el crimen? -El propio Cristóbal mandó un muchacho a caballo con un mensaje. Al llegar, lo primero que encontré fue la pistola del ejército, con las iniciales de Basilio. -Es curioso que Basilio no se la llevara –dijo Vane-; si hay alguna regla en el arte del asesinato es la de que el criminal huya con el arma, cuan ésta puede servirles para ulterior defensa. -¿Y si no pudiera llevársela? –propuso Teixeira, con agudeza-. Yo también he pensado en eso –continuó- y he construido una hipótesis que voy a referirle. Permítame confesarle que he leído la serie completa de Ellery Queen… Yo creo que Basilio no pudo llevarse el arma porque, como persona física, nunca existió. Es una creación de Cristóbal. Éste necesitaba matar a los inspectores que lo vigilaban o habían descubierto alguna actividad de contrabando. Inventó un hermano gemelo y anunció su llegada. Se fue, por la selva, hasta el puerto próximo y allí tomó el barco. Llegó vestido de diferente manera y todo el mundo lo tomó por el hermano que venía del Sur. Recuerde que nadie vio a los dos hermanos juntos. Cuando mató a los inspectores, marcó las iniciales B. H. en el arma y me mandó llamar. -Es una buena hipótesis… muy bien inspirada… -dijo Vane, mientras se acercaba al parapeto. Luego miró la hora y agregó-: Son más de las once y tengo apetito. Volvieron al sendero que zigzagueaba y retomaron el camino grande: el sol voraz del mediodía estaba sobre la planicie y el bosque. Vane y Teixeira caminaron hacia la casa. -Parece que allí hubiera llamas –dijo Vane. -No; son los rosales de Cristóbal agitados por el viento –rectificó Teixeira. Entraron en un jardín, lleno de rosas, amapolas y margaritas. Vane, al pasar cortó un pimpollo sangriento y se lo colocó en la solapa. En un sillón de mimbre, con un abanico de colores en la mano, estaba Cristóbal Hume. Al verlos se enderezó con lentitud, se enjugó la frente y saludó con trabajosa cortesía. Después de las presentaciones, Hume se adelantó a las preguntas: -Ustedes vienen por el asunto del sábado. ¿No es así? Mi situación es un poco complicada, y no puedo ofrecer otra cosa que mi palabra. -Sin embargo, usted tiene una buena defensa –dijo Teixeira-; la pistola tiene las iniciales de su hermano.

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-¿Iniciales? –cortó Hume, con sorpresa-. ¿Las iniciales de mi hermano? Habían entrado en una habitación grande, rectangular, que hacía de comedor y biblioteca. Vane, como olvidado del objeto de su visita, se puso a revisar los libros, alineados en dos amplios estantes. Transcurrieron unos minutos antes de que hablara: -Treatise… Enquiry… -dijo el joven, de pronto-. No son malos libros para la biblioteca de un hombre que se llama Hume. ¿Su antepasado, quizá? -No sé. En todo caso, esta biblioteca es lo único que me queda. -¿Y de los libros?, le ha quedado algo? –inquirió Vane, con jovialidad. -Sí. Me ha quedado una vaga idea acerca de la naturaleza sentimental de algunos conceptos… de algunos prejuicios, si usted prefiere –replicó Cristóbal, con una sonrisa. -Veo que usted rechaza toda posibilidad de fundamento crítico –comentó Vane-; se expone usted a los peores desórdenes del alma. Desde el extremo opuesto de la habitación, Teixeira los miraba con cierta perplejidad. Cristóbal ofreció bebidas y desapareció en busca de botellas y vasos. Vane continuó el examen de la biblioteca; casi la mitad de los libros eran chinos, de todas las épocas y géneros. -¿Usted ha vivido en la China? –interrogó Vane a Cristóbal, que volvía con una botella de ginebra y tres vasos. -Estuve allí veinte años, en la Escuela Preparatoria de Nankín –contestó Cristóbal, mientras llenaba los vasos-. A propósito: ¿conoce usted la leyenda de la Flor de Muselina y el Jardín Prohibido? -No. Nunca he oído hablar de tales cosas –repuso Vane. -¿Y de la hija de Chang, cuyo pestañear provocaba el estornudo? -Tampoco. Siempre he tenido que recurrir a una auténtica corriente de aire para lograr un estornudo. -Es lamentable. La hija de Chang se llamaba Redecilla para cazar miradas… Pero ¿le interesan los temas chinos? -Me interesan. Yo tuve un bisabuelo holandés que… -Usted dice que tuvo un bisabuelo holandés –cortó Hume, versátil-. A esa lejana porción de sangre holandesa le voy a ofrecer un estímulo que le agradará: un curry preparado al estilo de Batavia. La invitación a comer anuló todo otro interés momentáneo y, como siempre sucede, recordó bruscamente a Vane el apetito que sentí antes de entrar en la casa. Se sentaron sin preámbulos y eran las tres de la tarde cuando el cocinero de Hume –un hombre oscuro, de origen indescifrable- retiró el servicio. Vane se levantó, caminó por al habitación mientras encendía un cigarrillo y, de pronto, abordó a Cristóbal, que se había levantado y miraba un retrato de mujer en la pared contraria a las biblioteca. Una vez más cambió de tema y dijo: -Era mi mujer. Murió joven; tuvo el tiempo justo para alegrar mi vida. -Nunca sabremos si nuestros bienes son un sucesión o una conquista… -Es verdad: quizá sea yo quien tuvo el tiempo justo. Pero no sé por qué le hablo a usted de estas cosas…

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Desde el principio del almuerzo Teixeira había escuchado con vivo asombro las conversaciones de Vane y Cristóbal. Como hombre práctico, no concebía las divagaciones en instantes que parecían más aptos para la acción y el razonamiento. De pronto, su confusa ansiedad se encontró satisfecha por un suceso perfectamente práctico: el opaco –inconfundible- resonar de los cascos de un caballo en la selva. Un instante después, como un ser caído del cielo, bajó de un caballo blanco, sudoroso, u individuo pequeño, moreno, que saludó a Teixeira con entrecortado respeto. -Lo encontramos… -dijo- , lo encontramos… -¿Qué han encontrado? –apuró Teixeira. -¡El tercer asesinado! ¡Es idéntico al señor Cristóbal! -¿Dónde encontraron a Basilio? –preguntó Vane, con suavidad. -En el río, en el último remanso. Flotaba y tiene un balazo en el pecho. -¿En el último remanso? –interrogó Cristóbal. Después, como si del asombro pasara de inmediato a la comprobación de un hecho inevitable, dijo, con calma-: Es el sitio apropiado… En ese preciso instante Vane descubrió el misterio o, por lo menos, la mitad del misterio. Su conmoción fue tan grande que casi trastabilló. Para disimular, encendió un cigarrillo. Pero Teixeira, que estaba por lo práctico, se adelantó y dijo: -Lo siento, pero debo detener al único sospechoso, al señor Cristóbal Hume. -Puedo asegurarle que el señor Cristóbal no es culpable –cortó Vane, mientras apartaba a Teixeira y lo conducía cerca de la ventana. -¡Pero, seños Vane! Si Cristóbal no es el culpable el asunto se pone cada vez más confuso… -No creo. Yo lo veo cada vez más claro. Déjeme hablar a solas con Cristóbal Hume y luego le daré mis impresiones. Cristóbal también parecía tener interés en hablar a solas con Vane, porque le hizo una seña y luego lo esperón en la puerta. Con un gran sombrero de paja. Encendió su pipa, fumó unos segundos con aplicación, y luego dijo: -He descubierto algo sobre usted, señor Vane. -Es curioso; yo creía haber descubierto algo sobre usted –repuso Vane, con una sonrisa. -Quizá los dos estemos equivocados. Sin agregar palabra, Cristóbal Hume tomó por un camino que a duras penas se abría paso entre la maleza; no se distinguía la forma del terreno, pero Vane notó, por el cansancio, que subían una cuesta ligera. Después el ascenso fue más franco y tuvo que ayudarse con las manos. Cerca de media hora caminaron pro el flaco vertiginoso de una colina y, finalmente, Hume lo condujo a una pequeña planicie arbolada; en el centro de un calvero tapizado de hojas secas se alzaba una pirámide, hecha con piedras desiguales. Había una inscripción: Rosamunda Hume, y una fecha.

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-Soy un viejo pagano –dijo Hume-. Me gusta practicar ciertos actos en el lugar propicio. Éste es mi culto: usted ve que prescindo de intermediarios. El reciento es éste árbol, el cielo, esta tierra; el objeto, unos huesos que hay allí abajo. Aquí le confieso a usted que yo maté a mi hermano, pero le juro que no soy culpable… Una explosión, cuyos ecos resonaron en la colina y murieron en el río, ahogó las palabras de Cristóbal. Cuando se hizo el silencio, el hombre hablaba aún. -El resto debe reconstruirlo usted. Creo, que lo hará, porque parece hábil. Yo no hablaré más. Giró la cabeza como para volver, pero se detuvo un instante; Vane comprendió que lo hacía para ocultar una horrible mueca de dolor; el joven entonces miró hacia la pirámide y después al suelo, lleno de hojas amarillentas; luego de un tiempo que se le ocurrió muy largo, pero que a Hume debió parecerle corto, habló: -Volvamos. Debemos averiguar el origen de la explosión… En silencio, Cristóbal Hume inició el regreso y Vane lo siguió. Una teoría completa sobre el misterio culminaba en su mente el proceso de fijación. Cuando llegaron a la casa vieron a Teixeira que los esperaba con inusitada nerviosidad. Cristóbal entró sin decir palabra y Vane se dirigió al inspector. -Hace un rato escuchamos una explosión. ¿Puede usted decirme de qué se trata? -Una cosa sin importancia; una estación de radio, del otro lado del monte. Como había sido instalada sin permiso, mis hombres la han hecho volar. Ésas son las órdenes. -Perfecto –repuso Vane-; las puntas se han unido. -¿Qué quiere usted decir? –interrogó Teixeira. -Es preciso que parta de inmediato. El avión ya debe estar listo. -Pero ¿y estos crímenes? Ayer recibí una seria reprimenda del gobierno. Si no informo satisfactoriamente me irá mal… -Usted puede estar tranquilo. El misterio está descubierto –contestó Vane, caminando hacia el automóvil. -Entonces llevaré `preso al culpable. -El culpable ha muerto. Volvamos, en el camino le contaré todo. La tarde caía; soplaba una brisa ligera y en la tácita oquedad brillaba la luna. El automóvil marchaba con lentitud por el camino abierto en la selva; arriba, en largos trechos los árboles se unían para formar un túnel. Un rayo de luna se coló entre las ramas oscuras y pintó de plata melancólica el camino desierto. -Usted vive en un continente despreocupado y feliz –dijo Vane-. Usted vive casi en un plantea lejano. Para entender este caso hay que comprender que ha llegado la hora de matar a nuestros hermanos. -¿Matar a nuestros hermanos?

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-Sí; porque si no nuestros hermanos nos matarán a nosotros. En este drama hay un traidor que apareció muerto en el sitio preciso en el último remanso: el noveno círculo; hay un hombre aferrado al viejo sentimentalismo del honor, capaz de matar por el buen nombre de su familia; hay, finalmente, dos pesquisantes que descubren una gran organización reespionaje. Basilio Hume era un hombre de Mosly, el jefe del fascismo inglés. Cuando éste fue encerrado en la Torre de Londres, Hume logró escapar y se embarcó hacia América. Este hombre era, además, uno de esos ortodoxos de nuevo cuño que están más lejos del cristianismo de lo que yo puedo estar de los Elohim o del budismo. Sus almas están llenas de rencor y de intolerancia; creo que ven el fascismo como un castigo para los que olvidaron a Dios, aunque su misma doctrina sea una de las mejores maneras de olvidarse de Él. En estos tiempos, amigo Teixeira, se reproduce lo ocurrido hace siglos… -¿Qué quiere usted decir? -Digo que ya una vez hace mucho tiempo fueron acogidos los bárbaros como un castigo del cielo; esta vez, sin embargo, la recepción fue organizada por lo que esperan alguna ventaja en la tierra. Ya ve usted que Hume estaba en al situación mental más propicia a la traición; su teoría misma era ya una traición. El caso es que Sampaio y Pinheiro llegaron enviados por su gobierno y a mi pedido, par investigar las actividades de espionaje. Nuestra pérdida de la ruta no fue totalmente casual. Yo tenía deseos de seguir de cerca la investigación, pero no llegamos a tiempo. Basilio llegó para instalar una estación de radio; contaba con despistar por el hecho de hacerlo en la selva; desde el Sur llegaban los mensajes sobre movimientos de barcos, los que eran retransmitidos a los submarinos del Reich. Pero Sampaio y Pinheiro descubrieron la estación y se dispusieron a detener a Basilio. Éste se defendió a balazo y los mató. Después ya no tuvo más remedio que contar a Cristóbal la verdad, pero eso fue su perdición: olvidó que para Cristóbal el tiempo del honor no ha pasado. Cristóbal lo mató en el acto y luego lo arrojó al río. Esto era muy importante: Cristóbal no podía confesar la muerte de Basilio sin certificar la vergüenza de su familia. Por eso prefirió para su hermano la acusación de asesinato; eso era mejor que el estigma de la traición. -Tiene usted razón –repuso Teixeira-. Le agradezco que me hay sacada de este apuro. -No me lo agradezca y piense en esto: nuestros fines han sido logrados. Yo no diré una palabra; usted podría informar que luego de un disputa por motivos que se ignoran, Basilio Hume mató a los inspectores y luego se suicidó. -Estoy de acuerdo –contestó Teixeira. Media hora después, un gran avión gris describía hacia el Sur una curva a poca altura. Arriba estaba la luna decorativa y exangüe; abajo estaban las cataratas, con su eterno rumor y su infierno de espuma. En el jardín lleno de rosas, amapolas y margaritas, Cristóbal Hume siguió con la vista el avión, y luego agitó con melancolía un pañuelo blanco.

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Este es un libro de cuentos policiales de enigma. Los cuentos fueron leídos y seleccionados por nosotros, alumnos de séptimo grado. Además, fueron analizados, para identificar de que género se trata y qué características poseen. Contiene cuentos policiales de enigma tanto ingleses como argentinos.

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ÍNDICE Prólogo …………………………………………………………………………………………………………. 2 Reseña: El marinero de Ámsterdam…………………………………….…………………… 3 El marinero de Ámsterdam; Apollinaire, Guillaume…………………….…..... 4 Reseña: Las señales …………………………………………………………………..……………….... 8 Las señales; Pérez Zelaschi, Adolfo Luis …………………………….……………………. 9 Reseña: Al rompecabezas le falta una pieza…………………………..………………… 13 Al rompecabezas le falta una pieza; Imbert, Anderson Enrique……. 14 Reseña: El agua del infierno………………………………………………….………………. 22 El agua del infierno; Peyrou, Manuel………………………………………………………. 23

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Antologia (1)