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Una sección de la Fundición Nacional de Tipos. A la derecha se observa una línea de máquinas de fundición y al fondo, sobre la esquina, el horno; a la izquierda una serie de escritorios donde se acondicionaban los tipos. Dibujos de M. Martínez, Litografía Madrileña, c. 1873. Esta ilustración, al igual que la de la página 123, se encuentran en las publicaciones que la Editorial Estrada publicó con motivo de su centenario y su ciento veinticinco aniversario.

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Fundición Nacional de Tipos para Imprenta Fabio Ares

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n 1869, Ángel de Estrada fundó la firma comercial que fue el origen de la editorial que lleva su nombre. Sus primeras actividades fueron la representación de maquinaria europea y norteamericana para la industria gráfica y la fundición de tipos móviles para la impresión tipográfica. La fábrica, denominada Fundición Nacional de Tipos para Imprenta, se ubicó en un local con frente a Belgrano 286 de la antigua numeración (entre Piedras y Tacuarí), luego Belgrano 204. Contrariamente a lo que suele afirmarse, no fue la primera fundición de caracteres de nuestro país, lugar que ocupó desde 1865 el establecimiento del francés José Alejandro Bernheim, situado en Belgrano 126.1 La producción local de caracteres tipográficos facilitó el acceso a nuevas letrerías por parte de la creciente industria gráfica nacional, que se incrementaba gracias al poder del vapor, y más tarde con la introducción de las máquinas rotativas. Es el tiempo de la aparición de las casas editoriales. Según la profesora en bibliotecología e historia del arte de la UNLP, María Eugenia Costa: “(…) De los treinta y ocho establecimientos de edición de libros que existían hacia 1879 se pasó

a cincuenta y ocho en 1887. En 1880 siete establecimientos de edición de libros se llamaron a sí mismos `editores´. Poco después, en 1886, el número ascendió a veintidós. Al menos un tercio de las imprentas que editaban libros eran, también, imprentas de diarios y las restantes se ocupaban, por lo general, de cualquier tipo de trabajo de impresión. Aunque muchas de estas empresas desaparecían y las reemplazaban otras a lo largo del período, se fundaron algunas significativas casas editoriales que perdurarían en el siglo XX (…)”.2 Hacia 1874, la Casa Estrada establece el Depósito General en el solar que daba a los fondos de la casona histórica propiedad de la familia de su esposa Tomasa Biedma y Monasterio, con dirección en Bolívar 196 a 204. Es importante ubicarse en la época en que se desarrollaba la actividad comercial de Estrada. Según Marina Garone Gravier: “Tanto la escasez de libros para la enseñanza de los niños como de material didáctico adecuado el ejercicio de los docentes formaban uno de los rezagos más notables del momento. Los establecimientos educativos carecían de mapas y material ilustrativo, sin mencionar los instrumentos de laboratorio para la enseñanza de la física, la química o los globos terráqueos y mapas para la instrucción de la geografía lo

Según el Manual de Tipografía para Uso de los Tipografos del Plata, de Benito Hortelano (Buenos Aires, Antiguo Impresor y Editor de Madrid y Buenos Aires, 1864, p.85): “Es el primero y único establecimiento en su género. Tiene una máquina de dos cilindros de gran tamaño, una mecánica única en su clase, chica, prensas, fundición de tipos, estereotipía, máquina única también en su clase movida por el vapor para la Litografía. Esta casa surte de tipos, adornos, viñetas, clichées, y reproduce toda clase de láminas”. En los pies de imprenta de las obras impresas en la casa de Berheim –pudimos ubicar ediciones aparecidas entre 1871 y 1878– puede leerse: “Imprenta, Litografía y Fundición de Tipos a Vapor”, “Sociedad Anónima de Tipografía, Lit. y Fund. de Tipos”, o “Imprenta, Lit. y Fundición de Tipos de la Sociedad Anónima”. 2 María Eugenia Costa, “De la imprenta al lector. Reseña histórica de la edición de libros y publicaciones periódicas en Buenos Aires (1810-1900)”, La Plata, revista Question, UNLP. Año 11, Nº 23, 2009. 1

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que impedía llevar a cabo el proyecto educativo sarmientino.” 3 Estrada inicia allí la importación de artículos de papelería y escritorio, y material para la educación. Estas informaciones se pueden obtener del muestrario4 publicado en 1883: “La casa ofrece á los Libreros de la República, un surtido completo de todos los artículos de su ramo: Papeles, cuadernos, plumas, tintas, tinteros, portaplumas, lápices, libros de educación, bancos para escuelas, globos, mapas, telurios, planetarios, etc., etc.” Más tarde se dedica a la producción editorial de materiales didácticos, actividad que popu-

Aviso en que se ofrece una minerva tipográfica aparecido en el muestrario editado en 1875.

larizaría a la compañía a partir de entonces. La demanda creciente por parte del sector gráfico hizo que la empresa ofreciera además maquinaria –que había que encargar con cuatro meses de anticipación– e insumos para la impresión tipográfica y litográfica, importando materiales europeos y estadounidenses. Los motores a gas, por ejemplo, de entre uno y cuatro caballos de fuerza, se traían de Inglaterra, Francia y Estados Unidos; se decía entonces que eran los más adecuados para el uso de las imprentas por consumir poco gas, no hacer ruido, y no necesitar conductor, además de ser más económicos que los motores a vapor. De visita por el establecimiento El domingo 23 de enero de 1875, entre las doce y las tres y media de la tarde, un grupo de socios de la Sociedad Científica Argentina realizó una visita dirigida por Ángel de Estrada a los depósitos y talleres de la firma. La memoria redactada por Estanislao S. Zeballos, y publicada un año después en los Anales de la Sociedad Científica Argentina, 5 aporta valiosos datos sobre los productos ofrecidos, y el equipamiento y funcionamiento general de la fábrica. El recorrido comenzó por los depósitos de la calle Bolívar, grandes salones donde se encontraban exhibidos para su comercialización las máquinas y accesorios para impresión. Allí encontraron la Minerva a pedal, la más pequeña máquina tipográfica, que revolucionó la producción gráfica generaliComentarios de Marina Garone Gravier a partir de su ensayo “Entre lo bello y lo útil: la caligrafía en México y Argentina según el catalán Eudald Canibell”, en Cuarto Congreso de Tipografía de España, Instituto Politécnico de Valencia, Valencia, junio de 2010, Área temática: Historia de la tipografía, pp. 16-21. 4 Estrada, Ángel, Muestrario de tipos, máquinas y útiles para imprenta y litografía. Depósito general de papeles y tintas de todas clases, Buenos Aires, Angel Estrada, 1883, p. 6. (Gentileza: Dra. Marina Garone Gravier). 5 Estanislao S. Zeballos, “Visita a la Fundición Nacional de Tipos”, Anales de la Sociedad Científica Argentina, Tomo I, Buenos Aires, Imprenta de Pablo E. Coni, 1876, pp.142-157, pp.205-218, pp.280-287. 3

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zándose su uso entre los pequeños talleres. También se observaron las Alauzet, máquinas francesas para litografía y “de reacción”, para la impresión de diarios, utilizadas desde 1874 en El Nacional y La Prensa; la Marinoni, la máquina tipográfica planocilíndrica más popular en nuestro país –en Buenos Aires la tuvieron La Nación, La República, y La Tribuna entre otros talleres, y en el interior, se enviaron a Corrientes, Entre Ríos, Córdoba y Mendoza–; la prensa de pedal Lavoyer; la sencilla y económica Ullmers, de procedencia inglesa; la litográfica de Voirin; y la prensa de brazo neoyorquina Hoe & Co. Entre los accesorios pudieron observar la máquina para imprimir boletos de ferrocarril –de la cual puede verse una actualmente exhibida en el Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo, de Luján–; la máquina cortadora (guillotina); la numeradora; una máquina para rayar libros, como la que tenía el taller

de Jacobo Peuser; la perforadora; la prensa de satinar; entre otros. Una de las novedades fue el pantógrafo, el aparato que permitía al operario, “aunque no sea artista”, grabar dibujos a partir de un original, y escalarlos a diferentes tamaños; y otra fue la dobladora, la máquina a vapor para doblar impresos hasta “en octavo” (esta denominación indicaba las obras que tenían entre 18 y 20 centímetros de altura). A la una de la tarde, la comitiva partió hacia el taller de fundición, situado a unas cuadras de allí. Al llegar se sorprendieron con la vista del gran salón en el cual los operarios –algunos contratados especialmente en Europa– se repartían las diferentes tareas del oficio, desde la fundición de los metales hasta el embalaje de los diferentes productos para su posterior comercialización. Sobre la izquierda se alineaban las diferentes máquinas de fundición, y al fondo, sobre la esquina,

Otra sección de la Fundición Nacional de Tipos. Aquí pueden verse los escritorios de acondicionamiento, y más allá el sector de embalaje, Litográfica Madrileña, 1871.

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podía verse el horno, a la derecha, una serie de escritorios donde se realizaban las tareas de selección, acondicionamiento y empaquetado de los materiales. La atmósfera era sofocante –aún más durante el verano porteño–, aunque no había humo, ni malos olores, ya que los artefactos poseían cañerías que se acoplaban a un conducto subterráneo que llevaba los gases hacia la chimenea. Las operaciones comenzaban en el horno de fundición, compuesto de un cubo de material con una puerta para alimentarlo de combustible, y una abertura superior donde se situaba el crisol en el que se fundían y mezclaban los metales, cubierto por una campana que iba hacia la chimenea. Era manejado por un solo empleado, un español de edad avanzada, que según el propio Estrada, estuvo “dos veces á la muerte por haberse envenenado”, ya que “el dinero que recibía para comprar la leche necesaria, lo ahorraba y no bebía el preservativo contra el veneno”. Es sabido que la fundición utilizada para la fabricación de material tipográfico era potencialmente tóxica ya que despedía arsénico y se creía que se “combatía” bebiendo leche en abundancia. El material metálico se extraía con una cuchara larga de hierro y se volcaba en moldes para hacer los lingotes que luego alimentaban las máquinas fundidoras. La aleación estaba constituida por plomo, antimonio y estaño en diferentes proporciones –según el producto que se elaborara–, y era análoga a la utilizada en las fundidoras francesas y algunas inglesas. Al parecer, la utilizada en la Fundición Nacional era de primera calidad,

ya que obtuvo la segunda medalla en la Exposición Internacional de Santiago de Chile. Las máquinas fundidoras de Estrada eran de dos tipos, unas más primitivas y otras más modernas, aunque operaban bajo el mismo principio, y poseían, en líneas generales, los mismos elementos: un pequeño crisol con su hogar que fundía el material de tipos; un molde donde se vaciaba la aleación, entraba en contacto con la matriz de cobre, y tomaban forma los caracteres; entre los accesorios estaban pequeñas cucharas y pinzas para extraer el metal fundido, y luego retirar el producto. Todas estas operaciones eran manuales; a la concurrencia, por ejemplo, le llamó poderosamente la atención un obrero, que luego de vaciar el material, hacía cierto movimiento de arriba hacia abajo, que acompañaba con un balanceo de todo su cuerpo, con la mirada fija en el molde, por lo que fue bautizado por la concurrencia con el mote de “hombre-máquina”. Este movimiento era indispensable para que el metal llegara a todas las cavidades de la matriz y por lo tanto, para que el signo obtenido respetara la forma prevista. El paso siguiente los transportó a la otra sección del taller, pues los caracteres obtenidos, debían pulimentarse. Aquí, en primer término, se seccionaba la “cola” o rebaba de fundición que quedaba producto de la inyección sobre el molde, con ayuda de un pequeño martillo, luego se realizaba el frotamiento del tipo sobre una piedra o concreto, con el objeto de alisarlo. Estas operaciones las realizaban jóvenes aprendices. Más tarde, los caracteres se colocaban en un componedor especial, donde se verificaba la altura o árbol –la Casa adoptó la medida americana (2,54 milímetros)–, que podía corregirse mediante un cepillo de acero. Además se marcaban los hombros del tipo, y se desgastaban los bordes superiores del paralelepípedo, para evitar cualquier entintado accidental. Después se realizaba el control de calidad y dimensiones, donde se limpiaban los tipos colocados aún en el componedor y se

Despiece de un molde de fundición aparecido en el Manuale Typographique de Pierre-Simon Fournier, en 1766.

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retiraba con una pinza los defectuosos, que podían ser fundidos nuevamente. El último paso era el embalaje. Los paquetes recibían una etiqueta en la cual constaba el cuerpo, las letras que incluía el lote, y el precio por libra, entre otros datos. Al terminar la visita, los concurrentes fueron agasajados con una mesa de refrescos. Sobre la tipografía El mencionado Muestrario de tipos, máquinas y útiles para imprenta y litografía editado por la firma Estrada en 1883 brinda un extenso panorama sobre la producción de la fundidora, y denota los “esfuerzos por ponerse al nivel de las necesidades crecientes de la imprenta en nuestro país”. Gracias a estos catálogos podemos saber más acerca de esta clase de establecimientos. Como indica Marina Garone Gravier: “El estudio de las muestras de letra en sí mismas y como fuentes complementarias para la historia del libro y la imprenta es un campo prácticamente inexplorado en América Latina y nada de ellas se dice en los estudios clásicos sobre la historia de la tipografía (…) de los producidos en la Argentina hasta ahora he localizado cinco: 1878, 1883 [el de Estrada], 1903, 1940 y 1956.”6

junto de clisés galvanoplásticos sobre diversos temas. Existió otro de estos catálogos: la obra titulada Muestrario de Útiles para Imprenta y Litografía de Ángel Estrada, de 1875, del cual se incluyeron tres facsímiles en el libro Centenario Estrada 1869-1969. Sabemos que las letras ofrecidas en los Muestrarios de Estrada no se diseñaron en la Argentina, sino que fueron “hechas por los grabadores mas reputados de Europa”, y que las matrices necesarias para fundir los caracteres se importaron tanto desde el viejo continente como de Estados Unidos. La casa aseguraba la rápida reposición de tipos por tener “relaciones con las mejores casas francesas, alemanas, inglesas y americanas”.

Portada de uno de los muestrarios de la Fundición Nacional (1874-1875?).

Recientemente he podido ubicar otro especímen editado por Estrada. Se trata del Muestrario de la Fundición de Tipos. Depósito de Máquinas. Papeles y Artículos de Imprenta y Litografía, una obra de 72 páginas, sin fecha, pero que junto a Garone estimamos aparecida entre 1874 y 1875, que ofrece letras romanas modernas para texto; largas delgadas y gruesas; egipcias; expandidas; romanas antiguas “mediavales”, garamondes y renaissances; fantasías e iniciales, de cuerpos que van desde los 6 hasta los 96 puntos. Además de viñetas: esquineros, manecillas y un con-

Marina Garone Gravier, “Muestras tipográficas latinoamericanas: comentarios sobre nuevos hallazgos (Siglos XVIII hasta primera mitad del Siglo XX)”, conferencia magistral dictada en Buenos Aires, 43a Reunión Nacional de Bibliotecarios, Asociación de Bibliotecarios Graduados de la República Argentina, abril 2011 (http:// www.abgra.org.ar/43_semi.htm).

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También sostenía la prolijidad con que se fabricaban y escogían para entregarlos; al igual que la calidad del material utilizado en su elaboración, pues: “(…) la fórmula empleada (...) para la composición de los metales, es que la rije en las casas de los señores Renault & Robcis, y Laurent & Deberny de París, y en la principales fundiciones NorteAmericanas”. Pero no insistía en recomendar los productos de su establecimiento, decía que “su exactitud y duración son bien conocidas de los tipógrafos.” 7 La fábrica adoptó el sistema de medida francés –por puntos Didot–, ya que aseguraba que era el más cómodo, fácil, exacto y económico,

Página del muestrario de 1883 en que se aprecia una tipografía romana moderna bautizada con el patronímico Moreno. (Gentileza: Dra. Marina Garone Gravier)

y por otra parte “el que más se conoce entre nosotros”. Además de las letras para texto de corte moderno, cursivas inglesas, góticas, caracteres en griego y sánscrito, ofrecieron tipografía para los nuevos requerimientos del sector editorial, e incluso publicitario (letras negras para anuncios y carteles), y una extensa variedad de egipcias, y titulares tipo “display” y de fantasía, que curiosamente rebautizaron, unas con nombres regionales como Rosarinas, Patagónicas, Pampas, Porteñas, y Bonaerenses, otras con denominaciones provinciales, como Misioneras, Correntinas o Jujeñas, etcétera, reforzando la idea de lo nacional, aunque hay también Paraguayas y Montevideanas; y otra serie en homenaje a personalidades, como las tipografías denominadas Moreno, Belgrano, San Martín y Rivadavia. El muestrario de 1883 incluye también una amplia variedad de escudos, adornos, cuadros, cintas, y viñetas, “encabezamientos y fantasías” sobre temas diversos. Estos tipos y clisés galvanoplásticos se usaron tanto para las publicaciones8, como para las cabezas de la papelería comercial, y fueron muy populares hasta principios del siglo XX. La Fundición Nacional de Tipos para Imprenta, al igual que la primera fábrica de papel –conocida como “La Primitiva”, e inaugurada por Juan Alcántara en 1877–, indudablemente dio impulso al crecimiento de nuestras artes gráficas y editoriales, más allá de la dependencia comercial que venían experimentando desde los tiempos de la colonia. La renovación de las letrerías y viñetas de nuestros establecimientos gráficos cambió la fisonomía de los periódicos, libros, e impresos

Ángel Estrada, op. cit., 1883, p. 2. La Fundición también ofrecía material tipográfico realizado en bronce, como rayas y bigotes, e incluso lingotes estereotipados de este material –como el utilizado en los titulares del diario La Prensa, de acuerdo al relato de Estanislao S. Zeballos–.

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comerciales ante las innovaciones que proponía el nuevo escenario editorial y comercial ochocentista, y nos ubicó ante Europa como un referente del rubro en América. En la popular Gran Guía de la Ciudad de Buenos Aires, editada por Hugo Kunz en 1886, aparecen tres fundiciones de tipos, dos de ellas en Montserrat: la del impresor J. N. Klingelfuss, en Venezuela 232/234, la de Germán Strokirch, en México 323; la otra es la de Alberto Wacker, en Rodríguez Peña 83. Nada se menciona sobre la Fundición Nacional.

Clisé galvanoplástico incluido en un catálogo de la firma (1874-1875?).

Página del muestrario de 1883 con una serie de viñetas ofrecidas por el establecimiento. (Gentileza: Dra. Marina Garone Gravier) Bibliografía Buonocore, Domingo. Libreros, editores e impresores de Buenos Aires. Buenos Aires, El Ateneo, 1944. Costa, María Eugenia, “De la imprenta al lector. Reseña histórica de la edición de libros y publicaciones periódicas en Buenos Aires (1810-1900)”, La Plata, revista Question, UNLP. Año 11, Nº 23, 2009. Estrada, Ángel, Centenario Estrada. 1869-1969, Buenos Aires, Estrada, 1969. Estrada, Ángel, Muestrario de la Fundición de Tipos. Depósito de Máquinas. Papeles y Artículos de Imprenta y Litografía, Buenos Aires, Ángel Estrada, 1874-1875? Estrada, Ángel, Muestrario de tipos, máquinas y útiles para imprenta y litografía. Depósito general de papeles y tintas de todas clases, Buenos Aires, Ángel Estrada, 1883. (Gentileza: Dra. Marina Garone Gravier) Gaskell, Philip, Nueva introducción a la bibliografía material, Gijón, Trea, Biblioteconomía y administración cultural, 1999. Hortelano, Benito, Manual de Tipografía para uso de los tipógrafos del Plata, Buenos Aires, Antiguo Impresor y Editor de Madrid y Buenos Aires, 1864. Colección Biblioteca de Maestros. Kunz, Hugo (ed.), Gran Guía de la Ciudad de Buenos Aires, Hugo Kunz y Cía, 1886. Zeballos, Estanislao S., “Visita a la Fundición Nacional de Tipos”, Anales de la Sociedad Científica Argentina, Tomo I, Buenos Aires, Imprenta de Pablo E. Coni, 1876. Consultado on-line el 23 de junio de 2011 en http://www.worldcat.org/title/anales-de-la-sociedad-cientifica-argentina/oclc/1765722?lang=es

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