Page 1

ISSN 19092865

2010 / 22


El nogal de la 77: ¿el árbol más viejo de Bogotá?

Un tatarabuelo encarcelado

Si el final de todo es la muerte, entonces la única ciencia que vale es sobrevivir, decía el poeta. Y en Colombia, tierra de adversidades, de tiempos duros que duran cien años, de olvidos e ingratitudes, sobrevivir más que una ciencia puede ser un arte, un arte mayor. Por eso dedicamos esta nueva edición de Oráculo al arte mayor de sobrevivir, a sobrevivir como perdurar en el tiempo, o como dar la lucha por no desaparecer, o como afrontar adversidades y seguir en pie, o inclusive como renacer de entre los escombros. Por eso el tema da para tanto, para hacerle un homenaje al río por donde se construyó este país y se volvió nación y que ahora sobrevive como una alcantarilla inmensa con nostalgias del pasado; o para hablar de los muiscas que resisten en un resguardo a media hora de Bogotá, para que no desaparezca para siempre la grandeza de las tribus del

Nicolás Cadena Arciniégas

altiplano; o para contar la asombrosa historia de un viejo matadero

Fotos: archivo personal del autor.

que vio sacrificar miles de reses, luego se volvió un asilo de indigentes y ahora se convierte en un centro de canto, baile y pintura; o para hacer visible la pelea de los últimos mecanógrafos callejeros que se niegan a mandar al museo sus máquinas de escribir, y con ellas su única forma de sustento; o para recordar las glorias de una locomotora que integró las costas con el interior y ahora se mueve perezosa en la sabana cargando turistas los domingos, o simplemente para recrear la historia de Mercedes Cruz, la empleada doméstica que malvive con el sueldo mínimo y solventa los gastos de su casa vendiendo cuadritos de papel higiénico o alquilando la aspiradora entre los vecinos de un barrio fangoso en la montaña. En fin, dejamos estos testimonios por escrito con la secreta ambición de ser también unos sobrevivientes. Esa es la grandeza, y el terror al mismo tiempo, de la letra escrita: sobrevive para siempre. Para siempre con sus aciertos de estilo y de prosa, o para siempre con sus errores y sus ligerezas. Sergio Ocampo Madrid. Editor

En este número: 03 Un tatarabuelo encarcelado 04 Con violines se ahogarán los aullidos de muerte 07 Piernas de titanio para un sobreviviente de la guerra 08 Las nostalgias de una locomotora a vapor 10 ¿Los vamos a dejar morir? 12 En Cota sobreviven los últimos muiscas 14 Una resistencia a punta de tecla 17 Una mujer condenada a vivir 18 San Cayetano, el pueblo que revivió en otra parte 20 Colombia: 27 millones de sobrevivientes 22 La revancha de la chicha 24 Siete días de viaje por el río olvidado 26 Los besos que salvaron un hospital

Revista Oráculo, es una publicación de los estudiantes del Énfasis de Periodismo Redacción: De izquierda a derecha, Nicolás Cadena Arciniégas, Laura María Ayala, Luisa Fernanda González, Diego Cortés Fonseca, Gabriela Rodríguez Montoya, Diana Marcela Ariza Hernández, Luisa Fernanda González, Camilo Rojas Vergara, Angélica María Loaiza Acosta, Diana Rodríguez Piña, Luz Victoria Lozano Rendón Editor: Sergio Ocampo Madrid, Director gráficoOrlando Valencia Sarmiento (director gráfico), Impresión: Departamento de Publicaciones Universidad Externado de Colombia, Bogotá D.C. 2009 Las opiniones expresadas por los autores no corresponden necesariamente a las de la Universidad.

2 Oráculo 22

Qué se pensará de la vida cuando se tienen 200 años? Es la respuesta a esa pregunta la que esconde el viejo nogal en el poco silencio que queda de lo que fue el bosque de la gran hacienda El Chicó, la cual iba de la calle 72 a la 100. Tranquilo y paciente vive en el barrio que lleva también su nombre, ubicado en el nororiente de la capital. Este titán de 73.000 días y 25 metros de altura ha hecho que el selecto grupo de sabios del Jardín Botánico José Celestino Mutis entre en el debate de cuál es el árbol más antiguo de Bogotá. En esta discusión se encuentra Miguel Quintero, quien ha trabajado con el jardín por 42 años como técnico en propagaciones. Según él, la única forma de comprobar cuál de todos es el más viejo es talándolos y haciendo el respectivo estudio de los anillos de sus troncos, cuestión que no piensan hacer. Sin embargo, la discusión sí ha logrado centrarse en un grupo de cinco árboles que podrían considerarse como los más veteranos. Dos de ellos son cipreses, que se dice fueron sembrados por Simón Bolívar cuando se quedaba en la quinta cercana a las faldas de Monserrate. Otros dos son un nogal y una palma de cera que viven juntos desde hace un siglo en el palacio de San Carlos, hoy sede de la Cancillería. El último vive hace más de 200 años en lo que ahora se conoce como la carrera novena con 77. También es un nogal, una especie venerada por los indígenas muiscas que vivían en el altiplano y la consideraban

como una planta llena de poder y sabiduría. Quizá por eso, el nogal fue declarado insignia de la capital por el Concejo distrital, el 13 de septiembre de 2002. El noble anciano de la novena con 77 está rodeado de edificios que lo custodian desde los cuatro puntos cardinales y desde distintas alturas. Uno de ellos es el de la Embajada Británica, ubicada al costado suroccidental, un búnker de doce pisos en donde las ventanas destellan un color verde que rebota cuando hace sol de verano. Pasando la 77 se encuentra el restaurante La Fragata, un lugar de comida de mar, que lo mira desde la cortedad de sus dos pisos. Al costado nororiental, pasando de nuevo la novena, se encuentran erguidas Las Torres del Nogal, de 18 pisos y en donde vive Margarita Pardo, una vecina que hasta ayer no sabía lo viejo que era su vecino de enfrente. “El árbol se va a morir, me da tristeza porque la contaminación hace de las suyas con él, además el pobre se ve muy olvidado”, afirma. El cuarto edificio, que comparte andén y esquina con el viejo gigante, es una casa de los años cincuenta que supuestamente perteneció a la familia Santodomingo. Ahora alberga pupitres, mesones y sillas y sirve como centro cultural femenino. Fue este último sitio el que hace unos años decidió enrejar el árbol en una celda en forma de gota de aproximadamente 6 metros de largo y 3 metros de ancho. No fue un castigo, menos una protección para el nogal, sino una decisión de ponerle reja a la casa y el árbol se interponía con su metro sesenta de envergadura. La solución fue encarcelarlo.

“Nosotras no cuidamos del árbol, los que se encargan de él son los señores del Jardín Botánico; lo único nuestro es la reja”, dice Cecilia Andrade, miembro activo del centro cultural. Uno de esos señores del Botánico es Eduardo Bermúdez Rubiano, ingeniero forestal contratado por el jardín y autor del libro Árboles Patrimoniales. Junto con un grupo de trabajadores se encarga de hacerle los controles para examinar que no tenga enfermedades, virus o algún tipo de ácaro que lo esté afectando. En el trabajo de cuidar al anciano gigante se gastan 532.000 pesos anuales que se reparten en: poda, 240.000; cirugías, 280.000, y fertilización, 12.000. Se trata de una suma muy baja si se tiene en cuenta que se trata de un veterano de 200 años que ya podría tener alguna enfermedad ruinosa, de aquellas que no cubre el sisbén ni se hacen cargo las eps.  Oráculo 22

3


Historia de un matadero que se niega a morir

Con violines se ahogarán los aullidos de muerte Laura María Ayala

Fotos: archivo personal del autora.

N

o está muerto, pero quedó en coma hace 17 años. Solo el revoloteo de las palomas invasoras, las ratas que pelean por los espacios y las grietas que derrumban sus muros a pedazos, le recuerdan que todavía está vivo y que su lucha contra el tiempo debe continuar. 84 años de vida parecen no ser

4 Oráculo 22

suficientes para el antiguo Matadero Distrital que, aunque desahuciado, se niega a repetir el destino trágico de los cuatro millones de reses sacrificadas allí sin piedad por seis décadas. Este sobreviviente, que ha hecho las veces de planta de beneficio animal, refugio de habitantes de la calle y hasta escenario de intervenciones artísticas, hoy tiene la oportunidad única de redimir sus pecados y convertirse en un espacio para la creación y el saber. Los

muros que por décadas se tiñeron de sangre, próximamente, serán rescatados de sus ruinas y colmados de anaqueles, libros, pupitres, tarimas, pianos, violines y espejos. El Matadero fue símbolo del crecimiento y modernización de la ciudad, el epicentro de un negocio próspero alojado en una construcción imponente. Su edificación, que data de 1926 y hoy es Patrimonio Arquitectónico Nacional, no solo significó un

avance en higiene y salubridad sino que fue una promesa de progreso y bienestar para toda la sociedad bogotana. “Primero llegaba el ganado, lo pesaban y luego cada uno lo metía a su corral. El animal seguía al salón de sacrificio y lo mataban, lo ponían en el suelo y lo despresaban. Más o menos se sacrificaban entre 200 y 300 reses al día”, cuenta Alfonso Roberto Morales, quien fue repartidor de carne hace 35 años y actualmente cuida un parqueadero del sector. En sus mejores tiempos el sitio llegó a generar 400 empleos directos e indirectos. “Estaban los que negociaban los bovinos, los encargados del sacrificio, los que tajaban las vísceras, los curtidores de piel, los despresadores, los que cargaban y los repartidores. Otros trabajaban con los marranos; además había famas en la calle y una plaza de ferias al respaldo. También había restaurantes y tiendas cerca”, dice Jairo Ríos, propietario de una de las pocas carnicerías aledañas que subsisten. El matadero no solo era un polo de desarrollo sino un punto de encuentro para la gente. “Cuando yo era pequeño mi padre me traía a las 3 de la mañana, tan pronto acababan de matar la res, a tomar sangre revuelta con vino porque dizque eso le daba fortaleza a uno. Lástima que no me haya funcionado”, comenta en tono jocoso Germán Huertas, habitante de la zona hace 40 años. Otra práctica común era acudir los lunes y jueves a comer carne asada y tomar caldo de raíz, a base de sangre de ganado, o caldo de pajarilla, cocinado con el miembro del toro. El martes primero de junio de 1993, 67 años después de su inauguración, ante la imposibilidad de responder a la creciente demanda de carne de los capitalinos y cumplir con las normas de sanidad exigidas, la Secretaría de Salud cerró definitivamente el Matadero Distrital. “Hubo que cerrarlo por el despilfarro de la Empresa Distrital de Servicios Públicos (Edis), que estaba en liquidación, y por la creación del Frigorífico Guadalupe que sacrificaba el doble de ganado en menos tiempo y hasta comenzó a producir embutidos. También se decía que la caldera contaminaba y que el sector se mantenía con

un olor muy fuerte por los tratamientos de los cueros, las pieles, los cascos y los cuernos”, explica Víctor Julio Díaz Farieta, despresador durante 50 años. El cierre supuso el abandono total del inmueble. Sin embargo, la verdadera tragedia fue el costo humano de su sellamiento. “Mucha gente quedó aguantando hambre. Esa era una plaza muy buena para ganar plata. Cuando la cerraron, los despresadores se quedaron maniatados porque eso era en lo único en lo que sabían trabajar”, dice Alfonso Roberto Morales, quien desde la clausura del establecimiento ha trabajado como celador y cuidandero de carros. Tras su clausura, el edificio fue abandonado y comenzó a agonizar. Solo quedó el fantasma de la muerte para recorrer sus pasillos y los lúgubres salones. A partir de 2005, la Alcaldía volvió a acordarse de él, esta vez con el fin de adecuar allí un albergue temporal para los mil indigentes retirados de la calle de El Cartucho, uno de los centros de tráfico y consumo de drogas más grandes de la ciudad. “A la alcaldía de Lucho Garzón se le ocurrió la idea absurda de traerlos para el matadero. Esas personas lo terminaron de destruir y desmantelar. Después costó un trabajo enorme sacarlos de ahí y llevarlos a diferentes sitios”, asegura Germán Huertas, residente de la zona.

La llegada de los indigentes fue rechazada por los vecinos, comerciantes e industriales del sector, que en protesta bloquearon Transmilenio. Finalmente, las presiones funcionaron y los nuevos inquilinos fueron desalojados. El progresivo despoblamiento del vecindario, por el fin de los negocios que gravitaban alrededor del mercado de la carne, pero sobre todo la falta de control de las autoridades y el retorno constante de habitantes de la calle que se instalaron en la muralla posterior del viejo matadero. Convirtieron el lugar en un paria de la ciudad y en dolor de cabeza para toda una alcaldía menor. “A dos cuadras de allí hay una zona de tolerancia donde se ejerce el trabajo sexual y se vende toda clase de vicios. Es como un cartucho pequeño. Además, como si esto no fuera suficiente, los de los centros de rehabilitación cercanos vienen por la tarde en camionetas y dejan aquí tirados a los mendigos; hay mucha inseguridad”, comenta María Mercedes Montoya, dueña de un restaurante. Para fortuna del antiguo matadero, en el 2009 se encendió una luz de esperanza. Al igual que otros centros de sacrificio animal alrededor del mundo, como El Parque de la Villette, en Francia, y El Meatpacking District de Nueva York, en Estados Unidos, que redimieron sus pecados y hoy son espacios

Oráculo 22

5


El flagelo de las minas antipersona

Piernas de titanio para un sobreviviente de la guerra Luisa Fernanda González Ilustración: archivo personal del autora.

E La Universidad Distrital, que pagó 7.600 millones de pesos por las instalaciones, planea resucitar a este gigante y enseñarle con notas musicales, pasos de baile y obras de teatro a celebrar la vida y no la muerte.

privilegiados que albergan ciencia, tecnología, arte, alta costura y hasta comida gourmet, la vieja planta de beneficio animal de Bogotá sueña con renacer y reencarnar en un campus universitario. La Universidad Distrital, que pagó 7.600 millones de pesos por las instalaciones, pla-

6 Oráculo 22

nea resucitar a este gigante y enseñarle con notas musicales, pasos de baile y obras de teatro a celebrar la vida y no la muerte. En total serán más de 47 mil metros cuadrados de construcción destinados a una mega biblioteca, un auditorio, varios centros de investigación y la Facultad de Artes de la Academia Superior de Artes de Bogotá (Asab). Se prevé comenzar las obras en julio de 2010 y finalizarlas para el 2016. Pablo Ramírez, alumno de la Asab, al referirse al traslado a la nueva sede asegura: “Sentíamos angustia de tener que abandonar el Palacio de la Merced, situado en el corazón de la ciudad, para irnos a una zona deprimida y con una carga simbólica tan negativa. Aún hay protestas pero ahora la mayoría somos conscientes de la necesidad y la ventaja de tener un nuevo espacio con mejor infraestructura”.

Desde que adquirieron el predio, los estudiantes de la Asab han intervenido el antiguo Matadero Distrital en dos oportunidades. En la primera pintaron los muros que dan a la calle 13 con grafitis alusivos al ganado que era sacrificado y descuartizado mecánicamente. La segunda intervención se dio con el ensamble transdisciplinar ‘Los Santos mueren antes: Evocación, vacíos y Despojos’ que, inspirándose en ese espacio, evocó el dolor de las madres colombianas que claman por sus hijos desaparecidos. De los ríos de sangre y la carne pendiendo de ganchos, a la tinta y el papel; de los aullidos de los animales moribundos al do, re, mi de los instrumentos musicales; de las filas tristes hacia el cadalso a performances vanguardistas que se toman la ciudad. Así renacerá para la vida una máquina reservada para la muerte.

l cabo primero Milton Romero es uno de los aproximadamente mil colombianos que tiene piernas de titanio. No se trata de ningún club de hombres nucleares sino de un grupo de personas que perdieron las piernas por cuenta de una mina sembrada por la guerrilla en los campos del país. “Estábamos persiguiendo a los bandidos cuando de la nada mi compañero salió volando unos tres metros y todo se volvió un caos”, cuenta exaltado el militar para revivir esa mañana del 19 de marzo de 2009 en la zona selvática del Guaviare, cuando una mina antipersona estalló, mató a tres de sus compañeros y a él le cambió la vida para siempre. Como Milton, en los últimos 10 años son 8.329 los colombianos que han sufrido la explosión de una mina, entre niños, civiles y militares. De esa cifra, 6.500 quedaron heridos y 1.829 murieron. Como la mayoría son campesinos, el futuro obligado es la mutilación y la minusvalía, ya que una prótesis común cuesta más de cinco millones y una como la del cabo Romero asciende hasta 22 millones de pesos. “Lo grave del problema es que el número va a seguir aumentando si sigue el conflicto en el país”, dice el Sargento Jairo Peña. Este profesional de la unidad de investigación criminal de la Policía Nacional lleva más de 8 años observando el fenómeno del minado en Colombia. En 1997, el país firmó la “Convención sobre la prohibición del empleo, almacenamiento, producción,

transferencia de minas antipersona y sobre su destrucción”. Eso implicó un compromiso del Estado de no sembrar más artefactos de estos, con los que se protegían instalaciones militares e infraestructura, y desenterrar los existentes. Siete años después, oficialmente fueron destruidas las últimas 19.000 minas almacenadas en poder de la Fuerza Pública, bajo la supervisión de la Embajada de Canadá y la Organización de Estados Americanos (oea). El problema es que los tratados son de obligatorio cumplimiento para los estados, pero no para las fuerzas irregulares, llámense guerrillas o paramiltares. Por cuenta de estos actores armados, el territorio nacional puede tener sembradas hasta 100 mil minas que ni siquiera ellos mismos controlan pues se sembraron de modo informal y sin ningún sistema de mapeo. Esto y la facilidad para fabricarlas de manera artesanal, con elementos tan comunes como ollas a presión, hacen que miles de colombianos estén en peligro diario de morir o de quedar mutilados. El mayor riesgo lo

El problema es que los tratados son de obligatorio cumplimiento para los estados, pero no para las fuerzas irregulares, llámense guerrillas o paramiltares.

corren los habitantes de las áreas rurales de Meta, Caquetá y Arauca, donde está el mayor porcentaje de explosivos. Milton Romero sabe que se salvó de morir pero el costo fue altísimo. La pérdida de sus piernas le ocasionó incapacidad total para volver a la selva a seguir con su trabajo de desminado y de soldado regular antiguerrilla. De ahora en adelante será un soldado con funciones de oficina. El capitán del ejército Luis Fernando Barba sostiene que la institución tiene el compromiso de rehabilitar a todos los soldados que sean víctimas de las minas. Esto quiere decir que hasta que no estén completamente recuperados y sean de nuevo útiles a la sociedad, el Ejército no deja de prestarles todas las ayudas posibles.  Oráculo 22

7


El tren de la sabana, un jubilado que quiere seguir vivo

Las nostalgias de una locomotora a vapor Diego Cortés Fonseca Fotos: archivo personal del autor.

i los viejos metales del tren tuvieran memoria recordarían con nostalgia el nacimiento de un gigante que hace 123 años empezó a conectar a Bogotá con las lejanísimas Zipaquirá y Faca, a las que se llegaba por trocha o camino destapado. El Ferrocarril de la Sabana es hoy un viejo con más pasado que futuro, un jubilado al que lo dejan trabajar los fines de semana para que siga sintiéndose útil. Con todo, es el único tren de pasajeros que tiene el país. El resto de la red ferroviaria activa que queda en Colombia está dedicada al transporte de carga.

8 Oráculo 22

La historia del Ferrocarril de la Sabana arranca en 1887 cuando, según el Ministerio de Transporte, el Estado logró construir 286 kilómetros de vías férreas y apenas llegaba hasta las orillas del Magdalena, en Girardot. Para 1915, los rieles ya abarcaban 2.200 kilómetros y el tren paraba en Buenaventura. Veinte años más tarde se tenían 3.200 kilómetros, y después de cincuenta se logró un total de 4.017 hasta conectar Santa Marta, en el famoso Expreso del sol, que salía de la capital del país y llegaba al Caribe un día y medio después, si llegaba… pues los descarrilamientos estaban a la orden del día. Hoy sobreviven apenas 3.154 kilómetros de rieles, y una tercera parte está

totalmente fuera de uso. Podría decirse sin exagerar que los únicos trenes de Colombia, excluyendo al viejo ferrocarril sabanero, son todos privados, la mayoría dispuestos para la carga de hidrocarburos.

De Chiquinquirá a La Dorada Fueron 23 estaciones en las que el tren de la sabana paró durante un siglo largo de servicio, entre otras las de Chiquinquirá, La Provincia, Honda, La Dorada. Actualmente, tan solo cinco se resisten a desaparecer: la Estación de la Sabana, Usaquén, La Caro, Cajicá y Zipaquirá. Colombia es uno de los pocos países donde

la construcción de carreteras dejó sin trabajo al tren y no diseñó un modelo para que se complementaran ambos. De acuerdo con el libro Nos dejó el tren, de Gustavo Pérez Ángel, para los ferrocarriles era imposible competir cuando su promedio de velocidad era de 20 kilómetros por hora. “De las 16 horas que hoy se tarda un carro en llegar a Santa Marta, el tren se gastaba más del doble”, asegura él. Para la década de los ochenta, los trenes, que tanto le habían servido como transporte a los colombianos, se hicieron insostenibles y hubo que liquidarlos. Así lo recuerda El Tiempo en su edición del 4 de agosto de 2001. El sostenimiento de la operación implicaba un gasto de 200 millones de dólares al año, mientras que las ganancias no superaban los cuatro millones de dólares. Debido a esto, en 1988 se inició el proceso de liquidación de Ferrocarriles Nacionales de Colombia. De los 13 líneas férreas con que contó el país desde el siglo xix hasta 1988, el tren de la Sabana fue el único sobreviviente a la liquidación definitiva en 1992. Fue Turistren, una empresa privada, la que rescató los olvidados hierros del gigante sabanero. Cuatro de las diez locomotoras a vapor, que habían sido abandonadas tras el cierre, fueron reparadas. El 29 de mayo del 93, el primer tren echó a andar con el nombre del Tren Turístico de la Sabana. La locomotora, los 13 coches de pasajeros y uno acondicionado como cafetería fueron rehabilitados completamente. De los 2.660 pasajeros semanales que se montaban en los mejores tiempos, en viaje hasta Santa Marta, se pasó a los 160 turistas que en promedio abordan el tren hasta Zipaquirá los sábados y domingos. El recorrido, de 50 kilómetros, es amenizado por una

banda musical de 10 integrantes, un trío nariñense y un grupo vallenato, que interpretan clásicos en honor al sobreviviente férreo. No todo ha sido fácil en este par de décadas para la única locomotora de vapor que queda en Suramérica. En el 2001, según archivos de El Tiempo, casi muere Turistren por un déficit de 400 millones de pesos y un endeudamiento por costos de funcionamiento que ascendía a 40 millones en peajes, arriendos de los talleres, seguros de los viajeros y pago de los salarios a maquinistas, mecánicos y personal administrativo. Luego de varios ajustes, entre otros el del precio del viaje, el tren se salvó. Hoy el pasaje cuesta 35 mil pesos para adultos, muy lejos del peso con 50 centavos que valía en 1970. Los niños hasta 12 años solo pagan 21 mil. Herney Suaza, director comercial de Turistren, acepta que

se trata de un valor que muchos colombianos no pueden pagar, pero desafortunadamente es el cargo que cubre el sostenimiento de la máquina. Ahora bien, comparado con otros trenes turísticos, el precio del de aquí es irrisorio. Así, el boleto en el Serra Verde Express, del sur de Brasil, tiene un costo entre 40 y 250 dólares, y el super de lujo que va de Machu Picchu al Cuzco llega a valer 600 dólares. Con inversiones cercanas a 1.000 millones de pesos, Turistren decidió implementar en el 2007 el autoferro. Esta máquina, que funciona con combustible diesel, no solo aumenta la operación de pasajeros, sino que ayuda a la sostenibilidad de la locomotora. Los sábados es el turno del Autoferro diesel, y el domingo el relevo lo hace, desde la estación de la Sabana, el viejo tren. El paro de transportadores en marzo de este año hizo que este viejo jubilado volviera a mostrar de nuevo toda su utilidad. En su recorrido hasta La Caro, ida y vuelta, el ferrocarril realizó 13 paradas para apoyar la movilización de los capitalinos durante los días en que el servicio público colectivo dejó de funcionar. Al siguiente fin de semana volvió a salir en su rol de tren turístico, el que va pasando por la carrera 30 y se oye de lejos mientras su máquina bufa y lanza ese chorro nostálgico de humo blanco que lo persigue. Ahí, en esa máquina antigua que empuja con esfuerzo sus trece vagones, también va guindado casi un siglo y medio de historia. 

Oráculo 22

9


Quedan solo 13 humedales en la sabana de Bogotá

¿Los vamos a dejar morir? Gabriela Rodríguez Montoya Fotos: archivo personal de la autora.

E

n el principio, las aguas lo llenaban todo. La sabana de Bogotá era un gran pantano al que llegaban las aves migratorias de Norteamérica. La existencia fluía junto a los caudales de los ríos. Sin ruidos, la melodía de la naturaleza era la que predominaba. El aire y la vida silvestre lo poblaban todo. Lo que parece un fragmento de la descripción del paraíso es el génesis de la ciudad que hoy pisan más de siete millones de habitan-

10 Oráculo 22

tes: ciudad caótica, ruidosa, gris, indiferente y solitaria: así es la lluviosa Bogotá. De la apacible sabana original, solo tienen recuerdo las aguas quietas de los humedales que aún sobreviven a la enfermedad mortal del abandono a la que han sido condenados por las nuevas necesidades urbanísticas, y por la despreocupación de la mayoría de los bogotanos. Cuando se habla de humedal, se habla de un ecosistema intermedio entre agua y tierra. Por lo tanto, tiene fragmentos húmedos, semihúmedos y secos. Además se caracteriza especialmente por la presencia de flora y fauna muy singular. Son 13 los ecosistemas de este tipo que sobreviven a lo largo de la ciudad, desde el norte hasta el suroccidente. Según la Secretaría

Distrital de Ambiente (sda), entidad encargada de los cuerpos de agua, su extensión total suma unas 675 hectáreas, menos del 2% de lo que se cree que existía a comienzos del siglo xx. La reducción física empezó a partir de 1960 cuando, de manera masiva, se dio inicio a los rellenos, invasiones, loteos y construcciones que fueron dañando casi de manera irreversible la dinámica natural de estos ecosistemas. Sin embargo, su deterioro viene casi desde 1538, año de la fundación de Bogotá. En ese tiempo las calles eran destapadas, la Plaza Mayor estaba enmarcada por ríos que bajaban de las montañas, seguían su curso en declive y producían cauces muy profundos. Las casas todavía no tenían un sistema de desagüe y por lo tanto las aguas servidas y las basuras se arrojaban a un caño público

que corría por el centro de las trochas. Estos desechos desembocaban en las corrientes que atravesaban la ciudad y llegaban al río Bogotá y a las lagunas o humedales. Sin excepción, todos ellos, los que sobreviven, están en peligro cierto de no existir en 20 años. Uno de los casos más tristes es el del humedal Chucua La Vaca, en el suroccidente de la ciudad. Allí, la central de mercadeo de Corabastos tiene varios canales de desagüe de aguas servidas que causan un alto grado de contaminación y afectan directamente a la fauna, ya mínima del lugar. Mientras en otros humedales, como el Juan Amarillo, están registradas 42 especies nativas y migratorias, en La Chucua solo existe una: la tingua pico rojo. Lo más grave es que el ecosistema inicial ya desapareció prácticamente en un 95% y apenas queda un cuerpo de agua de aproximadamente cinco hectáreas, el cual está en recuperación. En junio de 2006, la sda le otorgó un permiso de vertimientos a Corabastos, que consistía en las descargas provenientes de cuatro puntos en las zonas de bancos, bodegones, red de fríos y la bodega popular de minoristas, bajo el compromiso de que se debía tratar previamente el agua y que no aumentarían el número de los canales permitidos. Según Juan Antonio Nieto Escalante, Secretario Distrital de Ambiente, ellos descargan las aguas servidas directamente al humedal de La Vaca sin cumplir con lo acordado, lo cual está matando el cuerpo de agua. Aunque se les imponen millonarias multas, como la establecida en enero de 2010 por 137 millones de pesos, no se detiene la contaminación. Desaparecido un humedal, también se extinguen varias de las especies que lo habitan o lo visitan. En el caso bogotano, se han contabilizado 166 especies de aves, algunas de ellas como la tingua azul, las monjitas y el cucarachero de pantano, en peligro de extinción. El otro valor enorme de los humedales es su función como reguladores de las aguas de la sabana, ya que actúan como esponjas que recogen el exceso de humedad en tiempos de lluvia, así evitan mayores inundaciones, y la mantienen reservada para las temporadas secas. Conscientes de esto, en su momento los entonces alcaldes Antanas Mockus y Enri-

que Peñalosa implementaron campañas para ayudar a sobrevivir a los humedales. Antanas empezó a crear conciencia ambiental para modificar esa visión cultural sobre los cuerpos de agua y Peñalosa les dio una nueva mirada y cambió su parte estética de forma radical para convertirlos en espacio público. Por esta razón, hoy existen humedales como el de Santa María del Lago, totalmente restaurado y con fines recreativos más que de preservación natural. Esto también ha generado un debate entre líderes ambientalistas sobre algunas de las políticas del Distrito, pues la biodiversidad se ve amenazada con la idea bien intencionada de crear espacios tipo parque. Por eso, la sda decidió cerrar la tercera parte del humedal de Santa María para que la fauna y flora del lugar puedan encontrar su hábitat natural y reproducirse. Mucho más serio es el caso del humedal de La Conejera, ubicado en Suba, por el que

pretende pasar la Avenida Longitudinal de Occidente (alo), una vía que recorrerá la ciudad de norte a sur por todo su borde occidental. Eso representaría la extinción del humedal. Preocupados, grupos ambientalistas se han reunido para convocar principalmente a los jóvenes en pro del medio ambiente. Un ejemplo de éstos es el Grupo Ambientalista Resistencia Andina, dirigido por Steven Álvarez, quien afirma que decidieron unirse con la misión de tejer conciencia ambiental. Si usted vive cerca de alguno de los trece humedales que quedan en Bogotá, el 2% de lo que alguna vez existió, salga una mañana temprano y verá la explosión de vida que, aún apaleados y maltrechos, sostienen estos ecosistemas tan frágiles. Escuche los cantos de los grillos, el aletear de los patos o el simple rumor del agua cuando el viento la roza. Vale la pena que sigan vivos. Oráculo 22

11


Una comunidad que compró su tierra en 1876

En Cota sobreviven los últimos muiscas Templo Tchunsuá, Comunidad Indígena Muisca de Cota

David Baracaldo Orjuela Fotos: archivo personal de la autor.

E

l imperio que gobernó hasta hace 5 siglos las tierras del centro de Colombia no se extinguió del todo. En el corazón de Cota, en Cundinamarca, sobrevive una comunidad indígena muisca que desde hace siglos defiende su idiosincrasia y lo que queda de su cultura en un resguardo ubicado en las faldas del cerro Manjuy. Cuando el visitante llega al territorio, delimitado con cerca de madera y alambre de púa, la primera edificación a la vista es la casa indígena donde trabajan, en la misma línea de los zipas y los zaques de antaño, los hombres

12 Oráculo 22

y mujeres que gerencian y administran la comunidad. Los muros de ladrillo están adornados con figuras del idioma gráfico chibcha. Los jeroglíficos persisten en el interior de la Casa de Gobierno, donde también hay un mural que recrea el ancestro muisca, cuya cultura y saberes sucumbieron con la conquista, pero no en su totalidad. Justo al lado está el escritorio de Alfonso Fonseca, gobernador de la parcialidad indígena de Cota, palabra que en lengua original significa “labranza, sembradío y cosecha en medio de dos montañas”. Él, como los demás cabildantes, dice con orgu-

llo llevar en su sangre un gran porcentaje de la raza muisca, nombre del pueblo de hombres rojos asentados en el altiplano cundiboyacense. Creen ellos con total fe que son hijos de Bachué y de Iguaque; que el dios supremo es Chiminigagua; que Sue es el sol y Chía la luna, y que su eterna unión es atestiguada con la aparición del arcoíris. Tal mitología se convierte en el mejor tesoro que han custodiado el Gobernador y la mayoría de los pobladores de este resguardo que tiene 505 hectáreas, cerca de 1.500 habitantes, distribuidos en 270 pequeñas casas de concreto, todas con servicios,

más un lugar sagrado en medio del bosque denominado Chunzuá, un centro de gobierno, un parque deportivo que sirve también para eventos, y cientos de metros de vegetación nativa a lo largo de varias montañas bajo la tutela del cerro Manjuy. El Gobernador asegura que históricamente su territorio ha sido motivo de disputas y expulsiones. Varios textos de la biblioteca Luís Ángel Arango corroboran cómo en plena conquista, soldados comandados por Gonzalo Jiménez de Quesada conocieron al pueblo muisca, descubrieron sus deslumbrantes tesoros y se los arrebataron a punta de tortura y saqueo. Los zipas y zaques, o grandes gobernadores de la tribu, se vieron forzados a adherir al sistema administrativo que en 1542 creó la Encomienda de Cota. Luego, en 1604, fue fundado el resguardo como un territorio de carácter indígena, lo cual no significó más respeto a su cultura, sino parte del plan de la Corona española para adoctrinar a los indios en la fe y la creencia europea. Con el tiempo sus tierras fueron reduciéndose para incluso desaparecer a comienzos del siglo xix. Sin embargo, en julio de 1876, mientras el Estado de Cundinamarca remataba el cerro Manjuy, los sobrevivientes muiscas se organizaron y lograron juntar 1.101 pesos para comprar las tierras que aún hoy les pertenecen. Hoy, la condición para vivir allí es ser descendiente de quienes hace 134 años compraron las tierras circundantes a Manjuy. La tenencia y acceso a la tierra se reconoce exclu-

sivamente por lazos de consaguinidad con los fundadores. La mayoría de los habitantes se desempeña como agricultores, obreros, vendedores, artesanos, aunque también hay profesionales que viven en el casco urbano de Cota y en Bogotá. En algunas personas sobreviven apellidos como Tibaquichá, Neuque, Tauta, Balcero y Neupó que persistieron en el tiempo no obstante vayan siendo reemplazados por apellidos como Segura y García. “Somos los muiscas, hijos de una sola sangre, hermanos ricos en melanina, poseedores de la lengua fractal o lengua cósmica, la primera que contiene los secretos del universo, lengua que venimos guardando y recuperando”, dice Fonseca para luego confesar que la mayoría de tradiciones que practicaban los muiscas hace varios siglos ya se perdieron del todo. Una de las que ha sobrevivido es la minga, un evento en el que varias familias del resguardo desarrollan actividades de mejoramiento de su territorio. Ese trabajo, en el que destinan un domingo para arreglar el cabildo, es acompañado con Coca-cola y no con chicha, y todos van vestidos de jeans y camiseta, hablan por celular y algunos usan MP3. Sin embargo, el espíritu solidario y sagrado de la minga se mantiene como 500 años atrás. Mientras unos arreglan el cabildo, otros se encargan de la escuela y del jardín infantil. Este último se encuentra a 15 metros de la casa de gobierno y también está adornado con símbolos de la iconografía muisca. Cuenta con un plan curricular que enseña a 56 estudiantes matemáticas, geografía, historia, ciencias naturales, español y, por supuesto, chibcha o, mejor dicho, lo que queda de él. El 20% de las materias son dictadas por la dirección étnica de la comunidad indígena de Cota. Por eso el pénsum incluye la medicina tradicional, los tejidos, los mitos, el trabajo y cuidado de la tierra y la lengua. “El 51 por ciento de la comunidad es bachiller y el 100%

habla español, cuenta el Gobernador. La mayoría congenia muy bien la creencia católica, impuesta por la conquista, y la mitología ancestral y casi todos manejamos muchas palabras del vocabulario muisca y las usamos con frecuencia. Diez personas, con el apoyo de investigadores, nos hemos encargado de recuperar, estudiar y enseñar el idioma convirtiéndonos en etnoguías”. Su efeméride más importante no coincide con ninguna fiesta patria o religiosa. Todos conmemoran cada 15 de julio el día de la compra del resguardo, así como celebran la ceremonia de revitalización en el templo Chunzuá, con danzas y cantos; también veneran los pictogramas, los cuales son escondidos con celo de la dañina mano foránea porque estos textos sobre las rocas son los únicos testigos del saber del pueblo legendario; además, mantienen vigente el ritual de la chicha e incluso siguen cultivando maíz. Según la concejal de Bogotá, Ati Quigua, quien ha apoyado el reconocimiento formal de la comunidad muisca de Cota, este resguardo es uno de los pueblos indígenas en proceso de recuperación cultural, como muchos otros en Colombia. “Nos enfrentamos a urbanizadoras de Cota que pensaban que el resguardo era terreno baldío apto para construir, afirma. Ellos querían desconocer el proceso de restauración del saber tradicional que están llevando a cabo estos descendientes directos del pueblo muisca”. 

Oráculo 22

13


Una resistencia a punta de tecla

Cuarenta mecanógrafos sobreviven en las calles de Bogotá

Diana Marcela Ariza Hernández Fotos: archivo personal de la autora.

máquina de ha visto una ca n u n e u q de la misma ión o un objeto una generac s m o co en e aíz: m m u lo as r de moler m hecho la as a a existe po in h u lo áq si m o s , vida bos o la escribir en su ófono, las radios de tu em ra g bre viejas m estirpe del gastados, so r tecleadas es d . s o ñ le o ta as an , bajo par cosas de esperan se ta o, en Bogotá ta máquinas en ar cu n los cuaren , Sin embarg lo il bre rod s dueños so , u so S es . o al o st u se li rt u el vi m s rmato greso al fo y con pap s in a lo er o e iv ad d it a m n s, er e o sas d te y defi ven a la os ministeri su inminen s que sobrevi cades y en d la er p e d su a para retrasar e los papeleos callejero s o re d ta nea. En plicada lí d m s en co fo s la ra io g a ic ó n rv ó mecan soluci e los se s. utadores y d os eran los “chachos” y la desocupado de los comp ajan en añ d 5 to 3 sobre o e hace es que trab y u al s q o s d rm re sa fo b n in m ca o s cen ada ni los h grafo o fijo de lleg renta, hoy lu 27 mecanó ri e s d ra lo o n e h ó d ci n o u ra n e es u no hay decla tien io Puentes temprano si con 30. No d 6 ar o 2 st eg e u ll ll C é ca u q sé la Jo ara asesor e de , 9, 10, 11. ¿P a que lo certifica como el supercad ra d ie u es q en e d u q an legal y lom los hora tener el dip presentante e no llega a la re d u í el u ás q es em , “A a . a ad en d sali re que ado por el S ientes de Colombia. e este homb fesión, otorg ro p Escrib e trabajo?”, dic Con la d fo ra anógrafos y de trabajo. ecanóg ec a m sc M y u e o b d ri al en ta n u 0 acio trib de me198 Sindicato N Bogotá en el sindicato d a el d te ó n te eg ta ll en n , d se si cá io era ya pre pre Ráquira, Bo aquella época era el re Tercer Milen no e e d u q o ar d p n u al ri tu O en ac o, si ñado, quien so Cartuch el paisaje del cu ro , 5 ig n 8 u el 9 p e 1 d y n a E o d . u allí al tig ayu egocio existía el an 50 personas se sentaban e ingresó al n u s, rq o fo p ra g lo ó 1 n ca teclas y nda, , no so piqueteo de te al actual rio de Hacie re te o en n is er er if in d et M y n u el u m con an a la zona a su cercanía ibir y le dab cr porque dad es nía que e d as . ueno y yo te b ducción s máquin a ro su er p e a d o n ci te le o p en fr s en uina, o si el neg lla y la máq as de rodillo todo el día; si it a la an ab p a aj m er ab aj ca tr tr e tusiasd abía plata; se itaba que le llevara o le así empecé” comenta en es “Entonces h y n nec s me pagaban nte de quié os mandado es estar pendie r peración o P s. to repues ecto de recu y an ro p ab it el es r o ec n te de la sé. allí p os como par pues nostalgia Jo sacados de ad n n at o co tr er y n o fu co s ad s fo m oco, terio s mecanógra í duraron p rias y minis ll ta A o . n es a al n En 1991, lo o ci so adar s, y ya no prestaciones o. Los trasl nas Mocku y ta ch n o tu A aj ar e ab C d tr el ía e d entonces, od alcald n un horari ficina. Para o 1994, en la su en r ó se iz a at nómina, co sacar por em ieron trito se sist nos querían s calles volv e la u o rq o ev p u n s a e todo el Dis st D icimos prote o para ellos. gremio. “H hubo trabaj el d te ar p acían ya solo 50 h

Y

14 Oráculo 22

En Bogotá, bajo parasoles desgastados, sobre viejas mesas de madera y con papel listo sobre rodillo, cuarenta máquinas esperan ser tecleadas para retrasar su inminente y definitivo ingreso al museo. Sus dueños son los cuarenta mecanógrafos de los papeleos callejeros que sobreviven a la era de los formatos virtuales, de los computadores y de los servicios en línea. Oráculo 22

15


invasión al espacio público. En el 2006 el sindicato logró que la Alcaldía nos legalizara. Nos dieron carnet para poder estar frente a algunas instalaciones”, recuerda José. La temporada tributaria dinámica del año va de febrero a mayo, período que para el 2009 significaba un promedio de 17 trabajos por día para cada mecanógrafo, más o menos 60 mil pesos diarios. En el 2010 el trabajo ha descendido en un 97%. Ya casi nadie apela a ellos pues hasta la liquidación del predial está llegando a cada casa desde hace algunos años. “El trabajo se reventó. Hace unos 25 años se trabajaba todo el día sin parar, se hacían de 50 a 60 trabajos diarios. Ahora eso se acabó, hay días en los que ni siquiera se baja bandera en plena temporada”. Al terminar la jornada en el supercade, un mensajero cobra 2 mil pesos por recoger la silla, mesa y máquina de escribir para guardarlas donde ‘Emilio’. Allí pagan, entre los que quedan, 60 mil pesos mensuales por el arriendo del espacio. “Uno puede llamar al mensajero para que le lleve las cosas, pero hay que tener en cuenta que toca pagarle, y súmele que de transporte son 3.200 pesos, la entrada al baño del supercade es de mil pesos y el tinto 500, y si en el día no se bajó bandera, entonces ahí cada uno coge y lleva las cosas para no pagar”, explica José. Los trabajos que realizan los mecanógrafos van desde 2 mil pesos (cartas de solicitud o formularios de arrendamiento, que toman 30 minutos máximo), hasta 180 mil (declaraciones de renta que requieren de mayor

precisión y pueden tardar entre 3 horas y 15 días). Pero éstos últimos, son esporádicos o nulos. “El trabajo que se hace es de clientes de toda la vida, personas que confían en lo que uno hace, pero gente nueva no hay”, dice Pedro Castrillón, uno de los 6 mecanógrafos ubicados en el Ministerio de Hacienda, en la calle sexta con Carrera octava. Al gremio ya no ingresa nadie, pero sí salen muchos. La edad de los mecanógrafos oscila entre 45 Y 85 años. Los que salen mueren en el oficio. Solo dos mujeres son parte de la asociación, casualmente la de mayor edad y la más joven. “Saida tiene 86 años y es la que atiende los negocios de alto turmequé”, asegura José. Ella tiene los contactos para los trabajos importantes. Paola es la más joven, tiene 23 años, y es hija de una de las mujeres que hizo parte del gremio y murió. Estudia y va regularmente al supercade.

La vieja amiga

Las máquinas de escribir, Remington, Olivetti o Royal de hierro se consiguen por 5 mil o 10 mil pesos en el mercado actual, todas de segunda, pues la industria descontinuó su producción. Aunque hay lugares de compra, venta y mantenimiento, ya son muy escasos. Es el caso de

Abmáquinas, ubicado en la avenida Boyacá 51- 82. “Aquí pasan vendiendo máquinas usadas. Una vez compré una eléctrica en 7 mil pesos y la tengo arrumada en la casa; esas son por si uno tiene mucho trabajo que hacer. Allá se está dañando”, cuenta Pedro. Es claro que el computador volvió obsoletas las máquinas de escribir. Sin embargo, casi ninguno de estos mecanógrafos de profesión aceptaría vender la suya. Es una cuestión de lealtad y ningún dinero en el mundo puede quebrantar ese vínculo. “No la vendo y no la vendo. Es mi herramienta de trabajo, tiene 16 años conmigo y funciona bien, así me den lo que me den”, dice José. Ninguno ha pensado en comprar computador pues no se ven haciendo las cosas frente al impersonalismo de una pantalla, sin la lisura del papel ni la firmeza del rodillo. Igual, tampoco hay plata para adquirir uno. Si algo no ha perdido la máquina de escribir es su carácter romántico. Muchas cartas de amor se escriben aún a las afueras del supercade. La máquina también es cómplice en la elaboración de mensajes a santos, listas de mercado, extorsiones y hasta reclamos al presidente Uribe. “Una señora de alcurnia ha venido varias veces, en una camioneta negra, escoltada, y pide escribir reclamos al presidente, que para que le de plata si no quieren que se enteren que fue la amante” cuenta Darío, el tesorero del sindicato. No obstante, lo más romántico es seguir viendo a estos hombres bajo sus parasoles tecleando tercamente para seguir retrasando una extinción que está sentenciada desde hace casi dos décadas, pero que ellos se resisten a admitir. Es su vida, finalmente, la que también se extingue. 

Foto: Daniel Camilo Sacristán.

16 Oráculo 22

A Ivanna Lobuñetz la muerte la viene rondando desde la cuna

Una mujer condenada a vivir Manuel Guillermo García Sánchez Ilustración: archivo personal del autor.

S

obrevivió a la Primera y a la Segunda Guerra Mundial, escapó de la explosión de Chernobyl y no le tiene miedo a la muerte. Ivanna Lobuñetz nació en Kiev, capital de Ucrania, y vive en el barrio Chapinero de Bogotá. A sus 92 años, solo espera recuperarse de una fractura en el fémur, por una caída en las playas de Cartagena, para poder regresar a su país. Ivanna nació en el último año de la Primera Guerra Mundial, el más duro de todos. Su familia durmió muchos días en la calle y aguantó hambre. Su padre murió en combate tras ser reclutado por el ejército ruso, y su madre tuvo que dedicarse al trabajo doméstico para no morir de hambre con sus seis hijos. “Cuando tenía 7 u 8 años no lograba imaginar que algún día para el desayuno pudiera existir una pieza de pan para cada persona. Yo iba todas las noches a la escuela del barrio con el ticket para reclamar el pan, uno pequeño que teníamos que compartir entre todos en casa”, cuenta la anciana. La muerte la ha rondado toda su vida y no es su cuerpo el que más daños ha sufrido: es su corazón el que guarda todas las cicatrices. Durante la Segunda Guerra Mundial se destruyó su hogar, murió su esposo y perdió a su hija de 4 años que había quedado en casa con la niñera. El hambre la redujo a 49 kilos de peso, a pesar de sus 1.80 de estatura.

El día que comenzaron los ataques en Kiev, ciudad en la que residía, Ivanna iba en el trolley rumbo a su trabajo cuando se desató el caos: aviones y tanquetas que disparaban por toda la ciudad, edificaciones que se desvanecían ante sus ojos y gente corriendo por todas partes tratando de encontrar un refugio. Cuando el bus se detuvo se devolvió corriendo a buscar su niña. No halló nada, solo escombros. “Jamás logré identificar la que era mi casa. Supe que estaba en el vecindario por algunas placas con el nombre de la calle que encontré en el suelo, pero no había ni una sola casa en pie. Busqué por varios días a mi niña y jamás la encontré”, cuenta. Desesperada, fue a buscar a su esposo a la oficina y lo encontró, pues los ataques no habían afectado esa zona. Hallaron refugio en casa de unos amigos y allí permaneció Ivanna por más de un año. Ianko Lobuñetz, su marido, solo estuvo un par de meses. Una mañana salió por comida y de regreso se encontró con unos alemanes y optó por esconderse. El único lugar que encontró fue una fosa común en la que permaneció por casi una semana. “Las mujeres sabíamos que en las fosas había muchos hombres vivos y cuando pasábamos cerca dejábamos caer comida para que se alimentaran”, asegura Ivanna. Allí, Ianko adquirió una infección por los cadáveres descompuestos y murió en pocos días. Al término de la guerra, Ivanna entró a trabajar en un jardín de niños y allí encontró nue-

vamente la esperanza. Al poco tiempo adoptó a Natalia, una niña huérfana de la guerra que le recordaba a su hija fallecida. “Era una niña de carácter fuerte, siempre estaba sola y quitándole los juguetes a los demás niños”. Todavía quedaba un episodio más para poner a prueba la terca persistencia de Ivanna en el arte de sobrevivir. El 26 de abril de 1986 la explosión de una fábrica con material atómico en el pueblo de Chernobyl, que cuya radiación afectó a más de 100 mil personas, la obligó a salir corriendo para regresar a Kiev y empezar nuevamente una vida al lado de Natalia y su nieta. A Chernobyl había ido para acompañar a Natalia en el parto de la que hoy es su única nieta. “Las alarmas se encendieron como a la 1 de la mañana, rápidamente salí en busca de la bebé mientras mi hija buscaba algunos abrigos y leche para la niña. Luego salimos corriendo directo a la estación del metro. En el camino muchos nos pedían ayuda pero no podíamos detenernos, era la vida de ellos o la nuestra”. En el 2009 vino a Bogotá a visitar a Natalia Lobuñetz, su hija adoptada, quien reside en Colombia desde hace 19 años. Aquí una caída ocasionada por una fuerte ola le fracturó el fémur. Ivanna espera recuperar la movilidad para regresar a su Kiev del alma, la ciudad donde es una sobreviviente de tres tragedias mundiales.  Oráculo 22

17


P

Crónica de una tragedia campesina

San Cayetano, el pueblo que revivió en otra parte Camilo Rojas Vergara Fotos: archivo personal de la autor.

18 Oráculo 22

olvo, lagartijas y menos de una docena de pies campesinos: esos parecen ser los únicos caminantes en las calles del antiguo pueblo de San Cayetano. En sus costados, donde alguna vez se levantaban casas con balcones de estilo colonial, ahora solo crecen arbustos tupidos de maleza que se devoran lo que aún queda en ruinas. Es como si hace un par de años en este lugar hubiera caído una bomba que se llevó la historia y la morada de familias enteras que por generaciones vivieron en el que hoy parece más un desolado campo de batalla que un tradicional municipio campesino. Los cayetenses nunca podrán sacar de su memoria aquella noche de invierno cuando el suelo empezó a bramar con rabia. Al estilo de una espectacular escena cinematográfica, calles, paredes, tejados y construcciones enteras empezaron a agrietarse. Era como un terremoto, pero uno que duró 12 horas y que en realidad no movía el suelo de un modo violento pero sí persistente. Con los crujidos de las maderas de balcones, ventanas y puertas, que parecían salir de sus goznes, aumentaba en la gente una confusión y una zozobra muy grandes sobre qué estaba ocurriendo. No pensaron que ese era el último día del pueblo, por lo menos en ese lugar en el que fue fundado más de ciento veinte años atrás. Cuando don Lucrecio Salcedo, un ganadero importante fundó en 1883 el municipio, nunca imaginó que más de un siglo después el terreno que había adquirido en la Provincia de Rionegro, al norte de Cundinamarca, colapsaría ante el poder de la naturaleza y haría patinar el suelo para romper edificaciones y calles. La furia de la tierra acabó con todo. Increíblemente no cobró vidas, pero dejó el miedo, la incertidumbre y los gritos de ayuda de una comunidad que un día vio amanecer los rayos de un sol dibujante de sombras distintas a las del día anterior, las de un pueblo en ruinas. La piedra laja es una roca no muy gruesa, lisa y que se puede separar con poco esfuerzo en placas, sobre todo cuando se moja porque toma una textura jabonosa. Eso permite su fácil desintegración. Se encuentra en las zonas de ladera, como donde fue construido este pueblo. Tras soportar tantos años de lluvia, el subsuelo de San Cayetano creó una especie de

río subterráneo que terminó desplazando las placas de tierra por más de cinco días. Pero fue más fuerte la unión, la ayuda y la gestión de los gobiernos departamental y municipal que la misma naturaleza. Eso le permitió sobrevivir a San Cayetano. Rápidamente se evacuó el lugar y se hizo un albergue colectivo a las afueras, en una zona más estable. Gracias a un estudio de la gobernación de Cundinamarca, en el primer mandato de Andrés González, se encontró un sitio en donde ya no volvería a ocurrir una tragedia igual. Entonces se emprendió la reconstrucción de las casas y la reubicación de los damnificados. “Ya no es lo mismo de antes”, coinciden en señalar varias personas de las afectadas al hablar de su nuevo pueblo, inaugurado a mediados de 2004. Tradiciones como las ferias, celebradas en la plaza central a principio de cada año, solo han vuelto a hacerse dos veces en ya casi 6 años de habitado el renaciente municipio, que ahora lleva un aire de barrio de interés social muy diferente y en un clima de páramo andino. En las tareas de salvamento humano y material, se rescató, además de la gente, un vitral triangular de la fachada de la iglesia (reinstalado en el nuevo templo). La figura muestra un San José con el niño Jesús en brazos. Un templo un poco más moderno intenta recrear la edificación anterior, que en este momento es de las pocas construcciones que luchan por permanecer en pie dentro del viejo pueblo fantasmal.

“El pueblo que Dios olvidó” “Con mi familia y otras cuatro, somos como unos 15 pizcos los que aún vivimos acá”, cuenta José Garnica, un capataz de finca residente en las afueras del arruinado ayuntamiento antiguo. En su granja, de dos construcciones, hay

solo una habilitada para la vivienda… ”Yo trabajo con el gana´o y el ordeño”, responde mientras mira hacia un potrero en el que pasta un rebaño de 27 vacas holstein, propiedad del patrón. Luego voltea a mirar hacia la otra parte de su casa, una edificación construida hace unos 60 años, según el, que ahora se ve abandonada y sin nada por dentro. “Ahí nací yo”, exclama con un gesto de orgullo en su rostro, “yo vivo lo que se dice feliz acá, tranquilo, yo hace más de un año que no me arrimo pu´el pueblo nuevo… Yo soy muy creyente, pero eso mi Dios se olvidó de este pueblo viejo...”, comenta sin ponerle más dramas a su situación. Al salir por la autopista norte de Bogotá tomando la ruta Zipaquirá - Cogua, a tres horas y media en flota, y una hora menos en automóvil, se llega a San Cayetano, el municipio más grande en extensión territorial de Cundinamarca, que alcanza los 303,58 kilómetros cuadrados. Recostado sobre estribaciones de la cordillera oriental, limita hacia el sur con los pueblos de Tausa y Pacho, y hacia el norte con Boyacá. Además, cuenta con más de dos pisos térmicos dentro de su geografía. Hoy podría decirse que San Cayetano es un pueblo triste, triste pero sobreviviente. Y aunque no hubo víctimas, sí se llevó al olvido la memoria y decenas de las casas del “pueblo antiguo”, con sus puertas y ventanas verdes y cafés, sus paredes blancas, así como los patios repletos de naranjos y flores. Cabe la pregunta: ¿será que Dios realmente se olvidó aquella noche de San Cayetano? Nadie tiene la respuesta; de pronto ni el mismo Dios, aunque sea un tanto irónico que haya sido su casa la única que no se resigna a caer. Ahogada por la maleza, la iglesia se sigue viendo de lejos.  Oráculo 22

19


¿Cómo se vive con un salario mínimo en este país?

Colombia: 27 millones de sobrevivientes Angélica María Loaiza Acosta Ilustración: archivo personal del autor.

M

ercedes Cruz o ´Mechas´ Cruz es una empleada doméstica que trabaja en tres casas de familia y con eso suma un sueldo de casi 550 mil pesos, un poco más del mínimo. Debe administrarlo casi mágicamente para sostener su hogar. ‘Mechas’ hace parte del 45,5% de los colombianos que vive en condiciones de pobreza, que en cifras redondas suma unos 27 millones de personas, según datos del Departamento de Planeación Nacional. Alrededor de 4 millones de jefes de hogar reciben un salario mínimo, que asciende a 515 mil pesos, más un subsidio de transporte de 61 mil. Pero a eso hay que descontarle los aportes a la seguridad social. Como cabeza de familia, Mercedes debe mantener a cuatro personas: su esposo desempleado, su hijo menor de edad, su nuera y el bebé de estos. En otras palabras, cada uno de ellos sobrevive con menos de cuatro mil pesos diarios. De esos escasos ingresos, la familia Piedrahita Cruz saca para pagar los servicios públicos, que suman alrededor de 140 mil pesos (60 mil de agua, 40 mil de luz, 10 de mil gas, 30 mil de teléfono), la cuota del lote de la casa, que sube a 150 mil, y un mercado básico que se acerca a los 210 mil pesos. Hasta ahí van 500 mil pesos. El transporte es uno de los montos más elevados que Mercedes debe asumir. Ella compra todos los días dos tiquetes de Transmilenio que suman 76 mil pesos mensuales. Adicional, paga un “carrito” que la acerca

20 Oráculo 22

de su casa al portal de Usme, para evitarse la caminata de media hora. Este vehículo le cuesta 700 pesos el recorrido, lo que equivale a cerca de 34 mil pesos al mes. La suma final de gastos es de 610 mil pesos. Es decir, que esta familia gasta más de lo que gana, y esto sin tener en cuenta la salud y la educación, que según el Gobierno son gratis para los sectores de bajos recursos económicos. Con esas cuentas esta servidora y otros 27 millones de colombianos inician mes a mes el camino azaroso de vivir al debe. Las tiendas de barrio llevan cuenta de todo eso. Como si fuera poco, de estos cálculos quedan por fuera el entretenimiento, la cultura, el “paseo dominguero”, las cuentas de celular y la ropa. “No me queda nada para comprarme algún vestido, solo los veo de reojo mientras limpio los pisos”, cuenta Sandra Olmos, encargada del aseo de el Centro Comercial Plaza de las Américas. “Además, el esposo de ‘Mechas’ es un zángano que gasta 50 mil pesos cada fin de semana

Es decir, que esta familia gasta más de lo que gana, y esto sin tener en cuenta la salud y la educación, que según el Gobierno son gratis para los sectores de bajos recursos económicos.

tomando cerveza; a ella le cobran en las tiendas y tiene que pagar”, cuenta Deyanira Acosta patrona de la mujer trabajadora. Cuando Mercedes va al médico, gracias a que está afiliada al Sisbén, le corresponde pagar 5 mil pesos por las citas y los medicamentos. Según la Revista Médica, la gente necesitada es más propensa a enfermar y tiene una expectativa de vida más reducida. Blanca Rueda, empleada doméstica, también es beneficiaria del Sisbén. Ella sufrió de cáncer de seno y tuvo que rogar en varias ocasiones por atención médica. Apoyada por sus jefes interpuso tutelas que después de mucho tiempo fueron atendidas. Por el lado de la educación, el panorama es más desalentador. Como muchos colombianos, Mercedes solo estudió hasta quinto de primaria. De cada 100 jóvenes de bajos recursos solo el 10% puede acceder a la educación superior, según un estudio del Departamento Nacional de Planeación. “Yo terminé Bachillerato, me endeudé para entrar a estudiar una técnica y mejorar mi posición laboral” afirma Fernando Piedrahita, hijo mayor de Mercedes y vigilante de un edificio en Bogotá. ‘Mechas’ vive en el barrio Compartir de Ciudad Bolívar. Sale dos domingos al año a un parque a comer helado y no compra ropa hace una década. Por primera vez salió de la ciudad a los 40, conoció el mar a los 50, en un viaje a San Andrés que está pagando hace cinco años. “Para cubrir todas sus necesidades básicas ´Mechitas´ realiza ventas informales”, cuenta Cilenia de Pardo, patrona de la mujer hace

25 años. Vende productos de catálogo a sus conocidas y presta dinero de sus escasos ahorros a sus amigos. También alquila y regatea los vestidos y zapatos que le regalan en las casas donde trabaja. Hace algunos años era la única que tenía una plancha y brilladora en el barrio y las rentaba por una tarde a 2 mil y 5 mil pesos respectivamente. También vendía cuadritos de periódico, a 10 pesos cada uno, a los vecinos que no les alcanzaba la plata para comprar un rollo de papel higiénico. Donde Mercedes no se come bien, pues difícilmente el menú diario se sale del

arroz, la papa, el pan y las lentejas. La carne se come entre cuatro y ocho veces al mes. Según la revista Semana de marzo del 2010, uno de cada cinco colombianos tiene un déficit serio en sus necesidades calóricas básicas. “Me gusta cuando mis patronas me regalan la comida que les queda. Yo llego a la casa y la caliento, con eso no tengo que gastar del mercado” remata Mercedes.

45,5%

4 millones

de los colombianos que vive en condiciones de pobreza.

de jefes de hogar reciben un salario mínimo, que asciende a 515 mil pesos, más un subsidio de transporte de 61 mil.

16,4 %

200 mil pesos 50 mil pesos 76 mil pesos

de los colombianos vive en la indigencia.

Es el costo de un mercado básico.

gasta un colombiano promedio cada fin de semana tomando cerveza.

mensuales aproximada mente gasta un colombiano en transporte.

Oráculo 22

21


Una bebida que resucita entre los muertos

La revancha de la chicha Sara Briceño Velásquez Fotos: archivo personal de la autora.

Sí hay chicha! Es el letrero que se asoma en la puerta de cada uno de los 11 bares que rodean la tradicional, empinada y angosta Calle del Embudo, en el barrio La Candelaria de Bogotá. Es viernes, el olor ácido del maíz fermentado y la panela se hace sentir. Los estudiantes empiezan a llegar y el ánimo de fiesta aparece para quedarse hasta la madrugada. Las chicherías, perseguidas y menospreciadas por siglos, son hoy lugares sofisticados, tradicionales y de buena música rock en su mayoría. La Candelaria, además, parece haberse convertido en su santuario. Tanto así que, de la popular bebida amarilla se venden aquí unos 75 litros diarios: 30 en botellas, 15 en totumas y 30 en jirafas. Esta última, un cilindro alargado al que le caben hasta 3 mil mililitros del líquido, es la nueva modalidad de presentación. En su forma natural y clásica, a base de maíz y panela, innovada con colores y sabores artificiales, o mezclada con aguardiente o cerveza, sus precios varían desde mil pesos por un vaso, tres mil por botella para llevar, cuatro mil por totuma, hasta 16 mil pesos por una jirafa. Iniciarse en el negocio, entonces, no resulta muy difícil. La chicha no implica

22 Oráculo 22

costosas inversiones. No cuenta con un registro Invima y mucho menos se pide la cédula para poder ingerirla. Este licor autóctono es todo un sobreviviente de la modernidad. Hablar de chicha es hablar de identidad, de rodar la totuma, de ceremonias, de indios; es hablar del pueblo, de los orígenes, de dioses y borracheras. Pero también es sinónimo de desprecio, prohibiciones y propaganda negra. Es hablar de higiene, de suciedad, de miseria. Más de quinientos años de historia y 250 de resistencia a una lucha en su contra, hoy demuestran la fuerza de una práctica cultural heredada de los indígenas muiscas que no pudo ser erradicada. “El Vino de maíz” o “Vino de tuza”, como llamaban ancestralmente a este líquido, es la única bebida de tierras andinas de la cual se tiene noticia a través de los cronistas. En la cultura aborigen, gran parte de la cosecha de mazorcas se destinaba a la elaboración de la chicha. En sus inicios, de los cuales no se cuenta con una fecha exacta, este refresco fermentado era un elemento empleado en festividades, de uso ritual y cotidiano como complemento de la alimentación diaria indígena. Su carácter sagrado consistía en ser la única ofrenda que los muiscas les otorgaban a sus dioses Nencatacoa, Fo y Chaquen, quienes se creían que estaban presentes en las fiestas. Así

lo cuenta el libro titulado La chicha, una bebida fermentada a través de la historia, de María Llano Restrepo y Marcela Campusano. Entre los muiscas no parece que existiera ninguna censura social al consumo. Las restricciones surgieron de imposiciones de la iglesia católica y los gobernantes desde la llegada de los españoles hasta el periodo republicano. Con base en los censos de chicherías realizados en 1912, según archivos del diario El Tiempo, en promedio existían 750 establecimientos donde se vendía libremente. Este fenómeno, considerado un flagelo por las autoridades y grupos dominantes, fue objeto de fuertes luchas por disminuir radicalmente su consumo. Seis fueron las prohibiciones a la bebida amarilla entre 1880 y 1948. Pero tan solo una logró, aparentemente, erradicarla: la ley 34 de 1948. Según archivos de El Tiempo, el 9 de abril de ese año, el Consejo de Ministros sancionó un decreto-ley que dio fin al vicio chichero. Las razones no solo fueron morales. Basados en análisis de científicos hechos en laboratorios y en las estadísticas de criminalidad de la época, el Consejo de Ministros argumentó: “Desde el primero de enero de 1949 sólo podrán fabricarse, venderse o consumirse en todo el territorio, bebidas fermentadas de la caña, así como del maíz, y otros cereales, cuando ellas hayan sido sometidas a todos los procesos que requiere su fermentación y pasteurización adecuadas, por medio de aparatos técnicos y sistemas higiénicos, y que además sean vendidos en envase cerrado, individual, de vidrio…”. Esta ley pretendía acabar con la producción artesanal y de paso con el consumo. Si la chicha se producía industrialmente, los costos de fabricación serían tan altos que casi nadie estaría en capacidad de envasarla, mucho menos los chicheros de siempre. La puerta de la clandestinidad era la única que quedaba abierta. Además de la ley, según los cronistas, la aduana del momento comenzó una campaña represiva bastante marcada. Los envases de la bebida fueron rotos, los toneles regados y las fábricas y chicherías, cerradas. Se pensó que era el fin del vino de maíz. Ya no tenía tanto significado y su consumo no era

tan importante como en otras épocas. La cerveza le había robado su hegemonía. Mónica Escobar, dueña del bar Rock and Coffee, ubicado en La Candelaria hace más de ocho años, y para quien la chicha es una tradición de generaciones, cuenta “…mi bisabuela, que vivía en el barrio La Perseverancia, con otras vecinas y habitantes del barrio enterraron la chicha por las prohibiciones del Gobierno después del Bogotazo. Fue un entierro simbólico. Según cuentan, hubo procesiones en homenaje de la chicha y todo. Por mí bisabuela nosotros vendemos la chicha, es una costumbre más que todo familiar”. Después de 40 años de desaparición, el vino de tuza volvió a tomar fuerza. La chicha fue “desenterrada” y volvió de entre los muertos. En 1992, La Perseverancia y los barrios La Candelaria y Egipto recuperaron la memoria chichera del pueblo santafereño con El Festival de la Chicha, la Vida y la Dicha de la Perseverancia. Hace 15 años, cada dos, se lleva a cabo esta fiesta. Muestras gastronómicas, musicales y culturales se desarrollan alrededor de ella.

Tanta fue la fuerza del festival, que en el 2007, el Concejo de Bogotá lo proclamó, mediante un acuerdo, un evento de interés cultural para Bogotá. A partir de allí la organización de esta fiesta artesanal cuenta con el apoyo del Gobierno Distrital. La chicha no se ha acabado. Alrededor de unas 60 personas pagan diariamente por beber este néctar en los bares de la Calle del Embudo. Todos la piden, desde universitarios hasta señores de edad. Aunque hay que reconocer que son los estudiantes de las universidades vecinas como La Autónoma, Los Andes, El Externado, La Salle, que de paso por el “Chorro”, se antojan de una chicha fría que haga picar la garganta. Tatiana Manrique, quien trabaja hace un año en el bar Bullitas del Callejón, comenta que “los jóvenes son los que más piden la chicha; eso pasa todos los días, pero más que todo los viernes. Ellos compran chicha para llevar y toman por ahí. Nosotros la vendemos en totumas y en botellas que reciclamos, las lavamos muy bien y las empleamos para venderla. Una botella tiene 750 ml”.

Así como Tatiana, Carlos Gutiérrez en Ático, Viviana Vélez en Fédora y Juan Diego Gutiérrez en El Portal del Chorro reciclan las botellas del trago que se consume en el bar. ¿Será higiénico y saludable beber chicha en botellas que ya fueron utilizadas? Puede que no, pero al parecer eso no interesa a quienes optan por tomar en los andenes empedrados. Con botella en mano, envuelta entre una bolsa de cartón, y permitiendo ver el pitillo que sale del envase, se reúnen jóvenes en busca de un efecto embriagador. De ser un trago para las clases populares, la chicha está convirtiéndose en una costumbre exótica que consumen hasta los estratos altos. Su preparación sigue siendo un secreto irrevelable. La mayoría de bares les compran la bebida a señoras que la elaboran en sus casas, casi todas en ‘La Perse’. Cecilia es una de ellas, y se rehúsa a dar la fórmula. “Yo muelo el maíz, le agrego agua con panela, lo dejo hervir y lo dejo fermentar de ocho a diez días para que esté fresca; el resto no lo puedo contar”, afirma ella. Oráculo 22

23


El Magdalena, sobreviviente de la historia

Siete días de viaje por el río olvidado Diana Rodríguez Piña

Fotos: archivo personal de la autora.

S

obre el kayak y con el remo apretado en las manos supe que tenía delante a un sobreviviente: el río Grande de la Magdalena, que se abría ante la mirada de diez participantes aventureros en busca de la tierra del olvido. Comenzaba el viaje de siete días, desde Gamarra (Cesar) hasta Mompox (Bolívar), en cinco kayaks de colores. El Proyecto Muaré era quien invitaba a esta correría para hacerle un nuevo homenaje al río ancestral de 1.185 kilómetros de largo que todavía, a pesar de los daños y el abandono, sigue alimentando animales y plantas, surtiendo de agua a poblaciones y caseríos polvosos, transportando a comerciantes y campesinos y movilizando carga de la gran economía. No siempre fue el sobreviviente que es hoy. En tiempos indígenas gozaba de cabal salud en sus aguas cristalinas plagadas de vida. En el bajo Magdalena lo llamaban Yuma, que tra-

24 Oráculo 22

duce río amigo; en la parte media su nombre era Arli y en la alta, Guakayo. Con el arribo de los europeos, las aldeas indias se convirtieron en puertos. Casi desde 1501, cuando Rodrigo de Bastidas lo bautizó con el nombre español, empezó a cambiar su vida para siempre hasta volverse el eje de construcción del nuevo reino y de la futura república mucho tiempo después. El 28 de marzo pasado comenzamos a navegar sobre esas mismas rutas de Bastidas y los demás invasores. Dejamos Gamarra (Cesar) atrás. Pasaron diez horas en las que exigimos a las nalgas y la espalda paciencia y fortaleza. Para muchos era la primera experiencia de remar. Sólo cuatro de los del equipo ya habían tenido contacto por todo un mes con el Magdalena. Sin embargo, sentir la historia, ver decenas de patos negros volar, árboles desnudos que enredaban en la punta de sus ramas nudos de paja, lagartijas flotantes que pasaban a saludar y un sol que cambiaba a diferentes matices de rojo conforme avan-

zaba la tarde, obligaba a olvidar el cansancio y los olores pútridos que por momentos nos llegaban para recordar que el cauce pasa hoy por uno de sus peores momentos. El martes 30 de marzo conocimos la ciénaga de Zapatosa, en El Banco (Magdalena). El compositor José Barros, en el libro sobre su vida y obra, cuenta que la famosa canción de La Piragua fue escrita a partir de la historia de Guillermo Cubillos, viajero y comerciante nacido en Chía pero que vivió gran parte de su vida en Chimichagua después de encontrar el amor en ese pueblo. Dice Barros que el cachaco Cubillos construyó una canoa inmensa para desafiar la feroz corriente. “Esa era una vía peligrosísima, porque esta ciénaga de Zapatosa es peor que un mar embravecido, son cuatro vientos encontrados así y así, ahí no se salva nadie”. Con su piragua, Cubillos venció los elementos y entró en la leyenda. La ciénaga estaba baja de agua por el verano, al igual que el Magdalena. Según Hum-

berto Alvarino Garzón, navegante veterano del río, en verano se presentan inconvenientes por el caudal bajo, pues hay sectores en que las embarcaciones no alcanzan a navegar en tres o cuatro pies de profundidad. El panorama parecía un cuadro nostálgico en el que inclusive, el pescador de bermudas raídas y camisa remangada parecía estar estático en la historia y en el tiempo. Al día siguiente comenzamos a remar el tramo más exigente de todo el recorrido, pues la corriente de El Banco a Guamal es muy escasa, tanto que el río inmenso parece una laguna o una represa. Tanta quietud permite paisajes espectaculares, pues toda la exuberancia de la naturaleza, que sigue mostrándose digna y orgullosa a pesar de las circunstancias, se multiplica con los espejos de agua que se forman en la superficie. Es como estar remando dentro de dos cielos. Esta ensoñación fue rota de modo abrupto cuando uno de los guías dio la señal de peligro y advirtió sobre los strainers, o sea árboles enteros que caen al río, sacan raíces y de alguna forma quedan hundidos allí con tal fuerza que si un navegante se acerca demasiado, corre el riesgo de ser succionado, enredado y ahogado sin clemencia. En Guamal nos esperaba el Alcalde Robert Ramírez, mejor conocido como ‘Chobe’, y su esposa, Nilva Sofía Rodríguez Pastor, gestora y comunicadora social. Tenían preparada una bienvenida calurosa llena de cumbias y porros. Varias personas del pueblo se agolparon en el malecón para ver el suceso. Al desembarcar tuvimos que unirnos al baile para agradecer la hospitalidad, así fuera

muy evidente que nos faltaba el ‘tumbao’ y el quiebre de cadera de estos morochos costeños que traen la cadencia de la cumbia en la sangre y en el primer tetero. En la tarde del primer día de abril, Mompox comenzó a avistarse. El puerto no era más que una pendiente de lodo y ramas, así que debimos frenar clavando los remos en cualquier lugar y alcanzar algún arbusto que nos permitiera llegar a la orilla. Inaudito, pues esta ciudad fue la primera de todo el país en independizarse y, alguna vez, el epicentro del virreinato desde donde se emitían todas las órdenes de “ser libres o morir”. A pesar de ello, hoy no tiene un muelle decente. Sentí unas ganas incontenibles de orinar. La operación era fácil. Sencillamente debía soltar el remo sobre el kayak y tirarme al agua. Un poco de concentración y hacer a un lado el pudor permitían que la vejiga descansara. Sin embargo, fui frenada de un grito seco. “¡No es buena idea. Estamos en el punto en el que confluyen todas las aguas negras! ¿o es que no te da olor?” Realmente no, pero la sospechosa densidad del agua logró trancar cualquier necesidad corporal. A pesar de las primeras malas impresiones, Mompox se nos mostró viva. En este punto sentí retumbar los latidos de un rincón del país que sobrevive a la apatía, falta de recursos, al desdén de esta nación que mira con desprecio a lo que alguna vez fue la arteria aorta del territorio nacional. Si Colombia olvida al Río Grande (enorme y suntuoso) de la Magdalena, él, por sí mismo, conserva su me-

moria, la sigue transportando en cada tramo que mueve la corriente, y hace resistencia a la contaminación y al descuido reinante. En esta zona perduran los gritos de independencia y los lamentos de los indígenas. Subsisten los bogas a dos remos. Se mantienen los animales retozando en las orillas, y los peces desovando por montones para bien de los pescadores y de toda la cadena alimenticia. El río Magdalena permanece digno y majestuoso como esas familias de abolengos que, venidas a menos, mantienen la apariencia de grandeza a pesar de toda la ruina que esconden de muros hacia adentro. Aún sucio, deforestado, con mucho sedimento en el lecho y en las orillas, el gran río de la Magdalena sigue siendo enorme, leal y amistoso. El sábado 3 de abril nos devolvimos a Bogotá, primero sobre una carretera destapada y con un par de llantas menos, pues de las ocho estallaron dos en alguno de los grandes baches de la vía. Por esa razón nos demoramos casi 24 horas en llegar a la capital, todavía untados de río y recuerdos del sobreviviente más grande de este país de sobrevivientes.

Oráculo 22

25


La historia increíble del Instituto Materno Infantil

Los besos que salvaron un hospital Luz Victoria Lozano Rendón Fotos: archivo personal de la autora.

E

l materno infantil puede ser el único hospital del mundo que se salvó de la quiebra a punta de besos. “Cien mil besos por el Instituto Materno infantil” se llamó la campaña y la lideró José Cuesta Novoa, un hombre a quien en 1994 esta entidad de salud le había salvado la vida. En 2006, junto a un grupo de cinco amigos, y cuando ya era inminente el cierre de la institución por los pasivos pensionales y las deudas, Novoa tapizó de 10 mil flores las rejas del Materno y se organizó para conseguir besos, representados en firmas, por toda la ciudad. La historia comenzó muchos años atrás cuando en un extraño parto, el Estado colombiano alumbró gemelos: el San Juan de Dios y el Materno infantil. Así recuerda María Eugenia Makeba, médica de la Universidad Nacional de Colombia, el origen de estas dos instituciones que le enseñaron al país cómo se muere y cómo se sobrevive a la Ley 100, la norma que a partir de 1994 privatizó el sistema de seguridad social. Desde su inicio, los dos hospitales estaban constituidos como una misma entidad, con presupuesto y administración compartidos. Por eso, cuando en 1999 el San Juan de Dios cerró sus puertas y suspendió actividades por cuenta de un déficit que llegó a ser de 400 mil millones de pesos, muchos vieron como obvia la pronta desaparición del Materno infantil.

26 Oráculo 22

Muy disminuida continuó esta entidad en medio de grandes esfuerzos hasta que en 2005 su situación ya se hizo insostenible. “El hospital se estaba muriendo, se les seguía pagando a los empleados pero sólo se atendía un parto al día. Incluso llegaron a quedar nueve o diez trabajadores” cuenta Silvia Capasso, coordinadora del área de obstetricia del hospital La Victoria. En 2006 el Materno Infantil tocó fondo y los empleados tuvieron que valerse de múltiples estrategias para evitar una liquidación inminente. Inclusive, llegó un momento en el cual hubo un solo paciente en todas las instalaciones. No obstante, la existencia de ese único paciente hacía obligatorio que el hospital continuara operando. Fue entonces cuando surgió la iniciativa “Cien mil besos por la vida del Instituto Materno Infantil”, de Cuesta Novoa y sus amigos. Luego del gesto simbólico de las flores, ellos se dedicaron por más de seis meses, junto con un equipo más grande, a recolectar por las calles, centros comerciales, estadios de fútbol y universidades cien mil besos. “Les pedí que me acompañaran a una jornada simbólica de resistencia -cuenta Novoa-. Básicamente tenía la pretensión de dejar una constancia moral y de impugnación hacia una política que ha sido altamente lesiva para el desarrollo de la salud pública en Colombia, la famosísima Ley 100”.

Marisol Castañeda, estudiante de la Universidad Nacional y asistente a una de las maratones de besos, lo resume así: “Fue la fuerza del amor y un acto de solidaridad política. Así lo sentí yo”. Fue tan grande la manifestación popular que la Alcaldía de Luis Eduardo Garzón decidió tomar cartas en el asunto y detener el cierre inminente. Primero, liquidó a los empleados del hospital y luego abrió una convocatoria entre los hospitales de la ciudad con el fin de determinar cuál era el más adecuado para hacer la concesión en arrendamiento del Materno. La mejor opción resultó ser el Hospital La Victoria, ya que en el 2006 era la institución líder en el área social y materna. Una vez realizada la concesión, La Victoria asumió todas las responsabilidades administrativas del Instituto y abrió una nueva contratación de empleados. La entidad reinició con 250 camas y con la reapertura del servicio de laboratorio, hospitalización y maternidad. La crisis quedó relativamente superada, aunque falta mucho para que el Materno vuelva a ser lo que fue. Hoy, administrado por el hospital de La Victoria, apenas está en un 30% o 40% de operación. “El problema –explica Silvia Capasso- es que los sindicatos que no se acogieron a la liquidación otorgada por el gobierno no permitieron la entrega total del hospital. La pelea que tienen muchos de ellos es que aún cuando cumplieron el

tiempo exigido para su pensión, a causa del cierre no pudieron pensionarse”. Por esta razón, el Materno no luce lleno de vida como en otros tiempos y el panorama en varios pisos es desolador. “Las plantas primera y segunda funcionan; el resto parecen muertos, las camas vacías y los equipos sin utilizar, la imagen es muy triste”, dice Victoria Ríos, practicante de medicina de la Universidad Nacional. Sin embargo, lo destacable es que sobrevivió a las reformas a la salud, a los gobernantes de turno y a las pugnas de intereses internos. “El hospital no se va a morir porque no es política ni socialmente correcto que esto pase. Sin embargo, todavía toca esperar para saber si se va a vender o si va a seguir en arriendo” dice Capasso. Por lo pronto 310 nuevos bogotanos siguen llegando al mundo cada mes allí, cifra que se ha sostenido desde el 2006. Muchos de ellos vienen prematuramente al mundo, bajos de peso y muy débiles. Para ellos, esta entidad que sabe lo que es sobrevivir, ha puesto en práctica una estrategia que mezcla ciencia y afecto y que consiste en que los bebés terminen de fortalecerse en el pecho de sus padres, colgados en una bolsa y en contacto piel con piel. “Padres canguro” se llama la técnica y ha permitido que cientos de niños superen los difíciles primeros días. Oráculo 22

27


Si el final de todo es la muerte, entonces la única ciencia que vale es sobrevivir, decía el poeta. Y en Colombia, tierra de adversidades, de tiempos duros que duran cien años, de olvidos e ingratitudes, sobrevivir más que una ciencia puede ser un arte, un arte mayor.

Oráculo 22a  

2010 / 22ISSN19092865 2 Oráculo 22 Nicolás Cadena Arciniégas Revista Oráculo, es una publicación de los estudiantes del Énfasis de Periodism...