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La casa y sus formas imaginarias en la autopista que nunca existi贸

VICTORIA GESUALDI


vista aĂŠrea 1978


vista satelital 2009, mapa interactivo de buenos aires


La casa y sus formas imaginarias en la autopista que nunca existi贸

VICTORIA GESUALDI


“Y siempre, en nuestros sueños, la casa es una gran cuna (…) La vida empieza bien, empieza encerrada, protegida, toda tibia en el regazo de una casa.” Gastón Bachelard


La casa y sus formas imaginarias en la autopista que nunca existió Las casas de La Traza no eran casas hasta que fueron ocupadas. Eran esqueletos resquebrajados que sobrevivieron a los saqueos, las topadoras y los delirios de una dictadura que quiso desaparecerlas para que por allí pasara una autopista que nunca se construyó. Comenzaba la década del 80 y también la decadencia de un poder autoritario que dejaba en agonía algo más que la ciudad. Donde algunos vieron ruinas o negocios inmobiliarios, cientos de familias crearon casas y se apropiaron de un espacio arrasado para convertirlo en suyo, al menos por un tiempo, hasta que pudieran conseguir algo mejor. O hasta que alguien se acordara de ellos y los desalojaran. ¿Cuánto podía durar esa anomalía de gente pobre viviendo en barrios ricos de la ciudad de Buenos Aires? Duró más de treinta años. Y cada uno de ellos se vivió como el último. Mientras, acomodaban lo encontrado y aprendían a restaurar puertas, levantar paredes y tapar agujeros para que la humedad no avanzara sobre los cimientos y las estructuras no terminaran de ceder por los golpes recibidos. Entre lo que quedaba en pie, se intercalaban descampados que conservaban los rastros de lo que se había demolido. Sobre sus medianeras, las sombras de los muebles recreaban con restos de azulejos y pintura escenas interiores que poco tiempo después se cubrirían de musgo y se quemarían con el sol. Una escenografía de la destrucción que se volvió paisaje para los nuevos habitantes y les recordó cada día que ese podía ser su destino.


Las casas de La Traza se reconstruyeron sobre esa incertidumbre. El desalojo era siempre una posibilidad inminente y la intemperie una imagen cercana. “¿Para qué voy a arreglar si ya me tengo que ir?”. Sin embargo, cada mes que pasaba sin una carta documento, cada ley que se aprobaba y les repetía que tenían derechos, los convencía por un tiempo de invertir los ahorros y los hacía creer que algún día esa casa, que todavía no era su casa, podía llegar a serlo. Y entretanto, pasaban cumpleaños, nacimientos, navidades y las fotos de cada uno de esos festejos empezaban a llenar las paredes. La casa comenzó a contar años y se convirtió en el lugar “donde tuve hijos y fui abuela”, una coordenada para anclar un origen, un principio de referencia desde donde empezar a contar la propia historia Había una continuidad entre lo vivido y el espacio que permitió que la vida transcurriera.“Yo a mi casa la quiero, a pesar que sé que no es mía y ¿cómo le demuestro que la quiero?, trato de taparle la gotera, trato que no llueva, trato de hermosearla”. Mi casa no es mía, pero la quiero. Los habitantes las cuentan entrelazadas con sus vidas y las moldean con la forma de sus cuerpos, sacándolas del anonimato en que habían caído cuando la autopista las atropelló. La casa de la calle Holmberg pasó a ser la casa de Rosa, o de Laura o de la familia de Alberto. Y los descampados entre medio, las plazas donde juntarse los domingos. Sus muros derruidos se cubrieron con consignas y dibujos que narraban lo que cada día sucedía en las calles creando una voz colectiva que mutaba todo el tiempo. “Si el desalojo es ley, la ocupación es justicia”, decía una casa con aerosol negro. En La Traza, los espacios había que ganarlos con presencia, cuidarlos con el propio cuerpo para que otros no creyeran que podían ser suyos o para que el gobierno de turno no los quisiera recuperar para venderlos al mejor postor. El cuerpo era la escritura que tenía valor en este contexto. “Yo lo abrazaba a mi hijo para cuidar el lugar”. Espacio deshabitado, espacio que se perdía. A veces no se salía ni al supermercado por miedo a no poder volver a entrar. Aunque también para no ser visto en una casa ocupada en un lugar donde todo era privilegio. En el barrio estaban los frentistas y los de La Traza separados por una calle y un certificado de propiedad. Ser de La Traza era un modo de definirse y a veces un estigma que se quería negar esquivando la mirada de los demás. Desde La Traza se iba a la escuela y al trabajo, la ciudad estaba atravesada por ese prisma espacial que se recortaba por un cruce de cuatro calles en sólo quince manzanas del Norte de la ciudad. Apenas un rectángulo alargado en el entramado urbano que marcaba un adentro y un afuera de muchas cosas.


A La Traza se caía, o se entraba buscando un techo. Algunos cayeron por no haber podido sostener el pago de un alquiler y tuvieron que aprender cómo se vive en los márgenes del sistema; otros, que ya conocían pensiones, villas o asentamientos entraron a un lugar en mejores condiciones del que venían. Hubo quienes pusieron el cuerpo para romper puertas y ganar espacios, e hicieron de la causa una reivindicación política y otros que entregaron dinero a revendedores que ofrecían lo que no era suyo para especular con la necesidad. “Yo tomé y compré. Compré sabiendo que no compraba una casa. Compré el espacio para poder vivir”. Todos se convencieron de que La Traza era su oportunidad para poder seguir viviendo en la ciudad. Y de que, además, tenían ese derecho. Las casas de La Traza quedaron atravesadas por todo esto. Para contarlas, no alcanza con describir la precariedad de su estructura, o cómo el agua penetró los techos y dejó rastro por las paredes, los muebles y los pulmones de los ocupantes. No sirve decir que muchas familias vivieron hacinadas, con peligro de derrumbe, sin que nadie las asistiera, a la espera de que lentamente el deterioro se les cayera encima. Es redundante insistir con el terror que desparramaron los desalojos forzosos y las demoliciones ejemplares, y la angustia que provoca no saber nunca si se tiene una casa. Porque para Rosa, Laura o Alberto es una realidad que se convirtió en cotidiana. Cuando se entra a La Traza, se puede ver un poco más. La casa vivida se filtra entre las grietas y convoca imágenes que se construyen cuando el tiempo va dejando sus huellas invisibles en el espacio. ¿Qué tiene esa ventana de diferente a las otras? ¿Y ese rincón? ¿Qué puede significar la chapa descascarada que identifica con un número el portón de entrada? ¿Dónde está lo que motiva que una casa pueda ser vinculada con la calidez de un útero o con la fortaleza de un cuerpo, percibida como una obra de arte, o personificada al punto de verla arrugada, reseca, agotada? Memoria e imaginación se confunden en los relatos y expresan una dimensión sutil opacada cuando la casa es contada como un bien de intercambio. Estos espacios habitados existen porque fueron vividos, y serán recordados. Su superficie está ligada al movimiento de quienes los transitaron, y de algún modo, los crearon en ese mismo acto. Su existencia sobrevive a las máquinas de demoler.


De la autopista al barrio parque La Traza es el término que los habitantes usan para nombrar la zona por donde debería haber pasado la Autopista 3 o Central si hubiese existido. A fines de la década del 70 la dictadura cívico militar (1976-1983) la proyectó como una de las nueve vías rápidas que sobrevolarían la ciudad de Buenos Aires para convertirla en una urbe del futuro. Para abrirles camino, era necesario demoler 15.000 parcelas y expulsar a 150.000 personas de sus viviendas sin ofrecerles una solución habitacional alternativa: un costo menor, si se trataba de impulsar a los porteños a su destino de progreso y modernización. Sin embargo, sólo dos proyectos llegaron a concretarse, y la Autopista 3 o Central no fue uno de ellos. Cuando anunciaron el abandono de las obras a mediados de 1981, el entonces intendente de facto Brigadier Osvaldo Cacciatore ya había forzado a más de 900 familias a vender sus inmuebles al Estado, dejando una franja de abandono y destrucción que partía a la ciudad en dos. El recorrido proyectado conectaba el Acceso Norte de la ciudad a la altura del barrio de Saavedra con la zona Sur cruzando el Puente Uriburu. Cientos de casas y edificios fueron demolidos y otros tantos quedaron a la deriva de la necesidad de vivienda de sectores populares que desde entonces los ocuparon, recuperaron y habitaron. Aunque también de especuladores que convirtieron la desidia estatal en un botín de ladrillos de oro para hacer negocios y pagar favores políticos. Cerca de la mitad de las expropiaciones se concentraron en un tramo de un kilómetro y medio que cruza barrios residenciales de casonas bajas y grandes mansiones como Villa Urquiza, Coghlan y Belgrano R, y se conoce como Sector 5. Rodeado por trenes, plazas, escuelas y hospitales, se trata de un destino de privilegio impensado para quienes no pueden pagar la tierra más costosa de la ciudad, y un objeto de deseo para los que describen el espacio urbano según el valor del metro cuadrado. Con los años y tras once gobiernos municipales, La Traza dejó de ser un proyecto faraónico de la Dictadura para convertirse en una denominación de origen. Desde el regreso de la democracia en 1983, distintas legislaciones buscaron regular un derecho que se había ejercido sobre la ausencia del Estado. La movilización de los ocupantes y la falta de otras soluciones que dieran respuesta a esa deuda social motivaron la creación de figuras transitorias como la de locatario o beneficiario que brindaron cierta estabilidad en la tenencia de las viviendas. La más importante fue la aprobación en 1999 de la Ley 324 que abarcaba un Plan Integral para todo el trazado con distintas alternativas habitacionales, urbanas y patrimoniales, pero su aplicación


fue ineficiente y quedó subejecutada. El mercado inmobiliario y las conveniencias de los distintos gobiernos ejercieron una presión constante sobre estas conquistas sociales que se desmoronaron en la práctica ante los sucesivos intentos de desalojo. Finalmente, en diciembre de 2009, la Legislatura de la Ciudad sancionó la Ley 3396 que afectó únicamente al Sector 5 - el más codiciado – y relegó al resto del trazado con graves problemas de habitabilidad. La iniciativa permitió la venta de la mitad de sus terrenos para la construcción de edificios de alta categoría y parques lineales dentro del proyecto urbano comercializado como Barrio Parque Donado Holmberg. A cambio, se repartieron subsidios y promesas. Su aprobación fue resultado de un consenso entre distintos actores – especialmente vecinos propietarios y vecinos ocupantes - luego de una política de desalojos compulsivos impulsada por la primera gestión de Mauricio Macri a cargo de la Jefatura de Gobierno de la Ciudad (2007 -2011) que sacó a más de 70 familias de sus viviendas, y del intento de crear una Corporación de Estado que gestionaría sin control legislativo los inmuebles de La Traza. Para vender, primero había que demoler y antes, vaciar las casas de todo rastro de vida. Más de la mitad de las 392 familias que vivían allí aceptaron el dinero en efectivo y las abandonaron, mientras el resto decidió esperar que se concretaran las viviendas sociales que proyectaba la Ley para poder permanecer en el barrio. Más de tres años después sólo unas pocas familias pudieron mudarse a ellas y lo construido presentó importantes problemas de infraestructura apenas inaugurado. La estrategia del Gobierno de la Ciudad fue instalar la incertidumbre y alentar la opción por el subsidio ofrecida como una certeza. La urgencia fue reducir el conflicto para alentar a los inversores, recuperar el barrio para devolverlo a los vecinos 1, y finalmente terminar con esa grieta de pobreza que rompía con el paisaje residencial del norte de la ciudad. La herida de La Traza debía cerrarse clonando el tejido urbano 2 para reconstruir su homogeneidad. En poco tiempo desaparecieron casas, plazas y también los graffitis que mantenían la memoria de sus habitantes en las paredes. El nuevo Barrio Parque les pasó por encima. La ciudad de Buenos Aires fue declarada en emergencia habitacional en el año 2004. Más de 500.000 personas la habitan en viviendas precarias o de tenencia irregular.3 Mientras tanto, alrededor de 340.000 inmuebles, un 23,9 por ciento del total, se encuentran desocupados u ociosos.4


El útero En algunas casas crecen raíces y en la de Rosa podían verse enmarcadas en la pared. Madre de seis hijos y abuela de diez nietos, vive desde 1986 en un departamento frente al Paseo de la Paz, una plaza que quedó abandonada, sin juegos y fue vendida como un lote más en las subastas del nuevo proyecto urbano que la convertirá en cemento de lujo. La puerta de entrada a su edificio tiene unas rejas que la separan de la calle, pero las ventanas de Rosa están siempre abiertas. La Traza parece moverse mirada desde su ventanal. Todo a su alrededor cambió en poco tiempo. Las casas de la esquina fueron demolidas, la casilla lindera también, y su departamento es el único que permanece habitado a la espera de que finalmente se entreguen las viviendas sociales. Cuando Rosa se vaya, su casa también se convertirá en escombros y engrosará la memoria de lo que alguna vez hubo allí. Mientras, observa las gigantografías que promocionan lo que viene a paso acelerado, una escenografía de ensueño para familias felices: jardines flotantes, piscinas aéreas, plazas internas con modernos juegos. El departamento de Rosa tiene las marcas del deterioro que suelen tener las casas de La Traza, una humedad estructural que descascara los intentos de cubrirla con capas de pintura, algunos vidrios rotos y un uso intensivo del espacio para que los metros disponibles sirvan de albergue para todos los integrantes de la familia. Primero los hijos y luego los nietos movieron las paredes y los muebles para crear espacio donde no lo había. En un momento llegaron a ser ocho durmiendo entre cuchetas en dos ambientes pequeños. Venían de vivir en un sótano y para entrar tuvieron que comprar una llave a un vecino que les entregó a cambio una puerta abierta. Pero nada más. Más de cinco veces quisieron desalojarla, y cada intento multiplicó el miedo que sintió apenas entró a La Traza, cuando todavía las ocupaciones eran continuas y a veces violentas. Su hija Sabrina, que tenía seis años entonces, contó que pasaron los primeros días encerrados trabando la puerta con una mesa por temor a que se les metieran adentro. “Eso me re acuerdo. Mi papá hacía los mandados, y mi mamá no salía, no abría la puerta, estábamos todo el día acá metidos, éramos tres hermanos ahí”. Miedo a las ocupaciones y miedo a los desalojos: “Mamá se ponía re mal, re loca, cuando llegaban las cartas documentos se empezaba a mover, a hablar con los vecinos, eso sí me acuerdo, que todos los vecinos la tranquilizaban, la gente que estaba ya de antes, le decía - No Rosa, no va a pasar nada, vas a ver que vas a ser abuela-, y mi mamá no dormía…”. Rosa fue abuela muchas veces, pero siguió sin dormir. La posibilidad de tener que irse la enfrentaba


a un desarraigo constante que no llegaba a concretarse y sin embargo atravesaba todo lo que hacía. Dejar la casa no era sólo quedarse sin el techo para su familia, era también perder la coordenada desde donde comprendía su propia historia. La angustia la llevó a una depresión que la dejó sin salir a la calle durante meses. “La casa es un útero”, dijo mientras contaba esa época. Sólo entre sus paredes cubiertas de portarretratos podía sentirse protegida. Esa casa, precaria y vulnerable, tomaba para ella el valor de un refugio y en ese trance se convertía en su lugar en el mundo. En el pasillo verde que comunica el comedor con la habitación cuelgan dos cuadritos pintados con arena, uno dibuja una paloma y el otro un paisaje de casas. Rosa los descolgó para mostrármelos y contarme lo que veía ahí: “Acá está la casa y la libertad”. La casa es la matriz donde se aloja todo lo vivido. La biografía de sus habitantes se entromete en la estructura y le imprime un nombre propio que la convierte en mi casa, a la que puedo cuidar, querer y extrañar. “A mi casa la sentí propia, de hecho la quiero, aunque siempre sé que algo pasa y hay que llamar a que te la arreglen un poquito. Se remienda más que arreglar. Sí, la quiero mi casa. Aprendí a quererla. Fueron muchos años, tuve hijos acá y fui abuela acá. Me cuesta muchísimo desarraigarme y decir, agarro el subsidio y me voy”, contó Rosa mientras desde su ventanal, miraba a sus nietos correr en la vereda. ¿Qué es lo que se demuele cuando se demuele una casa? La casa apropiada queda en jaque ante las topadoras y su desaparición es vivida como un despojo. Hay una historia compartida que se fragmenta en miles de pedazos que algunos habitantes convierten en amuletos para llevarlos a cuestas y prolongar su potencia de refugio. “¿Me podré llevar esa puerta mamá?”, preguntó el hijo de Carmen antes de dejar la casa de su infancia. La imagen del útero queda proyectada sobre estas superficies que condensan el tiempo vivido y le dan unidad en el recuerdo. “Me llevé el número de la vivienda y el día que pueda le voy a poner Villa Anita de La Traza de la ex AU3”, contó Maricel, que después de diez años de aferrarse a esa chapa descascarada decidió aceptar el subsidio y colgar el número en una nueva pared. La casa útero cuenta tres generaciones que comenzaron a vivir la ciudad y el mundo desde ahí, cargando de un sentido inaugural cada uno de sus rincones. Su imagen cálida y acolchonada queda vinculada a una experiencia original que no resiste descripciones y permanece enlazada a quienes la habitaron. La resonancia de cada nacimiento, cada festejo y cada duelo la hacen mirar hacia abajo, donde la tierra se confunde con las vigas de hormigón para sostener lo que transcurre y dejarlo crecer.


La intemperie Las casas de La Traza están acostumbradas a los golpes y al deterioro que deja el tiempo cuando no hay dinero para refacciones y la incertidumbre desalienta a invertir lo poco que se tiene. Algunas ya nacieron precarias y son casillas de chapa construidas sobre terrenos baldíos que con el tiempo se convirtieron en pequeñas villas, donde se encuentra la pobreza más extrema del lugar. “Estas casas fueron muy golpeadas, no te olvidés que acá hubieron topadoras moviendo todo, entonces vos la casa la podés mantener hasta un límite, llega un momento que decís: Yo tendría que hacer todo el techo nuevo, y ¿qué vas a hacer?”, pregunta Beatriz después de dos décadas de hacer lo que puede. Laura se crió en la humedad de su casa y cuando piensa en su hija sabe que no quiere lo mismo para ella. “A mi me partiría el alma irme, pero en las condiciones que yo estoy viviendo no quiero vivir tampoco”. La casa como refugio se desmorona cuando la intemperie ingresa al espacio íntimo y lo deja expuesto a las inclemencias climáticas, especialmente a la lluvia. El espacio querido que ofrecía reparo es también una estructura frágil donde ya no se puede estar. “Te sentís desprotegido, así uno se siente en La Traza. Uno está con un techo, pero está como desprotegido”, dice Maricel y piensa en los años que vivió así. El agua es una presencia latente como el riesgo de desalojo. Su fluidez y las diversas formas de mostrarse señalan permanentemente la vulnerabilidad del espacio habitado. “A veces me ponía en cuclillas y me ponía a llorar, porque si pintaba me goteaba y brotaba la humedad, y no era que brotaba, me bordeaba” cuenta Nora que desde hace treinta años quiere poder irse de ahí. La


humedad se pronuncia en los cimientos, las paredes y los techos, y obliga a improvisar parches caseros. El piso se llena de baldes y las paredes se recubren con membranas que retrasan su avance, aunque sólo por un tiempo. “Yo no le meto más nada ahí. Le puse membrana a todo y sigue lloviendo” agrega Sabrina mientras me muestra cómo acomodó los muebles para que no se arruinen. Esta es la tercera casa de La Traza en la que vive y en la anterior, el techo se le cayó encima. “El día de mañana voy a disfrutar tanto los días de lluvia…” Muchas veces, el agua aparece con la demolición de una casa lindera. Los muros se quiebran y las grietas abren los caminos para que el agua entre. Algunos sectores de la casa quedan clausurados por riesgo de derrumbe. “En la ultima inundación entró muchísima agua y la pinotea se pudrió, mi tía pasaba por un pozo de dos metros de ancho con una tabla”, recuerda Maricel narrando sólo una de las tantas lluvias. La casa se achica y se acomoda para seguir siendo habitable. Las filtraciones se esconden o disfrazan para no ser tan visibles, pero el cuerpo no necesita verlas para percibirlas, y la humedad se traduce en neumonía y asma, especialmente entre niños y ancianos. La imagen de la intemperie acapara la comprensión de la casa cuando el deterioro lo invade todo y no da respiro. Los relatos de los habitantes describen escenas que se repiten y recrean la impotencia de no poder detener un abandono que avanza sobre ellos y destruye lo que fueron construyendo. Arreglé ese techo, tapé esa ventana, llené las paredes de tergopol, pero el agua insiste. La casa húmeda pierde su capacidad de albergue y es vivida en su fragilidad. “Muchos le toman cariño a la casa, pero yo no. Es terrible lo que pasé” dice Nora. Y no deja más lugar para decir.


El cuerpo Para vivir en La Traza hay que estar dispuesto a poner el cuerpo. Ponerlo para ocupar, pero también para resistir los intentos de desalojo, o para luchar cuando el Estado abandona y avasalla. Cuando la casa está en conflicto, el cuerpo es su condición de existencia. La casa cuerpo es una imagen que aparece en las calles representada con graffitis que dibujan con una línea continua esta relación simbiótica que sólo puede comprenderse en el contexto. Las escenas pintadas en los muros conviven y dialogan con lo que pasa alrededor y se convierten en expresiones sensibles de lo que no todos ven. “Yo tomé mi casa, yo usurpé mi casa, la del fondo y esta. Nadie vino, ni me la vendió, ni me dijo: Tomá, acá tenés, andá a vivir a tu casa”. Sabrina llegó a La Traza de la mano de sus padres y hermanos cuando tenía seis años, y aun no sabía que más de veinte años después todavía seguiría ahí. Con su primer embarazo sintió que necesitaba su espacio, que ya eran demasiados amontonados en los dos ambientes donde vivía y decidió ocupar la casa del fondo del mismo edificio. “Había una pareja que había comprado, había discutido y se había ido. Sabíamos que la gente no era de La Traza, era de La Boca”. Esa ausencia temporal fue la clave que encendió la alerta de los vecinos que la ayudaron y le avisaron que podía entrar. Un espacio desocupado en La Traza no es una casa, es sólo una oportunidad para otros de que lo sea. “Entré, era re chica, tenia un re susto, me metí igual y saqué todo para afuera… Me meto primero y prendo las luces. Esa noche dejé las luces prendidas y una radio, y me vengo acá arriba (la casa de la familia). Esa misma noche se venían a meter los de la esquina. Esa misma noche. Vienen los de la esquina y ven la luz prendida y la radio y se vuelven a ir. Cuando empezó a amanecer, ahí dije: Ya está, vamos. Y vinieron mis hermanas y nos metimos. Yo averigüé todo. Me dijeron: Lo primero es sacar todos los muebles para


afuera de la gente. No te quedés ni con una mesa”, relató Sabrina mezclando el presente y el pasado de esa noche en la que entendió que para tener su casa, tenía que ocuparla. La casa del fondo fue el primer lugar de albergue para su nueva familia, aunque apenas podía estar ahí. “La casa estaba destrozada, yo la arreglaba, y no me duraba nada, la humedad, el techo. Se llovía por todos lados, era inaguantable…”. Sin otra opción mejor, tuvo que aguantarla cinco años, hasta que quedó embarazada de su segundo hijo y se enteró de que la familia de la esquina se estaba por ir. Su pareja no estaba de acuerdo, pero ella tenía la certeza de los que saben que sin un techo “no se es nadie en la vida”, y que sus hijos merecían un lugar que no se les cayera encima. “Se fueron y me metí por atrás, embarazada y con mi hijo, me trepé por atrás, me senté. Y cuando abrieron la puerta para tirarla yo estaba sentada adentro. - Nena, ¿Qué hacés acá?; - Tráeme la policía, tráeme lo que quieras… Vino el patrullero, la Unidad Ejecutora, todos. Los vecinos me apoyaron, estaban en la puerta: -Acá no la tocan, acá no entran, vayan a ver la casa de ella. Hasta que vino la arquitecta, vio mi casa y dijo que sí, pero te mudás en una hora. En una hora lo que queda adentro va abajo del escombro”. A la casa del fondo la demolieron con un par de golpes, estaban todos los tirantes podridos. La casa de Sabrina se instituye con su presencia. Ella y sus cuatro hijos son la firma que acredita que se trata de su casa. Sin ellos, la estructura queda expuesta y no es más que una acumulación de ladrillos húmedos. A fines de 2011 fue trasladada a un departamento más grande y en mejores condiciones, aunque en un quinto piso por escalera. Los funcionarios le pusieron una condición: que la mudanza fuera rápida y silenciosa para que esta vez la casa de la esquina pudiera ser finalmente demolida. No querían encontrarse con otra Sabrina adentro el día que llegaran con las topadoras.


La obra de arte Stella y Manuel entraron a la que luego sería su casa cuando todo era ruinas. “El deterioro era terrible, el avance de la dejadez también y después el rescate, y volver a reconstruir, porque en realidad esto era pedazos”, recordó Stella. Ya había pasado una década desde las expropiaciones y el fantasma de la autopista persistía disfrazado de otros proyectos similares que pretendían demoler lo que aun no se había demolido. El lugar había sido una importante panadería del barrio, la San Lorenzo, y antes de que llegaran vivían dos familias numerosas. Un conocido les contó que una se iba, y ellos, una pareja joven de bajos ingresos, creyeron que era la oportunidad para poder tener su casa. Y entraron. “Fue como un proyecto de vida, de no tener nada a, de repente, conocer una mujer que me cambió la vida. Estoy con ella hace veinte años y ese amor nació prácticamente con la casa que conseguimos para vivir”, me dijo Manuel. El proyecto fue de transformación, y mientras hacían todos los trámites que creían que los protegerían, reconstruyeron el espacio y rescataron sectores sin uso, hasta convirtieron el antiguo horno de pan en un living luminoso. “La partecita esta era la cavidad del horno, todo el resto era tierra. Y dije: Bueno, sirve para hacer un livincito, o un jardín de invierno, pero no pensé que era tanto. Hay fotos que ves que es como una cueva infernal de tierra…“, contó Stella señalando con la mirada la cueva imaginaria, y Manuel completó: “se sacaron diez contenedores de tierra, hormigueros enormes, cuevas de ratas”. Stella es conservadora de arte y Manuel, restaurador. El frente de la casa aun mantiene la vidriera de la panadería y exhibe una figura de San José tallada en madera y algunos otros objetos en reparación. En lo que era el despacho de venta de pan se construyó un taller de arte, y detrás de este espacio comienza la casa donde viven junto a sus hijas. Por unas claraboyas de vidrio recicladas entraba el sol al comedor donde conversábamos e iluminaba las paredes recuperadas, decoradas con cuadros y otras antigüedades que van y vienen desde el taller. Pero fue un detalle el que se llevó mi atención. En un rincón, la humedad dejó que asomara parte del ladrillo que había quedado escondido bajo la pintura. El accidente se convirtió en un testimonio del relato de transformación, una especie de ventana a las capas de trabajo depositadas en la pared. “Yo conozco todos los ruidos de la casa, ya te acostumbrás a tu lugar, a tu espacio. Había como mucha ilusión, esperanza, de que algún día fuera nuestra. Yo sé que este lugar es muy codiciado, pero también es codiciado por mí. Sobre todo con todo lo que vivimos acá, con lo que hicimos, con los arreglos. Estamos afincados, mis hijas no quieren saber nada con irse. Las topadoras van a tener que pasarme por encima, porque esta es mi casa, yo no me quiero ir. Yo estoy bien acá, soy feliz, y eso también te mueve.


La casa es como una obra de arte, después de trabajar tanto en ella, uno la siente como propia…”. Stella vive el espacio como mi casa, y al mismo tiempo señala que tenía la ilusión de que algún día fuera nuestra. El modo de hacer casa en La Traza tuvo que desplegarse sobre terreno ajeno. Cada acto de intervención era una conquista sobre lo que estaba negado y había que crear con las propias manos. Al arreglarla o embellecerla, los habitantes la acomodaron a sus necesidades y también a sus gustos, dándole una nueva existencia vinculada a su estar ahí que cuestionaba en la práctica el sentido del concepto de propiedad. No hay documentos de compra venta que puedan dar cuenta de esa relación. El proceso de obra es permanente. Siempre se está arreglando, repiten en cada casa. Primero hubo que reconstruir lo que se había saqueado o estaba en ruinas, y luego adaptar el espacio a la familia que lo iba a habitar. Para sumar metros se construyó sobre terrazas o se techaron patios, y para inventar intimidad se levantaron paredes livianas en ambientes pequeños. Muchas obras servían solo para paliar el deterioro y tenían que repetirse al poco tiempo ensayando sobre los errores. Pero a veces, en etapas de calma, llegaba a invertirse el tiempo y los ahorros en mejorar lo encontrado para vivir un poco mejor. La mayoría de las reformas fueron hechas sin ayuda de expertos y con recursos económicos limitados. Lo que no se sabía se aprendía. En algunos edificios se llegaron a organizar turnos de trabajo colectivo para levantar la estructura general. Las mujeres tiraban los escombros por los huecos de la escalera y los hombres los acarreaban para poder limpiar y después se fijaba un día y se hacía un asado y un sorteo. “Hoy le toca al 3.D” y todos iban a terminar el baño o reconstruir la cocina. La casa es mía por todo lo que viví allí, y también por todo lo que hay de mí en ella. La imagen de la obra de arte aparece en este encuentro que transforma al espacio y a sus habitantes al mismo tiempo. “Yo no quiero pensar a veces, pero supongamos que me tenga que ir de acá y ver que van destrozando la casa, es como que te van destrozando un poquito, por capas, a vos, y a tu historia”. La casa no es la misma que antes de Stella y Manuel y ellos tampoco son los que eran antes de ocuparla. Sin embargo, la vivencia queda arrinconada por la legalidad cuando lo que se exige son títulos de propiedad. Su casa creada a partir de su intervención, es también una parcela destinada a la subasta pública y figura en los mapas del nuevo proyecto urbano como una superficie construible. La disputa es desigual y las reglas ya están escritas.


El imán La casa de Marcela es vecina de un terreno de cemento al que llaman el campito y se comunica con la casa por una chapa liviana. El campito es herencia de las topadoras y según el horario su apariencia se transforma. Los troncos que durante el día pueden servir de rampa para autitos de carrera o arcos de fútbol, se convierten en bancos para la ronda de mate del atardecer, o en parte de la mesa familiar en el asado del fin de semana. En uno de sus muros se levanta un altar del Gauchito Gil, un santo popular del litoral argentino. Cuentan sus fieles que antes de ser milagroso el gaucho era un justiciero, y con sus boleadoras y su pañuelo colorado le quitaba a los que tenían demasiado para repartir entre los pobres. Marcela es correntina y devota. “Yo vine del campo, sin saber hablar castellano, hablaba guaraní. Después viví en una villa, cuando vinieron los militares, en el 77, 78, para el mundial, nos tuvimos que ir de ahí porque los milicos vinieron y tiraron todas las casas, y nos mudamos con mi marido a Derqui (en la provincia de Buenos Aires), en cuatro paredes y chapa. Nos mudamos así, porque no teníamos ni piso, ni nada”. A principios del 83, cuando todavía La Traza era un rumor que corría de boca en boca, una prima les avisó de las casas de la autopista y decidieron intentarlo, aunque no supieran cuánto podía durar. Tenían tres hijos entonces, luego llegarían quince más. La casa se expandió al ritmo de las contracciones. Cada nacimiento desdibujó sus límites para ganarle metros al aire libre y agrandar la cocina o sumar una nueva habitación. Virginia, la segunda en nacer allí, contó la transformación como parte del relato de su infancia: “Nosotros nos llevábamos muy bien con los vecinos y queríamos agrandar la cocina porque era muy chiquitita, entonces tiramos el paredón y agrandamos la cocina, y al tiempo el señor nos dijo que nos quedáramos con todo el patio porque no lo usaban. Y Diego quería hacerse su pieza y tiramos de vuelta el paredón que habíamos hecho e hicimos otra pieza, y quedó para las mujeres…”. Con veintitrés años, Virginia trabaja de empleada doméstica en la casa de una señora del barrio y prepara la única materia que le falta para terminar el secundario industrial y recibirse de maestra mayor de obras. “Cuando tenía diez años le dije a mi mamá que quería ser arquitecta. Me gustan las casas…”. En la suya, los espacios se viven compartidos y al describirlos, las anécdotas recorren cada uno de los cuartos hasta llegar al campito y la cuadra sin hacer distinciones. Cuando el espacio de intimidad es escaso, la calle queda adherida a la cotidianeidad y se vuelve un recurso vital: “Cuando era chica jugábamos a las bombitas y corríamos con todos los chicos de la cuadra,


ahora ya no se hace. Hubo un tiempo que estaba de moda la bicicleta, todos los chicos jugábamos carreras en la manzana, después se pusieron de moda los rollers. Jorge tenía un karting chiquitito y otro vecino tenía otro y hacíamos carreras en el campito, dibujábamos la pista con tizas, y jugábamos en el campito de acá al lado”. La casa es, para ella, el núcleo que permite que todo lo de alrededor exista. El estudio, el trabajo, la reunión con los amigos. No puede imaginar irse de ahí, “es el lugar donde crecí, donde conozco todo, pasé toda mi vida por acá”. Al contarla, los metros de superficie parecen infinitos y siempre hay lugar para que entre alguien más. “Es como algo que te atrae, como el imán, viste que si vos ponés el imán y rollitos de acero se acercan, acá pasa lo mismo. Siempre somos más”. Los niños con los que jugaba en el campito ya se fueron de la cuadra, pero siempre vuelven, “vas a ver que para las fiestas vienen todos los chicos a saludar acá, todos los del barrio”. A fines de 2011 falleció sorpresivamente Rubén, el padre de todos y el compañero de Marcela para construir esa casa a la que no quieren dejar, aunque el dinero que les ofrecen sea suficiente para comprar un terreno fuera de la ciudad. Marcela quiere comprar su casa y arreglarla. “Imaginate, tuve a mis hijos acá en el (hospital) Pirovano. Y la casa es como tuya, es mi casa, es como si yo no hubiese tenido nunca otra casa y es esta. Y me dicen: Vayan a la provincia. Pero yo para ir a la provincia tengo que encontrar un colegio con diez vacantes aseguradas en un primario, y cinco, seis en la secundaria, y en la provincia no es lo mismo que acá en la Capital”. Mudarse significa destruir una red de treinta años de extensión, en la que la casa es sólo el centro. La casa imán se puso en acto el día que acordamos realizar una fotografía de la familia. Juntar a todos, o a casi todos, era un desafío que temí que no se concretara cuando llegué y vi sólo a los más pequeños corriendo entre las habitaciones. Marcela estaba en la cocina con todas las hornallas encendidas preparando un almuerzo tardío de domingo. Cuando le avisé que ya estaba lista, salió a la terraza desde donde se puede bajar al campito y llamó a todos con la seguridad de que la iban a escuchar. En pocos minutos, entraron los hijos que faltaban y se organizaron en orden de altura mirando a cámara sin que llegara a pedírselo. Para la última toma, Santiago, unos de los que antes corría, fue hasta un cuarto, trajo en sus manos a su tortuga y la puso en el centro de la escena. El animal, con su casa a cuestas, resignificó el retrato con su presencia.


La casa arrugada Las demoliciones dejan la intimidad de las casas al desnudo. Las paredes expuestas por primera vez a la calle cuentan algo de lo que allí sucedía, cuál era el cuarto de los chicos, dónde se cocinaba su comida, desde hacía cuánto no se invertía en una nueva mano de pintura. La escena permanece a la vista sólo lo que tarda la intemperie en desdibujarla o la topadora en terminar de derribarla. Pero ese tiempo es suficiente para marcar el pulso de un proceso de transformación que arrasa con los modos de vida de los que hicieron de ese espacio su lugar en la ciudad. Antes de dejar su casa, Maricel decidió cuál sería la última imagen que quería que todos vieran. Su salida fue imprevista, nadie en La Traza esperaba encontrarse con la casa de la calle Echeverría hecha escombros y una cinta de peligro impidiendo el paso. La casa era simbólica y su desaparición fue un golpe más a una de las Asambleas barriales que la tenían como sede. Allí se habían juntado decenas de veces para pintar banderas, organizar cortes de calle y responder con una sola voz las intimidaciones del Gobierno, y de repente, un agente de seguridad privada custodiaba sus restos para asegurar que nada más ocurriese. Maricel llegó a La Traza en el 2001, cuando la crisis estalló en las calles y también en su familia. Recién separada y con tres hijos, no pudo seguir pagando el alquiler y tuvo que mudarse a la casa que a su tía le habían entregado los radicales cuando recién asumieron y todavía quedaban casas para repartir. “Yo digo que Echeverría me cobijó en mis peores momentos de mi vida, la peor crisis que tuve fue ir a parar a Echeverría, y creo que estaba como marcado, es así…Y mas allá de lo que fue el transcurrir ahí, me enseñó demasiadas cosas”. Cuando llegó, entraba y salía despacito para que nadie la viese. Diez años después, era una de las referentes de los vecinos ocupantes y su teléfono no paraba de sonar. “Si bien quedé como líder o como encargada de todo esto, quedé como la psicóloga de La Traza, porque todo el mundo venia a preguntarme, a decirme, a llorarme…”. El relato de su salida está atravesado por motivos personales que aceleraron los tiempos de la decisión, el cansancio por la “ingratitud” de los que “están en su patio tomando sol porque saben que alguien se mueve”, y el deterioro de su vivienda que se había vuelto intolerable. El agua no paraba de pudrir todo lo que tocaba. “Yo creo que el ultimo día que estuve en Echeverría tenía que ser el último día porque ya no salía una gota por los desagües. La última lluvia…”. Dejar La Traza fue tan difícil como vivir en ella. Cuando Maricel informó que aceptaría el


subsidio, los plazos comenzaron a correrla. En pocos días tenía que conseguir un lugar para comprar con la plata que le ofrecían pero no le daban hasta que no dejara su casa vacía. “Pasé por lo mismo que pasó todo el mundo, el maltrato que no te dan el anticipo, tenés que salir a pedir plata por todos lados para señar la vivienda, tenés que dejar la vivienda donde estás, te llevan al banco al momento que tenés todas tus cosas arriba del camión y vos te tenés que ir”. Las mudanzas tienen que ser rápidas y silenciosas. Apenas el flete está cargado, los agentes de seguridad entran a custodiar el vacío hasta que se realoje a otra familia o las topadoras terminen por volverlo inhabitable. El proceso se repitió cerca de doscientas veces en poco más de dos años. Sin embargo, la casa de Echeverría tuvo otro final. Cuando llegaron los funcionarios a verla, ya estaba destrozada. Maricel sacó todo lo que era vendible para poder pagar el flete, se llevó lo que podía servirle para su nueva casa y comenzó a destruir a mazazos las paredes húmedas para que quede claro que nadie más tenía que padecerlas. “Y así es como me fui de La Traza, destruyendo mi propia casa. Y no podía ser de otra forma, porque yo me había como hecho dueña de ella, y no iba a ser un lugar de tránsito, de reubicación, porque no era un lugar digno ni para mí, ni para mi familia, ni para cualquier otra persona. Entonces yo la tenía que destruir, y así es como lo hice”. Con las últimas monedas, fue a comprar un aerosol y pintó las paredes que pronto dejarían de ser las de su casa para quedar expuestas a la calle. “Tenía que escribir algo, era parte de como me había sentido tanto tiempo. Las paredes eran chicas, y transmitir en una escritura lo que uno estaba sintiendo era como medio imposible”. Sobre los azulejos blancos de la cocina escribió “Solicito una actitud política”; y en las paredes del comedor “Luché por mis sueños y por la vivienda” y “Hasta acá llegué, doblada pero jamás vencida”. A los pocos días, la casa de Echeverría fue totalmente demolida. Dos meses después de la mudanza me encontré con Maricel en un bar cercano y fuimos juntas hasta donde todavía quedaban los restos de su casa y algunas de sus palabras. “Me fue muy doloroso. No volví más, mis hijos me llevaban fotos de la casa. Han quedado amigos, un montón de cosas, pero era la decisión que había que tomar…”. Cuando llegamos, el agente de seguridad nos impidió cruzar la cinta que separaba la vereda de los escombros. Mientras esperábamos su distracción para poder entrar y hacer unas fotografías, Maricel reconstruyó en el aire dónde había estado el patio, cuál era la habitación que ya casi no podía usar. Y mirando el lugar en el que dormían sus nietas, recordó lo que una de ellas preguntó al ver en ese estado la casa donde había nacido: “Abuela, ¿Por qué la casa está arrugada?”.


La casa de uno. Salir de La Traza “Uno está acá y siempre con el deseo de poder irse a lo de uno, a la casa de uno, siempre con la esperanza de poder tener mi casa. Siempre con eso de cuánto más vamos a estar acá y cuánto más pasan los años y no llego a tener lo mío.” Testimonio de Inés. Conocí a Alberto e Inés veintiocho años después de que llegaran a La Traza y dos años antes de que se mudaran a la casa que construyeron en cooperativa. Aunque para entonces, todavía no sabían si esto iba a lograrse alguna vez. Nos encontramos en el terreno donde acababan de plantar las vigas que tenían que sostener una estructura para ocho familias, pero la obra estaba parada desde hacia meses y la maleza comenzaba a avanzar una vez más sobre lo construido. “Tenemos el terreno escriturado desde 2005 pero el primer expediente es del 2000, después se perdió, se reconstruyó en el 2002, y recién en el 2009 nos dieron los fondos para construir. Hicimos esto y tuvimos que parar porque nos deben dos certificados y la gente no pudo laburar más”, resumió Alberto sin contar lo que cada postergación significaba para las familias. Al principio eran cuarenta las que participaban del proyecto. Quedaron sólo ocho, de las cuales tres se sumaron a último momento. La Asociación Civil Sembrar Conciencia es la única experiencia cooperativa y autogestionada que logró concretarse en toda la historia de la Autopista 3. El modelo se opone a los subsidios y a la construcción centralizada y privatizada de la vivienda social y propone que los habitantes se apropien no sólo de la casa terminada, sino de todo el recorrido que implica su construcción. Además de poder decidir cómo y con quién vivir. Aunque la autogestión estuvo considerada en la Ley 324 de 1999, ningún gobierno facilitó que prosperara, y la existencia de este caso habla más de la voluntad y perseverancia de los que se organizaron que de una política pública. “No hay voluntad política para que haya vivienda social en la ciudad, y te la dibujan”, sentenció Alberto.


“En el intento de salir de La Traza yo me metí en tres Cooperativas y las tres me cagaron”, recordó y describió un recorrido que fue el de muchos ocupantes y tantos otros habitantes de la ciudad que transitan los márgenes buscando acceder a una vivienda digna y definitiva. Cuando decidió fundar la Asociación creyó que era su posibilidad para alcanzar “la casa de uno”, y que también era una forma de crear conciencia sobre una alternativa que los tenía a ellos como protagonistas. “Para mi la casa es la base de la familia, si una familia no tiene un techo donde cobijarse, se disgrega, la familia se pierde”. La suya padeció la angustia de un proceso largo y sinuoso que afectó la salud y atravesó todas las decisiones que tomaron durante tres décadas. Cuando le pregunté a otro de los integrantes de la Cooperativa si quería contar la experiencia, me respondió que para comprenderla tenía que mirar sus historias clínicas. Durante más de diez años el camino fue agónico y dejó secuelas en sus cuerpos. Tuvieron que atravesar una cantidad inenarrable de impedimentos que los fueron desgastando y cansando: expedientes perdidos, bloqueos de partidas, robos, presiones, coimas, papeles y más papeles. “¿Sabes la cantidad de carpetas que nos han hecho armar? Toda burocracia estúpida” contó Carmen, que se involucró en el proyecto cuando aún estaba acompañada por su marido y su madre, pero la mudanza la encontró sola, en otra etapa de la vida. A sus 72 años, sus vecinos y compañeros de la Cooperativa son su nueva familia. “No sabes cuánto yuyo, cuánta planta de mora que sacamos, cuántos años pagando a una persona para que lo cuidara y que no se metiera nadie. Mucho esfuerzo y soñando siempre. A veces nos sentábamos un domingo con el mate, con el frío, con el poco sol que había en el terreno y teníamos la ilusión de verlo algún día. Cuando hicimos los primeros pozos, no te cuento. Yo creo que estábamos todos mirando los pozos ahí, fue muy movilizante todo eso…”, recreó. La imagen de la casa esperada podía empezar a verse en esa tierra removida. Por primera vez, las máquinas excavadoras tenían otro significado. Carmen vivió el último año en La Traza con su vida a medio embalar esperando que finalmente llegara el día. Aunque la nueva casa ya habitaba en su imaginación. “No nos vamos a mudar a un edificio del montón, es distinto. Me imagino uno de mis patios… Si da el sol voy a poner


césped, plantas, para que también los de arriba tengan un lugar hermoso abajo. Porque no pienso en mí solamente, pienso en los que se asoman por la ventana y van a tener un lugar agradable, no un patio frío y sin sentido. El primer verano voy a poner la hamaca paraguaya y me voy a tirar así, y los voy a invitar a todos a que vengan a tirarse un rato. Alberto tiene la ilusión de ponerse una reposera en el balcón, otros miran otros detalles más paquetes como las cortinas. Yo primero tengo que estar adentro. Una vez que esté adentro, ahí le voy a ir dando la forma, de las luces, de los rincones, tengo muchas ideas y las voy a usar si Dios quiere. Lo único que quiero es estar tranquila para ese momento, por eso me cuido, porque la parte emocional juega mucho en esto…”. En lo de Alberto e Inés la mudanza se esperó con una ansiedad acumulada durante años. “Voy allá y vengo y no lo puedo creer. No puedo creer que estén las paredes, que esté el techo, que sea nuestro, que una vaya a estar ahí. Hay días que me acuesto y no me duermo pensando en la mudanza, lo que va a ser vivir allá, el cambio, porque es un cambio, hace treinta años que conocés el barrio. Allá uno es nuevo…”, pensó Inés en voz alta mirando a su hijo y a su madre que sabían de lo que estaba hablando. El edificio de la Cooperativa se construyó en un barrio vecino a La Traza, pero la distancia entre estar adentro o afuera no puede medirse en cuadras. “Es tan grande la satisfacción cuando ves que ya está todo casi terminado que no quiero pensar en el momento que nos estemos entregando la llave. El esfuerzo fue tan grande que lo que logramos es nuestro. Es muy poco lo que el Estado puso y mucho lo que pusieron las familias”. Alberto proyecta el día de la inauguración como el cierre de una lucha que no hace más que abrir otras. Pese al cansancio, confía en que lo atravesado haya abierto caminos para que la experiencia se reproduzca. Desde abril de 2012 las ocho familias de Sembrar Conciencia habitan sus propias casas. Aun faltan terminaciones en los espacios comunes que retrasaron el fin de la obra, pero eso no impidió que cada una comenzara a vivir lo que tanto había deseado. Desde los pasillos que comunican los departamentos puede verse el jardín de Carmen. Todavía la hamaca paraguaya no cuelga de las paredes, pero el césped ya está verde y las plantas comienzan a extender sus raíces en la nueva tierra.


Epígrafes p.3: Vista desde la Av. Congreso entre las calles Holmberg y Donado, límite norte del Sector 5 de La Traza.

p.37: Graffiti en un descampado de la calle Donado y Sucre. El muro fue demolido.

p.15: Mural en la esquina de Holmberg y Mendoza. Fue demolido junto a la casa.

p.38: Sabrina junto a su hermano y sus cuatro hijos, horas antes de dejar la casa donde vivió cinco años y ser realojada. Vive en La Traza desde 1986. La casa fue demolida.

p.17: Rosa N en la habitación de su departamento de la calle Blanco Encalada donde vive desde 1986. p.18: Vista desde un departamento sobre la calle Mendoza. p.19: Laura junto a su hija, su sobrina y su madre en el pasillo de entrada a su casa en la calle Donado y La Pampa donde vive desde 1986. Llegó a La Traza con seis años y desde que formó familia, dividió la casa donde vivía con su madre para tener intimidad. p.20: Alberto, la abuela Chela, Darío e Inés en el comedor de su departamento de la calle Mendoza, donde vivieron desde 1982. En 2012 se mudaron al edificio que construyeron con la Cooperativa Sembrar Conciencia. p.24: Miguel Ángel en el patio interior de su casa de la calle Holmberg y Nahuel Huapi, el día que la dejó, luego de aceptar el subsidio habitacional. Vivió ahí durante 32 años. La casa fue demolida. p.25: Patio interior de la casa de Miguel Ángel. p.27: Rosa en la habitación de su casa construida en la parte trasera de lo que era una antigua panadería del barrio en Donado y La Pampa. Llegó a La Traza con su hija, su hermano y su madre en 1986. p.28: Mural en la esquina de Holmberg y Pedro Rivera realizado por el artista italiano Blu en 2006. En el marco del proyecto Barrio Parque Donado Holmberg el terreno baldío fue convertido en una plaza de hormigón diseñada por el arquitecto Clorindo Testa y el mural fue restaurado. p.29: La familia Salazar luego del incendio que destruyó las casillas precarias donde vivían en la calle Donado y Sucre. Meses después todo fue demolido. p.31: Muebles abandonados sobre la calle Mendoza. p.34: Demolición en la calle Holmberg y Mendoza. p.35: Matías, Adrián, Franco y Ángela en la vereda donde estaba su casa en Holmberg y Mendoza, semanas después de que fuera demolida. Llegaron a La Traza en 1998. En 2011 fueron reubicados en un departamento de la zona para poder vender el terreno en las subastas públicas.

p.39: Ventana interior de un departamento de la calle Mendoza. p.40: Habitación del departamento de Alberto. p.41: Alberto en el departamento de la calle Mendoza donde vivió durante treinta años, días antes de entregar las llaves y mudarse a la vivienda construida con la cooperativa Sembrar Conciencia. p.42: Detalle de la pared de la casa de Rosa en Donado y La Pampa. p.46: Carmen en una de las habitaciones de su casa en Holmberg y Le Breton, meses antes de mudarse sola a la vivienda que construyó junto a la cooperativa Sembrar Conciencia. Allí vivió desde 1972 junto a su marido y sus hijos. La casa fue demolida. p.47: Mural en la esquina de Juramento y Holmberg. Fue demolido. p.48: Frente de la casa de Manuel y Stella en Donado y La Pampa. Anteriormente fue una antigua panadería del barrio. p.49: Manuel y Stella en el comedor de su casa. Viven en La Traza desde principios de la década del 90 junto a sus hijas. p.51: Vista desde una terraza en Donado y La Pampa. p.55: Virginia en una de las habitaciones de la casa donde nació y vive junto a su madre y sus 17 hermanos, ubicada en Holmberg y Le Bretón. El cartel fue pintado por ella y es parte de la decoración de la cocina. p.57: Sabrina junto a sus hijos y vecinos en el baldío lindero a su casa en Blanco Encalada y Holmberg, meses antes de que fuera demolida. p.58: Vista de la calle Echeverría. p.59: Marcela junto a sus hijos y dos de sus nietos en el patio del departamento donde viven desde 1983 en Holmberg y Le Breton. p.62: Detalle de los azulejos de la cocina de la casa de Maricel, luego que la casa fuera demolida.


p.63: Maricel sobre los escombros de su casa en la calle Echeverría. p.64: Santiago, Daniel y Juan Pablo en el terreno baldío vecino a su casa en la calle Holmberg y Le Breton. p.65: Terreno baldío en la calle Echeverría. p.66: Graffiti pintado sobre una pared en la calle Holmberg y Mendoza. Fue demolido. p.71: Terreno ubicado en la esquina de Donado y Sucre. Los árboles fueron plantados por habitantes de La Traza en una actividad comunitaria. Fue demolido. p.73: Vista de la calle Donado entre Virrey del Pino y Carbajal. Límite sur del Sector 5 de La Traza de la ex AU3.

Las fotografías fueron realizadas en el Sector 5 de La Traza de la ex Autopista 3, en la ciudad de Buenos Aires entre los años 2010 y 2012.

CITAS: p.5: Bachelard, Gastón. La poética del Espacio. Fondo de Cultura Económica. México. 1965.

NOTAS: 1 Desde el Gobierno de la Ciudad se comercializó el Barrio Parque Donado Holmberg con la consigna “El parque recuperó al barrio. El barrio vuelve a los vecinos”. 2

“El planteo entonces es que una ciudad como Buenos Aires, una de las ciudades más bellas de planeta, (…) tiene un tajo, una herida, una cicatriz, que lo que hay que hacerle es desde el punto de vista urbanístico, arquitectónico, de planeamiento, una cirugía, una hermosa cirugía plástica para que vuelva a crecer el tejido. Vieron que ahora se reproducen tejidos, y se clona, bueno hay que hacer eso, con nosotros mismos, somos nosotros los que vamos a poder resolver este tejido roto, somos nosotros, la sociedad de la ciudad de Buenos Aires”. Declaraciones del ministro de Desarrollo Urbano Daniel Chain en el documental “Autopista Central” de Alejandro Hartmann (2011).

3 Las estadísticas son de compleja elaboración por la diversidad de problemáticas que abarca (situación de calle, asentamientos, villas, tenencia precaria, etc.) y por su dinamismo, pero organizaciones sociales e instituciones políticas coinciden en que afecta a más de medio millón de personas. 4 Datos del Censo Nacional 2010.


Gracias A todos los habitantes de La Traza que colaboraron con este trabajo, dieron su testimonio y me permitieron retratarlos en sus casas: Carmen, Maricel, Marcela y familia, Virginia, Sabrina, Adrián, Ángela y familia, Manuel, Stella Maris, María Laura y familia, Rosa, Miguel Ángel, Miriam, Nora, Beatriz, Aurora, Daniel, Pato y especialmente a la Familia Lacuesta, la Familia Nuñez y a José Acuña. A Carlos Masotta, director del proyecto de tesina, por orientarme y entusiasmarse. A los que han aportado su mirada y criticado el ensayo fotográfico: A Adriana Lestido y los compañeros del taller que se comprometieron a editarlo. A Julieta Escardó por animarme a repensarlo y encontrar nuevas formas. (Y por respetar los tiempos de nueva madre). Al jurado del premio FELIFA DOT, Gerardo Dell´Oro, Gabriel Díaz, Dirán Sirinian, Eugenia Rodeyro, Jazmín Tesone y Juan Travnik por el apoyo y la oportunidad. A Eduardo Gil, Jorge Sáenz, Alfredo Srur y Ezequiel Torres por aconsejar en el proceso. A mis amigos y compañeros que han alentado siempre, Santiago Cichero, Pablo Cuarterolo, Tali Elbert, Andres D´Elia (¡Gracias por la Mamiya!), Gonzalo Martínez y Sergio Piemonte. A Cora Gamarnik por su interesada lectura y devolución. A María Carmán por sus comentarios. A Claudia Masin y Gabriela Vulcano por las correcciones. A Carolina Podestá por compartir su amor por los libros. A Bernardo Irigoyen y Cecila Ghiraldo por prestarme casa y escaner. A Amalia Jiménez y Jorge Lembo por su generosidad. A los funcionarios de la Legislatura que facilitaron la investigación Alvaro Arguello, Facundo Di Filippo y Jimena Navatta. A Nizo, mi compañero, por el amor, la paciencia, y la confianza interminable. Y por su trabajo impagable. A Vera, por impulsar desde la panza con su energía de vida. Pura luz y felicidad. A mi familia, por ser un apoyo incondicional. Y especialmente a mi mamá por disfrutar de ser abuela. El libro hubiese sido imposible de otra manera. A mis amigos del alma, por su compañía imprescindible. A Reinier Van Wel por haberme regalado mi primer libro de fotografía.


Victoria Gesualdi nació en Buenos Aires en 1980. Es fotógrafa y Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social (Universidad de Buenos Aires). Vivió en Madrid (España) entre el 2002 y el 2004 donde realizó el Master de Fotografía en la Escuela EFTI. De vuelta en Buenos Aires, participó de los talleres de Adriana Lestido, Eduardo Gil, Jorge Sáenz y Don Rypka. En 2012 realizó el Posgrado Internacional de Gestión y Política en Cultura y Comunicación en FLACSO. Desde 2005 trabaja como fotoperiodista para distintos medios nacionales e internacionales. Sus fotografías fueron expuestas en las Muestras de Fotoperiodismo Argentino (ARGRA) en las ediciones 2012, 2011, 2010, 2009 y 2007. En 2012, un tríptico perteneciente al trabajo “La Traza” recibió una mención especial en el concurso fotográfico “Ciudad Ciudades” organizado por la Biblioteca Nacional. En abril de 2013 nació su hija Vera. http://victoriagesualdi.com vgesualdi@gmail.com


LA LUMINOSA Sello editorial de la Feria de Libros de Fotos de Autor www.fotolibrosdeautor.com/laluminosaeditorial@gmail.com Fotografía y textos: Victoria Gesualdi Diseño gráfico: Nizo Mauas Dirección Editorial: Julieta Escardó/ Eugenia Rodeyro Corrección de textos: Claudia Masín Laboratorio digital: Bob Lightowler La Traza recibió el Primer Premio Felifa Dot 2013, gracias al cual se publica una primera edición de 200 ejemplares numerados y firmados. El proyecto formó parte de la tesina de grado de la carrera Ciencias de la Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires. Se terminó de imprimir en Gráfica DOT, Rocamora 4129, C.A.B.A., Buenos Aires, Argentina, en octubre de 2013.

Gesualdi, Maria Victoria La traza. - 1a ed. Buenos Aires : La Luminosa, 2013. 84 p. ; 24x20 cm. ISBN 978-987-28252-8-7 1. Fotografias. I. Título CDD 778.5 Fecha de catalogación: 08/10/2013

Este es el libro Nº


¿Dónde está lo que motiva que una casa pueda ser vinculada con la calidez de un útero o con la fortaleza de un cuerpo, percibida como una obra de arte o como frágiles capas que convocan a la intemperie? ¿Qué es lo que puede transformarla en un imán o personificarla al punto de verla arrugada, reseca, agotada? Las casas de La Traza están en conflicto y sus habitantes las significan con sus cuerpos para hacerlas existir. L a dictadura cívico militar (1976-1983) las expropió y abandonó dejando una franja de destrucción que partió la ciudad de Buenos Aires e n dos. Donde algunos vieron ruinas o negocios inmobiliarios, cientos de familias crearon casas y se apropiaron de un espacio arrasado para convertirlo en suyo.

La traza  

LIBRO DE FOTOGRAFÍA DE AUTOR EDICIÓN DE 200 EJEMPLARES AUTOR: VICTORIA GESUALDI EDITORIAL: LA LUMINOSA La Traza. La casa y sus formas imagi...

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