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Progenie ensayo sobre el origen

Sebastiรกn Van Den Dooren

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Progenie ensayo sobre el origen

Sebastiรกn Van Den Dooren


Ni siquiera guardo una foto de ĂŠl, dije. No necesitas una foto, dijo, tocando tu gorrito de lana, tienes su progenie. ÂĄQuĂŠ palabra tan rara, progenie! No la hay mejor, dijo. Buenas noches. John Berger, Una vez en Europa


En 2004, dos años antes de su muerte, le propuse a mi abuelo reunirnos periódicamente, él y yo, con un grabador. Quería explorar su memoria longeva pero aún lúcida. Aceptó.

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Autorretrato del abuelo Tito


Es una historia linda para contarte –comenzó mi abuelo–. Pero es una historia larga. Vamos a sintetizarla. Quiénes vinieron y qué pasó con ellos.

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Mi padre, Georges Leon Van Den Dooren, llegó a la Argentina a los diecisiete años en 1890 desde Gante, Bélgica, junto a mis abuelos, Leon Constant y María Josefa Van de Velde. El abuelo, que en Europa había trabajado en el ferrocarril, tenía una enfermedad bastante complicada. El médico le había sugerido que si cruzaba la línea del ecuador se iba a sentir mucho mejor. Teorías de aquel entonces. No se sintió nada mejor y falleció al poco tiempo de haber llegado. Por esos años, no recuerdo la fecha exacta, vino también mi mamá, Manuela Poletti, con su familia, unos piamonteses de hablar suave, muy amigos de la poesía y de la canción. Los Van Den Doorne —tal era el apellido original, pero en el puerto de Buenos Aires algún funcionario distraído o con poca paciencia invirtió las dos últimas letras— se alojaron en el Hotel de los Inmigrantes y a los pocos días partieron en tren rumbo a Entre Ríos. Se instalaron en una colonia belga cercana a Villaguay, donde les habían asignado unas pocas hectáreas. Allí se conocieron papá y mamá. Según papá, cada cinco años venía una buena cosecha de lino. Y así fue. Tiempo después de casarse, pudieron vender el campo y se instalaron en San Salvador para abrir un comercio de ramos generales —ferretería, corralón, venta de máquinas agrícolas y taller de carpintería donde se fabricaban sulkys y ataúdes—. Ahí nací yo, en 1915.

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Alberto Alfredo Van11Den Dooren, el abuelo Tito


Mi padre, Georges Leon Van Den Dooren, llegó a la Argentina a los diecisiete años en 1890 desde Gante, Bélgica, junto a mis abuelos, Leon Constant y María Josefa Van de Velde. El abuelo, que en Europa había trabajado en el ferrocarril, tenía una enfermedad bastante complicada. El médico le había sugerido que si cruzaba la línea del ecuador se iba a sentir mucho mejor. Teorías de aquel entonces. No se sintió nada mejor y falleció al poco tiempo de haber llegado. Por esos años, no recuerdo la fecha exacta, vino también mi mamá, Manuela Poletti, con su familia, unos piamonteses de hablar suave, muy amigos de la poesía y de la canción. Los Van Den Doorne —tal era el apellido original, pero en el puerto de Buenos Aires algún funcionario distraído o con poca paciencia invirtió las dos últimas letras— se alojaron en el Hotel de los Inmigrantes y a los pocos días partieron en tren rumbo a Entre Ríos. Se instalaron en una colonia belga cercana a Villaguay, donde les habían asignado unas pocas hectáreas. Allí se conocieron papá y mamá. Según papá, cada cinco años venía una buena cosecha de lino. Y así fue. Tiempo después de casarse, pudieron vender el campo y se instalaron en San Salvador para abrir un comercio de ramos generales —ferretería, corralón, venta de máquinas agrícolas y taller de carpintería donde se fabricaban sulkys y ataúdes—. Ahí nací yo, en 1915.

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Juana Yolanda Pancrazio, la abuela Yoly, con sus14 padres, los bisabuelos Ernesta y Leopoldo


En la caja deben estar los negativos de cuando trabajé en fotografía. Y deberían estar también las primeras fotos que me saqué yo. Tenía doce años. Una compañía de Buenos Aires había organizado una rifa en San Salvador cuyo premio era una cámara con un lente de aproximación. Y me la gané yo. Me enseñó un farmacéutico que sabía revelar. Empecé sacando fotos para libretas de enrolamiento. Y con el tiempo, comencé a fotografiar a mi familia. Cientos de fotos que revelábamos y copiábamos con mamá en el cuarto oscuro. Bastante buenas, porque volví a ver algunas hoy y no se han borrado ni nada. A esa misma edad, tuve intenciones de ingresar al seminario sacerdotal. No recuerdo qué fue lo que me entusiasmó. Sin embargo, el médico de la familia, el Dr. Sacro, lo desaconsejó por mi débil estado físico. Yo era muy flacucho. Entonces papá no me dio la autorización. Pero jamás se lo recriminé. La pasión por la fotografía me hizo olvidar esa idea.

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Autorretrato del abuelo Tito a sus veinte años 17


En la caja deben estar los negativos de cuando trabajé en fotografía. Y deberían estar también las primeras fotos que me saqué yo. Tenía doce años. Una compañía de Buenos Aires había organizado una rifa en San Salvador cuyo premio era una cámara con un lente de aproximación. Y me la gané yo. Me enseñó un farmacéutico que sabía revelar. Empecé sacando fotos para libretas de enrolamiento. Y con el tiempo, comencé a fotografiar a mi familia. Cientos de fotos que revelábamos y copiábamos con mamá en el cuarto oscuro. Bastante buenas, porque volví a ver algunas hoy y no se han borrado ni nada. A esa misma edad, tuve intenciones de ingresar al seminario sacerdotal. No recuerdo qué fue lo que me entusiasmó. Sin embargo, el médico de la familia, el Dr. Sacro, lo desaconsejó por mi débil estado físico. Yo era muy flacucho. Entonces papá no me dio la autorización. Pero jamás se lo recriminé. La pasión por la fotografía me hizo olvidar esa idea.

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Autorretrato del abuelo Tito a los doce aĂąos20 en el fondo de su casa, en San Salvador


Conocí a Yoly en un baile de carnaval, en San Salvador, que se hacía en un salón que estaba a media cuadra de casa, La Fraternidad. Fue en el año 1938. Ahí la vi. Era una rubiecita muy linda y la invité a bailar. Cuando terminó la fiesta la acompañé a la casa de unos italianos amigos de su familia, que estaba al fondo de la nuestra, los Telerani. Yoly dormía esa noche ahí porque vivía en el campo a siete kilómetros del pueblo. Comenzó una amistad sin noviazgo ni nada. Fui al campo dos o tres veces por alguna que otra excusa, pero en realidad era para verla a ella. Hasta que un día me invitaron a pasar. A don Leopoldo Pancrazio, su padre, le dijeron que yo no iba por Yoly, sino por una prima que estaba en ese momento de visita. Pero con el tiempo me fui ganando la confianza del viejo, más que nada cuando empezamos a hablar de radios. Él fue uno de los primeros pobladores que llevó la radio a San Salvador. Un primo suyo, Rossi, había aprendido mucho de radio en Francia y había construido algunos aparatos muy rudimentarios, uno se lo dio a don Leopoldo. Era una novedad para la época. Tengo todavía el frente de ese aparato. Con el tiempo le vendí a don Leopoldo una radio de mi negocio y cuando la fui a instalar me invitaron a comer. Yoly también iba de visita a la casa de los Telerani. Nos veíamos cada vez más seguido y, pasados unos meses, ya éramos novios. Teníamos veintitrés años. Ella nació el 18 de enero de 1916 y yo el 15 de noviembre del 1915. Y nos enamoramos. Era un amor sano.

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El abuelo Tito 23a los dieciséis años


Conocí a Yoly en un baile de carnaval, en San Salvador, que se hacía en un salón que estaba a media cuadra de casa, La Fraternidad. Fue en el año 1938. Ahí la vi. Era una rubiecita muy linda y la invité a bailar. Cuando terminó la fiesta la acompañé a la casa de unos italianos amigos de su familia, que estaba al fondo de la nuestra, los Telerani. Yoly dormía esa noche ahí porque vivía en el campo a siete kilómetros del pueblo. Comenzó una amistad sin noviazgo ni nada. Fui al campo dos o tres veces por alguna que otra excusa, pero en realidad era para verla a ella. Hasta que un día me invitaron a pasar. A don Leopoldo Pancrazio, su padre, le dijeron que yo no iba por Yoli, sino por una prima que estaba en ese momento de visita. Pero con el tiempo me fui ganando la confianza del viejo, más que nada cuando empezamos a hablar de radios. Él fue uno de los primeros pobladores que llevó la radio a San Salvador. Un primo suyo, Rossi, había aprendido mucho de radio en Francia y había construido algunos aparatos muy rudimentarios, uno se lo dio a don Leopoldo. Era una novedad para la época. Tengo todavía el frente de ese aparato. Con el tiempo le vendí a don Leopoldo una radio de mi negocio y cuando la fui a instalar me invitaron a comer. Yoly también iba de visita a la casa de los Telerani. Nos veíamos cada vez más seguido y, pasados unos meses, ya éramos novios. Teníamos veintitrés años. Ella nació el 18 de enero de 1916 y yo el 15 de noviembre del 1915. Y nos enamoramos. Era un amor sano.

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Recorte de la foto de la abuela Yoly a los 26quince aĂąos que ella le obsequiĂł al abuelo Tito cuando eran novios


Al año de habernos conocido, los padres de Yoly la llevaron a Buenos Aires para operarla de apéndice. Para ese entonces yo ya le había pedido la mano a don Leopoldo. Así que cuando volvió a San Salvador fijamos la fecha de casamiento para el 23 de septiembre de 1939, en la parroquia Santa Teresita. La fiesta la organizamos en el campo de los Pancrazio.

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Los abuelos, en su40 luna de miel

Los abuelos, sus hijos y unos amigos, 41 de vacaciones en San Clemente del TuyĂş


Los bisabuelos Leopoldo y Ernesta, la abuela Yoly 42y sus cuatro hijos, en el rĂ­o GualeguaychĂş

La abuela Yoly y sus hijos, 43 junto a una amiga y sus hijas


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En San Salvador, nacieron nuestros cuatro hijos. Seguí con mi negocio de ventas de radio y otras cosas. En el 40 nació Jorge, el primero. Después José, Pedro —tu papá— y Enrique. Tuvimos momentos muy lindos. Me compré un Ford T y casi todas las tardes íbamos al campo de los Pancrazio. Viajamos a Córdoba, a Villa Gesell, a Mendoza y a muchos otros lugares más. Unos años después decidimos con Yolanda irnos a una ciudad donde pudieran estudiar los chicos. En mi negocio tenía la concesión de Philips, así que le propuse a la empresa instalarme en una ciudad más grande. Me ofrecieron Paraná, Concepción del Uruguay o Gualeguaychú. Siempre fuimos muy amigos del río y los arroyos, por eso nos decidimos por Gualeguaychú. A los chicos les encantó. Alquilamos una casa en la esquina de Alem y Andrade, a una cuadra de la costanera, donde vivimos desde el 51 hasta el 55. Después pedimos un crédito en el Banco Entre Ríos para comprar la casa de la calle Magnasco.

La abuela Yoly y sus hijos, en viaje 48 de vacaciones a Córdoba

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Inundaciรณn de 1954. En la canoa del primer plano, 51 a la derecha, estรกn la abuela Yoly, su hijo Pedro y la bisabuela Manuela Poletti, junto a vecinos. Al fondo, la casa de Alem y Andrade


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La abuela Yoly y 54 Kika, su sobrina

Los abuelos55en Villa Gesell


La abuela Yoly y 54 Kika, su sobrina

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Los abuelos antes de partir a GualeguaychĂş, su nuevo destino 58


Un día, cuando yo tenía cinco años, aterrizó en San Salvador, a dos cuadras de casa, un avión piloteado por un francés. Llegó haciendo vuelos de bautismo. Sospecho yo que el piloto era el autor de El principito, de quien me enteré hace poco que por aquellos años había estado en Concordia. Todo el pueblo salió a recibirlo. Era toda una novedad. Como papá en ese entonces vendía nafta en lata y hablaba francés, se entendió muy bien con el piloto y se hicieron amigos. La primera mujer en volar fue mi hermana María. Después me llevaron a mí junto con Sara, mi otra hermana. Me acuerdo perfectamente bien de todo y del tipo de máquina que era. Tenía tres cabinas abiertas en el fuselaje. Fuimos hasta la estación de General Campos, que está a unos veinte kilómetros rumbo a Concordia. Sara llevaba un ramo de flores que tiró cuando sobrevolamos la estación, una modalidad de aquellos años. Ese vuelo me quedó marcado para siempre, hasta hice un modelo en madera de ese mismo avión. Imaginate haber volado con esa edad. A partir de ahí se me despertó la pasión por los aviones. De grande aprendí a pilotear y muchas veces iba al campo en un avión del aeroclub para instalar las radios que vendía.

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El abuelo Tito, posando con un avión y con una 61 de las radios que vendía a sus clientes del campo


Un día, cuando yo tenía cinco años, aterrizó en San Salvador, a dos cuadras de casa, un avión piloteado por un francés. Llegó haciendo vuelos de bautismo. Sospecho yo que el piloto era el autor de El principito, de quien me enteré hace poco que por aquellos años había estado en Concordia. Todo el pueblo salió a recibirlo. Era toda una novedad. Como papá en ese entonces vendía nafta en lata y hablaba francés, se entendió muy bien con el piloto y se hicieron amigos. La primera mujer en volar fue mi hermana María. Después me llevaron a mí junto con Sara, mi otra hermana. Me acuerdo perfectamente bien de todo y del tipo de máquina que era. Tenía tres cabinas abiertas en el fuselaje. Fuimos hasta la estación de General Campos, que está a unos veinte kilómetros rumbo a Concordia. Sara llevaba un ramo de flores que tiró cuando sobrevolamos la estación, una modalidad de aquellos años. Ese vuelo me quedó marcado para siempre, hasta hice un modelo en madera de ese mismo avión. Imaginate haber volado con esa edad. A partir de ahí se me despertó la pasión por los aviones. De grande aprendí a pilotear y muchas veces iba al campo en un avión del aeroclub para instalar las radios que vendía.

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La abuela Yoly, el abuelo 64 Tito y el tĂ­o Enrique


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En 1972, cuando se casaron mis padres, mis abuelos dividieron la casa de Magnasco. Allí nacimos mis hermanos y yo, donde vivimos hasta la adolescencia. Permanecieron, sin embargo, algunos espacios comunes, flujos de comunicación, puertas que aún no se habían cerrado. Con mi hermano dormíamos en una habitación que tenía dos puertas. Una daba a nuestra casa. La otra, a una pequeña habitación con una escalera que descendía al living de la casa de mis abuelos. A la tarde, cuando no había nadie, yo me escabullía escaleras abajo. Revisaba cajones y armarios en busca de algunos objetos que me fascinaban. A mi abuela Yoly le diagnosticaron cáncer en 1975. Falleció en 1977, a los sesenta y dos años. Cuando sintió que la enfermedad no le dejaba escapatoria, le dijo a mi padre: “lo que más pena me da es no ver crecer a mis nietos”. Yo tenía tres años. Tengo un solo recuerdo de ella: desde su cama, estirándose, sonriente, me alcanza caramelos a través de la ventana que da al jardín. Una ventana baja cuyo alféizar me llega a la cintura. Tiempo después mi abuelo se casó con Hilda, veintidós años menor que él. Esa es otra historia. Solo me interesa un punto para este relato. Vendió su parte de la casa. Tuvo que vaciarla. Algunas cosas las tiró pero muchas no. En una caja archivó todo aquello que documentaba la historia

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de una familia: guardó las fotos de la infancia y adolescencia de él y de la

Recuerdo que había una sola que me llamaba la atención, que estaba en el es-

abuela, del noviazgo, del casamiento, de los hijos, de las vacaciones, de las

critorio. Mi abuelo me había contado acerca de un accidente aéreo que había

reuniones familiares y sociales, de los amigos, además de cartas, telegramas,

sufrido junto a uno de mis tíos cuando tenía unos diez años. Volaban en cír-

postales, folletos de viajes. La cerró y la llevó al tercer y último piso del edifi-

culos sobre la casa de unos amigos del campo con la intención de saludarlos.

cio donde tenía sus oficinas y talleres (lo llamábamos “el negocio”). No pidió

Pero él hizo una maniobra muy cerrada a baja altura y perdió el control del

ayuda. Ni lo hubieran podido ayudar. Había un fuerte resentimiento por su

avión. En la foto están mi abuelo y mi tío, ilesos, posando junto a sus amigos,

nueva mujer (nueva, así, en cursiva. Ella era empleada del negocio desde ha-

sonrientes, al lado del avión estrellado contra una de las paredes de la casa.

cía muchos años).

Jamás volví a ver esa foto. No estaba en la caja.

Imagino ese momento. Solo. Mi abuelo yendo y viniendo por la casa como si fuera un hueco, abriendo cajones y armarios, levantando el vidrio del

Yo desconocía que afuera de casa la dictadura militar asolaba las ca-

escritorio para sacar las fotos pegadas por la acción química bajo el cristal, y

lles. Escapaba a mi imaginación. En la foto de la inundación hay dos niñas en

después cargando la caja en el baúl del Renault 12. Quizás, luego de recorrer

el lado izquierdo de la canoa. Eran Susana María y Cristina Lucía Marroco,

las seis cuadras por la calle Magnasco hasta la esquina de 25 de Mayo, donde

que en 1977 fueron detenidas por los militares en La Plata. Hasta el día de

estaba el negocio, estacionó y se quedó unos minutos adentro del auto miran-

hoy continúan desaparecidas.

do la calle desolada. Quizás en ese momento pensó en arrancar nuevamente el R 12, en acelerar por 25 de Mayo hasta la costanera, detenerse en el medio

Allí guardada en el negocio, la caja permaneció en silencio durante vein-

del puente y tirar la caja al río. Pero estas son suposiciones. En lugar de hacer

ticinco años. Sospechábamos que todos aquellos recuerdos estaban en algún

eso, respiró hondo con las manos todavía en el volante, bajó del auto y sacó la

lugar. Pero, cuando le preguntábamos, mi abuelo respondía con evasivas. En

caja del baúl. Giró dos veces la llave y levantó la persiana de hierro. Después

sus últimos años, él comenzó a mirar, despacio, hacia el pasado. A su ritmo.

giró dos veces otra llave y abrió la puerta de vidrio y marco de madera que

Un día, quizás a causa del movimiento que los recuerdos habían producido

conduce, unos metros más adelante, a la escalera.

en él a partir de nuestras entrevistas, mi abuelo llamó por teléfono a mi her-

Un peso difícil de ocultar y olvidar. Sin embargo, allí iba mi abuelo su-

mana para que lo ayudara a buscar algo en el negocio. Sin mucha explica-

biendo la caja con la espalda encorvada, con la pretensión titánica de dejar

ción. Subieron, buscaron, encontraron. Mi hermana cargó una caja escaleras

en suspenso las huellas de años de recuerdos y de dar una vuelta de página

abajo los tres pisos.

a su vida.

En la charla que tuvimos ese día mi abuelo me contó: —Hoy a la mañana fuimos con Celina al negocio. Le di una caja llena

Ahora pienso que estas fotos habían estado siempre ahí, a mi alcance

de fotografías y cosas y todo eso. No sé cómo hizo para ingeniárselas, ha-

mientras daba vueltas por la casa hasta que mi abuelo se fue a vivir con Hilda.

brá sido por el entusiasmo, porque era enorme y muy sucia —mi abuelo se

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reía mientras lo contaba—. Nos costó entrar. Era una mugre el depósito.

saber muy bien qué era. ¿Un viaje hacia el pasado, como si las fotos fueran

Entraron palomas y cagaron todo. Tuvimos que limpiar bastante para po-

un agujero a través del cual se podría ver algo lejano en el tiempo? Tal como

der buscar la caja y otras cosas más... —En ese momento hizo una pausa y

escribió Nietzsche, “con la inspección del origen aumenta la insignificancia

agregó:— Encontré también las cartas que nos habíamos escrito con Yoly.

del origen: mientras que lo más próximo, lo que está en torno de nosotros y

Un alto así de cartas. Pero las dejé ahí. Imaginate que no las puedo traer acá.

en nosotros comienza a mostrar colores, bellezas, enigmas y una riqueza de

Pero son para vos... Cuando mi hermana lo llevó a mi abuelo de regreso a su

significado”. Al ir examinando las fotos fui advirtiendo que había otro mis-

casa, él le dijo:

terio, como un hilo que fluía entre las imágenes y mi presente por un cauce

—No, no la bajes. Esa caja es para ustedes.

distinto al del Tiempo.

Se la ofrecía como un legado. Mi abuelo murió dos años más tarde, a los noventa y dos años. Falleció a la madrugada. Horas antes le dijo a mi padre: —Estoy tranquilo, ya viví demasiado. Yo sabía de la caja, pero tardé en descubrirla. Para mí estuvo en silencio otros nueve años desde que mi abuelo se la dio a mi hermana. Un día, buscando algo en la casa de mis padres, abrí un armario y ahí estaba. En ese entonces Antonella, mi mujer, estaba embarazada de Julián, nuestro primer hijo. Descubrí miles de fotos, la mayoría rotas o manchadas. Las exploré y clasifiqué como un arqueólogo. Las tocaba y olía. El polvo en las yemas de los dedos. Los recuerdos pertenecían a otros. Pero a medida que me iba acercando a las imágenes, sentía esa memoria como propia. Una memoria inmutable y a la vez tan frágil como el papel que sostenía en la mano. Me conmovían todos esos momentos vividos por personas que hoy en su mayoría ya no están. Sentía su presencia sin más distancia que la que separa el ojo de la imagen. Los revivía como en una película donde cada escena estaba compuesta por un único fotograma que giraba sin cesar en el proyector. Cientos de veces la misma foto durante largos minutos hasta que adquiría, en esa repetición mental, obsesiva, un movimiento casi imperceptible que emergía desde la misma quietud de la imagen. Yo buscaba algo sin

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La palabra progenie tiene un doble sentido. Por un lado, refiere al pasado, a todos aquellos cuya existencia precedió a la mía y le dio origen, es decir, aquellos sin los cuales yo no estaría aquí —“casta, generación o familia de la cual se origina o desciende una persona”—. Por otro, alude al futuro, a todos aquellos que se originarán a partir de mí: “descendencia o conjunto de hijos de alguien”. Progenie. Originadores y originados habitan una misma palabra.

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english version

Progeny Essay on the origin

I do not even keep a photo of him, I said. You do not need a photo, he said, touching his woolen hat, you have got his progeny. What a strange word, progeny! There is no better word, he said. Good night. John Berger, Once In Europa. Page 5. In 2004, two years before he passed away, I offered my grandfather to meet daily, him and me, with a tape recorder. I wanted to explore his longevous but still fresh memory. He said yes. Page 7. “Grandfather Tito’s self-portrait” Page 8. “It’s a beautiful story to tell you about,” began my grandfather. “But it’s a long one. Let’s sum it up. Who came here and what became of them.” Page 10. My father, Georges Van Den Dooren, came to Argentina with my grandparents, Leon Constant and María Josefa Van de Velde at the age of seventeen in 1890 from Gante, Belgium. My grandfather, who had worked in the railway in Europe, suffered from quite a complicated illness. His doctor had suggested that if he crossed the equator line he was going to feel much better. Theories back then. He didn’t feel better at all and died shortly after arriving. Around that time —I cannot recall the exact date — my mother, Manuela Poletti, came too, with her family, Piedmontese people who talked quietly and were very fond of poetry and music. The Van Den Doorne family —that was the original surname, but in the port of Buenos Aires some distracted or impatient official switched the last two letters— stayed at the Hotel de los Inmigrantes and a few days later travelled by train to Entre Ríos. They

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settled in a Belgium colony near Villaguay, where they had been assigned a few acres. That is when dad and mom met. According to dad, there was a good linen harvest every five years. And he was right. Some time after getting married, they were able to sell the ranch and they settled in San Salvador with the purpose of opening a general store –hardware store, builder’s yard, agricultural machinery selling and carpentry shop where horse— drawn carts and coffins were made-. That is when I was born, in 1915. Page 11. “Alberto Alfredo Van Den Dooren, grandfather Tito” Page 14. “Juana Yolanda Pancrazio, grandmother Yoly with her parents, greatgrandparents Ernesta and Leopoldo” Page 16. The negatives from when I worked as a photographer should be in the box. And there should also be the first pictures I took to myself. I was twelve years old. A company from Buenos Aires had organized a raffle in San Salvador and the prize was a camera with close-up lens. I was the winner. I was taught by a pharmacist who knew how to develop. I started by taking pictures for identity documents, and eventually I began photographing my family. We developed and copied hundreds of pictures with mom in the dark room. They were pretty good, I saw some of them today and they haven’t erased or anything like that. At the same age, I intended to enter the theological seminary. I don’t remember what pushed me to do it. Nevertheless, Dr. Sacro, the doctor in the family, didn’t recommend it because of my weak physical condition. I was extremely thin, as a consequence, dad didn’t authorize me. I never reproached him for it. The passion I had for photography helped me forget that idea. Page 17. “Grandfather Tito’s self-portrait when he was twenty” Page 20. “Grandfather Tito’s self-portrait at twelve in the back of his house, in San Salvador” Page 22. I met Yoly at a carnival dance in San Salvador, which was held in a dance hall called La Fraternidad that was half a block from home. It was 1938. I saw her there. She was a very beautiful blondie and I asked her to dance. Once the party was over, I went with her to the house of some Italians that were friends of her family, the Telerani, whose house was in the back of ours. Yoly stayed there that night because she lived in

the countryside, seven kilometers from town. A friendship started, and only that. I went to the countryside two or three times making some excuses, but in fact it was only to see her. Until one day they invited me in. Don Leopoldo Pancrazio, her father, was told I wasn’t going there for Yoly but for a cousin that was visiting them. As time went by, I won the old man’s trust, especially when we started discussing radios. He was one of the first inhabitants that took the radio to San Salvador. Rossi, a cousin of his, had learnt a lot about them in France and had built some very rudimentary device and gave one to Don Leopoldo. It was a novelty at that time. I still have the front part of that device. Eventually, I sold Don Leopoldo a radio of my shop and when I went to install it, they invited me to eat. Yoly also visited Telerani’s family. We were seeing each other more frequently and, after some months, we became a couple. We were twenty-three years old. She was born on January 18th, 1916 and I, on November 15th, 1915. We fell in love. It was a sane kind of love. Page 23. “Grandfather Tito at sixteen” Page 26. “Cutting of the picture of grandmother Yoly at fifteen that she gave grandfather Tito as a present when they were boyfriend and girlfriend” Page 28. One year after we met, Yoly’s parents took her to Buenos Aires to make her go through an appendectomy. I had already asked Don Leopoldo for her hand. So, when she came back to San Salvador, we set the wedding date for September 23th, 1939, in Santa Teresita parish. The party was held in Pancrazio’s ranch. Page 40. “Your Grandparents on their honeymoon” Page 41. “Your Grandparents, their children and some friends, vacationing in San Clemente del Tuyú” Page 42. “Great-grandparents Leopoldo and Ernesta, grandmother Yoly and her four children, in the Gualeguaychú river” Page 43. “Grandmother Yoly and her children, with a friend and her daughters” Page 48. “Grandmother Yoly and her children, travelling to Córdoba for some holidays” Page 49. Our four children were born in San Salvador. I kept my radio selling business, among other things. In 1940 Jorge was born, the first one. José followed, then Pedro —your dad— and Enrique.

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We had beautiful moments. I bought a Ford T and almost every evening we went to Pancrazio’s ranch. We travelled to Córdoba, Villa Gesell, Mendoza, and many other places. Some years later, Yolanda and I decided to move to a city where the children could study. I had the concession of Philips in my shop, so I put forward the idea of settling in a bigger city. The company offered Paraná, Concepción del Uruguay or Gualeguaychú. We were always very fond of the river and streams, that is why we chose Gualeguaychú. The kids loved it. We rented a house in the corner of Alem and Andrade, where we lived from 1951 to 1955 and which was a block away from the riverside. Afterwards, we asked for a loan in the Banco Entre Ríos in order to buy the house on Magnasco street. Page 54. Grandma Yoly and Kika, her niece. The flood of 1954. Grandma Yoly, his son Pedro, and great grandma Manuela Poletti, together with neighbors, are in the canoe in the foreground, on the right. At the back, the house on the corner of Alem and Andrade. Page 55. Grandparents in Villa Gesell. Page 58. Grandparents before moving to Gualeguaychú, their new destination. Page 60. One day, when I was five, a plane piloted by a Frenchman landed in San Salvador, two blocks away from home. It was a flight baptism. I suspect the pilot was The Little Prince’s author, whom I just found out visited Concordia back then. The whole town went out to welcome him. It was a novelty at that time. Since back then dad would sell petrol cans and he spoke French, he and the pilot understood each other very well and became friends. The first woman to fly was my sister María. Then they took me together with Sara, my other sister. I recall everything perfectly, and also the type of machine it was. It had three open cockpits in the fuselage. We flew to the General Campos station, which is 20 kilometers away on the way to Concordia. Sara was carrying a bouquet of flowers which she threw from the plane when we flew over the station, a tradition back then. That flight marked me forever; I even made a wooden model of that same plane. Imagine how it felt to fly at that age. From that moment on, a passion for planes grew inside me. I learnt how to fly when I was older, and many times I would go to the

countryside in a plane from the aviation club to install the radios I used to sell. Page 61. Grandpa Tito, posing with a plane and with one of the radios he used to sell to his clients in the countryside. Page 64. Grandma Yoli, grandpa Tito and uncle Enrique. Page 73. In 1972, when my parents got married, my grandparents divided the house in Magnasco. Me and my brother were born there, and we lived in that same house until adolescence. Some common spaces, flows of communication, doors that were still open, however, remained. Me and my brother would sleep in a bedroom that had two doors. One of them was onto our house, and the second one, onto a small room with stairs that led to the living room of my grandparent’s place. In the evening, when nobody was there, I would scamper away downstairs. I would inspect drawers and wardrobes in search of some fascinating objects. My grandmother Yoly was diagnosed with cancer in 1975. She passed way in 1977, at the age of sixty-two. When she realized she could not escape from that illness, she told my father, ‘what saddens me the most is not having the chance to see my grandchildren grow up’. I was three. I have a single recollection of her: from her bed, stretching, smiling, she gives me candies through the window onto the garden. A short window whose sill reaches my waist. After a while, grandpa married Hilda, who was twenty-two years younger than him. But that is another story. There is just one relevant thing about it. Grandpa sold his part of the house. He had to empty it. He threw away some items but kept some others. He filed everything that documented a family’s history in a box: he kept his childhood and adolescence photos and also grandma’s, engagement and wedding photos; photos of his children, holidays, family and social meetings, photos of his friends, apart from letters, telegrams, postcards, travel brochures. He closed the box and took it to the third and last floor of the building where he had his offices and workshops (we used to call it “the store”). He did not ask for help. And nobody could have helped him. There was a deep resentment about his new wife (new, like this, in italics. She had been working in the shop for many years).

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I imagine that moment. By himself. My grandfather coming and going around the house as if it was a hole, opening shelves and wardrobes, lifting the glass over the desk to remove the photos stuck by the chemical action under the crystal. And then carrying the box in the trunk of the Renault 12. Maybe after driving the six blocks along Magnasco until the corner of 25 de Mayo, where the store was, he parked and remained in the car for some minutes looking at the desolate street. Maybe in that moment he thought of starting the R 12 again, speeding up along 25 de Mayo till the esplanade, stopping in the middle of the bridge and throwing the box into the river. But these are assumptions. Instead of doing that, he breathed deeply still with his hands in the steering wheel, got off the car and took the box out of the trunk. He turned the key twice and lifted the iron shutter. Then he turned another key twice and opened the glass door and the wooden frame that leads, a couple of meters ahead, to the stairs. A weight hard to hide and to forget. However, there was my grandfather carrying the box with his stooped posture, with the titanic ambition of suspending the track of years of memories and of turning the page of his life. Now I believe these photos have always been there, within arm’s reach while I was walking around the house, until my grandfather moved with Hilda. I remember this single photo that called my attention; it was over the desk. My grandfather had told me about a plane crash he was involved in with one of my uncles when he was around ten. They were flying in circles over one of the countryside’s friends with the intention of greeting him. But he carried out a complicated maneuver at low height and lost control of the plane. The photo shows my grandfather and my uncle, uninjured, posing with their friends, smiling, next to the plane crashed into one of the walls of the house. I never saw that photo again. It was not in the box. I did not know that outside the house the streets were deserted thanks to the military dictatorship. I could not even imagine it. The photo of the flood shows two girls on the left side of the canoe. They were Susana María and Cristina Lucía Marroco, who were detained by the military in La Plata. They are still missing. The box remained in silence for twenty-five years in the store. We suspected all those memories were somewhere. But my grandpa would be evasive every time we asked him. In his last years, he started to look back, slowly. At his own pace. One day, maybe due

to the movement that memories evoked in him after our interviews, grandpa called my sister to help him look for something in the store. Without further explanation. They went upstairs, searched, and found it. My sister carried a box downstairs, the three floors. In the talk we had that day, grandpa told me: This morning we went with Celina to the store. I gave her a box full of photos and things and all that. I don’t know how she managed to do it, it must have been because of the enthusiasm, because it was heavy and very dirty -he was laughing while saying it-. It was hard to get in. The warehouse was filthy. Some doves got into it and crapped everywhere. We had to clean quite a while before we could look for the box and stuff… -in that moment, he paused and add: - I also found some letters Yoly and I wrote to each other. Several letters. But I left them there. You know, I cannot bring them here. But they are for you… When my sister took grandpa back home, he said: ‘No, do not bring them. That box is for you.’ He was offering them as a legacy. He passed away two years later, at ninety-two. It was midnight. Hours before, he told my dad: ‘I am peaceful, I lived too much.’ I knew about the box, but it took me quite a lot of time to discover it. To me, it was in for other nine years after grandpa gave it to my sister. One day, looking for something at my parent’s place, I opened a wardrobe and there it was. At that time, Antonella, my wife, was pregnant with Julián, our first child. I found thousands of photos, the majority was damaged or spotted. I explored them and classified them as an archeologist. I touched them and smelled them. The dust in the fingertips. Memories were someone else’s. But as I was getting closer to the images, I started feeling those memories were mine. A changeless memory but, at the same time, as fragile as the piece of paper I was holding in my hand. I was touched by those memories experienced by other people, the majority of which was no longer alive. I could feel their presence with a distance as short as the one separating the eye from the image. I was reviving them as in a movie in which every scene was made by a single photogram spinning around the projector. Hundreds of times the same photo for several minutes, until I got, within that mental, obsessive

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repetition, an almost imperceptible movement arising from the same motionlessness of the image. I was seeking something without knowing what it was. Was it a trip to the past as if the photos were a hole through which you could see something far back in time? Just like Nietzsche put it, “with the inspection of the origin, the insignificance of the origin increases: while the closest, what surrounds us, what is within us starts to show colors, beauty, puzzles and a wealth of meaning.” While examining the photos, I could notice there was another mystery, as a thread flowing between images and my present over a bend different from the one in Time. Page 78. The word progeny has a dual sense. On the one hand, it refers to the past, to all those whose existence preceded mine and originated it, that is to say, those without whom I would not be here— “lineage, generation, or family from which a person originates or descends”. On the other hand, it refers to the future, to all those who will originate from me: “descendance or group of someone’s children”. Progeny. Originators and originated live in one same word. Page 90. Acknowledgements: To my parents, to my siblings; to my family: to Claudia Masín, Santiago Etchegaray, Gonzalo Golpe, Horacio Fernández; to my friends; to Julieta Escardó. To all of them: thank you for being with me along the different stages of this book. I dedicate this book to Antonella, Julián, and Manuel.

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Agradecimientos: A mis padres; a mis hermanos; a mi familia; a Claudia Masín, a Santiago Etchegaray, a Gonzalo Golpe, a Horacio Fernández; a mis amigas y amigos; a Julieta Escardó. A todas/os ellas/os gracias por haberme acompañado en las diferentes instancias que tuvo este libro. Dedico este libro a Antonella, Julián y Manuel.

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Sello editorial de la Feria de Libros de Fotos de Autor www.fotolibrosdeautor.com laluminosaeditorial@gmail.com Dirección editorial: Julieta Escardó / Eugenia Rodeyro Fotografía y textos: Sebastián Van Den Dooren Edición fotográfica: Julieta Escardó Laboratorio digital: Bob Lightowler Diseño: Estudio HolböllQuintiero Producción gráfica: Eugenia Rodeyro Corrección de estilo: Florencia Carrizo Traducción: Giuliana Vallecorsa

Este libro recibió una mención en el Premio FELIFA 2015. Publicado en Buenos Aires, Argentina en abril de 2018. Primera edición de 300 ejemplares numerados y firmados. Impreso con tecnología offset en Akian Gráfica Editora. Para el interior se utilizó el papel splendorgel extra white de 130 grs. Van Den Dooren, Sebastián Progenie / Sebastián Van Den Dooren. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : La Luminosa, 2018. 96 p. ; 20 x 16 cm. ISBN 978-987-3751-24-0 1. Fotografía. 2. Fotografía Artística. 3. Album Fotográfico. I. Título. CDD 779 Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o almacenada en sistemas electrónicos recuperables, ni transmitido por ninguna forma o medio, electrónico, mecánico, incluyendo fotocopias, grabaciones, u otros, sin previa autorización por escrito del Editor. Las infracciones serán procesadas bajo las leyes 11.723 o 25.446. Este es el libro Nº

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Llegó a mis manos una caja de fotos que mi abuelo guardó y ocultó durante 25 años. A medida que me acercaba a las imágenes, empecé a sentir esos recuerdos como propios. Fotografié cada una como si fuera una reliquia. Anverso y reverso de las fotografías, a tal punto son inmanentes que un lado carece de sentido sin el otro. Silenciosa, la historia transcurre en ambos. La huella es doble.

A box my grandfather kept and hid for 25 years was handed to me. As I was getting close to the images, I started to feel those memories like my own. I photographed every photo as if they were a relic. Front and back of the photographs are immanent to such an extent that one side lacks meaning without the other. Silently, history is present on both sides. The trace is twofold.

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Progenie  

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