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Revista Literaria Vega nº 2 Junio del 2013

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Asociación de escritores VEGA Tel. 957 643 841 Facebook: Vega Literaria

Dirección: C/ Alamillos, 25. Palma del Río, Córdoba (14700) asociacionescritoresvega@hotmail.es

Escritores: Alma-Raquel Martínez Delgado Mariola García Fernández Jesús García Fernández Fermín Castro González Escritores colaboradores: Jesús Fei García Todos los derechos reservados. Maquetación: David Lapuente Romero davidlapuente75@gmail.com

Corrección: Jesús Gracía Fernández

«Este espacio es para ti. Si lo deseas, puedes enviarnos tus escritos, poesías, pensamientos, cuentos… Solo necesitas tener algo que decir. El máximo debe ser de 2 000 caracteres, letra Times New Roman, tamaño 12».

No seas cabra:

Leeeee, leeeee, leeeee, leeeee

asociacionescritoresvega@hotmail.es


LA ISLA DE LA PALABRA FE DE ERRATAS Estimados señores editores: Me hallaba yo anoche, a eso de las dos de la madrugada, hora intempestiva para un madrugador como yo, completamente desvelado, agobiado por la presión que en mí ejercía pensar que al día siguiente, sin haber pegado ojo, debía cumplir religiosamente con mi jornada laboral. No obstante, de todos es conocida la sabiduría, sencilla y eterna, del refranero español. ¿Cuál aplicar a mi situación? Tras tirar de repertorio topé con el siguiente: «El tiempo es oro». Y, ya que el dulce sueño, el que todo lo repara, parecía haberse olvidado de este pobre madrugador, decidí no arrojar a la basura ni una pizquita más de oro. Encendí la lamparita de noche, de luz tenue, indispensable, imprescindible, inigualable para el propósito que habría de amenizar la eterna oscuridad y espantar las tinieblas. Me levanté de la cama, me calcé las chanclas y me dirigí hacia la pequeña balda recién colgada, soporte de una ínfima partícula del mundo de las letras. Recorrí la vista título a título mientras acariciaba los lomos donde se estampaban, suaves, ásperos, de plástico o de cartón. Durante el recorrido, mis dedos tropezaron con uno aún envuelto: «¿Cómo has llegado aquí?», le pregunté a sovoz. Lo cogí y le quité la envoltura que oprimía su interior. Me lo llevé conmigo a la cama. Carece de importancia el título del libro. Este solo adquiere su significado completo cuando la lectura ha terminado. Me transporté a

LA ISLA DE LA PALABRA la mitad del siglo XX. A la capital lusitana. A Lisboa. A un edificio de pisos. Conocí a multitud de personajes en el breve transcurso de las primeras páginas. Sus caracteres, sus formas de vestir y de hablar, sus profesiones, sus hábitos… Mas ¿estaba Lisboa infestada de erratas voraces y mugrientas? La plaga se colaba por debajo de las puertas, se comía el mobiliario de la vecindad, acababa con las escasas reservas de las alacenas… Con todo, es probable que en una vecindad humilde de la clase trabajadora pueda haber una plaga de erratas. Pero… ¿también de gazapos? ¿Gazaperas en la capital? ¿A sus anchas? Espero que al menos estén agazapados. ¿Qué piensan los ciudadanos? ¿Se extiende también esta plaga por la casa consistorial? ¿Y por los monumentos lisboetas? ¡Si hasta me pareció advertir la presencia de gamusinos! ¿Qué Lisboa quería pintarnos el autor en este primer capítulo? ¿La Lisboa costumbrista? ¿O la Lisboa infestada? Estimados señores editores, estamos en tiempos de crisis. Si desean que paguemos precios abusivos por sus libros, por favor, no dejen que las alimañas campen libremente por sus novelas, deserraticen. Se están jugando el pan. P. D.: si las erratas y los gazapos se encuentran en un barco, provoquen un humazo antes de zarpar. Tripulación y pasajeros se lo agradecerán.

Jesús García Fernández


das de Hemingway. No es Adiós a las armas, no es El viejo y el mar, no es Fiesta ni Por quién doblan las campanas…

Ernest Hemingway

Verdes Colinas de África

Mi escritor favorito del siglo XX, el mejor sin duda. El más grande. Ahora no acapara portadas y no logra escandalizar a gobiernos y sociedades, ahora generaciones desconocen su vida, su obra. Resulta sorprendente estudiar su literatura. Es algo vivificante, revitalizador. Un tiro de gracia. Doloroso. Lo odio desde lo más profundo de mi corazón. ¡Qué bien escribe! ¡Qué bueno es! Si eres escritor, comprenderás lo que siento. Con una vida llena de contradicciones, su obra es un canto a la paz (estuvo involucrado en buena parte de las guerras de su siglo); amaba la naturaleza de forma sincera, sin afectaciones ecologistas, de verdad (su pasión más fervorosa junto con el alcohol y las mujeres fueron la pesca deportiva y los safaris de caza por África, donde mataba rinocerontes, elefantes, bellos leones…); era capaz de batirse en duelo por la libertad de los hombres y por el respeto a su dignidad (fue amigo de dictadores cubanos y españoles). Fue un tipo complicado. Sí. ¡Culpable! Culpable de haber vivido intensamente. Y esa intensidad es lo que destila su obra. Su literatura es veraz, y eso hay muy pocos que lo hayan logrado. Verdes colinas de África no es una de las obras más famosas y conoci-

No es una de sus grandes obras y al mismo tiempo es, desde mi punto de vista, la mejor novela para escritores que pueda leerse, o por lo menos una de las que no pueden faltar en la cabecera de todo aficionado a eso tan jodido y maldito que es sujeto, verbo y predicado y todos los demonios que lo rodean. Magnífico manual para escritores noveles, además es una buena manera de analizar su originalísima técnica del iceberg, aquella que según Hemingway sustenta sus historias: solo aparece un octavo de lo que ocurre realmente, pues los silencios, lo que no se cuenta tiene igual o mayor importancia que lo que se cuenta. Es el maestro de los geniales y de los perfectos diálogos y de la justa descripción. En Verdes colinas de África no hay historia de amor (sí la hay, pero está oculta, insinuada); no hay aventura (sí la hay, pero permanece agazapada); no se habla de nada trascendente (es un libro que puede colocarse al lado de obras de filosofía y no desentonaría, su vitalismo es absoluto y su relativismo también). Es un libro del tipo caja china, hay mucho más de lo que parece. Para amantes de la Literatura con mayúsculas… Imprescindible para un escritor. *****Puntuación: 10***** Fermín Castro González


ros, asesinos en serie, mucho gore… Algunos cuentos te darán miedo, otros… asco y repulsión, pero así es la literatura de terror… como el buen y viejo rock duro: no es para todos los gustos. Un poco de aire fresco en el mundillo literario del género de terror.

Julián Sánchez Caramazana

Cuencas Vacias

En España hay poca relación literaria con el terror. A diferencia de los países anglosajones, donde las novelas de terror tienen un hueco enorme en el negocio editorial, en nuestro país son del todo minoritarias. Lo que se publica de terror suelen ser bestsellers internacionales de Stephen King, Cliver, etc. Solo algunos escritores mantienen una resistencia heroica frente al miasma internacional, como la autora Pilar Pedraza o José María Latorre; algunos editores son lo suficientemente valientes para sacar a la luz obras de autores nacionales. Una de esas audaces editoriales es Nowtilus, que lleva años apostando por escritores españoles y sacando obras de gran calidad. Este mes ha llegado a mis manos Cuencas Vacías, de Julián Sánchez Caramazana, un tipo que no le tiene miedo a nada y torea con poesía, cuento, relato de terror… Es un escritor a la vieja usanza, es decir, que lo que quiere es escribir; y eso es lo que hace, escribir sin miedos, sin tapujos, sin cortedad ni vergüenza, con el descaro que da saberse libre ante su propia obra. En este libro de relatos encontrarás vampi-


EL ÚLTIMO «Soy el último y el más solitario de los humanos. Privado de amor y amistad y, en eso, muy inferior al más imperfecto de los animales. Sin embargo, yo también he sido hecho para comprender y sentir la Belleza Inmortal. ¡Ah, diosa! ¡Apiádate de mi tristeza y de mi delirio!». El esplín de París, Charles Baudelaire. *** Un hombre vive en aquella montaña. Podría ser cualquier hombre, pero es uno muy concreto, único… Es el último ser humano sobre la faz de la tierra. No, no penséis que nuevamente Dios, en su infinita sabiduría, ha decidido dar una lección a la Humanidad, su juguete preferido, y ani-

quilarla un poquito… No es eso. Quizás Dios esté cansado de aniquilar o quizás es que se ha tomado unas vacaciones. Es el último hombre sobre la tierra. La civilización humana tomó hace sesenta años la decisión de sumergirse bajo las aguas, de vivir en Megahidrópolis. La energía es infinita, renovable; utilizan las corrientes marinas y los cambios de temperatura para generar electricidad. El control absoluto de la natalidad y la mortalidad (esto necesitaría una explicación extensa y complicada) ha logrado que desaparezcan todos aquellos males endémicos de la Historia del hombre (guerra, hambre, desequilibrios de riqueza, paro, etc.).

El ser humano vive una existencia feliz, sin enfermedades; una vida feliz, planificada, desde antes de su nacimiento, por Supercomputadoras. El Último vive en la cima de una montaña. Podría vivir en las zonas bajas, en los valles o en las mesetas, espacio no le falta… Dispone de todo un planeta para sí. No es casualidad que la montaña se encuentre bien alejada de la costa. Habita en un observatorio; todas las noches despejadas se sienta a mirar las estrellas y las oquedades que hay entre ellas… con esperanza… El universo es tan grande y parece tan triste y solo… silencioso… solo. No penséis que vive como un ermitaño harapiento, medieval, más cabra que hombre… Tiene todas las comodidades que el siglo XXI ofrecía, tiene recursos ilimitados (para el resto de su vida) de combustible, máquinas, paneles eléctricos, teléfonos móviles (aunque la red ya no es lo que era, muchos satélites siguen orbitando, pero otros muchos han caído), bebidas, alimentos enlatados (aunque hace cuarenta años enfermó por comer una lata de judías en mal estado y ha adoptado otros medios de alimentación, como harinas, comida deshidratada, incluso encontró en una base militar abandonada comida superconcentrada de esa que utilizaban los astronautas), videojuegos de todas las consolas, deportes de riesgo, incluso se aficionó a la caza durante un tiempo (pero la abandonó, lo asqueaba despellejar y eviscerar las presas, lo consideraba un rasgo atávico; creía que debía matar solo para alimentarse); efectivamente, tiene todo lo que la energía y el cemento y las fábricas producían hace sesenta años. Es el Último y dedica su tiempo a no hacer nada, lo que ya es mucho. ¿Quién no desearía hacer algo así? Es decir, no hacer, no deber hacer. Bueno ya me entendéis. Lee mucho (cada año menos) y escribe (cada año más) y ve películas en blanco y negro de los años treinta y cuarenta del siglo XX, un siglo que no conoció, pero que añora; piensa que el Destino le jugó una mala pasada y que tuvo que haber algún tipo de error burocrático en el cielo, algún expediente debió traspapelar un ángel, pues está convencido de que pertenece al siglo XX. Escucha música a todas horas, él decide qué grupo es el número uno del año. Este año le ha tocado a Maga, un grupo de finales del siglo XX. Sigue con pasión los eventos deportivos: en fútbol es del Mánchester; en rugby, de los Crow de Boston (aunque secretamente


sabe que le gustan más los New York, pero sigue cabezonamente a los Crow porque son un tributo a Edgar Allan Poe); en Fórmula 1 siempre es de Ferrari… Hay muchos deportes, pero no los sigue todos. Los primeros años no podía soportar la tensión y hacía trampas, veía las grabaciones o leía las noticias para saber el resultado, pero eso le restaba gracia y comprendió que no debía hacerlo más. En su infancia bromeaba con sus amigos del barrio: unos eran del Betis; otros, del Barça; otros, del Sevilla; otros, del Madrid… Cuando recuerda su infancia mira al cielo… El cielo es límpido, azul, sano. Su montaña, porque podemos decir que es suya, guardando las debidas distancias éticas y filosóficas sobre el derecho a poseer un trozo de la madre Gea, su montaña, digo, se encuentra estratégicamente situada y le permite contemplar durante unos meses los vuelos migratorios de las aves. Es su mayor placer, se siente unido a una corriente de serenidad, como si todo el universo lo hubiera galardonado por su comportamiento en otra galaxia con contemplar la belleza incuestionable, magnífica y rojiza del majestuoso vuelo de las aves. Con el tiempo, se ha considerado el mejor pajarero de la tierra y nadie lo ha negado aún. En su libro de registro tiene ya anotados este año cerca de doscientas especies: la cogujada montesina, la focha moruna, la grulla común… Tiene fotografías, la montaña tiene muchos postes donde las clava… No sabe muy bien por qué lo hace. Fotografías de pájaros, siempre aves y siempre «cazadas» en el aire, surcando los cielos, inmersas en sus rutas migratorias, en sus acrobacias aéreas, en su absoluta y santa libertad. Cuando todos se marcharon a las profundidades, él decidió quedarse. Las Superredesneuronales ya habían establecido que el 1,7246982490702 ‰ de la población mundial se mostraría reticente a emigrar al océano. Habían realizado un cálculo perfecto, según el cual el 0,923487098402 ‰ del grupo reticente optaría por el suicidio. Todo quedaba matemáticamente expresado y los gobernantes del planeta pudieron leer el resumen de aquellos cálculos perfectos en bonitas láminas, preciosas proyecciones que mostraban la evolución en gráficos de barras de colores hermosos. Las gráficas mostraban que, a mayor edad, menor era el deseo de aban-

donar la tierra. Por culpa de una ley de carácter global se obligaba a todo el mundo a elegir, pues no se forzaría a nadie a ir al mar. La ley ofrecía la posibilidad de ir a las ciudades submarinas, al paraíso… o la muerte asistida por el Estado. Todo legal, limpio. Los que decidieron acabar con su vida fueron exactamente el 9,098909864 ‰. Aquellos resultados dejaron a los gobernantes muy preocupados y habrían supuesto un verdadero varapalo para el orgullo matemático de las Superredesneuronales si estas tuvieran conciencia de sí mismas. Pero algo debió de ocurrir en aquellas molleras de litio y cromo, porque durante 0,1235315 segundos se bloquearon, me imagino que para digerir el error. Y debido a ese tiempo infinitesimal, el código de registro de un niño se borró, no estaba en las listas de embarque, no estaba en las listas de ejecución de la Ley de Carácter Global Ejecutiva n.º 12/37428 de Eliminación de Reticentes. No existía porque no estaba registrado. Todo el planeta se marchó. Las costas de todos los continentes fueron durante meses un hervidero. El hombre cerraba el círculo del destino y regresaba a su hogar primigenio… Podría parecer poético. Él no lo recordaba así. Después imaginó que había decidido no quedarse, y era cierto… Sus padres habían decidido por él… Eran muy religiosos… Su padre, su madre y su hermana, un par de años mayor que él, se quedaron y recibieron la bondad del Estado mediante la Ley de Carácter Global Ejecutiva n.º 12/37428 de Eliminación de Reticentes… Pero recordaba en su yo, dentro, muy dentro… la desesperación por embarcar… por no quedarse atrás… Ningún funcionario lo atendió, pasó de una oficina a otra… de un formulario a otro… Algunos de esos formularios estaban en otro idioma… Algunos de aquellos funcionarios hablaban otro idioma… Era como si no existiera… No estaba registrado, no existía. El último convoy se alejó. Lo vio perderse en el interior del mar. Se quedó todo un día allí, sentado en el muelle, esperando. Cuando tenía hambre comía en los establecimientos abandonados y regresaba al muelle a pasar otro día mirando al mar, viendo pasar las nubes, mirando al mar, esperando, nubes, mar. Un día se levantó, se sacudió la arena y, mirando por última vez, se marchó y odió al mar, con un odio verdadero y puro que duraría toda su vida.

Fermín Castro González


Querido enemigo Querido Enemigo: Tú, que de mí todo lo sabes, que presumes de ser el peor de todos mis males. Tú, que mil veces me tumbaste, que tantas veces pensaste que me derrotaste, que siempre conmigo jugaste y que de mí siempre con una sonrisa te aprovechaste… Hoy quiero decirte que… gracias. Gracias por empujarme, por tirarme, por humillarme y hasta por lastimarme con falsos halagos; halagos que ni tú mismo te creías… pero en los que yo siempre confié. Quizás mis palabras esta noche te sorprendan y desconcierten… pero son sinceras. Tú me hiciste el centro de tu vida, el centro de tus acciones, de tus pensamientos y de tus ilusiones… A tu manera me hiciste importante. Con tus confusas acciones me hiciste dueña de tu vida, ya que aho- ra sé lo que te duele ver que el empeño con el que me intentabas derrotar… solo sirvió para hacerme fuerte… fuerte a tus golpes, a tus amenazas, a tus miradas y hasta a tus acciones. Gracias también por tu vigilancia… pues mientras a otra asustarías, a mí me relaja saber que cada vez que salgo de casa tu mirada vela por mí.

Eso me anima a seguir. Supongo que te preguntarás por qué no te tengo miedo… Es muy sencillo: me necesitas. Yo puedo seguir sin ti; de hecho, lo estoy haciendo… Pero… ¿Tú?… Tú me necesitas para sentirte vivo, para sentirte importante; siento que te frustre ver como no cumples tus objetivos. Permíteme que te confiese algo: lo hago adrede… Sí, así es. ¿Eso que piensas? Es totalmente cierto… Sí, cada vez que paso por delante de ti y sonrío, cada vez que nos cruzamos y te miro a los ojos, cada vez que te digo que no me importa si eres o no amigo mío… Todo es para ver hasta qué punto eres capaz de aguantar. No te niego que a veces me cuesta mantenerme entera a tus ojos… Muchas veces flaqueo; pero es ahí cuando me acuerdo de cada uno de tus golpes y resurjo. Gracias a ti soy como el ave fénix: resurjo de mis cenizas. Así que lo dicho: muchas gracias por todo. Siento que esto no alivie tu conciencia, solo intentaba aliviar mi corazón y lo conseguí… porque gracias a ti soy feliz. Eternamente agradecida… Tu víctima.

Alma-Raquel Martínez Delgado


Olismeando

Moby Dick; o, el juego de cartas

Niño Dios de Aire La clase huele a humanidad. Las ventanas están cerradas por seguridad, ya que la clase de segundo de bachillerato se encuentra en un segundo piso. No hay aire acondicionado. Es última hora. El profesor Fernando Po tiene una doble desgracia: dar clase de literatura los viernes a última hora y su apellido, objeto de burlas y chanzas fáciles. —Vamos… Venga… Por favor… Ya. Luis, deja eso… Chitón. Hay cuarenta mesas con sus respectivas sillas. Pedagógicamente, lo óptimo serían unos veinte alumnos por clase. Suena un móvil. Una joven comienza a hablar por el celular. La compañera de su izquierda se acerca y le pregunta algo. El chico de la derecha la mira con ojos celosos.

Hoy quiero acercaros un clásico de la literatura universal de manera amena y sencilla. ¿Cómo? Mediante un juego de cartas. King Post es una empresa neoyorquina formada por emprendedores cuya obsesión es dar a conocer una de las obras que más los ha cautivado: Moby Dick; o, la ballena. ¿Cómo podemos acercar este clásico universal al grueso de la sociedad? Planteada la pregunta, surgió la respuesta: plasmarían la novela en un juego de cartas. Así lo describen sus creadores: «En Moby Dick; o, el juego de cartas, los jugadores se enrolan en el legendario ballenero Pequod. La finalidad de la empresa es la pesca de la ballena, pero… ¿qué otros misterios oculta el mar? Pesca ballenas para obtener aceite y trabaja codo con codo con el resto de los tripulantes; será necesario a lo largo del viaje. Los peligros marinos lo serán menos con la ayuda de tus compañeros. Administra el aceite, la moneda del juego: su precio es incalculable. Pero… ¿será útil a la hora de enfrentarse al horror del fantasma blanco? Cuando llegue el momento definitivo de la pesca, solo un jugador logrará pronunciar “Llámeme Ismael”».

—La poesía es la cúspide de la pirámide literaria, no hay nada más difícil y al mismo tiempo más hermoso que la poesía. Leer poesía es acercarnos a las regiones más ignotas del alma humana y al mismo tiempo vivir aquellos sentimientos que son universales al hombre. Entre el murmullo general, Fernando Po alza la voz. Algunos alumnos lo miran con aburrimiento, otros parecen estar interesados, la mayoría simplemente lo ignora. —… y el príncipe de los poetas, o por lo menos uno de los príncipes, es Pablo Neruda, el poeta del amor. Llevaba la historia de la literatura siglos cantando el amor, pero pocos eran capaces de llevar el beso, los muslos, la pasión, el deseo y las humedades del sexo a la poesía… Ante la palabra sexo algunos alumnos se incorporan y atienden curiosos. La chica del teléfono sigue hablando. En el fondo


de la clase, un chico lanza un bola de papel que impacta en la mollera de una rubia de pelo largo, que se gira y le hace un corte de mangas al que ha lanzado la pelota. —Vamos… Jorge, al pasillo. ¡Ya! El profesor ha gritado: «¡Ya!», pero Jorge se dirige al pasillo con lentitud arrogante y provocativa. El profesor Fernando Po, hierático, mantiene el brazo alzado y el dedo apuntando a la puerta. Tras un par de minutos o más, Jorge, por fin, sale de clase. Suspira el profesor. —Tenía veinte años y escribió uno de los libros de poesía más leídos de la historia y todo un símbolo para las generaciones posteriores. ¿Quién no ha leído Veinte poemas de amor y una canción desesperada? ¿Quién no se ha enamorado y conquistado recitando poemas de Neruda? Permanece en silencio, pensando en el chico universitario de diecinueve años que les leía a las compañeras de universidad aquellos poemas, que susurraba versos de amor entre las sábanas de la cama, amando por primera vez. Recuerda… Se mira las manos. Ya no son jóvenes. «¡Ah! Qué tiempos». (Cantan a coro, en lo profundo de su corazón, los Besos Mustios: «Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos»). —¿Pero para qué sirve la poesía? Con poesía no se va a ningún lado, con un buen coche o una moto de puta madre… Con eso sí que se liga. Lo importante es el dinero, lo demás son boludeces. —Bueno, Luis… No todos tenemos la suerte de tener un papá empresario como vos tenés. «No voy a gastar ni un gramo de saliva en intentar convencer a este mendrugo».

(Cantan a coro, en lo profundo de su corazón, los Besos Mustios: «Te pareces al mundo en tu actitud de entrega»). —Pues eso digo yo. Y además ¿para qué sirve esto de la literatura y los libros? Para nada, son chingadas. —Tú nunca lo entenderías. Vivirás con un vocabulario de cien palabras el resto de tu vida. Y esas serán tus exeriencias: una reducción de cien. —¿Qué es lo que me está diciendo? «No ha entendido nada, pero intuye que me estoy mofando». En la clase, un chico y una chica han reído al unísono, se miran con almas cómplices. Ellos sí han entendido al profesor; además, no soportan al creído y presumido de Luis. Suena la sirena. La clase ha terminado. Los alumnos vuelven a batir el récord diario de recoger sus cosas y salir pitando. Salen de clase en tropel animal. Algunos se despiden del profesor. El chico que se ha reído se llama Nimref, no es de aquí. La chica se llama Prímula. Salen cogidos de la mano. Se acercan al profesor. Los demás ya han salido. El profesor esta recogiendo sus notas y guardándolas en su ajada carpeta de cuero gastado. (Cantan a coro, en lo profundo de su corazón, los Besos Mustios: «Mi cuerpo de labriego salvaje te socava y hace saltar el hijo del fondo de la tierra»). —Aún funciona —dice Nimref. —¿Cómo dices? —Dice que aún funciona, y te lo digo yo, que lo sé bien. —Prímula ríe y le da un sonoro beso a Nimref. Camino de casa, la radio parlotea sus importantes noticias fútiles. Cambia de emisora. La música neofolk le hace tamborilear en el volante de su utilitario. Y piensa en ella… su primera flor.


Sonríe. Suspira. Y medita. «¿Donde estará? ¿Me recordará? ¿Qué fui yo en su rosa de los vientos? ¿Y…?». (Cantan a coro, en lo profundo de su corazón, los Besos Mustios: «Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros, y en mí la noche entraba su invasión poderosa. Para sobrevivirme te forjé como un arma, como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda»). Un girón de nube cruza el cielo, que rara vez es límpido azul, un avión araña con sus uñas misteriosas el firmamento y dibuja líneas blanquecinas, que se irán diluyendo como la vida. (Responden a coro, en lo profundo de su corazón, los Besos Nonatos: «Pero cae la hora de la venganza, y te amo. Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme. ¡Ah, los vasos del pecho! ¡Ah, los ojos de ausencia! ¡Ah, las rosas del pubis! ¡Ah, tu voz lenta y triste!»). El coche continúa su camino, gira en una curva, prosigue, el viento curioso corre a su lado durante un trecho. Aburrido, deja de espiarlo y busca otro ser humano que calme sus deseos de jugar, añorado Niño Dios de Aire.

Fermín Castro González

Perdido en el paraíso —Sabes que voy a ganar yo, ¿verdad? —me dijo Disismara. ¿Para qué le voy a contestar? Me río y dejo que disfrute de ese triunfo que solo ella ve… Yo, mientras, vuelvo a fijar la vista en los dos pequeños erizos pegándose. No recuerdo por qué empezamos esta absurda rivalidad… Por Dios, solo son dos erizos. —Esto ya me empieza a parecer surrealista —dije, elevando el tono, como si en cualquier momento fuese a ponerme a cantar—. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? Ya deberían habernos encontrado. Cruzo una mirada con mi pequeña hermana y me doy cuenta de que jamás debí haber prenunciado esa frase, ya que unas diminutas lágrimas de un azul transparente empiezan a resbalar por su fino y delicado rostro. Ahora es cuando no me atrevo a decir nada, así que, sin más palabras, me giro y me vuelvo a la pequeña cabaña que construimos para poder resguardarnos. Sé que le he hecho daño a Disismara, pero no tengo el valor de volver a la playa a disculparme. Al pasar por el gran baobab, veo el calendario hecho a base de rayajos… Los cuento con la mayor atención que me permito… Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, quince, veinte, cuarenta… sesenta días… dos meses… Veinticuatro por sesenta son mil cuatrocientas cuarenta horas. Mil cuatrocientas cuarenta horas por sesenta son ochenta y seis mil cuatrocientos minutos aquí metidos y, sin embargo, ¡nadie nos encuentra! —Nehuel, no te preocupes, alguien nos encontrará. «En su pequeño cuerpo de ochos años… y, sin que yo me haya dado cuenta, se ha hecho mayor». —Por supuesto que nos van a encontrar… Y ya mismo. Además, papá y mamá ya nos estarán echando de menos… sin ti. ¿Quién va a poner el árbol de Navidad? —Intento hacerla reír riéndome yo, y parece que lo consigo. —Yo también los echo de menos. Y a mis amigas. —Pronto volveremos a casa, te lo prometo.


El tiempo que llevamos en esta isla ha sido francamente revelador… Meses atrás, Disismara y yo solo peleábamos y ahora somos dos en uno, hemos hecho de este pequeño infierno nuestro hogar, y eso que no contábamos con nada más que una peque- ña nevera… Pero, dentro de lo malo, no nos hemos desenvuelto muy mal del todo… Estamos vivos y eso es lo que importa… —Tate, tengo hambre. —La dulce voz de mi hermana me devuelve a la realidad. —Quédate aquí… Voy a buscar algo de comida. La dejo allí parada mientras me pongo en camino hacia la otra punta de la isla… En el lado norte, detrás de la montaña rocosa, se encuentra un manantial del que nacen unos árboles en los que crecen unas frutas espléndidas. Es allí también donde me encuentro con el ser más grande que me ha dado esta isla… Mamá Magi es un megaladapis, un animal que se suponía que se había extinguido en 1894; y, de hecho, es así, pero aún queda uno… Aunque, según ella, no le queda mucho entre nosotros, pero yo creo que es una exagerada. Magi es de ese tipo de «personas» que te atraen. Es enérgica, cariñosa, pero, sobre todo, tiene una vida plagada de historias que jamás me aburro de escuchar. Otra de las cosas que me llaman la atención de ella es que, según dice, tiene más de mil setecientos noventa y ocho años y, sin embargo, su pelaje color caoba con ese brillo cristalino me dice lo contrario. Tiene totalmente el aspecto de un animal joven y toda su vitalidad. —¡Magi! Mi grito se ha tenido que oír por media isla, pero ella no parece escucharme o no quiere venir. Cierto es que la última vez que nos vimos fui muy desagradable, pero esperaba que me hubiera perdonado… —¡Mamá Magi, te necesito! ¡Siento lo de la otra vez! Ya, más que un grito de información, es de clemencia, de súplica… No pensé jamás llorar por un animal, pero ella es la única que de verdad me escucha, que me anima y me apoya y que a la misma vez me cuida como si fuera su hijo (cosa que aún no

he decidido si es un halago o un insulto), pero, en un resumen, ella es mi cordura en esta isla de locos. Mientras me tumbo llorando como un niño pequeño en el suelo, buscando el consuelo de algo o, mejor dicho, de alguien, el crujido de las ramas de los árboles me obliga a levantar la cabeza, y allí está ella… tan majestuosa y hermosa como yo la recordaba… con eso ojos brillantes como un diamante. —Glup… ¿A mí llamabas, glup? Me levanto corriendo del suelo y voy a abrazarla. Ella me abre sus gigantescos brazos para que me refugie en ellos y ella pueda estrecharme con la fuerza de un animal y la delicadeza de una madre. —Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento. —Imploré su perdón hasta casi quedarme sin respiración. —Glup… Que sentir nada, glup… Olvidado todo, glup. Por primera vez desde que había empezado el día, sonreí con ganas… Esta vez no lo tenía que hacer por fingir que estaba bien para que Disismara no se preocupara; no, esta vez era porque yo quería, porque me sentía feliz de ver a mamá Magi y de que me hubiera perdonado. —Glup, ¿qué a mi niño le pasa, glup? Triste veo a ti, glup. Nos sentamos a la orilla de la laguna y le cuento la historia que tanto me atormenta, el pensar que no nos encontrarían nunca. También le cuento que, a pesar de que quería volver a casa, me horrorizaba la idea de no volverla a ver… ¿Qué sería yo sin ella? ¿Qué sería yo sin los consejos de mamá Magi? Nada, absolutamente nada. —Mamá Magi… Esto me supera… No… No se qué decirle… a mi hermana… No sé si mis padres nos estarán… buscando. No soy capaz de seguir hablando, ya que las fuerzas me fallan. Son demasiadas cosas para mí y, para bien o para mal, en esta isla todo se intensifica. La conversación con mamá Magi me ayuda a darme cuenta de que no estoy tan solo, de que no soy tan mala persona como me veía… No hará más de cinco minutos que empezamos esta pequeña conversación y ya nos interrumpen.


—Tanta carita larga, no, no, no… A mí no gusta. —La voz de niño pequeño de Ramallo nos hizo reír. Es curioso que un pajarito de apenas veinte centímetros de tamaño pueda ser tan cariñoso. Mamá Magi dice que tiene el cariño concentrado por su diminuto tamaño… Eso, y el color azul celeste de su plumaje, y su piquito de color naranja fuerte hacen que sea imposible no fijar la vista en él y, mucho menos, enfadarse con él. —Ramallo, glup… Ese pico tuyo cierra, glup. El tono de mamá Magi es de enfado y eso hace que Ramallo se sienta ofendido. —No, no, no, no, mami Magi… No enfade… Yo solo quiero ayudar. —Resulta gracioso verlo gimotear removiendo ese pequeño cuerpecito suyo. Mamá Magi y yo compartimos una rápida mirada de complicidad antes de echar- nos a reír. —No, no, no, no… No rían de mí. —Intenta ocultar la cabecita dentro del ala para no vernos. —Rami, no nos reímos de ti, solo que a veces eres demasiado… porfiado —le dije yo. Cuando mamá Magi y yo nos cansamos de tomarle el plumaje a Ramallo, volvimos a centrarnos en mí… Cosa que me alegra. —A ver, el problema es que yo no quiero irme. Pero tengo que irme. Disismara no se puede criar aquí… Pero ¿qué hago yo en Londres? Nada. Mamá y yo siempre andábamos peleando. Ufff… Y encima que yo con mis amigos… Arg… Luego también está Leona… Es una loca y yo no quiero verla… Pero no estaría bueno que la dejara mudándome a una isla desierta. También está que echo de menos mi cama. Ufff… Y bueno… Por otro lado está que tendré que estudiar, ¿no? Pero ¿cómo me voy? No. Claro que no me puedo ir. ¿Y vosotros? ¿Qué pasa si no os veo más? La cosa está bien difícil… No sé qué voy a hacer. —Glup, problema tuyo, glup… Todo querer y nada saber, glup. Apoyándote siempre yo estaré, glup, pero tú en orden poner. Mariola Gracía Fernández

Vida y milagros de una patata Agua, sol, vida. Río, tibieza, flor. Guadalquivir, primavera, azahar. Tres. Solo tres. Ni más ni menos. Tres son los elementos necesarios para destilar la cautivadora fragancia califal. Mas, me pregunto yo, y a usted lo sorprenderá, ¿existe la más remota posibilidad, y no hablo de cine, literatura ni de cualquier otro producto de la imaginación, existe la más remota posibilidad de que el aromático naranjo engendre la aberración y que, además, esta aberración sea… extraordinaria? Sí, tengan la certeza de que lo que relato es real. *** Paseaban, ya de vuelta, por la avenida desierta, haciendo gala de sus rutinarias tardes de sábado, cuando, de repente, miró, por casualidad, un naranjo: —Illo, illo, illo, ahí hay una patata. —¿Qué me estás contando, pajo? —No obstante, miró el naranjo—. ¡Esto es una señal para esta noche! —exclamó entre exaltado y reverente. —¿La pillamos o qué? —Su mano fue más rápida que la pregunta. La cogió y la guardó en la bolsa. —Verás cuando le diga a mi madre que le llevo un regalo, ja, ja, ja. Se despidieron, pero no sin antes concertar la hora para la habitual cita nocturna en el diván. Aquella noche erigieron un altar, por supuesto. Pero no un altar cualquiera. No. Se trataba de un altar fabricado a base de latas cilíndricas, verdes, de tacto poroso, frágiles, pero resistentes y cuyo interior albergaba un elixir oscuro con el doble de aquella diminuta isla mediterránea. Al ubicarla en el altar, la patata cobró vida. Los miró y dijo: —Adorad a la Ungida. —Dicho esto, una música celestial-infernal envolvió el diván. Como un huracán, múltiples colores se balanceaban a su alrededor: primero, amarillo; después, gris; más tarde, negro; y así sucesivamente, con todos los colores y matices, ora puros, ora amalga-


mados, que uno pueda imaginar. —Acólitos, cubridme de excelsos ropajes. Y, sin más, lo hicieron. La parte superior, la «cabeza», se la cubrieron con un pañuelo de papel, completamente inmaculado, a modo de turbante. Como brazos le injertaron dos tenedores pequeños que destellaban una luz argéntea. Para rematar su vestimenta, la ataviaron con un cinturón de chapas, dispuestas en una doble hilera y entrelazadas mediante gomillas. Ansiosa por cumplir la misión encomendada, los ordenó abandonar el diván. Deambularon largo tiempo por callejas solitarias, bajo la noche estrellada, observados solo por la luna, que, cuando se trata de estos menesteres, nunca se pone. Cuando pasaban por debajo de un arco exigió: —¡Detened la marcha! Multitud de haces luminosos crearon un ampo cegador. Aterrorizados, se llevaron las manos a los ojos. El ampo les dañaba la vista. —No temáis —anunció la Ungida—, pues estáis ante el portal de la vida, tal y como yo la concibo. Atravesadlo. Paso a paso, guiados por su voz, atravesaron el portal. Las estrellas volvieron a lucir sobre sus cabezas. Ante ellos se elevaba, enhiesta, la parroquia. Se acercaron, admirados por su belleza, e intentaron hablar con la patata: —Potatoe, tú dirás. Pero la patata no contestó. Examinaron la puerta y la fachada, palparon la pared y descubrieron que, entre los relieves arquitectónicos, se hallaba un hueco en el que la patata encajaba a la perfección, el púlpito desde el que velaría por nuestras almas. En cuanto la colocaron allí, alzó el brazo y una sonrisa triunfal cruzó su cara. Al día siguiente despertó trastornado. «Qué movida de sueño». Desayunó, se vistió y salió a dar un paseo en bici. ¡Cuán grande fue su sorpresa! Al pasar junto a la parroquia, el pueblo contemplaba anonadado el cadáver de la patata, de la Ungida, y el torbellino de música celestialinfernal excavaba en el suelo un agujero profundo y húmedo, ante el que había un cartel que rezaba: «Escalera hacia el cielo». Jesús García Fernández

Amanecer en Roma Amanece despacio. Unos pequeños y tímidos rayos de sol juegan al escondite en Olimpia mientras la luna se resigna a volver a la cama, apenada porque no sabrá cuándo volverá a ver a aquellos amantes que se besaban frente a la Fontana. Ella… testigo de tanto esa última noche, y ahora obligada a la oscuridad por su hermano, quien poco a poco va ayudando a aquel hombre que limpia los restos de comida de alguna fiesta o a aquel que llega a casa a escondidas para que nadie sepa que ya ha amanecido; todos ellos, cómplices de ese secreto que esconde un día espléndido y cálido. Pero solo ella lo agradecerá, pues es la única que sabe la verdad, la verdad de que… Roma no sería especial sin su luz y su oscuridad. Todos ellos, antes de que se vuelva a ocultar, le darán las gracias por un cálido y espléndido día. Ella sabe que no sería lo mismo sin su sol; sin su sol… Roma no sería Roma.

Alma-Raquel Martínez Delgado


Cierra los ojos Cierra los ojos, amor. Duerme tranquila… Déjate llevar por ese cansancio que aprisiona tu cuerpo. No me digas que no puedes, no me digas que no debes… Llevas demasiado tiempo viviendo para los demás, sin pararte a respirar… Ya no es que debas, sino que tienes que descansar… Por tu bien… Así que relájate y no te preocupes, que yo velo tus sueños; no te preocupes, que yo me encargo de que nada perturbe tu descanso; no te preocupes, que puedes confiar en mí y en que todo pasará… Pero, por ahora, te toca descansar… Así que cierra los ojos, mi amor. Alma-Raquel Martínez Delgado

Crepúsculos Fúlgido, el sol tiñe el cielo, rubescente; con tórridas viras a las nubes asaetea, decadente. En lid funesta con la noche, la intempesta, quiebra, quiébrala en busca de la claridad eviterna. Mas la penumbra, la tiniebla, la sombra averna se ciernen imparables, infatigables, sobre la Tierra: amparan al terror, al pavor, a la leyenda, leyenda cadavérica que los campos enferma con su sola mirada, horrífica y siniestra. Tensa del arco la cuerda, ¡oh, sol!, del éter tú axial estrella, y con apolínea certeza, y con eufónico clangor, derrama derrama el crúor nocturno sobre la foresta. Jesús García Fernández

El extraño que hay dentro de mí ¿Cuántas veces has tenido que sonreír? ¿Cuándo has tenido ganas de gritar, sintiéndote incapaz de hablar por ti misma? ¿Cuántas veces pensaste en decir «esta soy yo» y lo ahogaste en lo más profundo de tu corazón? Es una extraña sensación, nos hace sentir una gran soledad que refleja toda la crueldad de un mundo que gira sin cesar. Pero una mañana te levantas sin pensar en quién eres en realidad y, de repente, aparece ese reluciente cristal que te mira sonriente al otro lado de la habitación y que te hace ver en qué te has convertido. Te hace ver tus más profundos errores y tus más huidos temores. Te hace ver quién eres de verdad y te hace pensar si eso es lo que querías. Te recuerda el extraño que eres para ti misma. Alma-Raquel Martínez Delgado


Entre las violetas

Baeza. Puerto sin mar

Entre las violetas del atardecer te echo de menos, le digo al aire… Y, mientras habito entre las sombras, sigo echándote de menos, buscándote en cada minuto de mi existencia, recogiendo los pedazos de recuerdos escondidos, aniquilando el tiempo lánguido y perenne que no me deja avanzar, sintiendo cada una de las punzadas lastimeras que ahogan llantos hastiados de existir. Mis suspiros se pierden entre nubes de algodón, siento el aleteo de la fresca brizna de la tarde, alzo mis manos pero siguen sintiéndose vacías y huecas. Las lágrimas rasgan el rubor de mis mejillas. Tu olor de violetas… La mirada líquida humedece y ahoga mi alma. Abrásame, incandescente llama, arrástrame hasta los confines del desasosiego, sepúltame bajo el lodo nauseabundo del dolor, cierra mis ojos… Y, cuando la oscuridad lo envuelva todo… se evaporará mi último hálito de vida entre las violetas del atardecer… Seré libre del llanto iracundo que encadena mi alma, podré gritar al viento todo lo que te amé y podré al fin romper las cadenas de hierro que me ataban inexorablemente a ti, al fin libre, más allá de todo y de todos, libre, tan libre, que ya no seré ni pájaro ni trueno, solo seré viento, bruma y tempestad.

El aire se dejaba seducir por las aspas del ventilador 561, crípticamente inscrito en el techo. La brisa del mar, furtiva, se colaba por la ventana. Una bola de discoteca fingía ser el firmamento y la camarera servía copas representando su papel: sirena de antiguo canto, arrastrando a los marineros a la perdición nocturna, al naufragio. Pero Baeza no tiene mar ni yo soy marinero.

Mariola García Fernández

Fermín Castro González

Crisálida ¿Cómo salir de mí mismo? La carne gira transformada en gente envuelta en ruidos, risas, mentiras en espiral enloquecedora. Dios, ¡misericordia!, remátame (en un susurro).

Vertiginoso corazón

Fermín Castro González

Mueves tus alas, manos, piernas envueltas en risas. Hablamos, bebimos, como ángeles en la noche fría, ámbar líquido perlado de icebergs. Danza, gira, vuela fundiéndote, fundiéndonos. Fermín Castro González


Aroma de café

El paraíso

El café hirviente salía por la cafetera, las tostadas, ligeramente untadas de mantequilla, y un vaso de zumo de naranja. Cogió las llaves que tintineaban en suave movimiento. Pisó un charco de sangre, apartó el cuchillo goteante y cerró la puerta.

La difunta Eurídice caminaba desesperada siguiendo el paso presuroso de su vivo marido. Miraba atrás y se despedía del inframundo. Justo cuando llegaban a la salida del Hades, pensó: «¡Qué vital lo mortal! ¡Y qué mortal lo vital!», y al grito de: «¡Orfeo!» se desvaneció, legándole en el aire una fugaz sonrisa de felicidad.

Mariola García Fernández

Suspiros de amor Había una vez una hermosa princesa que esperaba a un príncipe valiente que fuera al rescate. Su malvada madrasta la tenía encerrada en la torre más alta del país de Fantasilandia. Vio muchos amaneceres y contó muchas estrellas y, un día, entre suspiros de amor… la princesa voló. Mariola García Fernández

Nostalgias del ayer El olvido hoy no anida en mi corazón. Mi cuerpo, ahora lleno de arrugas, siente nostalgias de aquellas horas felices. Ya no me buscas en tus momentos de soledad ni me miras con aquel brillo en los ojos. Ya no siento los latidos de tu corazón… cerca de mí… Y, a pesar de ello, aún te espero, a veces, callada, otras, llena de palabras, pero, siempre, anhelante. Y, ahora, en mis últimos días, descansaré… en esta vieja papelera. Mariola García Fernández

Jesús García Fernández

Esplín El mero desgraciado del Auxiliar de subibliotecario, obnubilado, se dejaba perder en la undosa mar. Entre sus pensamientos flotaba el Maestre auxiliar tísico, su recientemente finada alma gemela; entre sus manos, el evangelio cetológico. Como ido, murmuraba: «Oh, la vetusta y extraordinaria Ballena, entre céfiro y vendaval morará en su oceánico hogar…». De repente, un tipo de rasgos indefinidos se le acercó y, contemplando el horizonte, le susurró: «Llámeme Ismael».

Jesús García Fernández


Alfredo Castelli (1947)

clina a pensar en él con agrado.

Me gusta Alfredo Castelli, me apasionan sus historias, me divierten sus personajes. Crea sin pretensiones, lo que es de agradecer, pues no olvida ni por un segundo su objetivo de entretener y divertir enhebrando historias de un cierto nivel intelectual sin caer en el falso trascendentalismo.

Alfredo es un todoterreno, ha escrito de todo: guiones para la RAI y la televisión italiana, artículos y cómics de todo tipo… Aunque siempre se ha sentido inclinado por las historias de misterio. Por ello es sin duda Martin Mystère su personaje más redondo, mejor logrado y más querido, transformado en uno de esos personajes de culto dentro del

Alfredo Castelli es un equilibrista, realiza unas obras que entretienen, de las que dices al final del cómic: «Qué ratito tan bueno he pasado», y al mismo tiempo huye de lo fácil, de la producción en serie, de la fabricación de cómics banales. Allá por 1966 fundó el Comics Club 104, un cómic libre, independiente, fuera de los círculos literarios y comiqueros. Exacto, lo habéis adivinado, un fanzine como este que tenéis en las manos o en la pantalla, hecho que de por sí ya me in-

mundillo comiquero. Martin Mystère tiene una cabeza rectora que es Castelli, pero a lo largo de su dilatada historia (recordemos que se inició allá por los ochenta) ha contado con la colaboración de numerosos guionistas y dibujantes, pero siempre fieles al origen, a las líneas marcadas por el maestro Castelli. El dibujo de las portadas es obra de Giancarlo Alessandrini, un dibujo rápido, pero preciosista en algunas viñetas, un dibu-


jo que se sacrifica por la historia. Un dibujo honrado. Sin alharacas. Que sabe que es el lápiz el que está a las órdenes de la idea y no al revés. ¿Quién es Martin Mystère? Coged a Indiana Jones, al doctor Robert Langdon, al detective privado Philip Marlowe y al teniente McClane, añadidle un poco del malogrado doctor Jiménez del Oso y voilà… Un personaje redondo y carismático. Como todo héroe que se precie, necesita un compañero, alguien que sirva de contrapunto en la historia, alguien que permita arcos dramáticos. Martin tiene a su fiel amigo Java, un tipo listo, aunque algo silencioso, alguien que no es de esta época, un neandertal. Sí, lo habéis oído bien, ¡un neanderthal! Martin posee un conocimiento erudito de civilizaciones y leyendas antiguas, sus aventuras discurren en la extraña senda de lo irracional y lo racional, entre lo posible y lo imposible. Bonelli es la editorial que lo dio a conocer en el mundo; aquí en España tenemos la suerte de que lo distribuye y edita Aleta Comics, uno de esos escasos y raros ejemplos del buen hacer editorial.

Por cierto, en algunos de los títulos pueden encontrar a un escritorzuelo que realiza la introducción del número correspondiente, un escritorzuelo que firma con el nombre de: Fermín Castro González


SĂ­guenos en www.academiaapruebamas.es apruebamas@hotmail.com C/ Alamillo, 25 Palma del RĂ­o Tel. 957 643 841 - 638 209 612

David Lapuente Lapuente Romero Romero David davidlapuente75@gmail.com Tel. Tel. 619 619 612 612 432 432 davidlapuente75@gmail.com


隆Peligro, atenci贸n, peligro! Leer esta revista puede provocar pensamientos propios, ideas originales, acarrear estados de creatividad, ocasionalmente puede provocar ganas irreprimibles de escribir.

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Vega literaria nº 2  

Revista literaria Vega Junio 2013

Vega literaria nº 2  

Revista literaria Vega Junio 2013

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