A medida que me interno en estas tierras resquebrajadas por la sal y el viento se hace más fuerte la sensación de que camino por una suerte de cuerpo maltratado, senil arrugado por las inclemencias de la vida. Que es un capricho de la naturaleza, no hay duda. Además de estar ubicado en la zona más árida y seca de Panamá, la provincia de Herrera, sus suelos han venido sufriendo un proceso de salinidad permanente.
Pero no solo la naturaleza y el clima causaron su desgaste dramático. Más de 11 mil años de ocupación human, la tala intensiva y la quema de pastizales para potreros han convertido al Parque Nacional Sarigua en el símbolo de lo que podría ser la devastación de los ecosistemas. Al pie de un mirador que se eleva sobre el desierto, Juan Aguilar, lugareño y ex jefe del parque, no oculta su orgullo por Sarigua. Acostumbrado a educar a los escolares que llegan a su tierra, sabe muy bien cómo definir al área protegida.
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“El Parque Nacional Sarigua es único, ya que fue creado para la educación ambiental -me explica el ex jefe del parque-para demostrar lo que no debemos hacer y para entender cuáles son los efectos de los malos manejos de los recursos, en este caso la deforestación”. Aún así, la piel cuarteada de Sarigua posee una belleza surrealista. Hoy, se extiende sobre un terreno llano y polvoriento, matizado por escasas agrupaciones de arbustos, suculentas y cactus propios del bosque seco tropical que han sobrevivido gracias a los cuidados de la Autoridad Nacional del Ambiente.
Sin embargo, de sus bosques costeros, más de 8 mil hectáreas verdes que llegaban hasta los manglares del Pacífico, queda muy poco. Durante el último siglo, la tala y la quema hicieron estragos. Esta peligrosa realidad no ha cambiado mucho en la actualidad. Con la llegada de cada verano, el humo y el fuego anuncian el comienzo de quemas irracionales que continúan destruyendo el escaso bosque seco que alberga la región, con objeto de transformarlos en potreros y pastizales. Juan Aguilar me guía por los senderos de la devastación. Señala unos montículos que muestran las huellas de la erosión. Cerca al joven funcionario, algunos troncos exentos de vida exponen sus raíces indicando lo que en un tiempo fue el nivel normal del suelo. Hacia donde miro, son palpables las huellas del hombre como verdugo de una frágil naturaleza agonizante, doblegada.