Paroxismos

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Primera edición: Febrero 2008 Presente edición digital: Mayo 2016 ISBN 978-987-05-3976-6 1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título CDD A863

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Ilustraciones de Carlos “Cai” Tesoriero


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Les decían “los loquillos”, “los pibes”, “la bandita”, “la pandilla”, “los hippoteros”, “los alegres”, “la familia”, etc. Eran fácilmente identificables por su presencia compacta, que se trasladaba de la misma forma a cualquier parte. Por esto, los más maliciosos también les decían “la secta”. Iban todos juntos a todos lados, siempre el mismo grupito en las plazas, los recitales de rock, las marchas políticas, los festejos populares, las calles en movimiento. Hasta que encontraron la casa. Fue en un paseo que, por una de esas casualidades, no dieron todos juntos, sino sólo cuatro de ellos, Federico, Sabrina, Lucía y Patricio, por la avenida Monteverde. A la altura de Bejarano y Chaumeil encontraron esta casa desgreñada que, como una simple invitación de la vida, tenía la puerta abierta. Desde luego que no se detuvieron a pensarlo, entraron de inmediato y cerraron la puerta tras de sí para revisar la casa que, ya por esa falta de cuidado, ya por su frente semidestruido, ya por lo que pudieron husmear del patio interior desde la puerta de chapa


del costado, parecía estar abandonada. Después, al comentarlo con el resto del grupo, comprenderían el enorme peligro que habían corrido al meterse tan despreocupadamente en una casa desconocida, y, para colmo, encerrándose a sí mismos dentro, sin imaginar ni por un segundo si había o no gente en ella. De todas formas no había nadie, salvo alguna rata huidiza que dejó escuchar sus veloces pasitos, un par de murciélagos que hallaron durmiendo en un cuarto, y la humedad que se comía las paredes. Los cuatro amigos estaban en el paraíso. En el corazón de la pequeña ciudad que ya estaba agotando todas sus ofertas habían hallado un tesoro escondido, una guarida perfecta, un verdadero corazón para su vida inseparable. No sólo era una casa, lo que le daba en el acto el título de tesoro escondido; era una casa grande, era una casa con patio, con cocina y baño y cuatro ambientes más, y otro cuartucho al fondo que parecía un lavadero o un depósito, habitaciones que les hacían abrir cada vez más deslumbrados los ojos y proferir exclamaciones de alegría a medida que eran descubiertas. Y como si con esto no hubiera sido suficiente para que ése fuera el día más grandioso de sus vidas, no sólo era una casa grande, destartalada y hermosa, y esto los hizo emocionarse visiblemente: era una casa amueblada. Tenía pequeños cuadros insulsos en las paredes del pasillo de entrada; luego, a la izquierda, en la sala mayor, sobre las tablas de madera del piso había dos sillones blancos


impecables, en perfecto estado aún, y un extenso banco de madera que pronto moverían al patio antes de destruirlo. Además, la lámpara, que como todas las lámparas de aquella casa no funcionaba, estaba envuelta en una pantalla esférica de papel, que hizo que Sabrina se largara a reír de la emoción cuando empezaban a jugar con la idea de instalarse. En la pieza contigua había un escritorio de madera y una silla, y en la que seguía atrás se amontonaban colchones y almohadones mugrientos junto a artefactos obsoletos tapados por la oscuridad. En la sala contigua una mesa redonda les decía con su silencio de desconocida que pronto sería la mesa de sus vidas, que allí jugarían innumerables partidos de cartas y juegos de mesa, y escribirían toneladas de papeles y olvidarían pilas de abrigos y discutirían hasta la carcajada antes de volver a comenzar. En la cocina del fondo ¡había una heladera!, que por supuesto tampoco funcionaba, cosa que no le importaba a nadie en lo más mínimo. Casi por último, como una frutilla del postre, una pizca, un detalle para hacer inmortal todo aquello, en el depósito junto a la cocina había por lo menos veinte envases vacíos de cerveza, lo que quería decir adiós vales, adiós apuro porque cierra el kiosco, adiós míseras preocupaciones, adiós, adiós. Y sin embargo, se les había pasado por alto lo mejor. Es que la euforia de ese hallazgo descomunal cegó la afinada percepción con que habían entrado los


cuatro exploradores. Cuando salieron al patio eran chanchitos contentos que bailaban de felicidad, se abrazaban, saltaban, se colgaban de los postes que sostenían el techo que cubría medio patio, de las ventanas, de todos lados. Lucía y Patricio, que eran la primera parejita del grupo, se besaban con labios tirantes que no podían dejar de sonreír ni besarse. Ese patio sería quizás el regalo más hermoso de todos esos pedazos de cielo terrenal que la vida les estaba dando con generosidad infinita, como si ni se le hubiera ocurrido, como un premio de honor por quién sabe qué enorme mérito. Entonces se quedaron directamente en el patio, ya que era primavera ascendente y la tarde era cálida y el cielo se bañaría con todas las hermosas variaciones fulgurantes del azul, recortado por la medianera y el techo que corría a lo largo del patio, y los edificios más o menos cercanos, y la cerrada red de ramitas que formaban una pequeña parra en la parte en que el patio se hacía un pasillo que iba hacia la puerta de chapa que daba a la calle. Y atardeció y anocheció en efecto, y luego de dar tres vueltas más por la casa se fueron a buscar a los otros para pasar la noche allí, festejando el regalo que quizás durara un solo día, mayor razón para festejar cuanto antes y lo más posible. Probablemente para entonces ya había sonado el nombre con el que pronto la bautizaría el habla colectiva: 7. Ese nombre surgía de la costumbre que


tenían de llamar a las calles por su número y no por su nombre, y de que la calle en la que se habían topado con una puerta abierta era la calle 7. En media hora estuvieron todos en la sala grande, la que daba a la vereda por dos ventanas cuyas persianas no creyeron prudente abrir. Y entonces uno que recién llegaba, Antonio, descubrió bajo sus pies un cuadrado marcado en las tablas de madera del piso, y una manija de metal. El estallido fue unánime. Se alzaron los gritos y se empujaron los varones para abrir y ver primero que nadie lo que abajo aguardaba. Para ver bien debían esperar demasiado, alguien tendría que ir a buscar una linterna a su casa, nadie estaba dispuesto a esperar tanto. Sacaron todos los encendedores que tenían, en total cinco, de los cuales encendían sólo dos, pero recurriendo al viejo truco de encender con la chispa de uno sin bencina la bencina de otro sin piedra, lograron llegar a cuatro mientras pudieran mantener apretado el botón los portadores. De todos modos no se lograba ver nada, pero, milagro de los milagros, como una lógica inquebrantable de la providencia, una chica audaz, Dalila, buscó y encontró velas en un cajón de la cocina. Los escalones apenas aguantaban el peso de los cuerpos, doblándose hasta el límite de la flexibilidad. Además ya había dos escalones rotos, que debieron saltear sin movimientos bruscos. Abajo el espacio no estaba ocupado, como en todos los demás rincones de la superficie de la Tierra, por aire.


Aquí lo que llenaba de extremo a extremo el espacio eran las telarañas, fundidas en un denso bloque que casi hizo llorar de éxtasis al primer explorador. Luego, al expandirse el rumor gritado, ya todos supieron lo que aguardaba y la felicidad no tuvo excesos. No, hasta que los privilegiados que cupieron allá abajo vivieron los diez segundos más alucinantes de sus vidas; fue cuando a Antonio se le ocurrió arrimar su encendedor al bloque de telaraña frente a ellos, desencadenando un incendio de seda que se abrió hasta los extremos, borrando la blanca armazón brillante por el fuego, y abriendo el espacio al aire, como un universo que se expande. Ahora el paraíso estaba completo. No sólo un salón para bailar, una mesa para comer, habitaciones para fisurar, un baño para encerrarse a vomitar, no sólo un patio para pasar días enteros; también un sótano para aterrorizarse, para desear ir todo el tiempo y no ir nunca, o para limpiar y convertir en el pabellón de los secretos. De todas estas posibilidades, la que se impuso fue la de convertirlo en el recóndito cuarto del amor, donde los enamorados o los borrachos hallarían la intimidad necesaria para desfogarse al promediar la noche, una vez que solucionaran el problema de las ratas. Llegó la revisión más científica y pormenorizada, liderada por Camila, a quien le encantaba tomar el mando, seguida por la parte masculina del grupo, a la que le encantaba seguirle la


corriente para reírse a carcajadas por lo bajo. Con esta revisión concluyeron que la casa no tenía luz ni gas, pero sí agua corriente, que era lo más fundamental, ya que el baño era la única condición excluyente para un asentamiento. Y con el heroico escarbamiento de Hernán, quien se aventuró entre los colchones que más que colchones parecían trampas mortales, llegó el otro gran descubrimiento de la noche, que superó ampliamente al sótano: un flamante tocadiscos, golpeado, rayado, pero no vencido, que se convertiría en la mascota de la casa, y en el responsable de la música del día y la noche hasta que se hartaran de los discos disponibles, cosa que no sucedió nunca. A partir de esa noche el grupo de amigos redujo sus apariciones en los espacios públicos de manera abrupta. No hubo siquiera una discusión, un comentario; fue el impulso natural y unívoco pasar a reunirse directamente en 7, luego de instalar una nueva cerradura en la puerta y hacer una copia para cada miembro del grupo que evitaba por todos los medios autodenominarse como tal. Y Joaquín llevó una garrafa con hornalla para calentar el mate, los fideos y las sopas, y Sabrina puso un espejo en el baño para evitar la degeneración de las costumbres, y Federico cadenas con candados para reforzar la seguridad de las puertas que daban al patio, y Betiana un equipo de música que, como los demás aportes, ya se quedaría ahí para siempre. Y empezó la decoración de 7, los dibujos en


papel que se colgarían por todos lados, las inscripciones en determinadas zonas de pared, pero que por propuesta de Camila no se admitirían en el salón, salvo por los vidrios de sus ventanas, cuya capa de polvo era una invitación demasiado pura como para no posar allí los dedos e inscribir frases indelebles. Las velas inundaron los rincones, en cada esquina de cada habitación se iba formando un monte de cera que se convertía en el apoyo natural de la siguiente vela que lo alimentaría en un ciclo eterno. Conforme a que las reuniones se hicieron cada vez más nocturnas que diurnas, la luz de la vela pasó a ser la luminosidad natural para sus ojos, ya que durante el día se dedicaban cada vez más a dormir, en sus casas o en 7 que de vez en cuando se convertía en el alojamiento de todos. Pero desde el principio fueron muy estrictos en la confidencialidad, en el secreto absoluto sobre la existencia de 7, ya que de correrse el rumor, las consecuencias podrían ser para todos tan impredecibles como funestas. Y empezaron a olvidarse las cosas allá, hubo guitarras que acabaron por ser expropiadas a sus originales propietarios para pasar a engrosar el patrimonio de 7, también una bicicleta que le quitaron a un hombre que los había empezado a insultar y que había terminado persiguiéndolos con la punta de una botella rota en la plaza cercana; esa bicicleta fue instalada con eminente orgullo, con un orgullo radiante en todos, ya que pasaba a ser el vehículo


fundamental del grupo, con el que podrían llegar mucho más fácilmente al único kiosco del barrio que permanecía abierto toda la noche y que siempre dolía tanto tener que visitar, cuando se acababa la cerveza o los cigarrillos o era preciso satisfacer la gula general. Aunque esta facilidad tuvo la contracara de dar fin a esos siempre extraños viajes por la calle nocturna de tres o cuatro encomendados, en los que se vivía como un sueño despierto el contraste entre esa vieja, anciana realidad y la que se había impuesto como realidad verdadera y máxima, la realidad tenue y colorada, de sombras chinescas en las paredes y el lejano y oscuro cielorraso, la realidad saturada por una nube de humo espeso cuyo desenvolvimiento de formas en el aire era la forma del tiempo, que no daba pasos concretos y cortantes como el tic tac de un reloj sino que se deslizaba suavemente por el espacio, girando y envolviéndose a sí mismo, y expandiéndose lentamente hacia todas partes para chocar consigo mismo y mutar, sin llegar jamás a ninguna parte. Pero esta desventaja fue solucionada la vez que Joaquín, que acompañaba a Federico sentado en el canasto donde llevaban los envases vacíos, en una carrera veloz y alucinógena por la vereda venció la resistencia del canasto al chocar la rueda delantera con uno de los innumerables desniveles del terreno que Federico no pudo ver por el bulto que era Joaquín y por el carácter alucinógeno de la carrera. Entonces volvió a ser necesario que fueran al menos tres al


kiosco cada vez para cargar todos los envases, ya que a nadie se le ocurrió jamás soldar el canasto a la bici. Llegó el momento en que desaparecieron íntegramente de cualquier otra parte, para la extrañeza de los vecinos y transeúntes y conocidos que solían verlos siempre en algún lado y pensar “ahí están esos…”, comentario mental que reemplazaron los más curiosos por “¿dónde estarán esos…?”. Y estaban ahí, en el paraíso, en su guarida, en 7, y era la época de mayor felicidad para todos, la época en que ya se sentían completamente en casa, completamente cómodos, pero todavía sin que la costumbre disolviera la novedad con su apagada placidez. Era el tiempo de las fiestas hasta agotar los bolsillos de comprar cerveza y las pilas del equipo de música a todo volumen, sin pensar un segundo en el vecindario, ya que eso quedaba del otro lado de las paredes del mundo, en esos grises lindes de la existencia, donde el frío (aunque afuera hacía a veces más calor que adentro, pero eso no cambiaba su imaginario colectivo) y el silencio (o peor, las bocinas y las motos tronantes de pobres imbéciles) señalaban que se estaba cerca del abismo, donde sí que terminaba todo. Y llegó el día en que a uno, a Patricio seguramente, se le ocurrió la idea de hacer un asado. Y cómo no lo habían pensado antes. Empezó el tiempo de los asados en el patio, de juntar ramas por la calle mientras iba cada uno a 7 pensando que a la


noche seguro que había asado, de ir a comprar carbón, de juntar la plata para la carne y el pan, de sacar la mesa redonda al patio vespertino para comer pasada la medianoche, mitad bajo techo, mitad bajo estrellas, y cagarse de risa hasta atragantarse y acordarse tarde de la ensalada y fumanchar en sobremesa horas y horas, y maldecir al amanecer por llegar tan rápido, pero irse de todos modos al techo para ver cómo todo clareaba y la realidad se desvanecía para dar lugar a la noche, territorio del sueño gris, coronada por la salida de un sol verdugo y vigilante, trayendo su propio tiempo a cuestas. Ya habría venganza para todos, ya la habría pronto, ahora era irse a dormir a sus casas para no despertar sospechas y vaciar el estómago para el asado siguiente. Pero un día, o una noche mejor dicho, puesto que el sol aún brillaba en lo alto, la realidad se interrumpió de la manera más abrupta e insospechada para todos. Lucía llegaba primero que nadie esa vez, serían las dos de la tarde; metió la llave en la cerradura y no la pudo hacer girar. Trató y trató, hasta que, al sentir ruidos adentro, espió por la rendija de la llave y vio el cuerpo de un hombre desconocido que se acercaba con pasos amenazantes. Corrió con todas sus fuerzas hasta doblar la esquina, y allí se quedó, espiando desde lejos el frente del paraíso clausurado de manera incomprensible, hasta que una hora después vio acercarse a Hernán por el otro lado y lo llamó para contarle la nueva, y así con los que


siguieron llegando, hasta que se formó en la esquina la primera reunión de la banda entera fuera de 7 en mucho tiempo. La desazón fue, otra vez, unánime. El desconcierto, también. De vez en cuando pasaba uno con patético disimulo y se asomaba para husmear por el pasillo que daba al patio, pero sólo veía lo mismo de siempre, el patio como lo habían dejado la noche anterior y la puerta que daba a la cocina, al fondo, cerrada. Nadie atinó a hacer nada por un tiempo. Esa noche acabaron por volverse cada uno a su casa, para sufrir cada uno en su propio pecho la rotunda derrota sin asistir a la tristeza general. La mañana siguiente se volvieron a juntar en la esquina, pero no todos, para no ser sospechosos. Claro está que no entendían que lo sospechoso era que no estuvieran todos. Hicieron guardia por horas hasta que vieron salir de 7 a un hombre alto, de complexión fuerte, de cabello corto canoso y barba, vestido de entrecasa. Tendría cerca de cincuenta años, pero quizás cuarenta. Dejó una gran bolsa de basura al pie del árbol frente a la puerta y volvió a entrar sin verlos. Pese a las oposiciones, Sabrina llegó al frente de la casa, y revisó la bolsa que el hombre había sacado. Los de la esquina oyeron, como si lo hubiera gritado dentro de sus cabezas, el ¡no! lleno de dolor que brotó de ella al abrir la bolsa, pero fue más elocuente la expresión de su cara que se quebraba, como si le hubieran hecho añicos el corazón. Sacó,


lentamente, para que todos lo vieran, mientras todos agitaban los brazos para hacerla volver, el hermoso dibujo que Dalila había hecho alguna vez, y que había quedado colgado para siempre en la puerta del baño. Todos sintieron la misma patada en las entrañas al verlo de lejos, pero apretando el estómago llegaron a ella corriendo y se la llevaron mientras estallaba en sollozos y forcejeaba maldiciendo a ese hombre desconocido y a la vida, que quitaba todo con el mismo capricho con que lo había otorgado. En esos días se los volvió a ver, en ciertas plazas y jardines, en veredas, pero ya no irradiaban la energía brillante que era la envidia de unos y la nostalgia de otros, ya no cantaban ni reían, e incluso empezó a faltar siempre alguno que otro, que había preferido quedarse en su casa, sepultarse en su cama. Las reuniones se hicieron cada vez más silenciosas, pues ni siquiera recordar en voz alta podían, por los nudos que se formaban en las gargantas al instante. Hasta que un día Camila llegó radiante. Ella sola llegó con el aire de los viejos tiempos, desentonando demasiado con los demás; era inminente que algún lado contagiaría al otro, o chocarían y se dispersarían. Pero bien pronto ella decidió: no sin gran esfuerzo, pero con paciencia infinita, logró movilizarlos a todos hacia la casa de quien vivía más cerca, Hernán. Una vez allí, cuando todos estaban a punto de mandarla a la concha de su madre por la ofuscación que les producía su


misteriosa alegría, les contó su sueño. Y los contagió. De inmediato empezaron a surgir ideas, saltando como pochoclo en la cacerola de sus mentes despabiladas por un baldazo de agua fría. Ideas, trucos, datos, risas, volvió la vida al grupo malherido en un destello sin duda agónico, pero, como en toda agonía, con todas las fuerzas que le quedaban a la vida. Esa misma tarde todo estaba ya estudiado y acordado: el plan para la recuperación de 7 era un hecho. Todos volaron a sus casas con las listas cuidadosamente confeccionadas para no olvidarse de ninguna herramienta ni detalle, pues esa misma noche sería el intento, la única chance que tendrían de rescatar el paraíso perdido por sorpresa. El punto de reunión fue otra vez la casa de Hernán, desde donde partieron a las tres de la mañana, divididos en pequeños grupos, cuasi celulares, de acción. Cada uno de los grupos tuvo su turno para trepar a los techos por el sitio que se había convenido como el más apto, por su facilidad y discreción. Se trataba de un almacén situado al otro lado de la manzana, por cuyas rejas se podía trepar, apoyándose en las ventanas y cornisas de las casas vecinas. Los varones más hábiles subieron primero para ayudar a los demás en el ascenso final, que exigía una escalada demasiado difícil para los temerosos y los débiles. Llevó su tiempo la subida de todos, ya que cada


automóvil o transeúnte avistado, por lejano que se encontrara, obligaba a interrumpir la operación, debiendo esconderse los de arriba y disimular una eternidad de tiempo los de abajo. Además, había algunos a los que resultaba prácticamente imposible hacer las cosas en silencio, y éste era un requisito excluyente, pues por el ruido excesivo o en un momento inoportuno que hiciera uno solo de ellos podía fracasar todo el plan, y todos sabían que había una sola oportunidad, y ya se estaba jugando. Pero al fin todos estuvieron arriba, y todos con sus cintas adhesivas pegadas a la boca para evitar olvidarse del silencio, y todos apartados ya de la vista de la calle, con lo que empezaba la fase más complicada: la de llegar al techo de 7. Y esto no sólo por los difíciles tramos a atravesar, los que ya eran probablemente el mayor desafío práctico en la vida de cada uno, sino porque además había que hacerlo todo con pasos suaves de felino, para no llamar la atención de los que dormían o velaban abajo, y con la mayor velocidad posible ya que muchas ventanas de edificios daban a ellos, por lo que no sería nada prudente quedarse mucho rato ahí arriba. Para pasar hicieron una fila india, manteniéndose cerca el uno del otro para ayudarse a seguir y sostenerse si alguno perdía el equilibrio. Esto pasó más de una vez cuando debieron atravesar una delgada medianera, tramo extremadamente delicado que Gabriela y Lucía estuvieron a punto de rehusarse


a seguir, aun sabiendo que era imposible volver atrás sin perder el adelante. Acabaron pasando sentadas, lo que restó mucho tiempo y significó un enorme peligro de ser descubierto; Enrique, el más inseguro de los varones, las imitó. Al fin llegaron al techo de 7. Al hacerlo, sus corazones se hincharon de alegría, por más que supieran que no habían ganado todavía y que quizás no lo lograran. Es que había sido tanto el dolor por el destierro repentino, sin siquiera la oportunidad de una despedida, que el solo hecho de volver a pisar su techo, bajo el cual estaba la cocina, el pisar un poco de su tierra firme, era ya gloria suficiente para festejar. Pero no se detuvieron a festejar, desde luego. Ahora llegaba la fase final y no debían perder la concentración ni la frialdad, ahora menos que nunca. Con extrema cautela bajaron uno a uno, luego de dejar las zapatillas en el techo para enmudecer los pasos, al patio de sus amores, tan extrañado en esos días. Pero no había tiempo de contemplarlo ni de sentir esperanza alguna: había que actuar solamente. Cuando estuvieron todos abajo, vieron que la situación de las puertas era la misma de antes: todas cerradas con cadenas y candados puestos por fuera, menos una que se cerraba desde dentro. Probaron con sus llaves los candados y la puerta, aunque, como se imaginaban, ninguna funcionó. Entonces Patricio procedió a abrir la puerta con su viejo método de


ganzúa, sin poder evitar el ruido pero convencido como todos de que ése era el único medio ya, o el mejor, lo que para el caso era lo mismo. Tras un minuto eterno de intentos fallidos que hacían sudar gruesas gotas a todos y temblar las rodillas a varios, y de pequeños ruidos que resonaban en las mentes de todos como potentes explosiones y alarmas, su mano giró noventa grados y luego más y luego más, y de inmediato Camila se irguió en una conminación a la quietud absoluta, exactamente antes de que empezaran los festejos y los aullidos agudísimos de las mujeres que, de haberse dado, quizás habrían terminado con todo allí. Encendieron las linternas y le dieron una a Patricio, quien abrió con un movimiento rápido la puerta, sabiendo de sobra que si lo hacía lento las bisagras crujirían. Entraron tres primero a la sala oscura donde seguía estando la mesa, ahora ocupada por objetos extraños que no se detuvieron a inspeccionar. Cuidaban los pasos descalzos como si pisaran un campo minado. Así se acercaron a la puerta que comunicaba la sala con las habitaciones delanteras, donde seguramente estaría el hombre, y, quién sabía, más gente. La puerta estaba cerrada, pero era obvio para cualquiera con sentido común que no tendría llave ni cerrojo puestos, pues no había a quien privar el paso, además de que de noche es preciso despejar el paso hacia el baño de cualquier contratiempo. Los tres que entraron primero se


apostaron contra esa puerta, mientras los demás iban entrando con el mismo recato a la sala. Los tres del frente se miraron con rostros en los que el terror y la adrenalina eran tan grandes que se empujaban a codazos en uno a la otra sin poder desalojarse, quedando ambos, tensos, compartiendo la misma cara. Se miraron los tres con el sudor chorreándoles por la frente, y contaron en silencio con las cabezas hasta tres. Uno. Dos. Tres. Y abrieron la puerta de un saque como la del patio y avanzaron echando luz con las linternas en una marcha febril, sin saber adónde iban hasta que enfocaron al hombre que se despertó tremendamente sobresaltado en una cama a la izquierda del cuarto, y sacaron los cuchillos de sus bolsillos y se abalanzaron los tres juntos sobre el hombre que los vio venir con un grito de pavor y alzando los brazos para proteger tan pobremente su carne de los metales afilados con esmero durante horas y horas. Las primeras cuchilladas dieron en sus brazos que no llegaron a hacer nada, y el grito se agudizó pasando del registro del pánico al del dolor extremo, y los chicos que, al contrario de él, seguían llenos de pavor, avanzaron con otras cuchilladas para llegar al pecho de aquel usurpador maligno, y uno lo logró en ese segundo envión, quebrando la defensa del hombre que, tirado en la cama, recibiría de allí en más todas las puñaladas sin mover un dedo, devolviendo sólo sangre por las heridas y la boca. Entonces los tres de la vanguardia hundieron algunas


veces más sus cuchillos en la blanda carne del usurpador vencido, y luego se quitaron las cintas de la boca y llamaron a los otros para que se enteraran de la victoria y fueran a darle al hombre sus propias cuchilladas, y fueron de a tres, extasiados, llegando a la cúspide más alta de placer y felicidad que hubieran subido nunca, a clavarle cada uno por lo menos veinte puñaladas, descargando no sólo toda la adrenalina que habían acumulado durante la misión en su atropellada sangre, sino también todo el dolor que ese hombre y su ocupación les había hecho sufrir en esos que habían sido de lejos los peores días de sus vidas. Y ahora todo eso terminaba, el paraíso volvía, 7 volvía a sus legítimos ocupantes, que no habían recibido la ayuda de nadie, que se lo habían ganado con sus propias manos, ahora manchadas de sangre, de sudor y de lágrimas ante la misión cumplida. Entonces todos se quitaron los bozales y todos festejaron a los saltos otra vez, como la primera en que pisaron esa casa, pero ahora con la redoblada felicidad de haberla recuperado en todo su esplendor luego de sufrir su falta, y todos parecían presentir que ahora vendrían los tiempos felices de verdad, que esto recién comenzaba, y que ya nada en el mundo les quitaría el paraíso de 7. Luego del festejo, o mejor dicho, entre los festejos, comenzaron a cortar la carne, a despellejar, a destriparla y limpiarla de vísceras, comandados por el diestro Hernán que había vivido en el campo y sabía


de sobra cómo hacer todo aquello. Y mientras tanto, tanta era la ansiedad, tanto era el rebozo de entusiasmo que brotaba de todos y cada uno, otros empezaron a hacer el fuego con lo que encontraron a mano, ya que no se podía ir a comprar carbón a esa hora. Como faltaba leña tuvieron que desarmar algunas sillas, mal menor, ya las repondrían pronto con las de sus casas, y cuando el fuego estuvo listo los impacientes les arrebataron a los laboriosos las presas, estuvieran ya preparadas o no, y un rato más tarde todos comieron el asado más exquisito que hubieran soñado jamás que podía existir, sin ensalada, sin cubiertos, sin pan siquiera, chorreándose las manos hasta los codos con el jugo de esa carne suprema, la carne de la gloria, el asado de la vuelta a 7. (2006)


acertijo de la gran obra



En el teatro ha habido varias innovaciones a lo largo de los siglos XIX y XX, como el naturalismo, el expresionismo, el realismo psicológico, la kammerspiele, el dadaísmo, luego surrealismo, el teatro pánico, el teatro épico, el teatro del absurdo, todas variaciones dentro del marco de lo que han considerado posible, precisamente posible dentro de ese marco. Sin embargo la más increíble de ellas, la única digna de llamarse revolución en este campo, habiéndose producido a principios del siglo XIX permanece hasta hoy casi completamente desapercibida. Y es precisamente por esa omisión por lo que resulta tan sorprendente. Se trata, desde luego, de la gran obra. La gran obra trasciende toda característica en la que quiera encasillarse al teatro, salvo la fundamental, la de la representación, la de la ficción, o, llevándolo a un plano más ontológico, la de la mentira. Pero todas las demás características han sido desbordadas, tal vez premeditadamente o tal vez por la simple fuerza de la necesidad para el desenvolvimiento de su


trama, eso ya nunca podrá saberse. Lo que sí se puede decir es que, dado el extraordinario (y perfecto) objetivo de la obra, el de no acabar jamás, el guión se va produciendo sobre el camino, ya que habría sido imposible tenerlo completo antes de empezar, no habrían bastado el papel ni las manos del mundo. Es probable que al principio sólo se hayan pautado los ejes por los que debería transcurrir indefectiblemente la trama, algo así como un argumento planteado sobre un lapso indefinido, y que a partir de ellos se haya comenzado a redactar el guión escena a escena como se hace en la actualidad. Los factores que inciden sobre la producción del guión son varios: lo transcurrido hasta el momento, la necesidad del futuro inmediato y a largo plazo de la obra, dadas ciertas características que así lo disponen, y el humor general del público, que es constatado a cada momento y manipulado hasta el límite que permite el único marco ya señalado, el esencial. Otra característica, quizás no tan original pero de todos modos ingeniosa, es que se pretende que el público crea lo que se está representando y en esta credulidad se basa todo el verdadero núcleo de la obra: mientras los espectadores sigan sin descubrir que están siendo espectadores de una obra de teatro y llegue a tal punto su ingenuidad que se manejen en sus vidas utilizándola como referencia, la obra aún tendrá sentido y será exitosa (por eso es que no se plantea un fin, pues pretende prolongar la broma


indefinidamente); si en un momento el público cae en la mojiganga, se desmantela de pronto toda la representación, y la indignación general causada por haber sido engañados tanto tiempo y a tal costo (pues ésta es otra ingeniosidad: los actores y los productores reciben honorarios de los espectadores, y éstos se los pagan porque durante la obra se los ha inducido a que lo hagan, y no saben que es todo una farsa), tal indignación seguramente provocaría una sanguinaria voluntad de venganza ante los frustrados actores y los indefensos productores. Al parecer, en un principio el grupo de productores habría contratado al grupo de actores, pero lo que se sabe del comienzo es muy difuso y contradictorio, aparte de que ambos grupos hoy se encuentran en constante mutación, y repetidas veces se cruzan de un lado al otro los personajes. Los espectadores viven la obra, se apasionan por ella, realmente los conmueve y los conmina a actuar. La obra no está dada en un espacio convencional al que se va para ver mentiras sino que se infiltra en sus vidas como si les entrara por el café en la mañana y cayera de los árboles en otoño. Precisamente, por estos medios sutiles, que los espectadores “se han creído” y manipulan como objetos reales de sus vidas, la obra se va llevando a cabo y los va ganando, les entra por los oídos en sus propias casas desde las radios, se ve en fragmentos nuevos, repetidos, reciclados por los televisores, se lee en forma de crónicas, soliloquios y pequeños


diálogos en los diarios, o de elaboradas apologías en libros, los propios espectadores la discuten entre sí y de pronto se ven involucrados en su trama y pueden ser efímeros actores (de poca monta igualmente) que cambian en alguna medida el curso de la obra mientras los actores, conteniendo la risa, los aceptan y los envuelven con sus papeles. Así, con esta voluntad exacerbada de romper los límites convencionales de la ficción que ha llevado al punto de hacer depender el presente y el futuro desarrollo de la obra de cómo ésta sea recibida, interpretada y aceptada por los espectadores, sumado todo esto a que se convierte en objetivo inmediato el que no descubran ni sospechen su verdadera naturaleza, la obra tiende a reproducirse cada vez más (de más está decir que su escenario se extiende por continentes) multiplicándose su volumen de producción y representación, sus canales de llegada e infiltración en el público, su necesidad de abrirle espacios (lo más pequeños que se pueda) en los que participen para que, al sentirse partes de la acción, se encierren en la ignorancia. A su vez, la voraz necesidad de la obra, que ha crecido conforme a que la obra misma se ha prolongado y expandido, hizo necesario desarrollar, siempre encubiertos bajo aspectos de la trama, mecanismos de información para averiguar el estado de conocimiento o credulidad del público en general, y en particular. El público accede a ellos o provee involuntariamente la


información de acuerdo a cómo se maneje ordinariamente, ya que si respeta las reglas impuestas por los personajes durante la obra significa que aún no la ha descubierto. Utilizando estos mecanismos los productores de guiones (y los actores también, ya que les está permitida, y muchísimas veces es indispensable, la improvisación, respetando siempre ciertos preceptos-eje de la escena) adaptan la acción al humor general, por ejemplo, haciendo giros inesperados cuando la opinión colectiva es que se está cayendo en la monotonía, corrigiendo en nuevas escenas cosas que han sido demasiado rechazadas o que en la cabeza del público empiezan a rozar con lo irreal (signos de peligro), o añadiendo nuevos velos de ficción, sobre los cuales el trabajo y la premeditación son intachables, que envuelvan en tinieblas esos leves destellos de la idea temida. Al fin y al cabo, su propósito es entretener. Como, a pesar de todos los esfuerzos, es prácticamente imposible llevar a la perfección el hilo de toda la historia desde el comienzo con todos sus desvíos, correcciones, proyecciones y demás, han ocurrido crisis en las que de pronto todo el público se quedaba contrariado, enrarecido, y a punto de develarlo todo aunque todavía detenido en la contradicción, o de pronto empezaba a sospecharlo y se agitaba torrencialmente sin saber aún hacia dónde atacar (tan vasto era el “escenario” y tan impersonales o distantes los actores), y llegó en momentos


extremos a identificar a un actor y repudiarlo o lincharlo, ante lo que se adaptaban casi automáticamente todos los guiones, y la gran obra lo aislaba, rechazándolo como un farsante, traidor a la verdad. Con la habilidad que es obvia para semejante empresa, se han aprendido las lecciones, y cada una de estas crisis hace a la gran obra reforzar sus elementos de “credulización”, por llamarla de algún modo, infiltrándose más a fondo por los poros de la vida del público. Así es que cada vez más sucede que en las crisis (cada vez más frecuentes) los esclarecidos o simplemente exaltados no saben hacia dónde escapar ni hacia dónde atacar, porque todos los medios tomados por válidos para la acción, expresión o denuncia son controlados por la gran obra, y una vez caído en una de sus innumerables redes, el incipiente incrédulo comienza a ser otra vez manipulado mediante mecanismos ya casi automáticos, y “recredulizado”, reincorporada su propia sospecha al desarrollo de la trama. Todo, atrapado a su debido tiempo y con la debida red, va siendo envuelto en la trama. Como la predicción de represalias extremadamente encarnizadas, sumada a los jugosos ingresos (y, por qué no decirlo, al gusto por una obra magnífica), han hecho prácticamente inconcebible para los actores y los productores abortar la realización de la gran obra, la imperiosa necesidad de asegurar su desenvolvimiento los ha llevado al abierto


crimen, obviamente encubierto por la trama, eliminando a los que, uno a uno, van descubriendo la verdad (fácilmente reconocibles por sus ojos abiertos como pelotas de ping pong por las calles) y que a la vez son capaces de usar las redes tendidas para destruirlas. Pues muchos de los primeros iluminados, al reconocer y rechazar toda la gran obra y sus componentes, no tuvieron vía de expresión para su denuncia, ni siquiera un lenguaje que no estuviera contaminado por las artimañas de la acción, por lo que utilizaron otros lenguajes y otros canales de expresión que por supuesto nadie comprendió; captando esto la obra los reincorporó rápidamente dándoles un pequeño papel de “locos”. Pero con ellos y sus expresiones quedó una semilla que nuevos iluminados comprendieron y renovaron y perfeccionaron, aprendiendo poco a poco a conectar los dos lenguajes, equiparando la realidad con la ficción de la obra, y aprendiendo a utilizar sus medios de representación y participación para difundir sus mensajes sobre la farsa, primero cifrados a los ojos censores, luego identificándose poco a poco con la comprensión del público, por lo que los aterrados artistas empezaron a aniquilar sistemáticamente a todo iluminado “social”, es decir, capaz de transmitir un mensaje sobre la verdad a los crédulos y ser comprendido, y en momentos de crisis, a todo iluminado, aunque fuera inofensivo por sí mismo, y en el colmo, a todo potencial iluminado, seleccionado


por cumplir con un patrón de rasgos o por sus movimientos con respecto a la trama. Costosísimos equipos se dedican de manera permanente a investigar acerca de posibles revelaciones, y ya es normal y éticamente aceptado por las normas redactadas en escena aislar, denigrar o eliminar al que descubra la gran obra . De todas formas se trata de mantener el menor nivel de asesinatos, por varias cuestiones: para mantener el humor general lo más alegre posible –si no se logra alegrarlo con muertes públicas–, para mantener el nivel de provisión de material, para mantener el ingreso dejando al no asesinado como espectador reincorporado, entre otras. Pero no sólo uno a uno, sino también en grandes grupos han descubierto la verdad y se han organizado para revelarla al público, y esto es extremadamente peligroso para los creadores, porque un loco es justificable y pasa, pero un gran grupo de locos organizados hace reflexionar sobre lo que está ocurriendo, preguntarse por qué ha sido posible. Si lo logran, pero sólo si es muy seguro, envuelven y reincorporan al grupo denominándolo “secta de desquiciados” o con otro vocablo por el estilo. Si esto no es viable, si las condiciones de credulidad del público no bastan, el instinto de supervivencia de los artistas no tiene ningún problema en exterminarlos en masa, como ya ha ocurrido en grandes masacres que luego los actores incansable y sutilmente van haciendo olvidar al público.


El público, entretenido, olvida. Como también todo marco temporal ha sido desbordado junto con el espacial, no se podría calcular cuántas escenas del viejo estilo ya han transcurrido, cuántas suceden simultáneamente, cómo son armadas, redactadas. Que una acción importante para el argumento se represente en periódicos que algunos leerán pero otros no, y que unos le contarán a otros deformándola, otros prejuzgarán de plano, otros contraatacarán o aplaudirán, hace muy difícil de concebir el modo de producción de los guiones, y el número de escritores necesarios para tal magnitud de obra. Estas cosas son muy difíciles de saber debido a la extremada reserva y vigilancia con que operan, aunque de vez en cuando un descuido deje entrar a su sistema a algún infiltrado, o viceversa. Yo los imagino reunidos en un rascacielos o en un gran subterráneo, un verdadero hormiguero lleno de operarios del arte, separados en grupos, uno de recopiladores o historiadores, otro de relacionadores o revisionistas, otro de imaginadores, de redactores, correctores, supervisores, censores, consejeros... Ninguno de ellos duerme, o cada uno tiene su propio doble con quien turnarse. Los figuro también separados, pero aún más numerosos, jerarquizados y conectados permanentemente, con un rectorado en el que se archiva y se programa todo y se producen los ejes generales de la acción, que son desarrollados por


pequeños núcleos locales, con sus propias jerarquías y sus propios ejes. Todo esto lo imagino yo, buscando escondites que puedan albergar al inmenso número de creadores, pero quizás no sea así, quizás sea muy diferente, y en realidad los productores estén también como los actores aquí, a la vista de todos, al mismo tiempo viendo el desarrollo de su obra y escribiéndola, en el mejor escondite que podrían haber pensado, en la obra, quién se figuraría que dentro de la acción, entre la multitud de personajes debatiéndose apasionados, se encuentran los que están escribiendo esa misma historia, y que al escribirla convierten al público en personaje de su propia farsa. Quizás sea porque ellos mismos han acabado por creerse su mentira, de tanto decir y recopilar y reescribir, todas esas cosas se han vuelto su realidad también, y ellos se han vuelto verdaderos e ineludibles personajes, ellos tampoco pueden escapar. Yo lo he descubierto, por lo que me esperan dos destinos en la gran obra, dependiendo de cómo el público que me rodea y me involucra acepte cada posibilidad: tener un papel de loco en la trama o, si empiezan a entenderme, ser aniquilado por los guardianes acechantes. Hay un tercer destino posible, pero no está contemplado en la gran obra. (2004)


los puentes



Crucé la primera mirada con esos dos fulgores en el salón de la fiesta, mientras inocentemente giraba para ir a quién sabe dónde, sin imaginar que me acechaba ese confabulado par de fieras calcinantes, de flechas profundas acompañadas por un cuerpo de mujer. De más está decir que me tambaleé, se me cayó un vaso de vidrio, etcétera, cosas que podrían haber dado lugar a una primera sonrisa de ternura; pero aquel cuerpo no se inmutó ni por un instante y esos ojos seguían clavándome al lugar exacto que la contemplación exigía. Vino gente riendo, me tuve que agachar para levantar pedazos de estupor, y desapareció, mientras yo pensaba que de mi interior no podría juntar los pedacitos ya que no tenía por dónde meter la mano, ni por qué. Un minuto después estaba en el baño, tal vez contando cuántas piezas constituían ahora mi corazón con el resto de mente que no recordaba esa mirada hipnótica. De súbito se agitó la puerta y me abrí sobresaltado. Despacio entró esa mujer (porque sin duda ahí había una mujer) con la misma exacta


mirada de fuertes ojos acuosamente celestes, paralizándome como si usara a voluntad la electricidad que me recorrió hasta el último pelo del pie. Serena, resueltamente, entró y cerró la puerta sin dejar de mirarme y creo que sin pestañear (estoy seguro de que yo, al menos, no lo hice en toda su estancia), como imantada ella también por mi indudable expresión de bobo en pleno asombro. Pasó el pestillo de la puerta a sus espaldas, y dio unos pasos, enfrentándome; yo estaba inmóvil desde el principio, tragándome o siendo tragado por sus ojos, con la vista por sobre mi hombro derecho. Durante unos segundos en los que el éxtasis de la ansiedad, conjugado con la incredulidad atónita, llevó mi corazón a un ritmo desconocido, a un volumen casi vergonzante, nos quedamos así quietos, sin decir una palabra ni mover una fibra, y nuestros cuerpos allí eran como ridículos sostenes para nuestros ojos entre los que fluía un río cuyo líquido se precipitaba torrencialmente anunciando la inminencia de un quiebre final. Luego, parada en el mismo lugar, comenzó a desabotonarse la camisa blanca con las dos lentas manos, y creo que sus labios apenas se despegaron dejando una línea oscura entre el rosa. De haber querido moverme, nada podría haber hecho si sus ojos me seguían fijando desde esa profundidad apenas insinuada por el leve brillo de las pupilas, por los párpados trémulos, por el gesto inmóvil del rostro. Llegó al último botón de abajo y abrió las dos hojas


con la lentitud que imagino que se abren las blancas puertas del cielo para los elegidos; pasó con las manos los hombros de tela detrás de los hombros de piel y, apenas encogiéndolos, dejó caer la camisa a sus talones. Ahora me miraba con la cabeza un poco inclinada hacia abajo, haciendo que su mirada fuera tres veces más fuerte. Se desabrochó el sostén, y pude sentir tras las copas ya como dos respiros que los cuerpos se relajaban luego de una larga asfixia; con la mano derecha se lo quitó del brazo izquierdo y hubo otras dos figuras que reclamaban a mis ojos el espacio, y casi bajé la mirada hacia esas lunas de carne, hacia esas bocas ávidas de mi boca, como sirenas esperando para quemarme. Unos segundos se quedó quieta, con los hombros caídos y la mirada llegando directa como una lanza desde la selva, como un deseo saltando a través de los ojos. Después se desabotonó los pantalones y se los bajó hasta donde llegaban sus manos, dejándome ver con la poca nitidez que le quedaba a ese extremo de mi campo visual la última prenda blanca apenas abultada por el vello. Se agachó para terminar de quitarlos hasta los pies, y entonces mi mirada y mi cabeza también descendieron, y la pude ver de cuerpo entero ahí abajo, casi debajo de sus ojos que ya me estaban lastimando con su fuerza inagotable. Agachada se aflojó los zapatos para, al volver a erguirse, quitárselos con los pies, como lo hizo también con sus pantalones pisando con el talón de un pie la manga


del otro, a la vez que levantaba la rodilla, que así aparecía por el horizonte inferior de mi vista y con eso ya bastaba para que fuera un nuevo polo de atracción que forzaría a mis ojos hasta despedazarlos en cuantos lugares tuviera ese cuerpo que se me iba descubriendo solo, como las flores se desnudan para que las vea el sol, pero no, no como una flor, porque ellas no tienen los ojos, los fuegos, los hielos, las armas que así me aprisionaban. Despojados ya los pantalones se quitó también el último velo, abrió la última puerta de su piel, agachándose otra vez y volviendo, aunque pareciera que sus ojos no la acompañaban. Otros segundos pasaron, en los que sé que mi corazón latió más fuerte y rápido que nunca antes ni después, pero sin embargo no lo oí ni lo sentí golpear, porque nada podía filtrarse por las paredes de ese silencio absoluto cuyo eje era el espacio entre nuestros ojos. Al fin, avanzó hacia mí. Se detuvo con su nariz a diez centímetros de la mía. Sentí que mi pulóver y mi camisa juntos eran tirados por dos fuerzas a mis costados, y recién en ese momento me di cuenta de que yo estaba completamente vestido. En ese instante hice mi primer movimiento consciente al levantar los brazos, pero sé que fue porque ella me lo estaba indicando con sus manos que me llevaban hacia arriba la ropa hasta que cubrió mi cara y mis ojos dejaron de ver los suyos, pero el río seguía fluyendo desde y hacia ellos,


y continué sin pestañear. La ropa subió un poco más y como un golpe de sol, como rayo de un trago voraz, sus ojos otra vez fueron un visible hipnotismo de tormenta concentrada. Desabrochó el cinturón con un poco de dificultad, quizás porque lo imaginaba puesto al revés, y desabotonó los pantalones, y me pareció que sus fosas nasales tuvieron una brevísima pero violenta dilatación; entonces comprendí que debía quitarme los zapatos con los pies y ya no los tenía y ya ella bajaba junta toda la ropa que me quedaba arrodillándose y manteniendo su cara firme hacia delante con los ojos inclinados hacia arriba, como saliéndose del ridículo sostén. Levanté y corrí uno a uno mis pies para dejar atrás los pantalones con los que se fue una media, creo, quedando la otra en la punta del pie. Con la inmutable serenidad que llevaba desde su entrada, volvió a erguirse y pasaron otros segundos de insostenible silencio que no permitía el mínimo aliento. Entonces levantó su rodilla izquierda, y luego su pie también, rozándome por primera vez la piel, precipitando el cataclismo del ardor que había estado acaudalándose a lo largo de esos minutos, y el otro río, el del tacto, empezó a fluir como una tempestad también entre nuestras pieles erizadas. Pasó su pierna por mi espalda y, sujetándome o sujetándose de esa forma, atrajo los dos burdos sostenes, o cuerpos, hasta que, no sé qué primero ni qué después, las puntas erectas de sus pezones tocaron mi pecho convulsionándolo tanto más cuan


inmóvil permaneció a fuerza de la tormenta que hervía electricidad y lo endurecía, y hasta que, no sé qué primero ni qué después, mi sexo tocó su abdomen, estremeciéndose ambos a orillas del ombligo, llevando el fuego hacia él y pasando de lado a lado, concentrando súbitamente y luego poco a poco el ardor y la tormenta allí. Luego los cuerpos se aproximaron más, y ya toda la blanda aunque levemente endurecida carne de sus senos se fue apoyando y apretando como en un murmullo de cielo que, acurrucándose, arrulla a la noche de los durmientes, sobre mi endurecido pecho, que de la trémula electricidad del roce pasó al dulce calor del contacto extendido y de la lenta opresión. Más se pegó contra mí y nuestros cuerpos quedaron fuertemente apretados y vibrando como si toda la piel fuera corazón, y habiendo pasado sus blancos brazos sobre mis hombros, subió su otro pie llevándolo a mi espalda en un breve salto que la dejó sostenida por mis hombros y mi abdomen. Inmediatamente tomé su aún fría espalda con mis manos que ya no se aguantaban quietas, y mis pies se fijaron más firmemente al piso, mientras parecía que una ola de lava fluía desde su cuerpo al mío y dentro de mí por las piernas hasta los dedos de los pies que por un instante se agitaron de impaciencia. Nuestras caras nunca se tocaron. Aun tan cerca los ojos no pestañeaban ni se secaban, la ya casi tangible efusión de miradas no se rompía y parecía ir


llevando por sí misma los cuerpos a la unión. Sentí su fuerza con los brazos y los muslos para levantarse un poco en mí y encajar los sexos que se precipitaron uno en otro como llevados por una única fatalidad, una única fuerza, único fluir de un abismo que encontraba su cenit para desbarrancarse otra vez a una nueva vuelta de tormenta, de universo arrasándose a sí mismo en una caída que acababa al tocar su máxima altura, para volver a arrojarse lentamente en el calor creciente de otra caída que era otro ascenso, y nuestros cuerpos parecían perfectamente fusionados, como habiendo encontrado el equilibrio para el que habían sido hechos, por la unión que permitía a ese río que corría entre nuestros ojos y que no paraba y que parecía echar hielo al aire inmiscuirse dentro de nuestros cuerpos convirtiéndose en calor y cruzar de uno a otro formando un círculo que iba y venía y nacía y llegaba, en cada lugar, en cada centímetro, en cada uno de los dos, y el ardor se concentraba y se dilataba conforme a que ese abismo pasaba y volvía con su sexo que oprimía levemente al mío succionándolo hacia arriba y llevando mi energía cada vez más alto, y luego soltándolo lentamente, volviendo la sangre al resto de mi cuerpo que entonces libraba gotas de sudor que se enfriarían segundos más tarde y otra vez se calentarían por nuevas gotas que salían con los nuevos respiros del cuerpo, alternándose con la succión de esas bocas que se tragaban mutuamente como nuestros ojos, y la


avidez de ese beso de los sexos crecía a la vez que crecía la euforia de los burdos sostenes de los ahora dos puentes, y la velocidad y la intensidad de las bocanadas que ella se llevaba de mi piel aumentaban haciendo nuestra respiración más agitada y sus manos más apretadas a mi espalda y sus muslos más convulsos y nuestras bocas más temblorosas, entreabiertas, pero sin emitir ningún sonido más que el del aliento, porque seguíamos sumidos en el silencio que ahora era un círculo de una electricidad no tan punzante como la primera sino más tibia y muscular, pues ahora corría por los cuerpos sin detenerse, calentando con sangre el viejo hielo de los ojos ya no distantes. Sentía cómo ella me quitaba el calor casi bebiéndolo cuando su sexo me apretaba en su contracción, a la vez que me daba el suyo por los poros de sus paredes, y luego cómo yo se lo devolvía cuando los labios de esa boca avanzaban sobre mí y yo empujaba buscando seguir, buscando llegar al fondo más sagrado, a tocar finalmente su húmedo e hirviente corazón con la punta de mi cuerpo en llamas, y a la vez ella me devolvía lo robado en esa relajación, dejándome entrar y llevando la vibración de sus profundos labios hasta el nacimiento del sexo, ese canal que seguramente también estaba llegando desde mi arrebatado corazón, en el paroxismo de sus espasmos, en la cúspide de su tormenta. La velocidad se hizo frenética y los jadeos más fuertes, ya casi sin poder contener los gemidos que se agolpaban en las


gargantas contraídas como piedras por el silencio que gobernaba todo el ruido de nuestros agitados alientos y de los roces de las manos con las espaldas y de sus piernas frotándose, aflojándose poco a poco y volviendo a ajustarse en esa tormenta de dos cuerpos atrapados en un río, en la fluencia de una energía desconocida que nos tomaba y agitaba, cada vez más fuertemente para poder correr como en un solo cuerpo, un solo cuerpo que era fusión tormentosa, que ya llegaba a la cúspide, ya las revoluciones de ese abismo que nos poseía a uno y a otro sucesiva y a la vez simultáneamente iban llegando a la velocidad extrema que culminaría la carrera espasmódica con la desgarradora paz del último instante de la fusión consumada, y ya llegaba, y ya los cuerpos eran todo sostén de un solo punto donde la fusión se iba concentrando para estallar y disolverse, ya la última succión de su sexo y la tormenta que me cruzó como un rayo y se precipitó finalmente en ese beso líquido de los vientres, en el instante de la unión perfecta de los cuerpos y del consumado atisbo de eternidad, en la infinita fluencia que nos recorrió atándonos en un solo ser que se mira a sí mismo y se comprende en el presente único del no tiempo, en el instante, ese instante que nos precipitó inmediatamente en la caída, en la destormenta del quiebre de esa fusión que por infinita y total no podía durar más de un instante, por más que mi sexo siguiera tirando, como queriendo perderse él también, destruirse en una llama que


alcanzara su corazón, por más que las paredes del suyo siguieran haciendo fuerza en ese último beso para llevarme por completo a su interior y fluir yo por ese río ya perdido hacia su centro. Ahora sólo nos quedaba el primer río, aquél que en ningún momento dejó de atrapar mi mirada, el de sus ojos imantando los míos sobre el jadeo que empezaba a hacerse más marcado, porque ahora podíamos respirar tranquilos, llegar al final de cada suspiro sin ser atraídos otra vez por la tormenta y su hambre torrencial y húmedo. Los pulmones fueron calmándose, las bocas cerrándose, sus piernas deslizándose hacia el suelo, con los ojos rodeados de sudor, de picazón, de lágrimas, de piel, y aún así más atados que nunca en esa mirada que nos estaba marcando para siempre, con el recuerdo de la eternidad vivida entre dos, entre uno. Sí, los ojos eran los mismos, esas flechas tan profundas como antes, pero la mirada no. La cara que la rodeaba había ido cambiando aunque sus ojos fueran los iguales fuegos de océano, así la mirada de los dos se había ido mutando, cargándose en ese silencio convulso con una búsqueda, sin palabras, sin llamados, infranqueables los ojos, pero lentamente nosotros mismos nos habíamos ido concentrando en nuestros ojos, así como el calor lo había hecho en los sexos, nos habíamos estado deshaciendo en la unión tirados por los dos polos, estando a la vez por completo en uno y otro puente, y así nos habíamos


besado por completo pero también nos habíamos visto completamente, los dos enteros y transparentes, desnudos en los ojos como un solo ser que se buscaba por nosotros hasta que se encontró. Allá habría quedado, en el instante, ese ser que habíamos sido; ahora éramos otra vez dos miradas ajenas, y sin embargo nuestra desnudez seguía ahí. En sus ojos estaba ella, en los míos estaría yo: ya no había secretos (fuera de las palabras), nada separaba su soledad de la mía por esos ojos. Nuestros cuerpos se separaron definitivamente, y ella, de la misma exacta forma que se había desvestido, ahora se ocultaba, se me perdía, se iba arrastrando o dejando arrastrar por los ruidos que la llamaban, que la obligaban a quebrar ese silencio que había sido superior a cualquier palabra. Ya los pantalones, ya la camisa; ya lo único que quedaba de nuestro encuentro eran sus ojos, lo único que me dejaba ver para poder verla desnuda, para verme ahí dentro, en la profundidad de esos fulgores, para ver cómo había quedado atrapado en ella y ya no podría regresar, no hasta que me ocultara esa última desnudez, suya y mía, cuando sus ojos quebraran al fin el silencio. Y así lo hicieron, una vez que el burdo sostén se ocultó hasta el cuello y hasta las manos de mi mirada inmóvil donde la clavaban sus ojos, ellos retrocedieron lenta y seguramente como siempre hasta la puerta, y allí se quedaron en los últimos instantes de quietud, hasta que las manos bajo ellos corrieron el


pestillo y el cuerpo se los llevó con él tras la puerta que se cerró en el instante en que volví a mí. (2004)


plaguicidio



Todos estaban listos, después de tanto planearlo y prepararse, cuando el momento de las primeras acciones llegó. La lucha era fácil en la mayor parte del planeta, donde la plaga estaba menos propagada, pero eran un verdadero desafío los supernidos en que se refugiaba y multiplicaba la mayoría, guarnecida, pertrechada, extremadamente poderosa. Allí el combate sería atroz y por más cálculos que hubieran hecho no podían predecir el resultado, pero tenían esperanza, convicción y lealtad, con las que se sostenían el uno al otro, con que los destinados a ser enemigos, verdugos y víctimas se conciliaban en una alianza máxima para enfrentar juntos al enemigo, común a todos sus destinos, sabiendo que cada uno daría todo de sí por los demás, para liberar al mundo de una vez y poder vivir en sana guerra para siempre. Una base fundamental de la estrategia era, además de la sorpresa y la masividad del ataque, la simultaneidad de las acciones; la comunicación subterránea, aérea y submarina era bastante ágil pero no lo suficiente para esta batalla; por eso habían sido absolutamente rigurosos en la coordinación de las


acciones, y se confiaron al éxito del plan sin la necesidad de comunicaciones de emergencia. Otra estrategia era imposible y urgía la liberación, ya que las propias fuerzas estaban siendo reducidas a pasos agigantados a manos de la plaga. Los frentes eran dos: la gran superficie, menos apestada, con pequeños nidos controlables, quedaba a cargo de unos pocos luchadores lo suficientemente efectivos o adaptados a los climas difíciles; el resto se movilizaría hacia el segundo frente, los grandes nidos donde la magnitud de la plaga era realmente pavorosa, y también allí se sumarían los primeros, una vez cumplida su tarea. Cuando el momento establecido llegó, un enorme contingente formado por todas las hormigas, las termitas y los roedores se encargó con frenesí de cortar todos los medios de comunicación de la plaga, subterráneos, terrestres o aéreos: mientras los roedores cortaban cables, sobre todo en los grandes nidos aunque también en algunos puntos de las “tierras libres”, las heroicas hormigas iban a la muerte filtrándose en todas las máquinas electrónicas del mundo, a las que se habían acercado con sigilo en grupos de mil, y las termitas tiraban postes de luz y de vías telefónicas, los que quedaran aún de madera. Todos los artefactos vitales para la comunidad de la plaga, llamados computadoras, televisores, radios, teléfonos, antenas parabólicas, entre otros, sufrían fulminantes cortocircuitos porque las hormigas del mundo se habían metido en sus


entrañas, con lo que la plaga quedaba desarticulada no sólo a nivel mundial, sino también dentro de cada nido, limitada al contacto individual directo de los hombres, que a la vez se encargó de impedir un monumental y coordinado equipo de tres mil setecientas especies de cucarachas, cien mil géneros de moscas, trescientos setenta mil de escarabajos, ciento sesenta mil de lepidópteros (entre los cuales lucharon con bravura las torpes mariposas, brutalmente reducidas en la batalla), veinte mil razas de abejas, más cuatro mil géneros de anfibios como sapos, ranas y salamandras, diez mil tipos de aves aún no exterminadas por la plaga, y arácnidos, primates, moluscos (entre ellos los nada pasivos caracoles), anélidos, avispas, perros, orugas... Cada especie era un ejército esparcido por los cuatro continentes. La diferencia climática de los dos hemisferios, por no hablar de los biomas, había obligado a una distribución de las fuerzas: el verano era más propicio para los insectos débiles por sí mismos pero que actuando en masa podían ser muy efectivos, por lo que se eligió el verano del hemisferio norte, que por ser el más poblado necesitaba una acción más variada e intensiva; en compensación la mayoría de las aves del norte debió dejar tiempo antes su hábitat, y las que acostumbraban vivir en verano se habían quedado en el sur, para actuar en el invierno con la función de romper la comunicación individual humana alienándola durante el tiempo que fuera necesario; de


todos modos muchas aves se quedaron en el norte en gruesos grupos de acción. Las cucarachas, que se habían estado preparando desde considerables siglos antes que cualquiera del resto, reproduciéndose exponencialmente y resguardándose, ya que eran una de las más efectivas fuerzas de acción, se repartieron de manera proporcional entre los dos hemisferios según las necesidades calculadas; era probable que en invierno su efectividad se redujera si los hombres, antes que salir de sus hogares individuales espantados por ellas, preferían ante el frío de la intemperie quedarse a combatirlas; en ese caso sería una masacre y podría haber grandes pérdidas, ya que toda su efectividad dependía de no cruzar ese límite de intolerancia (e incluso podría peligrar el éxito de toda la empresa), pero, a falta de mejores medios, se arriesgaron, tomando la precaución de ser más numerosas en el sur invernal y de actuar allí las más aptas para volar, para aumentar de esta forma el impacto y el asco, y en todo caso el ahogo de los que osaran quedarse a pelear. Además, los roedores se sumarían a su tarea inmediatamente después de acabar con los cables. La franja intertropical tenía la suerte de presentar la mayor variedad de artrópodos capacitados para la acción por lo que no hacían falta cucarachas en esa zona; pero de todas formas se intercambiaron algunos grupos de distintas especies entre el centro y los extremos sur-norte, para aumentar en cada región la fuerza de la diversidad.


Por otro lado, esto debió ser así por fuerza en zonas donde las cucarachas no provocaban el menor efecto repugnante en la plaga, a lo que se incrementó allí la presencia de grupos extranjeros. Todo esto ocurría en los nidos hiperconcentrados de la plaga. Al mismo tiempo que comenzaban las acciones en ellos, en el otro frente se lanzó el ataque directo, que debía ser fulminante y rápido (como toda la empresa a fin de cuentas). Dentro de las tierras libres, donde la plaga no era tan densa aunque sí mucho más voraz en ciertas zonas como la selva o los bosques, la actuación principal correspondía a los animales venenosos: reptiles, insectos, arácnidos, mamíferos, quienes se habían quedado en su mayoría en estas tierras a condición de no necesitar más ayuda que la de algún tigre o lobo o mandril que rematara a los más resistentes, o de algún caballo o toro que persiguiera, tumbara y pisoteara. Todos los demás animales terrestres ya se habían acercado lo más sigilosamente posible a los grandes nidos, y esperaban su momento de entrar en acción. Los guerreros venenosos cumplieron con su tarea a partir del momento señalado y cada grupo fumigó el nido que le correspondía. Los perros que no se habían plegado a la alianza lloraban a sus amos muertos; eran los enfermos, que habían sido infectados por la plaga y ya no podían vivir sin ella. Muchos otros perros, sanos, a los que la plaga llamaba “salvajes”, fueron luchadores tan férreos


como todos los demás, y, habiendo tenido la tarea de buscar los grandes nidos, estuvieron en ellos al momento del comienzo, resguardados en cierta medida por la existencia de los enfermos, pero mirados con recelo y hasta atrapados en muchos casos por los grupos de seguridad de la plaga. Nadie les tuvo rencor a aquellos perros perdidos que preferían la plaga, pero quedó claro que si atacaban a un luchador serían enemigos. Así ocurrió en algunos lugares con los gatos, ésos sí eran aborrecibles, no merecían ser hermanos de los leones, de las panteras, de los heroicos y casi extintos yaguaretés. Por no querer perder sus comodidades, los gatos se negaron a atacar a sus servidores humanos, e incluso algunos, embriagados por sus vicios, traicionaron a sus hermanos luchando en su contra; no era tiempo para juzgar su posición y qué era lo mejor para hacer con ellos; era la batalla final, el momento decisivo del mundo, y lo que se interpusiera en el camino a la libertad debía ser eliminado. Así ocurrió con ellos. El daño que pudieron hacer a la empresa por fortuna no fue mucho: sólo algunos sapos, otros tantos pájaros, miles de moscas, millones de cucarachas. Había casos excepcionales que requerían la acción de combatientes especializados: en las regiones frías cercanas a los polos, actuaron coordinados enjambres de moscas con osos polares; para eliminar a los andadores de los desiertos arenosos, a quienes no podían seguir las víboras, sólo


actuaron los camellos y los dromedarios, rebelándose de pronto, tirándolos al suelo y pisándolos una y otra vez y sentándoseles encima; de los hombres que estaban en las aguas se debieron encargar las ballenas meciendo el agua y golpeando los barcos hasta volcarlos y los tiburones y orcas mordiéndolos hasta quedar desdentados; para los casos más difíciles les ayudaban águilas marinas y las ratas de abordo, incapacitando a los hombres para reaccionar ante las embestidas externas; si con esto no era suficiente, todos seguirían tranquilamente al barco hasta que llegara a su puerto, donde, si la batalla resultaba triunfante, lo esperarían los vencedores sobrevivientes para acabar con los últimos restos de la plaga. Porque todos estaban convencidos y comprometidos: mientras hubiera más de un ser humano con vida la plaga seguiría amenazando la casa. Mientras el triunfo se lograba en las tierras libres, la batalla grande de los grandes nidos empezaba. En unos minutos el mundo quedó incomunicado por completo, a excepción de algún que otro artefacto, cable o antena, ya obsoleto. Pero la acción simultánea del mayor ejército animal jamás desplegado impidió que los hombres se dieran cuenta de esa incomunicación, a causa de otra más sensible, más inmediata. Las cucarachas salieron de sus escondites en masa al mismo tiempo que las arañas; cada habitáculo en que hubiera un hombre en ese momento se inundó de caparazones y patas veloces y


antenas bamboleantes, dejando vacío sólo el camino hacia las puertas de salida. Afuera les esperaban los enjambres de moscas, mosquitos, abejas, avispas, luciérnagas, grillos, gorriones, palomas, gaviotas, golondrinas, ruiseñores, picaflores, chochines, fringilidos, buitres, córvidos, horneros, sílvidos, urutaúes, gallinazos, águilas, búhos, polillas, vencejos, culebras, verderones, teros, halcones, mariposas, cuervos, grullas, libélulas y tantos otros luchadores que se abalanzaron sobre la plaga humana espantada, y los hombres no podían reaccionar más que gritando y corriendo, tragándose algún moscardón, chocándose entre sí, resbalando sobre los sapos, los escuerzos, las ranas, las heroicas babosas que se dispusieron en las calles para tumbarlos con sus propios pasos. Las langostas, que nada tenían que hacer en las tierras libres, acudieron en inmensos nubarrones que sumieron en la noche a nidos enteros que se ahogaban desesperados. Las armas y los venenos no les servían a los hombres para defenderlos, ni siquiera para ahuyentar a las aves que habían jurado no amedrentarse ante ningún espanto; sólo les sirvieron para suicidarse a los muchos que lo hicieron; muchos otros sufrieron infartos por el espanto insoportable; otros sólo perdieron la conciencia, quedando rendidos en el suelo para luego ser rematados por los fuertes que ya llegaban, los gorilas, los osos, los lobos, las cebras, los guepardos, los perros sanos, las ovejas, los caracales, los


ornitorrincos venenosos, los monstruos de Gila, los jaguares y jaguarundis, los coyotes, los guanacos, las jirafas, los zorros, los elefantes, los caballos, los cerdos. Las multitudes combatientes se mezclaban entre las multitudes humanas eliminando cabeza a cabeza la plaga desde el propio corazón de los nidos enloquecidos. Para los objetivos difíciles, los que no se espantaban, los que dormían y no se despertaban, los que no podían escapar por imposibilidades físicas, por el congestionamiento en los edificios o porque afuera llovía o nevaba, se habían reservado grupos de insectos venenosos que actuarían discreta y certeramente, y luego los visitarían los leones o los mandriles. Al mismo tiempo que atacaban, aprovechando la confusión humana y su incapacidad de reacción, algunos grupos se encargaban de liberar a los prisioneros de esas cínicas cárceles llamadas “parques zoológicos”, quienes se incorporaban rápidamente a la lucha con una violencia extraordinaria, y a los torturados de los laboratorios, que empezaron a destruirlo todo fuera de cualquier cabal; en algunas de esas cámaras de tortura los destrozos liberaron virus y bacterias tóxicas que se propagarían por los nidos al fallar los sistemas electrónicos de seguridad, sacrificando por cierto las vidas de muchos combatientes, pero con el mismo deber de eliminar la plaga a cualquier precio, que siempre sería menor al precio de la derrota. En los grandes nidos de las costas, una vez que


los hombres estuvieron todos fuera de sus cuevas aturdidos por los enjambres voladores y los atropellos ciegos, los animales marinos hicieron su pequeña pero voluntariosa actuación: las ballenas que no estaban volteando o siguiendo naves, y las orcas y tiburones que no estaban hundiendo los botes, las lanchas o los náufragos, se apelotonaron en las costas y desde ahí impulsaron con todas sus fuerzas unidas las aguas para provocar oleadas que llevaran a las pirañas, a las letales medusas, a los tiburones más pequeños y a los demás voluntarios para caer sobre los que huían del nido hacia las playas buscando refugio en el agua. Cuando algo así sucede, cuando con semejante despliegue la vida se enfrenta contra sí misma por su propia supervivencia en una ceremonia maravillosa, pueden ocurrir hechos que bajo ninguna otra circunstancia serían posibles, jamás, a menos que tanta vida se revolviera y estallara en una nueva ocasión. Uno de estos hechos ocurrió en una costa junto a un gran nido, donde quince águilas alzaron con sus garras a un tiburón blanco de cuatro metros de largo, que había elegido morir asfixiado en el nido pero habiendo cortado varias cabezas primero. Así lo llevaron por la costa e incluso lo adentraron un poco en los pasillos del nido, mientras cortaba cuerpos humanos que no llegaban a escapar aullando, que se quedaban helados de muerte o que no lo habían visto, mareados como estaban por las gaviotas, los mirlos y los papamoscas. Cuando no pudieron más, las águilas


eligieron un automóvil en el que se refugiaba una familia humana en plena agonía contra los insectos infiltrados, para dejar desplomarse encima al mártir y que muriera con gloria, y luego siguió cada ave con su propia cacería. Pasaron dos horas; las cucarachas recorrían todos los resquicios donde se pudieran ocultar los sobrevivientes esperando la ocasión para un contraataque que, viniendo de los hombres, no podría sino ser terrible. Se comunicaron unas a otras los resultados de sus búsquedas: caminaban sobre alfombras de cuerpos tirados, buscando sin éxito la mínima señal de vida. En los pasillos de los grandes nidos, poco a poco el furor cebado se fue aplacando, a medida que todos los hombres iban quedando tendidos unos junto a otros y unos sobre otros, arrasados. Habiendo sido tumbados los transportes en los caminos por manadas de caballos, de cebúes, de avestruces, de canguros o de vacas suicidas, pero sobre todo por los vuelcos que habían dado al esquivar a las multitudes sin entender su ataque, sólo quedaban por eliminar los que estaban viajando por el aire, si habían sobrevivido al corte de comunicación con la guía de sus rutas, y por el océano, los cuales ya habrían notado que nadie contestaba sus llamados, pero que de cualquier manera arribarían a los grandes nidos, a sus pistas o a sus muelles, y allí los estarían esperando, en silencio. Entonces, era el fin, habían triunfado. ¡Habían triunfado!


El júbilo animal se apoderó de los grandes nidos donde hasta hacía apenas unos momentos la peor plaga jamás conocida había estado destruyendo todo el planeta, sometiendo a todos a su depredación. De pronto el mundo era libre, se despertaba de su peor enfermedad, se desperezaba estirando las manos que le habían ido atando durante más de veinte mil años, se frotaba los ojos y veía lo que había ahora: todo. Habían detenido a la plaga a tiempo, y mucho de lo que ésta había consumido en su hambre sin límites se podría recuperar, poco a poco, con el apacible andar de la vida, que podría respirar tranquila al fin. La tregua de los vencedores duraría hasta que acabaran de comerse a todos los muertos y todas las reservas de alimento de la plaga extinta. Acabado el banquete del festejo, la inevitable guerra primigenia recomenzaba. (2004)


extra単amiento



Me enamorĂŠ, pero ya era otro.



escenas de un dĂ­a cualquiera en la ferreterĂ­a de los poetas



Entra un hombre que aparenta más edad de la que probablemente tenga, con grandes ojeras y el cabello despeinado y ceniciento. –Hola. Necesito un litro de pintura. –¿De qué color? –Y… un silencio… algo así como jazmín hecho trizas en la sombra, pero algo marmolazo; como que se cagó de frío. –No se diga más. Aquí tiene. –¡Ah, genial! ¿Cuánto le debo? –Serían tres soles de mimbre caucásico, de ése que ya no lastima si los ojos se desprevienen. –Uh… subió bastante esto, ¿no? –Sí: todo lo que es pintura se fue por las nubes. –Bueno. ¿Sabés? Ahora ando algo corto… pero esta misma noche te los sueño. ¿Dale? –Listo. Hasta luego. Después traiga la imagen. –¡Seguro! Chau.


* –Buenas… ¿Tiene clavos? –pregunta un hombre algo pelado, canoso, con cierto aire a Galeano. –¿Clavos para qué? –Tengo que clavar unas mariposas en mi espalda, bah, yo no, yo no llego con los brazos, ¿vio? –y empieza a reírse buscando complicidad–. Pero también quería clavar unas sobre una tabla de terciopelo caliente, ¿vio?, que va sobre una viga, abigarrada está a la viga que la abriga. –¡No me diga! –y el empleado rió también–. Mire –dice, mientras hurga agachado en los cajones bajo el mostrador–: tengo unos clavos especiales para superficies candorosas, ¿ve? –le extiende en la mano unas cuantas espinas de cactus con ojos como cabezas para remachar–. Usted martille el ojo sin miedo, que al romperse derrama un pegamento. No sufre. –Deme quince mil. * Entra un joven de aire ausente, realmente sin presencia, aunque el empleado que lo saluda adivina un fondo, o una superficie, muy deshecho. –Hola, emmm… yo necesito un alma.


–Uhh… –suspira el empleado, conmovido, y chista–. Th! Mirá: nosotros no vendemos; tenemos accesorios para alma, viste, cuando se rompen, se vacían, sangran, pero almas almas… –se acerca al joven desconsoladamente blanco y le dice por lo bajo:– En realidad no se permite entrar a las personas sin alma, es una regla del patrón, pero andá tranquilo (igual, no te va a doler); yo creo que podés encontrar en algún bar o alguna sala de teatro chiquito, ahí a veces se pierden las almas, qué sé yo… Buscá, y por ahí encontrás, en algún rincón. Si no, lo que te queda es esperar en alguna plaza al sol, a que se les caiga alguna a los tór tolos y ruede lejos sin que se den cuenta, pero eso ya es criminal. –No, deje, deje, gracias –y empieza a irse sin pasos, deslizándose por las irregulares baldosas de piedra. –¡Suerte, che! * Entra un hombre. Es alto, entre otras cosas. –Lamparitasss. –¿Comunes? –Sí, eh, de ideas, sí sí, comunes. –¿Qué potencia? –Y… estoy fundido, totalmente fundido. Como


para cuarenta sonetos. –75 watts. –Bárbaro. ¿Qué salen? –Quince bocados. –Regio. ¿La probás? –Cómo no –y enrosca el foco en un portalámparas de prueba; al presionar la tecla para encenderla, la lámpara estalla en una ola voraz de colores, texturas, sonidos, imprecaciones, vocablos exóticos e insinuantes, miradas, llantos, timbres de voz, lugares. Todo en un relámpago que deja a los presentes aturdidos, abrumados, a punto de la euforia. –Estaba… estaba fallada –dice al fin el empleado, recuperándose de la emoción. –No importa. Yo ya tengo lo que necesitaba. ¡Adiósss! –¡Atorrante! –masculla iracundo el pequeñoburgués que observaba la acción. * Entra una dama púrpura que parece la resurrección del abismo prenatal en el deseo de quienquiera la contemple. Su color entre purpúreo y azul sombrío late, oscureciéndose hasta negro y volviendo, con su respirar. –Hola. ¿Está el encargado? –pregunta con una voz


del mismo color. –Sí, soy yo. ¿Qué necesita, prodigiosa dama? –Vendo el placer de mi secreto. No sé si le andan faltando voluptuosidades… –Mmm… a ver, me voy a fijar en el depósito. Cuando el encargado, único personal presente, se va, la mujer se apaga absolutamente como un cerrar los ojos de tristeza. Al volver y no encontrarla, el encargado se pone a rabiar: –¿Cómo la dejé pasar? Seguramente vivíamos un mes de lo que estaba ofreciendo. ¿O no sería de esas chistosas…? Pero antes de que acabe de sospechar, la dama resurge de su ausencia o su silencio, no queda claro, y lo interroga paciente con ojos de los que desatan guerras. –Eeeh –trastabilla la cabeza del encargado–. ¿Cuánto está pidiendo por cada pliego? –No mucho, algo para comer nada más. Algunas esperanzas, algo de paz. Si usted quiere le doy todo por un puñado de perseverancias, para pasar la semana. Al oír el “le doy todo” el corazón del encargado sufrió un no pequeño estrangulamiento al nivel de la garganta, pero luego volvió en sí (o en otro, en esos casos ya no se puede saber), y ahora decide no aprovecharse de la incandescente desdicha de la dama que sin saberlo tiene una mercadería muy preciada y


buscada, y anda regalándola por ahí. Carraspea. –Mire, mi estimada dama. Primeramente permítame decirle que es un honor para mí y para esta institución que usted esté presente aquí. Segundo: lo que usted tiene vale mucho, pero mucho… como mínimo yo tendría que darle todo el amor del que nos escribe, ¿me entiende? Y yo, la verdad es que me salvaría tener esa cantidad, pero no la merezco aún, nunca la he tenido. Pero yo le pido encarecidamente que me espere, así yo puedo reunirla. Por favor, espéreme, tal vez en sólo un par de años puedo conseguir lo que vale. Deme ese honor; considere que yo soy el primero que le dice la verdad, y usted podría estar ahora derrochando todo su océano nocturno sin saberlo. Déjeme que le dé como seña toda la paciencia, la entrega, el coraje que tenemos aquí; serán unos veinte kilos de cada uno, y ante todo lo que guardo con más celo desde siempre: una plantita de ternura que sembré hace ya veinte años y de la que jamás he cortado una flor. llEscuchando todo esto, la incandescencia bruna se fue deteniendo en un tono de púrpura que se iba incendiando cada vez más con infusiones carmesí y rojo, y hasta atisbaban destellos blancos, envueltos siempre en cápsulas de callado trueno azul. Hacia el final de la oferta, el propio rostro de la dama empezaba a mutarse, impredecible pero inminentemente, hasta que el color de su detenimiento hizo evidente que se aproximaba una sonrisa, y


probablemente, lluvia de estrellas oculares. Advirtiendo esto, el encargado empalideció de horror y suplicó: –Dama mía, por favor, tenga la piedad… estamos en un lugar cerrado, hay cosas frágiles, hay combustibles, podemos sucumbir si la mercadería se entera… Ya el rostro de la dama empezaba a ser una aurora insoportable para las cosas de este mundo cuando los sensores del cielorraso detectaron el crepúsculo y se activó la alarma contra paroxismos, descargando una tibia lluvia de escepticismo en todo el local, cubriendo a los presentes con sus tropos. La lluvia, que no mojaba a la dama, fue apagándola en un contracrepúsculo desgarrador que se llevaba al peligroso sol otra vez bajo su horizonte, y se llevaba a la dama otra vez hacia su ausencia absoluta, pero esta vez se leía en lo que quedaba de sus ojos sin sol atardeciente que se iba para no volver. La lluvia no pudo apaciguar la desesperación que hizo presa del encargado al ver la promesa convertirse en puro espejismo; empezó a temblar contraído, incrementando el volumen de su cuerpo; la lluvia recrudeció aún más pero no había forma de controlarlo. Al fin, se fue del mostrador hacia el depósito y la alarma, cuando la vibración acabó de acabarse minutos después, se desactivó. A los diez minutos, un empleado lo rescató. Había tratado de suicidarse ingiriendo un bidón entero de


resignación, cuando la dosis máxima soportable para la vida humana es medio litro. Lo llevaron de inmediato al Hospital del Desesperado, todavía con signos vitales. Evidentemente, tenía más de lo que creía para ofrecerle a la dama. * Una señora mayor entra ayudada por un bastón y espera su turno. A un costado hay un niño de grandes ojos y grande boca, que mira hacia la calle, como atento a algo que por supuesto no es la calle. Un empleado se acerca, saluda e inquiere. –Está el chico antes que yo –contestan sus setenta años. –No, no se preocupe. Es un fantasma. La señora abre los ojos hasta tenerlos como los del chico, cosa que en general significa bastante asombro, y mira a ambos varones alternativamente. –Sí –insiste sonriendo el empleado–. Vea. Tóquelo. La señora, sin detenerse en sospechas ni miedos, extendió (eso sí, lentamente) su brazo y en su brazo su mano y en su mano su dedo índice hacia el niño, que seguía exactamente en la misma posición que al principio. Al llegar el dedo de la señora a la cara del chico, se topó con el frío.


–Ande, meta sin miedo. El dedo avanzó tras la superficie del rostro, sumergiéndose en un líquido parecido al agua, pero un poco más denso, y que tenía la curiosa propiedad de incitar a quedarse a lo que estuviera dentro. –Está de oferta. Acaba de llegar, importado. Inspiración de primera calidad. La señora lo miró con los ojos del doble de tamaño y el aliento cortado. De pronto, su ceño se frunció: había reccionado. –Pero, ¿qué ferretería es ésta? –La ferretería de los poetas. –¡Ah! ¡Disculpe! –ostentando todo lo posible su enfado para contrarrestar su humillación–. Me confundí. Yo buscaba una de las normalitas. –Qué se le va a hacer –condescendió el ferretero–. Hasta luego. * Un señor calvo, algo gordo, entró con aire preocupado. –Buen día. ¿Tenés adjetivos para soldadora? –¿Qué tiene que soldar? –Mirá –dijo luego de un fuerte suspiro–. Tengo un sustantivo, que trae el hilo de la frase, ¿no? Es “aprendizaje”. Y después viene “`por tus manos”, que


son las que enseñan, ¿me seguís? Y tengo que soldar el aprendizaje con las manos, con un adjetivo, de tres sílabas, que dé a entender que el aprendizaje lo dieron las manos. –¿Probó con brindado, creado, etcétera? –Sí… sí… pero no, no sirve eso, es muy flojo, traté y se despegaban a los diez segundos, y se me cortaba todo el hilo de la estrofa. No: yo necesito algo fuerte, intenso, que los suelde bien, ¿entendés? Tengo una soldadora de ésas de antes, ¿viste? Y vos le ponés uno de esos adjetivos berretas y no te los agarra. Por poco se me arruina cuando le puse ofrecido. Entraba, como antes va “aprendizaje”, ¿no? –Espéreme un segundito que busco. Durante la espera al cliente se le fue hinchando una vena del lado derecho de la frente. –Aquí están. Tengo prendado, labrado (no sé si es compatible con tu soldadora), gestado, trabado, tramado, rendido, enredado, reunido, enlazado. De otra marca hay: tallado, bordado, calado, esculpido, grabado… No sé si alguno le sirve. Si no, tengo de la línea surrealista, que sueldan pero en arquito, ¿vio?, como dando un rodeo, un brinco en el hilo y vuelve, y ahí sigue derecho nomás. –¿De ésos qué tenés? –A ver: tengo tendido, tragado, cromado, soplado, bramado, arropado, cansado, ensopado, parlado, tronchado, limado, lanzado… bueno, hay más. Están mezclados con los lunfardos, ahora que


veo. Uno especial, de mejor calidad en esta línea, que es un poco más caro, y le traería quizá problemas con la métrica, es vomitado. –No, no, dejá, no me sirve eso. No, yo busco más para este lado… Se quedó en silencio, cavilando, rumiando mentalmente cada vocablo ofrecido, especulando sobre su buen o mal funcionamiento. –No, che, sabés que me parece que ninguno va a andar, no sé… Bueno, dejame que lo piense, y en todo caso vuelvo, ¿eh? –No hay problema. Antes de que el hombre saliera, el empleado, que se había quedado pensando, lo detuvo: –Disculpe, señor: ¿no probó con soldado? –¿Cómo dice? –Claro: “aprendizaje soldado por tus manos”. ¿Eso no le sirve? El hombre masticó unos instantes el adjetivo, y le gustó. –Ahí está… –empezó a repetir con creciente alegría y volumen. Al fin, rió a carcajadas. Cuando se le pasó, le pidió un “soldado”, con una sonrisa soldada en el rostro. El empleado anotó la palabra en un papel al que puso el sello de la ferretería. –¿Cuánto le debo, amigo? –No, deje, no es nada. No está en la lista de precios. Después me invita una observación.


¿Quedamos así? –¡Pero cómo no! ¡Nos vemos! –dijo yéndose. –Que tenga un buen poema. * El patrón está solo tras el mostrador, abstraído en sus pensamientos. Mira vagamente los productos de superchería que han dejado los proveedores minutos atrás: ídolos varios, mujeres, tótems, peluches, calendarios, prendas cotidianas de seres ausentes. Los artículos de temor en caja aparte, con las severas advertencias “FRÁGIL” y “ESTE LADO ARRIBA”; las consecuencias de parar sobre su cabeza a tales productos pueden ir de la megalomanía y el optimismo hasta el materialismo dialéctico. Afortunadamente para todos los seres de esta tierra, nunca ha pasado. Nada perturba el ocio del patrón. Instantes más tarde aparece un joven de mirada cándida y mejillas coloradas, que espera callado a que reparen en él. Esto todavía se hace esperar un tiempo, pero al fin el patrón posa sus ojos distantes en el cliente. –Hola –nada le responden–. Ando buscando un pituto medio alargado que lleva como engarzada una chapita en forma de L, algo gruesa. Con rosca. El patrón, que se encuentra algo cínico en este


momento y ha olido al pichón, sonríe. –Sí, sí, cómo no… Acompañame al depósito que te muestro. llEl hombre se incorpora enseguida y se encamina hacia el fondo; el joven se apresura a alcanzarlo, y juntos atraviesan un oscuro pasillo atestado de estanterías con cajones, pilas de mercaderías y peligrosos vértices metálicos. Luego, al costado de una puerta que parece dar a un lugar más claro, quizás con alguna ventana, descienden por una estrecha escalera que da a un lúgubre sótano. Hay en él una lámpara amarilla que cuando no parpadea arroja despojos de luz mugrienta, mortecina, que cansa rápidamente los ojos. –Por acá, por favor –comenta el ferretero a la vanguardia, como para infundirle seguridad al joven que de todas formas no parece bastante inquieto. –En casa de herrero cuchillo de palo, ¿no? –dice el joven queriendo bromear. –¿Por qué lo decís? –repone el patrón mientras atraviesa trincheras, vallas y otros obstáculos para llegar a la puerta del otro lado. –No, por la lámpara –se acobarda. –Pero si yo no trabajo esos productos, ¿de qué herrero me hablás? “Los poetas” ¿qué te dice eso a vos? Esto tiene toda una ambientación, un concepto. Un sótano es por definición semioscuro, macilento, angustiante, incluso te diría sofocante, insalubre, maloliente. Tiene que estar mal iluminado. Si no


¿cuál es mi honestidad como comerciante? Es más: nosotros producimos cosas como ésas, tenemos nuestra pequeña industria. Llegando ya a la puerta como quien llega al fin de un señuelo, el patrón sonríe. –¿Querés ver? El joven está completamente acorralado por las normas de una cortesía que jamás se atreve a rechazar. –Sí, claro –dice y traga saliva. Cruzan la puerta que lleva a un estrecho pasillo lleno de derivaciones, con el mismo exacto nivel de iluminación que antes. Mientras avanza lentamente, el patrón va enseñando cada puerta con manos, gestos y palabras. –Ahí producimos paisajes en aerosol; es nuestra elaboración más sofisticada, la última que instalamos. Ése del otro lado es el cuarto de pruebas para las motosierras que estamos tratando de poner a punto y sacar a la venta. Cortan estrofas, versos, prosas, palabras, lo que sea, a diestra y siniestra. Medio a lo bruto, pero se usa, en estilos rústicos, coloquiales. Además, esto es industria nacional, y acá no se hacen más las cintas métricas, en las que elegías la métrica que se te antojara y chau. Avanzan al siguiente par de puertas. –Acá a la izquierda hacemos máquinas de escribir, las que usan los best sellers, ¿viste? Tienen varios moldes para elegir la trama y cierto carácter


estilístico, y después bancos de palabras: uno de sustantivos, otro de adjetivos, etcétera. Elegís las opciones, la hacés funcionar y se pone a escribir. Las lleva la gente, y no se han quejado. El joven se anima a asomar al cuarto: se ilumina pálidamente con los destellos de una soldadora; ve a tres hombres trabajando, colocando pilas de tablillas con palabras en distintas cavidades de una gran caja metálica, conectando cables de distintas placas halógenas, armando pieza por pieza una impresora. –Bueno, también hacemos las piezas para las máquinas, que se venden como repuestos. En ésta otra hacemos tornillos artesanales, hechos a mano uno por uno, con una rosca única que diseñamos nosotros. Calidad superior. Eso sí: cuestan lo que valen. –¿Y para qué sirven? El patrón se queda mirándolo fijo unos instantes, en completo silencio, y reanuda la marcha. El joven se siente humillado y guarda silencio por las dos puertas siguientes. Llegan a la última puerta, la frontal, la única con una verdadera puerta de madera y picaporte en vez de un simple umbral. –Y ahora lo mejor. Abre sonriente la puerta para entrar a una gran sala aún más oscura que el resto del sótano, ocupada por filas de pálidos sujetos sentados, con tubos cruzándoles el cuerpo, los cuales les introducen y extraen fluidos hacia recipientes erguidos a un costado. El joven se acerca con paso indeciso a ellos,


azorado por la terrible visión, como queriendo refutarla al tacto que no tendrá agallas para usar. –El producto más preciado y vital, la piedra preciosa humana y su savia motriz por excelencia: ¡la sangre! En efecto, uno de los tubos que se conectan al cuerpo de los hombres inmóviles, huesudos y de mirada de insalvable agonía y agudo espanto, tiene un tono bermellón muy oscuro y espeso; sale del cuello de los desangrados e hincha la bolsa que regula por la presión el líquido extraído, deteniéndose rítmicamente para aguardar una nueva producción. Junto a ésa hay otra bolsa con suero, el cual fluye viscosamente hasta perderse dentro de las ropas. –¡Alimento y arma de los viscerales, combustible voraz de los apasionados, condimento infaltable de comedias osadas, protagonista más que trillado pero jamás desplazado del terror, la acción, el drama, la sobornable pero insobornable al fin Muerte! ¿Qué podemos hacer sin ella? ¿Qué podríamos ser sin ella? A la vista o por lo bajo, explícita o implícita, literal o figurada, la sangre está en cada verso de un verdadero poeta, es la esencia, la fuerza, la pluma, la tinta y el canto. ¡Lo es todo! ¿Cómo entonces no dedicarse a producirla, para facilitarla a todos los perseverantes creadores que la ansían, que la necesitan como desesperados vampiros? El joven empieza a oler algo feo en el ambiente, aunque a la vez trata de parecer interesado, y ya no


por cortesía. –Ajá… ¿y ellos la producen? –dice y se arrepiente de inmediato por el inoportuno comentario. –Desde luego son seleccionados para garantizar la calidad del producto; ahora están algo blanquecinos, gajes del oficio, pero al principio se los escoge por el color de sus mejillas, se ve a primera vista –el patrón toma un grueso palo que está apoyado contra la pared, sin ser visto por el joven, absorto en la imagen de los desangrados–, un buen ojo sabe encontrar lo que busca. Le asesta un mazazo en la cabeza y el joven cae fulminado por el golpe proferido desde atrás. Un empleado que ha contemplado la escena se acerca para arrastrar el cuerpo hacia algún asiento vacío. –¿Lo sangramo´ jefe? –¿Lo qué? * Asoma una mujer de anteojos al pelo con cuadernos entre los brazos, que al ver la gran cantidad de gente en el local, encuentra a un empleado desprevenido al otro lado del mostrador y pregunta: –Disculpame, una preguntita así no espero: ¿tenés entre luces? –¿De mañana o de tarde?


–De tarde. –No, atardeceres me parece que no me quedaron. Pero ahora, en dos horas, tenés uno en la plaza. Nosotros, cuando se agotan, los sacamos de ahí. –Gracias. ¡Ah! ¿Y máquina de inventar nombres? –¿Castellano? –Sí. –Sí, tenemos. –Ah, bueno. Entonces espero.


un poco de prehistoria



A G. W. F. Hegel y a Analía Melamed. Antes de él le habría ocurrido lo que pasaba siempre: la figura nueva habría reemplazado a la novedad, la voz a la palabra, y su Revelación se habría desvanecido tras los ecos de su nombre que ocuparía para siempre todas las súplicas. Pero él acabó con todo eso, porque fue con su palabra que terminaron todas las inocentes profecías baratas, y comenzó la Religión. Por eso hoy, pese a que la Humanidad se va logrando gracias a él, nadie de entre los que lo recuerdan puede precisar su nombre, su vida, el camino que lo llevó a la Revelación, fin absoluto de toda profecía. Irónicamente, el habla popular le ha conservado el título de “el Profeta”, y no se sabe si ésa es la causa o la consecuencia de las especulaciones, los mitos, las reconstrucciones de su vida; se le atribuyen leyendas de aventurero, de sabio mendigo, considerado loco por los transeúntes ante sus declamaciones enigmáticas, de haber aparecido en el mundo el mismo día de la Revelación, de trágico poeta, de obrero en una siderúrgica marchita, etcétera. El único hecho que fielmente se le atribuye en


los círculos más atrasados de la incipiente Humanidad (debo reconocerlo, pertenezco a él, pues yo también recuerdo los nombres, los autores, para erguir cultos y modelos relegando tal vez lo que realmente importa; soy un nostálgico, y me interesa nuestra prehistoria), es el del Día: lo imaginamos de mediodía por la calle de una ciudad (suponemos que la Capital, pues allí ocurre todo), pasando al lado de un edificio en remodelación; sobre un andamio había un balde, verde, usado vulgarmente por unos obreros. Al llegar a su lado se detuvo en seco, absorto y temblando por el pavor que luego sentiríamos todos; giró su cabeza y contempló el Balde; sólo interrumpió su deslumbramiento un obrero que se disponía a levantarlo para sacar una esponja de su interior. Él lo detuvo con un grito sagrado, que estremeció al mismo edificio; ante la mirada impaciente del obrero, pero sin salir del trance divino, el Profeta sentenció desde su asombro: –Ese balde ha llegado a la total autoconciencia. Los trabajadores no comprendieron aún sus palabras, y menos su magnitud, pero él, sobrepasando el pavor de tocarlo, se llevó el Balde sustituyéndolo por otro común y corriente, como lo eran todos los demás. Solo, siguió contemplándolo y convenciéndose: en la ola evolutiva del universo, en ese desenvolverse de la materia y la racionalidad buscando su unión en el espíritu, en la autoconciencia del ser, parte de un dios que se manifiesta y se busca,


en ese remolino dialéctico, Alguien había llegado al fin de la carrera, a la perfección, la primera extremidad del dios consumado, que había terminado su búsqueda y su infancia, y había alcanzado la libertad. El Profeta, una vez que pudo convivir con el hecho de estar viendo y tocando la perfección, el principio de lo que todos aspiramos, empezó a recorrer los círculos científicos y filosóficos más destacados para que informaran al mundo que todo empezaba a acabar, que la libertad estaba cerca, que ya Alguien estaba allá. En general hubo reticencia, recelo, incomprensión; nadie parecía ver lo que el Balde irradiaba como la luz del Sol, tal vez por ese pavor que el Profeta había podido superar, tal vez por una vanidad más fuerte que la razón misma de la que ha salido, o por una cosmovisión demasiado rígida, o por miedo a no ser a su vez escuchados por las grandes masas del mundo, que estaban tanto más lejos que ellos de llegar a la síntesis superadora del antagonismo de la realidad, o por querer preservar su privilegio sin permitirles a ellas contemplar el sujeto absoluto por excelencia para elevarlas. De una forma u otra, casi todos fueron negándole el apoyo, y no faltó algún ambicioso que intentara comprarle el Balde para su único beneficio, por lo que demostraba que no comprendía nada sobre Éste; también intentaron robárselo en varias ocasiones. Sólo algunos manifestaban por lo bajo que estaban dispuestos a


creer, pero sin la convicción del Profeta. Donde consiguió real apoyo y real devoción, sin condiciones, fue en esas masas a las que los intelectuales menospreciaban y necesitaban para estar encima de algo, los desposeídos que no temían admitir la imperfección humana para ver la perfección sin velos, para sentir ya la emancipación que nadie les podría impedir, que los igualaría a todos, porque Dios estaba empezando a pronunciar la palabra final, su Nombre. Fueron los pobres quienes empujaron al mundo hacia adelante con sus ansias de libertad, y no los adinerados hedonistas ni los perseverantes lógicos que nada querían saber de lo que se avecinaba. Multitudes se concentraban en plazas, en predios y en caminos para ver al Balde y clamar por la liberación; a veces había palcos desde donde el Profeta o algún otro fiel gritaba con lágrimas de euforia que el plan de la realidad empezaba a conocerse por completo, que el círculo se cerraba, que la primera letra del Dios encontrado en sí mismo era ese Balde que exponían lo más alto que podían para que los más lejanos de los cientos de miles que apenas escuchaban pudieran verlo, ver su exhalación sagrada de rompimiento de una ola que se venía desplegando desde el principio del tiempo, tiempo que era el autodespliegue de una ola. Las multitudes de hombres y mujeres con sus hijos, de ancianos, de vagabundos solitarios sin destino que encontraban la luz que creían imposible para seguir, todos ellos reunidos en todos los campos


donde el Balde se presentaba, también lloraban y se llenaban de júbilo y sentían que poco a poco, desde lejos, iban descubriendo a Dios y al plan y a sí mismos, en su ya no oscuro interior. Los gobiernos, los grandes dueños del sistema económico internacional (porque la adhesión fue mundial), las fuerzas represivas, todos los miembros y mecanismos del viejo mundo, empezaban a temblar ante esta excitación popular que tenía la fuerza de un terremoto de venganza, y, obnubilados en sus viejos privilegios, aferrados a ellos en la desesperación de la mínima posibilidad de perderlos (cuando nadie hablaba de quitárselos), no se fijaron en el Balde y algunos reprimieron las concentraciones mientras que otros llamaron a la unidad nacional, repartieron comida y renovaron su imagen con caras jóvenes e inmaculadas, y otros huyeron del poder dejándolo en manos de las fuerzas armadas o de un gobierno provisional; otros, más hábiles, proclamaron el Día del Balde como feriado sagrado, demolieron las iglesias e irguieron templos de adoración al benemérito Balde. El sistema en general se mutó para sobrevivir, a la vez que las multitudes no estaban pensando en derribarlo, porque la cuestión era que la evolución y la libertad culminarían por sí solas. Hubo sin embargo algunos casos en que la situación represiva y exaltada generó insurrecciones populares y revoluciones imponentes, pero esto era coyuntural, ya que lo que estaba pasando era otra cosa que


demostraba a la Humanidad el apremio de su trascendencia. Más allá de las diferentes experiencias, poco a poco todos los pueblos de todas las civilizaciones orientaron su vida hacia la emulación del Balde y la búsqueda del espíritu de Dios, la comunión del plan con la naturaleza, de la materia con la conciencia; los monjes orientales recibieron esta Revelación sin sorpresa, pero con la alegría curiosa de saber que todos los seres humanos del mundo compartían ahora su milenario sentido de Dios, y, contagiados de la praxis occidental, rompieron su aislamiento en el fervor de ver a Dios en su máxima expresión y autoconciencia. Algunos llevaron al extremo su voluntad de trascendencia llevando un balde vulgar boca abajo en la cabeza para verlo, escucharlo y tocarlo en todo momento, pero no comprendían que el Balde era uno. Otros propusieron cortar el Balde en muchos pedazos para distribuirlos en todo el mundo, impregnándolo más igualitariamente de divinidad. Pero nadie piensa en el Profeta; sólo ocasionalmente se lo nombra, se lo imagina al buscar el principio de la Religión, que acabará cuando la Humanidad haya acabado de madurar; esto nos demuestra a nosotros, los atrasados, los prehistoriadores, y a los agnósticos persistentes, que no se ha caído en nuevos dogmatismos y opresiones. Todos adoran al Balde, porque lo ha logrado, pero ninguno deja de buscar a Dios en sí mismo, porque


todos saben que en algún momento brillarán como el Balde. Hasta ahora nadie más ha llegado, a pesar de los esporádicos rumores de que lo logró una silla, un espejo, una idea, un cadáver, un ser vivo. Pero lo que a mí, hombre de los llamados nostálgicos, más me llama la atención, es ese hecho de que no se haya creado una nueva opresión con ese poder, porque nadie se fijó en quién hablaba, sino en lo que decía y mostraba. (2004)



poeiana



¿Cuál es la peor de las muertes imaginables? ¿Cuál es el ungüento más terrible que puede teñirla con los colores más pavorosos? ¿En cuál de los dos ámbitos del ser es que golpea el golpe peor, en el cuerpo o en el espíritu? Ahora tengo la respuesta, y no es la que los sufrimientos terrenos podrían dar a suponer. Las peores torturas físicas, los desgarramientos más horrendos de la carne, si bien importan un dolor insoportable al cuerpo e incluso al espíritu, no alcanzan a lo que un par de ideas simples y macizas como una montaña de piedra pueden hacer de una conciencia indefensa ante ellas. En efecto, el más escabroso de los acicates de la muerte es la noción de la IMPOTENCIA absoluta, de la inminencia indefectible de la propia muerte, sumada a la de un largo tiempo de espera en la que uno mismo será el lento testigo de su consumación. Pensarán que estoy hablando de un recluso que aguarda la ejecución de su condena a la guillotina o a la horca, creerán que me refiero a una situación tan banal como ésa, creerán que soy un cobarde asustado. Ojalá así fuera. Para que se entienda un poco mejor de


qué infierno temporal estoy hablando, agreguemos un par de elementos que completan el cóctel de la muerte más horrenda que se puede padecer, otras ideas tan simples y aparentemente inofensivas como las anteriores: la conciencia de lo tremendamente ABSURDO de esa muerte, la certeza de la improbabilidad extrema y por lo tanto de la miserable mala suerte o estupidez que se ha tenido al haber caído en una trampa tan evitable, y por último, el condimento más picante, el recuerdo de la insignificancia que se le otorgó al hecho al principio, cuando quizás todavía fuera reversible. La noche en que esto comenzó, hace algunos días, me hallaba solo en mi residencia al haber emprendido mi esposa un viaje hacia las provincias para visitar a su madre, viaje que le tomaría al menos tres semanas. Reacio como siempre fui a la vida social, sólo me relacionaba a regañadientes con los hombres y mujeres del ambiente al que mi esposa me llevaba, y aún así no había hecho ningún amigo de importancia, por lo que podía tener la certeza de que no recibiría molestas visitas en ese tiempo, ni de amistades ni de parientes con los que había cortado relación muchos años atrás. La idea me llenaba de placer, al pensar que contaba con todo el tiempo del mundo para emprender una gran cantidad de lecturas que tenía pendientes. Hay en la casa una enorme biblioteca que he heredado de viejas generaciones familiares, así como heredé esta casa en la que murió


mi padre, encerrado en una de las habitaciones del tercer piso, muerto de quién sabe qué dolor más allá del hambre que eligió como arma. En el segundo piso, una sala de altísimas paredes guarda los ejemplares más valiosos, por antiguos y por únicos, además de albergar en su interior un par de armaduras medievales que llevan hoy las marcas de las batallas a las que asistieron hace más de mil años, junto a espadas y sables no menos antiguos pero sí más lejanos, venidos de los orientes, y junto a muebles arábigos de la época del esplendor moro y joyas africanas que, actuales o antiguas, no provienen de este tiempo. Hacia esa sala me dirigí la primera noche de mi soledad, para seleccionar los libros y comenzar la ansiada faena de desbrozarlos hoja a hoja. Tras una larga y detenida recorrida por los extensos anaqueles que ya conocía de memoria pero que no dejaba de saborear, elegí unos cuantos tesoros literarios para empezar. Los elegidos eran: tres tragedias de Shakespeare, Julio César, El Rey Lear y Enrique IV, las dos últimas editadas a fines del siglo XVII y la primera en su primera impresión original de 1599, casi ilegible por los achaques de la humedad en sus hojas; la Divina Comedia, en edición latina de 1544; el Decamerón de Boccaccio, éste en edición mucho más joven, de 1767; un ejemplar de Las 1001 noches traducido al francés en 1704; Gargantúa de Rabelais editado en 1680 y por último, Novelas ejemplares de


Cervantes, de 1822. Los ejemplares que iba extrayendo de las paredes invisibles, los dejaba en la mesa que era de mármol macizo con patas de madera. Cuando me di por satisfecho en la recolección, tomé asiento del lado más apretado, pues el tener la estantería pegada a mi espalda me daba una particular sensación de cobijo por la noche, quizás por un instintivo temor a lo que pudiera ocurrir a mis espaldas. El borde marmóreo de la mesa, tan pesada que era imposible para una sola persona moverla, apenas se separaba de mi estómago. Con una imborrable sonrisa en mi rostro, tomé la Divina Comedia y me calcé los anteojos. Estuve tres horas seguidas leyendo sin parar un instante, por momentos con una velocidad increíble y en otros trabado por dificultades del idioma; pasado ese lapso, comencé a sentir síntomas de sueño, la concentración perdió gradualmente fuerza, los ojos empezaron a arder, el cuerpo a caerse. Llevado por la placidez del momento, no abandoné el lugar para dirigirme a mi habitación, sino que me fui dejando caer poco a poco en el sopor, inclinándome en mi asiento hacia el lado derecho, buscando ya el acolchado asiento de la silla siguiente. Pero a poco de caer me detuvo el frío mármol pues había agotado el espacio que me separaba de él. Para poder llegar a la horizontalidad giré y levanté mis piernas para apoyarlas en la silla que tenía a la izquierda y recosté mi cabeza sobre la silla a mi derecha. Con bastante


esfuerzo logré mi cometido, ya que las piernas y los zapatos apenas cabían por el hueco entre la extensa viga de roble que sostenía el mármol de la mesa y la silla. Cuando llegué a estar acostado el sopor se abalanzó sobre mí, y en un minuto entré en la dimensión del sueño. Me despertó un leve sobresalto, sentí haber oído algo. Me mantuve atento pero no oí nada más. Luego comprendí que eran los anteojos que se habían caído al suelo. Extendí la mano derecha para buscarlos tanteando en la alfombra ya que en mi posición no podía asomar la cabeza. Mis dedos no llegaron a nada, por lo que me decidí a acercar la cabeza para dirigir la búsqueda certeramente. Era muy difícil moverme donde estaba, tuve que esforzarme con todo el cuerpo para que mi cabeza llegara al hueco y pudiera pasar por él, ajustado como estaba el paso por mi hombro derecho que se apretaba contra la viga. Al fin mi cabeza superó el estrecho del asiento y la viga, pero la sensación de encierro que sentí al instante, alimentada por la sofocante tensión de mi cuello al estirar tanto la cabeza, me hizo iniciar la vuelta como un acto reflejo, casi como un espasmo. Lo único que conseguí fue más dolor en el cuello, y comprobar que mi brazo izquierdo se hallaba extrañamente trabado en el respaldo de la silla que sostenía mi cabeza. Repasando mis movimientos para comprender ese estado y poder revertirlo, concluí que se había trabado en un principio cuando me incliné


para recostarme, habiendo pasado fácilmente el codo por el gran hueco inferior a la tabla del respaldo, pero complicando la situación una vez que estuve del todo acostado. No había sentido hasta entonces la incomodidad porque había tenido siempre mi antebrazo apoyado sobre mi pecho, aunque el codo tocaba ya el lomo de algún libro de la biblioteca. Ahora, al querer extenderlo, mi brazo se había topado contra los gruesos bordes superior y lateral de la pesada silla. Entonces intenté sacarlo por el único lado que me quedaba, el otro lateral, levantando el brazo como lo haría un ave con su ala, pero allí también se encontraba detenido por la firme vara vertical de madera. Aun encogiendo el hombro con todas mis fuerzas para hacerle espacio no podía hacer llegar mi codo a ningún borde. Ya desesperado, cometí el peor error de todos: pensé que todo se podría solucionar si lograba empujar con los pies mi cuerpo hacia delante, sacando mi cabeza del encierro y mi brazo izquierdo también al hacerle la distancia suficiente para que pasara por el hueco. Para ello levanté mis piernas y las apoyé contra el margen lateral de la silla sobre la que antes reposaban, y empujé. Pero pobre de mí, no había calculado lo suficiente la operación, pues eran dos sillas las que sostenían al resto de mi cuerpo que además estaba firmemente trabado entre firmes pilares; con un enorme esfuerzo sólo logré inclinar aquella otra silla con los pies, hasta que se detuvo por encontrarse su


extremo superior contra los gruesos tomos de una historia evolutiva del planeta que sobresalían del estante. Agotado por el esfuerzo inútil, dejé resbalar los pies hacia abajo, a la vez que la silla retornó a su posición inicial. Por la suma de ambos impulsos mis pies fueron a parar a la cavidad interna situada debajo del asiento de esa silla, encajando de manera extraordinaria por el estrecho hueco entre el asiento y la barra de madera que unía horizontalmente sus patas a media altura. Mientras se deslizaban hacia dentro mis pies se doblaron hasta lograr un ángulo en extremo doloroso pero que no pude evitar por lo irrefrenable del movimiento una vez comenzado el cruce, tal era el impulso de la pesada silla al volver, y comprendía en el mismo momento que sucedía por el doloroso roce de mis tendones de Aquiles contra la madera inferior, que no podría volver a quitarlos, pues no podría por mi propia voluntad inclinar hasta un punto semejante mis pies. La prueba estaba en que una vez llegados al interior de esa cavidad, los pies se hallaron con que no podían descender, trabados por otras dos varas horizontales que cruzaban en diagonal la silla, formando cuatro huecos triangulares, el más próximo de los cuales contenía a los dos talones de mis pies juntos; y a la vez no podían inclinarse para salir desde donde estaban porque el borde de madera por el que se habían deslizado hacia abajo no era sino una vara que, una vez cruzada, los había dejado relajarse hacia arriba, por lo que ahora era una sólida


barrera interna para ellos. Y la perfección con la que se habían encajado los dos talones de mis bien ajustados zapatos en aquel triángulo era tal que, a la vez que no había espacio suficiente para sacarlos hacia arriba, tampoco podían abrirse hacia los costados para salir en diagonal ascendente. Mi única alternativa podía ser inclinarlos en el sentido inverso al ángulo con el que había entrado, tratando de hacer una línea recta entre ellos y mis piernas, pero a poco de intentarlo hallaron el freno de la fina viga metálica que yo mismo les había instalado a las sillas para evitar que el antiguo acolchado se desfondara alguna vez. Era la traba final. Mis pies estaban atrapados indefectiblemente, y nada podrían hacer para auxiliar a mis brazos o mi cabeza, ya entumecidos por la incomodísima posición en que había quedado sin remedio, con el creciente dolor en mi cuello inclinado que ya era muy agudo, y que pronto llegaría al desgarramiento de algún tendón. Ya sin estrategia, de pura rabia, mi brazo derecho, atrapado entre la silla inamovible y la mesa mucho más inamovible aún, se agitó en el aire y trató de empujar la silla desde la viga de roble, logrando sólo el feroz recrudecimiento de mi dolor de cuello, e impotente tiró golpes enloquecidos que sólo acertaban al roble o a alguna pata de silla, incrementando el dolor físico y la certeza tremenda, que ya se hacía funesta, de que estaba absolutamente atrapado como una mosca que ha caído en la terrible red de la araña,


y que luego de agitarse desesperada, empieza a esperar con pavor el momento en que sienta las cuerdas tensarse por los pasos de la bestia que se acerca. Nadie vendría a ayudarme, nadie escucharía mis gritos. Esos datos que minutos atrás eran motivo de regocijo para mi cómodo aislamiento autosuficiente, eran ahora la última gota que rebalsaba la copa del terror: moriría allí, atrapado como un tonto, por una trampa demasiado insólita para haber sido prevenida. Mi mente iba trepando sola, sin poder evitarlo, por la espiral de las macabras revelaciones del futuro: la muerte sería lenta, muy lenta, y sin grandes torturas, o mejor dicho, con una sola, lo suficientemente única como para hacerla una obsesión insoportable: el tremendo dolor de cuello que me acuciaba, y que parecía tan fácil de detener, con sólo enderezar mi cabeza, tan simple, tan al alcance de la mano… tan imposible. Vería las horas como siglos transcurrir y el hambre y la sed se devorarían mi cuerpo sin lograr que mis huesos vencieran las trabas por el adelgazamiento, más aún, me debilitarían a tal punto que en algún momento olvidaría la esperanza necesaria como para siquiera intentarlo, pues volver a intentarlo sería volver a ser presa de la mofa de algún ente oscuro que me estuviera observando, que hubiera jugado conmigo probando trampas inéditas. ¿Lo ven? Ya estaba empezando a alucinar, toda la fortaleza de mi mente no podía resistir el embate de una idea tan absurda, las murallas hasta el momento intocadas de


mi cordura habían sido arrasadas por una trampa tan infantil, tan inesperada, ¿tan evitable? Entonces empecé a gritar, pero ya no gritaba para pedir socorro, no eran gritos de supervivencia, eran gritos de locura, de locura creciente, de locura atroz. Ya hace cuatro días que me encuentro en esta ínfima celda, en esta inimaginable sala de tortura. El hambre y la sed ya me estragaron, y me queda muy poco. Ya pocas y débiles son mis sensaciones corporales, incluso se ha apagado el infierno de mi cuello roto y el leve bamboleo de mi cabeza en su recobrada e infinitamente inútil libertad de dos centímetros. Todavía faltan al menos dos semanas para que vuelva mi esposa y, luego de asomar por los cuartos previos, sienta el abofeteo hediondo, casi desmayante, de mi carne podrida, y sufra su propio y curable acceso de locura. (2006)


el otro juego



Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías? J. L. Borges

Duró apenas algo más que un mes, pero siempre me pregunté, ante la partida que dejó inconclusa, cuántas jugadas fueron. Imagino que no más de trece, como era su estilo. Se llamaba Abel. Había llegado a mi departamento en un sexto piso de la calle Herzl, en pleno ascenso del invierno por esas calles que ni en verano podían quitarse el gris de los vientos. Fue el primero en acudir a mi solicitud de un compañero de cuarto. Lo acepté sin vacilar al comprobar su carácter ameno, por no decir taciturno, su procedencia de un orfanato eclesiástico y su comprobable disponibilidad económica. Nunca le pregunté mucho por su pasado, jamás toqué el tema de sus padres, pero no he podido quitarme la sensación de que el permanente negro en su vestimenta entrañaba un luto inconmovible, tanto en su ropa como en su semblante, incluso en sus gestos. De cualquier forma era notable su buen ánimo


en las primeras semanas de convivencia, con una sonrisa austera pero franca en nuestras charlas. Lo acompañé en algunas de sus regulares visitas a la iglesia local, y él en algunas de las mías a la universidad, ámbito cuya vitalidad lo deslumbró al punto que me dijo que quería inscribirse cuanto antes, aunque aún no supiera en qué carrera. Otro de esos días fue conmigo al Club de Ajedrez, del cual yo era socio y aficionado. Asistió con curiosidad, luego de ver el tablero y las piezas en mi biblioteca y preguntarme por ellos, diciéndome que jamás había oído acerca de ese juego. El comentario me pareció bastante extraño, conocedor yo de los tradicionales torneos de ajedrez que se han jugado siempre en las iglesias, en uno de los cuales yo mismo había participado alguna vez (por demás eliminado en las primeras instancias). Antes de ir al Club, ese mismo día le enseñé los rudimentos del juego: los movimientos, las reglas, la combinación de piezas. Aprendió con increíble rapidez. Ahí mismo jugamos una partida como práctica y fui arteramente destrozado por el novato. Vencerme no significaba un mérito para nadie, pero fue sorprendente la seguridad con que se desenvolvió luego de unas preguntas iniciales, de confirmar las condiciones del enroque, repreguntar si sólo los caballos atraviesan piezas, y cosas por el estilo. Sospeché que fuera todo una larga broma de experto planeada desde el momento en que vio el juego en el


estante, así se lo hice notar mientras se balanceaba mi rey sobre el tablero, pero no fue sólo su reacción, sino sobre todo el carácter que le había ido conociendo esos días, lo que hacía imposible una burla de ese estilo desde su persona. Evidentemente y para mi sorpresa en esa primera partida, no cayó ante el “mate del pastor” que yo, como todo mediocre jugador enfrentando a un supuesto principiante, intenté asestarle; quizá intuitivamente (no creo habérselo advertido yo) abrió su juego por el centro del tablero y ocupó las casillas centrales como recomendaba Capablanca. Luego sacó alfiles y caballos con los que empezó a desarmarme. Si tenía algún descuido, ante él se quedaba perplejo hasta que yo le explicaba alguna regla omitida, y entonces se aclaraba otra vez su fisonomía para recuperar inmediatamente lo perdido con implacable lógica. Luego de sacudirme la primera derrota, su ánimo estaba visiblemente divertido, así que le concedí algunas partidas más hasta que pude alegar alguna obligación por la que me sería imposible seguir jugando. Él se quedó sentado a la mesa junto a la ventana azotada por el viento, cobijado por su pulóver negro y con los brazos cruzados apoyados a la mesa, mirando desde lo alto el tablero con las piezas inmóviles desde mi última derrota. Como hubiera podido prever, al volver a casa lo encontré sentado en el mismo lugar, moviendo sin cansancio


las dóciles pero no menos feroces piezas. Esa noche le di el primer tomo del Tratado de Ajedrez de Grau, con el que me había entrenado años atrás. Si una imagen patente me queda de él, mejor dicho si otra imagen me queda de él además de la última, es la de verlo parado en la calle antes de entrar al Club, con su aire retraído y algo nervioso y el tratado de ajedrez bajo el brazo, junto al primero de sus progresivos cuadernos. Me molestó toda la noche con su velador, ya que compartíamos mi cuarto de paredes apretadas, lo más cómodo que podía conseguir un modesto estudiante sin recurrir a una pensión. Al día siguiente fui, más instado por él que por mi propia afición, al Club a reencontrarme con mis compañeros y mostrarle al neófito el mundo social del ajedrez. El Club se ubicaba en la esquina de Doyhenard y Kratz, en el centro de la ciudad. Estaba virtualmente oculto, pasaba desapercibido a los transeúntes, quizá por el desfase entre la altura de su piso y la vereda, o por su aire apagado desde la ventana, que lo confundía con un bar decadente. Pero la razón más probable de que pasara desapercibido debía ser que se encontraba casi permanentemente cerrado. Hacía años que la comisión directiva estaba ocupada por un grupo de ancianos huraños y conservadores, que no tenían la mínima intención de atraer mayor participación. Miraban con desprecio a cualquier recién llegado y procuraban ganar o en


última instancia perder rápidamente con él para poder volver al juego cerrado entre amigos. Con ese mismo desdén vieron llegar a mi concubino. Había algunos jóvenes socios del Club en ese momento, que tomaban café y se frotaban las manos para entrar en calor antes de empezar. Su mayor diversión era jugar partidas de dos minutos, a toda velocidad; para ello necesitaban estar bien despiertos. En la vuelta de reconocimiento que dio mi amigo antes de que lo presentara se quedó particularmente fascinado por un tablero muy grande que había frente al ventanal de la calle Doyhenard, en el que los amplios casilleros contrastaban con unas piezas bastante pequeñas, lo que en efecto producía una sensación extraña y en algunos casos (como el mío) dificultaba el juego, de la misma manera que podría ocurrir con grandes piezas apretadas en un tablero reducido. Abel quiso jugar en ese tablero sin vacilar. Lo presenté y uno de los socios de mi generación aceptó un juego luego de mi breve relato y alabanza acerca del día anterior. Le ofreció jugar sin cronómetro, como gesto de paciencia hacia el novato, cosa que él rechazó a condición de que le enseñara a usarlo. Era fácil. Como nueva cordialidad, le fueron ofrecidas las piezas blancas, que abrían el juego. Empezó de forma diferente a las aperturas del día anterior conmigo, en las que había adelantado siempre alguno de los peones centrales; esta vez sacó un caballo que de todas formas defendía para sí las


mismas casillas. Le aconsejé a mi compañero del Club no jugar el “mate pastor”, a lo que sonrió y empezó su juego. Su rostro sonriente con unas pocas jugadas fue mutándose hacia una creciente preocupación al verse cada vez más complicado, con desventaja material y de posición, en la que iba quedando atrapado por el tranquilo y humilde pero directo y avasallante juego del principiante. A las diecinueve o veinte jugadas, luego de quedarse cinco minutos seguidos con la cabeza entre las manos, el ajedrecista abandonó la partida con honesta admiración, pero con la secreta sospecha de que mi amigo mentía sobre su inexperiencia, sospecha que hizo explícita más tarde junto a otros. Luego de esa sorpresiva derrota de pronto todos quisieron ser quien pusiera las cosas en su lugar cortándole los aires al recién venido y se ofrecieron a enfrentarlo. Uno a uno fueron cayendo, extraordinariamente rápido. No recuerdo la cifra exacta, pero sé que en todo caso no hubo más de una o dos partidas que pasaran el medio juego, es decir, en las que quedaran sólo reyes y peones y alguna que otra pieza de valor. Uno de los viejos dueños del Club lo llevó ensañado hasta ese nivel de dificultad, y se resistió a abandonar hasta haber perdido el último peón. El resto de la tarde tuvo como fondo sus berrinches. Después de eso, sus juegos nunca cruzaron las veinticinco jugadas. Todos los presentes y los que fueron llegando


desafiaron a la definitiva revelación de la temporada, muchos lo hicieron más de una vez, empleando con esperanza sus trucos más secretos, estudiados en la soledad y guardados para la ocasión más gloriosa, que había llegado en vano como una primavera pútrida. Debo confesar que yo mismo volví a sospechar que fuera una desmesurada burla de un verdadero experto cuando surgieron las quejas de los ancianos, a las que adhirieron algunos más. Pero pronto fueron aplacados cuando alguien sugirió que si se tratara de un maestro de tal magnitud lo deberían conocer ya de alguna forma, así que la gresca se disolvió ante la impaciencia de los que esperaban jugar con él. A poco de pensarlo, los jóvenes antes críticos se volvieron fanáticos del desconocido, que hubiera o no jugado mucho o poco en el pasado era de todas formas un jugador descomunal. Cuando los ancianos –en el colmo de su zozobra– cerraron impetuosamente el Club, los demás invitaron a mi amigo a tomar una copa para festejarlo, propuesta que fue rechazada ya que no bebía ni le agradaban los bares. Se fueron en grupo hablando de él con entusiasmo, próximos a una larga noche de juego y debate; pensé en rehusarla yo también, movido por el profundo asombro que me colmaba, queriendo acompañarlo, pero él mismo me instó a seguir al grupo y dejarlo volver solo. A la mañana siguiente, cuando subí a nuestro piso, como ya me imaginaba no lo encontré con los


libros de teología que acostumbraba revolver con devoción (que otros llaman angustia existencial) sino escribiendo el primero de sus numerosos cuadernos de notas, en cuya primera página yo había sido invitado a esquematizar los movimientos de cada pieza y la definición de jugadas como “coronación del peón” o “tomar al paso”. Me acerqué para mirar sus notas y él no tuvo reparo en mostrármelas: estaba graficando distintas aperturas, todas originales según me decía, ya que no las había visto en mi tratado ni en los juegos del día anterior. A mi consiguiente pregunta respondió que recordaba jugada por jugada todas las partidas; esta es la memoria que con profusos años de práctica desarrollan los grandes jugadores de campeonato, en sus mejores momentos. Como vio mi rostro algo incrédulo, para demostrármelo me pidió con visible regocijo que eligiera alguna de aquellas partidas: le dije que reconstruyera la novena, sin saber yo cuál había sido. Él tampoco recordaba al contrincante, me confesó, pero de todas formas reconstruyó todos los pasos explicándome también las tácticas del adversario y cómo las fue desbaratando. Vagamente recordé los últimos movimientos y comprendí que no mentía. Todo ese día, mientras yo estudiaba filosofía alemana del siglo XVIII del otro lado de la mesa, con grandes intervalos en los que me quedaba mirando el lapso del sol, breve entre los edificios, y los más breves pero más lentos caminos de los transeúntes, inmóvil en su


asiento, encorvado hacia su cuaderno, él escribió más y más aperturas y variantes y largos textos explicativos que me leía al pedírselo. En los días siguientes lo llevé a cada lugar que conocía en que se jugara ajedrez. Las visitas se dividían entre aquellas cuyos presentes quedaban fascinados por el “jugador prodigio”, en las que quedaban atónitos y callados y en las que éramos de una u otra forma expulsados por los malhumorados vencidos que preferían seguir jugando en su nivel habitual sin molestias. Abel se iba de todos aquellos lugares con su serenidad característica y con la satisfacción de haber pasado un rato jugando a su juego preferido, que ya iba siendo el único objeto de su interés. En una ocasión fuimos a un parque lleno de olmos en el que había mesas y bancos de piedra al aire libre junto a un camino ocupado por una feria; en ellos se congregaban diferentes grupos de fanáticos jugadores y solía asistir un reconocido campeón internacional, quien años atrás se había encontrado entre los cien mejores jugadores del mundo y del que no se podía decir que hubiera perdido el nivel. Se encontraba allí esa tarde y accedió sonriente a jugar con Abel. Tras la primera derrota y la revancha perdida, se ensañó de tal forma que le jugó casi treinta partidas sin parar y sin poder articular siquiera veinte jugadas en ninguno de ellos antes de voltear el rey. A tal estado nervioso llegó el amable veterano que


arrojó el tablero enloquecido y se fue mascullando “Nunca vi algo semejante”. No volvimos a visitar el parque. En verdad no podíamos pisar más de dos veces ninguno de los sitios de juego, porque aunque hubiera sido alabado sinceramente el primer día, en el segundo los jugadores empezaban a verse molestos al no poder iniciar una partida con la mínima posibilidad de ganarla. Así pronto se acabaron los lugares para llevarlo a jugar, ya que, como recién llegado y taciturno, no tenía iniciativa propia para buscarlos solo y prefería mi tutela. Todos fueron pronto explotados, a excepción de los que no quiso visitar desde el principio: las iglesias. En efecto, con el tiempo llegó a faltar a sus oficios religiosos más básicos, como ir a misa los domingos o incluso rezar por las noches. Esa sola actitud me inquietaba, aunque además estaba acompañada por un cambio más sutil en su carácter. Cambio para mí, supongo, ya que lo había conocido bastante en esas pocas semanas de compañía y podía notar estados diferentes al mirar un poco mejor su constante rostro apagado, de párpados bajos y labios inmutables. Pero de todas formas yo era el único que lo conocía en la ciudad, pues no me enteraba de otra compañía que pudiera tener y, si no íbamos juntos a jugar ajedrez o a la facultad para charlas y actividades, lo veía siempre en ese que se convirtió en su lugar, junto a la ventana de mi sala, en dirección al este, con el sol contra la cara por las mañanas y


dándole luz hasta el atardecer. Los cuadernos se fueron sucediendo uno tras otro, acumulándose en un estante para ellos reservado en la biblioteca. En ellos plasmaba los constantes avances (y los puros divertimentos) de su mente y su juego: había cuadernos llenos de medios juegos, otros con finales, remates, tablas, problemas, variantes, combinaciones de jugadas, de aperturas, medios y finales que citaba de otros cuadernos anteriores. Esa serie se estaba convirtiendo en un exhaustivo tratado de ajedrez para genios. Genio... Esta palabra empezó a rondar a nuestro alrededor con el correr de las tardes y los salones de juego, y pronto se me quedó adherida. Es verdad: era un genio. De todas las partidas que jugó, desde la vez del campeón o la siguiente, su progreso se hizo tal que no hubo una partida que durara más de trece jugadas. Era increíble, pero tan innegable como real. Por más que lo observaran para intentar sorprenderlo, por más jugadas maestras o enrevesadas que le hicieran, él llevaba siempre el mando del juego y nadie le podía quitar la iniciativa por dos jugadas seguidas. No se repetía nunca; estaba constantemente innovando en aperturas y variantes, lo que no le impidió jamás demorarse en su aparente determinación de liquidar a todo adversario en trece jugadas como máximo. Esto exacerbaba los nervios y el respeto profesional de los mejores, como aquel campeón, que jugaban el juego más defensivo que podían, pero al fin caían atrapados


por ese genio, que de una u otra forma los obligaba a romper sus defensas de hierro abriendo el campo al combate en el que serían rápidamente aniquilados. Un contrincante lo perturbó, cuando había perdido su sexta partida, al decir por lo bajo “es infernal”. Luego de esas primeras semanas empezamos a vernos menos, en gran parte porque comenzaron las clases en la universidad y yo me ausenté del cuarto con mayor frecuencia, pero a la vez había otra cosa que de algún modo nos iba distanciando: por ejemplo, ya no me mostraba sus anotaciones de los cuadernos y, pese a que desde aquella primera vez no volvimos a jugar entre nosotros, excepto alguna noche en que me insistía demasiado, dejó de explicarme jugadas en el tablero, que ya se había quedado para siempre en la pequeña mesa salvo a la hora de comer. Fuimos dejando de compartir el juego de las maneras en que lo habíamos hecho, y cuando, aunque ya había agotado todos los conocidos, yo le ofrecía salir a buscar otro lugar nuevo para jugar, incluso cuando se me ocurrió al fin matricularlo para que empezara a participar en torneos importantes, ante cada oferta él se negaba sin alegar ningún motivo. Prefería quedarse en su silla mirando el tablero, jugando solo y escribiendo sin cansancio. Dejamos de hablar también; en las cenas todo se fue volviendo más callado y áspero, por lo menos para mí, que miraba por la ventana con incomodidad


mientras él masticaba con la vista perdida. Un día llegué a preguntarle si estaba ofendido conmigo por alguna razón. Se sorprendió con un gesto de transparente franqueza, y quizá fue la última vez que le vi sonreír. No, no fue la última. Salvando nuestro distanciamiento, nos quedaba un hilo de relación: yo le compraba los cuadernos y la pluma. Él pagaba con rigor la mitad de todo gasto, pero curiosamente seguía avisándome cuando se le estaba acabando el cuaderno o la tinta y me pedía por favor que le trajera cuanto antes el repuesto. Y también quedaba la relación unilateral de mi espionaje: de vez en cuando, en las contadas veces en que yo estaba en el departamento y él no, tomaba al azar uno de los volúmenes de su ya gigante obra, para ojear sus notas; como él los numeraba para poder hacer referencias que iban y venían en todas las direcciones, lo cual implicaba a veces corrección y otras anticipación cumplida, yo podía hacer una ojeada cronológica, por la que iba viendo notas cada vez más complejas, desenvueltas y conectadas. Para el trigésimo cuaderno ya había desarrollado una simbología propia, explicada en detalle en el cuaderno 27, que le permitía referirse a jugadas o procesos de varias jugadas con sólo números y letras y asteriscos. De esta forma armaba árboles de jugadas que a mi entender eran análisis de posibles juegos, desde una apertura o determinada situación inicial, con los caminos operables, que desembocaban en “1–0”


finales, es decir “jaque mate”, o quedaban inconclusos, haciendo referencia a otra página o cuaderno donde seguramente continuarían. Ese era el fruto de sus días enteros frente a mi tablero, y también de sus tardes de juego, donde debía poner a prueba sus estudios. En varios cuadernos a lo largo de los más de cincuenta que ya tenía escritos, vi repetirse un ejercicio que debía ser su favorito: tomaba dos problemas planteados por autores famosos, extraídos de libros que había comprado y abandonado durante los primeros días; esos problemas debían tener las mismas piezas o ser de algún modo compatibles, por ejemplo por coronación de peones (movimiento que con el correr de los ejercicios hizo compatible casi cualquier par de jugadas). El ejercicio consistía en llevar las piezas de una a otra situación, pero no de manera trivial, contingente, sino estrictamente lógica: los pasos eran en última instancia necesarios. Sin duda, él buscaba esa condición de necesidad, buscaba el paso de una a otra situación, buscaba cada vez con mayor efectividad la forma que hiciera imposible otro juego, obligando al adversario, por medio de jaques o severas amenazas o demasiado tentadores e inofensivos regalos iniciales, a seguir los pasos que le fueran marcados hasta llegar al objetivo deseado, que la mitad de las veces no tenía nada de ventajoso para quien mandaba, ya que permitía recuperar piezas o las entregaba en exceso o perdía una posición favorable, pero esto no restaba valor a aquellos ejercicios sino


que lo engrandecía: eran ociosos ejercicios de genio, expresiones de su desarrollo exponencial y a la vez formas de entrenamiento de una lucidez inabarcable. Nuestro distanciamiento se hizo cada vez mayor a la vez que su actitud hacia mí cada vez más reservada; diría arisca, si hubiésemos tenido antes abiertas expresiones de afecto. De pronto empezó a faltar al cuarto por largos ratos, e incluso a llegar muy tarde en la noche sin previo aviso y sin dar explicaciones –que yo tampoco pedí, por sentir que ya no alcanzaba nuestra confianza para ello–. Esto no hacía que su producción se detuviera: seguían acumulándose los pequeños lomos en una fila que acaparaba todo el estante y pronto reclamaría uno nuevo, y él seguía pidiéndome de vez en cuando otra tanda para seguir. Yo no llevaba la cuenta de los cuadernos que compraba, pero en un momento sentí que había más de los que yo le había dado, quizá por ver que la fila seguía creciendo con regularidad a la vez que él me pedía con crecientes intervalos los insumos. Esto, aunque yo me decía que no tenía importancia y que era un insignificante vicio de mi compañero, me inquietó. Un mediodía volví de la facultad, luego de haberme ausentado la noche entera como ocurría en mis veladas de ajedrez con amigos, y lo encontré en su lugar frente al tablero vacío, con grandes ojeras y el rostro pálido, notoriamente angustiado. Me acerqué hasta enfrentarlo de pie, al otro lado de la mesa, y él


no hizo el menor gesto, como si no hubiera notado mi presencia. Estaba definitivamente desesperado. Quise compadecerlo invitándolo a jugar, pero me respondió, si eso fue una respuesta: “… es mate”. Me quedé algo contrariado, mirando las casillas brillantes de sol y las piezas guardadas en su caja, pero insistí. “No” balbuceó, “no puedo… no puedo salir de ese jaque”. Y lentamente levantó su cabeza hacia mí; con una expresión de total desesperación, de desamparo y tal vez de miedo, me miró desde su palidez y casi me gritó “¡Es mate! ¿Cómo voy a jugar si es mate?” De pronto la situación se me hizo intolerable, incomprensible e intolerable. Estúpidamente dije, como si fuera a servir de algo, “pero si todavía no empezaste el juego”, a lo que me susurró, como acompañando un suspiro, “mate” y empezó lentamente a llorar, primero las silenciosas lágrimas desde sus ojos que seguían mirándome y me hacían sentir algo de culpa (seguramente porque yo le había enseñado ese juego que ahora lo desazonaba), y luego las también calladas convulsiones que lo empezaron a agitar, y le hicieron bajar la cabeza acurrucándose contra la mesa, hasta el llanto mayor, el de los lamentos a grandes voces, las manos revolviendo el pelo, el cuerpo meciéndose como un bebé sin su madre, el paroxismo de un dolor que no podía explicarme desde ningún parangón. Lo único que pude hacer fue abrazarlo, y llevarlo hasta su cama, acostarlo y esperar a que el


llanto se fuera amenguando, haciéndose cada vez más lento, callado y suave, como en un espejo de tiempo. Finalmente se durmió, y yo volví a la sala, donde me quedé contemplando el tablero, esa monótona serie de cuadrados amarillos y marrones sobre la que se había desarrollado toda la trama que lo había llevado a ese extremo. Quité el tablero de allí, y, creo que por primera vez desde que él lo sacó, lo guardé con las piezas en la biblioteca, para que por lo menos no se encontrara con él al levantarse. Me pregunto ahora qué pensaba yo en ese momento, qué idea pude haberme hecho de lo sucedido, si es que me formé alguna, para tomar todas esas medidas de manera tan inocente, sin plantear una verdadera explicación de lo que había ocurrido. Sólo pensaba al parecer en darle una protección casi maternal, instintiva, sin detenerme para reflexionar. No entiendo cómo no se me cruzó por la cabeza en ese momento la idea de su insania, tan evidente en ese dolor inexplicable. O cómo no leí lo escrito en el cuaderno abierto junto al tablero en la mesa, sino que lo cerré y lo puse sin más en la biblioteca, al final del grupo. Me quedé junto a él por prudencia, para que no despertara solo, pero un lamentable desencuentro me lo impidió. Estuve toda la tarde estudiando en mi cama, que daba a la segunda ventana del departamento, mirándolo de a ratos, cuidando que su rostro no me mostrara ninguna inquietud, signo de pesadillas. No despertó en todo el día, durmió


profundamente; su estado ese mediodía parecía el de alguien que hace de verdad mucho que no duerme. Finalmente yo me dormí, pasada la medianoche, flaqueando en mi determinación de velar por él. Desperté a la mañana y él ya no estaba en la casa. Me maldije por haber fallado así, dejándolo despertar solo en el estado de conmoción que había tenido. En la sala encontré el tablero otra vez desplegado sobre la mesa, con un juego comenzado y aparentemente abandonado a las pocas jugadas, tras las cuales no se veía ninguna situación comprometida. Salí a buscarlo por los únicos lugares en que se me ocurría que podía estar: el Club, los parques, los bares a que habíamos ido juntos. Llovía, y el frío era de pleno invierno, lo que hacía todo mucho más difícil. Aún así fui a cada parque abierto, recorriendo de punta a punta la ciudad sin éxito. Pensé en la facultad, en ciertas librerías que habíamos visitado. Tras varias horas tuve que desistir y llegué enfermo a mi edificio. Los escalones de madera negra de esos pisos fueron un infierno, pues ya me estaba subiendo la fiebre hasta convertirse en una fuerte gripe que me inmovilizó durante días. Al anochecer escuché desde mi cama la puerta; no lo llegué a ver, pero oí la ducha al otro lado de la sala; seguramente él también se había ensopado y repetía mis pasos. Luego el sopor de la fiebre me llevó al sueño en pocos minutos. No sé si fue verdad o sueño o alucinación pero recuerdo breves despertares pesados en los que levantaba mi cabeza y veía su


espalda a través de la puerta, en la sala: él estaba sentado en su lugar de siempre, con la luz de la sala encendida o en sombras, inmóvil hacia adelante donde sin duda se encontraba el tablero. La imagen flotaba y ardía, pero esas deformaciones bien podían ser producto de la terrible fiebre que ablandaba mi cerebro, y no evidencia de una alucinación. A la mañana siguiente desperté solo otra vez. Me levanté con esfuerzo, y en la sala encontré el tablero con otra partida abandonada (no pensé que fuera la misma), y esta vez reparé en algo que no había notado la mañana anterior: faltaban la pluma y el cuaderno, tanto de la mesa como del estante. Que yo recordara, siempre quedaba en alguno de esos lugares cuando él se marchaba, pero ni en ese momento ni después pude estar seguro de ello. No pude salir de la cama por varios días, y sólo lo veía haber vuelto o ya ausente, cuidando un poco de mí, haciéndome de comer y dándome horribles toallas frías. Una vez, antes de cenar, quise ayudar quitando el tablero de la mesa, a lo que le pregunté si podía sacar las piezas; su reacción me asustó. Desde la cocina me gritó “¡No!” y vino con fuertes pasos. “¿No ves que no está terminado?” me dijo con violencia, y cuidadosamente alzó el tablero para llevarlo al pie de su cama sin que se moviera una pieza. Luego quedó ofuscado durante toda la cena, y no cruzamos palabra alguna. Era muy extraño que le importara tanto desarmar un juego, ya que aún debía


recordar cada jugada de cada partida desde la primera conmigo. Una sola vez durante mi convalecencia me levanté y lo encontré sentado frente a una jugada. Por decir algo, le pregunté “¿Es la misma partida de hace unos días?”, para que por lo menos me hablara al contestarme que no. Luego de un momento inerte, se molestó en quitar el mentón del apoyo de su mano para decirme “sí” y volver a su absoluta concentración. No entendí cómo podía demorarse tantos días en una simple partida, incluso efectuándola con piezas y no mentalmente como era usual en él, pero, quizá por lo atontado que estaba debido a la enfermedad, no le di importancia. Vi a su lado el cuaderno abierto, enmarañado de palabras hasta los márgenes. Hacía ya varios días que no veía ese cuaderno que siempre se llevaba al salir. El curarme no cambió las cosas. Empecé a salir otra vez, y seguimos encontrándonos de manera intermitente, casi esporádica. Había noches en que él no volvía sino hasta la tarde siguiente, y ya estaba completamente distante. Intuí que lo había perdido desde aquella mañana en que lo dejé despertar solo, pero también pensé que quizá él ya estaba muy lejos desde antes de ese día. Una noche en que volví al departamento vacío, luego de vacilar un largo rato, me decidí a revisar sus últimos cuadernos, que iba dejando regularmente en su lugar aunque no quisiera mostrármelos y se los


llevara a diario mientras los escribía. Quería encontrar el momento de aquel colapso, que para mí seguía significando una ruptura aunque ya antes se hubieran manifestado ciertas actitudes sospechosas en él. Tomé uno de los cuatro últimos y lo abrí al azar; desde la primera ojeada un cambio me produjo inquietud: ya no había gráficos, ni flechas, ni árboles; todo era un largo, continuo texto, que abarcaba y sobrepasaba el cuaderno, ya que acababa en una oración inconclusa. La inquietud creció cuando vi lo que estaba escrito en él: frases incomprensibles, por completo absurdas. Había ciertamente análisis, como acostumbraba anotar, pero éstos no eran de jugadas claras ni usaban símbolo alguno; además, aparecían hipótesis en primera persona que nada tenían que ver con el ajedrez, en las que se narraba una ida al almacén, un paseo por calles, diferentes sueños, en una mezcla caótica, continuada por supuestos razonamientos que yo no podría detallar ni explicar aunque quisiera. Y en cualquier parte entre aquellas divagaciones aparecía nombrada una pieza, una torre, un alfil, pero excesivamente descrita, incluso detallada hasta los rasgos más nimios, como la mirada de un caballo y su manera de relinchar, incluso el número de ladrillos de una torre o el tamaño de sus puertas. Vi analizados a lo largo de varias páginas los ojos de un caballo. En ese momento comprendí que el mal que aquejaba a mi amigo era una lisa y llana locura, como me había negado a admitir hasta ese momento, aunque con


creciente temor. Me invadió la desesperación. De pronto era urgente encontrarlo, de pronto yo había cometido la gran estupidez de perderlo de vista otra vez y tantas otras veces anteriores, de no seguirlo como a un enfermo. Pero pensándolo con el mayor detenimiento que pude, me convencí de que no lo encontraría por más que lo buscara toda la noche, como ya me había ocurrido. De pronto yo no sabía nada de él excepto que generalmente dormía junto a mí y que hacía días que jugaba la misma partida de ajedrez. Lo único que pude hacer fue seguir leyendo esas notas y aumentar mi compasión y mis nervios. Pasé las hojas de los últimos cuadernos, y todo era texto continuo, inagotable, inenarrable. En alguna página aparecían de nuevo símbolos, en una graficación casi tachada por flechas y correcciones, pero éstos eran accidentales claros en un mar de líneas azules. De repente sonó la puerta; yo me había abstraído en la lectura de un pasaje y su llegada me tomó completamente por sorpresa. No tuve tiempo de poner en su lugar los cuadernos que había dejado abiertos en distintos estantes, y en mi apuro dejé caer uno al suelo cuando ya la puerta se abría junto a mí. Me volví de inmediato para verlo entrar tapando lo mejor posible la situación, pero vi cómo él me miraba de arriba abajo, detenía su mirada abajo, donde estaba el cuaderno tirado, y cómo empezó a sonreír. Nunca en la vida había sentido un terror semejante; esa


sonrisa que le crecía lentamente no era la de un ser frágil y tímido, era la de un loco, la de un ser impredecible cuya mente se agitaba entre ideas turbias e indescifrables. Su rostro se petrificó en una gigante sonrisa que mostraba los dientes hasta las encías, y levantó su mirada hacia mí; los escalofríos recorrieron mi cuerpo como relámpagos, y yo me quedé boquiabierto, sin poder articular sonidos. Él cerró la puerta con ese aire terriblemente risueño, y empezó a sacarse el abrigo para colgarlo del broche junto a la puerta. “¿Viste la partida?” me preguntó de espaldas, con una voz desconocida, que se adivinaba divertida. Yo no pude responder nada, no sabía de qué me estaba hablando, y además de estar aterrorizado por él lo estaba por la vergüenza de haber sido descubierto espiándolo. Era el miedo al castigo de un desquiciado. Luego se dio vuelta y me señaló con un gesto la mesa; miré y allá estaba el juego detenido, inusitadamente temible. Se acercó hacia la mesa y me invitó a seguirlo; una vez que estuvimos junto al tablero, me volvió a preguntar, siempre con ese aire jocoso. “¿Qué hay que hacer?” fue su pregunta. Yo miré el tablero y luego a él. “Juegan las negras. ¿Qué movimiento sigue?” repitió. Volví al tablero, y esta vez lo contemplé en un enorme esfuerzo de concentración, para poder responder a su interrogatorio lo mejor que pudiera. Súbitamente había algo extraño en el tablero, en su apariencia: todo era siniestro, particularmente callado e inmóvil.


De pronto las piezas tenían una presencia fortísima, algo que de alguna forma las recortaba de la mesa y el cuarto y las llevaba a un plano más profundo, de color más nítido, con rasgos extremadamente definidos. Parecía que hubiera algo más en todo eso, algo inasible, que no se podía nombrar, algo parecido a la tensión evidente entre todas las piezas, a las que veía contenidas de un ímpetu voraz de seguir adelante en el combate, sólo retenidas por una fuerza superior y común a todas, que las ataba allí desde el principio del tiempo. Nunca me expliqué cómo, pero en ese momento sentí que esas piezas de madera estaban librando en verdad una batalla inmemorial, arcaica como la edad de sus reyes y el polvo de las torres, que tenían un ínfimo y pesado movimiento, el cual iban llevando a través de siglos, en los que se medía el tiempo de su batalla. Al instante una pieza se distinguió de las demás: un alfil negro, situado a dos casilleros del borde, que en ese momento y allí era en verdad el límite infranqueable de las cosas. Ese alfil se impuso a mi vista de entre el montón de piezas, sin ningún motivo aparente, sin que me fijara en él. Había algo demasiado real en ese pedazo de madera tallada, que en un momento no era sólo él sino también una línea recta que lo enfrentaba con otro, un alfil blanco situado casi al otro lado del tablero; había entre ellos una tensión hirviente, que parecía a punto de estallar, como si estuviera a la vista que su entrevero era el próximo movimiento, porque, imperceptiblemente,


estaba empezando a ejecutarse, sin el auxilio de ninguna mano de este mundo. Jamás pude explicarme cómo ese momento de locura me poseyó tan por completo, sin ninguna resistencia o duda de mi parte, cómo fue que pude ver ese relieve fantástico en un simple juego de ajedrez, pero no puedo ahora negar que ahí lo estaba viendo, ni puedo negar que finalmente contesté a su pregunta, al decirle, aún sin salir de mi conmoción, y como preguntándole: “alfil por f7”. Luego de mi respuesta, su sonrisa volvió a expandirse, pero esta vez no con el aire maniático que había tenido antes, sino ahora con otra expresión, que se parecía a algo entre la angustia y la resignación. “Así es” me dijo, y cerró otra vez su sonrisa, con mayor pesadumbre. “Lo mismo digo yo”. Yo empecé a recobrar la cordura perdida desde su llegada mientras él iba cayendo en la profundidad de un dolor inescrutable. –¿Pero qué es lo que pasa, por qué estás así? – me atreví a preguntarle de repente. –¿No lo ves? –me decía en voz cada vez más baja, llegando a susurrar, mientras sus ojos se iban inundando–. Ya lo dijiste, no hay otra jugada. Yo lo miré sin comprender, y repetí la pregunta, y creo que hubiera insistido sin cansancio hasta recibir cualquier respuesta. Seguramente él notó mi total incertidumbre, porque su semblante fue cambiando, desde su primera pena casi irónica hasta un angustiante gesto de incomprensión, de súbita


confusión ante algo que le parecía obvio, lo cual lo ponía aún más ansioso. –Cómo… ¿no ves…? –balbuceó temblando de nervios–. El alfil... yo soy el alfil. El silencio que continuó a esas palabras es la otra imagen que me queda de él; esa expresión, esas palabras, me atemorizaban hasta los huesos por su completa demencia, pero en el fondo me inspiraban una profunda compasión. Qué podía decirle yo en ese momento, cómo aliviar esa desesperación incomprensible con alguna palabra que acaso estuviera esperando, cómo saberlo. Me vinieron a la cabeza distintos fragmentos que había leído minutos atrás, y que ahora habían cobrado mayor sentido, aunque no significado. Ahora sabía adónde iban todos esos absurdos conjuntos de palabras; lo que faltaba saber era de dónde venían, y hacia dónde seguirían desde allí. Él me miraba con lágrimas veloces derramándose en su rostro agrietado, como esperando una respuesta, y yo, estúpidamente, sólo lo decepcioné una vez más. –¿El alfil? –le pregunté. –Ahí lo ves –me dijo, pero no me estaba respondiendo, sino que seguía con su desoladora obsesión–… Ya lo dijiste: cambio de alfiles. Miré otra vez el tablero y comprendí lo que me estaba diciendo: un caballo protegía al alfil blanco, por lo que la jugada completa era alfil por alfil y caballo por alfil. Entonces creí comprender mejor la


razón de su pesar: estaba a punto de ser eliminado del juego, un juego indecible que lo había consumido. –Bueno… se puede empezar otra partida –le dije, creyendo haber entendido. –¿Qué? –preguntó atónito, pero no debió prestar mucha atención a mis palabras, porque volvió a su gesto anterior, y las lágrimas siguieron fluyendo en silencio–. No hay otra jugada… –murmuró poco después, y llevó su mano a la cintura donde se palpó el pulóver que tenía abultado. Al notar ese bulto algo cambió por completo en mí. –¿Qué es eso? –le pregunté sin aliento, con los ojos desencajados. Él me miró con el mismo rostro de angustia, y en silencio se levantó la ropa y sacó un revólver reluciente que me mostró como si fuera su simple mano. Debí haberme desmayado al instante, porque mis recuerdos se cortan abruptamente en esa visión, y sólo recuerdo el despertar con un fuerte dolor de cabeza, debido seguramente a mi caída y no a un golpe de culata, como llegué a sospechar. Estaba solo otra vez, y vi que la puerta estaba abierta. No entendía la razón: seguramente se debía a un descuido, ya que el estado en que se marchó no podía ser sino de extrema conmoción. De inmediato volví al estado de pánico; recordaba el arma en su mano, sus palabras, su desvarío; una tragedia se avecinaba, y yo no tenía


cómo anticiparme, si es que no era ya demasiado tarde. De pronto, algo se me reveló para mortificarme: la incipiente claridad en la ventana. El alba estaba cerca, es decir que había estado inconsciente bastante tiempo, lo que hacía en extremo difícil que pudiera alcanzar a alguien que se me había adelantado tanto, por un camino que yo desconocía en absoluto. En medio de ese espanto que me dominaba, un rayo de lucidez me iluminó: estaban los cuadernos. De un salto llegué a la biblioteca, y a primera vista la encontré como yo la había dejado; él no había tocado nada, no le había preocupado. Busqué por los números o por lo inconcluso el último cuaderno para buscar en él la anotación final. Cuando lo encontré leí en la última página escrita, luego de un largo párrafo de incomprensibles nexos lógicos, el resultado ineludible: alfil por alfil. Y con un renglón de por medio, una frase sola, como un breve comentario, o epílogo: “Toda la vida al lado del enemigo, en el otro casillero, y no se lo sabe hasta que llega la hora” Esa frase me dejó perplejo, pero a la vez redobló mi desesperación que ya antes no cabía en mí. Estaba hablando explícitamente de una víctima, era el testimonio de su determinación, y no me acercaba para nada hacia la ubicación del crimen inminente. Empecé a temblar de los nervios y a enfurecerme de impotencia mientras el tiempo pasaba. En mi mente empezó a rodar una vertiginosa secuencia de escenas fatales, que en realidad sólo lo mostraban a él


disparando sobre un fondo oscuro, pero tan pobre escenografía bastaba para que me conmoviera la fuerza del argumento. Pasados los peores minutos de desesperación, mientras el tiempo seguía pasando, reflexioné una segunda vez sobre la frase final de sus cuadernos; de pronto encontré un dato inmenso, vital, con el que podía encontrarlo sin duda: “toda la vida”. ¡Cómo no lo había notado en un principio! ¿Qué representaba el alfil del ajedrez sino un clérigo? ¡En eso se resolvía su delirio! La ceguera de la desesperación o el demonio de la perversidad me lo habían ocultado. Él, que había sido monaguillo de su parroquia, se decía alfil, y había pasado toda la vida junto al alfil rival. Ahora sabía que debía viajar inmediatamente hacia su pueblo natal, donde toda su vida había transcurrido, primero en el hospicio y luego en la iglesia. De inmediato tomé el dinero que encontré a mano y corrí a la estación de trenes, seguro de que allí se habría dirigido también mi compañero. Por fortuna los trenes dejaban de funcionar por la noche, y estaba a tiempo para interceptarlo antes de la primera salida. Cuando llegué tuve que cortar la carrera en seco, con toda la sangre agolpándose en mi cabeza: ahí estaba él, sentado en el banco de espera, retraído y con la mirada a sus pies; daba toda la impresión de ser un pobre desvalido. Al instante me bañó un alivio fresco que estremeció todo mi cuerpo agitado: estaba a tiempo. Y no fue más de un segundo lo que duró. ¿A


tiempo de qué? Cuando el final está lejos, y lo único que se puede hacer es correr, la cuestión es simple y anima al más escéptico; pero llegado a ese momento y a ese lugar, ¿qué podía hacer yo ahora? Estaba siguiendo a un hombre desquiciado y armado a punto de cometer un homicidio: ¿cómo se suponía que lo detendría? ¿Hablando con él? ¿Intentando convencerlo de qué? ¿Entregándolo a la policía, a un hospital psiquiátrico? ¿Reduciéndolo yo mismo, arriesgando mi vida, para que me detuvieran a mí? Me encontré, nada menos que como un inocente novato de ajedrez, guiado hacia mi propia inmovilidad, a una encrucijada de malas suertes. Lo único que pude hacer al final fue comprar el boleto, como ya habría hecho él al abrir la boletería, y esperar, y pensar, y seguir. Él estaba tan abstraído en el oscuro torrente de su pensamiento, o en la blanca idea inmóvil como una muralla, que no me vio cuando pasé por la puerta a su lado hacia la boletería; de todas formas debí ser lo más natural que pude, ya que de haber sido demasiado cauteloso, habría llamado la atención hasta a los perros del andén, que dormían serenos hasta que el primer temblor de las vías los despertara. Cuando tuve el boleto volví a salir y me alejé del banco para observarlo sin problemas. Hasta que llegó el tren mi mente vagó por los pocos caminos de acción que podía atisbar desde mi situación; entonces me sentí un jugador acorralado por un maestro, pensando y


repensando las torpes posibilidades que quedan, y desconcentrándose de rabia al pensar que el rival se sabe todavía mejor que uno esas jugadas, y que lee su mente como en un cartel brillante. Entretanto, la secuencia de escenas terribles seguía corriendo a raudales, con todas las variaciones de la nueva situación como condimentos para el mismo mortífero final. Llegó el tren, y él levantó la cabeza. Se subió y yo tras él. Empecé a avanzar lentamente por los vagones para ubicarlo, cosa que resultaría harto fácil por la escasez de pasajeros, mientras sonaba el silbato y empezaban a moverse con pesadez los engranajes. Temí que me viera aparecer sin poder anticiparme; pronto lo deseé. Ésa era la única forma de que pudiéramos hablar, ya que a un hombre tan peligroso no se lo puede tocar ni llamar por su nombre. Entonces avancé con paso decidido, hasta que lo encontré sentado, de espaldas a mí. Pasé de largo por la cabina, y volví a entrar desde el otro lado, para que me viera. Su porte era el mismo que el de la estación, sus ojos estaban vacíos, su cara despoblada, todo su cuerpo parecía haber sido abandonado, como un pueblo fantasma. De nada sirvió que me quedara parado mirándolo, no logré ni una vibración de sus pupilas. Resignado, me senté mirando hacia atrás, sin dejar de enfrentarlo, para que al menos al pararse en su estación pudiera advertirme. Todo el viaje fue el mismo paseo circular por


alternativas inexistentes. Mi desesperación renació, y empezó a crecer. Pronto fue tormenta, y yo el náufrago de su omnipotencia. Empezaba a convencerme de que sólo me estaba convirtiendo en un testigo, en un cronista solitario de los pasos de un asesino, como un absurdo periodista que en lugar de rescatar a la víctima se quedara parapetado para escribir la historia. La estación se acercaba, él lo sabía por los avisos del guarda, y la solución no llegó. Cuando escuché el nombre de su pueblo, lo vi sacudirse en su lugar, como si sólo entonces hubiera vuelto el ser a su cuerpo, para retomar sus riendas. Levantó la mirada, pero no me vio; yo me levanté, agité mis brazos, pero él se dio vuelta como un autómata y bajó por el otro lado. Lo seguí por detrás, pero no tuve el valor para llamarlo en voz alta. Entonces el corazón empezó su baile frenético. Él salió de la estación, con paso firme, sin apuro pero con decisión. Estaba saliendo el sol, ya todo empezaba a definirse alrededor, pero por las calles de tierra aún éramos los únicos nosotros dos. Alejados ya del movimiento de la estación, él oyó sobre el silencio el eco desfasado de sus pisadas que eran las mías, y se dio vuelta. Su mirada era tan dura que le desfiguraba la cara, hasta hacerlo irreconocible. Por un momento dudé que fuera él, y el temor que me hacía temblar las piernas apoyó esta idea con la ilusión de hacerme desistir. Se quedó unos segundos quieto, y como yo no dije nada, se volvió y


reanudó la marcha. Entonces le grité, le dije su nombre y le dije que parara, le pregunté qué iba a hacer, le dije que no lo hiciera, le dije que volviera a nuestra casa, le pedí que tirara el revólver, y lentamente empecé a acercarme a él. Sin un gesto de más él sacó el revólver de su cinturón y me apuntó con firmeza militar. Yo me tiré a un costado de inmediato y rodé por la calle, y al levantar furtivamente la cabeza para ver qué hacía, vi que había seguido caminando hacia su objetivo. Maldije saboreando la tierra seca que había levantado mi revuelco, y empecé a hilar un llanto fino y profuso en lágrimas, de impotencia por mí y compasión por él. Comprendí que no podía hacer nada, que no podría ya detenerlo ni entregarlo a nadie, y me quedé tirado en el suelo lloriqueando y sin pensar. En el estertor de mi derrota surgió una última idea, la de gritar al aire para despertar a todos y para que alguien lo detuviera. ¿Pero quién? ¿Alguien con más valor que yo? ¿Alguien con más frialdad, que no dudara en matarlo de un golpe? La muerte manda. Dejé de pensar y actué. Me levanté de un salto y empecé a gritar y a correr hacia donde lo había visto perderse, ya sin esperanzas, sin miedo, sin desesperación, sólo movido por una agitación superior a mi propia inteligencia y criterio. El disparo me calló. Y la agitación se fue de mí y dejó que volvieran todos los fantasmas de mi pobre entendimiento. Entonces me encontré solo, entre


algunos rostros transmutados por la detonación estridente como coronación de mis gritos, y entre ojos que me escrutaban tras las ventanas. Ni siquiera quise llegar hasta la capilla. Me quedé sentado en esa calle y escuché las sirenas de la policía y los gritos, y cuatro o cinco disparos más. Después, por supuesto, vinieron a mí, me obligaron a reconocer el cuerpo que habían asesinado, y me llevaron a la comisaría. Desembarazarme del asunto fue difícil. Haberme comprometido tanto con el criminal, haber dado evidencias de un conocimiento previo del crimen, eran datos que no dejaban muchas hipótesis para los obtusos oficiales del pueblo, quienes desde el principio me calificaron de cómplice, aun antes de que yo pudiera decir nada. Pero sobre todo fue difícil por mi estado calamitoso, que me impedía aclarar los hechos. Cuando recobré el habla y llegaron agentes capaces de hacerse cargo de la situación, conté la historia, sabiendo de antemano que de esa forma no me dejarían tranquilo muy pronto. Tuve que ir a mi departamento acompañado por ellos para mostrarles los cuadernos, los cuales, para mi profundo pesar, confiscaron como material del caso, y luego fuimos al Club y a los parques de ajedrez para que los testigos de aquel prodigio taciturno avalaran mi historia un poco más. Pronto me dejaron en paz. Les pedí por favor que me dieran los cuadernos cuando ya no hicieran falta, alegando lo que significaban para mí como


recuerdo de aquella experiencia y de un amigo. Me los dieron. Volví a mi departamento seco, y, extrañamente, sin palabras en mi interior. Mi mente no hablaba, todo era silencio, que dejaba entrar con pureza los ruidos externos, las calles, la puerta, los escalones. Al entrar a la sala sentí su muerte. El tablero estaba en la mesa, la luz del sol lo teñía de naranja, y callaba. Los cuadernos estaban pendiendo de un hilo en mi mano, empaquetados por la policía, que no había dado un centavo por ellos. Algo se había ido de ese lugar, y había dejado el polvo. Desarmé el paquete para poner los cuadernos en su estante, y recordé ese día, ese momento en que lo vi desfallecer ante el tablero vacío, porque no podía salir de un jaque en su cabeza, mientras me miraba indefenso, como pidiéndome socorro. Desde mi fondo se agitó algo que me aturdió de repente y me obligó a contraer el estómago; era el llanto. Largos minutos de llanto solitario revolvieron el polvillo que el sol iluminaba en toda la habitación. Minutos más tarde, al tranquilizarme, retomé la búsqueda que había dejado inconclusa poco tiempo atrás: la de su anotación de ese momento. No sabía cómo encontrarla, pero la buscaba. Sin sospechar que estaba empezando a sumirme en largas horas de estudio de su gran obra comencé a retroceder desde su última frase, página a página, por los cuadernos, sintiendo su demencia y su soledad desandarse por


esas líneas que volvían en el tiempo. Luego de un par de volúmenes encontré lo que buscaba, sin lugar a dudas. Las pistas no podían ser mejores: en una de las páginas centrales había pegada una gran hoja lisa doblada varias veces; la mitad de la página siguiente estaba minuciosamente tachada, hasta la exageración; quedaba un gran bloque de tinta azul hundiendo la página pero sin romperla. Debajo de él comenzaba el texto que continuaría sin interrupción hasta el final de la inmensa obra. Abrí la gran página, lo confieso, con miedo acerca de lo que encontraría. Sólo hallé lo que buscaba: un enorme esquema arbóreo, atestado de los símbolos que habían ido poblando las anotaciones previas a esa página. Desde el borde superior, bajo lo que parecía ser el título del mapa, “Ajedrez”, donde comenzaban los símbolos, se abrían y desarrollaban cadenas de ellos unidas por flechas descendentes. A lo largo del margen izquierdo había una suerte de gradación: 5, 10, 15, 20, 25, 30… ∞. Era el número de jugadas de la partida. Las líneas, que en un principio se bifurcaban en gran número, podían detenerse cerca de la línea del 5, o seguir bajando, hasta terminar en algún momento. Al acabarse, bajo el último símbolo de referencia, todas tenían escrito “1– 0”, excepto las más largas, que seguían y seguían bajando hasta cruzar la jugada número 30 y llegar al “∞”, símbolo del infinito; ellas en determinado punto también se detenían y bajo su final no llevaban “1–0”


sino “∞”. Había visto en su glosario de símbolos, que el ∞ era un forma particular del “0–0”, que significaba tablas, empate. Entonces comprendí, recordando los pequeños esquemas que había visto antes: ese árbol desarrollaba las que él llamaba “jugadas ganadoras”, es decir las líneas de juego que llevaban indefectiblemente al triunfo, o en su defecto, al empate. Había estudiado, jugada por jugada, con increíble lógica, los posibles movimientos y respuestas, y de esta manera había desarrollado el juego ganador ante cualquier movimiento rival. Los símbolos de ese esquema gigante eran citas de otros esquemas que había ido elaborando a lo largo de toda su obra. Yo lo recordaba, él me había mostrado en sus cuadernos anteriores cómo desarrollaba árboles que mostraban para una jugada todas las posibles respuestas del oponente, y para cada una de ellas anotaba la mejor jugada siguiente, la jugada perfecta, cuya perfección demostraba en un esquema posterior (que en el gran árbol final era apenas otro símbolo, una cifra y unas letras de referencia), en el que desarrollaba las posibles respuestas a aquella jugada propuesta y cuál era la respuesta perfecta para ellas, es decir, demostraba la perfección de una jugada mostrando la perfección de la siguiente, y señalando cómo las posibles respuestas del rival se iban reduciendo cada vez más, porque éste iba siendo progresivamente acorralado por las jugadas ganadoras, que poco a poco coartaban su libertad


hasta dominarlo por completo. Esos esquemas dejaban, lo recuerdo, líneas inconclusas, remarcadas con la pluma. En ese momento, en que volví a observar esos primeros esquemas revolviendo el orden de los cuadernos, vi que todas esas líneas abiertas se habían completado con una llamada, una referencia para seguir en otro cuaderno, de número siempre bastante mayor al del cuaderno presente. Eso implicaba que todos esos esquemas habían estado siempre en su cabeza en una gran elaboración conceptual que había ido completando progresivamente. En el estudio que dediqué esa tarde a los símbolos y al gran esquema fui clarificando mi noción sobre todo lo que ese árbol contenía. Así descubrí que, como analizaba todas las posibles respuestas a sus jugadas ganadoras, ocurría que, entre la inmensa mayoría de caminos que acababan en un jaque mate rápido, había otros que se formaban por las respuestas ganadoras del oponente, con lo que estaba desarrollando partidas entre dos líneas de jugadas ganadoras contrapuestas, o bien partidas contra sí mismo, y éstas, en la medida en que ninguno de los oponentes se desviara de la jugada perfecta, iban difiriendo su desenlace poco a poco en la mutua invulnerabilidad o debilidad mutua. Ésas eran las líneas que había dejado inconclusas en sus primeros esquemas, que desarrollaban el juego ganador desde el primer movimiento ante cualquier respuesta, despejando rápidamente las jugadas de oponentes que


no llegaban a un mínimo de estrategia con mates velocísimos, y dedicándose luego a lo que era el juego propiamente dicho, el de dos adversarios que se quieren matar. Luego de horas de estudio, de desciframiento de los símbolos y sus conexiones desde el gran esquema, comprendí lo que había en ese árbol descomunal, que unido seguramente podría desplegarse a lo ancho de todo el edificio: estaba el juego perfecto de ajedrez. Ese hombre lo había completado, lo había resuelto. En el transcurso de esos días sentado a mi mesa, plasmados con ameno trazo en esos más de sesenta cuadernillos, había analizado absolutamente toda posibilidad de movimiento y había llegado a descifrar la jugada objetivamente necesaria para cada situación desde la apertura hasta la jugada número 33, en la que, si aún no se había dado mate, éste no se lograría jamás, y el juego sería un empate ineludible. No había más secretos, más misterio, más estrategia, más engaño, no había ya nada por descubrir, ahí estaba todo. Con ese esquema el juego quedaba acabado, culminado, obsoleto. De ahí el título que coronaba el árbol: Ajedrez. El ajedrez era eso que tenía en mis manos. Debajo del gran esquema final desplegado, cuyo título ahora veía comprensible e inmejorable, él había anotado el número total de las jugadas contenidas, y él mismo explicaba lo que ello quería decir: la nota al pie decía “Número de jugadas del ajedrez”. La cifra


me dio un escalofrío, y me trajo otra vez esa visión que nunca me abandonaría, la de su mirada llena de desesperación en esa mesa diciéndome “es mate”. Pensé que la cantidad de miles de jugadas que ese hombre tenía en la cabeza en ese momento bastaba por sí sola para volver loco a cualquier hombre. Entonces creí comprender al fin su angustia: el juego se había terminado para él. Lo que él me preguntaba aquella vez era cómo iba a jugar una partida así, si el juego ya estaba resuelto, si no podía escapar a su propia genialidad. Todo el tiempo había estado jugando una larga partida consigo mismo, potenciando hasta el colmo su fenomenal racionalidad, y la partida había terminado en el momento en que supo que no podría vencerse. Entonces colapsó. Y no tuvo más remedio para recuperar el misterio, acabada e inutilizada la racionalidad, que pasar a lo irracional: en la página posterior, luego de algo que tachó irrecuperablemente, comenzó esa otra parte del juego, la absurda, que lo llevó a una muerte absurda, porque ése ya no era un terreno que pudiera dominar con su inigualable análisis, por más que lo hubiera intentado denodadamente en su delirio. Todo eso me satisfizo por el momento, en que había quedado abrumado por el visible tamaño de su inteligencia: ahora comprendía que, si todas sus partidas habían terminado alrededor de la jugada trece, significaba que ése era el nivel máximo que


alcanzaba el promedio de los jugadores que lo enfrentaron. El campeón pudo algo más, quizá por ser de mayor nivel, quizá porque aún no estaba lo suficientemente desarrollado el examen total. De todas formas, ésos eran los límites humanos de capacidad de juego; algún genio podría haber durado algunas jugadas más. Nadie excepto él, o Dios, habría cruzado la jugada 33. Pero con el correr de los días y de las semanas posteriores a su muerte, luego de salir del asombro de ese descubrimiento y de haber aceptado el hecho de su muerte irremediable, de su desaparición del mundo, la inquietud me invadió nuevamente, llegando a lindar otra vez el terreno del miedo. ¿Por qué había perdido de esa manera la razón? ¿Cómo llegó a asesinar y a hacerse matar? ¿Se debió su alienación a ese vacío repentino en que cayó al terminar su propio juego, luego de haberle dedicado su completa obsesión, de haber abandonado la propia religión, los estudios, los oficios, entregándose de lleno a algo que acababa tan vanamente? ¿Eso lo llevó a buscar algo más, algo a lo que pudiera seguir entregándose con la misma pasión y racionalidad? ¿Eso significaban los innumerables razonamientos acerca del marco de una ventana, de las posiciones del sol y su mirada en el espejo (escritos que nunca pude releer por los escalofríos que me producían, por la sensación de estar dentro de la mente de un desquiciado)? Todo se me enturbiaba ante un recuerdo decisivo: yo mismo


había visto algo en ese tablero, la noche en que él me sonrió por última vez, yo mismo le había dicho sin ninguna razón el movimiento preciso que él, el genio, el loco, tenía en mente, y que no podía ser otro. ¿Qué había visto yo para poder decirle lo que él estaba esperando? ¿Qué había sentido? Nunca quise calar hondo en esos pensamientos, el miedo me entraba de repente por los poros y me volvía paranoico en cualquier momento, en cualquier lugar. Yo había sentido lo mismo que él, eso que siempre llamé locura sin ninguna duda, sin ningún reparo. Y yo no era un genio del ajedrez. No tuve necesidad de buscar conscientemente más explicaciones; un sueño que pronto se hizo recurrente, y que ya no me abandonó, cristalizó en pocas palabras, en una breve pesadilla, aquel pensamiento del que estaba escapando: era él quien, desde su lugar en la sala mal iluminada, dándome la espalda a mí que estaba en cama hundido por la fiebre y la penumbra, me decía a través de la puerta (y no sé cómo desde mi lugar yo sabía que del otro lado de su espalda él estaba sonriendo): “Ahora empieza el verdadero juego, la batalla incalculable”. (2005)


caravana



–Che, chicos, no nos separemos. Volvamos al bailongo de la plaza un rato más y después vamos a la peña, la noche recién empieza. –No, che, nosotros nos vamos ahora, después nos encontramos si querés. Sabés dónde es, ¿no?, la vimos ayer. Cuando quieras andá. –Bueno, dale. Nos vemos. –Nos vemos, Uli… Cuántas veces en esa noche recordaría la escena, la fractura de la unidad que era su constante anhelo, su verdadera meta en cada noche de las noches. Cuántas veces vería las espaldas amigas alejarse por la calle Montes hasta no verlas porque él mismo se alejaba hacia abajo, hacia la Plaza de los Héroes, donde el espectáculo había bajado por fin del escenario a la multitud, que bailaba sus propios cantos al ritmo del alcohol. Bolivianos, argentinos, peruanos y algunos europeos se turnaban para abrazarse y convidarse tragos, que casi siempre invitaban los locales, y Ulises se mezclaba entre ellos con fanatismo, no despreciaba


una gota que le ofreciera el más borracho de los hombres o la más tambaleante chola, y era quien más alto llegaba en los saltos de celebración. Quizás por la ayuda de sus largas rastas. Quizás no. Él diría que pasaron veinte minutos, pero fue una hora entera el tiempo que permaneció entre el corro sudamericano, hasta que la necesidad de reunirse con su gente fue más fuerte que la alegría y la bebida gratuitas. Con alguna dificultad pudo apartarse de los abrazos de hombres morenos con sangre burbujeante y de sus ininteligibles confidencias, y se alejó de esa fiesta interminable que era el epílogo de una gran fiesta diurna que había llenado plaza y calles con mineros, indígenas y vecinos de la ciudad. Subió por la Montes hasta la esquina en que se había separado de su grupo, donde surgía una nueva calle que volvía trepando sobre la pared a la derecha de su camino ascendente, por lo que no volvía sino que se iba a otro nivel de la ciudad. Perpendicular a ambas, otra calle venía bajando desde la derecha para volver a subir a la izquierda, pero lo hacía con discreción, oculto su juego por el alarde de aquella súbita rampa, la calle Noviembre. ¿Cuál habían tomado los pibes? Según su sentido de la ubicación, a la peña se llegaba por la Noviembre, pero estaba seguro de haberlos visto seguir por la Montes más allá de la esquina. Tal vez, pensó, hayan ido a un bar antes. Siguió subiendo para revisar las sucesivas


cantinas, más oscuras que la propia calle, pasando los puestos cerrados de libros y de golosinas, tan iguales. Asomando desde la puerta recorría como un rayo de luz todas las mesas, aunque algunos bares lo obligaban a subir a una planta alta donde la cumbia tronaba hasta astillar los oídos de quien no se sumara al baile. A veces no podía evitar las invitaciones sonrientes que se perdían tras espaldas y brazos en alto, y por un minuto se dejaba llevar por el ritmo como en un laberinto de cuerpos calientes, pero sólo un minuto porque los bares eran muchos y la ansiedad corría. Seis cuadras y casi quince locales, unas cuatrocientas personas, sin resultados. Esto lo decidió a dirigirse directamente a la peña, y esperarlos allá si fuera necesario. Para no bajar y volver a subir por esas calles buscó un rodeo por el que fuera más parejo el camino. Hacia el noreste lo que había no era una calle sino un pasaje, una serie de escalinatas con pequeños jardines por todos lados. Subió algunos tramos hasta la primera esquina y en ella tomó la calle que lo llevaría sin duda hasta la parte alta de la Noviembre. Era una calle oscura entre las oscuras, manchada a lo lejos por débiles destellos rojos o verdes. Aquí ya había silencio, ningún coche a la vista, prácticamente ningún caminante. Cruzó cinco o seis cuadras a lo largo de las cuales la calle se torcía imperceptiblemente, y aquellas luces mortecinas se


hicieron bares mortecinos, burdeles mortecinos, en los que repitió de pasada la búsqueda. Nada. Fue llegando a lo que las memorias de la tarde y del reciente camino estimaban la zona de la peña. Recordaba que en la esquina de enfrente había un edificio de tres pisos con un balcón de hierro, y al otro lado había una farmacia. ¿O era a la vuelta? No, a la vuelta debía estar el edificio del balcón. No: cuando se llegaba a la esquina de ese edificio había que seguir dos cuadras hacia Plaza Murillo y doblar a la derecha, pasando la farmacia. Entonces se estaría cerca. No encontró ninguna de las referencias. Llegó a una esquina desde la que se veía abajo el camino a la Plaza de los Héroes: eso era una pista. Tomó esa calle y bajó hasta la esquina del Hotel Continental, y creyó recordar que desde ese hotel había cinco cuadras hacia arriba y dos a la derecha, así que volvió sobre lo marchado y siguió hasta la quinta esquina en la que ya algo fallaba. Al doblar a la derecha sintió raras las fachadas, y comprendió que en realidad eran seis arriba. Subió otra cuadra y encontró un cuadro aún menos familiar que el anterior. De todas formas avanzó hacia la derecha y encontró tres cuadras más tarde un edificio con un balcón que podría ser el que recordaba si no fuera porque no lo era. Desde la esquina vio una luz: entró a una taberna de muy mala muerte en la que agonizaban algunos borrachos esparcidos en pequeñas mesas. Algunos lo miraron aparecer y le sostuvieron la mirada con un rostro que


aconsejaba no saludarlos, otros no levantaban la cabeza de su vaso. En la barra conversaba el mesero con una mujer mal maquillada. La situación era difícil: las vueltas por las calles habían estrangulado su orientación, el tiempo corría y se hacía urgente. Llevado por la creciente ansiedad se acercó a un parroquiano y le preguntó lo más amable y audiblemente que pudo si había visto por ahí a cuatro mozos argentinos, uno de ellos con la misma cabellera extraña que él. Tuvo que repetir un par de veces la pregunta para recibir una respuesta que no valía la pena descifrar, pues se denotaba negativa. Encontró más útil interrogar al mesero y se dirigió a él, quien lo vio venir forzando una sonrisa que no salió de su mente. A este hombre sí le entendió que no los había visto, y vio además la negación con la cabeza de la mujer. Salió del bar preocupado por la suerte de la noche si no llegaba a encontrar a los pibes. Unas vueltas más tarde oyó que de una esquina poblada de sombras llegaban ruidos de alegría. Al aproximarse vio un grupo de hombres parados de espaldas a él y un par de cholas sentadas, todos riendo o hablando con aire risueño. Ulises pensaba pasarlos de largo, sin cruzar a su vereda, pero al llegar a su altura los hombres que lo vieron lo llamaron a gritos, como si lo conocieran de toda la vida. Nunca está de más, pensó Ulises y cruzó despacio mientras los veía conversar, ahora en voz baja porque ya todos


esperaban para recibir al invitado. –Hola amigo –le dijeron más o menos entre todos, salvo por una cholita y un muchacho de bigotes que hablaban a un costado, ajenos a todo. –Hola, qué tal –sonreía Ulises, y le daba la mano a quienes se la ofrecían. La chola más gorda tenía a su lado un barril de por lo menos 40 litros de cerveza, en el que introdujo un vaso que le tendió a Ulises, rebosante de bebida fresca sin espuma. Ulises agradeció y brindó con todos antes de beber. –¿De dónde viene, amigo? –preguntó un señor calvo de ojos brillosos y gran nariz. –De Argentina. –Ah, claro. ¿Y de qué parte? –De La Plata, cerca de Buenos Aires. Cada uno dijo alguna cosa pero a ninguno se le entendió. Seguramente balbuceaban buscando algo amable para decir que no encontraban, salvo el que respondió: –Ah, bonito Buenos Aires. Yo he estado ahí, y en Rosario. Muy lindos lugares. En La Plata no he estado. –Bueno, es chiquito, pero es la capital de la provincia, qué sé yo. –Ajá. La chola más gorda le quitó el vaso y lo volvió a hundir en el balde para entregárselo lleno otra vez. Ulises aceptó, comprendiendo a la vez que era un


peligro seguir allí, pues estaba entrando en el círculo vicioso de la simpatía, del que luego no podría desprenderse. Empezó a buscar la forma de apartarse. –¿Y le gusta Bolivia? –Sí, es hermoso, hermoso. Los lugares, la gente… –Las mujeres –dijo el hombre calvo y todos se rieron. –Sí… hay muchas chicas lindas por acá – contestaba al tiempo que pensaba que en realidad hasta el momento no había conocido una boliviana en el viaje, sino que se había tratado únicamente con turistas. Soy un gringo de mierda al final, pensó con amargura y con alegría, porque a fin de cuentas estaba ahí, y no era tan gringo de mierda. Al tercer vaso la cosa era más complicada, porque todos seguían hablando con él, como invitado especial. Así que les contó que estaba buscando a sus amigos, que debían estar en una peña por esa zona, y resultaba que ninguno de los presentes la conocía pero le dijeron que no se quedara con ellos, que fuera a festejar con sus amigos. Claro, a festejar, pensó Ulises, y le dio la mano a todos, también a las cholas, y se alejó. Recorriendo la zona en busca de señales, y, con mejor suerte, de la peña, encontró algunos peatones a los que encaró con su pregunta, infructuosamente. Al doblar en una esquina vio, algo más abajo en la calle, un grupo de hombres que de lejos parecían policías.


No llevaban uniformes oficiales, pero en Bolivia bastaba con tener un pulóver verde y quizás una gorra. Era imposible volver atrás, la clave es no llamar la atención: enderezó bien su marcha mirando siempre adelante, concentrándose en volverse invisible. Al llegar adonde estaban ellos, desde la vereda opuesta, oyó un chistido. No se inmutó. Al chistido siguió un llamado claro de atención, cosa que ya no podía esquivar. En un intento agónico por escapar a un encuentro les preguntó desde lejos por la calle Montes, pero no hubo caso: “No, no, venga” le dijo uno de los hombres con una seriedad y un uniforme que asustaban. Ulises cruzó la calle maquinando ya posibles respuestas a posibles preguntas. –Acérquese, por favor –dijo el que parecía liderar el grupo–. ¿Hacia dónde se dirige? –A una hostería, señor –y pensó preguntar “¿Hay algún problema?” pero calló a tiempo. –Usted está borracho en la vía pública, señor. Ulises reaccionó de inmediato con el estilo que le habían dado los años de experiencia en su propia ciudad. –¿Cómo que estoy borracho? No señor, yo no estoy borracho. –Sí, usted está borracho –pétreo. –No, señor. Tomé alcohol pero estoy sobrio. Mire. Viendo que la situación era difícil por la


obstinación de los uniformados y porque muy sobrio en realidad no andaba, creyó necesario no dejar dudas: levantó una pierna y se tocó la nariz con un dedo y el otro brazo extendido, manteniendo el equilibrio. –¿Ve, oficial? No estoy borracho. –Bueno, pero usted está ebrio en la calle y nos va a tener que acompañar a Migraciones. Ulises comprendió la trampa, se había cerrado en sus pies. –Vamos –dijo el oficial y se arrimó a Ulises para dirigir sus pasos. Doblaron en la esquina y tomaron una calle más solitaria aún que la anterior, y, tras hacer dos cuadras, volvieron a doblar para subir unos pasos por algo lo bastante sombrío como para llamarse callejón. Al ver por dónde entraban, Ulises empezó a temblar. –Párese aquí –oyó a sus espaldas–. Saque todo de los bolsillos. Había una mesa baja que de día quizás fuera un puesto de frutas. Ulises escarbó en los pantalones hasta el fondo, si no para esconder algo, al menos para sacar toda la basura que pudiera con sus cosas. Billetes, monedas, papeles con direcciones y teléfonos, un pasaje Uyuni-Potosí, hojas de coca resecas y desmenuzadas, tierra, sal. Los hombres se abalanzaron sobre el montón de pequeñeces como chacales no muy feroces que han aguardado a que comieran los fuertes para que llegara


su turno. Esta condición los hacía aún más temibles que los fuertes. Revolvieron los papeles y separaron con tenue sutilidad el dinero de lo demás. El jefe se apartó de la mesa y enfrentó a Ulises. –Bueno: ¿usted quiere ir a Migraciones o no? –Y… no –dijo, conteniendo cierto alivio. –Bueno, ¿cómo lo podemos arreglar esto? –Y… no sé –dijo Ulises, mirando lo más y menos alevosamente que podía a su costado donde estaba la mesa, rodeada por los chacales–. ¿Cómo lo podemos arreglar? Dos segundos de silencio. –¿Cuánto tiene ahí? –Setenta bolivianos. Dos chacales avanzaron para contar la suma. “Sí, con las monedas son setenta” dijo uno de ellos. –Bueno, nos llevamos esto –dijo el jefe. –¿Me dejan las monedas para el viaje? Se consultaron entre sí con la mirada y aceptaron. Le devolvieron las monedas y se alejaron. Él se quedó unos instantes más allí, masticando la derrota y empezando a desear ir a buscarlos mano a mano. ¿Eran policías o meros farsantes? De pronto se rió de la curiosa pregunta que acababa de hacer, con una risa que destilaba el inagotable fluir de rabia. La noche se tambaleaba. Le habían robado sesenta bolivianos y el buen humor, hasta el punto de que pensó abandonar la búsqueda para volver a la cama que alquilaba. Pero eso habría sido una derrota aún


peor, una doble derrota que no habría de perdonarse. Lo que tenía que hacer y ahora más que nunca, era encontrar a Nico, Pablo y Franklin para recuperar la alegría perdida, para olvidar la mala pasada y seguir una noche de fiesta. Su pensamiento le infundió nuevo vigor, y se lanzó callejón arriba en dirección firme aunque simbólica a la peña. Seguro de haberse alejado de la zona muy al norte, dobló a la izquierda para recorrer cuadra por cuadra el barrio. Dio una vuelta entera a la manzana y luego se alejó una cuadra para ampliar el espectro de la vuelta. No había una cuadra en la que la calle no subiera ni bajara. En la calle alta de su segunda vuelta vio un bar. No sabía si era nuevo o si ya había pasado por él, se empezaban a mezclar los lugares en su memoria. Ante la duda entró y se dirigió a la barra. Le preguntó al hombre que atendía tras ella si habían andado por ahí tres argentinos parecidos a él, etc. El hombre lo miró y se alejó para hablar en voz baja con otro que bebía en un extremo. Éste giró para mirar a Ulises, se levantó y fue hasta él. –¿Buscas a tres argentinos? ¿Son tus amigos? – le preguntó el hombre, morrudo y de altura algo superior a la media de los hombres de por allí, con la voz ronca de alcohol. –Sí. ¿Usted los vio? –Venga –dijo el hombre de bigotes y se dirigió a una escalera que descendía al costado del bar.


Lo siguió. La música se quedaba del lado de arriba y la escasa luz no dejaba atisbar el clima del próximo lugar. Llegaron a un pequeño sótano en penumbras, sólo habitado por tres muchachos aparentemente argentinos, dispuestos alrededor de una mesa, los tres con una palidez cadavérica en los rostros. Uno vomitaba sobre el suelo, otro sostenía un vaso de cerveza y lo miraba como abstraído de horror, el otro contaba billetes sobre la mesa. Al asomar, los que no vomitaban giraron la cabeza hacia Ulises, quien salió corriendo escaleras arriba antes de perder un segundo. Nadie lo detuvo en su camino a la puerta de calle, quizás nadie levantó la mirada al pasar. Afuera suspiró un profundo alivio. De todas formas corrió un poco más hasta perder de vista aquel lugar. No quería siquiera imaginar qué ocurría en ese sótano ni quiénes eran esos tres infelices, sólo sabía que no eran ellos, que no eran los pibes, y que ya había tenido su rato de mala suerte en esa noche como para haber terminado de bajar la escalera. Necesitaba un descanso. Subidas y bajadas, cuadras y cuadras, estafas y apuros, agotaban a cualquiera si no se recibía una nueva dotación de energía. Necesitaba unos tragos, sentarse en algún lugar tranquilo con una birra bien fría en las manos. Y necesitaba ir al baño. Empezó a buscar con prisa y pesadez cualquier bar que no fuera el anterior. Encontró uno a dos cuadras: “El amigo”. Se metió dispuesto a gastar sus últimas monedas si nadie


lo invitaba como venía ocurriendo desde el comienzo de su viaje. Adentro había gentes hablando a voz en cuello en las mesas y jóvenes bailando cumbia hacia el centro y contra la barra. Había un clima de alegría generalizado, probablemente una prolongación de aquél de la fiesta diurna. Entre sentarse a una mesa e ir a bailar la cosa cambiaba: la alegría del aire le devolvía los ánimos y una muchachita morocha bebiendo sola a un costado del baile sonreía como una invitación a la vida. Esto era sin duda lo que necesitaba antes de proseguir la búsqueda. Avanzó hacia la chica morena que ya lo miraba venir, esperándolo. Ella le convidó el trago de cerveza más exquisito y refrescante de su vida, u otro de ellos. Cruzaron algunas palabras antes de sumarse al baile con gusto. Los movimientos de uno y de otro eran tan fluidos, tan armónicos, que parecían una sola criatura absurda de cuatro patas, dos cabezas y dos troncos unidos por delgados puentes, bailando sola. Parecían lo que estaban haciendo: la representación con materia y espacio de lo que ocurría con sonidos y tiempo. Estuvieron un buen rato bailando sin parar, ahí el tiempo se medía en las repeticiones de las cumbias y en el reloj de sed, la botella. Cuando bajó el último grano de arena a la garganta de la muchacha que se llamaba Carola, buscaron una mesa para conocerse, pero un grupo de bebedores de fuerte carcajada los


invitó a compartir la suya. Se sentaron entre aquellos hombres, todos bastante mayores que ellos, y empezaron a recibir vasos de vino, cerveza, ginebra, sangrías varias y cigarrillos. Era la felicidad. Aparte de que costaba bastante entender algunas dicciones, los buenos chistes se hacían desear, y las alusiones a la fiesta diurna podían resultar repetitivas si se les prestaba atención, pero nada de eso le importaba a Ulises ni a su repentina compañera, porque estaban compartiendo lo más hermoso que puede apreciarse en las noches de La Paz: una charla de borrachos. Pasaron sus buenos tragos entre aquella gente, hasta que se generó un altercado entre Carola y uno de los borrachos, porque éste insistía en decirle algo al oído y ella en decirle que le hablara desde ahí y él que se acercara y ella que desde ahí y empezó el intercambio de insultos que, por el lado de los borrachos se diluyó en pequeñas discusiones tristes, y por el lado de la pareja hizo que Carola lo invitara a su casa. Desde el taxi la ciudad era una película muda cuyo protagonista era el escenario en movimiento. El no estar adentro poniendo sus necesidades, su ir a algún lado, su no saber nada, le dejaba meterse más profundamente en los lugares desde afuera. La Paz era una ciudad imposible: uno bien podía estar perdido en ella sin saber llegar a ninguna parte y al mismo tiempo estar involucrado en su intimidad,


sentir que la comprendía, que conocía su esencia desde el rincón en que estuviera, y de esta manera la ciudad se convertía en una gran casa, un valle de ladrillos al aire y almas revocadas que cobijaba a cualquier habitante pese a la frialdad desconfiada o a la mera distancia que pudiera ir por las calles. El taxi se alejaba más y más de la peña, subiendo hacia el otro lado, la otra gran pared del valle, pero no importaba, aún quedaba bastante de noche, podía demorarse una hora. Bajaron frente a un edificio de cuatro o cinco plantas, bonito según la oscuridad lo presentaba. Antes de llegar Carola le había dicho “Mi novio vive en un piso de abajo. Llega a la mañana, así que te quedas un rato nomás”. La idea del novio abajo no le había gustado, pero ella debía saber lo que hacía. Subieron en silencio hasta el departamento ocho, en el segundo piso. Era la casa de una estudiante. Se sentía en ella el aire peculiar de la joven independencia duramente mantenida, y ese aire era una forma de decir pasa, amigo, ésta es mi casa. En un viejo tocadiscos la paceña puso a rodar la canción que más le gustaba del disco que más le gustaba: Stéphane Grappelli y Oscar Peterson, “My one and only love”. El suave violín que surgió para acariciarles los oídos estremeció a Ulises desde el cuero cabelludo hasta los dedos de los pies. Era ese jazz que parece haber sido inventado para escucharse en una cama, y ese violín de pronto


se deslizaba como quitándose la ropa hasta ya no ser un violín sino música en estado puro, una simple voz que canta en un idioma irrepetible. Ulises cerraba los ojos sin poder creer nada de ello, ella los mantenía abiertos porque podía. Por todos los rincones de la sala había esparcidas pinturas, dibujos, algunas piezas de escultura, que ella fue recogiendo para mostrarle. Ulises reconoció el típico trazo de toda estudiante de artes plásticas, diseminado en unas cuantas buenas y olvidables obras, y entre todo ello dos o tres verdaderas bellezas, que se elevaban con secreta gloria del montón informe. El violín seguía inundando el tiempo de magia y costaba desprenderse de su llamado al paraíso para quedarse en ese otro. En un momento uno fue más impaciente que el otro y dio el primer beso, y sus bocas ya no se separaron. Ella lo fue conduciendo lento paso a lento paso hacia el dormitorio, llevándose por delante innumerables cosas, incluida una vieja cerámica que se desgajó por cuarta vez. Se fueron sacando la ropa mitad en el camino y mitad en la cama donde giraron de punta a punta enfermos de ansiedad de presente. Hicieron el amor sobre nubes de sábanas y violines. Luego compartieron el único cigarrillo de la casa, que ella había guardado prudentemente en la mesa del bar. La música seguía, serena. Frío. Más frío. Un roce terso que estremecía la


piel y la dejaba helada. Abrió los ojos: entre sus brazos estaba el cuerpo dormido de Carola, ardiente de tibieza ahora que todo era frío, y la sábana huía de ellos hacia los pies de la cama. Un hombre alto y robusto, de campera forrada negra y vaqueros con cadenas, la estaba retirando lentamente con las manos, y miraba con cierta curiosidad los cuerpos que se quedaban desnudos. Ya no era frío lo que sentía Ulises, era desamparo, lo indefenso de su propia humanidad. Era pánico. Cuando Carola se despertó la sábana era nada más que un bulto sobre el piso y el hombre esperaba inmóvil mirándolos. Ella lo vio y Alejo, que aún la abrazaba por terror a hacer cualquier movimiento, sintió la contracción simultánea de todos los músculos de su pequeño cuerpo. Se mantuvieron congelados en esa situación, sin saber qué hacer, hasta que el hombre dio media vuelta y salió del cuarto con lentos, rítmicos pasos de sus botas negras, taconeando el piso con firmeza. Viéndolo caminar de un lado a otro en el cuarto contiguo empezó el agitado movimiento. ¡Vete!, susurraba ella poniéndose la ropa interior mientras él juntaba sus prendas por todas partes. Tenía todo menos las zapatillas. ¿Por qué siempre le pasaba lo mismo? ¡Vamos!, insistía ella desesperada desde la cama. No encuentro las zapatillas, le susurró él. ¡Vete!, chilló ella sin subir la voz. La música había sido reemplazada en la sala por un regular taconeo de botas. Encontró una. Ella le arrojó la otra casi en la


cara, y Ulises, con un bollo de ropa en brazos y lamentando no poder despedirse de Carola en mejor forma, juntó coraje y salió del dormitorio tratando de conciliar velocidad y silencio. Atravesó la sala hasta la puerta que el hombre había dejado abierta; al pasar sintió su presencia muda a la derecha, pero como ser humano que era sabía que no debía desviar ni por un centímetro la mirada de la salida. Cerró la puerta tras de sí y se alejó por las dudas de que el hombre cambiara de opinión. Estaba amaneciendo. Ahora que pensaba, el cuarto del que había huido estaba iluminado por el alba, pero no había tenido tiempo de notarlo. Desde la puerta del edificio podía verse un gran cielo que se desperezaba con un gran bostezo de luz. Mientras se ponía los pantalones y las medias, Ulises comprendió que había terminado la noche, y con ella la oportunidad de encontrar la peña. Se había quedado dormido. Lo que sintió no fue pena, sino un atisbo de amistad con el día que nacía y que le daba así la bienvenida. La hermosura de la mañana era siempre una invitación a reconciliarse con la suerte de la noche y sus heridas. Se sentó en el umbral para calzarse las zapatillas, y ahí se quedó otro rato, no demasiado por las dudas, para darle al día la bienvenida. (2006)