

Introducción
¡Apreciados (as) hermanos (as)!
El adviento es un período en la vida de la Iglesia que nos invita a prepararnos para celebrar el nacimiento de nuestro Dios y Salvador Jesucristo. Es una oportunidad para profundizar nuestra relación con Dios, fortalecer nuestra espiritualidad cristiana y el compromiso con la Iglesia.
Son cuatro semanas donde el profeta Isaías, Juan Bautista, María de Nazareth y José el carpintero, nos ayudan a entender lo que pasó aquella tarde cuando el Angel Gabriel le anuncia a la Virgen las palabras divinas:
“¡Salve María, llena de gracia! El Señor está contigo…, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Enmanuel. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo, y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David…para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin…El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios” (San Lucas 1: 26 ss).
Con la esperanza de que nos adentremos en ese misterio, ponemos en sus manos estas reflexiones a fin de que, vivamos un nuevo adviento, como un despertar en la Fe y el compromiso Misionero.
Dios les bendiga, Rvda. Can. Amelia Cintrón Velázquez Canóniga del ordinario
Primera Semana
De noviembre 30 al 6 de diciembre de 2025
Tema: La Oración: Camino hacia la Paz
Podríamos dar muchas referencias sobre el tema expuesto arriba, pero nos quedaremos solamente con nuestro reconocido Mahatma Gandhi, quien al liderar el Movimiento de la no violencia para la liberación de la India afirmaba en sus alocuciones: “No hay camino para la paz, la paz es el camino”.
Como cristianos (as), creemos que, la paz viene de la persona de Cristo, es el fruto del Espíritu Santo, es lo que Dios desea para nosotros, asi estaremos en gracia divina (Rom. 5:1). De muchos textos parecidos está llena la biblia, textos que nos inspiran a andar en el camino de paz o a vivir en paz, a fin de vivirla primero y promoverla luego en los ambientes en donde nos desenvolvemos diariamente. He ahí el verdadero sentido tanto del Evangelio como de Gandhi. La paz es el camino para vivir en un mundo mejor, para construir relaciones humanas sinceras y duraderas. Debemos dar acogida en nuestros corazones a la paz, ella nos llevará siempre por buenos senderos anunciando la venida del Mesías y su nacimiento en medio de nosotros (as), he ahí la importancia del adviento como un camino de paz, es decir: como una nueva manera de vivir lo que Cristo tanto deseó cuando dijo:
“MI paz les dejo, mi paz les, pero no se la doy como la dan los que son del mundo. No se angustien ni tengan miedo.” (Jn. 14:27).
Podemos preguntarnos sobre lo que significan estas mismísimas palabras de Jesús; la respuesta es sencilla y, consiste en saber que la paz divina es eterna, duradera, solida, basada en el amor, no en la violencia, ni las armas, ni las intimidaciones, sino en la dulzura de un corazón que sabe acoger al pobre, al hambriento, al desvalido, es una paz desinteresada, inclusiva y sale del amor misericordioso de la divina Trinidad, en oposición a la paz que da el mundo que siempre tiene intereses materiales de cualquier índole, dominante, dura hasta cuando terminan esos intereses humanos terminan, se escribe en un papel que firman los
reyes y luego se destruye, pero la cumplen los plebeyos, mientras que la paz de Dios se inscribe en el mismo corazón del hombre y de la mujer.
La paz divina da tranquilidad tanto al corazón como a la conciencia, de este modo podemos interactuar con otros seres humanos sin temor a ser agredidos o a que ese amor termine, porque esa paz la mantenemos siempre. No en vano el salmo 34:14 nos dice que, si tengo paz, me costaré y dormiré tranquilo (a), porque solo en el Señor vivimos seguros.
Mi invitación, en este adviento es para que descubramos esa semilla de paz que Dios ha escrito en nuestros corazones y la hagamos germinar con gestos de paz hacia otras personas. Dejemos que Dios nos hable a fin de que podamos escucharle, amarle y seguirle, haciéndonos justos, porque la obra de la justicia es la Paz1. Esa misma es la Buena Noticia de la que habla el profeta cuando afirma: “Qué hermoso son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas de gozo, del que anuncia la Paz… Tu Dios reina”2.
En medio de un mundo de tribulaciones, no nos queda otro camino que trabajar en, por, y para la paz, confiando en que el Mesías ha trabajado para vencer todas las adversidades a fin de que, nosotros estemos tranquilos y podamos anunciarlo, de este modo, siendo la paz el camino como lo afirmaba Gandhi, tendremos el espacio abierto para anunciar Buenas Noticias a la gente.
INVITACIÓN
1. Durante este adviento: encuentra la paz que Dios ha sembrado en tu corazón y compártela con alguien.
2. Realiza en tu comunidad de Fe un gesto de paz.
3. Repite con San Francisco: Señor: “Hazme un instrumento de tu paz.”
¡Haz de la paz, el tema de tu oración en esta navidad! Bendiciones.
1 Isaías 48: 22
2 Idem. 52:7
Segunda Semana
Del 7 al 13 de diciembre de 2025
Rvda. Pbra. Karla E. Sánchez
Rectora: Parroquia La Resurrección – Manatí
Tema: La Oración: Camino hacia la vida fraterna
Hoy quiero invitarte a recorrer un camino en este tiempo litúrgico tan especial, que nos invita a la espera, al arrepentimiento, a la esperanza, pero sobre todo a vivir con un espíritu orante que nos impulse hacia una verdadera Navidad. Me ha tocado hablar sobre la oración desde el punto de vista de un camino que se vive, no como una práctica religiosa impuesta u obligada sino como un vínculo vivo que nos conecta, relaciona y acerca a Dios. En ese vínculo descubrimos que no estamos solos, que Dios camina con nosotros y nos transforma en cada encuentro. A medida que oramos, Dios va reflejando en nosotros su carácter. Su Espíritu nos infunde su aliento, paz y sabiduría. Y esa transformación interior se traduce en un modo nuevo de vivir y de amar.
La oración es un camino que se hace junto a Jesús para ser transformados y vivir conforme al mandamiento del amor: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón …y a tu prójimo como a ti mismo.” (Marcos 12:30-31). Este mandamiento nos mueve hacia la fraternidad, porque toda comunión con Dios produce como resultado una mayor comunión con los demás. No hay forma de que nuestra relación con el prójimo sea fructífera, caritativa o pacífica si no tenemos primero armonía con Dios. Así, nuestra vida se convierte en un testimonio vivo de que hemos tenido un encuentro con lo divino.
Daniel Marguerat enseña que la oración cristiana es “una palabra que nace de la escucha, donde el creyente se atreve a hablar porque antes ha sido tocado por la voz de Dios.” La oración diaria es una disciplina, pero también un respiro del alma que nos orienta a la paz interior y al servicio del prójimo. Por eso, la oración no nos aísla del mundo, sino que nos lanza al encuentro fraterno. La armonía entre
los seres humanos nace de la comunión con Dios. San Francisco de Asís lo comprendió bien cuando oró: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz; donde haya odio, que yo lleve el amor.” En la medida en que oramos, somos enviados a construir fraternidad, a reconciliar, a sanar y a amar.
Así, vivir en oración es vivir en comunión. La oración nos transforma, nos alinea con el amor de Cristo y nos permite ser agentes de paz, de fraternidad y de esperanza en un mundo sediento de comunión.
En la medida que oramos somos transformados (a) y renovados (as). Dios moldea nuestro carácter, voluntad y vida para ser mejores seres humanos, más caritativos, fraternos y auténticos modelos de la vida, en el seguimiento de Jesús. La oración nos hace más sensibles, compasivos y más justos.
Cuando caminamos orando, no sólo hablamos con Dios, sino que aprendemos a vivir como Él. En ese caminar orante, descubrimos que la verdadera fraternidad no es un ideal, sino un fruto de la relación viva con Jesús.
“La armonía entre los seres humanos nace de la oración que nos une al corazón de Dios.”
“Y Dios, que es quien da constancia y consuelo, los ayude a ustedes a vivir en armonía unos con otros, conforme al ejemplo de Cristo Jesús, para que todos juntos, a una sola voz, alaben al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.” (Romanos 15:5-6, DHH)
REFLEXIONEMOS:
1. ¿Cómo podemos, como cristianos y cristianas, vivir una vida de oración que refleje los valores de Cristo y nos lleve a una vida de armonía y comunión con los demás?
2. ¿Estamos permitiendo que nuestra oración se convierta en acción de amor?
3. ¿Dejamos que el silencio de Dios hable también en medio de nuestras palabras?
Tercera Semana
Del 14 al 20 de diciembre de 2025
Rvdo.
P. Héctor Chamorro Ferrer
Vicario Misión Santa Ana – Sabana Grande
Tema: La oración y la Misión de la Iglesia
Reflexión: Durante esta tercera semana vamos preparando el corazón y el espíritu para celebrar una vez más el momento en que Jesús se hace niño para recordarnos su humildad y su entrega por nosotros. La lectura dominical nos llama a un tiempo de alegría y gozo no por las fechas que se acercan sino por descubrir que una vez más su palabra nos llena de entusiasmo y fuerza para proseguir caminando en esta misión que nos ha dado.
Hay unos versículos importantes que nos dicen claramente como Dios quiere que vivamos este tiempo y toda nuestra vida cristiana. En Isaías 35 1-10 nos invita a que estemos alegres porque veremos la gloria de Dios, a no tener miedo porque Dios hará desaparecer el llanto y el dolor. Y esto parecerá una utopía o algo imposible de alcanzar en una vida que quizás está marcada por el dolor o un mundo cargado de violencia o caos. Y en medio de estas circunstancias que muchas veces son difíciles y a veces no tienen contestación aparece la Palabra de Dios para darnos esperanza; que siempre Él estará con nosotros, el salmo de este día lo afirma y asegura que seremos bienaventurados. (salmo 146:4-9).
Aquí es cuando la Palabra de Dios habla contra la corriente del mundo que vivimos o las circunstancias que nos rodean; en el caos, Él nos ofrece su paz, en la enfermedad es Él nuestro sanador, en medio de la confusión o la desesperación, Él trae ese bálsamo de tranquilidad, Él está a nuestro lado.
Es por lo que, a través del Profeta Isaías, nos llama a no tener miedo de que siempre nos salvará y eso nos llama a estar alegres aun en medio de las circunstancias en que estamos viviendo. El Apóstol Santiago en su carta nos invita a tener paciencia hasta la venida del Señor y la paciencia es un fruto del Espíritu Santo que la obtenemos a través de la oración y el ejercicio de practicarla. Cada vez encontramos signos de querer vivir a la ligera, todo lo querremos al instante. Así como tenemos un teléfono móvil y la tecnología nos ha llevado a tener las cosas rápidas, así querremos que se nos resuelva muchas situaciones que vivimos y aquí la palabra nos invita a tener la paciencia que el Senor Jesús vendrá en nuestra ayuda.
Como pueblo, en estos días, hemos comenzado como se dice en nuestra isla: “las navidades más largas del mundo”. Lo vemos en las calles con adornos, en la música, en el comercio. Corremos el riesgo de perder la esencia de esta época en medio de tanto ruido y distracción.
En medio de toda esta distracción que es parte de nuestra cultura ahí es que tenemos que cumplir nuestra misión como Iglesia. Decirle a los demás que llegan buenas nuevas. Que todo esto que vivimos como pueblo, toda esta alegría, bullicio y algarabía es por la buena nueva de Jesús que se hace presente en medio de nuestro pueblo. Como cristianos y como pueblo de Dios debemos llevar a cabo esta misión que tenemos como Iglesia y es aquella que nos narra el Evangelio: “Jesús les respondió:
«Vayan y cuéntenle a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena nueva.” (Mt 11 2-11)
Vayan y cuenten, es esta nuestra misión como iglesia, el anunciar las noticias buenas, orar por cada persona que lo necesita, tener esa oración personal constantemente en
este año de la Oración. Llevar la alegría y el gozo que nos ha traído la salvación en Cristo, tener a Jesús en nuestras celebraciones culturales en esta época tan hermosa que se acerca.
En esta realidad que tenemos como pueblo y que vivimos a través de tantas cosas que hemos experimentado como huracanes, epidemias, temblores, la pérdida de población y el cambio generacional, nosotros debemos ser entes de esperanza, así como Jesús les dice a los seguidores de Juan, díganle: háblenle a mi pueblo que a pesar de toda adversidad Dios está a nuestro lado para acompañarnos a través de los acontecimientos de nuestra historia como pueblo. Esa es nuestra misión como iglesia guiados por nuestra oración personal y comunitaria. ¡Anda, muévete habla de lo que Dios ha hecho en tu vida y en la nuestra!
¿Cómo hacemos esto concretamente? Aquí te doy algunas ideas: llama o envía un mensaje a algún familiar o amistad con quien hace tiempo no hablas. Si acostumbras a enviar postales a través del correo que tenga símbolos religiosos; conoce tu vecindario, alguien debe estar muy solo y necesita compañía; evita los regalos costosos y da a una entidad que ayuda a los demás. Cuenta la historia de Jesús a tus nietos, ora antes de la cena de navidad y de año nuevo. Cántale cumpleaños feliz a Jesús el día de Navidad. Invita a todos los que puedas a las celebraciones en tu Iglesia, diles a las personas que oras por ellas constantemente. Estas y otras cosas las puedes hacer en esta época. ¡Anda, muévete habla de lo que Dios ha hecho en tu vida y la nuestra! Es parte de nuestra misión.
Por último, ¿cómo llevo a cabo esta misión con alegría y gozo? Somos un pueblo alegre y tenemos este sabor caribeño que nos caracteriza y así con esta cultura debemos anunciar lo que Dios ha hecho en nuestra vida. Pero más que anunciar, nuestra vida debe irradiar ese gozo y alegría para contagiar a los demás y llevar felizmente
nuestra misión en este lugar del planeta que nos ha tocado vivir.¡Anda, muévete, habla de lo que Dios ha hecho en tu vida y en la nuestra!
Algunas preguntas para nuestra reflexión:
1. ¿He identificado áreas cercanas donde vivo para llevar a cabo la misión?
2. ¿Estoy dando pasos concretos para llevarla a cabo?
3. ¿Oro constantemente, personalmente, comunitariamente para que el Espíritu Santo nos guíe en esta misión?
«Vayan y cuéntenle a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena nueva “(Mt 11 2-11).
Cuarta Semana
Del 21 al 24 de diciembre de 2025
Rvdo. P. Carlos Santiago
Vicario Misión San Marcos Evangelista. – Ponce
Tema: La Oración: Nos hace comprender el misterio del Dios hecho Hombre
Reflexión: La oración es el puente invisible que une al hombre con Dios, la llave que abre el corazón del Creador y revela sus misterios más profundos. A través de ella no solo hablamos con Dios, sino que también lo escuchamos, lo contemplamos y lo comprendemos en su grandeza y cercanía. El misterio del Dios hecho hombre —Jesucristo— se nos manifiesta de manera viva y personal en el silencio de la oración, donde la fe se convierte en encuentro y el corazón humano se abre a la presencia divina.
En la primera lectura de Isaías (7:10-16), Dios promete una señal: “La virgen está encinta y va a tener un hijo, al que pondrá por nombre Enmanuel”. Este anuncio no es solo un mensaje profético sobre el futuro Mesías, sino también una invitación a confiar en que Dios cumple sus promesas en el tiempo perfecto. En la oración, como Isaías, aprendemos a esperar con fe y a reconocer las señales de Dios en medio de nuestras dudas. Solo el corazón que ora puede entender que el plan de Dios muchas veces se revela en lo pequeño, en lo humilde y en lo inesperado, como una virgen que concibe al Salvador.
La segunda lectura, de Romanos (1:1-7), nos presenta a Pablo, siervo de Cristo, apartado para anunciar el Evangelio de Dios. En su testimonio vemos que la oración transforma al hombre y le da propósito. Pablo experimentó en su vida cómo el encuentro con Cristo lo llevó de perseguidor a apóstol. Ese mismo encuentro sigue siendo posible hoy, cuando el creyente se deja moldear en la oración. A través de ella, Dios nos aparta del ruido del mundo y nos invita a colaborar en su obra, recordándonos que todos somos parte del Pueblo Santo y que, al conocerlo y obedecerlo, participamos del misterio de la encarnación: Dios habitando en nosotros.
En el Evangelio según San Mateo (1:18-25), contemplamos el momento en que el misterio se hace realidad: “Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo”. José, al principio confundido, decide obedecer a la voz de Dios y acoger a María y al niño. Su silencio es también una forma de oración; en ese silencio escucha a Dios y confía plenamente en Él. Así comprendemos que la oración no siempre necesita palabras; a veces basta con el silencio obediente y la fe profunda para que el misterio divino se revele en nuestras vidas. Jesús, llamado Enmanuel —“Dios con nosotros”—, es la prueba viva de que la oración no solo nos acerca a Dios, sino que nos hace partícipes de su presencia constante.
La oración, entonces, no es una práctica vacía ni una simple repetición de palabras, sino un acto de amor y entrega. En ella el alma se encuentra con su Creador, y en ese encuentro comprendemos que Dios no está distante ni ajeno, sino que se ha hecho uno de nosotros. La encarnación no es solo un hecho histórico, sino una realidad espiritual que se renueva cada vez que oramos con fe. Cada oración sincera nos recuerda que Dios se hizo hombre para habitar entre nosotros y mostrarnos el rostro de su amor.
En tiempos donde la prisa y la distracción dominan la vida cotidiana, la oración sigue siendo el espacio donde se renueva la esperanza, se fortalece la fe y se aviva el amor. Orar es abrir el corazón para dejar que Cristo —Dios hecho hombre— nazca de nuevo en nuestra alma.
Es comprender que el misterio de la encarnación no está lejos de nosotros, sino que se hace presente cada vez que invitamos a Dios a vivir en nuestro interior.
REFLEXIONEMOS:
1. ¿De qué manera la oración me ayuda a sentir la presencia viva de Dios en mi vida diaria?
2. ¿Estoy dispuesto(a) a escuchar y obedecer la voz de Dios, como lo hizo José, incluso cuando no comprendo plenamente su plan?
Conclusión
Rvdo. Can. Gilberto Garcés
Vicario Misión San Bernabé- Bayamón.
…y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su Gloria…”
Tomar conciencia de la presencia de Dios en medio de su Pueblo, a través de su Hijo: JESÚS, para la Iglesia y para cada uno de nosotros es motivo de una gran alegría. De este modo constatamos que, la promesa del Dios revelada en el Exodo 6:7-9, en donde en esa promesa el Padre promete ser el Dios guía de Israel, se cumplió de manera visible y “definitiva” y se seguirá cumpliendo hasta el final de los tiempos.
Ese Dios, Yahveh, que, revelado en el Sinaí y que realiza una alianza con el Pueblo que él mismo se escogió, entre tantos otros pueblos. Pero es, en ese pueblo que Dios revela su voluntad y establece sus mandamientos, signos de la fidelidad a él.
Ese es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que se ha encarnado en el seno de la Virgen María y, que celebramos el veinticinco de diciembre de cada año, no como un simple recuerdo, sino como un memorial, es decir, traer al presente lo sucedido en el pasado. Esta es la razón por la cual nos alegramos y celebramos llenos de gozo el nacimiento del niño Jesús.
Él es el mensajero que trae las Buenas Noticias para su Pueblo3. También para nosotros hoy.
Es por lo que la Iglesia nos enseña que la navidad, no es solo un día, o un momento solamente, sino todos los días del año, toda la vida. No en vano el apóstol Pablo, cuando le escribe a la comunidad cristiana de Galacia, los invita a mantenerse firmes y a no someterse a nuevos yugos del pecado.
3 Isaias 52:7
Hermanos (as): En este AÑO 2026, TIEMPO DE LA ORACIÓN, les invito a que vivamos en alegría y disfrutando de momentos de oración y participando de la Mision de Dios en nuestras feligresías, pues de este modo cumplimos con la voluntad de Dios y manifestamos su amor al mundo que nos rodea. Recordemos que: SOMOS SEMBRADORES DE ESPERANZA.
¡Feliz
Navidad!







