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Edici贸n N潞 3

Marzo de 2014

Peri贸dico independiente-Sabaneta, Antioquia

DONDE TODO EMPIEZA


www.periodicoenlavia.com

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INDICE

EDITORIAL 2 La estrecha historia Laura Montoya Carvajal

4 Hogar Lita Posada: una vida al servicio de la infancia

Los cambios son indicios de desarrollo. Esto lo digo sin la intención de olvidar. Se puede decir que hoy es normal ver crecer las ciudades, su infraestructura, sus calles, las actividades comerciales; ver cambiar las costumbres y el estilo de vida de las personas que las habitan, y más allá de eso incluso ver como entierran, a causa de ese crecimiento que se asocia comúnmente a desarrollo, su pasado. No es lógico- dentro de mi visión de cuidad que se pierdan los recuerdos, las raíces, el origen. Es como si estuviéramos en un río, que día a día nos aleja más con su corriente, perturbada por cosas nuevas que recoge en el camino, del nacimiento y la esencia que está atrás, o en el fondo, atrapada entre rocas grandes que se han clavado en el lecho sin dejarse arrastrar. Por eso no dejar perder esos trozos que se incrustan en las rocas es mi visión. Debemos avanzar, pero con criterio; debemos sentarnos a esculcar el lugar del que provenimos para saber hacia dónde vamos; debemos conocer lo que ya está hecho para seguir labrando sobre ello. No nos asustemos al observar las transformaciones que trae consigo el tiempo, pero enfoquémonos en retomar las buenas costumbres, en volverlas contemporáneas y trascendentales; que nosolo el viejo se interese en lo bello de antes, que los jóvenes se eduquen con ello, y lo valioso de ahora.

Hugo Alejandro Díez Montoya

La estrecha 6 Fundación Mamá Adelfa: nueve ‘bolillos’, un solo corazón Laura Mejía Moreno

7 No son flores, son verdades

Jorge Contreras Blanco

historia Por Laura Montoya Carvajal lauramyc2@gmail.com

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n Sabaneta hay una gran cantidad de callejones: puede haber más de treinta, distribuidos entre veredas y zona urbana, algunos disimulados entre las fachadas de las casas, estrechos y privados, y otros amplios, lo suficiente para que pase el carro de la basura sin precariedad ni daños, o para que sus dueños frunzan el ceño ante la expresión callejón y aseguren con autoridad que es un barrio completo. La gran mayoría de callejones tienen por nombre el apellido de la familia que lo ha habitado por mucho tiempo o que lo urbanizó. Algunos tienen otro tipo de nombre, como El rincón del olvido, el Callejón de los Pinochos, El calvario, o el Callejón de los Cocos. Este último está ubicado al lado de la Unidad Deportiva Zona Sur, y que según Ofelia Mejía, que vive en él hace 30 años, es llamado así porque a su hermano Luis Alfonso lo apodaron el Coco, por como quedaba cuando le cortaban el cabello. “Peladito como un coco”, recuerda doña Ofelia.

No hay palmas

Director general: Esteban Castaño Román Jefe de redacción: Laura Montoya Carvajal Edición ortográfica: Andrea Montoya Vásquez Diseño gráfico: Ricardo Salazar González Diagramación: Carolina Venegas Rivas Fotografía: Manuel Franco Angarita Foto de portada: Manuel Franco Angarita, Laura Montoya Carvajal Administración: Paola Herrera Murillo Impresión: El Mundo info@periodicoenlavia.com gerencia@periodicoenlavia.com Publicación mensual, para este mes de 8.000 ejemplares para el Municipio de Sabaneta, Antioquia. Distribución gratuita 2014

Todos los Cocos, como llaman también a los hermanos de Luis Alfonso, vivieron en ese callejón. En la actualidad la única de la familia que aún vive allí es doña Ofelia. Su casa queda al principio, en el terreno que le correspondió por la herencia que sus padres Francisco María Mejía y Bernardina Cardona les dejaron a ella y a sus nueve hermanos, y que fue distribuido con fichos. Ella se sacó el diez y le tocó el último pedacito de tierra. Allí construyó su casa para criar a siete hijos pequeños junto a su esposo, Evelio Torres, hace más de 28 años. Antes de esto, el sector era una gran finca con cafetales, naranjos y sembrados de caña de azúcar. El lugar es lo suficientemente ancho para que quepa un carro grande y tiene edificios de varios pisos, y al final de la calle una casa redondeada y pintada de amarillo cierra la vía del paso de los carros, pero tiene a un lado una pequeña vía peatonal que conecta con la calle siguiente. Según doña Ofelia, es un excelente lugar para vivir: “no ha llegado a haber problema, ¿sabe por qué? Porque nadie está metido en las casas del uno o del otro hablando chismes y por eso vivimos bueno.”


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De izquierda a derecha: Callejón de la concha, Callejón de los Montoyas, Callejón de los Cocos, Callejón Manuel Restrepo o del diablo.

A la izquierda del mango Cerca, en el sector del Plebiscito, hay un callejón con una historia similar. Su entrada, ubicada entre dos casas, una de ellas con un gran árbol de mangos, tiene una reja negra que da a un pasaje estrecho y peatonal, que unos metros después se ensancha, al terminar el muro de una de las casas, y se llega al Callejón de los Montoyas. Allí viven los hijos de Rafael Montoya y Bertha Montoya con sus familias, que también hace unos 30 años lotearon su finca para dar casa a sus herederos. Adentro, un perro blanco y negro llamado Aarón acompaña a Juan Álvarez, que pule con una espátula las escaleras que, frente a su casa, llevan a un segundo piso. Él es esposo de una de las herederas de doña Bertha, y padre de tres hijos. “Antes esto era puro monte”, menciona, y nombra, señalando las fachadas, a los Montoya que viven allí, incluyendo a la madre de su esposa, original urbanizadora del lugar.

Espacio personal corto A media cuadra de Calle Larga hay un callejón lleno de multiplicidades. Una señora corre, jugando con su pitbull amarilla, mientras otros vecinos hablan afuera de sus casas. Al preguntar por el nombre del lugar, sonaron respuestas diversas: “le decían Niquitao o Lovaina a veces, por las peleas”, comenta Adriana Galeano, que vive allí hace siete años. “San Francisco”, dice un señor que escucha la pregunta a lo lejos. El Chispero también se consideró un momento. Finalmente, están de acuerdo en que se llama el Callejón de la Concha, porque así lo dijo Miriam Castañeda, que ya lleva 32 años en su casa, la última a la derecha. Ella recuerda que antes el sector se componía de mangas pantanosas con cafetales y guayabos, ‘lagunas’, y que por eso la humedad se ve a veces en los pisos de las casas. Cuando ella llegó, sólo había seis viviendas. Ahora el callejón tiene construcciones de tres pisos. Las conversaciones se escuchan claramente al pasar entre los muros altos, hay ventanas rotas en una casa vacía y estampitas religiosas en una puerta de metal. Se percibe tranquilidad, una muy valiosa para quien habita el callejón, porque éste tiene una historia de conflictos y tragedias. Según Miriam y Adriana, hubo una época en la que se daban constantes peleas entre familias, que por el espacio tan reducido se volvían territoriales y amedrentadoras. Eran celosos con sus aceras y sus espacios. Finalmente, un hombre fue asesinado en medio de una pelea, a la que entró defendiendo a un niño travieso que estaba siendo amonestado por dañar un vehículo. Con el tiempo, la situación se calmó, algunas familias se trasladaron y el callejón se volvió rincón preferido de muchos niños del sector para jugar sin interrupciones.

Buscando al diablo Otro callejón de varios nombres queda saliendo de Sabaneta, diagonal al Hogar Nazareth. El que le da el Municipio oficialmente es Callejón o barrio Manuel Restrepo, pero también es conocido como el Callejón de Germán Garcés, San Antonio III o Callejón del diablo. Su entrada tiene, de un lado una tienda y una guardería, y al otro una taberna. Al entrar, pueden verse cuatro casas muy antiguas, de más de 50 años, dice Luis Norman Arias, quien vive en el Callejón hace 60 años aproximadamente. En su casa actual, de fachada verde, crió a sus nueve hijos. El señor Arias tuvo una tienda por 20 años al lado de su hogar. Él expresa que siempre ha vivido muy tranquilo y que no tiene intención de irse, y menos ahora, después de haber sobrevivido un infarto hace cuatro años y teniendo 10 nietos, algunos muy pequeños: “a mí me dicen venda la casa y yo digo, no, por ninguna plata la vendo.” Juan Manuel Montoya, de 48 años, es el encargado de la taberna La 60, sucesiva a la entrada del callejón. Vive hace 47 años en una de las casas más antiguas del sector, al lado de la taberna, que él asegura puede tener unos 80 años o más. Manuel Restrepo, quien fue el dueño del terreno y planeador del barrio, era cuñado de su mamá. Cuenta que al principio, cuando Sabaneta aún era parte del municipio de Envigado, el callejón era calle destapada y tenía ladrillera, zapatería, sala de velación y marraneras, e incluso, hasta hace poco, un convento ubicado en una de las casas al final del callejón, donde vivían 10 hermanas. Hoy estas actividades se desplazaron o desaparecieron y ahora son casas de familia o parte de las grandes unidades residenciales que se desarrollan alrededor del barrio, que aún conserva muchos residentes antiguos. Como en el Callejón de la Concha, el Callejón del diablo también tuvo una época de conflictos. En los ochentas hubo muchas diferencias entre familias: “cuando se fue a realizar la primera Navidad comunitaria con las Hermanas Oblatas, los mismos vecinos quisieron oponerse a hacer la Navidad en el Callejón, porque la gente peleaba mucho; entonces la madre Francisca Bernarda dijo: ‘con mayor razón vamos a hacer la navidad en el Barrio para sacar el demonio de aquí’”, recuenta Fernando Flórez, historiador local. Otras historias incluyen duendes, mujeres con dones adivinatorios, pero según el relato del señor Flórez, es desde la declaración de Sor Francisca se conoció el Callejón con el nombre de El diablo


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Hogar lita posada: una vida al

servicio de la infancia Por Hugo Alejandro Díez Montoya hugodiezmontoya@gmail.com

M

iércoles de ceniza, nueve en punto de la mañana, cielo completamente azul y calor sofocante, unos veinticinco grados. Estoy frente al Hogar María Auxiliadora Lita Posada, toco la puerta y me abre la hermana Ana Piré, actual directora de la institución, la semana anterior había hablado con ella para que me dejara entrar al hogar, no lo recuerda, pero igual me permite seguir. Me pide que la espere un momento en una pequeña sala donde un hombre al que le faltan las dos extremidades superiores termina de desayunar. Hay un escritorio con un computador moderno y varios cuadros de Juan Pablo II y Benedicto XVI. La hermana Ana no se tarda, me mira con desconfianza y con algo de resistencia me dice que ni ella ni la hermana superior pueden atenderme, pero que puedo ingresar y hacer el recorrido por el internado. Después de la pequeña sala de espera, está el comedor, un gran salón iluminado y amplio que se conecta con un patio al aire libre, donde el fuerte sol de la mitad de la mañana se estalla contra el suelo. Al fondo del comedor está la cocina, dos monjas están preparando el almuerzo, el olor a sopa se riega por todo el lugar, recién habían terminado de limpiar algunos estragos del desayuno. Al fondo se alcanzan a escuchar los niños. La jornada en el hogar comienza a las cinco de la mañana: los niños se levantan, organizan la habitación, donde hay ubicados trece camarotes como un rompecabezas, se bañan por turnos y pasan al oratorio. Una vez terminada la oración, van al comedor a desayunar, lavan los platos que utilizaron, dejan en orden el lugar y se dirigen a las aulas para hacer las tareas con las hermanas. Al final de la mañana, en compañía de la directora, caminan en fila india hasta el colegio José Félix de Restrepo Vélez, que está a unas ocho cuadras del hogar. Al final de la tarde, cuando regresan de estudiar, luego de comer y hacer un corto reposo, reciben clases de diferentes disciplinas artísticas y deportivas, como dibujo, graffiti, break dance, modelación de figuras en plastilina, fútbol y taekwondo, lo cual hace parte de un convenio de apoyo con la Casa de la Cultura La Barquereña y el Instituto para la Recreación y el Deporte, Indesa

Treinta niños entre los cuatro y los nueve años de diferentes lugares del Área Metropolitana habitan el hogar, ninguno de ellos es de Sabaneta. Allí llegan los domingos después de la seis de la tarde, con las tareas hechas y la ropa limpia, y permanecen hasta el viernes una vez terminada su jornada escolar. En las mañanas, entre otras actividades, las hermanas les ayudan con las tareas y los trabajos del colegio y les facilitan todo lo necesario para que puedan hacerlas. En el segundo piso del hogar hay una biblioteca donde tienen diferentes colecciones de enciclopedias y libros escolares, que las hermanas tienen clasificados de acuerdo al grado: Matemáticas quinto grado, Ciencias sociales tercer grado, Historia cuarto grado. También había, entre muchos otros libros, una edición de Ética para Amador de Fernando Savater y otra de Un viaje a la Luna de Julio Verne. En vacaciones los chicos se van para sus casas, salvo algunas excepciones, casos de padres ausentes o que viven y trabajan lejos de Medellín, en esas ocasiones, se quedan durante ese periodo en el hogar, al cuidado de las hermanas. Esto también

ocurre los fines de semana, hay padres que por alguna eventualidad no pueden acudir por sus hijos y estos deben permanecer sábado y domingo en el hogar, la mayoría de ese tiempo los niños lo pasan en la sala de juegos que hay en el segundo piso, allí encuentran diferentes tipos de entretención y pasatiempos, o practicando fútbol en la improvisada cancha que fue adecuada en la terraza del hogar. En uno de los salones, los niños están terminando las tareas con la hermana Piré. Los más pequeños están coloreando dibujos libres y los más grandes buscando significados en unos diccionarios, otros dos le dan vueltas y vueltas a unas operaciones aritméticas. Borran y repiten, discuten, miran los ejemplos que hizo el profesor en clase. La hermana pasa por cada puesto, admira los dibujos, revisa los significados y mira de reojo las matemáticas. Los niños salen del salón y están como locos ante la presencia de extraños, la cámara fotográfica les llama poderosamente la atención. Se forman como un equipo de fútbol para una foto, se ponen cachos y hacen muecas, corretean por todo el patio bajo el duro sol que llega al cenit.


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Saltan, gritan, se ríen, otros no dejan de mirar con curiosidad. Las hermanas tratan de calmarlos. Uno muestra una carta que le escribió a una compañera del colegio que dice es su novia. Otro trata de llamar la atención haciendo piruetas. La felicidad y alegría de estos niños sobrevive a pesar del encierro y las situaciones adversas de sus vidas, no se apaga con nada, no debe apagarse, la felicidad de los niños es lo más importante, su bienestar debe ser siempre una de las máximas aspiraciones de la sociedad. La mayoría de estos chicos provienen de hogares disfuncionales de estratos cero, uno y dos, donde sus madres son cabeza de hogar y no pueden cuidar de ellos, algunos han sufrido de violencia intrafamiliar y abuso sexual y presentan problemas como déficit de atención, hiperactividad y otro tipo de problemas psiquiátricos. Hace poco se conformó en el hogar un equipo interdisciplinario que se encarga de tratar todas las dificultades físicas, emocionales y psicológicas que se presenten en los niños, el cual está conformado por una sicóloga, una nutricionista y dos practicantes universitarias de Trabajo Social, quienes hacen su labor como un aporte voluntario y sin ánimo de lucro. De vuelta en el comedor, nos reencontramos con la hermanas de la cocina, la más joven, unos treinta y ocho años, que no quiso dar su nombre y por lo tanto llamaré la monja amable, se acerca y comienza a contar la historia del hogar: La hermana Josefina Garcés Baena, una religiosa de la comunidad de la Presentación de cuarenta años de edad, educadora de profesión, recibió un día cualquiera una inspiración de Dios que le decía que debía trabajar por la niñez pobre y desamparada. La hermana Josefina, una mujer, según quienes la conocieron, de una gran sabiduría, pidió la exclaustración del convento de la Presentación para poder dedicar su vida a ese mandato divino, pero esta le fue negada. Entonces, junto a un grupo de colaboradoras, también religiosas, comenzó a enseñar catequesis y principios éticos y morales a los niños de escasos recursos en el convento de Palos Verdes en Barranquilla. Tiempo después regresó a Antioquia para cuidar de una pariente suya que vivía en el municipio de La Estrella y se encontraba muy enferma. Fue allí, en el terreno donde vivía su familiar, donde la hermana Josefina Garcés fundó la congregación de la hermanas de la Providencia Social Cristiana y comenzó a cumplir finalmente con la labor divina que le había inspirado Dios. A Sabaneta llegó un 29 de febrero de 1968 y cinco años después, en un terreno donado por la señora Lita Posada, ubicado en el barrio Calle del Banco a sólo una cuadra del parque principal y con ayudas económicas de personas pudientes

del Municipio, se construyó lo que hoy se conoce como el Hogar María Auxiliadora. Para su sostenimiento los padres de los niños deben aportar una mensualidad que varía entre los ochenta y los cien mil pesos, de acuerdo a sus capacidades e ingresos. La alimentación diaria está supeditada a la colaboración de los benefactores, en muchas ocasiones, las hermanas se ven obligadas a improvisar en las comidas y deben reemplazar algunos alimentos como la carne. Hace poco, con la ayuda de algunas organizaciones y de particulares, se adecuó dentro del hogar un teatro y un auditorio, allí se realizan cada mes unos talleres con las familias, donde se les enseñan pautas de crianza, de autoridad y de cuidado del cuerpo y donde cada tanto, la Casa de la Cultura proyecta películas para los niños y realiza conversatorios sobre su contenido. El mantenimiento y las mejoras en la infraestructura del lugar se hacen mediante la ayuda de organizaciones y empresas privadas y de empresarios locales o personas adineradas de Sabaneta. También las hermanas realizan otro tipo de actividades para conseguir fondos, como bazares y rifas. Muchas veces cuando estaba niño, mis papás, buscando corregir mi mal comportamiento, amenazaron con enviarme al internado, mentían,

yo imaginaba que lo que había tras esos muros era horrible, que ahí adentro era el mismísimo infierno, entonces comenzaba a comportarme bien, a cuidarme de no caer a ese lugar triste. Ese día estaba ahí, frente a los niños que viven en el internado, los veo felices, saltando y corriendo y tirándose al piso, no es el infierno, es un lugar tranquilo, silencioso, el sol lo ayuda a verse feliz, con los jardines que las hermanas cuidan florecidos. Los chicos ya están acostumbrados y no se ven tristes, es una resignación inconsciente, natural, es su verdadero hogar y las hermanas son su familia, ellos las quieren y las respetan, es otra perspectiva, no podemos desde afuera (tampoco desde adentro) entender cómo ven ellos ese lugar de muros altos y ventanas internas donde viven, donde pasan las horas y los días, donde combaten como guerreros contra la interminable rutina

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Fundación Mamá Adelfa: nueve ‘bolillos’, un solo corazón

“Siempre para servirle” Por Laura Mejía Moreno lauramejia93@gmail.com

A

sí como la Madre Teresa de Calcuta, con la misma entrega y el mismo corazón. Así, tal cual a ella, solo que acá cerquita, a la mano de todos, para usted, para ella, para él, a fin de cuentas, para todos. Doña Adelfa, con su par de manos, sus nueve ‘bolillos’, su frase célebre de “siempre para servirle”, poco dinero y algunos consejos en los bolsillos, procuró durante sus 73 años brindarle a este rincón en el Sur del Valle de Aburrá, al Municipio de Sabaneta, lo mejor de sí. Una mujer servicial que en cuerpo y alma se le entregó a su comunidad. “La vida da muchas vueltas. Mi mamá fue una persona que siendo de una familia muy pudiente en su época pasó a ser una persona pobre”, recuerda María Victoria Montoya, su hija, mientras se ríe con quienes pasan saludándola. Continúa y asevera “ella fue una persona luchadora y emprendedora… en Sabaneta todo el mundo conoció a mi mamá, porque tenía un corazón tan grande que no había alguien que no tuviera que ver con ella.” A lo mejor esa convicción propia y esa fe ciega en el otro, aunque fuera desamparado, la llevaron a nunca renunciar, a nunca agachar la cabeza, a siempre seguir adelante. Incluso cuando Francisca Brymick, fundadora de la empresa Curtimbres Sabaneta 35, le preguntó que ella cómo pensaba pagarle la carrera a su hijo Guillermo en la Bolivariana, si esa Universidad era muy cara, doña Adelfa

le contestó, de forma simple pero tajante: “pues con estas dos manos.” Adelfa Mesa Montoya comenzó una labor de servicio, de asistencia al desfavorecido económicamente, una obra que hoy continúa en las manos de sus hijos, sus ‘bolillos’, quienes crearon en 2005 la Fundación Mamá Adelfa, en honor a ese ejemplo maternal que les inculcó desde niños la vocación de auxiliar al más necesitado. El año 2003 se llevó consigo a mamá Adelfa, pero su sueño quedó como legado para el tejido social de Sabaneta. Un sueño que intenta acoger el mayor número de familias sabaneteñas de bajos recursos . Una ilusión que hasta el momento se convirtió en realidad para dos bachilleres, quince universitarios y once familias que resultaron beneficiadas de las donaciones recibidas por medio de la Fundación. Los requisitos para los estudiantes puedan acceder a estos beneficios es que su familia difícilmente les pueda costear los estudios. “Nosotros no exigimos el mejor puntaje porque creemos que el buen estudiante no es el que tenga la máxima nota, pero sí pedimos que nos cumplan y que rinda en el semestre o el año escolar”. Aunque a no a todos se les paga la educación por completo, a algunos se les contribuye supliéndoles otros gastos como los pasajes, por ejemplo. El apoyo que ofrece Mamá Adelfa, con el especial amparo de

su hija María Victoria Montoya, es principalmente fomentar acciones en pro de la educación (básica, secundaria y universitaria), la promoción de viviendas dignas y de la salud alimentaria. Aquello que empezó con la simple convicción de ayudar, teniendo como punto central el criterio de que “la caridad comienza desde casa”, actualmente se sostiene con el esfuerzo voluntario de quienes los apoyan donando auxilios monetarios, materiales de construcción o prendas en buen estado para el ropero comunitario. Porque pese a las dificultades que se presenten para el sostenimiento de la Fundación, al fin y al cabo el sentimiento que mueve a los participantes en Mamá Adelfa no es menos que el que movió a la Madre Teresa de Calcuta: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”. *Nota patrocinada


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no son flores, son

verdades

Por Jorge Contreras Blanco jcontrerasblanco@gmail.com

“Explotamos como estrellas, morimos como ellas, nacemos y hacemos universo…” - Bolta.

C

onocí a César Julián García Ceballos poco antes de que decidiera abandonar Comunicación y Lenguajes Audiovisuales para comenzar Producción Musical en la Escuela de Audio y Sonido de Colombia, ubicada en Envigado, a finales del 2011. No perdimos contacto. Ahora tiene 21 años y está próximo a graduarse. César Julián García es alto, delgado, de barba, varios tatuajes y siempre usa un atuendo muy particular. Es famoso por usas plataformas altas en los conciertos, en la calle, para sesiones de fotografías y demás. En su interior existe una mezcla rara, poco común, varias cosas lo hacen particularmente distinto a cualquiera: tiene algo tan asiático como un tamagotchi, algo tan comercial como Disney, algo tan adulto como su música, algo tan compuesto como su melodía y algo tan peculiar como sus gafas, pero si realmente existe algo que identifique a César Julián García Ceballos son sus plataformas, 3 pares en total., Unas negras de 12 centímetros de altas, las azules de 14 centímetros y las blancas de 19 centímetros. Así es Césitar, como le dice su mamá. Dibujos animados pintados sobre hojas, más de veinte muñecos sobre un escritorio, un marranito rosado, un piano con su pianista (¿de qué tamaño?), un computador, un equipo de sonido propio de la década de los 80’s, un cómodo sofá y una colección de películas, posters y discos de Miranda! adornan la biblioteca del apartamento que comparte con su mamá, “es mi cuarto preferido… casi siempre estoy acá, en mi cuarto sólo está la cama y el armario.” me aclaró el Capitán Saturno. Setecientos setenta y siete en Instagram y mil dos personas en Facebook siguen a Julián como persona y figura musical, y aunque no ha grabado un disco oficial, llena espacios donde cantan y corean junto a él y su agrupación. maga, Concordia, Medellín, Itagüí y otros más han sido testigos de música, “es chistoso porque en realidad no hemos grabado ni un solo disco” me dice riendo. En las redes sociales tiene casi el doble de los seguidores de Bolta, grupo musical que co fundó y al que pertenece. En un principio trinaba varias frases al día, ya con muchos seguidores, informaba sobre todo lo que ocurría o alguno u otro pensamiento al aire libre que lo inspiraba en el instante, cuando pregunté, me respondió que ya no tiene, cerró Twitter y seguramente con él se fueron muchas frases buenas dignas de un libro de comentarios sin razón. César descubrió la música estando muy pequeño: tenía tres o cuatro años cuando por primera vez tocó un piano; luego, fue mirando nuevos instrumentos. Actualmente toca piano, guitarra y bajo y me expresó que no tiene curiosidad por la percusión. Conoció en el colegio José Félix de Restrepo a Estefanía Álvarez, Federica Neptuno, mientras cursaban clases juntos. “No fuimos tan amigos desde el principio, en once grado ya comenzamos a hablar y a salir, descubrimos gustos similares y ya nos juntamos…” me dice César. Junto a ella hace poco más de dos años comenzó Bolta. Ella estudió diseño de modas y ha estado vinculada con la música desde hace mucho tiempo. “Bolta es un dúo de technopop colombiano que nace en 2011 en Sabaneta - Antioquia, al sur del Valle de Aburrá, el cual se conforma con las ganas de hacer un sonido nuevo para la ciudad de Medellín y sus alrededores. Federica (Estefanía Álvarez) y Capitán Saturno (Julián García) son dos

amigos que influenciados por las propuestas de los 80’s deciden emprender un viaje a través de historias vividas e imaginadas con aires melodramáticos pero optimistas frente a los sueños de las personas”, describe su página en Facebook. Es vegetariano desde hace casi una década, comenzó porque no le gustaba, le repudiaba, le daba un exagerado asco olor y sabor de la carne, luego de realizar investigaciones, consultas, y profundizar sobre el beneficio de no comer carne, me confesó que ser vegetariano y no estar ligado a la protección animal y pensamiento en pro de la defensa de ellos es casi imposible en el mundo, aunque no es su prioridad. Tuve la oportunidad de comer varios bocados de su almuerzo, unos tomates asados con una torta de la que nunca podré recordar el nombre, simplemente sabía delicioso: su mamá fue la gran chef del plato. Hizo muchos memes, gifts y caricaturas que diariamente se veían en su perfil de Facebook, todos contaban las conversaciones divertidas o chistes que surgían de los encuentros más casuales con sus amigos. “Yo quise como intentar hacer un dibujo de mí… pero me gustaba mucho el estilo de los dibujos de Cyanide and Happinness, muñecos muy poker face y planos… ¿mi marca personal? Las gafas blancas que siempre he usado”. Varias caricaturas de propia autoría lo describen, creó el Unhappiness, caricatura que representa su yo forma virtual, en todas aparece con sus productos preferidos, enamorado de ellos. Uno en particular: con la torta de crema de colores en su exterior. Rió al decirme que cree que es la más barata del mercado.

Melissa Cartagena, amiga suya y compañera de fantasías y viajes astrales, me dijo luego “César es mi alma gemela, somos dos planetas que corren juntos en el espacio”. Cartagena es fiel admiradora de la música de César, y enamorada directa de él, pero sólo ella pudo entender esa definición de amor. De gustos no tan comunes: un bolso grande, otro pequeño y una lonchera, todos marca Disney encerrados en su armario, su cuarto, donde duerme, parece no ser de él. Una guitarra colgaba de una pared, junto a la cama unas columnas grises llamaron la atención de la decoración, sería lo único que se sale de todo lo frío y corriente que aparente ser el espacio de cuatro paredes, una ventana y una puerta, el espacio más corriente para él. “Prefiero dormir sin tecnología a mi lado” me explicó. De preferencia al negro pero con momentos de rosado, verde y blanco en su vestir, sus pinturas y muy seguramente en sus pensamientos. “Flaco, sin gracia y con ojitos simpáticos” me dijo cuando pedí una descripción, y concluyó “échame las flores vos, que yo me hecho son baldados de mierda”. César es más único que cualquiera. Una docena de tatuajes me describió el Capitán Saturno que tiene, dos en el brazo izquierdo, seis en el derecha, tres en la pierna y uno en el abdomen, cada uno contó su historia en su tiempo, marcó relevancia y tuvo su razón de ser, que aún conserva. El Principito, dibujado en trazos y colores pasteles, dice que es de los que más le gustan, la historia lo identificó desde que la conoció. Reveló que no ve televisión y que sus gustos por los “anime” (animación oriental) se quedaron en los noventa “me quedé como viendo lo mismo y lo mismo y lo mismo…” Miss Tacuarembó es su película, y uno de sus libros preferidos, “El principito” es el top de su cuenta. Su autor Dani Umpi, es músico, escritor y artista plástico ocupa el segundo lugar en la torre de artistas preferidos, claro está que muy lejano de Miranda!, a quien considera su ser supremo, su mayor fuente de inspiración. Me reveló sentirse identificado con el libro, decidí no saber más al respecto. César García o El Capitán Saturno resultó ser más que ese personaje de gafas blancas y bolso de Mickey que siempre vi como su acompañante fiel, un gran artista, quizá de los mejores que pueden vivir en Sabaneta: su arte se transforma, evoluciona y da giros, como si realmente estuviera en el espacio. César resultará ser aquel ser terrenal, que aunque se mantenga en lo underground, podrá romper paradigmas y crear su propio lenguaje artístico, sus letras, su música y sus dibujos tan únicos como él. El Capitán Saturno brilla, y su luz es fuente de inspiración para otros. Y, no son flores, son verdades


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Siguenos en Facebook y encuentra: La escuela de los recuerdos

(Historiador-Robinson Cascajo)

Fotógrafo: Robinson Restrepo Cascajo

Fotógrafo: Robinson Restrepo Cascajo

L

a escuela del recuerdo: una iniciativa de el señor Robinson Restrepo Cascajo habitante de Sabaneta, cuya familia lleva una herencia sabaneteña y un legado fotográfico adquirido por donaciones de familias tradicionales y de fotos que viene recopilando desde muy joven. Una mirada al pasado es la forma de mantener vivo los recuerdos de nuestro pueblo, nuestra gente y demás curiosidades que encontraremos en este álbum liderado por el señor Robinson en alianza con Periódico En la vía.

Periódico En la vía, presente en la memoria histórica de Sabaneta.

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