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ALBERTO TUGUES

EL CASO DE UNA SANGRE DERRAMADA

Epílogo VALÉRIE TASSO Escenas JORGE DE LOS SANTOS

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ALBERTO TUGUES

EL CASO DE UNA SANGRE DERRAMADA

Epílogo VALÉRIE TASSO Escenas JORGE DE LOS SANTOS

emboscall


© Alberto Tugues © De las escenas: Jorge de los Santos © Del epílogo: Valérie Tasso © De esta edición: Emboscall Primera edición convencional: marzo de 2008 Depósito legal: B-14.140-2008 ISBN: 978-84-96716-72-8

Primera edición digital: abril de 2012


Como no muestran los pulsos el dolor de las almas, es dificultoso y casi imposible entender la enfermedad que en ellas asiste. MIGUEL

DE

CERVANTES, Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Es la mano del escribiente, ¿tiene derecho a peluca?, no sé, antaño quizá. SAMUEL BECKETT, Textos para nada


DE ESTAS VIDAS SÓLO CONTAREMOS LOS FINALES


EL PRODIGIOSO CASO DE LA VECINA MUERTA En realidad, la pintura fue el arte que primero lo fascinó. Sólo mucho después intentó expresarse por medio de la pluma y del veneno. OSCAR WILDE, Pluma, lápiz y veneno

I Dice que le reprochaban mañana y tarde por haber amado de aquella manera. Por la mala calidad de su amor, le reprochaban esto y aquello y lo de más allá, como le decían algunos haciendo gestos burlones. Y ahora, a su edad, cojo de fatiga, harto de silencio y de malas palabras, se movía por las calles como un alma desvalida, como un rastreador de la vida que sobraba a los demás, de sus desperdicios. Y todo, vuelve a decir, por haber amado de aquella manera, por habérsela llevado consigo una noche, a escondidas de los otros vecinos, una noche de invierno. Pocos segundos antes, la había encontrado tendida en la escalera, con un golpe profundo en la cabeza, que no dejaba de sangrar, y la condujo de inmediato a su propia casa, sin avisar a nadie del suceso. De carácter aventurero, ya de joven había soñado siempre con raptar a una novia, desmayada de amor, y acogerla en su casa por una larga temporada, y vivir lo que él llamaba un prodigioso noviazgo. 9


II Así fue como la convirtió en su novia. Pasadas veinticuatro horas, ya le pudo ofrecer a ella, a su querida vecina, los regalos más bonitos que había ido acumulando en el armario a lo largo de los años, esperando la llegada de un día en que también él tendría una novia. Como ahora mismo. Le daba vestidos de seda, collares de oro y plata, pulseras de nácar y pendientes con un diamante incrustado, mariposas de Brasil disecadas, latas de conserva de países exóticos, así como pañuelos asimétricos de todos los colores. Después, por la noche, le alisaba los cabellos con un peine marfileño que había heredado de su familia, antes de ponerla en la cama de la habitación más espaciosa y soleada. Minutos más tarde, también él se acostaría en la misma cama, a su lado, sin tocarla apenas, al lado de su amada, de la vecina muerta, que, según se descubriría tiempo después, fue asesinada en un rellano de la escalera por un desconocido. 10


III FICHA DE ELLA Altura: 1,68 m. Peso: 57 Kg. Cabellos y ojos negros. Viuda, sin hijos. Modista. FICHA DE ÉL Altura: 1,79 m. Peso: 62,20 Kg. Cabellos castaños, cojea de un pie, se ignora el color de los ojos. Soltero. Oficinista. (Se sabe que ella era aficionada a la natación, a leer fotonovelas y que había visto muchas veces dos películas, en blanco y negro: Un tranvía llamado deseo y Piel de serpiente. Él, según dicen, prefiere el cine de aventuras, en color, y cuando le hablan de teatro mueve la cabeza con cierta indiferencia y menciona una obra absurda que vio representar en un local de su barrio: La cantante calva. Aficionado a la química. Y también… Fichas incompletas, a rellenar a la vuelta de vacaciones del funcionario).

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IV Presunto cuerpo de ella, de la vecina modista, dibujado por una amiga para los figurines de un Curso de modisterĂ­a.

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V Aficionado a la química, aplicó al cuerpo sin vida de la vecina unos líquidos que él mismo destilaba en la cocina de su casa, como ambientador, decía a sus convecinos, para purificar el mal olor que subía del patio interior. Esos mismos líquidos, pues, que le servían ahora para disimular el olor de la amada muerta, como explicaría luego al ser interrogado. Porque el noviazgo con la muerta, en resumidas cuentas, fue cosa de pocos días, seguía explicando en el interrogatorio, no duró más de una semana, contra lo que pudiera parecer dado el escándalo que hubo en el vecindario, como si él hubiera convivido en secreto años y años, una eternidad con la novia muerta. Pero no era éste el caso, concluía el informe del interrogatorio. Listado de productos hallados en el armario de la cocina - 20 pastillas de jabón. 2 botellas de litro de jabón líquido. Éter y bolas de alcanfor. Mirra. Áloe. Estricnina. Habas de san Ignacio. - Una botella medio llena con esta etiqueta: «Solución farmacéutica para quitar las irritaciones que llegan hasta el dedo grueso del pie.» -

Azufre y amoníaco. Latas grandes de atún, vacías.

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Frascos de alcohol y agua oxigenada.

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-

Botellas de cerveza, vacías. Aspirinas caducadas.

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Té. Café. Jarabes para el resfriado, caducados.

- Un ejemplar del libro de Lange, autor del Tratado de los vapores, París, 1689.

VI Y fue precisamente cuando ya faltaba un día menos para la fiesta, que pretendía organizar para ellos dos solos, cuando golpearon la puerta varias veces, con insistencia de mal presagio, e interrumpieron la placidez del idilio en aquella casa. En ese mismo instante, al retumbar los golpes en las paredes, recordaba él, fue cuando se descompuso todo el amor que el cuerpo de la vecina muerta había retenido dentro de sí, amor que ahora, al escapársele sobre la misma cama, manchaba las piernas y labios de ambos. Así pues, manchados los dos de amor corrompido, en aquella mala hora, salió a abrir la puerta y fue detenido al momento, sin mediar palabra. Todo ocurría siempre así, en las malas horas, decía, en esas horas en que la gente se despierta de súbito y el mundo se levanta, sin discreción ni miramiento alguno. Entonces, de mutuo acuerdo, dos o tres vecinos te denuncian para que ya no puedas amar más el resto de tu vida.

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VII En el momento de la detención, al ser registrado, le encontraron un tarjetón comercial en el bolsillo de los pantalones, con estas palabras escritas al dorso: ... mas no sabe / el nombre articular que más querría. Luis de Góngora

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VIII Tiempo después, a él, al enamorado de la vecina muerta, lo condenaron a ingresar en un centro psiquiátrico, por haberse apoderado de aquel modo del cuerpo de ella, asesinada, recordemos, por un desconocido; y también a ser desterrado a perpetuidad del barrio por abusos deshonestos, que él siempre negó. Ingresado en un centro, pues, desterrado por amor corrompido, separado para siempre de aquellos vecinos, que le reprochaban haber sido feliz durante una semana, al lado de la vecina muerta, de quien él ya se había enamorado en vida cuando la vio por vez primera, seis años antes de llevarla a su casa y de quererla tal como era ahora, es decir, muerta…, se lamentaba.

Fotografía del centro en que fue internado. 16


IX Cuentan que, a día de hoy, aún no se sabe quién la asesinó; quién fue el desconocido que hirió de muerte a la vecina, aquella noche, antes de que él, el llamado novio póstumo, volviera a su casa de madrugada y la encontrara a ella, tendida en el suelo, con el rostro ensangrentado, recién muerta en el rellano de la escalera…, con aquella blusa blanca estampada de sangre…, recuerda él todavía, en silencio, mientras espera su turno en una tienda (ya vive en otra casa y acude tres veces por semana al «centro de día»)…, entre desconocidos, y alguien menciona el último rumor sobre el prodigioso caso de la vecina muerta y profanada en otro barrio, no aquí, dice el periódico, sino en el otro barrio, más abajo. Pero él calla, y sigue recordando.

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X Finalmente, después de cambiar de domicilio varias veces, acabó sus días en absoluta soledad, yendo de un parque a otro, palpando cristales de nieve, esquivo, espiando a alguien que pudiera recordarle a su novia póstuma. Pero en vano. Hasta que un día, cansado ya de andar de aquí para allá, se arrojó a las aguas del puerto y ya no lo volvieron a ver más por los parques. Así fue como finalizó esta historia, la historia de un noviazgo póstumo.

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NOTAS ENCONTRADAS EN UN SOBRE, ESCRITAS POR EL ACUSADO DURANTE LOS DÍAS DE NOVIAZGO QUE MANTUVO CON LA MUJER MUERTA, CON SU «NOVIA PÓSTUMA»

Primer día Hoy, primer día de nuestro noviazgo, le abro con suavidad los párpados para contemplar sus ojos, con el propósito de reanimar su mirada muerta. Por unos momentos se diría que me mira, me acerco más, pero no, los párpados se le cierran de nuevo. Mañana volveré a probarlo. Es medianoche, me acuesto a su lado, sus hombros parecen de mármol. Precaución, no hablar en voz alta con ella, nadie del vecindario debe sospechar de este noviazgo, de mi vida cotidiana con la novia póstuma.

Segundo día Antes de irme a trabajar, le había puesto una flor, una rosa blanca entre los dedos. Pero al regresar a casa por la noche, la flor ya no estaba allí y después la he encontrado sobre la mesa de la cocina, al lado de un cuchillo. Es extraño. 19


Tercer día Hoy también la he bañado con jabón, con perfumes varios, mirra y áloe. Le he cortado las uñas. Más tarde, he bajado la persiana y la he recostado en un sofá, de espaldas al balcón. De vez en cuando, parecía mover un dedo del pie. Cada vez que la miro, me gusta más vestida que desnuda, tiene la piel muy transparente, la toco y me estremece su palidez, tiene un brazo más blando que el otro. Los vecinos no sospechan.

Cuarto día Otra flor, un clavel rojo esta vez, que había puesto en su vientre, también veo que ha desaparecido cuando vuelvo a casa por la noche... Buscando, buscando, por fin he hallado el clavel rojo en el suelo del lavabo, junto a una hoja de afeitar. No comprendo esos cambios, esos movimientos de las flores durante mi ausencia.

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Quinto día Nunca había amado tanto a nadie. Aunque esté muerta y no me pueda mirar como yo quisiera, la verdad es que estoy enamorado de ella, de mi novia póstuma. Y no me preocupa el movimiento, el traslado misterioso de las flores de un lugar a otro de la casa. Bajo la persiana, nos besamos, y ahora deposito dos flores sobre su cuerpo lívido, una amarilla y otra azul. Sexto día No me explico lo que sucede. Todas las paredes están florecidas, llenas de rosas blancas, de claveles…, flores por toda la casa, y un estilete en el suelo.

Otros días Estamos solos y nadie sospecha de nuestra felicidad, con la persiana bajada. ........................................................... Llaman a la puerta. No contesto, me hago el ausente. Mi novia duerme. 21


............................................................ Vuelven a llamar a la puerta, esta vez más fuerte… No puede ser, esto es el fin…, duerme, duerme.

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UNA LECCIÓN PARA TODA LA VIDA (El hombre del balcón)

Le dolió aquella nota que le habían enviado por correo certificado, le dolió tanto... Ahora se disculpaban por todo lo que le hicieron aquella noche... Era un matrimonio lo que se dice feliz (vivían enfrente de su casa, pero hacía un par de años que no sabía nada de ellos), y ahora le llamaban por teléfono el esposo y la esposa para invitarlo a celebrar no sé qué, no lo había entendido bien, y le dijeron que no se preocupara, que ya conocían su gusto por la vida solitaria, sus costumbres de soltero huidizo, pues se trataba de festejar no sé qué (continuaba sin entender el motivo), en una reunión bastante íntima, con cinco o seis personas a lo sumo, le anunciaban para convencerlo. Resolvió que lo mejor sería ir, asistir a dicha celebración, ya que de este modo también volvería a tener ocasión, después de dos largos años, de verla otra vez, de estar al lado de la esposa, de quien se había enamorado en secreto en otro tiempo, en aquellos días de juventud en que él perdía todas las novias a manos de los extraños, casi siempre pretendientes nuevos y recién llegados a las fiestas. Así pues, asistió a la convocatoria del matrimonio feliz. Pasados los primeros minutos, como le sucedía a menudo, se sintió ya a gusto en compañía de aquellos 23


otros invitados (al final, fueron cinco y el matrimonio anfitrión). Todo resultó alegre, sabroso, de lo más exquisito. Ya de madrugada, uno a uno se fueron despidiendo. Él también se ponía el abrigo y se disponía a salir, cuando le dijeron que se esperara un momento a que se fueran todos, porque deseaban comunicarle algo personal, muy personal. Él, un tanto sorprendido, esperó junto a la mesa del comedor. Cuando los esposos se despidieron del último invitado y cerraron la puerta, los dos se fueron corriendo a una habitación..., saliendo después ambos con una bata de estar por casa, el marido con albornoz rojo y la mujer con uno blanco. Se le acercaron sonriendo, se abalanzaron de pronto sobre él, lo agarraron de un brazo y lo arrastraron hasta el lavabo. Allí, a empujones, lo pusieron de rodillas junto a la taza del wáter y le dijeron que le iban a mostrar los atributos de la maternidad, para que sus pobres ojos de soltero, de ser infecundo, le decían, vieran de qué modo se amamanta a las criaturas. La mujer se desabrochó la bata, y se puso también de rodillas junto al invitado, a quien rozaba con sus pechos mientras su esposo le apretaba y le estiraba los pezones oscuros, apretaba y estiraba más, hasta que unas gotas blancas cayeron en la taza del wáter. Riendo, escupiendo sobre la cabeza humillada del invitado, exclamaron que así se amamantaba a las ratas de abajo, de la cloaca, allí donde cada noche, ellas, las ratas, aguardaban sedientas las gotas de leche 24


que la esposa derramaba por la taza del wáter... Pero los dos esposos le explicarían muchas más cosas, la broma continuaba, dijeron. Entonces, le golpearon el rostro con un vaso, hiriéndole los labios, y con unas pinzas doradas le abrieron la boca..., y suavemente, con mucha suavidad, le fueron introduciendo entre los labios, que ahora sangraban por las comisuras, una cabeza de ratón aún tibia..., una cabeza recién cortada con los cubiertos de plata que él había utilizado en la mesa, una cabecita hervida a fuego lento, con una hoja de laurel..., según le iban comentando antes de que él vomitara aquella pequeña cabeza, lo ayudaran a levantarse, mareado, y le limpiaran la boca con agua, limón y enjuagues de menta. Cuando se despidieron, pasado el vómito del invitado, del último invitado, le dieron un beso en los labios heridos, aquellos labios que aún temblaban de náuseas. Y ahora, después de unos meses, le mandaban una nota pidiéndole disculpas por aquella broma de mal gusto, pues sólo habían querido darle a entender que no debía seguir enamorándose de las mujeres ya casadas, mirándolas con deseo malsano desde el balcón, espiando a aquellas esposas ocupadas en amamantar a otras vidas, a otros seres, y en cuyas habitaciones él nunca sería bien recibido. Desde entonces, vive apartado de todo el mundo, y sólo es feliz coleccionando y releyendo los miles de cuentos que una sobrina suya había escrito y repartido entre el vecindario, una joven muda, bellísima, que se 25


suicidó al ser abandonada el día de su boda. Manuscritos de cuentos que él, su tío, guarda en un viejo álbum y que está dispuesto a publicar en el futuro, en una edición de lujo, dice, dedicada sólo a los amantes de los cuentos.

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ÁLBUM DE CUENTOS (Escritos por una sobrina muda del personaje anterior)

EL FLAUTISTA Érase una vez un flautista vagabundo que iba por los caminos tocando las melodías más tristes. Cuando los vecinos de las aldeas le preguntaban por qué sus melodías eran tan tristes, él respondía que era por culpa de un vaso de agua fresca que no pudo ofrecer a una bella dama desconocida, que un día de lluvia pasaba por el camino, perdida, tosiendo. Y por eso ahora, cuando va por los caminos del bosque, por los valles y aldeas, recuerda aquel día en que tocaba las melodías más tristes, rodeado de pájaros y zorrillos, con un vaso en el bolsillo para ella, la bella dama desconocida, que andaba perdida por los caminos, bajo la lluvia, tosiendo.

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LA PLAYA

Ésta es la historia de una niña que escarbaba en la arena de la playa. Le habían dicho que encontraría regalos prodigiosos bajo la arena. Y cada tarde se escapaba de su casa e iba a la playa a buscar los regalos. Escarbaba y escarbaba, hacía unos hoyos en la arena cada vez más grandes y profundos, hasta que un día le deslumbró un resplandor que surgía de abajo, de las profundidades. Se introdujo en el hoyo, y fue siguiendo el rayo de luz que venía del fondo del mar, cruzó aldeas de cangrejos y sardinas plateadas, escondrijos de coral y esplendores de hierba, hasta que un caballito de mar le indicó el camino a seguir: «Tuerce a la izquierda», le dijo, «y lo encontrarás». Y entonces fue cuando la niña llegó a aquel cementerio de muñecas muertas, con las tumbas profanadas, y los miembros de las muñecas desparramados por el suelo, entre las lápidas de musgo, destripadas sus barrigas de virutas. Desde entonces, cuando alguien le quiere hacer un regalo prodigioso, se pone las manos en los bolsillos y sale corriendo a la calle.

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LA OTRA CENICIENTA

Es cierto que esta cenicienta, la más pobre de las cenicientas, pudo asistir al baile gracias a la varita mágica de un hada, y que fue muy feliz bailando un vals tras otro con el príncipe azul, hasta que se hizo de noche, el sonido de las campanadas fatídicas penetró en el salón de baile, y ella, la más pobre de las cenicientas, tuvo que salir entonces precipitadamente del palacio, momento de peligro en que perdió el zapato de cristal. Lo que muchos no saben es que el príncipe ya no volvió a encontrar a la cenicienta en los días siguientes, y se quedó con el zapato de cristal en la mano, esperando. Pero al cabo de mucho tiempo, cuando le relataron la verdad sobre el caso de la cenicienta, resolvió serle fiel y seguir en la espera. Estuvo años y años esperándola, hasta que ella, la cenicienta, pudo al fin salir libre de la cárcel adonde había sido conducida por el asesinato de la madrastra y sus dos hijas malévolas. Asesinato cometido unos momentos antes de que regresara del baile de palacio la más pobre de las cenicientas.

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UNA HISTORIA DE AMOR

Esta es una historia de amor que comenzó mucho tiempo atrás, cuando todavía eran niños. Veraneaban en la misma aldea, les gustaban los mismos juegos, y así fue como aquellos dos niños fueron enamorándose. Uno tenía

nueve años, y el otro diez, eran, pues, dos niños de parecida edad e incluso de rasgos semejantes. Sin embargo, al decir de la gente, el niño de diez años era más guapo y 30


fuerte que el de nueve años, éste más delgado y todo él más delicado, decían también las gentes del lugar. Y aunque siempre entraban y salían juntos de todas las casas, de todos los lugares, en un principio, en los primeros años de esta amorosa amistad, los dos niños no eran aún acusados de mantener ningún amor extraño. Esto sucedió más tarde, años después, cuando iban aún a veranear al mismo pueblo, frecuentaban juntos las mismas casas y se divertían con los mismos paseos y otros juegos. Pero ya no lo hacían como antes, despreocupados, riéndose mientras saltaban de una piedra a otra, cruzando charcos y ríos, subiéndose y bajándose de los árboles más altos. Ahora se escondían. Disimulaban el amor que uno sentía por el otro, sus miradas se fueron volviendo más desconfiadas, y fue entonces cuando las gentes comenzaron a murmurar, a vigilar sus movimientos, sus juegos y paseos. Ahora, pues, los dos jóvenes enamorados se escondían, ocultaban su amor. Ya no eran aquellos dos niños, enamorados el uno del otro, que a la gente les hacía tanta gracia ver juntos por las casas y los caminos. Y así su presencia, en aquellos últimos veranos, se fue haciendo cada vez más angustiosa para ellos y también para los vecinos del lugar. Habían dejado de quererlos, se dijeron el uno al otro, entristecidos, ya no les miraban con alegría y afecto, y más de uno evitaba saludarles o encontrarse con ellos. Así que un día, al anochecer, salieron a pasear, se fueron alejando del pueblo, y ya no regresaron nunca. Desde entonces ya no volvieron a esconderse. 31


LA NOVIA PÁLIDA

La novia pálida, decían que era la novia pálida y abandonada del lugar. Y también decían que por las noches, mientras dormía, a la novia pálida le crecían flores dentro del corazón y entre las piernas. Y que sus propias manos eran el jardinero que las cortaba. Pero lo que no sabían los habitantes del lugar, era que entre las manos de la novia pálida había otra mano, una mano desconocida, que era quien cortaba las flores de su cuerpo. Cuando la encontraron muerta en el bosque, tenía otra mano entre sus manos, una mano cortada, y el vientre ensangrentado cubierto de flores, flores recién cortadas.

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ORFEO DE BARRIO

Orfeo de barrio, ha bajado a los infiernos cruzando calles y bares, laberintos y jardines. Un cancerbero le ha detenido y preguntado: «¿A dónde vas, tan errante y perdido?». «Busco a Eurídice», le responde Orfeo. El cancerbero le señala una escalera, por la que ya desciende Orfeo. Pero en un rellano se encuentra a una niña, triste, apoyada en una pequeña maleta. Se para y se acerca a ella, preguntándole también. Ésta, mediante silencios y gestos, le hace saber que no puede hablar, pues está custodiando un amor. Con la mirada, sin embargo, le indica la entrada a otra escalera, y Orfeo se despide de la niña, prosiguiendo su descenso al abismo, escaleras abajo. Cuando llega al penúltimo círculo del infierno, otro cancerbero le dice a Orfeo que ella, Eurídice, ya no está allí encadenada, pues que se ha casado con el conserje mayor del reino infernal. Y ambos viven ahora, le dice, en la zona residencial de los infiernos, en donde tienen prohibida la entrada los poetas errantes como él. Desconsolado, vuelve Orfeo a subir todas las escaleras, comprueba que la niña también se ha ido de su rellano (pero ha dejado la pequeña maleta), y continúa subiendo una escalera tras otra. Hasta llegar de nuevo a la bodega de su barrio, con un ojo más perplejo que el otro, pero cantando aún las primeras estrofas de «El cancionero de la nada amorosa». 33


(Nota para el futuro editor: Al parecer mi sobrina conocía parte del «Cancionero» que yo estaba escribiendo, para contar mis dolencias de amor, y más tarde me dedicó este cuento.)

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PÁJAROS VIVOS, PÁJAROS MUERTOS ...habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro. RUBÉN DARÍO, El pájaro azul

En una calle de los barrios bajos, junto al puerto, había una vez una niña que hacía siempre la misma pregunta, tanto a conocidos como a desconocidos: «¿Dónde están los gorriones muertos?» Ya que, continuaba diciendo la niña, por las calles sí que se encontraba con palomas enfermas o muertas en un rincón, y por balcones y ventanas siempre veía a los pájaros vivos, unos volando y otros picoteando en el suelo, pero, en cambio, nunca encontraba por la calle gorriones muertos. Lo preguntaba otra vez, y sin embargo nadie le respondía. Hasta que un día le cayó una pluma de gorrión en la mano. Al día siguiente, volvió a pasar por el mismo sitio y le cayó en la cabeza otra pluma. Y así día tras día se iba cubriendo de plumas. Hasta que al cabo de un tiempo dejaron de lloverle plumas en la mano y en la cabeza, y entonces, aunque nada veía, la niña adivinó que el gorrión de las plumas había muerto. Y ya no hizo más preguntas a los adultos conocidos o desconocidos. Y ahora paseaba más triste por las calles de los barrios bajos, cerca del puerto, extendiendo la palma de la mano para amortiguar la caída de los gorriones muertos.

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VIAJE ALREDEDOR DE LA HABITACIÓN

Érase una vez un niño que vivía en las nubes, y daba vueltas y viajaba por los alrededores de su habitación. Pero un día conoció a una niña, y ahora juntos daban vueltas y vueltas, juntos viajaban por las afueras de la habitación. Al cabo de un tiempo, la niña partió con otros niños, sin avisar, a tierras lejanas, muy lejanas, y el niño volvió a las nubes, a dar vueltas y vueltas, viajando otra vez por los alrededores de su habitación, hasta que un día llegó al fondo del mar y desapareció de la habitación.

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PROYECTOS DE CUENTOS INACABADOS

1 Érase una mujer que se consideraba un trasto inútil, y por la noche bajaba una silla de su casa a la calle, en donde se sentaba a esperar que la recogiera el camión de los trastos que pasaba por su barrio cada martes. Pero no la recogían, decía, y entonces volvía a subir a su casa, con la silla a cuestas, a esperar el próximo martes.

2 Érase un hombre que ya no quería vivir más y había decidido quemar todos los recuerdos que tenía en su casa: fotografías, libretas escritas con declaraciones de amor y pensamientos tristes, álbumes de cromos y sellos, algunos juguetes, trajes de fiesta, un chaleco de boda, una caja de pañuelos de seda que le habían regalado y que nunca usó, una revista en que salía fotografiado por casualidad, cartas de una novia, la primera, que no le quiso bastante, cartas de otra novia, la segunda, que aún le quiso menos, catorce cartas de un amigo que se casó con su primera novia, la que no le quiso bastante, etc.

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(Describir que, al hacer una hoguera en el comedor con todos sus recuerdos, provocó un incendio en la casa y también él murió quemado, ardiendo rodeado de sus recuerdos más íntimos.)

3 Escribir la historia de una niña cuya madre, decían, era una mujer de la vida, una mujer de la calle. Escribir un cuento sobre esta niña, y describir cómo la calle la gastó a ella tanto como a su madre. La gastó y la perdió a través de las calles más húmedas y escondidas. Ya se lo habían advertido las personas mayores del barrio: La calle, gasta, y hace que te pierdas.

4 Escribir también la historia de una chica que se volvió esqueleto, un cadáver amoroso que andaba de una calle a otra. Ya de niña se enamoraba demasiado. La había vencido el peso del amor. Rechazada una y otra vez, la niña se convirtió en una joven enamorada, una chica que pasaba de un amor a otro, siempre enamorada y siempre rechazada. Pero ella no se rendía y continuaba abusando del amor. Andaba siempre por los extremos amorosos, de 38


una calle a otra. Tanto abusaba de los enamoramientos, que al final su corazón acumuló tal cantidad de amor, que nadie hubiera podido compartir con ella ese peso, el peso de su amor. Hasta que un día el peso ya se le volvió insoportable y dijo que había demasiado amor en su vida. Pero como tampoco esta vez no había nadie a su lado que la escuchara, como no había nadie que la quisiera, aprovechó el dolor, el rechazo del último enamoramiento para suicidarse y dejar de amar. (Para esta narración se podría utilizar un poco el lenguaje del folletín).

5 El próximo invierno escribir una variación sobre el texto siguiente: El corazón de Charo flota sobre las aguas del Delta como una flor adamascada. Fue asesinada al amanecer. En los raíles del tren se han encontrado fragmentos del dietario de su amor. Relatos de luna llena, caligrafía imposible... (De un libro encontrado al azar en la biblioteca desordenada de mi tío al ir a buscar otro, Los papeles de Aspern, de Henry James. El volumen, dedicado a un tal Jim, está en muy mal estado, desencuadernado, y el nombre del autor aparece tachado con tinta verde.)

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6 EL BOSQUE MISTERIOSO

Érase una vez una niña que iba cada día al bosque con un pequeño cesto, a modo de maleta. Así, imaginando que llevaba una pequeña maleta, decía que podía hacer más cómodamente largos viajes alrededor del mundo. Pero una noche, al volver del bosque y palparse el corazón, sintió que lo había perdido. No sabemos lo que le sucedió allá, en el bosque, mientras viajaba de un país a otro, pero realmente había perdido el corazón en este último viaje. Ya de regreso se encontró por el camino con un niño desconocido, que le dijo que precisamente ahora se dirigía hacia las rocas, hacia los árboles. Ella le advirtió que llevara mucho cuidado, porque allí en el bosque, bajo los árboles tan altos y frondosos y las rocas tan musgosas, le podía resbalar el corazón y perderlo. Y una vez que lo has perdido, le dijo, cualquiera puede pisarlo. El niño le sonrió con ternura, y le hizo saber que hacía ya un tiempo que había perdido su corazón en otro lugar, entre los árboles y las rocas. Y que por eso ahora recorría tantos caminos e iba de un bosque a otro en busca de su corazón, con la esperanza de hallarlo un día escondido bajo algún matorral. Se despidieron, los dos con el corazón perdido. Pero 40


al juntar sus manos para despedirse, se hicieron ambos sin querer una herida en la piel, una herida cuya cicatriz, años después, fue adquiriendo la forma del rostro diminuto de una novia muerta, con un pétalo de genciana sellándole los labios.

7 DOS VIDAS

Eran dos niños que se querían, un día los separaron, y murieron. Los sepultaron en el mismo cementerio, en nichos distintos. Los días pasaban y la gente murmuraba: los niños salían de las tumbas a pleno día y seguían queriéndose. Al final, la gente del pueblo decidió tapiar con más tierra y cemento las dos tumbas. Y los dos niños ahora ya no salen a quererse a pleno sol, pero corren rumores de que siguen viéndose en un lugar más apartado, detrás de las montañas, y que siguen queriéndose pese a la muerte.

FIN DEL ÁLBUM DE LOS CUENTOS DE LA SOBRINA MUDA

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LA BALADA DE UN PERRO SOLITARIO

I Después de leer el final más triste de una historia, de no importa ahora qué historia, pero cuyo final era el más triste, salió precipitadamente a la calle, y entonces alguien le persiguió hasta una esquina, donde lo alcanzó, y sujetándolo contra la pared le dijo cuatro verdades y dos secretos, y luego le arrancó el corazón de cuajo y lo arrojó sobre los excrementos de un perro solitario, blanco pero manchado de grasa, que había pasado por allí hacía un rato. Todo esto ocurrió después de leer el final más triste de una historia.

II Sí, tenía razón quien primero le había hablado de lo sucedido. Ahora otros le confirmaban con pruebas aquella mala noticia. Y fue entonces, al comprobar lo que sucedió una noche, cuando empezó a decir que él no era él, que vivía en otra calle, o que él, en realidad, era de otro mundo. Diez veces había intentado la felicidad, decía, y otras tantas se había quedado sin conocerla. Y si ahora alguien 43


le preguntaba por su estado actual, sintiéndolo mucho no podía responderle, ya que él tenía por sana costumbre no hacer mención de lo acontecido, de las cosas pasadas. Cada vez más solitario (viviendo así no podía ser de otro modo, ya lo comprendía), un día, al ir a cruzar una calle, se cayó de lado sobre la misma acera; tendido en el suelo, sintió como si volviera aquella mala noticia y le pesara tanto que ya no pudiera levantarse, como si todo el peso de la vida le hubiera chafado el alma. Cuando llegó la ambulancia y lo pusieron en la camilla, notaron que tenía la pernera del pantalón empapada.

III Quería reponerse del tiempo, decía, de todas las noches y mañanas que habían transcurrido sin su consentimiento. Y que, por eso mismo, lo dejaban casi desnudo en medio de las historias privadas de los demás, que a él no le interesaban lo más mínimo. Para ser francos, las odiaba. Pero al final no pudo resistir más, y algo que había comido o bebido en un momento de debilidad, celebrando una fiesta que duró demasiado, le sentó mal al llegar a su casa y no pudo siquiera acostarse: le ensució por dentro y por fuera, y ya no volvimos a verlo paseando por las calles del barrio. 44


IV Las cosas estaban así, qué más podía hacer si el cuerpo se le escapaba por todas partes, y el alma andaba por ahí, dormida, extraviada. Las cosas, pues, estaban así, decía, y qué más podía hacer si el mundo, si todo había resultado al fin un engaño, una falsa promesa. Ya lo veían, el cuerpo se le había quedado un poco deformado, maltrecho de tanto buscar imposibles, escapándosele por todas partes, y el alma extraviada, dormida, tropezando cada vez más con los desechos que le salían al paso, con las basuras que le caían desde los balcones. Una mañana lo encontraron tumbado en un banco público, con los pantalones bajados, ya sin fuerzas para seguir hablando. Más tarde, algunos vecinos se avergonzarían de él. Y no se supo nada más de su alma. Seguramente aún anda por ahí, medio dormida, extraviada.

V Decía que la tristeza ya le había durado demasiado. Y también decía que por eso todo el mundo, quienquiera que fuese, éste o aquél, el de aquí o el de allá, daba lo mismo, pero que todos, en definitiva, tarde o temprano se arrepentían de haberlo conocido. 45


Aquel día repitió lo mismo, es decir, que la tristeza le había durado demasiado, antes de abandonar su casa. Luego, al poco tiempo, la vida se le fue convirtiendo en un mal olor, y dejó de molestar con su presencia a los vivos y a los muertos.

VI ANTICIPACIONES DE FELICIDAD

Desde que dijo que él no tenía miedo de los muertos, que sólo le preocupaba la mala vida que le daban sus vecinos, es decir, los vivos, se convirtió en un marginado, en el enemigo público de aquella escalera. Y así fue pasando el tiempo, hasta que ya no supo lo que sucedía a su alrededor. Pero un buen día, de pronto, comenzó a desear «muchas felicidades» al primero que se encontraba por la calle o en la escalera, por si acaso era su santo u otro aniversario, hoy o mañana o más tarde, anunciaba. Y aunque los vecinos opinaban que no era de fiar, no rechazaron aquellas felicitaciones ambulantes, y consintieron en perdonarle sus atrevimientos y rarezas. A él, sin embargo, no le gustaban ni las mujeres ni los hombres, pero se sentía obligado a anticiparse a la felicidad de ellos y ellas, y desear «muchas felicidades» a cualquiera que se le acercara. Pero una vez dicho esto, «muchas 46


felicidades», no podía esperar a que le devolvieran la felicitación, no podía detenerse a celebrar algo propio, ningún día señalado, como decían ellos y ellas. Vivía de mal en peor, es cierto, despreciaba las cosas del mundo, y no obstante estaba dispuesto a desearles una vez más «muchas felicidades», pero no podía interrumpir su paseo y celebrar las cosas más de lo debido. Tenía prisa, mucha prisa, y no sería conveniente esperar a que le devolvieran aquellas felicidades. Debía cruzar la calle, ahora, cuanto antes, e ir a la otra acera y seguir hasta el final de la calle, hasta el final, en donde él, entonces, podría respirar profundamente y desaparecer de la vista de todos ellos, a quienes un momento antes les había deseado «felicidades, muchas felicidades». El último día, antes de que doblara la esquina final de una calle, dicen algunos que llevaba la cremallera del pantalón manchada y rota. Lo dicen algunos.

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VII Lo que falta no se puede contar. Eclesiastés, I, 15

No lo era. Decía que no lo era, pero todos en el barrio sospechaban que su modo de vivir era más bien propio de un ser vicioso, depravado. Sus frecuentes salidas y entradas nocturnas, sin hacer apenas ruido; las muchas cartas y mensajes que recibía, de remitente anónimo o masculino; y las palabras, esas dulces palabras para todo el mundo, les hacía sospechar más aún. Él, tiempo atrás, ya les había dicho en alguna ocasión que sólo quería vivir apartado, solitario, que esto es lo que pretendía; conservar la unidad de sí mismo y no ser más de uno en propia casa. Pero las cosas se le fueron torciendo y quedó un tanto fragmentado. Es decir, con los años conoció algunos fracasos, y se interpretaron mal las reacciones que tuvo. Y desde entonces, es verdad, había tenido un problema de vida interior, el cual le obligaba a alterar su primera vocación de solitario y también de soltero. Pero no por ello era un vicioso, afirmaba. Lo único cierto, pues, era que, desde aquellos fracasos, ya no podía permanecer solo, como antes, entre las cosas y las personas, vivir al margen de las palabras revueltas que le llegaban por correo. Por tanto, no lo negaba, se le había complicado su escasa vida social, y 48


sobre todo se le había descompuesto el orden de su vida interior, que tanto estimaba. Y aceptaba ciertas invitaciones nocturnas. Pero no se trataba de un problema de vicio, decía, sino, a lo sumo, un problema de vida interior, un problema que ahora no podía precisar mejor. Tal problema, añadía, era lo que le hacía frecuentar algunos bares de mala vida y mala muerte. Era allí, en esos bares, donde si bien le curaban una parte del alma, acababan por dañarle la otra. Puesto que él, desde aquel tiempo de fracasos continuados, tenía el alma dividida, y cuando una parte era feliz, la otra se sentía desdichada, medio muerta. Y frecuentaba esos bares, argumentaba, porque sólo allí conseguiría un día reunir ambas mitades; que la parte menos expuesta a la vista, menos visible pero más lastimada, pudiera ser recuperada por la otra mitad y alcanzar así, por fin, la unión definitiva, la unión feliz de ambas para siempre. Pero no era ésta tarea fácil. De ahí que no desdeñara mantener relaciones en esos lugares de mala vida, de mala muerte, en busca quizá de otro fracasado que le ayudara a ir más allá y poder recuperar de algún modo la unidad perdida. Así pues, volvía a repetirlo, no tenía un problema de vicio, sino en todo caso un problema de vida interior, que le dejaba maltrecho y desperdigado entre las cosas y las personas, entre las palabras revueltas de los demás, palabras a veces malintencionadas. Un problema, sin embargo, que no podía precisar más, ni decir aún su verdadero nombre. 49


VIII Sin duda, aquel sería el peor día de su vida, pero a simple vista nadie lo hubiera predicho, nada lo anunciaba a juzgar por el ánimo con que se levantó de la cama. Siempre, por otro lado, le resultaba más fácil hablar de las cosas una vez que éstas ya habían transcurrido. Decía que no dominaba el tiempo presente, hablar y moverse entre las cuatro o cinco realidades de su vida, entre los días y las cosas mientras estaban sucediendo. Una más de sus manías. Por eso se sentía muy incómodo esperando en aquella esquina, junto a una tienda de sombreros, viviendo el presente cruel, esto es, la falta de puntualidad y también de interés, sobre todo, a decir verdad, la falta de interés de aquella persona por él, con quien se había citado una semana antes. Pero en vano esperó, jamás llegaría la persona ausente a esta esquina, junto a una tienda. Al cabo de una hora y media, se fue calle arriba, desolado, diciéndose que le pasaban esas historias, esas falsas historias, porque él no era de este mundo, pero tampoco del otro, de ningún mundo, pues. Estaba acabado. Caminó toda la noche, dando vueltas por las mismas calles, y era inútil entrar en algún bar, distraer la soledad y la tristeza, todo era inútil porque él sabía que estaba acabado para siempre. Esta última ausencia, este último abandono sólo venía a confirmar lo que ya le habían dicho tantas veces. Nunca sería de este mundo. 50


Unos días después sintió cómo se descomponía por dentro, perdió todo el control de su vida, una indigestión física y espiritual, indicaban algunos vecinos, y al atardecer se quedó al final sin cuerpo, abolida la memoria de sus peores días, y descansó. Al conocerse la noticia, hubo confusión y desasosiego en la comunidad, y uno de los vecinos aprovechó la ocasión para citar un versículo del Evangelio de san Juan: «Si fueseis del mundo…, pero porque no sois del mundo…, por esto el mundo os aborrece.» Luego de este balbuceo bíblico, los del 2º 2ª, una pareja con dos hijos, no pudieron reprimir una carcajada.

IX Hubiera querido hacer una vida normal, pero dice que no le dejaron tranquilo ni un solo día. Malos recuerdos, malos ruidos, siempre malas noticias. De este modo, pues, era imposible llevar la vida normal, la vida corriente de la que tan bien le hablaban todos. Y comenzó a hacer cosas extrañas, cosas raras, a tener lo que se dice una vida poco normal, insociable, marginada, huyendo de los otros, de las otras vidas, haciéndose el hombre invisible que atraviesa de incógnito las calles de la ciudad, como en una película. O sea, que le habían obligado, entre unos y otros, a tomar una serie de medidas para seguir viviendo. Y así se 51


fue acostumbrando a visitar casas y otros lugares de perdición, donde era frecuente que el alma desapareciera, entrometida, en el jaleo que hacían las vidas fracasadas al precipitarse unas contra otras. Tampoco hubiera sido una buena solución vivir a escondidas, aislarse aún más para evitar jaleos de cuerpos y almas. De algo, pues, había que vivir, decía, aunque sólo mantuviera con ésta, la vida, una relación de despojos. Pero, con el paso del tiempo, cada vez frecuentaba menos las casas de perdición, y caminaba solo por calles y plazas, por sitios donde no había nadie. Y fue así como lo encontraron muerto en un callejón solitario, agarrado al bordillo de una acera, frente a una «Pensión» de habitaciones económicas, de vida barata. Era un callejón sin salida. Pues sí, al final las noticias se confirmaron, y apareció toda su vida escrita en pasquines, dibujada en grafiti por las paredes del barrio, y alguien, generoso, la tituló La balada de un perro solitario. Desde entonces se le recuerda más en el barrio y todo el mundo habla bien de él, del perro triste y solitario.

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CUATRO HISTORIAS DE RUIDOS


Como un vecino estaba enfermo, habían cubierto la calle de paja, de manera que no se oía ningún ruido. ALFRED DE MUSSET, Confesiones de un hijo del siglo


UN LÍQUIDO MORTÍFERO

I Ahora lo reconocían. No se portaron muy bien con él empujándolo de aquel modo. Pero la verdad es que pocos vecinos hubieran tenido la suficiente paciencia para ocuparse del último deseo que le había venido, que se le había ocurrido así, de pronto. Aunque éste sería, realmente, el último deseo, les decía él para convencerlos. Según parece, aún tardaron un tiempo en comprender y aceptar en parte lo que les proponía aquel vecino solitario, el más solitario de la escalera. Sólo se trataba, les hacía saber, de que le dejaran entrar un momento en dos pisos de aquel edificio, a fin de poder escuchar los ruidos, sus propios ruidos desde la distancia de otra casa; oírlos, por ejemplo, desde las alturas del 4º 1ª, encima de su vivienda, o desde más abajo, desde la habitación de matrimonio del 2º 1ª, situada debajo mismo, por cierto, de su cuarto de baño recién reformado, y hasta el cual ascendían por las tuberías los ruidos de esa habitación. Así pues, si le dejaban entrar unos momentos, él mismo se traería una silla y un bocadillo, a la espera de los ruidos oportunos, previo consentimiento y ensayo, que otro vecino llevaría a cabo en el piso de él; imitando las pisadas y los portazos habituales que él mismo daba 55


cada día al volver a casa, y que no eran en modo alguno difíciles de imitar. Sólo realizándolo todo de esa manera, intercambiando la vivienda por unos minutos; sólo pudiendo escuchar sus propios ruidos, desde otra casa, imitados por un vecino amable que abriría y cerraría las puertas dando algunos golpes, imitando sus pisadas y arrastrando una silla por el pasillo del piso…, sólo así podría conocer lo que los demás oían de él, es decir, los sonidos y ruidos que él hacía en su casa, secos, de mal gusto unos, agradables, musicales, otros. El vecino del 2º 1ª accedió un día a que pasara un rato en su casa, en la habitación de matrimonio, sentado en un sillón junto a la cama; mientras, la mujer de este mismo vecino, subiría al piso de él para organizar los ruidos pactados, ensayados previamente. Eso sí: antes de concentrarse para escuchar las imitaciones, les solicitó que cerraran la puerta de la habitación, para que él pudiera recogerse y percibir en mejores condiciones los ruidos que en breve se producirían arriba, en su propia casa.

II Pasado un tiempo, una media hora, el vecino tolerante y su mujer, que ya había bajado del piso del otro vecino, abrieron la puerta de la habitación para indicarle a éste que la función de la escucha ya se daba por terminada y 56


que debía irse a casa. Pero vieron que no estaba sentado en el sillón donde le habían dejado. Buscaron por los lados de la cama, temiendo una mala caída, y al fin lo encontraron tendido bajo la cama, envuelto en una sábana, y sonriendo feliz. Sin pedirle explicaciones, le hicieron levantare y lo echaron a empujones hasta la escalera. Medio desnudo, quizás avergonzado, oyeron cómo subía a su piso, murmurando y cojeando. Después, cuando oyeron cerrarse la puerta de arriba, llevaron la sábana a la bañera y la lavaron con agua, jabón y lejía, para eliminar cualquier olor ajeno, cualquier posible mancha de aquel ser, de aquel vecino demasiado solitario, ya lo decían. Un ser que ahora, refugiado en su cuarto de baño, y aplicando el oído a una cañería, podía escuchar cómo en el piso de abajo se afanaban por lavar la sábana que él había usado. Oyó un ruido que venía de la escalera, se levantó y fue a cerrar la puerta con doble llave. Luego se dirigió de nuevo al cuarto de baño y se sentó en la taza del wáter, desde donde podía oír siempre los escandalosos crujidos de la cama de sus vecinos. Ahí estaban otra vez, esos chirridos de somier, el armazón de la cama arrimándose a la pared, entrechocando, y las voces que subían por los conductos del radiador de la calefacción, por las cañerías del lavabo, del wáter, en donde él sigue sentado, escuchando, y ahora también escribiendo un poema que, días después al derribar la puerta, los agentes descubrieron en el suelo, titulado: 57


UN LÍQUIDO MORTÍFERO Un líquido de color morado, pegajoso, moviéndose, fluyendo dentro de un sueño. Al despertar, tenía una mancha morada en los labios. El día anterior, le habían contado una historia de líquidos abundantes que salían, que se escapaban de un cuerpo. Líquidos fluyendo cuerpo abajo, mojando los pechos, el vientre, y más abajo, rociando las piernas, entrando y saliendo de las entrañas. Al parecer, este mismo líquido había penetrado ahora en su sueño, empapándolo por dentro, corrosivo, y dejándole una mancha morada en los labios. Dicen que este sueño le volvía noche tras noche, y ahora se despertaba cada mañana con manchas moradas no sólo en los labios, sino en todo el cuerpo. Hasta que un día se despertó, consumido, con la piel violácea, viscosa, que tenía la misma sustancia morada de aquella historia que un día le contaron. 58


III Días después, como decíamos, alarmados los vecinos por tanto silencio y un cierto mal olor, avisaron a la policía y forzaron la puerta del piso silencioso… Y lo encontraron allí, sentado aún en la taza del retrete, pero muerto, con la cabeza apoyada en una cañería, y entre los dedos un líquido reseco, morado. Había un poema tirado en el suelo, un poco arrugado, con manchas de líquido morado también.

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HACIA ABAJO

Desde un principio, lo suyo fue ir hacia abajo, andar bajando siempre y mirar las cosas por debajo, situándose en la parte inferior de la realidad, como si lo viviera todo desde abajo. Quizá por eso esta historia comienza por donde otras finalizan, es decir, por donde la vida se acaba, por la zona inferior, por abajo. Sin hacer ruido. Y sospechoso ante los demás por esto mismo, por no emitir ruidos, e incapaz de llevar a cabo esos sonidos necesarios que la sociedad le exigía, como prueba de vida. Pero no podía moverse como ellos. Sospechoso, pues, ante los demás, decía que no estaba dispuesto a soportar más ruidos, que este mundo ya le había ensordecido bastante con sus metales herrumbrosos. Ni tampoco, añadía, aceptaría que las aguas turbulentas le gastaran más el alma, perjudicándole hasta el hueso, resecándolo. Sin haberse 60


quejado nunca hasta hoy, hasta ahora mismo, cuando ya se disponía a sentarse en el suelo recién mojado, apoyando la espalda contra un muro, lejos de todos, una pierna más estirada que la otra. Pero no en busca de cariño, en una aproximación a la piel de ese otro que se había sentado, de improviso, junto a él, no: tan sólo deseaba menos ruido, menos gasto para el cuerpo y el alma, tan gastados hasta el hueso. En cuanto al otro, de momento nada. Resuelto a todo, permaneció así mucho tiempo, sentado en el suelo, contra un muro, al lado de un desconocido que, a veces, le tapaba las orejas con una bufanda para protegerle del frío y de las voces. Era un desconocido amable, que hacía un mal uso de la vida, según decían, pero que a él no le molestaba tenerlo al lado, ambos sentados contra un muro pintado de amarillo. Cuando alguien le advertía acerca de las malas compañías, o sobre lo insólito de su conducta, él argumentaba, desde abajo, que sólo disponía de tiempo para dedicarlo a su única aspiración, a su verdadero destino, que era ir más abajo aún; más abajo, donde dicen que las palabras suenan sin hacer ruido, y el silencio no es alterado por g olpes y voces de vecinos inoportunos, que no respetan los bajos fondos. Y aunque él era famoso en el barrio por su colección de fracasos tempranos, tanto amorosos como laborales, jamás daba detalles sobre la naturaleza exacta de los mismos, y no decía una palabra más alta que la otra, ni se ponía a imitar los ruidos que algunos habrían hecho en el mismo caso, de haber sufrido en propia piel la misma humillación que él. 61


En suma, a pesar de este último fracaso, decía, no haría ni esto ni aquello, ni tampoco lo otro. ¿Qué haría, pues, se preguntaban? Muy fácil, sólo haría lo de más allá. No esto. No aquello, pues. Ni lo otro, sino lo de más allá, pero hacia abajo siempre, más abajo, en la parte inferior, donde seguramente comenzará otra historia, la historia que aquí tiene su fin, que ya se termina para volver a empezar por abajo, adonde no llegan ni las malas voces ni los ruidos de la mala vida, de los vecinos entrometidos que te gastan el alma. Sin ruido, pues, y hacia abajo, más abajo aún, lo suyo era ir hacia abajo, un secreto bajo el suelo húmedo, entre las raíces y el agua, hacia abajo, detrás del silencio, donde ya no hay voces ni ruidos, y comienza tu verdadero destino, dijo por última vez antes de levantarse del suelo y desaparecer calle abajo, de la mano de aquel desconocido.

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ESTORNUDOS EN LA ESCALERA

La vida, para él, ya no daba más de sí, y decía que podía prescindir de todo. A tal punto que prescindía incluso de cualquier saludo o frase de cortesía. Malas palabras, malos modo, tampoco. Sólo silencio. Sin necesidad de ver a nadie, sin necesidad de que le recordaran. Pero esto no significaba que estuviera solo, decía, aunque pudiera parecerlo; no estaba solo, pues, sino que tenía otra clase de compañías, compañías que no todo el mundo habría sabido apreciar si él, en un momento de flaqueza, las hubiera presentado a alguien. Y luego estaban aquellos presentimientos, que le provocaban soledad aunque estuviera acompañado; en cualquier sitio, de pronto, tenía unos presentimientos que le hacían callar y despedirse lo antes posible. Era como si algo presentido, apenas entrevisto, lo fuese echando de los lugares, de las casas, como si lo echaran de la vida misma, no sabía explicarlo mejor, y una vez extraviado por todas las calles y plazas llegara a un sitio donde antes no había estado nunca. Fue por eso que vivió mucho tiempo lejos, fuera del mundo, y un día, cuando regresó, ya era un extraño para todos. La vida, es que la vida me sienta mal, decía, y al repetirlo a diario aún se volvía más extraño a los ojos de los demás. Y hablaba del tiempo en que había

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desaparecido y había sido feliz, aburriéndose felizmente, replicaba a los descreídos, aburriéndose feliz más allá de este mundo conocido, más allá, donde el cielo es cielo y puedes imitar la inmovilidad de las piedras sin que nadie te pise. Pero había vuelto después de mucho tiempo, había regresado al mundo de los otros y ahora parecía siempre un extraño, y le sentaba mal la vida, decía, antes de mirar por última vez y subir a su casa. Porque, además, estaba ese asunto del cuerpo. Una dificultad más, volver a sentirse cuerpo, arrastrarlo por las calles de la ciudad otra vez. El cuerpo tenía esos inconvenientes, ya lo sabía. Un estorbo, ese bulto que sale a caminar y se entromete en la realidad, de la que a buen seguro saldrá marcado para siempre. El cuerpo, ya se sabe, tiene esos inconvenientes, decía mientras se cortaba mal las uñas de los pies. Por tanto, quizá sería mejor que fuera preparándose para ser menos cuerpo y más espíritu. Vivir en lugares de temperatura fría, pues con el frío su espíritu se conservaba, se mantenía en mejores condiciones. Y así, fresco, era capaz de irse más lejos, más allá de cualquier límite, y podía subir y bajar cualquier escalera de vecinos antipáticos; y podía hacerlo más ligero, sin los habituales problemas de última hora, como un resbalón en un peldaño o el manotazo imprevisto de un vecino, dado a traición. Con todo, si algún día tropezaba por las escaleras y se mataba de un golpe en la frente, les agradecería que respetaran las 64


pompas fúnebres que ya tenía concertadas mediante una póliza de seguros, y que no lo metieran en una caja cualquiera de madera aglomerada, de menor calidad que la que él necesitaba para pasar a gusto una larga temporada en tierras frías, añadía misterioso. Dicen los más bromistas del lugar, que la historia de él no tuvo un buen fin, que su historia finalizó con un estornudo mal dado, que le dejó fuera de este mundo para siempre. Y que unos vecinos diligentes, pero antipáticos, hicieron todo lo posible para que en las oficinas de pompas fúnebres se confundieran de ataúd, y acabara en una caja de madera aglomerada. Será por eso, advierten, que ciertas noches se oye en la escalera, siempre a la misma hora, un estornudo que parece una queja, un insulto.

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EN BUSCA DE OTRO RUIDO

No era fácil de conseguir, pero quería vivir de otro modo, con otros ruidos. En una casa en cuyo entorno no se celebraran fiestas ruidosas, y en donde él pudiera desarrollar sus propios ruidos, los ruidos de su vida. No quería hacerse notar, no se trataba de eso, decía. Sólo hacer aquellos ruidos que le ayudaban a vivir. Un poco de tos, abrir una botella de cava, por ejemplo, escuchar una emisora de radio, entornar una puerta, hablar en voz alta, pero tampoco mucho, como si tuviera una visita amistosa, una compañía de tarde, silbar, también silbar, pero no con estridencia ni a menudo. Y si bien es cierto que le faltaba cada vez más iniciativa, aún sabía resistirse y no participar en las fiestas de los demás, donde siempre acababa perdiendo el sentido de sus propios ruidos. Porque sin duda lo más importante era eso: seleccionar bien sus ruidos y ordenarlos rigurosamente según la calidad de los mismos, según su mayor o menor expresividad de violencia, de afectividad, de soledad o compañía, porque él había comprobado que los ruidos se dividían en dos categorías: los de la vida confortable, en familia, y los de la vida solitaria, más secos que los de la primera categoría. Quería, pues, esconderse y dejar que pasara todo. ¿Que pasara todo? Sí, que pasara todo, que los ruidos

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que no eran suyos se alejaran cada vez más de su casa. Sólo así, decía, con el paso del tiempo podría vivir tranquilo, oyendo sólo sus propios ruidos, los ruidos de su casa, los que hacía él mismo para restituir en su vida la pureza de los sonidos de antaño, de los ruidos de su infancia, de su adolescencia, la necesidad, el fervor de los ruidos de su primer encuentro con la amistad, con el amor; la lección, el rigor de los últimos sonidos, de los últimos desengaños. Ésta era la ventaja, decía, de refugiarse en su casa y escuchar los ruidos propios, huyendo del reclamo de los otros ruidos, de las fiestas ensordecedoras. Sin embargo, a pesar de todas sus previsiones, tanto en materia de ruidos como de sueños, al final no pudo evitar que lo maltrataran incluso después de muerto, cuando lo encajonaron en un ataúd de madera astillada y, para despedirlo de esta vida, recitaron el poema que más odiaba. Dicen algunos, vecinos entendidos, que esto les pasa a quienes viven demasiado lejos de las cosas, de las casas felices.

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MALAS HISTORIAS, Y OTROS FINALES


HISTORIA DE UN CALCETÍN

Vivía bien, lo que sucedía a su alrededor no le afectaba demasiado. Saludaba cuando había que saludar, y no se demoraba en las despedidas. De tal modo que no es exagerado decir que vivía bien. Así fue, por lo menos, hasta que un día sufrió lo que él llamaba una interrupción. Una aparición brusca, hecha sin ningún miramiento, que le interrumpió el buen vivir. Aquella presencia, aquellas palabras le llegaron de golpe, es más, fueron realmente un golpe en medio de su vida, y le interrumpieron para siempre. En suma, como decían algunos vecinos, su vida a partir de entonces fue de mal en peor; hasta que una noche, al volver a su casa, puso el pie sobre un calcetín abandonado y resbaló contra una pared, quedando inconsciente en el suelo, desolado, ahora sí, más desolado. Entre unos y otros consiguieron que sobreviviera, pero ya no se recuperó: una aparición y un calcetín abandonado habían logrado que se interrumpiera su vida.

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SALAS DE ESPERA Tanta gente tenía el mundo..., pensé, tanta vida para la discordia. GUIMARÃES ROSA, Gran Serton: Veredas

Decía que visitaba los hospitales para formar parte de la vida, aunque ésta estuviera enferma. No conocía personalmente a los enfermos, ni a ninguno de sus familiares o amigos, pero frecuentaba las salas de espera y los pasillos para sentirse entre seres humanos, para tratarlos siquiera un momento, sabiendo que ese trato dejaría de existir, afirmaba, al poco rato de salir del hospital. Pese a que notaban que había algo raro en él, en su forma de hablar y de moverse, quizá demasiado formal, los demás visitantes toleraban su presencia y comentaban con él la evolución de tal o cual enfermo, así como el frío o la lluvia que ahora mismo caía afuera. Por supuesto, él hubiera preferido hablar de otras cosas a veces, no mencionar siempre lo mismo sobre el clima o la recuperación de un enfermo; por ejemplo, hubiese preferido hablar de otras cosas del mundo, como una boda o una cena de gala en un falso castillo, pero él ya comprendía que, en las salas de espera, en los pasillos, no se podía elegir como tema de conversación sino casos de hospital y variaciones climáticas. Lo comprendía y lo 72


aceptaba. Una vez allí dentro, rodeado de seres humanos predispuestos, sin duda preocupados pero abiertos, afables, se interesaba por cualquier narración, sobre tal o cual aspecto de una vida desconocida; las referencias a los malos hábitos que perjudican la salud, a los esfuerzos de toda la familia para que uno de ellos se recuperase cuanto antes; la vitalidad con que se alejaba de la muerte un allegado, volviendo en sí y regresando a la vida de la familia, aspectos y sentimientos que él descubría en los otros, sorprendido, ya que apenas había tenido casa propia, e ignoraba esos lazos tan familiares. Era éste, si se quiere, un modo de vivir y relacionarse muy provisional, de trato efímero dado el lugar y sus moradores y visitantes, pero que no dejaba de ser una relación, aun entre desconocidos, que permitía unirse por unos instantes en la casa del dolor; y en donde hablaban entre ellos, a veces con emoción, sin excluir a nadie, sin necesidad de saber quién era el otro, qué le había sucedido tiempo atrás, para acabar así, tan delgado, anémico, con una hemorragia interna que le había dejado sin alma, casi. Sin saber, tampoco, lo que les esperaba, lo que vendría después a sus vidas, cuando todos se recuperaran, los enfermos y sus familiares, y abandonaran las salas de espera y los pasillos, y él se quedara solo como siempre, fuera del hospital.

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YA NO HABLARÍA MÁS

Tampoco esta vez haría como todo el mundo. Quizá se quedaría más solo aún que antes, pero tampoco esta vez haría como todo el mundo y explicaría las cosas y las cuentas pendientes de su vida. No declararía ni una palabra más sobre hechos pasados, sobre algunos sueños y abandonos en mala hora. No atendería cuando le volvieran a llamar por su nombre, preguntándole por algunos aspectos desagradables de su vida privada. Así pues, quería irse cada vez más lejos de los suyos, también de los desconocidos; llegar hasta el último rincón del mundo, o hasta el último rincón de una casa solitaria, donde al fin se dispondría a descansar de las palabras ajenas. Se quedaría sentado, mirando por la ventana las cosas pendientes de los otros, los sucesos de amor y odio que les ocurrirían a los de afuera, no a él. Y así pasarían los días, hasta que todo se acabara y un desconocido cerrara la ventana: ya no tendría que disimular que había estado más muerto que vivo durante mucho tiempo, mirando por una ventana, pero sin contar a nadie lo más importante que le había sucedido una mañana, y que lo había excluido para siempre de la vida de los demás. Ésta es, pues, la historia de un ser que no hizo como todo el mundo. 74


¿ES VERDAD QUE TENÍA PUNTAS AFILADAS EN EL ALMA?

Sólo una vez perdió la compostura, y se despidió enseguida. Desde entonces, vivía solo, en cualquier lugar, en cualquier casa, siempre en silencio. Así acaban a veces las historias de amor entre dos amigos. Él decía que la culpa fue suya, no de su amigo, sino sólo suya, repetía. Irse antes de tiempo, con su manía de no hablar lo suficiente; haberse despedido un momento antes de las confesiones mutuas, un momento antes del final de todo, ésta, decía, había sido su culpa, luego de perder la compostura. De nada, pues, le había servido prepararse tanto para vivir. Los dos amigos se separaron para siempre, lejos de las palabras. Y un día como otro cualquiera, a él le vino mucha sangre a la boca, una y otra vez. Hasta que, según cuenta un vecino, también el alma, en grumos, le salió por la boca, pero ya limpia de las puntas que tanto silencio y tanto abandono le habían dejado dentro del cuerpo; aquellas puntas afiladas que más de uno le había visto cuando se desnudaba y se le transparentaba el alma, dice el mismo vecino.

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ALGO DE MÁS, ALGO DE MENOS

Un día tienes algo de más; otro día, te queda algo de menos. Pero la vida continúa, le dijeron más de una vez. Huía del lenguaje familiar, de las bienvenidas y despedidas de familia, es decir, del calor familiar, o del frío, añadía él, descreído. La única razón de su vida era…, pero no, no tenía ninguna razón para vivir. Quizá aquel gato, de raza común, enmascarado de blanco y negro, aunque no era una razón suficiente. Es que la vida esta, decía, era siempre un trastorno. Tenía el alma muy gastada, y del cuerpo no hablemos, mejor no hablar tanto. Aquel día precisamente tenía miedo de que alguien le diera una mala noticia, un inconveniente para seguir paseando solo. Y así fue, pero sin mediar palabra, un simple estornudo de una mujer lo echó a un lado de la acera, un poco más allá. Ahora quedaba confirmado que no formaba parte del mundo. Aquella manera de esquivar un estornudo, aquellos malos modos con que se había ido a un lado, delataban a la perfección que no pertenecería nunca a ninguna familia de las llamadas humanas. Ya no había remedio: la tranquilidad que ganaba por un lado, la perdía siempre por el otro. Menos favorecido cada día, y con el alma tan gastada, no encontraría nunca a nadie que se arriesgara a pasear con él, hasta llegar los dos juntos al mismo jardín de siempre, donde entre árboles y gorriones se sentía más a gusto con la vida esta, decía. 76


VIDA CONTEMPLATIVA, CON RATA PEQUEÑA En el bote de la basura tiré el frasco de Eutanal vacío y la jeringa. Un olor a naranjas podridas, a felicidad fermentada, ascendió del bote cuando lo abrí. FERNANDO VALLEJO, El desbarrancadero

I Aunque a él no le gustaba el mundo, procuraba ser formal con todos, o casi todos, pero no como una mera formalidad de conducta, sino formal de corazón, decía. Pero no sabemos bien por qué, advertían algunos vecinos, últimamente aquel inquilino soltero abusaba de

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la realidad más de lo debido; le habían consentido tantas cosas; amistades raras, incluso peligrosas algunas, ruidos en la escalera, ruidos suaves pero hechos fuera del horario normal, y otras cosas, que ahora abusaba del mundo entero para convertirlo después en noticias breves, en cuentos absurdos que animaban la soledad actual de su vida contemplativa; que era la única forma de vida por la que sentía auténtico fervor, sobre todo después de romper con sus amistades peligrosas. Porque ahora ya no soportaba la otra vida, la activa, aquella vida social que le dejaba, decía, el corazón hecho una madeja enmarañada, como un enredo de hilos, como un frío en los bajos del espíritu (y entonces sacaba del bolsillo tres hojas de un libro titulado El frío).

II De un tiempo a esta parte, sin embargo, abundaban todavía más sus silencios, unos largos, otros cortos, pero en todos la misma intensidad de siempre, anunciaba uno de sus vecinos. Esta abundancia e intensidad de silencio fue lo que, en definitiva, le acabó produciendo aquel malestar, como un bulto que le hubiera salido en el alma. Uno de esos bultos difíciles de curar con remedios caseros, decía otro de los vecinos; uno de esos bultos que trastornan día y noche, complicando cualquier velada, cualquier fin de semana. 78


III Por lo tanto, cuentan que no era de extrañar que redujera cada vez más su actividad social, e iniciara así una vida de contemplación mucho más rigurosa, si cabe. Lejos de los asuntos ordinarios, a cierta distancia de la condición humana, de este modo le era más fácil llegar hasta el final de una calle, hasta los rincones oscuros de su barrio, donde frecuentaba la compañía de gatos cojos y palomas, de perros abandonados y ratas pequeñas, a quienes daba de comer, por separado, mendrugos de pan troceados y sardinas en aceite, acumulados en los últimos dos días. Ésta era una forma de huir de los modales de conducta de su barrio, huir de las palabras, de las miradas de sus vecinos.

IV Era tal la aversión que al fin sintió por el mundo, que a una rata pequeña que se había encariñado con él, le aconsejaba en voz baja que no saliera a menudo de su escondrijo, que vigilara al salir de la alcantarilla, pues corría un serio peligro de ser infectada por los hombres.

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V Sin fe, temiendo cualquier aparición humana, así transcurrieron sus días, el resto de su vida, contemplando en silencio aquello que los otros, sus vecinos, no alcanzarían nunca a ver; sin relación alguna con el mundo, ejerciendo a todas horas una vida contemplativa, a cuya piel sólo se acercaba, para rozarla, el hocico de una rata pequeña. Una mañana, cuando lo encontraron sin vida, sentado de espaldas a una ventana abierta, con aquella pequeña rata también muerta a su lado, descubrieron un escrito con bolígrafo en la palma de su mano derecha, del libro El frío: «Lo volví a empaquetar todo y lo volví a atar. Pero no podía abandonar aquel paquete bien atado, tenía que llevármelo otra vez. Todavía hoy lo llevo y a veces lo abro y lo deshago, para volver a hacerlo y atarlo. Luego no sé más que antes.»

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MANUAL PARA EL NADADOR ESTÁTICO

Por una vez en su vida, resolvió hacer lo que le pedía el cuerpo, y en el último instante se subió al tren que lo llevaría hasta las playas del Maresme. Después, encontró un hotel familiar junto al mar. Al día siguiente, a primera hora, aparecía ya descalzo por la arena, con un bañador en desuso ya, moda rebajada de otros tiempos seguramente. Y con un libro en la mano, imprescindible, fundamental para llevar a buen fin lo que el cuerpo le pedía: Manual para el perfecto nadador estático, era el título del libro. Ya que, pese a las urgencias natatorias de su cuerpo, él sabía que tampoco podría satisfacerlas en esta ocasión si antes no las sometía a un método, como venía haciendo siempre que se le presentaba una urgencia física. Y para resolverlo todo a su gusto y de manera conveniente, lo mejor sería leer ese manual para nadadores estáticos, un ejemplar del cual había adquirido en un quiosco de la estación. Un manual muy adecuado para él, que pertenecía a esa estirpe de nadadores no carentes de estilo, pero cuya principal virtud o preocupación consiste en no mojarse por completo el traje de baño. «Dado lo incómodo, argumenta el manual, que resultan las prendas íntimas húmedas, pegadas a la piel. Ejercicios natatorios, sí, pero sin tener que sufrir el calzón mojado, empapado.» 81


En conclusión, lo más práctico, recomienda el manual, es realizar ejercicios natatorios de variado estilo, pero a la orilla del mar, donde el nadador no corre el peligro de quedarse con el bañador empapado por la fuerza de las olas. Así pues, siguiendo tales instrucciones, él podría evitar la acción empapadora del agua de mar y la arena húmeda, que se filtran por debajo de las costuras y se mezclan dentro del calzón mojado o bañador: ésta era la peor sensación en la piel para un nadador estático, pero de variado estilo, como él.

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EL CASO DE UN FARSANTE

1 El coleccionista de latas de sardinas era cojo del pie derecho, y, según decían, apenas tenía familia, y cuando salía a la calle, a pasear o a comprar más latas para su colección, le seguía siempre un perro abandonado que llegó al barrio tiempo atrás y se quedó allí, en el portal de una casa en ruinas. El coleccionista, al parecer, venía cojeando desde que era niño, por una torcedura del pie derecho al bajar de un árbol.

2 Pero fue después, mucho tiempo después cuando nuestro personaje adquirió la mala costumbre de resbalar en los momentos menos oportunos; y cuando resbalaba así, entre las personas y las cosas, aunque se encomendaba a las buenas ánimas, muchas veces perdía el equilibrio y no podía evitar un daño propio y también ajeno, en casos extremos. Cuando a sus vecinos les llegaba la noticia del nuevo accidente, le declaraban de nuevo hombre perdido, hombre muerto, o, en el mejor de los casos, lo calificaban de falso patinador, de farsante. Y entonces todo se 83


convertía en un malvivir, y había que volver a empezar las relaciones con el vecindario, la convivencia. Te examinaban y te hacían más preguntas, decía, y uno se veía obligado a lavarse mejor, a peinarse y a usar desodorante con más propiedad. De modo que, el hecho de haber resbalado otra vez, le alteraba la vida cotidiana, incluso le modificaba la voz.

3 Entre tanto resbalón y deslizarse mal por las calles, cada vez le era más difícil llegar a los sitios, entero de cuerpo y alma, como si un desconocido lo hubiera echado del mundo y anduviera desorientado de aquí para allá. Pero cuando al fin llegaba a un sitio, comenzaba la fiesta, el espectáculo, que consistía en representar otra vez una farsa de amor que decía haber vivido. Y siempre, al finalizar la representación, añadía unas frases de agradecimiento, y luego pasaba a explicar que, si coleccionaba latas de sardinas en aceite, no era para consumirlas en soledad, ni para distraerse de la vida aburrida, sosa, como algunos murmuraban, sino que se trataba más bien de un ritual: cada vez que adquiría una lata (de marca y color de envase diferentes, si podía ser) le venía a la memoria otro detalle del viaje de novios, origen de la farsa tan aplaudida. Un viaje que, antes de acabar mal, si duda había tenido un buen comienzo, un 84


comienzo memorable a bordo de aquella barcaza que transportaba un cargamento de latas de conserva (sardinas, pimientos, aceitunas, etc.), rumbo a mares desconocidos. Pero, al llegar al puerto de destino, cuál no fue la sorpresa al ver que ella, la novia, bajaba enfurecida de la barcaza, mientras él se quedaba allí, entre latas de conserva, solo y abandonado, mareado aún por la travesía y el olor a sardinas.

4 Tiempo después, al anochecer, se preguntaba a veces qué había hecho mal, en dónde, en qué momento se equivocó. ¿Fue durante el viaje, en la barcaza, o acaso pudo ser antes, en el banco de un jardín? ¿O bien ocurrió en el mismo instante de abrir una lata de sardinas, que les habían obsequiado los tripulantes, es decir, cuando a él se le escapó, o mejor dicho, le resbaló una sardina de entre los dedos, manchando con aceite el vestido de la novia? Aún recuerda aquellas escamas oleaginosas prendidas en uno de los pliegues. Sin embargo, ahora ya no importaba en realidad en qué momento se acabó todo, ya que la farsa debía continuar lo antes posible. Había que representar aquella farsa amorosa que tanto gustaba a los vecinos, y recuperar otra vez la confianza perdida por culpa del último resbalón. 85


5 Pero tales representaciones, la escenificación simple y rigurosa de aquel singular viaje de novios, cuyas aventuras deleitaban al vecindario, poco a poco le fueron complicando más la vida; la farsa, la burla que él mismo representaba no le impedían recordar lo más desagradable de aquel viaje, de tal manera que aún resbalaba más entre la gente, con el pie derecho cada vez más torcido; cojeando peor al intentar avanzar para saludar a los vecinos que aplaudían, y cojeando más aún al retirarse a casa, renunciando a cualquier invitación o cena para el día siguiente. Representar una farsa, sí, pero hablar de intimidades jamás, se decía mientras volvía a casa.

6 Cuentan que en los días finales de su vida en el barrio, antes de marcharse para siempre, confesó una intimidad: hablaba de una culpa que no le dejaba vivir, y mencionaba la historia de una figura de porcelana, cubierta de polvo y rota, que él mismo olvidó en el rincón de otra casa; una casa de donde salió un día con tanta prisa, que ni pudo recoger las sardinas enlatadas que ya por entonces coleccionaba, ni la figura de porcelana, rota, cubierta de polvo, tumbada sobre una columna de latas. 86


7 Así pues, se fue a otro barrio, a otra ciudad (ahora ya no estaban seguros). Y en donde, sin duda, frecuentaría otras tiendas, otros supermercados que le ofrecerían nuevas marcas para su colección. Y seguramente, también así, acabarían sus días, rodeado de latas por todas partes, y representando farsas de amor ante la vecina de peor fama de la escalera. Su vida, su farsa, pues, se iría acabando del mismo modo en que había vivido, después del suceso de la barcaza y del viaje de novios entre latas; solo, con el piso casi vacío a no ser por las latas de sardinas, que ahora, precisamente, hacían un ligero ruido al entrechocar al fondo del pasillo, como si algunas de ellas intentaran avisar de un peligro inminente…, como si algo se acercara peligrosamente hacia donde él estaba, algo que ya se disponía a derribar las latas que él había ordenado tan bien, aquellas doradas y plateadas columnas de latas de sardinas en aceite, y cuyo derrumbe sólo demostraría que en su vida siempre había utilizado técnicas equivocadas. Dicen unos que murió asesinado por la espalda, con el cuello cercenado por un instrumento de hojalata, aceitoso. Otros sospechan de una furgoneta que desapareció calle arriba, cargada de latas que tintineaban, y cuyo conductor no pudo ser identificado. Pero hasta hoy sigue sin resolver el caso del farsante, el caso del coleccionista asesinado entre latas de sardinas. 87


CUENTO DE LA VIDA SOSA Aquel que huye del mundo no es peor que aquel que lo conquista; quizás, incluso, algo mejor. JEAN AMÉRY, Levantar...

I Tenía tantos líos en la cabeza, que uno más ya no importaba demasiado, se dijo al levantarse aquella mañana. Además, en la actualidad parecía invisible y todo el mundo le caía mal. Su historia seguramente no impresionaría a nadie. Pero de momento no lo contaría. Porque ya lo había decidido: se mataría el próximo miércoles, al atardecer; faltaban dos días. Así ya no hablaría con nadie más; tampoco volvería a hablar consigo mismo, modificando frases y recuerdos para vivir mejor. Nada ni nadie le induciría a hacer un nuevo esfuerzo para ser de otro modo, diferente. Ni un esfuerzo más. No esperaría la llegada de otros días, de otros seres. No esperaría más. Dentro de un par de días, el próximo miércoles, se estiraría sobre las frías baldosas del comedor de su casa, y se mataría junto al balcón, mirando a la casa de enfrente como despedida.

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II Había seguido todo los consejos que le habían dado para ser, un día, de otra manera. Pero en vano, cada vez lo hacía peor. Incluso aceptó llevar a término un último consejo, el que le dio un amigo desesperado: debía optar, le dijo, por la vida sosa; lo más importante, lo primero de todo era poder salir, no incólume pero sí con pocos rasguños, de este maldito mundo. Y para ello nada mejor que persistir en llevar una vida sosa, ajena a las alegrías y ocupaciones del común de la gente. No aburrida, sin embargo, como podrían pensar los no entendidos, sino una vida plena, absolutamente sosa, cuanto más lejos mejor del movimiento y de los ruidos del mundo; sin sentir el peso de los cuerpos ni las preocupaciones del alma. Quedarse quieto, muy quieto, en casa, disfrutando de esta vida sosa. Y así lo hizo durante una temporada, sin duda una de las más tranquilas y poco ruidosas que había conocido nunca. Hasta que un domingo se acabó todo de repente, con la llegada brusca de unos vecinos, de una familia cuya vivienda era siempre una fiesta; los tenía justo encima de su casa, pisándole el cuerpo y el alma, con los gritos y desagües que le caían sobre la cabeza, casi, añadía. Con lo cual alteraron muy pronto el último modo de vida que había probado, que había ensayado, antes de elegir el próximo miércoles para matarse.

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III Por fin llegó aquel miércoles anunciado, y ya no lo vieron salir más por la escalera. Los vecinos de la comunidad, intrigados, le llamaron dando voces una y otra vez, inútilmente, hasta que unos cuantos decidieron forzar la puerta de su casa. Miraron en la cocina, en el lavabo, entraron en las habitaciones, pero allí no encontraron a nadie. Sorprendidos, se preguntaban qué habría sido de él, buscaron un teléfono y llamaron a la policía. Mientras tanto, uno de los vecinos, irritado, dio un puntapié a una silla, y descubrieron debajo de la misma un paquete de serrín, mal abierto, que había absorbido unas manchas ovaladas de sangre. El mismo vecino, irritado aún, concluyó que, fuera lo que fuese lo ocurrido, fueran suyas o no las manchas de sangre derramada, impregnadas de serrín, aquel misántropo, aquel practicante de la vida sosa, que no es vida, lo tenía en realidad bien merecido por andar siempre con malas compañías.

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DESPIDIÉNDOSE DEL MUNDO, O EL ETERNO SUICIDA

Los que aún viven en el barrio, dicen de él que era un vecino extravagante, de pocas palabras, y que tenía la manía de ir a los sitios a despedirse de la gente. Aprovechaba cualquier oportunidad, cualquier invitación a una cena, a una reunión, para acudir el primero a la cita y, antes de empezar el acto o la cena, levantarse de improviso y despedirse, ya, tan pronto, de quienes acababan de llegar y sentarse. De una manera un tanto precipitada, se veía obligado a despedirse, indicándoles que no sería nada probable que le volviesen a ver, que ya no volverían a encontrarlo en ninguna otra cena o reunión como ésta. Así que se trataba, pues, de una despedida, de un adiós definitivo. Y así una y otra vez, infatigable, saludando y despidiéndose sin parar, ceremonioso, trascendente: era de ese modo como se iba despidiendo de todos, y de la vida misma. Pero los que aún viven en el barrio, recuerdan que él siguió viviendo así mucho tiempo, despidiéndose mal que bien, y que fueron los otros, aquellos de quienes se había despedido con tanta ceremonia y adioses definitivos, los que realmente iban desapareciendo del mundo.

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EL CASO DE UNA SANGRE DERRAMADA


DESASTRES DE AMOR

Después de vivir 140 veces la misma historia, comprendió que sólo había vivido desastres, desastres de amor, decía. Y fue desde entonces, al llegar a la historia número 140, que ya no quiso que nadie más le pusiera la mano encima, ni hombre ni mujer alguna, aunque fuera con buena intención, con intención de acariciar, por ejemplo. Maltratado por los recuerdos y por la fortuna, un día se fue del barrio de su infancia, y ahora dicen que vive en un mal sitio, y que él ya no es el mismo, que parece otro viviendo en un mal sitio; donde el mundo te da la espalda si permaneces mucho tiempo allí, en ese mal barrio, cambiando un nombre por otro, fingiendo recuerdos de familia; falsas identidades por cuyos bajos, si no estás atento, si no vigilas, se te pueden escapar el alma y el cuerpo, desangrándose por los lavabos y tuberías resquebrajadas, como atestiguan algunos vecinos. Poco astuto, sin defensas, resentido, dicen que acabó trasladando bolsas de basura de un lugar a otro, y que el contenido de las mismas no siempre eran restos de comida y latas. A veces, sospechan, llevaba también trozos, despojos de otro ser, desastres de amor, que enterraba en un paraje desconocido, sin duda acumulando terrones húmedos y chatarra encima. Pero nadie pudo nunca

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seguirle hasta el lugar del entierro y comprobar qué había en el interior de aquellas bolsas. Ya de niño le advirtieron que no saliera con mujeres desconocidas; que no viviera en un mal sitio, en una de esas casas viejas en que no hallarás sino desastres de amor, y cañerías resquebrajadas goteando sangre… Así fueron pasando sus días, entre silencios y sospechas cada vez mayores, hasta que un día lo encontraron muerto en la calle, acuchillado por arriba y por abajo, con una bolsa de la basura aferrada aún en la mano, una bolsa abierta, vacía, pero con manchas de sangre en el interior, como se pudo comprobar después.

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SANGRE EN EL COMEDOR

Era una persona tan formal, que hoy se avergonzaba ya, con antelación, pensando en el desorden, en la falta de alegría que sin duda habría en casa el día de su muerte. El traje arrugado, un zapato por otro quizá, una media sonrisa en el rostro de corcho, las manos rígidas, mal puestas seguramente. En fin, un desorden, el último desorden como despedida dedicada a él, que había sido tan formal en vida. Pero estos eran, decía, los gajes de perder el alma en casa, entre habitaciones conocidas, en vez de hacerlo en el hospital, en una cama para desconocidos, donde el orden se mantiene pese a las visitas de la muerte; y donde los ruidos de la vida no son acallados por una muerte más. Por tanto, lo ideal, para él, sería morir entre las paredes blancas, entre las filigranas blancas de un hospital. Y más cuando se ha pasado la vida huyendo, sintiéndose mal en todas partes, huyendo siempre, aunque no era un impostor, decía. Así pues, ya que es impensable un final feliz, prefería dedicar todos sus esfuerzos a morir fuera, más allá de su casa, del inevitable desorden y falta de alegría que habría el día de su fallecimiento; prefería, en suma, celebrar en un hospital la salida, la última fuga de este mundo, a poder ser con un sueño coloreado en la mano.

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De todos modos, a pesar de los esfuerzos hechos y de la mala vida, le hicieron sobrevivir a una grave hemorragia interna, le sacudieron el cuerpo maltrecho y recuperó el alma. Y otra vez lo llevaron al mundo, hasta las sillas, hasta las ventanas del mundo. Tiempo después, iba diciendo a los vecinos de su barrio que había mantenido estrechos contactos con la muerte; que se había ido de vacaciones con ella, con la muerte, y que no guardaba un mal recuerdo de ese trato, de esa excursión. Y una y otra vez recordaba, volvía a recordar, como si fuera ayer, las puertas que se abrían y cerraban, todos aquellos montones de ropa blanca, manchada, todas aquellas filigranas blancas del hospital. Sin embargo, las historias son así, un día nos sorprendió a todos y se murió de verdad. «Esta vez no es ninguna broma», dejó escrito en una nota. Pero no murió como había previsto, en una habitación de hospital, sino en casa, en el suelo ensangrentado del comedor de su casa. Porque hubo derramamiento de sangre, en la boca nudos de sangre asfixiándolo, relata un vecino aficionado al misterio. Sobre la mesa del comedor, junto a la nota de él, había otra nota, una carta breve que mencionaba una anécdota, sin duda para demostrar su incapacidad, la incapacidad de él para amar, para vivir. Dicha carta tenía una firma ilegible; sin remitente, abierta sobre la mesa del comedor, una de cuyas patas estaba húmeda de sangre.

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UNA VIDA BREVE

Vivía solo. Con un pájaro amarillo. Comía, dormía solo, y no quería ver a nadie. Tampoco nadie le quería. Pero una tarde conoció a otra persona, y caminaron juntos un tiempo. No fueron muy lejos, de una acera a otra, un poco más allá, detrás de un parque, un poco más arriba. Y un día le dijeron basta, y también aquella desconocida le dijo basta de andar juntos de una acera a otra, para no ir a ningún sitio, detrás del parque. Resentido, como venganza se fue del barrio, desapareció una noche. Y una vez ya de incógnito, camuflado entre vecinos nuevos, derramó su propia sangre. Pero dicen que aún vivió unos cuantos años más, no muchos. Solo, con un pájaro amarillo, como antes.

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PÓNGASE UN TÍTULO CUALQUIERA

Ésta es la historia de otra vida. Nació un día que nadie recuerda, vivió con unas personas, tres o cuatro, lo que se dice una familia. Pasó el tiempo, como siempre, la inocencia se fue complicando noche tras noche, la soledad fue aumentando de talla, creciendo sin parar, y los demás no estaban pendientes de su vida, no estaban. Pasó un poco más de tiempo, cada vez le iba peor al conocer a otro ser, y un día lo hizo: se derramó, dijo alguien, derramó su propia sangre, se derramó de cuerpo hasta quedarse vacío, sin mirada; se le derramó el alma, hasta quedarse sin. Sin. Derramado sobre el suelo, sobre el mundo, que tampoco estaba aquella noche.

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LA ÚLTIMA CAÍDA

Cuando no tuvo a nadie con quien poder hablar, entonces comenzó su otra vida. También él, tiempo atrás, había dado gracias a la vida, pero ahora, en estos últimos años, se le habían ido acumulando los asuntos, las cuentas pendientes de todo tipo, y ya no saludaba a nadie. Tenía otra vida. Sólo pedía que los demás, si le recordaban alguna vez, lo dieran ya por muerto. No esperaba sino desaparecer, ante el poco asombro de unos, y de la tranquilidad, por fin, de otros. Que nadie más mencionara su nombre, ningún otro recuerdo; que, en definitiva, lo dieran por muerto, y que no se equivocaran esta vez, que fuera de verdad la muerte. Un día salió a dar una vuelta, era de noche y andaba por una callejuela solitaria, cuando vio pasar a una persona que no le reconoció. Anduvo unos pasos más, y se desmayó, cayendo de lado sobre el bordillo de una acera, cuyo golpe le derramó por dentro y ya no se levantó. 101


ALBOROTO ESPIRITUAL EN UN LUGAR INHÓSPITO

Dice que le dejaron con la palabra en la boca, una palabra que se le fue petrificando. Y le salió como una dureza en la lengua, que no le dejaba hablar en según qué sitios o casas llenas de gente. Por eso siempre pasaba de largo cuado veía celebrar una fiesta, y sólo frecuentaba lugares inhóspitos. Otras veces se señala la boca indicando que hoy no puede hablar más, que se le mueve dentro un trozo de recuerdo, entre la lengua y el paladar, un trozo de palabra muerta secándole la boca. Cuando nos conocimos, en la calle, aún me dijo otra cosa: que tenía, no palabras, sino un ruido a trozos, sílabas corrompidas por el tiempo, un alboroto mordiéndole la lengua hasta sangrar. Todo esto le venía ocurriendo desde hacía un tiempo. Otros se frotaban la vida hasta llegar al hueso, hasta tocarse el alma y limpiarla de barro, decía, y él no se burlaba al verlos tan desnudos, con la vida frotada. Él, por su parte, tenía un problema, un ruido corrompido en la boca, eso es todo, y se le alborotaba el alma y frecuentaba lugares inhóspitos para calmarla, para sosegarla. Ésta, y no otra, es su verdadera vida: parches, apaños, un parche aquí, en su casa…, y un apaño un poco más allá, afuera, bajando una calle a mano derecha, pero en otra casa, una casa en donde ya no vive quien antes vivía. 102


Y ahora me dice adiós, y se va calle abajo, a otro sitio, con el alma alborotada en busca de un lugar inhóspito, detrás, más allá de todo el mundo. Un lugar seguramente frío, un rincón mal iluminado, apenas una bombilla sobre la mesita de noche; un lugar inhóspito, donde vivir y morir no será fácil, ya lo sabe, pero en el que, pese a todo, podrá esperar más tiempo que de costumbre…, esperar allí a que el alma se sosiegue y venga otro sueño…, o llegue hasta él otro cuerpo, un ser desconocido que también habrá huido…, y cuyos pasos ya se acercan al lugar inhóspito, donde ambos, arrinconados, se reconocerán con el alma alborotada, se olvidarán de las malas artes del mundo, y donde, por fin, juntos alcanzarán el sosiego.

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A PROPÓSITO DE LA PUNTUALIDAD

El caso es que llegaba mucho antes a cualquier sitio, mucho antes de que los demás llegaran al lugar de reunión. Aunque el encuentro no fuera tan importante, a cualquier hora que fuese la cita, siempre llegaba antes, mucho antes de lo concertado. Siempre. Y por eso tenía que deambular, hacer tiempo, ir y volver hasta consumirse de tanto esperar. Iba de aquí para allá, cruzando calles, plazas, mirando escaparates de tiendas, jugando con perros y gatos vagabundos. Cada vez más fatigado, resistiéndose a la desesperación, pero muriendo allí mismo, en la esquina donde se había concertado el encuentro, la cita. Y así, adelgazándose mientras esperaba a quien nunca llegaría, fue acostumbrándose a morir por las esquinas, en el lugar exacto de la cita, adonde había llegado con demasiada antelación.

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LA PUNTUALIDAD DE LA SANGRE

Cuanto más puntual, peor, decía ahora. Se paraba en la esquina, a esperar, puntual, y enseguida aumentaban las voces que sólo él oía, y cada vez le iba todo a peor. También fue muy puntual aquel día, cuando perdió la sangre, su propia sangre. Eran las siete y media de la tarde, de un lunes, cuando llegó con antelación a la fiesta organizada en casa de unos familiares. Pasó una media hora hojeando periódicos y revistas, mientras esperaban a los otros invitados. Pero cuando tocaban las ocho en el reloj del comedor, le sobrevino aquella hemorragia, y comenzó a derramar en el pasillo casi toda la sangre. Un cuarto de hora antes de la cena, recuerda, llamaron a la ambulancia y lo llevaron a la sala de urgencias de un hospital. Algunos afirmaban que su modo de ser y comportarse en sociedad, aquella manera de ir de una farmacia a otra, a escondidas, en busca de más pastillas, era un hábito que le venía impuesto por una malformación; no un bulto, sino una especie de hueco, de vacío físico que tenía más arriba de la cintura, pero no junto al corazón ni cerca del alma, ni tampoco más abajo de la cintura, como sospechaban los familiares bromistas. No. O sea, un hueco, simplemente; un vacío físico, más arriba de la cintura. Sin embargo, no había duda de que se trataba de una 105


verdadera malformación, que se fue agravando con los años, y que al final le provocaría una escandalosa hemorragia por el pasillo de una casa en fiestas. Así pues, un lunes por la noche, fue cuando dejó de tener sangre propia. Se le había escapado casi toda por arriba, por la boca, manchando las baldosas del pasillo. Y desde entonces, decía, ya no tiene sangre propia. Vivía con otra sangre, la sangre de otro circulando por sus venas, por sus bultos, por sus vacíos, empapando aquello, confesaba, que tenía más arriba de la cintura. Quizá por eso fue adquiriendo la costumbre, recordaba el pariente más bromista, de no abusar mucho de la felicidad cuando se veía a solas con alguien, en una pensión; de un modo tan fugaz, al parecer, que apenas podía compartir el bulto de su alma, un bulto cuya sangre era de un desconocido, o desconocida, añadía el mismo pariente. Y así fue viviendo, desde que una hemorragia lo trasladó hasta la muerte y, al cabo de treinta días, lo llevó de vuelta a la vida con la sangre de otro, cuya identidad no conocería nunca. Así fue viviendo, desde que derramó casi toda su sangre, puntualmente, un lunes por la noche, en el pasillo de una casa familiar; así fue viviendo, con la sangre de otro, un desconocido.

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¿UN CRIMEN A MEDIANOCHE?

Aquel día fue a varios domicilios, y en ninguno le recibieron bien. Por la noche, cerró bien las puertas y las ventanas de su casa, y hubo un derramamiento de sangre en el pasillo, junto a la habitación vacía de los invitados. Sobre la mesita de noche había esta nota: Un dulce sabor a veneno Cuando me muera, cuando me mates, quiero conservar tus palabras en la boca, para tener algo de ti en la muerte. Con la boca cerrada, no moriré del todo porque tendré en la lengua fría un sabor a ti. En el paladar conservaré las palabras de tu boca, de tu garganta, de tu corazón, de tus entrañas. Conservaré el sabor de tus palabras, algo de ti en mi boca cerrada y fría, amando el veneno con que me matas.

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SEIS CASOS MAL RESUELTOS ...que ningú no trobi estrany si jo qualque estona tenc ganes de desfer aquest nus, d’omplir aquest buit amb un tassó de llexiu. CARME RIERA, Es nus, es buit

I EL MISMO DÍA

No era un bulto lo que tenía. Así pues, no tenía ningún bulto, decía, sino un trasto, un delicado trasto, en desuso, casi muerto, en el alma. De este modo lo contaba. Por eso mismo, con tales antecedentes e incorporaciones inútiles, allí estaba de más. En realidad, tanto allí como en otro lugar, se sentía de más, que estaba de más. Dondequiera que fuese, veía que sobraba. Solitario, desconfiado, con la sola compañía de un delicado trasto que había heredado, y cuya forma familiar se le escapaba de improviso. Todo le sobraba. Ya no sirvo para esto, se decía, lo mejor sería dejarlo todo de una vez, y no aplazar más este día, que es siempre el mismo. Pues otro día, uno más, no será sino aquél, el día de la confirmación, siempre ese mismo día, cuando comenzó a perderse el delicado trasto heredado, no un bulto, sino un trasto ahora casi muerto y guardado en el alma, o más abajo. Así lo contaba él. 108


II CRISTAL OPACO

Dicen que tenía un amor, que vivía de ese amor a través de un cristal opaco. Siempre andaba solo, paseando hasta el agotamiento por calles y plazas abandonadas. Guardado en un pañuelo amarillo, bien envuelto, llevaba en el bolsillo de los pantalones un frasquito de cristal opaco. El contenido del mismo no era, a primera vista, nada que llamara la atención: como unos grumos de pasta blanca, desecada por el tiempo. Sin embargo, un posterior análisis de la policía reveló que no era una simple pasta blanca, petrificada, sino que se trataba más bien de un poso de líquido mezclado con harina. Y cuyo ADN resultó ser,

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concluía la investigación, idéntico al de una mujer que había sido asesinada, tiempo atrás, en un descampado del barrio que él, el hombre del frasquito, frecuentaba en sus paseos. Luego se descubrió, también, que él había mantenido relaciones sentimentales con dicha mujer; e incluso, dijeron algunos, que ella era en realidad aquella novia, la única novia que el hombre del frasquito había tenido en su vida.

III ESCÁNDALO EN LA COMUNIDAD (Denuncia hecha por un vecino)

«Él, nuestro vecino, tendido boca abajo, desnudo. De vez en cuando se estremece, aunque parecía estar sin sentido. A su lado, sentados en el borde de la cama, dos desconocidos, un hombre y una mujer, vestidos, de espaldas. Vistos desde mi ventana, se diría que ambos estaban troceando carne cruda, sanguinolenta. Ahora introducían algo, formas, figuras cortadas, en el cuerpo del hombre tendido, de nuestro vecino, utilizando para ello una especie de pinzas o tijeras, no lo podía ver con más precisión desde la ventana. De improviso, la mujer vuelve la cabeza hacia donde yo estoy. Me sonríe, burlona. 110


La reconozco. Sin duda, es ella. Sí. Era aquella misma mirada, fría, colérica, la misma mirada que me dirigió en nuestro último encuentro, antes de que me abandonara en mitad de una calle. Era ella quien me miraba desde la otra ventana, mientras se desnudaba levantándose las faldas, sonriéndome, invitándome quizá a participar en la ceremonia de la carne cruda. Y yo, perplejo, miraba cómo goteaba la sangre de sus guantes al abrir y cerrar un mueble, una nevera colocada al fondo de la habitación, con una lámpara encima como si fuera una mesita de noche. Los mismos guantes verdosos con que me había amado y herido durante ocho meses, antes de abandonarme, como decía, en medio de una calle solitaria.» Así fue como se desarrollaron los hechos, vistos desde una ventana por el vecino más triste que haya podido declarar jamás en una comisaría.

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IV UNA GRAPA PLATEADA

No diremos la edad que tenía. Esta historia no lo necesita. Sabemos, eso sí, que una tristeza infinita subía y bajaba por uno de sus ojos. Dicen que se ocultaba por todos los rincones. Su único consuelo era frecuentar plazas y jardines, museos y calles estrechas, sombrías. Y siempre encontraba un rincón en donde podía estar solo y, desde allí, entre los escombros, observar cómo se amaban los demás. Cosas de la tristeza, decía él; maneras viciosas, afirmaban los otros. Hasta que un día abandonó el rincón y dijo: «Hoy hace un buen día para ir a la muerte», y se fue calle arriba. Llegó a una plaza con jardín, se tumbó en un banco de madera y se durmió con la bragueta abierta. No quiso despertarse más, y fue así como dejó de estar solo. Tenía el prepucio cosido con una grapa plateada.

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V CAUSAR BAJA DEL MUNDO

Hay que tener más entereza, se dijo. Ya no quería disponer de más tiempo para seguir igual, inventando nuevos trucos para captar la atención de los vivos. Esta vez no haría lo mismo de siempre; desviarse a tiempo le facilitaría llegar antes al último rincón. Desaparecería, pues. Causaría baja del mundo, decía, y nadie volvería a llamarle; y así viviría ignorado, tranquilo, en el último rincón. Un hombre tranquilo sentado en el último rincón. Solo, con la mitad de las cosas, de las palabras, pero sin nadie a su lado, salvo las plantas y los animales, hasta el instante mismo de la despedida. O de dejarla –y aquí entonaba una canción, una ranchera sobre el ir y venir de la vida. Ya no viviría entre más sospechas, anunciaba. No le atraparían de nuevo lanzándole frases, e intentando acabar con él en medio de una mala conversación. Viviría, pues, en el último rincón, lejos de toda sospecha. No saldría mucho a pasear por el campo. Apenas se movería del rincón. De este modo, calculaba, no volvería a pisar más hormigas, ni caracoles, ni cualquier otro de esos insectos que mueren aplastados en el camino. Estaba decidido. Se desviaría cuanto antes y causaría baja del mundo. Viviría al revés, si era necesario, para llegar lo más pronto posible al último rincón; donde sería feliz a diario con la mitad de las cosas. 113


De lo contrario, decía, si no se desviaba cuanto antes, estaba perdido para siempre.

VI UNA VISIÓN EN LA PARED

Estaba solo en la habitación. Oyó un ligero ruido, pero no era el crujido de algún mueble, sino más bien parecía el de un sobre de carta que alguien estuviera rasgando. Al volver la cabeza, vio en la pared un trozo de ser, colgado. Se acercó más a la pared, y pudo adivinar que ese trozo de ser, rodeado de musgo, le recordaba a alguien que había conocido tiempo atrás, cuando aún le era posible amar. Así pues, enfrente ahora, colgado de la pared, se iba despegando un trozo de ser, sobresaliendo cada vez más. Quiso tocar el musgo que rodeaba a esa forma mutilada, a ese trozo de ser, pero una salpicadura de sangre le separó los dedos, y le selló los labios para siempre.

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LAS AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UN SUPLENTE I EL MENSAJERO

Este personaje era tan callado, de modales tan formales, su mutismo era tal, que un día al parecer le vino un enamoramiento, y al intentar confesarlo se equivocó de palabras. Seguramente, en su interminable confusión, dijo unas palabras por otras, que podríamos resumir así: que era otro el enamorado, de cuyo amor, él, nuestro personaje, no era sino el mensajero, portador de palabras, decía él. Pero en realidad no existía tal amante, se trataba de un enamorado imaginado por el mismo mensajero. E incluso dio algunos rasgos físicos y otras señas de identidad que ayudaran a reconocer al amante inventado, al falso enamorado. E insistió tanto que, al final, llegó a existir ese otro, un desconocido en quien la mujer, emocionada, identificó, reconoció al amante, y con el que, al cabo de poco tiempo, contrajo matrimonio dejando abandonado a nuestro personaje, tan en silencio y confusamente enamorado. Había conocido, pues, un amor encubierto. Pasados los años, sin embargo, no se avergonzaba de lo poco vivido, ya que, por lo menos, decía, él había imaginado y contado una historia de amor, un desastre de amor, dirían algunos, 115


pero un amor sin duda, aunque encubierto. Se había tratado, en suma, de un amor encubierto.

II LA REPETICIÓN DE UN SUEÑO

Dos personajes. La acción transcurre en un espacio imaginario. El primer personaje le cuenta al segundo personaje una serie de cosas de la vida que éste ignora. A causa de ello, el segundo personaje comienza a imaginar las cosas que le ha relatado el primero, de manera que, soñando, vive, revive a su modo la realidad íntima del primer personaje. A su vez, éste, el primer personaje, al saber lo que el otro sueña, empieza a imaginar también cómo revive el segundo personaje las cosas, la realidad íntima de las cosas que él mismo le ha contado. De tal modo, que el primer personaje imagina y sueña las cosas que hace y sueña el segundo personaje, que ha sido iniciado en las cosas de la vida, en la realidad íntima de las cosas de la vida, por unas vivencias que le ha contado el primer personaje. Y así sucesivamente, en un espacio imaginario, el sueño se va repitiendo, ligeramente modificado por la imaginación de cada uno de los dos personajes.

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III EL SUPLENTE

Dicen que sólo quería hacer suplencias. Cualquier suplencia. Siempre a la búsqueda de una situación no fija, inestable, en el amor, en el trabajo, en todo. Y esta voluntad de suplencia acabó alterando sus fines de semana, que ya no eran tan gratos, tan felices como antes, pues nadie se fiaba de sus propósitos, de la firmeza de lo que decía, pues él vivía demasiado en lo provisional, en la suplencia, y por tanto no podía dar hoy ninguna garantía de lo que haría mañana. Así las cosas, dejó de tener días de amor, y el trabajo también se le fue complicando, y los fines de semana los pasaba cada vez más solo, más efímero, aunque siempre dispuesto a cualquier nueva suplencia que se le ofreciera. Esto le venía ocurriendo, cuentan algunos, desde el mismo día que preguntó, varias veces, si en esta vida había algo que no fuera un inconveniente. Sólo después, cuando nadie le dio una respuesta satisfactoria, decidió hacer lo que hemos relatado, vivir en la suplencia, ser el suplente de cada día, en cualquier lugar y circunstancia. Pero no previó que esta forma de vida le iría apartando del mundo, que le haría perder el paso y luego ya le sería muy difícil volver a las cosas, a las personas. Y fue así como terminó, sin realidad alguna, sin nombre, con un malestar en el alma, que ya no sabía si era propio, realmente suyo, o se trataba también en este caso de una suplencia en el alma. 117


IV MISTERIO EN POMPAS FÚNEBRES

Hablando, hablando, dejó sueltos unos días felices, y cuando se dio cuenta, decía, éstos ya se habían escapado por una callejuela. No volvió a encontrarlos. Desde entonces, le asoma un poco más el esqueleto, como si adelgazara de tristeza, mientras los demás están cada vez más ocupados con sus propias historias matrimoniales. Y así se fue convirtiendo en un ser incompleto, sin otra ocupación sentimental que la tristeza de su esqueleto. Vaya adonde vaya, ahora lo sabe, le espera siempre una sorpresa desagradable. Y esto, dice, ya le viene ocurriendo desde el primer día en que salió de casa a ver cómo vivían los demás. Cuando regresaba de verlo casi todo, y le preguntaban adónde se dirigiría ahora, él respondía, por cortesía, que no iba a ningún sitio, que no tenía prisa alguna, y que por tanto ya llegaría mañana a cualquier parte. Dicen quienes le recuerdan que murió de amor, a la manera antigua, solo, encerrado en la cocina de su casa, mientras preparaba una ensalada. Pompas fúnebres, siguiendo el consejo de unos familiares, lo enterró precipitadamente. Un vecino lo denunció al juzgado de guardia, y ordenaron abrir el ataúd. Pero el cuerpo había desaparecido, y, en su lugar palpitaban, vivas aún, unas vísceras que resultaron ser de aquella persona a quien el difunto, mal enterrado, había amado. 118


HACIENDO MUECAS

Esto ahora ya no tiene gracia, se dijo al levantarse más temprano para acudir a una cita. Porque hoy tenía un compromiso importante, y antes de presentarse con una hora de antelación, como era su costumbre, haría primero unos cuantos ejercicios orales, un ensayo de conversación que sin duda le iría muy bien después de tanto silencio, de la desproporción de silencio en que había vivido en los últimos tiempos. Sin embargo, esto ahora ya no tiene ninguna gracia, volvía a decir, mientras proseguía vocalizando y corrigiendo ejercicios de conversación consigo mismo. En este momento, le hubiera gustado cambiar algunas partes de su ser, cambiarlas por otras de esos seres que a veces pasan por la calle sin prestarle atención. Y esto, la verdad, decía, esto ya no tiene la menor gracia. La realidad sólo le servía para tomar notas y organizar estrategias, las estrategias oportunas para malvivir de una manera cómoda. Tarea imposible, seguramente, y quizá por eso un día acabó haciendo muecas, las muecas de una parte del ser que no había podido cambiar a tiempo por otra. Cada vez con menos citas y compromisos, dada la dificultad de sus ejercicios orales, aprendió a malvivir con cierta comodidad, pese a las muecas que se iban apoderando de todo su ser. 119


LEYENDA DE UN SUICIDIO

Érase una vez un vecino que, el día que se suicidó otro miembro de la comunidad de propietarios, sólo se preocupó del ruido molesto de esa muerte, del retumbar que la caída del suicida por el hueco de la escalera había provocado en su piso. Los portazos de los otros vecinos, que ya bajaban corriendo por la escalera. La sirena de las ambulancias, de la policía. Y, sobre todo, los impactos del cuerpo al ir cayendo y rebotando contra la barandilla de la escalera, hasta desparramarse por el suelo. En suma, todo ese ruido que subía de abajo, de la portería, donde la sangre ya se derramaba sobre las baldosas. No quería explicar nada del vecino que se había suicidado. Sólo pretendía recordar los efectos del ruido, los sonidos retumbantes que la muerte hizo subir hasta su casa. Posteriormente, se descubrió que fue este mismo vecino quien días atrás había denunciado al suicida por misteriosos ruidos nocturnos. ¿Era el denunciante sólo un vecino indiscreto que denunciaba a los demás por afán de intromisión, o había algo más, una venganza, acaso un resentimiento por un amor contrariado? Sin embargo, y pese a algunos indicios, no pudo demostrarse que los dos vecinos mencionados, antes del odio en que vivían, hubieran tenido algún conflicto sentimental entre ambos. Pero las dudas y sospechas continuaron durante largo tiempo. 120


Hasta que un día el vecino sospechoso cambió de domicilio, cambió de barrio, y ahora va por otras tiendas y mercados contando la historia del ruido de un suicidio, de las paredes que retumbaban, quejándose una vez más de los golpes molestos, desagradables, de la caída, al chocar el cuerpo del suicida contra diferentes tramos de la baranda de la escalera.

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OTRA LEYENDA

Siempre añadía otra palabra, una palabra de más. En las conversaciones, en las despedidas, en cualquier disculpa, a cualquier momento, añadía siempre una palabra, otra palabra: lo hacía por si acaso, para dejar las cosas claras, más claras, decía. Por ejemplo, se despedía así: «No sé si saldré de ésta; pero debo irme ya, tengo una cita ineludible.» Y luego añadía la otra palabra, en este caso unas palabras de más: «Después, cuando llegue a casa, quiero matarme cuanto antes.» Era una de sus bromas habituales, para dejarlo todo más claro, decía. Lo cierto es que se había empeñado en vivir en otro mundo, donde cada minuto, cada instante de su vida era un verdadero problema, lo que se dice un problema personal. En su vida no había ni un solo minuto que no fuera un problema personal. De ahí, quizá, esa palabra de más, esas otras palabras que se veía obligado a añadir a cualquier despedida: «Más tarde, cuado por fin llegue a casa, lo dispondré todo para mañana, día escogido para matarme cuanto antes.»

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COSAS ESTROPEADAS

Había días en que le bajaba el alma; que tenía el alma baja, casi entre los pies, a ras de suelo. O el alma caída bajo sospecha, decía. En esos días, una mala mirada, una falta de atención o unas frases cualesquiera, una adjetivo añadido, algo, en fin, imprevisto, podía estropearlo todo, y acabar con él y su alma en plena calle. Y esto le venía sucediendo desde que le contaron una historia, su propia historia, la misma que él recordaba haber vivido de otro modo, casi felizmente. Pero ahora ya sabe, ya le han contado que su historia de amor se estropeó antes del final, durante los últimos meses. Cuando ambos se separaron, y él fue arrastrándose hasta la playa de los mutilados, ignoraba por completo lo que después le contarían con todo detalle: que ya había puntas de roña entre los dedos de aquel amor, mucho antes de que acabara tan mal. Por eso ahora, dice, hay días en que le baja el alma hasta el suelo, y se le queda entre los pies, embarullada con los cordones de los zapatos.

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TRES CUENTOS TRISTES

1 Decía que había perdido el último hilo, la última conexión con la vida, y entonces se dejó ir hacia atrás, hacia atrás, hasta que lo atropellaron por la calle de mala manera, por la espalda, por detrás, dijo un testigo. Ya en el suelo, tumbado, mientras aún movía un brazo, el alma se le escapaba por la boca a borbotones, como si escupiera trozos de hilo ensangrentados.

2 Cuando le cortaron el agua, la luz y el gas, se acostó en un sofá amarillo, que ella no había comprado, y se quedó dormida. Le habían dicho muchas veces que la vida era como una puerta, que se abría y se cerraba a la menor corriente de aire. Puertas constantes, ahora abiertas, ahora cerradas al menor golpe. Pero ella decía que no tenía un problema de puertas, sino de melancolía, una melancolía que la había llevado hasta el sofá amarillo, donde se quedó dormida para siempre cuando le cortaron el agua, la luz, el gas. 124


3 Aunque le gustaba vivir con indiferencia, no podía evitar preocuparse por las cosas más pequeñas, sin importancia. Pero con las voces y los ruidos empezaron todas sus complicaciones, y anduvo perdido hasta el último día. Tuvo un mal final, y, como él mismo decía, todos comenzamos bien y acabamos abandonados en medio de la calle. Sólo añadiremos que vivió los días más felices de su vida en la cama de un hospital. Medio en broma, medio en serio, le gustaba repetir que había sufrido una falta de peso y de medida. Y murió como había vivido, sin nadie alrededor de su cama de hospital.

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EL CALLEJÓN DE LAS ALMAS PERDIDAS


UN DESEO PENDIENTE

Tenía un deseo pendiente, y esto con los días le fue volviendo más triste. Pero la vida, decía, aún le daba tiempo para cumplir este deseo y otras cosas, aun a riesgo de caer otra vez y darse de bruces contra la misma pared resquebrajada. Lo intentaría de nuevo, pues. Para comenzar con la tarea que se había impuesto, aprovechó una mañana de lluvia, al guarecerse en un portal y encontrarse con una señora vecina, sabia en consejos. Le comentó sus intenciones de volver a ser feliz, de cumplir con un deseo que tenía pendiente. La señora, muy amable, mientras se arreglaba los cabellos mojados, le aconsejó que, primero de todo, debía acostumbrarse a la caducidad de las cosas. Sólo así podría llevar a buen término su propósito. No trazar grandes estrategias para conseguir lo deseado; esto era un gran error que a menudo cometemos, perdiendo un tiempo precioso y gastando energías por el camino equivocado, le explicó mientras se secaba la lluvia de las manos con un pañuelo. Reducir las pretensiones y acostumbrarse a lo efímero, como ella venía haciendo desde hacía tiempo. Él le preguntó que le dijera, por favor, por dónde era mejor empezar a buscar. Entonces fue cuando ella, doblando el pañuelo y guardando las gotas de lluvia en el bolsillo, le atrajo hacia sí y le reveló el secreto al oído: latas caducadas, el secreto

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está en las latas caducadas, le dijo. Sorprendido, le respondió que no la comprendía, que no sabía a qué latas se refería. Simplemente, latas caducadas, dijo ella, debes ir a un supermercado, de una tienda a otra, y entrar a mirar en los estantes, fijarte en la fecha de caducidad de las latas de conserva y escoger sólo aquéllas cuya caducidad sea reciente. Las más antiguas no te servirían, le advirtió, hay que buscar las de caducidad más reciente, porque en esas latas, al abrirlas, verás cómo el pasado y el presente de la conserva, del producto conservado, no se han estropeado aún, y tanto el olor como el sabor te hablan aún de la felicidad recientemente caducada, pero no olvidada, corrompida del todo. Y es así, prosiguió, cómo te habituarás al mundo de lo caduco... Dejó de llover, le dio las gracias por sus consejos, y quedaron para verse otro día. Sin embargo, no dieron buen resultado las primeras visitas que hizo a las tiendas más antiguas del barrio, donde las latas habían caducado hacía demasiado tiempo. Entonces, comenzó a frecuentar un supermercado pequeño que estaba junto a su casa, y al fin encontró lo que andaba buscando, latas de conserva cuya caducidad era reciente y aún no habían sido retiradas del mercado. Ya en casa, comenzó con la ceremonia delicada de abrir las primeras latas caducadas que había comprado. Una vez llevado a cabo este ejercicio, se dijo, ya nadie le volvería a decir que con él no se podía contar para las cosas normales de la vida; ahora verían todos que también 130


él sabía vivir el presente, los momentos presentes, pese a los fracasos del pasado, los fracasos amorosos más recientes, caducados como una de estas latas, ni más ni menos. Pero habituarse en el mundo de lo caduco, de lo efímero, tenía un precio, y se cortó varios dedos al abrir aquellas hojas de lata. Cuando volvió a encontrarse con aquella señora, en otro portal, le mostró las heridas, la mano vendada, y la señora, sonriendo, le dijo que debía acostumbrarse, que no era posible, en las calles de este mundo, pretender ser feliz sin cortarse las manos de vez en cuando.

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VULGARIDADES DE LA VIDA

Érase una vez un vecino que se enamoró de otro vecino. Al principio fue como un amor platónico, idealizado, un deseo de conocimiento del otro, pero sin cuerpo, sin mediar ningún tipo de contacto físico. Sin embargo, a medida que pasó el tiempo el deseo de conocerse fue a más, y ya no era suficiente el placer mutuo de verse por la escalera e intercambiar miradas de simpatía, palabras dulces, gestos cariñosos y un beso de despedida, más lento y profundo que el día anterior. Algo estaba cambiando en aquel rellano de la escalera, y el amor de los dos vecinos comenzaba a complicarse, como suele decirse en tales asuntos. Uno de los dos vecinos se mostraba más reticente que el otro, le avergonzaba que los demás vecinos le descubrieran más enamorado que antes, y añoraba aquellos días en que subía y bajaba por la escalera sin esa vergüenza, cuando el otro vecino aún no le daba esos besos tan provocativos. Pero ahora, cuando coinciden en la escalera, le da enseguida un beso en los labios a la vista de todos, sin esperar a llegar al recodo más solitario. Y esto complica las cosas y los rumores, las murmuraciones crecen por todos los rellanos de la escalera. Deberían ser más recatados, le dice el vecino vergonzoso al otro, no es necesario exhibir el amor en 132


plena escalera, mostrándolo a las miradas de los que suben y bajan, rompiendo así el pacto establecido en la comunidad. Para las cosas del amor, y a fin de no interrumpir el tránsito de vecinos con tales efusiones sentimentales, en una de las reuniones de la comunidad se recomendó la conveniencia de que los amantes subieran al rincón de arriba, al último rellano por donde no pasaba nadie, unos peldaños antes de llegar a la azotea, sitio un tanto inhóspito pero tranquilo, al abrigo de las otras miradas. Hasta que un día los dos vecinos enamorados dejaron de coincidir en la escalera. El vecino más abierto y decidido comenzó a subir y bajar a solas, con el rostro serio, entristecido, y el otro, el vergonzoso, se fue a vivir a otra casa, y así poco a poco dejaron de verse. Fue a partir de entonces que los demás vecinos comenzaron a relatar la historia de los dos enamorados. Y nunca más se volvió a presenciar escenas de amor en la escalera, como dijo la mujer melancólica que vivía en el 3º 2ª, justo debajo del rincón de arriba, del último rellano, en donde se recomendaba hacer el amor.

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CUESTIÓN DE ESTÉTICA

Ahora, estas navidades, quería tener una dentadura más cuidada, armoniosa en todas sus piezas, y de este modo poder morir un día, una noche de navidad, con la boca bien abierta, mostrando al mundo la belleza de todos sus dientes artificiales, la lengua amoratada y una parte de su alma, también amoratada. Ya sin temor en los labios, abiertos hasta la obscenidad, descarnados hasta la sangre, despidiéndose del mundo por última vez, pero con satisfacción, la satisfacción de la boca bien abierta frente al mundo y la muerte. Con descaro abrir la boca y decir adiós, mientras un hilo de sangre humedece las piezas artificiales y pinta los labios por última vez.

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LA HISTORIA DE UNAS FOTOGRAFÍAS

Pasaban los años y continuaba merodeando solo por las calles, con aquella cartera grande, de oficina, en la mano. Un día, hablando en un bar, me confesó lo que guardaba en la cartera, tan bien cerrado. Una serie de fotografías, ni más ni menos. Fotografías únicas, extraordinarias, que aún no había enseñado nunca. En realidad, lo que no decía era que nadie le hacía caso, pese a los serios intentos que había hecho para mostrárselas a más de un conocido o transeúnte. Pero no era fácil, argumentaba él, encontrar a la persona adecuada por quien valiera la pena abrir la cartera y enseñar, descubrir al mundo la colección de sus fotografías. Ahora, por fin, parecía que ya había encontrado a la persona que sabría valorar el contenido de la cartera grande: fotografías numeradas de primeras comuniones y bodas, celebradas en este mismo barrio en las seis iglesias que él frecuentaba a menudo. Y algún que otro bautizo, aunque él era más partidario de asistir a bodas y comuniones. No le gustaban los bautizos. Así pues, había llegado el día en que al fin podría mostrar esas instantáneas de un tiempo pasado. No todo, pues, había sido en vano. Merodear por las calles, de un bar a otro, ya tenía ahora una justa recompensa, decía mientras me mostraba la primera de las fotografías, envueltas todas en papel de celofán. 135


Eran fotografías un tanto borrosas, de familias y casas en fiesta (había perdido las de la iglesia), fiestas a las que él había acudido en calidad de invitado, sin más protagonismo, según decía, pero a quien nadie recordaba del todo por culpa del tiempo transcurrido desde la última vez... Más que bodas y comuniones, esas fotos parecían retratar fiestas familiares menos trascendentes, como algún aniversario o celebraciones semejantes. Pero no le dije nada, y seguí mirando las fotografías que me mostraba en tanto escuchaba sus comentarios sobre las mismas. Al inicio de la serie fotográfica, aparecía de cuerpo entero en un primer plano, su rostro angelical entre los verdaderos protagonistas, para ir desapareciendo luego gradualmente y retirarse poco a poco hacia los lados, hacia los límites del encuadre fotográfico. Hasta que su rostro angelical desaparecía por completo de cada una de las fotografías en los márgenes borrosos, en la oscuridad del fondo. No obstante, él afirmaba que seguía estando presente ahí, un poco más a la derecha, al lado de aquella señora morena, con el vestido rosa tan escotado, ahí, exacto, junto a la pared blanca del comedor, bajo la estatuilla de la Inmaculada Concepción, bajo los cuadros de paisajes y los espejos ovalados que no aparecían en las fotografías, por falta de espacio, me indicaba señalando el vacío oscuro de la fotografía con el dedo meñique.

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UNA NOVIA OCUPADA

La venía queriendo desde hacía tiempo. Todo había comenzado como una amistad entre vecinos, pero con el tiempo, en él, surgió un sentimiento de más que ella ignoraba. El vecino enamorado, sin embargo, intentaba decírselo en algunas ocasiones, ofrecerle una de las dos declaraciones de amor que con tanto entusiasmo había escrito, aunque todo era en vano, ya que ella estaba siempre muy ocupada, yendo y viniendo de compras, médicos, trabajos varios y otros compromisos no más agradables, según ella le decía cuando se cruzaban por la escalera. Quedarían para otro día, en el bar de la esquina, y entonces hablarían de todo, le aseguraba ella. Pero fue pasando el tiempo e incrementándose las ocupaciones de la vecina amada, hasta que un día ella tardó más de lo previsto en volver a aparecer por la escalera, y otros vecinos le comunicaron que ella ya se había casado y estaba en viaje de novios, con alguien a quien no conocían. Entonces él se quedó con la mirada perpleja, y una bola dura de silencio le taponó la boca días y días. En cuanto el enamorado se recuperó un poco, comenzó a informarse de lo sucedido, preguntando en tiendas, en bares, a algunos conocidos; resultó, según todas las informaciones, que ella no estaba tan ocupada como le había hecho creer, y que ya frecuentaba algún que otro bar con el que luego

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sería su marido. La realidad era mucho peor, ya que, seguramente por lástima, le habían ocultado la gran variedad de novios con los que ella había salido antes, yendo por la noche de un bar a otro, hasta que se casó con uno de ellos. Y él, de este modo, engañado a medias, continuó buscando justificaciones para las ausencias de aquella vecina amada, para los retrasos en los horarios fijados, las anulaciones imprevistas de citas y otros impedimentos que ella le había hecho sufrir, pero justificadamente, argumentaba ella y creía él, dadas las múltiples ocupaciones de los últimos días. Él confiaba en que algún día su amada le explicaría, con detalle, el motivo, las circunstancias que la habían obligado a contraer nupcias con un desconocido. Justificadamente, sin duda, pensaba. Una noche de verano (él ahora también salía por las noches a distraerse un poco) se encontraron por azar en una callejuela del barrio, y, después de la sorpresa y un saludo efusivo, ella le explicó en seguida que su ausencia, todo aquello que ella no le había podido anunciar, fue por culpa de un viaje inesperado de trabajo, durante el 138


cual, por vez primera en su vida, había dispuesto de tiempo libre. Y que ya sabía lo que siempre ocurre en esas ocasiones, entre cenas que se alargan, frases frívolas, aquí una copa, allí otra, va pasando la noche y una amanece casada en la habitación de un hotel, sin apenas darse cuenta. Una de esas raras y valiosas oportunidades que tienen las personas demasiado ocupadas, como él ya sabía. Escuchadas las argumentaciones, él, enfermo de amor aún, sonrió, se despidió de ella y se fue moviendo la cabeza, estrujando las dos declaraciones de amor que guardaba en el bolsillo. Es desde entonces, con la boca más taponada por el silencio y la mirada más perpleja, que ya sólo trata con novias alquiladas, a las que, dice, no es necesario amar, ni esperar en vano a que vuelvan de sus ocupaciones, de sus muchas ocupaciones, para darles una declaración de amor, una de las dos declaraciones de amor que con tanto entusiasmo había escrito.

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A TRAVÉS DE LA PARED

No quería tratos con nadie, pero ahora en un descuido se había enamorado de una mujer. Era una vecina del piso de arriba, de unos cuarenta años, morena, y cojeaba un poco del pie derecho. Tanto había escuchado los ruidos íntimos de esta mujer, en el lavabo y en la alcoba, ruidos que bajaban por las paredes y las tuberías, que ahora se veía perdidamente enamorado. Perdido y extraviado en este amor a distancia, que fue naciendo a través de las paredes, llegó a considerar la idea de horadar la tubería principal de los lavabos, hacer una mínima perforación que le dejara introducir uno o dos dedos dentro de la tubería para rozar, siquiera rozar, lo que ella, su amada, evacuaba cada mañana a eso de las seis y media, con una regularidad exquisita. No lo hizo por temor a las reclamaciones de los demás vecinos, tan quisquillosos con las humedades del edificio. Ella pronto sospechó del amor del vecino, pero no sólo no lo disimulaba, sino que aprovechaba cualquier encuentro para insinuársele, para provocarle un poco más. Hasta que un día le dijo que ya había llegado la ocasión, el día señalado y le invitó a subir a su casa. «Aunque si quieres», le dijo, «puedes deshacerte de mí». Él, nervioso, sin saber qué hacer, aturdido por la súbita e inesperada proposición, fue subiendo tras ella un tramo de la escalera,

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maquinalmente, hasta entrar como invitado en la casa de la vecina, acercándose a los aposentos con que tanto había soñado desde abajo, desde el lavabo de su casa. Ella le dijo que pasara más al fondo del pasillo, sin miedo, y cruzaron por delante del lavabo, cuyos ruidos de agua él conocía tan bien, y llegaron a la habitación principal. Asombrosamente, ella no abrió la puerta, sino que llamó pidiendo permiso para entrar. Abrieron enseguida con una llave, y pudo ver que dentro de la alcoba ya les estaban esperando otras dos personas, un hombre y una niña. Ésta llevaba un ramo de flores inclinado hacia abajo, cubriéndole las piernas desnudas; el hombre, con un pañuelo en la mano, besó a la mujer y saludó al vecino enamorado, les invitó a sentarse en un sofá y les sirvió una copa a los dos, mientras la niña mordisqueaba los pétalos de las flores, que se iba tragando con una sonrisa. Aún hoy, después del tiempo transcurrido y la desinfección y limpieza en la habitación de la vecina amada, puede verse un vestigio de sangre en el suelo gastado por la lejía.

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EL CABELLO

Estaba siguiendo todos los ejercicios necesarios, que alguien le había recomendado, para adquirir musculatura suficiente y resistir mejor el acoso del día (o, mejor, de la noche) en que se consumaría la boda entre su ex-novia, a quien aún quería, y aquel vecino nuevo, aquel desconocido de tan buena apariencia. Por fin, llegó el día y la noche de la boda, oyó unos comentarios de mal gusto al día siguiente, y volvió resignado a sus ejercicios. Pero tuvo una sorpresa. Después de la boda, que se celebró casi corriendo, y mientras él proseguía con sus vanos ejercicios (inútiles, ahora ya lo sabía), comenzaron a telefonearle los recién casados, cada fin de semana, para convidarlo a su casa. Así fue como, en la noche de un sábado, hizo aquel descubrimiento. Finalizada la cena, se disculpó un momento para ir al lavabo. Fue entonces cuando vio aquel cabello pegado en el interior de la taza del wáter, un pelo curvado, pelirrojo igual que los de ella, su ex-novia. Se agachó, recogió el cabello con la yema de un dedo (al tocarlo, percibió su textura gruesa, de buena calidad), lo lavó con agua y jabón, lo estiró un poco y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Al volver al salón para tomarse una taza de café, la recién casada dijo haber tenido una jornada agotadora y que ahora deseaba acostarse, pero antes, le susurró al ex-novio dándole un beso de 142


despedida, antes pasaría por el lavabo a peinarse un poco la desgreñada melena pelirroja, dijo sonriendo. Al salir a la calle sintió una brisa que le subía por la espalda, alargó los brazos al cielo y parecía sentirse feliz al acariciar, al rozar la seda pelirroja del cabello que llevaba escondido en el bolsillo. Una vez en casa, lo guardó en una cajita de ébano que tenía siempre a mano, en la mesilla de noche. Pero un día le despertaron unos leves ruidos, como un goteo, y vio que la cajita de ébano sangraba por las junturas. Perplejo, asustado, abrió la cajita de ébano y vio que lo que sangraba era el cabello, aquel pelo, que se había curvado un poco más. Enseguida lo llevó al lavabo, lo puso bajo el grifo y le limpió la sangre. Mientras observaba los hilillos rojos que se escapaban por el desagüe, se preguntaba, ¿de dónde procedía aquella sangre?, ¿de qué parte del cuerpo se habría desprendido aquel cabello? Si lo estirabas entre los dedos no medía más de dos centímetros, y en las puntas del mismo no se advertía ninguna adherencia. Ya lavado, se puso el cabello otra vez en el bolsillo, como había hecho el día que lo encontró, y al instante dejó de sangrar. Así pues, se dijo, sólo sangraba dentro de la cajita de ébano, y desde entonces cada noche había pequeños derramamientos de sangre en la habitación. Hasta que decidió resolver aquel misterio en la próxima ocasión de una cena, y les hablaría a los dos en tono distendido e irónico, pero decidido, sobre las distintas calidades del cuero cabelludo, así como del color y textura de los cabellos en general, haciendo una breve 143


alusión al sorprendente fenómeno del vello púbico, las axilas y otras partes del cuerpo humano. Entre bromas y veras, así lo hizo y discurrió cuando llegó la mencionada ocasión, durante una de las cenas, y todo se desarrollaba según lo previsto hasta que llegó el momento delicado, más íntimo, de las consideraciones contradictorias sobre la estructura del vello en las mujeres. Entonces, con el rostro desencajado (él creía al principio que se trataba de una broma), se levantaron los dos esposos replicándole a gritos fu falta de decoro, la inoportunidad de su discurso, le agarraron de los cabellos y se lo llevaron a rastras al lavabo, la mujer clavándole las uñas entre el cuello de la camisa y la nuca..., hundieron lentamente su cabeza en la taza del inodoro..., en cuyo fondo vio, aterrado, que flotaba una rata ligeramente hinchada, con los ojillos abiertos, tristes..., y que tenía un pelamen pelirrojo, peli...rrojo, tartamudeó antes de desmayarse y dejar caer la cabeza contra el agua del inodoro y los pelos mojados de la rata pelirroja (en un informe policial redactaron, «pelaje rojizo de roedor ahogado»). Al día siguiente, despertó en la sala de un hospital, en donde le habían ingresado con la boca partida, y vio allí, en la mesilla de la habitación, la cajita de ébano. Alguien, no sabía quién, la había traído al hospital y la había dejado allí, junto a la cama. Abrió más los ojos y volvió a cerrarlos, y con la ayuda de un dedo y los dientes fue extrayendo de la boca herida un cabello, el pelo curvado, pelirrojo, que se le había pegado a la lengua. 144


Aquella pareja desapareció pronto del barrio, y él no volvió a abrir nunca más la cajita de ébano. Días después de abandonar el hospital, la sepultó bajo la tierra de un descampado.

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EL ESCAPARATE ...dando vueltas en mitad de la corriente, la cabeza arrancada de su cuello marmóreo, la propia voz y la lengua fría gritaban Eurídice. VIRGILIO, Geórgicas, Libro IV

Cuando era más joven, no llevaba una herida ni buscaba a la muerte, decía, pero luego la vida se le fue torciendo hacia el lado oscuro, el más oscuro, remarcaba. Y en esos momentos oscuros cabe toda una vida. Un momento antes, no eras sospechoso, disfrutabas aún de esa inocencia (falsa inocencia) que te concedían los demás por la edad. Un momento después, ya te señalaban con el dedo o con la mirada (o al menos a ti te lo parecía), y comenzaban los malos sueños, los momentos oscuros. Así le sucedió el otro día. En escasos momentos, mientras cruzaba la calle, al pasar de una acera a la otra, revivió unos días oscuros, ya lejanos. Había llovido y resbaló un poco. Mientras intentaba mantener el equilibrio, vio a una persona que entraba en una tienda. Quizá hubiera sido mejor no ser curioso y dejar las cosas como estaban. Pero se acercó al escaparate y, a través del cristal, pudo confirmar que aquella persona era quien él había sospechado. Una vieja conocida, que le había hecho sufrir más de una vez y de dos veces, remarcaba (le gustaba hablar así, «remarcando» las cosas, 146


cuando tenía un oyente a su lado). Sin embargo, a veces echaba de menos a esa persona, no podía evitarlo. Alguien que le había maltratado, pero a quien echaba de menos aún y no sabía por qué. Continuaba mirándola a través del cristal. De pronto, ella salió de la tienda, presurosa, se dirigió a él con una mirada fulminante y le advirtió que no la persiguiera más, que le había descubierto desde el principio, desde hacía años, y que no se dejaría embaucar por nuevos argumentos sobre la fragilidad de ciertos novios, y le dio un empujón contra el escaparate. Entonces sí que perdió el equilibrio, que poco antes había conseguido mantener, entonces sí que lo perdió por completo y se quedó con las aletas de la nariz ensangrentadas, remarcaba. Pues bien, en aquel instante comenzó a llover otra vez, ligeramente, se levantó del suelo, con los pantalones húmedos, y vio cómo ella, antes de desaparecer por una esquina, volvía la cabeza hacia donde él estaba y le sacaba la lengua, toda la lengua, obscena, obscenamente. Nunca podrá olvidar la belleza de aquel rostro deformado por la burla, el rostro monstruoso de una persona a quien él echaba de menos y no sabía por qué. «Y ahora, si alguien me lo preguntara, ¿podríamos decir que llevo una herida, o que tengo una queja cruel en el corazón y me siento despechado? Sin duda, sin duda, querido amigo, de nada serviría negarlo. Pero continúo echándola de menos a veces, sólo a veces», remarcaba sonriendo y tomando del brazo al oyente.

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CUENTOS EN BLANCO


SIN TÍTULO

CUENTO EN BLANCO, DONDE CADA LECTOR PUEDE ESCRIBIR O DIBUJAR ENCIMA LO QUE LE PAREZCA................................

(Por ejemplo, este grafiti pintarrajeado en los lavabos de una Biblioteca pública: Recuerdo los días en que los historiadores, en sus registros, y los amantes, en sus cartas, dejaban espacios en blanco cuando no sabían algo –le dice un amante a otro mientras se oye fluir el agua del WC.)

......................... SIEMPRE QUE NO PROFANE LOS HUESOS DEL AUTOR, RECIÉN BLANQUEADOS POR LA CONSTANCIA Y EL BUEN HACER DE UNA VECINA. 151


DOS, TRES PALABRAS, UN DESTINO

«Te quiero», dijo uno............................

(una gota de sangre manchando el espacio en blanco)

............................... «No te quiero», dijo el otro.

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UN ASUNTO DE AMOR

Ya se lo habían dicho más de una vez...........................

(ha desaparecido sin dejar rastro)

...........................................Estaba mal visto enamorarse así, otra vez, a su edad. Enamorarse, además, de aquella persona que no le convenía en absoluto, dejada de cuerpo, disoluta el alma –le volvían a recordar. No había tomado las medidas oportunas para continuar viviendo sin enamorarse.

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BULTOS I Siempre fue mi vecindad mal casados que vocean. FRANCISCO DE QUEVEDO

Bultos de invierno. Hay unos que por la noche no pueden entrar en las oficinas bancarias, y se quedan echados en el umbral. Otros, que sí podrían, se quedan también afuera porque no quieren compartir ni la noche ni el mal sueño con los demás, con los que ya están estirados dentro. Uno de los bultos se llama Gertrud.........................

................................ Bultos de invierno, no arrebujados, sino empaquetados con mantas viejas, quemadas por los cigarrillos y las gotas de vino. Bultos empaquetados en invierno.

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BULTOS II

Al volver a casa. Una jeringuilla entre los zapatos, una gota de sangre al lado. Una chica se va inclinando con lentitud, se cae, se levanta con lentitud, se derrumba en la calle, en un rincón.......................

............................................. Andas a tientas, palpas la lluvia, no, no es lluvia. Humo, tampoco es humo. Una mirada vacía. Una jeringuilla se desprende de un trozo de corazón. Pasa un espectro y me saluda. Al volver a casa. En la esquina, ¿todos muertos? Un trozo de corazón cae lentamente sobre la aguja de una jeringuilla.

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BULTOS III

Se preguntó si sería posible llegar hasta el alma de otro ser. Un día conoció a otro ser y quiso acercarse a su alma...............................................

..........................................., pero un bulto inesperado interceptó el tránsito, el paso a la otra alma. Uno de los vecinos fue más claro, y sentenció: «Aquel otro ser no quiso intimar con él, y por tanto no hubo ni trato de cuerpo ni de alma; quiero decir, que no se acostaron juntos.»

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BULTOS IV

Tenía un bulto en el alma, decía. Todo empezó una noche, al volver a casa después de una cita a la que no acudió la otra persona.........................

................................... Sintió entonces, antes de llegar al portal de su casa, algo puntiagudo, como una punta espinosa, que le iba creciendo por dentro, y que al final se resolvió en bulto. Un bulto en el alma. Perplejo y con la voz muy apagada, dejó de tratar a las personas y cambió de costumbres, para vivir de acuerdo con las exigencias del bulto que tenía en el alma, decía.

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OTROS CASOS DE SANGRE DERRAMADA


HISTORIA DE UNA INCOMODIDAD

Había tenido ya varias novias, pero ninguna le duraba más allá de unos meses, cuatro, cinco meses a lo sumo, aunque le disgustaba precisar el tiempo, decía. Todo comenzaba con mucha ilusión, frases apasionadas, proyectos de familia, mil y un regalos, sobre todo regalos poéticos, sencillos de tamaño, económicos, pero de gran valor sentimental, es decir, aquellos poemas que escribía cada noche pensando en ella, la novia de turno, y que se los entregaba cada mañana al encontrarse en la parada del metro. Todo, pues, iba muy bien, hasta que surgía aquella incomodidad. ¿Era por esto, era por aquello que se sentía incómodo?, le preguntaban los mismos amigos que le habían facilitado una casita para ejercitarse, para anticipar y disfrutar de la noche de bodas que se celebraría en breve, al año siguiente como más tarde. Él respondía negando con la cabeza y dando pretextos ambiguos sobre la incomodidad que le embargaba. Si volvían a insistir con la misma pregunta, 161


les decía que se sentía incómodo cada vez que le mencionaban la noche de bodas. Que una cosa era el noviazgo, con aquellas citas, con aquellos encuentros maravillosos en el metro o en algún jardín, y otra ya muy distinta la noche de bodas, de la que tanto se hablaba con ningún respeto y falta de responsabilidad, en general. No era cosa ahora de ponerse a pensar en esas noches propias de los padres, de las parejas de antes, que hacían de la noche de bodas una orgía de sangre y vino, una noche donde todo se complicaba para siempre, y al amanecer habían desaparecido por completo la delicadeza y las palabras, según le había contado más de uno. Esa delicadeza que sí existía en los bancos públicos de los jardines, o en los recodos de los parques por donde paseaba de la mano con su novia, y era en tales momentos que surgía el verdadero amor, iluminando la mirada e intensificando la presión de los dedos en la otra mano. Cuando decía esto, si la novia de turno estaba presente, ésta se ruborizaba un poco y miraba al novio con cierta perplejidad y súbito desprecio. De ahí, pues, que no le durasen mucho las novias, de cuatro a cinco meses a lo sumo, y que últimamente ya fuera conocido en el barrio como el poco novio de las novias, que llevaba siempre una flor marchita en la mano. No es necesario que digamos cómo finaliza el cuento.

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RECOMENDACIONES

Le habían señalado las ventajas, pero no los inconvenientes de la vida. Y, como es lógico, el tiempo le deparó más de una sorpresa, y con el roce de los años y los sentimientos tuvo la oportunidad de conocer algunas fricciones dolorosas, historias mal orientadas y peor terminadas, iniciadas con mal pie y poca experiencia, que diría un experto en asuntos amorosos. Mal avenido con el mundo, comenzó a moverse de otro modo por calles y casas, prescindiendo de aquellas ventajas que le habían recomendado para vivir de acuerdo con los demás. Y sin temer, por otro lado, a los nuevos inconvenientes que de seguro se le presentarían ahora, en esta nueva vida. Una vida acaso un tanto malsana, llevada a cabo por calles y casas de dudosa reputación, pero que sería, ahora sí, su verdadera vida. Y fue entonces cuando la conoció. Una revelación, dijo que había tenido una revelación y que ya no podría amar sino a aquella mujer. Una ocasión como ésa, en donde todo parecía encajar a la perfección, placeres comunes, gustos a la moda en el vestir y el peinado, afinidades gastronómicas y espirituales, viajar, recorrer en autocares paisajes exóticos, ir del brazo por los países soñados, degustar platos típicos y beber los vinos de cada tierra, acostarse a medianoche, satisfechos de cuerpo y espíritu...,

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una ocasión como ésa, pues, no se presentaría todos los días. Así pues, decidieron casarse lo antes posible, y lo anunciarían ya a sus respectivas familias al volver del siguiente viaje de ocasión, a buen precio, programado para este mismo invierno. Lo que no les dirían, lo que no anunciarían a sus familias, era que en ese próximo viaje, que precedería como iniciación al día de la boda, llevarían a cabo un ejercicio más serio y meticuloso de lo que se entiende por «noche de bodas». Ya que hasta ahora, en los viajes anteriores, se habían limitado a tener una mera relación de novios, de pareja enamorada, sí, pero cuidando un tanto las formas y sin precipitarse, pues era del todo punto necesario, para ambos, mantener la ilusión, el misterio de la mítica noche en que ya serían matrimonio. Una mujer y un hombre enlazados por un vínculo civil o

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religioso (aún tenían algunas dudas sobre esto), que ya les permitiría la plena consumación, un vínculo que se ahondaría más a lo largo de la noche de bodas. De ahí que, tal como lo habían previsto, realizaran algunos ejercicios aproximativos, iniciáticos, en la habitación del hotel. Y realmente la noche transcurrió peor de lo previsto por ambos. Él, para empezar, se quedó muy sorprendido y estático, paralizado, al ver la clase de ejercicios que aquella mujer, su novia, era capaz de hacer en el espacio reducido de una cama de hotel barato (recuérdese, disfrutaban de un viaje de ocasión), valiéndose sólo del poder de la mirada y de algunos juegos malabares con un pañuelo, habilidades cuyo truco o secreto él desconocía, pero que ahora no era el momento de preguntar. Y ella, decepcionada al parecer, sólo abrió y cerró la boca un par de veces, como bostezando, antes de echarse a un lado e ignorar la proposición de los nuevos ejercicios que ahora ejecutaría el novio, unos ejercicios que sin duda serían los más poéticos que ella habría conocido nunca. Y comenzó a escribir un poema, un soneto en el blanco de la almohada donde ella, la novia, hacía ya unos segundos que roncaba a placer.

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DESPUÉS DE UN FALSO SILENCIO

I Había un falso silencio entre los dos. Y se despidieron, nunca más volverían a verse, decidió uno de ellos. Él, que no decidió nada y optó por otro falso silencio, se fue a casa arrastrando los pies, triste, ya completamente desolado al subir la escalera y abrir la puerta de su casa. Entró, se fue al lavabo y vomitó. Dos o tres gotas de sangre, destacando sobre el blanco de la porcelana, no le alarmaron y las despreció arrojándoles agua encima. Observó cómo desaparecían las gotas con los hilos de agua, y lamentó no poder hacer lo mismo con el alma y echarla también al desagüe. Con un ligero temblor en el ojo derecho, se acercó a la puerta del piso para cerrarla con doble llave..., pero cuando ya sacaba la llave de la cerradura, un punzón muy fino, sin hacer el menor ruido, atravesó el agujero de la puerta, un agujero cuya utilidad nunca había adivinado, y, agarrándose como pudo a un perchero que había en el pasillo, fue cayendo lentamente al suelo, con aquel punzón clavado a la altura del pecho, justo debajo del corazón. Tuvo suerte con la herida, sobrevivió y más adelante lo pudo explicar a algunos vecinos, pero aún no se sabe quién y por qué introdujo aquel fino punzón, como de hielo, por el agujero de la puerta, buscándole el corazón. 166


II (Otro caso) La policía encontró en el piso del asesinado una libreta con textos poéticos y dibujos de puertas y balcones, uno de ellos, por ejemplo, era éste titulado Poesía amatoria: «Érase una vez una historia de amor. Fue pasando el tiempo. Hubo una herida. Fue pasando el tiempo, ineluctable. Un día vino la muerte y se llevó la herida, el secreto. Por las noches se oía un llanto por el cementerio. Días después, previa denuncia del ruido del llanto, se procedió a abrir la tumba: vieron dentro, asustados, una hoja de aluminio, afilada, que recorría sola los miembros despellejados del amante enterrado, hiriéndolo de arriba abajo, y los ojos abiertos de éste, del difunto, que parpadeaban aún, como suplicando la muerte definitiva.»

III Al cabo de una semana, las autoridades decidieron cerrar el caso, certificaron que nunca existió realmente tal parpadeo, y ya no se volvió a hablar más del amante difunto que lloraba por las noches, mal enterrado.

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LA HISTORIA DEL HOMBRE DEL BALCÓN ...remembra.m d’un’ amor de loing. JAUFRÉ RUDEL, Lanqand li jorn ...nuestra alma melancólica en conserva. CÉSAR VALLEJO, Intensidad y altura

I ¿Pudo ser a medianoche, tal vez antes o más tarde, cuando lo mataron? Porque... al encontrarlo allí en aquel rincón de la calle, al amanecer, tendido en el suelo, apuñalado, con los pies desnudos dentro de un charco de agua y sangre, nadie supo decir quién, ¿un hombre, una mujer?, quién había podido matar a aquel muchacho que entraba cada tarde a la bodega del barrio, pedía una botella de cerveza fresca, se acercaba a los clientes habituales y les contaba ya otra historia. Una historia más de su infancia, como les decía él antes de comenzar otro relato, una historia como la siguiente, titulada: El hombre del balcón.

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EL HOMBRE DEL BALCÓN

Así pues -–les contaba el otro día, por última vez–, cuando él era niño y andaba correteando por las aceras de su calle, una mañana se arrojó un hombre desde un balcón, un poco más allá de donde él estaba jugando. Era un lunes de octubre. Aún recuerda la manta verde, a rayas, con la que cubrieron aquel bulto reventado, aquel bulto de ropa, carne y sangre del hombre del balcón. Era un novio resentido, despechado, explicaban después algunos vecinos que lo habían tratado. Al parecer, un día vio que su exnovia entraba en un hostal de mala fama, acompañada por uno de aquellos marineros norteamericanos que se emborrachaban y se distraían por el puerto. Dicen que fue por eso, que no pudo soportarlo y se mató arrojándose por el balcón. Otros cuentan que fue debido al amor imposible que sintió por una vecina, quien a su vez ya mantenía relaciones con el propietario de un pequeño supermercado del barrio. Algunos, más descarados, dicen que era un vecino que se enamoraba de las niñas que veía por la calle.

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II EL BALCÓN DE ENFRENTE (Una leyenda)

Ahora les contaré, dijo a los parroquianos de la bodega, una leyenda sobre nuestro personaje que aún se dice por el barrio. Se titula «El balcón de enfrente». Este personaje, pues, este vecino nuestro era un ser extraño. Antes de arrojarse por el balcón de su casa, quería hacer saber a la pareja de vecinos de enfrente lo que le había ocurrido, explicarles a esos vecinos –que en verano salían todas las noches al balcón de enfrente a observarlo todo–, en qué caso se había visto involucrado de repente, al conocer a una muchacha demasiado joven para él, casi una niña, como le reprochaban algunos familiares. Les diría que había escogido esta noche del lunes por motivos sentimentales, porque hoy justamente hacía ya dos años que había visto por vez primera a esa niña, de la que se había ido enamorando al verla pasar los fines de semana por la acera, hasta que desaparecía por el portal de la casa donde ellos precisamente vivían, los vecinos del balcón de enfrente. Sería ésta, pues, la mejor ocasión para explicarles la historia que le había conducido a la fatal decisión de arrojarse al vacío. Así pues, les llamó a voces desde su balcón, reclamando un momento de atención para su historia amorosa, verdadera y única causa de esta tragedia de la que pronto hablarían en todo el barrio. La 170


pareja de vecinos, un hombre y una mujer, le saludaron con la mano, y mediante unas cuantas palabras consiguieron convencerle de que pasara a visitarlos aquella misma noche, antes de que cometiera semejante acción y fuera ya demasiado tarde para el arrepentimiento. Emocionado por la deferencia, les dijo que subiría a verlos enseguida y que estaría con ellos unos instantes, pero sólo unos instantes, advirtió. Se cambió de ropa, se peinó y salió rápido al encuentro de los vecinos de enfrente, que ya le estaban aguardando con la puerta del piso abierta. Se presentaron mutuamente, lo acogieron con simpatía y le hicieron pasar al comedor, donde compartirían, le dijeron, una cena frugal pero completa. Habían pasado ya un par de horas y habían bebido más de la cuenta, cuando de pronto la pareja se levantó, se alejaron un poco de la mesa, como discutiendo, y abandonaron el comedor. Volvieron ambos al cabo de unos minutos, vestidos de otra manera, y le invitaron a pasar a la alcoba, a la habitación de matrimonio que, según le confesaron, ya no usaban en los últimos tiempos, ya que preferían dormir en camas separadas en otra habitación más ventilada. Fue entonces cuando lo echaron con violencia sobre la cama, el hombre le agarró de los brazos y le lamió los ojos y los labios, cubriéndolos con una saliva avinagrada. La mujer, mientras tanto, se puso unos guantes de goma, le desabrochó los pantalones y le colocó unas hojas de afeitar en la entrepierna. Pero la mujer comenzó a apretarle 171


los muslos con tanta fuerza, que se hirió los dedos con una de las hojas de afeitar y escupió maldiciones sobre el vientre de la víctima, desgarrada la piel de ambos sobre la cama, que se iba manchando de las dos sangres. Aprovechando este momento, la mujer, irritada, deslizó una hoja cortante por debajo de los muslos de la víctima, haciéndole una ligera incisión, como si dibujara, desde el ano a los testículos, unas bolsitas de niño, exclamó la mujer a su compañero, quien volvió la cabeza afirmativamente añadiendo: «Sí, casi de niño». Entonces éste dejó de lamer al vecino sometido y palpó la sangre que ella le ofrecía, mezclada con la de su herida. La víctima, que no había gritado en ningún momento, cerró los ojos al ver la sangre, aquella sangre compartida sobre su cuerpo. La pareja reaccionó con más violencia al ver sus ojos cerrados, le hicieron otro corte en una ingle y le vaciaron por encima un frasco de alcohol helado. Acto seguido, la mujer, con una mano vendada, y su amigo frunciendo los labios resecos, lo llevaron a empujones hasta el ascensor, de donde, le dijeron, sería mejor que sólo saliera para volver a su casa, sin enamorarse de más niñas, o que no saliera nunca más del ascensor. Entonces, él, con los pantalones mojados, regresó a su domicilio, goteando sangre por la escalera, abrió y cerró con doble llave la puerta de su casa, se acercó al balcón, descorrió apenas uno de los visillos y pudo ver de nuevo a la pareja, allí estaban los dos, el hombre y la mujer herida, ambos apoyados en la baranda de hierro del balcón 172


de enfrente, esperando sin duda a que él se asomara y se arrojara cuanto antes balcón abajo, humillado, con los pantalones ensangrentados aún. Era un lunes de octubre. Algunos vecinos comentaron después que la jovencita, esa jovencita, casi una niña, que visitaba a veces a los del balcón de enfrente, había tenido algo que ver con todo lo sucedido aquella noche en el barrio. Luego, se olvidaron del caso del hombre que se arrojó por el balcón y de la jovencita.

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III Esto fue lo que vio de niño, les decía. Y aunque es cierto que podría contarles más historias, les anuncia que prefiere guardarlas para mañana y que serán explicadas a esta misma hora más o menos. Hasta que un día dejó de ir a la bodega, y a la mañana siguiente lo encontraron tendido en un rincón de la calle, ensangrentado, con los pies desnudos sobre un charco. Alrededor, cristales de una botella de cerveza, y a su lado una carpeta de color azul. Al abrirla, encontraron muchas hojas de papel con textos fotocopiados, dibujos y la fotografía de unos niños. La carpeta llevaba este título: Itinerario urbano de un vecino, el hombre del balcón

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ITINERARIO URBANO DE UN VECINO, EL HOMBRE DEL BALCÓN (Imágenes para ilustrar un cuento)

Guía urbana de las calles en donde vivió el hombre del balcón, hasta su muerte.

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Plaza en donde transcurri贸 la infancia del hombre del balc贸n.

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Balc贸n de la casa del personaje del cuento, dibujado por su hermana.

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Dibujo realizado por el hombre del balcón, con varias hojas escritas y cosidas al dorso, tituladas: El cancionero de la nada amorosa (Canciones dedicadas a su tercera novia, y a una vecina a la que él llamaba «la chica de la maleta», ya que los fines de semana esta vecina iba por el barrio arriba y abajo con una pequeña maleta)

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EL CANCIONERO DE LA NADA AMOROSA (Historia del amante que se convirtió en nada amorosa)

CANCIONES A LA NOVIA 1 Estar dentro de tus ojos, ver lo que miras. Ser en ti como las imágenes en tus ojos, y bajar a tu boca desde lo mirado, desde tus ojos, imagen deslizándose por tu garganta, deteniéndose en el corazón, bajando al vientre, a las entrañas, hasta detenerse en la sangre, y ser imagen en ti, la imagen que al mirarte soy en tus ojos, en tu sangre.

2 Cualquier cosa tuya me basta. Cualquier cosa que te sobre y me des, será suficiente. Dame lo que quieras, dame también lo que no quieras, la cosa más pequeña que venga de ti, lo que te sobre, lo que nadie quiera, lo que tú no quieras, nada, cualquier cosa, lo que sea, cualquier cosa que venga de ti me basta. Dame lo que te sobre, dame lo que nadie quiera, y para mí será suficiente, me bastará eso tuyo que nadie ni tú quieres. 179


3 PRIMERA CANCIÓN A LA YA EX-NOVIA Para olvidarme de ti, me voy matando el alma por calles y cuerpos desconocidos. Construyo tu cuerpo y me mato el alma con novias alquiladas. Sólo para olvidarme de ti. Después, al volver con el alma más muerta, no he podido olvidarte y pienso otra vez en ti. Es para olvidarte, que me mato más el alma cruzando calles y cuerpos desconocidos, pero cuando vuelvo, estás aún en mi alma muerta y pienso más en ti.

4 CANCIÓN DE LA PALABRA AMOROSA (A la misma) Quiéreme, decía. La palabra era «quiéreme». Necesito que me quieras, decía, quiéreme para no morir tanto. Desde hacía cuatro años, sólo repetía esta palabra, este querer. Sus amigos y conocidos ignoraban a quién se refería, a quién nombraba con el sonido de esta palabra, con el silencio de este querer. Así fue transcurriendo su vida, pidiendo que alguien, no sabemos quién, le quisiera.

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Quiéreme, volvía a decir. Quiéreme, y la muerte no será tanta el día que me quieras. Quiéreme, e iré a la muerte con el recuerdo de tu vida, y no moriré tanto en la muerte, si me has querido. Quiéreme, y no será tanta la muerte el día que me quieras.

5 CANCIÓN DEL DESPERTAR DE LAS PALABRAS (A la misma) Fue al despertar. Como un desprendimiento. Tenía las palabras contadas, pero al despertar sintió que le faltaban algunas. Le faltaban palabras. Se levantó de la cama, buscó, acechó por los rincones, y sí, comprobó que le faltaban palabras. Corazón muerto. Fue aquel día, al despertar. Como una ausencia fría en las manos. A lo largo del tiempo, había ido contando las palabras, una a una, como si las numerara en el corazón. Contaba su número, para luego contarlas mejor al oído de la noche. Las contaba, numerándolas, y las contaba, diciéndolas. Pero ahora, al despertar, tiene el corazón muerto y le faltan algunas palabras, le faltan palabras. Desde entonces, le faltan palabras, dice.

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6 CANCIÓN POR UNA PALABRA DE MENOS (Última canción a la ex-novia) Esta otra historia ocurrió por una palabra de menos. Fue por una palabra de menos. De entre los dedos le caían gotas de sangre. Pero lo que realmente le mató, lo que le desangró de verdad, fue una palabra de menos, una palabra que no se dijo. Ahora bien, ¿se hubiera podido llegar a decir esa palabra? ¿Adivinarla? Y además, ¿esa palabra, de haberla adivinado alguien, tenía que ser dicha simplemente por cualquiera, o bien debía pronunciarla alguien determinado? ¿Quizá, pues, se trataría de una palabra de menos, de una palabra no dicha por quien hubiera debido decirla? Pero las cosas del amor y la muerte nunca se pueden resolver después, pasado el tiempo, y será mejor por tanto no darle más vueltas al corazón.

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CANCIONES A LA VECINA DEL 3º1ª 1 LA CANCIÓN DE UN LUNES I No quería que nadie le viera volver. Solo, sin que nadie le esperase, podría matarse mejor en las raíces, en los bajos de aquel amor. Quería estar solo, pues, para matarse. Para matarse mejor en aquel amor. II Se mataría un lunes. Un lunes de octubre. Lo había decidido. Después de un domingo, estaría bien matarse en lunes. Así ya no tendría que ver ni las luces ni la noche del martes. Matarse en lunes, un lunes, era el tiempo marcado, el tiempo necesario para salir de aquel dolor, de aquel amor. Alguien le había dicho que algunos se matan para más vida, para sentir más. Pero él no quería ni oírlo, ya no estaba dispuesto a escuchar esas frases. No quería ni oírlo. Derramaría su vida en la muerte. No quería vivir otro día, después del lunes. Él se mataría un lunes para vivir menos, para no sentir. Se mataría, pues, un lunes, ya lo había decidido, se mataría un lunes simplemente para dejar de vivir.

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2 EL CANTO DE LA NADA AMOROSA (Imaginando él mismo la repercusión de su muerte) Ahora le daba por decir a sus amigos que quería ser una nada amorosa. Y luego, ante el pasmo general, ya lo explicaba mejor: como no era amado en vida, se había informado bien con algunos vecinos místicos y le habían sugerido que no había más solución que la nada amorosa. No siendo nada en esta vida, ni amante ni ser amado, le proponían ahora la ventaja de ser reconocido, mediante la muerte, como nada amorosa. Es decir, muriéndose y siendo recordado y reconocido como tal, como nada amorosa, también había muchas probabilidades de que luego fuera amado desde la vida por una de sus amigas. Un amor a larga distancia, es verdad, demasiado tardío e incorpóreo, pero mejor, añadían sus consejeros, ser una nada amorosa que un simple amigo muerto. Entonces, él se puso a calcular bien las distancias y el tiempo necesario, el tiempo más favorable para que su amiga se emocionara con la muerte, con su muerte, y se enamorara de su nada amorosa, de su corazón aunque muerto. Y se mató el día señalado, el día que, según sus cálculos, podía influir más en el ánimo de la amiga. Así pues, lo dedujo a conciencia, se mataría el segundo lunes del próximo mes de octubre. Todo le salió a la perfección y murió absolutamente solo, pero con la esperanza de ser acompañado poco después, cuando su pobre vida ya fuera una nada amorosa 184


en el cementerio. Pero se había olvidado de calcular lo más importante: el corazón de su amiga ya estaba ocupado, pero no por otra nada amorosa, sino por un ser amado de largas y poderosas manos, y que no eran precisamente las de él, pobre muerto de amor. (Descanse en paz nuestro amigo, su nada amorosa, dirán después algunos, cuando lean estas letras de amor).

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3 LETRA DE CANCIÓN VULGAR Y SENTIMENTAL A veces, en sueños, mi espíritu finge escenas de vidas lejanas. AMADO NERVO, Transmigración

Vivían en el mismo edificio. Él se había enamorado de ella, de la vecina del piso de arriba. Ella, a su vez, estaba seducida por el propietario del pequeño supermercado, situado en el mismo edificio. Es decir, tenía el corazón ocupado por otro, como le dijo un día a él, alarmada sin duda por la insistencia e intensidad con que nuestro enamorado la miraba subir y bajar por la escalera. Decepcionado y despechado, creyó que lo mejor sería acabar cuanto antes con este mal de amor, y para ello se puso a imaginar a la amada en las posturas más vergonzosas, más humillantes. Por ejemplo, la veía desnuda en el lavabo, la bella dama orinando mientras se perfumaba una oreja con el dedo índice, o bien estrujando con mano delicada una insuficiente hojita de papel higiénico. Ahora espiaba los pétalos abultados de su sexo, bastante descoloridos ya por el roce frecuente de prendas y hombres feroces; los pechos, semejantes a las dos gardenias mustias que había en un jarrón de la tienda (no se atrevía a humillarla del todo y utilizaba abundantes 186


metáforas de plantas y flores para fantasear sobre ella, sobre el cuerpo de la vecina amada, ahora repudiada); las nalgas, dos hojas de planta exótica, como rasposas por dentro y un tanto manoseadas, con rizos de vello manchados por la desfloración repetida, insatisfactoria, del novio (aquí se reía de su fantasía, con una copa de anís en la mano). Así se imaginaba a su amada, con grumos de líquido viscoso en la garganta, ya resecos pero aún pegados a lo largo de la lengua y el paladar, con saliva ajiaceite, más las secreciones inesperadas del tendero impaciente humedeciendo las bragas amarillas, bordadas con iniciales rojas (regalo de aniversario), con largos pelos salpicados en la entrepierna frondosa (al parecer le crecían al gusto de su tendero). Y otra vez la planta esponjosa, quizá carnívora, de las nalgas, repeliendo una sustancia blancuzca, esos mocos blancos (pensaba sonriendo, maligno) que le acaban de introducir (escupir amorosamente esta noche, susurra el mal hablado del amante al oído de la amada). Día tras día se la imaginaba así, lengua de flor viscosa por arriba, planta esponjosa por abajo, sin delicadeza alguna. O por lo menos (rectificaba amoroso), con el alma ausente bajo el peso muerto y pegajoso del hombre de la tienda. Pura carne de la amada echada a perder, corrompiéndose en una acera, a las puertas de un supermercado, de un prostíbulo de barrio, en una habitación de mala muerte, desnudez morbosa, amor agusanado, amada consumida hoy por el tiempo y el deseo de los hombres brutales. Un producto 187


deficiente sin duda, de la cabeza a los pies, una lata en el corazón, corazón mal conservado, una lata caducada y mal abierta, abollada por las manos grasientas del tendero –así concluía desesperado y burlón sus fantasías, desviándolas del mundo floral a las latas de conserva. Pero nunca les diría nada de lo que pensaba de ellos, de sus groserías ruidosas, de su falta de delicadeza, jamás les diría nada, y no por miedo, sino para no darles la satisfacción de una réplica, de una defensa de esa clase de amor..., de ese amor tan vulgar que ambos compartían los domingos en un hostal de otro barrio, pero donde una noche los pudo descubrir, con sus voces y gruñidos, oyéndolos cantar mientras descorchaban botellas de champán. Había identificado sus voces desagradables, chirriantes, sus exclamaciones de alegría, desde la cama de otra habitación. Porque la verdad es que también él frecuentaba las habitaciones de ese mismo hostal, pero lo hacía de una manera más educada, de incógnito, sin alardear de novias ni dando gritos de fiesta, con buenos modales, sin molestar a nadie, pagándose los ratos de amor que le ofrecían mujeres anónimas, desconocidas de las que se despedía con respeto y a las que seguramente no volvería a ver... Pero aquella pareja de 188


ruidosos nauseabundos no sabían comportarse ni en la intimidad de un hostal, pensaba irritado y ofendido. Una completa falta de formalidad amorosa. Sin embargo, pese a tales ejercicios mentales, no podía olvidarla ni corromperla del todo, seguía enamorado de aquella vecina, de tal modo que al final del día, cansado ya de imaginarla en las más humillantes posturas y bajezas, le apasionaba también todo aquello que le hubiera habido de repugnar, aquel amor envenenado, aquellas inmundicias de musgo corrompido. Cuanto peor la trataba, embruteciendo al máximo los bellos recuerdos de su imagen, de su cuerpo, cuanto más la rebajaba a ser objeto de desecho..., más se enamoraba de ella, de sus pobres rosas de carne gastadas por delante, ya maltrechas por el uso y marchitas por detrás. Rosas de carne consumidas por delante y manchadas por detrás, volvía a imaginarla con la piel cada vez más reseca, rasposa..., pero no importaba, la amaba todavía, y estaba dispuesto a olvidar todas las imperfecciones, las viscosidades de sus flores actuales, todas sus manchas y falsedades, todo, todo lo olvidaría y volvería a idealizarla, el día, la noche que ella le quisiera. «El día que me quieras –se decía a solas por las noches– todo volverá a ser como antes, cuando aún no eras una flor marchita e iluminabas al mundo entero con el resplandor de tu belleza. La noche, el día que me quieras y el tendero grasiento haya muerto en tu corazón, serás la dama más bella del barrio, la más bella durmiente del bosque». 189


Pero hay cosas que no se pueden soportar durante mucho tiempo en la oscuridad de una habitación, y seguramente se matará un lunes de octubre adentrándose en el mar, a pleno sol, o quizá arrojándose por el balcón (no lo tiene decidido aún). Pero será, eso es seguro, un día después de haberla visto subir de nuevo al hostal, presurosa, del brazo fuerte del tendero, un domingo al mediodía, y ella lucirá un vestido flamante, estampado de flores, y estrellas rutilantes en la larga cabellera. Se matará al día siguiente, sin más dilación, un lunes de octubre, y a lo lejos en la rama de un árbol cantarán los ruiseñores, como dicen los bellos cuentos. (Conforme, en principio, con el día escogido).

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4 CANCIÓN PARA UN CASO PERDIDO ¿Era él, pues, un caso perdido desde que nació? ¿Un caso fatal de perdición? O, tal vez, ¿un caso malogrado y perdido por culpa de un asunto de amor?, le preguntaban algunos. Ni una cosa ni la otra, les respondía. Era sólo un caso perdido. No se trataba ahora de un nuevo fracaso amoroso, ni de uno de esos fracasos de siempre que le acompañaban desde la infancia. Ahora era otra cosa. Cierto que muchas veces se había visto en peores circunstancias, muchas veces, ya lo recordaban. Entonces sí que había sido un caso vulgar, un caso perdido de amor. Esto de ahora es otra cosa, les decía. Ahora es un caso perdido, solamente un caso perdido, sin más. Lo que se dice un caso perdido en estado puro. Esto es, era un caso perdido, un puro caso perdido. (Hacerlo un lunes).

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5 LA CANCIÓN DEL OLVIDO ...con la lengua muerta y fría en la boca pienso mover la voz a ti debida. GARCILASO DE

LA

VEGA, Égloga, III

Si no me quieres, al menos déjame quererte sin quererme. Con este amor que no me tienes, sin quererme, déjame quererte. Olvídame, pero no me olvides del todo, y déjame que te quiera aunque no me quieras. Sin quererme, mientras yo te quiero, no me olvides aún y mátame con todo el amor que no me tienes. Pero mátame de amor y no de olvido. Y que un día la canción pueda recordar que, no queriéndome, he ido amándote y muriendo de amor, queriéndote el amor que no me querías, que olvidabas. Y con la lengua muerta y fría en la boca, pueda aún mi voz decir tu nombre, el amor que no me has tenido. (Será un lunes de octubre).

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6 CANÇÓ DEL BELL MORIR (Traducción al castellano, hecha por el hombre del balcón, de la canción catalana que tarareaba su vecino del entresuelo 2ª) Quiero que mueras de amor por mí, ahora que ya no muero de amor. Quiero que mueras por mí, ahora que ya he muerto y no puedo morir más de amor por ti. Como un corazón que muere por otro corazón, así quiero ahora que mueras de amor por mí, como yo antes moría, cuando aún tenía corazón y podía sentir y no había muerto aún de amor por ti. Ahora que tengo muerto el corazón, te quiero así, muriendo también de amor por mí. (Todo preparado para el próximo lunes de octubre).

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7 EL DÍA QUE ME QUIERAS (Estribillo final) El día que me quieras. CARLOS GARDEL-ALFREDO LE PERA

El día que me quieras, se abrirá el cielo y renacerán las flores muertas. La noche que me quieras, todo volverá a vivir y me hablará de ti y ya no habrá más muerte en mi corazón. Pero no me digas ahora por qué no me quieres. El día que me quieras, dime por qué no me has querido. Cuando llegue ese día, el día que me quieras, despertarán los recuerdos y me dirás por qué no me has querido antes, por qué no me has querido los otros días. No me digas por qué no me quieres ahora, el día que me quieras dime por qué no me has querido. Cuando amanezca ese día, un rayo misterioso iluminará mi camino, dejarán de marchitarse las rosas y florecerán los ramos de todas las novias muertas, y me dirás por qué no me has querido, bajo el azul del cielo. Pero no me lo digas ahora, dímelo la noche, el día que me quieras. (Me mataré mañana, lunes de octubre).

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(ÚLTIMOS DOS TEXTOS DEL CANCIONERO Y OTRAS HOJAS DE ÁLBUM, APORTADOS POR LOS VECINOS DEL HOMBRE DEL BALCÓN) BOLERO PÓSTUMO Me quisiste solamente una vez, y me mataste para siempre. Si nunca me hubieras querido, no me habrías matado tanto. Pero vuelve a quererme, aunque sea solamente una vez. Vuelve a quererme otra vez, y que nuestro amor sea una muerte como no hubo otra igual.

BURLA FINAL DE AMOR Aunque me mates al no quererme, en mi corazón muerto habrá siempre restos de ti. Y los gusanos y las hormigas, al celebrar su festín y devorarnos, nos unirán en una nueva y larga vida. Vida de insecto. Así nuestro amor será inmortal, pues viviremos de un insecto a otro, y en la muerte seremos felices, aunque no me quieras y me mates el corazón. 195


Hoja suelta arrancada de un tebeo de Hadas de la novia del hombre del balc贸n.

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Feria de agosto en su barrio.

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Una lista de telĂŠfonos de servicios de urgencia, que guardaba siempre en el bolsillo.

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I EL CASTILLO DEL DIABLO II EL ALGUACIL III LO QUE ACONTECIÓ LUEGO IV MORALEJA V ¿CUÁL FUE LA SUERTE DEL MONSTRUO VERDE? Nadie lo supo jamás.

Hoja arrancada de un cuento de Gerard de Nerval, «El monstruo verde».

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Fundas de discos encontrados en su casa. 200


Dos portadas de algunos tebeos heredados de su familia. 201


CUENTO DE LAS GOLONDRINAS, QUE LE CONTABA LA MADRE AL HOMBRE DEL BALCÓN

Había una vez una parvada de seis golondrinas. Crecieron y volaron juntas por la tierra y sobre el mar, hasta que cinco de ellas se aparearon, contrayendo matrimonio impar. Las cinco golondrinas cruzaron mares y tierras, viajaron por todo el mundo, yendo de un nido de hotel a otro en viaje de novios. Mientras tanto, la otra, la sexta golondrina, con las alas rotas, hacía y rehacía su nido, entretejiendo ramitas y barro en las paredes abandonadas. Murió sola, a finales del verano.

(El hombre del balcón creía que él había sido la sexta golondrina, según había comentado a su propia novia, hoy felizmente casada con otro pájaro, el vigilante de un puerto de pescadores)

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EL CASO DE UNOS EXTRAÑOS NAVAJAZOS, RELATADO POR EL HOMBRE DEL BALCÓN Había una vez un hombre que decía que le habían cortado el alma, a navajazos. Algunos, curiosos, le preguntaron cómo se hacía eso. Antes de responder se puso un dedo en los labios, meditando, y a continuación les pidió que le trajeran un cuchillo o una navaja. A falta de navaja, le entregaron un pequeño cuchillo de cocina para que lo examinara. Les dijo que lo probaran, se desabrochó la camisa, les indicó con el dedo que ya podían introducírselo, y les señaló dónde, a la altura del corazón, entre dos largas cicatrices. Como es natural, ninguno de los presentes se atrevió a herirle la carne, a clavarle aquel cuchillo sobre las cicatrices. Él, entonces, autoritario, pidió que se lo devolvieran, ya que lo haría él mismo. Miró el cuchillo, lo sopesó varias veces como calculando su peso, lo volvió a mirar, y al final les dijo que aquel instrumento, aunque bien afilado, no era el más adecuado para cortar almas como la de él. Por otro lado, argumentaba, no recordaba exactamente cómo le habían cortado el alma en aquella ocasión, pues de esto hacía mucho, demasiado tiempo. Y además, aquel día, un día de espesa niebla, las cosas se veían muy borrosas y era difícil observar los cortes de navaja que le habían hecho a través de la piel, en heridas largas y profundas para llegar al alma y cortársela mejor. De todo ello, como podían ver, quedaba el testimonio de las dos cicatrices, a la altura del corazón, decía al finalizar el relato del episodio más importante de su vida. 203


CUENTO FINAL ESCRITO POR EL HOMBRE DEL BALCÓN Érase una vez, hace mucho tiempo, cuando todos éramos felices y nadie había muerto aún. Érase una vez, cuando todo comenzaba y nada se había perdido. Érase una vez. Érase una vez, cuando las golondrinas no morían.

Hoja arrancada de un libro, con el texto del cuento final escrito detrás 204


NOTA EXPUESTA EN EL TABLERO DE ANUNCIOS DE LA COMUNIDAD DE VECINOS Hacemos saber a los vecinos del barrio y al público en general que, el llamado hombre del balcón, nuestro vecino, fallecido en extrañas circunstancias el pasado lunes de octubre, era un hombre de lo más afable y muy cariñoso con los niños y ancianos de esta comunidad. Decía que le gustaba vivir solo, sin testigos en su vida, quería estar solo dentro de su casa. Que si volvía tarde, ya avanzada la noche, prefería que no hubiera nadie en su casa que le mirara al rostro, que ningún testigo pudiera ver qué cara hacía esta noche y adivinar su tristeza, cuando regresaba de merodear por las calles más escondidas de la ciudad. Tenía un conflicto interior y no quería testigos. Eso era todo. No quería testigos de las cosas que se veía obligado a hacer para sufrir menos, para remediar un poco los efectos nocivos del último fracaso, del último amor, y así poder vivir sin tanta preocupación al día siguiente. En esta comunidad nadie sabe a ciencia cierta de quién se enamoraba nuestro vecino, cuál era en realidad su último fracaso. Pero respetábamos su silencio, su dolor de amante rechazado. Por todo eso, queremos hacer saber que muchos de nosotros sospechamos que la muerte de nuestro vecino no fue accidental, ya que el balcón de su casa no estaba en tan malas condiciones como sugiere el Ayuntamiento. Y consideramos, por lo tanto, que dicho 205


accidente en el cual perdi贸 la vida nuestro vecino fue probablemente intencionado.

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CRÓNICA DE LOS POBRES AMANTES


ENLACE NUPCIAL EN «EL LOTO DORADO» Las chicas resultaron ser pequeñas cenicientas, pero nunca perdían zapatos de cristal, sino una parte de sí mismas. VALÉRIE TASSO, Diario de una ninfómana

I Ésta es la historia maravillosa de un hombre y una mujer. No eran como los demás. Eran dos exnovios. Tenían un lado del cuerpo, un perfil, el derecho, más delgado que el otro, y como más gastado, decían los vecinos. Eran dos exnovios, tristes. Cada uno venía de otro novio, de otra novia. Y consumidos por el fracaso de un amor, tenían, pues, un lado del cuerpo más gastado, más triste. El amor no les había ido bien, como decía una vecina, y ahora cada uno se había convertido en exnovio. Vivían en el mismo edificio y se saludaban con simpatía cuando se cruzaban por la calle. Y así fue pasando el tiempo, entre miradas y saludos en la calle, en la escalera, sin más intimidad. Hasta que un día cambiaron las cosas. A uno de sus vecinos, el más abierto y parlanchín de la comunidad, se le ocurrió la idea de hacer felices a los dos exnovios. Para conseguirlo, anunció que deseaba juntarlos 209


por un día y una noche en la casa donde trabajaba, un burdel antiguo de barrio que él regentaba, llamado «El Loto Dorado». Todos los vecinos, dijo, serían convidados especialmente, por rigurosa invitación, y deberían colaborar con una pequeña cantidad económica, a fin de organizar bien y por todo lo alto esta boda, este simulacro de boda a celebrar en el burdel. Un enlace nupcial que se haría famoso en todo el barrio. Mediante esta boda de un día y una noche, el burdel renacería con tanta fiesta, y los dos exnovios saldrían beneficiados al poder olvidarse de aquella pena de amor que arrastraban, que no les dejaba vivir. Se acabarían los efectos nocivos de aquel primer amor, tan ideal y roto, que se había apoderado mortalmente de sus cuerpos y almas, sentenció al final de su discurso. Unos cuantos vecinos que estaban en la escalera aclamaron las palabras y el ánimo emprendedor de este regente de burdel. Consultados los dos exnovios, éstos aceptaron como los demás vecinos la ocurrencia de la boda, más que nada por distraerse, y enseguida comenzaron los preparativos. Algunos colaboraron más que otros, y una señora que era modista se encargaría de confeccionar el traje de novia. Otra señora muy activa, se cuidaría de preparar los bocadillos variados y comprar las botellas de champán necesarias, y también de contratar por unas horas a un violinista callejero que tocaba en una esquina del barrio.

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II De este modo, pues, con la aprobación de una minoría de vecinos (otros, huyeron asustados a sus casas), quedó ya decidido que el simulacro de boda se celebraría un domingo por la tarde, en el burdel. A la entrada del portal y a la puerta del piso del burdel colocarían ramos de flores amarillas y rojas, colgaduras de verbena como farolillos y banderines y figuras chinas de papel. No en vano la propaganda del burdel, en una revista semanal, anunciaba el confort de Oriente, exótico, de las habitaciones de «El Loto Dorado». Se propusieron decorarlo todo de tal forma que el piso principal del burdel, que tenía quince habitaciones pequeñas separadas por tabiques, semejara una vivienda de hadas, recién pintados el techo y las paredes de color azul cielo, con motivos de paisajes orientales aquí y allá. Poco amueblado pero acogedor, un sofá en el vestíbulo, una mesa rodeada de sillas y un armario en el salón, mesitas rinconeras y cortinas blancas en el pasillo, y en cada habitación una cama, una mesita de noche y un par de sillas. Con plantas de helechos en el vestíbulo y en el largo pasillo, junto a la puerta verde de cada una de las quince habitaciones. Y la habitación escogida sería por supuesto la mejor, la más espaciosa, aquélla que da a la calle Escudellers, las paredes tapizadas de rosa, ornamentadas también con dibujos orientales, una docena de cuadritos colgados de la cabecera de la cama, con motivos eróticos (reproducciones de pintura 211


china sobre seda, grabados japoneses). Un balcón noble, lo que se dice de categoría, cubierto de viejos cortinajes, aterciopelados. Sin duda, como decíamos, la habitación más preciada, la más cara del burdel, con derecho a baño y ducha con agua caliente. Y un teléfono blanco para solicitar bebidas refrescantes al conserje y telefonista, un señor gallego de plena confianza y muy conocido en el barrio por su afición a coleccionar barcos en miniatura. Por supuesto, no se oficiaría ningún simulacro de misa. Se trataba de simular una boda, no de escenificar una profanación religiosa. Y por lo tanto había que hacer las cosas con la máxima elegancia y sentido de la belleza, sin vulgaridades ni adornos de mal gusto, pensando sólo en el placer de aquella pareja de exnovios; se trataba, en suma, de unirlos por un día y una noche, para que ambos fueran felices y pudieran vengarse del mal de amor sufrido en otro tiempo, un amor que aún les dolía en el alma, afirmaba el organizador, solemne. Esta boda, decía, este enlace nupcial en el burdel de «El Loto Dorado», sería, pues, la historia más maravillosa que vivirían el novio y la novia, una historia que sería recordada en el barrio durante mucho tiempo.

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III Y así fue como, entre los ensayos de ceremonia en el piso principal de «El Loto Dorado», el envío de invitaciones y la selección de flores artificiales, de tela y de papel (las flores naturales, rosas blancas, claveles rojos y orquídeas, se adquirirían frescas el mismo día en un quiosco de la Rambla), así, entre ramos y otros preparativos, llegó al fin la tan esperada tarde de domingo. Lucía el sol, era un domingo de octubre pero no hacía frío, y los invitados se pusieron las mejores galas de entretiempo. Los dos novios llegaron en un mismo automóvil, propiedad de la empresa del burdel, y al bajar del vehículo fueron recibidos por el conserje en el mismo portal, mientras que arriba esperaba el regente del burdel, vestido de etiqueta, con un ramo de orquídeas frescas en la mano, que entregó a la novia. El vestido de novia no era de corte tradicional con una larga cola blanca, más bien parecía un vestido de fiesta, de un blanco cremoso, punteado de rojo y azul, resaltaba un corpiño carmín, luminoso, deslumbrante, como en el cuadro de Chagall, La novia de las dos caras, advirtió uno de los vecinos aficionado al arte. En cuanto al novio, llevaba un traje gris (propiedad del regente), y unos zapatos negros brillantes, de charol, que parecían de primera comunión, advirtió el mismo vecino a los presentes. Acto seguido, pasaron todos al salón más grande y soleado del burdel, donde, mediante un poema de bienvenida y parabienes 213


recitado a voz en grito por la vecina de mayor edad, comenzó propiamente la ceremonia de la boda más fastuosa del barrio, que unos pocos vecinos disfrutaron y elogiaron, y otros muchos despreciaron. La ceremonia, muy breve, consistió en un sermón del regente del burdel contra los primeros amores, criticando la perniciosa idealización de cualquier amor, en resumen, contra el exceso sentimental de los novios primerizos. Al finalizar su alegato, el regente abrazó y besó con entusiasmo a la ya pareja oficial de novios. Después de esta ceremonia, hubo abundancia de bocadillos y botellas descorchadas, dulces de nata y chocolate, lionesas de crema y trufa, con la música de fondo del violinista, que amenizó la velada a lo largo de toda la tarde. Concluido el aperitivo de bodas, el regente fue despidiendo a cada uno de los vecinos (unos trece o catorce, había más mujeres que hombres), agradeciéndoles su asistencia y colaboración en los preparativos y celebración de la boda. Después, se acercó a la pareja de novios y al violinista, que seguía tocando. Le indicó a éste que dejara de tocar y que ya podía irse. Abrazó otra vez a la pareja e inmediatamente los condujo hasta la puerta de la alcoba nupcial. Una vez solos, la novia y el novio se fueron desvistiendo de sus trajes de boda, y ya casi desnudos (ella en ropa interior negra y él en calzoncillos blancos) se acostaron por fin en la cama pública, en aquel lecho de todas las prostitutas, tan usado, pero esta noche con las sábanas más blancas y perfumadas 214


que nunca, con las almohadas más limpias y bordadas. Mientras tanto, el regente del burdel, que, según lo pactado con los novios, sería también el realizador del vídeo de la boda, ahora los observaba a través del orificio discreto de una pared, e iba filmando las posturas y grabando las exclamaciones de placer de los dos novios (con ropa interior aún). Y podía ver cómo se arrastraban por entre la blancura reluciente de las sábanas, abriendo y cerrando las piernas (ahora ella del todo desnuda), untándose las manos de uno en el cuerpo del otro, abriendo y cerrado las nalgas (ahora él sin calzoncillos), manchándose, contrayéndose, haciendo gestos obscenos como si tuvieran la intención de orinarse de un momento a otro sobre la misma cama, como si quisieran burlarse de los últimos recuerdos del primer amor, así, mojándolos..., aquel amor tan inútil que no les había dejado vivir hasta el día de hoy, comentaba después, satisfecho, el regente del burdel. Y así fue como la exnovia se convirtió en novia y, muy pronto, en la puta de más renombre del barrio, en la novia alquilada más bella y más buscada por los clientes; mientras, el exnovio, convertido en novio, desapareció del barrio con un muchacho de la mano, afeminados y contentos, dijeron las malas lenguas. Al cabo de los años el prestigio del burdel fue a menos, declinando su popularidad, aunque permaneció abierto aún durante mucho tiempo, pero substituyeron su nombre, «El Loto Dorado», por el de «Pensión Arenas», 215


cambiaron de regente y de conserje (ambos fueron despedidos del burdel por infidelidad económica), y un día la novia alquilada más bella del barrio se subió a un coche de lujo y nunca más volvió. Y así es como finaliza este cuento, la prodigiosa historia de la boda celebrada en el burdel llamado «El Loto Dorado».

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ASESINATO EN EL PROSTÍBULO (Escenario para un novio abandonado) Y un día, en un restaurante del arrabal, descubrí a una mujer que se le parecía. VASCO PRATOLINI, Las amigas

ESCENA I Fachada de un hostal. En realidad, es un prostíbulo. Dos flores en el suelo de la calle. Novio abandonado. Por ella. Abandonado por ella, me dirijo al prostíbulo con una novia alquilada. Recojo las dos flores de la calle y se las doy, mientras le digo que vamos a celebrar una noche de bodas. Una noche de bodas desesperada. Ella, indiferente, se guarda las dos flores en el bolso. Pulsamos el timbre y nos abre el conserje del prostíbulo. Nos pide la documentación, cuando bajemos ya nos la devolverá. Nos acompaña en el ascensor. Mientras subimos, me gustaría introducir en la boca de la novia alquilada trozos de mi corazón muerto, para que los masticara, para que los devorara lentamente, para que masticara mi corazón muerto. Le daría por reír y se burlaría de mi amor. O tal vez no. Hemos llegado a la habitación, cuya puerta nos abre ahora el conserje.

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ESCENA II Al cerrar la puerta, le susurro a la novia alquilada que esto parece realmente un hotel, y que ésta será nuestra noche de bodas. La más feliz noche de bodas. Bueno, tampoco hay que exagerar. Me mira con desconfianza, se desnuda y se dirige al lavabo. Me ofrece un preservativo (dos euros, bueno, un euro), luego se lo pagaré todo. Me desnudo a medias, me lavo, me acuesto a su lado. Enseguida se me pone encima, tiene prisa, le digo que tengo el corazón muerto, ella dice que se lo dé, que me chupará el corazón muerto y que lo matará otra vez. No quiero que me chupe el corazón muerto. A horcajadas, sobre mi vientre, su rostro me recuerda a la madre de un amigo, una madre que hacía de prostituta. Una mujer de la casa, una mujer de la calle. Pero ella tiene prisa, no atiende a mis muertes, a mi tristeza, y me hace daño con las manos… El preservativo se le queda entre los dedos, fláccido, lo envuelve con las servilletas de papel que están encima de la mesita de noche, y me da otra a mí. Me levanto enseguida, más muerto que vivo, ella vuelve del lavabo, y llama por el teléfono interior al conserje para decirle que ya hemos acabado por esta noche. Esperamos unos segundos y abandonamos la habitación. Una cucaracha sube por la pared del pasillo. Se cierra precipitadamente la puerta de otra habitación, y me ha parecido ver de perfil a un hombre que conozco de vista, del barrio. Otra cucaracha en el ascensor. 218


ESCENA III Mientras bajamos en el ascensor, le digo que no hemos celebrado la noche de bodas que yo tenía preparada desde ayer, y ella me responde que ya lo haremos otro día, pero con más tiempo y un servicio más caro. Con tiempo y un buen servicio todo se puede hacer mejor, incluso esas bodas de prostíbulo. Que no me preocupe, que me guardará el corazón muerto hasta otro día, me dice, y se ríe. Abrimos la puerta del ascensor, y el conserje nos devuelve los documentos. Nos despedimos y nos damos un beso en la mejilla antes de salir a la calle. Luego de dar unos pasos, vuelvo la cabeza y veo que la novia alquilada arroja a una papelera las dos flores que antes le había dado. Qué más da. No estoy para flores, esta noche no estoy para bodas, me diría la novia alquilada.

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ESCENA IV Subo a la misma habitación, con la misma novia alquilada. Hoy he traído todas las cosas necesarias para celebrar la noche de bodas, le digo. Una vez desnudos, le ofrezco un vestido de novia, un velo y una diadema de flores. Ella, perpleja, dice que esto me costará más caro. Se pone el vestido y la diadema, y deja el velo para otra ocasión, dice. Mientras, yo me visto con un traje de novio. Ambos, con los pies descalzos, nos dirigimos al espejo del lavabo, y nos contemplamos admirados en la noche, en nuestra noche de bodas. Ella parece una vendedora de flores con delantal blanco, y yo un cadáver resucitado bajo las luces fluorescentes del lavabo. Volvemos a la cama. Y sin despojarnos de las vestiduras de boda, le doy mi corazón muerto, ella lo manosea como el día anterior, y luego me lo devuelve más herido, casi ensangrentado. Ella no tiene corazón, me dice, ni vivo ni muerto, son las ventajas de ser novia alquilada, y se ríe. Al despedirnos, un sabor a muerte me queda en los labios, un sabor a flores marchitas, corrompidas, entre dulzón y agrio. ¿Y las dos flores del otro día, que ella arrojó a la papelera? Un buen momento éste para hacer preguntas absurdas. ¿Las dos flores del otro día, y ahora un sabor a muerte entre los labios? No sé de qué sabor me hablas, me diría, hace ya tiempo que estoy muerta.

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ESCENA V Hoy no he encontrado por la calle a mi novia alquilada. He buscado a otra novia y subo con ésta a la misma habitación, no, me dice el conserje que hoy está ocupada y nos acompaña a otra habitación. Veo que en el cubrecama hay una mancha. Ella lo estira y lo echa al suelo, las sábanas están limpias, dice. No le cuento nada sobre mi noche de bodas, esta novia parece más insensible aún que la anterior, no tengo ganas de hablar, me siento mal, me gustaría agonizar y morirme aquí mismo, sobre esta cama, al lado de esta desconocida que lo ignora todo, me pone la mano por detrás, y le digo que me voy, que no necesito nada más, ella me dice que a veces le pasa lo mismo cuando le gusta mucho un cliente, y salgo de prisa de la habitación, sin esperar el aviso del conserje. Me dirijo al ascensor, paso por delante de una habitación que tiene la puerta entreabierta, espío un momento y veo a una mujer desnuda, que me recuerda a alguien, no sé a quién, y a su lado el hombre cuyo perfil descubrí el otro día. Es extraño que hayan dejado la puerta un poco entreabierta. Al llegar al hall, el conserje me mira con malos ojos, me dice que no se puede abandonar la habitación sin antes avisarle, y me devuelve la documentación. Abandonar la habitación. Abandonado. Doy unos pasos. En una esquina, junto a un árbol vomito un hilo, dos, tres hilos de sangre. Cuánta muerte cabe aquí dentro, esto no se acaba nunca, me digo sonriendo, 221


con un pa単uelo en la boca. Una ni単a me ha mirado al pasar, con ojos de pena, y me ha dado un pa単uelo de papel, no, dos, tenga dos pa単uelos, y le he dado las gracias tartamudeando.

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ESCENA VI Hoy he descubierto que este prostíbulo también hace de hostal y se pueden alquilar habitaciones para dormir, uno solo, sin necesidad alguna de pareja o de novia alquilada, aunque no es lo habitual, me ha dicho el conserje. Pues bien, esta noche he decidido ir yo solo a la habitación. Quiero averiguar el misterio de la otra habitación, la de la puerta entreabierta. El conserje me ha recibido con amabilidad, sin hacer ningún comentario sobre mi decisión de dormir solo, de estar solo en la habitación hasta mañana a primera hora. Me ha dado la habitación de otro piso (es un edificio de cuatro pisos), no tenía otra disponible hoy, fin de semana, y al parecer estoy debajo del piso donde está la habitación misteriosa.

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ESCENA VII Ayer noche no entró nadie en la habitación de arriba. Ningún ruido, hasta esta mañana de domingo, hacia las once, en que he oído pisadas en la habitación. Parecían las pisadas de dos personas. He subido sigilosamente y he encontrado la puerta de la habitación entreabierta, igual que el otro día. Como si me hubieran estado esperando. Ahora ella comienza poniéndose de espaldas, arrodillada en la cama sobre otro cuerpo, el de un hombre un tanto grueso y depilado de piernas. Ella tiene una espalda que me recuerda a alguien, unas nalgas blancas y velludas, que el hombre separa con las manos, y ella las levanta hacia mi mirada, como si ambos quisieran mostrarme la abundancia de vello que las cubre. Ahora ella se pone boca abajo y el hombre se le sube encima, le separa más las nalgas, y le atraviesa el vello frondoso. Ella grita y vuelve la cabeza un poco, sobre la almohada, y me mira sonriendo, mientras el hombre la desgarra por dentro. Es ella. Hunde el rostro en la almohada, pero enseguida vuelve a mirarme, ahora con más intensidad y sin sonreír. Es ella. Aparto la mirada, me duelen los ojos. Vuelvo a mirar, angustiado, y ella sigue también mirándome, espiando la expresión de mi cara, mi falta de movimiento. Tengo agujas en el corazón. Ensordecido por el ruido de la cama, mareado, bajo deprisa a mi habitación. Cierro la puerta. Me pongo la mano fría en el corazón, en las agujas. Ya no hay duda, es ella misma, la novia de hielo, la novia 224


que me abandonó, está aquí, con otro novio o con un cliente. Seguro que es ella, la novia de hielo, que ahora se derrite con otro novio, o con un cliente. Maldita novia de hielo. Y sigue el ruido en la habitación de arriba. Mejor que me vaya a la calle y vuelva más tarde. Ahora no sé qué hacer, me siento perdido, tengo náuseas. Al salir, el conserje me ha preguntado si dejo ya la habitación. Le he dicho que no me voy aún, que la necesito unos días más, que ya le avisaré con tiempo antes de irme.

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ESCENA VIII Por la noche he vuelto a dormir en la habitación del hostal, del prostíbulo. Arriba ya no había nadie. Pero hacia las dos de la madrugada he oído pasos y ruidos, como golpes en la pared, y la voz de la mujer, de ella, que gritaba al hombre, cuya voz no me era posible oír. Me he levantado sobresaltado y he subido al piso de arriba. Me ha sorprendido que la habitación estuviera cerrada. Me he acercado a la puerta, a escuchar. Entonces, de pronto, él ha abierto la puerta con violencia, y riendo me ha señalado el cuerpo de ella, desnuda con las piernas abiertas, sobre la cama, con un dedo ensangrentado junto al vientre, y riéndose también de mi asombro, de mi perplejidad. Les he mirado sin comprender, entonces él ha dejado la puerta entreabierta, como siempre, y se ha dirigido a la cama y ha puesto un dedo en la sangre del dedo de ella, que enseguida se le ha llenado también de sangre y me lo ha mostrado. Como si quisiera darme a probar la sangre de ella. He retrocedido hacia la puerta (no me había dado cuenta de que había entrado en la habitación, seducido por el dedo ensangrentado). Luego, el hombre se ha sentado en una silla de cuero, mientras ella le ofrecía más sangre con el mismo dedo. No he podido mirar más y me he ido escaleras abajo, hacia la calle. Mientras bajaba, he oído que cerraban la puerta. Ahora ya no esperaban a nadie más.

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ESCENA IX Deambulo por el barrio, con toda la vida malherida. Llevo clavado aquel dedo, su sangre, en el corazón, y ando, perdido, ando, ando, sin rumbo. Ahora veo a una mujer de ojos tristes, ebria, sentada contra la puerta cerrada de un bar. La forma de sus ojos me recuerda a la persona de la que estoy enamorado, a la novia que no me quiere. Paso por delante de ella varias veces, mirándola fijamente. Dudo un instante y estoy a punto de creer que es ella misma, la novia que no me quiere. Pero no, no es ella. Mi novia tiene hielo derretido en la mirada, y está allí arriba, en la habitación de un prostíbulo, ofreciéndose a otro, ofreciendo su corazón, su dedo ensangrentado, a otro novio. Esta mujer ebria, por el contrario, tiene tristeza en los ojos, desamparo en la mirada. Me gustaría que fuera ella, y sentarme a su lado y consolarla con otra lata de cerveza. Si ella, la novia que no me quiere, estuviera sola, alcoholizada, abandonada en la calle como esta mujer cuyos ojos se le parecen, pero sin hielo derretido..., entonces, quizá aceptaría mi compañía, mis palabras, y podría ofrecerle mi amor sin el riesgo de ser rechazado. Borrachos los dos, abandonados los dos, sería más fácil amarnos. Ella, con el regalo de un infinito de cerveza, ya tendría suficiente, y me sonreiría, mientras yo, aprovechando el momento en que brindaríamos por la felicidad, le declararía otra vez mi amor. 227


¿Y si lo intentara con esa mujer que se le parece tanto? ¿Daría buen resultado la substitución de una novia por otra, dada la semejanza física entre ambas, pero sin hielo derretido en los ojos de esta novia borracha? ¿Se puede ser feliz imitando el amor que no ha sido, pero que se ha soñado tanto que ya puede ser representado? Sería como un noviazgo muerto en la acera. Con flores muertas y latas frías para los convidados. Mañana hablaré con la mujer alcoholizada, me sentaré a su lado y le propondré que sea mi novia. Me preocupan aquellas otras mujeres vagabundas y algunos hombres borrachos que se mueven a su alrededor, y a los que deberé mantener a cierta distancia de nosotros dos, si quiero que el noviazgo prospere. Sus ojos tristes. Pero será mejor que me vaya y que no vuelva a mirar sus ojos tristes, desamparados. De nada nos serviría a los dos mantener ese noviazgo inútil en la acera, y seguramente no podríamos ni iniciarlo. Tampoco esta novia comprendería mi declaración de amor. Sólo quiere una cerveza más, y pocas palabras. Soy el idiota enamorado. Y además estamos todos muertos.

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ESCENA X He dado muchas vueltas por las calles del barrio, de bar en bar. Intentaba recordar, explicarme lo que me estaba sucediendo. ¿Visiones de un corazón roto, agujas clavadas en un dedo? De pronto, al doblar una esquina, me he encontrado con la niña del otro día, la misma que me dio dos pañuelos de papel. Me mira con lástima. Espero que la niña, que las niñas traten mejor a sus enamorados. Se acerca un poco y me pregunta si quiero otro pañuelo. Me mira con lástima. Le digo que no, y entonces me da un beso. Me ha sorprendido lo que ha hecho. He sentido un extraña sensación, como un amor, un deseo. La niña se ha ido corriendo. He vuelto a la realidad, y regreso al hostal, al prostíbulo. Casi es de día ya. Toda la noche sin haber dormido. La próxima noche subiré a la habitación y los mataré. Ya lo tengo decidido. Entraré en la habitación y los mataré con este abrecartas. Los mataré.

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ESCENA XI La policía me ha detenido en mi habitación. Les he dicho que yo no sabía nada, que era verdad que había subido a la habitación de arriba y me había cruzado con otro cliente del hostal. Pero, como les decía, yo sólo había subido con la intención de rogarles que no hicieran tanto ruido por las noches. Y que me encontré la puerta entreabierta, como siempre, y que fue entonces cuando los vi allí a los dos, desnudos y ensangrentados, ella encima de la cama, con una mano de cuatro dedos extendida

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sobre el vientre, y el hombre tirado en el suelo, boca abajo. En la silla de cuero, sobre una hoja de periódico, un trozo de hielo derritiéndose, y un dedo amputado ¿el que le faltaba a ella?, con la uña arrancada, empapando de sangre el papel. Asustado, bajé para avisar al conserje. Eso era todo. El conserje me ha mirado con desprecio. Él dice que siempre había sospechado de mí. Esto es lo que más me duele ahora. Me hubiera gustado matarlos, es verdad, pero yo no he sido, alguien se me ha anticipado y nunca podré demostrar mi inocencia ni al conserje ni a la policía. Nunca sabrá nadie las torturas a que me sometían este hombre y esta mujer, la pareja asesinada, dejando siempre la puerta entreabierta para mí, para que los descubriera amándose, ensangrentándose. Cuando he salido del prostíbulo, custodiado por la policía, aquella niña estaba parada enfrente, en la otra acera, mirándome fijamente. Me ha mirado con más lástima que los otros días, cuando nos encontrábamos por la calle, y se ha puesto la mano en la boca, como si quisiera decirme algo, advertirme o quizá despedirse de mí. Se ha puesto la mano otra vez en la boca, pero ahora tocándose los labios con un dedo, moviéndolo misteriosamente y chupándolo como si fuera un trozo de hielo. Quería despedirme de ella, decirle algunas palabras, pero la policía nos ha interrumpido. Siempre recordaré a esta niña.

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(En el momento de la detención, el sospechoso llevaba en el bolsillo la fotocopia de unos versos atribuidos, al parecer, a Shakespeare.) Hasta que la estrella que mi andar guía destaque los más relucientes hallazgos y adorne estos andrajos de mi amor, para que merezcan tu dulce dictamen: entonces podré jactarme de que os amo; antes no me expondré a juicio tan severo.

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CARTA-EPÍLOGO


Instrucciones dejadas por una borracha a un cantante de novias perdidas Soy la novia enganchada entre el colchón y los muelles. No sé si se acuerda. Le pedí que me atara allí, aquel día, en la pequeña habitación que alquiló en la pensión aquella, llamada «El Loto Dorado». ¿Recuerda? Quizás si le doy algunos detalles pueda rememorar nuestro primer y único encuentro. Cabe decir que sigo en esta posición desde que nos encontramos. Y no pienso salirme de allí. Prefiero morirme de esta forma. Ahora, mi única posibilidad de futuro es la muerte. El regente del «Loto Dorado» todavía no se ha dado cuenta. Para cuando me descubra, ya será, afortunadamente, tarde. Mi vida no siempre fue así, aunque no se lo vaya a creer. Vendía, hace tiempo, trozos de corazón en cajas de cerillas. El negocio era floreciente, hasta que los corazones desaparecieron. Ya no había género, me los suministraba siempre la misma persona y, cuando la última vez fui a pedirle una buena docena, se puso a reír a carcajadas. Me dijo, con cierto sarcasmo, que estaban en vías de extinción. Me eché a llorar, pensando en lo que iba a ser de mí y de mi suerte a partir de aquel momento.

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Así que, si ya no podía vender trozos de corazón, iba a regalar el mío. Regalar, sí, es la palabra. Ya se acordará que lo que le cobré fue una miseria en comparación con el negocio que tenía antes. 10 euros no más, creo que fue lo que le pedí. Quizá algo menos. Se acercó un lunes a mediodía, lo recuerdo bien. Yo estaba sentada en una silla blanca de plástico, cuyas patas estaban medio comidas por los perros que andan por el barrio, hambrientos, a los que tengo que espantar, cada vez, con la botella de ginebra en la mano para que no acaben con la única herramienta de trabajo que tengo. Cuando digo única, es así. Sé que me he estropeado mucho con esa vida y que mi cuerpo puede resultar repulsivo. Sin embargo, usted se acercó a mí, con pasos un poco vacilantes, todo hay que decirlo, pero al final se atrevió, accedió a hablar conmigo. Sé que soy una borracha, pero eso no le impidió entablar conversación. Malvivo en el piso de una amiga que no tiene baño y tampoco me puedo arreglar como me gustaría. Sé que el carmín que siempre llevo recubre demasiado mis labios y que el rímel negro está siempre corrido. Mi aliento tampoco ayuda, quizá por eso usted calculó unos cinco pasos entre su cuerpo y la silla. No se lo reprocho, entiéndame. Riéndome, le dije que subiera por las escaleras de este frenopático de las almas. Y que me entregara la suya. Yo, a cambio, le regalaría mi corazón. No sólo el tiempo de un servicio. Pero no pareció enterarse muy bien. Le aseguré que iba a estar a buen recaudo. Tengo experiencia. 236


Incluso le confesé que tenía 100 años. Se paró un instante en las escaleras y me pidió que abriera la boca. Quería ver si todavía me quedaban dientes. Lo sé ahora, aunque no me lo dijera. Entiendo que, en el fondo, le dio todo un poco de asco, por eso tampoco puso demasiadas pegas cuando le pedí levantar el colchón amarillento y que me enganchara a los hierros de la cama. Le hablé del amor nauseabundo, pero creo que no me hizo mucho caso tampoco. O no entendió a lo que me refería. Es comprensible. ¿Quién haría caso de una mujer como yo? Sin embargo, noté cierta sensibilidad en usted, sobre todo cuando le hablé de mi hijo –mientras me volvía a poner encima el colchón con olor a orina reseca– y que, casualmente, tiene el mismo nombre que el suyo, si es que usted no me ha mentido sobre su identidad. Pero eso, poco importa. No quiero volver nunca más a la silla blanca de plástico, con marcas de dientes de perro. Quiero que vuelva a pasar por «El Loto Dorado», y que venga con un cuchillo bien afilado. No pondré ninguna resistencia. Se lo juro. No dude en plantarme el arma blanca, de un golpe firme, sin vacilación, en el pecho. Antes, se lo ruego, póngame unas medias en la boca, para amortiguar los gritos que pudieran despertar las sospechas de los vecinos. Haga un corte bien calculado, pero no demasiado profundo, para no estropear mi corazón. Que salga intacto y bien fresco de mi cuerpo. Así tendrá más valor. Hágame caso, sé de lo que hablo. Colóquelo entre muchas hojas 237


de periódico, envuélvalo bien, y luego ponga el paquete en varias bolsas de plástico. Para que no sangre demasiado, para que no se derrame. A continuación, váyase a casa, recorte el corazón a trozos, en láminas finas delicadamente cortadas. Corte todas las que pueda. Compre una buena docena de cajas de cerillas y coloque los trocitos en cada una de ellas. Luego, con un rotulador negro, escriba sobre las cajitas: Entre el colchón y los muelles. Acto seguido, váyase a la Plaza Principal, entre en el bar Azores y pida por Manolo el Cojo. Dígale que va de parte mía y que tiene trozos frescos de corazón, trozos con mucha melancolía en la sangre, de los que ya no quedan. Me temo que se sorprenderá al principio, pero si abre una de las cajas de cerillas y se la muestra..., lo entenderá, y seguro que le dará un buen dinero por ello. Antes de despedirme, quisiera decirle que usted fue más que un cliente. Fue el cantante de las novias perdidas como yo, el que consuela con sus estribillos que nunca riman. Que nunca riman. Que nunca riman. Que. Que nunca. El cantante de las novias perdidas. El cantante de las. El cantante. Que consuela con sus estribillos. Que, con sus estribillos, consuela. Entre el colchón y los muelles. Lalalá.

VALÉRIE TASSO 23 de diciembre de 2007 238


NOTAS La traducción de Textos para nada, de Samuel Beckett, pág. 5, es de Ana María Moix. Tusquets Editor, Barcelona, 1971. El prodigioso caso de la vecina muerta, pág. 9, está dedicado a B. Xifré-Morros, «marxant d’art». Ilustración, pág. 12. Corte Sistema Martí, Vol. II, Barcelona, 1972. Ilustración, pág. 15. Guía de España, Ed. E. López, Barcelona, 1898. Ilustración, pág. 16. Guía de España. Ilustraciónes, págs. 175 y 198. Guía Urbana de Barcelona, Ed. Pamias, Barcelona, 1991. Fotografías, págs. 176 y 197. Fotógrafo: Suárez. Guía de Barcelona, de Carles Soldevila, Ed. Destino, Barcelona, 1951. Ilustraciones, págs. 177 y 178. Guermantes. Ilustración, pág . 196. La alianza de Abelardo, de Rosa Galcerán y J. Llarch, Col. Azucena, Ed. Toray. Barcelona, 1957. Ilustraciones, pág. 200. Reproducciones de antiguas fundas de discos («Hispavox», «RCA», etc.) Ilustraciones, pág. 201. Don Quijote de la Mancha, dibujos de J.M. Torrent, Ed. Hispano Americana. Barcelona, 1941. Ilustración, pág. 204. El señor Parent, de Guy de Maupassant, grabado de Julián Damazy.

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Fragmento del Soneto XXVI, de Shakespeare, pág. 232, traducido por Teresa Shaw. Asesinato en el prostíbulo, pág. 217, está dedicado a Daniela Tugues, bailaora venezolana, por un relato.

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Índice EL CASO DE UNA SANGRE DERRAMADA DE ESTAS VIDAS SÓLO CONTAREMOS LOS FINALES EL PRODIGIOSO CASO DE LA VECINA MUERTA NOTAS ENCONTRADAS EN UN SOBRE, ESCRITAS POR EL ACUSADO DURANTE LOS DÍAS DE NOVIAZGO QUE MANTUVO CON LA MUJER MUERTA, CON SU «NOVIA PÓSTUMA» UNA LECCIÓN PARA TODA LA VIDA (El hombre del balcón) ÁLBUM DE CUENTOS (Escritos por una sobrina muda del personaje anterior) EL FLAUTISTA LA PLAYA LA OTRA CENICIENTA UNA HISTORIA DE AMOR LA NOVIA PÁLIDA ORFEO DE BARRIO PÁJAROS VIVOS, PÁJAROS MUERTOS VIAJE ALREDEDOR DE LA HABITACIÓN PROYECTOS DE CUENTOS INACABADOS

LA BALADA DE UN PERRO SOLITARIO

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9

19 23 27 27 28 29 30 32 33 35 36 37

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CUATRO HISTORIAS DE RUIDOS

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UN LÍQUIDO MORTÍFERO HACIA ABAJO ESTORNUDOS EN LA ESCALERA EN BUSCA DE OTRO RUIDO

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MALAS HISTORIAS, Y OTROS FINALES HISTORIA DE UN CALCETÍN SALAS DE ESPERA YA NO HABLARÍA MÁS ¿ES VERDAD QUE TENÍA PUNTAS AFILADAS EN EL ALMA? ALGO DE MÁS, ALGO DE MENOS VIDA CONTEMPLATIVA, CON RATA PEQUEÑA MANUAL PARA EL NADADOR ESTÁTICO EL CASO DE UN FARSANTE CUENTO DE LA VIDA SOSA DESPIDIÉNDOSE DEL MUNDO, O EL ETERNO SUICIDA

EL CASO DE UNA SANGRE DERRAMADA DESASTRES DE AMOR SANGRE EN EL COMEDOR UNA VIDA BREVE PÓNGASE UN TÍTULO CUALQUIERA LA ÚLTIMA CAÍDA ALBOROTO ESPIRITUAL EN UN LUGAR INHÓSPITO A PROPÓSITO DE LA PUNTUALIDAD LA PUNTUALIDAD DE LA SANGRE ¿UN CRIMEN A MEDIANOCHE? SEIS CASOS MAL RESUELTOS I EL MISMO DÍA II CRISTAL OPACO III ESCÁNDALO EN LA COMUNIDAD (Denuncia hecha por un vecino) IV UNA GRAPA PLATEADA V CAUSAR BAJA DEL MUNDO VI UNA VISIÓN EN LA PARED

69 71 72 74 75 76 77 81 83 88 91

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LAS AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UN SUPLENTE I EL MENSAJERO II LA REPETICIÓN DE UN SUEÑO III EL SUPLENTE IV MISTERIO EN POMPAS FÚNEBRES

HACIENDO MUECAS LEYENDA DE UN SUICIDIO OTRA LEYENDA COSAS ESTROPEADAS TRES CUENTOS TRISTES

EL CALLEJÓN DE LAS ALMAS PERDIDAS UN DESEO PENDIENTE VULGARIDADES DE LA VIDA CUESTIÓN DE ESTÉTICA LA HISTORIA DE UNAS FOTOGRAFÍAS UNA NOVIA OCUPADA A TRAVÉS DE LA PARED EL CABELLO EL ESCAPARATE

CUENTOS EN BLANCO SIN TÍTULO DOS, TRES PALABRAS, UN DESTINO UN ASUNTO DE AMOR BULTOS I BULTOS II BULTOS III BULTOS IV

115 115 116 117 118

119 120 122 123 124

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OTROS CASOS DE SANGRE DERRAMADA

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HISTORIA DE UNA INCOMODIDAD RECOMENDACIONES DESPUÉS DE UN FALSO SILENCIO LA HISTORIA DEL HOMBRE DEL BALCÓN

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I II EL BALCÓN DE ENFRENTE (Una leyenda) III

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ITINERARIO URBANO DE UN VECINO, EL HOMBRE DEL BALCÓN (Imágenes para ilustrar un cuento) EL CANCIONERO DE LA NADA AMOROSA (Historia del amante que se convirtió en nada amorosa) CANCIONES A LA NOVIA CANCIONES A LA VECINA DEL 3º1ª (ÚLTIMOS DOS TEXTOS DEL CANCIONERO Y OTRAS HOJAS DE ÁLBUM, APORTADOS POR LOS VECINOS DEL HOMBRE DEL BALCÓN) CUENTO DE LAS GOLONDRINAS, QUE LE CONTABA LA MADRE AL HOMBRE DEL BALCÓN EL CASO DE UNOS EXTRAÑOS NAVAJAZOS, RELATADO POR EL HOMBRE DEL BALCÓN CUENTO FINAL ESCRITO POR EL HOMBRE DEL BALCÓN NOTA EXPUESTA EN EL TABLERO DE ANUNCIOS DE LA COMUNIDAD DE VECINOS

CRÓNICA DE LOS POBRES AMANTES ENLACE NUPCIAL EN «EL LOTO DORADO» ASESINATO EN EL PROSTÍBULO

CARTA-EPÍLOGO, por Valérie Tasso NOTAS

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sangre  

Libro de narrativa de Alberto Tugues. Epílogo de Valérie Tasso. Escenas de Jorge de los Santos.