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El Suplemento # 102

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SEPTIEMBRE 2008

La Revista Argentina

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“saloon”, balanceando las caderas y con la sorna en los ojos y en los labios. Pero había una gran diferencia: la nobleza del gaucho. No existe ninguna documentación de que los pistoleros famosos le daban al oponente la chance de sacar primero. Eso es cosa de las películas. En realidad, la historia nos dice que Wild Bill Hickok fue baleado de atrás mientras jugaba al poker, Jesse James murió de un tiro en la espalda mientras colgaba un cuadro, propinado por un amigo que quería cobrar una recompensa, Billy The Kid fue acribillado al entrar a su dormitorio a oscuras, por su ex amigo, el sheriff Pat Garrett, quien lo esperaba en las sombras. ¿Alguna vez se preguntaron por qué el gaucho entraba a la pulpería con el rebenque colgado del facón, si el caballo estaba afuera? Cuando el matrero, que era un experto, se enfrentaba a un hombre torpe o un mocosito sin experiencia, en lugar de desenvainar agarraba el rebenque, que tenía un nudo en la lonja y finteaba a su enemigo dándole una paliza hasta encontrar un hueco para partirle la cabeza con el mango. Dice el tango “Mandria”, “Yo con el cabo de mi rebenque tengo de sobra para cobrarme”. El duelo criollo no desapareció con el gaucho, el pasto se arrimó al barro, el gaucho se puso saco y el facón se acortó y se convirtió en daga, fue de la cintura al bolsillo interno y apareció el rey tango. En los piringundines de Hansen y de Laura, una mujer podía ser la mecha, la chispa que encendiera un duelo criollo. Ahora la técnica era diferente, menos parecida a la esgrima, con la hoja más corta casi desaparecieron las paradas con la hoja. Con el saco o el lengue envueltos en el brazo débil, los duelistas se movían como gatos hacia ambos costados esquivando y buscando el descuido para penetrar la guardia y aplicar la puñalada en el plexo, hacía arriba buscando la aorta y el corazón. La elegancia había desaparecido, en parte, pero la nobleza criolla persistía. Cuando el malevo se consideraba muy superior a su oponente, hacía un movimiento que lo ponía en peligro pero cautivaba a la expectante audiencia. Cambiaba de paso y abría su guardia invitando la estocada. Cuando el adversario mordía el anzuelo, el guapo adelantaba un pie, giraba el torso para que la puñalada pasara de largo cerca de su pecho y por encima del brazo extendido pegaba un tajo en la mejilla, del pómulo hasta la boca, dejándolo marcado para siempre. El famoso barbijo del arrabal. Después vendrían tiempos diferentes, tiempos que Gardel describe como “coca y morfina”, con sus drogados y sus traficantes; estos sí tenían pistolas. Pero aquellos que no usaban gomina, no usaban armas de fuego tampoco. A los que adhieren a la teoría enunciada al principio, quisiera decirles que Juan Moreyra, la noche que fue asesinado, liquidó a una patrulla entera armada con carabinas y bayonetas, con su fiel facón de plata incrustado en oro, regalo del gobernador de la provincia, el mismo que lo vendió. Para que quede claro: el hombre guapo de nuestro pasado no prefirió el filo del acero sobre el plomo de las balas por razones económicas: fue una cuestión de nobleza gaucha. ©

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