Page 1

Sábado, 23.01.16 Número CCXX

SOMBRA CIPRES LA

DEL

‘Ronda, 1987, óleo sobre lienzo de José Guerrero.

El color de Guerrero inunda el Patio Treinta años después de su única exposición en Valladolid, el Herreriano repasa la obra del artista granadino y su amistad con Jorge Guillén [P3]


2 LA SOMBRA

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

DEL CIPRÉS

CORTESANAS, BOHEMIOS, ASESINOS Y FANTASMAS Eduardo Zamacois. Introducción y selección de Gonzalo Santonja. Fundación Banco Santander.

Eduardo Zamacois, en sus años de triunfo como «novelista galante». :: EL NORTE

Crónica de la risa, la carne y la muerte La figura literaria de Eduardo Zamacois recuerda el éxito del género «galante» entre los siglos XIX y XX

A

los 18 años, Eduardo Zamacois publicó su primera novela, ‘La enferma’, y a los 24 inauguró con ‘Amar a oscuras’ (82 páginas en su primera edición, de 1894), el co-

CARLOS AGANZO

blogs.elnortedecastilla.es/elavisador/

nocido como género de la «novela galante». Algo que hoy tendríamos la tentación de situar entre el erotismo romántico de Corín Tellado y el furor uterino de las ‘Sombras de Grey’, aunque seguramente

nos equivocaríamos. Nos equivocaríamos tanto en el concepto del género como en el propio valor literario del autor, un escritor del 98 (nueve años más joven que Unamuno y dos mayor que Machado)

que fue hijo pleno de su tiempo. Un tiempo de decadencia y sueños de regeneración; de reflexión y aventura modernista, pero también de «cortesanas, bohemios, asesinos y fantasmas», como reza el subtítulo del volumen con el que la Fundación Banco Santander, de la mano de Gonzalo Santonja, rescata la figura de este novelista, periodista y editor singular. De hecho, Zamacois cultivó una prosa en ocasiones netamente frívola y en otras con perfiles más reflexivos y sociales, pero siempre desde el ejercicio de estilo. Una técnica que le llevó, por ejemplo, a dejar de comer para escribir sobre el hambre, o a no entregarse jamás a la ficción absoluta para que sus historias resultasen humanas y creíbles: «Como soy enemigo –escribió– de inventar, aún cuando para ello tenga gran facilidad, la mayor parte de los incidentes de mis libros están basados en hechos reales de que fui protagonista o espectador». Algo que, por otra parte, no le resultó excesivamente difícil, ya que él mismo, casado por la fuerza a los 22 años con una modistilla, protagonizó diferentes aventuras románticas, alguna de ellas tan célebre como su huida a París con su amante Matilde Lázaro, la inspiradora de su novela ‘Punto negro’. Un cliché, el de escritor bohemio, que habría que complementar necesariamente con su faceta periodística, iniciada muy pronto en publicaciones republicanas, krausistas o anticlericales como ‘Las Dominicales del Libre Pensamiento’, ‘Demi Monde’ y ‘El Motín’; continuada a principios del XX con su trabajo en Barcelona en ‘El Gato Negro’ o ‘¡Ahí va!’, y rematada con su corresponsalía en el París de la Gran Guerra para ‘La Tribuna’, y con su labor como cronista «de trinchera» en el frente de Madrid durante la guerra española. Y también con su trabajo como editor, primero como director de la editorial Sopena, y más tarde como protagonista de sus propias aventuras editoriales. Fuertemente vinculado a América (nació en Pinar del Río, Cuba, en 1873), después de la guerra pasó un largo exilio de 32 años, primero en México y más tarde en Estados Unidos y en Argentina. Y has-

Todas las historias de Zamacois están basadas en hechos reales y vividos por él de alguna manera

ta los años sesenta su nombre fue prácticamente borrado en España, como contaba Federico Sáinz de Robles en el prólogo de sus ‘Obras selectas’, publicadas en 1971, el año de su muerte en Buenos Aires. El estudio de Gonzalo Santonja nos lo redescubre, ya en el siglo XXI, a través de textos procedentes de selecciones de sus cuentos, como ‘La risa, la carne y la muerte’ (1930); de sus memorias (‘Un hombre que se va’, 1964), o de novelas como ‘La carreta de Théspis’, además de un capítulo dedicado a su ‘Teatro galante’ y un revelador epistolario que le relaciona con personajes como Julio Romero de Torres, Juan Negrín, Gómez de la Serna, Luis Ponce de León o Umbral. Leídos hoy, resultan deliciosos algunos de los retratos de su galería de contemporáneos, como el de Unamuno, al que «le gustaba hablar, y lo hacía sin tasa» («Sé de buena tinta –escribe Zamacois– que, siempre que Unamuno iba a la ‘Revista de Occidente’, Ortega y Gasset se marchaba de la redacción para no perder derecho a opinar»; o el de ValleInclán que, estando un día de plática con Pío Baroja en la carrera de San Jerónimo, devolvió el saludo a un tal Dorio de Gádex, que pasaba en las tertulias por ser hijo suyo: «Cuéntame cómo fue», le dijo Valle a su presunto bastardo en presencia de don Pío, a lo que este le respondió: «Usted, al regresar de México, desembarcó en Cádiz. Venía lleno de juventud y cargado de laureles. Mi madre, alma de artista, era impresionable, había leído sus libros, le admiraba... y aquí me tiene usted». Y el remate de Zamacois: «Aunque seguro de no haber estado nunca en Cádiz, Valle-Inclán –segundo Bradomín– exclamó dirigiéndose a Baroja mientras le palmeaba a Dorio la cabeza: Su madre fue una de las damas más distinguidas de su tiempo».


Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

ARTE Y FULGOR

Guerrero, el mapa del color El Patio Herreriano inaugurará el próximo viernes una antológica del pintor granadino ANGÉLICA TANARRO

blogs.elnortedecastilla.es/calle58/ @angelicatanarro/twitter.com

E

l tiempo tiene algo de circular, la historia tiene un horizonte de retorno... Han pasado más de treinta años desde que el pintor José Guerrero, «el granadino de Valladolid y Nueva York» como le llamó Jorge Guillén, expusiera en Valladolid, en la galería Carmen Durango, que dirigía Antonio Machón. Del galerista fue la iniciativa de publicar una serie de litografías –seis, en concreto– y ofrecérselas al autor de ‘Cántico’ para que escribiera unos poemas y editar así uno de esos libros de arte que quedan como hitos editoriales en una galería. Guillén, que aceptó encantado la propuesta, escribió los poemas y ‘Por el color’, que así se tituló la ‘carpeta’, fue una realidad en enero de 1982. Nueve meses más tarde, en octubre, con motivo de su presentación tuvo lugar la primera exposición del artista en Valladolid, para la que la galería Juana Mordó prestó una serie de cuadros del más europeo y español de los miembros de la Escuela de Nueva York. Nunca más se volvió a hacer una exposición de Guerrero en la ciudad. La única oportunidad de ver sus obras en directo era la colección permanente del Museo Patio Herreriano, que atesora cinco importantes obras, que nunca se han visto juntas. La ocasión será la exposición que a partir del próximo viernes ocupará tres salas del citado museo. ‘José Guerrero. Del relámpago el fulgor’ ha sido comisariada por Francisco Baena, director del Centro José Guerrero de Granada, coorganizador de la muestra con el museo vallisoletano y que presta, junto a la familia del artista, una parte importante de las treinta telas de mediano y gran formato, veinticinco obras sobre papel, ca-

torce grabados y cuatro carpetas de obra gráfica que la componen. Una «intensa antológica», como la define su comisario, «que insiste en homenajear la amistad del pintor con Guillén y por extensión el interés de Guerrero por la poesía». «Es sabido – puntualiza Baena– que aunque Guerrero se quejó de los efectos invasivos de ‘lo literario’ de cómo eso se inmiscuía en la pintura, llevando la confusión a un terreno que debía atender a su propia naturaleza, fue en cambio muy permeable a ‘lo poético’. Apreciaba la imagen más que la escena. El rapto lírico más que lo narrativo. El fulgor, el presente puro, más que la elaboración rumiada hasta la asfixia».

Los inicios José Guerrero nació en Granada en 1914 y aunque los inicios en su formación plástica fueron circunstanciales –la precariedad económica de la familia, a la muerte del padre, le obligó a entrar como aprendiz en un taller de tallista, donde se revelaron sus dotes para el dibujo– la vocación se le despertó pronto y tras el paréntesis de la Guerra Civil, se instaló en Madrid y se matriculó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Pero España le ahogaba y París fue una vez más destino para un joven artista español con ambiciones de relacionarse con horizontes artísticos abiertos: Suiza, Roma,

>

Guerrero vivió una época nómada hasta que fijó su residencia en Nueva York en 1950 La sensualidad lírica de sus abstracciones revelan sus orígenes granadinos ‘Andalucía’, óleo sobre lienzo de 1965, perteneciente a la colección del Patio Herreriano.

3


4 LA SOMBRA

DEL CIPRÉS

ARTE Y FULGOR

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

‘Pelegrinos’, 1973, otra de las obras de la colección del Patio Herreriano.

>

Bélgica, de nuevo París fueron puntos en estos años nómadas hasta que en 1950 se instala en Nueva York. Solo tres años más tarde obtiene la nacionalidad estadounidense. En Nueva York toma contacto con el expresionismo abstracto y traba amistad con sus seguidores, los miembros de la Escuela de Nueva York. En este punto su biografía se asemeja a la de otro pintor español, Esteban Vicente, los dos miembros de pleno derecho de la citada Escuela, cuya obra, sin embargo, nunca abandonó el aire europeo, incluso español. El paisaje mediterráneo siempre estuvo presente en el pintor de Segovia, y muchos críticos vieron en la sensualidad lírica de Guerrero su relación con los orígenes granadinos. Como señala Valeriano Bozal en su estudio del arte español del siglo XX tanto Esteban Vicente como Guerrero suponen una conexión entre las Escuelas de París y Nueva York. Esta última y el contacto con el expresionismo abstracto, a mediados de los sesenta, suponen para Guerrero el abandono definitivo de la figuración y de cualquier rasgo sígnico en sus lienzos. Las manchas de color, la vibrante frontera entre las masas cromáticas son a partir de ese momento sus preocupaciones. Aparecerían más tarde las ordenadas ‘Fosforescencias’ que se irían abriendo hacia el tema del arco, tan querido en su pintura. En España, su obra era conocida a través principalmente de su galerista Juana Mordó con quien comenzó a trabajar en 1964. Se le considera un mentor de los artistas que impulsaron la pintura española en los ochenta.

De 1933 a 1988 La exposición que desde el viernes próximo al 22 de mayo permanecerá abierta en el Patio Herreriano es una magnífica ocasión de entrar en contacto con la obra de este artista apasionado que reflejó la energía que le impulsa-

ba a crear en unos cuadros llenos de fuerza y expresividad. Comprende obras representativas de sus diferentes etapas sin olvidar los inicios figurativos en los que paisajes y naturalezas muertas le relacionaban con la Escuela de Vallecas.

La obra más antigua de las representadas está fechada en 1933 y es un óleo sobre lienzo, ‘El baño de María Padilla’ y la más reciente en el tiempo es ‘Black charcoal’, fechada en 1988, tres años antes de su muerte. Entre ambas, obras importantes de to-

dos sus periodos, desde los paisajes de los años cuarenta a importantes lienzos de las décadas setenta y ochenta. Están esos cuadros de nombres tan españoles (’Ronda’, ‘Cuenca’...) pintados a raíz de su regreso a España en los sesenta. O un cuadro como ‘Bre-

cha roja’ que en 1987 recupera el aliento de ‘Brecha de Viznar’, de 1966, una obra que marcha una frontera en su trayectoria y que inspiró la muerte de Federico García Lorca. Además de las litografías que hizo para la carpeta con Jorge Guillén estará también

su particular homenaje al poeta, un ’gouache’’ sobre papel fechado en 1966. Una exposición que refuerza el conocimiento de uno de los artistas destacados de la Colección Arte Contemporáneo al tiempo que le relaciona con sus coetáneos.


5

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

Carta manuscrita de José Caballero a Jorge Guilllén. Debajo, la página de El Norte de Castilla en la que se informaba de la edición de la carpeta conjunta ‘Por el color’.

Arriba, José Caballero (a la izquierda) con el pintor afincado en Nueva York Robert Motherwell. Debajo, con un joven Campano. :: FIRMA

La pulsión lírica de José Guerrero

S

in la soberanía vital de los colores no habría nada. El mundo existe porque los colores existen, y son ellos los que nos permiten saber dónde estamos, conocer las cosas, llegar a donde quisiéramos llegar. Así que no es extraño que todas las sectas (religiosas o laicas) que en el mundo han sido hayan encontrado, en la renuncia al pluralismo cromático, la razón enfermiza de su existencia gris. Los colores con todos sus matices, las franjas difusas que los unen y las zonas donde se rozan o confunden, aparecen y reaparecen en los cuadros de José Guerrero: su aventura plástica es una apuesta por el color. Más que una apuesta, un brindis, un brindis vitalista por la alegría jugosa de mirar los colores del mundo, sus formas caprichosas, la tensión de sus límites. Podrían rastrearse los orígenes de esta actitud estética en ‘La aparición’ (1946) o en ‘Lavanderas’ (1950). Luego, más tarde, tras años de incesante búsqueda y expre-

sionismo tenso (miremos ‘Black Follower’, de 1954; o ‘Grey Sorcery’, de 1962), la pintura de Guerrero desemboca, sin estridencia ni artificio, en los vibrantes campos de color inundados de gestos mínimos y oscilaciones rojas, azules o amarillas. ‘Paisaje horizontal’ (1969) o ‘Penitentes rojos’ (1972) funcionarían como estaciones intermedias antes de la conquista de ese territorio propio que percibimos en ‘Cuenca’ (1986): insoslayable azul atravesado por esa masa negra que, incapaz de contener el rojo subyacente, subraya el sosiego de una extensión inabarcable cuyos límites sólo pueden ser momentáneos. Hay un óleo donde se cruzan todas estas tentativas y tensiones. Me refiero a ‘Señales amarillas’ (1973), espléndido lienzo donde descansan las huellas de un doble tránsito, el vital y el estilístico; pues tras el retorno de Guerrero a España en 1965, su pintura evolucionó de la tensión expresionista abstracta a la serenidad fructífera de unas fosforescen-

JOSÉ CARLOS ROSALES

Doctor en Filología Hispánica y poeta

cias donde colores y estructuras mantenían sutiles equilibrios simbólicos alrededor del arco o la caperuza, fructíferos iconos sureños o andaluces. José Guerrero volvió a España para volver a irse: casi siempre vivió entre las dos orillas del Atlántico. Tránsito geográfico, pero también tránsito estilístico, pues Señales amarillas nos permite vislumbrar muchas cosas: la equidistancia de las dos líneas negras insinúan un camino donde hay algo que nos podría servir de orientación; y asimismo podríamos figurarnos algún detalle mínimo en la fachada más o menos borrosa de un edifico gigantesco, un pequeño detalle donde destacan tres señales que actuarían como indicios

de salvación o de peligro, tres ventanas iluminadas en medio de ese rojo vacío que nos muestra un enigma inquietante. O tal vez podríamos imaginarnos las luces de una ciudad lejana, la esperanza de llegar a buen puerto, la certeza de saber que existe una salida. Sea como fuere, la eficaz configuración de este óleo nos sugiere avance y progresión, anticipo, aventura: no en vano las tres señales amarillas aparecen dispuestas en una cadencia ascendente de indudable capacidad alegórica. Y la vibrante y misteriosa superficie roja, como tapiz o fondo, nos anuncia los campos de color que inundarán la obra de Guerrero en la siguiente década.

...Evolucionó de la tensión expresionista abstracta a la serenidad de las fosforescencias

Los campos de color guerrerianos podrían guardar relación con estanques o embalses, con campiñas o prados, incluso con un estadio de fútbol (Guerrero habló algunas veces de su fascinación cromática por el fútbol). Pero ampliemos un poco más nuestro ángulo de visión; entre otras razones porque también existen las canchas de baloncesto y los campos de béisbol, espacios icónicos bastante más elaborados que los estadios de fútbol: los campos de béisbol y las canchas de baloncesto son territorios cromáticos omnipresentes en la educación visual norteamericana y podríamos relacionarlos con la arquitectura espacial de los campos de color de Guerrero; son espacios deportivos de color y entusiasmo, lugares que soportan una intensa pulsión vitalista, espacios de los que no quedarían excluidos los cuadriláteros dedicados al boxeo, ámbitos igualmente habituales en la cultura popular estadounidense. Y hablando de cuadriláteros habría que detenerse en las dos lí-

neas negras que cruzan la superficie de ‘Señales amarillas’: no creo que fuera arriesgado sugerir cierta concomitancia con las cuerdas que delimitan un ring. Pero las cuerdas que aíslan ese espacio son tres, y aquí sólo tenemos dos. ¿Podría significar esta elusión que estamos ante un primer plano, otro plano de detalle, donde el espectador tendría que imaginar la atmósfera sugerida por José Guerrero? ¿Ambigüedad poética o elipsis narrativa? Todo ello nos desvela la pulsión lírica que, casi desde su mismo origen, articula la trayectoria artística de Guerrero. Y aunque no sería la única, pues junto a ella existen otras energías igual de poderosas —el estímulo sensual o erótico (‘Penetración’, 1961); el vértigo de la violencia o de la muerte (‘La brecha de Víznar’, 1966); o el afán de libertad y espacio (Lateral, 1974)—, la pulsión lírica se va convirtiendo poco a poco en la fuerza motriz, esa que articula la calculada y misteriosa ambigüedad de ‘Señales amarillas’ (o, también, de ‘Cuenca’), la que amplía nuestra capacidad de sentir la parte cromática del mundo, lo que antes de mirar a Guerrero nos podía parecer invisible.


6 LA SOMBRA

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

DEL CIPRÉS

Película en El Cairo A

pagadas todas las velas de las fiestas palpita al fondo el tiempo detenido, mientras afuera llueve torrencialmente. El invierno

cuelga sus pensamientos en los parques sin niños y un cambio en los árboles llorosos, sin sombrero, y a la espera de vestirse en tiempos de primavera.

Dormida se quedó suspirando un pensamiento sobre el calendario que cerró los doce meses y añadió un año más. En el cuenco del armario descansaban ropas blan-

DONDE HABITO ELENA SANTIAGO rodeaba una atmósfera que se dejaba hacer sentimiento. Y ya surgía leve e ingrávido el espíritu del pasado. Qué ocurrencia llamativa invitar a bailar, en Nochevieja, a Fred Astaire. Aquella misma música tan pronunciada, cercada por un enamoramiento de ensueños desatinados y bellos. El protagonista salía de la película y vivía la realidad del otro lado. Dibujaba la fantasía de su película de rosa púrpura con música de una cadencia precisa y emocionada. Se bajaban del misterio a la realidad a un amor encendido con luz o en sombra: era certeza conquistada. Se dejaba ir en un amor que no se confundía llevándola suavemente a despertar dentro de su nombre y de una felicidad recién estrenada, para que su protagonista Cecilia (Mía Farrow en la película) se llenase la mirada y los pasos del mejor momento. Lo tenía todo hundiéndose en la música «cheek to cheek», amando esa hora que la llevaba en brazos con lo cálido y verdadero. La vida se hacía sueño y ella en íntima sensibilidad, no se apartaba ni un segundo. Se vistió de sentimiento. Le colgaba un cuerpo amado, como lo ocurrido en El Cairo. Lo fantástico se imponía como una nube suave en su entorno. El latido de amor casi sonaba. Sólo quedaba cerrarse en aquel punto del universo y respirar. Mientras, el amoroso calor abierto se hacía también consuelo de música arrebatada de ternura. Al final, el beso.

cas del verano. Soñaba ella sonriente (apenas un gesto de felicidad) con la infancia y su tierra invariablemente llamándola. Continuaba alerta, implantada en sí misma. La

Mia Farrow y Jeff Daniels en una escena de la película ‘La rosa púrpura de El Cairo’ de Woody Allen (1985).

Mayday, mayday, mayday

E

s conocida la anécdota que Eugenio d’Ors, antes de entregar a la prensa una de sus breves piezas de orfebrería literaria conocidas como glosas, se la leía a su criada. Caso de que la criada no tuviera ni repajolera idea de lo que le decía Xenius, daba por buena la glosa; ahora bien, si la mujer, con mayor o menor fluidez en el discurso, resumía con tino lo que acababa de escuchar, nuestro escritor hacía trizas el papel e, inmediatamente, reescribía la glosa. Podemos llegar a la conclusión que la obra de Eugenio d’Ors, de haber sido contemporáneo de usted y de mí, se-

ría muy distinta. Si la comprensión lectora de alguien cercano, forastero en la república de las letras, era la que señalaba la pauta de que fuera o no publicada la glosa recién redactada, tengan a buen seguro que, hoy, con casi toda probabilidad, Xenius se encontraría con un individuo que, con gesto de marciano, se encogería de hombros ante su petición, por lo que no habría razón para rescribirla. Y así con todas las glosas: unánimemente obtendrían, al quedarse in albis el lego, su visto bueno. Y es que, según parece, la comprensión lectora de nuestros conciudadanos no es que

esté por los suelos sino, más precisamente, se halla en un lugar inferior: en el subsuelo; asemejándose a la de un besugo o a la de un jumento, algo que, dada la legión sin cabra de animalistas que en el mundo hay, llenará de alegría al fanático de las bestias, pues muy pronto brutos zoomorfos y brutos antropomorfos se rebuznarán de tú a tú. Sin embargo, a tres o cuatro estrafalarios como un servidor, nos inquieta. Y mucho. Ya no se trata de que el personal no coja un libro; es que si lo coge y lo abre aquello le parece que esté escrito en copto o en sánscrito aunque sean palabras pertenecientes a su

lengua materna. Es decir, poníamos todo nuestro empeño en que el prójimo, sobre todo si era joven, se aficionase a la lectura, y recurríamos para convencerlo a las mil bondades que conlleva este hábito, y resulta que debíamos empezar, casi, por aquello de la eme con la a, ma; y así hasta preguntarle al prójimo, después de lo leído, qué cariñosa conducta inspiraba a su desvelada y queridísima madre. Escritores, letraheridos y bibliófagos divagamos sobre la muerte de la novela o sobre la ruptura de los géneros literarios y, cual incautos silvicultores que discuten acerca de la familia a la que per-

LOS TRIGALES AZULES ROBERTO RODRÍGUEZ

tenece el árbol que tienen delante sin advertir el fuego que, a sus espaldas, destruirá todo el bosque, hacemos caso omiso de las llamas que el iletrismo ha provocado y que, de no poner remedio, calcinarán toda la poblada floresta de letra impresa. Quién duda que el desafecto hacia la cultura y el saber en una civilización hedonis-

ta, simplona y positivista en la que priman la productividad y el beneficio material sobre toda virtud ininteligible es, posiblemente, el desalmado pirómano que ha prendido la mecha del analfabetismo funcional, teniendo en el hipnotizante mundo de la imagen un inmejorable conductor para la propagación de este fuego devastador que ante nada se detiene. Ahora bien, y como tantas veces ocurre, si fueron otros los culpables del desmán, quizá los perjudicados, aquí los susodichos escritores, bibliófagos y letraheridos, hayamos, con nuestra conducta y nuestro hacer, avivado las llamas que debíamos extinguir. Pero este es asunto complejo que requiere mayor espacio. Yo, de momento, después de calzar la mesa con la penúltima futilidad publicada, he puesto los pies encima de ella y veré un capítulo más de ‘Breaking Bad’. Pásenlo ustedes bien.


7

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

Amos Oz, escritor israelí, posa en su casa de Tel Aviv. :: MIKEL AYESTARÁN

Elogio del traidor 12 de enero

La última novela de Amos Oz se titula ‘Judas’. Es extraordinaria. A la altura de ‘Una historia de amor y oscuridad’, sus cautivadoras memorias y, hasta la fecha, su mejor libro. Oz es quizá el escritor israelí más conocido y relevante, junto con David Grossman y A. B. Yehoshua, los tres siempre mentados en las listas del Nobel. En ‘Judas’, como su título obviamente sugiere, aborda la figura del traidor, pero no se queda ahí, en una mera tesis sobre la traición, sino que la novela se abre a un discurso entreverado de matices y de riqueza literaria de primer orden. Con todo, es innegable que la columna ver-

tebral de la novela es la ambigüedad de la traición. A grandes rasgos, la trama, ambientada en 1959, se centra en Shmuel Ash, un joven en crisis vital que está estudiando la figura de Jesús desde la perspectiva judía. Ash encuentra un trabajo para cuidar y dar conversación a un anciano, un intelectual que vive en una vieja casa de Jerusalén con su nuera, Atalia, cuyo marido murió en la guerra del 48. Atalia es hija, a su vez, de Shaltiel Abravanel, un sionista que se opuso a Ben Gurión y que fue considerado un traidor por el Estado hebreo debido a sus ingenuas propuestas de acercamiento a los árabes. Por su

parte, Ash, a la luz de sus estudios sobre el judío Jesús, perfila una teoría original sobre la verdadera figura y el auténtico papel de Judas, un buen judío considerado por los cristianos como el sumun de la traición y el prototipo del judío estigmatizado históricamente como odioso, hasta el punto de recaer sobre él la identificación de la esencia misma de lo judío. Los descubrimientos sobre Abravanel, las investigaciones sobre Judas y la historia del nacimiento de Israel se unen a las vidas del anciano, de Atalia y del joven Ash, trenzando una poderosa novela plagada de conocimiento y de sorpresas. Y de pre-

OTRA GALAXIA ADOLFO GARCÍA ORTEGA

guntas. Muchas preguntas. No todas con respuestas, o mejor dicho, ni siquiera las respuestas satisfacen las preguntas, porque las preguntas tiende al infinito. No en balde preguntar es la característica natural de la retórica judía desde la Biblia. Al terminar ‘Judas’, me asalta la idea común del traidor en abstracto. No se trata ya de Judas Iscariote, mito sobre el que se alza todo el cristianismo, sino del traidor universal, del traidor que todos podríamos ser. ¿Todos, en realidad? Lo dudo. No todos pueden ser traidores. Unos pocos, sí, incluso muchos. Para ser traidor hay que ser también capaz de transgredir, de oponer, de enfrentar, de ir hasta lo desconocido. Hay que ser capaz de asumir la soledad, el rechazo y el odio. El traidor quiebra la confianza y este es su único delito. En el matrimonio, en los negocios o en política, la traición es considerada algo abominable. En la reciente película de Spielberg, ‘El puente de los espías’, ambientada en la guerra fría de los años cincuenta, hay varios traidores. Traidores a la patria y otro tipo de traidores, considerados doblemente traidores por ayudar a esos traidores a la patria. Y me pregunto si frente a todo traidor no aparece siempre la sospecha de cometer una injusticia. La guerra fría produjo una gran literatura de traiciones justas e injustas, según se mire (¡cómo no recordar a Philby, a Blunt, a los Rosenberg y también a tantos otros en el bando contrario!). Traidores para unos y héroes para otros. Porque en eso consiste la traición, en el doble y ambiguo valor moral que entraña: la traición supone un daño para unos, pero un bien para otros. ¿Son todas las traiciones igual de dañinas/benéficas? ¿No es la traición en el matrimonio una especie de traición ambigua, puesto que un amor ‘irresistible’ se impone a otro ya caduco? ¿Traicionar la confianza del cónyuge es lo mismo que traicionar a la patria? Para muchos tal vez sí, para otros quizá ambas cosas no sean más que un juego de alto riesgo, al límite, un juego en el borde de la zona oscura de la vida. La enemiga del traidor es la culpa, letal para él, porque exige la confesión. El traidor desenmascarado ha de huir de la culpabilización y saber simplemente que la partida ha terminado. En caso contrario, además de admitir

Al terminar ‘Judas’ me asalta la idea común del traidor en abstracto En el matrimonio, en los negocios o en la política la traición es considerada abominable

que ha perdido, ha de sobrellevar el arrepentimiento que lo aniquilará. Pero, ¿qué es un traidor? Traidor es aquel que hace lo contrario de lo que juró hacer. Defrauda, decepciona. Sin embargo, dejadas aparte las connotaciones sentimentales e impulsivas de la traición, ¿no cabría preguntarse si, en el fondo, visto fríamente, el traidor no es en cierto modo alguien que evoluciona, que cambia, y que no puede resistirse a ese cambio? Hay un párrafo en ‘Judas’ iluminador al respecto. Oz pone en boca del joven protagonista estas palabras: «El que está dispuesto a cambiar, el que tiene el valor de cambiar, siempre será considerado un traidor por aquellos que no son capaces de ningún cambio, tienen un miedo mortal a cualquier cambio, no comprenden los cambios y aborrecen cualquier cambio». Por eso hay tan poco trecho entre el «hereje» y el «traidor». En el fondo, quizá muy en el fondo, el traidor es siempre un idealista a su pesar. Admito, no obstante, que el traidor más lamentable es el traidor a sí mismo (aunque me pregunto si es traidor un traidor que se traiciona). Quizá el traidor a sí mismo no lo sea tanto por haber quebrado la propia confianza o la excesiva integridad moral de unos principios inamovibles (esta palabra ya en sí merece una traición), cuanto por incurrir en esto que dice Borges en su poema ‘El remordimiento’: «He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz». Un traidor que se traiciona tanto no tiene épica posible.


8 LA SOMBRA

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

DEL CIPRÉS

Enero

:: PATRICK PLEUL-AFP

P

ronunciamos: ‘enero’. Y ya nos sube lo deshuesado hasta la boca. Hay un temblor de puntillas de seda en sus días que apenas puede resistirse con la mirada firme. Es como si la vida volviera a inaugurarse en este mes en el que los hombres invocan lo

incipiente de continuo y llenan su lenguaje de palabras de promesas y deseos de mejora o de renovación. Y se apresuran otra vez a sacar de sus maletas todo cuanto se ha hinchado demasiado años atrás y ya estorbaba, no le dejaba sitio bastante a lo demás… Enero, enero… Hablamos de

cerca con sus horas recién abiertas y aún sin plumaje sucio. Nos miramos en un espejo y nos notamos el alma rancia y llena de serrín sobrante del año anterior. Es el momento de querer ser mejores. Entonces, entre taponazos de botellas y estómagos cansados, nos proponemos echar a

la basura, junto a envases grasientos y frascos que estallan al caer por la escotilla del contenedor, eso que no soportamos de nosotros mismos. No volverás a formar parte de mí, decimos a modo de plegaria recriminatoria. Ahí os quedáis ya para siempre. En esa loca noche final le damos pasapor-

te –o eso creemos– a nuestras sombras, las ponemos a buen recaudo bajo nieve perpetua y partimos hacia enero más tranquilos, con las manos limpias y el corazón enjabonado porque hemos arrancado la última ala del calendario en la pared y hemos cerrado las últimas trapas del año que acaba, ya tan viejo. Y entonces ya no somos del todo nosotros –o eso nos parece–; nos hemos hecho adelgazar para entrar en enero con pisadas más leves, conjugando los verbos en futuro (lo que haré a partir de ahora; lo que no volveré a hacer) y hablando de tabaco y de básculas en las conversaciones. Y toma carrerilla el mes. Primero lentamente como esos trenes que parecen desperezarse y arrancan dudosamente, con suavidad y sigilo en la inadvertencia de los viajeros, que ya se despiden sin cautela de quienes aguardan a comprobar si el tren se va del todo. Y se va. Como enero, que también va quemando fechas niñas que enseguida se quedan sin trenzas, entre tijeretazos nuestros que le dejan la cara poco a poco abollada de pena y en los ojos una pulpa desconcertada. ¿Pero no ibais a ser mejores? Y vuelven los hombres a sus negocios y a sus herramientas, vuelven al tabaco y abandonan los alardes de básculas, ahora ya de nuevo tan enojosas porque contestan con la exactitud. Y caen en la cuenta de que no pueden vivir sin ser ellos mismos, sin la pintura gris de sus manías y sin el sometimiento a esas costumbres que habían querido enterrar bajo la nieve días antes, entre petardos y copas burbujeantes, pero que han vuelto a salir otra vez de su sepultura. A buscarlos. Han salido a buscarlos a ellos, a los hombres que querían reinventarse en enero aprovechando su luz indefensa todavía. Necesitaban tocar lo tierno, comprobar que eran capaces de resistir la novedad de la inocencia como Lennie, aquel personaje inolvidable de la novela de Steinbeck, que acababa ahogando entre las manos involuntariamente todo cuanto trataba de acariciar. Así que empezamos a atravesar enero con el escrúpulo con que se empieza a pisar la oblea insegura de un lago helado y crujiente. Un pie tras otro, sin querer confesar al mundo nuestro peso, conteniendo el aliento, agarrándonos a la levedad, la levedad de enero, ese mes sin ruido de fracasos todavía, que parece exigir que todo lo que hagamos vaya enguantado en la delicadeza. Sus árboles mantienen ramas invertebradas que apuntan con yemas al cielo; sus jardines soñolientos parecen no querer interrumpir el orden minucioso de la

CEREZAS EN EL ESCONDITE TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Es como si la vida volviera a inaugurarse en este mes en el que los hombres invocan lo incipiente de continuo Atravesamos enero con el crepúsculo con que se empieza a cruzar la oblea insegura de un lago helado naturaleza. Ahora, pues, toca esto: un escenario pasivo donde los hombres toman más conciencia de sí mismos, de estar apurados sin hábitos sobrantes y sin manías, por fin; de notar cada pisada por el nuevo calendario con un chasquido menudo que revela cuánto pesamos en realidad y qué poco somos en el concierto numeroso de la vida. Nos iríamos de ella con nuestros hábitos, nuestras manías y nuestras exigencias y no lo notaría nadie. Eso es lo que no soportamos. Así que para qué cambiar. Volvemos a cargar con nuestra munición sombría, hacemos ruido y visajes, proclamamos nuestra lealtad a aquella identidad que nos configuraba. Y cruzamos el resto de enero sin remilgos y a todo correr, sin volver la cara hacia nuestros fantasmales propósitos, derribándolo todo a nuestro paso sin mucho miramiento. No soportamos ya el aire delgado ni las migas mojadas que dejan estas mañanas azules. Pura lavandería. Y entonces miramos ansiosos al frente deseando ya avistar ese otro mes loco y sin norma, donde todo está revuelto y nada nos recrimina porque todo lo preside una inestable desfiguración. Así, por fin, menos mal, enero ya librado, ya era hora, recuperada nuestra identidad del año pasado tan maltratada últimamente por nosotros mismos, entre himnos a la costumbre y pequeñas ceremonias de fidelidad a lo que casi dejamos de ser, entramos de otro modo en febrero.


9

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

Sobre la acción política de la poesía E

n la larga serie de movilizaciones sociales que abrieron las acampadas del 15-M y se prolongaron durante los años siguientes, una cuestión repetida fue la que se refería a los nombres, al uso adecuado de las palabras y a la intención de sus usos desviados. Lemas como ‘No es una crisis, es una estafa’ o ‘No son reformas, son recortes’ sintetizaban ese ámbito de confrontación, que está lejos hoy de haberse cerrado cuando los defensores de la continuidad del sistema se atribuyen una «agenda reformista» y promocionan la idea de que quienes desean un cambio preparan una ‘agenda’ radical o ‘destructiva’ y ‘desmembradora’. El éxito en este tipo de discusión depende, sobre todo, de la persistencia que se observe y del tipo de medios de comunicación de que se disponga; no, obviamente, de los hechos, pues costaría entender como reforma modernizadora que 50.000 profesores hayan perdido su empleo, o como una ‘crisis’ el vaciamiento premeditado y lucrativo de numerosas entidades financieras, por poner solo dos ejemplos. La lengua es espacio fundamental de lo político, y no solo en lo más evidente –presentación de programas, debates electorales o parlamentarios, redacción de leyes…–, sino, de modo decisivo, en la conformación de la ‘realidad’ en la que vivimos y en el modelado de los puntos de vista –manipuladores o evasivos o críticos– desde los que la consideramos y juzgamos. Incluso, como han señalado muchos investigadores sociales desde hace dos décadas al menos, el lenguaje se ha ido convirtiendo en eje articulador de los medios productivos actuales, a partir de su papel en la tecnología, la economía o la organización del trabajo (lenguajes artificiales, teorías de la información y de los sistemas, teoremas de la lógica formal, juegos lingüísticos, imágenes del mundo). Paolo Virno ha llegado a definir nuestra época como «la época en que se ha puesto a trabajar al lenguaje mismo, en la que este se ha vuelto trabajo asalariado». Creo que esta centralidad de lo lingüístico da un nuevo giro al valor de la poesía, aun

siendo su lugar el mismo que ya ocupaba. La poesía supone, cada vez y en cada poeta, la búsqueda de una lengua personal que sea, a la vez, un mundo; es decir: la búsqueda de una fisura por la que, en el sistema social y codificado de la lengua, aparezca de pronto algo nuevo, singular, que emita su propia energía. Ese momento de intensidad que ofrece el encuentro con un poema que capta la atención, esos segundos de lectura que nos conmueven y cuestionan, nos dicen y nos descubren. Un instante en que lo imposible se da como real. El trabajo de tensado de las palabras, una vigilancia extrema de sus sentidos e implicaciones, el peso de lo material y sonoro de la lengua, la ampliación continua de los límites a los que el pensamiento o la emoción pueden acceder… muestran a la poesía como ‘conciencia crí-

tica’ de la lengua, como crítica que la lengua se hace a sí misma convertida en acción. Ha quedado junto al ordenador, mientras escribo, después de haberla usado como marcapáginas, una postal que reproduce uno de los fotomontajes titulados ‘Pêle-mêle’ que el surrealista belga Louis Scutenaire realizó en 1934; la serie va montando y componiendo retratos de escritores y artistas del surrealismo y también de otros que admiraban. Este en concreto mezcla imágenes de Hölderlin, Baudelaire, Poe, Lenin, Mallarmé, Freud o Rimbaud. ¿Por qué Lenin –y podría decir, casi con el mismo sentido, por qué Freud– se mezcla con estos poetas que nunca se ocuparon de temas políticos, que (con la excepción de una breve etapa de Rimbaud) no se identificaron con la revolución social? Porque la acción

TIENDA DE FIELTRO MIGUEL CASADO

política de la poesía no reside en los temas que pueda tratar o los mensajes que pueda transmitir, en la ideología que los poetas hayan tenido, sino en su labor crítica con la lengua. El ejercicio de la escritu-

Una de las manifestaciones del 15-M en la Puerta del Sol de Madrid. :: PAUL HANNA-REUTERS

ra implica un punto de ‘desconexión’ con los códigos heredados, una vertiginosa (por más que humilde, minúscula, fugaz) apertura de lo posible: acción política transformadora en estado puro. Y más necesaria hoy, en este mundo saturado de discursos que he evocado. De este modo, por aclarar los términos, la llamada ‘poesía social’ –que pervive como otras prácticas poéticas tradicionales que producen textos según modelos o géneros– no es políticamente activa, porque en lo concreto de la escritura se comporta de forma acrítica, conservadora, pues busca, sobre todo, transmitir mensajes en un lenguaje normalizado y previsible. Los grandes poetas políticos –Maiacovski, Brecht, León Felipe, Blas de Otero…– no lo son por sus temas ni por sus ideas, sino por su trabajo en la lengua: con el mismo valor y altura que otros grandes poetas que nunca hablaron de política. La lógica del poder conserva hoy sus rasgos constitutivos clásicos –la parcialidad respecto a las distintas capas de la estructura social (el ‘carácter de clase’) o el monopolio de la violencia permitida–, pero, gracias por ejemplo a la investigación de Foucault, sabemos que no se queda ahí: que ese poder es ‘biopolítico’ –trata de determinar y controlar los cuerpos y la vida bioló-

Los grandes poetas políticos no lo son por sus temas ni por sus ideas, sino por su trabajo en la lengua

gica– o que se extiende y difunde según una peculiar ‘microfísica’ por todos los estratos de la sociedad y la experiencia, y nos alcanza a todos. Y esto también potencia el papel de la poesía en algo como la reconstrucción de lo ‘privado’ (no lo privado que se opone a lo público, sino lo privado como lugar de una intimidad opuesta a la hipercomunicación y el consumo), la exploración de nuevas formas de lo colectivo, la elaboración de una temporalidad existencialmente consciente, un sentido del tiempo no programado ni inducido desde fuera, etc. Así, una escritura sin concesiones –«es poeta quien no perdona», escribió Carlos Piera– puede convertirse en parte de la vida, inscribirse en el espacio cotidiano de todos. La poesía y las artes. Hace pocos días se preguntaba Elena del Rivero en una entrevista: «¿O no fueron las acampadas de la Puerta del Sol grandes instalaciones visuales del sentir contemporáneo?»


10 LA SOMBRA

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

DEL CIPRÉS

La conciencia del destino: Cioran y España F

ue en Valladolid, donde según escribe el más conocido de los pesimistas lúcidos, Emile Cioran (Răşinari, 8 de abril de 1911-París, 20 de junio de 1995), se le reveló la esencia del pueblo español como un pueblo consciente de su decadencia y por tanto enfrentado a su destino. Confiesa: «Fue en Valladolid, en la Casa de Cervantes. Una vieja de apariencia vulgar, contemplaba el retrato de Felipe III; ‘Un loco’, le dije. Ella se volvió hacia mí: «Con él comenzó nuestra decadencia». Estaba en el corazón del problema: «¡Nuestra decadencia!». El amor de Cioran, pesimista, fatalista lúcido, rumano a regañadientes, por España, es, sin duda un elemento importante y persistente en su obra. De hecho, según él mismo confiesa, el primer destino que él deseaba era España, lugar para el que solicitó una beca que la Guerra Civil truncó. Su amor por Unamuno, Santa Teresa, Don Quijote, Ortega, a cuyas clases quería acudir antes de la guerra, era profundo. Este hecho, nuevamente fatal de lo histórico, le convertiría en francés de adopción lingüística. «Quizá sin la guerra, me habría convertido en un español y habría vivido el resto de mi vida en España», dejó dicho. Sin embargo, antes de la guerra, como él mismo cuenta, sí visitó España, una España, mítica y simbólica que siempre quedó en su memoria: «…mi única satisfacción antes de la guerra, fue ver España. Tengo ese viaje por el más impresionante y el más bello de mi vida. Era la España anterior al turismo. El viaje duró tres semanas, viajaba en condiciones deplorables, pero estaba absolutamente encantado…». Su amor por España se basa en el hecho de la conciencia de la decadencia, por ser nuestro país el primero en Occidente en tomar conciencia del fatalismo: «España fue el primer gran país que salió de la historia», escribe. Siempre admiró el pensador rumano «el desmesurado sueño histórico de los españoles, el orgullo acompañado de ironía» y la manera en que los españoles «practican fanáticamente la burla».

Emile Cioran. :: EL NORTE Cioran sitúa varias anécdotas profundamente simbólicas en nuestro país que le impactaron de forma intensa. Entre ellas la de una niña que recitaba poemas en un tren y le tiró a sus pies unas monedas que le había ofrecido. Cioran persiste en la idea de que en España sobrevive, sobrevivía «el pueblo llano», una suerte de sabiduría popular,

trágica, a la manera quijotesca, que hacía del pueblo español un pueblo donde la sabiduría no estaba en los grandes filósofos académicos sino en los campesinos y las gentes humildes, con los que Cioran conversaba siempre. Otro de esos momentos de verdad y emoción transcurre en Santander: «En las montañas de Santander, una aldea

perdida. En la taberna, unos pastores rompieron a cantar. En la Europa occidental, España es el último país que tiene alma». Y es que es el exceso de alma, el mismo que tenía el propio escritor, aquello que cautivó al rumano y aquello que le hizo interesarse por el pueblo ruso y español. Frente a la obsesión por la inteligencia y el conocimiento ha-

bitual de los países europeos y específicamente del país que lo acogió, la obsesión y la presencia constante del dolor del alma española, del problema de España encarnado en todos nuestros grandes autores, embargan a nuestro autor: «Me atrae el aspecto no europeo de España, esa especie de melancolía permanente, de nostalgia en realidad, la nostalgia como saber, la ciencia de la añoranza». Una melancolía, que parece, según él, estar en todo lo español, y que Cioran apreció especialmente en los místicos españoles, y muy especialmente en Santa Teresa y que podría resumirse bien en aquello que María Zambrano (que fue amiga y conversadora habitual del rumano en París hasta el punto de influirle en la escritura de su libro sobre la Utopía) cuando ésta afirmaba de la nostalgia que era una manera de conocimiento porque nos dejaba de las cosas lo que verdaderamente son. A Cioran le gustaba España por su locura imprevisible: «Me gusta de España la locura, la locura de los hombres. Lo imprevisible. Entras en un restaurante. El tipo viene a hablar contigo. Es el mundo de Don Quijote». Una locura que él también sintió. La locura de existir y tener alma y sufrir lo inevitable. Cioran admira en España la aceptación prematura de su destino: «Lo que me llama mucho la atención es que un pueblo tan extraordinario como el español sienta hasta ese punto la conciencia de su decadencia… los pueblos que no han dejado escapar su destino siempre me han atraído prodigiosamente». Y lo admira porque al provenir de Rumanía, «el pueblo más fatalista del mundo», según sus propias palabras, sabe bien el significado de padecer la historia: «Yo procedo de Rumanía, circunstancia importante para la comprensión de la historia. Procedo de un país en el que no haces historia, sino que la padeces, simplemente, en el que eres, por tanto, objeto y no sujeto de la historia». La ausencia de sentido de la historia, esa «dimensión patética de la historia», eso que Cioran definió como «hombre sujeto al tiempo», traspasa toda la obra del pensador rumano.

PABLO JAVIER PÉREZ LÓPEZ

Cioran que se convirtió en un ejemplo de la corrección del francés escrito hubiera deseado en cambio escribir y hablar el castellano, idioma que consideraba sonar más fuerte, disfrutaba siempre regalando sus libros en nuestra lengua. «Yo estoy en realidad hecho para España, para la lengua española». Cioran, que viajó en bicicleta por España junto a su mujer Simone presentándose como Don Quijote y Sancho, que en las noches de insomnio y crisis mentales caminaba canturreando canciones populares españolas, renegó de casi todo salvo de el español que hubiera querido ser: «Hay países donde yo no habría podido fracasar un instante siquiera, por ejemplo, España…», «Uno tras otro, he adorado y execrado a numerosos pueblos, jamás se me ha ocurrido renegar del español que hubiera deseado ser», «Para algunos, entre los que me encuentro, separarse de España es separarse de sí mismos». Recordemos esto no para ejercitar el patriotismo sino para reconocernos en nuestras obsesiones. Pensando con Cioran y hasta en cómo España fue el país donde primero tuvo cierto eco su obra, en su amor incondicional por España, parecemos comprender la especial ligazón espiritual de nuestro país con los pueblos eslavos y por qué en ambos casos, la identidad, el exceso de alma, y el problema constante del destino, persisten en nosotros como obsesiones inevitables también hoy.

Cioran persiste en la idea de que en España sobrevive «el pueblo llano», una suerte de sabiduría popular Del país le atraía «el aspecto no europeo, esa especie de melancolía permanente»


LECTURAS

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

11

¿Occidentalizado Japón? Mori Ogai es uno de los inciadores de la moderna literatura japonesa sin renunciar a la tradición

LUIS ANTONIO DE VILLENA

Q

uizá debiéramos comenzar felicitándonos. La literatura japonesa ya no es en nuestra patria cuestión de cuatro o cinco nombres, y los textos japoneses se traducen del japonés y no del inglés. Hay una brillante escuela de niponología, en la que siempre me es grato mencionar al profesor Carlos Rubio, que hace y alienta importantes labores en tal campo. Sin ir más lejos, suya es la introducción al volumen que voy a comentar. Mori Ogai (1868-1922) es uno de los clásicos de la literatura japonesa moderna, es decir, la que comienza con la era Meiji, la apertura, aparentemente voraz, de Japón a Occidente y el derrocamiento de los shogunes Tokugawa. Ogai nació precisamente el año en que se abre esa restauración. Mori Ogai es el prototipo del intelectual japonés que busca sus bases en Europa. Estudia alemán en Tokio, se hace médico militar, y obtie-

ne una beca del Ejército para ampliar estudios en Alemania, donde vivió cuatro años, retornando a Japón en 1888. Esa experiencia está narrada en su ‘Diario de Alemania’, publicado años después. Sin dejar la medicina –de corte occidental– Ogai comienza a publicar relatos y a traducir al japonés autores occidentales (Andersen, Ibsen e incluso un drama de Calderón, ‘El alcalde de Zalamea’). Sin embargo Mori Ogai es un japonés de ley que defiende a su país contra el geólogo alemán Edmund Naumann, que pese a haber vivido años en Japón y ser considerado amigo, tacha al

LA FAMILIA ABE Y OTROS RELATOS HISTÓRICOS Mori Ogai. Trad. Jesús Carlos Álvarez Crespo. Satori Ediciones, Gijón, 2015. 205 págs.

país de «bárbaro» en una conferencia en Múnich a la que Ogai asistió y a la que respondió debidamente. El quiebro en parte de la actitud literaria de Mori Ogai (tal como se refleja en los tres minuciosos relatos de este volumen) ocurre cuando unos de sus mejores amigos, el general Nogi, comete un suicidio ritual, en 1912, tras la muerte del emperador Meiji, al que servía. Esta clase de actos tradicionales se habían prohibido en el nuevo Japón, pero quedaban en la japonidad esencial de muchos. Suicidarse para seguir siendo fiel al señor se llama ‘junshi’ o autoinmolación, y es un gesto de lealtad absoluta a la que a menudo –en la tradición– autorizaba el propio señor. El ‘junshi’ del general Nogi, hace que Mori Ogai se dedique a estudiar minuciosamente la historia del Japón tradicional sacando casos de ‘junshi’ que estudia y escribe con la minucia de un escritor entomólogo, en un camino distinto a su anterior producción. En este camino de estudio y testimonio de lo que es el ‘junshi’ y de lo que representa para el alma nipona están estos relatos, singularmente ‘La fa-

Una geisha sobre una escalera mecánica en la estación de Kioto. :: E. KENNEDY BROWN milia Abe’ (escrito a fines de 1912) y que es casi un sucesión de servicios a la lealtad y prácticas de ‘junshi’ que para muchos occidentales sería parte de la ‘barbarie’ japonesa apuntada por Naumann. Para que se note más la voluntad moral del autor, los relatos están escritos con

Ogai es el prototipo de intelectual japonés que busca sus bases en Europa

una minuciosa sobriedad moderna, lejos de su anterior manera. Mori es uno de los iniciadores de la moderna literatura japonesa porque une tradición y occidentalización, pero sugiere que no hay que rendirse a ella. Como Mishima. El autor no se suicidó.


12 LA SOMBRA

DEL CIPRÉS

LECTURAS

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

Llegan noticias de Frank Bascombe Richard Ford lleva treinta años ligado a su personaje, al que le une una conexión existencial

JORGE PRAGA

H

ace unos años la productora HBO compró a Richard Ford los derechos de las tres novelas que había dedicado a su personaje Frank Bascombe. Le pagaron un montón de dinero, según confiesa el autor, y proyectaron una miniserie de seis capítulos que al final no se realizó. El interés de la HBO seguramente se fundaba en la fidelidad de los lectores de Ford, bastante numerosos para una obra de un estrato literario ajeno al ‘best seller’. Aun así cuesta trabajo pensar qué habría dado de sí el proyecto. Si respetaba las novelas originales la trama disponible era leve, vaga, casi inexistente. Contar de qué va una peripecia de Frank Bascombe es tarea dificilísima. De ella queda otra cosa, un sabor, un balance de ánimo, un temblor existencial. Demasiado poco para una serie de capítulos. «Si alguien hiciera una película de Bascombe, no iría a verla», con-

cluye el escritor. Richard Ford lleva treinta años atado a Frank Bascombe. Desde 1986, en que publicó ‘El periodista deportivo’, lo ha ido renovando cada diez años: ‘El Día de la Independencia’, ‘Acción de Gracias’, y ahora la última, ‘Francamente, Frank’. Treinta años de los que resulta una biografía pegada a otra. Ford crea al personaje con una edad parecida a la suya, poco más de cuarenta años, y le concibe con un frágil equilibrio entre las ilusiones de sus proyectos y los reveses que culminan con la muerte de un hijo. A medida que crecen ambos en las décadas siguientes, la mirada de uno sobre el otro se modula y enriquece en ese trote del tiempo imparable. Y no se trata de un reflejo biográfico, que Ford niega. La conexión entre ellos es existencial, de cordón umbilical subterráneo, como corresponde a dos americanos nacidos en el 44 (Ford) y en el 45 (Bascombe). Este es una especie de emanación de aquel, de segregación alimentada por el tiempo que pasa y desgasta y acerca a la muerte. Una condensación en estratos que florece especialmente en lectores de edad similar, que aunque no hayan

pisado en su vida Nueva Jersey ni seguido un partido de los Giants encuentran una complicidad misteriosa con un protagonista cada vez más desprovisto de novedades, las pocas que aporta una profesión rutinaria (agente inmobiliario), un cuerpo amenazado (ay, la dichosa próstata) y unos recuerdos enfriados por la distancia. Esta cuarta entrega –servida en una ágil traducción de Benito Gómez Ibáñez cuya dificultad se adivina desde el riesgo del título elegido– cambia la larga estructura de las anteriores por cuatro relatos anudados a la destrucción dejada por el huracán ‘Sandy’. El personaje traza en las primeras páginas su estado de poquedad y retiro: «Estoy contento aquí, en Haddam,

FRANCAMENTE, FRANK Richard Ford. Anagrama, noviembre de 2015. 232 páginas. 18,90 euros.

En brazos de Morfeo

A

unque la obra lleva año y pico dando vueltas por las librerías especializadas, no ha sido hasta la semana pasada que me compré y leí ‘The Sandman: Overture’. Las razones son principalmente dos: muchas otras lecturas, el deseo de adquirirla entera, no en números separados. Tarde o temprano, me decía, retrayendo la mano que quería agarrar la cartera, compilarán los seis números en un solo tomo. De modo que cuando, durante una breve estancia en Londres la vi allí, la edición de lujo –aún no disponible en España–, la obra

completa, en el anaquel de una librería, no pude resistirme más. Fue como encontrar a un amigo querido pero alejado –casi treinta años–. O, quizás, a una amante nunca olvidada del todo. En cuanto mi mirada cayó sobre la portada, donde Morfeo, de perfil, ataviado con su yelmo de huesos, su negro manto, permanece erguido contra un fondo multicolor, el deseo de tenerlo en mis manos, de llevarlo conmigo, fue imposible de soslayar. Lo cierto es que no me cuestionaba, como podía haberme cuestionado, como otros se cuestionaron, las ra-

EL TALISMÁN DE LA COSTURERA CIRO GARCÍA

zones que habían llevado a Gaiman a añadir un capítulo más a una obra ya perfectamente acabada. A resucitar a un personaje muerto –aunque esa no es la palabra, no del todo–. No desconfié de la palabra precuela, frecuentemente mencionada cuando se habla de ‘Obertura’, aun-

El escritor estadounidense Richard Ford. :: YOAN VALAT / EFE con sesenta y ocho años, disfrutando del Siguiente Nivel de la vida, el último, previsiblemente: integrante de esa parte de la población que ya ha limpiado su escritorio». Atrás ha quedado el Período Permanente dibujado en ‘Acción de Gracias’, una meseta de vida levemente inclinada en la que no se esperaba ya ninguna ruptura. Ahora el Siguiente Nivel es mucho más concluyente y expeditivo: ha limpiado su escritorio, o con otras palabras «solo espero la muerte o la vuelta de mi mujer de Mantoloking: lo que venga primero». Los relatos, con la anemia narrativa habitual de Ford,

se deslizan por el paisaje estadounidense como una fina película que se puede despegar con facilidad. La vida que topan carece de dimensiones, especialmente las verticales que traen enraizamiento. El agente inmobiliario que fue Bascombe disfraza la levedad existencial en un continuo trasvase de casas, que no se puede detener para que no aflore la angustia y el vacío: «Nadie quiere quedarse en ningún sitio», proclama. Los títulos de los relatos son bastante orientativos: ‘Aquí estoy yo’, tomado del grito de los sioux antes de ser ahorcados y que es a su manera la afirmación

del ser-ahí de Heidegger, su Dasein; ‘Todo podría ser peor’, balance tras el paso del huracán; ‘La nueva normalidad’, o la adaptación a la vida de los cuerpos enfermos’; y por fin, ‘Muertes de otros’, sentencia inapelable. Parece un trayecto sombrío y deprimente, y sin embargo la suave ironía y la sabiduría sin objetivos de Bascombe consiguen una vez más que nos deslicemos con afecto y gratitud por esa prosa transparente, personal, única. Solo cabe pedir que la última página sea un hasta luego, mientras la vida se va cargando con el Siguiente Nivel. ¿Cuál será?

que es una palabra de la que suelo desconfiar. Hice bien: Neil Gaiman y su personaje bandera, Morfeo –Sueño, Príncipe de las historias, Dador de formas, tantos nombres…– lo habían vuelto a hacer. Una historia, un cómic complejo, hermoso, perfecto hasta donde un autor puede conseguir la perfección. La primera pregunta: ¿Se trata realmente de una precuela? Podría serlo, sí: a fin de cuentas, la última página antes de ese epílogo asombroso y revelador, coincide con el comienzo de la historia tal y como empezó a ser contada hace casi tres décadas. Pero también, al mismo tiempo, es, al menos una pequeña parte de la historia, una continuación. Y esto es posible porque el asombro-

so mundo literario de Sandman tiene una lógica interna que no se parece mucho a nada más, ni siquiera la mayoría de otros mundos literarios. El espacio y el tiempo, lo cotidiano y el mito, no se conjugan de las maneras a las que estamos acostumbrados. Para mayores aclaraciones, tendrán ustedes que leerlo. También es posible que no sea ni secuela ni precuela, acaso una reescritura. O quizás, y así lo veo yo, las tres cosas a la vez. La historia de ‘Obertura’, escrita con la declarada intención de iluminar algunos enigmas que la obra original dejó tras de sí, cumple su cometido. Pero también crea una serie nueva, y más turbadora, de interrogantes, cuya respuesta, ambigua, ambigüí-

sima, puede encontrarse en la lectura atenta –o quizás no–. Porque la lectura debe ser atenta, no vayamos a perder pistas cruciales, guiños a fans, homenajes varios a la literatura escrita y a literatura dibujada. En lo gráfico, ‘The Sandman’ nunca ha sido conservador. Si bien es cierto que los recursos que usa, la disposición de las viñetas, el orden de lectura, la obligación de girar la página para leer esto y aquello, no son nuevos, la forma en que están usados es exquisita. El dibujante, J. H. Williams III, ha sabido, con un excelente uso de líneas y técnicas mezcladas, devolvernos todo el esplendor barroco, brillante, tenebroso, que es ‘The Sandman’.


13

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

Cuentos de todo el mundo Siruela celebra el 25 aniversario de ‘Las Tres Edades’, una exquisita colección, con un libro conmemorativo

ANTONIO COLINAS

N

o puede pasar inadvertido este libro que comentamos por tres razones primordiales. En primer lugar, porque celebra el 25 aniversario de ‘Las Tres Edades’, una exquisita colección literaria que la editorial Siruela comenzó a publicar, con la personalidad que la caracteriza. Luego, por la serie de libros emblemáticos que dicha colección ha ido recogiendo a lo largo del tiempo. Y, por último, por el libro conmemorativo que ahora aparece y que, de entrada, consideramos como una antología muy especial, a la vez selecta y abarcadora. Damos por descontado, también en este caso, la belleza formal del libro, pero antes de entrar en su contenido debemos subrayar esas obras que fueron emblemáticas dentro del mundo de la edición en español a lo largo de más de dos décadas. Lo significativo es que se trata de libros de autores, en buena parte, extranjeros, pero que supusieron una gran revelación también para los lectores españoles y, en consecuencia, a ese interés respondió la muy notable venta de algunos de ellos; algo que, con los riesgos a que está sometido el libro impreso en nuestros días –frente al mundo de la imagen, sobre todo– supone un logro muy notable. Teniendo entre sus manos este libro, el propio lector recordará esas obras pasadas de la colección de las que, sin duda, al menos en algunos casos, fue puntual seguidor. Me estoy refiriendo, por ejemplo, a ‘El mundo de Sofía’, de Jostein Gaarder y a ‘Caperucita en Manhattan’, de Carmen Martín Gaite, autora de la cual, por cierto, Siruela está editando, de manera individualizada, las obras de la autora salmantina. Estos dos libros pueden

ser ya indicativos de uno de los propósitos de esta colección de “Las Tres Edades”, que iba dirigida a lectores “desde los 8 a los 88 años”; una apuesta, un reto, que en principio parecía osado, pero que en realidad la colección ha ido cumpliendo a la vista de los libros publicados. Es más, ese amplio arco de edades implicaba que la colección contenía libros que no sólo tenían que ir dirigidos a un público infantil y juvenil sino a lo que entendemos por lectores mayores e incluso en posesión de una sensibilidad muy especial. A los títulos citados hay que añadir otros que igualmente han recibido de manera especial la atención de los lectores. Obras y autores como: ‘El diablo de los números’, de Enzensberger, ‘Corazón de tinta’, de Cornelia Funke; ‘Kafka y la muñeca viajera’, de Sierra i Fabra; ‘No soy un libro’, de José María Merino; ‘El viaje de Teo’, de Clément; ‘El jardín secreto’, de Hodgson; ‘El mundo de los animales’, de Desmond Morris y ‘Carta al rey’, de Dragt. Con estos títulos especiales abre a su vez la edi-

NUEVOS CUENTOS DE LA ESFINGE. Una antología de autores de todo el mundo Edición de Michi Strausfeld. Editorial Siruela, 356 páginas.

La obra recoge fragmentos, capítulos y poemas de doscientos de los libros publicados

torial una nueva etapa de su colección. El libro en el que hoy nos hemos centrado, conmemorativo y jugoso, recoge fragmentos, narraciones, capítulos e incluso poemas de doscientos de los libros publicados y, cuenta, en especial, con ocho relatos inéditos. La misma editorial nos dio, desde el principio, alguna pista de cuáles podían ser, a grandes rasgos, los contenidos o temas de estos libros (sabiduría milenaria, enigmas, preguntas difíciles y respuestas y enseñanzas asociadas a éstas), pero lo cierto es que estamos ante unas obras de creación pura que, van en la mayoría de los casos, más allá de estas propuestas, y como muestra ideal baste esta antología Nuevos cuentos de la esfinge. La esfinge es un monstruo fabuloso, pero a la vez un símbolo que remite, con gran libertad, a numerosas claves del ser humano y a no pocos timbres de su sensibilidad. De tal manera que lo fantástico se funde con el pensamiento y los sentimientos a veces de una manera muy original, por no decir única. Una buena síntesis de estos propósitos los encontrará el lector en el prólogo que Michi Strausfeld (que también ha dirigido la colección y que ha preparado este libro) ha puesto al mismo. Mucho ha contado y cuenta también en este libro el diseño gráfico de Gloria Gauger y, por supuesto, las ilustraciones que lo acompañan, comenzando por la de la cubierta, debida a Rafa Vivas. Y, hablando de ilustraciones, subrayaremos esa segunda lectura que los textos de este volumen ofrecen: la de las muy variadas y sugestivas ilustraciones que acompañan a la letra impresa. De tal manera que acercarse a este libro supone un doble goce: el de leerlo y el de contemplarlo, el de sumergirse en los mundos de una creatividad literaria en estado puro y a la vez gozar con las imágenes, que nos abren las miradas a otras interpretaciones no menos ricas.

Una receta que guste a los del Más Allá y a los del Más Acá :: V. M. NIÑO Los cocineros están de moda. La cocina se ha convertido en pasión nacional, a juzgar por el espacio televisivo que ocupa, y los más pequeños también participan de esa fiebre colectiva. Ha tardado un poco más, pero también ha llegado a las estanterías de los libros infantiles. Hacer magdalenas está al alcance de cualquier, parecen decirnos. De los libros de recetas ha saltado a la ficción. Ledicia Costas ha utilizado la gastronomía como hilo conductor de ‘Escarlatina la cocinera cadáver’, novela con la que ha ganado el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2015. Román es un niño de diez años a quien le gusta cacharrear. Ha pedido por Reyes un curso de cocina. Sin embargo, los pedidos por Internet deparan sorpresas. La profesora con la que dará sus primeras lecciones y vivirá su gran aventura el futuro chef

es Escarlatina. Los aires de la Santa Compaña se asoman a la narración de la gallega Ledicia Costas que sumerge al personaje en el Más Allá, porque Escarlatina es la cocinera cadáver. En ese otro mundo tiene Román su reto: cocinar una receta que guste a los habitantes de los dos mundos. Una araña amiga con acento francés, Amanito

ESCARLATINA LA COCINERA CADÁVER Texto, Ledicia Costas. Ilustración, Víctor Rivas. Anaya. Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 168 páginas.12,50 euros. A partir de 11 años.

–muerto tras la ingesta de una ‘amanita phalloide’–, Trombosio –quien no pudo superar una trombosis– o su propio abuelo son los personajes con los que se encuentra Román en ese mundo de ultratumba. Por cierto que es el panteón de Escarlatina, asesinada por una venganza contra sus padres, donde cocinará la receta que le permita volver al Más Acá. Los mejillones serán el ingrediente fundamental para preparar «un plato digno de cualquier muerto y cualquier vivo». En esa alegoría que no es más que un espejo del mundo conocido, cobran especial fuerza las descripciones de los sentimientos de Román, narrador de la historia. En los capítulos se intercalan recetas de una carta especial para catadores y cocineros niños. Ledicia Costas abre el foco a un potencial público interesado tanto en leer como en cocinar.

Curiosidades sobre los pies :: V. M. N. Lo que empezó siendo un n concurso para encontrar ‘ell niño más listo’ se conviertee en una lección sobre los piess y otra sobre las aspiracioness de su protagonista, Melchorr Sabidillo. El pequeño sabio acude a n la prueba televisiva con un enciclopédico conocimien-o to de las materias al uso. No o podía imaginar que el reto consistiría en hablar de loss ipies, el final de sus extremis, dades inferiores, tan útiles, tan fáciles de observar y porr lo común, tan ignoradas. A n partir del tema, comienza un libro dentro del cuento. Sa-bidillo nos descubrirá suss o, huesos, la función del arco, la morfología de los múscu-los, el crecimiento de lass suñas, la información de nuestra huella o la razón de tenerr cinco dedos. Curiosidadess o como que hasta 1820 no hubo un zapato para cada piee o que en la Edad Media loss dcaballeros usaban tacones ado miran tanto a Sabidillo como al lector. Los rivales de Mel-chor son Raquel Requetelis-mta e Isidro Todolosabe. Comi pitieron en datos, en conocimiento, hasta tal punto eran parejas sus brillantes respuestas que no había manera de elegir ganador. Ya al final, cuando tuvieron que justificar el tema y el esfuerzo realizado para dominarlo, Mel-

h fformuló ló lla reschor puesta que le distinguió. El texto de María Solar está acompañado de las coloristas ilustraciones de Gusti, quien esboza con trazo grueso el mundo de Sabidillo y la aventura del saber.

TENGO LOS PIES PERFECTOS Texto de María Solar. Ilustraciones de Gusti. Kalandraka. 48 páginas. 14 euros. A parit de 7 años.


14 LA SOMBRA

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

DEL CIPRÉS

E

n la información meteorológica se anunció la semana pasada un descenso importante de las temperaturas, algo que todos entendimos como que iban a bajar mucho o bastante (no sabemos con exactitud el segmento de la línea cuantificadora que abarca el adjetivo ‘importante’), como si en invierno las temperaturas bajas tuvieran que ser noticia. También hace poco alguien me habló de su hija, ingeniera de obras públicas, y de la cantidad de horas que tenía que trabajar al día, aunque no podía quejarse porque «tenía un sueldo importante». Les juro que no tengo ni idea de la cantidad de dinero que gana, así que no sé exactamente, ni tampoco por aproximación, lo que la madre entendía por un sueldo importante. He aquí un listado de contextos de utilización del adjetivo ‘importante’: un tren que sufre un retraso importante, un desgaste importante de una pieza, un retroceso importante en una enfermedad, un jugador importante en la defensa del equipo, el uso del cinturón del seguridad es importante a la hora de conducir, una ciudad con avenidas importantes, ríos que sufren desbordamientos importantes, decisiones importantes, una amenaza importante, una importante ciudad italiana, un número importante de manifestantes, a punto de hacer un importante anuncio, algo que tiene importantes repercusiones, ofertas de trabajo en importante empresa, un rival importante, un regalo importante, un importante descubrimiento, una importante colonia de cigüeñas, una fiesta importante, un importante efecto saciante, un control policial importante. Resulta muy cómodo (de ahí lo de comodín) utilizar el adjetivo ‘importante’ porque casi todo le cabe: algo o alguien que es necesario, interesante, profundo, notable, atrayente, grande, alto, influyente, decisivo, abundante, ilustre, conveniente, valioso, vital, enorme, significati-

USO Y NORMAS DEL CASTELLANO MARÍA ÁNGELES SASTRE PROFESORA DE LENGUA ESPAÑOLA EN LA UVA

CASI TODO PUEDE SER ‘IMPORTANTE’

Más normas y recomendaciones para el uso correcto del castellano. Envíe sus consultas a: elcastellano. elnortedecastilla.es

vo, relevante, esencial, principal, primordial, considerable, destacado, y un largo etcétera, es importante. Descifrar su significado queda a cargo del receptor del mensaje, que se las ve y se las desea para descodificar adecuadamente el mensaje. Claro que los diccionarios no son de gran ayuda en este caso. Leo en el ‘Diccionario de la lengua española’ de la RAE (2014) a propósito del adjetivo ‘importante’: «1. que importa; 2. que tiene importancia». El ‘Diccionario del español actual’ (2ª ed., 2011) es un poco más explícito: «1. [Persona o cosa] que importa o que tiene interés para alguien; b) [Persona o cosa] que influye de manera más o menos decisiva en algo; 2. [Persona o cosa] que merece especial interés con relación a otros, por su valor, por su magnitud o por las circunstancias que lleva consigo; b) [Persona] que destaca por su posi-

ción social o profesional o por el cargo que desempeña. El ‘Diccionario de uso del español de América y España’ (2003) precisa también un poco más: «1. que tiene importancia por su valor, magnitud, importancia u otras características; 2. que importa o merece la atención o interés de alguien; 3. que es muy conveniente; 4. que tiene una categoría social relevante». ‘Importante’ puede referirse a una gran cantidad de algo, como en ‘Habrá lluvias importantes por todo el país’, o a gran magnitud, como en ‘Las bolsas europeas han sufrido una caída importante’; puede aplicarse a una persona famosa, rica, noble, destacada en su campo, que ostenta un cargo elevado o de relevancia, etcétera. También se aplica a algo trascendente, como en ‘un avance importante’ o ‘un descubrimiento importante’. Dada la amplitud referencial de este adjetivo –que no podemos negar a la luz de los usos–, ¿cómo sabe el lector u oyente a qué hace referencia exactamente? Siento decirles que no hay manera de saberlo a no ser que eche mano de sinónimos supletorios que le permitan delimitar o precisar mejor semánticamente el campo de referencia, tan difuso y poco preciso se opta por recurrir a este adjetivo comodín. Quien por comodidad o por desconocimiento recurra sistemáticamente al adjetivo ‘importante’ sepa que hay dos diccionarios que pueden servirle de gran ayuda: el ‘Diccionario ideológico de la lengua española’, de Julio Casares, y el ‘Diccionario de ideas afines’, de Fernando Corripio. El primero presenta el léxico español clasificado por esferas de significación y la parte analógica le permite al usuario encontrar el elemento léxico que desconoce o no recuerda a partir de otros conocidos; el otro permite hallar una idea o una palabra de manera rápida y precisa por medio del criterio de búsqueda por ideas afines cuando se busca un término de cuyo concepto no se tiene una noción clara.

LOS LIBROS MÁS VENDIDOS EL CORTE INGLÉS VALLADOLID

OLETVM VALLADOLID

HYDRIA SALAMANCA

MARGEN VALLADOLID

FICCIÓN

FICCIÓN

FICCIÓN

FICCIÓN

El regreso del Catón. Matilde Asensi (Planeta)

El secreto de la modelo ... E. Mendoza (Seix Barral)

Paris-Austerlizt. R. Chirbes (Anagrama)

El regreso del Catón. Matilde Asensi (Planeta)

La chica del tren. Paula Hawkins (Planeta)

Los besos del pan. Almudena Grandes (Tusquets)

El Cártel. D. Wislow. (RBA)

Los besos del pan. Almudena Grandes (Tusquets)

La luz que no puedes ver. A. Doerr (Suma)

Paris-Austerlizt. R. Chirbes (Anagrama)

Cuentos completos. E. L. Doctorow (Malpaso)

Paris-Austerlizt. R. Chirbes (Anagrama)

Los besos del pan. Almudena Grandes (Tusquets)

El perro. A. Palomas (Destino)

La forma de las ruinas. J. G. Vásquez (Alfaguara)

Escucha la canción... H. Murakami (Tusquets)

Vestidos de novia. Pierre Lemaitre (Alfaguara)

El último adiós. K. Morton (Suma)

El principito en pop-up. Exupery (Salamandra)

Dos años, ocho meses y ... S. Rushdie (Seix Barral)

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

Destroza este diario. Keri Smithl (Paidós)

Cuatro siglos de hospedaje... J. Ortega (Maxtor)

Avaricia. Emiliani Fittipaldi (Foca)

La cocina sana de Isasaweis. I. Llano (Anaya)

El tiempo entre suturas. S. Gallardo (Plaza&Janés)

Emocionario. Di lo que... C. Núñez (Palabras aladas)

Los hombres que susurraban... A. Salas (Espasa)

El nombre de dios es... Papa Francisco. (Planeta)

La magia del orden. Marie Kondo (Aguilar)

Derecho a la cocina. J. Diez Astrain (Sapere aude)

Frente al miedo. A. Escohotado (Página Indómita)

Guinness world records. VV. AA. (Planeta)

Los años perdidos de Rajoy. J. Losantos (La Esfera)

El fin del ‘homo sovieticus’... S. Alexievich (Acantilado)

La guerra no tiene rostro... S. Alexiévich (Debate)

Así fue Auschwitz. Primo Levi (Península)

Yo fui a EGB. J. Ikaz y J. Díaz (Plaza&Janés)

Un verano chino. J. Reverte (Plaza&Jata)

El monstruo de colores. A. Llenas (Franboyant)

Agujetas en las alas. Dani Rovira (El País Aguilar)

SANDOVAL VALLADOLID

LIBRERÍA DEL BURGO PALENCIA

SEMURET ZAMORA

PUNTO Y LÍNEA SEGOVIA

FICCIÓN

FICCIÓN

FICCIÓN

FICCIÓN

Farándula. Marta Sanz (Anagrama)

El secreto de la modelo... E. Mendoza (Seix Barral)

Los besos del pan. Almudena Grandes (Tusquets)

Los besos del pan. Almudena Grandes (Tusquets)

Paris-Austerlizt. R. Chirbes (Anagrama)

El bar de las grandes esperanzas. Moehringer (Duomo)

La luz que no puedes ver. A. Doerr (Suma)

La isla de Alice. Daniel Sánchez (Planeta)

El último día de Terranova. M. Rivas (Alfaguara)

La luz que no puedes ver. A. Doerr (Suma)

El regreso del Catón. Matilde Asensi (Planeta)

El último adiós. K. Morton (Suma)

Los caprichos de la suerte. Pío Baroja (Espasa)

El último adiós. K. Morton (Suma)

El último adiós. K. Morton (Suma)

El secreto de la modelo ... E. Mendoza (Seix Barral)

Los diarios de Emilio Renzi. R. Piglia (Anagrama)

La chica del tren. Paula Hawkins (Planeta)

Youce, el sefardí. Olmos (Dip. de Badajoz)

Hombres desnudos. A. Giménez Barlett (Planeta)

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

Capitalismo canalla. César Rendueles (Seix Barral)

En movimiento. O. Sacks (Anagrama)

Avaricia. Fittipaldi (Foca)

La Guerra Civil para jóvenes. Pérez-Reverte (Alfaguara)

Avaricia. Fittipaldi (Foca)

Combate en la montaña. Wifredo Román (Aruz)

El tiempo entre suturas. S. Gallardo (Plaza&Janés)

En movimiento. O. Sacks (Anagrama)

En movimiento. O. Sacks (Anagrama)

Yo fui a EGB. J. Ikaz y J. Díaz (Plaza&Janés)

Yo fui a EGB. J. Ikaz y J. Díaz (Plaza&Janés)

Yo fui a EGB. J. Ikaz y J. Díaz (Plaza&Janés)

A pie de escaño. A. Garzón (Península)

Masterchef junior. (Planeta)

Sermón de dejar de ser. García Calvo (Lucina)

A mi manera. K. Arguiñano. (Planeta)

Atlas del mundo. A. Mizienlinska (Maeva)

De viaje por Europa... García Márquez (Mondadori)

La Guerra Civil para jóvenes. Pérez-Reverte (Alfaguara)

Fernando el Católico. H. Kamen (La Esfera de los libros)


15

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

La escultura ‘Puma-Dentist’, de Deborah Sengl, que formó parte de la exposición ‘De corderos y lobos’ en la galería Descheler de Berlín en 2008 :: REUTERS/FABRIZIO BENSCH

P

ocos autores ha habido, como Maurice Druon, capaces de transmitir con certera descripción los detalles y sentires que brotan entre los sabuesos y su presa durante un enfrentamiento cinegético. El coautor (también) del himno de los partisanos, que tanto coraje hubo de infundir a los franceses empeñados en la resistencia, mientras se afanaban por expulsar al invasor alemán, es capaz de perfilar con sus palabras el estoicismo de las criaturas salvajes, sumidas en un bosque nocturno, impelidas a su vez por la perversión humana y la naturaleza animal hacia el acoso, la fatiga, el miedo, la fuerza bruta, el instinto de conservación y, por último, la aceptación del resultado final, tanto para el astado perseguido como para la rehala de perros que lo acechan y han de sufrir heridas mortales durante la lucha venatoria. En las profundidades argumentales que Druon decidió regalarnos con ‘La caída de los cuerpos’, excelente y divertida secuela narrativa de ‘Las grandes familias’, puede el lector llegar a comprender, aun sin compartir, la extraña inclinación de no pocos amantes de la caza por

EL MOMENTO PERPETUO

OVEJAS NEGRAS RAFAEL VEGA

la ilusión perpetuadora que ofrece el arte de la taxidermia; hasta qué punto no pondría un acomodado y señorial cazador todos los medios al alcance del experto para que la soberbia majestuosidad arrebatada en el bosque a los animales sumidos en el trance, pueda llegar a recrearse en los salones. Al fin y al cabo, de eso se trata en la mayoría de las ejecuciones plásticas: de perpetuar el instante, de encontrar la combinación sensorial que permita a nuestra mente una constante y automática recreación. En la apoteosis de este empeño acaso podamos recurrir a los dioramas que José Luis Benedito instaló en el palacio segoviano de Riofrío, para mayor gloria de su prestigio-

so apellido, gracias a una audaz ambientación. Sin embargo, y a pesar de la exquisita factura de José Luis Benedito para que los animales allí disecados sean capaces de transmitir la atmósfera de sus vidas en libertad, el resultado, pasado el tiempo, variados los hábitos, las sensibilidades y la cultura visual del público, produce no pocos escalofríos entre aquellos visitantes que hace tiempo dejaron de comunicarse con el código estético al que se enfrentan. Eso mismo ocurre con las obras de Deborah Sengl aunque, a diferencia de los virtuosos taxidermistas, como la saga española de los Benedito, esa es la reacción que, precisamente, persigue.

La joven artista austriaca utiliza la taxidermia como una técnica más de su taller que le permite importar a sus obras la incómoda sensación de que nos hallamos ante los restos orgánicos de un ser vivo. La obsesión de los amantes de la caza es, en el caso de las obras de Sengl, una acusación impertinen-

Deborah Sengl profundiza en nuestros prejuicios cuando combina animales disecados con referencias humanas

te, un recordatorio obsceno que convierte a la obra en víctima y a quien la observa en un depredador. Pero la escultora no se detiene ahí y profundiza en nuestros prejuicios cada vez que combina sus animales disecados con actitudes o referencias humanas. Baste recordar sus doscientas ratas con las que escenificó los pasajes de ‘Los últimos días de la humanidad’, de Kraus, en referencia a la Primera Guerra Mundial y a la inexplicable coexistencia de la reflexión, hermandad, afecto y camaradería con el odio, la brutalidad y la degeneración. De este modo, las ratas de Sengl son obligadas a comportarse como hombres. Gracias a esta incómoda combinación, Sengl ha sido capaz de desarrollar una estética propia con la que profundiza en las paradojas de nuestra más cotidiana simbología. Y a pesar de que muchos cristianos han podido sentirse ofendidos al ver un pollo sacrificado en una cruz, cabe señalar que, lejos de parodiar un símbolo venerado por millones de personas, la artista expone la viveza e indistinción de nuestra extrema crueldad, a fin de mantenerla intacta y acusadora; como si estuviera disecada.


16

LA SOMBRA DEL CIPRÉS

Sábado 23.01.16 EL NORTE DE CASTILLA

Director: Carlos Aganzo Coordinadora: Angélica Tanarro

La ciudad sin miradas Apenas una sombra. No tengo buena memoria y me siento incapaz de hablar del niño que fui alguna vez. Ese niño es un extraño para mí, alguien que quedó atrás en un limbo misterioso al que no tengo acceso. A veces me parece que está ahí y que va a decirme algo pero no tarda en alejarse de mi lado sin que pueda alcanzarlo. La infancia nos abandona para siempre y poco o nada sabemos del niño que fuimos, aunque tratemos de engañarnos reconstruyendo su vida con los relatos de los demás. Patrick Modiano vuelve una y otra vez en sus libros a esa imposibilidad de la memoria para iluminar el pasado. En su última novela, ‘Para que no te pierdas en el barrio’, nos cuenta un episodio remoto de su vida. Su madre lo dejó a cargo de una amiga, en una mansión situada a las afueras de París, donde el niño veía aparecer y desaparecer extraños visitantes nocturnos. ¿Quiénes eran?, ¿qué les unía a aquella mujer?, ¿qué hacían allí y por qué su madre le había dejado con ellos? De aquellos hechos solo recuerda su temor a ser abandonado y la novela termina con la imagen de un niño que se queda solo en una casa, esperando que alguien le vaya a buscar. «No puedo aportar la realidad de lo hechos, solo puedo ofrecer su sombra», dice Stendhal en la cita que abre el libro. Y sin embargo Patrick Modiano nos

DÍAS FELICES GUSTAVO MARTÍN GARZO

dice que todo lo que hemos sido en el pasado continúa vivo hasta el fin de los tiempos y que desvelar ese misterio y esa fosforescencia que se hallan en el fondo de toda persona es la tarea primordial del poeta, el novelista y el pintor. Tengo un sentimiento así cuando me dirijo al pasado. Siempre me encuentro con ese niño del que no sé nada, que vaga por un mundo que no comprende, que espera algo que nunca sé qué es. Trato de llegar a él, pero siempre se aleja de mí. Ese niño solitario, temeroso, es la imagen del niño que fui alguna vez. Apenas una sombra que no sé a quién pertenece. La vida de los deseos. La plaza de Santa Cruz es sin duda uno de los sitios más bonitos de Valladolid, con sus zonas ajardinadas, los bancos donde se sientan las parejas, sus paseos llenos de niños y su hermoso palacio. ¿Por qué entonces no puedo cruzar esa plaza sin sentir una inmensa congoja? A la derecha del palacio está el colegio de los jesuitas en que pasé mi infancia y mi adolescencia, y es el aura de infelicidad que desprende el que me comunica esa congoja. Sin embargo, no hay razón objetiva para justificar un sentimiento así y muchas veces me he preguntado por la razón de que lo siga teniendo. Fui un buen alumno y no sufrí acoso ni ninguna de esas vejaciones que de las que tanto se habla hoy. Tampoco puedo decir que los jesuitas se portaran mal conmigo. No les guardo rencor, aunque nunca haya aprobado cómo trataban entonces a los niños. Su clasismo, el recuerdo de ese Dios, en cuyo nombre decían hablar, capaz de castigar los actos más inocentes con terribles castigos, la oscuridad de las palabras que pronunciaban en la iglesia para aterrorizarnos, su persecución de la vida de los deseos, siguen presentes en mi memoria. En uno de los fragmentos de su libro de poemas en prosa ‘Ocnos’, Luis Cernuda recuerda el asombro que

:: ILUSTRACIÓN BEATRIZ MARTÍN VIDAL

le produjo de niño un libro de mitología griega. Había sido educado en la severidad del mundo católico, y de pronto descubre en las historias de ese libro una vitalidad y una alegría que jamás había imaginado que pudieran existir «¿Por qué se te enseñaba a doblegar la cabeza ante el sufrimiento divinizado», escribe Cernuda, «cuando en otro tiempo los hombres fueron tan felices como para adorar, en plenitud trágica, la hermosura?» Sí, es el recuerdo de la infelicidad de ese niño del que apenas sé nada, el que me hace acelerar el paso cuando tengo que cruzar esa plaza. Pobre criatura mía, le pregunto entonces a ese niño perdido en el tiempo, ¿qué te pasó? Pero nunca me contesta.

«A veces el niño que fui parece que está ahí y que va a decirme algo, pero no tarda en alejarse» «Gran parte de nuestros recuerdos más tempranos no sabemos hasta qué punto nos pertenecen»

La ciudad sin miradas. Aunque pasé en la calle del Paraíso los primeros años de mi vida apenas conservo recuerdos de ese tiempo. En otros textos he hablado de la llegada de los piñeros de Íscar, que recorrían las calles con sus carros rebosantes de piñas para encender las calefacciones, y de un patio donde la gente de los pueblos dejaba sus caballos cuando venía a la ciudad, y de cómo una tarde un cable de alta tensión se rompió y electrocutó a uno de los caballos, cuyo cuerpo enorme permaneció desparramado sobre la acera hasta que vinieron a buscarlo y varios hombres lo cargaron con dificultad en una camioneta. También he mencionado la casa donde vivimos, que todavía existe, e in-

cluso me he servido del hermoso nombre de la calle para titular uno de mis libros, ‘La calle del Paraíso’, en recuerdo de ese paraíso perdido que suele ser la infancia en la memoria del adulto. Pero lo cierto es que la mayoría de estos recuerdos proceden de las cosas que me contaron luego y que yo terminé por hacer mías casi sin darme cuenta. Suele suceder así con gran parte de nuestros recuerdos más tempranos, que no sabemos hasta qué punto nos pertenecen o nos han sido inducidos por el relato de los demás. «La ciudad sin miradas», así llamaban los ocupantes nazis al París ocupado, donde estaba prohibido la mínima luz en las ventanas durante la noche. Así es el Valladolid de mi memoria.

El color de Guerrero inunda el Patio  

Suplemento La sombra del ciprés del 23.01.2016

El color de Guerrero inunda el Patio  

Suplemento La sombra del ciprés del 23.01.2016

Advertisement