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EL NARRATORIO

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EL NARRATORIO ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL AÑO 5

NRO 49 — MARZO 2020 ISSN 2591—3123 Edición y Diseño de tapa:

Renate Mörder Imágenes:

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ÍNDICE DIOS NO ESTÁ EN LOS DETALLES INÉS ARTETA 7 MALA SEMILLA ROCIO QESPI 14 NO SE MUEVE PERO SE DEJA MOVER VALENTINA CAYETANO KELLY 18 FILETES ALEJANDRO HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ 24 JARETAS ELENA SOLERA 31 ABRIR Y CERRA DE PUERTAS OSWALDO CASTRO ALFARO 36 EL PACTO - LA CÁMARA DE LAS FLORES GABRIELA CAPPARELLI 40 EL HOMBRE DE LATA EL TURCO NAHNDOL 46 VIENEN TIEMPOS BÁRBAROS jOSÉ J. GARCÍA GONZÁLEZ 53 NOCTÁMBULOS RUBÉN VALIENTE DOMÍNGUEZ 56 EL ÚLTIMO INQUILINO CARMEN TOMAS 60 TERCER GRADO CARLOS M. FEDERICI 65 USOS PRÁCTICOS DE LA FE. EJEMPLO DOS DANIEL FRINI 71 DÍA DE LOS DESAMORADOS Ii GUSTAVO VIGNERA 74 LA SOLEDAD DE NUESTROS MUERTOS CARLOS LUIS DI PRATO 78 LA PUGNA MARINA GÓMEZ ALAIS 85 TRANSFORMADA JUAN VELIS 88 FIN DE EMISIÓN ANDRÉS APIKIAN 92 JE TE HAIS JUAN SEBASTIÁN FERNÁNDEZ RAMÍREZ 101 LA LÁMPARA INVERTIDA J.R. SPINOZA 106 LÁGRIMAS DE GUERRA MARCELO MEDONE 111 HOJALATERO JULIO ALBERTO VILLARREAL GAVIRONDO 114 5


SOBRE LA MESA GABRIELA MOTTA 117 SARIEL MAX HUAMAN PÉREZ 120 DIFERENTES ARRUGAS NÉLIDA M. GONZÁLEZ 125 SUPREMA CREACIÓN CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR 128 LOS LAURELES ERAN MÍOS AMELIA BEATRIZ BARTOZZI 131 UN SEÑOR GORDO ENTRE LIBROS CLARA GONOROWSKY 134 DIOSA JOSÉ A. GARCÍA 137 AL FINAL DEL NEGRO LABERINTO ÁLVARO MORALES 140 EN EL RÍO DANIEL ZAFFERANO VELÁZQUEZ 144

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L

a madre le había mandado a la hija como una Caperucita, se dijo Dávalos cuando Paula se bajó del Dodge azul destartalado en plena noche cerrada. Solo que esta vez no era la madre la que buscaba al animal feroz, sino la niña. “No había apuro en devolverla”, protestó Dávalos cuando la chica, con gesto de fastidio, bajó del Dodge la

heladerita que él y su familia se habían dejado olvidada ese mediodía en La Deseada. Los galgos la olfatearon, pegando los hocicos a su entrepierna, y ella no los espantó como solían hacer todas las mujeres. Nuestra responsabilidad como padres es cuidar a nuestros hijos, se dijo Dávalos. No somos animales para dejarlos que se críen solos. Incluso las yeguas cuidan a las potrancas hasta que pueden valerse por sí mismas. Y esta Paula era una chica de avanzada por culpa de sus padres negligentes. Con solo catorce años la mandaban en auto, de noche, por esos caminos destrozados, a traer una estúpida heladera que podrían haber devuelto al día siguiente en misa de ocho. A no ser que se hubiese escapado con la excusa de la heladerita y les hubiese robado el auto. Tratándose de ella, era posible. Tenía la misma edad que su hijo Edu, pero con ese cuerpo y esa actitud avasallante parecía diez años mayor. Además, tenía fama. Había oído algunos comentarios de los amigos de Edu, acompañados por risitas lascivas. Hazte de fama y échate a dormir. Y Edu había parecido un retardado ese mediodía en La Deseada cuando la chica lo perseguía nadando en el tanque con el cuento de que jugaban al tiburón. Muy viva se creía. Las hormonas a flor de piel. —No había apuro —dijo Dávalos. —Lo mismo le dije a mi madre. Usaba un solerito colorado, con breteles con moñito. Y ojotas. El pelo negro suelto. La cara lavada, sin una gota de pintura, tostada por el sol. Pura vitalidad. —Obvio que es ridículo —insistió la chica haciendo un gesto con los hombros que decía que su madre le parecía tonta—: ¿Y Edu? —dijo enseguida y miró hacia adentro de la casa, que estaba oscura. Pareció titubear. Dávalos la notó ansiosa, excepcionalmente frágil. —Se fueron todos al corso. La chica se mordió el labio y cerró los ojos durante unos segundos. Estaba desilusionada. Seguro se habría puesto el solerito colorado para Edu. 8


—No me dijo que pensaba ir al pueblo. Qué raro. A Dávalos lo sorprendió la actitud vulnerable de la chica. Debía de ser extraño para ella, tan yegua madrina, encontrarse sin séquito. Era una noche oscura, y el cielo que hacía un rato Dávalos miraba por entre las ramas del nogal era negro y con un borroso sarpullido blanco justo encima de la casa. Sintió olor a zorrino, un olor que adoraba y que extrañaba las pocas veces que iba a la ciudad. El domingo anterior, a la salida de misa, había escuchado a Edu invitarla esa noche al cementerio. El cementerio era el lugar en el que los dos campos tiraban la osamenta de las vacas carneadas para consumo, y quedaba justo en el ángulo que formaban los alambrados linderos. La luna ahí hacía brillar los huesos y también las hojitas de los eucaliptos. Era el lugar ideal para que la yegua se comiera crudo a Edu y el tarado la dejara embarazada. Así que ese mismo día, a la hora de la cena, le había propuesto a Edu un trabajito para las noches de verano, ya que él era bueno en matemáticas: que revisara los números del escritorio. Bien remunerado y empezando en ese mismo momento para demostrar compromiso. Dávalos imaginó a la chica galopando su tordilla, la Ocurrencia, en plena intemperie, y después imaginó —con orgullo de buen padre que protege a sus hijos— su castigo por intento de corrupción de su hijo inexperto: esperando, esperando, pendiente de los ruiditos, muerta del susto. —Lo que pasa es que a la tarde llegaron las Perkins de sorpresa —dijo Dávalos, justificando a Edu. —Con más razón —dijo la chica—. Más divertido. Lástima que vine sin mi hermana, porque la verdad es que ya que me mandaron hasta acá, bien podría llegar al pueblo. Dávalos no entendía qué le veía esta yeguaza a su hijo. Hasta el principio de aquel verano en que la chica comenzara a flirtear con él, Edu jugaba a la pelota, se trepaba a los árboles, se despertaba a la madrugada para ir a la manga a caballo. Se vestía con camisas a cuadros metidas adentro del cinturón, bombachas de campo y alpargatas. Y de un día para el otro empezó a no salir del cuarto y, cuando lo hacía, se ponía una remera negra sin cuello, ajustada, que nadie sabía de dónde había sacado. Estaba siempre quietito y con unos modales delicados que a Dávalos lo habían dejado dudando. Encima tenía el pelo siempre mojado y con un jopo sobre la frente. Se le fue la duda la noche en que lo encontró en la pileta con la yeguaza y 9


una botella de whisky. Edu parecía en trance, como una mosca contra un vidrio. Esa noche no le dijo nada porque había respirado aliviado. Pero la chica esta, que ahora se ataba el pelo negro con una colita en la nuca, se le había metido entre ceja y ceja. Era evidente que sabía que al abrir los brazos para atarse el pelo se le marcaban los pechos en el solero. Sin corpiño.

u

e ura de

misma, emanaba

sexualidad, como una tarántula su veneno. La noche de la pileta, Dávalos no le había dicho nada a Edu pero a la chica, cuando la acompañó a abr rle le tranquera, le d jo “no qu ero verte más por acá, putarraca”. Era probable que manejando borracha h c era un trompo

quedara

boca arriba en una cuneta, pero no le importaba. Y era completamente inútil hablar con los padres porque los dos estaban en otra. Además, los inhibía el carácter dominante de la chica, se le notaba que nadie le ponía límites, y el resultado estaba a la vista. La brisa arrastró olor a bosta desde el palenque y los caballos relincharon. —Sé que no le gusto para su hijo —dijo la chica con mirada de inocente y los brazos detrás de la espalda. —Mejor dejalo en paz. —¿Qué haga qué? —¿No me entendiste? Ignoralo. Buscate un novio a tu altura. Sus ojos negros miraron por encima del hombro de Dávalos. Miraba la casa, probablemente buscando una luz encendida en un cuarto o cualquier indicio de que no estaban solos. —Se fueron todos. Mónica se llevó mi auto y Cynthia Perkins el suyo, así cabía el lote completo. Por un momento, a Dávalos le pareció que la chica se había cohibido. Inclinaba los ojos con un semblante triste, quizás sombrío. —¿Dejo la heladera sobre la mesa de la galería? —dijo y avanzó sin esperar que Dávalos le contestara. Caminaba como una gata, sigilosamente, apenas apoyando los pies. La chica regresó de la galería, se detuvo delante de Dávalos y agachó la cabeza. Cuando la levantó dijo: —A mí Edu me gusta en serio.

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—Ay, Paula, por el amor de Dios. Si sos una belleza. Podés conseguirte el tipo que se te antoje con solo mirarlo. Vas a estar lo más bien. Pero no con Edu. —Edu y yo tenemos la misma edad. —Pero vos debés tener varios Pellegrinis corridos. La brisa se detuvo y los envolvió un vaho de calor. La chica agachaba la cabeza y se mordía las uñas, lo que le daba un aspecto dócil. —Usted se hizo una idea equivocada de mí. Con lo del whisky no tuve nada que ver. —Peor entonces. Por Dios, prometeme que vas a dejar a Edu en paz. —¿Y si no? —Seamos razonables. Y por favor, tuteame. —¿Si digo que no qué me vas a hacer? —Estamos charlando el problema, Paula. ¿No te parece que sos demasiada mujer para Edu? Te sugiero que no le des bola por una semana. Vas a ver cómo al nene se le pasa la calentura. Paula dio dos pasos y se paró a medio metro de Dávalos. Puso las manos en la cintura y lo miró fijo a los ojos. —¿O si no qué? ¿Me vas a violar? —Paula —dijo Dávalos en un tono paternal que le agradó a pesar de no haberlo buscado. Sopló una brisa fresca y la chica se estremeció, como de frío. Pero enseguida estiró los brazos y tomó a Dávalos de los hombros. —Me doy cuenta de cómo me mirás, Roque. Todo el mundo se da cuenta. A nadie le parecería increíble que llegue a casa llorando con el cuento de que me violaste cuando vine a traerte la heladerita y no había nadie más que vos. —Vamos, Paula. Sabés mejor que yo que en tu casa se taparían los oídos. —Vos decís que mamá se pondría celosa. La chica suspiró y soltó a Dávalos. Pareció dudar un instante y miró el pasto. —No es ningún misterio —dijo Davalos. —¿Qué no es ningún misterio? —Lo que pasa acá. —¿Qué pasa acá?

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—Lo que los dos sabemos que pasa, Paula. —¿No hay misterios para vos? Qué tipo tonto. —¿Tonto? —Solo secretos —dijo la chica y volvió a acercarse a Dávalos, que aspiró su olor a jabón—. Solo secretos —repitió—. ¿Secretos entre vos y mamá? —La vida misma no tiene misterios, Paula. ¿Sabés por qué? Porque solo se la entiende de la cintura para abajo. —La chica lo miró con sorna. Sonrió y Dávalos sintió un leve mareo. —Soy un padre preocupado por su hijo. Nada más. —Sería nuestro secreto, entonces. Vos no le decís nada a Edu y yo no le digo nada a mi mamá. Mañana voy a estar a las cuatro detrás de los paraísos que están al lado del tanque. Apenas terminó de pronunciar la última palabra, Paula giró hacia el camino porque se oyó el ru do de un motor. co tado del cuerpo

u mano

o bra o le quedaron col ando a lo

qu erda ro o la bragueta de Dávalos. Miraron

hacia el camino de entrada; dos círculos amarillos avanzaban en la negrura, seguidos de otros dos círculos amarillos; el dorso de la mano de Paula ahora se apoyó en la bragueta de Dávalos, que se hinchaba y latía. Los autos se acercaron hasta la rotonda delante de la casa, y estacionaron debajo del nogal sin que la mano de Paula se moviera. Las primas Perkins se bajaron discutiendo y la madre les dijo que se dejaran de pavadas. Corrieron hacia la casa sin detenerse al ver a Paula, ignorándola, por chica o vaya a saber por qué. Sopló la brisa otra vez, con fuerza, y recién en ese momento Paula aplastó con ambas manos su vestido. Mónica Dávalos le preguntó qué hacía ahí, tan tarde. La miraba fijo, con suspicacia. Edu no había descendido del auto, estaba quieto y mudo, o quizás asustado. Paula dio unos pasos hacia su Dodge y no respondió hasta que llegó a la puerta. —Su marido le va a decir qué hacía acá, tan tarde —dijo. Dávalos se sintió una estatua de mármol, no podía moverse ni decir una palabra. Se quedó mirando el Dodge, que se alejaba en medio de una leve polvareda.

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INร‰S ARTETA

Argentina

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E

l humo de la pipa se dibujaba en la tarde húmeda del verano austral mientras el hombre anguloso recordaba la carrera. Los potrillos se habían apiñado en la curva que los encauzaba hacia la recta final en la que Gitana e Impetuosa iban hocico a hocico. La multitud enmudeció en los últimos instantes del trayecto. Una vez

má Impetuo a había anado por una cabe a. “E a e ua nunca me falló como la otra ”, se dijo el Minero mientras apretaba el tabaco en su pipa. El Minero era su apodo. Había llegado hacía quince años a la zona con una gran cantidad de dinero, oro y plata, sin mujer ni familia. Compró una estancia y tierras abandonadas a la maleza, cruzadas por un río furioso cerca de San Pedro. Allí vivía recluido e iba al pueblo para la misa, las apuestas, las carreras y otras cosas. Con más de cincuenta años, llevaba bigotes anchos y una barba que escondían visos rubios de juventud pasada. Su cara tostada por el sol enmarcaba dos flamas azules que parecían dispuestas a devorar cielo y tierra en cualquier momento. Su cabello un tanto largo y desordenado le daba una apariencia de desaliño que intimidaba a las mujeres. A cualquier mujer menos a Tula. Fue uno de esos domingos cuando la vio por primera vez. La había sorprendido mientras ella lo miraba. Él hizo como si no se diera cuenta y permaneció impasible. “¿Te acuerda de e e dom n o, Tula? Tu m rada me bu caba m entra tu prima te susurraba al oído que debías comulgar porque el infierno no esperaba. ¿A qué e refería? ¿A mí tal ve ?”. Resignado ante el silencio de su mujer, el Minero fijó los ojos en el sendero que se abría entre los arbustos donde la vio desaparecer la primera vez que vino a su casa. Tula estaba de visita en San Pedro para distraerse de una desilusión amorosa. El aire de la selva y el silbido de las piedras en el río le sentarían bien. Una joven madura para su época, cerca de los veintisiete y sin haber conocido marido. Cuando se percató de ella en la iglesia, algo oscuro y pesado cayó al suelo frente a él. Ella vio cómo el minero recogió con delicadeza el inerte pájaro negro y lo colocó en un nicho cercano. Fue un agüero al que ninguno prestó atención. Ese encuentro fue como un látigo implacable cuyo trueno solo ellos escucharon. Días después una música dulce y atrevida, una voz de hombre que temblaba de emoción mientras recordaba a yeguas y mujeres coquetas, interrumpía el silencio de la exuberancia en la que Tula se había perdido. La melodía de un gramófono la llevó hasta su casa y allí, con la complicidad de Gardel y su canción 15


escandalosa para muchos, sintió el temblor de su deseo. El dueño de la estancia la sorprendió en su terraza y le preguntó si le gustaba el tango. Cuando ella le dijo que no abía, él re pond ó con natural dad: “Ah pue ,

no abe

al o le u ta, no lo

va a saber hasta que lo pruebe ¿Qu ere probar?”. El minero le preguntó a su mujer si recordaba la primera vez que habían bailado tango en su casa pero no recibió respuesta. Estaba acostumbrado a su silencio desde el comienzo y poco había cambiado desde entonces. Cuando la tocó con el pretexto del baile, esperó un rechazo o, por lo menos, un retroceso, pero Tula lo aceptó sin moverse y sin mirarlo. Por una cabeza, de un noble potrillo... Él era mucho más alto que ella. Sus bigotes hirsutos y melena despeinada la llamaban hacia él al mismo tiempo que el calor de su cuerpo la hacía sentir como la mariposa nocturna ante la flama. Después de algunos pasos con la música de Gardel de fondo, él le p d ó: “ íreme como me m raba en la

le a el otro día”. Tula se

estremeció. Su mano grande le enseñó la ruta del baile hasta que llegaron a la coda dramática de la canción. Por una cabeza, todas las locuras. Su boca que besa, borra la tristeza, calma la amargura… Ella lo soltó empapada por la tentación a flor de piel, apenas le dio las gracias y se fue despavorida. Los ojos del minero la siguieron hasta que las hojas de los arbustos dejaron de moverse. Él no la siguió. Fue ella quien lo buscó una y otra vez con el pretexto de Gardel. Se metió en su vida de ermitaño hasta que lo convenció a dar el paso que él no quería. Pero antes, él puso condiciones. Le dijo que había tenido mujer pero no hijos. Le dejó claro que no los quería y, si llegaban, la llevaría de regreso con su familia y no volvería a verla. También le recordó que le llevaba más de veinticinco y que no quería perder a otra mujer, que llevarían una vida simple en esa estancia del monte y que habría días en que no vería a nadie más que a él. Ella aceptó todo sin objeciones. Se casaron en la iglesia del pueblo donde se vieron por primera vez, con el cura, la prima de ella y la dueña de la taberna como testigos. No vino nadie más. A pesar de las promesas, las advertencias y los paliativos, Tula dio a luz a una n ña cu o ojo a ule

d po c ón rebelde hacían patente u patern dad. “Te

dije que no quería hijos, Tula. ¿Por qué no me h c te ca o?”. La joven esposa no dijo nada mientras él miraba la caída del sol en el laberinto verde que rodeaba la casa. El silencio les permitió escuchar el río. El mismo río donde la fue a buscar 16


muchas veces después de que la niña llegó a sus vidas. El río en cuya orilla la encontró aquel atardecer desgraciado, descansando entre dos piedras grandes, testigos mudos de su voluntad. El Minero repasaba absorto los acontecimientos cuando escuchó la voz del cura que venía con el médico de turno de San Pedro: “Buena tarde , ¿está bien? ¿Dónde está Tula? ¿Y la n ña?” “ a n ña e tá con la prima de mi mujer desde anoche. No podía lidiar con la do

o olo. Tula e tá en nue tro cuarto”. “Ha que llevarla a San Pedro, a meno que qu era enterrarla aquí”. El Minero asintió sin mirarlos y les indicó donde estaba la habitación.

Mientras el médico hacía su trabajo, el cura se sentó a su lado dispuesto a escuchar. El Minero le contó que no se dio cuenta hasta después, cuando ya era tarde. La llegada de la niña había roto los nervios y el ánimo de Tula. Él no entendía cuando la escuchaba llorar en los rincones. Pronto la madre empezó a ignorar a la niña. Se perdía en los senderos de maleza y el minero la encontraba en la orilla del río escuchando los ruidos de las piedras. Meneando la cabeza, el hombre recordó en vo alta: “Ante de hacerla m mujer, le d je que no quería h jo . Ya había perd do a la primera y quería que esta me durara hasta que yo me fuera. Tengo mala semilla, padre, mi buena suerte es solo con las ye ua ”. El cura ofrec ó un

lenc o

compasivo como consuelo. Poco tiempo después el doctor tenía todo listo para llevarla a San Pedro. El Minero les dijo que fueran nomás. Le dio al padre un sobre para que se lo entregara a la prima de Tula. Él los alcanzaría pronto. Cuando ambos hombres partieron con el cuerpo de la difunta, el minero e peró a que la hoja de lo arbu to dejaran de mover e. “ ala em lla, Renato. Basta de carreras, se acabó la timba”, dijo en voz alta. Tomó la escopeta y caminó hacia el río cuyo ruido hierático de piedras atormentadas se hacía más alto con cada paso que daba.

ROCÍO QESPI

Perú

Portal web de entrevistas: http://www.icollaborativedges.com/ Twitter: https://twitter.com/QuispeAgnoli - https://twitter.com/MSUcollaborates Instagram: https://www.instagram.com/quispeagnoli/

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T

engo que escribirlo, qué suerte que la birome encontrada funciona. Por unos segundos imaginé que no lo haría. Tengo que escribirlo ahora mismo. Hace días que pienso en su historia. Ahora recuerdo a esa paciente adicta que durante el taller me decía

que no podía escribir. Lloraba y repetía que, si su padre no le conseguía una computadora, no podía escribir la nota sobre la estadía en la comunidad. Me pongo a pensar en que escribir es pensar en tercer grado: Grado 1 - La inspiración Grado 2 - El pensamiento Grado 3 - Usar la mano y escribir. Pero no escribo para escribir sobre escribir. Escribo porque el tema es que a él le llega un men aje: “Víctor,

rta no ex te”.

Él observa la pantalla y alza la vista justo cuando una niñita de unos tres años le pasa corriendo por delante para tirarse al piso. Detrás van sus hermanos o primos. Intentan protegerla porque se nota que es la menor y el instinto humano de protección en este caso, es fuerte. Pero cada vez que se acercan, ella se les vuelve a escapar. La mesa sobre la que escribo el relato es blanca. Me encantaría que fuese papel, pero no. Es una mesa. No-debo-volver-a-escribirla. Víctor está mirando el mensaje nuevamente. Analiza el número desconocido sin ninguna solución. No sabe por qué recuerda al chico pasea perros con quien se cruzó antes de bajar las escaleras que conducían al subte. Ese que le gritaba a un labrador porque no quería entrar a su casa. La dueña lo miraba desde detrás del marco de la puerta. Seguro estaba en piyamas. El paseador le gritaba, “Dale, gordo. Andá. Dale”. El labrador lo miraba y movía la cola. Víctor pensó en qué cagada sería que existiese una empresa que organizara a los paseadores de perros. Víctor odia a Macri. Víctor busca el botón para llamar al número desconocido que le envío el mensaje, pero no marca. Desvía sus ojos hacia el guardia de la puerta de arribos del Aeroparque. Se distrae con la familia de la niñita que a un costado habla sin parar. Observa a una de las primas o hermanas, debe tener seis años y no puede dejar de practicar la med aluna. “ a hace mal”, piensa Víctor. De su celular, pasa a observar sus zapatos y recuerda a la chica del subte 19


que, sentada a su lado, hacía gestos con cara de pato a la cámara del celular. Vestía ropa que parecía el uniforme de algún colegio. Pero Víctor la miró bien: el vestido a cuadro era e cotado. “ u e cotado”, pen ó. a ch ca no le u taba, era mu chica. Se sintió mal por haberle mirado el escote. Alzó la vista. Creyó que un joven sentado frente a él lo había descubierto. No supo si fue así. Lo que supo es que también miraba a la chica, cada tanto y disimuladamente. Víctor observó la pantalla del celular de la chica. Entre las fotos de su propia cara, la chica hablaba por chat con otra persona. Era un número sin agendar. Solo un número. Ella le escribía: “Tené nov a?”. Y alía de la apl cac ón para e uir probando los filtros de Instagram en su cara de pato hasta que llegaba la respuesta y, manipulando ráp damente la pantalla, volvía al chat. a otra per ona había e cr to: “Nop". Víctor no pudo leer más. Tuvo miedo de ser descubierto apareciendo en la cámara junto a la cara de pato. Bajó del subte y caminó. En el vagón de al lado vio al hombre que improvisaba un show de magia y del que había oído algunas palabras ininteligibles desde el vagón contiguo. Tenía voz de conductor de radio. Otro chico jovencito sonreía cuando lo miraba. Víctor deja de pensar en lo que sucedió en el subte. Un grupo de niños de entre dieciséis y veinte años, entra al Aeroparque. “Son de la calle”, p en a Víctor, “En e u da lo van a echar”. Uno de lo n ño lo m ra f jo como provocándolo. Víctor baja la v ta con m edo. S ue ten endo el celular entre la mano . “S

rta

no ex te, o tampoco”, reflex ona pon éndo e melancól co. “Debo er de lo últimos guardias que quedan con trabajo en los bancos. Organizo personas ancianas en las filas, todos aquellos que no entienden dónde está el botón de tal o cual cosa. No veo jóvenes. La única mujer más joven que yo con la que me relacionaba era Mirta. Pero ella no existe y yo e to acá e perándola”. Se levanta de la cinta de equipajes donde se había sentado y camina hacia el kiosco. En el kiosco observa una foto pegada en donde los bancos de una iglesia soportan a un grupo de creyentes. El dueño interrumpe su observación y le hace un movimiento como preguntándole qué quiere. Víctor se aleja y encuentra el baño. Se acuerda de cuando escuchó a esa jovencita hablando con amigas en un bar, confesándoles que, para mear cuando está medio borracha y hay fila y se pone nerviosa porque por fin le ha tocado su turno y alguna guasa afuera arrancó con el cant to de m erda de “entro, meo, acudo 20

al o”, ella no puede mear, entonce


canta A ua de o P ojo . “Y me ale el meo”, la o ó dec r. Víctor sacude la verga y sale del baño y del Aeroparque. Se para a mirar a las familias que pescan en la costanera. Se acuerda de la historia de Victoria, la paraguaya que limpia en su casa. El día que le contó que se volvió vidente cuando de chica estuvo doce horas muerta. Su abuela le enseñó entonces, mientras estaba muerta, cómo curar dientes y leer manos. Su abuela muerta. Aunque cuando despertó Victoria pensaba que había sido su papá. Los niños de la calle salen después de efectivamente ser echados. El que provocó a Víctor con la mirada se le acerca, “O a don, una moneda”, “No ten o, d culpa”, “¿D culpa porque no t ene o porque no me qu ere dar?”, “Sí, d culpa porque no te qu ero dar”. El niño esboza una sonrisa, se lleva el porro encendido a los labios y después de exhalar, le convida. Víctor mira al porro, al niño. Recuerda que ya no existe. Ni él, ni Mirta. Saca su billetera y estira un billete. El niño no lo agarró hasta que Víctor no tomó el porro y entonces se alejó. Víctor fumó lo poco que quedaba. Respiró, oyó y ojeó la noche porteña de un sábado a la 1 am. Volvió a entrar al Aeroparque y se sentó en la misma cinta. Imaginó una historia de terror: Una pareja acostada en una cama, de noche pero iluminados por el velador. Ya hicieron el amor. Él la mira: “¿Apa o?”, “Sí”. Ella lo ob erva e t rar el bra o hacia atrás y llegar a la perilla. Él no ha dejado de mirarla. Apaga la luz. Vuelve a prenderla, le pone cara de susto a Ella. Ella se ríe. Él apaga. Prende: cara sonriente. Ella se ríe. Él apaga. Prende: ojos bizcos. Ella se ríe. Él apaga. Prende: no tiene cara. Todo su rostro es una superficie de pura piel. Ella abre los ojos asustada. Él, nervioso, apaga. Prende: sigue sin cara. Apaga. Prende: ella tampoco tiene cara. 21


La luz queda prendida. Ambos se tocan los no-rostros buscando respirar. No pueden. Empiezan a ahogarse. En la puerta del cuarto: la mirada de un niño de unos cuatro años, sobre su pequeña bicicleta, sonríe con una boca más grande de lo normal. Hace marcha atrás y gira para alejarse del cuarto. En su espalda carga con una mochila transparente llena de rostros. Víctor piensa en que esta sería buena para esas competencias de cortos de terror. Imagina otra: La misma pareja, es de noche, en la cama. Están durmiendo. Algo se mueve. Están en un monoambiente. Él abre los ojos: “¿E cuchá ?”, “Sí”. Él prende la luz. (¿Por qué será que él siempre duerme del lado del velador?) Hay alguien. Efectivamente, en el espacio. Se mueve como sin dar cuenta de que la luz se encendió. Él abre los ojos bien grandes. Ella también. La que se mueve en el espacio es Ella, un doble de Ella. O algo así. Él la mira a Ella acostada y mira a la otra Ella que, de pie, barre el piso. Ella en la cama mira a Él y a Ella barriendo y también se asusta. Él sale de la cama. Tiene miedo de Ella en la cama y de la otra. Ella se desespera por llegar a quedarse sola con Ella. Víctor no sabe bien cómo seguirla. La cinta empieza a moverse. Víctor ve que sus pies dejan de tocar el suelo. La niñita que gusta de tirarse al piso lo mira. Ella es la única que se da cuenta. Víctor también la mira y no se mueve, pero se deja mover. Despacio entra en el movimiento que lo lleva como si fuese una valija hacia algún destino. El momento es un monstruo . . .

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VALENTINA CAYETANO KELLY

Argentina

Instagram: @valecayetanokelly Facebook: www.facebook.com/valentina.kelly.180

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E

ran casi las once de la noche y a Erick, una vez más, lo dejaban plantado. —¡Erick! —escuchó de pronto— ¡Gran Erick! Enseguida levantó la vista y divisó una pequeña silueta conocida. —¡El viejo Robert! ¡Pensé que no te volvería a ver!

—¿Quién lo diría, gran Erick? ¡Yo solo pasaba por aquí, mirando la gente,

las estrellas, qué se yo! ¡Y te veo aquí! ¿Qué me cuentas? ¿Esperas a alguien? —Tenía una cita, pero no pudo ser. No sé qué pasa conmigo. —¡Bah! ¡Que se joda, gran Erick! ¡No sabe lo que se pierde! Lo mejor que puede hacer e darte un buen tra o, e má , o nv to, de pa o comemo al o… ¡Tengo cosas que contarte, gran Erick! Caminaron por una vereda hacia la avenida principal a las afueras del parque. Robert alzaba la barbilla y medía el hombro con el de su amigo. No era extraño que gastara los zapatos por la punta, vivía acomplejado de su estatura. —¿Dónde te habías metido? —dijo Erick al borde de la acera— Hace meses que no sabemos nada de ti. ¿Estabas huyendo de algo? —Oh, gran Erick. ¿Huir de qué? Soy un buen tipo, se me dan bien las mujeres, no tengo problemas ni con la ley, ni con la mafia. ¿Adónde me iría si no fuera por placer? —No sé, siempre ha sido lo mismo, apareces por un tiempo y luego no te vemos más. —Porque Dios me ha bendecido con el movimiento ilimitado —asumió Robert—. ¡Soy libre, amigo! ¡Nadie me puede parar! ¡Un día estoy aquí y al otro estoy allá! ¡Soy un relámpago! Y además no tengo que contarle a nadie lo que hago con mi vida si no quiero. ¡Te estimo mucho, gran Erick! ¡Por eso te lo diré! Acércate un poco… —Sí, dime. —¡ME GANÉ LA LOTERÍA, GRAN ERICK! —¡No puede ser! —¡ME LA GANÉ, GRAN ERICK! ¿Sabes cuál es el marco de probabilidades de que alguien se gane un montón de dinero con un simple cupón? ¡Es un dato científico, por Dios! ¡Nadie lo sabe! Hay tanta gente que juega, cada día, de cada semana, de cada mes, de cada año; que para ganar lo que yo he ganado 25


sin dudas tengo que ser especial. Tuvo que ser Dios, se asomó allá arriba en su nube y dijo: A este tipo lo voy a recompensar, me cae muy bien. Y al otro día ya estaba atravesando el trópico en un crucero de clase alta. —¡Qué bárbaro! —En fin, me alegra haberte encontrado, me molestaba mucho gastármelo todo sin que nadie me viera hacerlo. ¿Y quién mejor que tú? —Entonces, ¿A dónde vamos? —Se me antoja un buen pedazo de carne. Conozco un lugar y no queda lejos. La taberna de Marco el italiano, dicen que el tipo prepara los mejores filetes de la ciudad. Caminaron unas manzanas y se detuvieron a la entrada de un callejón. Al final se veía la taberna, oculta de la vista pública, rodeada de rascacielos que la separaban del mundo exterior como una muralla metropolitana. Había que caminar mirando hacia arriba, la gente solía tirar desechos desde lo alto, que se concentraban a lo largo de aquella callejuela estrecha. Luego de abrirse paso en punta de pies, Robert empujó la puerta y una campanita anunció su entrada. El italiano, tras el mostrador, pulía unas copas con un trapo manchado de grasa. El salón estaba vacío, con las mesas casi pegadas y las sillas encima. No había calefacción, solo una pequeña estufa a un costado de la barra que apenas desprendía calor. Se sentaron en una mesita cercana al fuego y Erick miró a su amigo con espanto al detallar cada gotera y cuarteadura en las paredes —¿Cuánto tiempo llevas viniendo aquí? —agregó con inquietud. —No he venido nunca —y sacó un cigarro—, alguien me recomendó este lugar pero no recuerdo quién. —No voy a comer nada aquí. —Vamos, déjate llevar, gran Erick. ¡Marco! —gritó de improviso— ¿Qué tienes para nosotros? El italiano contestó antipático. —

re la carta…

Tenía un pequeño bigote Dalí y una enorme calvicie. —Confío en que usted nos sugiera lo mejor, pero que no sea nada de mariscos, me dan unas náuseas tremendas. ¿Tiene algún buen filete de ternera? — 26


Marco asintió con la cabeza— ¡Perfecto! Que sean dos. Y tráiganos bebida, nada de brandis ni vinos fruteros. ¡Que nos queme el gaznate! Marco dejó una botella de Vodka sobre la barra y se fue a la cocina. Regresó con una bandeja llena de vasos sucios y se sentó a pulirlos con una tranquilidad inquietante. —Oye, Marco —dijo Robert algo confundido— ¿nos alcanzas la botella? El italiano ni se molestó. Robert maldijo entre labios y fue por ella. Luego de servirle a su amigo se dio un trago largo a pico de botella y arrugó el rostro al digerirlo. —Vaya modales tiene este señor —dijo Erick en voz baja. —No lo lleves tan recio. Se pasa la vida encerrado aquí entre la basura y la humedad, es como Cuasimodo. Piensa por un momento en lo miserable que sería tu vida en estas condiciones. El olor a carne asada inundaba el lugar y Robert hizo alardes de su magnífica elección. En menos de cinco minutos el italiano regresaba de la cocina con zendos filetes humeantes sobre una bandeja decorada con berenjenas y lechugas que dejó nuevamente sobre la barra. —Oye, Marco —dijo Robert ahora molesto—. ¿Nunca traes nada a la mesa? Pero tampoco hubo respuesta. —Esto es demasiado —protestó Erick—, pide la cuenta y vámonos. —¿Adónde, gran Erick? Mira qué bien huelen. Anda, no seas marica. Se bueno y tráeme esos filetitos. Erick se dirigió molesto a la barra y tomó la bandeja de forma vulgar. El italiano no dejó de mirarlo ni por un segundo hasta que volvió a sentarse. Robert tomó la carne con las manos y probó: —Vaya, en mi vida he comido buenos filetes, tengo que decir que este hijo de puta italiano cocina muy bien. Erick, que aún tenía sus dudas, mordió la carne y olvidó de golpe la basura en el callejón y los servicios a medias del italiano. Hartos de tanta exquisitez, se reclinaron en sus sillas y eructaron casi a la par. Robert suspiró de complacencia y luego de un largo y profundo bostezo metió la mano en uno de sus bolsillos y revisó la billetera, parsimonioso. 27


—Gran Erick —murmuró Robert deslizándose sobre la mesa—, creo que tenemos un problema. El otro, que estaba a punto de entrar en un ligero sueño, se inclinó abruptamente hacia delante. —¿Cómo? —Que no ten o d nero, ran Er ck. Va a tener que hacerte car o… —¿No te habías ganado la lotería? —Sí, pero no sé adónde se fue el dinero. Vamos, gran Erick, debes tener algo por ahí. —Oh, Robert, no me alcanza ni para cuatro wiskis. —¿Pero eres estúpido o qué? ¿Cómo vas a una cita sin dinero? ¡Revísate bien los bolsillos! —¿Algún problema, caballeros? —preguntó el cocinero apoyado sobre el mostrador. —Ninguno —dijo Robert retomando la postura—, solo queríamos un par de filetes más. ¿No es así, gran Erick? —Sí, dos más —repuso con la voz entrecortada. El italiano vaciló por unos segundos y regresó a la cocina. —¡Vámonos ahora! Apenas empujaron las sillas Marco salió de improviso con una escopeta y les apuntó a la cabeza. —¡Ustedes no van a ninguna parte! —les gritó desde el mostrador. —Es que íbamos a orinar fuera —dijo Robert. —¡Aquí hay baño, cabrones! ¡Y si quieren cogerse el culo adentro no me importa! ¡Ahora páguenme el doble por las molestias o les vuelo los cojones con esta escopeta! —El dinero no es problema —siguió Robert—, ¿no es así, gran Erick? Erick, sudoroso, revisó su bolsillo derecho y sacó un puñado de monedas que dejó caer sobre la mesa. —¿Y con eso vas a pagarme, hijo de puta? —y disparó hacia una lámpara de cristal que estalló en pedazos. —¡Oh, por Dios! ¡Oh, por Dios! —gritó Erick en un ataque de pánico —¡Sí, grita todo lo que quieras! —Dijo Marco pegándole el cañón a la cara. 28


—Por favor, Robert, has algo. Explícale todo, dile que esto es por tu culpa. ¡Dile, por Dios! —No te vamos a pagar nada. —¿Qué coño dices, enano? ¿Te crees muy valiente? —y giró el arma hacia él. —Lo que oíste, bigoticos —agregó con seriedad—, no te vamos a pagar. —¡Robert, por Dios! —intervino Erick casi llorando— ¡Perdónelo, señor, él no quiso decir eso! —¡Tú cállate! ¡Ahora voy a tener que matarlos! Erick estaba conmocionado, le dolía el estómago como si lo hubiesen apuñalado de forma inadvertida y le temblaban las manos. De improviso, la puerta colapsó ante una escandalosa patada y vio por primera vez un destello de esperanza en aquel sitio infernal. —¡Baje el arma! —exigió un oficial armado seguido de su compañero. —Eh, tranquilo, oficial —dijo Marco imperturbable—, tengo permiso para portarla. —¡Que baje el arma! —ordenó el segundo— ¡No me haga disparar! Tuvimos un aviso de disparo proveniente de este lugar. ¡Baje el arma! —Tranquilo, oficial, a mis vecinos les encanta malinterpretar cualquier cosa, no pasa nada —aclaró el italiano—, solo asustaba a esta parejita que quería irse sin pagar. —Deme su permiso o se va con nosotros. —Está bajo el tapete del mostrador. El primero atravesó el salón sin dejar de apuntarle y encontró lo que buscaba. —Pues sí, es cierto ¿quiere que nos ocupemos nosotros? —No —dijo el italiano sonriente—, no hace falta. Van a fregarlo todo. —Pues me parece justo —estimó el oficial. Dejó el papel en su lugar y cuando estuvo a punto de retirarse se percató de que aquel enano le resultaba familiar: Oye —le dijo al otro—, ¿este no es el de la foto? Robert no decía nada y a Marco aquello le resultó extraño. —¿Qué pasa con este tipo? —preguntó celoso el cocinero. 29


El segundo se acercó despacio para detallarlo mejor y se le iluminó el rostro con una leve e imperfecta sonrisa. —Señor, el enano viene con nosotros —sentenció el oficial reteniendo a Robert por el antebrazo. Erick intervino de inmediato. —Un momento, oficial ¿De qué va todo esto? —Nada importante —declaró—, es un loco que escapó de la clínica hace unos días. Me lo llevo. —¿Un loco? —dijo el italiano— ¡Pero este sí se queda! —Haga lo que quiera, señor —concluyó el oficial arrastrando a Robert hacia afuera. —¡No les sigas el juego, gran Erick! ¡Los locos son ellos! ¡Están todos locos! —gritaba Robert mientras se perdían en la oscuridad del callejón. —¿Ya ve usted, señor? —dijo Erick entre nervios— ha sido un malentendido. —¡Cállate! Anda, ve para la cocina ¡Muévete! Erick respiró más calmado, después de todo, lavar platos no era cosa difícil. Atravesó las mamparas, a lo largo de un pasillo húmedo y descolorido y se adentró en la cocina. A la derecha, tirado en una esquina, un cadáver boca abajo se desangraba por sus piernas rebanadas. Al instante se arqueó para vomitar y volvió a incorporarse al sentir el frío de la escopeta pegada a su espalda: —¿Y ese quién es? —preguntó aterrorizado con las manos sobre la boca. —¿Ese? El último que lavó los platos.

ALEJANDRO HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ

Cuba

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ra e o”. Ella ha dejado caer el u urro como un bolso de mano lleno de monedas. No se le puede culpar por que lo haya oído todo el restaurante. La voz se ha deslizado como un pendiente barato por el

desagüe. Le ha sido imposible agarrar esas palabras, sujetarlas en la boca medio llena. Antes de que pudiera pensar siquiera en frenarlas, allí estaban vertidas sobre el mantel, mancillando la blancura del algodón, como las gotas sobrantes de una botella de vino que se escurren por la superficie del cristal. Me gustaría saber quién ha sido. Al entrar, he barrido las caras de los otros comensales. El restaurante cabe en un telegrama. Apenas tiene ocho mesas. Está lleno de mujeres tan tenues que se abrigan con el manto ambarino de las velas y de hombres con risas tan crujientes como la seda de sus corbatas. Justo cuando la mujer ha abierto la boca, los músicos se han aliado para dejar que la frase flote en el aire, huérfana de música. Las parejas que están sentadas a su alrededor, incluso nosotros que estamos dos mesas más allá, lo hemos oído todo. La sentencia ha salido de su garganta clara y solemne como la muerte de rey. Pecaba de cierta gravedad, la de tres o a lo sumo cuatro cigarrillos a la semana. La dueña de la queja, que no es lamento ni crítica ni grito, está sentada a mi espalda. La voz tiene algo de manantial embarrado, lo que dirías al descubrir a unos bañistas nadando en una fuente de agua potable. Reproche, tristeza, decepción. No lo tengo claro. Cuando subes una escalera, hay un momento en el que tu pie se debate, en caída controlada, entre el primer escalón y el segundo. A esta señora le ha pasado lo mismo. Sus palabras mostraban una decisión incipiente, pero han sido tan breves, tan suspiro, tan corriente de aire, que no ha habido tiempo de saber qué es. A qué se refiere. Qué hay que mirar. No tiene desdén, como quien critica lo que otra persona lleva puesto. No es alarmista, como el que avisa de una bicicleta que viene por la acera. No es la voz que te advierte que llevas los cordones desatados. Y de todo eso tiene un poco. “Hu , llama al camarero”. a palabra pe an como un aban co forrado de encaje. Ha pasado una eternidad hasta que su novio, su marido o su amante se ha dignado a responder. Le hago gestos a la persona que me acompaña para darle a entender que me cuente lo que está pasando. Me devuelve un vacío de pared blanca y una mirada n ch pa. “No lo puedo entender; la e unda ve en un me ”. La voz vuelve a ser dueña de un cuerpo, unos músculos y una glotis. Recupera el 32


control y circula por todos sus miembros —la lengua la expulsa con leves empujones hacia delante— hasta que se dispara contra el otro comensal. Una voz que hiere cuando quiere herir, que besa cuando quiere besar, que reina cuando quiere reinar. Le responde el silencio. Los músicos siguen urdiendo su complot en el baño, en las cocinas y en la calle. Cada uno de los miembros de la banda andan desmadejados como botones de una misma chaqueta que todavía no han sido cosidos. Descansan de la obligación de la armonía sin dirigirse siquiera la mirada. —Que ahora tenemos que pedir nosotros —siseo a mi acompañante. No comprende. Hubo un tiempo en que esos ojos miel se comunicaban conmigo sin palabras. Me gustaría entender por qué él no lleva corbata, por qué no me ha avisado de que vendríamos a este sitio, por qué no me ha dado la oportunidad de que yo también luciera un escote coronado por hombros desnudos coronado por un cuello perfumado. A veces también a mí eso me gusta. El pianista toca una nota que guía a los dedos del clarinetista por los orificios del instrumento. La nota vuela luego a las yemas del contrabajista, que presiona las cuerdas para jugar con ella y mezclarla con otras, que se pierden en la nada porque el batería aprovecha los últimos segundos antes de tocar para mirar el móvil. Un sitio tan fino. Todos tan elegantes. La luz de las velas regala un destello cada vez que alguien alza su copa. Desde el fondo del restaurante un camarero de veintipocos, caderas altas y pajarita en diagonal vuela en dirección a las mesas que están a mi espalda. Han debido llamarle con un gesto, un brazo elevado, un índice al cielo, un elevar de cejas insistente. A mitad de la carrera, el maître le engancha un brazo con dos dedos y sin la fuerza suficiente para detenerlo. El joven baja el hombro para que su oído quede a la altura de su boca. El maître le susurra algo con la mano en la boca para que no podamos escucharle. Antes de cinco segundos, el camarero alto se pierde en la jungla de mesas a mi espalda y vuelve a los pocos segundos llevando en alto un plato invicto, lleno. Los cubiertos no han descargado sobre él sus cortes mortales. Intento adivinar el contenido, pero el camarero mantiene el brazo elevado y apenas atisbo algo en los bordes. ¿Algo verde? ¿Será una verdura? ¿Será este uno de esos sitios donde todos los entrantes van adornados de jaretas de lechuga? —Creo que era una ensalada. —¿Qué más nos da? —Todas las respuestas las dilata de una forma 33


innecesaria. Las sílabas se quedan en el aire más tiempo del que le corresponden. Hasta lleva tiempo de más mirando la carta. ¿Qué estará pensando?, me pregunto, aunque ciertamente a mí tampoco me importa. El maître vigila la escena desde el fondo del restaurante, el bastión del servicio, su atalaya. Donde terminan las mesas y comienza la cocina, tiene su centro de mando desde el que gobierna todas las mesas. Las puertas de la cocina se abren y cierran, plomizas. El camarero, con sus zapatos acharolados, se pierde tras la muralla plateada que guarda el secreto de ese plato devuelto al cocinero. Me fijo en que lleva aplastada una masa blancuzca en la suela del zapato. Parece un repizco de m a de pan. El maître e acerca a nue tra me a. “¿ e perm ten que le ha a una recomendac ón?”. No conte tamo . E un hombre del ado con el pelo teñ do de negro y gafas de montura que nos habla como si de verdad fuéramos importantes. Cuando me mira, noto que un ojo tiene menor tamaño que el otro y pienso que tendrá distinta graduación. No estaría bien visto que le preguntara qué han rechazado en la otra mesa. Pedimos. Nos dice que no tienen ceviche. Menos mal, pienso después, porque malditas las ganas que tengo de pedir pescado crudo. Me niego a pedir una ensalada. Entramos en un rifirrafe extraño. No nos ponemos de acuerdo en nada y no sabemos si la culpa es nuestra o del maître empeñado en hacer bien su trabajo. Sin verduras, encurtidos y ensaladas, nos queda un menú contundente, untuoso, trabado. A estas alturas, solo espero marcharme del restaurante con el estómago en su sitio, aunque no tenga lugar nuestra conversación. “S empre con lo m mo”. Creo que la vuelvo a e cuchar entre la mú ca. Será por la desgana con que toca el batería, que tiene cara de desear estar tocando en otro sitio. Me gustaría saber quién es la dueña de esa voz, cuál es su cara, cómo la acompañan los gestos. ¿Seguirán hablando del plato que se han llevado a la cocina? Aguzo el oído para intentar cazar nuevas palabras. Solo consigo perder el hilo de la historia que me contaba mi acompañante. No será la primera vez que unas palabras suyas se queden sin ser escuchadas. Asiento con la cabeza mientras rezo para que no me pregunte qué pienso yo al respecto. Me avergüenza un poco ser capaz de sacudirme sus palabras de encima como quien se quita las gotas de lluvia de la gabardina. Las puertas de cinc se desbocan de nuevo y, como de un arco del triunfo, sale de nuevo el camarero de las piernas largas directo a nuestra 34


mesa. En los escasos segundos que la puerta ha permanecido abierta, se escapan desde dentro una ráfaga de extractores, un chisporroteo de viandas agonizando entre las brasas y un entrechocar de ollas enfadadas. En el ojo de buey distingo la cara del maître. Un ojo dominante que parpadea dentro de otro ojo siempre abierto, que no descansa nunca, alerta. Me pregunto si el ojo que más ve acabará por atrofiarse, si tendrá más legaña o echará más lágrima que el otro, el ojo vago, el que no tiene la necesidad de esforzarse o simplemente no quiere ver lo que tiene delante. Veo que el maître pasa un trapo blanco por el ojo de buey para apartar la grasa, el vapor cuajado y los restos de comida que impregnan aquel callejón sin salida. El camarero deposita un plato de croquetas sobre nuestra mesa. Alrededor de ellas, unos recortes de hoja de lechuga componen una corona aplastada, lacónica y sin brillo. No recuerdo de qué habíamos pedido las croquetas. Aprovecho para darme la vuelta y veo que la mesa de atrás está vacía. Sobre el tablero descansa un plato con un recibo y sin propina. Miro de nuevo a la persona que me acompaña. No habla, no le da las gracias al camarero, no coge el tenedor cuando este se marcha. Admira el plato de loza. “

ra e o”,

recalco con nten dad la do palabra .

o

e undo

e

estiran como un chicle sucio que el pie arrastra por el asfalto.

ELENA SOLERA

España

Twitter: https://twitter.com/elenasol Instagram: https://www.instagram.com/solsolsolera/ Linkedin: https://www.linkedin.com/in/elenasol

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A

noche me desvelé pensando en el pago de impuestos de la empresa. Creo tener el plan para maquillarlos y no afectar el balance anual. Lo sé y ese fue el motivo por el que perdí varias horas de sueño.

Dormí mal, poco y estoy apurada. Dispongo de algunos minutos para la

ducha diaria y arreglarme. Como si no tuviera suficiente, debo dejar la casa organizada. Preparo una taza de café cargado y no tengo tiempo para exprimir naranjas ni preparar huevos pasados. Mientras lo bebo, escribo la nota con las indicaciones del día. Maruja llegará a media mañana para atender a mamá y cumplir con las obligaciones caseras. En una bandeja coloco el paquete de galletas de salvado, el frasco con mermelada dietética y el termo con manzanilla caliente. Está listo el desayuno de mamá para cuando se levante. No bebe leche ni come pan blanco, cereales ni fruta fresca. Padece de divertículos y debo cuidar su colon para evitar sobresaltos como el del mes pasado. Es una anciana de ochenta años que disfruta su ocaso viendo televisión y leyendo la biblia. Los domingos vamos a misa y ocasionalmente asistimos al cine. A veces se envalentona y pasea sola por el parque cercano. Desde que papá nos dejó, mis días discurren entre el trabajo y el barrio de siempre. La atención que le brindo y los pendientes laborales que traigo me consumen y prácticamente no poseo mundo propio. Me he alejado de la vida social y ni siquiera tengo un amigo cariñoso con quien desahogar mi sexualidad. Puedo afirmar que, si muriera, nadie lo notaría. Abro la puerta de la habitación de mamá y siento su tibieza flotando en el aire. El perfume floral me atosiga a medida que me aproximo a ella. Escucho su respiración tranquila y veo que el control remoto del televisor descansa al costado de la almohada. Al pie de la cama las pantuflas están colocadas para pisar encima de ellas. La bata de felpa sigue doblada sobre la silla cercana. Le doy un beso suave en la frente y me dispongo a salir. Cuando estoy por cerrar la puerta escucho su vocecilla: —Prendé el televisor y déjalo en el canal de e pectáculo , por favor… —Sí, mamita. Cumplo la petición y cierro la puerta. Salgo casi corriendo hacia el paradero

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de ómnibus. Es cerca de las ocho y debo estar antes de las nueve. El cierre de la puerta principal me despierta. Le he dicho varias veces a Martina que debe ser más cuidadosa. Sabe que tengo el sueño ligero. ¿Cuándo entenderá? Giro para acomodarme sobre el otro lado y recuperar el sueño interrumpido. Mis intestinos rugen de hambre, pero esta posición es tan cómoda que dormiré un rato más. No sé cuántos minutos habré dormido antes de escuchar su voz. Es clara desde afuera, no estoy confundida. Me levanto y miro por el cristal de la ventana. Santiago está en la vereda del frente, caminando distraídamente. Viste el buzo deportivo con el que sale a caminar diariamente. Intuye que lo observo y detiene la caminata, justo frente a mí. Levanta los brazos y me llama. Santiago es irresistible y no dudo en acceder a su invitación. Cepillo los cabellos, lavo los dientes, me perfumo y voy a su encuentro. La mano derecha ha perdido fuerza y me cuesta trabajo abrir la puerta de mi cuarto. Avanzo por el pasadizo, veo el azafate con el desayuno. Los dos gatos no se inmutan con mi presencia y enfrento la puerta principal. A diferencia de la anterior, esta abre fácilmente y la cierro despacio. El viento húmedo me perturba y el sol incipiente agrede mis intenciones. Santiago se da cuenta de mis dificultades y abandona la vereda. Cruza la calle y me sonríe. Besamos nuestras mejillas y me toma de la mano. Me siento tan segura con él. Le explico que no podemos alejarnos mucho porque lo tengo prohibido. Santiago me da la razón y promete que la aventura será de unas cuantas cuadras, máximo hasta el parque donde a veces salgo a tomar el sol de verano o la tristeza del invierno. Caminamos como dos enamorados. Si Martina supiera que estoy con su padre, seguramente me odiaría por no decírselo y mucho más por no llevarlo a casa después que nos dejó. Creo que no lo entendería. En el jardín los gatos juegan con las plumas de una paloma cazada ayer. El sonido de la llave abriendo la cerradura de la puerta principal de la casa detiene el juego. Abandonan el césped mullido y se acercan a saludar a Maruja. La mujer carga la bolsa de los víveres comprados antes de llegar. La deja en el suelo para acariciarlos. Los animales se enroscan entre sus piernas y ronronean al frotarles los

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lomos atigrados. Suspira porque los rosales traen una fragancia diferente esa mañana. Se encoge de hombros y supone que es el capricho del verano extraño que soportan. Guarda las presas de pollo en la refrigeradora y pone las verduras y papas en el lavadero. Se sirve agua helada y lee la nota dejada por Martina. Con letra precisa la hija de doña Martita le indica preparar estofado de pollo sin Ajino moto porque le sube la presión arterial a su mamá. El siguiente renglón le recuerda reponer el balón vacío de gas con el dinero dejado en uno de los cajones del repostero. Maruja se soba los ojos cansados y lee que debe llamar al veterinario para vacunar a los gatos la próxima semana. Finalmente ayudará a doña Martita con el baño de esponja y le recortará el cabello. Bastaría una llamada telefónica para los encargos, le dice al gato más viejo, su preferido. Observa que el desayuno de la patrona está intacto. —Vamos a saludar a doña Martita. Seguida por los gatos, Maruja abre la puerta de la habitación de la anciana. Se sorprende al ver que los animalitos se resisten a ingresar y que se alejan hacia el jardín. Doña Martita está echada de costado. Maruja comprueba que no respira y sabe que está muerta. Cierra los ojos, se santigua y reza un Ave María. Dios sabe lo que hace, reflexiona. La pone derecha y nota que su rostro tiene gesto alegre, feliz. Maruja no sabe que recién ahora su madrina abandonará para siempre el envase terrenal para ir hacia planos desconocidos, a seguir el romance que una mañana truncó el automóvil despistado que mató a su marido. La empleada percibe el sonido de unos pasos menudos saliendo de la habitación. No tiene miedo. Al cabo de unos segundos escucha que la puerta principal se abre, cierra y la casa queda en silencio. Maruja deja resbalar una lágrima de dolor para despedir a su vieja madrina. Tiene claro que las puertas de la casa se cerraron para ella.

OSWALDO CASTRO ALFARO

Perú

Facebook: Oswaldo Castro

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40


J

usto hoy estuve pensando en el señor Hotawa. Es que hacía tiempo que no venía por el vivero. Por eso, cuando lo vi acercándose entre las flores, con el brillo del último sol tras su espalda, me sobresaltó y pensé si no se trataría de una especie de efecto por el reflejo de la luz.

El hombre que se acercaba parecía mucho más viejo y encorvado. Sin embargo, al escuchar su voz que a la distancia me saludaba, no me quedó ninguna duda de que se trataba de él. Es que su voz, pero sobre todo su acento japonés, emigrado desde hace años a nuestro país, eran inconfundibles. —Señorita Minerva, qué gusto verla —se acercó diciéndome, mientras inclinaba con un leve gesto su cabeza. —Señor Hotawa cómo está. No me va a creer, pero ¡justo hoy estaba pensando en usted! —Le puedo creer, le puedo creer —me respondió con una expresión entre cómplice y melancólica— las olas mecen las aguas y se expanden en sus movimientos —agregó con una leve sonrisa. —Vengo a hablar con usted, no sé si dispondrá de unos minutos para conversar —me dijo mientras sus ojos se dirigían hacia un banco cercano. —A decir verdad —continuó— no dispongo de mucho tiempo y desearía que pudiéramos hacerlo lo antes posible. Nunca había visto al señor Hotawa así de aprehensible. Si algo lo caracterizaba era su tranquilidad y paciencia. Nos conocemos desde hace años y creo (esto nunca se lo llegué a confesar) que de alguna manera terminé de decidir mi vocación por las flores cuando los conocí, a él y a su esposa, aunque supongo que eso ya lo sabe. Su amor por las flores, su entrega total, su creencia de que en ellas se concentra la esencia de la vida y de que esta perdura a través de sus fragancias, habían hecho despertar en mí una vocación que hasta ese momento había permanecido dormida. —Un frasco de perfume se puede romper Minerva, pero su fragancia perdurará por mucho tiempo en este mundo —me decía siempre. Respondí que sí, por supuesto, a su pedido y nos dirigimos a sentarnos en uno de los bancos del vivero. 41


De aquí en más, y durante mucho tiempo, hasta que el misterio se me hubo de revelar, no se desprendería de mí una sensación muy especial: todo lo que sucedía parecía estar cubierto por un manto de asombro. El señor Hotawa me ofreció la Cámara de las Flores. Definitivamente debe de tratarse de algo grave. —Estoy muriendo Minerva —me dijo mirándome a los ojos— y te quiero dar algo, pero quiero que sepas que conlleva a la vez una gran responsabilidad. Algo que requerirá de tu cuidado y dedicación. Te ofrezco la Cámara de las Flores. Me quedé mirándolo sin saber que decir mientras sentía cómo se me iba formando un nudo en la garganta. No sabía que estuviera enfermo. —Tendrás que prometerme —continuó— que la mantendrás siempre en funcionamiento, ese es el único requisito. Si estás de acuerdo será como hacer un pacto entre nosotros —y agregó— el Pacto de la Cámara de las Flores. Automáticamente dije que sí. En mi interior estaba claro que no iba a responder otra cosa. De todas formas, mientras miraba en la profundidad de sus pequeños ojos rasgados sentí las preguntas que comenzaban a formarse un mi cabeza, aunque como mariposas en estado larvario, aún no podía llegar a formularlas. —El Pacto de la Cámara de las Flores —agregó sonriendo y continuó— está instalada con un sistema de emergencia por si se corta la energía eléctrica pero lo mismo podríamos hacer aquí en tu vivero. Eso sería todo. Nunca por ninguna razón debería dejar de funcionar. Y en cuanto a ti, mi querida Minerva, cuando te encuentres próxima a tu hora f nal, podrá tamb én

lo de ea dejar a al u en encar ado de tu tarea tú…

—¡Minerva! ¡Minerva! —me sobresaltó de pronto la voz de Ana, la empleada del local que me llamaba a la distancia. Me incorporé en el asiento y volví la cabeza hacia la entrada del vivero donde estaba instalado el local y le hice señas de que ya iba. Cuándo me di vuelta el señor Hotawa ya no estaba. La sensación de extrañeza volvió a caer con su manto de asombro y esta vez con más fuerza. 42


¿Qué había sido todo aquello? ¿Realmente había estado hablando con el señor Hotawa? ¿Cómo pudo desaparecer así de pronto? ¿Me había dormido y lo había soñado? No me parecía. Todo había sido muy real, demasiado. Extraño pero real. Todavía podía escuchar sus últimas palabras que habían quedado resonando en el aire: “ cuando e té próx ma a tu hora f nal podrá …”. ¿Podría qué? ¿Qué me estaba queriendo decir el señor Hotawa? Todo era muy confuso. Me incorporé y me dirigí hacia el local. Anochecía. Decidí esperar a la mañana siguiente para comunicarme con él, porque por supuesto, me había quedado preocupada. Pero al día siguiente antes de que pudiera llamarlo llegaron los camiones. Lo busqué, convencida de que al resultar real todo aquello, acompañaría a los camiones durante el traslado. Supuse me daría consejos sobre almacenamiento y mantenimiento en frío, sin embargo, había dejado instrucciones precisas en la empresa de cargas, pues él no se encontraría presente. Miré enseguida la cámara que venía separada en varios módulos y que ya empezaban a unir. Cada parte venía conectada a un sistema de emergencia a batería durante su traslado, para no perder la conservación del frío, lo que me dio tranquilidad y me recordó el pacto. Le pedí al del traslado que midiera los módulos para ver en cuál galpón armarla. Al final resolví que la Cámara de las Flores del señor Hotawa iría en un galpón contiguo a mi casa. Me quedo más tranquila si la tengo cerca, para ir cuando quiera y ver que esté todo en orden. Hacia el atardecer quedaron instalados los siete módulos. Estoy frente a frente a la puerta de la cámara mirando la palanca de acceso. Sin embargo, no entro. Me encuentro demasiado estresada frente a la nueva situación. Es que el señor Hotawa nunca permitía entrar a la cámara para la compra de las flores. Esa era su característica. 43


Se le encargaba el tipo de flor o mostraba su catálogo por fotos. Si bien no había entrado a muchas cámaras, tenía la sensación de que ninguna se le parecería. Me dedico al cultivo de flores y su recolección. Cómo su temperatura natural está cercana siempre a la del aire que las rodea las recolecto o a primera hora de la mañana o a la tardecita cuando están más frescas y es cuando los compradores de flores, cómo el señor Hotawa, entre otros, llegan por ellas. Así que decidí ir a descansar y dejar mi primer ingreso a la cámara para la mañana siguiente con la primera recolección de flores de la mañana. No logré descansar bien, tuve varios sueños que al despertar se evaporaron como el agua de lluvia cuando cae y se evapora sobre el asfalto caliente. Pero me levanté al amanecer, recolecté las flores y me armé de valor para entrar a la cámara. Los colores y aromas impactaron mis sentidos, maravillándome. Geranios, tulipanes, magnolias, jazmines, lilium, gerbera, crisantemos, siempre vivas, claveles, rosas... estanterías repletas colgando del techo al piso, con grandes jarrones de vidrio colmados de flores. Me dedico a recorrer la cámara completa, parte por parte. El manto de asombro cae con fuerza. Y de pronto, como cuando una flecha da exactamente en el blanco, recordé la conversación. Había permanecido agazapada en algún lugar dentro de mi memoria, ignorada hasta este momento. Fue hace siete años. Lo recuerdo bien porque fue el día anterior al que falleciera Lili, su esposa. Un señor Hotawa de ojos extraviados en determinado momento me llevó aparte y me dijo: —Minerva, te quiero contar algo en lo que he estado pensando. Tu sabes que el frío enlentece los procesos vitales, la respiración, los proce o de la en ma … así que he estado pensando, tendría que ser en el preciso lapso, con el mismo amor con el que cuando tu cortas tus flores y en el amanecer o en el atardecer… que e cuando e lo ran prolon ar la re erva al máx mo a í el t empo de v da en la cámara… lo haré con amor, antes de que su vida sea 44


cortada por la muerte… luego entre dos y cero grados, recuerda es el punto exacto de congelación de los tejidos, es el punto exacto de congelación de los tejidos, es el punto exacto… —y lo continuó repitiéndolo como una especie de mantra. No sé cómo me pude olvidar de esta conversación con el señor Hotawa sobre procesos de mantenimiento de flores y menos aún por qué lo recordé ahora. Supongo que en el momento me pareció que estaría afectado por la situación de su esposa y no le di importancia. Pero ahora era casi como si el mismísimo señor Hotawa me lo hubiese traído a mi mente y desplegado como una especie de papiro delante de mis ojos, que ahora lo observaban como quien observa un enigma a resolver. De pronto sentí una convicción, allí adentro no estaba sola. Las piezas comenzaron a encajar como en un rompecabezas. ¿Podría acaso, por su profundo amor a su esposa, a las flores y a su trabajo de conservación, haber logrado crear una especie de paréntesis, como un lapso sostenido de tiempo entre la vida y la muerte? Congeladas sus esencias entre amaneceres y atardeceres ¿ambos habrían logrado permanecer? “Y cuándo e té próx ma a tu hora f nal…” —me había dicho— ¿Sería de esto de lo que me quería hablar? De todas maneras, tenía tiempo para poder pensar estas cosas y hasta, por qué no, tomar contacto, de alguna forma con ellos. He decidido que por ahora solo me dedicaré a traerles las flores y dejarlas en la entrada de la cámara. Ellos se encargarán del resto.

GABRIELA CAPPARELLI

Uruguay

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46


E

Primera parte – El mar l hombre de lata, como todos lo llamaban, estaba de pie frente al mar. El sol rojo en el horizonte parecía hundirse lentamente en el agua. a doctora

ehurt e acercó a él

tomó u mano. “Ya no queda

poco t empo” —dijo en voz baja. Ella esperaba que su metálico amigo hubiera encontrado lo que buscaba. Un corazón, tal vez. Hacía más de ocho años que el hombre de lata había caído en el mar Báltico, dentro de una cápsula espacial lanzada por los rusos a finales de los cincuentas. Recordaba la noticia: “ arineros noruegos hicieron un espectacular hallazgo en medio de la noche. Una estructura artificial, flotando a su suerte. Al principio pensaron que se trataba de un pequeño bote volteado. Sin embargo, al aproximarse notaron que era algo completamente diferente. Una cápsula espacial. Indagaron un poco, antes de acercarse más. Por las señas del artefacto, pudieron reconocerlo como la SIBERIA 2. Un vehículo lanzado al espacio por la antigua Unión Soviética y tripulado por un pastor rumano, bautizado como Calator. La tripulación del Ametyst subió la cápsula a su cubierta y allí pudieron revisarla con mayor detalle. Descubrieron en su interior un extraordinario ser. Una máquina con aspecto antropomorfo, un robot. Inmediatamente le dieron el nombre con el que más tarde todos lo conocerían: el hombre de lata. Pudieron interactuar muy poco con él, puesto que la marina rusa se presentó a las pocas horas en el sitio, confiscando la cápsula y su ocupante. Ante la evidente hostilidad de los rusos, que reclamaban el hallazgo como de su propiedad, el capitán del Ametyst entre ó al hombre de lata n re tenc a al una”. Todo el planeta enloqueció de inmediato con la historia. Segunda parte – El sol El oficial científico Sergio Nesterovsky odiaba la arena. No le gustaba que sus pequeñas partículas lo penetraran todo. La ropa, los objetos y hasta los pliegues de la piel. Veía a la doctora y al hombre de lata, desde una distancia segura, donde la arena de la playa cerca de San Petersburgo, no podía alcanzarlo.

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Esa tarde e taba de mal humor, debía hacer un nuevo reporte. “¿Ha ta cuándo?” —se preguntaba—. “¿Aca o a no le he d cho todo?”. Él era quien más a fondo conocía toda la historia del robot venido del cosmos. Había estudiado acuciosamente la historia de la misión Estrella Roja. Una empresa secreta del gobierno soviético, incluida dentro de su temprana carrera espacial. Torcida desde su inicio, el génesis de la misión, era fruto de una falsa información recibida por las agencias de inteligencia. Espías con altos cargos en la ahora llamada NASA, informaron a mediados de los cincuentas, sobre un inminente viaje a la luna, programado por los americanos para 1960. Alarmado, y a pesar de que en realidad el primer viaje a la luna ocurrió en 1969, el alto mando soviético ordenó al programa ruso acelerar a pasos agigantados sus estudios. En esa época, los datos recolectados eran casi inexistentes. Imperaba la necesidad de conseguir la información en el acto. Bajo esta premisa se creó la misión Estrella Roja. Se lanzaría un hombre al espacio, bien pudiera garantizarse su regreso o no. La SIBERIA 2 debía llevar un cosmonauta a bordo. Con el fin de evitar el escarnio mundial y garantizar la imagen positiva del programa, se informó que el tripulante de la misión sería un animal, un perro. Sin embargo, la realidad era muy diferente. El escogido para ser el primer cosmonauta de la historia humana, fue el camarada sargento Valery Tolstoi. Promovido antes de partir, al rango de capitán, por su valiente cumplimiento del deber. Al principio, Sergio se había apasionado con el caso del hombre de lata, la prueba viviente de que no estamos solos en el universo. Pero qué lejos estaba ahora ese octubre de 2019. Con el paso de los años, cuidar del capitán Tolstoi se convirtió en una tarea aburrida. Tal vez continuaba por la doctora, sospechaba que se había enamorado de ella. La primera vez que le hablaron de su trabajo, pensó que se trataba de una loca estudiosa del ocultismo. Luego descubrió que el trabajo de ella iba mucho más allá. La doctora Amunet Mehur era una egiptóloga, que había dedicado su vida a la investigación de unos extraordinarios papiros, encontrados en una cámara secreta de la ciudad de Karnak. En ellos, se relataba una fascinante profecía en la que el dios Anubis, regresaba a la tierra luego de viajar por el cosmos. Volvía sobre una estrella roja, que se había perdido en el cielo en tiempos inmemoriales. Escondía un águila en la luna y derramaba sobre su pueblo una leche venenosa. El 48


relato contenía muchas similitudes y metáforas, que se correspondían de forma directa con la historia del capitán Tolstoi. Cuando se informó al oficial científico sobre su adición al equipo de estudio, no estuvo muy de acuerdo, pero luego de leer el libro escrito por la doctora, “El re re o del d o

con ro tro de perro”, tuvo que aceptar

u

participación activa. Tanto él, como Amunet y un sinfín de especialistas, pensaban que se avecinaba una terrible desgracia y era el hombre de lata quien tenía la respuesta de cómo sobrevivir. Estaban casi seguros, de que la clave yacía en la transmutación que el capitán había hecho, al pasar de un cuerpo de carne y hueso a uno de metal y cables. Para

completar

la

escena

y

aumentar

las

sospechas

de

que

desafortunadamente tenían razón, hacía dos años que en el sol, se estaban formando extrañas manchas. Los científicos calculaban que de continuar la aparición de estas, en cualquier momento la Tierra experimentaría una tormenta solar que haría que el evento Carrington, quedara para la historia como una suave brisa matutina. Si es que quedaba alguien en pie para contar la historia.

Tercera parte – El águila en la luna. El hombre de lata estaba harto de tantas preguntas. Harto de que lo compararan con un dios antiguo, con el personaje de un cuento para niños. Lleno de hastío de que quisieran que fuese alguien más que no era él. El sol rojo, le recordaba su planeta natal Hur Sulá. Allí había sido fabricado por una raza de mineros, para vigilar a los esclavos que extraían de las entrañas de la tierra, el metal del que estaba hecho. El mismo que se usaba en la construcción de armas y naves. Él era el centinela U-24. Al llegar a la Tierra se comunicaba en un ruso muy pobre y cuando quiso decir que era amigo del camarada capitán Valery Tolstoi, entendieron que se trataba de él mismo. Luego pensó que sería más seguro aparentar eso. Al principio fue sometido a intensos interrogatorios, de los que salía airoso ya que conocía gran parte de la vida de su amigo en la Tierra. Conocía el nombre

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de su esposa: Daria. Sabía que era de Leningrado. Que quería tener una hija y llamarla Katia. Que era un cosmonauta de la misión Estrella Roja y que seguramente en su mundo, era un héroe nacional. U-24 tardó en entender lo que había sucedido. No fue sino cuando comparó las versiones de lo que su amigo le había contado en Hur Sulá, con los reportes oficiales, que entendió que a Valery lo habían sacrificado a cambio de conocimiento sobre los viajes al cosmos. Le hicieron creer que la historia de Calator, tenía como fin despistar a los americanos sobre los avances rusos en la carrera espacial. Le vendieron la idea que regresaría sano y salvo, convertido en un prócer de la madre Rusia. Esto último, había quedado para otros. Gracias a los datos recolectados por Valery, la patria que tanto amaba y que lo había traicionado, colocó en 1961 un hombre en el espacio exterior, regresándolo vivo e ileso. “Pobre cap tán Tol to , afortunadamente no e tá aquí. No oportaría e ta verdad” —centellaban los circuitos de la cabeza de U-24. Cuando le preguntaban sobre qué había sido de su vida los años que estuvo perdido en el espacio, fingía no recordar mucho. A partir del momento en que la SIBERIA 2 salió de órbita y emprendió su viaje hacia la nada, su mente se nublaba por completo. Hablaba de fábricas y ruidos de máquinas enormes trabajando sin cesar. Esto desconcertaba a los científicos, que no paraban de temer una inminente invasión extraterrestre en el planeta. Entonces lo dejaban tranquilo por unos días. Mientras el enorme balón rojo huía a lo profundo del mar y los primeros luceros se dejaban ver, pensó en la hija de Valery y sus nietas. Una tarde habían ido a ver al hombre de lata, a la n talac one en donde e encontraba “ho pedado”. El equipo de estudio quería que, con este encuentro, los recuerdos reprimidos del cosmonauta se liberaran y hablara por fin del fin del mundo y como sortearlo. Pero él sabía que no tenía nada que ver con ellas. Para su sorpresa ellas también lo sabían. Durante el encuentro, la hija del capitán le entregó al hombre de lata un pequeño d ar o. “ ee e ta parte por favor” —le dijo con tristeza. U-24 lo leyó para sí. 10 de octubre de 1959. Esta mañana he recibido la noticia de que Valery está muerto. He roto en llanto, no sé por qué. A veces deseé su muerte. Me siento tan culpable, aunque después de todo era un 50


soldado. Las probabilidades de que en algún momento esto ocurriera eran muy altas. Yo deseaba que muriera para estar por fin con Mijaíl. Sé que él lo mandó a esa misión, para poder liberarme de su presencia, para que pudiera ser suya sin obstáculos. Mil veces se lo he reprochado, pero siempre miente. Intenta convencerme de que Valery fue elegido por sus cualidades y capacidades, pero todos saben que tenía el peor desempeño de su grupo. Sé que caerá sobre mí una maldición y siento miedo, no por mí, yo merezco el peor de los castigos. Temo por la criatura que llevo en mi vientre. Mijaíl todavía no lo sabe, pero estoy embarazada de él. Será un varón, puedo sentirlo, lo llamaré Valery. Nada me hará cambiar de opinión. Al levantar la mirada, los ojos de la hija de Daria con el oficial superior de Tolstoi y los de U-24, se encontraron. —No soy tu hija. —Ya lo sabía —respondió él. —¿Te sientes mal? ¿Odias a mi madre? —No. Al contrario, me alegra que no hayas sido varón. Sin saber por qué, U-24 pensó en ese instante (allí frente al mar), que tal vez la hija de Daria era la única que merecía saber la verdad. Que las últimas horas del hombre que tanto amó a su madre, transcurrieron en la oscuridad absoluta, esperando a que se acabara el oxígeno de su cápsula. Contarle que lo había conocido en las prisiones para esclavos de Hur Sulá. Que Valery había sido encontrado por las humitas, una raza de viajeras estelares que reactivaron su traje biológico, trayéndolo de nuevo a la vida. Ellas le habían concedido una nave lo suficientemente grande para cargar en ella la SIBERIA 2 y regresar a su hogar, a su amada Rusia. Explicarle que en el camino fue atrapado por traficantes de esclavos y que sí, que las humitas le habían informado sobre la catástrofe solar que acabaría con la vida en la Tierra y que sí le dieron la solución. A ella era a la única que valía la pena contarle que antes de que Valery le explicara a U-24, cuál era la forma de salvar a la raza humana, había muerto como resultado de los trabajos forzados. Cuarta parte – La llave al otro mundo. El hombre de lata apretó la mano de la doctora diciendo: —“Todavía no

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quedan un par de aùos, pero no tengo la llave. Estamos todos perdidos. Solo queda di frutar el t empo que re ta�.

EL TURCO NAHNDOL

Venezuela

Twitter: @elturconahndol Instagram: @elturconahndol

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M

e sobresaltó una Drosophila Melanogaster. Mi posición inicial se vio desbaratada por aquel acto de autodefensa. Intento recuperar la compostura. Aquella mosca de la fruta se convirtió en un monstruo cuando sobrevoló mi ojo casi

cerrado. La vi alejarse, acercándose a un plátano manchado por la tiranía de mi desidia. Podrido. Debería tirarlo a la basura. Sin embargo, escondo mi pronombre para que otro se haga cargo. No recuerdo cuánto tiempo llevaba allí, recostado sobre el sofá con las piernas cruzadas y los brazos superpuestos a la altura del pecho. Vaya escorzo tan ridículo. ¡¿Quién me pintará?! Puestos a hablar de arte, veo ante mis ojos un cuadro de mierda: donde antes había un salón, solo queda un sofá; donde antes había una cocina equipada, solo queda un plátano que jamás me comeré; donde antes se escuchaban risas y se daban besos, tan solo una acuarela de silencio diluida en mis lágrimas. Recibo una llamada. Contesto. Sí, sigue en venta, respondo a la pregunta de mi interlocutor. Cuelgo. Acabo de vender el sofá por treinta libras. Y así, de lo todo, nació la nada. Bienvenida. Sentado en la moqueta, contemplo el horizonte. Si me estirase un poco, podría incluso tocarlo. La pared de enfrente me acorrala en el vacío de la estancia. Me agobia su falta de infinito. Esta casa era más grande, joder. ¡Era una mansión! Lo era. Ahora resulta que la lluvia en este país encoge las casas. Eso parece en este lugar que ya apenas conozco, y por el que apenas puedo caminar sin darme de bruces contra el pasado. Estiro las piernas, tropezándose la soledad con ellas. Esta oledad que no abe v v r acompañada… Ya no ha e pac o para lo do . Ando pensando en un apotegma que le dé un cierto aire heroico a mi medrosa actitud, pero lo único que sale de mi boca es un shit lleno de rabia. SHIT! SHIT! SHIT! ¿Cómo he llegado a esto? ¿Por qué me frustro? ¿Lloro? ¿Me parto de risa? ¿Pido comida mientras intento salir de este enredo emocional? No sé. No sé dónde estoy. Sé lo que estoy viendo, pero no me hallo. Me nubla la visión mi empapada pena. La falta de su gravidez hace que todo flote aquí dentro. ¡Vuelve! ¿Para qué? ¿Para volver a guiar juntos a un invidente futuro que se quedó ciego hace ya un tiempo? Tocan a la puerta. Enjoy the dinner, Sir. Thanks. Arrepentido de haber sucumbido a mi caprichosa gula, me levanto y decido caminar para salvaguardar mi digestión. Buff. Me vuelvo a despedir de cada 54


habitación y, como un fantasma, voy traspasando cada recuerdo que se me pone por delante. Mis ojos apenas captan un gris tenue en este recorrido tan oscuro. ¿Saben? No exagero cuando digo que ella inventó la vida a color. Así fue desde el primer fotograma de nuestro primer y último gran film. Cosechamos muchos éxitos como pareja protagonista; tuvimos una gran aceptación por parte de los críticos; proyectamos nuestra historia de amor en distintos escenarios de Europa. Pero, todo acaba. Todo tiene un final. Tempus Fugit. Fue justo en ese momento cuando empecé a escuchar los gritos salvajes y guturales más allá del muro que protegía mi zona de confort. Al principio apenas les di importancia, pero fueron ganando en intensidad. ¡Cuidado, qué vienen tiempos bárbaros! ¡Se aproximan foráneas preguntas a conquistar mis yermas respuestas! Me asomé a la ventana y los vi a lo lejos, acampados, con inciertas intenciones. Decidí que no opondría resistencia; había comido demasiado. Llegó el momento de decir adiós. Supuse que me engañaría. Fue fácil. Cuando qu ero o tan n enuo… Uno nunca e de prende de una de ped da. E una cicatriz inevitable que nos deja la vida. ¿Quién pretende no salir herido? Quédese usted en el útero materno, pues. Adiós, adiós. Lo digo bajito, para no escucharme. Cuando salga por esa puerta, habré sido un inquilino más; las vivencias, menaje; el amor, un andamio tapando lo que quedó por construir. Escucho a los bárbaros rodear la casa. Están preparando el ataque. Todo imperio llega a su fin. Lo que construimos será derribado, y yo seré un prisionero de lo que está por venir. No sé qué harán conmigo. Estoy asustado, perdido. Sin brújula, no será tan fácil atravesar el bosque. Miro a mi alrededor, en un último intento de aferrarme a la esperanza de que todo vuelva a ser como antes; de que salgan las jocosas circunstancias de su escondite y me digan que todo esto era una broma. Pero no. No es, ni será así. Por lo tanto, algo tengo que hacer. Antes de salir a su encuentro, me dirijo a la cocina. Decidido, cojo el plátano. Se los ofreceré en son de paz. Quizá les guste.

JOSÉ J. GARCÍA GONZÁLEZ España

Residencia: Manchester (UK) Blog: https://porotrosderroteros.wordpress.com/ Instagram: https://www.instagram.com/mrpepe_garci/

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B Ella

ichea el móvil sin prestarle especial atención a nada, como quien mira una de esas revistas de las peluquerías. Su ventana es la única encendida de la fachada. Todo el mundo duerme. Hasta Pedro. “Que de can e , m v da. E to de eando volver a verte. Te amo”.

No le ha respondido. Con el cuello sobrecargado, no sabe cómo ponerse ya. Da vueltas y vueltas por la cama. Relee el mensaje y una sensación de asqueo le turba la cabeza, la sofoca y rompe a sudar. No le quedan uñas que devorar, así que salta de la cama y enciende el ordenador del escritorio. Se mete en la web donde se hace llamar Eli Golightly. Ajusta la webcam y empieza a pasar de una ventana emergente a otra pulsando f5 casi por inercia. Se pone una camiseta y los que están al otro lado de la pantalla dejan de acercarse a ella como Stephen King a la pantallita del cajero automático en Maximum Overdrive. Ahora siguen a lo suyo, yendo de pantalla a pantalla hasta que suene la flauta. Ella se agacha y saca del cajón una tableta de chocolate empezada. Arranca una onza y se la mete en la boca. Él La línea de luz que emana de debajo de la puerta del baño comienza a parpadear. Comprueba que no haya nada repegado en las paredes del váter, vuelve a tirar de la cisterna, se lava las manos, la boca, se refresca la nuca y sale. Va a la nevera y saca una cerveza. Avanza por el pasillo como un zombi, o como un perro viejo que deambula apoyando su lomo en la pared, confiando sus movimientos a la estabilidad de esta. Enciende la luz y luego su portátil. Está sudando, pero por suerte el aire que entra por la ventana es fresco. Accede a la web donde dice llamarse Sánchez sevillista y solo pulsa f5 cuando se topa con la vena morada y retorcida de la polla de alguno que ocupa todo el plano. Por lo demás, le hacen gracia las bromas de niños sudamericanos (para ellos, estas horas son las de ir a casa del amigo para hacer el trabajo de la escuela), cuando suben su cam y explotan los globos que tenían por tetas. Le gusta intentar vislumbrar en los fondos oscuros y pixelados de qué grupo o película o deportista son los posters de las paredes. A veces no le da tiempo cuando el que está al otro lado se fija en él y lo ve con sus gafas resplandecientes por el brillo de la pantalla, y se va. Aún tiene las manos mojadas y eso hace que el sabor de los Doritos se adhiera mucho mejor a los

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dedos. Termina el botellín recalentado de antes y empieza el nuevo. F5 F5, f5, f5…

e

Ronaldo on lo

rande clá co . E una pena que

nadie reconozca a Kanouté como digno para su pared. En el ranking de músicos: los reguetoneros y los artistas tontipop, indiscutiblemente. En cuanto a las películas, el panorama es más variado. Quizá Fast and Furius, Will Smith o nada. O er e como Dra on Ball, Ol ver

Benj … a ma oría de todo ello con

uen

verse a duras penas en fondos borrosos, detrás de pollas que, en contrapicado, parecen monstruosas. F5, f5, f5… má

má polla . o ch co que no la t enen a fuera, o e la

sacan a los dos segundos o se cansan de verla con el moflete deformado sobre la mano, masticando chocolate, y a los diez segundos desaparecen. Cuando da con otras chicas, la evitan de inmediato como si fueran polos iguales. Y se encuentran. Ambos se quedan mirando. Esos instantes de reconocimiento son universales. Nada especial. Tras ver que no se escapa, ella sonríe y escribe en el chat: “Te br llan la ríe

afa

no e te ven lo ojo , jajaja. E un poco n e tro”. Él e

e cr be: “A í no saben quién soy. Como Superman”. Sus posters son de One

Direction, los Gemeliers y el rostro de John Snow con la única cara que sabe poner: la suya propia. Lo único que le falta es algún libro de Risto Mejide o de Defreds en la estantería que por suerte no se ve. Antes que preguntar la edad, prefiere pulsar f5. Siente alivio al ver que, ni los Doritos ni los botellines de cerveza salen en la imagen. Pese a ello, los aparta un poco más. Ella le hace un gesto de ponerse los cascos. Él prefiere no hacerlo; muestra las palmas de las manos y niega con la cabe a. “¿Sev ll ta? ¿Ere de Sev lla?”, le pre unta ella. “De Sev lla Pe te”, le responde. Ella se ríe y se tapa la boca con la mano. Agarra la tableta de chocolate, arranca otra on a

e la mete en la boca.

a t ca h nchando lo carr llo . “Yo o

de Jaén (emot cono de car ta onr ente)”; “Bueno, ten o que rme”; “¿Ya? Ere el primero que no me la enseña. ¿Qué es Sevilla Peste, jajaja? ¿No te gusta tu c udad?”; “E un barr o de Sev lla. O e o d cen”. Hace un e to con lo dedo emulando una t jera . “Jooo, no te va a (emot cono de car ta tr te). ¿Ve JDT?

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¿Qué te ha parec do el f nal? A mí, una m erda (emot cono de car ta que llora)”. Enfoca el pulgar hacia abajo, como un César que niega tanto el final de la serie como a ella. Empieza a impacientarse y chocar las rodillas debajo del escritorio. Agarra la cerveza y rasca la etiqueta húmeda, pero no le da un trago ni la muestra en pantalla. E cr be: “En er o, lo

ento, ten o que marcharme”; “Bueeeeeno

(emoticono de carita triste). ¿Sabes que te pareces mucho a un personaje de una er e?”; “¿De cuál?”; “De CCAV ”. Sabe a qué er e e ref ere, pero n la ha v to ni tenía intención de hacerlo. Dice adiós con la mano a la cámara frontal de su portát l. Ella le d ce que e pere, tamb én con la mano. “¿Qu ere verme la teta ? (emoticono del monito que se tapa la boca).

e ha caído mu b en. Un re al to”.

Él dice que sí con la cabeza, pero vuelve a posar el dedo sobre el f5. Ella sonríe y se levanta la camiseta. Las acerca a la webcam y luego se pone de pie, se da la vuelta y se remete las bragas por dentro del culo. Ya recompuesta, se sienta de nuevo y se encoge de hombros. Coge otra onza de chocolate y se la mete en la boca. Le lanza un beso. Él sonríe y vuelve a decirle adiós con la mano. F5 Epílogo Los últimos días, todas las mañanas, a la misma hora, prosiguen con la poda de los árboles de la zona. Apenas ha dormido tres horas, pero le es suficiente para levantarse e ir a la nevera por otra cerveza. Antes de eso ha vomitado. Después vuelve al cuarto y ve todo el desorden de la noche anterior, como cadáveres aún humeantes: el paquete de Doritos abierto, los botellines con las etiquetas rasgadas dispersos por el escritorio y los pañuelos amontonados y repegados en el suelo bajo la mesa. Sonríe. Eli Golightly. Enciende el portátil. Lo único que le queda de ella es buscar al personaje que se le parece en la serie que, hasta anoche, no tenía pensado ver. Y eso, ahora mismo, tal y como están las cosas, es una suerte.

RUBÉN VALIENTE DOMÍNGUEZ

España

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H

oy es el gran día, tu sobrina preferida va a grabar el que sin duda será su próximo hit en la azotea del edificio que habitas. Quieres tanto a esa sobrina tuya, es tan libre, tan apasionada y encima dotada de ese talento que Dios le ha dado, hay que ver cómo

canta. Te asalta una duda, y si los vecinos se molestan, no les has pedido permiso, pero no, no habrá problemas, les caes bien, se nota. Al fin y al cabo eres la única persona menor de cincuenta años de la escalera, les das vidilla. Si han soportado las broncas de tu novia a altas horas de la madrugada, no van a quejarse ahora porque un grupo de jóvenes simule una fiesta para la filmación del videoclip, además, siempre pueden participar, o limitarse a mirar, si así lo prefieren. Suena el timbre, tu sobrina llega puntal como un clavo. Te asomas a la barandilla y la observas ascender por la escalera de caracol seguida de una hilera de músicos: el clarinetista, la saxofonista, el guitarra, la teclas, el percuta, cada uno con su respectivo instrumento a cuestas; en la cola de la procesión van las bailarinas y el especialista en malabares del fuego. Los técnicos de sonido e imagen que aparecieron a primera hora de la mañana, hace rato que andan desenrollando cables por el terrado mientras el cámara no para de registrar desde distintos ángulos, aunque te ha asegurado que las vistas son tan increíbles que cualquier enfoque resulta brutal. Tienen suerte esos chicos, se alcanza a ver la ciudad entera desde tu azotea. Cuando anochezca, la luna se aproximará tanto a la tierra que parecerá inmensa, dispondrán de un escenario de ensueño para las tomas nocturnas. Abrazas a tu sobrina y saludas a la comitiva. Ascienden a contemplar la panorámica y alucinan, habían oído decir que era sensacional pero no imaginaban hasta qué punto. Han traído comida y vino para saciar a un regimiento. Lo primero que hacen es abrir una botella de vino y repartir vasos de plástico, están ansiosos por meterse en el papel. Te unes a la juerga programada, a todos os sale muy natural, no hace falta forzar nada, las risas flotan en el aire sin ayuda de bebidas espirituosas, pero hay que esmerarse en representar una gran fiesta, sea ficticia o no. El cámara te pregunta si se puede cambiar de lugar la ropa tendida en mitad del terrado. No habías reparado en esa colada, te extraña enormemente que esté ahí. Le contestas que por supuesto. Aún no habéis acabado de mover las prendas cuando se abre la única puerta que da a la solana. Una chica bajita entra, sin 61


miraros ni deciros absolutamente nada, empieza a colocar la ropa en el mismo lugar donde estaba antes. Intentas hablar con ella pero no escucha, quizás porque lleva auriculares puestos, debe tener el volumen altísimo. Le tocas suavemente la espalda para llamar su atención, se gira y te dirige una mirada asesina, acto seguido continúa cambiando la colada de lugar, le vuelves a tocar suavemente su hombro, te vuelve a dirigir la misma mirada de pocos amigos, por señas le indicas que se quite los auriculares, a desgana levanta uno de ellos. —Mira, vamos a rodar un videoclip, hoy hace mucho sol y algo de viento, en dos horas tendrás la ropa seca ¿Podrías venir a recogerla?, —No, no puedo —y sigue trasladando ropa. Una vez ha concluido, se larga dando un portazo. Nadie se incomoda por el asunto, cada uno sigue a lo suyo, el cámara te dice que no importa, que incluso le da un toque más realista a la escena, te aconseja evitar a tu vecina: —Procura no interactuar con ella—. Sus palabras y el buen rollo generalizado te sacan del desconcierto en que te ha sumido esa mujer a la que no habías visto nunca. Conectan la música … acc ón. Al ritmo del tema que truena en el equipo se sueltan a danzar, a simular que cantan, que tocan sus instrumentos. Sin ensayos previos logran crear una coreografía perfecta. El cámara les felicita: —Sois geniales, podría tirar la cámara al suelo y quedaría igual de bien o mejor—. Les da una media hora de descanso, tendrán que repetir esa secuencia y muchas otras a lo largo del día. Se asoman varios vecinos, seguramente animados por la música, a estos sí los conoces, los saludas y les comentas lo del videoclip, se muestran encantados. La vecina del tercero te pregunta qué hace toda esa ropa colgada, les explicas el incidente con la mujer bajita de los auriculares. La vecina, que en otros tiempos fue muy vital, se indigna: —Tan solo hace un mes que alquiló el ático y ya busca trifulca—. Te choca, conoces bien al propietario del edificio, es un amigo de infancia, se desentendió de la finca tras fallecer su madre en casa, desde entonces no se atreve ni a rondar por el barrio. El vecino del segundo te aclara que lo alquiló a través de una inmobiliaria. Supones que estará muy necesitado, en su momento te aseguró que serías su último inquilino, por la amistad que os une y porque te sabe diferente, de mente más abierta que la mayoría. Los técnicos graban escenas individuales mientras el resto conversa 62


animadamente, la energía que se respira no puede ser más positiva. Se abre la puerta de la azotea, es la mujer de los auriculares y viene cargada, por lo visto ha puesto otra lavadora. Se abre paso a embestidas y, desafiando a la concurrencia, cuelga una a una las prendas. Esta vez se trata de mantas y de sábanas, no deja ni una sola cuerda libre de tejido. Finalizada su hazaña se larga de un portazo. Con su actitud provoca una sonora carcajada colectiva, a los vecinos no os hace la más mínima gracia. Os asomáis a la escalera y la distinguís plantada en el rellano. Está hablando por el móvil con la guardia urbana. Los vecinos regresan a sus pisos y al pasar por su lado la insultan, ella ni se inmuta. Armándote de paciencia, desciendes a su nivel, intentas convencerla, le dices que a las nueve de la noche terminarán, que lo limpiaréis todo, que no le causaréis más contrariedades y que su ropa quedará intacta. Inconmovible te responde: —El daño ya está hecho—. Se mete en su apartamento y cierra la puerta, cómo no, de un portazo. Decididamente relacionarse no es su fuerte. La guardia urbana no tarda demasiado en acudir. La lavandera compulsiva baja corriendo a la calle. Con sumo sigilo te acercas al portal: —-Señora, ¿es usted quién nos ha llamado? —le pregunta uno de los agentes —Sí, he sido yo. —Díganos, ¿qué sucede? —Es terrible. Un grupo de jóvenes me ha cambiado de lugar la ropa que tenía tendida en el terrado. —Bueno, señora, eso no es un delito. Se oye música ¿le molesta la música? —No, la música me gusta, yo también escucho música con mis auriculares. Lo que yo quiero denunciar es que se han atrevido a tocar mi ropa, la han cambiado de lugar. —Le repito que eso no es ninguna infracción. Quéjese al presidente de la escalera. Lo lamento, pero tenemos que irnos. Suena un portazo y tras el portazo la risa de los agentes. Escalas de nuevo a la azotea. El espectáculo ha llegado a su clímax, bajo una luna enorme se bambolean las mazas flameantes a manos del malabarista, las bailarinas danzan frenéticas, los músicos tocan sus instrumentos y tu querida 63


sobrina canta a pleno pulmón con esa voz que Dios le ha dado. Lloras de la emoción. En cuanto zarpen los artistas ya os encargaréis, tus vecinos los difuntos y tú, de espantar a la intrusa bajita de los auriculares, ha demostrado ser incapaz de disfrutar con una buena fiesta.

CARMEN TOMAS

España

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Aunque no se lo recuerde (o se aduzca desconocerlo) un tiempo hubo en que, sobre suelo charrúa, resultaba inconcebible que un narrador comm’il faut condescendiera a transitar por la trocha de los “subgéneros”; esto es, temas policíacos, de terror o de ciencia ficción... A lo sumo se toleraba alguna guiñada al “fantástico” estilo Felisberto; pero fuera de eso, lo “literariamente correcto” era seguir la senda del costumbrismo rural, a lo Morosoli o Da Rosa o —algo más audazmente— el realismo urbano tipo Benedetti. Aunque usted no lo crea. Sin embargo, gente hubo que se rebeló contra esa situación (¡vaya!, los cuento con los dedos, incluyéndome, y parece que me sobran nueve dedos)... Como sea, las cosas eran distintas en la orilla opuesta del estuario, donde campeaba desde unos veinte años atrás toda una tradición transgresora. Allí comenzó a publicarse una revista, versión en castellano de uno de los últimos “pulps” de EE. UU., titulada Tercer Grado. Con destino a ella esbocé el relato que sigue (homónimo a la revista); por desgracia, la existencia de la citada publicación fue efímera, y mi cuento ni siquiera llegó a depositarse en el correo antes de que el órgano de prensa se extinguiera... Pero como “todo le llega al que espera”, según dicen, casi un par de decenios más tarde, en 1980, el escrito de marras fue incluido en una antología integrada por autores de ambas márgenes del Plata. Pero editada, claro, del lado de allá.

P

ara Wulfodtzky, aquello era el pan de cada día. Un hombre, encogido en una silla, sudando miedo. El golpe intolerable de quinientos vatios. Otro hombre, de pie, frente al de la silla; un hombre de ojos de

acero helado y mandíbula prominente sombreada de barba. El cuerpo de este hombre era robusto y tosco, como modelado a hachazos a partir de un tocón de sequoia; los antebrazos de este hombre, gruesos y peludos como las patas de una enorme tarántula descansaban, cruzados, a medio salir de las mangas enrolladas de una camisa sucia. Pero lo más notable en él eran las manos, hinchadas de nudillos oscuros y de venas violáceas, manos en las que latía una fuerza amenazante. Wulfodtzky siempre era el hombre de pie. Era el hombre-mecanismo, ajustado para ejecutar con precisión una cierta tarea. El otro era... material de trabajo. Sobre ese material se concentraba Wulfodtzky, realizando con antebrazos y manos una labor de gélida eficiencia. Hasta que el material se ablandaba, se retorcía y se moldeaba a su satisfacción. El resultado era precioso para los que le pagaban a Wulfodtzky: información. Wulfodtzky había cobrado fama en el ambiente. El grueso índice del comisario Luke Holland golpeó la llave del intercomunicador. —Que entre Wulfodtzky —ordenó. De inmediato lo tuvo enfrente. —Siéntese. Wulfodtzky parpadeó. ¿Sentarse?

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—¿Qué pasa? —preguntó— ¿Trabajo? El comisario lo miró con desprecio. —Siéntese —repitió—. No lo llamé por eso. Wulfodtzky ocupó torpemente una silla metálica, frente al escritorio del comisario. —¿Sabe lo que hizo, imbécil? —estalló de súbito Holland. —¿Qué..., por Portino lo dice? La ancha palma de Holland castigó el escritorio. —¡Portino era inocente! ¡El culpable se entregó anoche! ¿Entiende, maldito sea? Wulfodtzky se movió en la silla. —Yo hice lo que me mandaron —dijo, desmañadamente. —¡“ o que me mandaron”! —remedó Holland, con rabioso desdén— ¡Portino está muerto! ¡Mató al muchacho! ¿Se da cuenta, imbécil? —No lo traté peor que a los demás —arguyó Wulfodtzky—. No tengo la culpa si no resistió. —¡Portino era inocente! —Ustedes me lo entregaron. —¡Basta! —el comisario se pasó los dedos temblorosos por el cabello—. El tío de Portino consiguió armar un escándalo... ¡La prensa nos va a poner como un trapo! ¡Esto es el acabose! ¿No entiende? Wulfodtzky no respondió. Era torpe de lengua; pero no le habrían faltado ganas de largar unas cuantas verdades boca afuera. —Se ha arreglado su inmediata salida de este Estado. Mejor para usted que se empiece a mover ahora mismo. ¿Le quedó claro? —Bien claro. Por dentro, Wulfodtzky hervía. ¡Lo estaban poniendo de pantalla! Iba a ser “el func onar o nd no de la noble trad c ón de la e for ada br ada pol c al de Nueva York”; lo t tulare armarían un poco de barullo enc ma de él,

Holland

los otros, como pétalos de rosa. —No se preocupe por el dinero. Ya se tomaron las providencias del caso — dijo el comisario. —Muy bien. 67


Se miraron, sin encontrar nada que añadir. Wulfodtzky salió. Holland, solo, permaneció unos instantes abstraído, repiqueteando con los dedos sobre la mesa. Cuando se percató de que estaba llevando el compás del “H mno de la Pol cía” dejó el olpeteo. Su dedo

altaron obre la barra dorada

con la le enda: “Com ar o . Holland”, la ra tud de la

ema manchó el bronce

y el comisario frotó con la manga. Después sacó del bolsillo una pastilla rosada y se la puso en la boca, empujándola con un sorbo de agua que se le antojó tibia. La estación no era tan grande como la Central, pero estaba bastante llena. Wulfodtzky se abrió camino, empujando con el portafolio del dinero además de los codos. Estaba hambriento. Lo primero era buscar un sitio para comer. Después, con toda comodidad, y reconfortado por un buen whisky, ya estaría en condiciones de planear sus próximos pasos... Necesitaba coordinar las ideas. Todo había ido demasiado rápido, se dijo. La esclerosis de su rutina diaria lo inhabilitaba para adaptarse a cambios súbitos. Los cambios le causaban mareo. Se palpó los bolsillos en busca de cigarros y encontró una cajetilla casi vacía. ald jo entre d ente : un “cartón” e le había olv dado en la c udad, por culpa de la salida apresurada. Se puso uno en la boca e hizo jugar el encendedor. —¿Me da fuego, por favor? Wulfodtzky, distraído en sus reflexiones, acercó la llamita al cigarrillo del que le había hablado, sin molestarse en mirarlo. —Gracias, amigo —y sintió que el otro lo palmeaba. —No es nada —contestó maquinalmente. “Am o”, pen ó Wulfodt k .

ald to

me conoce

(En la ciudad, los que conocían a Wulfodt k

me d ce “am o”...

no lo trataban de “am o”

tampoco...; pero Nueva York es Nueva York, se dijo.) Había un minúsculo snack-bar en la misma estación. Estaba vacío, lo que atrajo a la naturaleza retraída de Wulfodtzky. Un barman de cara cerúlea y tristes ojos bordeados de sombra se acodaba sobre el mostrador tapizado de linóleo rojo. —Whisky —pidió Wulfodtzky, ocupando un taburete.

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—¿Algo para masticar? —Deme un sándwich de pollo. El melancólico sujeto lo sirvió y retomó su posición anterior. Un reloj, quién sabe desde dónde, escupía segundos. Wulfodtzky comprobó con asombro que estaba inquieto. ¿Qué era lo que marchaba mal...? Pero con el primer sorbo del whisky ahuyentó esas ideas. Lo urgente era poner en orden sus proyectos. ¿Qué iba a hacer? Su trabajo de siempre, por supuesto. Era el único medio de vida para el que estaba capacitado... Tenía que comenzar a sondear en el ambiente de este nuevo medio en que lo habían arrojado. Ya se las arreglaría. Una mano le tocó el hombro. Se volvió con algún sobresalto, porque no había oído entrar a nadie. Vio a dos hombres pegados a él. Uno de ellos, moreno y ancho de cuerpo, tenía la mano todavía cerca del hombro de Wulfodtzky. El otro, alto como una escalera, y con una enorme cabeza redonda, permanecía inmóvil, con las manos en los bolsillos del sobretodo. —Se le reclama, amigo —dijo el moreno. El cariamarillo barman movió sus ojos lúgubres y opacos. Wulfodtzky clavó la mirada en la barra plateada del escritorio, grabada con el texto: E. GUKKA - COMISARIO Gukka era un hombre grueso, con una horrible dentadura amarillenta y una calva rojiza. Hablaba en susurros, y miraba con tal intensidad que obligaba a desviar la vista de sus ojos duros. — ndo truco, e e de de l arle la “n eve” al comp nche, mulando ped rle fuego —dijo—. Lástima que esté un poco gastado... Su cómplice se hizo humo; pero nos conformamos con usted. Wulfodtzky mantuvo la mirada fija en la bruñida barra. No contestó. —¿Se considera inteligente, amigo? El comisario esperó una respuesta y, al no obtenerla, se encogió levemente de hombros. —Supongo que entenderá que largarlo todo por las buenas...,

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espontáneamente, diríamos, beneficiaría a su salud en forma considerable, ¿no es cierto? Una especie de atontamiento había cubierto a Wulfodtzky, retardándole las facultade . Hub e e quer do poder r tar: “¡No é nada! ¡No ten o nada que ver con e o!” Pero e daba cuenta de que tenía perd da la part da. El paquete de dro a en el bolsillo (aquel tipo lo había llamado “amigo”, e acordó), el hecho de su expulsión de la Policía de Nueva York, en cuya nómina figuraba como “e cr b ente” (

abía mu b en que n Holland n lo otro ban a mover un dedo

en favor de él)..., el agravante de su precipitada salida del Estado: todo se amontonaba sobre Wulfodtzky, aplastándolo, reduciéndolo a cero, terminando con él. Al fin consiguió exprimir: —No sé de qué me habla. Y a él mismo le sonó mal su voz: falsa, mentirosa. Por un momento grotesco hasta llegó a pensar si no estaría loco, si no padecería de algún tipo de amnesia y sería culpable de veras, si ellos, al fin y al cabo, no tendrían razón... Sacudió la cabeza. Gukka lo observó unos momentos. Se estiró un silencio que le retorció todos los nervios a Wulfodtzky. —Pásenselo a Stronheim —dijo por fin Gukka. Para Wulfodtzky, aquello había sido el pan de cada día. Un crudo golpe luminoso: quinientos vatios quemándose a la vez. Un hombre, de pie, con los velludos antebrazos cruzados sobre el tórax y los fríos ojos mirando sin emoción alguna; un hombre de anchas manos, manos nervudas, que aun en reposo, aterraban con la promesa de su eficiencia y de su terrible precisión en la búsqueda de unos resultados previstos anticipadamente. Otro hombre, chorreando miedo líquido por todos los poros, agazapado en una silla, temblando, esperando. Y esta vez Wulfodtzky era el hombre de la silla.

CARLOS M. FEDERICI

Uruguay

Wikipedia: Carlos María Federici

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L

a decisión de jugar el Torneo se tomó en una de las tantas reuniones de diálogo interreligioso —tan de moda por aquellos años—. Se suponía que un campeonato de fútbol serviría para promover la hermandad entre cultos, la concordia y la solidaridad. Pero el Padre

Toribio entendió, muy pronto, que el Señor le reclamaba la Gloria a los suyos, y que podía intentarse la confraternidad en los salones y con diplomacia; pero acá, en el terreno de juego, todo se equiparaba a una Cruzada. Es más: los islamitas y los ortodoxos podían considerarse infieles, pero el árbitro Sánchez era el mismísimo Satán. Tres penales no cobrados, un gol anulado, una expulsión injusta, tres amarillas dudosas y el gol que hizo el ocho de los judíos después de una falta clara al arquero, y que les costó los tres puntos y el primer puesto en el grupo: El Señor reclamaba que se hiciese algo. En nombre de la Fe Verdadera, intentó con oraciones que no surtieron efecto. Como al descuido, roció a Sánchez con agua bendita cuando salía al campo de juego; luego, le tiró sal en los pies, y tampoco. El rito de exorcismo requería de conocimientos que él no tenía; entonces, recurrió al obispo; pero la reacción furibunda de Su Eminencia le hizo concluir que estaba solo. Oró, llorando, para que le fuera concedida una solución. Y durante la madrugada de un lunes, minutos después de la Hora del Diablo, le llegó la Revelación: “Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. —El viejo Manuel —dijo en voz alta, sorprendiéndose. Don Manuel Castejón, feligrés de la parroquia, era un hombrecito enjuto, algo encorvado, piadoso, de manos secas por el trabajo extenuante de todos los días. Don Manuel no tenía ombligo. Un cierto accidente en su juventud (infortunio que el cura desconocía) implicó una cirugía imperfecta que le había dejado una mancha rojiza y un vientre plano. El Padre Toribio no recordaba dónde, pero en algún lugar de la literatura patrística se mencionaba que la ausencia de ombligo era La Marca, y aseguraba que su portador compartía el estado inmaculado de Adán y Eva antes de desobedecer al Creador y, por lo tanto, estaba libre de Pecado Original. Hasta donde recordaba, don Castejón era hombre de misa y comunión diaria, y en sus confesiones semanales enumeraba faltas que no constituían ni un mísero pecado venial. A los fines prácticos, el viejo Manuel era el hombre indicado. 72


Ese mismo día lo llamó aparte y comenzó a hablarle. Don Manuel se mostró sorprendido primero, y renuente después. A él no le gustaba el fútbol, y no creía en la violencia. El aleccionamiento siguió durante los días posteriores hasta que, algunas promesas y varias amenazas después, el viejo se convenció. El sábado por la tarde, el equipo del Padre Toribio jugaba contra los Metodistas Episcopales. Y el árbitro era, casualmente, Sánchez. A los veintitrés minutos del primer tiempo, un avance de los católicos llegó hasta tres cuartos de cancha. El punta derecha metió un cambio de frente para el enganche, que estaba en el centro, y solo para definir; pero Sánchez pitó posición adelantada. El Padre Toribio, desde el banco, apretó los puños con bronca y le hizo una seña imperceptible al viejo Manuel. La piedra cruzó el aire con cierta displicencia y cayó a unos metros detrás del árbitro. No importaba. Esa era la primera piedra, la que habilitaba a las demás; sobre las que El Libro no decía nada. Fue una lapidación en toda regla. La mayoría impactó en el cuerpo de Sánchez, pero cuatro o cinco cascotes impactaron en su cabeza y lo desmayaron. Uno de ellos le hizo un corte que necesitó cinco puntos de sutura. En la tribuna se armó una batahola. Se suspendió el encuentro y le dieron por perdido el partido a los católicos. Al Padre Toribio lo trasladaron a una parroquia pequeña en el Impenetrable. Don Manuel se quedó con la sensación de haber hecho algo malo, aunque nunca supo qué.

DANIEL FRINI

Argentina

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¿E

ugenia? —escuché, y pensé que mi papá me llamaba. Había tenido un mal día. Me borré del estudio y lloré todo lo que mi cuerpo pudo soportar. Estábamos en el restorán al que solíamos ir con mamá antes de su enfermedad, esperando que la chica que nos recibe con tanta amabilidad

se sacara de encima a un desquiciado que no paraba de gritarle y faltarle el respeto. Papá no me miró. No era a mí a quien llamaba, parecía que había visto un espíritu del más allá o al mismísimo demonio. Una señora muy elegante, morocha, con un look interesante, lo saludó a manera de trámite y salió tras los pasos del loco, que al parecer había logrado su cometido. Papá es un genio, un tipo elegante, tiene toda la facha, todas mis amigas están enamoradas de él. Hablo de papá todo el tiempo, mi psicóloga bromea con que debo padecer el complejo de Electra. Pero la verdad es que yo lo admiro mucho al viejo, todo lo que ha logrado en su vida, cómo fue que se recibió de abogado, cómo creció viniendo de una familia muy humilde y, sobre todas las cosas, cómo la bancó a mi vieja en todo momento hasta el triste final. Vino el maître y nos acompañó a la mesa que papá ya había reservado. Él estaba raro, se lo veía duro, incómodo podría decirse. Si hubiese visto a un fantasma tendría mejor cara. Yo quería, para romper el hielo, que me contara alguna anécdota graciosa de cuando era joven y trabajaba de coordinador de los grupos de colegios que iban a Bariloche. Me había llamado por la tarde para saber cómo estaba, si iba a salir con amigas o con algún chico. Era el día de San Valentín y era más que obvio que debía festejar con alguien, aunque fuese con el portero de mi edificio. El mozo trajo la carta y nos ofreció champán. Yo tenía el estómago revuelto, el pensar en comida me daba náuseas. Papá sabía que había cortado hacía nueve meses con Ezequiel, el chico con el que salí por cinco años. Era del comercial de a la vuelta de mi escuela. Esta vez papá ignoraba con quién había arrancado mi nueva relación. No me animaba a contárselo, sabía que era indebido, más que prohibido, diría que ilícito para continuar con la jerga del estudio. De chica sufrí algunos trastornos alimenticios, así que lo que sentía en ese instante ya era bastante familiar, aunque presumiblemente superado. Me faltaban diez materias. Papá habló con su socio y me hicieron entrar como pasante al 75


estudio de abogados para poder ir aprendiendo el oficio, una manera mucho más real y práctica de lo que te pueden enseñar en la Facultad. Pedí un crepe vegetariano y papá, salmón a la parrilla, que le encanta. Cuando llegaron los platos el viejo empezó a comer como un autómata. Yo quería contarle desde un principio qué me había pasado y qué era lo que sentía en aquel, para mí, ya lejano momento. Tenía la autoestima muy baja, la enfermedad de mamá me había derribado el alma, necesitaba a alguien que me contuviera con todas las letras y así fue como me enamoré desesperadamente de Jorge, el socio de papá. Sabía que me estaba metiendo en un terrible despelote pero no me importó, la vida es una sola y yo siempre me dejé llevar por lo que me dictaba el corazón. Jorge parece el hermano de papá, tienen casi la misma edad, pero él es la versión Richard Gere. Es el jefe en el estudio, le dio un lugar privilegiado a mi viejo y, obviamente, también a mí. Papá estaba ido, en otro planeta, con la mirada perdida, no prestaba atención a nada de lo que le decía, era otra persona. Él siempre me escucha y está siempre presente cuando lo necesito, pero esta vez apenas miraba el plato, no sé cómo hacía para llevarse el tenedor a la boca y embocar el bocado. Necesitaba su atención para poder confesarle lo que me estaba pasando. Nunca le había ocultado nada y sentía una especie de remordimiento. Sabía que a pesar de lo terrible que pudiera ser la realidad, yo debía ir con las cartas de frente y enfrentar las consecuencias. Después de lo de mamá pasaba horas hablando con Jorge, siempre dándome la palabra justa o un consejo para mi relación con Ezequiel, mi ex. Siempre me recomendaba algún libro para que leyera, se preocupaba por mi carrera profesional y nunca le faltaba tiempo para darme una explicación sobre algún tema legal que debía estudiar para un examen de la facu. Jorge era más que un jefe, más que un padre, más que un amigo, se había convertido en el amor de mi vida. Papa comía y hacía como si me escuchara, pero yo me daba cuenta de que algo le había pasado y como soy muy perceptiva intuí que la morocha de la entrada le había movido el piso. En un momento tuve que ir al baño, pensé que no llegaba, tenía ganas de vomitar. Me empecé arreglar frente al espejo y apareció ella, la morocha. Me miraba como si yo fuese su enemiga, tenía una mirada penetrante, me miraba de 76


arriba abajo, parecía que destilaba odio. Evidentemente estaba tan loca como su supuesto marido. Yo seguí en lo mío y traté de ignorarla. Me arreglé el maquillaje y me peiné un poco. Quería volver como una lady a la mesa. Sé que a papá le gusta que la gente nos mire. Se divierte con eso, imagina qué estarán diciendo por detrás y me toma la mano para darles envidia. Mirá a ese viejo con esa pendeja, me dice al oído, y yo solo disfruto. Sé que nadie en la vida te da un cheque al portador para la felicidad, pero Jorge es todo lo que necesito hoy. Cuando mamá murió, él estuvo en el entierro. Aún recuerdo su abrazo al darme el pésame. Yo estaba destruida, no podía pensar en nada, pero sé que ese fue el momento en que hicimos conexión. Trajeron el postre de papá. Yo no quería nada, apenas le robé una cucharadita a su flan con dulce de leche y crema. Al final él pagó y yo no tuve el coraje de contarle nada. Salimos a la calle, papá le dio el papelito sellado al chico que trae los autos y apareció de nuevo la loca y lo fue a encarar al viejo. Tuve miedo de que hiciera un escándalo. Se acercó a mí y me preguntó cómo me llamaba. Se lo dije y su cara se enterneció de golpe. La gente está muy loca, solo por decirle mi nombre la mina “se volvió buena”. Yo no estaba bien. El día anterior, antes de salir de la oficina, fui al despacho de Jorge. Estaba distinto. Lo vi más preocupado que de costumbre. Le conté lo que me pasaba, él me dijo que le hacía falta tiempo, que sus hijos aún lo necesitaban y que no se podía borrar. Lo escuché distinto, distante, pero no pierdo la fe, lo voy a esperar hasta el fin de mis días. Estoy con unas semanas de atraso, lo siento todas las mañanas, lo siento a él adentro mío todo el tiempo. Si es varón, juro que le pondré Jorge.

GUSTAVO VIGNERA

Argentina

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E

sa tarde del 6 de octubre de 1999 estaba desapacible. Una fría brisa y el cielo cubierto de nubes grises presagiaban una lluvia que no tardaría en caer. Ante aquel panorama desolador, no era extraño que fuera la única

persona que se encontraba visitando el Cementerio Municipal. Cientos de sepulturas, casi hasta donde la vista alcanzaba a distinguir, cubrían el ondulante parque, poblado por pequeños montes de pinos y acacias. Sería realmente un lugar encantador para pasar un día de picnic si no fuera porque en realidad se trataba de un camposanto. Exactamente un mes antes había fallecido mi abuelo, un anciano venerable, luego de superar las nueve décadas. Un mes atrás, el panorama era muy distinto en este lugar. Era un día soleado y muchas personas se habían dado cita en aquel lugar. Incluso el pequeño coro de la Iglesia Protestante a la cual mi abuelo había pertenecido entonó las estrofas de un himno. Luego vinieron las palabras de resignación pronunciadas por un ministro religioso, con la consiguiente lectura de textos acordes a la situación. Pero cuando todo hubo terminado, el sonido de las paladas de tierra cayendo sobre el ataúd me trajo a la realidad de lo triste, solitario y final que resultaba todo aquello. Por eso, un mes después quise volver para rememorar los años compartidos con mi abuelo, ahora en la quietud del silencio íntimo, lejos de toda ceremonia. Minutos después, el sonido de hojas secas arrastradas por la brisa y de pisadas acercándose me devolvieron a la realidad de aquella tarde gris. Tres sepulturas más allá un hombre alto, delgado, de cabellos grises alborotados por la brisa impertinente y barba patriarcal, se había detenido, y observaba, a la vez que se afirmaba en una azada. Parecía tener unos setenta y tantos años; muchos más de lo normal para un empleado de aquel lugar. —Disculpe —me dijo— no quiero interrumpir, pero en poco rato estará llov endo… la t erra e vuelve pantano a… Le agradecí su advertencia. No me quedaría mucho más. —Recuerdo perfectamente este servicio —continuó— había mucha ente… hubo una ceremon a rel o a… una per ona quer da e te eñor… Fue soltando frases, evidentemente para ver si podía entablar una conversación, pero yo solo respondía asintiendo con la cabeza. Al poco rato se fue. 79


Pude verlo renguear mientras se alejaba por entre las tumbas, afirmándose en la azada a manera de bastón. Sin embargo, al poco rato, estaba de vuelta. Esta vez llegó hasta donde yo me encontraba. —Disculpe, le traje esto —me dijo, a la vez que me entregaba la parte superior de una botella plástica recortada por la mitad. En su interior había colocado una vela encendida a manera de una pequeña antorcha. Su gesto me conmovió. —No e hub era mole tado; e un ran detalle de u parte… —le dije, a la vez que colocaba la vela entre las flores y la enterraba un poco en el túmulo para afirmarla. Protegida dentro de la botella, la vela podía soportar la brisa del atardecer. —La luz de una vela es la más perfecta representación de la fragilidad de la v da… en un momento e tamo

al

u ente, puff, a no… —dijo, a la vez que

hacía un gesto de soplar en el aire— lo importante, es que luego alguien nos recuerde… de pué de todo, e a e la ún ca forma de nmortal dad: v v r en el recuerdo de qu ene no conoc eron… ¿no le parece? El viejo tenía razón. Y yo, por mi parte, sería grosero si permanecía indiferente a sus reflexiones. Me despedí de la tumba de mi abuelo y con el anciano nos fuimos alejando por los caminos de aquel camposanto en dirección al gran portón de entrada. Para cuando llegamos al acceso principal estaba comenzando a lloviznar. No había ningún taxi por lo que tuve que esperar un rato; esto fue aprovechado por el cuidador para conversar otros minutos. Sentados bajo una garita interna, me fue contando sobre sus años de trabajo en aquel lu ar. “Ve nt ocho, ¿puede creerlo?”. Y tamb én anécdota var a obre u oficio. Sin embargo, algo no terminaba de convencerme en todo aquello. Como que algo no cuajaba en su historia o con él mismo. Vaya uno a saber. —Siempre fui muy responsable con mi trabajo. Siempre estuve atento a que los deudos tuvieran un buen servicio y pudieran despedirse decorosamente de su f nado… Pero todo e term nó un día que fue nefa to —ahora parecía enojado. —¿Qué pasó? 80


—Pasó lo que siempre había temido. Estábamos con otro muchacho sepultando al gordo Loaiza, allá del otro lado —dijo indicando el sector más antiguo del cementerio— El cura había terminado de hacer todos los rezos y ahora solo faltaba poner el cajón en la fosa. Pusimos los ganchos en las asas y comenzamos a bajarlo. Fue en ese momento en que la tierra de los bordes se desmoronó y todo se fue al carajo. El otro muchacho alcanzó a saltar, pero yo me fui con cajón y todo a la fosa. Fue bochornoso. Y lo peor, terminé con un tremendo golpe en la cabeza, además del tobillo que me lo terminé sacando. Ya no quiero ni acordarme. Lo compadecí; la verdad no hubiera querido estar en su situación. Ahora llovía más copiosamente. El cielo se había cerrado en una oscuridad azulada. Las luces de la calle y de los caminos internos se encendieron automáticamente. Sinceramente quería alejarme de allí. Finalmente, y para mi alivio, llegó un taxi. Me despedí de aquel hombre, a radec éndole u e to. “No e nada…ho por t , mañana por mí…como d ce el d cho”, alcancé a oír que me decía mientras me subía al taxi y él cerraba el portón con un macizo candado, dando por finalizada otra jornada. *** Seis meses después volví a visitar aquel lugar. Y una vez más me dirigí a la tumba de mi abuelo. Luego del ritual acostumbrado y de permanecer algunos momentos en reflexivo silencio, me acordé de mi antiguo conocido. A diferencia de aquel día de octubre del año anterior, ahora era una tarde despejada y cálida, de esas que hacen apreciarse los descansos a la sombra. Caminé en varios sentidos, pero fue inútil. Del viejo cuidador, ni noticias. Pero tampoco era extraño. Podía estar de vacaciones, de franco, haberse jubilado, etc. etc. Estaba por desistir de mi búsqueda cuando me encontré con otro cuidador, un hombre mucho más joven, que llevaba sus herramientas en una carretilla, ya aprestándose a finalizar su jornada. —Busco a un empleado —le dije, tratando de explicar mis erráticos divagues por aquel lugar— un eñor ma or, de pelo lar o cano o, e ren o… El hombre me miró extrañado. No, no conocía a nadie con aquellas características. Lo cual no dejaba de ser raro, dado que, según sus dichos, el

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anciano llevaba unos veintiocho años trabajando allí, por lo cual tendría que ser bien conocido. —Venga —me dijo— acompáñeme al depósito donde guardamos las herram enta ; ahí e tá m compañero… él lleva má año trabajando aquí… e uro que sabe algo. Al poco rato llegamos a un gran galpón, donde un hombre de unos cincuenta a sesenta años tomaba mate, esperando que el reloj marcara la hora de irse. Mi guía le trasmitió mi inquietud. No hizo falta que diera más datos. —A ello…V cente A ello… —dijo por lo bajo y en seguida me preguntó cómo lo había conocido. Le expliqué nuestro encuentro del año pasado y el gentil gesto que había tenido de acercarme una vela para la tumba de mi abuelo. Me había parecido un buen hombre, por lo que había querido pasar a saludarlo. Sin estorbar obviamente con su trabajo —aclaré— para evitarle contratiempos. Ambos hombres se miraban entre sí, como esperando el momento en que yo dijera algo más. Pero eso era todo. —Sígame —dijo el segundo hombre— Vicente no está muy lejos. No entendía por qué tanto misterio. Caminamos por entre un laberinto de tumbas abandonadas del sector antiguo del cementerio. Ya atardecía cuando llegamos. Allí estaba. En la lápida de mármol oscurecido por los años podía leerse un nombre: Vicente Aiello, más abajo las obligadas siglas Q.E.P.D. y en un óvalo de porcelana desgastada, una foto suya en tono sepia. Si, efectivamente era él, aunque más joven de lo que yo lo recordaba. —Me dio la impresión de ser una buena persona —dije, conmovido ante la triste revelación de la noticia de su muerte—. Tuvo un lindo gesto conmigo. Eso no se olvida. Me impresiona pensar que le quedaba tan poco tiempo de vida cuando no v mo … Ambos hombres se miraban entre sí, hasta que el mayor de ellos me interrumpió. —Creo que u ted no comprende… —me dijo con respeto—. Es imposible que u ted lo ha a v to el año pa ado… V cente mur ó hace mucho año … 82


Ahora era yo el que los miraba extrañado. —No qu ero ment rle, don, pero V cente debe haber muerto hace uno … a ver… —y parecía sacar cuentas mentalmente— ve nt c nco o ve nt é año … —No, no, no, es imposible —protesté— conversamos un buen rato tanto en la tumba de m abuelo como de pué , en la entrada, m entra e peraba un tax … me contó mucha co a , anécdota de u año de trabajo, de u acc dente… —¿Le habló del accidente?, ¿le dijo como ocurrió? —Claro, me contó que cayó dentro de una tumba mientras estaban hac endo el ent erro de un tal oa a (el “ ordo oa a”, así lo llamó)… que u compañero, al ser más joven, pudo salir de un salto, pero él se dio unos cuantos golpes feos, por e o no pudo e u r trabajando como ante … E taba entu a mado de poder aportar toda

aquella

“prueba ”;

evidentemente aquí había un error y pronto se aclararía. Mire, aquí al lado me dijo el hombre, señalándome la tumba anterior a la de Vicente. Para mi desconcierto allí, en una placa de bronce estaba el nombre del tal Loaiza y una fecha que indicaba que la muerte de este señor se había producido unos veintiséis años atrás. No é qué dec rle… lo ún co c erto e que o era el compañero de Vicente cuando fue el entierro de Loaiza. Y si, la tierra de los costados cedió y caímos a la fosa arrastrados por el peso del cajón. Yo, que era mucho más joven, alcancé a saltar, pero Vicente cayó de lleno sobre el ataúd. Se lastimó feo, pero lo peor fue el golpe que se dio en la cabeza. Lo sacamos desmayado de la fosa. En real dad, a e taba en coma. Nunca reacc onó… Term nó mur endo do o tre día de pué . Por e o u tumba e la que

ue…

Y luego de unos minutos de silencio agregó: Triste lo de Vicente, no tenía familia, así que su dedicación por mantener el cementer o en cond c one era total… A cualqu er hora u ted lo podía encontrar con su azada sacando yuyos, regando los jardines, o bien conversando con algún deudo…

re que nju ta e la v da… tanto año trabajando aquí mismo para

term nar olo en un r ncón… Me sentía sumamente confundido. No dejaba de mirar la foto de la lápida.

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Ver a la misma persona con la que yo había estado conversando seis meses atrás, pero en una tumba que ya llevaba más de un cuarto de siglo sumida en el abandono era sumamente perturbador. No sé qué decirle —me dijo uno de los hombres mientras se retiraba— tal ve fue una broma de mal u to… no é… Pero bien sabía yo que no había sido una broma. Y al quedarme solo ante su tumba creí encontrarle una explicación a todo aquello. Sin decir más, fui hasta la tumba de mi abuelo y traje la botella recortada que él mismo me había proporcionado meses atrás. Colocando una vela nueva, la encendí a la vez que le decía: “Ho por t V cente…mañana por mí…como d ce el d cho”. Ya o curecía cuando me alejé

lbando baj to… con una

en ac ón

inquietante en el pecho. Es preferible dejar que los muertos entierren a sus muertos, me dije sin mirar atrás.

CARLOS LUIS DI PRATO

Argentina

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D

icen que los muertos que no ascienden, han dejado asuntos sin resolver en este mundo. Deudas pendientes, seres amados desprotegidos, relaciones truncas, preocupaciones que no les permiten descansar en paz. Tal vez, negados a aceptar que han

partido, no alcanzan a comprender que ya nada pueden modificar en este plano. Como si anduvieran empecinados por aferrarse a su existencia y, en un triste simulacro de aparición, deambularan con la impotencia de no ser vistos, pero con la esperanza de lograr comunicarse. Ladislao, para renacer, tenía un método eficaz basado en los dos recuerdos que lo ataban a la materia: pensaba con intensa pasión en su mujer idolatrada y con odio sanguinario, en el hombre que se la había robado. Ardiente y resentido, creía que volvía de la muerte cada día, por amor y por venganza. El método funcionó eficientemente, hasta que traspasaron la frontera al unísono con Jaime y coincidieron en el intento de cita furtiva. Sin conciencia de ello, los dos eran almas en pena unidas por los mismos rencores e ilusiones. Testarudos, regresaban una y otra vez, para constatar que había valido la pena retarse a duelo y perder la vida por Mercedes. Volvían para saber si la muchacha había rechazado al sobreviviente y llevaba llanto y luto por el caído en la pugna, ignorando que, alcanzados por el trayecto certero de la bala de su adversario, habían abandonado sus cuerpos para ser arrastrados por la solícita parca, casi en el mismo instante. En cada visita sigilosa, solían verla pálida y con semblante afligido, bordando frente al ventanal que daba al parque. Nada respondía sus preguntas ególatras. Ningún hecho esclarecía por quién penaba Mercedes. Muy sorprendidos por la noticia de sendas defunciones, aquella tarde revivieron la contienda. Sin armas, en silencio, lanzando como proyectiles sus miradas, recargadas de aborrecimiento y desprecio, aunque entusiasmados con la idea de que ella los percibiera y, finalmente, dilucidara el enigma. Expectantes, permanecieron suspendidos en ese tiempo impreciso en el que flotan las ánimas, hasta que, de un salto, sobresaltada como si hubiera visto un fantasma o dos, Mercedes se levantó dejando caer al piso el bastidor con el bordado. Sin embargo, no corrió hacia sus brazos. Sus faldas vaporosas eran alas que 86


la elevaban a toda velocidad hasta la galería que salía al jardín. Ladislao y Jaime la observaron con los mismos ojos de miel que alguna vez habían brillado encendidos por su sonrisa candorosa y, aun con los oídos anquilosados, creyeron recordar un rumor de violines y trinos de Ruiseñor. Abruptamente, los destellos que evocaron un soplo de energía vital, un perfume de cortejo, el recuerdo de la sangre bullendo por las venas, la piel encendida, se tornaron un fogonazo letal, fragmentado en dolorosas esquirlas hundidas dentro de sus corazones resecos cuando, al final del pasillo, los brazos de Mercedes se enroscaron en el cuello de otro hombre y sus labios entregaron el beso por el cual ellos habían sido capaces de matar y de morir. Con esas miradas melancólicas que tienen los espíritus errantes, se despidieron entendiendo que ya no había por allí motivos que los demoraran. Sin amor y sin rencor, olvidados de todo, hasta de sí mismos, partieron rumbo a la luz.

MARINA GÓMEZ ALAIS

Argentina

Blog: https://jumponthecouch.blogspot.com

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U

na pequeña piedra había estropeado mi paso elegante, pero al instante ya mi andar estaba repuesto y regenerado. Atento y tranquilo a la vez, observando la senda y mis pasos. Ella me avistó desde lejos como si hubiera tenido un par de binoculares

clavados en sus ojos. Advertí esa mirada objetiva y de reconocimiento, la noté de inmediato. Yo estaba nervioso, debo aclararlo. Quizás demasiado. O no, quizás no tanto, quizás no lo suficiente, me atrevo ahora a manifestar. Porque, uno sabe, que a veces y en determinadas ocasiones precisas y urgentes, de cierta índole, es por demás necesario estar algo intranquilo, aprisionado en uno mismo y en sus palabras y pensamientos... y haber pensado esas palabras, y haberlo hecho tal vez con cierto grado de estudio minucioso y casi obsesivo. Es decir, preparado. Sumamente preparado. Pero claro, mi situación, aunque sí algo exhaustiva y excitante a la vez, no se trataba de alguna importante entrevista de trabajo ni nada por el estilo. Yo iba a verme con esa mujer, ni más ni menos. Con esa joven que, desde ya, era notoriamente bella y atractiva. Entonces, no podía evitar llevarme las uñas de los dedos de mi mano derecha a la boca. Y mordisquear delicada pero empecinadamente la piel alrededor de ellas. Y observar el suelo; y estar alerta a no tropezarme y quedar presentado irremediablemente como un estúpido, como un fracasado. Mi andar era elegante. Por fuera, lo admito orgulloso, me veía estupendamente vestido y galante... Por dentro, algo en mi interior ya comenzaba a temblar y vibrar de un modo realmente incómodo. La vi entonces, y ella me vio. No hubo respuestas certeras por medio de las miradas, al menos no de inmediato. Ella me ofreció una porción de su mirar, yo le devolví una fracción de mi parte. Pero una proporción casi automática, inofensiva y casi sincrónica. Casi de azar puro. Pero quise creer que ella descubrió eso, que lo advirtió y que lo aprovechó sin rodeos. Entonces nos vimos, y sabíamos que en menos de un minuto estaríamos parados uno frente al otro, saludándonos mutuamente. Con un beso en la mejilla, o sin él; verdaderamente aún no me encontraba en la posición psíquica-interna adecuada como para certificarlo sin titubear. Su mirada era perfecta. Y su rostro el más hermoso que había visto en mi vida. No había dudas sobre eso. Yo iba por la calle de enfrente, considero que es momento de aclararlo. Es 89


una calle muy transitada, la avenida 7 de la ciudad de La Plata. No es significativo ni sustancial esclarecer quizás a qué altura de dicha avenida nos hallábamos; es transitada, sí que lo es. Y no me refiero particularmente a autos. Sino a los colectivos, la gente... muchas personas por las veredas, claro está. Entonces, además, había que ir esquivando los diversos obstáculos. No solo piedras y baldosas rotas que parecían interponerse en mi armonioso camino de modo adrede, sino también estaban allí estorbando los transeúntes. Señores, señoras, niños y niñas. Muchos. Docenas. Ella caminaba en sentido oblicuo a mi ubicación casi exacta. Debía cruzar la calle si quería llegar hasta mí. Debido a su considerable proximidad a la esquina, di a entender sin meditarlo un segundo, que ella sería quien cruzara la calle por esa senda peatonal ya tan gris y despintada. Se dispuso a hacer lo antedicho entonces, y yo quedé pasmado al instante. A los pocos segundos, en realidad. Ella nunca había quitado su mirada de mí. No la había apartado. Nunca me había permitido despojarme de sus ojos clavados de lleno en los míos; en mi advertimiento de su llegada tan solemne y dulcificante. Mitigada y serena. Mi paso y mi andar la esperaron a la vez, disminuyeron su velocidad, mecánicamente. Ella ya estaba cerca mío, ella se iba a acercar a mí. Pero no. Ciertamente no. El auto fue veloz. El semáforo estaba en verde, yo no lo vi, ella tampoco. O sí... o sí lo vi y acaso lo imaginé como una pura fascinación efímera y repentina de su acercamiento y aparición frente a mi camino. Quizás, tal vez, fue eso. Y no pude gritarle ni advertirle. Y aquél tipo tampoco, ese hombre fornido que casi cruzaba junto a ella, acompañando sus pasos lentos. El auto fue certero, no tenía por qué frenar con la luz en verde, al menos un segundo antes de que ella pisara con sus zapatos violáceos esa marca blanquecina de la senda que figuraba en el asfalto. El coche podría haber continuado su avance a más de sesenta y pico kilómetros por hora, seguramente. Y así lo hizo. No la vio. Y así quedó ella sobre el suelo, transformada. No me acerqué demasiado a verla. La situación se tornó aglomerada y multitudinaria al instante. El hombre que cruzaba junto a ella se aproximó a socorrerla. No había chances, de seguro no las había. Transformada. Violento y vertiginoso había sido todo. El del auto bajó, se agarró la cabeza con sus manos; fue lo último que alcancé a percibir de la escena en cuestión. Transformada. Mantuve mi andar entonces, entre la gente que ahora corría para acercarse a la calle. Yo no, yo las bordeaba y continuaba con mi marcha en sentido derecho y 90


estricto. Me quedé con su mirada y su belleza perfecta y sublime guardada en mi cabeza. Esa imagen, esa obra de arte, la de ella mirándome, toda su pureza; creo que incluso cerré los ojos por un momento para atesorarla bien. Nunca paré de caminar. Dejé de mordisquearme las uñas.

JUAN VELIS

Argentina

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VERSIÓN INÉDITA “Muy pronto la televisión, para ejercer su influencia soberana, recorrerá en todos los sentidos toda la maquinaria y todo el bullicio de las relaciones humanas” Martin Heidegger “La civilización democrática se salvará únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica, y no una invitación a la hipnosis” Umberto Eco

L

a transmisión se interrumpió a la 1:35 de la madrugada, momento exacto en el que un reconocido golfista se preparaba para golpear la bola en dirección al hoyo más próximo. La susurrante voz del relator describía cada movimiento y predecía hipotéticas jugadas que el deportista podría realizar. El hombre ya lo había decidido.

Levantó la vista, observó el terreno, midió la distancia y flexionó las piernas. Llevó ambos brazos hacia atrás y el palo cortó el aire con un zumbido. El primer detalle que tomó por sorpresa a Gerald fue la estática. Abrió los ojos sobresaltado y dio una media vuelta que lo obligó a aferrarse con todas sus fuerzas al soporte de la cama para no irse de bruces al suelo. Caer habría significado, como mínimo, otra fractura de cadera. No pasaría otra vez por eso. Le bastaba con la prótesis de titanio que le habían colocado en el lado derecho dos años atrás, a raíz de un torpe resbalón mientras salía de la ducha. Se afirmó y volvió a rotar su maltratada columna vertebral, apoyándose otra vez en terreno seguro. El único televisor que poseía, un viejo Philips color ceniza, permanecía siempre encendido en el comedor. Sin él, no sería capaz de soportar el silencio abrumador de su casa, demasiado grande para ser habitada por una sola persona. Gloria había fallecido hacía más de diez años, y sus hijos lo visitaban cuando recordaban su existencia (es decir, cuando necesitaban algún tipo de favor, que su padre jamás negaba). La estática se volvía cada vez más intensa. Se quitó las frazadas de encima y bajó los pies hasta apoyar los dedos en el gélido parquet. Luego, procedió a vaciar su vejiga en el orinal de plástico y calzarse las pantuflas. Parecía como si alguien, oculto en su propio comedor, se hubiera apoderado del control remoto y lo estuviera utilizando para atraerlo hacia allí. Cruzó la habitación con el ritmo

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parsimonioso que caracteriza a los ancianos, ayudado por su bastón cuadrípode. Al llegar a la puerta que dividía su dormitorio del pasillo se detuvo en seco: los ruidos habían cesado. Recorrió el tramo restante apoyándose sobre la pared, y al llegar a la sala se plantó frente al televisor. La imagen de un patrón cromático abarcaba la totalidad de la pantalla. Reservada a unos pocos técnicos profesionales, la carta de ajuste estaba en vías de extinción. Las emisiones continuas y el vertiginoso avance tecnológico de las cadenas televisivas se habían ocupado de ello. La misma porquería de siempre. No volvería a pegar un ojo en toda la noche. Golpeó el aparato con el puño y lo maldijo. Tomó el control remoto y apoyó su huesuda espalda sobre el respaldo del sillón de terciopelo. Primero utilizó los botones para cambiar de canal. Nada. Después, los del volumen. No hubo respuesta. En un arranque de ira presionó todos los botones a la vez, sin que nada ocurriese. Sacó un cigarrillo del bolsillo delantero de su pijama y lo encendió. Aspiró una profunda bocanada de humo, que soltó con un acceso de tos. Nunca había logrado abandonar el vicio. No podía decir lo mismo de la cerveza. Abrió el refrigerador y sacó un botellín de medio litro, que abrió con la ayuda de un destapador herrumbroso. En otros tiempos se habría valido de sus propios molares. Pulsó todos los botones por segunda vez y miró la pantalla con hastío. Sin previo aviso, la estática volvió a apoderarse del aparato. El hombre enfureció. Se puso de pie, arrancó la antena que sobresalía de la parte posterior y la lanzó contra el suelo. Uno de los delgados tubos metálicos rodó hasta perderse debajo del sofá, el otro acabó junto a sus pies. Bebió la mitad restante de su cerveza y encendió otro cigarrillo. Si la señal se restablecía, ya no tendría forma de saberlo. El reloj en la pared pasó a marcar la 01:53. Resignado, desconectó el televisor y regresó a su dormitorio. A la 01:58 volvió a encenderse, pero esta vez sin aquella estática. El Himno Nacional sonaba al máximo volumen. Un escalofrío recorrió el cuerpo del anciano, que pudo sentir como se erizaba cada centímetro de su esmirriada humanidad. Habría jurado que apenas 94


cinco minutos atrás había tirado del cable para desprenderlo del tomacorriente. Se destapó con nerviosismo y permaneció con la mirada fija en la lámpara del techo. Se desharía de aquel aparato en cuanto tuviera oportunidad. El Himno también podía oírse desde las casas vecinas, haciendo resonar toda pared que atravesaba. El audio se rebobinaba y entremezclaba con sonidos pertenecientes a otras grabaciones, transformándose así en algo ralentizado e incomprensible. Ya en el comedor, apartó una de las cortinas que daban hacia la calle para poder observar qué estaba ocurriendo fuera. Las luces de la casa de Henry, justo frente a la suya, estaban encendidas. La silueta de un hombre obeso asomó por el lado izquierdo de la ventana y desapareció por el derecho. Se cubrió los oídos y regresó junto al televisor, desconcertado. Un extraño emblema circular, perteneciente a algún tipo de organismo, cubría toda la pantalla. En su centro, una espada y una pluma se cruzaban superpuestas sobre un globo terráqueo, coronado a su vez por una gran balanza. La leyenda “Programa para la Preservación de la Dignidad Nacional” recorría todo su perímetro. Un código incomprensible figuraba debajo: 32-144-32 / KGJ - GH 393 – AQ18Z Y a continuación: PARA SER UTILIZADO SOLO EN CASO DE COMPLETA RENDICIÓN Gerald se sentó en el sofá, encendió un nuevo cigarrillo y lo sostuvo entre sus temblorosos labios. La imagen se fundió en negro y le dio paso al Pabellón, que flameaba imponente sobre un cielo celestísimo. Un texto de tosca tipografía recorrió la pantalla de abajo hacia arriba, al igual que los créditos de una película. “Lo que tanto temíamos, ha sucedido. A pesar de los vastos sacrificios de nuestras Fuerzas Armadas, hemos sido obligados a rendirnos ante el enemigo. Aunque puedan ocupar nuestras fronteras, nuestras calles y nuestros hogares... el enemigo jamás ocupará nuestro espíritu.

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Es por eso que todos, en este preciso instante, son llamados a actuar, para preservar clara y brillante la memoria de nuestra nación, sin tachaduras ni compromisos. Dejemos que nuestra resolución haga eco a través de la historia: incluso en la derrota, nos negamos a ceder. Incluso en la derrota, reclamamos victoria” La firma del presidente apareció sobre la esquina inferior derecha de la carta. Era una especie de cadena nacional, o al menos eso aparentaba. Presentía que algo malo estaba a punto de ocurrir. Con esto todavía en mente destapó otra cerveza, la cual bebió hasta dejarla por la mitad en tres grandes tragos. El Himno se detuvo, y la bandera continuó flameando en el más absoluto silencio. La estática no tardó en regresar, provocando que Gerald se sorprendiera y derramara parte de la cerveza sobre sus pantalones. Durante un buen rato aquello se mantuvo invariable, hasta que finalmente fue sustituido por el primer plano de unas rosas hamacadas por el viento, acompañado a su vez por un extraño himno litúrgico. El emblema se reposicionó sobre el lado derecho de la pantalla, más pequeño que la primera vez, acompañado de los siguientes mensajes: ACTÚE INMEDIATAMENTE Honre la patria tomando el último y más grande compromiso. Es un privilegio ser llamado a la acción. La grabación fue reemplazada por otra que, desde un helicóptero, mostraba una vista panorámica de toda la ciudad. Use el método más accesible para usted en este momento. Su valor inspirará a otros. EVITE EL PÁNICO. El acceso a un arma de fuego cargada es ideal. UNA A SUS VECINOS, A SU FAMILIA. Las fuerzas del orden público han recibido la orden de garantizar el acatamiento del mandato establecido.

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ESTE MENSAJE SE RETRANSMITIRÁ AUTOMÁTICAMENTE A lo lejos se oyó un gran estruendo que hizo sonar al unísono todas las alarmas de los automóviles que se encontraban cerca. Una enorme nube de polvo cubrió la pequeña rendija entre ambas cortinas, por medio de la cual se filtraba la escasa luz amarillenta de los focos de sodio. Dos patrulleros atravesaron la calle con las sirenas encendidas, iluminando por un instante las paredes del comedor en penumbra. Gerald permaneció apoyado sobre el marco inferior de la ventana, aguardando a que la gran masa de humo y escombro pulverizado se disipara. Se mareó, apartó la cabeza con vehemencia y vomitó junto a la puerta del recibidor. Tenía que pararlo de alguna manera. Luego de haber recuperado la suficiente compostura se dirigió a la pequeña despensa contigua a la cocina y tomó de allí el hacha que utilizaba para cortar leña, la cual descansaba sobre dos soportes metálicos. Regresó al comedor y apoyó su cuerpo contra uno de los brazos del sofá. Sería como cortar un tronco de buen tamaño. La imagen cambió por última vez. La cabeza de un maniquí rotaba sobre sí misma en el centro de una oscura habitación. De fondo, una serie de agudos pitidos seguían algún tipo de patrón cifrado. Levantó el hacha por encima de su cabeza y la incrustó en el aparato con todas sus fuerzas. Al instante, una lluvia de chispas cayó sobre la alfombra. Sin vacilar ni un solo instante volvió a tomar impulso y la hundió sobre la pantalla, que explotó lanzando cristales en todas direcciones. Los cables en su interior se fundieron con un chirrido eléctrico, y el televisor dejó de funcionar. Aun así, la transmisión todavía era capaz de oírse a través de otros televisores. El mensaje debía llegar a todos por igual. A raíz de eso había tenido todos aquellos problemas con el volumen. Sí, por supuesto que cuadraba. Cayó rendido sobre el sillón con el hacha todavía en la mano, cuando unos chillidos provenientes del exterior lo obligaron a ponerse otra vez de pie. No era capaz de distinguirlo con la suficiente nitidez, pero creía ver que Henry, el vecino de enfrente, le apuntaba a su esposa con un arma. La mujer abrió la puerta y corrió despavorida en dirección a la calle. Él salió tras ella y le disparó

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en la nuca, matándola al instante. Le dio otro tiro de gracia y levantó la vista, cruzando miradas con Gerald, que estaba torpemente escondido junto a una de las cortinas. El anciano se cubrió detrás de la pared, segundos antes de que cinco balas destrozaran el cristal, proyectando miles de esquirlas a través del comedor. Tomó el bastón y se alejó todo lo que sus piernas le permitieron. Henry atravesó el sendero de la entrada a toda velocidad y comenzó a golpear los listones del amplio ventanal con la culata de su pistola. —¡HIJO DE PUTA! —vociferó—. ¡TE VOY A MATAR! El anciano recogió el hacha y se atrincheró a un lado del refrigerador. Tarde o temprano aquel infeliz lograría entrar y lo dejaría como un colador. Henry retiró los últimos trozos de madera, levantó una de sus piernas con sorprendente agilidad y se impulsó hacia adentro. —¡SÉ QUE ESTÁS AHÍ! Apuntó y disparó tres veces contra el refrigerador. Del otro lado, Gerald se estremeció. Henry se acercó lo suficiente y Gerald, que lo observaba sin que este se diera cuenta, rogó no fallar. Abrió de golpe la pesada puerta del congelador, que impactó de lleno contra el rostro de su vecino, aplastándole la nariz. La sangre resbaló por su barbilla y tiñó de un desagradable marrón oscuro la camiseta que cubría su abultado abdomen. Gerald se plantó frente a él y levantó el hacha, pero el otro fue más rápido y logró propinarle una patada en el vientre que lo hizo aterrizar encima de la pequeña mesa de vidrio, desintegrándola por completo. Sin perder el tiempo, avanzó tambaleante y le apuntó con la pistola. El anciano, jugándose su última carta, alzó la cabeza y exclamó con una expresión de genuino terror en el rostro: —Hija, ¿¡qué estás haciendo aquí!? Henry se volteó furioso y Gerald aprovechó aquella brevísima distracción para recoger el botellín de cerveza que se había caído de la mesa. Al estirarse, un dolor punzante atravesó sus extremidades como un afilado cuchillo. Cuando el intruso giró la cabeza, el anciano se la arrojó en plena cara. Los trozos de vidrio le abrieron profundas heridas en la frente, que le bañaron el rostro de sangre. Al borde de la inconsciencia, Henry comenzó a maldecirlo entre balbuceos mientras 98


se cubría con una de sus manos. Gerald se arrastró sobre los trozos de vidrio para alcanzar el hacha, que había volado junto con él. La cadera le palpitaba. Estiró los brazos con todas sus fuerzas y la sujetó por la parte inferior. Henry se aproximó una vez más y el anciano blandió el hacha hacia adelante, incrustándola por completo en el esternón de su vecino. El hombre contempló lo que quedaba de su pecho, incrédulo. La tomó por el mango e intentó sacarla, pero no lo consiguió. Veinticinco centímetros de hierro macizo se habían abierto camino a través de su pecho, dividiéndolo por la mitad. Dio dos pasos hacia atrás, tropezó con una de las patas de lo que anteriormente había sido una mesa y cayó sentado contra la pared. Sus ojos, ya exánimes, parecían observar con resignación el nuevo aditamento corporal. Una nueva explosión tiñó el cielo de naranja. Los pitidos aún se podían escuchar por encima de los gritos y las alarmas de los vehículos. Gerald permaneció jadeando en el suelo durante algunos minutos. Los fragmentos de vidrio le habían abierto profundas heridas a lo largo de todo el cuerpo, y estaba seguro de que tenía una pierna fracturada. Si lograba salir de esta, no volvería a caminar. Giró el torso con espantoso dolor hasta quedar boca abajo. Valiéndose de sus últimas fuerzas, tomó el bastón y comenzó a arrastrarse en dirección al teléfono de la cocina. Un hilillo de sangre brotaba de su cuero cabelludo y le cubría la mitad del rostro. Entre quejidos de dolor, logró apañárselas para sentarse frente al aparato. Utilizó el bastón para sacar el auricular del soporte, dejándolo que colgara de su propio cable y, con ayuda de una de las patas, pulsó uno por uno los botones de plástico. Un helicóptero sobrevolaba los alrededores. —Vamo , vamo , vamo … Marcó el último dígito y se apresuró a colocar el auricular sobre su oído. Una débil sonrisa se dibujó en su rostro. Alguien habló del otro lado de la línea, pero el anciano se le adelantó. —¡Á atha! Por el amor de D o , ¿e tá b…? Dejó de hablar por un momento y escuchó. Sus ojos se anegaron en lágrimas. La voz inerte de una contestadora repetía una y otra vez el mensaje de la

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cadena. LAS FUERZAS DEL ORDEN PÚBLICO HAN RECIBIDO LA ORDEN DE GARANTIZAR EL ACATAMIENTO DEL MANDATO ESTABLECIDO. UNA A SUS VECINOS, A SU FAMILIA. A SU DIOS. ESTE MENSAJE SE RETRANSMITIRÁ AUTOMÁTICAMENTE. ESTE MENSAJE SE RETRANSMITIRÁ AUTOMÁTICAMENTE. ESTE MENSAJE SE RETRANSMITIRÁ AUTOMÁTICAMENTE. Fuera, un convoy militar se detenía delante de la casa. Varios objetos tubulares, lanzados a través del destrozado ventanal, cayeron rodando sobre el suelo del comedor y comenzaron a llenarlo de gas lacrimógeno. Seis soldados se preparaban para entrar. El anciano apoyó la cabeza contra la pared, y soltó el teléfono.

ANDRÉS APIKIAN

Uruguay

Página WEB: https://antologiaderelatos-com.webnode.com.uy/

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A

ún no puedo creer que, con el tiempo, la lectura de tus labios, adornados con lustre intimidad y puestos sobre una bandeja de oro hecha de tu miserable orgullo, hubieran llegado a mí. Fue una forma de demostrarme que la unión de dos cuerpos es tan

inevitable como las consecuencias que trae después de separarlos. Siempre fue la comprensión, distinta entre los dos, la que separó tu tierra venerada de mis moribundos deseos animales. ¿Fueron los cantos externos del destino o tus mismas necesidades las que llevaron a mi puente las entradas de aquellos muslos de ladrillo nacarado? Dibujaba mis preguntas sobre el techo calcinado, mientras tú, con tus dedos delgados y pequeños, que parecían tener un electrodo para soldar, escribías palabras amargas sobre mi pecho, palabras que solo tu razón podía entender. Sin embargo, no me importaba lo que hicieras con mi pecho. Si lo quisiste quemar o humillar me dio igual, porque en aquel momento mi viril orgullo dominaba a tu inquietante ego, a tu esencia que alguna vez estuvo encerrada en el cuarto más escondido del convento Santo Domingo. Después de lo que habíamos hecho, hasta el más temible ateo encontraba nada más que repugnancia, diciendo que habría que quemar las sábanas, censurar el cuarto y traer al cura, puesto que no solo nuestro fuego quedó ahí, sino también nuestras almas endemoniadas disfrutando del placer pasado y regocijándose de los fluidos futuros; destruyendo el escondite del amor y atormentando a los que confunden el sexo con amor. Los caminos asfaltados y pedregosos, el sol caliente y llamativo, el metal andante a través de los cielos y el camino desprendido de los astros hacia Las Palmas. Allí entre las datileras y las dunas calentamos nuestros cuerpos, y entre la isla y el aloha, regamos nuestra vergüenza sobre las puertas de la catedral. Esparcimos nuestra intimidad por el estrecho corredor, y cuando estuvimos en la cama, manchamos las sábanas con nuestros deseos y sudor. Agasajados, de una manera tan santa, abofeteábamos los clichés de tu conciencia. Callábamos a los que se burlaban, allá afuera, de nosotros, un par de jóvenes nerviosos buscando un lugar para excitarnos. Frente a ti, morenaza, trataba de enterrar el más inmundo vicio que tengo como ser humano: la avaricia por tener más y más cuerpos y devorarlos sin pudor, como si fuera el último que pudiera tener. Y tú, ¿qué intentabas mientras tomabas con tus manos mis cabellos y los halabas? Fuimos y 102


somos bestias pululantes tratando de calmar aquel apetito voraz de carne y de placer. Somos bestias por olvidar aquellas lágrimas de inocencia regadas sacramente por la calle

lo corredore de la “catedral”. Al f n

al cabo, morena a, omo

más carne que espíritu. Te miraba y te miraba a través del viento, a través de los gemidos. Trataba de descubrir tus emociones después de haber tirado la ropa hacia el mar esmeralda encantado por tus orgasmos. Te veía impenetrable, cubierta por esa dura coraza de piel digna. ¿Qué pensabas mientras te acariciaba? Te diré lo que en ese momento pensé: angustia, mi moral acobijaba la vergüenza y la negligencia de mis acciones. Pensaba en la flor destrozada y casi violada de aquella mujer que nunca tuve, y que aquel bastardo la acostó sobre las piedras y deshojó su vientre, quedando solamente los sépalos de su dignidad. Nunca la tuve, siempre la quise; tal vez de colección para mi memoria o para observarla en un pedestal. Nada más que el borde de tu sexo sintió cómo mi alma se partía. Estabas tú, acostada sobre tu voluntad, arropada solamente hasta las caderas con sábanas de moral, de mi moral. La esperma blanca regada sobre la cal de las paredes. La llama tardía de odios y mentiras, hacía caer los enormes pétalos de puerilidad perdida. El plástico, lleno de ilusiones vacías, se encontraba pegado sobre tu nalga izquierda. Así celebramos el encuentro de una súplica del pasado y de una angustia futura. Mi imaginación se desbordaba en aquel hoyo de tu ombligo, y más allá de aquel barranco eterno, mis ojos y mi lengua se perdían entre lo estrecho del desfiladero. Agitada, cubierta ahora por tu orgullo pálido que se resaltaba sobre tu piel morena, paraste de mirarme. Te levantaste sutilmente de la cama y caminaste hacia esa ducha de cristal, que parecía una caja sacada de un museo en donde se guarda siempre lo más hermoso y lo más preciado, con el fin de que los visitantes vean y sufran una leve pero inquietante depresión de no poder tener aquello tan maravilloso, induciéndolos a pensar en robarlo; inclusive, hasta hacerlo. Pero yo sí puedo entrar contigo a esa ducha y robarte y extasiarme del poco y hermoso orgullo que aún tienes, e incrementar mi ego del mejor ladrón, del mejor postor, del mejor hombre. ¡Y así fue!, así fue como descubrí que el agua excita y que los besos se contagian de minerales ocasionando mitigación en la sed de nuestro sexo. Esbocé y pinté un cuadro tan ajeno al que vivíamos, pues yo estaba sentado en la cama con un pincel y un lienzo hecho de nuestras carnes. Fotogramas hechos a 103


base de pudor y sangre, de oleos y agua. Acaricié tus senos, tu vientre, tus piernas; tus labios que fueron hechizos y hechizados, tus ojos, tus orejas; tu cabello y de nuevo tu vientre. Todo estaba humedecido por el constante chorro de agua que bajaba por tu espalda, como un peligroso río con innumerables torbellinos. Éramos pasión y lujuria, encuentro y envidia, agua y sangre, hasta incluso podría pensar que fuimos desafiantes con la ciencia del equilibrio, pues mezclamos nuestro aceite con el agua y nos dio una sola fase de orgasmos y lascivia. Tan tímidos quedamos frente a nuestra intimidad que es difícil creer que después de cerrar la llave de la ducha, nos hubiéramos avergonzado de nuestra desnudez, y nos hubiéramos tapado con esas toallas baratas de motel. ¿Acaso esto está mal? ¿Traicionamos nuestros ideales de una sociedad mejor, menos pérdida, menos animal, menos egoísta? Salimos de la ducha arrepentidos de tener una moral, de tener una admiración por algo superior. Nos acostamos en la cama y con un tono de reclamo recelo, me d j te: “¿Y tu moral dónde quedo?”. Te respondí con uper or dad p cardía: “Se fue con el a ua dentro del fón”. Continuaba dibujando mis preguntas sobre el techo calcinado, y tú seguías, con tu pequeño electrodo, trazando letras incomprensibles sobre mi pecho. Paulatinamente iba sintiendo cómo la cama, aparentemente suave, se iba tornando como piedra áspera. Empezaba a sentir calor y repudio de ti y de mí mismo. Las sábanas que tapaban nuestra desnudez parecían hojas de selva; miles de hormigas caminando por mi cuerpo mordiendo cada poro de mi devastada piel. El olor del sexo se iba estancando en cada una de las esquinas de la habitación, volviéndose repugnante e impío. Volvía la moral, volvía mi moral. Tu orgullo, tan desnudo como tú, había muerto ahogado entre la ducha. Ya no eras nada, ni santa ni mujer; ni mucho menos alguien a quien quisiera ver de nuevo. Me levanté agobiado de la cama, y con un ligero ardor en el pecho, me miré al espejo. Mientras mis ojos se acostumbraban otra vez a mi figura, tu razón de niña obligada resonó en cada recoveco de m

nf n ta

enferm a cabe a: “De pué

con e u te lo que quería ”. Un dolor a udo

de mucho t empo

uperlat vo de moronó m pecho

mis ganas de sexo. Mi moral que, devuelta al trono, reinaba en mis sentimientos, me permitió ver en el espejo unas letras a carne viva; pululando sangre y cebo, pus y desgracia. Je te hais. Unas palabras que entendería después, mucho tiempo después, pues quedó como un tatuaje, un símbolo de lo que soy: un cerdo 104


soberano deplorable y desgraciado a quien no le importan las emociones ni el orgullo de la otra persona. Aun así, mis deseos y voluntad son tan grandes que no me importa lo que soy.

JUAN SEBASTIÁN FERNÁNDEZ RAMÍREZ

Colombia

Página WEB: https://meditaismovanguardia.blogspot.com/ Twitter: https://twitter.com/JuanJuanfer9530

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C

onocí a mi esposa cuando estaba por graduarme de preparatoria. Choqué con ella al salir del hospital. Un compañero (del que ahora no recuerdo su nombre), me había golpeado con un bate en la cabeza. Sin querer le abollé la defensa de su auto, y como un

neandertal no me dio tiempo de dialogar con él. Por algunos días le guarde rencor. No fue hasta que Eva aceptó andar conmigo cuando me di cuenta de que gracias a él la conocí. Ella llevaba unas copias. Perdida en sus pensamientos, siempre inventando su próximo cuento o novela. Por mi parte, caminaba junto a mi padre hacia el estacionamiento. Tenía punzadas y me sobaba por encima del vendaje, maldiciendo mi suerte. Entonces sucedió. Me disculpé con torpeza. Sentí su mirada de furia por un segundo, hasta que echó un vistazo a mi nuca vendada y mi brazo enyesado. Suavizó su actitud. Me agaché para ayudarle a recoger las hojas. Nuestros dedos se tocaron. Levanté la cara. Tenía los ojos grises y las cejas pobladas. Su cabello era una maraña quebradiza de color café, que intentaba disimular en una desganada cola de caballo. Tenía las manos pequeñas y las uñas cortas. Me sonrió. No tuve el valor de preguntarle su nombre, mucho menos su número de teléfono. Estuve frustrado durante todas las vacaciones, puesto que no podía sacarla de mi mente. Pero, prueba de que el destino existe y de que todos tenemos nuestros momentos dichosos y de miseria, me la volví a encontrar. Nada más y nada menos que sentada frente a mí en la universidad. Habíamos escogido la misma carrera, filosofía y letras. Nos hicimos amigos, después novios. Estuve a su lado cuando publicó su primera novela. Fue en la presentación de su libro cuando vi por primera vez aquella lámpara. Era extraña. Hubiese sido como cualquier lámpara. Con un plástico alrededor del foco para evitar que algún incauto se quemara. Solo que estaba al revés. Intenté enderezarla y me di cuenta de que estaba pegada. Me distraje por una fracción de segundos, y cuando volví la vista, la lámpara no estaba. Decidí ignorar mi visión por lo irrelevante que era en aquel momento. En su lugar me concentré en Eva. A diferencia de mí, ella tenía un gran talento para la escritura. Me volví su lector, su fanático, su corrector y después su esposo. Nos casamos después de que cumplí veinticuatro. Nuestra boda fue 107


temática. Alicia en el país de las maravillas. Los muñecos del pastel eran una versión nuestra a escala, vestidos de Alicia y el Sombrerero Loco, respectivamente. Mis primas hicieron de damas de honor, con un vestido carmín, detalles en negro, y cada una portaba una letra de la baraja inglesa. Fue después del brindis, cuando estábamos por partir el pastel cuando apareció de nuevo. Esta vez ella estaba conmigo. —¿La viste? —¿A quién? —preguntó, alzando la mirada, creyendo que me refería a una persona. La lámpara volvió a desaparecer. Me pareció muy extraño, incluso pregunté a uno de los meseros por aquel extraño objeto, pero nadie pareció advertir su fugaz existencia. No volví a saber de la lámpara hasta mucho tiempo después. Eva y yo compramos una casa en un fraccionamiento recién construido. Los regalos de la boda fueron suficientes para amueblar nuestro hogar. Antes de dormir y después de intimar teníamos nuestro momento especial. Ella me leía lo que había escrito durante el día. Yo la escuchaba y comentaba qué me había parecido, aunque a veces terminaba por quedarme dormido antes de que concluyera su lectura. Me besaba en la frente, y se acomodaba a mi lado. Yo creí que no podía ser más feliz. Pero me equivoqué. Cuando nació mi hijo me sentí Superman. Lo llamé León, por mi autor favorito, Tolstoi. Lo bañé y lo cambié. Estuve en vela cuando enfermó. Y muy molesto cuando decidió recortar mi ejemplar de la Guerra y la Paz. Cuando cumplió cinco años le regalé su primer balón de fútbol. Nunca me gustó el deporte, pero al jugar con mi hijo descubrí el placer de patear un balón. Salvo la muerte de mi padre un año después de mi boda, el tiempo que pasé con mi esposa fui el hombre más dichoso del mundo. Todo cambió después de mi cumpleaños número treinta. Eva me organizó una fiesta en la casa. Cuando todos los invitados se fueron me percaté de algo peculiar. Una lámpara. La misma que había visto tiempo antes. Le volví a preguntar a mi esposa, temiendo que me dijese que no la veía, pero para mi sorpresa ella dijo que esa lámpara tenía mucho tiempo ahí. —¿No se te hace extraño? —Estás cansado. Vamos a la cama, hay que aprovechar que León se ha 108


quedado dormido. Esa noche, por primera vez en mi vida hice el amor sin ganas. Mi esposa estaba decepcionada también, por lo que fingió el orgasmo, para que le dejara dormir. Me di cuenta, pero le seguí la corriente. No podía pensar en otra cosa más que en esa maldita lámpara. Los siguientes días me la pasé sentado frente a ella. La golpeé con un martillo, la intenté cortar con un serrucho, pero era como si la estuviera atacando con burbujas de jabón. Mi esposa se molestaba cada día más. Incapaz de ver la rareza que yo veía. Se marchó a casa de su madre en el sexto día. Se llevó a León. Yo estaba hecho un asco. Había olvidado bañarme y tenía múltiples herramientas desperdigadas en suelo de la sala. Intenté quemarla con un cautín pero tampoco funcionó. Entonces cogí con furia de nuevo el martillo, pero pisé sin querer un desarmador y terminé en el suelo. El martillo cayó y me golpeó con violencia en la cabeza. El mundo se oscureció. Cuando abrí los ojos, ahí estaba de nuevo, la lámpara invertida. Descubrí por las paredes blancas y las sábanas de la cama que me encontraba en la sala de un hospital. Tomé la lámpara y la arrojé hacia la pared. Escuché el sonido del vidrio de aquel foco inamovible quebrándose en mil pedazos. Una enfermera entró a preguntarme si estaba bien. Le dije que me dolía un poco la cabeza. —Es natural, después de haber recibido tremendo batazo. —No, e o no fue lo que pa ó, me he re balado con el de torn llador …. No seguí porque mi padre entró en la habitación. Se veía muy joven. —Papá —llamé para asegurarme que no era un fantasma. —¿Cómo te sientes? —se acercó. Sentándose a mi lado, y acariciando con las yemas de los dedos mi cabello. —Bien, ¿dónde está Eva? —¿Quién? Me retiré la cánula nasal. Acaricié la espalda de papá sin mirarlo a los ojos. Digiriendo toda la información. Troné mis dedos, uno por uno y me puse en pie. Caminé hasta la puerta y me apoyé en el marco. Eché un vistazo hacia atrás, tanto la enfermera como mi padre se veían desconcertados. Yo respiré profundamente antes de echarme a correr. Salí del hospital a toda prisa. Hurgué en mi memoria un 109


poco, hasta que di con el lugar donde me había topado con ella por primera vez. Mi padre salió e intentó hacerme entrar nuevamente, yo solo moví la cabeza en un gesto negativo mientras observaba. Veía a todas y cada una de las personas que pasaban por allí. —Necesitas entrar. —Estoy bien, espero a alguien. Permanecí estoico por casi dos días, pese a los reclamos y la preocupación de mi padre. La busqué en el apartamento en que vivía de soltera, pero estaba abandonado. Fui a todos y cada uno de los lugares que frecuentábamos de novios. No aparecía. Decidido a no rendirme me intenté matricular en la facultad de filosofía y letras. La escuela no tenía filial en mi ciudad. A veces, cuando me voy a dormir intento recordarla. Eva. La he dibujado, miles de veces, pero temo que mis bosquejos no se parezcan a la original. Y mientras más pasa el tiempo, más olvido los detalles. Por eso escribo esto. El psiquiatra me tiene prohibido contar mi historia. Pero cada que puedo la platico a quien quiera escucharla. Esperando, quizá ingenuo, conocer a alguien que haya pasado por algo parecido, o mejor aún, que lo leas tú, mi amor, Eva.

J.R.SPINOZA

México

Facebook: https://www.facebook.com/escritorspinoza/

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M

Para Edith Carril

ontero se subió a su viejo automóvil, uno de los pocos que todavía circulaban, y se dirigió hacia la dirección que le habían asignado, maldiciendo todo el camino, sin desayunar ni tomar siquiera un café y apestando a sudor. Tenía que apurarse si no

quería que se perdieran evidencias trascendentales. No podía darse el lujo de que los otros llegaran primero. Luego de un buen rato de manejar esquivando vehículos incendiados y cráteres en el pavimento, llegó a su destino: una fábrica abandonada en los suburbios. La lluvia había convertido el acceso en un lodazal apestoso, contaminado por la radiactividad y el combustible incendiario quemado que impregnaba todo. Sin perder tiempo, se bajó del auto, plantó sus maltratados borceguíes en el barro e ingresó al edificio. La gran nave central había sido arrasada por las bombas y no quedaba nada intacto a la vista. Vio una puerta abatida que se abría hacia lo que parecía la entrada a un sótano y se dirigió hacia allí. Ayudado por una linterna, bajó una veintena de escalones y desembocó en un recinto amplio, abarrotado de material de guerra disperso por doquier. En medio de todo el caos, encontró una cama sobre la que se encontraba lo que estaba buscando. Observó el cuerpo desfigurado de la chica y se preguntó qué clase de animal era capaz de semejante depravación. Es cierto, Mirna había sido acusada de trabajar para el enemigo y de haber entregado a varios de sus compañeros, pero ningún ser humano se merecía semejante castigo. Una muerte ignominiosa y pública es sin duda menos horrible para un condenado que una muerte ignominiosa y privada luego de una prolongada sesión de tortura. Incluso para una traidora. La muchacha yacía boca arriba, desnuda, con los cuatro miembros en cruz atados con alambre trenzado; su cuerpo estaba surcado por cicatrices sangrantes y había sido violada salvajemente. Era demasiado. Se acercó y examinó las ligaduras de alambre, manchándose las manos con sangre, pero sin tocar el cuerpo de la muerta. Le revisó la boca con una lapicera y encontró un considerable bollo de papel incrustado contra el paladar, que

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evidentemente había contribuido al sufrimiento de la víctima. O quizás era para que atenuase sus gritos de dolor. Extrajo el bollo con cuidado y lo depositó en una mesa. Lo abrió y lo alisó: eran varias páginas de un libro de magia negra, escrito en español antiguo. Revisó minuciosamente el sótano convertido en cámara de tortura hasta dar con el dichoso libro. Hizo correr las páginas y encontró el lugar del que habían sido arrancadas. Leyó varios fragmentos y se dijo que era un libro obtuso, un texto sin sentido. Pero para una mente desvariada podría justificar la tortura y muerte de la muchacha. Avisó al Comando Central para que vinieran a retirar el cadáver. Encendió un cigarrillo y se dispuso a esperar. Miró el rostro de Mirna contorsionado en una mueca de terror, se imaginó su infinito dolor y maldijo esa estúpida guerra en la que estaban todos metidos y que los había dividido en bandos irreconciliables. Y en medio de ese horror, había un sicópata suelto sumando su cuota de bestialidad. Cuando llegó el personal de relevo, les hizo un breve informe, les entregó el extraño libro junto con las páginas arrancadas, salió presuroso del sótano y se subió a su automóvil. Ingresó a la autopista semiderruida y se dirigió a su guarida, en lo hondo de la Muralla. Esa noche, en la relativa seguridad de su refugio, lloró amargamente, como solamente un combatiente que ha visto lo peor de la maldad humana puede hacerlo. No le avergonzaba llorar, siempre había tenido opiniones claras y definitivas sobre la necesidad y el significado de las lágrimas. Estaba convencido de su poder liberador y sanador. Maldijo al sádico vengador justiciero, maldijo de nuevo a esa estúpida guerra y maldijo al enemigo por enésima vez. Muerto de cansancio, Montero se durmió profundamente.

MARCELO MEDONE

Argentina - Uruguay

Instagram: Marcelo Medone Facebook: Marcelo Medone

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E

l objeto yace inerte sobre la mesa. Puede permanecer así por horas, días o meses. En el tablero están sus hermanos, parecen crucificados en el mismo, quizás en redención de sus pecados. Él permanece sobre la mesa por ser el más versátil, el preferido de su

dueño. Puede moldear, remachar, golpear o hacer de palanca. Se mantiene en forma, no como su hermana Maceta, que es de cuerpo más grueso y cabeza grande. Pese a ser mujer, no es de fiar, pues cuando se enoja, golpea y golpea, rompe piedras o cabezas. Fueron creados y clonados, hay miles de ellos, los hay de distintas razas, pero casi todos hablan el mismo idioma. No tienen la facultad de desplazarse por sí solos, no lo necesitan, llegado el momento cuando el hombre los esgrime, son la extensión de su brazo, son garras entre sus manos. Visto allí tendido, sin moverse, sin respirar siquiera, sus creadores creen que no sienten ni piensan. Se olvidan de sus orígenes antes de ser herramienta, de que son aleación de minerales y vegetales. Sí, cabeza y mango, cabeza y cuerpo sin piernas ni brazos, que cuando son esgrimidos cobran vida, se desplazan, vuelan, golpean, arman o desarman. Él, a quien su amo llama Martillo de Bola, tiene el mango lustroso y la cabeza brillante, por su uso y cuidado. En cambio, su hermana o su hermano Uña están sucios, herrumbrados, con sus cabos flojos y deshilachados. Corre la misma suerte su primo Marrón, ese sí que se usa poco, es pesado, algo flojo, por eso el que lo usa se cansa y lo deja pronto. Esa especie es bastante asesina, al menos le han llegado rumores de las muertes que causan en los frigoríficos en complicidad con los cuchillos. Una vez le contaron de una discusión entre un alumno y su profesor de filosofía. El profesor se paseaba ante la clase diciendo y señalando: —Ven este escritorio, el pizarrón, los objetos que nos rodean. Los podemos palpar, sentir su textura, definir de qué material están hechos. Esto es lo que nos indican los sentidos. Sin embargo, la filosofía va más allá, las cosas u objetos no existen hasta que se logre demostrarlo. Uno de sus alumnos seguía atentamente la disertación, mientras pensaba para sus adentros: “ a f lo ofía e una c enc a de loco , qué ana de compl car e la v da”. 115


El profesor, mientras tanto, preguntaba a la clase qué pensaban de lo que acababa de decir. Varios levantaron la mano y expresaron su parecer, el alumno solo lo miraba con una sonrisa entre irónica y divertida. Él no podía saber lo que discurría por su mente, ni que ocultaba detrás de esta. Tenía la refutación a lo que decía. No levantó la mano, esperó a que la curiosidad hiciera lo suyo. La espera dio sus frutos, el educador le preguntó: —¿Me podría decir lo que piensa al respecto y el motivo de su sonrisa? —Pienso que los filósofos se complican mucho, puedo demostrarle en forma práctica que un objeto existe. —Explíquese por favor —dijo el profesor algo atónito. —Es muy simple. Usted pone la mano sobre la mesa, así la palpa, nota que existe y le doy un martillazo en un dedo, así le demuestro que además de la mesa existe el martillo. El profesor confundido o contrariado, hizo acallar la risa generalizada de la clase y luego trató de convencer en vano a su alumno, diciéndole que tanto la mesa como el martillo, eran denominaciones que les había adjudicado el hombre para identificarlos, pero que ello no demostraba su existencia. Que esos objetos eran cosas inertes y que solo tenían sentido para el hombre. Dicho lo cual terminó la alocución. Cuán equivocado estaba. Si supiera que pese a ser objetos aparentemente inertes, también tenemos sentimientos, sentimos dolor, vemos lo que hacemos ¿Cuál es la razón sino, de que le erremos al clavo y le peguemos a la mesa, a un dedo o una mano? ¿Acaso creen que nos gusta que nos hagan el submarino cuando se nos afloja el cabo? ¿Qué no sentimos dolor cuando se nos quiebra y nos abandonan sin más? No le erramos el golpe al clavo, le avisamos que le vamos a golpear y este trata de esquivar el golpe. Al dedo o la mano no le avisamos, es para que nuestro amo sienta en carne propia lo doloroso que es un golpe. Es música para nuestro oído escuchar los insultos e improperios que lanzan hacia nuestras madres. Me llaman Martillo de Bola, oficio, hojalatero.

JULIO ALBERTO VILLARREAL GAVIRONDO

Uruguay

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C

uando llegué a casa me dijo: —Tenemos que hablar. Esas palabras sonaron como un flechazo directo al corazón que de inmediato se paralizó. Lo miré y estaba sentado cabizbajo con el mate y el termo apoyados sobre la mesa, sabía que era algo serio

nunca lo había visto así, el mate era un indicador siempre lo tomaba para tranquilizarse. Me senté a su lado, le pedí un mate para romper el hielo y me quedé ahí esperando que hablara. El silencio se rompía solamente con el ruido de la bombilla que se hacía cada vez más perturbador. —Bueno —dijo—. Mis manos transpiraban, comenzaba a sospechar para dónde se dirigía esto. —Te voy a pedir que me dejes hablar sin interrupciones. Dije que sí asintiendo con la cabeza, no sé por qué pero permanecí callada. Inmediatamente comenzaron a salir de su boca cataratas de palabras que no hacían más que engalanar su persona. —Quiero que sepas que siempre puse todo sobre la mesa —dijo— si no lo viste fue porque no quisiste. Sí, no me mires con cara de asombro, así fue. ¿Recuerdas cuando te dije: un día de estos tomo mis cosas y me marcho? Sonreíste, pensaste que no tendría ni el valor ni las agallas de hacerlo, pero te equivocaste. Siempre te hablé de frente. Ahora estás ahí mirándome como a un desconocido, de repente me he convertido en un extraño. Yo tampoco entiendo cómo pasó, no entiendo en qué momento dejamos de escucharnos, no entiendo en qué momento dejamos de conectarnos. Me marcho tranquilo sabiendo que te brindé lo mejor de mí. A propósito, antes de partir te voy a proponer que tires esa mesa porque en esta historia nunca ha servido para nada, pues si no vamos a ver lo que hay sobre ella para qué tenerla ¿No te parece? Y así, sin más, tomó el mate, corrió la mesa y se fue cerrando la puerta sin mirar hacia atrás. Me dejó sentada con el gusto amargo, pero no del mate sino por no poder retrucarle ni una sola palabra, no porque tuviera razón sino porque me tomó por sorpresa y las palabras me quedaron atragantadas. De improviso me paré, abrí la ventana que daba a la calle, e inspirada por un brote psicótico, arrojé la mesa. En mi imaginación esa mesa era él, esa mesa era 118


nuestra historia. Sintiéndome aliviada me volví a sentar y juré nunca más darle la oportunidad a nadie de reprocharme algo que supuestamente siempre estuvo sobre la mesa. Si realmente me conociera sabría cómo odiaba esa mesa, si me conociera estoy segura de que nunca la utilizaría como ejemplo de nada. Si supiera que en más de una ocasión lloré sobre ella solo para disminuir mis ganas de ponerle un punto final a esta historia que por fin llegó a su desenlace. Después de un rato volví a la ventana envuelta en cólera y grité con todas mis fuerzas. Sobre la mesa se ponen cosas tangibles, sobre la mesa pongo mi vaso, pongo mis libros, pongo mis manos, no palabras en sentido figurado, absurdas, incompletas y sucias palabras. La gente me miraba con asombro, asombro de ver a una loca sin ningún tipo de control en la ventana gritándole a una mesa palabras vacías de significado. Pobres almas carentes totalmente de comprensión —grité— dejándome envolver por la locura que me permitía experimentar el placer de ver una vida botada por la ventana.

GABRIELA MOTTA

Uruguay

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T

odo comenzó cuando él llegó a nuestro hogar. Pequeño, gris y peludo animal que, con su mirada tierna, convenció a mis padres para quedarse. A mí no me gustaba la idea, pero al ver la alegría de mi pequeña hermana lo acepté. Siempre lo tenía en su regazo

acariciándolo y él, devolviéndole el afecto, ronroneaba tiernamente. Nunca me gustó ese sonido. —Es un mansito —decía ella— un animal muy callado. —Se llama Sariel —me dijo una mañana cuando estaba saliendo a trabajar. —Bonito nombre —respondí casi sin darle importancia. Sariel no se despegaba de ella. Siempre estaba dispuesto jugando entre sus piernas. Era la única compañía que tenía. Mis padres, al igual que yo, estábamos todo el día trabajando. Yo me había alejado de ella. Mi adicción (casi extinta) por el alcohol generaba su rechazo. Él, aunque me cueste aceptarlo, suplía esa ausencia. Muchas veces eso me incomodaba. Cuando llegaba del trabajo, muy tarde, lo encontraba en la puerta de su cuarto. Estático, mirando su cama, ronroneando lentamente y haciendo un movimiento circular con su cola. Cuando ella se iba a estudiar, lo esperaba en la entrada de la casa casi sin moverse. Eran dependientes el uno del otro, casi el mismo ser. Todo cambió para mí cuando aquella madrugada llegué ebrio a mi casa. Él estaba ahí, esperándome, en la entrada del cuarto de mi hermana. Me miraba directamente a los ojos, soltando el sonido que detestaba. No hice nada más que espantarlo para que se marchara de mi camino. Él no se inmutó y solo gruñó un poco más fuerte. —Chúcaro de miércoles —susurré. Y casi olvidando el extraño incidente me metí a dormir. A la mañana siguiente, con resaca, lo busqué. Lo levanté y pude sentir lo pesado que era. Mi hermana sorprendida por mi accionar me dijo: —¡Déjalo, no le gusta que le toquen así! Entonces en un descuido me lanzó un manotazo, rayándome la cara. Con el dolor de tan sorpresivo acto, lo arrojé lejos y mi hermana fue a su encuentro preocupada. Tuve que marcharme a mi trabajo. No había marca alguna, pero el ardor no cesaba. Ese día fue uno de los peores que pude tener. Sentí tanta rabia que cuando llegué esa noche me puse a buscarlo para vengarme. Pero no pude hacer nada al verlo durmiendo entre los brazos de mi hermana. Lo miré con cólera y él, sintiendo mi presencia, se levantó y también me miró, quizás con el mismo 121


afecto. Sabía que lo estaba buscando para cobrar venganza. Esa madrugada sentí ese sonido detestable de Sariel en mi cuarto. Me levanté y vi que estaba en una esquina, la más oscura. Tenía los ojos brillantes. Mi ardor en el rostro volvió. Me levanté colérico para botarlo. Pero cuando me acerqué, él había desaparecido. Extrañado por eso fui a la cocina, casi sonámbulo, por un vaso con agua. En el camino vi que la silueta de Sariel estaba en el cuarto de mi hermana. Más grande que de costumbre. Estaba encima de ella, ahorcándola con su cola gris y peluda. Grité tan fuerte, pero nadie me hizo caso. No pude moverme. Él ajustaba lentamente su cuello. Ella se retorcía agonizando sin poder hacer nada. Seguía gritando desesperadamente hasta que me desperté sudoroso y con escalofríos. Miré su silueta desvanecerse en la puerta de mi cuarto. Corrí al auxilio de mi hermana y la vi durmiendo plácidamente con aquel animal que no dejaba de ronronear. Estas situaciones me hacían cambiar de ánimo. Muchas veces solo bastaba un ronroneo de Sariel cerca de mí o tener ese tipo de pesadillas para tener un pésimo día. Había bajado en el rendimiento de mi trabajo al punto que casi me despiden. Recaí en el uso desmesurado de las drogas, esas que en el tiempo de mi juventud casi me convierten en un demente pordiosero. Mi familia se fisuró más de lo evidente. A veces mi papá ya no venía a dormir, mi mamá enfermó y la casa entró en un estado de descomposición. Todo por ese maldito ronroneo. Ya estaba harto. Tenía que deshacerme de él. Esa noche lo encontré en su sitio habitual. Esperé que todos durmieran. Él estaba ronroneándome cada vez más fuerte, se escuchaba hasta mi cuarto. Alteraba mis sentidos. Entré sigiloso al cuarto de mi hermana donde estaba él, lo cogí bruscamente y, batallando para que no se me escapara, lo metí en un costal. Se movía toscamente tratándome de mascar o aruñar. Busqué un sitio alejado donde mi hermana no escuchara sus aullidos desenfrenados. En mi salida tomé un cuchillo de la cocina y me dirigí hacia el botadero que estaba a unas cuadras de mi casa. Sus quejas eran más fuertes, provocándome angustia y temor. Encontré un lugar apartado dentro de esos montículos de basura y tierra. Lo apuñalé infinitas veces. Sentí sus quejidos agónicos y desgarradores. Extrañamente me satisfacía. Ya sin muestras de vida lo arrojé al basural. ¡Para que nunca más me jodas! le

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dije. Esa noche pude volver a dormir tranquilo. Me desperté temprano, y con lo poco que había, hice el desayuno. Todos se alegraron, menos mi pequeña hermana, que no dejaba de buscar a Sariel por toda la casa. —Ya volverá —le traté de consolar— Debe estar por ahí haciendo las cosas que suelen hacer siempre. —Ojalá. Él nunca se separa de mi —dijo solloza. El remordimiento que sentía se iba perdiendo en el transcurso del día. Productivo y exitoso. Nada mal para un primer día sin ese detestable animal malagüero. Mi madre nos mostraba complacidamente una sonrisa fugaz, muestra de una mejoría de su salud. Mi padre no fue a trabajar para poder arreglar algunas cosas en la casa. Pensé que sería bueno comprarle una mascota a mi hermana para que olvidase pronto a Sariel. Los niños olvidan rápidamente. Yo no recuerdo haber tenido una mascota en mi infancia. Salí temprano del trabajo para darle la noticia y así paliar mi culpabilidad. Cuando llegué encontré a Sariel en la puerta de mi cuarto mirándome fijamente, ronroneando fuerte y seguido. —¡Volvió! —Gritó alegre mi hermana— tenías razón hermano, él siempre volverá a mí. El animal no dejaba de mirarme. Corrí a mi cuarto para buscar algunas pastillas de esas que momentáneamente te hacen olvidar este tipo de sucesos. Esa noche no pude dormir. El temor de que se apareciera encima de mí me mantenía alerta. Sabía que tomaría venganza. Carente de ideas para librarme de él, decidí contarles a mis padres. Me dirigí a su cuarto y aún no habían vuelto de la calle. Eran altas horas de la noche. Preocupado fui en busca de mi hermana — ¡Hermana! —Grité— ¡Hermana! —Nadie me respondía. El ardor en mi cara empezó a incrementarse, se intensificaba al punto de no poder abrir mi ojo izquierdo. El ronroneo de Sariel crecía más. Fui en busca de ella para salir de la casa. Entré a su cuarto y pude ver que estaba durmiendo. Intenté despertarla. No me respondía. Me acerqué lentamente para no levantar alguna sospecha en el animal que no dejaba de emitir ese sonido. La toqué y estaba fría, llena de basura, con los ojos blancos botando sangre por la boca. Tenía una marca fuerte en el cuello y varias perforaciones en su débil cuerpo. Desesperado, al borde de la 123


locura, busqué al maldito animal en toda la habitación. —¡Sal maldita bestia!, ¡muéstrate! —Grité al vacío del cuarto. A cambio, solo tenía como respuesta el lento ronroneo que me desesperaba más. Me desquité con los objetos que había a mi alrededor. Los arrojé al piso y a las paredes, entre llantos desconsolados, maldiciendo al animal. Entre tanto desorden me percaté que era observado por una gigantesca y estática sombra desde una esquina del cuarto. Lo miré fijamente, lleno de rabia. Era él, oculto en la oscuridad, formando una silueta deforme y descomunal. Supe que era él porque de ahí provenía el sonido. —Ven aquí demonio. ¡Ven aquí! —Él abriendo sus ojos amarillos saltó sobre mí. Desperté en una cama esposado. Estaba mareado por el sedante que me habían suministrado. La enfermera que se encontraba a mi costado me preguntó: ¿Se encuentra mejor? —¿Dónde está mi hermana? —Pregunté alterado— ¡Mi hermana! ¿Dónde está? Ella sorprendida y apenada me respondió: “Descanse, por favor” volviéndome a inyectar alguna sustancia. Han pasado días, meses o años. No lo sé. Siempre estoy sedado y atado en esta cama. Dicen que soy muy violento con los otros pacientes. Me consideran el causante del asesinato de mi hermana. A ella la encontraron ahorcada y apuñalada en el basural que está cerca de mi casa. Encontraron junto a ella el cuchillo que contenía mis huellas. Sé que no fui yo. La culpa me invade por momentos. No debí aceptar que ese animal entrara a mi hogar. Ahora, es la tercera vez que lo veo (en su nueva forma) durante mis horas de cuerdo. Al cerrar mis ojos está ahí, en la puerta de esta habitación. Silencioso, casi imperceptible con su mirada profunda, resplandeciente, lanzando paulatinamente gruñidos. Ronroneos ásperos. Vino por mí o, tal vez, siempre estuvo aquí, oculto en las esquinas más oscuras de mi cerebro. Cada vez se acerca más. Tengo miedo. Justo ahora lo tengo, a pesar de estar en este lugar supuestamente seguro.

MAX HUAMAN PÉREZ

Perú

Blog: https://anaquelesfrentealacalle.blogspot.com/

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o miró con resentimiento, el viejo tenía demasiadas arrugas en su rostro. Muchas de ellas las vio formarse con el paso de los años. Por lo poco que había leído en páginas de revistas y libros mohosos, tirados en el revoltijo de su cuartucho, se suponían que tenían un

significado.

Los ancianos las llevaban con orgullo pues formaban parte de un pasado

vivido. Surcos longevos mediante los cuales contaban las experiencias adquiridas. Aquellas que les daban mucha sabiduría. Ella no podía llamarlo ni siquiera anciano, era un viejo mediocre y malvado. Gran parte de su vida había dedicado a tratar de disimularlas mediante cremas y maquillajes que costaban fortunas. El dinero lo ganaba fácil, no importaba invertirlo en cosas inútiles. Jimena con veinte años se preparó para el momento que había esperado durante mucho tiempo. Las maldades que había pasado junto a él, le daban permiso. Cada movimiento del viejo Juárez, estaba estudiado de manera cuidadosa. Esperó que sus compañeras, las que quedaban, se durmieran. Abrió muy despacio la puerta de su habitación y buscó la copia de la llave que abría la del veterano. Entró descalza, decidida, como si la angustia reprimida se desatara en una tormenta de furia. Lo vio dormido, roncando, emanando la resaca del whisky que vaso a vaso tomaba para agasajar a la clientela todas las noches. Embebió un trapo con el formol que él mismo usaba con frecuencia con ellas y lo apretó sobre las narices del ruin. Sacó el cuchillo que Juárez atesoraba en su mesa de noche. Con los ojos desorbitados comenzó a cortar la cara del sádico, mientras enumeraba en su mente sucesos pasados. Primer corte de arrugas, ¡por Karina la más joven de todas! Segundo corte de arrugas, ¡por todas las que vivieron y murieron en el lugar siendo sus víctimas! El viejo comenzó a dar manotazos y la joven gritó con vehemencia: —¡Formol, mucho formol! Llorando de indignación, lo adormeció un poco más y lo ató con la misma soga con la que se había ahorcado Belén el mes anterior. Gritó por última vez: —¡Por la inocencia que me robaste a los diez años al secuestrarme y obligarme a trabajar de prostituta! 126


Las jovencitas que dormían, al escucharla, corrieron a mirar lo que pasaba. Vieron al viejo ensangrentado que trataba de volver en sí y a Karina arrodillada junto a la cama. Se abrazaron y lloraron ellas también. Pamela de ocho años, Luna de diez y Soledad de catorce. Karina reaccionó, las vio indefensas y temblorosas como cuando ella había pisado por primera vez el lugar. Improvisó en instantes una jugada que no tenía pensada. Se levantó rápidamente, fue hacia ellas y las besó en las mejillas. Luego se acercó nuevamente a Juárez y casi sin aliento susurró: —¡Por las arrugas de nuestras almas, formadas por tantas violaciones y sufrimiento! Al mismo tiempo que le cortaba la yugular con el filo de la cuchilla.

NÉLIDA MAGDALENA GONZÁLEZ

Argentina

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oncebido por un genial autor, que falleció apenas a los treintaiún años, el bárbaro halló por fin la manera de ingresar en el mundo real. Podría decirse que fue el poder de sus lectores lo que lo trajo al

planeta. Ahora estaba aquí y se dedicaba a luchar en todo tipo de batallas para brindarles paz a los ciudadanos. Conan apareció por primera vez en las calles limeñas cuando un par de delincuentes intentaban asaltar a una muchacha para robarle todo lo que tenía y, de paso, violarla. El guerrero se deslizó como una pantera y partió en dos con su espada a ambos rufianes. Desde entonces se ha convertido en una suerte de guardián del Perú. Aparece por todos lados combatiendo a los criminales, dándoles muerte y, de este modo, salvando a las personas de bien. La policía lo considera un peligro, por ello tomaron cartas en el asunto, han intentado atraparlo, pero siempre se desvanece, como si estuviera hecho de bruma. La gente se muestra entusiasmada, dicen que es una especie de entidad fabulosa, entre humano y animal, o humano vestido de animal, que ha logrado mantener el orden y la seguridad en el país, al menos en parte, porque es sabido que el hampa nunca se detiene. La prensa y los políticos trataron de explicar el fenómeno mediante todo tipo de expertos, en ciencia y en artes ocultas. Sacerdotes y filósofos han reflexionado acerca del tema sin llegar a ningún acuerdo. No obstante, una pitonisa dio luces acerca del asunto. Ella señaló que el error de todos era explicar la maravilla a partir de la realidad y eso era imposible, porque la vida, a veces, podía parecernos ilusión. Por ende, el bárbaro también asemeja una ilusión, igual que su vida, la cual se convertía en realidad para él, porque a partir de su ilusoria existencia, vivía. Estaba vivo, lo consumía la pasión, amaba y mataba, con ello quedaba alegre. No pararía su quehacer, continuaría segando la vida de quienes consideraba sus adversarios: el sector más podrido de la sociedad. Era perentorio, entonces, aprender a convivir con este personaje de fábula, y, por supuesto, a portarse bien, para no caer bajo su gruesa espada. Aunque a veces siento miedo, porque si la ilusión se ha tornado realidad, no tardarán en surgir en nuestro mundo otras criaturas de la imaginación, y algunas no 129


serán justas ni nobles. No importa; mientras Conan se encuentre con nosotros, los buenos estaremos seguros.

CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR

Perú

Blog: http://fanzineelhorla.blogspot.pe Facebook: Carlos Enrique Saldívar

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n aquellos días trabajaba en una pequeña fábrica de ropa de cuero. Como era la única que había estudiado diseño de indumentaria, me encargaron diseñar y confeccionar prendas como pantalones, chalecos, camperas; todo en cuero. Mi jefa, una petisa mal hecha

con cara de sapo y ojos de roedor, bien grasa, me encargó un día aquel evento que casi termina con mi vida: tenía que preparar y organizar un amplio stand en un centro de exposiciones donde se presentarían las prendas de la próxima temporada. La cosa es que anduve seis meses corriendo como loca de acá para allá organizando todo, contratando nuevos cortadores, viendo proveedores, comparando precios, buscando modelos famélicas para lucir las prendas, calculando gastos y ganancias. A veces tenía dudas sobre algunas cosas, pero la enana tenía un carácter tan despótico que era preferible hacer algo mal, a decirle que no habías entendido. Yo, prácticamente, no tenía vida social ni personal; vivía para este evento. Cuando estaba en casa, seguía enchufada llamando y recibiendo llamadas de todo el mundo; mi marido me hablaba y yo no lo escuchaba, mi hijo me pedía que lo ayudara en las tarea e colare

o le decía “de pué , h jo, de pué ”, pero el “de pué ” nunca

llegaba. No tenía tiempo ni para comer. Por las noches, tampoco dormía. Tenía unas ojeras que me llegaban al suelo. La pigmea me alababa diciéndome que yo era genial, que tenía muy buen gusto. En el fondo, yo sabía que la enana me iba a cagar; esa mirada ladina, esa onr ta fal a… Pero como no quería perder m trabajo, e uí adelante; ha ta me martillé un dedo un día tratando de arreglar un stand. El día del evento me puse una maxi falda de cuero negra que, como estaba transparente de no comer (razones no me faltaban), me quedaba pintada. La exposición resultó un éxito; todos quedaron boquiabiertos con la ropa y la decoración del stand. Yo me quedé toda la noche parada a un costado; la enana liliputiense no me dejaba hablar con el público, mucho menos con los dueños y gerentes de la fábrica y de otras empresas. Ella recibía todas las felicitaciones por la organización, por la calidad y diseño de las prendas; se deshacía en risitas y coqueteos, y se llevaba los laureles, mis laureles. De seguro, ya lo tenía todo planeado de antemano. Hubo un momento en que no aguanté más, tomé mi tapado y mi cartera y 132


empecé a caminar hacia la salida; sentí su mirada en mi nuca, di media vuelta y volví, me acerqué a ella, que me había evitado durante toda la noche y, en frente de todo , le d je: “So una m erda”.

e d vuelta , d r éndome a todo lo pre ente ,

a re ué: “Sepan u tede que todo e to lo h ce o, ha ta lo clavo de lo e tante pu e”. o d je b en fuerte, a propósito, para que todos escucharan. Ella no dijo nada. Hizo como que no había oído y siguió con lo suyo. Una de las modelos se adelantó y me abrazó; las otras hicieron lo mismo. La gente que estaba en el stand comenzó a aplaudirme. Emocionada y con los ojos acuosos, sonreí. Por primera vez en la noche.

AMELIA BEATRIZ BARTOZZI

Argentina

Facebook: Amelia Beatriz Bartozzi

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uando ingresé, no vi a nadie. Olí los libros, trasuntaban muchísimos años y abarcaban todo el salón. Yacían en cajas, estantes, en el suelo, estaban por todas partes, tantos que mi vista no los podía visualizar a todos. Mientras trataba de encontrar un

espacio libre para moverme sentí un vozarrón que me preguntaba qué deseaba. Me costó encontrarlo, pero allí estaba, sentado tras un escritorio también atiborrado de libros. Era un viejecillo con larga barba blanca, gordo, muy gordo con una camisa a rayas anchas azules, tiradores blancos y un pantalón azul como las rayas de la camisa. Lo miré asombrada y con timidez; le respondí que en realidad no quería comprar sino vender libros de ufología. Se interesó por el tema y, con una voz que parecía no salir de él, comenzó a contarme historias de avistamiento de ovnis y encuentros del tercer tipo. Sus relatos eran tan reales que sentía el zumbido de los platos voladores en mis oídos y una sensación extraña en mi cuerpo, como si estuviera a punto de levitar. Cuando pensaba que iba a caer desvanecida, con rapidez, le planteé otro de afío, le con ulté

tenía “Al c a en el paí de la marav lla ”.

No sé en qué momento ni cómo empecé a rodar por un túnel oscuro que parecía no tener final hasta que caí en un prado donde me recibió un conejo, sí, el conejo de Alicia. No terminaba de recuperarme de la sorpresa cuando detrás de mí apareció la Reina de Corazones quien me increpó altanera. Me asusté y no me animé a responderle, pero empecé a estornudar mucho. Siempre me sucede cuando me pongo nerviosa y cuando pude ver con los ojos aun lagrimeando, me encontré arrojada entre un montón de libros. Miré alrededor y pude observar al librero con el libro de Drácula entre sus manos. De ninguna manera quería vivir esa experiencia por lo que saludé apresurada y partí. Hice una cuadra y me di cuenta que había dejado olvidados en la librería los libros de Ovnis que había llevado para vender. Regresé inmediatamente a buscarlos, pero no pude encontrar el local comercial. Caminé toda la cuadra, me detuve en cada puerta, repetí la misma rutina por 135


la vereda opuesta pero el resultado fue infructuoso. No podía ser una alucinación pues era real que llevaba mi bolso de libros y ya no los tenía en mis manos. Por otra parte, aún tenía la sensación de encandilamiento que me había provocado el encuentro con el extraterrestre y, en mi pantalón, conservaba pegado el pasto del prado del país de Alicia. Consulté a los vecinos por la librería y por el librero. ¿Quién podría ignorar un personaje tan estrambótico? Pero la respuesta fue siempre la misma: nadie tenía conocimiento del local ni del hombre. No me animaba a contar mi experiencia pues temía que se rieran de mí. Volví a mi casa con una sensación de extrañeza y cuando abrí mi bolso para buscar la llave, cayó del mismo una tarjeta escrita en letra gótica dorada. La levanté pues no recordaba haberla tenido antes entre mis manos y cuando leí su contenido un sudor frío bañó mi cuerpo y caí desvanecida. Desperté en mi cama y un vecino me dijo que me encontraron tirada en la vereda de mi casa, avisaron a mi madre y con la asistencia de un servicio de ambulancias me ingresaron a mi domicilio y me medicaron. Aparentemente había sido una lipotimia por un golpe de calor. Dirigí mi mirada hacia mi mesa de luz y allí refulgía la extraña tarjeta. Volví a leerla y me desmayé de nuevo. Cuando regresé al estado de conciencia, mi madre me preguntó qué significaba el Cementerio de los libros olvidados. No quise volver a mirar la misteriosa tarjeta ni intenté relatar la experiencia vivida, pero noté que no recordaba ningún título ni autor de los libros que había leído.

CLARA GONOROWSKY

Argentina

Blog: http://poesiadesdeelsentimiento.blogspot.com

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reíamos que estaba loca, desquiciada luego de los años de estudios, que había perdido todo anclaje con la realidad y que, cuanto le quedaba, era su delirio. —La Diosa ha tomado mi cuerpo —dijo un día, hace varios años,

en medio de una Jornada de Debate en la Academia. Esa frase no pertenecía a la ponencia que presentaba en ese momento. No, no lo era, lo comprobé varias veces con la copia que tenía en mis manos al igual que el resto de los presentes. Miró a cada uno de los asistentes a su conferencia sin continuar leyendo, comenzado a constituirse en leyenda. Me pareció que sus ojos brillaban un poco más, y no porque me miraran solamente a mí o porque las luces dieran de lleno contra su rostro. Allí había algo más, algo diferente. Me enamoré, en ese mismo instante, de aquella diminuta figura pálida, esmirriada y apenas lo suficientemente alta para sobresalir detrás del estrado. Para no mencionar esos lentes ridículamente grandes, que ocultaban la mayor parte de su rostro; lo cual, podría decir, era una suerte. Al mismo tiempo comencé a odiarla. —La Diosa —repitió a los pocos minutos quebrando el silencio que ella misma provocara—, ha tomado mi forma. Las risas y las burlas comenzaron como un rumor, similar al ruido del mar golpeando las rocas en la lejanía. La mayoría de los presentes éramos hombres que, a regañadientes, debimos aceptar a una mujer entre nosotros y solo bajo la presión del decanato de la Universidad. Y ahora allí estaba ella, hablando sobre una supuesta diosa en la que nuestro férreo y obligatorio ateísmo nos impedía creer. Alguien con una estentórea voz abucheó desde el fondo de la sala, no vi quién era, aunque podría identificarlo sin dificultad. Alguien acompañó el abucheo con un silbido. No podía despegar mis ojos de los suyos, amarillos, brillantes, preciosos, irreales, únicos, míos. — a… —intentó repetir por tercera vez desde el estrado, pero un libro, pesado, de tapas duras, con más de mil páginas, y arrojado cargado de odio, la golpeó en el rostro. En ese momento logré sustraerme de su encantamiento y hui del salón. Atravesaba la salida de emergencia en el instante en que ella, con el rostro 138


transfigurado por el odio y la cólera divina se ponía de pie. La blusa que llevaba estaba a punto de reventar, sus senos habían crecido tanto que podrían alimentar al mundo entero y eran, claramente, muchos más que dos. Sus caderas, sus piernas, su cuerpo entero, crecía para ocupar cada resquicio posible entre su ser y las gradas al fondo del salón. Sus ojos vesánicos, atravesados por la sangre que manaba de los cortes que sus lentes hicieran sobre su rostro al romperse, irradiaban venganza y desprecio hacia los hombres, hacia todo lo que tuviera un falo entre sus piernas. Hui como un desesperado del salón, del edificio, del claustro y del campus de la Universidad, oyendo los gritos de dolor, escuchando huesos quebrándose, cuerpos descoyuntándose, cristales rompiéndose y paredes desmoronándose. No dejé de huir, aunque no había montañas en las cercanías en las que pudiera ocultarme, ni sótanos, ni bibliotecas. Solo estaba el páramo, desde donde podía ver como el mar de leche se tragaba los restos de las construcciones una por una, sin dejar roca sobre roca. Ignoro si soy el único testigo, no es algo que me importe. Siento el llamado de la Diosa, Madre de todo y de todos, seno del mundo, centro de la creación, de la que emana todo amor y todo sentimiento, desde lo más profundo de mi ser. No, no desde mi entrepierna, desde algo aún más profundo. Sé que volveré, que regresaré, a ella. Sé que me ahogaré en su maternal calidez sin final, sin retorno, sin más que la inmortalidad del ser sin ser. Creíamos que estaba loca; ahora sé que los locos éramos nosotros. No continuaré este relato, ella me llama cada vez más intensamente. No quiero hacerla esperar por mucho más tiempo. Estos años de soledad en este páramo han sido terribles. Cuanto escribí en la arena, el viento lo ha borrado. Ella me llama, debo ir.

JOSÉ A. GARCÍA

Argentina

Página WEB: www.proyectoazucar.com.ar

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udendorff no podía creer que de eso se tratara todo. La última sala en la cima-fondo de la montaña-abismo estaba vacía. Las paredes circulares de piedra, tramo final de la última espiral del laberinto, terminaban en la nada. El arco formaba la sala circular. Encima, en

el cielo, las dos estrellas gigantes, una azul, la otra apenas verdosa, ocupaban el centro exacto del enorme complejo y parecían rotar siguiendo los bordes del círculo de piedra. Había recorrido los nueve planos del centro, deambulando por las habitaciones vacías de los nueve palacios, apagando sus furores bélicos en los rincones habitados tan solo por la humedad y por interminables ecos, y había superado el puente helado-de-fuego del borde. Se suponía que se hallaba más allá de todo, en un punto por encima del límite, el último escollo del universo, la postrera cima que se alzaba y se hundía en la frontera de la materia. Y había encontrado el laberinto negro, el inmaculado resto de la demencia en la que cayeron los grandes demiurgos. Sabía que detrás de su negro recorrido se hallaba el último de ellos que aún podía considerarse vivo. En darle término a su locura, Ludendorff veía la expiación de sus propios pecados, el alzamiento sobre el sinsentido de la materia y de la realidad, la liberación de las cadenas que retenían su espíritu. Pero una vez más se encontraba en la nada. Al final del gigantesco laberinto no había nada, salvo una especie de colina oscura y una roca deforme del aspecto del carbón. Consideró que eso que parecía una piedra negra en el centro de la sala bien pudo en otra época ser un trono, que era lo que desde el principio esperaba encontrar, y que el tiempo había sabido deformar hasta volverlo irreconocible; y confirmaba esta idea en el asomo de lo que pudieron ser unos ángulos rectos. Dónde estaba ese olvidado dios loco. Ese testigo de la extracción del cosmos de la nada, dueño de la única llave para la última puerta hacía las regiones más elevadas. Matándolo, liberaría al universo de esa inmunda verdad, de la corroboración de la intencionalidad de todo lo creado. Luego, la inmensidad podría de una vez por todas deambular sola. No sabía cuánto tiempo había demorado en llegar, pero sí que el tiempo no parecía relevante en ese lugar. Bien la eternidad pudo haber enloquecido a los dioses, bien pudo hacerlo con cualquiera. No había pensado en un camino de regreso. Hasta ahí lo conducían sus pasos, por lo que la única forma de volver a su transporte era andando afuera del 141


palacio y de la roca misma. Tomó asiento en la piedra negra. Recordó cuando había alzado la vista por sobre el borde deteriorado. Había visto el primer palacio creyéndolo el único, y lo había invadido con toda la furia que hervía en su sangre. Dentro de este monumento silencioso descubrió que había otras ocho capitales más adelante. Conoció el comienzo de la historia primitiva de la creación. Habían sido nueve los demiurgos, uno en cada palacio que era como un mundo en sí mismo. Pero este estaba vacío. Sus altas paredes blancas resplandecían con un remanente del brillo de otras eras. Así había seguido, traduciendo pinceladas tácitas, casi invisibles de cada rincón olvidado. Su viaje parecía haber durado una eternidad. En el cuarto palacio, entre sus ennegrecidas paredes de oro, descubrió el porqué de esa desolación. Había ocurrido una guerra entre los dioses y la mayoría habían muerto. En el sexto palacio descubrió que su dueño había abandonado el plano de la realidad, aceptando su fracaso, y que antes de enloquecer, o durante el proceso, utilizó su llave y ascendió. En el séptimo, entendió lo que había ocurrido. Dos demiurgos habían sobrevivido a la guerra. En el octavo palacio entendió que solo quedaba uno, que aún vivía en el noveno, una colosal roca negra que se elevaba sobre el abismo, amparado en las justificaciones que le podía brindar la locura. El espíritu le volvió al cuerpo con esta última revelación. Había llegado con muchas preguntas, ahora tal vez podría irse con alguna respuesta. Asaltó el palacio con los bríos necesarios para enfrentar al más antiguo de los ejércitos. Pero en su lugar solo fue encontrando salas vacías, inmensos salones plagados de polvo, gigantescas bóvedas donde no quedaba ni el aire glorioso que suele habitar en las ruinas que han visto de cerca la historia. Nada quedaba. Al final de la última sala, el laberinto negro, hecho para perder a cualquier hombre, o para encontrar al primero. Ahora, sentado en esa piedra derretida que pudo ser un trono, pensaba cómo podría recorrer todo el camino de regreso. Alzó la vista hacia el cielo. Era fácil perder la noción del tiempo en ese lugar, porque el firmamento estaba fijo. El preciso movimiento de todos los astros hacía que el cielo siempre fuera el mismo. Estaba plagado de las estrellas gigantes más viejas del universo, todos sistemas binarios, una azul, la otra verde; su resplandor creaba el efecto de que toda la circunferencia del horizonte pareciera carente de estrellas. 142


Cómo podría rehacer su camino sin esfuerzo físico. Ese pensamiento ocupaba su tiempo. Pensó que sería bueno poder volar, poder transportarse. Luego, pensó que en efecto podría volar, que si alzaba sus brazos como alas y lo deseaba con suficiente confianza era algo que podía ocurrir. En un instante estaría en el transporte, o ni lo necesitaría, podría ir hasta cualquier lugar al que deseara con solo pensarlo. De otra forma, también podría transformarse en otra persona, adquirir sus recuerdos como propios, y reproducir una vez más el mismo bucle de cobardía. Se desencantó durante un instante y por enésima vez pensó que ese lugar manifestaba todo el tiempo su propensión a la locura. A pesar de todo su misticismo de tiempo detenido, de eterno paisaje como congelado, a pesar de su hermosura primigenia, la bruma bajando lenta desde las alturas, empapada de una mezcla indecisa de azul y verde, como fluidos que se atraen, pero no se mezclan, a pesar de todo eso y de mucho más, la mente y la conciencia parecían no tener allí lugar. La fantasmal figura del inmenso palacio recortado contra el continuo flujo del borde le trajo a la memoria una profecía. Ludendorff tuvo al instante una revelación. Entendió el secreto del noveno palacio y de su misterioso ocupante, las razones del aparente abandono, los motivos de la guerra, del fracaso, de la retirada. Lo supo todo. En un fugaz instante en su trono derruido, las estrellas gigantes rotaron sobre su cabeza, el abismo pareció temblar, el borde detenerse. Recordó el tiempo en que había invadido los otros palacios, y aún antes, cuando gustaba de la sociedad. Ludendorff lo recordó todo. Pensó en lo inútil de sumergirse en los recuerdos del pasado remoto, tanto como para poder tratarse de recuerdos de otras personas, fragmentos que la imaginación rellenaba de la forma que más le convenía. Supo que en efecto ese lugar producía locura, pero que esta se había arraigado allí con la sangre que había regado la tierra, con los astros que habían muerto y esparcido sus cenizas a lo largo de su yerma planicie, y sobre todo con aquellos que fueron dejados por el camino. Ludendorff comprendió que el dios loco, era él.

ÁLVARO MORALES

Uruguay

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o vi una tarde en la tienda de libros usados de mi barrio. No tenía plata, la verdad, apenas si me alcanzaba en esos días para los apuntes y el viaje a la facultad. Por eso estuve dando vueltas simulando hojear libros para ojear al dueño, un viejo llamado Juan, de más de

sesenta, muy amable y tan lector que me dejó unas revistas durante toda mi estadía, exclusiva, por ser único cliente en ese momento. Sin embargo, mientras yo simulaba leer para encontrar el momento preciso en el cual dejar caer el libro que quería dentro de mi morral, sospechaba que Juan, a su vez, simulaba que leía observando cada acción dentro del local, no muy grande, por cierto. Había apoyado el morral sutilmente abierto sobre mis pies, pero me faltaba la certeza de que el libro sería mudo al caer mientras yo estuviese mirando al viejo, que estaba leyendo. La tendría si enfocase mi mirada para no pifiarle cuando dejase caer el libro dentro del morral, pero me lo impedía la conciencia de que cada vez que dejaba de mirar al viejo, él me miraba a mí, o lo que podía ver de mí, ya que la mesa de saldos encubría mi parte inferior. Había pasado un lapso de tiempo bárbaro y eso me estaba exasperando. Quería, al menos, que el viejo me dijera que no era una biblioteca para estar leyendo y me echara flit, así no tendría otra que resignarme y dejar el libro, irme y darle fin a la situación. Pero el viejo no decía nada; parecía que podíamos estar los dos fingiendo leer para pispiarnos a escondidas, levantando la vista exactamente cuando el otro la bajara, por la eternidad. Miré fijamente al viejo librero mientras dejaba caer lentamente el objeto deseado. Tosí para disimular. El viejo, nada. Lo levanté despacio, me acerqué preguntándole el precio de cualquier novela, y cuando me iba, pensando en una devolución que finalmente no ocurriría por el desarrollo que sufrieron los hechos, el viejo Juan, que me conocía desde que mis viejos llegaron al barrio, me gritó con paciencia: ¡Traelo en la semana Horacio! Después de la grotesca humillación de haber sido descubierto sin castigo, esa tarde trabajé en la changa de pintura que me ocupaba esa semana. Al bajar el sol ya pegaba la vuelta. Estaría solo, mis viejos habían viajado a Córdoba, por lo cual lo único que pensaba hacer era leer ese libro. No habría frivolidades, televisión, ni amigos que pudieran distraerme esa noche. Una vez en casa abrí el morral sin poder evitar sonreír como después de un 145


primer beso. Lo apoyé en el escritorio de madera y me dispuse a cenar sin dar muchas vueltas en la preparación. Cociné un churrasco y corté tomate y lechuga. El ansia por la lectura hizo que dejara los cubiertos para lavar en otro momento. Preparé café y me dirigí al pequeño sillón. Al abrirlo, disfrutaba por anticipado el hecho de consumir esa historia latente en hojas amarillentas, y su aroma único y narcotizante parecía ya surtir efecto. Imaginaba el café excitándome e incrementando esos instantes casi míticos en donde la narración me abrigaría contra un incómodo frío en una noche estrellada de verano. Comencé la lectura cobijado por la luz artificial de la lámpara y la suavidad de una pequeña manta en las piernas. Eran historias de selva y aventura, de vida y de muerte. Había pasado un indeterminado tiempo cuando, sin que yo al menos tomase nota quizás por haberme enfrascado en la lectura, la lluvia arreció en un temporal de viento silbador. Eso, ese día, no hizo más que aumentar mi apetito lector. Ni siquiera perdí la atención con la primera picadura, que me irritó los nervios de tal forma que sentí el alfilerazo desde el dedo de la mano hasta los pelos de la cabeza. Escuché que los perros aullaban y pensé en la lluvia, pero me abstraje de inmediato. Comencé a sentir calor y coloqué la manta en una silla cercana. El relato era atrapante y no hubo ninguna distracción hasta que se cortó la luz. Pero no me levanté. Del cajón del escritorio saqué una vela y la prendí junto al primer cigarrillo de la noche. Mientras retomaba la lectura vi una hormiga caminando entre las hojas, la corrí de un manotazo y en ese mismo instante mi vista me engañó y vi salir del lomo del libro un río negro que con rapidez se aferró a mi mano. El ardor inenarrable que sentí se replicó en mis pies, no entendía qué estaba sucediendo. Gritando de manera desgarradora por los pinchazos, sacudí mi mano sin mucho resultado y, desesperado, agarré la vela y alumbré mis pies. No los vi, estaba el río devorándome. Pensé en salir corriendo de la casa invadida por no sé qué extraña especie carnívora, pero me costaba caminar. Agarré la vela incómodamente con la mano atacada y, con la otra, tomé un desodorante en aerosol que afortunadamente tenía cerca, rociando urgente la llama de la vela. Quemé a lo que reconocí hormigas, las 146


cuales me habían picado tanto que, si también se quemaron mi mano y mis pies, no me percaté en absoluto. Y tampoco me importaba. Cuando vi la cantidad que había tuve que huir corriendo soportando las punzadas en la planta de mis pies descalzos. Salí afuera cómo pude y me sumergí tipo milanesa en la poca agua que tenía la Pelopincho bajo la lluvia torrencial, solo quería librarme de las marabuntas o lo que hubiese sido. El dolor era insoportable, pero lo que vi después me lo hizo olvidar por completo. Quizás cegado por las emociones inesperadas y la oscuridad de una noche con servicio eléctrico totalmente cortado, no entendí hasta después de un rato que no estaba en mi pileta, sino en la calle. La tormenta era tal que la calzada se hizo un río y con seguridad se inundaría mi casa. Pero no pensaba en volver a ella; al contrario, solo quería alejarme. Caminé mientras pude, la corriente aumentó su caudal con rapidez y empecé a nadar a la deriva. Desconocía el paisaje, el agua lo inundó todo a varios metros de altura; no veía las construcciones, las casas, los edificios. Estaba en shock, no podía razonar fríamente, y sumado a esto, la oscuridad me impedía observar con claridad, solo nadaba y trataba de no llevarme nada por delante hasta que, por efecto de la suerte, me encontré a medio metro de un ancho tronco flotante. Aunque por un momento sospeché que me perdería en la corriente, bastante ancha a mi parecer, me aferré y subí a él para poder descansar. La lluvia amainó. El clima era pesado y húmedo hasta los huesos. Dormité un tiempo incierto. Una vez despierto y habiendo ya amanecido, pude observar con paciencia el panorama. Animales que se hundían picoteados por cuervos, caracoles por centenas trepando altas ramas que bailaban al ritmo de la corriente. Persona, ninguna. Vi juncales a ambos lados y entonces, comprendí, no racional sino emocionalmente, que estaba en un río y que de mi ciudad no quedaba ni un rastro. Entre los esteros divisé un cobertizo de dos aguas como el techo de un rancho. No sabía bien qué era, pero lo reconocí construcción humana y decidí lanzarme hacia él; buscaba un lugar más seguro ante el pronto recomenzar de la tormenta. Al sumergirme en el río recordé el episodio de las hormigas por el ardor terrible en mi piel herida. Debido a él me era difícil pensar y mucho más nadar; sin 147


embargo, rápidamente entendí que era mi única opción si no quería flotar entre serpientes, el tronco se había alejado. Al pensar en ello tomé coraje y nadé con la mayor agilidad posible, enfrentando el oleaje del río que se asemejaba a un mar, al menos para un inexperimentado como yo. En el momento en que la distancia con el rancho era menor, la tormenta volvió con brío y el viento se volvió a sentir como un filo cortante en mi garganta. Mi respiración se dificultó gravemente y el sabor exacto de la sangre me invadió totalmente; así, y no de otra manera, supe que no era el viento, sino la chapa desprendida que me acababa de abrir salvajemente. Sin embargo, atontado, confuso, herido y terriblemente moribundo como estaba llegué igual al rancho, esquivando el inicio de un matorral de aguapés. Entré con los últimos ronquidos desesperantes de respiración, y al ver un cobertizo de paja, me acosté fatigado. No quería dormir por temor a que la muerte me sorprendiese, pero era inevitable. Pasaron horas sin que pueda razonar y no sé con certeza si alguna vez pude volver a hacerlo. Como si mi estado terminal hubiese exacerbado mis oídos, escuché cada sonido del río y algo se acercaba. Oí el emerger de su cuerpo y solo después de haberse deslizado por varios segundos sentí que había salido del agua por completo. No distinguí bien qué era, mi visión estaba totalmente borrosa. Cuando entró, supe que poseía inteligencia porque no se abalanzó sobre mí en ningún momento; es más, desconfiaba, me miraba, me observaba. En mi fatal situación no podía expresar ni una palabra, apenas, quizás, alucinar. Pasaron lo que creí varias horas cuando pude entrever que aquel ser se alargaba, como si lograse manipular la forma de su materia. Escuché que se deslizaba al borde del embalsado, y solo allí entendí, por el sonido inconfundible de las serpientes en el silencio de la noche, que mi guardiana era una de ellas y bastante grande. Siempre a punto de morir, más que por el corte recibido, a causa de la sed y el hambre que me habían debilitado hasta la inercia, siempre con la serpiente vigilándome en las cercanías, pasaron varios días en los cuales escuché sonidos de animales, pero mi conciencia estaba ya demasiado extraviada para poder asegurarlo. Lo último que oí fue a la gran serpiente beber con sed voraz agua del río, y 148


en esa paja abandonada, aislado del mundo, sin entender qué fue real y qué no, imaginé que mejoraba, que mi herida no era mortal, y me levantaba para observarla. Era más grande de lo que pensaba, estaba reseca, infectada y casi en descomposición. De repente, ella irrumpió en el pequeño rancho y, al fin, la reconocí. No pude, entonces, evitar sonreír, como después de pescado por el viejo Juan, como después de tener el libro deseado entre mis manos, al comprender y llegar a ser testigo de la respuesta al enigma que rodeaba mis débiles pensamientos, mis deseos sin esperanza en esos días de agonía: ella no evitó tomarme bestialmente como alimento por bondad y obra de dios, así como tampoco trató de dilatar mi suplicio por algún inexplicable goce vil de la naturaleza. Sino que, cada amanecer y cada puesta de sol, aguardó con la tenaz paciencia de la vida, mi muerte, para enrollarse en mis restos y poner allí sus huevos.

DANIEL SEBASTIÁN ZAFFERANO VELÁZQUEZ

Argentina

Instagram: @danzeta87 Blog: http://poesianuestra.wordpress.com

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EL NARRATORIO ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL NRO 49 MARZO 2020  

Antología de cuentos de autores hispanoamericanos

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