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EL NARRATORIO

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EL NARRATORIO ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL AÑO 3

NRO 24 - febrero 2018 ISSN 2591-3123 Edición y Diseño de tapa:

Renate Mörder Imágenes:

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Índice PENSARLO PABLO LABORDE 6 ELLAS BAILAN RAÚL ARIEL VICTORIANO 11 MIRADAS: uNA NOCHE MÓNICA CENA 16 MEMBRILLO CONSUELO HERNÁNDEZ LICER 22 RELATO DE LO ACONTECIDO EN MANTUA,JUNTO A UN VADO DEL RÍO MINCIO,EN LOS PRIMEROS DÍAS DE JULIO DE 452 DANIEL FRINI 27 ASÍ NO ERA EL ASUNTO OSWALDO CASTRO ALFARO 32 ENTRE DOS MUNDOS ADRIANA MÓNICA LAMELA 37 RECAPITULACIÓN GERÓNIMO TROLIO 43 DESATENCIONES ANA MILÁN 45 CUANDO CREZCAN DE NUEVO LAS FLORES CARLOS M. FEDERICI 48 REVELACIÓN DANIELA ROSTKIER 54 la mano redentora giancarlo andaluz queirolo 57 madre primeriza laura folch 62 LA CAJA DE COLORES PATRICIA RICHMOND 65 SERENATA DE AUTODESTRUCCIÓN LUIS BRAVO 69 susana hugo viglietti 75 lA QUIMERA DEL REGRESO jIMMY CASTRO MIRANDA 81 GOTAS DE INVIERNO LUIS FONTANA 85 ACOSADA YOLANDA SA 88 EL PARAISO (EL VIAJE DE UN DOLOR) ELBA vARGAS RAMOS 92 LAS ESCONDIDAS ADRIANA SALINARDI 95 DON MARCIAL Y EL ÁNGEL OSCAR FERRARA 97 PASOS SIN TIEMPO EDWARD ALEJANDRO VARGAS PERILLA 99 DIMES Y DIRETES MARÍA DEL CARMEN RAMACCIOTTI 101 EL BAILE RAMÓN MARTÍNEZ VENTURA 104 el reto metafísico del saber roger chico cabarcas 109 LA MUJER DE SAL CLARA GONOROWSKY 112 OJOS DE COLIBRÍ RICARDO BUGARÍN 115 eL CHACAL DE VILLA CRESPO CRISTIAN BERNACHEA 118 NOSOTROS Y EL ABISMO LUCAS AGUIRRE 122 DUELO MONSTRUOSO CARLOS ENRIQUE SALDIVAR 125 APRENDIZAJE ANA MARÍA CAILLET BOIS 128 SUEÑO DE ARENA ROLANDO DI LORENZO 130 EL COFRE DAMIAN GUSTAVO FURFURO 133 el teatro de los sueños césar chafio 138 MI QUERIDA MENTE ES UNA TRAMPA DE FUEGO SOFÍA LUDLOW CÁNDANO 140 BIG DATA JOSÉ LUIS DÍAZ MARCOS 145

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irás el bóxer y te metés en la ducha. El agua quema, pero no vas a abusar: bastante que te dejó pasar a bañarte. Y lo cierto es que no tenés la menor idea de quién es él. Ni siquiera sabés a qué se dedica. Pero sabías que lo ibas a encontrar en su departamento: siempre está allí, podés percibirlo. Su mujer, no. Bueno, a la noche, sí: la oís jadear justo arriba tuyo. Y esos jadeos extasiados te obligan moralmente a hacer el amor con Carmen. Por suerte, ella siempre duerme. Con todas las veces que te lo cruzaste en el edificio no pudiste terminar de construir su identidad. Por su solvencia en el trato, su distancia y su voz grave, sabés que es bastante más grande que vos. Andará por los cuarenta y pico. No podrías adivinarlo por su estado físico: ojalá lo tuvieras. La excusa que inventaste del termotanque apagado y tu perentorio compromiso de trabajo no estuvo mal, pero ahora vas a tener que sostenerla. Lo agarraste de sorpresa, y él podría haber aducido cualquier cosa para denegar tu pedido, sin embargo fue hospitalario. No podrías decir que cordial, pero te dejó entrar en su casa, a bañarte en su baño, ¿qué más vas a pedir? Como si fuera poco, todo está inmaculado: no ves ropa interior húmeda colgando de clavos como en un baño corriente, reina un orden casi antipático. ¿Será la impecabilidad mérito de su mujer? Puede ser. Aunque él parece muy pulcro. De hecho, te sorprendiste con ese living de madera oscura, trenes a escala y soldaditos en repisas; jamás imaginaste esa severidad de museo. Más que pulcro, marcial, dirías. ¿Cuánto va? ¿Cinco minutos? No querés que termine tu “aventura”: solo te separa de él una puerta sin llave. Y la adrenalina fluye. Una vez se encontraron en el ascensor acompañados de sus respectivas mujeres. Mientras ellas hablaban de ropa y blends de té, ustedes cruzaban miradas cómplices, como con cierta mofa secreta por la verborragia de ellas. Pero cuando vos —como un idiota— dejabas apoyados los ojos en los suyos unas centésimas de segundo más de lo razonable, él endurecía el ceño. Te considerás un idiota por haber hecho eso, pero es que vos también te estás probando: no sabés hasta dónde podés. O hasta dónde querés. En realidad, ni siquiera sabés bien qué querés. Sabés que te magnetiza. Eso sí. Con todo, nunca notaste que percibiera nada. Pero hoy te atreviste a irrumpir en su mundo privado. ¿Para qué? Para nada. Porque un tipo como él, si llegara a enterarse a qué obedece tu estúpida intromisión, mejor no pensar cómo reaccionaría. La vez que lo viste ponerle los puntos al portero supiste que con él no se juega. Sin embargo acá estás. Retando al destino, acercándote peligrosamente al precipicio. 7


Sí, irán cinco o siete minutos. Todavía deberías quedarte un poco más en la ducha, simular que te bañás. ¿Cuánto dura un baño normal? ¿Diez minutos? ¿Doce? El caso es que vos estabas perfectamente limpio, y eso te permite aprovechar el tiempo para pensarlo a él ahí, a dos metros. Te enloquece saber que podría abrir la puerta y engancharte tocándote. Ahora te das cuenta de que eso era lo que buscabas: te excita tocarte en la ducha de un extraño. En la ducha de él. Siempre evaluaste el manido latiguillo “salir de closet” como un tópico, una simplificación vulgar de los infra; pero hoy invade tu mente y la coloniza. Y lo que estás haciendo ahora es la prueba más clara de tu desesperación, de que ya no concebís tu vida sobre esos rieles rectos, brillosos y unidireccionales. Estás buscando descarrilar, acercarte al deseo. A dos metros del deseo. Y lógicamente, con todos los vagones que arrastrás, temés la catástrofe. Carmen no solo es buena, también es hermosa. Y la querés. Pero el mandato les está saliendo caro. Ser como hermanos con tu joven esposa no parece ser un dechado de plenitud. ¿Deberían a los veintipico resignarse a una vida monacal? Tenés que esperar un par de minutos, salir y estirar el tiempo en el living con él. Vas a estar mojado y en toalla y… ¡No! ¡Te olvidaste la toalla! ¿Te olvidaste? No, no estás seguro de haberte olvidado. Quizá no querías traerla. Ya no distinguís lo premeditado de lo inconsciente. ¿Qué vas a hacer ahora? No conforme con la locura de pedirle el baño, te viniste sin toalla. Es demasiado. Puede llegar a irritarse, y con justa razón. ¿Y si te saca a patadas? Más que el miedo a que te saque a patadas, lo que te asusta es que perciba lo otro. Entonces tendrías que mudarte, porque estás acostumbrado a reprimirte…, pero la vergüenza... eso sí que no lo tolerás. Sí, así de loco estás. ¿Qué clase de demente sino se hubiera metido en el baño de un vecino misterioso? Un vecino que claramente no tiene tus mismos intereses. Te olvidaste la toalla pero no tu propio jabón. Sin embargo, de la jabonera de porcelana agarrás ese cuerpo romo pulido en sus aristas. Lo querés porque lo usó él. Quizás lo usó también su mujer, pero evadís ese pensamiento. Ablandás el jabón bajo el agua caliente y te lo llevás atrás. Al enjabonarte, te lo metés un poco. Le asignás un rol activo a tu anfitrión, y te atrevés a pensar en los dos como furtivos traficantes de lo prohibido. Pero te asaltan imágenes de tu vida “perfecta”: te “oís” presentando a Carmen como “mi mujer” y sentís una angustiosa gracia. Esas dos palabras te quedan grandes. Ajenas. Siempre te sentiste ridículo pronunciándolas, pero harías cualquier cosa por mantener a la familia feliz. Si la familia es feliz, tu vida es cómoda. Bah, quizá ya no tanto. Pero es que no podés tirar todo por la baranda del barco. ¿Quién gana a tu edad 8


ese sueldo? Y la empresa familiar “solamente” pide que seas un hombre bien casado. Ya irás por los diez minutos, deberías ir terminando. Empezás a pensar que perdiste los estribos: todo el mundo tiene fantasías; justamente son eso: fantasías, cosas que no salen del universo de la imaginación. ¿En qué estabas pensando? Metés la cabeza debajo del chorro, ya no está tan caliente el agua. ¿Él la habrá bajado? Como sea, te cuesta aceptar que tenés que salir y enfrentar tu vida. Te deprime pensar en volver a tu departamento. En verdad, lo que te asfixia es una brutal soledad. Pero ya te pasaste. Sería un abuso seguir usándole el agua, el gas, la electricidad. Tenés que actuar como un buen vecino, decirle que lo vas a resarcir con un buen asado, o alguna de esas cosas que suelen decirse los hombres. Y eso te hace acordar a cuando lo espiaste en la parrilla del sum el otro verano. Te acordás como si fuera hoy: él estaba en cuero, con ese tremendo cuchillo atado al cinto, y las manos negras de manipular el carbón. Aquella fue la primera vez que te encerraste en el baño a “pensarlo”, y como era fin de semana, Carmen casi te pesca. Pero ahora estás acá. Tenés que abandonar este delirio. Y además tenés que ver cómo pedirle una toalla. Estirás la mano y abrís la puerta veinte centímetros. “Disculpame”, lo llamás tímidamente. Él se acerca. “Tendrás una toalla”, le decís, con una sonrisita tonta que implora clemencia. Te mira inmutable durante un segundo que dura un siglo. Evidentemente está colérico por tu impertinencia y tu estupidez. “Ahora te doy”, dice lacónico y se aleja. Volvés a cerrar la puerta. El corazón te pega patadas desde adentro del pecho. ¿Se habrá dado cuenta de tu ardid? El sutil vaho de su perfume se ha colado dentro del baño. Ahora notás que la mampara no es lo suficientemente esfumada como para ocultar el contorno de tu virilidad encendida. Incluso, puede haber registrado que la espuma en tu cuerpo provenía de su propio jabón. Te metiste en un juego peligroso, esta transgresión puede costarte un precio que no puedas pagar. Te volvés vulnerable y se te acrecienta el miedo. Quizá deberías ponerte tu ropa así mojado como estás y salir de allí. ¡Cómo le vas a pedir una toalla! No es un amigo. Solo es un vecino al que apenas conocés. Podría atacarte y justificarse aduciendo que invadiste su propiedad. Y ahora que lo pensás, en tu fugaz paso por su living también viste armas de fuego colgando de las paredes. Podría ser coleccionista. O quizás un cazador. Un tipo duro al que no le tiembla la mano. ¡Sos un idiota! Abre la puerta. No trae una toalla. No trae nada. Te mira fijo. Intentás decir algo que diluya la tensión. Pero no te da tiempo: entra en el baño, y cierra la puerta.

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PABLO LABORDE

Argentina

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ilo ha recibido el amor de su madre hasta que empezó a ir al colegio primario, luego ella se ha ido de su casa. A partir de ese momento sufre el peso inmenso de la soledad. Para llenar ese vacío enorme que lo ahueca por dentro busca alguna forma de cariño en las mujeres, y el camino que utiliza a su corta edad, no es ni más ni menos que soñar. Ahora va detrás de una de esas codiciadas ilusiones. Este chico de doce años ya ha vendido todos sus ramitos de violetas a las parejas que van a los bares del bajo, entre San Telmo y Retiro. Baja por las callecitas estrechas. Desde Plaza de Mayo va caminando lentamente hacia el río y se acoda en la balaustrada de la Costanera, más allá del Puerto. Le parece que ha tardado un siglo en llegar hasta aquí. Viene a ver bailar a las jóvenes sobre las aguas en esta noche de verano porque sabe lo que va a suceder. Está seguro, porque su amigo el loco Gabriel lo ha estado diciendo por los bodegones. Y el muchacho entiende esas señales. Si hay alguien que conoce las cosas mágicas de esta ciudad, es el loco. Las damas de Buenos Aires que ahora están durmiendo en sus alcobas, en esta medianoche estival, por un embrujo todavía inexplicable, sueltan sus almas, las dejan libres. Es un acto fantástico que se da en ciertas ocasiones. Sus espíritus se desprenden de los cuerpos, se elevan por las ventanas y vienen a reunirse acá, bajo este cielo despojado de la presencia de la luna, a danzar en el medio del río. Se las puede divisar desde la orilla, generalmente llegan vestidas de blanco a rescatar el tenue brillo de las estrellas, para que se refleje en sus polleras y logren este esplendor candoroso de vapor mortecino. Solo algunos las pueden ver: los trasnochados doloridos que guardan la astilla de alguna pena de amor clavada en lo hondo, o los que no pueden conciliar el sueño por alguna ausencia de cariño que los sume en la desesperación, o los que están atacados de soledad, perdidos en los confines de esos precipicios, buscando el vértigo, como ese chico flaco que es una sombra que espera la magia al borde del agua, acodado en el muro de la Costanera. Ellas mandan a sus almas aquí inconscientemente, para liberar los dolores del día, los llantos que no pudieron derramar, pero también los enamoramientos nuevos que festejan enloquecidas. Por eso en esta fiesta vuelcan todos sus sentimientos, ríen y lloran la tragedia y la risa de sus existencias cotidianas. Es una forma de conjurar sus dolores. Traen sus corazones rojos en las palmas de sus manos. Ríen y expanden sus cabelleras cuando 12


giran danzando. Es un espectáculo hermoso que deslumbra la inocencia de Tilo. El ritmo lo ponen las almas mulatas de las uruguayas desveladas, las que moran y medran en la otra costa, las que no se ven porque están escondidas un poco más allá, un poco por detrás y por debajo de la línea del horizonte, del otro lado del río. Acompañan la danza de las bailarinas porteñas golpeando sus manos agitadas en las tinieblas, elevando el aire con el sonido de sus tambores desde las sombras de la otra orilla. Ellas —las de allá—, regalan la música a la brisa. La sinfonía gobierna sus desatinos, y liberan también las cenizas de sus días, las amarguras y las felicidades. Ellas —las de acá—, ponen la gracia. Tilo las mira callado, hilando las hebras de sus sueños tristes. No sabe aún si estas imágenes nocturnas que viene a buscar, y que contempla extasiado ante sus ojos, son ciertas o son fantasmas de sus pensamientos, o tan solo fantasías de su alma huérfana navegando a la deriva en el mar de su imaginación. El pequeño se hace esas preguntas. Todavía no posee tantas respuestas, pero tan grande es la ilusión que tiene que se inclina por la certeza. Porque tiene el anhelo, está convencido de que esas mujeres también danzarán para él, que será un acto de amor hacia él, que han venido para aliviar la tremenda tragedia que padece: la soledad. Ellas bailan, las ha visto alguna otra noche. Danzan como locas sobre el espejo líquido, formando remansos en la corriente que se desvanece tanteando serena la salida al mar. Se levantan las polleras y sacuden sus largos cabellos, están felices, se ríen con todo el rostro, con sus ojos, con sus bocas. Las ve como mojan sus pies en las olas de la orilla, como corre el agua clara entre sus dedos pequeños. Las ve reírse con sus bocas abiertas y los labios pintados de carmines. Tilo las observa, sonriendo, con su rostro de niño y su mirada atenta. Las mira como si fuesen aves del paraíso. Las desea con el embeleso del amor que le pide su corazón, ese hueco que tiene casi vacío por la ausencia de su madre. Hay un brote de desamparo que palpita dentro de su pecho. Está por madurar. Titubea. Su deseo va un poco más allá que el de una criatura, pero aún es demasiado tierno todavía para ser el de un hombre. Tiene el hilo de la madurez a medio camino entre la ternura materna y el ansia de la posesión de una mujer. Ellas presienten, perciben la melancolía de todos estos hombres callados y taciturnos, estas pocas figuras espectrales que caminan ahora por la Costanera, desorientados, sin saber dónde recuperar las caricias femeninas que han perdido. Entonces, ellas se dan vuelta, giran, alzan sus brazos blancos y agitan sus 13


pechos. Si las miran esos pobres hombres tristes, estas amazonas colocarán algo de alegría en sus pesares. Ellas quieren seducirlos, pero esquivan las miradas masculinas lascivas, no sea que despierten deseos procaces, porque no han venido a eso. Son sirenas calladas que les tienden sus manos generosas en gestos a la distancia para despejar las nostalgias. Giran y giran con sus polleras sueltas. Sus pies descalzos palpan la piel marrón del río. Miran con sus ojos enormes las luces de los bares, las ventanas iluminadas, pueden ser a veces ninfas, nereidas, ondinas o musas, seres inescrutables que aparecen con el fin de equilibrar los desencantos. Y, ¿quién es?, el Gran Hacedor, el Gran Hechicero, que ha preparado este encantamiento para esta ocasión. Y, ¿quién decide?, en qué momento ponerlo en marcha. Y, ¿a quién le comunica?, en qué momento se producirá la magia. Y, ¿qué recompensa busca?, por aliviar la soledad de los corazones tristes. La misteriosa Buenos Aires tiene las respuestas a todas estas preguntas, pero, como es mujer, su secreto nunca será develado a los mortales que la habitan. Ellas bailan toda la noche, pero escapan a la madrugada, nunca se dejan tocar por los dedos de la claridad del amanecer. Le temen a la luz del día. Tienen que volver a sus dormitorios, a ocupar los cuerpos de las mujeres de Buenos Aires de donde han salido. Y deben hacerlo antes que los sueños se disipen, pues deben despertar completas. Si las almas no llegan a tiempo se romperá este sortilegio que las acompaña todos los veranos. Ya han transcurrido las horas, las bailarinas han estado girando toda la noche brindando este espectáculo deslumbrante en la calidez nocturna, desplegando su danza conmovedora. Están rendidas porque lo han dado todo para disminuir la pesadumbre de los solitarios. Una línea quebrada color crema pálido se dibuja sobre el horizonte anunciando la pronta aparición del día. Tilo sabe que la danza ha llegado a su fin, ya las figuras de los espíritus recortadas contra el cielo se esfuman, y como un viento, como una brisa suave, emprenden el regreso. Él ha estado aquí todo el tiempo observándolas y ha recibido una dosis de amor por la que ha venido, y se va a ir con la ilusión en el pecho de que está menos solo que antes. Ahora gira su cabeza para ver como las últimas danzarinas evanescentes se pierden, se diluyen entre los edificios. Y también ve cruzando la avenida, una sombra furtiva de cabellos desgreñados, con impermeable, que con paso rápido se aleja de este lugar. Conoce de sobra ese 14


modo de huir, ese comportamiento esquivo, esa conducta furtiva: es el loco Gabriel. Se queda un rato mirándolo hasta que su figura se hace una sombra chiquita y lo pierde de vista. Tilo todavía tiene húmedos de emoción los ojos negros, incrustados en su cara flaca. En el silencio de la noche escucha el golpeteo de los últimos pasos de la silueta que se pierde hasta desparecer completamente. Arruga la comisura de sus labios intentando una sonrisa de complicidad y yergue su cuerpo flaco. Se coloca al hombro su mochila y, pensativo, abandona la balaustrada para desandar la Costanera, atravesar el Puerto y perderse por las callecitas caminando rumbo a la Villa 31 con las manos en sus bolsillos y la cabeza gacha. La fiesta ha terminado, ya es menos pesada su condena, se va con la ilusión de que lo que ha sucedido es cierto, siente más cerca el amor que le falta, ha disminuido el lastre y es menos doloroso el yugo pertinaz de su soledad. Este cuento pertenece al libro “El sonido de la tristeza”.

RAÚL ARIEL VICTORIANO

Argentina

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Planta baja

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as luces de la calle apenas iluminan el cuarto. No es la hora, la mañana no llega todavía. No hay por qué preocuparse…, aún. En la cama, solo duerme uno sin notar la ausencia del otro. Voces de muchachos alegres llegan de la calle y se van disipando junto con el latir implacable del reloj. Él, seguro de que los hombres deben hacer cosas de hombres, sueña con banalidades. Ella, en silencio, mira por la ventana. Pasos y ruidos junto a la puerta la vuelven a la realidad. Sonidos conocidos —esos que adora— le devuelven el aliento. Por fin está en casa, piensa. Vuelve corriendo a la cama, se acuesta lentamente, que nadie se dé cuenta. —¡Ma! Ya llegué… —escucha un susurro del otro lado de la puerta—. ¿Dormís? — Sí... —dice simulando pereza. —Dale, dormite que mañana se trabaja... —agrega el hijo a media voz entreabriendo la puerta del dormitorio—. ¡Hasta mañana, preciosa! —Hasta mañana… —responde deslizándose suavemente entre las sábanas. No quiere despertar a su esposo para que no comience con el discurso de siempre. Su cuerpo comienza a relajarse, y el sueño contenido se apodera de ella. Cierra los ojos, a la vez que se apaga la luz de la habitación de su hijo. Su hijo ya está en casa, por esta noche puede volver a dormir. 1° Piso En medio de la oscuridad, solo se escucha el crujir del viejo ventilador. Las cortinas de voile se hinchan acompasadamente dejando pasar un poco de aire. Huele a tierra húmeda, seguro está lloviendo cerca. Pasó otro día, y ella no lo ha notado. Desde la calle llega la luz intermitente de un cartel que se refleja en sus ojos como queriendo hipnotizarla, pero ni así puede conciliar el sueño. Aunque parezca dormir, él tampoco duerme: piensa en la joven que conoció esa tarde y en una estrategia para encontrarla nuevamente sin despertar sospechas. Ella recuerda, una vez más, aquella despedida en el aeropuerto: el último beso, una promesa que no se cumpliría, la juventud. Él acaricia la almohada imaginando la piel desconocida. Ella imagina su vida si no se hubiera cansado de esperar. 17


Ambos saben que su historia juntos ha terminado. 2° Piso El cuarto de la vieja pensión retiene la humedad de Buenos Aires. En la calle, los árboles inmóviles anuncian algo sobrecogedor. Se avecina una tormenta. Él no puede concentrarse en la lectura, no deja de mirarla a ella. Ella, frente al espejo como todas las noches, se peina el cabello recién lavado. Está segura de que esta vez es diferente. De pronto él ve cómo ella se detiene en su quehacer con la mirada fija, el semblante descolorido. De un salto, tira el libro en un rincón. Y se acerca a ella en silencio para tomarla de las manos. Ella abre grandes los ojos y lo mira fijo. Sin palabras, ¿para qué?, si ambos saben que el momento ha llegado. Afuera, las gotas comienzan a pegar contra el vidrio como queriendo ver qué pasa. Adentro, él busca sin saber, encuentra sin buscar, tropieza con lo que ve y no ve lo que busca: su corazón lo atormenta, no lo deja pensar. Ella, ríe y llora y se seca el sudor de la frente regulando la respiración como le han enseñado. —Vamos —dice él a medio vestir. —Hay tiempo —dice ella—, vayamos despacio. Y salen hacia el hospital con el bolso que fueron preparando durante nueve meses. 3er Piso No estaba arrepentido, pero la soledad que sentía era insoportable. Hasta el reloj de la mesita se había ensañado contra él mostrándole cómo pasaba el tiempo inútilmente: ella se había ido dando un portazo. Daba vueltas en la cama sin encontrar un lado cómodo y, a pesar de que tenía todo el espacio para él, las sábanas lo ahogaban. Se levantó, fue hasta la cocina y bebió un vaso de agua bien fría. Había comenzado a llover. Desesperado, abrió la ventana para recibir un poco de aire húmedo y refrescar su alma. Lo único que consiguió fue aumentar su tormento. Desde el piso de arriba llegaban unos sonidos rítmicos de amor que insistían con transportarlo a otros tiempos. Tembló de deseo por tenerla otra vez entre sus brazos. Por más que lo intente, pensó, no puedo volver el tiempo atrás. Poco a poco, esa sinfonía de placer lo fue envolviendo hasta tocarle el alma. Los 18


recuerdos se enmarañaban en imágenes surrealistas mezclando las risas con el llanto, las caricias con las palabras, los gestos con los silencios: sí, habían sido felices. Pero ese día… ¿qué había pasado ese día? ¿Quién había tenido la culpa? Recordar solo sirve para aumentar la angustia, se dijo, cuando no hay lugar para el perdón, ¿o sí? Sería cuestión de llamarla y conversar. Los amantes nocturnos, con su rutina impertinente, se metían hasta el rincón más escondido de la habitación del hombre que agonizaba en soledad. Ese hombre que lo había tenido todo, y por esas cosas… lo había perdido. —Basta —pensó en voz alta. El deseo de tenerla era más grande que su enojo. Ya ni sabía por qué habían discutido. Las voces de la pasión que venían del cuarto piso iban in crescendo anunciando el inminente clímax; mientras él, en el tercero, deseaba no haber discutido. Caminó por la habitación como un león enjaulado, en penumbras, para pensar mejor. En un impulso tomó el teléfono, pero no llamó. Tuvo miedo: tal vez ella no quisiera escucharlo. El silencio llegó por fin. Solo se escuchaba la lluvia que pegaba contra el balcón y su propio corazón que latía enfurecido. Al otro lado de la calle, cada luz señalaba un mundo distinto, quizás feliz, indiferente al tormento que él estaba viviendo. ¿Y ella? ¿Qué estaría haciendo ella? Casi sin pensarlo marcó ese número que sabía de memoria y retuvo el aliento en una espera interminable. —Hola... —contestó ella del otro lado—. ¿Cómo estás? —¿Qué hacías? —dijo él tratando de disimular su turbación. —Estaba esperando tu llamado. 4° Piso El humo del cigarrillo se confundía con el reflejo de la tormenta que se alejaba. Más allá, las lucecitas de la ciudad parecían estrellas caídas del cielo ahora encapotado. Él miraba por la ventana, mientras ella apagaba el fuego carnal en la ducha. No había sido una buena idea: nada volvería a ser como antes. Ella se vestía en silencio, ¿para qué hablar cuando todo estaba dicho? Fue un error, se repetía. Él apagó la colilla contra el marco de la ventana, y exhaló lentamente la última

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bocanada de humo sin dejar de mirar el horizonte. —Me voy —dijo ella —Disculpame —dijo él dándose vuelta. —No digas nada. Los dos sabíamos que esto podía pasar. Los ojos masculinos tenían cierta tristeza. Él no creía en la amistad entre el hombre y la mujer, y se lo había anticipado. Entonces, ¿por qué sentía que la había traicionado? —Perdoname —insistió—, no debimos mezclar las cosas. Igual podemos seguir siendo amigos…, ¿no? Una mueca simulando una sonrisa fue lo último que vio de ella antes de que cerrara la puerta. 5° Piso Ella estaba tratando de cambiar su vida, necesitaba un poco de alegría, un poco de paz, solo eso. Sabía que para lograrlo era necesario derribar enemigos. ¿Pero cómo se hace cuando el enemigo está adentro?, pensó. Hundida en el silencio y en una rara cobardía, se paró frente al espejo para verse de cuerpo entero. Al principio, su propia mirada le pareció obscena. Sin embargo, sabía que era por su bien. Se obligó, entonces, a continuar al pie de la letra las recomendaciones de su terapeuta: debía asumir su imagen corporal. Lento, fue desabrochándose los botones del vestido. Temblaba como si estuviera cometiendo un crimen, como si no mereciera la caricia de la seda deslizándose por su piel. Sus propios ojos, mirándola, la incomodaron. Respiró profundo, y aceptó recorrer con sus dedos el borde de su silueta. Aunque un inoportuno escalofrío la tentó a cubrirse, resistió. Su curiosidad la estimuló a seguir adelante. Con pudor se quitó el sostén, y descubrió que el tiempo aún no había dejado sus huellas. Su corazón latía con desenfreno, como si hubiera alcanzando algo largamente deseado. Una brisa fresca, que entró por la ventana entreabierta, la hizo estremecer entera. A un paso de lograr lo que se había propuesto, casi desiste. Debo terminar con esto, pensó. Y con movimientos temerosos se quitó el resto de la ropa interior. Tanta desnudez, demasiada desnudez, la turbaba. Tímida, con una mano, se quitó la cinta que le sujetaba el cabello y lo dejó caer sobre los hombros. Se sintió más cubierta.

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Lentamente, recorrió con su mirada cada parte de su cuerpo. Con indulgencia, primero; complacida, después. Esa que veía en el espejo era un ser desconocido, pero era ella misma. Siempre se había ocultado detrás de las ropas; ahora veía que lo que escondía era una bella mujer. Ella, desnuda, admiraba su descubrimiento y aceptaba al espejo como amigo. Él la observaba desde la ventana del edificio de enfrente. 6° Piso Sin darse cuenta, ella había pasado toda la noche junto a la ventana. Abajo, solo algunos charcos en las azoteas. Del lado del río, el sol comenzaba asomarse por entre las nubes que resistían el viento del Oeste. Qué distintas se ven las cosas con la luz del día, se dijo. La tormenta se había ido, y sus lágrimas se habían secado. No tenía sentido seguir llorando por él. No volvería. La promesa del nuevo día iba cambiando el color de su historia, y con las manos apoyadas en el vidrio, se dejó acariciar por el sol los ojos hinchados. Todo sería distinto sin él: las mañanas, las noches, los paseos, los encuentros con amigos…, las peleas. Decididamente, como último acto de amor frustrado, salió al balcón con su foto. —¡Que te vaya bien! —dijo. Partió la foto varias veces, la dejó caer al vacío. Al ver la foto desparramada en la vereda, se dio cuenta de que aún tenía el corazón hecho trizas. Bajó corriendo a juntar lo pedazos, pero ya el viento del Oeste había cumplido su misión: los había separado para siempre. Cuento publicado en la obra "Desde el rincón de la araña y otros cuentos" ©2017.

MÓNICA CRISTINA CENA

Argentina

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ola buenos días. —Buenos días Sr. Vázquez, le estábamos esperando. Pase por favor a la sala de espera y en unos minutos le atenderá nuestra asesora

personalizada. —Gracias, gracias. Muy amable. “Aún no me explico cómo he llegado hasta aquí. De verdad que no lo entiendo. Hace nada lo tenía todo y ahora...” —Buenos días señor Vázquez. Soy Andrea, la asesora que está llevando su expediente. Pase a mi despacho si es tan amable y procederemos a realizar “la sesión”. —Tenía entendido que era algo más parecido a una intervención, ¿no? —No nos gusta llamarlo intervención, tiene connotaciones muy negativas. Preferimos llamarlo sesión, porque al fin y al cabo señor Vázquez, si algo intentamos es evitar lo negativo. “Claro. Evitar lo negativo. Como si se pudiera evitar lo negativo.” —Por lo que veo, su mujer fue muy generosa con usted. Le contrató el pack “Borrado completo” con el upgrade de “borrado de sensaciones negativas” más el boost “urna-vegetal” “Generosísima. Vamos, de un generoso subido. No lo sabe usted bien.” —Mire, estoy teniendo mis dudas, no se lo voy a negar. ¿Sería tan amable por favor de explicarme de nuevo cómo funciona esto? “Como si esto tuviera la más mínima posibilidad de ser explicado. No te jode.” —Claro que le explico de nuevo todo lo que necesite. Pero según veo en su expediente, usted firmó la conformidad para todo el procedimiento. Y su mujer dejó todo pagado y en orden. “Si tú la hubieras visto desvanecerse estos últimos meses también habrías firmado lo que te hubiera puesto delante. Le hubieras prometido ir todos los días vestido de verde hasta el día de tu muerte. Le hubieras prometido ir a bailar desnudo sobre la tumba de Trump. Le hubieras prometido probar todas las drogas que existen y hacer dibujos o escribir poesías colocado solo para ver su efecto. Le hubieras prometido ir a la luna solo para ver la tierra tan pequeña desde lejos. Le hubieras prometido todo. Incluso esto. Incluso esto. Era lo mínimo que podía hacer por ella. Ceder en esto. Ella se quedó conmigo hasta el final solo porque sabía que era lo que yo quería. Ella se hubiera ido el mismo día del diagnóstico. Lo vi escrito en su cara. Ella estaba preparada desde hace mucho tiempo. Se diría que llevaba toda la vida preparándose para esa escena. Al salir de la consulta me habría dado un beso en los labios, un abrazo largo de los que tanto le gustaban, habría caminado hacia la puerta, la 23


habría abierto, se habría girado hacia mí y me habría mirado con sus ojos de color indeciso, me habría sonreído y se habría marchado sin más. Pero no hizo eso. Se quedó a mi lado a pesar de no querer y luchó hasta el último segundo por mí. ¿Cómo le podría negar yo nada si fue lo único que me pidió? Nadie le hubiera negado nada.” —Sí, sé que firmé, pero me gustaría saber exactamente en qué consiste. Entienda que es un paso importante. —Lo entiendo, no se preocupé. El pack “Borrado completo” consiste en un procedimiento mediante el cual le borramos todos los recuerdos que tenga de su mujer. A partir de esta sesión, no reconocerá sus fotos, no sabrá quien fue, no recordará su voz, ni su olor, ni su presencia. Será como si ella jamás hubiese existido. —Eso suena muy bonito Andrea pero, ¿Cómo se puede borrar todo eso? He pasado cuarenta y siete años con ella. ¿Qué me quedaré, con un hueco enorme? ¿Quién seré yo después de eso? Yo no habré viajado, comprado una casa, visto museos, ido a conciertos, probado platos exóticos que nunca le acababan gustando y siempre me acababa comiendo yo. No habré existido. “¿Qué somos los viejos nada más que recuerdos de épocas mejores?” —No se preocupe por eso. Nuestro software es el mejor del mercado, haremos que sus recuerdos existan, sus viajes, conciertos, todo. Solo que no estará ella. Además, como le comentaba, su mujer fue muy generosa y adquirió un upgrade especial que consiste en guardar las sensaciones agradables y felices y borrar todas las sensaciones negativas. Imagine, recordar París con un sentimiento alegre, o una cena en un lugar especial, o un buen concierto. Y no tener ni rastro del sufrimiento de verla enfermar, de su muerte, de las discusiones tontas, de las crisis que haya tenido en su pareja. “¡Pero son mis recuerdos! Incluso los malos. Que en perspectiva no son tan malos. Al final ya le pillé la gracia a su mal genio, a lo rápido que se enfadaba y lo rápido que se desenfadaba. ¡Menuda polvorilla tenía! A que me despertara por las mañanas cuando yo solo quería dormir. A que no hubiese manera de elegir un dichoso restaurante aunque se estuviera muriendo de hambre. A hablar y hablar sin parar como si el silencio le fuera a morder en el culo. Incluso los últimos días tienen cosas buenas. Es cierto que no muchas, no nos vamos a engañar. Pero incluso ahí encuentro la belleza. Y eso era solo por ella. Y ahora esta muchacha de veintipocos, tan mona, tan bien vestida ella, tan “comercial” me dice que me la va a quitar. Y me lo dice con la misma tranquilidad con la que me diría que me va a quitar una verruga incómoda. “Vamos a extirparle a su mujer y la mejor parte de vida. Relájese que no es para tanto abuelete”. ¡No te jode la tía! En menudo berenjenal me has metido cariño. Siempre saliéndote con la tuya. Siempre. Yo detrás de Pepito Grillo y tú hala, a tu aire. Cuando 24


algo se te metía entre ceja y ceja, agachabas cabeza y embestías. ¡A ver quién era el guapo que te podía parar! Maña tenías que ser, no niegas la patria no. Cabezona.” —Mire, es una decisión muy difícil y… —Señor Vázquez, lo tenemos todo preparado. Nuestros técnicos están en la sala de al lado con todo preparado ya para la sesión. Además, anímese. Su mujer le añadió un boost al paquete: la urna vegetal. La urna contiene sus cenizas mezcladas con tierra y tiene plantado un pequeño árbol, en este caso su esposa escogió… Déjeme comprobarlo… un membrillo. ¿Un membrillo? Una elección curiosa, vamos, la primer vez que lo veo. ¿Le gustaba mucho el membrillo a su mujer? —No. Es una muestra más de su humor. Siempre decía de broma que era áspera como un membrillo. ¿Ha probado usted un membrillo antes de cocerlo? —La verdad es que no. —Pues no se lo recomiendo o le quedará la boca como un estropajo durante días. Así era ella, con mala leche hasta el final. ¿Cómo podría no querer a alguien que escoge un membrillo para descansar eternamente? —Curiosa elección y curiosa historia. Sin duda. Pero ahora tenemos que tomar una decisión. No quiero presionarle, pero algo tenemos que hacer. “No quiere presionarme. Quiere quitarme mis recuerdos pero no quiere presionarme. Tranquilo, que solo te lo juegas todo. Entraste aquí con una vida y sales con un membrillo. Lo normal. ¿A quién no le ha pasado antes? Cambiar tu vida por un membrillo. Pero te lo prometí. Y sabías que no te iba a fallar porque yo nunca te fallo. Porque siempre te lo di todo porque tu siempre me lo diste todo. No te voy a fallar.” —Venga. Adelante. Vayamos a por el membrillo. —Muy bien señor Vázquez. No se arrepentirá. —Claro que no me arrepentiré. No tendré nada de lo que arrepentirme gracias a ustedes. —Siéntese por favor. Relájese y confíe en nuestros especialistas. El equipo que le realizará la sesión hoy tiene un historial impecable. Borrado absoluto y garantía de buenos recuerdos. Al salir podrá recoger su membrillo. “Adiós mi amor. Te quedas aquí y me obligas a seguir sin ti. Sabes que por ti lo haría todo, incluso esto. Tú ya no existes y ahora dejaré de existir yo. Seamos realistas: no sentiré dolor, que no es agradable, te lo admito. Pero tampoco te sentiré a ti. Adiós mi amor. ¡Mira que escoger un membrillo! Hasta hoy me tenías que sorprender eh. Ni un día sin sentirme como en una sit-com de bajo presupuesto. Y ahora ya ni eso, hasta eso me vas a quitar. Te mueres, me dejas solo y encima me haces borrarte. Que ya sé que piensas que es por mi bien y bla, bla, bla. Pero me lo estás robando. Pero te lo 25


prometí. Claro que te lo prometí. Te lo hubiera prometido todo.” —Mire aquí por favor y en unos minutos habrá acabado todo. “No lo ha podido describir mejor este hombre, en unos minutos habrá acabado todo.” Epílogo —Cariño. El vecino de enfrente me tiene preocupadísima. —¿Qué le pasa? No será para tanto. —Que no sé qué perra le ha entrado con la planta esa que tiene. Se pasa el día entero hablándole, le pone la tablet, creo que es Twitter, le pone música y juraría que le echa café de vez en cuando. —Pero, ¡qué dices mujer! Será que has visto mal o algo. ¿Cómo le va a hacer eso a una planta? Además, el hombre parece estar bastante cuerdo para su edad, siempre me saluda cuando me ve, va limpio aunque un poco despeinado, tiene la casa arreglada… Vamos, que yo no lo veo tan mal. —Que te digo yo que algo raro le pasa con esa planta. Desde que su mujer murió esta raro. Nunca habla de ella, es más, si le comento algo me mira con cara de bobalicón y hace como que no la conoce ni sabe quién es. Te digo yo que este hombre se ha quedado parado en algún proceso del duelo ese que dicen y se le ha ido la cabeza. —A ver, que se le ha muerto la mujer y no tenían hijos y se le hará cuesta arriba. Pero eso entra dentro de lo normal. Y lo de planta no lo veo eh, creo que son un poco manías tuyas. Pasas demasiado tiempo sentada en el ordenador delante de la ventana y el aburrimiento te está afectando. —¡Qué te digo yo que no! ¡Míralo, míralo! ¡Qué le está poniendo Twitter a la planta! —¡Coño! Pues ahora que lo dices es verdad. Pobre hombre. Hacerse viejo es una mierda. Hablando de viejos, ¿Has visto el anuncio este del pack de “Borrado”?

CONSUELO HERNÁNDEZ LICER

España

Twitter: @consuny

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L

eón el Grande, Pontifex Maximus, va al encuentro vestido con toda la gala y magnificiencia de la que es capaz. A un paso lo sigue el cónsul Avenius; y, detrás de él, los prefectos Trigecio y Aluano. Sostiene fuerte, en su mano derecha, el cayado de pastor de la cristiandad, todo de oro con incrustaciones de las más extrañas gemas. A León le dijeron que la pompa de Roma asusta a los bárbaros, que Atila es supersticioso, que tiene un enorme respeto por las personas que llevan nombres de animales y que, si bien no le importan los romanos, sí lo aterroriza la cólera de su dios crucificado. Pero el Papa sabe que el rey de los hunos no siente respeto por ningún nombre, y tampoco tiene el menor interés en el dios romano. A Atila solo le importa poner de rodillas a la ciudad arrogante. En cambio, a León le tiene sin cuidado lo que el bárbaro le pueda hacer a la Ciudad Eterna. Para él, sus verdaderos enemigos están en Oriente, se llaman Nestorio y Eutiques, y se empeñan en discrepar con los dogmas y en tergiversar la doctrina de Pedro, que habla a través de la voz del Papa. Por esa razón le exigió al emperador Valentiniano que los elimine de la Creación en lugar de pedirle que estacione a las legiones en las afueras de Roma, para defenderla de las hordas del Norte. Sabe, también, que es Valentiniano quien debería estar allí en su lugar; en vez de haber huido a esconderse tras las murallas de Rávena para escapar del saqueo; y que, si él tiene éxito, será la primera vez que el poder espiritual de la Iglesia se imponga donde falló la autoridad temporal del Emperador de Occidente. Atila, tanjou de todos los pueblos del norte y del este, martillo del mundo, está montado en su caballo. Lleva el torso desnudo y lleno de tatuajes color azul oscuro; el cabello largo y suelto; unos aros grandes, de oro; y unos brazaletes de plata que ciñen sus bíceps. Está erguido sobre su montura, con su espada ―quitada a un general romano; y que, le gusta hacer creer, es la espada de Dios, y prometida para vencer en todas las batallas― desenvainada y cruzada sobre la grupa del animal. Siente curiosidad por conocer al representante en la Tierra del dios de los romanos. Su Mirada es adusta y terrible. Detrás de él, están los ocho elegidos y su general Chanat. Avanza para reclamar los territorios que hace unos años fueron de Alarico; y a Honoria, Hermana de Valentiniano, que le fuera prometida en matrimonio, que es otra manera de reclamar el Imperio. A su pueblo le cuesta moverse de un lugar a otro arrastrando tamaña cantidad de carros llenos de tesoros. A veces, se pregunta: «¿Para qué más?»; pero la sed de Gloria lo domina. 28


A León le dijeron que ese, que puede hacer que Roma se extinga, es muy educado, habla gótico, varias lenguas de los pueblos del norte, griego y, por supuesto, latín. Entonces dice, con corrección académica: ―¿Qué acelga, morocho? Atila contesta, también en latín, aunque con acento de Panonia: ―¿Cómo andamio, cuervo? ―¿Así que andás con ganas de zamparte Roma? ―Ajá. ―¿Y se podría saber el por qué? ―Mayormente, porque la Honoria quiere que me case con ella. Hasta una carta me mandó. Me ruega que la salve, porque el hermano quiere casarla con un tal Baso; que parece que es medio carcamán. Y un anillo de ella, también me mandó. Mirá ―dice Atila, levantando el anular de la mano izquierda. ―Ah ―observa el Papa―. Pero si la Honoria no está en Roma. Se fue con el hermano a la Galia. ―¡Notepuócreé! ―Se. ―¡Pero si me dijo que me esperaba allá! ―dice Atila, señalando al sur. ―Pero se fue con el hermano para allá ―dice León, señalando al norte. ―¡Entonces voy igual y me llevo todo lo que tenga valor! ¡Oro, plata, piedras preciosas! ―Piedras, ladrillos, botellas, ánforas pinchadas, pilas de madera para leña… ―¿Ah? ―Que no queda nada de valor en Roma. Alarico se llevó todo hace unos años. ―¡Los tomaré a todos como esclavos! ―¿Y a quién le vas a vender tullidos, desnutridos y viejos desdentados? ―Pero… ―Cualquiera que tenga capacidad de trabajar, hace rato que se fue de la ciudad. Andan por Galia, Lusitania, Alejandría o Constantinopla. Ahí no queda ninguno que sirva. ―¡No jodas! ―En serio. Roma está vacía. ―¡Ja! ¡Al menos, llevaré a mis hombres para que disfruten de las mujeres! ¡Los lupanares de Roma son famosos desde el Mar del Oeste hasta los confines de Asia! ―Eso era antes. 29


―¿Cómo antes? ―Se. Antes todo era una joda. Pero te hablo de la época de mis tatarabuelos. Desde que llegó este ―dijo el Papa, levantando su cayado para que se viese la cruz― se puso jodida la cosa. Ahora todos son santos, y el último quilombo cerró hace como cien años. ―¡Nuuuuuu! ¡Pero entonces…! ¡Es un embole! ―Satamente. ―¡Naaa! ¡Si mandé mis espías y me dijeron que es una ciudad fantástica! ―Fantasma. Una ciudad fantasma. ―¡Mirá vo! ―Se. ―¡Pero me imaginaba otra cosa! ―Vos sos un tipo culto ¿no? ―Algo. ―¿Oíste hablar del cielo y el infierno que tenemos nosotros los cristianos? ―Clá. ―Pensá en el infierno. ¿Quiénes van allá? Asesinos, violentos, malvados, taúres, ladrones y ―León hace una pausa para generar suspenso―…promiscuos, prostitutas, mujeres livianas, mujeres infieles, ninfómanas. Ahora, pensá en el cielo. ¿Quiénes van allá? Santas y vírgenes. Y decime: ¿dónde hay sexo, orgías, vino, hidromiel y partusas? ¿En el cielo o en el infierno? ―Calculo que en el infierno. ―Ahí tenés. ―Ahí tenés ¿qué? ―Roma es el cielo. ―¿Ah? ―¡La pelota que sos lerdo! Roma es la sede de ¿quién? Del sucesor de Pedro, que vengo a ser yo. O sea que yo soy ¿quién? El representante de Jesucristo en la Tierra. Y yo tengo las llaves de ¿qué? Del cielo, claro. Yo vivo en Roma, por lo tanto ¡Los que están ahí van a ir todos al cielo! ¿Entendés? ―¡Ahora! O sea ¿nada de putas? ―Nada. ―¿Nada de orgías? ―Nada. ―¿Nada de sexo? ―Nada. 30


―¿Nada de bacanales? ―Nada de nada. ―¡Dejate de joder! ―¿Te das cuenta de la cruz que me toca cargar? ―¡Te compadezco! ―Es lo que se dice un sacerdocio. ―¿Y dónde queda el infierno? ―pregunta Atila. ―Por allá ―dice el Papa, señalando el Noreste. Atila hace una larga pausa, mirando sin pestañear a León, a quien un sudor frío le perla la frente. En ese momento exacto se juega el destino del Imperio de Occidente y la superioridad de la Iglesia sobre los poderes terrenos. Atila tira las riendas de su caballo, que gira sobre sus patas. Se dirige a sus hombres y les dice: ―Vamos. Roma se ha salvado.

DANIEL FRINI

Argentina

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N

o sé si estoy muerto. Mi último recuerdo es haber hecho el amor con Amelia y luego mi mente se detuvo. En estos instantes camino buscando el túnel del adiós, tal como escuché que sucede en el estado post mortem inmediato. De acuerdo a lo aprendido espero avanzar por él y aguardar manos amigas que me conduzcan hacia lo desconocido. Por el contrario, me veo caminando por un sendero pedregoso y de mala hierba. Miro a los lados y solo hay desolación y tristeza. No distingo a alguien como yo y un impulso extraño me obliga a seguir avanzando. Trato de resistirme pero mis pies desobedecen tercamente y continúo. Al final de ese trayecto atemorizante diviso un bosque de árboles mustios y secos. Volteo y atrás de mí no hay nada. El túnel referido no existe. Así no era el asunto, reniego. Una reja de madera que bate con el viento me señala el ingreso. Analizo el escenario, dudo y accedo en contra de mi voluntad. Empujo la barrera, sorteo arbustos marchitos, esquivo matorrales espinosos e ingreso en el paraje que me asusta. Repentinamente el panorama cambia de aspecto y me encuentro en medio de praderas verdes, nubes calmas y cielo azul. ¿Acaso el túnel de mi conocimiento fue reemplazado por el camino que recorrí? ¿Es esta la verdadera versión del tránsito hacia el más allá? Muerto no regresaré para modificar la leyenda, reflexiono. Supongo que el cielo me da la bienvenida y tampoco retornaré para informar que existe. Del mismo modo, el infierno también es cierto como nos lo enseñaron en el colegio, me convenzo. A lo lejos los ángeles pasean y conversan con personas. Todo es paz y bienestar. Lo respiro en el aire que me rodea y las notas de las arpas endulzan la acústica ambiental y el perfume que huelo es extraño, pero no deja de ser reconfortante. ¿Soy un alma o espíritu beneficiario de este apacible cielo? No preciso en qué me he convertido y tengo la seguridad de no haber arribado al infierno. Lo curioso de esta situación es que nadie me reclama, habla o saluda. Me siento ignorado como si fuera invisible y pasan por mis costados sin percatarse de mi existencia. Muy a mi pesar, esta realidad me incomoda. Permanezco aislado, sin guía ni recibimiento oficial y lo más desconcertante es que sigo vagando erráticamente. Desorientado y confundido, una nube detiene mi desazón. La bordeo y la penumbra inunda el entorno. El sol brillante ha dejado a un astro mortecino que opaca al crepúsculo y la luna, o algo similar, no aparece en el horizonte. Ahora hay cerros de tierra, sin vegetación y la densidad del lugar es asfixiante. En la lejanía escucho murmullos desconcertantes, parecen el sonido de trompetas o lamentos desgarradores. Una gran polvareda se levanta y tras ella los jinetes apocalípticos cabalgan triunfantes. El hambre, destrucción y muerte dejan huellas y sus miradas vacuas me aconsejan escapar. Con el corazón agitado corro como el fugitivo de un crimen no cometido y, a 33


punto de desbarrancarme por el precipicio que no vi, reacciono para detenerme en el segundo preciso y no caer. Abajo, el abismo me muestra el océano interminable y mi vista es incapaz de encontrar sus límites. De entre la furia de las tempestades emerge una ciudad inconcebible para mí. Formas fantasmagóricas transitan sus calles y las bestias que los acompañan son los demonios de mi infancia. ¿Llegué al infierno? Si estoy muerto, quiero morir bien y desaparecer para siempre y no ser víctima de esta encrucijada. Contemplo la posibilidad de estar en medio de una pesadilla maldita y la incapacidad de despertar me deja con más dudas que certezas. Mareado por lo que observo no me percato que alguien se me acerca. Escucho su rumor muy cerca, flotando en el aire. Volteo y enfrento la desesperanza. Frente a mis ojos se dibuja la presencia. No tiene forma definida, cambia con mi agitación y se recompone con mi tranquilidad. Descubro que no es peligrosa y se comunica a través de ondas telepáticas. No hablamos el mismo idioma, pero su voz está clavada en mi cerebro y no entiendo su lenguaje. Cierro los ojos y es como si lo hubiera desenchufado. Se vaporiza y queda transformada en gotas de agua en el suelo. Procuro no pisarlas y me alejo de ellas. Comienzo a entender el mecanismo de la muerte. Es un tránsito entre el bien y el mal. Ambos juegan con mis sentidos y me alegran o entristecen. No me agrada la perspectiva futura, pues no acostumbro ir de un lado a otro sin razón aparente. Esta condición tendrá que aclararse o moriré de angustia eternamente. Creo que me han mostrado el decimal de lo que vendrá. Si es como lo imagino, el desenlace es aterrador. Es morir y nacer eternamente, indefinidamente y sin conclusión. Para ser mi primer día en este escenario estoy cansado y adolorido. Las emociones diversas han trastornado mi equilibrio emocional y físico. Estoy desfalleciendo, sin hambre, sed ni sueño. ¿Estas necesidades se manifestarán en algún momento? No entiendo el engranaje del juego de la muerte y menos mi papel. ¿Podría ser que esté en el purgatorio? Ese intermedio entre la luz y las tinieblas es la antesala al cielo, eso me explicaron de niño. ¿Será, entonces, que andaré como un péndulo, de un extremo a otro, hasta ir al sitio definitivo? Debo haber muerto de un infarto cardíaco en pleno orgasmo. No hay otra explicación para no regresar y ver a Amelia. Pienso en su pasión y belleza. “Ella fue”, ya no puedo decir “ella es” porque estoy muerto, el regalo maravilloso que la vida me dio. Es dulce recordarla en este lugar y agradezco, no sé a quién, que mis recuerdos puedan venir a mí cuando quiero. Mejor no tiento al destino y me tranquilizo. Puede ocurrir que lean mis pensamientos, enterarse de ella, borrarla y quedar anulado. Sería tristísimo y mortal por segunda vez no conservar su aroma, piel y labios. 34


Estoy imaginándola, es cierto, y no puedo evitarlo. Me arriesgaré a seguir haciéndolo aunque al final sea castigado. No importa. Es un misterio si podré hacerlo nuevamente y mientras tanto la disfrutaré. Anoche hicimos el amor, antes de mi muerte, y gocé su mejor sonrisa, carcajadas y cuerpo delgado pero resistente. Era una fierecilla domada por mí y, en el mejor sentido del término, mi domadora. Dos felinos haciendo y deshaciendo en la cama, bajo o sobre las sábanas. Nuestros ojos aturdidos se encontraron para llenarse de ternura y caricias. Alcanzamos el éxtasis, distorsionamos los sentidos, imaginamos que moríamos varias veces en la cópula y renacíamos para seguir viviendo. Así éramos, me apena hablar en pasado porque sigo estando muerto para ella. No imagino su desesperación, dolor y no saber qué hizo frente a mi cadáver. Ella es inteligente y habrá solucionado el incidente. Todos nos conocían y sabían de qué pie cojeábamos. Nadie se sorprendería y alarmaría con mi muerte, porque entendían que estábamos hechos el uno para el otro y que nuestra ley era morir en lo nuestro. Me tocó morir primero pero el balance es el mismo. Habíamos desafiado a medio mundo y el final previsto no se podía torcer. Así de simple, Amelia y yo, yo y Amelia. Muere uno, muere el otro, es lo que siempre planeamos. Si creí estar en una especie de vaivén infinito, las sombras me trajeron de vuelta. Inicié el retorno en retrospectiva, un deja vu al comienzo del peregrinaje. El espiral me aturde, golpea mis brazos, piernas, hinca y estrangula, quitándome el aliento. Me asfixio al navegar el océano de la ciudad incomprensible y sus habitantes me ven pasar de largo, sin intentar detenerme. Escalo el precipicio y el borde sigue muy lejos de mí. Trepo con las manos lastimadas de tanto agarrar salvavidas inexistentes y en tierra, en aquella que es árida y yerma, el jinete de rojo me señala la dirección para huir. Encuentro la nube perturbadora y atravieso su cuerpo etéreo y las cornetas celestiales anuncian mi paso por el edén fantástico. Retrocedo, retrocedo y la reja de puertas batientes se abre para expulsarme. Estoy desfalleciendo, mi corazón a punto de reventar, el cerebro es un vórtice incomprensible de imágenes y las últimas luces de mi retina se apagan para trasladarme hacia el túnel de regreso. Es verdadero, existe y no habrá motivo para desmitificarlo. El trayecto no es tan luminoso como se imagina, es tenue y las ventanas laterales muestran sombras de los frustrados que quisieron capturarme. La pirotecnia del arribo cesa al dejarme en el lecho donde estuve con Amelia. ¿Es el mismo? ¿Estoy cubierto por la sábana de la cama o por la mortaja de la morgue? He vuelto, eso me parece. Mis músculos rígidos se entibian, sueltan y consigo que mi mano derecha levante el trapo que me cubre. Abro los ojos y veo el cielo raso del 35


departamento. Es el viejo conocido que miro luego de eyacular. Recorro asombrado los contornos y, es verdad, estoy en mi cama. No siento la tibieza del cuerpo de Amelia y me vuelvo a asustar. ¿Estaré muriendo nuevamente? ¿Es este el juego infinito de la muerte? ¿Morir, regresar, morir y así hasta la eternidad? El sonido del ventilador me anuncia que sigo en este mundo. Volteo la cabeza hacia un lado y distingo el sillón. Amelia está sentada ahí, desnuda. Parece dormida y alcanzo a ver en el pliegue de uno de sus codos la jeringa conectada a la vena. La cabeza hacia un lado, los dedos en garra y pálida como la muerte que me regresó a casa.

OSWALDO CASTRO ALFARO

Perú

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A

rriba de la alacena se eterniza el polvo. Entre tanto, sacudís el aire y sacas la lengua en la oscuridad; todavía aferrado a la corteza, a la elipse del humo y al agua que hierve sobre un fuego amarillo; con un silencio que escupe los ecos del día, el afilador de cuchillos y el repartidor de pescado y el universo, que no para. A ver, ¿cómo es?; ¿el tiempo sigue marchando, se manifiesta y luego ya no está? ¿Cuánto cabe en lo “visible”? ¿Sucede a otros que algún fantasma de otras épocas, sepultado bajo torrencial lluvia, les diga que sus pies están cada vez más fríos, embarrados y varados? Ese perfil desconcertado; las manos abiertas de paloma fugitiva, la mirada sedienta, el cabello crespo, la vaporosa túnica, el paso adormecido, nunca sobre las superficies, pero en ocasiones tan lentos que parece andar pisando espinas o arbustos. Ignoro si es posible registrar algo de todo esto, pero no encuentro, a lo largo de las horas, otro modo de iniciar tantas duras maquinaciones de la realidad; después saldré a caminar y extraviaré las palabras y los detalles, entre los rieles de la vieja estación de la ciudad. Contaré las ventanas rotas, allá donde a veces refugio y en ocasiones terror de estar a solas; para sin más, aterrizar en un paredón derruido y fumar, con esta hoja de un cuaderno viejo que guarda el tiempo de los sueños. Ha pasado mucho desde tu primera muerte; días cóncavos, descaradamente huecos. No hubo entierro y en cambio sí fueron auténticos días de luto. Tantas veces conjeturé que alguna vez no moriste y que no dejarías de estar vivo; muerto al igual que otros viven y deciden morir. Al contarlo, me esfuerzo por alcanzar un punto, cruzo los hilos del tiempo a través de un espacio intangible, impalpable, que me lanza fuera de la cocina, hacia la última sirena. Recuperar, invocar conjuros mágicos —qué falso— retener con algún artilugio todo aquello que se escapa, recordar imprevistamente un romance infantil, enarcando las cejas por la sorpresa de aquella imagen deshilvanada, concertando polvillo, estirando los brazos cansados; la calma que regresa a la calle, el vecino que observa incrédulo y murmura. Qué más da; obvio que es simplemente de locos. Vengo recolectando horas de extrañarte; no hago este relato sin sustento y puedo dar razón de cada cosa que amontono y también escoger con sumo cuidado, de un lado la realidad y del otro lado los fantasmas. Está determinado que ellos no van de excursión a cielo abierto y no existe la mínima corriente de tiempo debajo de los 38


puentes, en medio de la calle y él allá —inclusive— después de tantos años. De vez en cuando, corren los días o tal vez los meses Un holocausto necrológico rodea mis sueños. Y a otros sueños anónimos. Quién no sueña con seres que ya no pertenecen a los de este lado. No me cuestiono por eso; lo hago porque me faltan respuestas, lo sé de sobra y no alcanzo a leer todas las preguntas. Sin tu compañía es como si me hubiera dormido a la intemperie; me es imposible concentrar siquiera lentamente los oscuros procesos del tiempo y permanecer dentro del la realidad, disfrazándolo todo sin la frescura aquélla de hace veinte años. Sé que no es importante recordar ya los instantes en que tu padre me llamó diciendo torpemente que te morías —y mi desesperación saltando como sapo entre los rieles; trepando los muros rotos de la estación— sucesos intermitentes, extravagantes y absurdos en la memoria que se concentran allá e incluso acá. Desconozco si en lo que observo en esta vigilia hay algo de aquello que me perturba en los sueños. Algo así como un descubrimiento, un lado de otro —tal vez escrito así es más acertado; aparte hay que destapar y liberar las voces para alejarme; no me hace falta otra cosa con tanta urgencia. Por momentos regresas de este lado; no basta la modorra o el simple estado de somnolencia para saberte cerca. Es imperioso dormir profundamente y entonces, la nostalgia de tu desgarbada imagen luchando entre dos mundos. Uno, el de hace veinte años y las bicicletas parchadas, los restos de pucho en el galpón seis, el único que aún quedaba sin “ocupar” por los pordioseros noctámbulos de la estación; el almuerzo derretido en las mochilas y entretanto, le dábamos con fuerza a la pelota de fútbol del mulato entre los rieles. Y el otro, el de allá, que te robaba de a pedazos; el cabello blanco, las manchas color granate, tu palidez de harina. Las secuencias son inobjetables, y sé que antes todo parecía la primera vez; me lo parece otra vez al contemplarlas. Te extraño, pero siempre sabiendo que tu partida no es como ninguna otra. No estás ausente como Doña Catalina; ni siquiera como el Abuelo Ramiro. Ellos se presentan en mis sueños como los enanos de un jardín. Detrás del telón de la realidad se puede ser honesto y se me ocurre que, por eso estas acá, burlándote del allá incluso después de haber partido, para mostrar la diferencia de los mundos, del mismo modo que nos mostrábamos la colección de héroes de la Legión Extranjera. Acá estabas vivo, lo estaba yo y ni tu padre ni nadie se hubieran atrevido a decirnos que luego estarías allá, devorado por el virus, del otro lado. 39


Tu rostro. Como de luna con gastritis; pálido y arrugado; los ojos lodosos, con un brillo oscuro, como de cloaca y ¡la boca! Se te deslizaba sobre el mentón como un trozo de asado que no acabas de morder. Olías a naftalina y cada vez que te reías yo me creía que sería tu último aliento. Y sí, decime que no te hago ningún favor al recordarte allí postrado. No te lo hago no; a mí tampoco porque la tristeza me chorrea por el cuerpo —más pegajosa que el sudor de una carrera en pleno verano a campo traviesa. ¡Cómo nos gustaba esa frase! Sí; “a campo traviesa”. ¿Y para qué volvés? ¿Quién te dijo que me pondría contento? Me tienta levantar los hombros como lo hacía la Marta. Decía “a quién le importa” encogiendo los hombros y seguía fumando su porro de cada tarde. Me tienta pronunciar tu nombre y tu recuerdo, presencia de duende acá y allá e inclusive después del baño de inmersión. “Fuera bicho”, espectro, ente; pero regresa pronto que te extraño. Y, ¿para qué? Ya sé que no vas a contestarme porque tu presencia no es lo que se dice muy comunicativa. Te me apareces como si tal cosa, pero las palabras las tengo que decir, buscar, contar y recordar yo solito. No hay derecho. Llevo siempre conmigo la calcomanía de “El renegado”. Me pincha en el pecho; está un poco ajada, pero me recuerda tu dedo índice en mi omóplato, o será que me estás queriendo y las camisas ya no son las de antes. No te concibo en el paraíso. Sería genial que conversáramos sobre algo tan gracioso. No obstante, no acierto entender y estoy seguro de que allá para vos, el planteo será exactamente el mismo; demandarás una respuesta; qué sentido podría tener que antes estabas, pero ahora no y, sin embargo, quizás no estás muerto ahí donde estás. Nunca será otra vez el Negro quien te descubra. No regresó de su abrupta carrera escaleras abajo, terraplén, porrazo entre las vías y qué suerte que ya no pasaba el tren porque la contusión lo mantuvo internado dos días. Estabas en el cuartito del fondo, gastado, los brazos colgando, la lengua fuera de sitio. Con ese perfil desconcertado y en lugar de los ojos parecía haber dos cavernas; dijo que levantaste los dedos índice y pequeño pero que no parecían dedos sino fósforos encendidos. Acepto la oscuridad; me atrevo a ingresar en espacios inexplorados. Por eso te estoy hablando; estoy abierto, descontando nostalgias con tus pisadas, las mías y las del resto, dejando huellas en mis sueños. Quiero que te enteres sin demora que mis sueños no tienen la propiedad intelectual de tu existencia; allí e implícitamente quizás, respiras todavía y también claro, padeces. De otro modo, pero no menos que de este lado. Es un allá con subterfugios me imagino; lo imagino a causa de la conciencia que me 40


acompaña aún dormido. Me hace pensar y entonces, me pregunto, ¿no estaba dormido?; vos estás siempre, como sea, allá, aunque dónde, allá pero no sé hasta cuándo. De qué manera abordarlo, digerirlo, componer los fundamentos enumerando los instantes de conciencia, que no te percibo como un fantasma; es diferente, aún allá, a un lado y de aquel otro, latente, pero imagen, sonido: tu padecer ahogándote, atornillado a un tiempo pasado; veinte años atrás, ese mi recuerdo de vos; así hoy, así vos. En cuanto se apague la luz, ¿qué ocurrirá con mi nostalgia? La estación vieja sigue ahí, impávida, vacía, gris; a merced de los instintos, del código común que un movimiento, tal vez con unos pocos pasos obtendría, hasta entender que ser me involucra a mí, así como soy, en la cornisa del edificio más viejo y realizar otra lectura, proponerlo tercamente: escarbar en los intersticios nocturnos, hasta obtener el conjuro fascinador. Si cabe la posibilidad, renunciar a esa dirección que antes me guiaba en pos de las ausencias, la incredulidad y las nomeolvides y las ciencias oscuras. Creo que aún vivís, que los agujeros en los corazones son metáforas; desistiré de encender velas porque no conozco las fechas claves; eso no es para mí. No encajo. Apenas me alcanza la sabiduría y entonces, alcanzar las esquinas me conforma al igual que vos reivindicás los rincones otorgándoles sentido, desgastado pero libre, reciclándome, resignado y agradecido de que te perciba tan presente; allá donde las cadenas que te sujetan, de todos modos, te permiten asomarte a este lado. Me necesitas, lo sé y el mulato también; imprevistamente te apareces en cualquier parte o sobretodo en el terraplén de los “cambios de figurita” e incluso después en la pieza de Ciro, con los acordes de Báez o las páginas releídas de Julio; la tristeza oscura se me deshace al presentirte y borra de mis recuerdos tu lividez y la helada sensación de fragilidad que transmitía tu cuerpo asediado por el virus. A pesar de todo, me hace bien tu estadía de gasa; impugna aquel dolor de antaño cuando tu estar material se desvirtuaba horriblemente: casi estoy aguardando que aparezcas con una de esas máquinas del tiempo en tus manos y te cagues de risa mientras decís, “relájense, acá estoy” Implícitamente, anhelar ser los mismos de allá lejos y rebobinar los días hasta alcanzar la previa del virus ese que lo desgració; la tibieza de las colillas brillando como estrellitas en el piso recién encerado de la abuela Corina, la primera seca o el torso mojado chorreando cerveza. La mirada perdida pensando en Raquelita. Y esos ojos — venosos y húmedos— los suyos tan abiertos como vacíos. 41


Tendré la angustia de quedarme con estas tantas palabras en el pecho, una tras otra, para los ojos de no sé quién, a modo de puente, que de pronto me apacigua al repetir viejas frases de propaganda barata. Me rearmo por vos, en el caso que algo y ningún tercer elemento intervenga en nada; finalmente desistiría de estos encuentros, o tal vez sencillamente palparía la evidencia de que nada era real. No importa. Era necesario que atestiguara antes de seguir y de nuevo dormirme y luego despertar al igual que otros seres, ejercitando el mundo de este lado. Dejar de pensarlo presente, porque todo sigue y en el futuro reabriré la caja de Pandora y regresaré a las imágenes, las voces; él repitiendo una y otra vez en mi oído derecho que me necesita, fumando recostado entre dos rieles y yo sin poder contribuir en nada a su regreso.

ADRIANA MÓNICA LAMELA

Argentina

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E

s preciso decir que no me ha sido vedada la percepción de la belleza. Por tal motivo, pienso en las cosas que constituyen ese universo infinito que nuestros ojos inventan: Pienso, desde mi humilde lugar, en la pureza de la lluvia, en sus gotas mansas que matan el día durmiendo sobre las hojas. Pienso en un verdadero milagro: ver las flores primaverales, los capullos que beben el suave sol de septiembre, el pasto recién cortado del jardín más majestuoso que esta pobre mirada ha divisado. Pastos coloridos y pastos opacos, verdaderas madejas de hermosura. Pienso quizás en el gris tranquilizador de algunas nubes, en el celeste de posibilidades que me regala esta tarde, tan lejos de la tormenta, tan cerca de la piel. Bien arriba el sol, más que nunca en su trono, dios del resplandor naranja, amo de los crepúsculos. Pienso en mi sangre estallando al amanecer, en mi sangre que se calma cuando la noche avanza en puntas de pie. He dicho que es primavera. Temporada de insectos que me visitan, de criaturas de colores que invaden la imaginación. Dibujo mariposas, las dibujo en detalle y las dejo ir por una rendija, las observo aleteando colores, llenando el espacio de milagros. Pienso en los ciegos, en los desposeídos, en aquellos perseguidos que luchan contra la imposibilidad. Pienso en aquella laguna que se ve a lo lejos, en su agua instalada en sí misma que parece detener el tiempo. Aclaro que apenas la veo, apenas percibo ese horizonte lejano. Las estrellas sí están cerca. Han venido a mí por conmiseración, pero su esplendor me hace llorar de gozo cada madrugada. Pienso en la fragancia primaveral, en ese manto que envuelve todo sitio: mezcla de flores y mujer, de campo abierto y patio de macetas, de abanico de olores nuevísimos y restos de olores otoñales. Pienso y sigo pensando en un posible dios, en una mente que haya sido capaz de darme esta percepción y de dotar a la naturaleza con tanta sabiduría y riqueza. Sigo sin convencerme. Mientras tanto, mis manos continúan presionando los barrotes. Mientras tanto, escucho los pasos y la risa del verdugo, que mañana por la tarde me hará uno con el polvo.

GERÓNIMO TROLIO

Argentina

Twitter: @kidamnesiac_

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… “esa manera de hacer las preguntas un poco al costado de la persona, como preguntándole a un perchero o a una puerta”... Los buenos servicios – Julio Cortázar

S

on las ocho. El murmullo de la gente se muestra insumiso al índice que todas las mañanas, a las siete en punto, empieza a reclamar respeto desde el único cuadro que engalana las paredes bastante descoloridas. Parece que ni boinas ni chales ni guantes pueden resguardar del frío de un ambiente reducido pero filtrado por una humedad añeja. “No voy a perder el jornal; si en cinco no llaman, me voy.” “¡Claro! Como no somos pacientes adinerados... ¡Y después dicen que no se discrimina!” “No creo que este médico haya nacido en cuna de oro, ¡eh! Pero al menos, podría cambiar estos bancos por algunos sillones un poco más cómodos; el servicio no es gratuito, así que...” Detrás de la puerta asaeteada por las miradas, está empalidecido el rostro del hombre que lee por segunda o tercera vez la hoja, mientras una leve fragancia a las glicinas de su hogar natal se va desprendiendo del tallo tembleque de la grafía: Estimado Dr. Lebrun: Perdone el atrevimiento. No está bien que me las haya ingeniado para dejar en su escritorio esta carta. Soy una vieja friegapisos, contratada a veces hasta para cuidar perros, y aunque los fósforos ya no encienden como antes, todavía no he perdido totalmente la luz sobre mi condición: no le pago para que me diga que nada importante me ocurre. Así que estoy dispuesta a vulnerar mi intimidad para que, en la próxima cita, su diagnóstico se acerque más a mi realidad. Tal vez nunca lleguen sus manos a temblar cuando pierda su juventud, doctor; ojalá que nunca le tiemblen, ni siquiera de miedo, miedo a que el tiempo vaya borrando de su cabeza las huellas de alguna caricia... Una caricia como aquella que Monsieur Bebé, el hijo muerto que nunca parí, enredó en el nido resquebrajado de mi pelo. Hasta la semana próxima. Espero abonarle la consulta con gusto. Y perdone las agallas que me ha provocado el vino. Madame Francinet La voz le llega lejana: No hay pacientes, doctor. ¿Olvidó que yo no vendría hoy a las siete? La reunión con la maestra se atrasó y... Doctor, ¿me escucha? No hay nadie esperando... Por vigésima vez, quizás, Lebrun ha contemplado su túnica, obsequio perdurable de su madre. La había comprado con los jornales ahorrados de un empleo zafral como mucama en un hotel para turistas. La había guardado con esmero, entre 46


papeles de seda y racimos de glicinas; el hijo tendría que sentirse a la par de sus colegas siquiera el día que estrenara su título. En la Rue de Monet son las once de una mañana de mansa nevada. Mientras se desabotona la prenda, al hombre le tiemblan los dedos.

ANA MILÁN

Uruguay

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La historia que sigue, arraigada en los cánones más clásicos de la “narrativa de anticipación”, tal como alguna vez fue entendida, podrá parecer, a primera vista, un homenaje al inmenso Ray Bradbury (¡de cuyos excelsos puño & letra me precio de haber obtenido una dedicatoria en la portada de El vino del estío!...). Sin rebatirlo, manifiesto, además, que en ella pago tributo a muchos otros grandes y asimismo a todo mi querido género de Ciencia Ficción, hoy día tan alevosamente bastardizado en la letra y en el celuloide. C.M. FEDERICI

Y

a había transcurrido más de un año (700 días, para ser preciso), y era en verdad primavera, de acuerdo al calendario. Las vi a través de la pared transparente de La Burbuja..., justo sobre el montículo. Yo no sé qué significa sorprenderse; tampoco entiendo de ironías. Pero de haberse encontrado allí el Señor, con seguridad que habría aludido a uno u otro de esos estados anímicos, si no a ambos. El Señor... Conservo claramente su recuerdo, por supuesto, aunque fue uno de los primeros en acudir a filas. —Cuídame bien a la Nena, Julio —me ordenó al partir—. ¡La dejo a tu cargo! (Todos me llamaban siempre así, Julio; aunque no es mi nombre verdadero, finalmente llegué a acostumbrarme). ¡No me falles, Julio! Esto último era innecesario: bien sabía él que yo obedecería al pie de la letra. Nada le faltó a la Nena en tanto cohabitamos en La Burbuja... Hasta el más insignificante de sus caprichos fue indefectiblemente una orden implícita para mí. Como la vez en que, desde su lecho de enferma, suspiró: —¡Cómo me gustaría que ya fuese primavera! Lo expresó hace 700 días. No era lo propio, desde luego: el calendario indicaba que estaban transcurriendo aún las postreras semanas del invierno. Pero yo debía hacerla feliz, de manera que conecté la Primavera antes de tiempo. Desde el cuarto de controles operé diales y conmutadores, bajé palancas y tecleé precisas directivas. Afuera, sobre la arena roja y seca, empezó a extenderse una creciente mancha de verdor. Docenas de tallos con sus hojas se abrieron paso a través del suelo, ondulando solemnes, como si los meciese una melodía silenciosa. De pronto, múltiples explosiones de color los matizaron: la Primavera “se vestía de flores”, como le gustaba decir a la Nena. Oprimí nuevos mandos, y hubo un revoloteo de aves trinadoras y una nube de insectos orbitó en torno a las policromas corolas que iban abriéndose por doquier. Enseguida, los campos de fuerza, activados, demarcaron un área resguardada de las tempestades. —Ya es Primavera, señorita —anuncié. 49


La Nena se incorporó en el lecho. Parpadeaba, incrédula. Yo había puesto la polaridad en “transparente”, de manera que la escena del exterior se le ofreció en toda su magnificencia a través de La Burbuja. —¿Primavera, ya? —se extrañó—. ¡Pero si falta...! —Véalo por sí misma —repuse. Lo esencial era su dicha, como siempre, no el apego estricto a la norma. Al menos en emergencias como estas. Palmoteó, divertida. Comprobé que se le coloreaban las mejillas, lo cual confirmó lo acertado de la decisión adoptada. En cualquier caso, no se dañaba a nadie con aquella leve alteración de fechas, ya que estábamos completamente a solas en Marte desde el comienzo de las hostilidades. Ella devoraba el paisaje con los ojos. Claro está que no ignoraba que todo era artificial; pero el realismo que yo había logrado conseguir en años sucesivos era bastante aceptable, y además grato a la vista. No creo que nadie, fuera de un experto, habría advertido la diferencia con el producto natural. Las nervaduras de las distintas hojas, por ejemplo, tomadas de viejos hologramas, pasadas por escáner, computarizadas y luego minuciosamente copiadas, revivían en versiones de escrupulosa fidelidad: lo mismo en cuanto a los insectos: incluso el más fino vello de las patas de las abejas correspondía al modelo original, hasta donde yo podía conocerlo. Y suponiendo que algo se me escapara..., bien, la Nena tampoco había visto nada de eso en vivo, como marciana de segunda generación que era, y sin haber tenido oportunidad de visitar la Tierra... Su corazón, tan débil, no habría soportado la gravitación del Planeta Materno. Como fuese, era Primavera, ya que la Nena lo necesitaba. —Saldría afuera, para disfrutar, Julio, pero el frío... Con esta tosecita mía... Era cierto lo de la tos. Pero de cualquier modo, ella jamás habría dejado la protección de La Burbuja, debido a la gélida temperatura, las frecuentes tormentas de arena y la escasa proporción de oxígeno. Era una especie de simulación que compartíamos: yo le hacía el gusto cada vez que ella pretendía disfrazar la realidad... El Señor me había explicado que eso facilitaría las cosas para ambos. Solíamos recordar al Señor y a la Señora. Yo, por supuesto, no olvidaba nada de lo ocurrido en otros tiempos, y ella me pedía una y otra vez que le repitiese anécdotas graciosas, hechos triviales y algún drama también, aunque en estos casos le brotaban lágrimas. —¿Por qué tuvo que irse papá, Julio? —preguntaba, en voz baja—. ¿Por qué volvieron todos a pelear a la Tierra? ¿Tienes alguna explicación para un absurdo así? 50


—No puedo interpretar sus razones —le decía siempre—. Su padre habló de “deber cívico” y de “lealtad a la bandera”. Puede suponerse que los demás habrán tenido motivaciones análogas... Cuando le pregunté si eso no me incluía, el Señor me dijo que mi lealtad se la debía a usted, por encima de cualquier otra consideración. Y a eso me atuve. También había habido lucha en Marte; pero el Señor me ordenó explícitamente que se lo ocultase a ella. De manera que nunca le mencioné los cientos de cadáveres que fueron incinerados en la gran caldera central de La Burbuja cuando todo terminó. Una minoría, victoriosa sobre los amotinados, partió hacia la Tierra “en defensa de sagrados ideales”, como se lo designaba, y jamás volvió. Tiempo después dejaron de recibirse las transmisiones, y un día la Tierra desapareció del telescopio. La Nena y yo nos habíamos quedado escondidos, por orden del Señor, cuando todas las familias residentes fueron evacuadas, y se desmantelaron las instalaciones de investigación científica y un enorme silencio cayó una vez más sobre las desoladas planicies arcillosas... Ella debía ser preservada a toda costa, dijo el Señor. Su pequeña vida de tres años le era más preciosa, afirmó (y a mí podía confesármelo sin reticencias), que cualquier principio sobre gloria, honor o patriotismo. De manera que se valió de los privilegios de su alto cargo para reservar, en secreto, un depósito de comestibles cuya destrucción debió supervisar. Solo yo sabría, desde entonces, cómo acceder a él. —Si no hubiese sido por ti, Julio —me decía a veces la Nena—, ¿cómo habría yo sobrevivido aquí? ¡Y todo lo que haces para alegrarme, además!... —Y el próximo año —le respondía yo—, quizás logre por fin ofrecerle flores de verdad, vivas... Estoy probando un nuevo fertilizante. Durante cuarenta y cinco días de cada mes (cuando quedaba liberado de mis funciones habituales de mantenimiento), trabajaba en lo de las flores. Llegué a contabilizar 27.340 ensayos distintos, utilizando diferentes agentes químicos y térmicos, invariablemente sin éxito. Todos los años, por otra parte, inhumaba mis esporas sintéticas, siempre en base a fórmulas diversas, esperando que algo llegara a crecer en las zonas irrigadas por los equipos destiladores. Pero nada positivo había conseguido. —¡Cómo te esfuerzas!... —sonrió la Nena, en aquella Primavera final—. Pero apostaría a que no es solamente por mí que lo haces... ¡Me parece que a ti también te gustaría ver flores de verdad! —Cabe en lo posible —contesté, con mi imbuida diplomacia. —¡Lo que sucede es que eres todo un poeta, Julito mío! ¡A ver, rápido! —y levantó de súbito un índice juguetón, para añadir, en fingido tono imperioso—: ¡Te 51


doy un minuto para que me hagas un versito sobre la primavera! Solo necesité treinta y tres segundos, dos décimas. No tenía más que bucear en mi memoria y entresacar de viejas estrofas que sabía del gusto de ella —la Nena padecía de marcada proclividad hacia lo anticuado—, para terminar elaborando algo por este estilo: Serán tiempos más dulces, mejores... Gozaremos de tibias y plácidas brisas, de aromas fragantes y alegres sonrisas, cuando crezcan de nuevo las flores. A ella le encantaban estos poemas, o “versitos”, como incorrectamente los denominaba... Era durante la época primaveral (ficticia o no) que se endulzaba su vida. Yo hacía lo posible por prolongársela; por eso, a veces, como había ocurrido 700 días atrás, adelantaba un poco la Primavera. Pero, desde luego, aquello no podía continuar indefinidamente. Noventa y ocho años marcianos, de 687 días cada uno, son demasiados para cualquier ser humano. La Nena murió poco después de aquella Primavera extemporánea; de acuerdo a su expresa voluntad, no la cremé. Pero, tras el rito final, solo un vacío... No tenía nada programado para después. ¿Mantener en funcionamiento las instalaciones? ¿Continuar sintetizando energía? ¿Con qué objeto? ¿Para qué servía ahora la Burbuja? Cuando al fin las descubrí, llegada la primavera real a que hacía referencia al principio, salí al exterior para verlas de cerca. Mis pasos marcaban hondas huellas sobre la greda rojiza de Syria Planum; pero las ráfagas reiteradas de una tempestad las deformaban de inmediato. Me arrodillé junto al montículo bajo el cual descansaba el cuerpo de la Nena. La sombra del Olympus Mons, cuya cima alcanzaba 23 kilómetros de altura, caía sobre él, pero no lograba apagar los colores de la guirnalda viva que lo adornaba —Son flores —constaté—. Han crecido al fin. Con gran delicadeza, mis dedos de acero inoxidable arrancaron una. Tenía el color correcto; también despedía un leve aroma, que mis sensores captaron de inmediato. Decidí que eran perfectas. Su nombre era: nomeolvides. Por fin... Debió haberlo causado el ingrediente faltante, ese que jamás había logrado sintetizar en el laboratorio. La carne y sangre de ella lo habían proporcionado.

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Me puse de pie, sin que se escapase siquiera un rumor de mis articulaciones, perfectamente lubricadas. Soy un JUL-10, y puedo seguir activo durante milenios todavía, pues soy capaz de reabastecerme y de arreglar cualquier parte que se descomponga en mí. Puedo cumplir con mi tarea. Y ya tengo una: cuidar las flores, para que se propaguen. Algún día, todo Marte estará alfombrado de ellas. Y será como si la Nena siguiese sonriendo.

CARLOS MARÍA FEDERICI

Uruguay

Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_María_Federici

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H

abía corrido toda la noche. Vencida por el cansancio, cayó. Alzó su vista al cielo y gritó con todas sus fuerzas: “¡Apsu!, ¿por qué me haces esto?, ¿por qué me abandonaste?” El silencio fue creciendo. Un rayo de luz iluminó el río. Incapaz de moverse, la joven se arrastró como un animal; “puso la vista en el agua y vio correr su destino”. Entonces comprendió todo: Apsu le había contestado. Bebió agua, usando su mano como pocillo; después se echó a descansar un largo rato, ya que su misión requería de todas sus fuerzas. Con paso firme regresó a su casa; al verla llegar, la madre corrió a abrazarla, pero ella rechazó esa ofrenda de cariño apartándola de sí. El padre, sentado en un sillón, era abanicado por varias mujeres, mientras otras, de un gran tazón cubierto de oro sacaban uvas que depositaban una a una en su boca. Veo que decidiste regresar, sabía que no podías vivir lejos de las comodidades que te ofrezco, hija mía. expresó aliviado, mientras tomaba vino de una copa de plata, cuyo borde tenía incrustadas piedras preciosas. Seria y con voz firme dijo: Padre, estoy de acuerdo en casarme con el hombre que me has asignado, aunque me convierta en esposa de segunda categoría. Muy bien, la boda se realizará mañana mismo. Gracias a las divinidades has recapacitado; pensé que una enfermedad se había apoderado de ti. A pesar de los angustiantes sollozos de su madre y hermanas, ella se casó con el hombre elegido, unos años mayor. Los días pasaron. Las esposas, concubinas y esclavas, se rotaban en la alcoba cada noche. Muy pronto sería su turno, se acercaba el fin de su misión. No lo comentó con nadie, así se lo había indicado Apsu. Las mujeres cuchicheaban a sus espaldas: era tan tranquila, tan callada, que la creyeron loca. A la hora señalada la vistieron con pocas prendas. Así lo había requerido su esposo. Entró en la habitación; en su vagina tenía la llave de su libertad, y la de todas aquellas mujeres. Ponte cómoda en el lecho, yo lo haré todo. dijo él, mientras giraba un instante para acicalarse. Se acostó encima de ella. El perfume del aceite del hombre, que le respiraba aliento caliente en su cuello, le causaba náuseas. Pero se quedó inmóvil esperando el momento oportuno, a pesar de que él le estremecía la piel con sus gruesos

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labios. Desflorada con lujuria, se sintió avergonzada, pero no emitió sonido alguno, como tampoco ni una lágrima rodó por su mejilla. En el delirio del placer de aquella bestia insaciable, la joven deslizó el cuchillo bajo la almohada, y con la fuerza de su humillación y la de todas las núbiles, se lo clavó varias veces en el robusto pecho. Él exhaló un ronco gemido y tuvo energía aún para intentar escapar. Pero resbaló y se enredó en las sábanas de seda, teñidas, como ella, de un rojo carmesí. El cuerpo no se movía. Solo la respiración entrecortada de la joven quebraba el silencio en aquel lugar. Cuando acercó el cirio al elegido, descubrió ciertas similitudes con las de Marduk, quien lentamente se estaba convirtiendo en cenizas. Una extraña alegría la invadió, pues su primera encomienda estaba concluida.

Daniela Rostkier

Uruguay

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La desesperación es la materia prima del cambio drástico. William Burroughs

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oy hijo de la noche y hacía ella camino, ciego, vigilante, anestesiado por el humo que gravita alrededor mío en este infierno frío y sucio, encallado como un barco fantasma en la parte más hostil de esta ciudad. Desde que tengo uso de razón he vivido de la misma manera, entre la suciedad y la delincuencia. No sé qué es familia, tampoco quiero saberlo ahora que he adoptado a la oscura noche y a los seres que la habitan como una. Mis días transcurren en permanente contradicción, desde el albor de un nuevo día, hasta la llegada de la trémula noche, que es cuando salgo al mundo, convertido en un ser invisible que aborda las desiertas avenidas en busca de la redención oculta en el más inesperado rincón. Como el humo voy y vengo, flotando a la deriva por las angostas calles que resguardan a los seres que como yo, vivimos de la noche. Durante el día nos convertimos en piedra, tendidos en cualquier parte, cubiertos con cualquier cosa, ignorando los constantes golpes del tiempo y la necesidad. En los callejones que nadie se atreve a pisar estamos nosotros, adheridos como rocas al suelo de tierra húmeda y monocromática, esperando el resplandor de un rayo luminoso perdido, tratando de esquivar las pisadas que nos apuntalan más en el insignificante y leve camino. Afuera la ciudad respira dificultosamente ese oxígeno contaminado que nos rodea, tratando de sobrevivir entre el ladrillo muerto y la corroída sociedad. Aquí en La Parada, el ladrón roba al ladrón y ni así obtiene el perdón. Las caravanas de triciclos ocupan desde muy temprano las últimas cuadras de la avenida 28 de Julio, que por las noches permanecen vacías como desiertos apocalípticos de fenecidas ciudades. Se instalan en cualquier espacio libre y empiezan la danza de la compra y venta de productos de dudosa procedencia. La basura cobra vida, avanza como la hiedra por el suelo abarrotado de pies deseosos de escapar cuanto antes de ahí. La autoridad no pisa el lugar, aquí el trono de vidrio y grava le pertenece al más malo, a aquel capaz de conseguir que los demás lo sigan sin contemplaciones ni remilgos. Dios desconoce este territorio, y la parcela de cielo que le corresponde no es más que un castigo gris que cubre su cetrina piel de adoquín como una sábana roída cubre un cuerpo encontrado sin vida en medio de un basural. Sobrevuelan los gallinazos nuestras cabezas como torpes y pesados aviones siniestrados. Los cables colgantes de manera informal entre casa y casa, lucen cóncavos por el peso de estas aves de rapiña que se posan en su negra piel plástica, esperando la gracia de algún distraído parroquiano que deje caer algo de su abierta boca llena. Estos 58


cables forman enredaderas negras que van en todas direcciones invadiendo el espacio aéreo, formando las marañas de una selva casi extinta. De pie, junto al borde de la ciudad, el mundo se abre a la extinción. Es la torre de babel truncada, la cúpula infinita de los mil idiomas del hombre. Allí conviven todos los pecados capitales en un metro cuadrado de tierra muerta, en donde la piedad es tan solo una mera ilusión del hombre. Algunos se adentran en busca de pedazos de algo que ya no existe, caminan con los ojos diletantes observando todo a su alrededor, ignorando la maldad que entre sus paredes crece como un abandonado graffiti, que de un punto aparte dibujado sin intención, termina convertido en el mapa testigo del mundo laberíntico que resguarda sus más anhelados recuerdos de crueldad. Aquí es donde vivo, es aquí donde despierto y muero un poco más cada día, anhelando sentir la presencia de aquel Dios que ya le quitó sus sagrados ojos misericordiosos de encima. La noche ha sido larga, un gran atraco que terminó en una pelea por el cuantioso botín, con un muerto y varios heridos sobre el sombrío pavimento. Yo me encuentro entre los heridos. Tumbado en el piso por un corte de navaja en el pecho, me he arrastrado hasta un pasaje abandonado, donde las sombras me han servido de perfecto escondite. Allí he pasado las oscuras horas, y he sido presa de la fiebre y del delirio que estas provocan. Imágenes pasadas han venido a mí inconscientemente, y revolcándome de dolor en el sucio suelo las he visto repetirse una y otra vez hasta el cansancio. Mi lucha interior ha durado toda la noche, pero al final de la jornada he logrado abrir los ojos y ver el cielo iluminado una vez más. En el delirio sentí el calor de la sangre chorreada en mi pecho, rodeando la profunda herida que el frío metal dejó en mi piel. No estaba despierto, aunque tenía los ojos entreabiertos. Fue en ese preciso momento de incontenible fiebre, que apareció aquella mano redentora, abriéndose como una flor delante de mi borrosa mirada. Sus cortos y rugosos dedos me invitaban a cogerla sin miedo, entonces volví a cerrar los ojos y después no recuerdo qué pasó, solo sé que desperté tumbado en una cama de hospicio con las heridas lavadas y una sensación desconocida invadiendo mi cuerpo. La mano redentora le pertenecía a un pequeño cuerpo femenino, y ese cuerpo a una mujer de nombre Agnes. Sentada a mí lado en una silla vieja, me daba sorbos de sopa de pollo con una cuchara de metal, mientras rezaba varios Ave María sin detenerse entre el fin de una oración y el comienzo de otra nueva. Di una mirada rápida de inspección al lugar, hallé varios cuerpos gastados, tumbados sobre camas viejas o sobre sillas de endeble estructura. Sobre los muebles descansaban hombres deteriorados, tipos sin esperanza en los ojos que habían sido rescatados, al igual que yo, de lo profundo de ese abismo insondable que separa la ciudad del infinito. Varias 59


mujeres envueltas en túnicas blancas ayudaban a los hombres a reponerse, consolándolos con largas oraciones y ayudándolos a comer con la paciencia que solo una madre exhibe al alimentar a su hijo pequeño. ¿Quién es usted?, le pregunté a la mujer que me alimentaba en mi cama. Soy alguien que quiere tu bien, pero mejor no digas nada. Ahora estás débil y tienes que reponerte. Me respondió dándome otro sorbo de la caliente sopa de pollo. ¿Y cómo llegué aquí? Volví a interrogar a la extraña dama que me socorría. Dios te ha rescatado, ahora estás bien. Debes agradecérselo a él. Respondió antes de pasar una servilleta de papel por mis ajados labios. ¿Y por qué no me dejó morir allá afuera? ¿Por qué decidió rescatarme? Porque nadie que no se haya preguntado qué pasará mañana cuando abra los ojos a un nuevo día, merece el abandono de Dios. Has sido tocado por su mano misericordiosa. Debes agradecerle eternamente el que te haya salvado, dijo, y en ese momento desapareció de mi vista, dejándome dormido profundamente sobre el humilde lecho. Dos semanas después pude levantarme de la cama por mis propios medios. Envuelto en una bata percudida y larga, di mis primeros pasos por los pisos limpios del hogar de Las Misioneras de la Caridad, hospicio que fundara la madre Teresa de Calcuta en el año 73. Fue en esas caminatas de convaleciente que vi la imagen de la madre Agnes, colgada de la pared en un cuadro alumbrado por un foco de luz ambarina, y fue en ese momento que supe quién era la mujer que había salvado mi vida. Estuve muchos meses en el albergue, tiempo en el que me recuperé casi al cien por ciento de mis dolencias tanto física como espirituales. A la madre Agnes no la volví a ver sino después de muchos años, ya recuperado del todo, con una familia conformada por una linda mujer y dos hermosos hijos pequeños. Llegaba una tarde cualquiera después de un día más de trabajo a casa, cuando encontré a mi mujer sentada en la sala con los ojos pegados a la noticia de último minuto que informaba un canal local. En el noticiero daban cuenta de la muerte de la madre Teresa en su ciudad natal, en la lejana y pobrísima Kolkata. La multitud congregada en su paseo fúnebre era impresionante, miles de fieles rogaban por ver una vez más a la mujer que tanto ayudó a los más necesitados de su comunidad, por lo que recibió como merecida recompensa, el llanto descorazonado de su gente y la gloria 60


eterna del Altísimo. Fue entonces, al verla a través de la pantalla del televisor, que recordé aquel rostro enjuto y rugoso, esos ojos diminutos que podían ver en lo profundo del alma, y aquella voz que canturreaba rezos que podían llegar a las fibras más sensibles de los oídos del Señor. En esa misma pantalla la vi por última vez, rodeada de toda esa multitud que se congregó para despedirla de la tierra como solo se puede despedir a una santa. Esa tarde lloré, lloré como no lo había hecho en su momento, cuando su mano redentora me levantó del infierno y me mostró el camino de la salvación. Y fue en ese instante de llanto incontenible que oré, oré por la paz de su alma, recé como no lo había hecho antes, por el alma de la mujer que sin conocerme me había salvado de las garras del mal, que me rescató de las puertas del infierno y me enseñó el verdadero camino a seguir. Solo después de terminar mi oración supe que todo estaba bien ahora, que la madre Agnes nunca me abandonaría, que siempre estaría allí para librarme de las tentaciones que podrían presentarse en mis retirados días familiares.

GIANCARLO ANDALUZ QUEIROLO

Perú

Blogs: elcuentarium.blogspot.pe emisorreceptor.blogspot.pe

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e recosté cuan larga era entre la fila de durazneros plenos en el mediodía estival. Sé que puedo terminar todo sufrimiento cortando mis venas o recargando mi estómago con una sobredosis de pastillas. Cuando ellos reparen en mí yo ya estaré fuera de su alcance. El sol hierve mis sesos de madre primeriza. Desde lejos escucho los gritos entreverados de ese hombre y la niña (aún me cuesta reconocerla como hija). Parecen disfrutar de este día pegajoso e inestable. Cada uno encuentra la felicidad donde puede. Secretamente evalúo varios finales. Sé que debo encargarme de los tres, al hilo. No debo dejar testigos. El calor directo en mi cráneo me desubica. Quién podría sospechar que, tras esta cara de vaca transportada hacia el matadero en ese horrible camión todo cagado, pudiera conformarse una idea válida. ¿Madre ejemplar?, ¿esposa amantísima? Son palabras que jamás estarán en mi lápida. Cualquier cosa que imagino contiene la frase letal: agravado por el vínculo. Es tan fácil pasar al otro lado. Hace mucho calor, no puedo mover ni un dedo. Ocupo mi fuerza exclusivamente en la respiración. Su risa plena de varón permite que me asalte el recuerdo de sus ojos cerrados, sus gemidos y su descarga. Supe que estábamos engendrando vida en ese instante. No hice nada para cambiar el curso. Llamados sin respuestas, mensajes unilaterales. Cuando por fin le avisé de su paternidad me miró azorado. Ah, sí… ¿ahora te quedás sin aire? Sentí sus músculos tensos, preparados para atacarme. Sus ojos me reprochaban el haber parido. Claro, como si yo hubiera salido en mitad de la noche a robar una porción en el banco de esperma. Se arrodilló frente a su nueva hija y la besó en la frente, caminó hacia la puerta. Cualquier cosa, llamame, dijo. Las sienes me laten. Debería preocuparme por la salud de mi hija. ¿Tiene sombrero? ¿Le puse protector solar? Cocido mi cerebro a término medio, salto inmediatamente al principio de la maternidad. Aparece ante mis ojos de párpados pesados imágenes del tiempo en el que me tocó evitar espejos y reflejos en vidrieras. Mis dientes parecían tener un lugar privilegiado, solo eso miraba. Supe de llantos histéricos a la madrugada. Llegué a preocuparme por el sueño de mi vecino. Sabía que si tocaba el timbre le entregaría a la criatura junto con una bolsa con pañales y óleo calcáreo. Nunca ocurrió. Me ocupé de acompañar el llanto de la pequeña y de manejar con destreza el termómetro. Concentrate estúpida, eso que escuchás es el llanto de tu bebé que se cagó, que quiere teta, que no sé qué. El baño es el lugar más peligroso para una madre solitaria. Entraba cargando entre mis brazos al fruto de mi vientre, escrutaba mis cejas, comprobaba la rigidez de mis maxilares, sentía que me rodeaban los afilados límites de los azulejos que me reflejaban. Ensayando la posición del discóbolo, un poco obligada la maniobra por la diferencia de masa del objeto que, 63


eventualmente, sería arrojado por los aires. Ahora escucho gritos. Mi nombre es repetido en voz alta y lo acompaña un berreo, ¿es una oveja? Ese hombre que decidió dejar su vida ejemplar para compartirla con nosotras, al parecer está preocupado. Yo sigo inerte, solo recupero la sensibilidad de mi teta izquierda, me siento la Difunta Correa cuando la bebé levanta sin reparos mi remera y decide tomar leche hirviendo al paso. Los brazos musculosos bajo mi espalda y mis rodillas. Movimientos cortos de sube y baja. Luego el afilado cuchillo del agua del molino horadando mi mollera. Se me para el corazón, me colapsan los pulmones. ¿A quién carajos se le ocurre sacarme de la parrilla y meterme bajo el chorro de agua helada? Me podés matar así. Y yo no quiero que me mates, yo quiero dejar de sufrir. Por media hora me tratan como a una reina. Treinta y un minutos después vuelvo a ser la vaca lechera de ubres presurosas que insiste en preguntarse en voz baja: ¿quién carajos me mandó a ser madre?

LAURA FOLCH

Argentina

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e enseñó a pintar a la luz del atardecer… Ahora, contemplando el mural, reparo en que hacía mucho tiempo que no pensaba en ella. Y me duele. Me duele cada uno de los brochazos que otros han dado en la pared tras la que tantas veces me refugié y me siento envuelta en una niebla de silencio y olvido que se me clava en el corazón. ¿Se acordaría todavía de mí? No recuerdo cuándo me llegó su última carta. Debió ser en París, antes de trasladarme a Nueva York. Me gustaba recibir sus letras, siempre tan cariñosa, tan orgullosa de mis avances. Cuando en el Heraldo publicaban algún eco de mis exposiciones, le faltaba tiempo para mandarme el periódico entero. Guárdalo, me decía, es tu historia. La composición del mural es espléndida; resume su vida, su espíritu y su esencia mágica. Me cuentan que nadie sabe quién lo empezó. Yo sospecho que pudo ser ella misma porque así era Carmenchu, una incitadora. Le gustaba lanzar retos al aire, sin mirar a nadie, para que nosotros creyéramos que podíamos sorprenderla con nuestra audacia. Escucho cómo hablan de ella los vecinos que la homenajean. Su desaparición ha sido un mazazo para el barrio. Se había convertido en la abuela de todos, la mujer que sabía escuchar, que conocía las mil y una maneras de ayudar, que no desfallecía jamás y que animaba el lento devenir de la vida en ese rincón apartado de la ciudad. Dicen que una mañana la pared que da al callejón apareció con una capa de pintura blanca que borró la mugre del incendio. El único indicio de la tragedia es ahora la ventana rota, sin cristales, la misma desde la que pasaba las tardes contemplando el barrio, pues apenas tenía ya fuerzas para salir de casa. Al día siguiente alguien dibujó con carboncillo una figura que se le parecía. El restaurador del taller de enfrente, al descubrirla, salió con un cargamento de botes de pintura y pinceles. Pasó el día pintándola, con su moño blanco, su delantal de flores y sus eternos zapatos de tacón. Siempre hay que lucir como una señora, me decía, para que te tomen en serio. Por la tarde, al salir del colegio, los niños comenzaron a pedir al improvisado pintor que añadiera lo que cada uno recordaba sobre ella: un globo que había regalado a un chiquillo que lloraba, unos caramelos lanzados al aire, su cuaderno de dibujo, la caja de pinturas… Su caja de pinturas… siempre en el mostrador, encima del cuaderno, todo preparado porque nunca se sabe cuándo va a llegar la inspiración… Para ella pintar era el motor de la vida. Tenía un talento innato que aprendió a educar sola, sin ninguna mano que la guiara. Y fue feliz enseñando a sus pupilos a encontrar el camino que cada 66


uno debía seguir por sí mismo. Montó un pequeño taller en la trastienda y allí, sin cobrar nada, daba clases a todos los que acudían a pedir su ayuda. Yo también pasé mi infancia, en “La Caja de Colores”, la mercería que había montado con el dinero de la indemnización, tras el accidente. Ella fue mi salvación. No puedo imaginar cómo hubiera sido mi vida sin ella. Cada tarde, en cuanto mi padre regresaba a casa, yo me escabullía escaleras abajo sin esperar a comprobar si llegaba sereno u oliendo a taberna, como era lo habitual. Huía de la realidad que se comía mis pocos años y me refugiaba en un mundo mágico. Llamaba a la puerta de la trastienda y Carmenchu me recibía con una sonrisa y un pincel. A la poca luz que quedaba a esas horas, me enseñó a imaginar escenas y colores para obligarme, después, a plasmarlos en el cuaderno que ella me guardaba. Sin su estímulo, jamás hubiera sido consciente de que sabía dibujar y, mucho menos, me hubiera atrevido a soñar con ser quien hoy soy. En el mural sonríe en medio de un jardín de girasoles: nos los hacía dibujar sin descanso. Mirad cómo los dibujaba Van Gogh, nos animaba, y llegó a empapelar una pared entera de la mercería con nuestros inexpertos dibujos. Hubiera sido una pintora excepcional. Solo en París, en el museo de los impresionistas, he contemplado cuadros con algún parecido a su estilo. Ella sabía que era única, pero nunca se quejaba de su mala suerte. Un accidente en la fábrica de cartones en la que había trabajado de pequeña le había dejado la mano derecha sin fuerza. Era tanta su pasión que aprendió a dibujar con la izquierda, pero no fue lo mismo. Aparcó sus sueños para despertar los de otros, que la necesitaban, y dejó que ese fuera su destino: vender hilos, botones… y dar clases de dibujo sin cobrar. Intentó introducirse en el ambiente bohemio de los artistas, pero solo consiguió que la engañaran. Dos veces creyó haber encontrado al hombre de su vida, pero las dos acabó sola en la mercería y sin ahorros. ¡Qué mala suerte tengo con los hombres!, decía entristecida. Y yo sabía que, a pesar de todo, no se arrepentía de haber estado con ellos. La tienda le permitió vivir modestamente. Vivía en el piso superior y allí organizaba tertulias con las mujeres del barrio. Hablaban de lo que había que arreglar, de los problemas de los vecinos, de cómo ayudar a los que llegaban desde otras tierras; las cosas de las mujeres, decía ella. Impulsó rifas, cursillos, exposiciones, charlas… Para todo y para todos estaba siempre disponible Carmenchu. En el mural todo eso está plasmado: un teatrillo de títeres en un rincón, una pared con cuadros en otro, una pila de libros de arte, un mago sacando una paloma de una chistera, el rótulo multicolor de “La Caja de Colores”, todo bajo un cielo azul 67


dominado por un inmenso sol junto a una deslumbrante luna, pegados, porque para ella no había nada imposible. Sí, era difícil que no se saliera con la suya cuando se empeñaba en algo en lo que creía. Y creyó en mí. Me consiguió una beca para la Escuela de Bellas Artes. Al terminar mis estudios me convenció para que probara suerte en París. Lo único que podía perder, me decía riéndose, era la maleta birriosa que iba a dejarme y el dinero que me regalaba para el billete de tren. Me dejé llevar por su entusiasmo y su intuición no le falló. Tras unos años duros de trabajos precarios, de estudio y reflexión, comencé a exponer. Enseguida llamé la atención de los críticos y triunfé. Ella seguía emocionada mi carrera y me contaba cómo me admiraban en el barrio. No volví a verla. Ni siquiera le regalé un cuadro, me doy cuenta ahora, consternada, al contemplarla en la pared pintada por sus vecinos. Todos los que fueron sus alumnos han dejado algo de ellos en el mural, pero no hay nada que hable de mí. Aunque, tal vez, sí. Abandono, esa es mi aportación. Me enteré de su homenaje a través de una de mis redes sociales. Un periodista local me envió el enlace de la noticia sobre el incendio y me invitó al acto que se le iba a dedicar. No lo dudé, cancelé todos mis compromisos y he vuelto a Zaragoza. No he reconocido “La Caja de Colores”. Una vela con la que Carmenchu se alumbraba para ahorrar en electricidad, pues su pensión era minúscula, provocó el incendio que destruyó el viejo edificio. A ella no la encontraron. Salgo de mis pensamientos porque me están llamando. Todos los presentes me miran expectantes. Me han preguntado si quiero añadir algo. Ante mí, botes de pintura de todos los colores; solo necesito uno, el amarillo, para plasmar lo que solo yo sé que falta en la composición. Mojo el pincel y dibujo, sobre su hombro, un pequeño canario. Nunca tuvo uno, pero decía que, en su próxima vida, quería ser una de esas aves que solo se dedican a cantar. Tal vez, con otra de las bellas artes, tuviera más fortuna. En cuanto lo he pintado, algo extraordinario ha sucedido. De la ventana quemada, iluminada por el resplandor de la puesta de sol, ha salido cantando un pajarillo que ha volado por encima de nuestras cabezas y se ha perdido en el horizonte. ¿Milagro? ¿Magia? ¿Alucinación colectiva? Yo he callado y he sonreído. Ella me enseñó a pintar a la luz del atardecer… y a guardar un secreto.

PATRICIA RICHMOND

España

Twitter: @PatriciaRichm_ Blog: patriciarichmond.blogspot.com

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a fogata crepitaba en medio de ellos. El vaquero se hallaba reclinado sobre el viejo madero en el que habían estado sentados hace un momento. La joven trató de mirarle a los ojos pero estos estaban ocultos entre la maraña de cabellos que nacían del negro sombrero de ala ancha, leves destellos dorados nacían de la base de su copa. Parecía que aquel estaba absorto en las danzas fulgurantes de las llamas. —¿Acheron? —habló, al fin, Eliza—. Eso suena como a una herramienta. ¿Por qué alguien le pondría ese nombre a un pueblo? El vaquero escupió la pajilla que había tenido entre los dientes y se irguió hasta sentarse de manera correcta. Los ojos verdes del curtido sujeto traspasaron los ojos negros de Eliza. Por un momento ella sintió como si aquel estuviera pensando en asesinarla. —Pues… es una larga historia y no muy agradable. Quizá le dé pesadillas a usted, señorita —dijo tocando el ala de su sombrero. —Suficiente pesadilla la que estoy viviendo contigo, en este afanoso viaje — aclaró su garganta y, al verlo fruncir el ceño, se explicó—. Me refiero al calor y las alimañas… El vaquero volvió a recostarse sobre el madero, desinteresado como siempre; cruzó los brazos mientras su roja camisa se apretaba sobre sus fornidos brazos, dobló las piernas y apoyó la pantorrilla derecha sobre su rodilla izquierda, las espuelas emitían un tenue brillo fantasmagórico. Eliza entendió que aquel iba a dormirse sin más, así que sintió como si un volcán hiciera erupción en su interior. ¡Esta vez sí que la escucharía! ¡Ya estaba hasta el copete con todas sus faltas de respeto! —¡Mire Anderson, le agradecería que…! —El día en que él llegó al pueblo, este se llamaba Astaris —le cortó sin más, a la vez que levantaba la mirada hacia su interlocutora; esta se había quedado petrificada al ver cómo las llamas de la fogata brillaban sagazmente en esos verdes y profundos ojos—. Si bien yo tan solo era un crío, recuerdo haber visto su carreta. Él se veía como un hombre decente, un hombre de familia. Lo vi hablando con el mayor, compró la finca abandonada del borde del pueblo. ¿Su nombre? ¡Hfmp! —resopló—. Nadie lo supo, solo yo lo escuché. Por primera y por última vez cuando aquel estrechaba la mano del alcalde. El forastero se llamaba Legnán, único descendiente de la dinastía Atas. Las palabras fueron haciendo eco en el árido ambiente desértico, los caballos resoplaron mientras la luna bañaba el cañón, el humo ascendía como un camino secreto hacia el firmamento desapareciendo en él; así también sus consciencias se 70


fueron disolviendo hasta que ambos se volvieron espectadores del día en el que las campanas de Acheron repicaron por primera vez. *** —¡Solariegos habitantes de Acheron! —gritó un extraño sujeto, mitad hombre mitad artefacto de relojería—. ¡Temo ser portador de malas noticias! ¡En vuestro leal pueblo ha ingresado un hombre, un fugitivo de la Corte Adamas! ¡Entréguenlo y todos vivirán, escóndanlo y todos morirán! ¡Hombres, mujeres, niños, animales; hasta la misma tierra bajo sus pies se calcinará! Andy, miraba por entre las cortinas de la ventana. Su padre, Kirios, un científico mecánico que por azares del destino servía de doctor para los pobladores de Acheron, estaba cerrando todas las puertas y ventanas de la casa, discutiendo de manera acalorada con Reggie, la mujer a la que Andy llamaba madre. El niño, en puntitas de pies, podía observar a cinco extraños sujetos, encabezados por un tipo de cabello largo; pudo ver vapor saliendo de las articulaciones de su brazo derecho. —¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho…! —se detuvo y alzó la mano; su comitiva avanzó a través de la avenida hasta toparse con el mayor, el sheriff y su séquito de tres hombres. El autómata volvió a colgar su arma en el brazo. Al niño le fascinó la visión de aquel extraño rifle. —¡Anderson Fox! —escuchó a su madre gritar desde las habitaciones—. ¡Ven de inmediato muchacho malcriado! Corrió con el corazón saltándole del pecho, tan asustado estaba por los furiosos gritos de su madre que no se percató de su padre saliendo apresurado por la puerta trasera. *** —¡JA, JA, JA! —se escuchó un intenso barullo en la calle principal. Andy se había quedado dormido en el regazo de su madre, un griterío proveniente de afuera había quebrado su frágil sueño. Apartó con suavidad el brazo de su madre y caminó descalzo hasta la puerta de madera, giró el pomo de la puerta, la abrió y salió cerrándola a su paso. La sala se veía iluminada por un color carmesí incandescente, vibraba como si fueran deflagraciones. Intrigado, se sobó los ojos y parpadeó, logró percibir que aquel brillo entraba por la ventana. Caminó hasta ella y miró hacia afuera: lo que vio le dejó una cicatriz ardiente que llevó encima toda su vida. Diez sujetos emborrachándose frente a dos hogueras: en una se quemaba hasta las cenizas el irreconocible cuerpo de un adulto, en el otro se quemaba el pequeño cuerpo de un niño que no le superaba en edad. 71


¡PLAM! Andy saltó de miedo, sus ojos verdes —abiertos como platos— reflejaron la figura de su padre y de un hombre ensangrentado, que, apoyando todo el peso de su cuerpo en los hombros de su padre, entraba por la puerta trasera en dirección hacia él. Este último se derrumbó en medio de la sala, justo delante de sus pequeños piececitos. Las deflagraciones del exterior se reflejaron en las balas cosidas encima del cinturón del infausto sombrero de ala ancha. «Es él». —Lily… Thelma… —balbuceó este, levantando la mano hacia delante. Raudo, su padre se agachó para levantarlo. Poco tiempo después, la puerta de la habitación se abrió de par en par y salió su madre. —¡Regresa a la cama de inmediato Reggie! —dijo, deteniendo en seco sus balbuceos—. ¡AHORA! La puerta se cerró tan rápido como se había abierto, ahora su padre volteó hacia él. —Tú, muchacho. Escurre esas lágrimas —los cansados ojos de Kirios buscaron ayuda en su hijo—. Lo siento, pero ahora tendrás que ser un hombre. Abre la puerta de mi consultorio, corre las cortinas y enciende unas velas. Andy llevó las manos a su rostro, limpiándose las lágrimas y asintió con tono rudo. Vio como su padre hizo una mueca, tratando de ocultar las lágrimas. Nunca pensó que un caballero tan rudo como Kirios supiera lo que se llamaba llorar. Dejó a un lado sus pensamientos y corrió a hacer lo que él le había encomendado. *** Dos cruces carbonizadas en medio de una profusa lluvia, erguidas en medio de la oscuridad como una maldición, era lo único inalterable en la calle. Los verdes ojos de Andy aún contemplaban desde el borde de la ventana, esperando que esos extraños sujetos se fueran, pero tras tres días seguidos, la ciudad permanecía sitiada. —¿Qué crees que haces? —cerró Reggie el paso a su esposo—. ¡Él es un traidor, se rebeló contra la Corte Adamas! ¡Él se lo merece, nosotros no, nosotros somos leales! —Quizá yo estuve, por años, tan ciego como tú, buscando absolución por errores que nunca cometimos —Kirios la apartó con suavidad y pesar—. Ahora prefiero ser llamado pagano a estar engullido por un dogmatismo desquiciado. Andy giró al escucharlos discutir por enésima vez, su padre con una cacerola llena con toallas empapadas de sangre, su madre confrontándolo, ambos defendiendo

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lo que creían correcto. Pronto un susurro distrajo la atención del pequeñín, así que caminó en dirección a ella, llegando hasta el consultorio de su padre. «Cruza la densa niebla de tus miedos, mira al abismo con los ojos encendidos. Encontrarás la gracia de la autodestrucción, en las eternas llamas de tu poderoso corazón». Los verduzcos ojos de Andy observaron atónitos a una sombra amorfa, de pie al costado izquierdo del agonizante sujeto. Esta giró, lo que vendría a ser su rostro, en dirección a él. Dos pozos insondables se fijaron en él, en medio de ellos un fuego eterno iluminaba dos antorchas fantasmales: sus ojos. La aparición llevó la mano hacia la boca, haciéndole el ademán de guardar silencio. Andy, contrario a lo esperado, no se llenó de temor, sabía lo que estaba pasando —o quizá tan solo lo intuyó—, así que afirmó con la cabeza. Una corona de llamas se dibujó a centímetros del rostro del sujeto, acto seguido la sombra desapareció; poco tiempo después la aureola también. El individuo, impasible, se levantó de la camilla, bajó los pies y se irguió como si nada hubiera pasado. Buscó su ropa; al encontrarla se vistió, abrió la ventana que daba a la calle y antes de irse, volteó hacia él. Las endurecidas facciones de aquel extraño se relajaron por un momento, regalándole una hermosa, triste y solitaria, sonrisa. *** Al día siguiente la muerte se presentó ante el pueblo, vestía un sombrero negro de ala ancha, con balas doradas cosidas al cinturón bajo la copa. Una profunda cicatriz endurece su rostro, surcando de derecha a izquierda, iniciando en la frente, cerca del parietal, y avanzando a través de su ceja, su dorso nasal, su mejilla y terminando cerca del ángulo de la mandíbula, oculta bajo su profusa y gris barba. Siempre con el ceño fruncido, combinando a la perfección con sus ojos color acero y la bandana rojo sangre amarrada alrededor de su cuello. Una potente carabina cuelga en su espalda, tan grande como la gabardina negra que lleva puesta y tan vieja como esta. Las campanas del pueblo repicaron por primera vez, alertando de un demonio que pisaba como rinoceronte con sus botas de tacón alto y espuelas, dos Mágnum brillando bajo su opulento cinturón y un grueso puro que invitaba a conocer el agrio olor del infierno. —¡Ceniza a la ceniza! ¡Muerte se paga con muerte! —gritó el sujeto, liberando ambas Mágnum—. ¡Hay un monstruo en vuestros armarios! ¡Ustedes mismos lo crearon, así que no huyan de él! Un fogonazo de rifle golpeó la espalda del sujeto, empujándolo hacia el piso; inerte.

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El alguacil fue apareciendo en la escena, el rifle colgado en su espalda humeaba. Tras él apareció el mayor, los subalternos del alguacil y los cinco matones de la corte Adamas. Estos últimos comenzaron a registrar las casas mientras el alguacil y el mayor caminaban hacia el sujeto, seguidos de cerca por los subalternos. ¡BANG! Un fogonazo reventó la rodilla del mayor quien se precipitó hacia delante, justo en el preciso instante en el que el demonio de sombrero negro giraba y depositaba la mágnum en la boca de este. ¡BANG! La cabeza del mayor estalló como una vasija de vino, el alguacil llevó las manos hacia su rifle pero su pecho fue traspasado por cuatro proyectiles. El tipo se levantó presto como un puma y, antes de que el alguacil cayera, lo utilizó de escudo. Seis precisos disparos acabaron con las vida de los tres subalternos. Tras ello, este se lanzó hacia dentro de una casa, atravesando la ventana. Los cinco matones fueron avanzando en línea, un proyectil abrió el pecho de uno, los demás huyeron como palomas. Pronto uno a uno fueron siendo alcanzados por el preciso rifle de aquel oscuro vengador. A la mañana siguiente las dos cruces ennegrecidas habían desaparecido, reemplazadas por diez cruces invertidas en las que se hallaban empalados cadáveres carbonizados. Lo único que quedó de aquel extraño fue su rifle, introducido en la tierra, frente a los cadáveres: Acheron 35/CI6. Nadie lo volvió a ver, excepto Kirios… y Andy. *** Eliza lo miró perspicaz, parecía que él, al avanzar en su historia, poco a poco, la fuerza iba perdiendo. Esperó a que él prosiguiera pero no lo hizo, sus cansados ojos verdes se quedaron mirando el fuego. Ella no supo qué decir; por un momento tan solo compartió su soledad. —¿Sabes? —prosiguió el vaquero—. Ése día supe que el demonio nunca cambia, él es quien te cambia, pues entendí que muy en el fondo… todos tenemos un demonio dentro.

LUIS BRAVO

Perú

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iguel entreabrió los ojos y sonrió. ¡Qué placer, qué calma! El sol pegaba fuerte, el agua en la playa parecía aceite. Un silencio azul se sumaba a la sensación de paz que lo embargaba. Agua cristalina casi hasta la transparencia, cálida, suave. Se preguntó cuantas veces había pensado en esto… y por fin había llegado el momento oportuno. El hotel estaba levantado prácticamente en la arena de la playa, entre palmeras y dunas. Y Susana había quedado encantada. Su Susy… cuánto merecía ella estas vacaciones tantas veces postergadas… Cuando llegaron al lugar ella no lo podía creer. Abrió la ventana del dormitorio y allí estaba la playa, la arena, el mar en tonos de verde. Playa Esmeralda, la bautizó Susana plena de entusiasmo. Habían recorrido el lugar entre bromas y sonrisas. Caminaron tomados de la mano como si fueran adolescentes, se habían abrazado y besado con una alegría que le recordó a la Susana de veinte años atrás. Veinte años, tres hijos y unas cuantas millas atrás. La vida del marino mercante es dura, es sacrificada, siempre navegando, licencias cada vez más cortas y menos frecuentes. Pero está claro que la peor parte la lleva ella, padre y madre a la vez. Hacía rato que le debía estas vacaciones. Se acomodó un poco mejor en el bote y no pudo menos que esbozar otra sonrisa de satisfacción. El Centro Náutico del Hotel tenía todo tipo de embarcaciones y él había elegido este gomón circular porque quería estar cara al sol y porque tenía un lugar perfecto para poner las botellas de cerveza que llevaba. Volvió a sonreír, el sol seguía alto, fantásticamente brillante. Tomó el sorbo final de la última Corona y se quedó mirando la botella vacía en su mano sin soltarla, mientras recordaba la noche anterior. Habían hecho el amor con sus sentimientos en la piel y en el alma, alternando ternura con pasión. Se habían dormido abrazados y el amanecer… otra sonrisa de Miguel… el amanecer fue increíble. Él ya no era joven y cuando se creía exhausto, Susana había logrado despertar otra vez su pasión, aún más arrolladora, sublimemente arrolladora. Terminaron entrelazados sobre la alfombra. Ella estaba radiante y feliz, juraría que tenía sus ojos vidriosos. Sí, cuánto tiempo había pensado en estas vacaciones. Se incorporó a medias y miró hacia la playa… estaba tan cómodo en el gomón… esperaría otro rato, igual Susana demoraría aún más. Luego del desayuno, habían caminado por los alrededores. Era fantástico ver como se mezclaban los verdes tropicales con esas arenas tan blancas. Susy se había empeñado en ir a una sesión de masajes tailandeses que ofrecían en una carpa en la arena y él había optado por tomar sol en un gomón. Estaba desconectado de su mundo laboral y así seguiría, aunque no pudo menos de pensar en su último

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buque y sus compañeros. Buena gente, el Capitán un poco rezongón, hombre de cábalas y buen marino. El problema mayor estaba en la política de los armadores. Les pagaban buenos sueldos, pero la estrategia de la empresa era de alta exigencia. Cuando uno quería hacer licencia, no enviaban un relevo por lo cual el trabajo se veía exigido. Navegaciones generalmente largas, transoceánicas, estadías en puerto cada vez más breves... Pero estas dos semanas, su mundo era Susana y esta tantas veces dilatada escapada al Caribe. “Lo siento Capitán, arréglese sin mí por unos días”, pensó mientras se arrellanaba en el gomón tratando de taparse un poco del sol que castigaba duro desde lo alto. Cómodo y feliz, entrecerró los ojos y brindó con el viento por Susana. En el puente de mando del Buque Mercante “Torrens” con bandera de Panamá, el Capitán bramaba su enojo a través de las comunicaciones con el teléfono handy. Del otro lado del teléfono, en la proa, el Tercer Oficial no entendía nada. Había recibido diez órdenes del Capitán en el último minuto, más el marinero filipino que a su lado, en un español imposible le hacía sugerencias inentendibles. “Jefe Ingeniero por favor urgente al puente” atronó la voz del Capitán, ahora a través del circuito general del buque. El Jefe Ingeniero, viejo lobo, intuyó problemas y dejó aprisa la sala de control de máquinas. —Presente Capitán ¿qué sucede? —dijo el viejo marino al llegar al puente —Es este muchacho, el Tercero, está por llegar el helicóptero y no tiene idea de la maniobra de proa, vamos a terminar con el herido en el agua o peor, con el helicóptero empotrado en el buque —dijo el Capitán desaforado. —¿Puede quedarse supervisando el Puente, Raúl? sé que no es lo suyo, pero quiero ir a la maniobra de proa preguntó el Capitán y sin darle tiempo a responder continuó— este es el rumbo y la velocidad que pidió el piloto del helicóptero, tan solo hay que mantenerlo. El Jefe Ingeniero miró el desconcierto que había en la proa y no pudo menos que darle la razón al Capitán. Esa maldita tormenta días atrás había sido dura. El mar y el viento habían hamacado fuerte al buque. Se había roto la linga de seguridad de la tercera andana de contenedores y eso tuvo en jaque a media tripulación durante horas. Cuando finalmente el Segundo Oficial había logrado arreglarla, un golpe de mar lo hizo caer y rodar en cubierta. El resultado fue una fractura expuesta dolorosa y fea hasta de verla. Le suministraron morfina para el dolor y antibióticos previendo lo peor que podía suceder en medio del mar, el riesgo a la gangrena. El hombre era valiente, se quejaba poco, pero se le veía sufrir y la fiebre que venía aumentando en las últimas veinticuatro horas era muy preocupante, por lo cual el Capitán había solicitado a la 77


Guardia Costera un helicóptero para evacuar al herido. Para peor el Primer Oficial estaba de licencia y la empresa no lo había sustituido. El “Torrens” era un portacontenedor de treinta mil toneladas, que en este momento se aprestaba a recibir un helicóptero para una evacuación aeromédica y navegaba con un Maquinista en el Puente, con el Primer Oficial de licencia por alguna isla del mundo, el Segundo Oficial herido y a punto de ser evacuado y el Tercer Oficial, un novato al que los gritos del Capitán tenían al borde del desmayo. Menudo lío con esta tripulación. El Helicóptero llegó en hora. Una primera maniobra de aproximación, comunicación con el buque para corregir un poco a estribor el rumbo, una nueva aproximación para estimar el punto adecuado en la eslora. La comunicación entre el Piloto y el Capitán a través del handy era fluida. —Voy a necesitar diez segundos para bajar al rescatista, Capitán y luego estimo dos minutos para fijar la camilla al gancho y subirlos a ambos. Por favor mantenga rumbo y velocidad y sobretodo no caiga nada a babor —dijo el Piloto. —Ok proceda tranquilo que tengo un buen timonel —respondió el Capitán, ahora con una voz sumamente serena y calma. Sabía que en estas maniobras tiene que haber confianza mutua entre los pilotos y los tripulantes del buque. Confianza y calma. El helicóptero hizo la aproximación final. El ruido de las turbinas y de las aspas girando encima del buque se hizo ensordecedor. El Piloto mantuvo la vertical y el cable comenzó a descender con el rescatista. Durante los próximos dos minutos, buque y helicóptero deberían mantener un sincronismo perfecto navegando y volando en paralelo. Cuando la camilla quedó sujeta al gancho, el Capitán le apretó la mano a su Segundo y le gritó: —Te doy un mes para que vuelvas gran vago, que te necesito aquí, ya sabes, no busques más excusas. El herido le respondió intentando algo parecido a una sonrisa, mientras la camilla comenzaba a ascender hacia el helicóptero. Menos de dos minutos y la aeronave rompió la vertical para empezar el alejamiento. Capitán y Piloto intercambiaron un saludo por el handy y también con el clásico puño en alto con el pulgar extendido hacia arriba. El Capitán volvió a su cara de guerra, le ladró una última orden al destruido Tercer Oficial y se alejó hacia el puente, pensando si no habría un helicóptero para ir a buscar al Primer Oficial y que se olvidase de la licencia… —Salió prolija esa maniobra Capitán —le dijo el Jefe Ingeniero al recibirlo en el puente. —Sí, esos aviadores navales son buenos profesionales —Le contestó.— Y por acá, ¿todo tranquilo? —Bueno, si, tranquilo, pero me gustaría que pegara una mirada en el radar — 78


dijo el Jefe como al descuido. Con una luz de alerta el Capitán se aproximó a la pantalla y puso la máxima escala. —No veo nada raro —respondió al cabo de unos segundos. —Ponga la escala menor Capitán y mire por la amura hacia el Oeste —insistió el Jefe. Algo apareció ¿Qué era eso? Jugó con los controles, aumentó contraste, disminuyó ganancia. Ahí estaba el punto. Quieto, sin velocidad. Miró la carta náutica. La costa más cercana estaba a noventa millas y allí no figuraban ni islas, ni arrecifes, ni rocas, nada en esa zona. —Debe ser una reverberación del radar, Raúl, me esperan cinco días de navegación mano a mano con el Tercero, no me voy a desviar por ese punto —le dijo como buscando su aprobación. —También puede ser una balsa del buque ése que se hundió con la tormenta de hace dos noches ¿Cómo se llamaba Capitán, Nova Star? —respondió el Ingeniero como sin darle importancia —Justamente, lo estuvieron buscando día y noche con buques y helicópteros, trillaron toda esta zona, los vimos pasar varias veces y no encontraron nada —replicó el Capitán —Sí, claro, más que casualidad que justo nosotros nos fuéramos a cruzar con una balsa con náufragos ¿no? —el Jefe Ingeniero dejó caer su comentario como viejo zorro que era y miró al Capitán. Podía apostar como iba a reaccionar. El Capitán le echó una mirada de odio y gritó: —Timonel, timón todo a babor, rumbo 310. —Y usted, Jefe, sirva para algo y enganche el segundo motor que vamos a precisar más velocidad —le dijo en voz baja al Jefe Ingeniero a su lado —A la orden Capitán —sonrió el Jefe pensando que había ganado su imaginaria apuesta. A medida que el buque se aproximaba, el punto en el radar iba creciendo. —Tengo algo a la vista Capitán, justo en la proa —gritó el Tercero, agitando los prismáticos y sintiéndose útil por primera vez en el día. El buque continuó acercándose y ya se divisaba la forma del blanco. Dios, en efecto era una balsa salvavidas pero no se veía movimientos en su interior. El Capitán hizo tocar la sirena, nada. Ajustó los prismáticos, al costado de la balsa pudo leer un

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nombre y su piel se erizó: “Nova Star” —Tercero, arríe el Zodíaco y vaya con un hombre a revisar esa balsa, podría haber alguien adentro. Llévese el handy para comunicarse. Y sea rápido. A los pocos minutos el bote Zodíaco navegaba raudo hacia la balsa, mientras el “Torrens” quedaba quieto en medio de la nada. Qué tranquilo que estaba el mar ahora reflexionó el Capitán, pensar la tormenta que habían pasado apenas unos días atrás. La voz nerviosa del Tercero a través del Handy, rompió la paz del momento. —Capitán hay dos hombres, hay dos hombres. Los sucesos se precipitaron. A los pocos minutos estaban todos en la cubierta del “Torrens”. Uno de los náufragos estaba muerto y presentaba ya una rigidez post mortem. El otro hombre aún vivía, aunque se le veía muy mal. Estaba insolado, la mirada perdida en un delirio incierto, la mano aferraba tercamente un botellín de agua seguramente vacío desde muchas horas atrás. Aunque suponía que no le entendería, el Capitán quiso darle ánimo: —Tranquilo amigo, ya está con nosotros, se va a poner bien. Curiosamente el hombre pareció sonreír y movió los labios. El Capitán arrimó su oído a la cara del pobre diablo y al cabo de unos instantes dijo: —Repite una palabra, es un nombre, dice “Susana… Susana”.

HUGO VIGLIETTI

Uruguay

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“Una densa multitud corría desesperada; gritaba, a viva voz, lo ocurrido… Se filtraba a través de la amalgama que recubría el ardiente pavimento del puente La Alegría…”

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l repentino estallido de un neumático alertó a los pasajeros. El conductor hizo una maniobra improvisada para disminuir la conmoción de los tripulantes, pero la asfixia de la niña se tornó más intensa y notable. Una mujer, sentada al lado de la pequeña, desataba alaridos espeluznantes. Un grupo de hombres, que viajaban en el pasillo, dislocaban sus nervios con gran intensidad a causa del incidente; se comunicaban entre gestos fugaces y mensajes entrecortados. Los pasajeros, dominados por una aguda incertidumbre, mostraban con aspavientos el hecho tan fastidioso, aquella demora por motivos ajenos a ellos, mientras la niña, con la garganta nudosa y obstaculizada, pensaba que su madre se preocuparía por la demora o, en el peor de los casos, detonaría en cólera frente a sus ojos. El autobús se había detenido segundos más tarde del accidente. Algunos de los tripulantes, indignados por el tedioso suceso, habían desertado de sus lugares; los pasajeros restantes estaban aletargados por el terrible calor y se agitaban en los asientos. La niña empezaba a dormitar, su cuerpo estaba casi entumecido y sus ojos se entrecerraban más lentamente. Minutos después, la pequeña estaba completamente adormecida. Un sujeto que tambaleaba a lo largo del corredor la levantó y cargó disimuladamente, avanzó por el pasillo y llegó a la compuerta delantera. El conductor, a pesar de la extrañeza con que el individuo se dirigía a él, solamente asintió con la cabeza a los gestos vacilantes del hombre, mientras descendía los peldaños de la entrada con la pequeña en brazos. Estaban fuera del autobús, a merced de la acalorada calle asfaltada, bordeada de pequeños caseríos. Unas débiles manecillas recorrían su amplio camino circular, asomaban la escuálida contextura a la frontera de las dos de la tarde. Doña Rocío, perpleja y meditabunda, divagaba por el estrecho pasadizo que comunicaba su recámara con la cocina; había olvidado por completo la humeante olla de macarrones con queso, que preparaba para su pequeña Lucía. El autobús detuvo su itinerario cerca de la ruta principal; no obstante, el sujeto recorría a ritmo acelerado las inmediaciones de la carretera. La pequeña despertaba poco a poco de su inconsciente e ignoraba por completo hacia dónde era transportada. El individuo apresuró el paso repentinamente. El delicado cabello de la niña iba 82


invadido por algunas espinas que se adherían a lo largo del camino; atravesaban sus finos hilos oscuros y alcanzaban el frágil recubrimiento de la cabeza, pero la pequeña no articulaba con claridad el dolor penetrante de las astillas, y sus balbuceos se diluían en medio del espeso follaje. El hombre abandonaba la carretera y se adentraba cada vez más en lo profundo de un sendero. A lo lejos, unas chimeneas de hojalata exhalaban cortos pilares de humo. “Esa deliciosa pasta de mamá”, pensó Lucía, mientras entreabría los ojos con dificultad. El sujeto, al percibir que la niña volvía del letargo, detuvo un poco el paso, golpeó el rostro de la pequeña y la dejó caer sobre el cerrado pastizal que gobernaba el terreno. La niña se percató del ataque, pero aún no lograba retomar el control de su cuerpo entumecido; solo alcanzó a mover por un instante el brazo lleno de terruño. Lucía, conquistada por el cansancio, descendía en la profundidad del coma. Imaginaba que estaba en la tranquilidad de su habitación. Escuchaba los pasos de su madre por uno de los corredores de la casa. Percibía el aroma de una deliciosa sopa de fideos, preparada para compensar un largo día escolar. Su mente había olvidado por completo la terrible realidad, y un grupo de feroces hormigas devoraban su rostro incesablemente. El hombre la volvió a cargar con desprecio y continuaron su caminata a través de la opaca vegetación. El atardecer hacía notable su presencia como las numerosas picaduras en el rostro de Lucía. Había dejado algunos cabellos en los ramales que salían a lo largo del sendero. Sus brazos iban cubiertos de una hierba áspera y el lodo de sus piernas se había secado producto del bochorno. Su estómago crujía de forma espontánea. El hombre, enfurecido, la acostó boca abajo sobre el terreno, levantó su cabeza de los pocos mechones que brotaban de la coronilla, y le enterró el rostro en un bulto de tierra suelta. La pequeña solo titubeó y soltó unas pocas lágrimas que humedecieron amargamente el suelo. La mirada perdida de Doña Rocío penetraba con agudeza el reloj colgado en la pared. Se notaba cansada y pensó que el insomnio le había ocasionado otra mala jugada. Del pasillo al sillón en un abrir y cerrar de ojos. Era tan extraño que el tiempo se ralentizara exactamente a las dos de la tarde de ese día… Nunca avanzó. Volvió a colocar su cabeza sobre el sofá verduzco y continuó esperando… Los pies del hombre se notaban agotados. Sus extremidades se movían con más dificultad; cargar el cuerpo adormecido de la niña le dificultaba recorrer el sendero. La miró por un instante. Observó las picaduras rojizas en el rostro, las heridas en los brazos y el lodo reseco en las piernas. Tembló de espanto cuando vio ese cuerpo tan flagelado. Lo situó en un tronco carcomido a mitad de la arboleda, le colocó una bolsa

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traslúcida en la cabeza y le sujetó los pies a una de las ramas que emergía del suelo. Momentos después, la figura del individuo se desvanecía en medio del boscaje. La pequeña volvía en sí. El sabor poliéster en sus labios la hizo saltar de repugnancia, y el plástico, humedecido por las exhalaciones que salían del interior de sus pulmones, la evocó del letargo en el que estaba. Miró sus libros de lectura preferidos sobre la mesita de noche y le pareció extraño que la lámpara aún continuara encendida, “quizá mamá olvidó apagarla”, pensó, mientras su corazón latía fuertemente y un sudor nervioso recorría todo su rostro. Se levantó de la cama, dio unos pasos hacia el umbral de la puerta y observó la imagen de su madre dormida plenamente en el sofá de la sala. Avanzó hacia ella con cuidado y palpó su hombro. Despertó. Sin embargo, la que había vuelto del profundo ensueño era su madre. Retornó de su inconsciencia al fantasear con el regreso de su hija. Soñó que Lucía despertaba de una terrible pesadilla, salía de su cama, avanzaba con cuidado hacia ella y le tocaba el hombro, despertándola de una siesta. Acostumbraba quedarse dormida mientras leía dolorosamente el periódico; aquella desaparición tan extraña hacía unos años. Leía la horrorosa noticia del hallazgo del cuerpo de su hija bajo el puente La Alegría… Siempre imaginaba, entre muchas otras conjeturas, la posible historia que pudo haber vivido su hija: quizá olvidó su mochila y regresó por ella; tal vez se quedó en casa de algún familiar, o simplemente retrasó su viaje en el parque La Dominica… Pero esta ocasión el sueño había sido otro, terrible, espantoso, donde la triste realidad había invadido y conquistado lo profundo de su subconsciente. Lloró sobre el sofá como de costumbre. Minutos más tarde, volvió a la cocina y continuó preparando la olla de fideos. “Van a ser las dos de la tarde. Ya casi llega Luci de la escuela”, pensó Doña Rocío, saboreando una cucharada de macarrones con queso.

JIMMY CASTRO MIRANDA

Costa Rica

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i querida Silvia: Es cierto que nada justifica lo que intenté hacer, por lo menos a los ojos de los demás, los mismos que no conocen nuestra verdadera historia, tan llena de desniveles, de zonas oscuras. Pero las cosas ocurrieron así, y vos lo sabés. Me río solo... casi no recuerdo épocas de esta vida en común que no rayen en la locura y los límites. Nada me justifica, insisto, y resulta buena esta media mañana para sentarme acá en la cocina con el ventanal enfrente y así escribirte este mensaje final, especie de testamento absurdo que mi mano se apura a garabatear dadas las circunstancias. Llueve casi desde la madrugada, y el cuadro se va pintando solo. La tristeza me invade, me empuja a este callejón sin salida al que llegué transpirado y enojado conmigo mismo. Y vos ahí, como desde siempre, esperándome paciente como una leona herida que a veces pareciera dormida pero que ciertamente junta fuerzas para el zarpazo definitivo. La canilla sigue goteando, y se me aparece como una metáfora inmejorable de nuestra propia historia: la incapacidad para arreglar el problema de fondo, y la repetición de sus consecuencias. Una tras otra, las gotas caen impactando contra los platos sucios, unas tras otras nuestras pequeñas batallas golpeándonos en la cotidianeidad, y nadie dispuesto a reparar la canilla, y los platos y nuestras vidas infinitamente sucios. Pero no te guardo ese rencor irracional de quien tiene nublada la vista, no. Yo entiendo este juego desde el principio y respeto sus reglas hasta el mismo final. No puedo más que reconocer y agradecer que vos también las hayas respetado. Pero ambos sabíamos que coquetear con los límites y los desafíos nos iría arrastrando con lentitud y firmeza al raro campo de las excepciones, ese recóndito lugar que desde hace tanto tiempo venimos buscando. Y así empezó a cambiar nuestra vida, y nos divertimos sarcásticamente comparándonos con los normales, los estúpidos obedientes que solo se dedicaban a ser correctos y previsibles. Lo recuerdo bien y lo extraño: los dos apurados por llegar a casa y cerrar por fin "la puerta de la gran división", como tan bien la bautizaste esa noche (ayudada por un whisky inevitable). Muchas veces la cerramos para sentirnos en la libertad del encierro, esa que nos aislaba de los demás, de sus miradas y opiniones impiadosas y mediocres. Seguimos por años, y las extrañas excepciones del principio fueron vistiéndose de normalidad bajo el disfraz de nuestro juego creciente, en una evolución cada vez más rápida y ansiosa. 86


Fue entonces, cuando ya percibía el final, que decidí llevar nuestra apuesta al límite, y demostrarte en esa pequeña guerra interna que llegaría un poco más allá que vos, que te sorprendería en un grito y una mirada final. Pero quizá mi vanidad me traicionó, Silvia. Y me entristece que en tantos años de vida eso siga igual que al principio, sin haberse modificado ni mínimamente. Esa misma vanidad que me exigía a cualquier precio que me vieras aparecer triunfante ante tus ojos, semivacíos pero aún conscientes, reconociéndome vencedor al menos por esos instantes de gloria. Estúpida intención... fue mi sentencia final y ahora que lo escribo y trato de explicármelo a mí mismo sobre el papel, lo veo todavía más claro. Fallé, rompí el verdadero juego por dejarme llevar hacia ese sitio tentador, el podio del vencedor. Y eso... era lo mismo que no jugar más, era vencer, no jugar. Fue quizá por eso que fallé en el método, que no calculé bien las pastillas en tu comida y puse menos de las necesarias. Entonces ocurrió, claro, entregué todo lo que me quedaba por la absurda ambición de que me vieras antes de partir para siempre. Reconozco el terrible error. Ya no queda para mí lugar en este juego. Apenas si tengo tiempo de terminar este alegato, que bien sé que alcanzás a leer por el reflejo del espejo, mientras sostenés el cuchillo en tu mano pequeña, temblorosa, esperando como una leona herida a que de una vez termine de escribir para hacer con tranquilidad y decisión tu última jugada, esa que te merecés con justicia y que está a solo unos segundos de este instante.... Adiós, para siempre.

LUIS FONTANA

Argentina

Blog: machofontanacuentos.blogspot.com.ar

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os pasillos del Hospital estaban silenciosos, iluminados por focos que hacían visibles las flechas y carteles orientadores de las distintas áreas. Una sombra se deslizó rápidamente hacia “Terapia Intensiva”. Se materializó en la entrada de la pequeña sala de espera. Recorrió con la mirada los cuerpos exhaustos, con ojos secos de lágrimas, el cabello desgreñado, algunos sumidos en la irrealidad del sueño, escape de la mente para sobrevivir a la angustia de una pérdida cercana. La reconoció, estaba cambiada por la vigilia, pero seguía siendo hermosa para él, que la había idealizado tantos años, sin conseguir más que una sonrisa de compromiso. Viajó cientos de kilómetros deseando escuchar el impersonal informe: “Antonio ha muerto, se hizo todo lo posible”. Leonor se estremeció al verlo, al levantarse para saludarlo se le cayó el libro de Borges que tenía sobre las rodillas. Se encontró presa de un abrazo posesivo y de un beso que apenas le rozó los labios, pero le dejó la quemadura de una pasión apenas contenida. Se asustó, se separó casi empujándolo y volvió a su asiento confundida. Antonio y Abel eran hermanos, pero a este no le importaba el otro o ¿acaso tenían un pacto? Recordó una frase de un cuento de Borges que la había sorprendido: “Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala”. ¿Acaso ella era un objeto que podía pasar de uno a otro? Sobrevino el desenlace, después el velatorio, la familia, los amigos. Leonor se quedó al lado del féretro, recibiendo el pésame de los conocidos. Cuando sintió la presencia de Abel, dejó su lugar y fue a la cocinita a servirse un café. Que los dos hermanos se despidan sin testigos, —pensó y nuevamente se le instalaron pasajes del cuento: “Eran muy unidos, malquistarse con uno era tener dos enemigos…En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados”. Ella fue la mujer de Antonio, lo amó un tiempo, después fue su compañera, tenían muchas cosas en común y la convivencia se toleraba muy bien. Él trabajaba como taxista, ella era maestra. Cuando venía Abel a visitarlos se sentía intimidada por su presencia, trataba de dejarlos solos, escuchaba las carcajadas durante un juego de naipes, anécdotas subidas de tono. Pero ahora se le había instalado una certeza, creada por el comportamiento desinhibido de su cuñado: estaba enamorado de ella. No lo quería cerca, toda su estabilidad emocional tambaleaba después de la pérdida de Antonio, tenía que reconstruirse. La casa de Antonio, es también mía, por herencia de mi padre, —le dijo, en el cementerio, y agregó con frialdad— Me voy a instalar allí, la puerta va a estar abierta para vos. 89


A Leonor la recorrió un escalofrío. ¡Qué pronto la había echado! Hasta que no salieran los papeles de la sucesión, no podría reclamar nada. Una denuncia a la Policía no solucionaría nada. No lo quería tener de enemigo declarado. Abel, voy a pasar unos días en casa de Corina, necesito recuperarme, —le dijo. Entiendo, te voy a estar esperando, tenemos que hablar. Pasaron dos meses, en los cuales Leonor vivía en la escuela y por las tardes la venía a buscar Corina. Abel también se pasaba algunas tardes por allí y las invitaba a tomar un refresco o un helado. Se mostraba respetuoso, pero aprovechaba cualquier acercamiento para estirar un beso de saludo o rozar la mano de Leonor al acercarle el vaso. Corina era muy desinhibida y siempre tenía un repertorio de anécdotas propias. Una tarde le preguntó a Abel, por su trabajo, por su vida, tan lejos, en San Julián. Trabajé muchos años como capataz en la Estancia La Luisa. Teníamos muchas ovejas. Yo era responsable de la esquila y del transporte de la lana al puerto. Ahorré mucho dinero, —dijo fijando sus ojos en Leonor. ¿Tuvo mujer?, —le preguntó curiosa Corina. Por supuesto, un hombre no puede vivir sin mujer, tuve dos, una más fiera que la otra, pero cumplidoras, cariñosas, sumisas —y agregó— Leonor solo estuve y estoy enamorado de vos, terminá este luto por el afortunado de mi hermano. Dame la alegría de verte entrar por la puerta de mi casa, vas a ser la reina. Dejala, todavía llora por las noches, es muy reciente, —dijo Corina. Leonor se levantó y se excusó para ir al toilette. ¿Corina, cuánto querés para convencerla? Te doy una semana, ni un día más. La quiero para mí, ya. Estoy harto de prostitutas con la cara de ella. Te prometo que la voy a tratar bien, le voy a dar todos los gustos y cuando aprenda algunas cosas, no va a querer dejar la cama. Dalo por hecho. Voy a hablar con ella, —dijo Corina,— el asunto es que.. ¿Qué?, largá el entuerto, estoy dispuesto a todo. Te tiene miedo, se siente acosada, no seducida. Ja, ja, ja. Ella no sabe lo que sería capaz de hacer. Convencela, porque esto no va a terminar bien, —dijo Abel. Se levantó y se fue. Cuando volvió Leonor, Corina le dijo: Amiga, tenés que largarte mañana mismo. Solo la distancia y el tiempo, pueden apagar el fuego que siente por vos. 90


Vamos a tu casa. Junto mis cosas y mañana me voy. No me faltará trabajo en otra provincia. Tengo una amiga en Córdoba. No puedo dejar que me encuentre. El pasaje lo sacó para San Juan, un medio hermano vivía cerca de la cordillera, con su familia. Todos trabajaban en los viñedos de una bodega, no le faltaría trabajo a ella. Su reflejo en la ventanilla le devolvió sombrías imágenes y nuevamente recordó frases de Borges que hace tiempo, se habían grabado en su memoria: “A trabajar hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas, ya no hará más perjuicios” Dios mío, por un pelo, soy yo la muerta. En la nueva casa la recibieron con alegría. Tenía un sobrino de ocho años que la miraba con recelo. Un atardecer le trajo una bolsa con caracoles de mar, juntados en la costa chilena, los desparramó sobre la mesa, tratando de llamar su atención. Leonor recordó una cita de un cuento de Nielsen, que leyó en un libro de la biblioteca del pueblo: “Están ahí, empaquetados con celofanes, sostenidos por cintas de colores, etiquetados en cajas bajo vidrio y bajo llave, entalcadísimos para regalo; solos y separados unos de otros por paredes de cartón…”. Te voy a enseñar a guardarlos para que se los puedas mostrar a tus amigos y a tu maestra, le dijo, recibiendo una sonrisa de oreja a oreja de una carita sorprendida y se puso a trabajar.

YOLANDA SA

Argentina

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as bombas estallan por doquier. Iluminan el cielo apagado de estrellas en resplandores como fogonazos de un preludio de tormenta. Elhaj sortea los escollos y el miedo en horas nocturnas. Le siguen tres niños de diferentes edades, chicos, muy chicos, pero con esa madurez escrita en sus grandes ojos, que enseña la supervivencia Los encontró vagando por el camino, desorientados muertos de hambre y de sed: ¡otros huérfanos de vida! Avanzan las figuras menudas como fantasmas por el árido desierto, lleno de escombros. —¡Hay una cañada allá! Pronto, llenen las botellas —dice Elhaj. En botellas abolladas de refrescos juntaron agua de esa sucia cañada, llena de barro y de pisadas de animales. —Tiene que alcanzar para todos, es vasto el desierto, demasiado... Los niños lo miran con ojos agrandados, con ese temor de ser abandonados. Es aún mayor la desesperanza de Elhaj… no tiene nada hacia adelante y nada deja atrás, solo jirones de un recuerdo de infancia feliz. Mucha carga sobre sus hombros. Debe abrir mucho los ojos y hacerse invisible de lo visible. El enemigo también lo es. Mira el entorno seco, amarillo, inerte, lo envuelve un cielo amarronado. Desilusionado y sin fuerzas cae de bruces al suelo. —¡Dios! ¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué no escuchas mis plegarias? Eleva su desesperada oración a ese Dios de todos. —No encuentro explicaciones por este castigo. He respetado a rajatabla, tu ley, soy respetuoso con mi prójimo. Ayúdame a salir de este infierno, debo proteger esos niños que has puesto en mi destino. Ayúdame a sortear los escollos en mi camino y poder llegar a la frontera sanos y salvos. Provéeme de comida en este inhóspito lugar. Levanta la mirada hacia las brumosas montañas que marcan la libertad, las apresa con su manos estiradas, pero están tan lejos… tan lejos… tan remotas como su esperanza. Nuevamente el cielo se tiñe de polvo y se cubre de ensordecedores estruendos. Elhaj se tapa con una parte del turbante y cobija a los niños que comienzan a sollozar llenos de terror. —¡No tengan miedo! , no lloren, ya va a pasar dentro de un ratito, —mientras con su cuerpo los protege e intenta calmarlos en el caos. —No debe ganarnos el miedo, ese que nos ronda como el cuervo que se adentra con su pico afilado haciendo estragos en el estómago. Entre los estruendos y silbidos de las bombas que estallan cerca, Elhaj recuerda lo que le contó su amigo sobre un continente que es un paraíso, sin guerras, que se encuentra más allá de las azulinas montañas, cruzando el inmenso mar. Una tierra que vive en paz con gente de diferentes nacionalidades, donde los niños juegan y estudian. 93


Donde el cielo es azul, el agua de sus ríos, cristalina, donde viven aves y flores exóticas —y como se derrocha el agua en lavar autos y otras cosas y ellos carecen del vital líquido, transparente para calmar esa implacable sed Elhaj sueña que está en ese paraíso disfrutando de aromas de frutas y flores tropicales, de ese idioma raro a sus oídos pero que emite calma, paz, ansiada paz… Ve a los niños jugar con la ilusión de la niñez pintada en sus juveniles rostros, resplandecen felicidad…paz ¡felicidad! Siente una hermosa calma que le recorre el alma. Al fin Dios ha escuchado sus ruegos… Sus ojos se llenan de lágrimas. Están tan cerca las montañas… y de ahí al otro lado… ¡Es tan solo un salto! —¡ Acá hay otro! —Dice el soldado— ¿Qué hago con él señor? —Póngalo con los otros en el contenedor. Si hay tiempo se entierra y si no se incinera. El soldado da vuelta el cuerpo y se encuentra con un adolescente apenas y para su sorpresa en el hueco, tal vez escarbado a mano, lo contemplan tres miradas espantadas…

ELBA GRACIELA VARGAS RAMOS

Uruguay

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l juego consistía en esconderse. Alguien contaba hasta cien y los demás se ocultaban en algún lugar para permanecer allí mientras eran buscados. Y el objetivo era llegar a “picar” antes de ser descubiertos… Ella escuchó la llave ingresando en la cerradura del departamento húmedo de llanto. Y buscó desesperada un lugar donde esconderse. Sabía que él encontraría un motivo, como siempre, para descargar contra ella las propias frustraciones. Baño, cocina y un único ambiente conformaban la geografía de ese micro mundo en el cual habitaban. No había muchos lugares donde meterse y decidió salir al pequeño balcón donde estaba el lavarropas. Lo escuchó entrar y llamarla. Los pasos de él recorrieron veloces el lugar y se oían cada vez más apurados. Ansiosos. Violentos. El corazón de ella latía muy rápido e intentaba contener la respiración para no ser descubierta. Uno, dos, tres, cuatro… Contaba los segundos, esperando llegar a cien y que ser descubierta resultase un juego de niños. Treinta y ocho, treinta y nueve… Él gritaba. Golpeaba los pocos muebles que desnudaban los ambientes. Ochenta y siete, ochenta y ocho… Ella temblaba. Como cada vez que él llegaba tarde, se sentía aterrorizada por lo que iba a suceder. Ella, como tantas, sabía que no había vuelta atrás. Ya no tenía fuerzas para luchar y él no iba a cambiar. Noventa y dos, noventa y tres… La puerta corrediza del balconcito se abrió de golpe. Ella no lo escuchó. En su mente solo habitaba su propio conteo. Noventa y nueve… cien. Mientras caía hacia la vereda, solo esperaba escuchar a su amiga “picar” para todos los compañeros…

ADRIANA SALINARDI

Argentina

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T

odos los días por las callecitas del barrio, pasa Don Marcial, lo acompaña su hijo un jovencito de veinte años, de ojos claros, con signos evidentes de retraso mental. Van tomados de la mano como de paseo, son un padre y su hijo. En la mirada de don Marcial se refleja ternura; compromiso solidario y un amor inconmensurable. El muchacho va como dando saltitos, intentando ponerse en puntas de pie, pasa a veces por debajo del brazo de su padre creando una coreografía patética y casi cómica. Avanzan sin hablar, sin mirarse, cada cual en su mundo y los dos integrados en ese amor. La gente al pasar no los mira, quizás por ese respeto que todos sentimos por el que sufre. El que por primera vez los ve, los observa de soslayo con curiosidad. Es extraño ver ese joven de apariencia saludable actuar como un niño de tres años, es como si una artera flecha hubiera hecho blanco en el centro de su entendimiento sin permitirle avanzar hacia la adultez. Después de tres meses sin verlos, ayer pasó don Marcial, iba solo por el mismo camino de siempre, caía la tarde y una brisa fría presagiaba el invierno. A lo lejos se podía observar que un ángel lo llevaba de la mano.

OSCAR FERRARA

Argentina

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C

aminaba en la noche silenciosa, por calles vacías y mal iluminadas, caminaba a paso lento, dejando que sus pies le guiaran… ¿A dónde? No lo sabía, ¿llegaría pronto? No había indicios de ello; de lo único que existía una certeza total, era del dolor que oprimía su pecho, de las grandes lágrimas que caían sobre sus mejillas. Caminaba y el eco de sus pasos se amplificaba de forma sobrenatural contra los muros fríos de los edificios imponentes y oscuros, con sus ventanas polvorientas, como ojos velados… como si estuvieran en un letargo absurdo; como si simplemente esperaran el momento ideal para dirigir sus ojos terribles y luego con voz cavernosa recitar juramentos venidos de más allá del tiempo y las esferas. Caminaba en la noche silenciosa, mirando hacia los dos lados del camino, sin buscar nada realmente, mirando a izquierda y derecha pero nunca atrás. Jamás miraba hacia atrás, no por el miedo fantástico a que seres venidos de otros tiempos o lugares remotos pudieran hacerse con él y cebar su hambre enferma con su carne y su alma, no; el miedo que le perseguía y que vivía en su mente, creciendo como un parásito… era el miedo a su pasado, el miedo a sepultar los recuerdos de aquella vida anterior, el miedo de soltar y dejar ir. Pero mucho tiempo atrás, antes de esta noche ignominiosa en la que solo el eco de sus pasos y el sonido pesado de su respiración acompañaban su marcha infinita fue un hombre feliz; feliz en medio de todas las privaciones de que puede ser presa un hombre común. No sabía a dónde iba, no sabía qué hora era, no sabía cuánto tiempo duraría esta noche. Lo único realmente cierto, era la molestia que le producían los cuchicheos de aquellos hombres de blanco, que bajo una luna gibosa vestida con nubes de color plata inspeccionaban su cadáver y tomaban nota de lo curioso que se veía aquel hombre pálido, con la cabeza contra el pecho y los restos de un cigarro quemado, apretado contras sus dedos como garras. No sabía a dónde iría ahora, pero continuaría caminando.

EDWARD ALEJANDRO VARGAS PERILLA

Colombia

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ABRIL CORTÉS SUÁREZ

México

Instagram: @lirbalam - Deviantart: https://lirbalam.deviantart.com/ Wordpress: https://abrilcortesblog.wordpress.com/ 100


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E

l viejo Anselmo me lo contó. No lo podía creer por dos motivos; uno, porque Anselmo es cuentero y entrado en copas, más cuentero. Dos, ¿cómo don Humberto Díaz Urquijo se comportaría así? Claro que al no estar más en este mundo, algún que otro suceso protagonizado por él vería la luz. Es verdad que no solo era el dueño de estas tierras, casi que era el dueño hasta de las almas de sus peones y de los que sin ser sus peones, vivían por estos lugares. El caso es que don Humberto se apersonaba cada tanto para ver cómo andaban las cosas por aquí. El campo, los animales, las quintas, las cuentas. A pesar que Duilio Sosa, el capataz, era muy eficiente y trabajador, al patrón le gustaba caer de sorpresa. La peonada le era fiel y le temía, por ser estricto y porque los sorprendía, siempre había que estar preparado. Así se mantenía todo en orden y marchaba sobre rieles. Ese año se le había dado por quedarse después del verano, y visitar el almacén con mayor frecuencia. No trajo a los hijos mayores, porque, según dijo, tenían que dedicarse a los estudios; uno ya iba a la universidad y el otro estaba terminando el secundario. A los más chicos no los conocíamos. Siempre se quedaban con la madre en la ciudad y en verano los llevaba a la estancia que tenía en el sur y era administrada por su hermano. Era más grande, más cómoda y los chicos la disfrutaban más porque allí vivían los primos, de sus mismas edades. Además a su mujer no le gustaba nuestro lugar, había venido una sola vez, a conocer. La señorita Elena llegó ese mismo año. Era una maestra enviada por el Ministerio de Educación y estaba realizando inspecciones en las escuelas. Nuestro pueblo quedaba en el centro de la zona, así desde nuestra escuela base, tendría acceso a las otras escuelitas cercanas. Y se instaló en una de las habitaciones ubicadas detrás del almacén de ramos generales de los Ortiz. Era sencilla, pero limpia y bien equipada, con un gran ventanal y además tenía un baño de uso exclusivo para el huésped. Elena era diminuta, delgada y vivaz; caminaba erguida, con pasitos cortos y rápidos; llevaba el cabello siempre recogido con un rodete en la nuca. Hablaba remarcando las palabras y en un tono de voz agradable y claro. Trabajaba muchas horas en la escuela, revisando papeles y ordenando y controlando a los peones que realizaban los arreglos en el edificio. La esposa de don Ortiz, Celia, le preparaba las comidas y comía en el salón. Luego se dedicó a ir a las otras escuelas a realizar las mismas tareas que en la nuestra, entonces se iba a la mañana temprano y volvía cuando ya estaba cayendo la tarde. Según la señora Celia, la maestra debía terminar con el trabajo encomendado para fines de junio. Había llegado al pueblo en febrero, antes de comenzar las clases. Luego con la presencia de los niños y por seguridad, se demoraban algunas obras. Así era que algunos fines de semana, también tenía que supervisar a los albañiles. 102


Don Humberto sabía acompañarla en algunas oportunidades. Almorzaban o cenaban los fines de semana. Conversaban animadamente, pero nada más. Así conocimos la historia hasta ahora. Sin embargo resulta, siempre según la versión de Anselmo, visitante asiduo en el despacho de bebidas, que la amistad traspasó la barrera de lo amistoso, convirtiéndose en un amor callado, clandestino, prohibido o como gusten llamarlo. Primero se iba ella, a su habitación. Luego don Humberto, disimuladamente, fumaba un cigarro afuera y como una sombra desaparecía hacia la estancia absorbido por la negrura de la noche. Los fines de semana siempre se faenaba un animal y la maestra llegaba al almacén de los Ortiz, acompañada por él, cuando ya era de noche. Primero doña Celia comenzó con comentarios, así al pasar, que el semblante de la señorita Elena no era el mismo, parecía cansada, la observaba pálida y con poco apetito. Luego se fue al otro extremo, que el aire de campo parecía haberle sentado bien, que la veía más rellenita y rozagante. A lo mejor estaba más adaptada al lugar, porque hasta la notaba con más apetito. Y finalmente lanzó la sentencia que todos esperábamos: “a mí me parece que está embarazada”. Don Humberto se había marchado a finales de junio, porque lo habían llamado de la ciudad, según dijo, y nadie lo puso en duda. Ahora Anselmo, atando cabos, supone que la maestra le contó que iba a ser padre del hijo que ella llevaba en su vientre, pues desde la partida de él, se la notó pensativa, callada y llorosa. Y comenzó el mes de julio, las obras se habían retrasado un poco, pero estaban finalizadas y al llegar las vacaciones Elena se volvió para la ciudad. Quedó su imagen flotando en el paisaje, aunque sus pasos ya no eran tan ágiles y su figura, ni tan diminuta, ni tan delgada. Y se fue sin comprender por qué don Humberto no regresó a buscarla como le había prometido, porque según doña Celia, él le dijo que era soltero.

MARÍA DEL CARMEN RAMACCIOTTI

Argentina

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M

ojé la brocha con agua bien caliente, y después le puse un medio dedo de crema de afeitar. Comencé a enjabonarme las mejillas, la pera y el cuello con movimientos suaves, circulares, repitiendo allí donde me parecía que había quedado poca espuma o que la barba estaba un poco más dura. En realidad era poco más que una pelusa, pero mis amigos me habían dicho que si me afeitaba seguido me quedaría como barba de hombre. Aunque con mis quince años ya me veía como tal… los vellos de las axilas y el pubis ya habían cambiado formando pequeños rulos, y en el pecho estaban asomando muy despacio unos pelitos largos, que esperaba con ansias que crecieran tupidos para cuando comenzara la temporada de playa. Abrí la navaja y la pasé con mucho cuidado por la tira de cuero que colgaba junto al espejo para “asentarla”. Papá me la había prestado con mil recomendaciones; creo que tenía miedo que cualquier cosa que yo hiciera, le sacaría el filo para siempre. Después empecé a correrla suavemente por la cara; primero en el sentido de la barba, y luego de volverme a pasar la brocha, en el sentido contrario. Me saqué los restos de jabón y miré al espejo satisfecho. Si, ¡había quedado perfecto! Me mojé el pelo, le puse brillantina y agregué gomina, porque me daba mucho trabajo acomodar el jopo y no quería que se me desarmara en medio del Rock de la Cárcel o de Let´s Twist Again. Mamá me había comprado una camisa nueva, blanquísima, y la repasó con la plancha para que no tuviera ninguna arruga. Me la puse con el cuello levantado, para anudarme la corbata. ¿Cómo era?, Ahhh..., si. Ponerla por atrás del cuello, sostener en la mano derecha la parte ancha, y en la izquierda la angosta. Envolverla sobre esta, sacarla por atrás y por abajo del dedo y el nudo quedó perfecto. Papá me había enseñado cómo hacerlo solo dos veces, pero igual debí practicarlo mucho hasta que me quedara bien. La ocasión lo merecía. Esa noche de 1960 era el baile de primavera en el club social del pueblo, y la presentación en sociedad de la generación de jovencitas que ese año habían cumplido sus quince años. Llegó la hora de ir. Había combinado con un amigo de encontrarnos en la puerta del club para no entrar solos. Teníamos reservada la mesa número cincuenta y seis. Debíamos cruzar toda la pista y su recién encerado piso de parquet para llegar a ella caminando airosamente sin resbalarnos. Papá me había dado diez pesos y mamá veinte. Compraría cigarrillos y todavía me sobraba para ocho refrescos o tres cervezas, también podría invitar a alguien. Mi tío Ruperto me prestó su encendedor Zippo: lo dejaría arriba de la mesa así todos los que pasaran cerca lo verían. 105


Estaba un poco nervioso porque Mary me había dicho en la tarde, que no sabía si la dejarían ir al baile. Era compañera de clase en el liceo, flaquita y muy ágil. Hacía días que ensayábamos el rock, y lo bailábamos bastante bien: hacíamos figuras donde la hacía saltar girando, y luego la recibía en los brazos, la mejor era cuando venía corriendo hacia donde yo estaba, le tomaba las manos, abría mis piernas y pasaba entre ellas todo su cuerpo, hasta que de un tirón la traía de nuevo y la dejaba parada frente a mí. Estábamos convencidos que íbamos a ser de los mejores bailarines de la fiesta porque lo éramos en los ensayos. Con el twist no teníamos problema, porque era muy simple de bailar. Solo había que mover las rodillas juntas a un lado y a otro. Lo que más me aburría era bailar el vals con el que comenzaba el festejo. Teníamos instrucciones precisas de que no quedara ninguna de las quinceañeras debutantes sin pareja luego de efectuar los primeros giros del vals con sus padres. La orquesta tocaba media hora jazz y media hora música típica. El tango no me gustaba demasiado, pero unos días atrás había visto una película argentina donde bailaba Tito Lusiardo: me gustó tanto cómo lo hacía que lo ensayamos con Mary incorporándole cortes, lustradas y sentaditas. Los músicos, de impecables sacos blancos, pantalones y moños negros, se instalaron en el escenario, acomodando atriles y partituras, y comenzaron a afinar sus instrumentos, ensayando monótonas escalas, apretando y aflojando clavijas hasta que los sonidos coincidían con el diapasón del director. A las diez de la noche el salón ya estaba lleno. Las puertas dobles de la entrada se cerraron. El director de la orquesta golpeó un par de veces su atril con la batuta: los murmullos y conversaciones cesaron instantáneamente. El Danubio Azul comenzó a sonar, y el Intendente del Club se levantó de su mesa, y con paso elegante y afectado fue hasta la puerta abriéndola de par en par. En medio de un aplauso cerrado comenzaron a entrar las quinceañeras del brazo de sus orgullosos padres. Bellísimas jóvenes pasaban ante nuestra vista con sus hermosos vestidos de fiesta, largos hasta cubrir las rodillas y tratando de lucir naturales sobre esos zapatos con altísimos tacos. Todos sabíamos que habían tenido que ensayar los movimientos, porque una caída o tropezón en el baile de la primavera sería un bochorno que las avergonzaría durante mucho tiempo. Al culminar de entrar las parejas a la pista, comenzaron a bailar. Sorprendía ver a esos padres que, aunque algunos obesos y otros calvos, todos eran excelentes bailarines. Ellas lucían radiantes, ágiles, elegantes y los giros del vals hacían mover acompasadamente las gasas de sus faldas. Los jóvenes nos fuimos levantando, aproximándonos lentamente a la pista. Luego de cinco minutos de baile, casi 106


simultáneamente tocamos el hombro de cada papá, pidiéndole autorización para continuar el baile con su hija. Este ritual ceremonioso certificaba que las jovencitas se habían transformado en señoritas. Ahora estaban autorizadas para ir a bailar, tener amigos y hasta un noviecito que tuviera el coraje de pedir permiso a sus padres para visitarla. Podían mirar discretamente a algún admirador con un brillo de estrellas en sus ojos, y esbozar una discreta sonrisa antes de bajar su mirada, ruborosas, y dirigirla hacia la punta de sus zapatos… De pronto, y a un golpe de la batuta del director, el Danubio Azul quedó cortado y un largo y furioso solo de batería daba inicio a la media hora de jazz en medio del griterío alborozado de los bailarines. Bailé un par de temas con una de las quinceañeras, y la dejé en su mesa con sus padres. Hice una retirada estratégica para comenzar a bailar con Mary. En la pista ya se iban formando las parejas que se consideraban los mejores bailarines, en una competencia donde valía todo, hasta una pechada “sin querer” para desacomodar a algún rival. Busqué a Mary con la mirada, y ella ya estaba expectante, pronta para salir y demostrar cómo los ensayos nos habían transformado en excelentes bailarines. Nos dirigimos a la pista. Parecía que las otras parejas estuvieran esperando para vernos bailar ya que nos iban haciendo lugar hacia el centro de la misma. Nos paramos frente a frente, doblamos un poco la cintura, chasqueando los dedos y girando la cabeza a un lado y otro comenzamos un baile frenético, pero en realidad era una coreografía muy bien estudiada. Mary estaba en excelente forma, y luego de los primeros cruces y giros, comenzamos a desarrollar las figuras, cada vez más rápidas y complicadas. Las demás parejas de bailarines iban reconociendo nuestra superioridad e iban haciendo un círculo a nuestro alrededor gritando y alentando. ¡Estábamos en la gloria!! Miré a Mary y le hice un guiño; era la señal para hacer la coreografía final, el broche de oro para rematar ese rock que ya estaba terminando. La tomé con las manos en alto, y girando como un trompo se fue alejando de mí. Le di la espalda sin dejar de bailar y conté hasta diez. Me di vuelta y abrí las piernas; Mary pasó entre ellas como un bólido, deslizándose por el piso encerado como en una pista de patinaje, y estiró las manos hacia atrás, para que la tomara y la dejara parada frente a mi mirándonos a los ojos mientras el rock terminaba en medio de un apocalíptico tronar de batería, trompetas y saxofones. Sin embargo, lo que pasó realmente me dejó paralizado de terror; las manos de Mary se me escaparon, no la pude sostener y siguió resbalando por la pista, de nalgas, a 107


toda velocidad, hasta que se llevó por delante un par de mesas de las cuales cayeron, con un estrépito de vidrios rotos, vasos y botellas, cuyos contenidos bañaron a Mary con whisky, cerveza, jugos y refrescos. Repentinamente un silencio sepulcral acalló el bullicio de la fiesta, y la orquesta dejó de tocar abruptamente. Fue un interminable momento en el que el miedo al ridículo me hacía vacilar entre ayudarla o salir huyendo del baile. Hubiera bastado una sola risa de burla para que la mayoría acompañara, y hubieran sepultado a Mary en un espantoso ridículo que la habría marcado por mucho tiempo. Pero Mary era Mary. Se levantó apartando vidrios, sillas y, con un resoplido, el pelo mojado de su cara. Con movimientos enérgicos se estiró el vestido, pasó la lengua por sus dedos y se masajeó una rodilla raspada. El director de la orquesta, vio el momento justo, dio un par de golpes de batuta y el Rock de la Cárcel estalló nuevamente, mientras Mary se erguía, y avanzó hacia mí con una sonrisa desafiante y los ojos con un brillo de estrellas, en medio de aplausos atronadores. Me hizo el guiño; le di la espalda, conté hasta diez y me di vuelta … Ahora todo saldría bien.

RAMÓN MARTÍNEZ VENTURA

Uruguay

Facebook: Ramón Martínez

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A

todo el mundo nos suceden cosas raras en la vida, acontecimientos de los que solo podemos rescatar el recuerdo que se esconde silencioso entre las ideas incrédulas y la conciencia de realidad. Tenía veinte años cuando me pasó. Estaba en la sala de espera de un hospital, mi padre había sufrido un accidente automovilístico y solo me tenía a mí para cuidarlo. La gente de ese lugar no podía ser más indiferente, cada uno parecía tener un afán distinto o tal vez uno en común. Lo que sí es cierto es que todos corrían de aquí para allá, llevando papeles e instrumentos extraños. Frente a mis ojos pasaban víctimas y victimarios, heridos, enfermos, agobiados. Detesté que hubieran ubicado la sala de espera justo a un costado de la entrada a urgencias. Era como si nos obligaran a ver aquel espectáculo de sangre y terror. Allí esperé por horas y rápidamente llegó la noche. El movimiento de las personas disminuyó considerablemente y al poco tiempo quedé solo. Había un televisor instalado en la parte alta de una pared blanca amarillenta, y trasmitían la última emisión del noticiero. Me llamó la atención una noticia en especial: “Niño genio salta al vacío, al parecer porque no le resultó un cálculo matemático”. El titular era aterrador. —Pobre muchachito. —La anciana voz apareció de repente, justo a mi lado— Ese absurdo empeño social en hacer súper hombres hoy día. Yo era dura como el roble para aprender, muchacho. Cuando tenía más o menos su edad llevé buen rejo por brutita. No había visto llegar a la mujer y tampoco la había sentido sentarse a mi lado, pero ahí estaba, intentando hacerme reír o simpatizar conmigo contándome su anécdota. Yo le devolví una sonrisa amistosa a cambio y ella pareció interpretarla como que aprobaba la conversación. —Yo no creo que les funcionen del todo esas estrategias que usan ahora. En mis tiempos, las tablas de multiplicar entraban a punta de reglazos en la palma de la mano. —Los tiempos cambian, señora —dije por fin, para no parecer grosero. —Y para mal, hijo, para mal. Los jóvenes de hoy en día creen sabérselas todas. Apuesto a que si le hago unas cuantas preguntas de conocimiento usted me va a responder equivocadamente o tal vez simplemente no responda por desconocer la respuesta. Me estaba retando y yo no iba a echarme para atrás, claro que no. —Pregunte —respondí. La anciana sonrió. —¿Usted sabe que cada año la luna se aleja un poco del planeta? —rayos, no lo sabía, pero ella no me daba tiempo de responder nada— o dígame, ¿Cuál es el nombre 110


del padre del libertador? o ¿Cuántos años cumple esta ciudad el próximo mes? ¿Sabe cuál es el nombre científico de las rosas? Hijo, son muchas las cosas que debe aprender todavía. Me tengo que ir, pero antes, una pregunta más, la más importante de todas, prueba de que a los jóvenes de hoy día les hace falta tacto y discernimiento… a ver, ¿sabe usted que estoy muerta? Me quedé frío. La anciana se puso en pie y siguió el pasillo de urgencias hacia el interior del hospital. Poco después vi en el noticiero otro titular: ¡Atención! Acaba de ser declarada muerta la señora Beatris Cascañuelas, profesora de ciencias y humanidades del Instituto Genios. El deceso ocurrido en el Hospital Central, acaba de ser confirmado por uno de sus hijos. El rostro de la difunta que mostraban en la televisión era el mismo de la señora que hacía poco me había dado una lección de vida.

ROGER LUIS CHICO CABARCAS

Colombia Facebook:: https://www.facebook.com/roger.c.c.5 Página WEB: https://leerconr.wordpress.com/

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D

e manera recurrente la mujer de sal venía a sus sueños, le brindaba una amplia sonrisa, le sujetaba las manos y le daba seguridad. El alba lo despertaba inquieto y buscando una interpretación, y así, las noches sumaban angustia que el día trataba de desentrañar. Ariel hacía diez años que había enviudado, situación tras la cual había tomado la determinación de no volverse a enamorar, no estaba dispuesto a padecer otra pérdida. Desde entonces compartía sus espacios de esparcimiento con Jeremías, su amigo de infancia, un solterón empedernido amante de viajes y aventuras. Ese día Ariel se animó y le contó su visión nocturna y la ansiedad que le generaba. Su amigo lo escuchó con detenimiento tras lo cual lo invitó a una gira especial: visitarían el Campo de Piedra Pómez, en Catamarca y luego recorrerían Minas Capillitas, “un recorrido con tintes geológicos”, le lanzó con sorna su amigo, a lo que agregó: —quizás allí encuentres tu mujer de sal. En realidad Jeremías hacía tiempo que tenía en mente ese paseo y aprovechó el relato de Ariel para efectivizarlo. La excursión fue apasionante, una gran extensión surcada por grandes formaciones de piedra pómez, sin ningún vestigio de vida. Fue como caminar por Marte. El corazón de Ariel se aceleraba cada vez que adivinaba una silueta femenina en esas moles de piedra, pero no eran más que eso, bloques de piedra esculpidos por el viento. La travesía continuó por escarpados caminos hasta llegar a la posada de don Desiderio Llampa. El viejo que atesoraba profundas arrugas en su rostro, producto del inclemente clima de la puna, relató la felicidad de una vida dedicada a la exploración y explotación de rodocrocita, mina que había heredado de su padre. Trabajaba en la misma desde los veinte años, y ahora, dado el peso de los años en sus piernas, lo ayudaba su hija quien había vencido el mito de que una mujer no podía entrar a una mina pues traía la desgracia. Al día siguiente, Don Desiderio invitó a los dos amigos a recorrerla. Ariel debió sortear su claustrofobia, sus temores a la oscuridad y a los derrumbes. El sudor pincelaba su frente y un frío lo envolvía por dentro y por fuera pero el entusiasmo de Jeremías no le permitió dar marcha atrás. A medida que se iban adentrando, las paredes se estrechaban y pequeños hilos de agua brotaban de las mismas. Ariel pisaba con aprehensión esa piedra resbaladiza que lo conducía a un sendero cada vez más limitado. 113


Mientras tanto, don Desi, como lo llamaban sus vecinos, mostraba con entusiasmo la piedra rosácea, oro rosa en manos de escultor que a fuerza de paciencia y determinación, lograba extraer. Ariel giró su cabeza buscando una luz que le indicara la salida, se sentía a punto de sufrir un ataque de pánico, sus manos habían empezado a temblar, sus piernas apenas lo sostenían y su corazón se había desbocado. En ese estado, a lo lejos, vio un contorno femenino disimulado en un overol oscuro y un casco. La joven, al divisarlo desparramó una sonrisa blanca y le hizo seña para que se acercara, acababa de descubrir una veta importante y necesitaba compartir con alguien el hallazgo. Tomándose de las paredes, se acercó como un niño tímido al borde de un precipicio, aceptó la mano de Venancia que lo tomó con determinación y al sentir el olor de su cuerpo, vio materializado su reiterado sueño, de pie estaba frente a la mujer de sal. El destino la había puesto en sus manos, estaba en él continuar la historia.

CLARA GONOROWSKY

Argentina

Página WEB: http://poesiadesdeelsentimiento.blogspot.com.ar/

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A

mí no me gusta ir a los museos para ver muertos. Uno se encuentra con esqueletos, cosas momificadas o animales tiesos. A mí me gusta la vida. El sonido de la vida, el movimiento de la vida, los olores de la vida, el latir de la vida. Eso de andar mirando vitrinas, leyendo cartelitos, ir deteniéndose a cada rato, es muy cansador. El tedio te hace presa en cualquier momento y uno querría salir corriendo de esas habitaciones. Todo esto se lo digo porque hace tiempo que tengo un entripado, una sospecha que me quita el sueño. El año pasado me tocó acompañar a mi hijo en una salida de colegio y no me va a creer que justo tenían armada una visita al museo de ciencias naturales, el que está en el parque. Hice de tripas corazón y allá fuimos. De terror fue toda la tarde. El guía no terminaba más de contar cosas y los niños, dale que pregunta y pregunta. Vio que los chicos de ese colegio son muy curiosos y esa tarde parecía que tenían todas las ocurrencias que se le pueda, a usted, pasar por la cabeza. Me aburrí como una ostra, si es que una ostra puede aburrirse en un museo de ciencias naturales hasta que, en un momento, me encuentro una silla vacía cerca de una vitrina. Me instalo allí mientras espero que los niños calmen sus ansiedades de preguntas y es en ese momento (de verdad ya había pasado un buen momento que estaba sentada), le digo, que siento que alguien me observa. Al comienzo no le di importancia puesto que no tenía a nadie cerca. Después ya me empezó a incomodar un poco. Sentía como una presión en la nuca y como un liviano peso que me corría por los brazos. Giro la cabeza y me pongo a mirar como quien está mirando un oleaje en el mar, disimulando, y me lo encuentro de frente. De uno de los escaparates donde, parecía, había cosas colgando, me cruzo ojo a ojo con un pajarito, un colibrí, que estaba en uno de los estantes. Estaba más tieso que estatua, de eso estoy segura, y me acerco como para mirar qué pasa. Le miré la identificación y leí un poco de lo que decía el panel, pero esa mirada era rara, no sé si insinuante pero, rara. Me acerqué y le hice frente. Le sostuve la mirada. Sus ojos de vidrio (supongo que deben ser de vidrio), tenían un brillo intenso, apasionado, penetrante. Casi me subyuga. Lo raro fue que era una cosa como si nos conociéramos desde siempre y eso que, lo que es yo, nada de nada con pajaritos y esas cosas. Eso habrá durado un rato, no sé cuánto tiempo, hasta que siento que mi hijo me llama desde la otra punta de la sala y salimos al jardín pues había terminado la visita. Y desde entonces tengo este entripado. Muchas veces me siento ligera, como flotando, como si estuviera suspendida. Me encuentro dando vueltas sin razones aparentes y en las noches siento que hasta como si se me bajaran las pulsaciones. Y esos ojos de colibrí que me taladran la cabeza. No me los puedo sacar de la memoria. ¿Será una brujería?. Bah, digo, de esa cosa que se dice de transmigración de las almas, si es que existen las almas y se pasan de un lado al otro. 116


Quiero decir, si no será que ese colibrí se me metió en el cuerpo, se me apoderó de mi vida, de mi voluntad. Tengo ese entripado y no puedo sacármelo de encima. Por eso aprovecho y se lo comento. También puede ser que esto sea un efecto de museo. A mí nunca me gustaron los museos. Y, para colmo, hace como tres meses que se me ha dado por lo dulce. ¿Usted cree que existan las almas?.

RICARDO BUGARÍN

Argentina

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lla apareció a unos veinte metros, dentro de la oficina de grandes ventanas. Me encantaba esa sonrisa que tenía porque se le formaban las primeras arrugas a los lados de sus ojos cuando los cerraba. Esos dientes perfectos y sus labios me llenaban la cabeza de fantasías de todo tipo. Cada vez me parecía más hermosa. Así era Lucila. Me coloqué los tapones protectores de nuevo, porque la máquina que usaba me lastimaba con cada golpe los oídos. Aun así seguí contemplando su cuerpo hasta que no pude más y me fui al baño. Me llovieron los silbidos de mis compañeros y alguna joda que no contesté. Códigos que teníamos ahí. Llegué al baño y al notar que estaba vacío me metí en uno de los tres lugares con inodoro y trabé la puerta con una mano. Llamar antes de entrar no era habitual en la fábrica. Entonces ahí mismo, con los ruidos de las máquinas y con ella en mi mente, me masturbé incomodo. Fue extraño, aunque efectivo. Me quedé en silencio, mi transpiración era helada y respiraba agitado, tenía miedo o una sensación de preocupación, o capaz ansiedad. No sé cómo explicarlo. Me dolía el pecho y la vista se me nubló por las lágrimas. Soy un monstruo, pensé. La puerta principal de metal se abrió de un golpe y llamaron para que salga. Alcancé a decir: —Ya va. El encargado de la limpieza se fue y aproveché para limpiarme y salir. El agua con la que me lavé salía caliente y no me refrescaba en lo absoluto. Mi cara estaba tan roja como mis ojos. Cuando escuché que volvía me escapé para no cruzarlo. Aunque me estaba esperando alguien en el pasillo. Lucila … Cuando me vio se acercó rápido, casi corriendo. Estábamos los dos solos, temblé como nunca, me abrazó y me llenó de besos. Sus primeras palabras fueron dulces, pero las sentí amargas, me dolieron como si cayera aún más en el infierno que atravesaba: —Feliz cumple papá, te quiero mucho. —Gracias hija, ¿cómo estás? —Bien. Con mucho trabajo, encima Micaela anoche estaba con fiebre y con Jorge no dormimos casi nada. Hoy tenía prueba, pero no la llevamos a la escuela. —Pobrecita mi nietita, estos cambios del tiempo le hacen mal a los chicos. Mírame a mí, ya tengo cincuenta y la semana pasada casi falto por la gripe, eso es por el clima que cambia a cada rato. —Pá, vamos a la tarde. Si Mica está mejor pasamos a tomar unos mates. Avisale 119


a mamá que la llamo antes. Así te damos los tres tu regalo. Lo eligió la nena. —Que amor. Bueno vamos porque ya el jefe debe estar buscándonos. Tenía que irme, no podía hablarle después de lo que acababa de hacer. Todo empezó con un sueño: era una mañana de verano, mi mujer había salido a ver a mi suegra y estaba solo con ella, que en ese momento cocinaba. Hablábamos a los gritos y nos reíamos mucho. Yo estaba viendo el TC desde el living. Entonces fui a la cocina a servirme un vaso de jugo de esos asquerosos de sobre y, desde la puerta entreabierta, la contemplé por primera vez en su real naturaleza. Tenía puesto unos shorts muy cortos que resaltaban la figura de toda una mujer, esas piernas suaves y esa cola que me dejó enamorado. También una musculosa en la que podía verle el corpiño, por lo abierta que era. Su cuello delicado transpiraba, por eso se había atado el pelo con un rodete. No dejé de verla desde ahí, absorto y continué un largo rato paralizado por completo sin que ella notara mi presencia. Lamí mi boca en busca de un hilo de saliva que había escapado. Comenzaba a sentirme con ganas de tomarla de la espalda y besarla por todo su frágil cuerpo, desnudarla con violencia, recorrer con mi lengua cada centímetro de su piel, comerle sus delicados pechos, que ni siquiera estaban desarrollados y sentir que rompía su himen con mi virilidad. Iba a sentirme dentro de ella haciéndola mujer y al ser su primer hombre sería mía para siempre, mantendríamos nuestros encuentros en secreto, como amantes. —¿Por qué no? —pensé— después de todo soy su padre y tengo que enseñarle —tragué saliva y casi tosí— . Sí… Ella es mía —ante tal revelación sonreí. Muy despacio me fui acercando y no tardó en sentir mi respiración en su nuca. —¿Papá qué haces? —dijo riéndose. Su dulce voz llena de inocencia me perturbó de tal manera que bajó la erección que tenía. Me sentí enfermo pero no podía dar marcha atrás, era ahora o nunca, pero… ¿cómo? —Mirá papi, estoy haciendo una torta para mamá, ¿me ayudás? —Sí mi amor —contesté, con una risa que delataba que había encontrado la respuesta. Me relamí los labios otra vez y me pasé la mano por la boca varias veces. Mi corazón latió con tal fuerza que hasta podía escucharlo. Entonces, cuando puse mis enormes manos en su cintura, ella se dio vuelta de forma brusca y gritó : —¿Qué querés hacerme, hijo de puta? ¿Me ibas a violar, enfermo de mierda? — y me empujó contra la pared. 120


El pecho me ardía tanto que me doblé del dolor. Ella lloraba y vi un cuchillo en sus manos manchado de sangre. Bajé la mirada y el enorme corte que me había hecho me dejaba ver gusanos devorándome vivo. Yo estaba rodeado de moscas. Grité. En medio de una laguna de transpiración me desperté, temblaba y estaba llorando. Miré la hora, eran las tres de de madrugada. De más está decir que no pude volver a dormir. El tormento de imaginarme a mi hija entre mis brazos aunque fuera solo por una noche no era suficiente para calmar mi miedo al castigo que podía llegar a recibir luego. Además, amaba a Lucila. Entonces me volví evangelista, gracias a mi compañero de trabajo Félix. Me contó que el demonio me hacía eso y tenía que entregarme a Dios. Lo hice, porque era una tortura sentir que no era como los demás padres y me llenaba de angustia terminar de masturbarme pensando en la nena, satisfaciendo mis más bajos instintos para después jugar con ella, la mayoría de las veces, ante la extraña mirada de mi señora. ¿Acaso sabía o sospechaba algo? Nunca lo supe. Pero la vida es sabia y siempre te da una segunda oportunidad. Félix me decía eso, “Sergio, Dios siempre da una segunda oportunidad”. Lucila llegó con Jorge y Mica, como acordamos en el pasillo de la empresa por la mañana. Mi mujer había hecho unas tortas fritas y un bizcochuelo por mi cumpleaños. Entonces mi nieta me dijo: —Abu, empecé danza. —¡Qué lindo! —Mostrale al abuelo cómo bailas reggaetón —dijo Lucila. Cuando la música comenzó y Mica me mostró como era el baile que había aprendido sentí algo que no imaginé nunca. Duró una fracción de segundo, aunque la sensación continuó. La comencé a ver mejor y la nena era hermosa. Entonces Lucila me despertó. —Pa, ¿mañana podes ir a buscarla al cole y cuidarla hasta las siete? Mamá me va a acompañar al médico. Y no quiero llevarla, todavía está enferma y se puede agarrar algo peor. —Sí, no te hagas ningún problema, la vamos a pasar muy bien los dos. ¿No, Mica? —¡Sí! —contestó ella. La vida siempre te da una segunda oportunidad. Y esta vez no la pienso desaprovechar.

CRISTIAN BERNACHEA

Argentina

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ue un día de invierno. Hoy estoy viejo y mi memoria falla. Sin embargo ese día sigue vivo en mi mente; rodeado de lagunas mentales y vivencias que el paso del tiempo se ocupó de corroer. Me basta con cerrar los ojos para sentir la helada brisa marina golpeando mi rostro. Hoy me siento frente al papel y todo es tan nítido que no sé por dónde comenzar a desentrañar. He formado una familia, tuve hijos y mucha gente a mi alrededor. Soy dueño de un bello presente. Tengo una identidad formada. Tengo nombre, apellido, un pasado y un porvenir; pero vea usted las paradojas de la vida; encuentro más probable olvidarme de mis hijos, de mi esposa o incluso de mí mismo que olvidarme de aquel día de invierno. Yo tuve una juventud. Una juventud llena de besos, de llantos y de risas; y tuve un amor. Siempre me costó creer en que algunas cosas son para siempre; sobre todo si de amor se trata; pero aún así creo que si la vida fuese menos amarga hoy no tendría esta historia. Se llamaba Elena. Cómo olvidarla. Cómo olvidar sus ojos color miel; y sus labios, el refugio de todos los miedos de mi inmadurez. Era entonces un muchacho de dieciséis años cuando mis ojos frenaron a contemplar su pálida piel por primera vez. Ella apenas llegaba de algún lugar que ya no recuerdo; y llegaba con su familia. Tenía por entonces treinta y siete años. Qué extraño fue ese momento en el que mi corazón se partió en mil pedazos y empezó a latir con la fuerza de un huracán al mismo tiempo. Qué hermoso era verla pasear cuando el viento soplaba y su pelo jugaba con la brisa; y que desgarrador era verla de la mano de otro hombre. Hoy tengo sesenta y seis años y sigo sin conocer una sensación igual de agridulce. Las vueltas de la vida nos acercaron. Destino o casualidad. Luchando yo contra el miedo y ella contra el compromiso fuimos creando algo maravilloso. Sigo preguntándome si fue algo bueno; tal vez si me limitaba a divagar hoy mi dolor sería menos real; simplemente no pude evitarlo. Así las vueltas de la vida nos fueron llevando. Nació en nosotros un sentimiento muy fuerte; increíblemente fuerte. Las charlas poco a poco se transformaron en besos, en caricias y en el calor de dos personas que se dejan llevar por algo más fuerte que cualquier responsabilidad. Lo que hacíamos estaba mal y lo sabíamos; pero no podíamos evitarlo; era vernos y sentir el impulso más primitivo que rige la razón, era vernos y desearnos, vernos y que se nublara nuestra cordura. Estábamos tan cegados de pasión que no notábamos que nuestras vidas se oscurecían. Su esposo quedó desempleado y poco a poco lo que era para él un consumo 123


ocasional se transformó en un vicio irrefrenable. Comenzó a descargar su ira en ella. Su vida se transformó en un infierno y yo hacía lo imposible por ignorarlo. ¿Qué más podía hacer? Era apenas un muchacho. Nuestra pasión ahora estaba manchada de angustia y dolor. Hasta que aprendí que todos los muchachos deben madurar. Fue un día de invierno. Ya no quería escuchar su voz gritando desconsoladamente. Jamás supe si ella quiso mi ayuda... ya no importaba. Caminaba sin dejar que el miedo me paralice. El cuchillo en la cintura era molesto de llevar pero necesario; situaciones drásticas requieren soluciones drásticas. La puerta entreabierta me invitaba a ponerle fin a tanto dolor. El cuchillo atravesó su cuello y él cayó al suelo entre intentos inútiles por respirar. La miré, como rogándole un escape de tan brutal escenario, pero cuando nuestros ojos se cruzaron supe que buscaba lo mismo. Nos dimos cuenta de que debíamos escapar. Nos alejamos de nuestro hogar. Volver implicaba pagar las culpas de un asesinato, nos dimos cuenta de que daban igual nuestras vidas, por eso decidimos ponerle fin a nuestra aventura, al menos en este mundo. Subimos al acantilado más alto, estábamos decididos a saltar. Dejamos nuestro amor en manos del azar. Nadie sabía ni sabe qué le sigue a la muerte; era amarnos eternamente o no volver a vernos jamás. Y fue un segundo, un mísero segundo el que me hizo pensar en todo; y me distraje. Perdí el control de mi cuerpo y la dejé caer en soledad hacía la muerte. No me lo perdoné ni me lo perdonaré. ¿Cómo pude ser tan cobarde? ¿Cómo pude matar a un ser horrible pero no pude morir por quién era todo para mí? No lo supe ni lo sé. Tampoco sé si escuchas mis palabras Elena. Hoy estoy enfermo y como aquel día mi vida vuelve a dar igual. Vine a rogarte que me perdones, a decirte que nunca dejé de pensarte, mi vida quedó marcada por tu recuerdo, por eso decidí volver. Te pido de rodillas otra oportunidad; esta vez saltaré y ojalá el mar se apiade de mí y nos deje ser uno otra vez, como aquel día de invierno.

LUCAS AGUIRRE

Argentina

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l hombre vivía solo, en un asentamiento humano de Lima. Era casi las doce de la noche y le costaba reposar. De súbito escuchó un ruido sospechoso afuera de su residencia, salió con su revólver cargado y caminó unos pasos. Imaginó que se trataba de algún pandillero; ya había ocurrido antes que se acercaban a esa zona para drogarse o robarles a los vecinos. Sin embargo, lo que el sujeto encontraría ante sí sería lo más insólito que hubiese contemplado en su vida. Delante de él surgió una criatura aberrante, de aspecto humanoide: su faz era horrorosa, indescriptible, unas cosas, similares a púas, emergían de su calvo y moteado cráneo, también de su cara y del resto de su mediano cuerpo. El hombre logró distinguirlo, mediante la luz de un poste, se le hacía incómodo mirar al ente, era demasiado horrible; no obstante, le apuntó con el arma y se mantuvo frente a aquella bestia, pensando si debía disparar o no. El monstruo preparó sus garras, se puso en actitud acechante, pensó en recibir al menos una bala, tenía posibilidades de aguantarla y destrozar a su presa. Atacaría en cualquier momento. El sujeto no se decidía a darle un tiro a la criatura, se dijo que tal vez estaba cometiendo un error. ¿Qué fecha era? Era octubre, fin de mes, ¿no sería Halloween? Quizá lo que estaba frente a su persona no era un engendro salido de los infiernos, sino un sujeto muy bien disfrazado, tan humano como él. No. No dispararía. Aguardaría a que el otro hiciera un movimiento. El espantajo también tuvo ciertas dudas, se preguntó qué día era, si hoy se celebraba Halloween, si era pertinente cobrar una víctima; a lo mejor se había equivocado y había ascendido a la tierra de los hombres en un errado momento. Al igual que el otro, no podía recordar qué fecha era. Se observaron mutuamente durante un rato. Era necesario que alguno diera el primer paso. La entidad retrocedió con lentitud, se dio la vuelta y se perdió en las sombras de la calle. El individuo dejó de apuntar con la pistola, e ingresó a su casa. Intentó dormir. No pudo. Le costaba olvidar lo acaecido. Al año siguiente ambos se encontraron de nuevo, y habían mirado con atención el calendario. ¿Quién mató a quién? El hombre asesino al monstruo. Desde hacía unos meses se había propuesto erradicar el pandillaje y siempre podría decirle a la policía que aquel infeliz, que había recibido seis balazos en la cabeza, intentó asaltarlo en la puerta de su hogar. Si había una cosa que un ciudadano de a pie detestaba era que le robaran en la entrada de su vivienda. No obstante, el individuo se dijo que algo iba raro cuando notó que había necesitado seis tiros para abrirle la frente a aquel «sujeto disfrazado de espanto», a fin 126


de terminar con su podrida existencia. Sobre todo, el humano se percató de que algo andaba mal cuando vio el cuerpo muerto transformarse en un gas denso y maloliente: en azufre. Y se sintió enloquecer cuando ese humo amarillento en vez de irse hacia arriba, descendió para introducirse dentro de la tierra.

CARLOS ENRIQUE SALDIVAR

Perú

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uimos de paseo a casa de una tía, miles de recomendaciones ante la posibilidad de que nos invitaran con algo. Todo fue bien hasta que aparecieron unos riquísimos pastelitos de dulce de membrillo. Yo, seis años, muy seria comencé la ronda de por favor, gracias, están muy ricos. Cuando llegué a la sexta serie de las ya famosas frases de cortesía, sentí la mirada penetrante de mi madre. Roja de vergüenza, agotó toda la mímica para que yo dejara de servirme pasteles. Algo había hecho pero no entendía qué; al llegar a casa mamá dijo: —Te avisé que fueras educada. —Siempre pedí por favor, dije gracias. —Sí, pero muchas veces. Ese día aprendí que cuando a uno lo invitan a comer casi siempre se muere de hambre. Y ah, me olvidaba, nunca más me gustaron los pastelitos de dulce de membrillo.

ANA MARÍA CAILLET BOIS

Argentina

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staba lindo para caminar, José siguió tranquilo, las manos en los bolsillos y su tranco habitual. De pronto se vio caminando por la costanera, no estaba totalmente oscuro todavía, aunque las luces de la calle comenzaban a encenderse. Había refrescado un poco, el mar estaba calmo y de color azul profundo, azul frío, azul lejano. Caminó hacia él, se detuvo, se sentó en la arena y se quedó mirándolo largamente, como tantas otras veces. Siempre ese horizonte lejano, había sido el lugar donde habitaban sus sueños, el lugar donde muchas veces había querido estar, aunque no se podía imaginar cómo sería estar allí, donde el cielo y el mar se juntan. Inesperadamente se levantó una bruma, que lo envolvió lentamente. Fue entonces cuando lo vio; el viejo estaba lejos, sentado en la arena también mirando el mar, estaba bien abrigado, se lo veía tranquilo y todo parecía estar bien a su alrededor. Le pareció que lo conocía, no estaba seguro porque ya estaba más oscuro. No pudo contenerse y comenzó a andar hacia él, cuando se fue acercando se dio cuenta: «Es el viejo» pensó, se detuvo de golpe, no podía ser, era imposible, su padre hacía mucho tiempo que había muerto, no sabía si seguir caminando o volver. Fue en ese momento que el hombre giró su cabeza y lo miró dulcemente, José anduvo el corto trecho que lo separaba y se dejó caer de rodillas a su lado, mirándolo maravillado. —¿Viejo, sos vos? —Era una locura verlo allí y tan bien— ¿qué haces aquí? —Qué te asombra que este aquí, siempre estuve aquí. Vos sabés que este es mi lugar, frente al mar —el hombre lo miraba y le hablaba suavemente. —¡No sé qué decir viejo, no sé qué hacer! —los ojos de José estaban ya llenos de lágrimas, comenzó a extender su mano para tocarlo, pero algo le dijo que no sería posible. —No digas nada entonces, sentate un rato a mi lado, miremos el mar, como lo hicimos siempre y recordemos. —el viejo miraba el mar como extasiado, como si fuera la primera vez. «Quizá era porque siempre se mira el mar como por primera vez» recordó palabras oídas. José se iba recuperando de a poco de la sorpresa, tanta era su felicidad que no se le dio por pensar en el misterio; aunque pronto comenzó a hacerse preguntas: «¿Cómo el viejo estaba allí?, ¿Cómo había venido?, ¿Estaría por algo puntual?» ya no se contenía y le dijo: —¿Vos viniste para decirme algo? Algo que no me salió bien, o… que se yo… —No, no, quedate tranquilo, todo está bien, simplemente pude hacerlo, yo tampoco sé muy bien porque, pero estoy aquí y a tu lado y eso es bueno. —el hombre sonreía. 131


—Sí que es bueno, ¿querés contarme algo? Algo de tu vida…perdón, no sé cómo llamarlo. —Sí, si también es vida, es otra, distinta…es…distinta. —El viejo lo miraba ahora profundamente, el brillo de sus ojos no eran lágrimas, era un brillo que lo penetraba agradablemente. —Papá, Papá, pocas veces te llamé así, y eso que hablábamos siempre, no sabes cuantas veces me lo pregunté en estos años, porque no te llamaba así, fue raro. —Fue lo que fue, nada más, no le des vueltas, las cosas son mucho más simples. —El hombre parecía que se acercaba, pero algo impedía el contacto. José se daba cuenta de que la charla estaba terminando, percibía cosas que no veía, comenzó a desesperarse, no podía perder el contacto ahora así de golpe. —Me tengo que despedir —dijo el viejo con tranquilidad— yo sabía que te iba a encontrar, solo quería verte y que me vieras y decirte que todo está bien. —Se puso de pie. —No, esperá, no quiero que te vayas todavía, ¿no podés un rato más? ¿Podemos vernos mañana? —Al hablar trataba de alcanzarlo y abrazarlo, aunque no pudo. —Ya está, me voy, quizá algún día pueda dar otra vuelta por nuestra playa y nos podamos ver. El viejo comenzó a caminar hacia la orilla, lentamente iba camino hacia donde José hacía tiempo había dejado sus cenizas. Allí en la lengua de agua, donde él había querido. Sintió que no podía hacer nada más, ni siquiera seguirlo. Se quedó clavado en la arena mirándolo desaparecer, porque antes de tocar el agua, eso fue lo que hizo el hombre, desapareció, se disolvió ante sus ojos. Entonces se dio cuenta que estaba sentado en la arena húmeda, tenía los pantalones mojados y fríos. Se levantó, se sacudió la arena que se aferraba a su ropa y fue volviendo de a poco a su realidad. Siempre mirando hacia el mar, como lo había hecho desde que llegó, de golpe se sintió solo, muy solo, una soledad que dolía. Ya era tarde, tendría que volver, rumiando ese encuentro fantástico por el camino, pero tenía que volver a la vida real. Siguió caminando lentamente siempre mirando el mar, no podía sacarse de la cabeza ese encuentro. Tantos recuerdos le traía todo eso, recuerdos de la infancia; cuando la playa era Él lugar, como había dicho el viejo, junto a su familia primera y a sus amigos. Aquellos largos días de charlas y juegos, cuando el mar era más amigo, más cálido, más amable. Sintió ganas de seguir caminando por la arena, pero ya era muy tarde.

ROLANDO JOSÉ DI LORENZo

Argentina

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iendo aún un niño, dormía con un pequeño cofre bajo mi cama. Este hermoso y antiguo artefacto de madera con terminaciones en corroído acero, había pertenecido a mi abuelo paterno quien murió mientras era yo muy pequeño. Mis padres me contaron que mi abuelo, que llegó a conocerme, me regaló este cofre para que guardara en él mis posesiones más preciadas. De la misma manera que él lo había hecho durante toda su vida. No guardo ningún recuerdo de mi abuelo. Aunque sí del cofre. Me recuerdo guardando en él, todas las noches antes de dormir, mis más valiosas reliquias. Mis autos y soldados de plástico, con los que jugaba todo el día. Alguna roca curiosa encontrada en el trayecto entre la escuela y mi casa. Algún dibujo del cual estuviera orgulloso. Recuerdo pensar en mi abuelo mientras guardaba esas piezas durante la noche y al sacarlas la mañana siguiente. Así día tras día, siguiendo un ritual tan pleno y perfecto, como a veces únicamente los niños pueden lograrlo. A mi abuelo solo lo había visto en fotografías, por lo que rápidamente pude poner un rostro a esa imagen. Como lo había visto sonriendo, su rostro se me hacía alegre y simpático. Tiempo después comenzaron los sueños. Soñaba que visitábamos la playa y el muelle. La pasábamos muy bien paseando y corriendo sobre la arena. Me compraba unos pochoclos (maíz inflado con azúcar) de un carrito ambulante. Luego caminábamos charlando y riendo mientras comíamos. Yo siempre pedía unos bañados con jarabe color rojo sabor frutilla. El lamentable final de esos sueños era siempre el mismo. Mi abuelo desapareciendo de mi lado. Quedando yo solo en la escena, como si él nunca hubiera estado allí. En un momento creerlo a mi lado caminando junto a mi; en el siguiente mirar y notar su ausencia. Darme cuenta que ya no estaba a mi lado me desesperaba. La playa, hasta hacía un momento calma entre el arrullo de las olas y la tibia brisa, era luego el escenario de una tormenta por llegar. Cuando el viento se esfuerza y enfría, el cielo oscurece y las olas rompen con furia. Yo comenzaba a correr asustado por los truenos, la fuerza del viento y el mar embravecido. Veía a lo lejos el muelle y corría hacia allí para protegerme. En medio del vendaval el viento me tiraba y terminaba arrastrándome al mar enfurecido. El horror se apoderaba de mí y despertaba de golpe, empapado en sudor y gritando con todas mi fuerzas. Ni en sueños podía tener de él su presencia. Muchas veces al despertar lloraba gritando “¡ABUELOOOOO!”, aunque el sueño ya había terminado. Mis padres venían corriendo a mi habitación y yo les contaba, una vez más, que había soñado con él. Ellos se miraban tristes, ya conocían mi relato que era siempre el mismo. Sabían que yo estaba paseando con mi abuelo por la playa, luego desaparecía mientras una gran tormenta lo devastaba todo. Ellos no sabían cómo resolverlo. Siempre fui un niño sano y feliz a sus ojos. Se preguntaron: ¿Por qué un niño de ocho 134


años tiene la misma pesadilla aterradora todas las noches? Yo era un niño muy curioso, y debo admitirlo (porque lo sigo siendo) muy obsesivo también. Desde que el cofre había llegado a mis manos, no había parado de preguntar sobre mi abuelo y su artefacto antiguo. La curiosidad me consumía, debía averiguarlo todo al respecto. Mi papá solo me dijo que el abuelo guardaba en este algunos recuerdos de su juventud, sin embargo él no sabía bien qué era eso que guardaba. Y yo me obsesionaba cada día más y más. Preguntándome: ¿qué habría guardado allí dentro? Lo imaginaba guardando medallas ganadas en tierras lejanas. Algún pequeño catalejo que usaría cuando fue marino. Sus antiparras sucias luego de volar con su avioneta sobre el océano. Cuando llevaba estas historias a mi papá, él me contaba que mi abuelo había nacido en una isla rodeada por un gran río. Trabajó en plantaciones de manzanas en esa isla. Luego se casó y junto a mi abuela tuvo tres hijos varones. Se mudó a esta ciudad donde vivió hasta morir. Mi abuelo no había sido soldado, marino, ni aviador. Por lo que mis historias heroicas sobre él se esfumaron ante mis ojos rápidamente y me marché triste y desilusionado. Mis padres no tardaron en culpar a ese viejo cofre de madera, por causar mi obsesión y sufrimiento. Un día al llegar de la escuela fui a buscarlo bajo mi cama y encontré una caja de zapatos con mis cosas, el cofre ya no estaba allí. Corrí con mi mamá y le pregunté con voz entrecortada: ¿Dónde está el cofre de mi abuelo? ¡Se necesita un cofre para guardar tesoros, una caja de zapatos no sirve! Ella se agachó y mientras me secaba las lágrimas con un pañuelo me dijo que el cofre estaba viejo y arruinado, por eso mi papá lo había tomado y tirado. Que era mejor así, esa cosa me podía hacer daño, era mejor deshacerse de ella. Apenas terminó de decir esto, recuerdo mirarla con furia y decirle: ¡No pueden sacármelo, mi abuelo me lo dio a mí, a nadie más! ¡Es lo único que tengo de él y me lo sacan! ¡No pueden hacerme eso! Salí corriendo furioso de la casa. Corrí largo rato, sin descanso, sin saber dónde ir. Hasta que ya cansado de correr, seguí alejándome caminando por las calles de mi barrio, sin deseo o voluntad de volver a casa. Ya estaba oscureciendo. Miré a mi alrededor y me di cuenta que me encontraba a la vuelta de la casa de mi abuela. Apenas pensé en ella tuve ganas de verla. Recordé todas las tardes pasadas en su casa. Correr por el parque con sus perros entre los gnomos de cerámica. Las galletitas y el café con leche en la mesa de la cocina. Los cubos de azúcar en la mesita de la sala. La gran biblioteca con los libros que habían pertenecido a mi abuelo. Esos que todavía me desconcertaban, por no tener 135


ilustraciones. Eran solo un mar de páginas llenas de letras para mí. Quizás ella sabría algo del cofre. Yo estaba decidido a recuperarlo. Además tenía mucho hambre porque no había comido nada desde el mediodía. Corrí a su puerta y toqué el timbre, escuché las campanas sonar adentro y luego sus pasos acercándose a la puerta. Abrió y al mirarme esbozo una hermosa sonrisa. Me hizo pasar a la cocina y me preguntó si quería tomar la leche con galletitas. Yo asentí y no pronuncié palabra. ¿Qué te anda pasando Damián? Tenés una cara de espanto, como si hubieras visto un fantasma. Llegás y no me decís una palabra, ¿Te comió la lengua el gato? Abuela, mis papas me quitaron el cofre que me regaló el abuelo. No pueden hacer eso. Es muy injusto. Él me lo regaló a mí. Mi abuela me miró con cara de lamento y dijo: Quizás ellos tienen una buena razón para sacarte el cofre. Me contaron que estás teniendo unas terribles pesadillas y creen que te vendría bien descansar más y alejarte un poco de él. Parada junto a la cocina mientras la leche se calentaba, miró un rato el suelo como buscando algo perdido hacía tiempo y lamentándose por ello. Luego la leche hirvió y zumbó anunciando que estaba lista para servirse, ella no reaccionó y esta se rebalsó. Al rato, me preparó el café con leche y limpió la leche derramada. Trajo mi taza con una gran lata llena de galletitas, para que yo elija las de mi gusto. Se sentó a mi lado y me acarició la cabeza mientras yo tomaba mi merienda. Dami, lamentablemente el abuelo ya no está con nosotros. Ya no puede jugar con vos, ni acariciarte el pelo. Por eso yo lo hago por mí y por él. El abuelo te amaba con todo su corazón, nunca lo dudes. No te podrías imaginar lo feliz que lo hacías. Deberíamos haber vivido muchos años mas juntos y felices... pero se enfermó y falleció. La miré, tenía los ojos inundados en lágrimas. Se los secó enseguida, intentando que yo no la viera y me mostró una sonrisa forzada. En cuanto al cofre, tu papá vino ayer preocupado, cree que estás un tanto obsesionado con este tema. Que por eso mismo tenés esas horrendas pesadillas. ¿El cofre donde está? ¿Vos sabés? Le dije enojado. Todo a su tiempo. Primero vamos a hablar de tus pesadillas. Dijo esto con total autoridad, cosa que no me quedara otra opción más que dejar de hacer preguntas y hacerle caso. Decime Dami, ¿Qué es lo que querés saber de tu abuelo? Yo te voy a contar todo lo que quieras. Tenés que entender a tu papá, a él se le murió “su padre” y todavía está muy triste por ello. Además a los padres les cuesta mucho hablar de ciertas cosas. Para eso estamos las abuelas, para explicar cosas que los padres a veces no saben 136


cómo. Ella sonrió mientras decía esto último y me mostró su mirada cómplice. Como invitándome realmente a que pregunte lo que quisiera, sin reservas. Contame abuela: ¿Cómo era el abuelo y qué le gustaba hacer? Tu abuelo era una persona buena y cariñosa. Un tanto callado y reservado, pero con los nietos jugaba como un chico más. Eso hacía con vos, le encantaba jugar con vos. En algunas ocasiones te llevaba a la playa y caminaban, comían pochoclo juntos, a él le encantaba hacer eso con vos en particular. Ese comentario sobre comer pochoclos en la playa me llamó la atención porque era justo lo que pasaba en mis sueños. Abuela, yo siempre sueño que comemos pochoclo en la playa con el abuelo. Ella me miró como entendiendo y luego siguió hablando. Me acuerdo de una vez que fuimos todos juntos a la playa: vos, tus padres y nosotros dos. El abuelo te compró unos pochoclos bañados en jarabe rojo y caminaron por la orilla juntos charlando. El día estaba hermoso. Vos tenías solo tres años. Seguramente ya no logras acordarte, no obstante, eso que ves en tus sueños lo viviste junto a tu abuelo. Me parece que su pérdida te ha afectado más de lo que lo puedes demostrar y por eso se desencadena esa pesadilla en tus sueños. Aunque no lo recuerdes a él porque eras muy pequeño, es evidente que tienes algún recuerdo escondido dentro tuyo. En ese momento me di cuenta. El no tener recuerdos de mi abuelo me hacia sufrir, me culpaba por no poder recordarlo. Siempre me acostaba buscando algún recuerdo en mis pensamientos, aunque nunca aparecían. Solo sabía lo que me habían contado. Ahora mi abuela me decía que ese sueño que venía a mí a diario era mucho más que un simple sueño, era un recuerdo. Por lo menos lo era en parte, en su comienzo, la parte agradable. Saber eso lo cambió todo desde ese momento para mí. Pude recordar a mi abuelo sin sufrir por ello. Luego de terminar mi leche y nuestra charla, mi abuela me llevó a mi casa. Allí mis padres preocupados me abrazaron. Me preguntaban una y otra vez por qué había desaparecido de esa manera y suplicaron que nunca más lo volviera a hacer. Las pesadillas pararon. Ya no despertaba asustado y empapado en sudor. Ya no tuve el cofre de madera bajo mi cama. Mi abuela me había entregado algo mucho más preciado y no necesité un cofre donde guardarlo.

DAMIAN GUSTAVO FURFURO

Argentina

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o acostó en la cuna, lo tapó y le secó el sudor de la frente, peinando con la mano húmeda sus pelitos hacia el costado. Mirándolo dormir. Notó tras sus párpados que sus ojos se mecían. Imaginó que eran actores detrás de un telón rojo de terciopelo. Preparando una obra para un espectador sentado en una butaca de cuero. Pequeñas muecas con la boca. Sutiles movimientos de cuello. El padre sueña lo que el hijo imagina durmiendo. Y los dos comparten ese silencio que se arma antes de que empiece. Sacude los pies y estira los brazos. Respira entrecortado, pareciera estar asustado. Y le cubre los pies para que no tenga miedo y cierra la ventana para que no entre el frío. Y el padre recuerda lo que le dijo el suyo “que nadie puede, ni siquiera quien más nos ama, salvarnos de nosotros mismos”. Se ríe de golpe, de un chiste que se ha contado. Se estira y resopla relajado. Porque tal vez sabe que aun desde otro mundo alguien lo está cuidando.

CÉSAR CHAFIO Argentina

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El propósito de una bacteria es simple e invariable. El de los mamíferos es caprichoso porque son esclavos de su propia memoria. Sofía Ludlow Cándano

-H

ay que controlar los recuerdos con severidad y eliminar los

improductivos. Dijo él. Movió las cartas de un juego llamado “Memoria” que tanto me gustaba, las colocaba boca abajo en el suelo y las revolvía, tenía que encontrar los pares de los dibujos, esta vez de animales. Él decía que me ayudaría pero ¿eso que tenía que ver con el Toro Rojo? El toro pasa en mi cabeza cuando siento mucha ira y quiero rebelarme, a veces parece cautivador con su pelaje de fuego y sus cascos de bronce ardiendo pero es muy ineficaz, él no piensa y a mí me gusta pensar. Es ruidoso y cargante, como los críos que gustan de molestarme. Confesé cuando encontré todos los pares en dos minutos, superando mi propio record. Él estaba complacido. Será mejor olvidar a ese toro. Pero lo escucho susurrar, después que vuelve a revolver las cartas y se levanta para abrir la puerta y recibir a mis padres. Ay, no creo que eso baste. Mi madre se acercó y dijo.Mi corazón está abierto hija mía, jamás se cerrará con llave porque no hace falta. ¿Crees que tú también puedas hacerlo? Mi padre me recogió en sus brazos y dijo: Los ladrillos son resistentes al fuego, al tiempo y a las agresiones que reciben, si surgiera la necesidad debes preparar tu muro de ladrillos. Me llevaron de regreso a casa, llegó la noche y no podía dormir, por eso fui a la biblioteca y prendí todas las luces que pude; la oscuridad nunca me deja dormir y la noche es insegura, eso pensaba cuando tenía seis años. En cambio los libros son seguros, ese pensamiento sigue intacto. Mi madre me sorprendió. Yo traté de convencerla de que me dejara justo donde estaba, maldiciendo a la noche, pero me regresó a mi cuarto con la recompensa de que mi gata Perla Negra dormiría conmigo. Cuando tienes seis años eres fácil de persuadir, inclusive por tu propia mente. Sé que volví más veces con el neurólogo pero no recuerdo las sesiones que tuve con él, sé que fueron seis años, los exámenes encefalográficos que me hicieron lo demuestran con las fechas impresas. Volar o luchar es una elección definitiva. Aunque volar a menudo implica posponer la pelea. Escoge tus batallas con la cabeza, niña, Dios te ha dado una con 141


gran potencial, aprende a usarla, sólo tú puedes.  Eso fue lo que me dijo un día, pero no recuerdo si fue en la última sesión. Sofía suele estar por su cuenta, le gusta estar así; es algo introvertida y solitaria. Sus hermanos, encantadores y muy queridos por ella, son algo mayores para jugar con ella; por eso prefiere a los animales, sobre todo a los gatos, ellos comprenden su actitud, pero los niños de su edad no… Se divierten molestándola y ella responde sin más, pero ha llegado a responder con agresividad y estamos preocupados, sabemos que ella intenta defenderse de los niños que la molestan cruelmente en su escuela pero no concordamos en que ella tenga un problema mental como nos han tratado de hacer creer muchos doctores, confiamos en que usted piensa como nosotros y nos ayudará a que nuestra hija deje de ser tan… visceral y sea un humano consciente, pero queremos que su bondad e inteligencia salgan a la luz y no “su gen de la ira”. Esa era la carta que mis padres le escribieron al neurólogo. Cuando conocí a mis primeros cinco doctores y me daban medicamentos dignos para lunáticos, me hicieron creer que la industria de la medicina se alimentaba de sufrimiento, obsolescencia y ruina. Eso me bloqueó, comencé a ver a las personas con bata blanca y un certificado de medicina como monstruos, pero entonces llegó él. Con sus relojes que se volvieron mi nueva colección y las llaves extrañas que ganaba cuando superaba una prueba. Los relojes eran de todo tipo, de bronce, plata, oro, con diseños de flores o animales, eran de bolsillo o para el cuello, sin embargo todos eran hermosos porque eran un recordatorio de que yo era consciente de mi misma y podía hacer las cosas por mi cuenta. Las llaves eran una grata satisfacción, cada una con un diseño único como las pruebas que pasaba cuando vencía al Toro Rojo; aprendí a cambiar la violencia por palabras inteligentes y así apareció un candado, el bocal del toro que cubría sus colmillos cuando tenía que defenderme sin usar mi cuerpo. Las llaves mantendrían quietas a las patas del toro, dejarían que soltara zancadas pero ya no me lastimaría. Lo que sí recuerdo, es que cada vez que miro sobre mi hombro y veo los ojos rosados del Toro Rojo veo en sus pupilas el Agujero Negro, un aparato que me obligaba a estar quieta con un casco que a través de sus agujas que atravesaban la piel de mi cabeza mandaba ondas eléctricas a mi cerebro para que la lesión sanara, claro que hablaban de una lesión física, pero como me había dicho mi padre un día: “Hay que pagar para olvidar”. Pero si hablamos de dolor, prefiero las mordidas de mi gata que a esas agujas. Si estar en el ojo de la tormenta es caos, estar en la pupila del Toro era una 142


auténtica locura. El tic tac de los relojes me traían de vuelta cuando me desmayaba con el humo del aliento del toro que envolvía mi rostro. Y escucho la voz del neurólogo. Vamos Sofía, despierta. No estoy soñando, estoy recordando. Me siento enferma. En ese momento tenía dieciséis años y él se ve más viejo al igual que los juguetes que solía usar en su consultorio, ahora están guardados en una cajonera que están detrás de su espalda. Cómo pasan once años con velocidad. Bien, concéntrate… Espera, ahora flotas, no pesas, concéntrate y míralo nuevamente. Y ahí está, vestido de los gritos de los insultos que solían decirme, su piel tiene marcas de golpes y mordidas, su fuego arde con fuerza pero no rompe las cadenas porque ahora me obedece, sin embargo no puedo mentir respecto a que tengo miedo de verle y más cuando escucho el golpe de sus cascos librando chispas, salpicando saliva cuando brama. ¡No, si lo suelto será un infierno! Olvídalo, abandona ese recuerdo junto al sentimiento que lo viste, es improductivo. Ve y escucha la Voz del Silencio. No puedo… Ella está detrás de él, es una puerta tan pequeña… No Sofía, descarta esa falsa ilusión, ve con la Voz del Silencio. Preferiría no ir, la perilla está rota. Lo que tú prefieras no importa, avanza y gira la perilla. Tú puedes. ¿Yo puedo? ¿Yo… puedo? Me animo a mi misma a girar la perilla. El Toro Rojo me arroja mordidas pero no logra alcanzarme, su cuello es muy corto. Logro abrir la pequeña puerta y sale una enorme luz, lo ilumina todo, desde el hipocampo hasta el neocortex. Empuja al Toro Rojo hasta lo más profundo de la Tierra de las Brumas donde está el Reptiliano. Ahí Sofía, mejor ahora ¿no? Suspiro y levanto el torso, separándome del sillón. Me estalla la cabeza y siento un peso en el pecho. Las cosas han cambiado mucho. Coloco mi mano sobre mi frente, me cercioro de no sudar. Eso es bueno, el cambio es el primer eslabón de la cadena de la memoria que nos lleva a la evolución. Los recuerdos de mi pasado me provocan nauseas, dices que lo mande todo a la Tierra de las Brumas. El Toro Rojo ya está ahí pero cómo puedo… 143


No digo que evadas sino que los transformes. Ya me lo has dicho, muchas veces. Y te lo repito, tú tienes el control de tu mente; ya tienes todas las llaves en tu mano y el Toro Rojo solo te obedecerá a ti. Cuando los animales pasan demasiado tiempo encerrados, tiran al que tienen en frente… Los animales sienten, todas las cosas vivas sienten. No veas al Toro Rojo como un enemigo, ¿de acuerdo? Esa es la última tarea que te asignaré, conviértelo en tu aliado. Sonó el timbre. Mis padres al igual que mis hermanos, me esperaban afuera y mi gata Perla Negra esperaba en los brazos de mi madre. Ya iba siendo hora para que salieras. Dijo mi hermana, pero estoy segura de que mi gata hubiera dicho lo mismo. Ay, mujer, no intentes mangonearme, estoy muy atacada. Perfecto, cuando no estás así no nos sirves de mucho. Dijo mi gata cuando nos subimos a la parte de atrás del coche. No me ayudas. Tengo aún la fe de dejar todo lo malo en ese consultorio. Pero sabes que puedo hacerlo. Una nueva ley rige a la naturaleza adulta, se lleva a cabo la justicia severa, es en esta etapa cuando corres más peligro. En guardia. Prepárate.

SOFÍA LUDLOW CÁNDANO

México

Twitter:@SofíaLuCa18 Blog: http://elmundodesofialabruja.blogspot.com.ar/

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La logística empieza a predecir dónde hacer entregas antes de recibir el pedido. Daniel Pastrana

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S

onó el timbre. –¡Voy! –clamó Luisa avanzando por el pasillo. –Buenos días. Su paquete –ofreció un mensajero en la puerta. –¿Mi paquete? Lo siento, pero se equivoca: hace como dos semanas que no pido nada. –Lo sé. No ha pedido nada desde hace exactamente… doce días –concluyó tras consultar su dispositivo electrónico– Aun así, doña Luisa, este es su paquete: lo pedirá hoy mismo. –Disculpe, pero no entiendo. –No se preocupe: últimamente, créame, es lo habitual. Se trata de un pequeño milagro tecnológico: gracias a la información que las empresas tienen de nosotros, a eso que llaman big data o macrodatos, sus almacenes son capaces de predecir el contenido y el momento de nuestras compras. Y, hoy, aunque todavía lo ignore, usted comprará. Créame, doña Luisa. –Eso es absurdo, con perdón. –Y sin perdón, como Clint Eastwood1, si me permite la broma. Ya sé que suena a disparate, pero es cierto: Internet ya casi, o sin casi, nos conoce mejor que nosotros mismos. ¿Le gusta el cine? Hoy, el comercio ya opera como la policía en esa película en la que Tom Cruise detiene a los malos antes de infringir la ley2: nos venden cosas, ¡y las compramos!, antes de quererlas. –Si usted lo dice… Gracias, pero no me interesa mi paquete. Buenos días. –Tenga –propuso el correo–. Es una copia del albarán: contiene las referencias necesarias para el seguro reenvío. Previo pago de una penalización, me temo. Luisa aceptó el papel antes de cerrar. 2 «¡¿Hablaba en serio?!», dudó Luisa sentada ante ambos escritorios, el físico de su cuarto y el virtual de su ordenador. «¡¿De verdad pueden saber, antes que yo misma, qué y cuándo voy a querer comprar?! ¡¿Tan predecibles somos?! No me lo creo. ¡Eso no lo anticipa ni el guaperas del Cruise con bola de cristal incluida». Abrió su tienda online predilecta. Como bien le había recordado el chico, llevaba 1Sin 2

perdón. Clint Eastwood. 1992. Minority Report. Steven Spielberg. 2002.

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exactamente doce días, «¡Doce!», sin adquirir ninguno de los ya numerosos «amores» que integraban su lista de favoritos. Y tal abstinencia compradora no se debía, precisamente, al desinterés, sino a la peor de las desgracias que puede sufrir una fashion victim: los números rojos. «¡Hasta el siguiente sueldo, ni unos calcetines!», lamentó. Decidió consolarse, «¡Pues eso!», con la búsqueda y el almacenamiento virtual de aquellas novedades que, en un futuro no demasiado remoto, «¡Ojalá!», pudiera lucir. No obstante, Luisa sabía que la suya era, casi siempre, una batalla perdida de antemano: «Son tantas cosas, ¡y tan caras!, las que me gustan, que la gran mayoría no las vestiré en la vida. Y las otras, poquísimas, ya estarán demodé cuando pueda pagarlas». Vestidos, zapatos, complementos… «¡Ay! ¡Es todo tan… chulísimo! ¡¿Por qué no nací rica?!». Y, de pronto, aparición soñada, lo vio en la galería de imágenes: el abrigo enfundado por todas, «Y todas son… ¡Todas!», las celebrities de Hollywood, la prenda también de sus sueños. Sí, como el tipo aquel, Fausto, tenía que vender su alma para conseguirlo, ella la vendería. «¡O la regalo, si es menester!». Miró la ficha: –Talla: «¡¿Cuándo entenderán los diseñadores que las mujeres tenemos curvas?! ¡No importa: me pongo a dieta!». –Precio: «¡¿QUÉ?! ¡¿Lo cosen con hilo de oro?!». –Unidades disponibles: «¡¡DOS!! ¡¡SOLO… DOS!!». A Luisa dejó de importarle su lista de favoritos, «¡Y de cualquier otra cosa en el planeta Tierra! ¡Es él y solo él! ¡Tiene que ser mío! Pero la gran pregunta, la dichosa preguntita, es… ¡¿Cómo?! ¡El saldo de mi cuenta no compraría ni la etiqueta!». Desesperada, barajó diversas opciones. Incluidas algunas legales. «Sí, mejor estas: el naranja Guantánamo no va con mi cutis», decidió. «A ver… En el mundo moderno, ¿cuál suele ser el mejor recurso de una mujer hecha y derecha para solucionar sus problemas?». La respuesta surgió cristalina y deprimente como ella sola: «¡¡MAMÁ!!». No tenía mucho tiempo. De hecho, no tenía ningún tiempo: «¡Ahora mismo, con un simple clic, cualquiera… y yo, pobrecita de mí, no podría hacer nada para impedirlo!». Cogió el teléfono: –¡MAMÁ! ¡MAMÁ! –¡¿Qué pasa, hija?! ¡¿Un incendio?! ¡Ay, no me digas que estás en un incendio! ¡¿Aviso a los bomberos?! –¡¡No!! ¡Qué manía la tuya de incendiarlo todo! No tengo tiempo para explicaciones. ¡Escucha: necesito ya el número de tu tarjeta de crédito! –¡Acabáramos con la urgencia! ¡Y aún te extraña que todo lo tuyo me huela a chamusquina! ¿Cuánto es esta vez? 147


–¡Luego, mamá! ¡Luego! –¡Será luego si sobrevivo al susto del palo, porque ni su importe quieres decirme! –¡MAMÁ! –¡Está bien, aunque esté muy mal: apunta, que ya hablaremos! ¡Vaya si hablaremos! «¡Están todos!», se dijo Luisa con la cifra ya anotada. «¡Espero, ay, que no se haya equivocado con el cabreo… ni yo con los nervios!». Volvió a la pantalla: –Unidades disponibles: «¡¡DOS!! ¡¡SIGUEN QUEDANDO DOS!!». Rellenó el formulario con manos temblorosas y… Su pedido se ha tramitado correctamente. –¡¡YA ES MÍO!! Eufórica, reparó en el albarán, caído a sus pies. Lo recuperó, curiosa. «No… no me lo puedo creer… ¡Todo coincide!», comprobó. «Y todo es… ¡Todo! Artículo, modelo, talla, precio… ¡Hasta… hasta la hora del pedido!». 3 –¡¿Qué?! ¡¿Tenía o no tenía yo razón?! –Sí… Increíble, pero… cierto, sí. –Como dijo alguien, el futuro es ayer: lo que hasta hace un tiempo solo existía en el cine, hoy es verdad verdadera. Bueno, recargo mediante –recondujo el mensajero–, este es, otra vez, su paquete. En el formulario online, el avisado sobreprecio se había añadido de manera automática, «¡No se les olvidará, no!», al sangrante TOTAL. «¡Pero lo vale, qué demonios! Espero que mi santa y su tarjeta puedan llegar a entenderme. Al menos, y también como en el cine, quizá en un futuro sí muy lejano…». –¡Gracias! No se imagina qué ilusión… –Lo supongo. Pero ya le anticipo, y no es que quiera meterme donde no me llaman, que no le va a quedar bien. –¡¿Y usted… qué sabe?! ¡¿Será posible?! –Lo sé. Créame. Y no se enfade: tiene su explicación. ¿La recuerda? El big data. –¿C, cómo…? –Según su historial de compras –buscó la terminal electrónica–, en el 98% de sus pedidos, ¡el 98%!, doña Luisa, equivoca, siempre a la baja, la medida de las prendas. Usted sabrá por qué, eso no lo pone. Pero la estadística, según veo, sí dice que este envío sigue la misma tónica. Y, esta misma tarde, como hizo ayer mismo, entrará en la web de la tienda para corregir este nuevo error. 148


Luisa lo miraba de hito en hito, muda. –Se ha quedado de piedra, ¿verdad? Suele ocurrir. Pero no se preocupe: tengo la corrección abajo en la furgoneta. ¿Confía, no ya en mí, sino en el big data y se la subo, o prefiere que vuelva también mañana con, ya sabe, un segundo recargo? –P, pues,… ya que… ya que estamos… –Lógico, doña Luisa. De todas formas, y para formalizar el pedido, recuerde que deberá cumplir igualmente con el formulario online. Ella asintió. –¡Ok! No se retire: enseguida vuelvo.

JOSÉ LUIS DÍAZ

España

Blog personal: https://la-estanteria.webnode.es/

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EL NARRATORIO. ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL NRO. 24 FEBRER0 2018  

Antología de cuentos de autores hispanoamericanos.

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