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y otras historias que tiemblan de miedo

Ricardo Chávez Castañeda Ilustración

Margarita Sada


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Bienvenida

El niño que no sonríe ha ido sin muchas ganas hasta la casa de su amigo. Han caminado él y su amigo desde la escuela pateando pedriscos, evitando pisar las ranuras en la banqueta, tarareando una canción que ninguno de los dos conoce. Ahora es distinto de los primeros días cuando corrían con muchas ganas hasta la casa de su amigo sólo para encontrarse con que la gata continuaba recostada en la alfombrilla del traspatio, bien dormida y perfectamente gorda. «No tan perfecta si todavía no es mamá», replicaba desilusionado el amigo del niño que no sonríe cuando su madre le decía que su gata estaba perfectamente bien, perfectamente bella y perfectamente redonda… todavía. Lo que ellos han querido ver desde el primer día es el nacimiento de los gatitos. La verdad es que lo que realmente ellos han deseado ver desde el principio es un nacimiento, 79


cualquier nacimiento, pues nunca han visto nacer pollos, ni ratones, ni cucarachas, ni seres humanos. «¿De veras nunca has visto llegar a ninguno de tus hermanos?», le ha preguntado con incredulidad muchas veces el amigo al niño que no sonríe. Y el niño que no sonríe, que ha tenido muchas hermanas y muchos hermanos, siempre termina encogiéndose de hombros. Por eso apuraron el paso durante tantos días cuando salían de la escuela —querían estar allí cuando llegara por primera vez al mundo un ser vivo—, pero tanta gata, siempre en su alfombrilla, siempre perfectamente bien, siempre perfectamente bella y siempre perfectamente redonda como globo, los ha desilusionado y por eso ahora caminan. Han llegado al fin a la casa del amigo, se han limpiado los zapatos en el tapete que dice BIENVENIDOS, han dejado las mochilas en el suelo, se han quitado el suéter y han ido a la cocina para tomar un vaso de agua. «¡Han vuelto por fin!» Es lo que ha gritado la mamá del amigo y, sin darles tiempo de nada, los ha cogido de las manos y los ha llevado deprisa al traspatio. «¡Miren!» Lo primero que ven ellos es a la gata. Está ponchada como una pelota, desinflada como a veces amanecen las llantas de los autos. Luego han descubierto a los gatitos. 80


Ni el niño de la casa ni su amigo que no sonríe han tenido tiempo de advertir que ya no van a poder ver lo que tanto tiempo han estado esperando —el momento del nacimiento— porque esas criaturas sin pelos, rosadas, diminutas como ratones y tan pequeñísimas que cabrían en una de sus manos, se les han adelantado. «No… No los toquen», ha murmurado la mamá de su amigo cuando el niño que no sonríe ha extendido la mano hacia ellos. El niño que no sonríe únicamente quería darles su saludo a los gatitos. Que se sintieran como dice el tapete de la entrada con letras mayúsculas y rojas: BIENVENIDOS. Es decir, BIENVENIDOS al mundo, a la vida, a nosotros. La mamá se ha ido y luego ha tenido que regresar con los vasos de agua hasta el traspatio porque el niño que no sonríe y su amigo no quieren moverse de allí para ver a los gatitos. La mamá les ha llevado los vasos de agua, luego un plato con galletas, luego un par de manzanas, luego ha tenido que llevarles toda la comida hasta allí —el plato de sopa, la ensalada, las piernas de pollo y el flan— porque ellos no han querido moverse durante toda la tarde. No es que los gatitos sean muy entretenidos. Casi no se mueven, tienen los ojos cerrados y se arrastran a ciegas, a veces abren su pequeñísima boca como si bostezaran, como si tuvieran hambre, como si lanzaran un maullido. La verdad es que el niño que no sonríe y su amigo han estado completamente abstraídos porque ambos, sin cruzar 81


palabra, han estado viendo solamente a la gata mamá y a uno de sus gatitos hijo. Al principio les pareció un accidente. La mamá gata empujó al gatito con su cabeza cuando el gatito quiso acercarse a ella. Pero luego ha pasado muchas veces más, el gatito hijo que se acerca y la gata madre que lo empuja una y otra vez. De tanto ver que se repite, se han dado cuenta de que no es involuntario. La gata mamá ha llegado incluso a tirarle una mordida al gatito hijo. Una pequeña mordida, y aunque no lo ha tocado por un pelo, su amigo y él se han mirado con horror. Cuando al atardecer llega el papá, el amigo del niño que no sonríe no lo deja quitarse el saco ni lo deja tomar un vaso de agua. De inmediato, lo jala de la mano como lo hizo la madre con ellos al mediodía. —No lo quiere —le murmura el niño a su papá, señalando a la mamá gata y al gatito hijo que sigue lejos de su mamá abriendo la boca como queriendo llorar. El papá mira a su hijo y al niño que no sonríe. —No se preocupen… El papá se va y regresa casi al instante con un frasco. —¿Adónde vas con la crema de anchoas? —grita la mamá desde la cocina. —Pronto estarán bien, ya verán —dice el papá a su hijo y al niño que no sonríe. Y mientras desenrosca el frasco y mete un dedo allí dentro, habla del olor y dice palabras raras como "trastorno" y "placenta". 82


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—Hay que ayudar a la gata para que reconozca a su gatito —acaba diciendo el papá, pero ninguno de los dos lo ha escuchado por estarle viendo las manos. —Mi mamá dijo que no los tocáramos —le advierte el hijo con un murmullo. —Y dijo muy bien tu madre —susurra el papá deteniendo el movimiento de su mano, y mirándolo a él y al niño que no sonríe—. Pero a veces hay que hacerlo… Usar nuestras manos para ayudar a alguien… Y como si fuera un acto de magia, el papá toca al gatito con su dedo lleno de crema, le frota suavemente la cabeza, el hocico, el lomo, las patas, y cuando retira la mano, la gata se acerca al pequeño gatito y comienza a lamerlo. —Ya está —dice el papá. Y el niño que no sonríe y su amigo miran al papá como si miraran a un dios. Después el niño que no sonríe se va a su casa y la vida vuelve a la normalidad. Bueno casi a la normalidad. Al niño que no sonríe le han enseñado que robar es malo, pero él ha pensado que el papá de su amigo tiene razón y que a veces hay que usar las manos para ayudar a alguien. Él usó las manos para coger el frasco de anchoas de casa de su amigo y guardarlo en su mochila, y las está usando ahora mismo en su casa, ahora que es medianoche y todos duermen, para abrir la mochila, para sacar el frasco, para desenroscar la tapa, para meter varios dedos y empezar a 84


poner la crema de anchoas en la cabecita de su hermana recién nacida y en sus mejillas y en su cuello y en su barriguita y en sus pies. «Ya está —murmura muy serio el niño que no sonríe—. Bienvenida… Verás que mañana mamá estará mejor y te podrá reconocer.»

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La colina de los muertos