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TRABAJO Compañero de C
SABER DE LA ZONA MAYA
Por Luis Carlos Sánchez luiscarlos.sanchezl@elheraldodemexico.com
uando tenía un mes de nacido, Santiago visitó por primera vez una zona arqueológica. Su madre, la arqueóloga Adriana Velázquez Morlet ya era entonces delegada del Centro-INAH en Quintana Roo y tenía programada una reunión con un ejido cercano al sitio arqueológico de Cobá. “También teníamos que ver una excavación que estaba en curso en ese momento, esa fue su primera experiencia en la arqueología, cuando tenía un mes”, recuerda.
Como sus instrumentos más esenciales de labor, Velázquez ha tenido en los últimos 19 años un compañero inseparable: su hijo. Con un largo camino recorrido en la arqueología, que comenzó cuando tenía 21 años, la especialista decidió un día convertirse en madre y combinar sus actividades: “Ha sido una labor compleja, las dos, pero doblemente satisfactoria; mi hijo ha crecido junto con mi crecimiento profesional, me ha acompañado en todos los periodos de mi trabajo profesional, como arqueóloga y como funcionaria”.
Formada en Arqueología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), Velázquez Morlet se curtió en campo, trabajando en exploraciones de Morelos, Michoacán, Estado de México, y particularmente de Yucatán y Quintana Roo.
Por aquellos años, recuerda, su trabajo en la arqueología fue “mucho más libre, porque podía ir a todos lados sin ningún inconveniente”, pero una vez nacido Santiago, fue cuestión de “organizarme de otra manera”. El proceso debió ser rápido, de hecho, rememora, su embarazo avanzó siempre en el trabajo y sólo se apartó de él una semana antes de parir, “y también regrese una semana después”. Ambos, dice, “nos adaptamos a las nuevas circunstancias muy rápido y pues ha sido mi compañero y amigo a lo largo de todos estos años”.
Fecunda en su pasado arqueológico, la zona maya exige una intensa atención. “Había mucho que hacer y yo, la verdad, me organice muy rápido para poder tenerlo conmigo en sus primeros meses y ya después se fue a la guardería”. Eso no evitó que la mayoría de las veces estuviera a su lado: “Le tocó conocer excavaciones, nuevos sitios abiertos al público, le tocó conocer el proceso de producción de un museo en Cancún…”.
“Le tocó acompañarme a muchas reuniones y conocer a varios directores del INAH, a muchos arqueólogos. Creo que fue una buena experiencia para él conocer a tanta gente y conocer lugares distintos que creo que no cualquier persona tiene acceso a ellos”, considera.
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Desde 1994 es directora —actualmente delegada — del Centro INAH en Quintana Roo. 2
A mí, dice, “me ha ayudado a entender a otras mamás, a entender a las compañeras del INAH que están en una situación similar, pero también me ha ayudado a ver de manera diferente los contextos arqueológicos, en donde puede haber evidencias de la actividad de las madres, de cómo se veía la maternidad entre la cultura maya”.
El júbilo de desarrollarse profesionalmente, dice, se sumó al de ver a su hijo crecer en medio de su mundo: Santiago ya es un joven “y está encaminando su propia carrera”. ¿También quiso ser arqueólogo?, se le pregunta. “No, afortunadamente”, bromea la especialista.
Ha publicado más de 30 artículos y dos libros acerca de su trabajo arqueológico. 3
Sus áreas de interés son el análisis cerámico y la iconografía de la arqueología maya. 4