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Edita El gato descalzo 11.

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elgatodescalzo.wordpress.com Cultura libre:

Antología de literatura fantástica y de ciencia ficción peruana


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Créditos Somos libres. Antología de literatura fantástica y de ciencia ficción peruana Director: Germán Atoche Intili cosasquemepasan@gmail.com elgatodescalzo.wordpress.com

Primera edición en formato Pdf, ePub y Mobi: Lima, 20 de julio 2012.

Diseño y foto de portada: Germán Atoche Intili.

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Escritores compilados: Adriana Alarco de Zadra. Carlos Calderón Fajardo. Leopoldo de Trazegnies Granda.

Gonzalo del Rosario. Yeniva Fernández. Raquel Jodorowsky.

Sarko Medina. Rubén Mesías Cornejo. Pedro Félix Novoa Castillo.

Juan Rivera Saavedra. Carlos Enrique Saldivar. Daniel Salvo.

Tanya Tynjälä. Gustavo Valcárcel Carnero César Vallejo.

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Artistas seleccionados (interiores) 1: Jesús Aguirre. 2: Carlos Atoche Intili. 3: Andrea Barreda, Espantapájaros.

4: Nelson Castañeda. 5: Gino Ceccarelli, Serenata de Chullachaquis. 6: Liliana Chaparro, Lima technicolor.

7: Colectivo NadieS, Guamán Poma escucha las quejas de los indios quipucamayocs de diferentes etnias. 8: Iván Fernández Dávila, Cuídamela. 9: María Laso Geldres.

10: Miguel Llontop, Puebla barro la historia, puebla huaca la gente. 11: Melissa Lozada, Caballito. 12: Antonio Migliori.

13: Piero Quijano. 14: Judith Vergara.

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Imágenes adicionales. Fotos: Carlos Calderón Fajardo. http://www.casadelaliteratura.gob.pe/?p=1376 Raquel Jodorowsky. http://www.donnemondo.it/poetesse/poetesse%20del%20mese/Jodorowsky.htm Juan Rivera Saavedra. http://winstonelalfarero.typepad.com/blog/2010/10/juan-rivera-saavedra-nuestrolope-de-vega.html

Título bajo licencia:

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Germán Atoche Intili (compilador).

“Somos libres, seámoslo siempre…”. Himno nacional del Perú, José de la Torre Ugarte.

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Somos libres. Presentación

Edita El gato descalzo llega a su tercer mes, durante el mes patrio del Perú, con su título número 11: Somos libres. Antología de literatura fantástica y de ciencia ficción peruana. Debemos señalar que es la primera recopilación nacional de estos géneros que aparece en tres formatos a la vez: Pdf, ePub y Mobi. Ésta es una doble selección compuesta por textos de Adriana Alarco de Zadra, Carlos Calderón Fajardo, Leopoldo de Trazegnies Granda, Gonzalo del Rosario, Yeniva Fernández, Raquel Jodorowsky, Sarko Medina, Rubén Mesías Cornejo, Pedro Félix Novoa Castillo, Juan Rivera Saavedra, Carlos Enrique Saldivar, Daniel Salvo, Tanya Tynjälä, Gustavo Valcárcel Carnero y César Vallejo. Así como por el arte gráfico (dibujos, fotos, pinturas) de Jesús Aguirre, Carlos Atoche Intili, Andrea Barreda, Nelson Castañeda, Gino Ceccarelli, Liliana Chaparro, colectivo NadieS (Sandra Suazo y Aliza Yáñez), Iván Fernández-Dávila, María Laso Geldres, Miguel Llontop, Melissa Lozada, Antonio Migliori, Piero Quijano y Judith Vergara. El libro fue comentado en preestreno el día 18 de julio, dos días antes que naciera, en Instituto Raúl Porras Barrenechea. En el evento, el primero organizado por la editorial, contamos con la participación de Yeniva Fernández, quien comentó su experiencia como escritora de lo fantástico. La poeta y psicoterapeuta Ana María Intili prestó su voz en homenaje a la desaparecida Raquel Jodorowsky. Casualmente ambas participaron, en abril de 2011, en el auditorio del Porras Barrenechea en un recital por los 6 años de nuestro blog, Cosas que (me) pasan. El cantautor Manuel Sotelo amenizó el intermedio musical con una canción dedicada a Infierno Gómez contra el Vampiro matemático y otra ofrecida al amor. El autor Pedro Félix Novoa leyó parte del cuento que aparece en esta antología. Cabe resaltar que hasta el momento de la presentación no teníamos el gusto de conocerlo personalmente solo vía internet. Carlos Enrique Saldivar pudo comentar algo de su experiencia como escritor y estudioso apasionado de estos géneros. A su vez Juan Rivera Saavedra compartió con el público la historia de un robot en contra de la política y la carrera armamentista. La actriz y oradora Delfina Paredes, quien difunde la obra de César Vallejo desde hace 40 años en todo el mundo, leyó el inicio del cuento “Las Caynas” del vate. Debo señalar que ella no tuvo oportunidad de repasar el texto días antes sin embargo cautivó al auditorio. Por último tuvimos un vino de honor para cerrar el primer evento de Edita El gato descalzo. Hemos subido algunas fotos a nuestro Facebook y blog, por cortesía de El infómano. Pronto compartiremos más imágenes y videos de esa noche.

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Debemos agradecer a todos los autores/artistas gráficos que participan en Somos libres, a aquellos que pudieron acompañarnos en el Instituto Raúl Porras Barrenechea. También al director del mismo, el doctor Jorge Puccinelli y al personal a su cargo, Nieves María Luna Córdova, Rocío Hilario, Miriam Flores y a Manuel Vargas Aspillaga, por recibirnos y por todas las facilidades brindadas. A manera de explicación

¿Somos libres? Tomemos un momento para pensar en esta cuestión. Quizá la respuesta varíe si se lo preguntamos a un filósofo, a un abogado o a un escritor. Sin embargo es claro que no podemos negar la relación que existe entre las letras y la libertad, en especial en lo fantástico y en la ciencia ficción, que rompen con los esquemas de la realidad. En Edita El gato descalzo es nuestra intención, tanto con nuestras colecciones Lo fantástico y CF, como con este e-book, servir como un espacio de unión y reflexión para escritores, lectores e investigadores. Además de reflejar lo que se realiza de valor a nivel histórico y en la actualidad. Por lo cual consideramos que, para sumarnos a los esfuerzos de aquellos que han impulsado la difusión de estos géneros con dedicación y pericia, Somos libres. Antología de literatura fantástica y de ciencia ficción peruana será una compilación de aparición anual y prepararemos una serie de actividades relacionadas. En especial al tomar en cuenta que pese a la riqueza de exponentes no han existido muchas antologías similares, algo incomprensible si consideramos que las nuevas tecnologías facilitarían la aparición de éstas y que estas temáticas no son nuevas en nuestro país. Así, como menciona Álvaro Mejía S. (2011), entre 1843 y 1844, antes que Julio Verne y H. G. Wells, el peruano Julián Manuel de Portillo escribió la novela de anticipación Lima de aquí a 100 años.

Referencia Mejía S., Álvaro (2011). “Lima de aquí a 100 años, antes de Julio Verne” en Perú Reporta. Consultado el día viernes 20 de julio de 2012 en http://www.perureporta.pe/espectaculo/sociedad/3101-lima-de-aqui-a-100-anos.html

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¿Qué encontrarán en Somos libres?

Antes que se sumerjan en la lectura repasemos brevemente estos textos: Ofrecemos uno de los cuentos que componen la serie el forastero de Adriana Alarco de Zadra, Carlos Calderón Fajardo nos habla sobre la muerte y el poder de una fotografía en los recuerdos y Leopoldo de Trazegnies Granda presenta a un peculiar hombre invisible. Gonzalo del Rosario nos recuerda que no todo lo que brilla es oro. Yeniva Fernández participa con la revisión a uno de sus escritos, donde profundiza en la idea del doble. También homenajeamos a la escritora chilena-peruana Raquel Jodorowsky, quien falleció en octubre del año pasado, y compartimos uno de los microtextos de Cuentos para cerebros detenidos. Con licencia de los superiores, libro aparecido en Buenos Aires en 1974. Sarko Medina escribió un enternecedor microtexto en honor a Ray Bradbury (Waukegan, 1920-Los Ángeles, 2012), autor de Crónicas marcianas (1950), Fahrenheit 451 (1953), entre otros clásicos. Rubén Mesías Cornejo nos advierte en su microcuento sobre el sometimiento a las cámaras y el vouyerismo. Pedro Félix Novoa Castillo realiza un guiño a los personajes de El Quijote y nos presenta un extraño aparato que permite ingresar en el mundo de las letras. El prolífico Juan Rivera Saavedra comparte con nosotros un texto en primicia que forma parte de su libro en preparación. Carlos Enrique Saldivar nos enseña la relación entre poderes y venganza. Daniel Salvo nos presenta un cuento ambientado, 109 años en el futuro, en el tricentenario de la Independencia. Tanya Tynjälä narra sobre el peligro del invierno nuclear. Gustavo Valcárcel Carnero nos ofrece la crónica de su encuentro con el cosmonauta Yuri Gagarín, el primer hombre en viajar al espacio. La presente es una versión aumentada de la que escribió en marzo de 2006. Finalmente rendimos tributo a los 120 años del natalicio de César Vallejo, con la publicación de “Las caynas”, cuento de ciencia ficción, aparecido originalmente en Escalas melografiadas (1923), próximo a los 90 años.

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El Forastero Prodigioso Adriana Alarco de Zadra Cuando desapareció la abuela, pensé que se había ido como sus pinturas que se desvanecían de un día para otro. Pero no, luego supe que había fallecido y enterraron su cuerpo en el cementerio del pueblo en medio de los algarrobos, aunque siempre pensé que su espíritu vagaba por la vieja casona aconsejándonos al oído, sonriéndonos con bondad y haciéndonos descubrir secretos escondidos. Después de la noticia, llegamos una tarde a la casona donde habíamos pasado tantos domingos felices en medio de la algarabía de los primos y de los regaños de la vieja negra Ignacia, manchada de hollín y de grasa en la oscura cocina cerca al gallinero. Todo era tristeza por la ausencia y ni el gallo cacareaba. Los tíos estaban taciturnos, las tías vestían de negro y no reinaba esa alegría ni ese pacto cómplice entre los primos que transformaba los domingos en casa de la abuela, en días de conspiración, confabulación e intriga. Encontré los tubos de óleos y sus brochas de pelos de marta gastadas por el uso dentro de una caja de madera. También traía una tabla para mezclar los colores. Fue esa misma tarde que llegamos a repartir algunos objetos de recuerdo que pertenecieron a la abuela. Descubrí la caja de pinturas detrás de la enorme tina de metal esmaltado con patas de león donde me escondía de chiquilla. La misma que quedaba en el cuarto de baño de losetas blanquiazules y que nos parecía una piscina cuando nos bañábamos adentro. Allí estaba, envuelta en una tela, debajo de la tina. Yo recordaba que aquella caja fue el regalo de un forastero que compartió la mesa dominical en la casa solariega de la abuela. Evoco esa mañana calurosa mientras aleteaba en los zaguanes el penetrante olor a jazmín que florecía en una esquina de la huerta. Ponían en su casa, los domingos, el plato del forastero en una esquina de la mesa, pues pasaba por allí gente desconocida que tocaba a la puerta y nunca dejaron irse a nadie sin darle un plato de frijoles con arroz y algún chorizo hecho en casa. Esa mañana fue especial pues a cierta hora empezó un eclipse que oscureció los alrededores como si fuera otra vez a anochecer, y la pálida luz que reflejaban las puertas con vidrios de colores era fantasmal. Llegó el forastero cubierto con una capucha y la abuela lo hizo sentar en la mesa dominical. Los nietos estábamos callados pues el eclipse nos tenía a todos en expectativa, que si saldrá otra vez el sol, que si tendremos siempre niebla, que si la oscuridad aplastará con su silencio nuestras vidas... El encapuchado comió sus frijoles sin descubrirse y no le veíamos la cara. Estábamos insólitamente inmóviles contemplando las velas prendidas en los candelabros. Sólo el menor lo observaba inquieto, de reojo, tratando de verle la cara pero sólo vio su mano de dedos increíblemente largos. El tenedor le temblaba por un miedo escondido y los ojos se llenaban de lágrimas y de mocos la nariz que se refregaba con el revés de la mano. Yo, en cambio, me sorprendí que la abuela no le pidiera que se quitara la capucha, ya que veía que en general, nadie se sentaba a la mesa con la cabeza cubierta ni de sombreros, ni de chales ni de mantas. Ella, en cambio, le habló con consideración y simpatía contándole de sus muchos nietos, de sus hijos en el campo que cosechaban uva y algodón; del vino que era de la producción

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familiar así como también el pisco de antigua receta de aguardientes. No le molestó la capucha ni la intransigencia de dejársela puesta al momento de comer. Al retirarse de la mesa, había terminado el eclipse y todo volvió a la normalidad. De debajo de su manto telar sacó el forastero una caja de madera y la entregó a la abuela, en agradecimiento. Contenía tubos de pintura al óleo y brochas. Vi pintar a la abuela muchas veces en la tela que tenía en la sala, pero nunca logré ver los cuadros terminados. “Para que no te falte nada,” le dijo el encapuchado antes de enrumbar hacia el desierto. No era, pues, una mala persona. Era amable y agradecido, aunque misterioso. Por más que preguntamos y comentamos luego sobre el extraño color y la forma de sus manos, la abuela nos apostrofó y nos hizo guardar esos recuerdos en los sótanos de la memoria. Aquella misma caja, regalo del forastero que había compartido la mesa dominical, fue la que encontré bajo la tina de patas de león en el cuarto de baño de la abuela, meses después de su fallecimiento. Me entregaron los tíos la caja, de recuerdo, así como una tela en blanco. Además de los tubos y las brochas, encontré una fila de pequeños frascos con líquidos unos y otros con polvillos. Decidí probar las pinturas de la abuela. Cuando terminé mi primer cuadro estaba orgullosa. Era un vaso con rosas, lirios y azucenas. Al día siguiente, el cuadro estaba en blanco y el vaso con flores se hallaba en la mesa adyacente. No eran flores vivas, eran de un material plástico brillante. Me sorprendí muchísimo. Las mágicas pinturas hacían desprenderse a las imágenes del cuadro en todas sus dimensiones y tenía a mi lado un vaso con las flores que había plasmado en la tela el día anterior. Arreglé las hojas, pasé los dedos por los tallos, los pétalos y hasta las espinas eran suaves. Quedé tan asombrada que esa tarde me apresuré a llenar la tela con otro dibujo y diseñé una mariposa que cubrí de colores de los más variados. Era tan bella que hasta parecía verdadera y que fuera a salir volando de su encierro. Pero al día siguiente encontré la mariposa cerca al cuadro, con los mismos colores. La llevé afuera y estaba hecha de una tela plastificada tan diáfana y delicada que volaba con la brisa. Pero no estaba viva. No podía pintar la vida y los objetos saltaban fuera del cuadro pero no respiraban. Eran cosas y no seres. De lo más intrigada con este misterio, seguí pintando en la tela con las pinturas de la abuela y continuaron apareciendo en la casa, una cantidad de cosas que se desprendían y revoloteaban igual a la mariposa, y eran objetos como botes, casitas en miniatura, arbolillos, montañas, casi todos de materiales plásticos de colores, diáfanos y brillantes. Entonces, recordé que la abuela nos hacía jugar con los muñecos más extraños que podían imaginarse y que nunca habíamos visto en ningún otro lugar. Probablemente todos eran producto de su fantasía y de las pinturas mágicas del forastero. Muñecos que saltaban del cuadro en la noche y aparecían como objetos al día siguiente. Seguramente, no eran de este mundo. Así tuve la certeza de que también aquel forastero del día del eclipse era un extraterrestre, como otros comensales que compartieron la mesa dominical y, probablemente, la abuela lo sabía.

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Como seguí pintando, se fueron acabando los tubos de pintura y la casa se fue llenando de objetos brillantes y llenos de color. Con las últimas pinceladas de las brochas, quise hacer un cuadro memorable, y pinté a la abuela con el canario celeste en la mano, como estaba en la foto que tenía de ella de pie en la escalera de la entrada. Quise usar los polvos y mezclé las pinturas con los líquidos que quedaban en los frascos. Al terminar esparcí sobre el cuadro la arena granulada de los frascos y le dio un tono de pintura antigua y sobria. Cuál no sería mi sorpresa cuando al día siguiente al despertar, me encuentro con la abuela que deambula por la casa con el canario celeste piando en su mano, igual como la había dibujado en el cuadro. Era más pequeña de lo que yo la recordaba, o quizás así había bajado del cuadro y, al verme, me sonrió. “Gracias, me dijo, por haber liberado mi espíritu. Has hecho bien en usar los polvos mágicos. Ahora sé adonde debo dirigirme”. Y con paso leve, salió de la casa y se dirigió hacia el desierto hasta que la arena se levantó con el viento y no pude distinguir su silueta a lo lejos. Se desvanecía en medio de las dunas. Nunca supe si fue un sueño o si había ocurrido realmente que la abuela del cuadro salió caminando de la casa, pero envolví lo que quedaba de la caja de pinturas, con los polvos y los líquidos y los enterré debajo del jazmín en flor que tengo yo también trepando por los muros, cuyo olor penetrante sigue aleteando por los corredores de maderos rechinantes. Y nunca supe más nada de aquel visitante encapuchado que llegó una tarde de eclipse, aunque, en recuerdo de la abuela, también en mi casa la mesa está puesta los domingos y el plato del forastero espera. Quizás así algún día regrese a deshilvanar misterios ancestrales.

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Interior 1: Jesús Aguirre

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Somos libres. La muerta Carlos Calderón Fajardo.

Estaba en el periódico, asesinada en la isla de Taquile, en medio del lago Titicaca. Por unos instantes quiso Federico que no tuviese nombre. Intentó recordarla bajo la luz de un fluorescente, turbia, alimentando Magda a un loro, dormida, escuchando tangos pendencieros, vestida con una chompa negra de cuello Jorge Chávez; el estremecimiento y erizamiento de la pelusilla detrás de sus orejas al sentir el aliento masculino; la mano que se sujeta a la otra mano en el momento de un leve mordisco entre los otros mil recuerdos que evitaba recordar Federico al verla muerta en un periódico. Leyó las líneas donde se informaba de las circunstancias del atroz hallazgo y casi se desmaya al enterarse cómo había sido encontrado el cuerpo. Decía la noticia que realizadas las averiguaciones de rigor se había comprobado con estupor que se trataba nada menos que de Magda S y X, una pintora famosa, muy querida por la comunidad, a la que no se le conocía enemigos. La artista acababa de volver a la ciudad luego de exhibir con gran éxito sus cuadros en Buenos Aires. El dato desconcertó muchísimo a Federico, ya que eso había ocurrido muchísimo tiempo atrás, es decir lo de la exposición en Argentina era un hecho con vida propia en la memoria. El autorretrato pintado por Magda colgaba en una pared de la sala de la casa de Federico y había formado parte de aquella muestra memorable. No quiso ver la fecha del periódico que apretó en sus manos y resignado se dejó llevar por lo que de manera implacable estaba sucediendo. Se percató de que nada evitaría el horrible desenlace. Miró el autorretrato de Magda: ella había pintado un lunar en su rostro que no existía, artificios. La muerta, que fue hallada de casualidad por un turista griego, mostraba aquel lunar provocador en la mejilla derecha que nunca había existido en la realidad. Federico buscó en la gaveta donde guardaba documentos importantes y halló una antigua fotografía tomada con una polaroid, de la época en que Magda pintó ese cuadro: Magda bañándose en una playa a orillas del lago Titicaca con la cabeza protegida por un gorro. Federico escrudiño lo que existía aparentemente invisible en ambas imágenes, la foto y el cuadro, y las comparó con la imagen de la muerta en el periódico. Como si ese lunar artificial hubiese sido un elemento invocador ella se hizo presente, flotó tenue y después se hundió rápidamente bajo la superficie. La fotografía en el periódico mostraba la cara deformada de Magda por el agua, lucía hinchada como un globo, con los ojos como dos burbujas. Una mujer muerta, de aproximadamente 60 años, así era como se le veía, igual a una planta que hubiese estado germinando sumergida bajo el lago. Lo extraño era la casaca, moderna, de licra. El cuerpo de Magda tenía que haber sido encontrado flotando, como un fardo, asomando en la lenteja de agua, sobre el manto verde que maligno se va comiendo poco a poco la superficie del lago y no en el lugar donde fue hallado.

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Federico se sorprendió al enterarse por ese periódico que a la muerta la encontraron debajo de unas totoras, en territorio perteneciente a la comunidad de Taquile, en la parte alta de la isla. Se sintió arrojado al vacío. Recordó la visita a Taquile con Magda, ella subiendo la colina en medio de la isla por el camino empedrado. Las viviendas de la comunidad se asientan en la parte alta de la isla. Todo pasó en pocos minutos. Las cosas sucedieron más o menos de la siguiente manera: en esa oportunidad Federico observaba por el lente de su cámara embebido por la multiplicidad de colores en la superficie del lago cuando vio algo que flotaba. Apretó en un acto reflejo el disparador. Era su hobby, poseía una muy buena cámara. Él fotografiaba lo que luego ella pintaba. Habían viajado con Magda a Taquile a capturar el lago desde lo alto. Tomaron decenas de vistas del magnífico paisaje, pero, como en otras ocasiones, el rollo luego quedó durmiendo en un cajón, esperando. Hasta que Federico supo de la muerte de Magda. ¿Cuántas veces había sido asesinada? Ese mismo día, luego de enterarse de la infausta noticia hizo revelar el rollo de las fotos en Taquile. En un sobre le entregaron esas placas: del lago, fotos de la isla, de los comuneros con sus atuendos tan particulares, con sus gorras rojas con borla. Una mujer aparecía subrepticia en cada una de las pequeñas cartulinas brillosas. Federico se crispó al ver la más extraña de todas las instantáneas de la serie. ¿De dónde salió? ¿Quién la tomó? ¿Por qué estaba ahí? La foto de un entierro en el cementerio de Laykakota, inconfundibles las tumbas blancas. Se veía en esa foto a una mujer vestida de luto, caminando tras un ataúd. Se trataba de un entierro, de eso no había duda. Federico reconoció a algunos de los parientes que habían participado en el cortejo. La mujer vestida completamente de negro, era la misma, la muerta que se veía en la fotografía en el periódico. Magda muerta, y portaba algo en la mano que parecía ser un ave, un extraño pájaro, quizás un pato salvaje. Federico, como ocurría siempre, cogió la cámara que había guardado varios días antes en un cajón de su escritorio. Se puso una casaca impermeable y salió de su casa. Caminó nervioso entre la penumbra, por las calles mojadas por la lluvia de la noche. Por fin llegó al puerto de donde partían las embarcaciones para navegar por el lago. Lo único que Federico tenía que hacer era ir a Taquile a un nuevo reencuentro, a una reunión impostergable, más indispensable que nunca. Tomó el último barco que salía para la isla. Verano, 2012.

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Interior 2: Carlos Atoche Intili

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La venganza de Matilde Ubaldo Leopoldo de Trazegnies Granda Era hombre a pesar de llamarse Matilde Ubaldo. Los timoratos lo llamaban Ubaldo a secas al tiempo que escudriñaban temerosos su burdo rostro, sólo los que le tenían confianza se atrevían a usar su nombre de pila. Paradójicamente, este ser greñudo y malencarado de nombre Matilde poseía la virtud de ser invisible. Se volvía invisible a voluntad. La única forma en que perdía el don de invisibilidad era entrando en contacto con cualquier clase de líquido, el agua materializaba instantáneamente su organismo. A él no le sorprendía su extraña condición, había crecido acostumbrado a características similares de sus familiares. Su madre levitaba con facilidad y su padre era capaz de tragarse sables enteros hasta la empuñadura. Había llegado con sus padres de un lugar lejano, él mismo desconocía su origen, a veces le asaltaba la idea de ser extraterrestre. Leía con avidez las historietas de Supermán porque se identificaba con el héroe del comic a pesar de reconocer su torpeza innata para la vida diaria. Al vestirse ni siquiera atinaba poniéndose la camisa con la segunda manga y metía la mano por un bolsillo, se caía al calarse los pantalones, se tropezaba en las escaleras mecánicas de los centros comerciales, perdía el equilibrio en los autobuses. Todo esto le hacía sentirse más cerca de la versión Clark Kent que de la del activo superhombre de la capa roja. Se reconocía como un incapaz pero fuerza no le faltaba, un día estuvo a punto de estrangular al compañero más robusto de la clase apretándole la garganta únicamente con el índice y el pulgar de una mano por haberlo llamado cabezón. Intentó jugar al fútbol pretendiendo algún día figurar en el equipo profesional de aquella pequeña ciudad donde vivía pero se lo negaron por patoso, lo expulsaban de cuanto grupo musical se apuntaba por desafinar con su hermosa guitarra eléctrica, lo esquivaban en el recreo de media mañana para no tener que compartir con él los bocadillos traídos de casa. Era indudable que la relación con sus compañeros estaba impregnada de desconfianza por parte de ellos hacia su extraña persona. Su madre y él se hubieran podido dedicar a exhibir sus habilidades de levitación e invisibilidad y habrían ganado mucho dinero (no menciono al padre porque había fallecido siendo él muy pequeño atragantándose con una cimitarra persa, curvada, similar a la que portaba Simbad el marino) pero les repugnaba el espectáculo de exponer en público sus intimidades y prefirieron mantenerse en el anonimato y en la pobreza. Al terminar sus estudios, aprovechando su invisibilidad y sin otro porvenir más factible a corto plazo, Matilde Ubaldo se hizo ladrón. Desvalijó sistemáticamente los bancos de la ciudad. Los empleados de las oficinas presenciaban atónitos cómo se movían las teclas de los ordenadores bajo dedos invisibles, se abrían las cajas de seguridad y desaparecían los billetes en una bolsa que volaba sola por los aires. Cierta vez que huía de un atraco, empapado bajo la lluvia, su figura corporal se materializó de repente portando el botín en andas, algunos viandantes lo vieron pero nadie lo pudo reconocer debido a la oscuridad de la noche. Únicamente declaraban haber visto a

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un hombre desnudo llevando una bolsa. Desde entonces los guardas de seguridad, sospechando el poderoso efecto del agua en el organismo del ladrón invisible, mantenían siempre a mano baldes de agua y por las mañanas los primeros clientes observaban los charcos en el suelo de las oficinas bancarias, restos de los combates nocturnos de los guardas contra espectros imaginarios. Pero jamás llegaron a atraparlo. Matilde llegó a ser riquísimo mediante su frenética actividad delictiva, multimillonario, sin verse en ningún momento aquejado de remordimientos de conciencia. Muy al contrario, consideraba que los robos perpetrados a los bancos tenían cien años de perdón porque “quien roba a un ladrón…” ya se sabe. Los bancos utilizaban el dinero de sus clientes para lucrarse y encima les cobraban porcentajes de usura lo que constituía un robo legalizado en opinión de Matilde. Empezó a emplear su inmensa fortuna, fruto de varios años de atracos, en generosos mecenazgos, actitud que lo acercaba a sus héroes justicieros como Supermán y Robin Hood. Entre otras cosas compró el colegio donde estudió y el equipo de fútbol profesional de su ciudad donde nunca llegó a jugar. Contrató profesores de reconocido prestigio internacional dándoles a los egresados de su centro escolar una formación de altísima calidad reconocida en las mejores universidades. Para su equipo de fútbol trajo al mejor entrenador del momento, un tal Simpson, australiano, y fichó a los mejores jugadores del mundo con lo que consiguió que su equipo, el humilde Sport Boys provinciano, ganara la liga nacional de ese año y las cinco siguientes, que disputara la Copa de Europa obteniéndola tres años consecutivos y que venciera al equipo nacional de Brasil todas las veces que se enfrentaron, catorce. Para colmo de sarcasmo dotó a la ciudad de una red pública de seguridad contra la delincuencia compuesta por miles de video-cámaras que captaban todos los movimientos de sus habitantes que no gozaban como él del don de la invisibilidad. Durante varios años la ciudad fue una fiesta permanente. Matilde para los íntimos y Ubaldo para el resto había llegado a ser un héroe. En pleno apogeo popular creó una empresa de investigación de alta tecnología, la Grow Fitness & Co. que se constituyó como una de las principales sociedades anónimas del país, paradigma entre las empresas de su género. El precio de las acciones de su compañía llegó a niveles nunca alcanzados en la Bolsa nacional. Matilde Ubaldo no gozaba con sus éxitos, se mantenía espectante ante la reacción servil de la gente hacia su persona. La junta directiva del colegio se arrastraba deshaciéndose en elogios, sus excompañeros escribían cartas laudatorias a los periódicos, su orgulloso y ya anciano profesor de deportes le pedía dinero, las monjitas rezaban por él, los agentes de cambio y bolsa le suplicaban consejos. Pero un buen día Matilde para sus íntimos y Ubaldo para los demás desapareció. Abandonó la casa que se construyó en un lujoso barrio de la ciudad y nadie pudo dar acuerdo de su persona porque vivía solo. Los vecinos al ser interrogados levantaban los hombros con la misma perplejidad que si les dijeran que a Matilde Ubaldo se lo había comido un caballo. Mayor fue la decepción de los profesores del colegio que constataban que ese mes no habían ingresado sus nóminas en sus cuentas y daban las clases

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desmotivados y con cierta furia por haber sido engañados, los alumnos se resentían y dejaban de asistir a clases. Los futbolistas sin cobrar salían a jugar los partidos con desgana y perdían los partidos bajo tribunas vacías. Las monjitas sin sus cuantiosas limosnas elaboraban los dulces entre suspiros y lágrimas y les salían agrios. Los miembros de los grupos musicales carentes de subvenciones se indisponían entre ellos y terminaban a guitarrazos. Las acciones de la compañía Grow Fitness & Co. tuvieron una caída estrepitosa que arrastró a la mayoría de inversores financieros y la Bolsa tuvo que suspender sus actividades. Conforme pasaban los días la vida de toda la ciudad se deterioraba aceleradamente. Mientras tanto, Matilde Ubaldo, recluído en un lugar desconocido observaba en Internet lo que iba ocurriendo en la ciudad a través de todas las video-cámaras estratégicamente colocadas por él en calles, comercios e instituciones. Y se reía, se reía disfrutando de su venganza.

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Interior 3: Andrea Barreda

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Somos libres. ORO Gonzalo del Rosario.

Cansado de los abusos de sus jefes y de recorrer la ciudad para ganar menos de lo que vendió, consiguiendo jaquecas y gritos de los supervisores, moliéndose el cuerpo en tareas esclavizantes donde si le llegaban a pagar, era una miseria a comparación de todo lo que hacía, no sólo convirtiendo sus zapatos y ropa interior en unos cráteres irritantes, sino acentuando sus psicopatologías, Diego regresaba cada noche a casa odiando más al mundo real en el que había caído luego de terminar la universidad. Lleno de ira se metió al baño, se sentó y expulsó todos sus demonios. Maldijo ese repentino estreñimiento mentando a la madre de su creador, y a su suegra, y arañó las mayólicas resbalando sus dedos, solo para concentrarse y expulsar aquella dolorosa tripa que hacía un par de días le estaba malogrando la jornada entera. Muy tranquilo ya y odiando más a sus familiares que no se preocuparon en llenar de agua los barriles, para cuando ya no saliera nada de los caños, logró conciliar el sueño sin sentir la amargura de poseer un trozo de mierda ansioso por nacer. Diego fue despertado a las seis en punto, como siempre por su reloj biológico, ese día, nuevamente debía levantarse, sin más ganas, a recorrer la ciudad buscando vender algo que ni él mismo entendía para qué servía. Al levantar la tapa para orinar, algo sorprendió su vista: era el mojón más bello que podía haber concebido intestino alguno, sus trozos de mierda relucían al contacto de los rayos solares del amanecer, Diego no dudó en meter la mano y palpar aquel excremento endurecido por la gélida noche invernal, quizás, pero si de algo estaba seguro era –mierda, esto es una mierda. . . ¡pero de ORO!- oro puro. Recién se había percatado que su wáter estaba lleno de tanto oro como para no volver a trabajar en años, o por lo menos en un buen tiempo, total, podría cagar más e igual saldría oro ¿o no? Y de la emoción le vinieron de nuevo las ganas, no sin antes extraer todo su oro del escusado, besarlo, lamerlo y acariciarlo con sus mejillas, sentarse y dejar que sus sueños sigan el ritmo de sus heces. Tan feliz como los niños ricos la mañana de navidad, telefoneó a su chamba, mandó a comer de su nuevo tesoro al jefe, y en pijama corrió a comprar todo lo que siempre había soñado . . . tenía toda la mierda del mundo para pagar sus más oscuros placeres. Aquella noche llegó a la casa de su flaca con todos aquellos regalos que le había prometido, no sólo a ella, a su familia también, y que nunca entregó por falta de fichas: zapatos, botas, carteras, jeans nuevos, de esos al cuete que había malogrado por no apuntar bien a la hora de venirse, polos, casacas, vestidos, poleras, faldas, ropa y más ropa que siempre le pedía su flaca en cada aniversario, cuando a Diego solo le alcanzaba para regalarle una porción de chicharrón de pollo en La Cabaña antropófaga; por supuesto que

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no los compró él, sino ella misma, porque esa tarde habían tomado el primer vuelo que encontraron rumbo a Lima. Cuando regresaron, su Audi ya los esperaba en el estacionamiento de su depa, todo amueblado con una cama gigante para moverse bien pegados, un televisor de esos que parecen cuadros intercambiables, con un sistema de sonido de otra dimensión y tantos canales como para volver loco a cualquier adicto al zapping. Pronto empezó a asistir a cada una de las discotecas de la ciudad y como siempre ponía el trago para todos, las invitaciones a eventos sociales le llovían. Las flacas no tardaron en asediarlo, y él podía hacer con ellas lo que quisiera; lo cual a su flaca poco le importaba siempre que siguiera regalándole toda la ropa y tecnología de los catálogos. Así se había vuelto la persona más conocida y querida de su ciudad, y todo gracias a la mierda que almacenaba en una caja fuerte en forma de wáter, recontra escondida, y que su contenido las casas de cambio adoraban. Sin embargo, en una de sus rebotadas, entró en una duda muy grande ¿En qué se diferenciaba de los demás ladrones que habían llegado “tan alto” como él? Entonces para limpiar su imagen de amante de los viajes nocturnos alrededor del mundo con chibolas y drogas fuertes, lavó su mierda con una Fundación que otorgó educación de primer nivel y gratuita para niños y adolescentes en estado de abandono y pobreza. En el fondo sabía que tarde o temprano lo irían a joder y por más mierda que les ofreciera, no cesarían en sus intentos de arruinarle la vida. Con dicha Fundación pretendía formar a los futuros dueños de la patria que él, ya convertido en el Señor Diego, y con S mayúscula, iba comprando de a pocos, gracias a su dorado esfínter. Estaba formando a los actuales jueces, abogados, congresistas, alcaldes, gerentes, presidentes, profesores, periodistas, médicos, dueños y más dueños de más y más empresas promovidas por la mierda y más y más mierda rica del rico Señor Diego, dueño del Perú y balnearios, y mucho, mucho más. Aquellas felices décadas de bonanza pasaron demasiado rápido. Luego de dominar su país, y parte del mundo, a su antojo, como ya estaba muy viejo eligió a su sucesor de entre su círculo mayor de pendejos, al cual le dejaría la clave de su bóveda de mojones dorados que salían de su ano, el verdadero dueño de su imperio. Si bien se esperaba con ansias que el Señor Diego muriera lo más pronto, cuando sucedió, y a los pocos días se empezó a percibir un olor a desagüe atorado que emanaba de los principales bancos del mundo, por más investigaciones realizadas nadie dio con la causa de la cantidad de heces acompañando el dinero y las joyas de los principales magnates del planeta. ¿Una broma del más pésimo gusto? Su mierda dorada había tomado su verdadero color y olor.

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Interior 4: Nelson Castañeda

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Esa obscuridad que regresa Yeniva Fernández Mi padre construyó una casa enorme con la idea de que sus hijos, cuando fueran adultos, habitaran cada una de sus alas con sus respectivas familias. Yo, como última hija, ocuparía la estancia principal a su lado, con mi esposo e hijos. Sin embargo, eso jamás ocurrió. Mis hermanos, por razones de trabajo o estudio emigraron a España y Francia, y edificaron sus propias familias en cómodas residencias europeas. Yo, a los treinta y nueve años, soltera y sin novio a la vista, abandoné la casa familiar hace meses para mudarme a un departamento en un barrio céntrico de la ciudad. Desde ese día, no obstante, han ocurrido cosas que no sé explicar y que han llevado mi vida, antes plena de orden y certezas, a un estado de postración y neblina. La idea de mudarme vagó en mi cabeza durante años. La distancia para llegar hasta mi trabajo, lo difícil que era conseguir un taxi para regresar después de alguna reunión y los constantes asaltos que se sucedían en la carretera solitaria por la que había que transitar para entrar o salir de San Bartolomé, me hacían soñar con liberarme de esos pesares en un lugar cálido y pequeño. No obstante, el imaginar a mis padres solos, como niños perdidos en un barco que navega al garete, me detenía. Los domingos marcaba los avisos de la sección inmobiliaria de los diarios con la intención de hacer visitas durante la semana. Sin embargo, los días pasaban sin que lo hiciera. En otras ocasiones, una reja oxidada o un ligero goteo en el lavadero de la cocina me disuadían de la compra, pero la oportunidad, al fin, se presentó en palabras de una colega de la universidad, cuya hermana radicaría de modo definitivo en Europa y vendía su departamento casi nuevo a un precio estupendo. La ubicación era perfecta. En cuanto mi amiga abrió la puerta para mostrármelo, supe que era el lugar que había buscado por mucho tiempo: ventilado, acogedor y funcional. Postergué la mudanza todo lo que pude. Con el pretexto de pintar el departamento, cambié los colores varias veces e hice plantar y replantar nuevas flores en la terraza de la ventana. Fue mi madre quien me instó a poner fecha definitiva al traslado. Ella no quería verme lejos, pero, como toda madre, comprendía que, pese al dolor de mi ausencia, yo debía aprender, aunque tarde, a asumir las responsabilidades que implica la independencia. Con todo, no hice mis maletas sino hasta la noche anterior a mi partida. Me costaba abandonar la casa, el hogar de mi infancia y el mundo donde yo había sido feliz. No quise llevarme nada de mi habitación. Convencida de que mi recámara vacía ahondaría la tristeza de mis padres y que para mí también sería un cambio muy brusco despertar en una alcoba distinta de la mía, mandé hacer replicas exactas de mi velador, cama, tocador y ropero, y los coloqué en igual disposición en mi nuevo dormitorio. Mi equipaje solo estuvo compuesto por ropa, la computadora portátil y dos cajas de libros. El grueso de mi biblioteca, unos mil ejemplares, los llevaría poco a poco en las visitas semanales que haría a mi familia. La primera semana, en mi departamento, no logré conciliar el sueño. Estaba contenta, es cierto, pero al bucear en esa alegría encontraba cierto fondo de desolación y remordimiento. Yo no estaba acostumbrada al silencio. En casa de mis padres, era mi madre quien abría la puerta y me acompañaba cruzando el jardín hasta la sala, donde

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sonaban los viejos boleros que ella escuchaba todas las tardes. Una vez allí, nos contábamos una a la otra las incidencias del día. Luego subía a mi habitación a preparar mis clases y después bajaba a ver televisión a su lado. Mi padre permanecía en la biblioteca y solo se reunía con nosotras a la hora de la cena. Sin embargo, los jueves, el programa variaba, pues era día de lectura, tal como lo había bautizado mi padre desde que yo era niña, y consistía en encerrarnos en la biblioteca para, además de leer, conversar de libros y literatura. Mi madre respetaba esos días y nos servía la comida allí mismo. Con el tiempo, nuestras conversaciones sobre Verne y Salgari derivaron en otras sobre Dinesen y Sartre, y mi padre se convirtió en mi primer alumno. Sin embargo, él estaba más interesado en la poesía. En su juventud, había escrito un libro de versos que atesoraba con la ilusión de publicar algún día. Un libro que yo, debo confesar, ojeaba sin mucho ánimo y al que sólo le hacía breves comentarios sobre aspectos formales. Él, quien de seguro esperaba más de su hija catedrática, había terminado entonces por archivar su manuscrito en la última gaveta de su escritorio y dedicarse por completo a la lectura. Ya sola en mi departamento, pensaba en el libro de mi padre y en lo cotidiano de las conversaciones con mi madre, y esos recuerdos no me permitían dormir. El domingo llegó con una lentitud exasperante. Me había impuesto no telefonear a mis padres ni visitarlos durante la semana, convencida de que ello redundaría en la plena asunción de mi nueva vida independiente. Ese primer domingo que los visitaría se convirtió para mí en una cita romántica, en un vestir y desvestirme conjugando zapatos, trajes y carteras de modo que mi aspecto dejara bien en claro que era una mujer exitosa, feliz y satisfecha con la nueva etapa que había comenzado. No obstante, apenas crucé el umbral de la casa, se apoderó de mí una angustia inexplicable. Abracé a mi madre tan fuerte que pude escuchar todavía los latidos de su corazón junto al mío. Tardamos unos segundos en separarnos. Ella reveló su pesar con una lágrima imprevista que rodó por su mejilla. Pese a ese incidente, la tarde transcurrió plácida entre conversaciones y risas. Mi madre me puso al corriente de sus días: la telenovela brasileña, sus amigas de la parroquia y la salud de mis tías. Mi padre descorchó su mejor vino y se animó a recitar algunos versos de Neruda para nosotras. Al despedirme, sentí otra vez la angustia florecer en mi pecho y pude notar en ellos, detrás de su aparente calma, la misma sensación que yo intentaba ocultar tras el maquillaje. Fue mi madre quien, al acompañarme hasta la puerta, me dijo, en el tono más medido que encontró, que había visto a mi padre algo triste el día jueves. Sin poder disimular mi pena, le conté que tenía planeado reunirme con él algunas veces en los “días de lectura”. Entonces hubo un corto silencio que ella rompió: te voy a telefonear por las noches, hija. Yo la abracé y, con un hilo de voz, le dije: gracias. Al llegar a mi departamento, estaba extenuada. Era como si hubiera participado en la maratón de la ciudad. Apenas pude cambiarme de ropa y, casi en estado de desfallecimiento, me eché en la cama. Desperté al día siguiente a un cuarto para las nueve y sin el recuerdo de sueño alguno. Esa mañana dicté una clase para el olvido, hasta recurrí al viejo truco de la composición de un ejercicio para llenar el tiempo sobrante. Almorcé con unos colegas en el campus, luego fui a la biblioteca a recoger algunos datos que necesitaba. Mientras leía, me asaltó de nuevo el cansancio y terminé dormida sobre un volumen de los cuentos completos de Borges. Me despertó el bibliotecario. Eran cerca de las seis de la tarde. Avergonzada, pedí el libro en préstamo a domicilio. Ese era un libro que yo tenía en casa de mis padres y me incomodó no haberlo recogido durante mi visita. En mi

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departamento, tampoco pude continuar la lectura, pues el sueño atrasado seguía cobrándome réditos. Esa semana, hablé a diario con mi madre y el agotamiento fue declinando poco a poco. No obstante, al regresar a mi departamento, y después de revisar los apuntes para mis clases, solía encontrarme siempre inquieta y desolada, por lo que demoraba el retorno todo lo posible. Me detenía en el centro de la ciudad a sentarme en un parque o emprendía largas caminatas apreciando vidrieras sin la necesidad de comprar algo, sólo con la idea de dejar correr las horas hasta la llamada de mi madre. Mi vida se redujo entonces a la espera del día en que volvería a ver a mis padres, que eran en realidad los únicos momentos en que me sentía feliz y en calma. Tres semanas viviendo así me hicieron reflexionar, y decidí cortar el cordón umbilical de raíz. El domingo siguiente no fui a visitarlos. Aquel día después de avisarles que no iría a verlos, se apoderó de mí una somnolencia increíble. No alcancé siquiera a levantarme del sillón. Dormí veinte horas seguidas y al abrir los ojos todavía estaba exhausta Por la mañana me concentré al máximo en el trabajo. Pero al medio día, no resistí más y marqué el número telefónico de mis padres. Contestó mi madre, estaba feliz de escucharme y me contó que el día anterior había pensado mucho en mí, y que tal vez por eso le pareció escuchar ruidos en mi habitación. Pero que cuando subió a mi alcoba todo estaba en calma. Ya por la noche, decía, encontró la luz encendida, aunque no recordaba si fue ella quien olvidó apagarla. Hablamos largo rato y yo esperé hasta el final de la conversación para espetarle con absoluta franqueza, que tenía planeado espaciar mis visitas y esperaba que ella, también sus llamadas telefónicas. “Es para habituarme mejor a mi nuevo hogar”, concluí. Mi madre calló un instante, y luego respondió que le parecía una decisión acertada y que sería bueno también para mi padre y para ella. “Los hijos crecen y uno debe dejarlos partir”, agregó. Yo que la conozco bien, se que debe haber llorado cuando colgó el auricular. Resuelta a acostumbrarme a mi nueva vida y a encontrar en ella satisfacciones, organicé para esa misma semana una reunión en mi departamento. Las compras y los preparativos ocuparon todo mi tiempo hasta la llegada del sábado. La alegría de mis invitados me hizo olvidar a los dos ancianos de los que no tenía noticias hacía varios días. La reunión derivó en una fiesta y un colega me presentó a un amigo suyo, Arrnando Solís, un arquitecto que me resultó algo pedante, por lo que intercambie con él sólo algunas frases. Preocupada por atender a mis invitados, bailé poco y conservé la misma copa de vino durante toda la noche. En un momento, sin embargo, la conversación que sostenía con una amiga sobre la música de The Doors viró al extremo opuesto en mi mente, cuando ella mencionó que sus padres habían sido hippies y por lo tanto ellos también adoraban a Jim Morrison. Luego de eso, no recuerdo bien, creo que logré mantener la atención unos minutos más; de lo que sí estoy segura es que en ese instante tuve muy clara la imagen de mi madre sentada sola en sala, sin poder dormir, escuchando bajito boleros antiguos y mirando a cada tanto la puerta, como si esperara que yo apareciera de un momento a otro. Me despertaron mis amigos para despedirse, algunos hicieron bromas sobre el efecto del vino o el poder relajante de la conversación de mi amiga. Era de madrugada y apenas cerré la puerta al último de mis invitados fui derecho a acostarme. Empecé esa semana con más ánimo. Después de un domingo entero de siesta, estaba lúcida y descansada. Pero a medida que avanzaban las horas otra vez me iba ganando el

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agotamiento, y ese día no fue el único. Con las justas regresaba todas las tardes a mi departamento y enseguida caía rendida en un sillón o en la cama, y no volvía a despertar si no hasta la mañana siguiente. Ya ni tiempo me daba para preparar mis clases. Pero el lunes siguiente, hice un esfuerzo enorme por contener el sueño, y me di un momento para llamar a mis padres. Respondió mi madre, y para mi desconcierto no manifestó ninguna sorpresa al escucharme. Hablaba como si yo estuviera al tanto de todo cuanto le había ocurrido desde mi última llamada. No es que hubiera sucedido nada especial, salvo el desenlace previsible de la telenovela, las cosas en casa continuaban como siempre. Me inquietó, sí, que ella diera por sentado que yo conocía todos los detalles del capítulo final de “Nido de serpientes”. Pero resolví que de seguro creía que yo seguía la novela en mi departamento. Mi desconcierto se hizo mayor, cuando al despedirse, ella dijo: “Chau hija, ahora escucho tu voz más clara que otros días, debe ser la señal. Un beso” ¿A qué otros días se refiere? Reflexioné unos instantes, debe estar confundida, pensé. Igual quise volver a llamarla y preguntarle; pero el sueño me venció antes de poder hacerlo. Al día siguiente avisé que no iría a la universidad, tenía cita con el médico. Ese cansancio resultaba extraño. Además, aprovecharía el resto de la mañana para ir a ver a mis padres. El doctor no encontró nada anormal en mi salud. Aunque recomendó algunos análisis que me hice enseguida. Cerca del medio día ya estaba en San Bartolomé. Tan sólo con trasponer el umbral de la puerta me sentí renovada. Mi madre preparó mi plato favorito e hicimos una larga sobremesa con mi padre. Luego recorrimos los tres toda la casa, contando anécdotas de mi infancia y la de mis hermanos. Yo estaba feliz, Ulises de regreso en Itaca; pero se hacía tarde y debía emprender de nuevo el viaje. Antes de partir, quedé con mi padre en que el próximo jueves nos reuniríamos para un día de lectura. Antes de despedirme en la puerta con un gran beso, mi madre me dijo: “Ve temprano hija, no tan tarde como la otra vez, que me quedé tan preocupada”. “¿Cuándo?”, le pregunté. “Ese sábado pues, que te apareciste como a las doce de la noche”. Enmudecí, ella no estaba bromeando. En el taxi, la angustia me oprimía el pecho. ¿Era que mi madre me extrañaba tanto que empezaba a confundir sus sueños con la realidad, o acaso era ése el primer síntoma de una senilidad precoz? Esa noche no pude dormir y usé ese tiempo para poner en orden mis apuntes y preparar mis clases. Había estado abusando de las lecturas y discusiones en clase para salir del paso, y temía que mis alumnos empezaran a impacientarse. Respecto a lo de mi madre decidí no comentar con nadie mis temores y llevarla a la clínica, cuanto antes mejor. Pasé dos días enteros lúcida y sin el más mínimo asomo de agotamiento. Sólo pensaba en mi madre. El viernes pude por fin llevarla al doctor, con el pretexto de su chequeo anual. Le expliqué al médico mis temores y él convino conmigo que no era bueno hablarle de mis miedos ni a ella ni a mi padre hasta que no tuviéramos los resultados de los exámenes. Almorzamos juntas en el centro, y yo evite tocar el tema de mi supuesta visita. Sin embargo, ella volvió a recomendarme que no se me ocurriera otra vez ir a verla tan tarde, “Y menos tan arreglada, con ese vestido rojo como esa noche hija. Ahora hasta los taxistas asaltan, una no puede confiar en nadie”. Me quede callada: el único vestido rojo que yo tenía era el que había estrenado el sábado de la reunión con mis amigos. Dejé a mi madre en casa y aproveché para recoger algunos libros entre los que se encontraba el volumen de cuentos completos de Borges, que tanto necesitaba. En el

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trayecto de regreso pensé en lo ocurrido. Mi madre había soñado conmigo, y eso era lo que la tenía tan confundida. El amor de una madre es capaz de cruzar en sueños la ciudad y ver a su hija vestida con la ropa que lleva puesta esa noche, pero adornada de circunstancias más convenientes para ella. Como era en este caso la visita que tanto deseaba. Aquel sábado, pensaba, mientras yo me divertía, ella me extrañaba; sentada sola, sin poder dormir. En tanto mi padre en la biblioteca, de seguro repasaba en silencio sus poemas juveniles recordando el desdén de su hija. ¿Qué había hecho yo en concreto por ellos? Nada, fue mi respuesta. Sólo acompañarlos hasta su vejez y luego abandonarlos. La comprobación de mi egoísmo fue un peso terrible. Pero trataría de remediar en algo la situación. Empezaría por reanudar mis visitas de los domingos, salir con mi madre algún sábado, también iría por lo menos dos jueves del mes a conversar de literatura con mi padre y, por supuesto, revisaría junto con él su manuscrito. Mi meta era culminar con su publicación. Trazarme objetivos siempre ha sido para mí una fuente de vitalidad. Así que amanecí al otro día renovada y llena de bríos. Dicté una clase de la que volví a sentirme orgullosa y al salir de la universidad pasé por la clínica a recoger los resultados de mis exámenes y los de mi madre, que eran los que había encargado con más urgencia. Todo estaba en orden en ambos casos. Mi madre se encontraba en perfecta salud física y mental, y respecto a mí, el médico sólo encontró algo de cansancio. Según él, yo debía estar atravesando un periodo emocionalmente difícil, lo que condicionaba esa sensación de desfallecimiento que no tenía ningún origen físico. Salí del consultorio animada y feliz, eso confirmaba mi teoría sobre el sueño de mi madre, y, por otro lado, despejaba mis preocupaciones sobre mi propio estado de salud. Si la causa de ese estado era emotiva, entonces ya empezaba a curarme. Y para celebrar, decidí sorprender a mis padres yendo a verlos sin previo aviso. Además, así aprovecharía para contarle a mi padre la decisión de comenzar a trabajar con él su poemario con miras a su publicación. Era temprano, y decidí pasar antes por mi departamento para dejar mi maletín con los trabajos de mis alumnos. Pero al llegar, mientras me cambiaba los zapatos, volvió de golpe el cansancio. Después de aquel día el agotamiento me tomó cada vez de modo más imprevisto. Ya no eran suficientes los domingos enteros de siesta, ni las largas jornadas de sueño de lunes a sábado, apenas ponía el pie en mi departamento. La somnolencia hacía su aparición en el trayecto a la universidad, en medio de cualquier conversación, o simplemente mientras caminaba por la calle. No era extraño que los taxistas me despertaran exigiendo el pago de su tarifa, que mis interlocutores me sacudieran para reanimarme o que abriera los ojos en la banca de cualquier parque sin reloj ni cartera. Estos raptos de sueño, sin embargo, no solían durar más de cinco minutos, y algunas veces lograba vencer su embestida con oportunos chorros de agua fría, pero lo que más me temía ocurrió de modo inevitable un viernes, durante mi segunda hora de clase. Yo estaba sentada leyendo a mis alumnos un pasaje de The watcher de Le Fanu: “He resumed his walk, and before he had proceeded a dozen paces, the mysterious footfalls were again audible from behind” recuerdo que dije, antes que en un parpadeo todos estuvieran a mi alrededor. Usaron alcohol para despertarme. Mi “desmayo” hizo que me dispensaran el dictado de las horas que restaban. Me despedí asegurando a todos que iría a la clínica. La verdad era que lo único que deseaba era llegar a mi cama y continuar durmiendo. A diferencia de otras ocasiones el agotamiento no había desaparecido luego del sueño, si no que perduraba

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como una sensación vaga, pero constante. Lo normal fue hasta entonces que, luego de descansar, despertara ya lúcida y bien dispuesta, por lo menos durante un rato, hasta que otra vez me invadiera el desfallecimiento. Eso me preocupó, aunque no pude reflexionar más, porque estaba tan débil que a duras penas conseguí mantener los ojos abiertos hasta llegar a mi departamento. Me despertó el vibrador de mi celular sobre el que yacía recostada. Era mi hermano que llamaba desde Francia. - ¡No me habías contado nada de lo de tu departamento! - Pesaba hacerlo. Pero ya ves, te enteraste antes que te avisara. - Los viejos me llamaron cuando te mudaste, estaban tristes. - Sí, lo sé. Pero tú comprenderás, San Bartolomé queda muy lejos de todo. Además, ¿ya era hora de que tuviera mi propio espacio, no crees? - No te estoy culpando de nada. Al principio estuve muy preocupado, es cierto, pero ya sé que siempre estas pendiente de nuestros papás, que los llamas, que los visitas - ¿Quién te dijo eso? - Pues lo viejos. Mamá dice que la llamas todos los días y que te apareces por la casa por lo menos tres veces a la semana. - Bueno…yo - Sí, papá también está feliz con eso de que quieras publicar su libro. - ¿Qué? ¿Cuándo te dijo eso? - Pues el día que no quisiste hablar conmigo. - ¿Qué? - Sí, yo llamé. Y cuando mamá quiso pasarte el fono, te escuche clarito decir: “Ahora no”. Oye, no pensé que estuvieras molesta conmigo. - ¿Cuándo fue eso? - No sé, hace unos días. ¿Por qué no quisiste hablar conmigo? - No, yo… no sé de qué me hablas - Bueno, tampoco te hagas la amnésica. Mira, lo único que quería decirte era que para lo de papá cuentes conmigo. Busca la mejor editorial y si hay que pagar un corrector de estilo o algo, yo asumo el costo.

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- ¡Papá no puede haberte dicho nada de lo de la publicación! - ¿Por qué? ¿Era un secreto? - ¡Papá no puede haberte dicho nada! ¡Es imposible! - Oye, no sé qué te pasa. Estas muy alterada, mejor hablamos otro día. Au revoir La llamada de mi hermano me dejó consternada. Aún no le había contado a mi padre, ni a nadie, sobre mis planes de publicar su poemario. No lo hice porque quería decírselo en persona. Pero el agotamiento perenne me impedía hacer el viaje hasta San Bartolomé. En verdad apenas podía reunir todas mis fuerzas para ir a trabajar. Había perdido peso porque prefería dormir un rato en la sala de profesores antes que ir a almorzar y al llegar a mi departamento volvía a las siestas interminables. De hecho, ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que telefoneé a mis padres. Por otro lado, me preocupaba que mi madre le hubiera dicho a mi hermano que yo iba a verlos todas las semanas, pero sobre todo que él me escuchara decir que no quería hablarle. ¿Era una broma de mi hermano? ¿O es que mi madre, en su afán de mentirle, había imitado mi voz? ¿Y si era así, qué pretendía ella con eso? No, mi madre era incapaz de hacer algo parecido. Mi hermano debía haberse confundido; pero acertaba en lo de la publicación. Estaba desconcertada. Decidida a obtener respuestas llegué esa misma noche a casa de mis padres. Los encontré a punto de cenar. Mi plato estaba puesto y ambos me recibieron con el moderado entusiasmo con el que se saluda a quien se ve a diario. Contuve mi sorpresa y esperé que ellos hablaran. Y hablaron, hablaron del libro, de lo emocionados que estaban con la idea, de que mi madre ya había participado del evento a todas sus amigas de la parroquia y de la oposición de mi padre a tal invitación. Todo normal, todo como si la noticia ya fuera de expectativa común. Yo permanecía en un estado de asombro y confusión, y casi no dije palabra durante la cena. Quería conversar aparte con mi padre, detener esa mala broma. Pero al terminar de comer mi madre me pidió que la acompañara a mi cuarto. Mira hijita, dijo, te cambié el edredón por este más grueso. ¿Hoy también te quedas a dormir? Harta de esa situación, iba a contestarle que desde que me mudé jamás había vuelto a dormir en casa. Pero al bajar la vista, vi sobre el velador el volumen con los cuentos completos de Borges, y sólo acerté a contestar que no. Ella siguió hablando, aunque ya no la escuchaba. Con el libro entre las manos, pensaba, trataba de recordar. Tenía la seguridad de haberme llevado ese ejemplar a mi departamento, ¿cómo podía aparecer otra vez en casa de mis padres? Mi mente daba vueltas sin encontrar respuestas. Bajé a buscar a mi padre, necesitaba que me abrazara, que con palabras sencillas despejara mis dudas, como cuando era niña. Lo encontré en la biblioteca. Te estaba esperando, dijo, y extendió unos papeles llenos de anotaciones. He cambiado algunas frases como me sugeriste. Yo pasaba las hojas sin creer lo que veía. Esos enormes círculos negros seguidos de glosas, grandes y pequeñas, llamadas a pie de página y hasta un añadido de bibliografía a revisar, eran de modo inconfundible de mi puño y letra. Estaba volviéndome loca, no es posible, me repetía ya en mi departamento. Y sin embargo, aquellos trazos delgados y firmes, con los puntos de la “i” demasiado altos, no

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dejaban lugar a la falsificación. Cavilaba, intentaba buscar explicaciones, mas no las encontraba. Tampoco podía compartir mi desconcierto con mis padres, no quería alarmarlos y hacer que dudaran de mi cordura. Entonces se me ocurrió comunicarme con mi hermano en Francia, con él podría abrirme un poco, explicarle mi confusión, hacerle algunas preguntas. Iba a llamarlo, pero sonó el teléfono. Creí que eran mis padres, inquietos por mi abrupta despedida, y ya alargaba la mano para tomar el auricular, cuando otra vez cayó sobre mí un sueño oscuro, sin orillas ni resquicios. Desperté tres días después. Preocupada, en lo único que pude pensar fue en ir a la universidad. Con el apuro sólo atiné a ducharme y ponerme lo primero que encontré. En el taxi, mientras me peinaba, noté la pésima combinación de vestido verde y zapatos celestes. Lo mejor sería no toparme con nadie e ir de frente a Secretaría Académica. Pero al ingresar al campus me saludó un colega, que tras comentar conmigo su fastidio por los errores en la impresión de su sílabo, se despidió diciendo que le daba gusto verme tan bien, y no como el día anterior que parecía abstraída. Me quedé pasmada, no obstante, cuando reaccioné, él ya se hallaba muy lejos. Sin tiempo para alcanzarlo, enrumbé hacia la facultad. Al llegar, la secretaria me comunicó que el Decano me esperaba para conversar. Era algo que imaginaba, así que ni bien entré a su oficina comencé a esbozar la excusa que tenía preparada. Sin embargo, él me detuvo y con un tono de voz sumamente cortés, mencionó que todos necesitamos un tiempo para nosotros mismos, para chequear la salud, o solucionar problemas, y que sería muy conveniente para mí darme ese tiempo. “¿Quizá dos semanas o un mes?”. No quiero vacaciones, respondí. Entonces comentó que mis alumnos estaban inquietos, sobre todo luego de que estos últimos días entrara y saliera del aula sin decirles palabra. Otra vez estaba atónita. Él hablaba con total seguridad. Lo único que se me ocurrió para no empeorar la situación fue seguirle la corriente. Le dije que el médico por error me recetó unos medicamentos que me afectaron mucho, aunque ya me encontraba muy bien. El Decano comenzó una perorata sobre las medicinas, pero mientras lo escuchaba, sentí una vez más la lasitud de mi cuerpo y el peso sobre mis párpados; y por miedo a quedarme dormida en su presencia le propuse hablar otro día y me despedí en el acto. Dormí en el taxi y luego en mi habitación. El teléfono sonó varias veces; mas no alcancé a contestar. Cuando volví en sí revisé los mensajes en mi celular. Eran de una amiga preguntando por mi salud, y otro de un número desconocido: “Me gustó salir contigo”. Numero equivocado, pensé, dejé el celular sobre el velador y continué la siesta. A partir de ese momento no sé cuánto tiempo ha pasado. Sólo recuerdo que dormí, desperté y volví a dormir. Tirada, sin poder levantarme, he prendido la contestadora del teléfono fijo, ya que mi celular ha desaparecido. Tres mensajes: el primero, de mi amiga, felicitándome por la excelente presentación del libro de mi padre y afirmando que las fotos saldrían en “El Corresponsal” al día siguiente; el segundo, de una voz masculina, para confirmar que pasa por mí a las siete, y el tercero, de mi madre, para decirme que, aunque mi padre estuvo serio durante la cena, cuando Armando y yo nos fuimos, se puso a cantar, y que ambos están muy contentos de que hayamos elegido vivir con ellos. Yo sé que no he salido a la calle desde que hablé con el Decano, lo sé porque no he mudado de ropa, por mi pelo y el estado general de mi cuerpo. Además, apenas tengo fuerzas para abrir los ojos cuando despierto y mis despertares son cada vez más breves. Ahora debe ser de madrugada, hay una tenue luz filtrándose por las cortinas de mi habitación. Veo las siluetas de mi cómoda,

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velador, tocador y ropero, y pienso que he despertado en la antigua casona de San Bartolomé, que nunca me mudé, que todo no ha sido más que una larga y terrible pesadilla. Pero el sueño regresa. Y esta vez de un modo más definitivo.

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Interior 5: Gino Ceccarelli

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Somos libres. Corazón de Jesús Raquel Jodorowsky

Frankenstein se había enamorado en su juventud de una puerta. Cada noche se daba un baño de azufre e iba a pararse junto a ella. Ella no abría la boca. Frankenstein traspiraba cabellos tristes por todos los poros. Hasta que un día la puerta se movió. El levantó sus pies llenos de aerolitos y se dirigió hacia ella para atravesarla bajo control remoto. Más he aquí que su rival salía de la escena. Una ventana negra tapizada de ojos, se alejaba volando dentro de la tierra. Frankenstein decidió vengarse. Se transformó en hombre como pudo, llegó al mundo y desde entonces se dedica a aparecer en todas las puertas, hace el amor con ellas y después las abandona con indiferencia de metal.

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Interior 6: Liliana Chaparro

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Somos libres. Cielo marciano Sarko Medina Dedicado al gran Ray.

El cielo estaba límpido y rojo, allí se veía la Tierra, brillando. El dependiente de la tienda se enteró por los medios locales que Ray Bradbury murió allí en ese planeta azul. Sintió lo mismo que muchos marcianos sintieron: tristeza. Él único que realmente los entendió se acababa de ir.

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Interior 7: Colectivo NadieS (Sandra Suazo y Aliza Yáñez)

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Somos libres. Exhibición Rubén Mesías Cornejo

Vivía solo, pero era consciente que miles de ojos escudriñaban su cuarto a la espera, de lo que se le ocurriera hacer algo para impresionarlos. Y aunque se esforzaba todo lo que podía no siempre conseguía hacerlo. Aquel día, hizo de todo para complacerlos: cantó, bailó, actuó, contó chistes, improvisó monólogos y hasta se animó a gesticular, pero sus contactos no quedaron satisfechos; y las sucesivas desconexiones de los monitores que enlazaban su cuarto con los habitáculos de aquella gente hicieron patente la desaprobación. Desesperado, se acercó a las pantallas, y las palpó como demandando otra oportunidad, éstas parecieron comprender y volvieron a encenderse como si lo retaran a hacer lo que jamás se le había ocurrido antes. Entonces, se dirigió al centro de su habitación, se despojó rápidamente de su ropa y se acostó sobre su lecho como si fuera a hacer una siesta, pero en vez de eso extendió los brazos y palpó el aire como si acariciase un cuerpo invisible para todos, pero no para él. Poco a poco, la figura de una mujer desnuda se fue haciendo visible tanto para todos, y también para él: era una fémina de cuerpo voluptuoso y formas rotundas, en suma la idea de mujer perfecta que sus prójimos tenían en mente. Y empezó a acoplarse apasionadamente con la hembra que había invocado ante la ruidosa complacencia de aquellos que estaban siguiendo la escena a distancia.

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Interior 8: Iván Fernández-Dávila

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El segundo asno de Sancho Pedro Felix Novoa Castillo “Los espíritus vulgares no tienen destino”. Platón.

Miró la pantalla y no quiso admitirlo. Siempre que tenía un discurso importante, solía desatar una infaltable burrada del hocico. ¿Acaso la condena de aquella absurda tarde en el café, se estaba cumpliendo? Desde luego que no. ¿Aceptar que un estúpido artefacto pueda determinar tu trascendencia? ¡Qué locura! Sería como tener a nuestro destino dentro de un cilindro girando hacia ningún lugar. El congresista X despegó la mirada de la computadora y no quedó gran cosa de él. Tenía una noche sin dormir debajo de los ojos y el rostro percudido de cinco cajetillas consumidas sin parar. Cogió el intercomunicador: cerebrito tienes que venir. Del aparato: un susurro distorsionado. Sacó de memoria un cigarrillo. Lo encendió. Al cabo de unos minutos; un tipo de unos veinte, ingresaba con andar pausado. X ni bien lo vio, le señaló la computadora como culpándola de sus desgracias. –Cerebrito, lee esta página web –dijo masticando el humo del cigarrillo– no sé qué hacer, cof–cof–cof. El joven leyó tan rápido que dio la impresión de no haberlo hecho. Ya lo sabía, dijo con la suficiencia que ya tenía acostumbrado al congresista. –Lo sabes todo, amigo; ojalá puedas ayudarme. La tos siguió ametrallando su garganta. –¿Ha leído el Quijote? –preguntó compasivamente. –¡Por supuesto! –respondió X, ofendido por la duda– Pero hace tiempo –aclaró. –La web es exacta –sentenció el joven, haciendo un gesto de misericordia al ver cuatro ceniceros bombardeados de colillas–. No se sienta mal, no es el primero. Casi todo el mundo atribuye ese refrán al Quijote. También dudé; por eso perseguí al refrán con mi sabueso electrónico por un centenar de libros digitalizados sobre el Quijote, y nada. Pero seguiré olisqueando más obras… –Eso ya no importa –interrumpió X, con su natural aversión a la erudición–. Ahora me interesa saber quién es ese sujeto; por qué diablos firma con esa estúpida herradura; y sobre todo, pedirle que vuelva a escribir su web sin poner mi nombre, sino a los congresistas en general. Ofrécele lo que sea; creo que pidió una reunión conmigo para hacerlo. Dile que acepto.

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–No es de la oposición, señor. Es un loco que cree ser un personaje inexistente del Quijote. –¿Inexistente? –Sí, dice ser un caballo llamado Rocinante. De ahí, el relinchante nombre de su web y la herradura a manera de rúbrica. –Realmente está loco ese pobre idiota; porque todos sabemos que don Quijote no tuvo ningún caballo; sólo el rucio de Sancho. –Así es. Pero en su delirio piensa que por culpa de su existencia real; su posibilidad literaria ha dejado de existir. Y que por esto, nadie recuerda a ese tal Rocinante.

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–¡Qué tontería! –Además dice que su vida real comparada con su posibilidad ficticia es demasiado intrascendente. –Bueno, ¿Y qué más sabes de él? –No mucho. Su verdadero nombre es Iván Paredes; y hace un tiempo estudió informática en la Católica. –¿Terminó? –No, porque lo expulsaron acusándolo de robar material informático para construir un artefacto. –¿Un artefacto? –Sí, uno rarísimo que emplea datos de la realidad y la ficción literaria. Está convencido de que la vida está regida por la búsqueda de la trascendencia; y que tenemos dos posibilidades para encontrarla: una real y otra ficticia. Afirma que su aparato asegura la gloria a través de un bucle que repetirá la historia indefinidamente hasta obtenerla... El sistema inicia identificando tu existencia y tu posibilidad; compara ambas y recomienda la más trascendente. Por ejemplo, dice que su existencia real es insignificante comparada con su posibilidad ficticia. Ya que como Iván Paredes, estudiante trunco de sistemas, es un don nadie; pero como Rocinante en cambio, podría llegar a ser un gran personaje de la literatura universal. ¡Qué locura!, hace unos años destruí un aparato similar; pensó X. Pero no estaba convencido. Era un recuerdo confuso y medio vacío. –Cof–cof–cof. ¡Basta! podría quedar arrancándome los cabellos y seguir oyendo más disparates, pero tengo que irme; cof–cof–cof, ¿tendrás algo para esta torturante carraspera? –Tengo un consejo: deje de fumar. X salió de la sala. Lo esperaba otro discurso trascendente. Esta vez nada de refranes del Quijote, prometió. Iván inició el ritual del encendido. Colocó los chips de memoria robados hace años y conectó la electricidad. Su artefacto comenzó a vibrar como un corazón reviviendo; se detuvo. En la pequeña pantalla un anuncio: TRASCENDENCIA 1.0 y como subtítulo en caracteres pequeños cargando electricidad y memoria. Al minuto, un botón púrpura se activó. En la pantalla: Proceso completado. Iván rápidamente desconectó el aparato y lo guardó en uno de sus bolsillos.

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–Mucho gusto, señor Paredes –dijo X estirando una mano tembleque y esforzando una mueca de amabilidad en el rostro. –Rocinante, para usted –corrigió sin aceptar la mano ofrecida –y dentro de unos minutos para el resto del mundo. Ambos, mecánicamente tomaron asiento. En la mesa, dos tazas de café se enfriaban y perdían consistencia. –Bueno –dijo X con voz desprovista de cortesía –acabemos con esto, soy una persona de asuntos trascendentales. Iván sacó su artefacto, para hacer una demostración previa. Digitó: Miguel de Cervantes Saavedra. De inmediato, en la pantalla: la posibilidad literaria de esta persona es la de un personaje de novela rosa que se escribirá en el 2006. Recomendación del sistema: no alterar, ya que la existencia real es mucho más trascendente que la posibilidad ficticia. Más abajo: Presione ENTER para confirmar el cambio o EXIT para cancelarlo. Iván presionó EXIT. Los dos leyeron: la identidad no fue alterada. –Ahora observe. Iván digitó su nombre completo. En la pantalla: la posibilidad literaria de esta persona es la del caballo Rocinante, un personaje de la saga del Quijote. Recomendación del sistema: alterar, ya que la posibilidad ficticia es mucho más trascendente que la existencia real. Abajo: las teclas ENTER y EXIT aguardaban. Iván tenía que decir algo antes. –El refrán que le trajo tantas burlas; podría decirlo el propio Quijote, si acepta adoptar su posibilidad literaria. Si entra en la ficción, se convertirá en un personaje del Quijote; y podrá dar vida a un pasaje ahora inexistente, donde de alguna manera contribuye para que se mencione el dichoso adagio. Si me permite, voy a grabar estas últimas palabras –apretó un botón del artefacto. Puso la reproducción automática para dentro de tres minutos–: Estimado congresista, digite su nombre y conozca su posibilidad literaria. Siga las instrucciones y acepte la recomendación del sistema. De no hacerlo, estará condenado a la intrascendencia. Iván detuvo la grabación. Es hora de partir a la gloria, sentenció. Aquí dejo el artefacto, por si se anima a dejar su actual insignificancia histórica. Presionó ENTER y una grieta temporal se abrió por encima de Iván engulléndolo. El artefacto cayó sobre la mesa, donde ahora sólo quedaba una taza de café. X olvidó a Iván Paredes. Al tiempo que el mundo, de golpe, tuvo cuatrocientos años de recuerdo de Rocinante. En la pantalla del artefacto: la identidad fue alterada satisfactoriamente.

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Se inició la reproducción automática. X la escuchó sorprendido. ¡Qué absurdo! Era como estar dentro de un cilindro girando hacia ningún lugar. A pesar de lo delirante de la propuesta oída, se animó a utilizar el artefacto. ¿Qué personaje seré, un soldado, un cura o un simple pastor? Digitó su nombre completo. En la pantalla apareció: La posibilidad ficticia de esta persona es la del segundo asno de Sancho Panza perteneciente a la saga del Quijote. Recomendación del sistema: alterar, ya que la posibilidad ficticia es mucho más trascendente que la existencia real. El artefacto, como una tostada, acabó sumergido en la taza de café. El congresista se levantó. Dentro de unas horas, tenía otro discurso trascendental. Iniciaré mi parlamento con un refrán, amenazó.

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Interior 9: María Laso Geldres

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Somos libres. El cuerpo Juan Rivera Saavedra

El reloj del parque marcó las 6 de la mañana y el esqueleto se sentó al borde de la cama. Cogió sus nervios como si fuese su ropa interior y se los puso. Luego los músculos, enseguida su grasa –porque hacía mucho frío– y, por último la piel. Se levantó, hizo un poco de ejercicios, abrió la puerta y salió. Caminó cerca de dos cuadras por unas calles medio solitarias, cuando vio aparecer a un transeúnte. Éste, al verlo en cueros o desnudo, le increpó la conducta energéticamente. – ¡Cómo es posible que salga así a la calle, sinvergüenza! ¡Por muy vanguardista que se crea! ¡Vístase! ¡Se lo ordeno!... Pero como estaba seguro el esqueleto que lo había hecho, se quitó la piel, luego los músculos y los nervios. Aquel hombre que no se esperó semejante espectáculo, abrió la boca, dio un paso adelante y, cayó de bruces al suelo. Sin entender qué pasaba, el esqueleto se alzó de hombros y se prestó a socorrerlo justo en el momento en que –por una vieja bocacalle– apareció un perrito, con un lunar negro en la frente. Feliz de su hallazgo, el canino dio un paso, se detuvo, y se puso a oler al esqueleto. Como no le gustó –por el gesto que hizo–, se disponía a emprender la retirada, cuando sus pequeños ojos se posaron en el ángulo donde yacían desparramados los nervios, la grasa y músculos. Repitió la misma operación –esta vez– con la lengua y satisfecho, los recogió con el hocico y, emprendió la carrera. Al darse cuenta el esqueleto de lo que acababa de acontecer, se puso de pie, corrió en su persecución, dejando tirado en medio de la vereda al hombre, quien no tardó en volver en sí. Temeroso de volverse loco, abrió un ojo primero, y luego, el otro. De pronto, observó algo cerca a él. Parecido a un trapo arrugado. Descubrió que se trataba de la piel del extraño personaje. Se estremeció de horror. Trató de hacer memoria, hizo un esfuerzo y tomó una decisión: recoger las pruebas y dar parte a la policía. En la comisaría, contó lo sucedido sin perder un solo detalle.

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El comisario lo barrió de arriba abajo, con credulidad más baja que cero. Le preguntó: “En qué trabaja usted”. El tipo repuso: “Soy poeta, señor”. Pero como las letras no era el fuerte del comisario lo encerró, acusándolo de “subversivo y criminal”.

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Interior 10: Miguel Llontop

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En el lugar y a la hora indicados Carlos Enrique Saldivar Fue solo un puño, pero parecían al menos diez convertidos en una sola mano gigante. Me dio en pleno rostro y me quebró la nariz. El dolor fue intolerable y caí boca arriba, sobre un suelo que parecía estar hecho de espinas. Me hallaba sangrante y con las lágrimas y los mocos saliendo de mi interior como gusanos de un cadáver seco. Alvin no se contentó con haberme dejado fuera de combate, la emprendió a patadas conmigo de un modo tan cruel que pensé que me moriría en ese momento. Me dio en las piernas y en el vientre. La gente que nos rodeaba emitía aullidos y silbidos. Cuando Alvin levantó los brazos en señal de victoria, aplaudieron. Daniela me observaba desde el umbral de la puerta trasera del bar. A pesar de la enorme cantidad de gente, conseguí ver su hermoso rostro trigueño. Sus ondeados cabellos se movían con ligereza. Había viento. Hacía frío. Recordé la única vez que hice el amor con ella. Parecía que adentro de mí había un océano que se desbordó cuando eyaculé en su interior. La quería. Como nunca había querido a nadie. Se acercó a paso tímido, avanzó con dificultad entre la gente e ingresó en el patio de lucha. Le brindó una mirada de rabia a mi contrincante. Alvin la rodeó con sus brazos y le dijo: —He ganado, nena. Lo he hecho mearse en los pantalones. Vámonos. Pero ella volteó la mirada hacía mí, vertió algunas lágrimas e intentó acercarse más. Alvin la levantó sin esfuerzo sobre su hombro derecho. Daniela parecía una muñeca rota, se dejó cargar y empezó a llorar de impotencia. Él se la estaba llevando cuando comencé a ponerme de pie. Mis extremidades parecían de plástico. Sabía que tenía al menos dos huesos rotos, aunque no podía deducir cuáles eran. —¡Oye, marica! —le grité a mi rival—. ¡Ven acá si eres hombre! Alvin se detuvo y bajó a Daniela, quien aún se mostraba en trance por lo ocurrido. —¿Qué dijiste, conchatumadre? ¡Ahora vas a ver! Quizá nadie pueda comprender la densidad de esta historia, por ello he de aclarar que alguna vez Alvin y yo fuimos amigos. Ambos jugamos juntos en el equipo de fútbol del colegio. Daniela venía a vernos entrenar —era una acérrima aficionada al deporte rey— y mi entonces camarada se enganchó de inmediato con ella. Creo que fue por sus largas y hermosas piernas. Primero él fue su novio, mas cuando ella se dio cuenta de lo agresivo que era terminó la relación. Luego vino hacia mí, buscando consuelo. Nunca he sido bueno con las chicas. Nunca he sabido tratarlas, por eso cabe decir que fue ella quien me trató a mí. Salimos en secreto para que ni Alvin ni sus amigos se enteraran. Mi ex–amigo se hubiera

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sentido herido en su amor propio. Todo había resultado perfecto con ella. Ambos éramos parecidos; frágiles, cariñosos, soñadores. Dani solía acariciarme el rostro, musitando palabras dulces como si yo fuera un príncipe, o en el sentido más cursi de la frase: su alma gemela. Todo fue bien hasta que el hermano menor de Alvin me vio saliendo de la casa de ella... El presente se muestra como un escenario lleno de sangre y sufrimiento. Recibí una patada en la pierna izquierda y caí de lado, intenté pegarle en el estómago, pero él bloqueó mi golpe y me sepultó el puño en mitad de la cara. Yo aún no caía. Si la situación hubiera sido otra me hubiese dejado abatir. Solo era una tonta pelea, nada más. ¿Qué importaba que los estúpidos del quinto de secundaria me llamaran perdedor? Yo no era nadie, solo un muchachito que empezaba a conocer los aspectos más oscuros de la vida. No sería tan grave si me rendía, todo pasaría. Quedaría sepultado en la memoria colectiva como un hecho sin importancia. Debí haberme olvidado de todo. Debí haberme lanzado al suelo. Pero sabía que si él se la llevaba la violaría. Podía hacerlo. Todos le temían. Tenía los medios para cometer dicho crimen. La locura. El poder. El padre de Alvin era coronel de la policía. Su madre era la directora de la escuela. Mis padres eran un ferretero y una costurera. Alvin era alto, atlético y fuerte. Yo era bajo, esmirriado y débil. Sólo contaba con el amor de Daniela. Lo único bueno que tenía en el mundo era ella. Por lo tanto, debía proteger mi bien más preciado. Incluso si con ello perdía los dientes o un ojo. Tenía que irme de ese lugar con mi chica. Debía hacer algo, aunque no sabía qué. Ninguna ayuda. Ni un solo amigo. Todos estaban del lado de aquel desgraciado. Nadie sacaría cara por mí. Yo era un nerd. Un fenómeno, así me llamaban. Me decían «fenómeno» desde el año anterior, cuando predije cierto suceso. En aquel entonces Alvin se acercó a mí y me incluyó en su grupo. Estoy seguro de que yo le resultaba interesante. Un puñete en el estómago. Una patada en la costilla izquierda. Otro puño en la mandíbula. Caí. Alvin fue ovacionado por las treinta o cuarenta personas que nos rodeaban.

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Vi luces sobre mi cabeza. Me estaban grabando con un celular. Dos celulares. Tres celulares. Se prendió un cigarro a unos metros a mi derecha. Vi una pareja de novios que tomaba alcohol barato de la misma botella mientras se besuqueaban. Mi contrincante me escupió en el lado derecho de la cara. Me dio una patada en el culo. No sé porqué le dije a mi rival lo siguiente. Tal vez fue el exceso de dolor. Debido a los traumas quizá mi cerebro no estaba funcionando bien. —¡Alvin! Él no volteaba. Le dio la mano a Daniela, quien estaba arrodillada unos metros adelante, mirándome con detenimiento. —¿Viste? Es una basura. Vamos, te enseñaré a un hombre de verdad. —¡Hijo de puta! ¡Escucha! Yo me hallaba en el suelo, sin embargo mi lengua estaba intacta, mi garganta también. Pude hablar y dije algo que nunca debí haber mencionado: —Daniela nunca quiso acostarse contigo, ¿verdad? Nunca quiso que te la tiraras. Por eso te enojabas con ella. No podías dominarla. Ni siquiera sabías besarla. Yo fui su primer hombre. Me dio a mí aquello que nunca te dio. Yo sí logré hacerle el amor. Entonces me reí. Alvin volteó hacia mí y se acercó lentamente. Ya nadie gritaba, solo se oían murmullos desde cada rincón del patio. Un sujeto dijo: «Si alguien me dijera algo así yo le corto los huevos. Mátalo, Alvin». Se acercaba, rojo de ira, al lugar donde me hallaba caído. Yo seguía riéndome. Una risa boba y desesperada. Fue cuando vi el rostro de la chica que quería. Me miraba con un cierto odio. Sus ojos estaban hinchados por las lágrimas. Parecía decirme: «¿Por qué, Andy? ¿Por qué dijiste eso?» No porque yo hubiera revelado aquel secreto. Sino porque yo mismo había cavado mi propia tumba. El que una vez fue mi amigo me pateó en la cara y me voló un diente. Fue la única patada que percibí, luego todo se puso blanco. Una extraña vibración surgió en mi cerebro. Creo que duró dos o tres minutos. Cuando desperté vi que Alvin se llevaba del brazo a mi chica. Ella intentó evitarlo, pero de nada sirvió su endeble forcejeo. Su grito fue único y retumbó en la zona como el aullido de una sirena: —¡ANDY!

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—¡Alvin, ven! —grité. Él no hizo caso. —¡Alvin! ¡ALVIN! Se la llevó. Todo el mundo comenzó a retirarse. «¡Que penoso espectáculo!», musitó una chica del grupo. Se fueron todos hasta que quedé solo. Hice un gran esfuerzo y me senté en el suelo, cabizbajo. Puse mi mente en blanco. Quizá había pasado una hora cuando ella llegó. Me ayudó a ponerme de pie. Me cogió de la mano y me llevó con ella hasta su auto. —¿Qué pasó, Andy? —me preguntó. —Nada, Dani. Aún no pasa. Sucederá mañana. En este mismo lugar. —¡Oh, Dani, no me digas que...! —Sí, princesa, me estaba buscando, cuando lo vi entrar salí del bar por la parte de atrás. Entonces todo se puso patas arriba y vi... Me encontrará mañana y... Le conté sobre la pelea, omití varios detalles dolorosos. Ella me escuchó, nerviosa. Me puse el cinturón de seguridad mientras ella aferraba el volante sin animarse a partir. Me abrazó y lloró en silencio. Me dijo: —Tienes que irte. Vámonos juntos, es la única manera. —No podremos, yo tengo diecisiete y tú, dieciséis. Nuestros padres nos traerían de vuelta. Y él nos encontraría tarde o temprano. Debemos... Era tan compresiva. El único ser en el mundo que me entendía. Mis padres me pidieron una vez que ocultara mi maravillosa facultad. Estoy seguro de que yo les horrorizaba. Me llevaron con todo tipo de doctores para curarme. Algunos intentaron ayudarme. Otros quisieron experimentar conmigo. Incluso me trataron con un curandero que me clavó unas agujas en la espalda. Cabe mencionar que con ello no mejoré ni un ápice. Aunque sí aprendí una cosa: no necesitaba de aquellos tratamientos. No estaba enfermo. Mi cualidad era prodigiosa, sin embargo el rechazo de la gente se haría presente en cuanto lo supieran. Por eso mantuve el secreto durante tantos años. Yo podía predecir hechos violentos antes de que estos ocurrieran. Pero había dos condiciones para que dicha habilidad se manifestara. Hacía catorce meses, yo caminaba por la avenida principal de mi distrito. No recuerdo qué hacía ahí. Solo sabía que tenía que recorrer la avenida palmo a palmo. Crucé la pista una vez, otra vez. Nada fuera de lo normal sucedía. De pronto... surgió un resplandor que me dejó ciego. Vi frente a mí pasar una movilidad escolar. Yo conocía a la conductora, ella estaba distraída, hablando por celular. De súbito, un auto le cerró el paso. La mujer hizo una mala maniobra y se estrelló contra un tercer vehículo que venía desde el carril contrario. Dicho automóvil transportaba balones de gas. La explosión lo cubrió todo. Incluso a mí. Abrí los ojos de golpe. Estaba gritando. Me hallaba en mitad

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de la calzada y un señor que avanzaba en su carro me increpó: «¡Chiquillo, sal de ahí, te voy a atropellar, carajo!» Solo había ocurrido dos veces antes. Cuando a los ocho años vi a mi abuelo caer de su silla de ruedas debido a un infarto que lo mató. Luego, a los once años, vi a un perro bravo escapar de una casa y saltar encima de un niño vecino de cinco años. La imagen era vívida. El rostro del pequeño era destrozado por los enormes colmillos del can. Aquella vez también grité. Siempre gritaba cuando aquellos sucesos tenían lugar. Las visiones eran raras. Pero yo me había dado cuenta de los factores que habían de intervenir para que la premonición funcionara: Debía estar en el lugar exacto donde el hecho tendría lugar. Necesitaba encontrarme ahí veinticuatro horas antes del incidente. Quizá un poco más, un poco menos. Pero tenían que ser alrededor de veinticuatro horas previas. Condiciones muy difíciles de cumplir porque resultaban ilógicas. Uno nunca sabía dónde iban a ocurrir los desastres. Por lo tanto, no tenía idea de cuándo y dónde debía ubicarme para poder preverlos. Cuando sucedió lo del abuelo mis padres no me hicieron caso. Luego, él murió y se dieron cuenta de que algo extraño pasaba conmigo. Debido a esto, mis progenitores sí me prestaron atención cuando tuvo lugar lo del perro. Y unos segundos antes de que el canino alcanzara al niño mi madre tomó a éste en sus brazos. Mi padre ahuyentó al can a golpes de martillo. Y cuando presentí lo del transporte escolar mis papás me ayudaron a avisarle a la conductora acerca del peligro que corría. Un día después de la fecha fatídica ella comentó a mi madre que había dejado el celular sonando por largo rato. Nunca contestó el aparato. Estaba impresionada por lo que le habían dicho mis padres. Jamás chocó. Ninguno de los catorce niños que viajaban con ella pereció. Y hoy... Hoy fui al bar a utilizar la máquina de videojuegos. En el local del viejo Jacinto servían licor a los menores de edad. Las leyes peruanas no llegaban hasta las afueras de la capital. Las normas eran quebrantadas siempre a lo largo y ancho de mi país. Cada quien hacía lo que quería. Era el terreno del más fuerte, un territorio mortal. Prueba de ello fue lo que el viejo Jacinto me dijo: —Alvin te está buscando. Dicen por ahí que te quiere partir en trocitos. ¡Ya ves! ¿Por qué te metes con su mujer? Intenté huir, entonces vi a mi adversario aproximarse al local con sus amigos. Tuve que salir por la puerta trasera hacia el enorme patio, junto al aparcamiento de autos. Fue allí, exactamente a las 9 y 03 minutos, cuando caí de rodillas, como fulminado por un rayo, y tuve la visión. —¿Qué ibas a decir, Andy? ¿Qué debemos hacer? Daniela manejaba el auto, llevándome a casa. Yo permanecía un poco atontado, sin embargo logré decirle:

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—Debemos enfrentar a nuestro enemigo. Yo debo enfrentarlo. —¡No, no lo hagas! Es una bestia. Por favor, no vengas mañana al bar. Ella detuvo el auto a un lado de la pista, junto a una calle poco concurrida. Soltó el volante y comenzó a sollozar. Mi mente se aclaró. La amaba. Era la única persona en el mundo a la cual le había contado mi secreto. Muchos han escuchado rumores sobre mí. Chismes acerca de mi premonición sobre el accidente de tránsito del año pasado. La conductora del transporte escolar se lo había contado a la directora del colegio. También al coronel de la policía. Ambos, padres de Alvin. Los rumores corrieron por todo el plantel; por ello murmuraban en contra mía. «Fenómeno». «¿Quién diablos te crees?». «No te juntes con nosotros, anormal». El único que se acercó a mí y me incluyó a su grupo fue Alvin. Pero lo hizo porque se sentía entusiasmado con mi virtud. Gracias a él ingresé al equipo de fútbol. A menudo me hacía preguntas sobre lo sucedido con la movilidad escolar, pero yo siempre lo negaba. Él deseaba que yo predijera algo en algún momento. Esperaba por un suceso extraordinario que nunca llegó. Lo único asombroso que nos pasó fue Daniela. Una mujer maravillosa que, sin querer, provocó la discordia entre ambos. Mi secreto era infranqueable. Si se hubiera sabido, todos se habrían burlado de mí. Tenían una mentalidad sucia. Eran unos animales. No eran como yo. Recuerdo sus voces y risas durante mi visión. Gozaban del cruel espectáculo que Alvin presentaba conmigo. No me hubieran entendido jamás, me habrían tratado peor que en aquella escena de haber sabido la verdad. Solo Daniela me comprendía. Me adoraba, yo lo sabía. Cuando se lo conté, se sorprendió, no obstante lo tomó con naturalidad. Me aceptaba tal como era. Como alguien especial. Como una persona que no necesitaba de la aprobación de los demás para vivir. Únicamente la necesitaba a ella. Y a mí mismo. —Te amo, Dani —le dije. Ella me rodeó con los brazos. Ya no lloraba. Yo añadí: —No te preocupes, todo saldrá bien. Tengo una sorpresa preparada para nuestro amigo. —¿En serio? —Ella me observó con un gesto de duda—. ¿Qué es lo que vas a hacer? —Será una sorpresa. Por favor, no me preguntes. Tú solo realiza tus actividades de mañana con normalidad, como las tenías planeadas. Ella lo pensó durante un minuto. Luego acarició mis cabellos y dijo: —De acuerdo, Andy. Te amo. Y me besó. Su pequeña lengua tocó la mía y me sentí dichoso. Muy dichoso. Ya sabía lo que debía hacer. Tenía en mente un plan perfecto. Alvin se llevaría la sorpresa de su vida. El futuro, por más trágico que fuese, era susceptible de cambio. Ya lo había comprobado dos veces. Mañana también se modificaría todo. No sería mi ex-amigo

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quien triunfara. Sería yo. Le escupiría, le patearía, le obligaría a morder el polvo. Yo a él. El tonto sangraría como un cerdo y rogaría. Claro que lo haría. Mi padre tenía una ferretería propia y yo tendría a la mano lo necesario para poner mi plan en marcha. El destino hizo que me hallara en el lugar y a la hora indicados. Le demostraría al mundo quién era Andrés Matamoros. Soy especial. Es poco más de las 9 y 50 de la noche. Le diré a Daniela que me lleve ahí. No se negará, el lugar se encuentra cerca. Además no me tomará mucho tiempo. Estoy ansioso por volver a la parte trasera del bar y ver cómo terminará todo. Será una visión agradable.

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Interior 11: Melissa Lozada

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Informe de Inteligencia Daniel Salvo Queridos Hermanos, se acerca la fecha de conmemoración del tricentenario de la Independencia de la mayoría de países de esta región, América del Sur, y las perspectivas no son halagüeñas. No hay ánimo de celebración en la gente. Y es algo que nos causa mucha extrañeza. Nunca antes en su historia, los moradores del continente sudamericano han gozado de tan elevado nivel de vida. Esto puede comprobarse estadísticamente. Desde hace ya buen tiempo, se han abolido taras como las guerras, el analfabetismo, la desnutrición, el exceso de nacimientos y muchas enfermedades. Incluso se han incorporado mejoras genéticas en la población que tienden a incrementar su calidad de vida. Desde el punto de vista cultural, no vemos razón por la cual la gente pueda manifestar mayor descontento. Se les permite mantener sus creencias religiosas, hablar los idiomas que les plazca, leer los libros que quieran, incluso aquellos que alguna vez estuvieron prohibidos. Pueden viajar adonde deseen. En suma, la población de América del Sur tiene mucho qué celebrar en este tricentenario. Sin embargo, hemos tomado conocimiento de que se alista una protesta muda. No saldrán a las calles, no oirán música, no prepararán comidas especiales. Nadie reirá el día del tricentenario. Lo que nos lleva a proponer, nuevamente, un tratamiento genético que genere en la gente un sentimiento de euforia activado por la fecha del calendario que corresponde al centenario de la Independencia. Dado que los efectos del tratamiento genético sólo pueden manifestarse en las siguientes generaciones, recién podremos contar con una adecuada celebración dentro de cien años, es decir, en el cuatricentenario. En cambio, el tricentenario, conforme a lo informado por el servicio de inteligencia, transcurrirá sin mayores fastos. No importa. Igual nosotros, los Hermanos Mayores (no sé por qué nos siguen llamando extraterrestres, si hace tanto tiempo que vivimos en la Tierra) sabemos esperar.

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Interior 12: Antonio Migliori

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Un crudo infierno Tanya Tynjälä Y sucedió. Lo que parecía imposible, lo que todos se resistían a creer. ¡Total! Para qué preocuparse con algo que sólo sucede en las películas de cienciaficción. Sin embargo sucedió. Cuando nadie lo esperaba: el invierno nuclear dicen que se llama. Desde hace quince días miro caer la nieve ante mi ventana. Ignoro la temperatura exterior, el termómetro está roto, sólo baja hasta –50º. Ayer descendí a la lavandería y no pude evitar mirar hacia la puerta de entrada del edificio. Está completamente bloqueada. Ya nadie puede salir. Por suerte éste es un país acostumbrado al frío. La infraestructura sigue funcionando sin problemas: las lunas con triples cristales, las paredes rellenas de un material aislante y contra incendios, la cocina eléctrica pero sobre todo la calefacción y el agua caliente que es verdad ahora sale tibia. Soportaremos hasta que se encuentre una solución. ¿Se encontrará una solución? Sí, ni dudarlo. Si el ser humano fue capaz de provocar esta situación, entonces tiene la capacidad de revertirla. Aunque para algunos ya sea demasiado tarde... Pienso en mi familia, allá en el Caribe; en esa moderna ciudad costera creada especialmente para turistas, llena de estereotipadas palmeras y música “tropical”. Allá ni pensar en calefacción, ni siquiera en agua caliente ¿Para qué? Si no es necesario. Cuando la temperatura baja a trece grados, nos morimos de frío... Nos morimos de frío... Espero que todo haya sido muy rápido, que no hayan sufrido mucho. No debe ser agradable morirse de frío. A veces me ataca la loca idea de que quizá han logrado sobrevivir. Mi marido dice que eso es imposible, que es casi seguro que todos han muerto en los países más cálidos, que sin la infraestructura adecuada el frío es mortal... Pero si quizá lograron protegerse de alguna forma... por eso hasta ahora no he llorado sus muertes, aunque hable de ellos como si estuviese segura que nunca más los volveré a ver. Supongo que la mayoría de la gente debe estar como yo, sin saber exactamente qué sucedió, sólo que por algún extraño motivo el arsenal nuclear que muchos países decían no tener, detonó al mismo tiempo. Se habla de terrorismo, de accidente, de… ¿Y qué importa eso ahora? Solo nos queda tratar de sobrevivir.

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Somos libres.

Felizmente yo estoy en mi casa, a salvo, con todo lavado, pulido, encerado, cocido, pintado, planchado, inclusive más de una vez en estos mortalmente aburridos quince días. La calefacción me protege, aunque se puede sentir algo de frío al acercarse a la ventana, pero nada que temer, un poco de ropa extra y solucionado el problema. Además tengo comida como para casi un año, pues estoy sola en casa. ¡Y pensar que siempre me molestaba las visitas de mi suegra que me llenaba el congelador con sus conservas hechas en casa! Ahora bendigo su costumbre de congelarlo todo en verano, para poder luego disfrutarlo durante el resto del año. Diariamente planeo un fabuloso menú, eso me ocupa un poco la mente... aunque al final nunca hago nada especial, sólo descongelo lo primero que me cae en las manos y me lo como, tal cual: sin sal, sin pimienta, sin compañía, no me provoca cocinar para mí sola. Mi marido estaba trabajando y mis hijas, en la escuela la mayor y en la guardería la menor, cuando comenzó a caer la nieve. Algunas personas fueron a buscar rápidamente a sus hijos cuando todo empezó. Yo no pude. Tuve miedo de salir. Si lo hubiese hecho, ahora se encontrarían en casa conmigo, quizá. Desde el inicio (aún puedo escuchar las sirenas retumbando en mis oídos) se aconsejó a las personas quedarse en donde estaban o entrar a un lugar cerrado de inmediato pues el frío era letal. Los medios de transporte simplemente se congelaron, la única manera de movilizarse era a pie. Dicen que muchos no llegaron a la escuela en donde se encontraban sus hijos, otros murieron junto a ellos al tratar de volver a casa. Dicen... ¿Quién dice? En realidad, los primeros tres días podía ver desde mi ventana los cadáveres congelados de algunas personas, de algunas madres abrazando a sus hijos, tratando de transmitirles la última gota de calor que aún quedaba en sus cuerpos. Quizá es mejor saber que toda la familia que me queda está viva. Aunque me preocupa un poco su higiene. De la pequeña no, en la guardería siempre tiene ropa de recambio. De mi marido y de mi mayor sí. ¿Quién va a llevar ropa extra al trabajo o a la escuela secundaria, sobre todo en verano? Me apena un poco verlos tan desaliñados cuando los llamo. Por eso tampoco me gusta ver las informaciones, que sólo pasan dos veces al día. (Hay que ahorrar toda la energía que se pueda). El rostro sin maquillaje y el pelo sucio de la presentadora que sin embargo sigue sonriendo dignamente, me deprime. Las tres de la tarde, es mi turno para comunicarme con mi hija menor. Tomo el teléfono y de inmediato su rostro ilumina la pantalla. —Aló, ¿Mamá? —Sí, mi amor ¿Cómo estás? —¿Cuándo vienes a buscarme? —No puedo mi vida, ya lo sabes. ¿Has comido toda tu sopa?

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—Sí... ¿Cuándo vienes a buscarme? No puedo seguir, se me quiebra la voz al verla llorar.¿Qué puede entender una niña de tres años sobre esta absurda situación? —Quiero ir a casa. —Ya sé, mi vida. Yo también quiero que vengas a casa. Pásame con Magalys, por favor. El rostro cansado pero amable de la directora de la guardería reemplaza al de mi hija. —Es difícil, sé que es difícil – Me dice al verme secar unas lágrimas. —Dime, ¿Está comiendo bien? —Tú sabes lo majadera que es para comer. Extraña mucho la casa. En realidad todos los niños están iguales. Por suerte parece que están a punto de encontrar una solución, lo escuché hoy en las informaciones. Mientras tanto, no te preocupes, aquí la calefacción funciona muy bien y tenemos comida como para seis meses. Dicen que en máximo dos meses encontrarán la manera de arreglar esto. Me despido, nuevamente estoy sola. Debo esperar el turno de mi hija mayor para llamarme y luego esperar el turno para hablar con mi marido. Quisiera poder conversar largamente con todos, pero el uso de los medios de comunicación está restringido, todos tienen familia en algún lado y todos los políticos y científicos del mundo tienen la prioridad para comunicarse entre ellos. Y los teléfonos no deben parar de sonar, y las computadoras deben utilizarse, como si la esperanza se hallase en algún lugar de la red. ¿Harán trampa? ¿Llamarán a sus familias cuando se supone que deban hablar con ese especialista en cambio climático que seguro sí sabe cuál es la solución? También son humanos, se les perdonaría una flaqueza así. Pero no sé, no sé. En sus manos está salvar el mundo, o lo que queda de él. Y mientras tanto debo contentarme con los tres minutos diarios que tengo para hablar con mis hijas, con mi marido, que no hace trampa, que corta justo, a los tres minutos, cuando yo quisiera poder... El trabaja para el gobierno, para uno de los pocos que quizá quedan en el mundo además, no debe ser fácil en estos momentos. Ayer me comentó que pronto se recortaran aún más las comunicaciones, para ahorrar energía. No dijo nada sobre una solución, es extraño. Quizás está trabajando tan duro el pobre, quizá se le olvidó decírmelo. Porque si hay una solución, él sería uno de los primeros en enterarse... o no. ¿Qué tan importante es su trabajo? Nunca me preocupé por saber qué tipo de trabajo exactamente hace, mientras podíamos vivir económicamente bien... Ahora las prioridades han cambiado, inclusive para una simple ama de casa como yo.

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Si Dios quiere, si no se ha olvidado de nosotros, si aún existe, si no ha muerto congelado, entonces dentro de dos meses... Pero mi marido no me comentó nada ¿Y si sólo se informó de una solución para tranquilizar a la gente? ¿Y si nada sucede? Quizá debamos acostumbrarnos a la idea y salir a pesar del frío. ¿Acaso los esquimales no lo hacen? Algún tipo de ropa debe ser capaz de protegernos. Pero, cómo salir. La nieve sigue cayendo, debe haber por lo menos cuatro metros afuera ¿Quién limpiará toda esa nieve? Estamos, bloqueados, atrapados dentro de nuestras casas, ellos también deben estarlo. Si por lo menos la nieve dejara de caer... ¿Qué pasará si no encuentran una solución rápido? ¿Y si me acaba la comida? ¿Querrán mis vecinos compartir conmigo? Si a ellos se les acaba la comida, supongo que se comerán a su perrito, pero yo ni canario tengo. Me río, se me ocurre una solución morbosa. ¡Lo que consigue hacer pensar el aburrimiento! Si se me acaba la comida, no tendría más remedio que comerme a mis vecinos. Por suerte para mí la mayoría son ancianos y no opondrán mucha resistencia, si no fuera así, yo podría ser la devorada. Me imagino bajando las escaleras con un gran cuchillo de cocina escondido en mis espaldas y tocando la puerta de los gentiles ancianitos que siempre me han dado la mano en todo, desde abrir la puerta cuando olvido la llave, hasta sacarme de apuros como improvisados babysitters... ahora me darían más que la mano. —¿Quién es? (Pregunta absurda, ahora que nadie puede ir a visitar a nadie. ¡Sólo puede ser un vecino! ¡Ah, sí! Somos varios vecinos, entonces...) ¿Quién es? —Soy la vecina del 7, quisiera (comerte mejor, ni hablar. Mejor pienso en otra excusa.) un poco de azúcar (¡Qué excusa más trivial! El frío me congela la imaginación). Abre la puerta y le salto al cuello. Su marido trata de ayudarla, estupendo. Literalmente dos pájaros de un solo tiro. De pronto paro en seco de reír. Si no encuentran una solución y si la comida se acaba, realmente tendríamos que comernos entre nosotros. Los adultos sobreviviríamos a la cacería un tiempo, pero ¿los niños? ¿y mis hijas? La mayor es fuerte y lista, seguro que hasta conseguiría comerse a uno que otro profesor... antes de ser comida. ¿Y mi pequeñita? Los niños pequeños seguro serían las primeras víctimas del hambre, tan indefensos, tan confiados en que los adultos saben lo que es mejor ¡Miren lo que hicieron los adultos con el mundo! Si no encuentran una solución antes que se acabe la comida o si nunca la encuentran, entonces la carnicería ya no sería una broma, sino una realidad, una cruel realidad... Quizá... Ahora mismo, las personas que se quedaron encerradas en algún supermercado libran una feroz batalla para quitarse la comida de la boca; tan sucios y cansados por tener que dormir en el suelo. ¿Y los que se encontraban en una joyería o en una tienda de muebles? ¿Ya se habrán comido entre ellos? Golpeo el vidrio de mi ventana y lloro. Lloro por toda esta nieve que cae sin parar. Lloro porque en el fondo sé que mis padres y hermanos están muertos. Lloro porque quizá sean los más afortunados. Lloro por los que están encerrados sin comida y que están

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luchando por sobrevivir. Lloro por los que estamos dentro de nuestras casas, viéndonos morir cada día un poco más. Por mis vecinos encerrados en sus tumbas de cuatro habitaciones, ellos que pensaron que terminarían sus días bronceándose en España. Lloro porque ni siquiera me queda el consuelo de morir junto a mi familia. Lloro por tener que hablar con mis hijas como si nada pasara, fingiendo que hay una solución a la vuelta de la esquina. Lloro porque quizá no la hay. Lloro porque nunca pensé que el infierno fuese tan blanco y frío.

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Interior 13: Piero Quijano

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Un peruano con Gagarín Gustavo Valcárcel Carnero Eran los primeros días del mes de enero de 1966, había pasado solamente mes y medio de mi arribo. Hacía un frío insoportable en las calles, porque dentro de las edificaciones se podía caminar sin abrigos, gracias a los calentadores a vapor. Moscú estaba cubierto con un bello manto de nieve. Los copos blancos venían suaves desde el cielo. Eran como las 3 de la tarde cuando escuché la noticia en la Universidad Amistad de los Pueblos Patricio Lumumba, que Yuri Gagarin estaría en La Casa de la Amistad, ubicada en el centro de la ciudad, a eso de las 5 pm. Él era mi gran ídolo desde que asombró al mundo con la primera vuelta que un ser humano había dado a la Tierra. Eso fue el 12 de abril de 1961 en la nave Vostok 1. El único mamífero que le había precedido en el cosmos había sido la perrita Laika. Yo había llevado -desde Perú- un libro impreso por mis padres en edición popular, sobre la vida de este primer cosmonauta soviético y soñaba con entregárselo en algún momento de mi estadía (6 años), porque constituiría un significativo acontecimiento en mi vida. Nunca imaginé que la oportunidad tocaría la puerta de mi corazón tan prestamente. Fui a mi cuarto a sacar el libro de la maleta. Salí vestido como esquimal para rogarle a cualquier latino que me lleve a aquel lugar. Era muy conocido. Estaba en el centro de la ciudad, pero yo no tenía la menor idea de cómo desplazarme, aún no leía en ruso y menos lo hablaba. El encuentro con el cosmonauta era, para mí, sumamente expectante. Miraba por todos lados buscando un rostro conocido, mientras avanzaba por los extensos pasadizos de la universidad, que era un antiguo cuartel de la época de los zares. Se cruzó un connacional, bonachón de pies a cabeza, Fernando Caller, excelente traductor, casado con una bella e inteligente rusita. Le pedí que me acompañara a la Casa de la Amistad para cumplir con mi sueño. Él accedió gustosamente y nos embarcamos en tranvía y, luego, en trolebús. Tengo grabado el rostro de Fernando y su alegría por darme gusto. En el fondo también estaba contagiado de la emoción que se me desbordaba por la mirada y el acelerado palpitar de un corazón al borde de la taquicardia. Rogaba que lo alcanzáramos. El reloj había pasado las 5 de la tarde hacía buen rato. Al arribar al lugar, efectivamente, había una ceremonia de presentación oficial del querido Yuri Gagarin ante jóvenes estudiantes extranjeros en Moscú. Él estaba sentado al costado izquierdo del escenario, tras una mesa vestida de mantel verde con la bandera roja de la URSS al centro. Los números artísticos transcurrían en el escenario y Fernando no tenía la más mínima intención de moverse de la butaca. Le decía en voz baja... “¿a qué hora vamos al estrado?”. Me miraba incrédulo y me contestaba con tono dubitativo... “¡Espera un ratito!”. Así se me iban los minutos, uno tras otro, hasta que llegó el final de la ceremonia. El ilustre invitado ya había contado su experiencia en el cielo antes de que llegáramos nosotros. El Director de “La Casa de la Amistad” agradeció a los asistentes...

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Yuri se paró para retirarse, miré a Fernando coléricamente y me levanté del asiento sin decirle nada. Con grandes zancadillas llegué al tabladillo, pasando por los distraídos cordones de seguridad. Con mi librito en la mano no sabía qué hacer o decir al centro del estrado. El público ya se retiraba entre murmullos y aplausos para Yuri. Atiné a acercarme al micrófono y balbuceé las pocas palabras en ruso que me había aprendido. Se hizo silencio, me flanquearon un par de gigantones guardaespaldas y yo me “defendí” levantando el libro con la portada donde estaba el rostro de Gagarin con su casco de cosmonauta y me solté hablando en español. En un instante me encontré frente a frente con Gagarin. Recuerdo que se me acercó el Director, preguntó por mi nombre, país y qué quería. Le expliqué mi propósito y lo tradujo al ruso, para Yuri y el público presente. El cosmonauta, de baja estatura, algo gordito, siempre sonriente, con rostro amable, me miraba esperando algunas palabras, pero el silencio de la emoción frente a él se sumó a mi mudez endurecida de un momento a otro. Felizmente Fernando, despeinado por el trajín inesperado, me siguió y tradujo un inicial saludo protocolar que terminó con un cálido apretón de manos a mi ídolo de la adolescencia. Sus cortos dedos redondeados fueron atrapados por los míos, largos y delgados (en ese entonces), pero muy firmes. Sacudón de brazos, como si la amistad nuestra fluyera desde antaño. Su personalidad contagiante me envolvió de alegría infinita. Fotos fueron y vinieron y este recuerdo quedará conmigo paseando por el éter imperecedero hasta que le de el alcance uno de estos días de sol y primavera. Su prematuro fallecimiento impactó mi vida. Ocurrió al año siguiente de haberlo conocido, en marzo de 1968, cuando volando un avión Mig perdió el control de éste por la conjunción de fallas técnicas, error humano y brusco cambio meteorológico, para chocar frontalmente contra la tierra. Un hueco de 6 metros de profundidad marcó el lugar de su tragedia y la de su instructor. Hoy se yergue en el lugar un monolito sobre un pasto estepario. Las especulaciones de la prensa extranjera por desprestigiarlo tuvieron alguna acogida. “Había que derrotarlo de alguna manera, aunque sea ya muerto”, sería el pensamiento nefasto de quienes no pudieron hacerlo en el campo de la astronáutica. Ahora, han pasado 40 años y de las huellas de un instante de mi juventud con él, sólo queda en esta imborrable foto. Lima, 03 de junio del 2012.

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Somos libres.

Interior 14: Judith Vergara

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Somos libres. Los caynas César Vallejo

Luis Urquizo lanzó una carcajada, y, tragándose todavía las últimas pólvoras de risa, bebió ávidamente su cerveza. Luego, al poner el cristal vacío sobre el zinc del mostrador, lo quebró, vociferando: –¡Eso no es nada! Yo he cabalgado varias veces sobre el lomo de mi caballo que caminaba con sus cuatro cascos negros invertidos hacia arriba. ¡Oh, mi soberbio alazán! Es el paquidermo más extraordinario de la tierra. Y más que cabalgarlo así sorprende, maravilla, hace temblar de pavor el espectáculo en seco, simple y puro de líneas y movimientos que ofrece aquel potro cuando está parado, en imposible gravitación hacia la superficie inferior de un plano suspendido en el espacio. Yo no puedo contemplarlo así, sin sentirme alterado y sin dejar de huir de su presencia, despavorido y como acuchillada la garganta. ¡Es brutal! Parece entonces una gigantesca mosca asida a una de esas vigas desnudas que sostienen los techos humildes de los pueblos ¡Eso es maravilloso! ¡Eso es sublime! ¡Irracional! Luis Urquizo habla y se arrebata, casi chorreando sangre el rostro rasurado, húmedos los ojos. Trepida; guillotina sílabas, suelda y enciende adjetivos; hace de jinete, depone algunas fintas; conifica en álgidas interjecciones las más anchas sugerencias de su voz, gesticula, iza el brazo, ríe: es patético, es ridículo: sugestiona y contagia en locura. Después dijo: –Me marcho– Y corriendo, saltó el dintel de la taberna y desapareció rápidamente –¡Pobre! –exclamaron todos–. Está completamente loco. Urquizo, en verdad, estaba desequilibrado. No cabía duda. Así lo confirmaba el curso posterior de su conducta. Aquel hombre continuó viendo las cosas al revés, trastrocándolo todo, a través de los cinco cristales ahumados de sus sentidos enfermos. Las buenas gentes de Cayna, pueblo de su residencia, hicieron de él, como es natural, blanco de cruel curiosidad y cotidiana distracción de grandes y pequeños. Años más tarde, Urquizo, por falta de cura oportuna, agravóse en forma mortal en su demencia, y llegó al más truculento y edificante diorama del hombre que tiene el triángulo de dos ángulos, que se muerde el codo, que ríe ante el dolor, y llora ante el placer: Urquizo llegó a errar allende las comisuras eternas, a donde corren a agruparse, en son de armonía y plenitud, los siete tintes céntricos del alma y del color. Por entonces, yo le encontré una tarde. Desde que le avisté, pocos pasos antes de cruzarnos, despertóse en mí desusada piedad hacia aquel desgraciado, que, por lo demás, era primo mío en no sé qué remota línea de consanguinidad materna; y, al cederle la vereda, saludándole de paso, tropecéme en uno de los baches de la empedrada calle, y fui a golpear con el mío un antebrazo del enfermo. Urquizo protestó colérico:

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–¡Quía! ¿Está usted loco? La exclamación sarcástica del alienado me hizo reír; y más adelante fue ella motivo de constantes cavilaciones en que los misterios de la razón se hacían espinas, y empozábanse en el cerrado y tormentoso círculo de una lógica fatal, entre mis sienes. ¿Por qué esa forma de inducción para atribuirme la descompaginación de tornillos y motores que sólo en él había? Este último síntoma, en efecto, traspasaba ya los límites de la alucinación sensorial. Esto era ya más trascendental, sin duda, desde que representaba, nada menos que un raciocinio, un atar de cabos profundos, un dato de conciencia. Urquizo debía, pues, creerse a sí mismo en sus cabales; debía de estar perfectamente seguro de ello, y, desde este punto de vista suyo, era yo, por haberle golpeado sin motivo, el verdadero loco. Urquizo atravesaba por este plano de juicio normal que se denuncia en casi todos los alienados; plano que, por su desconcertante ironía, hiere y escarnece los riñones más cuerdos, hasta quitarnos toda rienda mental y barrer con todos los hitos de la vida. Por eso, la zurda exclamación de aquel enfermo clavóse tanto en mi alma y todavía me hurga el corazón. Luis Urquizo pertenecía a una numerosa familia del lugar. Era, por infortunado, muy querido de los suyos, quienes le prestaban toda suerte de cuidados y amorosa asistencia. Un día se me notificó una cosa terrible. Todos los parientes de Urquizo, que convivían con él, también estaban locos. Y todavía más. Todos ellos eran víctimas de una obsesión común, de una misma idea, zoológica, grotesca, lastimosa, de un ridículo fenomenal; se creían monos, y como tales vivían. Mi madre invitóme una noche a ir con ella a saber del estado de los parientes locos. No encontramos en la casa de éstos sino a la madre de Urquizo, quien cuando llegamos, se entretenía en hojear tranquilamente un cartapacio de papeluchos, a la luz de la lámpara que pendía en el centro de la sala. Dado el aislamiento y atraso de aquel pueblo, que no poseía instituciones de beneficencia, ni régimen de policía, esos pobres enfermos de la sien salían cuando querían a la calle; y así era de verlos a toda hora cruzar por doquiera la población, introducirse a las casas, despertando siempre la risa y la piedad en todos La madre de los alienados, apenas nos divisó, chilló agudamente, frunció las cejas con fuerza y con cierta ferocidad, siguió haciéndolas vibrar de abajo arriba varias veces, arrojó luego con mecánico ademán el pliego que manoseaba; y, acurrucándose sobre la silla, con infantil rapidez de escolar que se enseria ante el maestro, recogió los pies, dobló las rodillas hasta la altura del nacimiento del cuello, y, desde esta forzada actitud, parecida a la de las momias, esperó a que entrásemos a la casa, clavándonos, cabrilleantes, móviles, inexpresivos, selváticos, sus ojos entelarañados que aquella noche suplantaban asombrosamente a los de un mico. Mi madre asióse a mí asustada y trémula, y yo mismo sentíme sobrecogido de espeluznante sensación de espanto. La loca parecía furiosa

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Pero no. A la brusca claridad de la cercana lámpara, distinguimos que aquella cara extraviada, bajo la corta cabellera que le caía en crinejas asquerosas hasta los ojos, empezaba luego a fruncirse y moverse sobre el miserable y haraposo tronco, volviéndose a todos lados, como solicitada por invisibles resortes o por misteriosos ruidos producidos en los ferrados barrotes de un parque. La loca, después, como si prescindiera de nosotros, empezó a rascarse y espulgarse el vientre, los costados, los brazos, triturando los fantásticos parásitos con sus dientes amarillos. De breve en breve chillaba largamente, escrutaba en torno suyo y aguaitaba a la puerta, como si no nos advirtiera. Madre, transcurridos algunos minutos de expectación y de miedo, hízome señas de retroceder, y abandonamos la casa. De esta lúgubre escena hacía veintitrés años cumplidos, cuando después de haber vivido, separado de los míos durante todo aquel tracto de tiempo, por razón de mis estudios en Lima, tornaba yo una tarde a Cayna, aldea que, por lo solitaria y lejana era como una isla allende las montañas solas. Viejo pueblo de humildes agricultores, separado de los grandes focos civilizados del país por inmensas y casi inaccesibles cordilleras, vivía a menudo largos períodos de olvido y de absoluta incomunicación con las demás ciudades del Perú. Debo llamar la atención hacia la circunstancia asaz inquietante de no haber tenido noticias de mi familia, en los seis últimos años de mi ausencia. Mi casa estaba situada casi a la entrada de la población. Un acanelado poniente de mayo, de esos dulces y cogitabundos ponientes del oriente peruano, abríase de brazos sobre la aldea que no sé por qué tenía a esa hora, en su soledad y abandono exteriores, cargado olor a desventura, tenaz aire de lástima. Tal una roña de descuido y destrucción inexplicable rezumaba de todas partes. Ni un solo traseúnte. Y apenas crucé las primeras esquinas, opacáronse mis nervios, golpeados por una súbita impresión de ruina; y sin darme cuenta, estuve a punto de llorar. El portón lacre y rústico de la mansión familiar apareció abierto de par en par. Descendí de la cabalgadura, y, jadeante de lacerada ternura, torpe de presagiosa emoción, hablando al sudoroso lento animal, avancé zaguán adentro. Inmediatamente, entre el ruido de los cascos, despertáronse en el interior destemplados gritos guturales, como de enfermos que ululasen en medio del delirio y la fatiga. No podré ahora precisar la suerte de pétreas cadenas que, anillándose en mis costados, en mis sienes, en mis muñecas, en mis tobillos, hasta echarme sangre, mordiéronme con fieras dentelladas, cuando percibí aquella especie de doméstica jauría. La antropoidal imagen de la madre de Urquizo surgió instantáneamente en mi memoria, al mismo tiempo que invadíame un presentimiento tan superior a mis fuerzas que casi me valía por una aciaga certeza de lo que, breves minutos después, había de dar con todo mi ser en la tiniebla A toda voz llamé casi gimiendo. Nada. Todas las puertas de las habitaciones estaban, como la de la calle, abiertas hasta el tope. Solté la brida de mi caballo, corrí de corredor en corredor, de patio en patio, de aposento en aposento, de silencio en silencio; y nuevos gruñidos detuviéronme por fin,

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delante de una gradería de argamasa que ascendía al granero más elevado y sombrío de la casa. Atisbé. Otra vez se hizo el misterio. Ninguna seña de vida humana; ni un solo animal doméstico. Extrañas manos debían de haber alterado, con artimañoso desvío del gusto y de todo sentido de orden y comodidad, la usual distribución de los muebles y de los demás enseres y menaje del hogar. Precipitadamente, guiado por secreta atracción, salté los peldaños de esa escalera; y, al disponerme a trasponer la portezuela del terrado, la advertí franca también. Detúvome allí inexplicable y calofriante tribulación; dudé por breves segundos, y, favorecido por los destellos últimos del día, avizoré ávidamente hacia adentro. Rabioso hasta causar horror, desnaturalizado hasta la muerte, relampagueó un rostro macilento y montaraz entre las sombras de esa cueva. Enristrando todo mi coraje –¡pues que ya lo suponía todo, Dios mío!– me parapeté junto al marco de la puerta y esforcéme en reconocer esa máscara terrible. ¡Era el rostro de mi padre! ¡Un mono! Sí. Toda la trunca verticalidad y el fácil arresto acrobático; todo el juego de nervios. Toda la pobre carnación facial y la gesticulación; la osamenta entera. Y, hasta el pelaje cosquilleante, ¡oh la lana sutilísima con que está tramada la inconsútil membrana de justo, matemático espesor suficiente que el tiempo y la lógica universal ponen, quitan y trasponen entre columna y columna de la vida en marcha! –Khirrrrr.... Khirrrrr....– silbó trémulamente. Puedo asegurar que por su parte él no me reconocía. Removióse ágilmente, como posicionándose mejor en el antro donde ignoro cuando habíase refugiado; y, presa de una inquietud verdaderamente propia de un gorila enjaulado, ante las gentes que lo observan y lo asedian, saltaba, gruñía, rascaba en la torta y en el estucado del granero vacío, sin descuidarse de mí ni por un solo momento, presto a la defensa y al ataque. –¡Padre mío!– rompí a suplicarle, impotente y débil para lanzarme a sus brazos. Mi padre entonces depuso bruscamente su aire diabólico, desarmó toda su traza indómita y pareció salvar de un solo impulso toda la noche de su pensamiento. Deslizóse en seguida hacia mí, manso, suave, tierno, dulce, transfigurado, hombre, como debió de acercarse a mi madre el día en que se estrecharon tanto y tan humanamente, hasta sacar la sangre con que llenaron mi corazón y lo impulsaron a latir a compás de mis sienes y mis plantas. Pero cuando yo ya creía haber hecho la luz en él, al conjuro milagroso del clamor filial, se detuvo a pocos pasos de mí, como enmendándose allá, en el misterio de su mente enferma. La expresión de su faz barbada y enflaquecida fue entonces tan desorbitada y lejana, y, sin embargo, tan fuerte y de tanta vida interior, que me crispó hasta hacerme

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doblar la mirada, envolviéndome en una sensación de frío y de completo trastorno de la realidad. Volví, no obstante, a hablarle con toda vehemencia. Sonrió extrañamente. –La estrella...– balbuceó con sorda fatiga. Y otra vez lanzó agrios chillidos. La angustia y el terror me hicieron sudar glacialmente. Exhalé un medroso sollozo, rodé la escalinata sin sentido y salí de la casa. La noche había caído del todo. ¡Es que mi padre estaba loco! ¡Es que también él y todos los míos creíanse cuadrumanos, del mismo modo que la familia de Urquizo! Mi casa habíase convertido, pues, en un manicomio. ¡El contagio de los parientes! ¡Sí; la influencia fatal! Pero esto no era todo. Una cosa más atroz y asoladora había acontecido. Un flagelo del destino; una ira de Dios. No sólo en mi hogar estaban locos. Lo estaba el pueblo entero y todos sus alrededores. Una vez fuera de la casa, echéme a caminar sin saber adónde ni con qué fin, padeciendo aquí y allá choques y cataclismos morales tan hondos que antes ni después los ha habido semejantes que abatieran más mi sensibilidad. Las calles tenían aspecto de tapiados caminos. Por doquiera que salíame al paso algún transeúnte, saltaba en él fatalmente una simulación de antropoide, un personaje mímico. La obsesión zoológica regresiva, cuyo germen primero brotara tantos años ha en la testa funámbula de Luis Urquizo, hablase propagado en todos y cada uno de los habitantes de Cayna, sin variar absolutamente de naturaleza. A todos aquellos infelices les había dado por la misma idea. Todos habían sido mordidos en la misma curva cerebral. No conservo recuerdo de una noche más preñada de tragedia y bestialidad, en cuyo fondo de cortantes bordes no había más luz que la natural de los astros, ya que en ninguna parte alcancé a ver luz artificial. ¡Hasta el fuego, obra y signo fundamentales de humanidad, había sido proscrito de allí! Como a través de los dominios de una todavía ignorada especie animal de transición, peregriné por ese lamentable caos donde no pude dar, por mucho que lo quise y lo busqué, con persona alguna que librado hubiérase de él. Por lo visto, había desaparecido de allí todo indicio de civilidad. Muy poco tiempo después de mi salida, debí de haber tornado a mi casa. Advertíme de pronto en el primer corredor. Ni un ruido. Ni un aliento. Corté la compacta oscuridad que reinaba, crucé el extenso patio y di con el corredor de enfrente. ¿Qué sería de mi padre y de toda mi familia? Alguna serenidad tocó mi ánima transida. Había que buscar a todo trance y sin pérdida de tiempo a mi madre, y verla y saberla sana y salva y acariciarla y oírla que llora de ternura y que gozo al reconocerme, y rehacer, a su presencia, todo el hogar deshecho.

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Había que buscar de nuevo a mi padre. Quizás, por otro lado, sólo él estaría enfermo. Quizás todos los demás gozarían del pleno ejercicio de sus facultades mentales. ¡Oh, sí, Dios mío! Engañado habíame, sin duda, al generalizar de tan ligero modo. Ahora caía en cuenta de mi nerviosidad del primer momento y de lo mal dispuesta que había estado mi excitable fantasía para haber levantado tan horribles castillos en el aire. Y aun ¿acaso podía estar seguro de la demencia misma de mi padre? Una fresca brisa de esperanza acaricióme hasta las entrañas. Franqueé, disparado de alegría, la primera puerta que alcancé entre la oscuridad, y, al avanzar hacia adentro, sin saber por qué, sentí que vacilaba, al mismo tiempo que, inconscientemente, extraía de uno de los bolsillos una caja de fósforos y prendía fuego. Escudriñaba la habitación, cuando oí unos pasos que se aproximaban por los corredores. Parecían atropellarse. La sangre desapareció del todo de mi cuerpo; pero no tanto que ello me obligase a abandonar la cerilla que acababa de encender. Mi padre, tal como le había visto aquella tarde, apareció en el umbral de la puerta, seguido de algunos seres siniestros que chillaban grotescamente. Apagaron de un revuelo la luz que yo portaba, ululando con fatídico misterio: –¡Luz! ¡Luz!... ¡Una estrella! Yo me quedé helado y sin palabra. Más, de modo intempestivo, cobré luego todas mis fuerzas para clamar desesperado: –¡Padre mío! ¡Recuerda que soy tu hijo! ¡Tú no estás enfermo! ¡Tú no puedes estar enfermo! ¡Deja ese gruñido de las selvas! ¡Tú no eres un mono! ¡Tú eres un hombre, oh, padre mío! ¡Todos nosotros somos hombres! E hice lumbre de nuevo. Una carcajada vino a apuñalarme de sesgo a sesgo el corazón. Y mi padre gimió con desgarradora lástima, lleno de piedad infinita. –¡Pobre! Se cree hombre. Está loco... La oscuridad se hizo otra vez. Y arrebatado por el espanto, me alejé de aquel grupo tenebroso, la cabeza tambaleante. –¡Pobre! –exclamaron todos– ¡Está completamente loco!...

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–Y aquí me tienen ustedes, loco– agregó tristemente el hombre que nos había hecho tan extraña narración. Acercósele en esto un empleado, uniformado de amarillo y de indolencia, y le indicó que le siguiera, al mismo tiempo que nos saludaba, despidiéndose de soslayo: –Buenas tardes. Le llevo ya a su celda. Buenas tardes. Y el loco narrador de aquella historia, perdióse lomo a lomo con su enfermero que le guiaba por entre los verdes chopos del asilo; mientras el mar lloraba amargamente y peleaban dos pájaros en el hombro jadeante de la tarde...

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Títulos de Edita El gato descalzo En nuestra biblioteca de e-books semana a semana encontrarás narrativa, poesía, novelas, ensayos, etc. 1. Mudanza obligada: Cuento, Colección Lo fantástico (4 de mayo). 2. Más sabe el Diablo por diablo: Cuento, Colección Lo fantástico (11 de mayo). 3. Alargoplazo. M i c r o f i c c i ó n: Selección de textos breves (18 de mayo). 4. Los sobrevivientes: Antología de Germán Atoche Intili, Liliana Chaparro, Julio Meza Díaz y Kevin Rojas Burgos, Colección Poesía (25 de mayo). 5. Infierno Gómez contra el Vampiro granja. Colección Lo fantástico (1 de junio).

matemático: Novela,

capítulo

1, La

6. Clase de Historia: Cuento de Daniel Salvo, Colección CF (8 de junio). 7. El abejorro negro: Relato de Max Castillo Rodríguez (15 de junio). 8. La señora M. y otras historias germinales: Textos de Sebastián Andrés Olave (22 de junio). 9. Infierno Gómez contra el Vampiro matemático: Novela, capítulo 2, La aldea. Colección Lo fantástico (6 de julio). 10. Blind mind: Cuento de Raúl Heraud. Colección Lo fantástico (13 de julio). 11. Somos libres. Antología de literatura fantástica y de ciencia ficción peruana: Diversos autores. Colección Lo fantástico / CF (20 de julio). 12. Recuerdas / Para no coger frío: Cuentos de Anna Lavatelli. Lanzamiento: 3 de agosto. y más...

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Datos de los autores

Adriana Alarco de Zadra (Lima). Crea cuentos y libros en español e italiano. También ha escrito obras de teatro y ha sido premiada por éstas. Fue presidenta de la Fundación Ricardo Palma (Consejo administrativo de la Casa Museo Ricardo Palma) desde el 2004 hasta el 2012. Actualmente vive en Italia. http://www.adrianaz.it

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Carlos Calderón Fajardo (Juliaca, 1946). Estudió filosofía en Viena, sociología en la PUCP e hizo su postgrado en Paris. Ha publicado 10 novelas (entre ellas una trilogía sobre la vampiro Sarah Ellen) y 4 libros de cuentos. Ha ganado el Premio Arguedas de cuento y en novela, Premio Ricardo Palma y Premio Gaviota roja, entre otros. También ha sido finalista de los premios Tusquets 2006 y Juan Rulfo en Radio France de Paris.

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Leopoldo de Trazegnies (Lima, 1941). Reside en Sevilla desde 1977. Administra la Biblioteca Virtual de Literatura, una moderna biblioteca alejandrina donde congrega una extensa serie de autores y títulos. Ha publicado los poemarios De las casas que nos poseyeron y que fuimos abandonando (que obtuvo Mención honrosa de la II Bienal de Poesía en Panamá 1972) y Versos del oriental (que obtuvo el Premio Acentor de poesía en 1982). Así mismo ha escrito textos como el presentado en esta antología, que forma parte de su libro Cuentos fantásticos.

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Gonzalo Del Rosario (Trujillo, 1986). Ha publicado Cuentos pa’ Kemarse (2008), Losocialystones (2010) y Mishky Stories (2011). También ha participado en el híbrido TVOUT (2009). Es licenciado en Educación con especialidad en Lengua y Literatura por la Universidad Nacional de Trujillo. Sus narraciones han ido saliendo en los fanzines, revistas y antologías, físicas y virtuales, nacionales e internacionales, que se lo permitieron. www.web-ad-ass.blogspot.com

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Yeniva Fernández (Lima). Licenciada en Bibliotecología por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha escrito el libro de cuentos Trampas para incautos (2009), que presentó en México en 2010. Ha sido antologada en Disidentes 1: nuevas narradoras peruanas (2011). Prepara un nuevo libro.

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Raquel Jodorowsky (Iquique, 1927-Lima, 2011). Escritora chilena-peruana que residió en Perú durante más de 50 años. Publicó alrededor de doce poemarios, entre ellos, Dimensión de los días (1950) y Chan-Chan, maga lunar & Nazca nacer (1992). Fue traducida al inglés, francés, italiano, hebreo y portugués. Su nombre aparece en el Diccionario Universal de Escritores, publicado en Londres. En microficción escribió Cuentos para cerebros detenidos. Con licencia de los superiores, libro aparecido en Buenos Aires en 1974.

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Sarko Medina, periodista de profesión, trabajó en varios medios de comunicación arequipeños (radio, impresos e internet). Ganador del primer premio del Concurso de Cuentos La Revista Fantástica en el año 2004. Ha publicado los e-books 33 minicuentos en familia y Palomas. Actualmente busca editorial para su primer libro de cuentos en papel: 10 cuentos Urbanos.

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Ruben Mesías Cornejo (Trujillo, 1973). Se considera un autodidacta en un autodidacta en dos disciplinas a las que ha dedicado su interés a lo largo de su vida: el ajedrez y la literatura. Empezó a escribir entre 1991-92 y fue un lector omnívoro. Sus textos de ciencia ficción han aparecido en diversos medios. Actualmente prepara un libro de cuentos.

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Pedro Félix Novoa Castillo (Lima, 1974). Escritor y catedrático. Recientemente ha obtenido el Premio Internacional de Novela Corta Mario Vargas Llosa. En 2011 publicó la novela Seis metros de soga. Ha sido antologado en obras de Chile, Argentina, Colombia, España y Perú. Ejerce la docencia universitaria en la Universidad de Ciencias y Humanidades.

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Juan Rivera Saavedra (Lima, 1930). Ha publicado 218 obras de teatro y más de 600 cuentos, guiones para televisión, libros de técnica literaria y dramática, artículos, poemas entre otros. La Wayne State University lo consideró el autor más distinguido y prolífico de América Latina. Entre otros ha escrito el libro Cuentos sociales de ciencia ficción (1976), que pronto será reeditado en una versión aumentada.

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Carlos Enrique Saldivar (Lima, 1982). Director de la revista Argonautas y del fanzine El horla, publicaciones de literatura fantástica. Seleccionado en el Primer Concurso de Microrrelatos Pluma, tinta y papel. Publicó Historias de ciencia ficción (2008), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro (2012). Tiene en prensa Infrarrojos: una selección de fantasía, terror y ciencia ficción. Forma parte del taller de creación literaria Los forjadores y del grupo Locus de escritores y seguidores peruanos de la literatura fantástica y similares. www.fanzineelhorla.blogspot.com

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Daniel Salvo (Ica, 1967). Estudió abogacía para ganarse la vida pero su vocación real es la enseñanza y la literatura de ciencia ficción. En 2002 inició la publicación de Ciencia Ficción Perú. Cuentos suyos han sido traducidos al inglés, alemán, chino, francés e italiano. Desde 2010 publica la columna Mundos imaginarios, los martes en el diario El Peruano. En 2012 publicó en Clase de historia (Edita El gato descalzo 6). www.cifiperu.blogspot.com

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Tanya Tynjälä (Callao). Escritora de ciencia ficción y fantasía. Ha publicado La ciudad de los nictálopes y Cuentos de la princesa Malva. Sus libros se utilizan como material de lectura en Perú, Ecuador, Chile y Colombia. Incluida en La estirpe de sueño. Narrativa peruana de orientación fantástica de Gonzalo Portals, en Breves, brevísimos. Antología de la minificción peruana de Giovanna Minardi, entre otras. www.tanyatynjala.com - http://piedraquecorre.blogspot.com/

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Foto de la Casa de la Amistad. Moscú – URSS (1966) Gustavo Valcárcel Carnero (Lima, 1945). Master en Ciencias químicas. Por vocación se considera narrador (cuento, poesía, guiones, periodismo libre), creativo de crucigramas ilustrados, diseño de libros y revistas; fotografía amateur. Tiene en preparación una serie de cuentos.

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César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938). Famoso a nivel mundial por su poesía, ha sido considerado por el crítico Thomas Merton como el más grande poeta universal desde Dante. Publicó en vida Los heraldos negros (1919), Trilce (1922) y España, aparta de mí este caliz (1937); Poemas humanos (1939) aparece de forma póstuma. También escribió obras de teatro, novelas como Fabla salvaje (1923) y Hacia el reino de los Sciris (1928), cuentos como los reunidos en Escalas melografiadas (1923), artículos periodísticos, entre otros. Su esposa Georgette Marie Travers Philippart (Paris, 1908-Lima, 1984) dedicó sus esfuerzos a que la obra de Vallejo no desapareciera, luego de su muerte.

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Datos del compilador

Presentación de Edita El gato descalzo y de Somos libres. Antología de literatura fantástica y de ciencia ficciónperuan en el Instituto Raúl Porras Barrenechea.

Germán Atoche Intili (Lima, 1982). Reside en su ciudad natal, aunque ha vivido por temporadas en Piura, Buenos Aires y Roma para reconocer sus raíces familiares. Psicólogo, diplomado en Recursos humanos, investigó sobre inteligencia emocional en un grupo de poetas para su tesis de licenciatura. Desde 2005 administra Cosas que (me) pasan. Ha publicado poemas y cuentos. También ha realizado ponencias en coloquios internacionales como Lo fantástico diverso (2010). A partir de 2012 dirige el sello Edita El gato descalzo.

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