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Historias de la región

La inmigración montenegrina, de Tío Domingo a Villa Gesell

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Octubre 2021

Villa Gesell Año - XXXIV Nro 2042

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Las PASO y un escenario abierto para la política geselina


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Fiesta y política a pleno Tras un año de ausencia por la pandemia, la Fiesta de la Diversidad Cultural volvió en su máximo esplendor. Con una excelente participación comunitaria y turismo como hace años no se veía, la más tradicional de las fiestas geselinas fue un rotundo éxito. Ubicada circunstancialmente entre las PASO y las elecciones generales, la fiesta quedó inevitablemente teñida de política. El gobernador Kicillof con parte de su gabinete estuvo en la ciudad desde el viernes, realizando anuncios, mantuvo una reunión con militantes que tuvo la llegada de representantes de distritos vecinos, y también recorrió la fiesta en diversas oportunidades junto al intendente y los candidatos locales. La oposición también aprovechó la festividad, y Diego Santilli estuvo en la ciudad acompañando a los candidatos de Juntos en recorridas por diferentes puntos de la ciudad.

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De Tío Domingo a Gesell: los inmigrantes montenegrinos Vamos a conocer a dos integrantes de la colectividad montenegrina, que tuvo una destacada presencia en el paraje de Tío Domingo, partido de General Madariaga. Son Pedro Dragosevich y Juan Todorovich, que crecieron en esa comunidad y llegaron a ser hoy importantes empresarios geselinos. En su nombre brindamos un sencillo homenaje a estos inmigrantes, que llegaron de un lejano país de la ex yugoeslavia, que actualmente tiene alrededor de 600 habitantes, y una superficie que equivale a la mitad de la provincia de Tucumán. PD: La historia de mi familia arranca en 1850, cuando un Dragosevich llega a la actual Montenegro, una zona de montaña… una vida complicada, no había agua, a veces mi abuela tenía que caminar medio día para traer agua. Del matrimonio de mis abuelos nacen tres varones y dos mujeres… mi papá fue el segundo de los tres hermanos varones. Mi padre vino en 1938 a la argentina. JT: Mis padres eran los dos de Montenegro, y llegaron por separado a la Argentina, con sus padres. Pararon en el Hotel de Inmigrantes, y de casualidad, a las dos familias les ofrecieron como destino Madariaga. Y aquí se conocieron. En 1946, cuando asume Perón, les entregan una porción de tierra, de aproximadamente 30 hectáreas, algo muy importante para ellos. PD: Mi tío estaba casado con una chica de Madariaga, de apellido Mirkovich, pariente del que fue después intendente de Madariaga. Allí había una colectividad grande de montenegrinos… mi padre conoce a mi madre, de apellido Milich… se casaron y alquilaron en hotel 9 de Julio, donde ahora funciona un geriátrico. Tuvieron

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cuatro varones, de los cuales hoy quedan vivos hoy. Compran una chacra en la colonia Tío Domingo, y un Chevrolet modelo 38 con el que hacían fletes. La escuela de Tío Domingo tenía cerca de cien alumnos. JT: Recibir 30 hectáreas, para estas familias que venían de la zona de montañas, piedras y poco espacio, era el paraíso. Utilizaban muy bien la tierra, sembraban papas, maíz, verduras… No estaban acostumbrados a que creciera el pasto, con tanta facilidad… Yo viví esa experiencia, hasta los catorce años viví en el campo, así que hice todos esos trabajos. Y lo mismo hacían todos los chicos, y teníamos la escuela rural, a la que íbamos a caballo… Luego fuimos creciendo y queríamos escapar de allí… De mi familia, en la que éramos seis hermanos, cinco mujeres y yo (risas). La primera que vino a Villa Gesell fue mi hermana mayor. Y empezó a trabajar y atrás de ellas fuimos los demás. Yo en el 67 ya estaba en Villa Gesell y a partir de ese año, vine todos los veranos. PD: La infancia mía fue muy linda. Me gustaba trabajar en el campo: arar, sembrar, tenía sólo 12 años y me gustaba mucho la naturaleza. Cuando terminé la primaria me mandaron a hacer el secundario a Dolores, y lloraba de contento… estaba desesperado por viajar, porque mi padre hablaba siempre de sus viajes, de Europa… Había unas cuarenta familias de montenegrinos: Milich, Todorovich, Markovich, Popovich, Radonjich, Lakovich, Klicich, Sofranac… y todas eran familias numerosas. Así se formó la colonia Tío Domingo. JT: Mi primer trabajo fue en un restaurante de la playa, Da Fabbri, se llamaba, el apellido del dueño. Ahí trabajaba mi hermana. Era un restaurante muy bueno, con muy buena clientela. Y yo estuve a cargo del kiosko… tenía 12 años. Y era mucho trabajo. Y allí seguí hasta los 20 años, aunque ya a los 17 años empecé a irme a Bariloche… Toda una aventura… cómo será que la primera vez que fui, viajé en el trencito de madera, el más barato, y fui así nomás, con una remera y zapatos de suela… así que imagínate el frío que pasé. Cuando conseguí trabajo lo primero que hice fui comprarme abrigo y unos zapatos buenos… (risas). Luego de varios años así, logré juntar un dinero, y otra de mis hermanas, Marta, también había juntado un dinero. Así que le propuse poner un

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negocio. Fui a ver a Bordón, que tenía una inmobiliaria, por un local, pero sin muchas expectativas, dado que yo tenía 22 años nomás. Y fui a verlo y me lo alquiló. Estaba frente al banco Provincia. Le puse de nombre la Góndola, y tuvo mucho éxito. Nada del otro mundo, pero nos fue bien y trabajamos un montón de años. Ella trabajaba en el salón y yo en la cocina, ¡imagínate! Fue muy buena experiencia de trabajo, pero no tan comercial… Yo fui haciendo todos los pasos, desde cero. PD: Mi primer trabajo en Villa Gesell fue en un hotel, que era propiedad de Myriam de Urquijo, ubicado en Paseo 117 y 1… Estuve una temporada. Estuve cortando una vez el pasto, y me ven el catamarqueño Roldán, que era cementista, y el paraguayo Leguizamón. Y me invitaron a trabajar en la obra… Trabaje todo ese invierno… Suponete que me pagarían cinco pesos, una miseria, pero yo quería aprender a trabajar, el oficio de cementista. Luego de varios trabajos, en el año 70 estábamos haciendo una obra en San Bernardo. Y

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vivíamos en una casilla en la calle, en la vereda… La cosa es que viene un tío mío y me dice: Perico, ¿qué estás haciendo acá? ¿Cómo podés vivir en la calle? Y yo le dije que mi cuerpo estaba ahí, pero mi mente no… estaba ahí de manera transitoria… Luego de un verano, en el que trabajé de fotógrafo, volví con Roldán, en marzo, y me ofreció 60 pesos… Entonces le dije que no, que quería empezar a trabajar por mi cuenta. Y me largué… Como me gustaba ir al Club Defensores, esperaba que me ofrecieran algún trabajo. Pero pasaron quince días y nada… nadie me viene a buscar, así que un sábado me resigné a volver con Roldán… iba ir el lunes, pero el domingo viene el cuñado de Roldán. ¡Se habían peleado! Y me ofreció un trabajo a porcentaje. Hice una obra, atrás de la terminal. Yo era buen armador de hierro, había aprendido muchísimo, y gané ¡4000 pesos! Desde entonces, durante cincuenta años, me dediqué a hacer obras, y creo que hice de las mejores que hay aquí: los dos Tequendama, el Bahía, el Centerplay de Pinamar y muchas otras, con las que obtuve premios no solo a nivel nacional sino internacional.


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Cartas Está tan flaco que un pintor lo invita a posar como San Sebastián. Como todo en su vida, registra la anécdota en el diario, que es crónica íntima de la desesperación, la tuberculosis, pensamientos, borradores de narraciones y, esta conjunción, que todavía desvela a tantos teóricos, se ofrece como paradigma de escritores. A veces predomina un tono de letanía, pero casi siempre hay un estallido de magnesio como en el estudio de un fotógrafo y entonces suceden insights, visiones del absurdo, aforismos que combinan lo filosófico con la ironía de lo absurdo. Por ejemplo: “El verdadero camino va por una cuerda que no fue tendida en lo alto, sino apenas sobre el suelo. Parece tendida más para tropezar que para caminar por ella”. Cuando advierte que “adelgaza en todas las direcciones” confirma que su cuerpo ha tomado una decisión, la más productiva. Su naturaleza lo orienta hacia la literatura. Todo tiende con apremio hacia la escritura y anula los goces del sexo, la comida, la música y, en la lista de obstáculos se incluyen, además la guerra fría con su padre y, ominosa, la oficina. Sus fuerzas, que juzga exiguas, reunidas, sólo pueden ser empleadas en una sola dirección: escribir. Camina por las calles nevadas, caminar no sólo es una gimnasia, como nadar en el Moldava, que también lo apacigua. Lector de Dostoievski, percibe en la atmósfera de su ciudad una cierta forma de soledad que sólo puede definir como rusa. El membrete de la carta pertenece a la Compañía de Seguros Contra Accidentes de Trabajo, fechada en Praga, el 20 de septiembre de 1912, está dirigida a una joven empleada de una fábrica de gramófonos de Berlín. “Señorita”, empieza la carta, “ante el caso muy probable de que no pudiera acordarse de mí lo más mínimo, me presento de nuevo: me llamo Franz Kafka, y soy el que la saludó a usted por primera vez una tarde en casa del señor director Brod, luego le estuvo pasando por encima de la mesa, una tras otra, fotografías del viaje a Talía, y cuya mano, que en estos momentos está pulsando las teclas, acabó por estrechar la suya, con la cual confirmó usted la promesa de estar dispuesta a acompañarle el próximo año en un viaje a Palestina”. Kafka habrá de volver una y otra vez sobre la memoria de ese primer encuentro con Felice Bauer. La correspondencia va desde el 20 de septiembre de 1912 hasta el 16 de octubre de 1917 y comprende casi 850 páginas, la misma voluminosidad que tienen sus diarios. Kafka se autorretrata como chiflado por su nerviosismo, un carácter de arrebatos y también víctima de una serie de trastornos de salud. Atormentada, adictiva, la correspondencia le impone a veces tres compulsivas cartas diarias. Si la respuesta se hace esperar lo evisceran la ansiedad y el abatimiento. En su retorno a la escena primera, escribirá: “Le di a usted la mano por encima de la gran mesa antes de ser presentado, pese a que usted se había levantado, y probablemente no tenía ganas de darme la suya. La miré sólo furtivamente, me senté y todo pareció hallarse dentro del más perfecto orden, pero su presencia me hacía sentir una leve excitación”. Más tarde, se acordará que había mal tiempo y Felice calzaba unas zapatillas que le había prestado la señora Brod mientras se le secaban las botas. Kafka vuelve una y otra vez sobre ese encuentro, necesita recuperar el instante. Si pretende saberlo todo sobre ella es también para componer la doliente novela erótica de los recuerdos recíprocos. En la especularidad de la proyección amorosa llega a sugerirle que lleve también un diario. La autocompasión, por cierto, es una de las constantes: “Mi vida, en el fondo. Consiste y ha consistido siempre en intentos de escribir, en su mayoría fracasados”. La admiración por Flaubert puede explicar su pasión por lo descriptivo e impone conjeturar que estas cartas, además de entrega y confesión, por qué no, son ejercicio de estilo. En “Del desierto al libro” sostiene Edmond Jabés: “Creo que en el momento de escribir no pertenecemos ni al pasado ni al presente. He citado a menudo el ejemplo del enamorado dirigiendo una carta a la mujer de su vida. Él dice que

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Por Guillermo Saccomanno

está desesperado – realmente lo está – salvo precisamente en el instante en que lo escribe. Quizá siente un cierto placer estético en pulir sus frases”. Hace ya semanas que vengo leyendo los diarios de Kafka y la correspondencia a Felice: ambas escrituras suceden en un mismo espacio de tensión. Y no se puede pasar por alto que en ambas, al dejar claro que su razón de ser es la escritura, Kafka está atajándose ante cualquier fantasía de matrimonio y paternidad. No obstante, la cancelación de compromisos, la historia con Felice avanza y se profundiza. Durante el primer período de las cartas, aunque no volverán a verse hasta unos meses de haberse conocido, algo ocurre en Kafka: su escritura gana, además de densidad, el impulso hacia la ficción. Logra escribir “La condena” y “La metamorfosis”. Después, los primeros capítulos de una novela de iniciación traducida primero como “América” y en una traducción reciente, “El desaparecido”. Felice no es únicamente la amada imposible por decisión propia, es también lectora y, sobre todo, su obsesión por ella debe entenderse como motor literario. Elías Canetti escribió un ensayo sobre la correspondencia: “Conozco personas cuya vergüenza aumentó al leer las cartas, personas que no se libraban de la sensación de que no debieron entrar allí. Las cartas son más íntimas de lo que sería una representación completa de la dicha. No existe un relato comparable de una persona dubitativa, ninguna exposición pública de semejante fidelidad. Se trata del espectáculo descarado de una impotencia emocional, porque todo lo que esta supone reaparece una y otra vez, indecisión, miedos, frialdad, falta de amor descrita con todo detalle, un desvalimiento de tales dimensiones que solo la extrema exactitud de la descripción hace creíbles”. Jabés tiene razón cuando sostiene que “la escritura nos obliga a adoptar una distancia en relación a nosotros mismos. Es en esa distancia que se hacen los libros. Cuando creemos haberlo conseguido nos convertimos en lo que hemos escrito. Nos hemos inventado una historia, una vida más verdadera. Es el lenguaje y sólo él lo que da existencia. El escritor no se ha hecho singular escribiendo. Se ha vuelto anónimo”. Tal era fue el deseo infructuoso de Kafka al pedirle moribundo a su amigo Brod que quemara todos sus papeles, todos. Brod no le obedeció. Y, por su parte, más tarde, Felice cedió las cartas. Siento el riesgo de la repetición. Pero no, porque al escribir sobre Kafka siempre encuentro una zona de interés nueva. Y me justifico: cómo no volver sobre los detalles de una escritura inagotable que abre puertas amenazantes que dan a la investigación personal más arriesgada y exhaustiva sobre dos cuestiones centrales: la culpa y la angustia. Se ha dicho que Kafka, él solo, es toda una literatura, una que afecta también a quienes deciden escribir sobre él. También estas anotaciones están bajo su sombra.


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Heidegger en una postal de 1959 Ser es ser percibido. (La época de la imagen del mundo, 1938) 1. Ante mis ojos, una postal de cartón en blanco y negro. Catorce centímetros de largo por diez centímetros de alto. Al dorso se lee: Berlin Mitte, Reste des zerstörten Adlon-Hotels, 1959 (Berlín Centro, restos del destruido Hotel Adlon). Volviendo al anverso: tres cuartas parte de la escena lo ocupa el costado bombardeado —que daba hacia la Puerta de Brandeburgo— del edificio que constituyera el hospedaje más famoso de Berlín. Sobre ese lateral, y casi en el centro de la postal, un gran cartel reza: Adlon Hotel u. Restaurant. Eingang u. Einfarht Hier! (Hotel y Restaurante Adlon. Aquí entrada para personas y vehículos). El resto de la escena muestra a tres caminantes sobre la vereda de Unter den Linden. No se ve ni un solo tilo en aquella que fue una elegante avenida. En el lugar reina el desasimiento. Los caminantes, enfundados en impermeables, con las manos en los bolsillos, dejan atrás lo que era el ingreso principal del hotel. La inconfundible presencia de Martin Heidegger, con su clásica boina negra, se destaca en el medio del ambulante terceto. Frente a él —sin exhibirse en la fotografía— está Pariser Platz. Ocultos en las cercanías, el Reichstag semidestruido, al igual que el cuartel general de las SS (Schutzstaffel: Escuadrón de protección)… Destino incierto entonces. Pero… ¿qué hacía Heidegger allí? El 26 de setiembre del año de la postal (1959) había cumplido setenta años. Al día siguiente fue nombrado Ciudadano de Honor de Messkirch, su ciudad natal. Atrás habían quedado las jornadas de comparecencia ante la Comisión de Depuración (1945) —controlada por el ejército francés de ocupación—, las conferencias en

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el Sanatorio Bühlerhöhe y en la Academia Bávara de Bellas Artes (1950), el reencuentro con Hanna Arendt (1950), y su reincorporación a la actividad docente (1951/1952). Más que compañeros ocasionales de caminata, quienes están junto a


Heidegger impresionan como agentes de la temible Stasi (Staatssicherheit: Seguridad del Estado), el servicio secreto de la República Democrática Alemana (RDA). ¿Lo habrán raptado? No es probable. ¿Se trató quizá de un sueño que pudo haber experimentado durante su estancia en Bühlerhöhe? Tal vez en el sueño las autoridades comunistas de Berlín Oriental le proponían radicarse en la ciudad para confrontar con plena libertad académica sobre fenomenología, ciencia, técnica y poesía con los profesores marxistas de la Humboldt Universität. Pero… ¿podrán las postales construirse con la madera de los sueños? También el Hotel Adlon podría haberse transformado en un gran centro cultural dirigido por el ex rector de la Universidad de Freiburg. Ello desconcertaría a los enemigos de la URSS, y el riesgo de contaminación sería prácticamente nulo, puesto que nadie en sus cabales podría perturbarse por las vicisitudes del Dasein que proponía Heidegger. Era para pensarlo, si además se le aseguraban muy buenos ingresos, libertad de desplazamiento, un auto como los utilizados por los altos funcionarios, y una residencia confortable. Recién después de casi dos años de esa sorprendente y fantasmal visita de Heidegger a Berlín Oriental se erigió el Muro (Mauer, 1961-1989). Si Herr Doktor hubiera aceptado la propuesta, posiblemente las fugas al malsano lado occidental hubieran perdido virtualidad. 2. Dejando en suspenso la hipótesis onírica, podría suponerse que la figura inquietante del hombre de la boina es el Doppelgänger del pensador de

Messkirch, es decir, su doble —mutante, andante y fantasmagórico—. Este sosias malvado se reiría de la pregunta por el ser, de la exégesis existenciaria y de la cura por la autointerpretación preontológica. 3. Otra solución tentativa para el enigma: uno de esos artistas callejeros, que se disfrazan e impostan personajes famosos, se vistió como Heidegger y salió a caminar por Unter den Linden, donde se encontró con dos desconocidos. En Pariser Platz, un fotógrafo captó la escena, y el disfrazado imaginó que si comercializaba la foto transformada en postal, alguien podría adquirirla, dudando si se trataba de realidad o simulacro. Aptitud del capitalismo, que transforma en mercancía hasta las postales ambiguas (cfr. Das Kapital, Libro 1, Sec. 1, Cap. 1). Adenda En 1997 se reinauguró el imponente Hotel Adlon. Hacía más de veinte años que Heidegger había muerto. Alemania había sido reunificada el 3 de octubre de 1990, gesto de identidad y de diferencia en un mundo que estaba más allá de la metafísica, justo después de ella, como había enseñado el gran filósofo del siglo XX en 1957 (conferencia Identität und Differenz). Justo como esa postal de 1959, que me arroja a la perplejidad de lo escondido. Horacio Walter Bauer, dedicado a mi hija Miranda. Bajo Belgrano, noviembre de 2020

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Las recetas de Olivia POLLO A LA MOSTAZA CON BATATITAS CROCANTES Ingredientes (para dos personas): una suprema de pollo (aprox 350 grs), media cebolla grande ó una mediana, tres dientes de ajo, aceite de oliva, medio morrón rojo, manteca, sal, pimienta, mostaza, vino blanco, una batata mediana, una rama de romero fresco. Preparación: En una sartén, a fuego bajo, poner 25 grs de manteca a derretir, un chorro de aceite de oliva, la cebolla cortada finamente doble cincelado, y el morrón picado fino, también. Revolver suavemente con cuchara de madera, hasta ver que la cebolla se transparenta. Cortar la suprema en cubos de 3 ó 4 cm de lado, e ir poniéndolos en la sartén siguiendo su curvatura externa, o sea a lo largo del borde de la sartén. Agregamos un toquecito de sal y pimienta sobre el pollo, y ponemos los dientes de ajo cortados a la mitad sobre la preparación de cebolla y morrón. Cuando el pollo se haya dorado del lado en contacto con el metal, vamos a darlo vuelta, cada cubo, y dejarlo un minuto más para que se dore el otro lado. Luego, agregamos media copa de vino blanco en el centro de la sartén para que levante el fondo de cocción. Es momento, ahora, de agregar dos cucharadas generosas de mostaza, y mover toda la preparación con suavidad, con la cuchara, para que todos los ingredientes se amiguen. A fuego bajo, ya casi estamos. Aparte, en una sartén pequeña, pondremos a calentar un dedo y medio de aceite de girasol. La batata, bien pelada, la cortaremos en rodajas finas de un cm de espesor, con

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cuidado y firmeza, evitando cortes. Podés ayudarte usando un repasador para sostener firme la batata. Freímos esta delicia por un par de minutos, cuidando que se cocine bien y sin quemarse. Cuando vemos que empiezan a dorarse, apagamos el fuego del pollo primero e inmediatamente sacamos las batatitas y las dejamos escurriendo sobre papel, diez segundos. Usaremos dos platos, uno para cada comensal. Usando una cuchara grande, ponemos la mitad del pollo en el centro de cada plato, con un poquito de salsa de mostaza. Luego usaremos la mitad de las batatitas en cada plato, alrededor del pollo, formando un círculo, tocando los trocitos de pollo. Luego pondremos el resto de la salsa de mostaza, y para finalizar tiraremos sobre la preparación las hojitas de la rama de romero, previamente picadas groseramente. Listo el pollo ¡¡¡¡ Para acompañar esta delicia, sugiero un vino chardonnay, que ya habremos abierto para usar media copa en la preparación de esta delicia. Y entonces, a dejar volar los sentidos. Salud!


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